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¿Qué queda de la teoría crítica?[1]

Material para la discusión

José Manuel Romero Cuevas[2]

Casi 100 años después de que Max Horkheimer asumiera la dirección del Institut für Sozialforschung de Fráncfort del Meno, parece que nos encontramos en un contexto en el que las aportaciones de Horkheimer, Theodor W. Adorno y Herbert Marcuse han resultado eclipsadas y superadas por teóricos sociales críticos posteriores, como Jürgen Habermas y Axel Honneth, en el que el posmarxismo se ha convertido en sentido común dominante dentro de la filosofía social y en el que, de manera patente, se da en el ámbito socio-histórico una importante involución a nivel político y económico y en relación con derechos fundamentales. En un contexto tal tiene sentido preguntarse si queda algo de la teoría crítica. Pues es posible, las circunstancias permiten plantearse esta posibilidad, que no quede nada. ¿Qué vigencia tiene, qué fuerza de interpelación conservan las intervenciones teóricas de los pensadores ubicables dentro de la corriente de la teoría crítica? Para afrontar esta problemática hemos de plantearnos una cuestión previa, a saber: ¿cuál noción resulta más adecuada para orientar nuestra reflexión, teoría crítica o Escuela de Fráncfort? Resolver esta cuestión es necesario para evitar respuestas como la que sostiene la existencia de generaciones dentro de la Escuela de Fráncfort que resultan demasiado fáciles, demasiado acordes con el sentido común fuera de la academia y con ciertos discursos quizá dominantes en el ámbito académico. Una respuesta tal puede proporcionar una imagen sesgada del significado actual (del significado para nosotros) de esta corriente de pensamiento.

1. Cuestión previa: ¿teoría crítica o Escuela de Fráncfort?

La expresión Escuela de Fráncfort surge durante los años sesenta en determinados medios de información alemanes para referirse a la posición de los profesores de la universidad de Fráncfort que se enfrentaron con Karl Popper y Hans Albert en el debate sobre la metodología de las ciencias sociales en aquellos años[3]. Remite a su crítica del positivismo y del funcionalismo en las ciencias sociales y a su defensa de una metodología dialéctica para las ciencias sociales y para la teoría de la sociedad. ¿Cuáles pensadores abarcaría dicha noción? De manera explícita a Adorno y Habermas. Se podría pensar que abarca también la figura de Horkheimer, aunque no fue activo en los debates. De manera significativa, Adorno sí asumió como válida esta expresión y la usó en sus cursos, conferencias y publicaciones de final de los años sesenta, sobre todo, en 1968 y 1969[4]. Aceptaba tal expresión para referir a la posición que él y Habermas mantenían frente a los positivistas. ¿Y Marcuse? ¿Fue incluido también en esta escuela? Es interesante constatar que él no se sentía incluido en ella. A continuación de la muerte de Adorno, en 1971, una vez que Habermas había decidido aceptar la oferta del Instituto Max Planck para desplazarse a Starnberg, sostuvo que ello constituía el final de la Escuela de Fráncfort[5]. De este modo, implicaba que concebía que dicha escuela estaba integrada fundamentalmente por Adorno y Habermas y que él no formaba parte de ella. Esto es en parte lógico, pues Marcuse nunca ejerció como investigador o profesor en Fráncfort ni participó explícitamente en aquel debate contra el positivismo, aunque lo cierto es que las posiciones que Adorno y Habermas defendieron en el debate convergen con las sostenidas por Marcuse en su discusión con el positivismo y el funcionalismo en su libro El hombre unidimensional[6]. Pero, además, el propio Habermas, el otro presunto miembro de la Escuela de Fráncfort, nunca se consideró miembro de ella y, sobre todo después de la muerte de Adorno, rechazó públicamente que se le adscribiera a tal escuela e incluso cuestionó su existencia[7].

Todo esto muestra que la noción de Escuela de Fráncfort resulta problemática. Pues en principio remite a la posición de determinados profesores de filosofía y sociología de la Universidad de Fráncfort en los debates sobre la metodología de las ciencias sociales. Pero ello deja en un lugar ambiguo la posición sobre todo de Marcuse, figura ajena a la vida académica de Fráncfort y a aquellos debates, aunque si tiene sentido hablar aquí de escuela, él debería ser considerado por su trayectoria vital, por sus vínculos institucionales y personales y por su trabajo teórico como miembro de ella. Por otro lado, la noción incluye a Habermas que, por generación, procedencia cultural y formación, difícilmente puede ubicarse sin más en una misma escuela que Horkheimer, Marcuse y Adorno. Y, para colmo, no solo Marcuse, sino explícitamente Habermas, no se consideran parte de dicha Escuela (cosa harto paradójica en este último, puesto que el propio Adorno sí contaba con él como compañero de Escuela).

Así que para nuestra temática esta noción genera más bien confusión. No es que haya que renunciar a usarla, en contextos no especializados puede resultar útil a la hora de hacer saber de qué corriente de pensamiento estamos hablando, pero para una reflexión rigurosa sobre la producción teórica de un determinado grupo de pensadores resulta más bien problemática. El principal problema de tal noción ya ha sido apuntado: la tentación que ofrece de hablar de generaciones dentro de la Escuela de Fráncfort, que establece una continuidad artificial entre pensadores que a menudo, como en el caso paradigmático de Habermas, no la aceptan. El establecimiento de tales continuidades incluye en una imagen evolucionista a una serie de pensadores en la que los más recientes aparecen como más avanzados, más actualizados, más cargados de razón que los anteriores. Con esta historiografía simplista debe romperse, para lo cual creo que no solo hay que rechazar la idea de generaciones de la Escuela de Fráncfort, sino incluso la idea misma de Escuela.

La categoría de teoría crítica es más prometedora. Pues no fue forjada, como la noción de Escuela de Fráncfort, por los medios de información, sino por Horkheimer, y fue sustentada teóricamente en una serie de textos muy importantes durante la década de los treinta redactados por Horkheimer y Marcuse[8]. A la noción o a la idea de una teoría crítica de la sociedad se adscribieron, además de Horkheimer, pensadores como Marcuse, Adorno y, posteriormente, Habermas, Honneth y otros más (resulta interesante que Karl Korsch utilizara esta expresión a final de los años treinta para caracterizar el posicionamiento de Marx)[9]. Pero ¿qué es la teoría crítica? Voy a referirme a los dos modos fundamentales en que se ha concebido la teoría crítica en el seno de tal corriente de pensamiento y por parte de sus seguidores: como una teoría de la sociedad y como un programa de investigación de la sociedad.

i) ¿Una teoría sustantiva de la sociedad?

En las discusiones en torno a la teoría crítica y en las aproximaciones teóricas a ella, se la afronta a menudo como si se tratara de una teoría sustantiva de la sociedad. Efectivamente, se podría sostener que la teoría crítica es una teoría de la sociedad capitalista desarrollada o del capitalismo tardío, elaborada fundamentalmente a partir de la base teórico-económica aportada por Friedrich Pollock y de la teoría de la cultura de masas propuesta por Adorno[10]. Es cierto que Horkheimer, Marcuse y Adorno compartieron una teoría de la sociedad capitalista desarrollada a partir de estos mimbres, una teoría que puede discutirse si habría envejecido o no a partir de los cambios socioeconómicos y culturales acontecidos desde los años sesenta. Aquí podría hablarse de una teoría que habría sido dejada atrás por las teorías críticas de la sociedad articuladas posteriormente por Habermas y por Honneth, más actualizadas. Plantearnos qué queda de la teoría de la sociedad capitalista desarrollada elaborada por Pollock, Horkheimer, Marcuse y Adorno se enfrenta con el problema de determinar la actualidad de sus tesis concretas (el tránsito de un capitalismo liberal a uno monopolista, la superación de la ideología liberal por ideologías y formas de conciencia autoritarias, la sustitución de la alta cultura por una cultura de masas de efectos cosificadores sobre las conciencias) en virtud de los cambios históricos acontecidos en los últimos cincuenta años. Evidentemente, esto es algo que se puede afrontar, pero no considero esta labor productiva. Prefiero abordar aquí la cuestión de qué queda de la teoría crítica siguiendo una estrategia diferente. Voy a seguir un camino parecido al que tomó Georg Lukács a la hora de confrontarse con el marxismo y voy a sostener lo siguiente: a pesar de que puedan mostrarse como problemáticas e incluso falsas las tesis de Pollock acerca de la transición del capitalismo liberal al monopolista, la noción de industria cultural de Adorno o la tesis de Marcuse sobre la integración de la clase trabajadora en las sociedades capitalistas desarrolladas y de tantas otras tesis que queramos atribuir a la teoría de la sociedad de estos pensadores, aun así considero que hay todavía algo válido en su labor teórica. Considero que lo que sigue siendo válido para nosotros y, en este sentido, queda como algo vivo de la teoría crítica, es lo que podríamos llamar su problemática o, dicho en otros términos, la teoría crítica entendida no como una teoría sustantiva de la sociedad sino como un programa de investigación social.

ii) ¿Un programa de investigación?

¿Puede considerarse la teoría crítica como un programa de investigación?, ¿en qué consistiría tal programa? Para determinar esto, creo que podemos recurrir a los textos de Horkheimer de los años treinta. Ahí podemos explicitar los dos nervios centrales de lo que entonces fue denominado como teoría crítica:

  1. En primer lugar, una labor de autorreflexión de la labor teórica, conducente a explicitar el hecho de que todo afrontamiento teórico de la sociedad está impulsado inevitablemente por intereses políticos[11]. La teoría crítica asume que su situación hermenéutica de partida está constituida por una determinada ubicación en el antagónico espacio de lo social y, en virtud de ello, por un determinado interés ligado a tal ubicación y una conciencia expresa de la función que la teoría debe asumir en el seno de una formación social antagónica. Como ya sabemos, la teoría crítica asume que su interés rector es un interés en la organización racional de la sociedad que posibilite la consecución de felicidad material por parte de los individuos, en definitiva, un interés en la emancipación. De este modo, la teoría crítica efectúa un distanciamiento respecto de la autopercepción intelectual que Marx y el marxismo posterior tuvieron acerca de la teoría marxista como teoría científica, es decir, siguiendo en última instancia el modelo representado por las ciencias naturales (no hay que olvidar los paralelismos que el propio Marx trazó entre el estatuto de su teoría de la sociedad capitalista y la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin). En el caso de Horkheimer y Marcuse encontramos una conciencia clara de que la teoría crítica no puede entenderse a sí misma como una ciencia, siguiendo el modelo de las ciencias naturales. Pues es una teoría de la sociedad interesada explícitamente en la transformación de la realidad social en una dirección justa, en la dirección de la abolición de las relaciones de explotación y dominación. Y sabe que este interés es fundamental desde un punto de vista teórico-cognoscitivo: pues interviene en la determinación de su ámbito objetual y en la constitución misma de sus conceptos. El papel de tal interés en la labor teórica es decisivo, pues es en virtud de este interés en la emancipación que la teoría es capaz de alumbrar en la realidad social posibilidades de una organización diferente, más racional y justa, de las relaciones sociales y de confrontarse críticamente sobre esta base con un régimen social cuya reproducción exige la amputación sistemática de tales posibilidades.
  2. En segundo lugar, a partir también de los textos de Horkheimer, podemos sostener que la teoría crítica se articula a partir de un determinado programa de investigación, el programa que precisamente acabamos de referir, a saber: el estudio, con una base interdisciplinar, de la sociedad capitalista desarrollada que ponga de manifiesto cómo su dinámica propia de desarrollo genera toda una serie de posibilidades de una organización diferente, más justa y racional, de la vida social que se ve obligada a frustrar y cercenar permanentemente para defender la inmovilidad de los límites de lo existente. En el marco de tal investigación se plantea una cuestión que sigue siendo hoy día central: ¿cómo puede explicarse que este proceso de generación de posibilidades y de su sistemática frustración no logre incitar dinámicas de protesta en aquellos que sufren las posiciones subalternas y dominadas en la jerarquía social?, ¿cómo puede explicarse que el alumbramiento de mayores posibilidades de gratificación, ligadas al desarrollo de las fuerzas productivas, vaya de la mano de un efectivo hundimiento del horizonte de expectativas del colectivo social, que marca la signatura de las sociedades de la década de los treinta del siglo pasado y, en la actualidad, desde hace ya cincuenta años?

En estos dos nervios que definen lo que podríamos llamar la problemática de la teoría crítica (la autorreflexión de la teoría y el afrontamiento crítico de la sociedad en un contexto de desmotivación de la crítica social) debe resaltarse la vinculación expresa que estos teóricos llevaron a cabo entre su empresa y la de Marx. Efectivamente, la autorreflexión reclamada por la teoría crítica pretende cuestionar la autopercepción cientificista explicitable en Marx, tematizando de manera consecuente el carácter interesado de la teoría, con las implicaciones cognoscitivas que ello tiene. Pero este replanteamiento de Marx no les impidió continuar con el proyecto marxiano de investigación de la sociedad capitalista desarrollada, de sus dinámicas, de sus contradicciones, de su ideología. En este sentido, la teoría crítica constituye la reformulación y actualización de la teoría marxiana, no una ruptura con ella. Es cierto que la propuesta, realizada en el seno del Institut für Sozialforschung, de una investigación interdisciplinar de la sociedad capitalista desarrollada (que abarque la economía, la cultura y el arte, el plano psicológico-social, etc.) ya no creía que sus contradicciones o antagonismos hicieran inevitable el triunfo de los de abajo, como Marx siguió pensando hasta al menos la publicación del libro I de El capital. Pretendía investigar críticamente la sociedad actual en toda su complejidad teniendo a la vista los procesos de desactivación y desmotivación de la crítica social y de la protesta que se estaban dando en su época. Ahora bien, en todo momento, la teoría crítica considera que la sociedad objeto de estudio es una sociedad capitalista, por lo que su vinculación con las aportaciones teóricas de Marx resulta imprescindible. En una entrevista tardía sostuvo Marcuse: “(…) la Teoría crítica nació y fue bautizada como un término y un concepto para el marxismo comprendido críticamente”. Se trató de un “desarrollo crítico del marxismo, por lo tanto, ninguna repetición, sino seguir trabajando en la teoría”[12]. Tomar constancia de esto es decisivo para valorar qué queda, qué resulta actual hoy en día de la teoría crítica, en discusión con la apropiación que de dicha categoría se ha realizado por parte de relevantes teóricos sociales contemporáneos vinculados explícitamente con ella. Luego volveré sobre esto.

2. Contra la escolástica

Pero antes de entrar en nuestro tema, debo decir algo sobre una tendencia que se ha desarrollado en los últimos cincuenta años en los estudios sobre los pensadores de la teoría crítica, que supone un fuerte obstáculo para la apropiación productiva de su pensamiento en nuestros días. Me refiero a un modo de afrontar la producción teórica de estos autores que es más bien propio de una actitud no ya escolar, sino escolástica. Allá donde se dé, la aparición de una actitud escolástica respecto a un autor o un grupo de autores tiene efectos intelectuales destructivos: aniquila la discusión, el cuestionamiento crítico y, en virtud de ello, la propia producción y creación teóricas[13]. El empeño en defender como un todo las tesis o los planteamientos de un autor, la reproducción hasta el hastío de su terminología, de su enfoque, de sus idiosincrasias constituye la inversión de lo que los pensadores de la teoría crítica entendían como la tarea de la teoría. Por lo tanto, no se trata para nosotros de continuar una tradición, de continuar un corpus teórico, de perseverar en una determinada teoría de la sociedad o de defender a capa y espada determinados textos o determinadas trincheras teóricas. No solo porque esta labor es estéril y contraria al sentido propio de la práctica teórica de estos autores, sino porque ni siquiera dentro de este grupo de pensadores, si incluimos también a Walter Benjamin, puede hablarse de una tradición homogénea, de un corpus o de teorías compartidas. Estos pensadores constituyen una tradición internamente plural, internamente antagónica. Por lo que la construcción de un corpus teórico a partir de la adopción de una actitud escolástica violenta la pluralidad teórica y política interna de este grupo de intelectuales. Por ello, considero más productiva la actitud que Habermas defendió en los años ochenta respecto a este grupo de pensadores a los que él se negaba a atribuir ninguna “identidad de escuela”: Habermas invita a los investigadores, que se confrontan en cada caso en su labor intelectual con determinados problemas de tipo social, político, teórico, etc., a realizar una “explotación revisionista, carente de contemplaciones, del potencial de inspiración de una tradición de investigación” plural e internamente ramificada como esta[14]. Por eso, para abordar la cuestión de qué queda de la teoría crítica vamos a tratar sintéticamente en qué nos puede seguir interpelando la producción teórica de sus representantes fundamentales, qué temas y problemas formulados y abordados por estos pensadores pueden continuar apareciendo como vinculantes o inspiradores para nosotros hoy.

3. Problemáticas, cuestiones, temas en los que la teoría crítica puede seguir inspirando investigaciones hoy en día

a) Metodología de las ciencias sociales y autorreflexión de la teoría social

Las aportaciones de Horkheimer en torno a los fundamentos metodológicos y normativos de la teoría crítica siguen constituyendo un marco fructífero para la reflexión actual sobre la relación entre conocimiento e interés, entre teoría y crítica. Las reflexiones de Horkheimer sobre la teoría crítica pueden ser consideradas como una contribución a la labor de fundamentación de las ciencias sociales y humanas en un contexto, como sigue siendo el nuestro, en el que continúa la hegemonía o, al menos, la fuerte influencia de la concepción positivista del conocimiento, también en las ciencias sociales e incluso en las propias humanidades (como es el caso tan problemático de la filosofía). Las consideraciones de Horkheimer muestran que la pretensión de adoptar en el ámbito de las ciencias humanas y sociales la actitud del espectador desinteresado o del observador externo resulta quimérica. Pues, en este ámbito, los procesos de investigación están impulsados inevitablemente por intereses político-morales, lo cual para Horkheimer no solo no merma la rigurosidad de las investigaciones, sino que es lo que posibilita que obtengan resultados productivos y con alcance crítico. Las investigaciones en el ámbito de la teoría social y las ciencias sociales con pretensión crítica afrontan la realidad social desde una perspectiva que asume como necesario, desde un punto de vista moral y político, la supresión de aquellas estructuras y condiciones que generan sufrimiento social en los colectivos sometidos a explotación y opresión. Estas investigaciones, si pretenden ser rigurosas, deben someterse a discusión dentro del campo de conocimiento en el que se desenvuelven por parte de los demás investigadores, bajo la convicción de que en tales debates entrarán en juego factores no solo teórico-cognoscitivos.

Desde la caracterización de la teoría crítica por Horkheimer resulta entonces cuestionable la distinción, que Habermas propuso como sustento epistemológico de su teoría de la sociedad en Teoría de la acción comunicativa, entre dos actitudes del cognoscente: como actor involucrado y como espectador externo[15]. Esta última actitud constituye, desde la perspectiva de Horkheimer, propiamente una ficción, una ilusión[16]. Desde un punto de vista hermenéutico y dialéctico es imposible adoptar en el ámbito de lo histórico-social una actitud de observador externo. Esta es una suposición falsa del positivismo, del funcionalismo y de la teoría de sistemas que no es de recibo en una teoría autorreflexiva como es la teoría crítica. Es esta distinción entre perspectivas epistémicas la que fundamenta la doble consideración de la sociedad como mundo de la vida y sistema de Habermas, que acaba confiriendo a la economía capitalista, en cuanto subsistema en el que resulta institucionalizada la acción instrumental, un estatuto ya no historizable, al no poder ser sometido al poder del colectivo constituido democráticamente. Evidentemente, esto merma la potencia crítica de esta teoría y la coloca a una enorme distancia de lo que hoy en día podemos calificar como una teoría crítica de la sociedad[17].

A la autorreflexión acerca del propio lugar de enunciación reivindicada por Horkheimer como definitoria de la teoría crítica hay que añadirle dos componentes no adecuadamente tematizados por él en sus textos de los años treinta y que en las últimas décadas aparecen como debiendo ocupar un lugar central en la teoría de la sociedad y en la filosofía social actuales. Uno es la cuestión del marco geopolítico global en el que se ubica la labor teórica: la cuestión de cómo asume el eje de coordenadas espacial que define a todo discurso, es decir, cuál lugar en el antagónico espacio global asume como válido, como propio, en cuanto teoría crítica de la sociedad. El otro componente remite a las desigualdades de género: la teoría crítica debe reflexionar acerca de si su enfoque y temática de investigación están contaminados o no por los prejuicios de la mirada masculina, si logra hacerse cargo o no de las desigualdades de género existentes y de las luchas en marcha por renovar o cimentar (o restaurar) dichas desigualdades. Solo bajo la asunción de las problemáticas decolonial y feminista pueden seguir siendo inspiradoras hoy las reflexiones de Horkheimer sobre el estatuto de la teoría crítica.

b) Teoría crítica de la sociedad como investigación interdisciplinar

Resulta todavía paradigmático el modo en que Horkheimer, en su discurso de toma de posesión del cargo de director del Institut für Sozialforschung, concibió el proyecto de análisis crítico de la sociedad capitalista contemporánea como una labor que debía realizarse en el marco de un programa de investigación interdisciplinar, que incluyera y ensamblara la teorización y la investigación social empírica por parte de diversas disciplinas[18]. La dificultad, sobre todo institucional, con la que se presenta la realización de esta empresa no debería conducir a renunciar prematuramente a ella. La compartimentación de disciplinas, sobre todo la separación tajante que se marca institucionalmente entre filosofía y ciencias sociales, constituye un claro obstáculo para la investigación compleja y crítica de la realidad social. Por ello, creo que es una tarea central hoy en día la deconstrucción, el cuestionamiento, de esta compartimentación y el esfuerzo por abrir espacios académicos e institucionales en los que el trabajo en común de las diversas disciplinas, sobre todo de la filosofía y las ciencias sociales, resulte factible. Se trata de generar un trabajo colectivo en el que las aportaciones desde las ciencias, la filosofía, la crítica cultural, la psicología social… colaboren en la investigación y comprensión de los problemas, contradicciones, disonancias diagnosticables como decisivas de la sociedad actual. En ello se juega la posibilidad de una comprensión crítica y teóricamente ambiciosa de la realidad social.

c) Interpretación dialéctica y materialista de la producción cultural

Sigue apareciendo como un ámbito de investigación fructífero el análisis concreto, inmanente, materialista de las producciones culturales y artísticas en la estela de lo realizado en su momento de manera divergente por Benjamin y Adorno[19]. Las aportaciones posteriores de autores como Fredric Jameson, Susan Buck-Morss o recientemente Mark Fisher muestran la vigencia del proyecto de interpretación dialéctica de las producciones artístico-culturales del presente que aspira a explicitar en ellas un contenido de verdad (un contenido político utópico) que tenga efectos prácticos (en una dirección crítica, emancipadora) en la vida social[20]. De los pensadores de la teoría crítica podemos derivar una concepción del trabajo de interpretación de las producciones artísticas y culturales como un trabajo con una explícita orientación política, dirigido a un desciframiento del ámbito cultural a la luz de las cuestiones sociales y políticas decisivas en la actualidad, con la voluntad de intervenir sobre las formas de conciencia social dominantes en la esfera pública. En los continuadores posteriores de este programa, el análisis de las producciones culturales actuales como producciones con un carácter ideológico, pero como poseyendo también un componente utópico, puede revelar en un presente, que aparece como un desierto de expectativas políticas explícitas de cambio social en una dirección emancipadora, energías que sí tienen una significación relevante, en cuanto apuntan a una representación diferente, normativa, de la colectividad, de la vida en común. Este programa, forjado por Jameson en los años setenta del siglo pasado, recoge lo más productivo de los pensadores de la teoría crítica y sigue siendo plenamente actual en el ámbito de la crítica cultural.

d) Teoría crítica de la sociedad como teoría crítica del capitalismo

La confrontación con los trabajos de Horkheimer, Adorno y Marcuse nos sigue abocando a la tarea, en la que ellos perseveraron, de actualizar el proyecto de una teoría crítica del capitalismo. Lo que tenemos que aprender todavía de las aportaciones de los representantes de la teoría crítica es que para comprender críticamente la sociedad en la que vivimos Marx sigue siendo un interlocutor necesario (lo cual nunca significó para estos pensadores seguirlo de manera ortodoxa) y la noción de capitalismo continúa siendo la categoría explicativa clave. Aquí se abren las distancias con las teorías de la sociedad de Habermas y de Honneth, explícitamente posmarxistas[21]. Los déficits críticos de las filosofías sociales de estos pensadores, que se ponen de manifiesto en la teoría de la sociedad que la concibe articulada en dos niveles, como sistemas y mundo de la vida de Habermas, y en la concepción de la sociedad capitalista como un orden de reconocimiento (moral) en Honneth[22], tienen como base su abandono explícito y beligerante de las aportaciones de Marx y de los teóricos sociales posteriores que siguieron su estela. Necesitamos, pues, una discusión implacable con las teorías sociales de estos pensadores que ponga de manifiesto sus limitaciones y abra de nuevo la cuestión de cuáles deben ser las tareas y los fundamentos teóricos de una teoría crítica de la sociedad[23].

e) La teoría crítica de la sociedad como crítica inmanente y el diagnóstico de la definición de lo posible imperante en el ámbito social

Los trabajos de los representantes de la teoría crítica siguen confrontándonos con la cuestión de las virtualidades teóricas y políticas en nuestros días del procedimiento de la crítica inmanente[24]. Recordemos que la crítica inmanente es aquella que cuestiona una realidad a partir de aspectos, de elementos de dicha realidad que aparecen como válidos, como normativos. Tal modo de crítica permite dejar de lado formas de utopismo políticamente improductivas y modos de sustentación de la crítica social consistentes en la nostálgica remisión a supuestos pasados mejores. La crítica inmanente, al cuestionar una realidad a partir de lo que ella misma pretende ser y ostenta que puede ser en virtud de las posibilidades alumbrables en ella, es capaz de referir las mediaciones que muestran como factible la transformación de la realidad social, puede indicar los ámbitos en los que la praxis política puede intervenir para realizar, en una dirección trascendente a las relaciones sociales vigentes, posibilidades propias de la formación social. La virtud fundamental de tal forma de crítica es que logra alumbrar las posibilidades reales de la formación social, que pueden ser refuncionalizadas en una dirección emancipadora.

Considero que este modo de crítica permite realizar un diagnóstico de la sociedad actual que muestre la falta de fundamento y de justificación de la definición restrictiva de lo posible imperante en el ámbito social. Efectivamente, la apelación a las posibilidades de una organización más racional y justa de la sociedad alumbrables en la realidad social, que son amputadas sistemáticamente por los procesos de reproducción de las relaciones sociales existentes, nos permite constatar que la definición vigente de lo posible es falsa, ideológica. Esta desfundamentación de la definición restrictiva de lo posible hegemónica en la formación social resulta decisiva en un contexto como el nuestro, definido por el hundimiento del horizonte social de expectativas por debajo de las exigencias de reproducción de lo existente; en un contexto, en definitiva, en el que las expectativas sociales del colectivo parecen carecer, de facto, de todo carácter trascendente y resultan plenamente compatibles con la reproducción de las relaciones sociales vigentes. La realización de un diagnóstico en estos términos constituye una de las tareas centrales de la teoría y la filosofía sociales y define el horizonte de la teoría crítica como programa de investigación plural y ramificado.

De modo que lo que queda de la teoría crítica es un programa de investigación teórico con intención política. Una investigación que abarca una pluralidad de temas que exigen la labor de diversas disciplinas. Más allá de la aparente dispersión temática ostentada en la enumeración de tareas que pueden resultar actuales de la teoría crítica, considero que existe entre ellas una base común: la base proporcionada por el diagnóstico de la situación actual en términos de un hundimiento del horizonte social de expectativas. Esta cuestión es central, pues es tal hundimiento el que permite que la definición restrictiva de lo posible socialmente vigente no despierte indignación, no genere dinámicas de protesta, sino que sea vivida como válida, aproblemática. El programa de investigación plural, ramificado, que podemos explicitar en la teoría crítica, tiene como factor aglutinador tal diagnóstico sobre la situación sociopolítica y su esfuerzo teórico está impulsado por un correspondiente interés político, en sentido enfático, en revertir dicha situación.

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  1. Pude presentar una primera versión de este texto en el I Congreso Nacional de Teoría Crítica: “La Argentina y el centenario del Instituto de Investigación Social”, celebrado en la Universidad de Buenos Aires en noviembre de 2023. Agradezco a Romina Conti, Agustín Prestifilippo y Santiago Roggerone su invitación a participar en dicho congreso y sus cuestiones y comentarios a mi ponencia, que me han ayudado a darle su forma final. Agradezco también a Ricardo Blanco Rodríguez su amable lectura de una versión anterior de este escrito y sus comentarios críticos. En el presente trabajo desarrollo y amplío algunos de los argumentos expuestos en mi artículo: “La Escuela de Fráncfort, hoy” (cf. Romero Cuevas, 2020).
  2. Universidad de Alcalá, España. Contacto: josemanuel.romero@uah.es.
  3. Ver R. Wiggershaus (1988; 2010). Ver también M. Jay (1989). Los textos del debate sobre las ciencias sociales en el que participaron, entre otros, Popper, Albert, Adorno y Habermas fueron editados en castellano en el volumen Adorno y otros (1973).
  4. Ver Adorno (2004, pp. 296, 327-328, 501, 503, 508 y 538; 1996, p. 169).
  5. Ver Demirović (1999, pp. 853-854).
  6. Ver Marcuse (1984, capítulos 6 y 7).
  7. Ver Demirović (1999, p. 854).
  8. Ver, sobre todo, Horkheimer (2000, pp. 23-87) y Marcuse (1979), especialmente en sus textos: “Zum Begriff des Wesens” (pp. 45-84) y “Philosophie und kritische Theorie” (pp. 227-249).
  9. Ver K. Korsch (1975).
  10. Ver F. Pollock (1933, pp. 321-354) y Horkheimer y Adorno (1994, pp. 165-212).
  11. Sigo aquí los argumentos de Horkheimer plasmados en Teoría tradicional y teoría crítica (2000, pp. 23-87).
  12. Mannfeld / Marcuse, “Fragen an Herbert Marcuse zu seiner Biographie”, en Jansen (1990, p. 34).
  13. No me resisto a referir aquí a la pertinencia de los duros argumentos contra el “escolasticismo” del último Ortega y Gasset, hastiado del dominio de la filosofía neoescolástica en la España franquista. Ver J. Ortega y Gasset (1979, pp. 197-207).
  14. Ver Habermas (1986, pp. 8-12).
  15. Ver Habermas (1987).
  16. Ver Horkheimer (1986, p. 75).
  17. Sobre esto, ver G. Bolte (1989).
  18. Horkheimer (1988).
  19. Ver Benjamin (2012, pp. 7-85 y 323-353) y Adorno (2008; 2009).
  20. Ver F. Jameson (1989, pp. 15-82 y 227-241); S. Buck-Morss (2004) y M. Fisher (2019).
  21. Incluso el Honneth defensor del socialismo se declara postmarxista, ver A. Honneth (2017, p. 110).
  22. Ver J. Habermas (1992, p. 10) y A. Honneth, “Redistribución como reconocimiento: Respuesta a Nancy Fraser”, en N. Fraser y A. Honneth (2006, pp. 89-148).
  23. Como aportación a esta labor, pueden verse los materiales compilados en J. L. Moreno Pestaña y J. M. Romero Cuevas (2022).
  24. Sobre el procedimiento de la crítica inmanente, ver T. Stahl (2013); J. M. Romero (2014); R. Jaeggi (2014, pp. 277-320); J. M. Romero y J. A. Zamora (2020) y L. P. de Caux (2021).


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