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9 La exacerbación de la lucha y la disolución del campo partidario (1993-1996)

Definir y caracterizar a los partidos como campos, organizaciones o relaciones sociales, siguiendo las propuestas de Bourdieu, Panebianco y Offerlé, supone tener en cuenta también que, en determinadas coyunturas, los campos pueden desintegrarse, las organizaciones, fragmentarse, y las relaciones sociales, diluirse. Estos procesos no ponen necesariamente en duda la utilización de los conceptos y categorías. Al contrario, es a partir de la utilización de los mismos y del conjunto de supuestos asociados (metas colectivas, reglas formales e informales, solidaridad, intereses compartidos, apuestas comunes, etc.) que los procesos que desembocan en una desorganización o disolución se hacen evidentes y pueden caracterizarse como tales, porque sólo entonces puede constatarse que los elementos que les daban unidad y existencia a las organizaciones o campos han dejado de existir.

En este capítulo se analizará un proceso de disolución del campo partidario de la UCR entre 1994 y 1996. Caracterizar los cambios del partido en este período como un proceso de disolución supuso constatar una serie de discontinuidades y rupturas tanto con el periodo anterior como con el posterior. En realidad, la disolución de la UCR no supuso, como es evidente, la desaparición del partido, sino un debilitamiento extraordinario de la organización, que se redujo a su mínima expresión y que, siguiendo a Offerlé (2004), puede definirse como la simple presencia de un conjunto de profesionales políticos que reclamaban el monopolio de la marca partidaria. Este proceso de disolución no resulta extraordinario en la vida de los partidos; como manifestó Panebianco: es un fenómeno común que los partidos de larga existencia atraviesen períodos de organización e institucionalización y de desorganización-desinstitucionalización (Panebianco, 1998:124-125).

En el primer apartado del capítulo, se analizan los cambios que se dieron en las posiciones internas y el debilitamiento de los clivajes ideológicos que anteriormente organizaban las posturas y alianzas internas. En el segundo apartado, se describe la exacerbación de las luchas internas y los efectos disolutivos de las mismas sobre la organización partidaria. En el tercer apartado, se analiza el grupo que accede a la conducción partidaria y la formación de la Alianza.

9.1 La reconfiguración del campo y el debilitamiento de las disputas ideológicas. El caso de la Reforma Constitucional

Entre fines de 1992 y principios de 1993, la estructura del campo partidario comenzó a modificarse, y las luchas y el sistema de posiciones y oposiciones que anteriormente congregaban a los distintos referentes perdieron su lógica anterior. El cambio fue producto de la formación de una alianza entre el angelozismo y el alfonsinismo, basada en ciertos acuerdos de apoyos mutuos. La alianza se asentó, por un lado, en el apoyo de Angeloz a la candidatura de Alfonsín a ocupar nuevamente la presidencia del partido y, por el otro, en el respaldo del expresidente a la candidatura de Angeloz a la presidencia en 1995. Así, la alianza entre ambos sectores comprometía el frente interno y externo, y solucionaba las disputas abiertas desde 1989. Además, este acuerdo de cúpula tendía a cerrar el paso al resto de los dirigentes y a mantener el poder del partido entre ambos sectores, en un contexto de ascenso de nuevas figuras partidarias. Efectivamente, el crecimiento de De la Rúa como posible candidato presidencial y la constante disgregación de los sectores alfonsinistas hacían peligrar las posiciones de poder de alfonsinistas y angelozistas. El cambio que tuvo lugar en la cúpula determinó un reacomodamiento hacia abajo, impensado algunos meses antes, que llevó a que De la Rúa y Storani se unieran contra Angeloz y Alfonsín. En las elecciones internas para convencionales de abril de 1993, De la Rúa y Storani compitieron contra J. Rodríguez, el representante del alfonsinismo. En esas elecciones capitalinas, si bien triunfó De la Rúa, J. Rodríguez alcanzó la minoría; es decir: más del 25% de los votos. Las nuevas alianzas se mantendrán relativamente estables entre 1993 y 1995.

En el cuadro siguiente se reconstruye el sistema de posiciones de los principales dirigentes a partir de dos ejes. Por un lado el apoyo al Pacto de Olivos y, por otro, a la candidatura de H. Massaccesi a la presidencia. Como queda evidenciado en las distintas tomas de posición, se altera la dinámica anterior de división y lucha entre los dos referentes principales (Alfonsín y Angeloz), que alineaba al resto de los dirigentes, y se conforma un nueva estructura donde la oposición se da entre la cúpula partidaria y un conjunto de dirigentes intermedios en ascenso, particularmente de F. De La Rúa, que, pese al bajo rendimiento de la UCR en la Capital Federal, había logrado triunfar en las elecciones de senador en 1992 y ganar las internas partidarias.

Estructura del subcampo partidario 1993-1995

esquema 2

Con los cambios en las posiciones del campo, los justificativos ideológicos de las tomas de posición tendieron a debilitarse, y el debate de ideas al que los dirigentes llamaban periódicamente dejó de ser un imperativo. En el estado anterior del campo, la disputa entre angelozistas y alfonsinistas sobre las relaciones con el gobierno, las posiciones frente a las reformas y las definiciones del partido sobre el rol del Estado había obligado a los distintos dirigentes a posicionarse ideológicamente. Y, si bien el partido no pudo lograr un conjunto de acuerdos mínimos sobre todos estos temas, el enfrentamiento que dividía al campo obligaba periódicamente a los distintos referentes a tomar posición, justificando las afiliaciones a uno u otro sector y la adopción de determinada línea política. Así, aunque J. Rodríguez y F. Storani se oponían al alfonsinismo más ortodoxo, el apoyo casi irrestricto de Angeloz a las privatizaciones los condicionaba a definirse como un sector de izquierda dentro del partido y a alertar sobre el avance del pensamiento de la derecha al interior de la UCR, lo que los situaba más cerca de Alfonsín en la lucha interna. El estado de lucha y los posicionamientos al interior del Partido y frente al gobierno determinaron, en los primeros años de la década del noventa, que la UCR se presentara como un partido en el cual convivían una postura de derecha y otra de izquierda. Esta división ideológica, lejos de ser una constante (como muchas veces lo expresan los dirigentes y militantes), es, simplemente, una posibilidad. Es decir: en ciertas circunstancias dadas por el estado de luchas internas y externas, las oposiciones implican una dicotomía entre derecha-izquierda, mientras que en otras coyunturas el campo no se organiza bajo esta oposición.

La alianza entre angelozistas y alfonsinistas a principios de 1993 reorganizó todas las posiciones al interior del campo, y la disputa derecha-izquierda dejó de funcionar como organizadora y motivadora de los posicionamientos. Sin el justificativo ideológico anterior, la lucha por los puestos y las candidaturas se volvió más descarnada. Efectivamente, las nuevas alianzas perdieron el matiz ideológico, y la intención de debatir y definir nuevas ideas y programas se diluyó.

Desde 1993, la UCR tendió a mostrar una creciente inconsistencia de ideas y posturas frente a los desafíos políticos que le planteaba el menemismo, en particular frente a la reforma constitucional. Efectivamente, el partido no logró consensuar, no sólo si debía o no oponerse a la reforma que reclamaba el gobierno, sino incluso a la manera de hacerlo. Sin los lineamientos ideológicos anteriores, las posturas a favor y en contra del cambio constitucional carecían de argumentos consistentes y creíbles, lo que desnudaba la dinámica de la lucha interna que llevaba a los referentes a cambiar sus posturas de una semana a la otra. Ninguno de los sucesivos cambios de posiciones frente a la reforma estuvo anclado en una consulta a los afiliados del partido. El pacto final entre Menem y Alfonsín, acordado días antes del 14 de mayo, tiñó de sospecha el acuerdo. Lo que muchos adherentes a la UCR sintieron fue, efectivamente, que el radicalismo se convertía imprevistamente en el principal facilitador del proyecto presidencial de reelección, una posibilidad considerada descabellada por el propio líder radical hasta pocos días antes del acuerdo (Fidanza, 1998:39).

A modo ilustrativo de la desorganización interna, se reconstruyen en el cuadro siguiente las diferentes posturas sobre la reforma constitucional que el partido no logró conciliar durante septiembre y octubre de 1993.

Reconstrucción semanal de las posturas partidarias frente a la Reforma Constitucional impulsada por el gobierno

DEL 6 AL 12 DE SETIEMBRE DE 1993

Comienza a debatirse la Reforma Constitucional en el Senado. Si bien los senadores manifestaron la necesidad de una reforma, rechazaron en conjunto el proyecto argumentando que el gobierno se caracterizaba por su tendencia al desborde de poder y no ofrecía seguridad jurídica suficiente. Por su parte, Alfonsín declaró su ferviente oposición a la reforma.

DEL 4 AL 10 DE OCTUBRE

Alfonsín se declara a favor de la Reforma, y brindaría su apoyo si el presidente Menem renuncia a ser reelecto. Angeloz, por su parte, se opone a la reforma, argumentando que no hay ninguna razón que motive un cambio de posición frente al gobierno. Por otro lado, De la Rúa también declaró su rechazo a la modificación constitucional.

DEL 11 AL 17 DE OCTUBRE

Alfonsín sostiene que no existen garantías jurídicas para que se realice la reforma. Sin embargo, el gobernador de Río Negro, H. Massaccesi manifestó su intención de realizar un plebiscito en su provincia sobre la reforma. Con una postura similar, Carlos Maestro, gobernador de Chubut, se mostró a favor del proyecto del ejecutivo.

Por su parte, el gobierno manifestó su intención de realizar una consulta popular sobre la reforma. Finalmente, el jueves 14 de octubre se realizó una cumbre partidaria en la cual Alfonsín buscó disciplinar a los opositores. El viernes 15 el Comité Nacional volvió a ratificar su rechazo.

DEL 18 AL 24 DE OCTUBRE DE 1993

El jueves 21, el peronismo logró aprobar el proyecto de reforma en el Senado. La totalidad de diputados radicales adelantaron su rechazo al proyecto. El gobierno propuso como fecha para la consulta popular el 21 de diciembre. Alfonsín y De la Rúa proponen realizar una campaña por el NO. Por su parte, Angeloz sostiene que es necesario bregar por una abstención activa. El diputado radical Di Tullio se declaró a favor de la reforma, postura que compartiría con los gobernadores Massaccesi y Maestro.

DEL 25 AL 31 DE OCTUBRE DE 1993

La Convención de la UCR impulsa cuatro posturas diferentes frente a la reforma: Votar por el NO, realizar una campaña de abstención activa, realizar una obtención pasiva y dar libertad de acción a los afiliados. Angeloz modificó su postura y manifestó su intención dejar en libertad a los afiliados de Córdoba para decidir.

DEL 1 AL 7 DE NOVIEMBRE DE 1993

El viernes 5 comenzaron a circular versiones de que el expresidente Alfonsín apoyaría la reforma si el gobierno se compromete a realizar cambios. La UCR rechazó los dichos. El lunes 8 se hace público el acuerdo entre Menem y Alfonsín para la reforma. La reunión habría tenido lugar el jueves 4.

DEL 8 AL 14 DE NOVIEMBRE

Alfonsín declara que si es electo presidente de la UCR retomará las negociaciones con el gobierno. El 13 de noviembre Alfonsín es electo presidente de la UCR. Durante la designación se retiraron 44 convencionales partidarios que se opusieron a la designación de Alfonsín. El domingo 14, Menem y Alfonsín firman el acuerdo por la reforma.

Fuentes: La Nación, Clarín, Página/12.

9. 2 La exacerbación de la lucha y la disolución del campo partidario entre 1994 y 1996

La alianza de cúpula entre sectores alfonsinistas y angelozistas no pudo contener el proceso de desintegración partidaria, que resultará evidente en la campaña para constituyentes de 1994 y en las elecciones presidenciales de 1995. La pérdida de ambas elecciones en la Capital Federal tendió a ahondar los enfrentamientos entre los sectores internos, y a fragmentar el partido y las posiciones individuales de los distintos dirigentes. Entre 1994 y 1996, las luchas internas de la UCR adquirieron una recurrencia y efervescencia que llevó al partido a operar en el vacío, por fuera de las disputas del campo político y de la participación de los afiliados, y a promover su disolución como organización más o menos estructurada para la lucha política con otros partidos.

A fines de 1993, las encuestas inmediatamente posteriores a la realización del Pacto de Olivos mostraban en la Capital Federal un importante acuerdo de los porteños (véase Página/12 17/11/93). Efectivamente, mientras que el 57% de los encuestados manifestaba que el pacto sería beneficioso para el país, sólo 12% lo consideró perjudicial, y el 27% restante no se definió. En términos generales, el piso de acuerdo era considerable, y posiblemente una parte de los que no tomaron posición podían modificarla a favor si la UCR realizaba un trabajo político de legitimación del acuerdo por la reforma, con vistas a las elecciones de Constituyentes. Sin embargo, la extrema lucha interna que adquiría el campo partidario imposibilitó realizar una campaña unificada para las elecciones. A fines de enero de 1994, De la Rúa rechazó el pacto y manifestó su intención de llamar a un referéndum interno de los afiliados para apoyar o no el pacto. Inmediatamente, Alfonsín amenazó con intervenir el distrito si la UCR de la Capital Federal no acataba la decisión de la Convención de apoyar el pacto. Por su parte, De la Rúa declaró que integraría las listas de convencionales y no avalaría el acuerdo en la Convención Nacional de la UCR. Como respuesta a posibles candidaturas de opositores al acuerdo entre Menem y Alfonsín, la Convención de la UCR aprobó una propuesta de angelozistas y alfonsinistas que obligaba a los candidatos a Convencionales a apoyar el Pacto. Finalmente, De la Rúa renunció a ser candidato, pero sostuvo que fue proscripto por el partido y se negó a participar de la campaña, argumentando que representaba el sentir de miles de afiliados descontentos con el pacto (Clarín 18/2/94). Si a nivel interno la disolución del partido se evidenciaba en la incapacidad de obedecer las directivas y acuerdos del Comité Nacional, a nivel externo su identidad se diluía: Eduardo Angeloz presentaba en su provincia una alianza con el peronismo menemista que se expresaba en una lista única para Convencionales Estatuyentes. En términos de referentes partidarios, De la Rúa se autoexcluía de la campaña, Angeloz se aliaba con el peronismo cordobés y Alfonsín quedaba aislado internamente como presidente del partido y con una imagen pública en decadencia. En las elecciones del 10 de abril de 1994, la UCR perdió en las 28 parroquias de la Capital, logrando el tercer lugar. El Frente Grande obtuvo el primer lugar con el 37% de los votos, mientras que el peronismo quedó en segundo lugar con el 24%, seguido de la UCR con el 15% de los sufragios.

Todos los elementos de desintegración partidaria volverían a hacerse evidentes en la interna para candidato presidencial. A principios de septiembre de 1994, la UCR mostraba cuatro posibles candidatos presidenciales: F. Storani, R. Terragno, E. Angeloz y H. Massaccesi. La disputa entre los diferentes candidatos tendrá un giro extraordinario cuando Angeloz renuncie a ser candidato. Para mediados de mes, sólo estaban en carrera presidencial H. Massaccesi y F. Storani. En términos de alianzas internas, el gobernador rionegrino era respaldado por el aparato alfonsinista y parte del angelozismo; es decir: los sectores que habían apoyado el Pacto de Olivos. Por su parte, Storani contaba principalmente con el apoyo de los dirigentes que se habían opuesto a la designación de Alfonsín como presidente de la UCR y al Pacto de Olivos. Así, Massaccesi contaba a su favor con el apoyo de la conducción nacional de la UCR y del aparato del partido, lo que sin duda contribuyó a que triunfara sobre Storani (véase el cuadro de posiciones anterior).

En la interna de noviembre, la apatía se apoderó de la mayoría de los afiliados radicales. Sólo participó un 20% del padrón a nivel nacional, y el 22% en la Capital (gina/12, 29/11/94). Federico Storani y Rodolfo Terragno habían realizado una campaña centrada en la necesidad de que hubiera un recambio generacional en el partido, en la elaboración de un nuevo discurso progresista opositor y en la reivindicación de la necesidad de una política de alianza con partidos de centro izquierda, en particular con el Frepaso, en caso de que la elección nacional llevara al ballotage. En un contexto de desmovilización de los afiliados y de desvinculación electoral del partido, se impuso el peso del aparato que comandaban Angeloz y Alfonsín. Tras su triunfo, Massaccesi, afirmó que los afiliados habían desechado la opción del recambio generacional y desestimado cualquier política de alianza, lectura que fue compartida por el resto de los dirigentes que lo apoyaban. El partido rechazaba de esta manera cualquier acercamiento al Frepaso (La Nación 28/11/94). Así, los ganadores justificaron la legitimidad de sus decisiones y propuestas a través del apoyo de los afiliados, pero sin hacer referencia a la baja movilización de los afiliados. Se puede hablar, en este sentido, de cierta “ilusión del triunfo” que se produce en momentos de baja movilización y donde votan principalmente los comprometidos con el aparato, y con las opiniones del aparato y de sus dirigentes. En esta coyuntura merma de participación y donde el peso de los aparatos está a favor de un solo candidato, los votantes devuelven a los líderes del aparato la opinión del mismo aparato y de sus líderes, confirmando la lectura de los dirigentes sobre las opiniones que ellos mismos impusieron. Como afirma Leiras, los concurrentes a votar en las internas son, casi siempre, miembros de segmentos particulares del electorado: votantes fuertemente identificados con el partido o clientes de bienes selectivos que distribuye el partido. Esos votantes que las máquinas movilizan en las internas son poco representativos de las tendencias dominantes en el electorado en general (Leiras, 2006:14). Esta ilusión se vendrá abajo en 1995, cuando el partido conquiste el tercer lugar en las elecciones y se vea obligado a retomar una política de alianzas para mantener la competitividad y acceder a los puestos, y ceder espacio interno a nuevos dirigentes.

Durante la campaña presidencial, la exacerbación de la lucha interna contribuyó aún más a disolver las fronteras y las reglas del campo partidario. A fines de 1994, el candidato presidencial mantuvo un conflicto con los delegados de la Convención Nacional que tenían a su cargo la redacción de la plataforma electoral. Massaccesi había desestimado la importancia de la plataforma y solicitado a los convencionales que la plataforma se adecue a la estrategia publicitaria, lo que motivó la renuncia del presidente de la Convención, Osvaldo Álvarez Guerrero (Clarín 2/12/94). A principios de 1995, el partido entabló un duro conflicto con Jarovslasky, encargado de la organizar la campaña del rionegrino, por haberse reunido con Menem para solicitarle los fondos adeudados a Río Negro (Clarín 26/02/95). A fines de marzo, el partido se convulsionó con el traspaso de dirigentes al Frepaso: Dante Caputo, hasta entonces representante del alfonsinismo de la Capital, junto a Carlos Raimundi abandonaban el partido (Clarín 20/3/95). A mediados de marzo, el candidato presidencial tachó de “oportunista” la alianza entre la UCR y el Frepaso llevada adelante en Mendoza por Víctor Fayad. Para sorpresa de Massaccesi, Fayad, Montiel y Storani, entre otros dirigentes, lo criticaron duramente en plena campaña electoral.

A riesgo de multiplicar los casos donde los dirigentes de la UCR se atacan entre sí durante la campaña –hecho que inevitablemente contribuyó a la pérdida de votos–, resulta interesante analizar la carta de renuncia del presidente de la Convención, en la que realiza una descripción de la desintegración partidaria:

“El partido, como estructura orgánica en su dirigencia, ha culminado su crisis: ya no representa la idea radical, es cómplice del régimen, del que incorpora su pragmatismo amoral. La candidatura de Massaccesi expresa la disolvente quiebra ideológica y moral de la UCR” (La Nación 8/12/94).

La carta fue la respuesta política de Álvarez Guerrero a la renuencia del candidato presidencial y parte de los convencionales a debatir sobre un programa de gobierno del partido para las elecciones presidenciales. Efectivamente, Massaccesi había manifestado que las ideas y el debate no eran necesarios, y que en la campaña debía primar la publicidad. Con esta postura, el candidato de la UCR vaciaba de contenido y de rol político a la Convención Nacional del partido, institución encargada de unificar y proclamar las propuestas políticas. Posteriormente, Álvarez Guerrero se integrará al Frepaso.

A fines de 1994, el partido se encontraba en proceso de disolución de fronteras y reglas del campo, y la pérdida de las elecciones presidenciales de ese año tendió a acelerar dicho proceso. En los años previos, las líneas internas que habían estructurado las luchas al interior de la UCR se habían disuelto en un conjunto a alianzas circunstanciales que no tenían otro fin aparente que la lucha por los cargos internos. Con la desintegración de los grupos, las ideas, programas y solidaridades que mantenían la cohesión tendieron a debilitarse extraordinariamente. Sin la amalgama de las visiones y relaciones comunes entre los miembros, la lucha comenzó a exacerbarse y a minar la estructura misma del funcionamiento del campo. A principios de 1995, el partido no pudo acordar una plataforma electoral ni una estrategia de campaña, la lucha entre los dirigentes y candidatos tendió a extremarse en pleno período electoral y, por último, diversos dirigentes comenzaron una acción de “salida” de la organización que ya no podía contenerlos[1]. Así, el acatamiento a las reglas formales e informales del partido, la lucha contenida, el interés y la defensa de la organización, todos elementos que dan cuenta de la existencia de un campo y de una organización, se debilitaron considerablemente. Todos estos elementos revelan la disolución del campo partidario a mediados de los noventa. Como sostuvo Malamud (1994), la crisis que abarcaba a todo el arco partidario respondía tanto a la disgregación de la base social del partido como a la falta de orientación ideología del partido. En este sentido puede tomarse como indicador de disolución la pérdida de las expectativas de los votantes respecto al partido. En una encuesta realizada unos días antes de la elección presidencial, los votantes atribuían a los candidatos de la UCR los porcentajes más bajos en casi todos los atributos.

Atributos de los candidatos según Graciela Römer

1

Fuente: La Prensa 7/4/95.

9.3 La Alianza: una solución externa a los problemas internos (1996-2001)

La estrepitosa derrota electoral de 1995 en la cual la UCR conquistó el 15% de los votos a nivel nacional, y el 10.6 % en la Capital, sacudió a gran parte de la dirigencia, que no ocultó su sorpresa por los resultados. La sanción electoral de los adherentes pasó a ser el dato objetivo para los dirigentes que evidenciaba la “crisis” partidaria. Si el campo político tiene una autonomía relativa, la pérdida de votos de la UCR desató un cataclismo debido al despegue y posterior desfasaje que había mostrado el partido respecto a sus adherentes y electores. En este sentido, el fracaso electoral resultó un golpe de realidad para los dirigentes, que, si bien contemplaban el crecimiento del Frepaso, entendían que era una fuerza que ganaba sus principales apoyos en elecciones legislativas y esperaban que los votantes apoyaran a la UCR en los cargos ejecutivos, particularmente para Presidente de la Nación. Incluso, en la campaña presidencial, H. Massaccesi había tachado al Frepaso como un “sello de goma”, dando cuenta de la supuesta debilidad del mismo y desestimando cualquier alianza, como ya lo había manifestado desde su campaña en la interna frente a Storani.

Opiniones de los dirigentes después de la derrota electoral de 1995

– “En la UCR nadie sabe dónde está el arco.” Esto declaró el frustrado candidato presidencial del radicalismo, Horacio Massaccesi, quien criticó a sus correligionarios: “en la UCR se acabaron los personalismos. Alfonsín, Angeloz, y De la Rúa tienen que facilitar la discusión. Ahora estamos todos de igual a igual. Como decía Yrigoyen, hay que empezar de nuevo, pero en serio. […] Hay que estar alerta porque la UCR puede caer en la dispersión total. Se demostró que el radicalismo tiene dificultades para contener sus votos” (Horacio Massaccesi).

– “No voy a renunciar a la conducción de la UCR. Hemos perdido esta elección por nuestros aciertos, no por nuestras equivocaciones, porque fuimos auténticos. Yo no quiero empezar haciendo imputaciones. Yo también impulso una restructuración partidaria” (Alfonsín).

– “Esta debacle se explica por varias razones: la polarización entre Menem y Bordón, el debilitamiento de nuestro perfil opositor, haber dejado caer la campaña en enero y febrero, y la buena imagen de Bordón en TV. Debemos reflexionar con sensatez, y revisar estrategias para entender mejor las demandas de la gente” (Fernando de la Rúa).

– “La UCR padece la falta de un líder que sea capaz de concitar la atención mayoritaria, y eso se vio el domingo. Angeloz se equivocó en el 91 al postularse para un tercer periodo consecutivo como gobernador, en lugar de lanzarse a nivel nacional. Ahora hay que redefinir el papel del radicalismo” (Ramón Mestre, gobernador de Córdoba).

– “Hace 20 meses, en el mejor momento económico del Gobierno, la UCR había conseguido el 30% de los votos. Pero después vino el Pacto de Olivos y el radicalismo perdió identidad opositora. Ahora la UCR se tiene que modernizar. ¿Angeloz? Se convirtió en el principal accionista de la fórmula presidencial y cuando la mano vino mal se borró” (Federico Storani).

– “La gente identifica a la UCR con el pasado. Se aburre con nuestros pleitos y nuestros discursos. Pudimos haber revertido la imagen en poco tiempo y no lo hicimos. Cada uno de nosotros tiene un porcentaje de culpa, hay que asumirla y poner la vista en el 99. La UCR tiene que armar un ‘gobierno paralelo’ y mostrar cómo gobernaríamos nosotros” (Rodolfo Terragno).

Fuente Clarín 16-5-95.

Las reflexiones sobre la derrota que se detallan arriba dan cuenta de las diferentes explicaciones sobre la pérdida de votos. Lejos de haber un acuerdo sobre qué es lo que desencadena la crisis, la explicación en sí misma es un objeto de lucha entre los miembros del partido. Sin responder al cinismo, las evaluaciones sobre el débil desempeño partidario están permeadas por las posiciones ocupadas y las trayectorias de los dirigentes. Así, mientras que Alfonsín defiende el pacto y la candidatura de Massaccesi como aciertos, Storani, en cambio, que se opuso a ambos, cree que llevaron a la derrota. Posiblemente, la interpretación más distanciada haya sido la de R. Terragno, que por estar menos comprometido en la lucha de cúpula, podía reflexionar menos condicionada por las luchas internas anteriores.

Luego de la desorientación partidaria inmediata a las elecciones, el partido comenzó un lento proceso de cambio y reorganización de las posiciones, que culminará con la formación de la alianza entre la UCR y el Frepaso. La convergencia de ambos partidos tendrá básicamente un origen metropolitano, y luego se extenderá a las provincias[2].

A fines de 1995, comenzó una nueva disputa interna por la renovación del cargo de presidente de la UCR, que dejaba vacante Alfonsín. Los candidatos a disputar el principal cargo interno del partido eran Rodolfo Terragno y Melchor Posse. El primero contaba con los apoyos de los dirigentes más críticos de la conducción alfonsinista: Storani, Rodríguez y De la Rúa, mientras que el segundo tenía los apoyos de la conducción partidaria: alfonsinistas y angelozistas (Clarín 16/11/95). Sin embargo, la cúpula partidaria estaba sumamente cuestionada y no lograba los convencionales suficientes para imponer a Posse. Los referentes que antes habían sido los más débiles del aparato ahora se encontraban en condiciones de desplazar a la cúpula partidaria que desde 1993 había timoneado el partido y llevado adelante el Pacto de Olivos y apoyado la candidatura de Massaccesi. Luego de arduas negociaciones, y producto de un empate, se decidió que la fórmula Terragno-Posse ocupara la presidencia y vicepresidencia del partido (Página/12 18/11/95). La elección de Terragno mostraba la debacle interna de los sectores alfonsinistas y angelozistas, y abría la puerta a un recambio partidario.

En los primeros meses de 1996, la oposición de la UCR y el Frepaso comienza a unificarse contra el gobierno. La venta de armas a Ecuador y Croacia, el aumento de la pobreza y el posible intento de re-reelección de Menem a la presidencia homogenizan el discurso opositor. Tras la asunción de Terragno al frente del Comité Nacional, la UCR se mostrará más unificada, en gran parte debido al debilitamiento de los sectores alfonsinistas y angelozistas. En la Capital, se llevaron adelante por primera vez las elecciones para intendente y estatuyentes. De la Rúa triunfó como intendente de la Ciudad y Graciela F. Meijide como candidata a estatuyente. Luego de la elección, De la Rúa y Terragno comienzan a hablar públicamente de la posibilidad de una alianza con el Frepaso. Como ensayo para testear el apoyo electoral, ambos partidos proponen un “apagón” de protesta contra el proyecto de reforma laboral. El éxito del “apagón”, principal aunque no únicamente en Buenos Aires, significó un punto de ruptura en el clima político, al poner en evidencia el crecimiento del consenso opositor, aun en el terreno económico, hasta entonces el punto fuerte del gobierno, y profundizó el acercamiento entre radicales y frentistas (Novaro, 1998:16).

Mientras los dirigentes opositores encontraban principios de consenso, el gobierno nacional atraviesa un proceso inverso de división. En septiembre de 1996, D. Cavallo renuncia al Ministerio de Economía y denuncia la existencia de mafias y corrupción. Así, mientras el sector opositor tendía a encontrar puntos de acuerdo y convergencias, el oficialismo comenzaba a perder la unidad. A fines del mes de septiembre, se llevan adelante las primeras reuniones entre Terragno y Álvarez para formar una alianza electoral.

La posibilidad de alianza con otros partidos había sido una estrategia reivindicada por los sectores más débiles del campo partidario de la UCR desde la candidatura interna de Storani en 1994. La necesidad de “abrir y renovar el partido” era el principal argumento utilizado por estos sectores, que se oponían a la confluencia de Alfonsín y Angeloz. De esta manera, la propuesta de alianza era un arma de lucha contra los detentores del aparato, que se oponían a este tipo de estrategia, en la medida en que peligraban sus posiciones internas de poder. A fines de 1996, la alianza con el Frepaso fue una apuesta del conjunto de dirigentes en ascenso que desde el Comité Nacional comandaban la UCR. En este sentido, puede entenderse como una solución externa a los problemas internos, en la medida en que posicionaba internamente y legitimaba externamente a los referentes que desde 1995 luchaban contra alfonsinistas y angelozistas. Sin embargo, es necesario notar que la formación de la alianza fue facilitada por el ocaso de los miembros que anteriormente se oponían a cualquier acuerdo: Angeloz y Massaccesi. A principios de septiembre, Angeloz había perdido los fueros y se encontraba procesado por enriquecimiento ilícito. Massaccesi, luego de haber estado prófugo de la justicia, estaba ahora con prisión preventiva, acusado de malversación de los fondos de Río Negro. Las acusaciones que pesaban sobre ambos dirigentes modificaron notoriamente las posiciones al interior del campo partidario y es uno de los casos más interesantes donde la intervención judicial altera los espacios políticos. A fines de 1996, Terragno, De la Rúa y Storani eran los principales voceros del partido, y solamente Alfonsín se oponía públicamente a la formación de la Alianza. En agosto de 1997, resultaba evidente que el expresidente quedaría en tercer lugar en las elecciones para diputados en la provincia de Buenos Aires. Las encuestas pronosticaban el triunfo de Hilda “Chiche” Duhalde, seguida por Graciela Fernández Meijide. Las negociaciones en torno a la alianza se destrabaron con la renuncia de Alfonsín a su candidatura. Reflexiones análogas llevaron a De la Rúa a aceptar la Alianza en la Capital: gobernaría la Ciudad con mayoría en la legislatura, evitaría un posible triunfo del Frepaso y aumentaría las chaces de ser presidente en 1999.

La alianza con el Frepaso no fue el producto de la decisión estratégica de una línea interna de la UCR que conquistó el partido (en realidad los grupos internos del radicalismo estaban desintegrados a mediados de 1993), sino que fue producto de la confluencia de dirigentes provenientes de diversas líneas que habían ocupado posiciones intermedias en el campo partidario a principios de la década y, posteriormente, se habían opuesto al pacto de Olivos y a la candidatura de Alfonsín a presidente del partido en 1994. Este conjunto de dirigentes no era un grupo consistente, con afinidades de ideas y proyectos políticos comunes, sino que compartían, básicamente, la voluntad de mantener el control de los puestos partidarios y las expectativas de acceder a los principales cargos políticos. La alianza electoral entre los dos partidos puede definirse como un tipo de fusión que supone un cierre de la oferta del campo político que opera disminuyendo las opciones del electorado, y mejora las chances de triunfo y el acceso al poder de los dirigentes de los partidos que hicieron la fusión. En las elecciones de 1997, la Alianza les permitió a los líderes radicales ganar nuevamente las elecciones y acceder a los principales puestos.

9.4 Conclusión: disolución del campo partidario, reorganización y estrategia electoral

Entre 1993 y 1995, la UCR, en tanto campo de fuerzas y organización, evidenció una importante disolución que se expresó principalmente en la disminución de la capacidad de convocatoria de afiliados, en la creciente indisciplina partidaria, en la disgregación de los grupos internos, en la salida de dirigentes y en la pérdida de clivajes ideológicos. Es necesario plantear una interrelación entre los procesos de desvinculación electoral de los votantes y la disolución partidaria, ya que ambos fenómenos interactúan.

Por un lado, la disminución de los apoyos electorales en la Capital y en el resto del país en las elecciones de 1994 y 1995, y la pérdida de capacidad de movilización de los afiliados contribuyeron a exacerbar la lucha interna, lo que, a su vez, llevó a los dirigentes a actuar en el vacío, desconectados de la lucha externa frente al gobierno y de grupos internos enfrentados. En el caso de la Capital, dirigentes como Rodríguez, Terragno, Caputo y Raimundi, que habían participado en líneas internas que se desintegraron en parte producto de la baja movilización de los afiliados, quedaron como “dirigentes sueltos”, sin estructura ni base, lo que sin duda contribuyó a su salida e incorporación al Frepaso. Frente a la pérdida de representación interna y a la disminución de las coerciones ligadas a la pertenencia a una línea política, los dirigentes partidarios ganaron una extraordinaria autonomía para plantear sus posiciones políticas y alterarlas hasta llegar a la contradicción. Este proceso quedó evidenciado en las tomas de posición de los dirigentes frente a la reforma constitucional, donde directamente las alternativas se manifestaban desde el apoyo total a la oposición total, con posiciones intermedias más o menos contradictorias, y con un cambio constante por parte de los dirigentes de sus mismas posiciones.

Por otro lado, en la medida en que las principales disputas del campo perdieron en este período los matices ideológicos anteriores, producto del cambio en las posiciones internas, la lucha aparecía sin justificativo político, más que la lucha y la oposición en sí. Este nuevo género de lucha se daba con una inusitada velocidad y con un alto grado de superposición. Como el partido no pudo proponer un marco general para situar esas luchas, las mismas pasaron a ocupar el centro de la escena partidaria y se transformaron en la principal, y casi única, oferta electoral. En este período, los dirigentes radicales ofrecían a sus posibles electores, básicamente, sus disputas personalizadas. En un contexto de transparencia del campo político, producto de la circulación de la información, la lucha por los puestos y los enfrentamientos internos quedaron expuestos ante los electores y adherentes partidarios. Esta lucha inusitada se manifestó particularmente en plena campaña presidencial en 1995, en la cual el candidato tuvo como frente de crítica a algunos de los referentes partidarios.

Para comprender los cambios en la relación entre el partido y sus electores en esta coyuntura, es necesario retomar la idea de desfasaje propuesta anteriormente, ya que en este período se ahonda la distancia entre partido y electores fieles y la UCR pierde estrepitosamente las elecciones en la Capital Federal en 1994 y 1995. Si en las distintas entrevistas realizadas a votantes files del partido constatamos que a mediados de la década un conjunto de elementos del sistema interpretativo de los votantes se transformaba, como sus expectativas frente al Estado, la relación entre condiciones de vida y política partidaria y la oposición peronismo-radicalismo, es posible considerar los efectos que tuvo la dinámica partidaria para fomentar la desvinculación electoral. Efectivamente, si en los inicios de la década el partido no pudo acordar un replanteamiento del rol Estado, tampoco logró posteriormente unificarse como partido de oposición y generar un discurso alternativo frente al peronismo, ni politizar el cambio social de los electores. Si a mediados de los noventa era evidente que las clases medias atravesaban un proceso de pauperización, el partido pareció no visualizar dicho proceso políticamente.[3]

La debacle electoral del partido en 1995 motorizó un desplazamiento de la cúpula y un recambio en la dirigencia, aunque no en el sentido generacional. La Alianza fue una estrategia electoral que logró revertir la disminución de votos, cerrando la oferta de partidos. La coalición con el Frepaso fue la principal apuesta política del grupo de dirigentes que desplazaron a alfonsinistas y angelozistas. Este grupo tenía trayectorias e intereses diversos, que en parte habían quedado velados como resultado de su unificación contra la cúpula anterior. Las diferencias individuales entre los dirigentes se manifestarán de forma dramática a partir de su llegada al poder en 1999. Por último, es importante mencionar que el recambio partidario y la formación de la Alianza no lograron revertir las tendencias disgregativas internas del partido, sino que las mismas quedaron más o menos ocultas por las victorias electorales de 1997 y 1999.


  1. La incapacidad de formular un discurso consistente capaz de interpelar a su electorado por parte de la UCR puede ser interpretado como una crisis de la palabra del partido que supone también una crisis de representación, como la entienden Rinesi y Vommaro (2007).
  2. Si bien el primer acuerdo entre la UCR y el Frente Grande tuvo lugar en Mendoza, los dirigentes que promovieron la alianza nacional entre ambos partidos residían en Buenos Aires y Capital Federal.
  3. Sólo Enrique Olivera, dirigente de la Capital Federal cercano políticamente a De La Rúa, reflexionó luego de la elección de 1995 sobre el alejamiento de las clases medias de la UCR. En este sentido, Olivera manifestó que el partido estaba perdiendo elecciones en la Capital porque había dejado de interpelar a las clases medias, que eran su sustento político principal (Clarín 16/5/95).


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