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Prólogo

Darío Sandrone

En el Gorgias, Sócrates compara despectivamente a los sofistas con los ingenieros, bajo el argumento de que ambos están interesados en el conocimiento por su utilidad, antes que para alcanzar la verdad. Los ingenieros proveen a la sociedad de innumerables artefactos fundamentales para la vida cotidiana, pero “no por eso” –le dice a Calicles– “dejarías de llamarlo ‘constructor de máquinas’ a modo de insulto” (Gorgias, 512b). Este antiguo pasaje es representativo de un hecho muy conocido: las relaciones entre filósofos y tecnólogos nunca han sido las mejores. Durante siglos, entre ambas comunidades ha primado la desconfianza o, peor aún, la indiferencia. Sin embargo, en los últimos tres siglos se ha producido un vertiginoso salto de la presencia de los sistemas y productos de la ingeniería moderna en la vida individual y colectiva de las personas, tanto en la esfera social como en la psíquica y la afectiva. Frente a este fenómeno, inédito en la historia humana, la antropología filosófica y la filosofía política han vuelto la mirada hacia eso que siempre les ha parecido extraño: la tecnología.

Si bien no se suele hablar de una filosofía de la tecnología académica hasta la segunda mitad del siglo XX, sobran antecedentes importantes de filósofos que prestaron atención al fenómeno. En el siglo XIX, Marx dedicó cientos de horas a la lectura de libros de ingeniería e historia de la tecnología para entender cómo han evolucionado las máquinas y las consecuencias sociales de su inclusión en el sistema productivo. Ya en el siglo XX, Ortega y Gasset realizó una reflexión antropológica sobre la condición técnica del ser humano. Gilbert Simondon desarrolló una ontología de los objetos técnicos influenciado por la noción de información proveniente de la cibernética (¿acaso otra corriente filosófica?). Martin Heidegger puso en la agenda filosófica la “pregunta por la técnica” y caracterizó a la técnica moderna como una actitud que reduce todo a un recurso calculable y explotable. Herbert Marcuse planteó con claridad que la tecnología no es neutral, sino que puede ser utilizada como un instrumento de dominación y control social. Los pensadores de la Escuela de Frankfurt, Max Horkheimer y Theodor Adorno, argumentaron que la tecnología moderna está dominada por una racionalidad instrumental, que prioriza la eficiencia y el control sobre otros valores humanos. Influenciado por estos últimos pensadores, Andrew Feenberg, sobre el final del siglo pasado, acuñó su teoría crítica de la tecnología, que es, desde hace aproximadamente tres décadas, una referencia habitual en artículos, libros y eventos académicos en el campo de los estudios sociales y la filosofía de la tecnología.

A pesar de ello, y paradójicamente, la cantidad de menciones y referencias que recibe la obra de Feenberg no se corresponde proporcionalmente al número de estudios sistemáticos y detallados de sus ideas, de su trayectoria intelectual, y de los conceptos y relaciones teóricos que conforman su obra. Más bien diría que son escasas y, además, es más extraño aún encontrarlas en español. La apropiación colectiva del diseño tecnológico. Un aporte a la teoría crítica de la tecnología es, en ese sentido, una obra pionera. Carolina Araujo, su autora, una aguda filósofa tucumana que se ha abocado en los últimos años a abordar problemáticas tecnológicas desde la filosofía, ofrece aquí una obra de gran valor, no solo para la comprensión del pensamiento de Feenberg, sino de los elementos conceptuales básicos del pensamiento crítico de la realidad técnica. Este libro está basado en su tesis doctoral defendida en la Universidad Nacional de Tucumán a finales de 2019. A pesar de su excepcionalidad en cuanto a la temática, no debería sorprendernos que este texto surja de las entrañas de la universidad pública argentina y de los organismos públicos de investigación científica. Argentina cuenta con una larga tradición de debates sobre política científica y tecnológica. Desde las décadas de 1960 y 1970, estos debates fueron fundamentales para la consolidación de un pensamiento crítico latinoamericano en torno a la ciencia y la tecnología, teniendo como principio rector que la dependencia económica y tecnológica de los países latinoamericanos respecto a los centros de poder global es también un factor que perpetúa las desigualdades estructurales. El gran supuesto de base fue que ni la ciencia ni la tecnología son neutrales, sino que en ellas hay inscriptos valores, ideologías e intereses que se disfrazan de eficacia. Un aire de familia hay entre esta perspectiva y la filosofía de Feenberg, sobre todo con la noción de “código técnico”, tal vez su aporte conceptual más valioso.

No debería sorprendernos que el pensamiento crítico sobre la tecnología en Argentina sea hospitalario con las ideas y los conceptos del filósofo canadiense. Estos vínculos teóricos se profundizaron a partir de una nueva ola de reflexiones sobre la ciencia y la tecnología que surgió en el país a comienzos del siglo XXI en torno a los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, con una fuerte institucionalización, con publicaciones especializadas y carreras de posgrado en universidades nacionales, como la Universidad Nacional de Quilmes, cuya editorial publicó, hace ya veinte años, una traducción de Transformar la tecnología, posiblemente el texto fundamental de Feenberg. Investigadores, tesistas y becarios reavivaron las discusiones del siglo pasado en nuevos formatos y bajo nuevas teorías, y Feenberg fue, como dijimos, una referencia habitual. Pero ¿por qué? La apropiación colectiva del diseño tecnológico… es, quizá, a la fecha, el texto que más herramientas puede darnos para contestar esa pregunta.

En la introducción a Materialidad, Daniel Miller dice, tal vez un poco injustamente, que “La filosofía se puede convertir simplemente en una herramienta para describir a otros como falsos o estúpidos”. La observación de Miller exagera el hecho de que el filósofo, en esa búsqueda de la verdad platónica a la que hacíamos referencia al comienzo de este prólogo, tiende a despreciar las creencias y opiniones de los usuarios que experimentan con las tecnologías en sus vidas sin examinarlas demasiado. En términos de trabajo de campo, el filósofo no le cree al informante, pues siempre supone que su mirada es simplista por estar apegada a la vida práctica antes que a las ideas abstractas. Sin embargo, la teoría de Feenberg pone el ojo menos sobre el uso y las creencias de los usuarios, muchas veces falsas, que sobre el diseño y los discursos de los diseñadores, muchas veces sesgados por intereses. Buscar la verdad detrás del “código técnico” no es subestimar al tecnólogo, sino entender de una manera específica la tecnología y su diseño.

Carolina Araujo conjuga hábilmente en este libro esos dos temperamentos que no siempre suelen llevarse bien: el del filósofo y el del cientista social. Algo de eso sugiere cuando incluye en el libro una entrevista a Feenberg como apéndice. La entrevista es un recurso metodológico propio de las ciencias sociales que llevan a cabo trabajo de campo y que casi nunca usamos en filosofía. Esto posiblemente se deba a una inercia metodológica tradicional que considera que los análisis filosóficos se bastan a sí mismos. Ese gesto metodológico de la autora es valorable, pues muestra como obvio un proceder que para muchos investigadores no siempre se nos presenta en tanto tal. Por otro lado, el carácter anfibio de la actitud teórica y metodológica que desarrolla Araujo en este libro queda evidenciado en el último capítulo. Lejos de mirar por sobre el hombro al informante (como acusa Miller) y de ignorar la vida práctica al ras del territorio, la autora analiza un caso puntual de desarrollo urbano en Tucumán desde la perspectiva de la TCT de Feenberg. La teoría de raigambre europea y la problemática latinoamericana, que, como dijimos al principio, se conjugan todo el tiempo en esta clase de desarrollos teóricos, convergen en el último capítulo de una manera sustanciosa. En ese sentido, además, el libro expresa claras inquietudes políticas y sociales que exceden el campo teórico y académico.

La estructura del libro podría caracterizarse como “de afuera hacia adentro”, desde los debates generales de la cuestión tecnológica hacia los debates específicamente filosóficos, recortando, luego, los conceptos propios de la TCT de Andrew Feenberg al interior de esos debates, para desembocar finalmente en el análisis de casos puntuales, incluidos ejemplos locales de Tucumán. Una suerte de mamushka teórica, en la que cada capítulo contiene a grandes rasgos los capítulos siguientes, que revisten mayor grado de especificidad. Por otra parte, la enorme cantidad de información sobre las corrientes filosóficas relacionadas con la tecnología sistematizada por Araujo en esta obra no implica que el libro sea una mera descripción del campo (aunque es un muy buen material para un curso de filosofía de la tecnología). Araujo no solo expone las claves de cada corriente, sino que, además, sistematiza las coincidencias y desacuerdos entre estas líneas de trabajo, incluida la de Feenberg, de la que se resaltan los puntos fuertes y débiles. Es también en este sentido un aporte original: no se trata de una aplicación irreflexiva de la TCT de Feenberg a los problemas contemporáneos, sino de una problematización de la propia teoría, una mirada crítica que también muestra sus límites e invita a complementar y buscar caminos superadores.

Por último, vale decir que la prosa llana y clara del libro, a pesar de su densidad conceptual, no es un hecho casual. Una de las conclusiones que la autora extrae de la TCT de Feenberg, y que se torna en uno de sus principales intereses a la hora de llevar adelante esta investigación, es que la comprensión de la dimensión social y política de la tecnología debe llegar a amplios sectores de la sociedad, y no solo a la comunidad de expertos. Esa es una condición de posibilidad para hacer viable una praxis tecnológica transformadora. Este interés aparece en el cuidado con el que Carolina Araujo ha elegido las frases en cada párrafo, pero también, y sobre todo, se cristaliza en las soluciones técnicas en relación con la escritura: el lenguaje llano, la prosa limpia y meticulosa, la incorporación permanente de ejemplos cotidianos, la articulación de secciones, la limitación de la jerga, el desarrollo progresivo de la temática. La escritura no solo es generosa con el lector en cuanto a contenido, sino también en cuanto a la forma, y eso ya constituye una praxis académica (democratizadora) que va en el sentido que la autora sostiene en la teoría. Sin duda esta característica hará que La apropiación colectiva del diseño tecnológico… llegue a lectores que no estén habituados a lidiar con textos académicos (o filosóficos), y puedan usar lo dicho allí para orientarse, aprender y, ¿por qué no?, organizarse.



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