Hay algo particular acerca de las lecturas realizadas sobre la obra de Hannah Arendt, que aparece quizás más claramente expresado en las numerosas (pero no abundantes) reseñas periodísticas publicadas desde 1983: la idea de que Arendt «habla de nosotros, de Argentina», que ha escrito al menos un “libro argentino”, que su pensamiento es “actual” para pensarnos. ¿Cabe entonces la pregunta por su legado?
El modo en que sus obras han llegado hasta estas costas, cruzando exilios y lenguas, ofrece el mismo panorama complejo y abigarrado de su pensamiento. Argentinos, alemanes, judíos, izquierdistas nacionales, filósofos, teólogos tercermundistas, internacionalistas irredentos, exiliados antifascistas, juristas, peronistas revolucionarios, socialdemócratas sin partido. Toda una comunidad de lectores asomados a sus páginas tratando de entender el presente a cada momento. En estos pasajes, reflexiones y relecturas la obra de Arendt generó aproximaciones que, desde el margen de su inadecuación política, proveía en ocasiones un lugar desde el cual repensar la actualidad y la historia sin prejuicios conceptuales.
Las primeras lecturas reescriben el nombre de Arendt una y otra vez, desconociéndola en cada trazo, devolviéndonos lecturas que ya nos parecen ajenas y que sin embargo dan cuenta de una cultura cruzada de traducciones, de redes intelectuales extendidas, de riesgos de lector irreverente. Destaca, sin embargo, la idea de que esa es una etapa de recepción local e internacionalista, es decir, que ocurre aquí en estas costas pero como reverberación de los vaivenes mundiales, los exilios y las lenguas de ultramar. No es una “lectura de segundo orden”, tampoco una afición de lectores sofisticados o a la moda, sino antes bien una lectura sin bitácora, en la urgencia de las noticias volando, en las trincheras.
En contraposición, las décadas de 1960 y 1970 la colocan en su lugar, fuera del campo de visión de las disciplinas establecidas como la filosofía o la historia, lejos de las lecturas de la vanguardia política de las nuevas izquierdas más influyentes, apenas en los márgenes de cierta izquierda inconformista y crítica y del tercermundismo latinoamericano. Pese a ello, es este segundo momento el que resultará a la larga más productivo. Ha sido la circulación de sus obras en España, México y Francia la que dio lugar a las lecturas del exilio que se visibilizarán recién en el momento de la transición a la democracia, tras el regreso a la Argentina de los intelectuales de las izquierdas revolucionarias de los años 1970. La experiencia del exilio marcó hondamente la lectura de Arendt, y no meramente porque puso a disposición unas referencias autorales más variadas o heterogéneas, sino sobre todo porque modificó las perspectivas desde donde leer, tanto a las obras arendtianas como a la Argentina y sus problemas. El exilio puso a disposición de estos lectores otras formas de experimentar lo político así como de pensar los modos pretéritos de vivir lo político.
A partir de la transición a la democracia argentina se suscitan ciertas afinidades electivas con los textos arendtianos en nuestro país, que se traducen en la configuración de los cinco ejes descriptos en el último capítulo.
La articulación entre democracia y derechos humanos ha alojado al concepto arendtiano de pluralidad intentando hacer lugar a un orden donde las condiciones sociales y políticas todavía podían ser (mínimamente) transformadas después de la crisis de los socialismos, de la derrota política de la nueva izquierda local y del fin de la dictadura. Las interpretaciones de la escena jurídica como paradigma de la deliberación pública establecidas a partir del Juicio a las Juntas marcaban de algún modo los límites de esa indeterminación de lo político como espacio de pluralidad al componer la escena y el guión normativizados propios de la justicia, coreografiando las posibilidades mismas de la acción. Los años 1990 sellaron el afianzamiento de las políticas de privatización de lo público cuya expresión (neo)liberal ha sido tan persistente a la hora de pensar la relación entre público y privado. En ese marco, además, la impunidad judicial del terrorismo de Estado ha sido revisada tomando como eje las nociones de mal radical y banalidad del mal para pensar qué instancias de responsabilidad social eran todavía posibles de plantear, y de qué modo podía entenderse la ausencia de una instancia de castigo ante la pérdida de espacios institucionales de justicia. Finalmente, las relecturas del pasado reciente argentino se han inspirado en la forma en que Arendt planteaba (críticamente) la relación entre violencia y política en los procesos revolucionarios y contestatarios de las décadas de 1960-1970, dando lugar a una reflexión sobre la responsabilidad personal y colectiva por la acción. Este itinerario de lecturas se ha visto complejizado por las apropiaciones –en ocasiones cruzadas o convergentes– realizadas desde sectores antagónicos de la nueva izquierda y el progresismo locales.
En cada caso, sus lectores y lectoras argentinas recuperan la perspectiva arendtiana pero no siempre adscriben plenamente a su visión de conjunto. Son lecturas libres, usos y apropiaciones teóricas y políticas desde la intervención. He preferido la denominación que refiere al acto de leer antes que la más clásica de receptores, en un intento por problematizar la propia noción de recepción. Por otra parte, si la lectura puede ser considerada la zona más opaca e inasible de ese proceso, es también la más primaria, precedente necesario que habilita las afinidades teóricas y temáticas, las intervenciones más o menos urgentes que recupero aquí. Lo que resulta estimulante de estas lecturas y usos es el modo en que, incluso cuando recuperan lecturas pretéritas o ya canónicas de esta autora, su conjugación con las problemáticas locales introduce giros de la interpretación que reformulan ese canon y ponen a circular otras versiones de Arendt, dándole carnadura política a unos textos que podrían aparecer apenas como parte de cierta circularidad de los discursos académicos. Con ese mismo impulso, el análisis de las lecturas arendtianas permite reconocer algunos de los modos en que las intervenciones intelectuales componen mapas o caminos conceptuales para la comprensión de ciertas articulaciones sociales y políticas. Esas intervenciones vistas a través del cristal arendtiano, han resignificado la experiencia reciente argentina.
En la presentación cité la incómoda afirmación de Simona Forti acerca de las lecturas normalizadoras que se hacían sobre la obra arendtiana. Disiento con ella cuando les adjudica intencionalidades sin considerar las transformaciones del espacio social donde esas lecturas han tenido lugar. He usado una categoría laxa de intelectual para anclar de algún modo ciertas formas de intervenir en el espacio público. Esas formas de intervención intelectuales se han visto profundamente afectadas por las más recientes transformaciones del mercado editorial y académico, por la disminución de revistas político-culturales que constituyeron el grueso de las recepciones en el último momento que analizo, y por la no menos importante mundialización acelerada vía la internet de las referencias autorales. Finalmente, incluso en países con presupuestos irrisorios en materia de investigación y educación superior, también se ha profundizado la institucionalización de los modos de intervención académica y la massmediatización del debate público. Así, la referencia al milenio para dar un cierre a esta indagación indica también un cambio en las tendencias editoriales, volcadas a las ediciones póstumas de materiales colaterales y reediciones agotadas. En el caso de Arendt, la mayoría de sus obras nos llega a través de las ediciones y traducciones españolas, y las contratapas y solapas la colocan sin dudar como un clásico de la filosofía y el pensamiento políticos. En cierta forma, es una Arendt disciplinada.
Sin embargo, la recepción también se ha diversificado en ese mapa gracias a los cruces inter y transdisciplinarios, produciendo confluencias impensadas. Nuevos textos son introducidos en los programas de grado y posgrado que la ponen a dialogar con autores como Derrida, Rancière y Agamben. Todavía resuena el nombre de Arendt en los debates sobre biopolítica y en ciertas lecturas de Foucault –si, agambenianas–, o bien surge su nombre en las reflexiones de Adriana Cavarero sobre el estatuto del testimonio, así como en los textos de Judith Butler sobre el carácter político de la diferencia y de las identidades no esencialistas.
Algunas de estas interpretaciones y lecturas no cesan de llevarla (y de llevar a sus lectores y lectoras) hacia ese pasado que vuelve para pensarlo todo de nuevo. Nos devuelven al pasado como problema todavía actual en dos sentidos: nos acercan a los problemas ya planteados por Arendt, pero también a los problemas argentinos que su lectura obliga a repensar. Allí reside quizás su legado y su fortuna, en su actualidad casual, en su anacronismo deliberado e irrespetuoso.







