¿En qué coyuntura político-partidaria se produce la desvinculación de los votantes de la UCR? ¿Qué relación puede establecerse entre el estado de la organización partidaria y la pérdida de votantes fieles? Estas preguntas generales estructuran el presente capítulo sobre las características del campo partidario. Las mismas se establecen a partir del supuesto de que resulta imprescindible poner en relación el cambio en la conducta de los votantes con el estado de una organización política. Sin duda, un conjunto de explicaciones sobre la desvinculación electoral que desatienda el aspecto político partidario resultaría sumamente parcial, porque los partidos pueden generar adaptaciones a los cambios sociales y a la transformación de sus electores. Siguiendo los modelos establecidos por Hirchman (1997), a partir de la salida de los miembros de una organización, es posible sostener que la misma puede adaptarse a los cambios mediante el mejoramiento de los bienes-discursos ofrecidos, la redefinición de los mismos a partir de las nuevas expectativas-intereses de los miembros, o a través de la búsqueda de nuevas clientelas que reemplacen a las preexistentes.
En el presente capítulo, se analizará la dinámica partidaria a partir de las tomas de posición del partido en el campo político y de los cambios que se dieron en la organización y en la lucha interna. El punto de partida teórico-conceptual otorga al campo político partidario una autonomía relativa frente a los electores y afiliados del partido. Se considera que en la organización partidaria tienen lugar un conjunto de luchas, apuestas, acuerdos y estrategias que responden, en gran medida, a una lógica interna más que a una demanda externa de los electores. Sin embargo, el resultado de las luchas y apuestas internas tiene un efecto considerable en los afiliados y votantes, y en la movilización y apoyo de los mismos.
En el primer apartado, se describe el sistema de posiciones de los principales referentes de la UCR frente a las disputas internas y al gobierno de Carlos Menem. A partir del análisis de la distribución del poder del aparato y de la lucha por los puestos internos, se busca comprender las formas de legitimación de las posiciones y sus efectos correlativos en los votantes. En el segundo y tercer apartado, se analizan las consecuencias de la dinámica de lucha y la disgregación de los grupos sobre la producción de ideas y programas partidarios. Por último, se describen los límites y fragmentación del aparato radical en la Capital Federal para mantener la participación de adherentes y afiliados.
8.1 Sistema de posiciones internas y lucha partidaria (1990-1993)
Durante la campaña presidencial de 1989, Eduardo Angeloz se vio en la difícil tarea de moderar sus críticas a la gestión de gobierno, para no desacreditar a su partido poniendo en riesgo posibles apoyos electorales. Así y todo, no dejó de señalar ciertos “errores”, ejercicio obligado para atraer posibles votantes desilusionados con la política oficial. En realidad, todo candidato de partido gobernante que enfrente una coyuntura electoral en un período de crisis económica o política (o ambas) se encuentra ante la necesidad de ejercer al mismo tiempo la defensa y la crítica al gobierno de su partido. Los desafíos no son menores para el gobierno y sus dirigentes, obligados a ceder espacio a las críticas y nuevas posturas. Situaciones coyunturales como éstas pueden revelar algunas de las fortalezas y debilidades de las organizaciones partidarias, en particular la plasticidad de las estructuras partidarias para soportar el disenso y las críticas sin rupturas, y absorber el cambio. La UCR superó gran parte de estas dificultades entre 1988 y 1989: incorporó en su plataforma nuevas propuestas de su candidato, tales como la reforma del Estado y las privatizaciones. Por su parte, el gobierno de Alfonsín realizó los cambios solicitados por Angeloz, en función de las necesidades de la coyuntura electoral[1]. A su vez, sectores que respondían a Angeloz respaldaron la candidatura de Alfonsín para la conducción de la UCR (La Nación 28/07/89). Así, los acuerdos internos permitieron una distribución del poder interno en manos del alfonsinismo y sellaron los apoyos externos para la candidatura de Angeloz a la presidencia. La UCR, en tanto organización o subcampo, tuvo como característica general a lo largo de su historia permitir la coexistencia de diversas fracciones y líneas que conviven en su interior, y luchar por el acceso a los cargos internos y candidaturas. El cierre y el congelamiento de los puestos y de sus ocupantes no fue, casi nunca, un aspecto que limitase la dinámica y el cambio partidario; al contrario, la estructura abierta del partido llevó en distintas circunstancias a rupturas y divisiones. Ahora bien: la articulación relativamente armoniosa entre las disputas internas y la unificación necesaria para la lucha externa que mostró la UCR a fines de la década de los ochenta comenzará a resquebrajarse luego de la derrota electoral.
A partir del triunfo de Menem, en 1989, la conducción partidaria se dividió bajo la órbita de sus dos grandes referentes: Raúl Alfonsín y Eduardo Angeloz. El primero mantuvo la conducción formal del partido en los primeros años, mientras que el segundo ejerció un liderazgo basado en los apoyos que logró conquistar con su candidatura presidencial y sus reiterados triunfos electorales en Córdoba. Ambos dirigentes serán los portavoces de la UCR durante los primeros años del menemismo y competirán internamente por la estructura partidaria.
En lo que respecta a las tomas de posición frente al nuevo gobierno peronista, Angeloz apoyó y reivindicó las privatizaciones, la reforma del Estado y, posteriormente, la convertibilidad. Uno de sus primeros acercamientos al gobierno consistió en entregarle un Plan Económico a Erman González, en marzo de 1990, y proponerle al partido un diálogo con el gobierno, que fue rechazado por los dirigentes más cercanos al alfonsinismo. El cordobés afirmó en varias ocasiones que el presidente Menem aplicaba el programa que él había propuesto en 1989 y –frente a las críticas internas del sector alfonsinista– proclamó que el partido debía apoyar las reformas estructurales. En lo que respecta a la organización partidaria, Angeloz sostenía que era necesaria una renovación de las ideas y propuestas del partido, en particular lo que respecta a la intervención estatal y regulación de la economía.
Por el contrario, Alfonsín se diferenció de la posición de Angeloz por sus constantes críticas al gobierno de Menem. La alianza con la UCeDé, las privatizaciones y la corrupción fueron algunos de sus principales blancos durante los primeros años de la gestión peronista. En este sentido, proclamó sostenidamente que el menemismo representaba un modelo neoconservador, que tendía a excluir a los sectores más desprotegidos. Para Alfonsín, resultaba necesaria una alianza entre sectores progresistas de distintos partidos para combatir a la coalición de derecha integrada por el gobierno, la UCeDé y los sectores más concentrados de la economía.
Esta situación de la coyuntura partidaria que supone la coexistencia de dos grandes referentes políticos que hablen en nombre del partido, pero con disimiles posturas frente a las reformas llevadas adelante por el menemismo, llevó a distintos dirigentes y analistas externos a proponer la existencia de dos líneas políticas dentro del partido: una de derecha y otra de izquierda, o, en otras palabras, una liberal y otra progresista. A riesgo de tomar como reales las propias clasificaciones internas y naturalizar la existencia de grupos o fracciones que son en sí mismas objeto de apuestas y luchas por parte de los dirigentes políticos, resulta necesario poner en relación las tomas de posición externas frente al gobierno con las posiciones internas dentro del partido, particularmente con los puestos conquistados. Teniendo en cuenta, entonces, las posturas frente al gobierno y el poder interno dentro del partido en función de los cargos ocupados en el Comité Nacional y en los Comités distritales de mayor peso, el número de delegados y Convencionales, en el siguiente cuadro se reproduce la estructura del campo partidario entre 1989 y 1993.
Estructura del campo partidario y posiciones frente al gobierno
El primer punto que debe aclararse es qué es lo que está en juego y qué resulta objeto en lucha en el campo partidario a principios de los noventa. En primer lugar, lo que está en disputa en la lucha interna es el poder del aparato, de los puestos internos y, por ende, el control de las candidaturas para acceder a los cargos de gobierno. Como lo refleja el cuadro anterior, en los comienzos de la década, el alfonsinismo monopolizaba el control de los cargos partidarios, con Alfonsín como presidente del partido, una mayoría de delegados en la Convención Nacional y los presidentes distritales de mayor peso en la provincia de Buenos Aires y la Capital Federal. Por su parte, los angelozistas tenían un peso menor en el aparato, aunque eran dirigentes exitosos en términos electorales en sus distritos (Angeloz en Córdoba, Usandizaga en Santa Fe, De la Rúa en la Capital Federal), o mantenían el control del partido a nivel provincial, como Montiel en Entre Ríos o León en Chaco.
Así, entre las diferentes formas de lucha y oposición que se ponen en juego en un momento determinado, en este período tendieron a predominar dos formas de legitimación para representar y hablar por el partido: una propiamente interna –basada en el control del aparato del partido, a través de los apoyos de dirigentes de distrito, militantes y afiliados– reivindicada por los alfonsinistas, y otra, externa –sustentada en los éxitos electorales y el reconocimiento público– pretendida por los angelozistas y un conjunto de dirigentes opositores al alfonsinismo. Una vez caracterizada la estructura del campo partidario y la distribución de las posiciones, así como las distintas formas de capital y legitimación que se ponen en juego en la lucha política, es posible avanzar sobre el problema de las ideas y las tomas de posición frente al gobierno y los opositores internos.
8.2 El avance de las luchas internas sobre el campo externo y la crisis del trabajo de representación (1990-1993)
Con vistas a la conquista de los cargos partidarios, Angeloz y sus aliados circunstanciales (De la Rúa, Posse, Usandizaga, etc.) enunciaron públicamente la necesidad de renovar los cargos y las ideas del partido. En este sentido, tacharon a los alfonsinistas de profesionales políticos que se apoderaron del aparato y que, por estar preocupados por sus propios intereses partidarios, se alejaron de los problemas de la ciudadanía. En lo que respecta a las ideas, si bien ninguna de las grandes líneas enunció un programa consistente, los angelozistas bregaron por una modernización de los programas que incorporara las reformas del Estado y redefiniera las relaciones entre Estado y mercado. De forma general, las críticas hacia el aparato y sus ocupantes y las ideas de cambio y reformas se explican en razón de las posiciones que sostienen por fuera del aparato y de la lucha que llevan adelante contra quienes monopolizan la estructura partidaria. Si los angelozistas llevaron adelante una estrategia basada en la necesidad de ruptura y recambio, los alfonsinistas, por su parte, propusieron una estrategia de conservación de los puestos y las ideas. Así, el grupo que respondía a Alfonsín (Stubrin, Storani, Rodríguez, Moreau) alertó sobre la posible desviación del partido y de sus ideas en caso de que “la derecha” angelozista se apoderara del partido, y llamó a la resistencia. Alfonsín repetirá en los primeros años de la década que “si la sociedad se vuelve de derecha, la UCR no va a acompañar ese movimiento, aunque le cueste no ganar elecciones por mucho tiempo”. Sostenían así la necesidad de conservación y de congelamiento de las ideas y los puestos, postura ligada más a la defensa de las posiciones de poder interno y a los intereses que estaban en juego que a un programa consistente y unificado.
La lucha interna y posicionamiento frente al gobierno (1990)
| Alfonsinistas | Angelozistas |
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Alfonsín declara que “nunca se incorporaría al gobierno de Menem” (Clarín 25/2/90). Jesús Rodríguez: “Ningún acuerdo es posible con Alsogaray” (Clarín 26/3/90). El exministro de Economía B. Grinspun sostuvo que Angeloz representa un proyecto que no pertenece a la UCR (El Cronista 3/5/90). Alfonsín declara que con sus críticas al gobierno expresa el pensamiento de la UCR y afirma que Angeloz tiene un proyecto político personal (Clarín 4/5/90). Menem sostiene que Angeloz debe remplazar a Alfonsín en la jefatura de la UCR como parte de la renovación. Grosso afirma que la UCR tiene dos jefes (Clarín 1/6/90). J. Rodríguez alerta contra el peligro de que la UCR legitime la política menemista de exclusión social (Clarín 21/6/90). El bloque de diputados de la UCR cuestiona la privatización de ENTel (Clarín 23/6/90). |
Menem negocia con Angeloz su incorporación al gobierno (El Cronista 21/2/90). Angeloz entrega un Plan Económico a E. González y llama a los referentes de todos los partidos a lograr acuerdos con el gobierno (La Prensa 25/3/90). El exministro del Interior A. Troccoli afirmó que Angeloz representa mejor que Alfonsín el proyecto modernizador que reclama la sociedad y que es necesario un acercamiento con el gobierno (La Prensa 14/4/90). Angeloz apoyó desde EEUU el plan de reformas del gobierno de Menem (El Cronista 2/5/90). Angeloz sostuvo en su discurso de asunción a presidente de la UCR cordobesa, la necesidad de renovar las ideas del partido y luchar contra los profesionales del poder y hechiceros del aparato partidario (Clarín 23/5/90). Angeloz considera que la UCR está en deuda con la sociedad y se “deben reconocer los errores cometidos, en vez de empecinarnos en explicaciones que nadie cree” (Todos 23/6/90). Además felicita a Menem por llevar adelante la privatización de ENTel (La Nación 23/6/90). |
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El ministro del Interior Mera Figueroa afirma que el gobierno no encuentra interlocutores válidos en la UCR para negociar (Clarín 2/7/90). Storani sostiene que el éxito de Menem es el fracaso del país (El Cronista 18/7/90). Para Luís Cáceres, Angeloz representa una corriente menemista dentro de la UCR (Clarín 19/8/90). Alfonsín le advirtió a Angeloz que la UCR no será una hoja en tormenta, ya que el partido no es seguidor de las encuestas ni se arrastra detrás del péndulo (La Nación 23/9/90). Beccerra respondió a Angeloz afirmando que hay que ser un radical muy mal parido para endilgarle esas acusaciones a Alfonsín (La Prensa 24/9/90). Alfonsín aseguró que Angeloz es una variante prolija del gobierno y lo acusó de traicionar el voto popular por su apoyo al gobierno de Menem” (La Nación 13/10/90). |
Angeloz declara que es un éxito personal de Menem haber insistido con las privatizaciones (La Nación 10/7/90). El exintendente de Rosario H. Usandizaga sostuvo que la presidencia de Alfonsín en el Comité no le hace ningún bien al radicalismo (La Nación 18/8/90). Durante una reunión de la Línea Córdoba, Angeloz afirmó que Alfonsín no puede salir solo a la calle y que la UCR está tercera en todos los distritos (La Nación 23/9/90). Usandizaga afirma que apoya en grandes líneas la gestión menemista y recomienda a Alfonsín “sembrar rabanitos” (Clarín 6/10/90). |
Como puede apreciarse en el cuadro anterior, existe un dialogo más o menos implícito entre los diferentes dirigentes del campo partidario, en el cual la postura política proclamada está en relación directa con la postura de otro dirigente, de manera que las tomas de posición deben comprenderse relacionalmente. En el caso de las posturas frente a las reformas del gobierno de Menem como las privatizaciones, la reforma del Estado y los cambios en la Corte, los angelozistas tendieron a apoyar las medidas, y a propiciar un acercamiento con el gobierno, mientras que los alfonsinistas tendieron a rechazar el diálogo y se opusieron firmemente a las propuestas del gobierno. Las tomas de posición externa, de apoyo y rechazo total frente al campo externo, adquieren sentido en la medida en que se comprende el enfrentamiento en el campo interno y la necesidad de diferenciarse en función de la lucha. Por otro lado, los angelozistas buscaron, por los menos a partir de 1991, afirmar su legitimidad y reconocimiento público, acercándose a un gobierno que resultaba exitoso en términos electorales y en algunos objetivos propuestos como el control de la inflación.
La existencia en los hechos de una jefatura compartida del partido entre Angeloz y Alfonsín, que llevó al gobierno a negociar con ambos dirigentes el apoyo a las reformas en el parlamento, y la dinámica que adquirió la lucha en el campo partidario y frente al gobierno impidió que el partido tenga una posición unificada y coherente frente al gobierno y pueda realizar un trabajo de representación consistente en las elecciones de 1991 y 1993. Efectivamente, el apoyo y rechazo conjunto a las medidas de gobierno (privatizaciones, reforma del Estado, plan de convertibilidad, presupuesto, etc.) y la incapacidad de partido de enunciar un conjunto de medidas con las que los distintos sectores estuvieran de acuerdo llevó a que el partido no pudiera posicionarse como oposición al gobierno ni como alternativa de gobierno. La creciente inconsistencia de las posturas políticas y tomas de posición de los distintos referentes en los primeros años de gestión menemista adquieren sentido a la luz de la dinámica que adquirió la lucha en el campo partidario. Dicha dinámica puede caracterizarse como un avance constante de la lucha interna sobre el campo externo. Es decir: un traslado (más o menos directo) de los enfrentamientos del subcampo partidario al campo de competencia contra al gobierno y los demás partidos. Esta dinámica debe comprenderse como efecto de un debilitamiento de las estructuras y los límites del campo, y de las fronteras que separan (relativamente) los posicionamientos internos y externos. El avance de la dinámica interna sobre el campo externo actuó, a su vez, desordenando las ideas y las posturas propias de la organización partidaria, que no pudo contener la lucha en su interior ni presentar una propuesta más o menos unificada como organización.
Así, en los primeros años que van de la derrota angelozista al triunfo electoral masivo del peronismo en 1993, puede apreciarse un importante debilitamiento del campo partidario de la UCR en lo que respecta a la contención y barreras de lucha entre el flanco interno y externo. Sin duda, en los partidos mayoritarios y de estructura abierta, como es el caso de la UCR, siempre es posible encontrar coyunturas donde las oposiciones internas rebasan los límites partidarios y se superponen con los enfrentamientos con otros partidos. Pero es generalmente en ciertas coyunturas en las cuales una cúpula partidaria es desplazada por otra donde ocurren estos fenómenos. Lo particular de la UCR en este período, y lo que permite interpretarlo como un debilitamiento de las condiciones del campo, es la dinámica a largo plazo que determinó un tipo de oposición contradictoria e incoherente frente al gobierno entre 1990 y 1993.
8.3 La Convención de la UCR en 1990: un debate de ideas imposible
Las posiciones de Angeloz y Alfonsín no fueron continuas y uniformes. Las tomas de posición frente al gobierno, así como las propuestas sobre la estrategia partidaria tendían a modificarse en función de la dinámica interna y de la lucha. En coyunturas de elecciones internas, ambos dirigentes polarizaban sus posiciones de apoyo y crítica al gobierno, para diferenciarse internamente. Luego de las elecciones, generalmente se acercaban las posturas y se relativizaban los enfrentamientos. Como todos los años, se realizó algún tipo de elección interna, ya sea para candidatos o cargos partidarios. La UCR adquirió un movimiento espasmódico, signado por reiteradas polarizaciones internas. Esto llevó a dirigentes menores, que ocupaban posiciones más intermedias (Storani, De la Rúa, Terragno y Rodríguez, entre otros) a denunciar la lucha descarnada por los puestos y el aparato, y a relativizar los desacuerdos entre Angeloz y Alfonsín frente a Menem. En términos de posicionamiento frente a la lucha en la cúpula, las posturas de estos dirigentes se explican a partir de sus posiciones intermedias respecto al esquema expuesto más arriba.
La creciente división de la cúpula partidaria durante los primeros meses de gestión menemista produjo algunos efectos positivos en el partido: la mayoría de los dirigentes proclamó la necesidad de debatir y reordenar las ideas, para unificar la oposición frente al gobierno. A partir de mediados del año 90, se llegó a un acuerdo entre los distintos sectores para debatir en la Convención Nacional que tendría lugar en Mar del Plata, en el mes de octubre. La CN se reuniría para expedirse sobre dos temas centrales: las nuevas Bases de Acción Política, que remplazarían las vigentes desde 1948, y la reforma de la Carta Orgánica. Con vistas a la Convención, Angeloz propone un proyecto propio para reformar las Bases, acorde a sus reclamos de renovación ideológica del partido. En agosto, comienzan a circular internamente los primeros borradores del proyecto angelozista, y gran parte de los debates giran en torno al rol del Estado. Finalmente, en octubre de 1990, Angeloz presenta su propuesta. En el proyecto propone una reforma del Estado, aunque caracteriza como erróneo el mero achicamiento del gasto. En este sentido, el documento reivindicaba como responsabilidad del Estado la educación, las prestaciones de salud y seguridad social, así como también la aplicación de justicia, seguridad, moneda y medioambiente. A su vez, proclamaba la necesidad de elevar la eficiencia en la prestación de servicios, así como el abandono de regulaciones excesivas que desalentaran la acción individual. Lejos de ser un documento puramente liberal, el proyecto angelozista combinaba la búsqueda de eficiencia con la reivindicación de ciertas áreas de prioridad estatal.
A medida que se acercaba la reunión de la Convención, las disputas se fueron acentuando, a tal punto que el referente cordobés decidió no presentarse, aunque sí envió delegados para defender su proyecto. El día de la apertura de la Convención, hubo un duro enfrentamiento entre las barras de alfonsinistas y angelozistas, y la reunión concluyó con heridos y algunos detenidos. Los enfrentamientos evidenciaban la creciente rispidez interna que existía entre los distintos sectores del partido (Clarín 10/14/1990, 15/10/90).
En la segunda jornada, comenzó el debate sobre la reforma de las Bases de Acción Política, que giró principalmente sobre la cuestión estatal. Pese a las diferencias internas, la mayoría de los referentes nacionales de la UCR reconocían la necesidad de que el partido se pronunciara sobre nuevas formas de regulación e intervención estatal. La transformación ideológica del menemismo era ya evidente, y la UCR no había logrado, hasta el momento, consensuar nuevas posturas. Los distintos discursos de los convencionales radicales combinaron críticas al gobierno y ataques a los posicionamientos internos. Sorpresivamente, angelozistas y alfonsinistas coincidían respecto a la necesidad de intervención estatal para el desarrollo económico, la necesidad de planificar y de otorgar mayor eficiencia a la administración, sobre todo en lo referente a las prestaciones sociales. Pese a estos acuerdos básicos, comenzó una disputa entre ambos sectores sobre la manera en que se iba a votar la reforma de las Bases de Acción Política, hasta que finalmente, luego de varias horas, los angelozistas se retiraron del recinto. Si bien los alfonsinistas intentaron continuar la discusión y aprobar un documento propio, terminaron enfrentándose entre sí, revelando sus propias discordias internas. Luego del debate frustrado, la UCR no logró conciliar una postura unívoca frente al gobierno y sus reformas ni tampoco debatir sobre las reformas de ideas y programas, en particular lo concerniente al tema estatal.
La imposibilidad del partido de acordar un nuevo discurso y definir una toma de posición orgánica frente al menemismo fue menos el producto de las diferencias ideológicas internas –las propuestas de las Bases de Acción Política de alfonsinistas y angelozistas mostraron más puntos en común que desacuerdos– que el resultado de la trabazón de la lucha interna, que paralizó todo el campo partidario como efecto del bloqueo que ejercieron ambos grupos.
El empate constante tendió a mantener y proyectar sobre el campo externo una doble representación partidaria, y contribuyó a acrecentar las disputas internas. Al mantenerse más o menos congelada la dinámica interna, producto de la falta de resolución de los enfrentamientos, el partido perdió parte de su capacidad de ofrecer bienes políticos (discursos, programas, posicionamientos coyunturales frente al oficialismo). En este estado de la lucha, la reforma de un artículo, la aprobación de una propuesta o la definición de la manera de votar pasaron a significar el triunfo o la derrota de un sector, de manera que los cambios mínimos eran entendidos como resultado de las relaciones de fuerza y de dominio de un grupo sobre otro. Así, cualquier toma de posición de un dirigente o sector interno frente al gobierno o hacia los posibles electores era inmediatamente descalificada y desautorizada por otros dirigentes. La dinámica de la lucha interna tendió a trabar diversos aspectos de la vida partidaria en los años siguientes, bloqueando los debates internos e invalidando los posicionamientos externos frente al menemismo o la opinión pública.
8.4 La disgregación interna y la UCR en la Capital Federal
Paralelamente a la división que tenía lugar en la cima de la UCR y a la creciente dinámica de lucha, en los primeros años de la década del noventa, comienzan a desfigurarse y desintegrarse también las líneas internas partidarias de carácter nacional, como Renovación y Cambio, Línea Nacional, Movimiento de Afirmación Yrigoyenista y Junta Coordinadora, que aglutinaban a los referentes partidarios de diferentes regiones. Desde el punto de vista organizacional, la UCR comienza un lento proceso de desintegración de los grupos internos que competían por los puestos. Algunas de las líneas internas, como Renovación y Cambio o Línea Nacional, habían logrado unificar ciertas posturas de gobierno y de reformas partidarias, y, en tanto grupos más o menos sólidos, lograban renovar las ideas del partido a través de la lucha.
Este proceso de desintegración de las grandes líneas, correlativo al enfrentamiento de Alfonsín y Angeloz, sin duda contribuyó a la prolongación de este último, en la medida en que ninguno de los grandes referentes logró consolidar un espacio interno lo suficientemente fuerte como para desplazar al otro. La oposición entre angelozistas y alfonsinistas era un enfrentamiento de cúpula que conminaba al resto de los dirigentes a tomar partido, pero cada vez con menos relación a líneas políticas organizadas. El alfonsinismo estaba compuesto por un conjunto de dirigentes pertenecientes a distintas líneas, que comenzarían a desvincularse del caudillo a partir de 1993; Angeloz, por su parte, si bien anunció en reiteradas ocasiones la formación de una línea interna propia, nunca llegó a formalizarla, entre otras razones, debido al mismo proceso de desintegración interno que disolvía los grupos y aumentaba las disputas individuales. Luego de la desintegración de las grandes líneas de representación nacional, comenzaron a fundarse pequeñas agrupaciones distritales, que, por lo general, tenían una duración de un ciclo electoral. En el cuadro siguiente pueden observarse las nuevas líneas fundadas entre 1990 y 1992 en la Capital.
Año de fundación de líneas y corrientes internas con representación en la Capital Federal
1990 |
1991 |
1992 |
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-Corriente Nacional (Storani-Caputo) -Movimiento de participación (De la Rúa) -Ateneo del Centenario (J. Rodríguez) -Movimiento Federal (Montiel–León)
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-Línea Renovación (Stubrin, Nosiglia, F. S. Lastra) |
-Movimiento por la Democracia Social–MODESO (Alfonsín, Moreau, Caputo) -Convergencia Radical (Storani, Casella, A. Guerrero) |
En Capital Federal y Buenos Aires, diversos dirigentes como Fernando De la Rúa, Jesús Rodríguez, Federico Storani y el propio Raúl Alfonsín formaron una línea interna a comienzos de la década. Y si bien cada uno de los dirigentes lanzó su agrupación con la intención de conquistar el plano nacional y renovar las ideas, éstas acabaron teniendo, básicamente, un carácter territorial y limitado. Sin duda, las propias disposiciones prácticas llevaban a los dirigentes a orientarse hacia la construcción de nuevas líneas, pero las condiciones de los afiliados y adherentes invalidaban esas estrategias del pasado. Efectivamente, en un contexto de disgregación de las bases de apoyo, la conformación de nuevos agrupamientos que lograran reclutar resultó sumamente difícil. La creciente fragmentación interna del partido adquirió la forma de pequeños agrupamientos territoriales bajo la égida de un líder. La necesidad de diferenciarse y luchar por las candidaturas y los puestos llevó a extremar los enfrentamientos, dividiendo aún más el discurso y las estrategias partidarias. Se asiste así al proceso de territorialización del partido que Escolar y Calvo (2005) describen como una pérdida de la esfera nacional y una localización de las líneas internas.
En el caso de la Capital Federal, la diáspora de la Junta Coordinadora Nacional y el crecimiento de la figura de De la Rúa dividieron el aparato. La JCN había mantenido la conducción del partido e, indirectamente, el control de las candidaturas desde el 85. El liderazgo de M. Stubrin y E. Nosiglia, ambos apadrinados por Alfonsín, comenzó a decaer en 1990, cuando J. Rodríguez y F. De la Rúa conforman sus propias agrupaciones para competir en elecciones internas, llevándose parte de los referentes y punteros barriales que respondían al alfonsinismo de la Capital. En los primeros años de los noventa, la UCR presentará tres líneas en el distrito: Participación Radical, comandada por F. De la Rúa, El Ateneo Centenario, conducido por J. Rodríguez y Renovación de M. Stubrin. En la mayoría de las disputas internas de la Ciudad se impuso De la Rúa. Los triunfos internos de De la Rúa y sus aliados en la Capital fueron producto de la movilización de los afiliados más independientes del aparato en la Ciudad, aunque esto no impidió que De la Rúa buscase el apoyo de reconocidos punteros tradicionales.
La disgregación interna del partido en la Capital Federal coincide con la pérdida de votos en las elecciones generales y la disminución de la participación interna de afiliados y militantes. Luego de la formación de estas líneas internas en la Capital Federal, la UCR perdió las elecciones de 1993 y 1994, y se evidenció de forma notable la disminución de la participación interna. La pérdida de las elecciones legislativas de 1993 frente al peronismo capitalino de Herman González encendió la alarma en el partido, porque desde mediados de la década del cincuenta la UCR no era derrotada por el peronismo en la Capital.
A lo largo de la década, ninguna de las agrupaciones internas de la Capital Federal logró politizar a los afiliados y movilizarlos masivamente. El enfrentamiento entre las cúpulas y la incapacidad del partido para renovar sus ideas y programas se vieron agravados por la disgregación interna en el distrito, donde tendieron a primar las alianzas coyunturales para la obtención de puestos y candidaturas.
Participación en elecciones internas de la UCR en la Capital Federal según porcentajes del padrón de afiliados
1985 Padrón (191.000) |
78% |
1987 Padrón (220.000) |
40% |
1988 Padrón (220.000) |
36% |
1991 Padrón (220.000) |
40% |
1992 Padrón (220.00) |
24% |
1993 Padrón (220.000) |
38% |
1994 Padrón (223.000) |
23% |
1995 Padrón (224.000) |
23% |
Fuentes: Clarín, 14/05/93, 21/3/95; El Cronista, 01/07/91; La Nación, 12/05/87, 22/11/88, 28/04/92, 28/11/94; Tiempo Argentino, 1/7/85.
Participación Interna Capital Federal
Es posible relacionar la creciente desvinculación electoral de votantes y afiliados con la disgregación interna. El agotamiento de las líneas partidarias no opera en el vacío de la organización ni es producto de la lucha de la cúpula, sino que estuvo condicionado por la creciente desvinculación electoral, tanto de la participación interna como de los apoyos electorales en elecciones abiertas. Dado que la participación interna y las líneas (autoridades) de representación interna están conectadas, y que la primera le da básicamente existencia a la segunda, se puede establecer, entonces, una homología de la disgregación: a medida que se desintegran las bases de afiliados, se descomponen, a su vez, las agrupaciones de referentes políticos que las tenían como sustento. O, a la inversa, las agrupaciones internas de dirigentes se descomponen a medida que pierden el sustento de afiliados y votantes.
8.5 Límites y ocaso del aparato radical en la Capital Federal
Entre 1983 y 1991, la UCR de la Capital Federal recibió cerca de 40.000 nuevos afiliados que, en su mayoría, se adhirieron al partido en los primeros años de la década del ochenta. En este período, la efervescencia social y política ligada a la recuperación democrática había determinado una afiliación masiva hacia los diferentes partidos. A nivel nacional, la UCR pasó de contar con medio millón de afiliados a tener cerca de un millón y medio.
En lo que respecta a la participación de los afiliados, la tasa de participación interna se mantuvo relativamente alta en los primeros años de la década, pero comenzó a reducirse notablemente a partir de 1987, y disminuyó aún más a partir de los noventa. La pregunta que surge es qué condiciones impidieron que el aparato partidario de la Capital no pueda retener a los nuevos afiliados y militantes interesados en participar en las actividades del partido.
Unos de los aspectos más significativos del aparato de la UCR de la Capital Federal es el peso extraordinario que tienen los caudillos y punteros en la estructura de poder interno. Efectivamente, desde la recuperación democrática, gran parte de la lucha entre las diferentes líneas pasaba más por la captación de caudillos y punteros por parte de los candidatos que por la politización directa de afiliados y militantes. El poder de los punteros se evidenciaba en la necesidad de los candidatos de atraerlos a sus listas para contar con el apoyo de los afiliados movilizados por el aparato. El poder de los caudillos en las negociaciones por los puestos determinaba quiénes ocuparían los primeros lugares de las listas a candidatos para diputados y concejales. Así, las listas de la UCR porteña mostraban un contraste extraordinario: los primeros puestos de las listas del espacio social más moderno del país lo ocupaban los representantes más tradicionales de la política de aparato, junto con intelectuales y políticos de carrera. Lejos de operar tras bambalinas (al estilo del boss americano), el caudillo radical capitalino tendió a ocupar lugares importantes en las listas para acceder a los puestos de gestión de gobierno. Uno de los míticos caudillos radicales, Liborio Pupillo, perteneciente a la sección 21 del barrio de Mataderos, fue titular de la parroquia desde 1946 hasta 1992, siendo reelecto de forma ininterrumpida. Perteneciente a la línea Renovación y Cambio e hincha de Nueva Chicago, fue concejal en 1962, y en 1983 encabezó la lista de diputados por la Capital. Por cuestiones del azar, el Primer Proyecto de Resolución de 1983 tratado en la Cámara luego de la recuperación democrática le correspondió a Pupillo: un pedido de anulación de los descensos en el campeonato de fútbol de Primera, porque Nueva Chicago estaba por descender. A principios de 1991, cuando Raúl Alfonsín lanzó su nueva línea interna MODESO, eligió el barrio de Mataderos, y los apoyos y la organización de Liborio para promocionarse en la Capital.
El cierre del aparato a los nuevos participantes debido al poder que concentran los caudillos y referentes barriales es una de las razones de la deserción de participantes de la UCR en la Capital Federal. En este sentido, J. Rodríguez realizaba una interesante reflexión, dando cuenta de la baja de participación:
“Es cierto que las estructuras tradicionales de la UCR fueron rebasadas con creces, pero no es menos cierto que poco o nada se hizo para mantener ese flujo participativo originario por encima de un umbral aceptable […]. Lo cierto es que, un par de años antes de la derrota de 1989, el partido ya había saturado su capacidad de agregación. La mayoría de los dirigentes, como es natural de acuerdo al modo de acumulación de poder interno del partido, estaban replegados. Preferían un partido desmovilizado y dócil, fácil de dominar, sin acechanzas a nivel interno, sin “arribistas” que vinieran a disputar los espacios que tanto les había costado ganar. Desde 1983 a la fecha, la UCR ha visto disminuida su oferta participativa global. Finalizando el comienzo de la transición, signado por el crecimiento y la expansión, la dinámica partidaria comenzó naturalmente a volverse rutinaria. […] Al llegar los años 1987-88, el partido, a los ojos de los nuevos afiliados, había vuelto a ser, con algunas innovaciones, lo que siempre fue: una formidable máquina electoral. Ganar elecciones, competir por ocupar cargos, asegurar la provisión de personal para la administración propia y del gobierno fueron las funciones a las que se redujo el partido” (J. Rodríguez 1992:12-15).
El cierre del aparato a los nuevos participantes y a la renovación debe entenderse como una característica propia del tipo de organización. Como lo destacaron Rouquié y Mustapic, la estructura de los comités radicales está, básicamente, formada por cuatro elementos: el caudillo, que tiene en su poder la organización de la sección con vistas a las elecciones internas y generales; el candidato, que generalmente puede ser un abogado o un intelectual del partido; el puntero, encargado de recolectar la mayor cantidad de votos e interceder ante los afiliados; y, por último, el adherente, que concurre a las actividades partidarias (Rouquié, 1967:61, Mustapic 2002:117). Fuera de los períodos electorales, los adherentes participan muy poco en las actividades del comité. Esto se debe a que la estructura de relaciones y roles que organiza la vida de los comités está, básicamente, preparada para la movilización electoral periódica, más que para un activación y participación continua de los adherentes y afiliados. Lejos de estar condicionados para la incorporación y politización masiva de nuevos afiliados, los comités dificultan el acceso de nuevos participantes. Esto, que tiene más que ver con el aspecto organizacional que con las intenciones individuales de los dirigentes o los caudillos, es, sin duda, otro elemento importante a la hora de comprender la incapacidad del partido para mantener en el largo plazo el caudal de participantes entusiasmados con la recuperación democrática y la actividad política.
El vaciamiento y desmovilización del aparato radical en los primeros años de la década del noventa también fueron impulsados por los cambios sociales de los afiliados. En términos estructurales, la diferenciación de las clases medias –que multiplicó los intereses de los individuos– y el aumento extraordinario de los niveles educativos, contribuyeron a vaciar las estructuras de comités, poco preparadas para contener participantes reflexivos y con intereses diversos. Como manifestaban exafiliados en las entrevistas expuestas al final del apartado, las lógicas de comité les resultaron tremendamente desalentadoras y llenas de prácticas políticas espurias. Sin duda, la organización del aparato resultaba cada vez más desfasada en relación a sus adherentes, en la medida en que mostraba un funcionamiento tradicional, con jerarquías y simbolismos, que no lograban satisfacer a unos adherentes más modernizados en lo que se refiere a sus ideas y a las formas de pensar la política. En términos teóricos, este proceso puede ser caracterizado como un creciente desajuste entre el campo partidario y los esquemas interpretativos, entre el juego y sus prácticas, por un lado, y las disposiciones para reconocer y aceptar el valor del juego y reproducir las prácticas, por el otro. La transformación más o menos generalizada de las disposiciones políticas produjo un vaciamiento vertiginoso del otrora poderoso aparato radical capitalino, dejando así al descubierto uno de los aspectos más velados de los aparatos políticos: que gran parte de su fuerza y capacidad de reproducción no está dada por el poderío y los recursos de quienes los comandan, sino por la capacidad de encontrar en los fieles y adherentes las disposiciones para acordar legitimidad y adhesión al mismo. Cuando los cambios sociales y políticos promueven una transformación del estado de las disposiciones de los afiliados y adherentes, los aparatos pueden diluirse rápidamente.
El desajuste entre la organización y sus adherentes
E: ¿Participaste en la UCR?
Hoy no participo, participé cuando participamos todos, cuando volvió la democracia, cuando le creíamos a Alfonsín que todos éramos parte de lo que estaba pasando… llegamos a afiliarnos con mi esposo a la UCR y, aunque participábamos poco, íbamos al comité, a las marchas… a la última que fuimos fue a la famosa de Felices Pascuas… ese momento fue el momento en que más comprometidos estábamos con lo que estaba pasando… sabíamos que éramos más, que de vuelta los milicos no nos iban a sacar de la plaza, que éramos fuertes… quizás por semejante ilusión que nos habíamos creado la traición la sentimos mucho más profundo.
E: ¿Seguiste militando?
No, ya no podíamos seguir, era ser cómplices de lo que se estaba haciendo… no, desde ahí no aparecimos más en el partido, nos volvieron a llamar pero no volvimos. Yo creía que en el partido podía cambiar las cosas, que podía desde ahí resolver los problemas del país… suena idealista pero es así… entonces yo dejé de creer, porque el partido me traicionó, porque creí que el partido era un puente y terminó siendo una barrera… porque lo que peleábamos en la calle se resolvía en las oficinas… ésa es mi experiencia… no ven más que las mismas caras, las mismas mafias, los mismos arreglos… (Virginia, 57 años, profesora de biología, 2003).
[…] Empecé la facultad en el 80, una época bastante politizada. Estábamos todavía en la dictadura, así que no era una época fácil. Mis viejos siempre fueron radicales, de alguna manera yo también, y encima en el 83, cuando asume Alfonsín, me terminé de hacer radical. Milité en el radicalismo como tres años. La verdad que después me desilusioné un poco. En mi casa mis viejos siempre militaron, pero entiendo que era otra época. Mis años en el radicalismo fueron buenos, era el inicio de una nueva era, acompañada de ilusiones y proyectos. Yo colaboraba en un comité cerca de donde vivía, en Almagro. Lo que sucedió es que me empecé a desilusionar porque empecé a ver manejos medio turbios. Lo mío era pura ilusión, si bien era consciente de que no podía cambiar el mundo como lo quisieron hacer los muchachos de los 60 y 70, pensaba que con mi colaboración, a través de tareas solidarias y otro tipo de cosas, podía aportar algo. Pero la gente es terrible. Yo no sé si la política es tan mala como dicen, me parece que lo complicado son las personas que forman parte de la política. Empecé a ver cosas que no me gustaron. La lucha por un puesto político, los punteros de barrio, los famosos ñoquis. Porque te digo una cosa, en la época de Alfonsín también pasaba eso, no es que sólo los peronistas son terribles. Los radicales sólo son más cautos, no lo hacen ver tanto. No lo podía creer, teníamos una oportunidad histórica en el país de cambiar las cosas, veníamos de años de dictadura nefasta, sabiendo y teniendo tan fresco el recuerdo de cómo se vivía en los 70, y la gente veía que se interesaba sólo por obtener dinero, un carguito, unos mangos. Yo pensaba otra cosa, tenía la idea de que todo el mundo realmente se iba a unir y tirar para adelante. Pero la verdad que en ese momento me cayó muy mal todo el manoseo político que observé. Si bien yo sabía que había todo eso, no esperaba encontrármelo así. Estuve unos años al margen de todo, seguía la política, pero no me involucraba. (Julio, 43 años, contador, 2004).
8.6 Conclusión: conducción dividida, fragmentación interna y pérdida de votos
¿Cómo se relacionan los cambios operados en los electores con la dinámica del campo partidario? En primer lugar, la doble conducción ejercida por Alfonsín y Angeloz y el avance de las luchas internas sobre el campo externo tendieron a operar como una oferta política contradictoria, en la medida en que rechazaban y apoyaban al mismo tiempo las mismas propuestas políticas o acciones del gobierno peronista. De esta manera, el intercambio entre el partido y su electorado quedó en parte suspendido, lo que sin dudas contribuyó a ahondar el distanciamiento de sus votantes.
En segundo lugar, la UCR no pudo formular un conjunto más o menos sistemático de bienes políticos que ofrecer a su electorado, una vez que los valores republicanos y democráticos de la década anterior perdieron parte de su eficacia. Históricamente, el partido radical había sido más propenso a realizar defensa de valores y propuestas generales que a especificar programas de gobierno, como la causa frente al régimen en tiempos de Yrigoyen. La famosa Declaración de Avellaneda de 1945 fue una especie de programa mítico durante décadas en el partido, pero resultaba cada vez más anticuada frente a los cambios socioeconómicos de la sociedad argentina y, en particular, en Capital Federal. En 1983, las condiciones de recuperación democrática favorecieron que muchos de los elementos propios de la causa se transformaran en parte de un programa, pero a principios de la década del noventa la efectividad del programa republicano abstracto estaba ya en decadencia debido a que la base electoral del partido diversificaba sus intereses y aparecían nuevas demandas acordes a un electorado más moderno. Efectivamente, en la primera parte señalamos cómo las mismas encuestas que realizaba el partido a sus electores mostraban cambios sustantivos en las demandas referentes a la intervención estatal, a la oposición partidaria y los nuevos valores asociados con los cambios en los estilos de vida.
La interpelación contradictoria del partido y la incapacidad de formular bienes colectivos en un contexto de cambio social y cultural motivaron un creciente desfasaje entre la oferta partidaria y sus electores fieles. Por un lado, las transformaciones externas y no partidarias –ligadas a la configuración de las clases medias y los estilos de vida– modificaban los esquemas interpretativos de los votantes; por el otro, el trabajo de interpelación partidaria resultaba contradictorio e inconsistente. Ambos procesos contribuyeron a la reducción de la base social de votantes radicales en la primera etapa de los años noventa.
Pero, ¿qué elementos evidencian particularmente este desfase? Aquí resulta necesario retomar algunos argumentos expuestos anteriormente. En lo referente al Estado, el creciente distanciamiento de las clases medias respecto a las prestaciones estatales y a la pérdida de legitimidad estatal mostraba un cambio novedoso en los usos y expectativas asociadas a las burocracias estatales. A principios de la década del noventa, los diferentes dirigentes de la UCR se mostraron interesados en discutir las posturas frente a la reforma estatal y a los nuevos roles asociados al Estado. En este sentido, Angeloz fue uno de los dirigentes que más insistió durante ese período en la necesidad de que el partido redefiniera sus ideas sobre las prestaciones y la regulación estatal. Sin embargo, la exacerbación de la lucha interna bloqueó toda redefinición ideológica. Así, mientras los electores redefinían sus ideas y expectativas frente a la intervención del Estado, el partido no lograba condensar una nueva postura política uniforme.
Por otro lado, en términos de valores y demandas, el partido no logró incorporar nuevas propuestas frente a un electorado que renovaba sus comportamientos y expectativas. En 1992, J. Rodríguez llamaba la atención sobre los cambios que experimentaban los afiliados radicales porteños y la falta de adaptación del partido. Sin duda, la creciente disgregación interna y el funcionamiento propio de los comités partidarios dificultaron la captación de afiliados con nuevos intereses y demandas. Pero, además, la lucha de cúpula giró centralmente sobre la discusión de los puestos internos y las posturas frente al gobierno y no incorporó nuevos temas o demandas para ofertar a un electorado que se distanciaba políticamente del partido. Es en este contexto en el que la oferta de nuevos partidos como el Frente Grande y el Frepaso resultará exitosa.
Otro de los factores que contribuyeron a la pérdida de votos fue el hecho de que la UCR no pudiera replantear su ubicación en el campo político en el marco del menemismo. El antagonista histórico redefinió sus aliados y sus bases de apoyo, cambiando las líneas ideológicas tradicionales, contribuyendo indirectamente al debilitamiento del antiperonismo tradicional de los electores. Si, en un primer momento, el peronismo neoliberal sorprendió a propios y ajenos, lo cierto es que el partido no logró posicionarse nuevamente como opositor al gobierno, y tampoco como competidor frente al resto de las agrupaciones, en particular frente a los nuevos partidos que disputaban por los mismos electores.
Este período puede ser caracterizado como una coyuntura de desfasaje entre el partido y su base electoral, en la medida en que se da una creciente falta de correspondencia y desajuste entre los electores y la lucha de cúpula entre dirigentes. La desvinculación de los electores tradicionales y la inconsistencia de la oferta política de la UCR resultan fenómenos independientes en sus orígenes, ya que el cambio de los votantes estuvo en gran parte motorizado por las transformaciones sociales, y porque la dinámica de la lucha interna se explica más por los posicionamientos internos y externos (y la historia anterior de luchas) que por las demandas directas. Sin embargo, en su desarrollo, ambos procesos se entroncan, permitiendo afirmar que, en una coyuntura de cambio de las identificaciones políticas de los electores, la inconsistencia de la oferta partidaria contribuyó al alejamiento de los votantes y desalentó la llegada de nuevos electores. Por otra parte, es en el caso de la disgregación de las líneas internas donde pueden observarse algunas de las consecuencias del entroncamiento de los procesos que actuaban en la base y la cúpula partidaria: el alejamiento de los afiliados vació las agrupaciones internas, promoviendo la disgregación de los dirigentes y contribuyendo indirectamente a la permanencia del enfrentamiento de la cúpula.
- Angeloz presionó al gobierno para remover al entonces ministro de economía, Juan Sourrouille, debido a su creciente inconformidad con las medidas adoptadas y el riesgo de pérdida de votos (Clarín, 14/05/93). Sin dudas, estos cambios no se realizan sin conflictos –que en ciertas circunstancias pueden promover rupturas–, pero lo importante es que se lleven a cabo.↵










