De acuerdo con la teoría crítica de la tecnología, los sistemas sociotécnicos configuran nuestros modos de vida, pero no los determinan de manera absoluta. Existe un margen de acción para intervenir y transformarlos. Sin embargo, los espacios de participación comunitarios continúan aún restringidos por representaciones obsoletas y modelos instrumentales de gestión técnica y tecnológica que relegan a los colectivos al rol pasivo de usuarios. Esta dinámica concentra las decisiones estructurales sobre la vida comunitaria en un sector dominante que inscribe sus propios valores en los diseños tecnológicos.
Retomo la analogía de la tecnología como una casa, presentada por Feenberg en Cuestionar la tecnología (1999):
La casa, lejos de ser un simple dispositivo, constituye un entorno vital extremadamente rico y significativo. Sin embargo, con el tiempo, se ha transformado en un entramado complejo de dispositivos […] Una casa hoy es el centro de tecnologías de electricidad, comunicación, calefacción, plomería y, por supuesto, de construcción mecanizada. Para los constructores, la casa es esencialmente la suma de estos elementos técnicos. Por el contrario, quienes la habitamos tendemos a romantizarla, ocultando su dimensión técnica tras fachadas tradicionales. Vivir en ella, en vez de tratarla como una herramienta, oscurece su carácter técnico… (Feenberg, 1999: xi).
Esta metáfora nos invita a percibir la tecnología como un entorno, no como una herramienta. Siguiendo esta idea, aunque una vivienda pueda adquirirse ya diseñada por otros, probablemente requerirá remodelaciones o ajustes para adaptarse al modo de vida de sus nuevos habitantes. Incluso en el caso de un diseño completamente nuevo, sería impensable −o, al menos, arriesgado− delegar toda decisión sobre la disposición de las habitaciones, las necesidades de los habitantes o las preferencias funcionales y estéticas en el arquitecto sin involucrar a quienes habitarán la casa. En el caso de la tecnología, vivimos como si habitáramos siempre casas ajenas, moldeando nuestras vidas según las funciones disponibles. Sin embargo, esto no nos libera de asumir los riesgos y costos de esas prácticas.
Si concebimos la configuración tecnológica como una casa, resultaría inconcebible diseñar un sistema informático para clases online sin considerar a los docentes, cuyas prácticas cotidianas se verán transformadas. Del mismo modo, sería impensable diseñar un tratamiento médico sin incorporar la perspectiva del paciente o diseñar un sistema de gestión ciudadana sin la evaluación de las dificultades y obstáculos desde la perspectiva de los habitantes.
Los sistemas tecnológicos imponen, a través de configuraciones técnicas, restricciones y permisos que tienen que ver en realidad con mandatos culturales y políticos. De modo que hemos mostrado que no se trata de una transformación exclusivamente técnica sino política. No basta con redefinir configuraciones o sistemas tecnológicos; es igualmente necesario reestructurar las prácticas de desigualdad e inequidad que perpetúan decisiones sin la participación de los sectores afectados.
En este capítulo, propongo una categoría específica que puede articularse con la interpretación política de Feenberg, a saber, la apropiación colectiva del diseño tecnológico. Esta no se limita al control de las estructuras o medios de producción, sino que abarca, de manera fundamental, los procesos de diseño que permanecen cerrados bajo la hegemonía de la experticia técnica y la administración vertical.
En referencia a la noción de apropiación, no me refiero a que “lo propio” sea un objetivo deseable por sí mismo, ni que la apropiación de un proceso o sistema garantice por sí mismo la democratización de la tecnología. En este enfoque, lo “ajeno” de la tecnología no tiene que ver con su procedencia ni lo “propio” con haber sido generado al interior de un país o grupo determinado. Aquí la apropiación se refiere a la posibilidad de inclusión en la toma de decisiones de los sectores afectados por el sistema de referencia, entiéndase pacientes en un protocolo médico, alumnos en un proceso educativo, comunidades originarias en una ley por el patrimonio comunitario… Que un diseño se viva como ajeno, aun habiendo sido creado por la propia comunidad y para dar respuestas a cierto problema social, tiene que ver con la exclusión de los grupos en situación de desventaja política de las decisiones y discusiones que dan origen y codifican técnicamente los intereses participantes. Este sutil matiz nos exige penetrar la aparente máscara de inclusión de ciertos diseños que se proyectan desde una perspectiva vertical y omiten cualquier tipo de consideración sobre los grupos a los que supuestamente incluyen. Así, por ejemplo, muchos proyectos de diseño universal en las ciudades se convierten en accesorios ornamentales, porque no funcionan efectivamente en la práctica: rampas, senderos pododáctiles, sistemas de cruces para personas con ceguera… Cabe preguntarse cuántos de estos proyectos consideran la vida cotidiana, las prácticas concretas y efectivas de movilidad de las personas con discapacidad desde su participación activa y proyecciones de posibilidad.
Entiendo que lo fundamental es la transformación de los modos de organización, planificación, creación y producción de tecnologías para garantizar la participación efectiva de los sectores involucrados. La apropiación colectiva exige, necesariamente, la horizontalización de las dinámicas de diseño, sin menoscabar la cualificación y las incumbencias técnicas y profesionales de ingenieros, arquitectos o especialistas. Más bien, se trata de hibridar e interconectar sus saberes con otros espacios de decisión, reconociendo que, en última instancia, las decisiones de diseño son también elecciones sobre prácticas culturales concretas.
Los proyectos y diseños creados por colectivos no pueden considerar a los grupos afectados como “una voz a tener en cuenta” o entenderlos como usuarios/beneficiarios a los que va destinada determinada planificación o gestión de un sistema técnico. Justamente el concepto de apropiación colectiva de la tecnología refuerza la idea de que la ampliación del margen de maniobra de los grupos dominados se consolida en la medida en que tácticamente logra instalarse en los procesos de diseño, donde se codifican efectivamente los intereses.
Sobre esta forma de organizar el diseño, hay experiencias de urbanismo participativo que pueden orientar en la exploración de la noción de apropiación colectiva del diseño. En Planear el barrio. Urbanismo participativo para construir el derecho a la ciudad, Fernando Murillo y Mariana Schweitzer (2011) presentan la propuesta de planificación urbana en barrios populares, que promueve la participación activa de los vecinos del barrio y las estrategias de discusión y acuerdos entre sectores enfrentados en la construcción del espacio público. A partir del estudio de cuatro casos (Villa Soldati, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; Villa Zagala, entre los partidos de San Martín y de Vicente López; el barrio San Carlos, en el partido de Moreno; y el barrio Padre Varela, en el partido de Luján), elaboran una metodología de planificación barrial, que incluye las siguientes actividades: la creación de un equipo de mejoramiento y desarrollo barrial, un diagnóstico de problemas y posibilidades del barrio, proyecciones tanto de problemas como de oportunidades, definición de objetivos, propuestas y selección de alternativas y plan de trabajo. En todas estas instancias se desarrollan actividades con participación tanto de vecinos como de otras agrupaciones involucradas en las actividades del barrio (comerciantes, asociaciones, clubes, instituciones estatales, etc.).
También en el caso de Tucumán, se ha organizado una experiencia de urbanismo participativo con creación de la Casa de la Comunidad de la población originaria de Casas Viejas. El pueblo originario de Casas Viejas se conforma por 110 familias, en un contexto de falta de trabajo, carencia de un espacio comunitario propio, necesidad de apropiación activa del territorio y fortalecimiento de su identidad. En el marco del Programa de Mejora del Hábitat Participativo (MHaPa), perteneciente al Centro de Estudios sobre Territorio y Hábitat Popular de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional de Tucumán, se lleva a cabo una valiosa experiencia de diseño participativo, que incluye asambleas para el logro de acuerdos y planificación de objetivos, talleres para la definición de aspectos estructurales del diseño de un espacio comunitario, acceso y fuentes de financiamiento estatal, precisiones técnicas, entre otros (Dorado, Rolón y Boldrini, 2018).
Desde la década de 1990, el concepto de “apropiación social de la tecnología” ha ganado terreno en los estudios sociales de las tecnologías de la información y la comunicación. Este enfoque alude a la capacidad de grupos y comunidades de ajustar las especificaciones de ciertas tecnologías, principalmente digitales, y generar conocimiento tecnológico que responda a criterios o necesidades propios. Hace referencia a las acciones, organizaciones y modalidades que asume un individuo o comunidad para identificar objetos o sistemas tecnológicos considerados valiosos y crear las condiciones para su apropiación y reorganización en función de objetivos propios. Se vincula, fundamentalmente, con una postura centrada en el uso y las aplicaciones de los sistemas tecnológicos,[1] un enfoque que Quintanilla define como “uso alternativo de la tecnología”, cuyo objetivo principal es adaptar la tecnología disponible a las necesidades específicas de determinados colectivos.
Sobre este punto, un trabajo interesante de Martín Ariel Gendler, Anahí Méndez, Fernando Andonegui y Flavia Samaniego (2017) explora el concepto de apropiación social de la tecnología, que apunta más bien a “hacer propio lo ajeno” y proponer una nueva categoría para dar cuenta de la creación original de tecnología. En esa línea, establecen una tipología de apropiaciones, en la que distinguen una adoptada o reproductiva, que consiste en el aprendizaje y constitución de saberes, pero siempre del marco de funciones y posibilidades delimitadas por las tecnologías disponibles; una apropiación adaptada o creativa, en la que no hay creación de nuevas tecnologías, pero sí una intervención original para la consecución de nuevos fines u objetivos. En tercer lugar, reconocen también un tipo de apropiación cooptativa, pensada no como estrategia de resistencia o disputa desde el enfoque de los grupos marginados, sino como acción de las empresas o conglomerados tecnológicos que se apropian de las creaciones y novedades generadas por otros principalmente con fines comerciales. Finalmente, inspirados en Feenberg, proponen el concepto de creación tecnológica como una instancia de innovación y diseño que representan o cristalizan los intereses de los grupos que apuestan por este desarrollo propio (Gendler, Méndez, Samaniego y Amado, 2018). Sobre la creación tecnológica, además, elaboran una subcategorización con base en sus objetivos y enumeran las creaciones con fines económicos, con fines de autofinanciamiento, “activista” o con fines de acción colectiva e intervención social y la “estatal” o con fines de soberanía nacional digital.
En la apropiación colectiva que aquí propongo toda la atención está concentrada no en los propósitos, sino en el proceso de diseño y su dinámica; esto es, en que las nuevas lógicas de producción constituyan espacios democráticos, de inclusión de los grupos marginados en las tomas de decisiones y la incorporación efectiva de intereses que garanticen la equidad del sistema técnico de referencia. En este sentido, no toda creación tecnológica desarrollada por un grupo constituye efectivamente una apropiación colectiva del diseño tecnológico.
Desde este enfoque, la noción tampoco se limita únicamente a las tecnologías digitales, considerando que, desde el punto de vista de los sectores marginados, lo urgente en términos de apropiación todavía se vincula a cuestiones como el reconocimiento de derechos básicos, las dinámicas de marginalidad en la planificación urbanística, el acceso a servicios públicos de calidad; cuestiones a las que se suman además el acceso a formación y ámbitos de desarrollo de tecnologías digitales. En referencia al desarrollo y diseño de sistemas digitales, el concepto de apropiación colectiva representa todavía más un desafío, no solo por la falta de accesos a los recursos y saberes específicos que habilitan la posibilidad creativa, sino también porque generalmente los espacios creativos en este dominio suelen estar enfocados en objetivos de índole comercial y empresarial. En nuestro país y particularmente en la provincia de Tucumán, usualmente estas experiencias en territorios con dificultades de acceso al diseño, planificación y gestión tecnológica suelen ser promovidas y desarrolladas por las universidades nacionales, en ocasiones con el apoyo de programas estatales. En este sentido, es fundamental poder promover desde la formación en ingeniería y programación líneas de investigación y desarrollo comunitario que se orienten a la inclusión de la comunidad en las instancias creativas del desarrollo informático, en lugar de pensar que las soluciones deben ser ideadas únicamente por los expertos.
En la medida en que esta intervención creativa sobre el diseño requiere un movimiento o corrimiento de la condición impuesta de perpetuos usuarios −que involucra una serie de pautas de conductas, roles, dinámicas y proyecciones de acción−, la apropiación colectiva del diseño tecnológico implica, a su vez, un proceso de subjetivación específico. Los sujetos expulsados y excluidos del proceso de diseño internalizan esta posición pasiva, receptiva y encorsetada, en un contexto cultural que interrumpe dinámicas de solidaridad y construcción colectiva de lazos de soporte y asistencia. Por ello, es necesario un proceso de reconocimiento de la capacidad creadora y de los lazos que pueden articularse para la constitución de acciones colectivas y comunidades.
Sobre este punto me permito una digresión tomada del campo de la psicopedagogía en referencia a los posicionamientos necesarios para la actividad creativa. Alicia Fernández, psicopedagoga argentina, propone el concepto de “autoría de pensamiento” como un lugar de resistencia frente a la desubjetivación de la cultura contemporánea, “el proceso y el acto de producción de sentidos y el reconocimiento de sí mismo como protagonista o partícipe de tal producción” (Fernández, 2012: 117). Para que un sujeto pueda constituirse como autor de aquello que piensa, es preciso un reconocimiento de esa capacidad, una autorización que advierte su condición de protagonista, por supuesto en íntima ligazón con el deseo y lo real, desde el planteamiento psicoanalítico que propone Fernández.
La autora articula la autonomía con la posibilidad de esta autoría de pensamiento, que implica la capacidad de producir, pero también la de hacerse responsable de lo que se produce. A diferencia del concepto de autor vinculado a la originalidad de una producción, aquí se remite al acto de producción, al proceso constructivo y simultáneo del autor y de la obra. En la medida en que se reconoce como productor de un pensamiento, también va constituyéndose como autor.
Sin embargo, como señala Fernández, para autorizarse como autor, hay que desafiar siempre a lo instituido y, en este sentido, la posibilidad de crear comporta una cierta cuota de agresividad. No la agresión como actuación destructiva y violenta, que puede estar al servicio de la inhibición y la destrucción del pensamiento, sino la agresividad que abre espacio para la creatividad, que forma parte del impulso del conocer, “así como la alimentación necesita de masticación”. Vinculada al “deseo hostil diferenciador” propuesto por Freud, la autoría de pensamiento precisa diferenciarse de lo otro para dar paso a la creatividad; así pues, la agresividad posibilita esta creación para incluirse en el mundo sin someterse, para abrirse un espacio en el que haya algo propio.
En el contexto actual, dice Fernández, las condiciones tecnológicas empobrecen la capacidad de autoría del pensamiento, por la reducción del espacio psíquico y las capacidades de representación, restringidas por las lógicas del consumo y el entretenimiento. Por supuesto, en el contexto de la obra de Alicia Fernández, el concepto se plantea vinculado al aprendizaje y las relaciones que posibilitan y dificultan esa autoría, desde el enfoque educativo. En esa línea, propone estrategias de intervención desde los espacios institucionales y actores vinculados a la tarea psicopedagógica.
En este marco de discusión, considero relevante extraer y poner a jugar la noción de Alicia Fernández para pensar en una “autoría del diseño tecnológico” que permita la apertura de la creatividad y la imaginación tecnológica no solo a los sujetos individuales, como aparece en el planteo psicopedagógico, sino especialmente para los sujetos colectivos. Y en este sentido, implicaría el reconocimiento y la autorización para ubicarse como protagonistas de los diseños, incluyendo tanto las producciones al modo adaptativo de la tecnología disponible como los proyectos de desarrollo originales o novedosos.
En principio, esta idea puede interpretarse como una trivialización o negación de la especificidad de las incumbencias y experticia técnica de los ingenieros o tecnólogos en el proceso de diseño tecnológico. Sin embargo, la capacidad de autorizarse como sujeto creador de diseño tecnológico no se vincula a la posibilidad de efectivamente disponer de las acreditaciones o saberes que habilitan concreta y materialmente la creación de tecnología; sino a la capacidad de imaginar y proyectar cómo podrían articularse tecnológicamente (esto es, codificarse técnicamente) los intereses, aspiraciones, necesidades propias. Justamente que la apropiación sea colectiva habilita los espacios de intercambio necesarios entre los sujetos que precisan la cristalización de sus intereses en los tecnosistemas que habitan y los que poseen el saber técnico y las cualificaciones específicas que hacen posible su realización.
La propuesta se inscribe en las condiciones del sistema capitalista actual, que desplaza a una vasta mayoría a la condición de usuario perpetuo frente a una elite cada vez más pequeña que determina las formas de vida hegemónicas codificadas en plataformas y apps, productos y servicios difundidos y distribuidos globalmente. El punto central de este argumento consiste en habilitar y autorizar las capacidades de imaginación para el diseño tecnológico para quienes no poseen saberes técnicos específicos, de tal manera que a medida que esta habilidad vaya tomando cuerpo, haya una aspiración y búsqueda de formación tecnológica, en el sentido en que Simondon se refería a un nuevo enciclopedismo en referencia a las máquinas. Así pues, no pretendo restar valor a la incumbencia del ingeniero, sino más bien democratizar el acceso al diseño tecnológico que sostiene nuestras prácticas cotidianas, considerando especialmente aquellas que nos afectan directamente y que atentan contra el propio bienestar, el de la comunidad o el de otras especies. Autorizarse como autores del diseño tecnológico significa aquí permitirse ser partícipes de alguna instancia de planificación, gestión y producción de las condiciones materiales de vida que hoy nos atraviesan.
En este marco, recuperar la autoría del diseño tecnológico implica, en primera instancia, desarticular la actitud generalizada de aceptación acrítica y fascinada de cualquier innovación tecnológica. Luego, sin caer en la desilusión apocalíptica, promover una saludable agresividad respecto de los diseños impuestos, no para rechazarlos o abandonarlos, sino más bien para desintegrarlos, examinarlos con curiosidad, entender su funcionamiento y repensar configuraciones alternativas o novedosas. En ciertas ocasiones, será factible generar un diseño original que responda a un problema sociotécnico; con mayor facilidad será probable readaptar un diseño disponible; pero ambas prácticas constituyen instancias de ejercicio de apropiación del diseño tecnológico.
La constitución de sujetos colectivos también puede comprenderse como el resultado de un proceso de diseño, que se gesta y articula a partir de las creencias, intereses y valores compartidos por los miembros de determinada comunidad. Las prácticas de identificación y de proyección de fines que articulan subjetividades colectivas no se generan espontáneamente, sino que se van constituyendo a partir de una serie de decisiones técnicas sobre cómo organizar y planificar acciones concretas, profundizar o sostener determinados cursos de acción, coordinar distintos actores para alcanzar un objetivo común, entre otras.
Con mucha frecuencia, solo se percibe el carácter político de estas decisiones, desligado de consideraciones técnicas. Se tiende a enfatizar las luchas ideológicas o los posicionamientos políticos formales, dejando de lado cómo las prácticas sociotécnicas que materializan las proyecciones de futuro, los horizontes de espera o las dinámicas de organización articulan las posibilidades de acción y participación. Por ello, es importante poner en un primer plano la dimensión sociotécnica de los colectivos a fin de hacer conscientes y planificar características de los modos de vida que suelen adoptarse por costumbre o por inercia. Por ejemplo, es una decisión crucial el medio o plataforma que se elige para la comunicación y articulación de una acción colectiva de gran escala, a diferencia de la gestión de una movilización en el contexto local. Con frecuencia una discusión en una plataforma sin roles definidos es enriquecedora en puntos de vista, pero no favorece la identificación de acuerdos o consensos. Usualmente, estas decisiones se van tomando sobre la marcha, a medida que se advierten las dificultades sin una reflexión posterior o espacio de configuración de estas estructuras comunicativas que podrían servir como puntos de partida o modalidades más constantes de coordinación. Por lo general, estas consideraciones se perciben como secundarias o coyunturales, a pesar de que puedan ser los principales motivos de obstáculos para la acción conjunta, la adhesión a ciertas campañas o actividades e incluso la expulsión de los integrantes de los espacios de toma de decisión.
Por supuesto, la apropiación colectiva del diseño es una posibilidad extremadamente difícil y compleja, considerando que la administración tiende a consolidar su posición jerárquica y vertical. Los espacios de decisión cada vez más concentrados y polarizados y las dinámicas de exportación de diseño características de los países marginados expulsan drásticamente la amplia mayoría de comunidades y grupos, que se constituyen y subjetivan únicamente como usuarios de los sistemas que habitan. Las probabilidades de apropiación de esos espacios son escasas o nulas, y no suelen conquistarse con acuerdos. La apropiación del diseño se tiene que arrancar e imponer a la administración −de ahí la importancia del reconocimiento de la agresividad en relación con la autoría−, por lo cual las transformaciones más profundas y decisivas en esta línea suelen canalizarse por la fuerza de colectivos o movimientos sociales. Así, por ejemplo, desde el movimiento feminista que articula acciones para erradicar las violencias contra las mujeres, es importante poder definir junto con las reivindicaciones políticas, las especificaciones técnicas de esas demandas.
En referencia a las condiciones que favorecen o dificultan la autoría para el diseño tecnológico, Mario Blaser propone una interpretación original que se funda en la noción de infraestructuras, basada en un trabajo de Kregg Hetherington, consideradas como una táctica interpretativa de inversión de fondo y figura, que pone en primer plano aquello que inicialmente aparece de fondo para destacar su importancia. Agrega Blaser que puede sustituir la concepción de infraestructuras por las de prácticas para señalar el carácter dinámico de estas figuras o “funcionalidades” (Blaser, 2024). Las infraestructuras de afincamiento, las llama Blaser, son los modos en que los colectivos se dan lugar a sí mismos, en los que expresan sus “imaginaciones políticas” o “visiones de una buena vida”. Además, las remite a ciertas dinámicas de emplazamiento y desplazamiento según cómo fomentan o desalientan modos de circulación expulsivos o cuidadosos con los entornos en los que se entraman.
Siguiendo a Mario Blaser, las infraestructuras de emplazamiento para los colectivos les permiten afirmarse en un entorno, expresar los valores e intereses y practicar su imaginario político. A diferencia de las infraestructuras de desplazamiento, que tienden a expulsar o invisibilizar las prácticas comunitarias, las infraestructuras de afincamiento de los colectivos generan las condiciones materiales y simbólicas necesarias −aunque no suficientes− para su participación en los procesos de creación. En este sentido, si consideramos que hay un predominio de infraestructuras de desplazamiento, la apropiación colectiva del diseño tecnológico implica, a su vez, construir los andamios, preparar el terreno y abrir los senderos que habiliten la autoría colectiva. En otras palabras, los colectivos deben codificar las infraestructuras que posibiliten la acción creadora; no están generadas ya por el entorno, pero tampoco están absolutamente bloqueadas.
Vale aclarar que esta discusión no puede (no conviene) valorarse en referencia a escalas globales. De Certeau ya señalaba, desde su perspectiva microsociológica, que las tácticas de resistencia de los grupos dominados no se perciben “desde arriba”, de la administración, o suelen entenderse como inocuas. Esto no quiere decir, por supuesto, que puedan existir efectivamente otros ámbitos más amplios de planificación y organización de intervención comunitaria o colectiva; sino que a mayor amplitud de la escala, más imperceptibles se vuelven los enormes esfuerzos de participación y dinámicas de inserción en el diseño de estos grupos. Quizás por eso insista Feenberg en el análisis de casos desde la experiencia de los grupos involucrados y definidos por su vinculación con un sistema sociotécnico específico.
Así pues, la categoría de la apropiación colectiva del diseño tecnológico se entiende desde la perspectiva de los sujetos en condiciones de desigualdad y sus posibles márgenes de maniobra; no desde el horizonte más amplio de un proyecto de transformación global del sistema capitalista. El problema aquí presentado está vinculado a una condición muy específica de los sujetos potenciales de esta transformación: la parálisis creativa y la imposición de la condición pasiva al lugar de usuarios que hace cada vez más difícil la puesta en marcha de tácticas de resistencia, incluso a escalas locales y disponibles para estos grupos.
Aunque estas prácticas de autoría del diseño tecnológico puedan parecer funcionales al capitalismo −en tanto no destruyen o eliminan la desigualdad estructural−, su importancia no radica exclusivamente en los cambios que puedan generar dentro de este marco, sino en su capacidad para impedir la desubjetivación de las comunidades. Al participar activamente en el diseño, los colectivos no solo aseguran que las tecnologías empiecen a reflejar sus necesidades y valores, sino que también reafirman su agencia cultural y política, resistiendo las dinámicas de homogeneización y exclusión propias de los sistemas tecnocráticos capitalistas. En este sentido, constituyen un punto de partida para pensar la democratización de la tecnología protagonizada por las comunidades.
- Algunos referentes reconocidos de la propuesta son Silverstone, Hirsch y Morley (1996) y Thompson (1998). Particularmente, el trabajo de Silverstone, Hirsch y Morley se ocupa de las adaptaciones que se producen en una familia para apropiarse de las nuevas tecnologías; lo cual hace más potente la analogía de la casa como el espacio que nos obliga a estos reposicionamientos por constituir el escenario principal de la vida cotidiana. En algún momento, lo fue el espacio de trabajo, hoy tendríamos que repensar estas dinámicas, en el marco de las transformaciones de las coordenadas espaciotemporales laborales. ↵









