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Cartografías visuales
de un territorio afrodescendiente

La “otrificación” del Distrito de Aguablanca en Cali a través de imágenes

Andreas Hetzer

1. La construcción de otredades desde la sociología visual

De todas las categorías que utilizan las ciencias sociales, la de raza no solo es un clivaje que define a un grupo o comunidad, sino que constituye un elemento fundamental en la conformación de las sociedades en Améfrica Ladina[1], donde las personas esclavizadas sufrieron crímenes de lesa humanidad. Estos individuos, traídos violentamente desde África, estuvieron expuestos a una cultura foránea, la cual enfrentaron mediante diversas estrategias de supervivencia, entre las que destacan la adaptación, la resistencia, la reinterpretación y la creación de nuevas manifestaciones culturales. Por esta razón, González (2021, p. 140) habla de un “sistema etnogeográfico inspirado en modelos africanos”.

A pesar de la independencia de los países colonizados, los procesos constitucionales en distintas etapas y las más recientes tendencias hacia el plurinacionalismo y la pluriculturalidad (Yrigoyen Fajardo, 2011), los Estados-nación améfricaladinos mantienen un régimen de colonialidad del poder y del saber de larga duración (Lander, 2000). La ideología del mestizaje, “políticamente anodina y disimuladamente etnocida” (Segato, 2010, p. 20), junto con la democracia racial y el colorismo, ha impuesto a las personas racializadas la obligación de blanquearse, es decir, negar su origen hasta modificar su apariencia y hábitos con el fin de ser socialmente aceptados. En definitiva, “el mestizaje no puede ser percibido como una negación del racismo: en lugar de eliminar el estigma permite convivir con él” (Cunin, 2002, p. 28).

Comprendemos las categorías de raza y etnicidad como dimensiones interrelacionadas y socialmente construidas (Viveros Vigoya, 2023), que generan dinámicas de clasificación social presentes en la interacción simbólica entre individuos y colectivos. La raza, en este contexto, es una cualificación y descripción despectiva que recae sobre una persona mediante la mirada de otros agentes sociales (Segato, 2007, p. 132). Por lo tanto, la raza es “una categoría popular a través de la cual se descifra e interpreta el entorno social, el pasado y el presente, dándole sentido a las prácticas cotidianas y permitiendo evaluar y clasificar al otro” (Cunin, 2002, p. 15). Es importante destacar el término popular en el sentido de que la construcción de la raza atraviesa todos los estratos sociales y es constitutiva para la vida cotidiana en las sociedades de Améfrica Ladina como legado del colonialismo y el eurocentrismo (Valencia Angulo, 2023, p. 97).

Ahora bien,

a pesar de que tenemos amplia documentación de que los indios, negros y los individuos de piel más oscura (…) no tienen el mismo estatus social, económico y político que los blancos o cuasi-blancos, no tenemos estudios sistemáticos que documenten las prácticas que mantienen la desigualdad racial (Bonilla-Silva, 2020, p. 429).

En consecuencia, combatir el racismo debería partir de la comprensión de microrrelatos que forman parte de las estructuras específicas del discurso moderno-capitalista que reproducen las relaciones de poder. Siguiendo a Segato (2010, p. 20), al nombrar la raza como estrategia esencial de lucha hacia la descolonización, este trabajo propone una estrategia teórico-metodológica desde la sociología visual para acceder a los núcleos capilares de la construcción de la otredad en las relaciones sociales.

La sociología visual destaca el papel fundamental de las imágenes en la formación de conceptos mentales y representaciones del “Otro”. Por ello, el propósito de este estudio es demostrar cómo la población afrodescendiente[2] en Cali, Colombia, está representada en imágenes de diversas índoles. Además, el análisis busca indagar cómo raza, género, clase y territorio se construyen mediante el ojo fotográfico en diferentes tipos de publicaciones. El objetivo principal es resaltar la importancia de la imagen en el discurso de la otredad dentro de un sistema social racializado. Se intenta trazar las huellas y patrones de las prácticas de significación en el lenguaje visual a través de una metodología inspirada en el Atlas Mnemosyne de Aby Warburg. Como resultado de la investigación, se presentarán e interpretarán unas cartografías visuales compuestas por mapas conceptuales sobre el territorio de Aguablanca.

2. Estudios sobre el discurso racista y la importancia del lenguaje visual

Un referente principal en el estudio de la construcción discursiva del racismo en eventos comunicativos es Teun van Dijk (2007). Su análisis crítico del discurso nos recuerda que el estudio de problemas sociales y relaciones de poder es esencialmente discursivo, aunque con consecuencias materiales para las personas excluidas. Además, el discurso se inscribe en un trabajo ideológico que orienta las acciones sociales de individuos y colectivos.

Pese a los méritos de van Dijk en el análisis de recursos racistas en el discurso, su abordaje se limita principalmente a lo textual y oral, sin ofrecer un método analítico para materiales visuales. En contraste, van Leeuwen (2000) muestra cómo el “racismo visual” se manifiesta no solo a través de estereotipos raciales evidentes, sino también mediante estrategias visuales más sutiles. Por ejemplo, la representación grupal de miembros de ciertos colectivos en posiciones repetitivas o similares puede generar el efecto de homogeneización, como si “todos fueran iguales” o “no se distinguieran”. Esta interpretación destaca por la ausencia de signos racistas explícitos, fenómeno que Bonilla-Silva (2020, p. 428) denomina “racismo sin racistas”, caracterizado “por su sutileza, por no ser abiertamente racial y por evitar el uso de términos y discursos raciales del pasado”.

Desde otra perspectiva, Martínez Lirola (2008), mediante métodos de gramática visual, presenta evidencias empíricas sobre cómo textos multimodales en periódicos españoles construyen una imagen negativa de inmigrantes, caracterizada por pobreza y exclusión (op. cit., 2014). Un estudio similar analiza fotografías de mujeres blancas y negras publicadas en revistas de Colombia y España, evidenciando significados clasistas y racistas que producen conceptos de alteridad en contextos modernos de consumo (Flórez-Fuya, 2020). Por su parte, Sáez Gallardo (2017, p. 181) resume que “en los medios de comunicación se ejerce una violencia visual hacia los grupos étnicos minoritarios, al ser representados como personas subalternas, siempre en actitudes donde no tienen agentividad, vinculadas a problemas sociales, como la violencia, marginalidad, terrorismo, etc.”.

En el caso colombiano, Valderrama Rentería (2023) analizó notas periodísticas de la revista Semana Digital sobre la vicepresidenta afrodescendiente Francia Márquez Mina, quien asumió el cargo en agosto de 2022. Concluye que “la imagen que nos queda de la vicepresidenta es la representación de una mujer negra, popular, racista, incoherente, intelectualmente incapaz para ocupar el cargo de vicepresidenta, resentida, acomplejada, polémica, difícil, oportunista”. En línea con ello, Valencia Angulo (2023, p. 97) señala que el uso del “insulto negro hijueputa” revela “que el racismo y la falta de reconocimiento genuino hacia los afrocolombianos que viven en Cali está a flor de piel”.

A pesar de estos aportes, aún faltan numerosas piezas para completar el rompecabezas de las prácticas de significación que sostienen las desigualdades raciales (Bonilla-Silva, 2020, p. 429). Esta carencia es aún mayor si se considera la escasez de estudios empíricos sobre la representación visual de afrodescendientes en Colombia, lo cual puede resultar sorprendente frente al amplio debate acerca de la omnipresencia y el poder de las imágenes en nuestra cultura y el colonialismo cultural (García-Canclini, 2007).

Partiendo de la observación de Cabrera (2014, p. 10) sobre la marginalidad de lo visual en las ciencias sociales, el siguiente estudio se adentra en un campo relativamente nuevo: la representación visual del territorio urbano denominado Distrito de Aguablanca, que ha experimentado una migración afrodescendiente significativa desde mediados de los años 1970. Se propone la hipótesis de que las miradas fotográficas reproducen estigmatizaciones con consecuencias para la demarcación territorial y, por ende, para la segregación racial en la ciudad. Estas representaciones visuales trascienden el racismo, pues están imbricadas con otras relaciones de poder, como la exclusión social, el desarrollo y la delimitación territorial.

A la par, se busca contrastar este material con las autorrepresentaciones contenidas en álbumes familiares, que construyen narrativas visuales alternativas. En este sentido, la pregunta principal es: ¿qué imágenes del Distrito de Aguablanca en Cali predominan en el lenguaje visual y de qué manera estas representaciones contribuyen al proceso de “otrifícación” de un territorio con alta presencia afrodescendiente?

3. El Distrito de Aguablanca: surgimiento y desarrollo de un territorio afrodescendiente

Desde la fundación del departamento del Valle del Cauca en 1910, la ciudad de Cali, como capital, ha estado marcada por una intensa inmigración y un crecimiento exponencial de su población. Mientras que en 1927 Cali contaba apenas con 27.747 habitantes, el censo de 1964 registró 637.929 habitantes (DANE, 1986, p. 23). Es decir, en un lapso de poco más de 50 años, Cali multiplicó su población por un factor de 23 y presentó una tasa de crecimiento superior a la de Medellín y Bogotá.

Por esta razón, el Concejo de Cali discutió desde principios del siglo XX planes para la desecación de las zonas lacustres ubicadas en la parte oriental de la ciudad, con el objetivo de obtener terrenos para la producción agrícola y la expansión hacia nuevas urbanizaciones. Sin embargo, estos planes no se materializaron hasta la década de 1950.

Tras varios estudios encaminados a mitigar los efectos negativos de las inundaciones en la margen izquierda del río Cauca, en 1954 se fundó la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca (CVC), entidad con la cual se inició el Proyecto Aguablanca. Este megaproyecto consistió principalmente en la construcción de un jarillón sobre el río Cauca y la desecación de 5.600 hectáreas del complejo lagunar de la ciénaga de Aguablanca, reservando 2.000 hectáreas para la solución del problema habitacional de las personas de bajos ingresos (CVC, 2004, p. 139). No obstante, la ocupación de estas tierras había comenzado con anterioridad, y “la dinámica de invasiones u ocupaciones de tierras en Cali y sus alrededores viene ya desde finales de los años 40” (Urrea Giraldo y Murillo Cruz, 1999, pp. 344-345).

La culminación del Proyecto Aguablanca en 1961 generó condiciones naturales más propicias para la construcción de viviendas, tal como se observa en un mapa elaborado por Planeación Municipal. Lo que hoy se conoce como el Distrito de Aguablanca comenzó a desarrollarse con el asentamiento Unión de Vivienda Popular en 1963, el cual carecía de acceso a servicios públicos básicos (ver plano 1, cuadro blanco). Debido a conflictos internos dentro de esta organización popular, a partir de 1969 se inició la división del territorio en los barrios República de Israel, Unión de Vivienda Popular, Antonio Nariño y Mariano Ramos, que en la actualidad conforman la comuna 16 (Perafán Cabrera, 2022, p. 99).

Plano 1: plano del área urbana de 1961, actualizado en 1966, elaborado por Planeación Municipal de la Alcaldía de Cali. El cuadro blanco (intervenido) representa la Unión de Vivienda Popular y el río Cauca se encuentra en la parte inferior del plano. Fuente: Eusse González et al. (2020, p. 84). Documento digital original modificado, con énfasis agregado.

Plano 2: plano elaborado por la Planeación Municipal de la Alcaldía de Cali, que muestra los nombres de los primeros barrios correspondientes al futuro Distrito de Aguablanca, 1981. Fuente: Mapoteca del Centro de Investigaciones Territorio, Construcción y Espacio (CITCE) de la Universidad del Valle. Documento digital original recortado y modificado.

A partir de 1978, un número creciente de personas se asentó en busca de una vivienda propia. Un plano de 1981 (ver plano 2) muestra la ampliación del perímetro urbano y la existencia de asentamientos como Charco Azul, Ciudad Córdoba, Comuneros I a IV, El Retiro, Marroquín I y II, Poblado I y II, y Pondaje, junto a la laguna homónima. Cabe destacar que el mismo plano incluye los nombres de propietarios de terrenos en Aguablanca. Según Urrea Giraldo y Murillo Cruz (1999, p. 397), estas

familias de la élite vallecaucana y caleña (…) no han dejado de cobrar altas rentas a costa del pago de los lotes vía organizaciones populares o las mismas agencias del Estado, esto ha sido un factor determinante en la recreación de formas de urbanización precaria, que incluso en la actualidad se mantienen.

Un estudio de las Empresas Municipales de Cali sobre la factibilidad del plan de desarrollo de Aguablanca de 1984 evidencia que la población de barrios como Charco Azul, Comuneros I y IV, El Retiro y Poblado I se duplicó entre 1981 y 1983. Otros barrios experimentaron un crecimiento explosivo en el mismo periodo, por ejemplo, Comuneros III pasó de 15 a 1.464 habitantes, Marroquín I de 150 a 1.805 y Pondaje de 45 a 455 (Alcaldía y Empresas Municipales de Cali, 1984, p. 19).

Mediante la reforma administrativa de 1988 surgieron las comunas 13, 14, 15 y 16, las cuales principalmente delimitan el Distrito de Aguablanca hasta el día de hoy. No obstante, no fue hasta 1998 cuando se creó la comuna 21 (anteriormente denominada poligonal E), que para entonces ya contaba con aproximadamente 28.000 habitantes distribuidos en 12 urbanizaciones y fue denominada Ciudadela Desepaz (El País, 03.06.1998, p. C2).[3]

En cuanto a la caracterización del Distrito como un territorio afrodescendiente, Cali, situada en el suroccidente de Colombia, es comúnmente reconocida como una de las ciudades con mayor población afrodescendiente en cifras absolutas de Améfrica Ladina. Según el último censo del DANE de 2018, Cali cuenta con aproximadamente 2,3 millones de habitantes, siendo la tercera urbe más grande del país. Estudios sociodemográficos del Centro de Investigaciones y Documentación Socioeconómica (CIDSE) de la Universidad del Valle estiman que un tercio de la población caleña es negra o afrodescendiente (Urrea-Giraldo, 2021, p. 178).

La migración masiva de afrodescendientes provenientes de diversos departamentos hacia Cali fue consecuencia del conflicto armado, desastres naturales —en particular, el maremoto en el departamento de Nariño en 1979— y del denominado “ecogenoetnocidio afrocolombiano” (Arboleda Quiñonez, 2019).

La encuesta realizada entre abril y mayo de 1998 por el CIDSE proporcionó por primera vez datos sociodemográficos sobre la “movilidad, urbanización e identidades de las poblaciones afrocolombianas” en Cali. El estudio

confirma el patrón de fuerte concentración de la población afrocolombiana, y en particular de aquella con origen en los municipios de la costa Pacífica, en los barrios populares del oriente de la ciudad, sobre todo en el distrito de Aguablanca (Bruyneel et al., 1999, p. iii).

Esto implica que dos tercios de la población de hogares afrocolombianos residían en ese momento en los barrios más populares localizados en las comunas 6, 7, 13, 14 y 15 —correspondientes a la franja oriente y nororiente cercana al río Cauca— (Barbary, 1999, p. 35) (ver figura 1).

Figura 1: proporción estimada de hogares afrocolombianos por sector cartográfico, 1998. Fuente: Barbary, 1999, p. 36.

Esta segmentación socioespacial se mantiene hasta la actualidad según los datos del censo de 2018. La densidad más alta de población NARP persiste en Aguablanca (incluyendo ahora la comuna 21), aunque también se registran concentraciones significativas en las comunas 17 y 20 ubicadas en la ladera (Urrea-Giraldo, 2021, p. 180).

En resumen, el Distrito de Aguablanca como territorio afrodescendiente se encuentra altamente segmentado y separado del resto de la ciudad por uno de sus ejes principales, la autopista Simón Bolívar. Más aún, prácticamente todos los indicadores sociales muestran que estos grupos viven en una situación social marcada por un agudo contraste con la población blanco-mestiza de Cali. Desde los primeros estudios a finales de la década de 1990 hasta la actualidad, se ha corroborado que

la segmentación socioespacial del espacio urbano en Cali coincide con un notorio nivel de segregación racial, en particular para la población caracterizada externamente como negra. Este fenómeno se nota tanto a nivel residencial, por la concentración de la población afrocolombiana en las zonas más pobres de la ciudad y, a escala local, por el fenómeno de “ghettoización” de ciertos barrios considerados como “negros” (…), como en cuanto a condiciones de vida, a través de peores indicadores de hacinamiento, acceso a servicios y posesión de bienes (Bruyneel et al., 1999, p. iii; énfasis agregado).

4. Marco teórico: la importancia de la imagen para dar sentido al mundo

Cuando se habla del lenguaje visual y las representaciones del “Otro” a través de imágenes, se distinguen diferentes niveles de representación; es decir, se da cuenta del proceso “mediante el cual se produce el sentido y se intercambia entre los miembros de una cultura” (Hall, 2010, p. 447). El primer sistema de representación se relaciona con los conceptos mentales sobre el mundo exterior que existen en cada persona, por ejemplo, lo que es una puerta, una botella o una mesa. Asimismo, somos capaces de formar conceptos de cosas más complejas que no podemos ver, tocar o sentir directamente, como, por ejemplo, el amor o la paz.

El segundo sistema de representación es el lenguaje, donde se depositan los significados y valores compartidos. Nos sentimos parte de una cultura cuando compartimos conceptos principales e interpretamos el mundo de manera similar con otras personas. Es la única forma de facilitar la comunicación y la comprensión mutua.

Así como las personas que pertenecen a la misma cultura deben compartir un mapa conceptual aproximadamente similar, deben también compartir el mismo modo de interpretar los signos de un lenguaje, porque sólo de este modo se pueden intercambiar los sentidos entre la gente (op. cit., p. 450).

Por esta razón, el paradigma constructivista postula que no existe el mundo fuera del discurso. Esto no implica que el mundo material no exista fuera de nuestra imaginación, sino que, a diferencia del mundo material, la representación de nuestros conceptos expresados en cualquier tipo de lenguaje es lo que porta sentido. El lenguaje es algo productivo que “da vida a las cosas”.

Entonces, tanto palabras como sonidos o imágenes son signos, siempre y cuando porten sentido. Estos signos representan los conceptos y las relaciones conceptuales entre ellos. “Su conjunto constituye lo que llamamos sistemas de sentido de nuestra cultura” (op. cit., p. 449). En resumen, nuestros mapas conceptuales deben traducirse en un lenguaje común, es decir, en ciertas palabras escritas, sonidos producidos o imágenes visuales. Hablamos de un sistema de representación de segundo orden que establece una correspondencia entre los mapas conceptuales del individuo y un conjunto de signos plasmados en un lenguaje. “La relación entre las ‘cosas’, conceptos y signos está en el corazón de la producción de sentido dentro de un lenguaje. El proceso que vincula estos tres elementos y los convierte en un conjunto es lo que denominamos ‘representaciones’” (op. cit., p. 450).

De acuerdo con Gubern (1992, p. 1), el ser humano es fundamentalmente un animal visual que recibe gran parte de la información del mundo circundante por vía óptica. En este sentido, la fotografía forma parte de un sistema de representación, materializado en papel o en pantalla. Las imágenes producen y circulan significados sobre personas, eventos u objetos (Hall, 2003, p. 5). Lo específico de la fotografía radica en su carácter documental de lo retratado y, al mismo tiempo, en su carácter construccionista, resultado de decisiones del fotógrafo y de las selecciones del medio donde se publica o difunde.

La fotografía llama nuestra atención sobre la interacción entre la composición y concepción del fotógrafo en el proceso de construcción de imágenes, por un lado, y el contexto de uso y sus modos de difusión, por otro. Es importante destacar que la imagen fotográfica no es una reproducción neutra de la realidad, sino más bien un “instrumento semiótico” (Ortega Olivares, 2009, p. 171) capaz de producir significados. O, en palabras de Dubois (2008, p. 52), es “una herramienta de transposición, de análisis, de interpretación, hasta de transformación de lo real”.

Al igual que en el lenguaje oral (sonidos), compartimos mapas conceptuales que se plasman en la fotografía, lo que permite “hablar un lenguaje visual común”, conocido como cultura visual. Dentro de este marco, podemos descifrar los signos de la imagen y construir sentido.

Los signos visuales y las imágenes, aun aquellas que tienen una semejanza estrecha con las cosas a las cuales se refieren, son signos: portan sentido y por tanto deben ser interpretados. Para hacerlo, debemos tener acceso a los dos sistemas de representación discutidos antes: a un mapa conceptual que correlacione las ovejas en el campo con el concepto de una “oveja”; y un sistema de lenguaje que, en lenguaje visual, tenga alguna semejanza con la cosa real o “se le parezca” de algún modo (Hall, 2010, p. 450).

Según Segato, “el color es signo” y su “capacidad de significar” en el contexto histórico de Améfrica Ladina consiste en la “atribución” y “lectura socialmente compartida” (Segato, 2007, p. 133). En palabras de Hall, el color de piel solo se vuelve signo porque, en este contexto específico, la representación visual del negro porta un sentido compartido dentro del marco de convenciones sociales históricamente establecidas y cultivadas. Por ende, el color de piel se convierte en una práctica de significación con consecuencias materiales de estratificación étnico-racial en las sociedades poscoloniales. Precisamente por esta razón, es fundamental prestar atención a los microrrelatos y representaciones visuales situadas para aumentar nuestra comprensión del modus operandi de la exclusión social. “Por lo tanto, es el contexto histórico de la lectura y no una determinación del sujeto lo que lleva al encuadramiento, al proceso de ‘otrifícación’ y consecuente exclusión” (op. cit., p. 134).

Por ende, los significados culturales no son solo construcciones mentales, sino que tienen consecuencias en las prácticas sociales (Hall, 2003, pp. 1-3). Allí es donde el análisis de las representaciones visuales entra en la crítica de las relaciones de poder, revelando las formas en que se representa un territorio afro dentro de la ciudad de Cali mediante un proceso de otrificación, sustentado en estereotipos, simplificaciones o alusiones negativas que constituyen formas de violencia simbólica:

Es necesario comprender entonces cómo el nacimiento de los propios lenguajes de la imagen permite la constitución de un orden que se consagra [en] el establecimiento de normativas que regulan la libre flotación de los significantes visuales y que, al mismo tiempo, afirman la primacía de unos principios sobre otros (León, 2015, p. 43).

5. Metodología

Aunque los datos sociodemográficos y socioespaciales evidencian las consecuencias del racismo estructural para la población afrodescendiente en Cali, permanece la interrogante sobre cómo una sociedad tolera y acepta estas graves desigualdades. La sociología visual puede contribuir a visibilizar los regímenes de representación del “racismo sin racistas” y la manera en que el proceso de otrificación y la consiguiente exclusión operan.

Dado que la sociología visual aún se encuentra en proceso de consolidación en América Latina como una propuesta transdisciplinaria, “el análisis visual supone un reto metodológico para las ciencias sociales, al mismo tiempo que abre las puertas a una comprensión e interpretación más completa y profunda de las realidades sociales” (Schnettler, 2011, p. 165).

Este trabajo empírico se nutre de una propuesta analítica de imágenes proveniente de un campo externo a las ciencias sociales. Para ello, recurrimos al historiador del arte e investigador cultural Aby Warburg, quien en la década de 1920 presentó su atlas de imágenes Mnemosyne y es considerado el fundador de la iconología. En este proyecto, Warburg planteó trazar temas y patrones visuales recurrentes a lo largo del tiempo, desde la antigüedad hasta el Renacimiento y más allá, hacia la cultura contemporánea. Su método de análisis transdisciplinario, junto con sus conceptos de “supervivencia” (Nachleben) y “fórmulas de lo patético” (Pathosformeln), resulta profundamente inspirador. Warburg estaba convencido de que la memoria visual está vinculada a la esfera de las representaciones sociales y al lenguaje que se mantiene a lo largo del tiempo, de tal forma que un elemento energético-afectivo despliega su carga siempre y cuando esté materializado en una imagen.

De esta manera, Warburg evidenció una red de imágenes –una cartografía visual– y generó nuevos saberes mediante el montaje y la recomposición constante. Estableció un vasto inventario de imágenes reproducidas y utilizaba algunas de ellas para montarlas y reorganizarlas permanentemente en paneles móviles con fondo de tela negra. La exposición de las láminas “es por definición necesariamente incomplet[a], una red abierta de relaciones cruzadas, nunca cerrad[a] o definitiv[a], siempre ampliable a la incorporación de nuevos datos o al descubrimiento de nuevos territorios” (Tartás Ruiz y Guridi García, 2013, p. 229). Este proceso abre continuamente nuevos espacios de pensamiento a través de nuevas configuraciones.

Por lo tanto, el atlas nos invita a reflexionar sobre cómo gestos, detalles, objetos o poses presentes en imágenes contemporáneas transitan a lo largo del tiempo e incluso a través de distintos modos de publicación:

La utilización de las imágenes para la realización de una arqueología de la cultura permite visualizar y caracterizar la imbricación de los tiempos a través de los contactos históricos reales, por medio de la memoria social de las imágenes, describiendo las soluciones a los problemas iconográficos actuales, a partir de lo que se encuentra en el depositario de elementos de la memoria social (Campos, 2014, p. 158).

En resumen, cartografiar las representaciones visuales del Distrito de Aguablanca forma parte de una “arqueología del saber visual”, es decir, busca mostrar cómo las representaciones visuales producen conocimiento y ofrecen soluciones a los problemas del desarrollo urbano en una zona de la ciudad mayoritariamente poblada por afrodescendientes.

Para este proyecto de investigación se seleccionaron tres tipos de materiales digitalizados, originarios de contextos distintos y con estéticas diversas, con el fin de llevar a cabo una “problematización visual (…) y construir así una narrativa crítica” (Parra, 2015, p. 61). En primer lugar, fotografías tomadas entre 1965 y 1966 por el artista colombo-francés François Dolmetsch, provenientes de su archivo privado; en segundo lugar, imágenes de reporteros gráficos publicadas en los periódicos regionales El País[4] y Diario Occidente[5]; y, por último, fotografías provenientes de álbumes familiares de habitantes de Aguablanca, almacenadas y publicadas por el Archivo Fotográfico y Memoria Histórica de Cali (AFMH)[6]. Así, los álbumes familiares permiten un acceso más íntimo y cercano, en contraste con las miradas externas de artistas, extranjeros o reporteros gráficos.

Por consideraciones pragmáticas, el análisis se restringió al período hasta el año 2000, es decir, todas las imágenes analizadas fueron tomadas entre 1965 y 2000, periodo principal del surgimiento y desarrollo del Distrito de Aguablanca. Se revisaron imágenes de todos los barrios de las comunas 13, 14, 15 y 16[7]. En el caso de los periódicos, se consultaron las publicaciones originales en su versión impresa. Todas las imágenes fueron catalogadas siguiendo una nomenclatura uniforme, según los metadatos disponibles[8].

En total, se analizaron 1.450 imágenes que representan visualmente el Distrito de Aguablanca, de las cuales casi dos tercios pertenecen a El País. Sumando las fotografías de Diario Occidente, se puede afirmar que el 73 % de las imágenes analizadas circulan en el discurso público mediático. Solo el 7 % de las imágenes están disponibles públicamente a través del libro y el sitio web del AFMH, mientras que el 20 % corresponde a material inédito perteneciente al archivo de François Dolmetsch (ver tabla 1).

Comuna

BarrioPoblación 2015AFMHEl PaísOccidente (APFFVC)François
Dolmetsch
Suma fotos por barrio
Aguablanca (como distrito)29341283617

13

Calipso6.05922
Charco Azul3.59458664
El Diamante + Sector Asprosocial-Diamante14.138160667
El Poblado14.4661136350
El Poblado II18.88311112
El Pondaje + Sector Laguna16.55139140
El Vergel19.79839119113
Lleras Restrepo1.473
Lleras Restrepo II14.609
Los Comuneros II14.60912113
Los Lagos11.243246
Los Robles9.876
Marroquín III4.668
Omar Torrijos6.49555
Ricardo Balcázar6.06911
Rodrigo Lara Bonilla3.45722
Ulpiano Lloreda4.629819
Villa del Lago8.857459
Villablanca4.57933
Yira Castro3.41711

14

Alfonso Bonilla Aragón31.7312323248
Alirio Mora Beltrán12.6521414
Marroquín I21.076436646
Marroquín II17.0401212
Las Orquídeas13.5823317
Los Naranjos I3.390112
Los Naranjos II12.40622
Manuela Beltrán30.654314421
Promociones Populares B24.559
Puerta del Sol5.6061414

15

Ciudad Córdoba40.4418210
El Morichal18.056
El Retiro8.7951928552
El Vallado24.7072934568
Laureano Gómez8.855336
Los Comuneros I27.62012113
Mojica30.896339547

16

Antonio Nariño24.655347
Mariano Ramos28.30835237
República de Israel18.95422
Unión de Vivienda Popular20.86323528
Suma fotos por fuente1089361232831.450

Tabla 1: cantidad de imágenes analizadas según barrio, comuna y fuente. Fuente: elaboración propia.

En torno a la frecuencia de publicaciones por barrio, cabe destacar (descontando las imágenes de Dolmetsch) que el 23 % de las fotografías fueron publicadas bajo la referencia general de Aguablanca, sin especificar un barrio en particular. La mayor frecuencia de imágenes publicadas por barrio no puede explicarse ni por la cantidad de población ni por la antigüedad del barrio (ver tabla 1, cifras en las celdas resaltadas en gris). Más bien, los cinco barrios con mayor interés pertenecen a la segunda ola migratoria y de crecimiento de Aguablanca, a finales de los años 1970 e inicios de los 1980, salvo El Diamante, que es aún más antiguo.

El material fue organizado en una carpeta mediante el montaje de todas las imágenes; a partir de la similitud de elementos visuales surgieron las primeras agrupaciones visuales, que dieron nombre temático a las carpetas. Estos nombres sirvieron posteriormente como denominaciones para los paneles de la cartografía visual (ver el texto de Eugenia Mora en este libro). Cada fotografía fue clasificada en una sola carpeta.

Fiel a la idea de Warburg de no “fijar las imágenes sobre planchas, sino que estas pudieran estar en movimiento, en una continua búsqueda (…) de nuevas afinidades y correspondencias” (Vázquez Villamediana, 2020, p. 446), este proceso se intercaló con varias interrupciones para la búsqueda de nuevos conceptos e ideas. Durante el análisis surgieron progresivamente más conceptos temáticos; algunos fueron afinados, otros renombrados o fusionados.

6. Presentación de resultados e interpretación de imágenes

La tabla 2 visualiza el proceso mediante el cual surgen las cartografías visuales a partir del análisis inductivo de las 1.450 imágenes. De izquierda a derecha, se incrementa el nivel de abstracción. En un primer paso, se clasificó todo el material en 36 temáticas o, mejor dicho, conceptos visuales. Estos conceptos fueron reorganizados según afinidades y similitudes, tanto en relación con las características del concepto como con la configuración de los objetos presentes en las imágenes. En un segundo paso, se definieron mapas conceptuales visuales que combinan varios conceptos. Finalmente, se abstrajeron estos mapas conceptuales para llegar a las cartografías visuales y, en consecuencia, a los paneles que caracterizan los imaginarios y la memoria visual sobre el territorio.

Aunque la investigación es primordialmente cualitativa, la cuantificación de ciertos datos es útil para evaluar prioridades y ausencias dentro de las cartografías visuales. En primer lugar, destaca (cifras resaltadas en negrita) que algunos conceptos predominan en las representaciones visuales. Según estos datos, se puede resumir que se trata de un territorio precario y deficiente que, al mismo tiempo, no dispone de condiciones adecuadas de urbanización al ser una zona pantanosa. El territorio se ve afectado por desastres, como incendios e inundaciones, lo que requiere la intervención de expertos y funcionarios para mitigar estas circunstancias adversas.

Existen tres conceptos que no fueron considerados en niveles superiores de abstracción debido a que son poco representativos: la religión, la espiritualidad y la Iglesia no juegan un papel destacado en un país predominantemente católico y en una población afrodescendiente con diversas espiritualidades. Otros ámbitos de la vida social y de la salud mental también están marginados, tales como el deporte, la cultura, el ocio, la diversión, las relaciones amorosas y la vida familiar, a pesar de las múltiples problemáticas presentes en la narrativa visual. Aun cuando se incluyeron álbumes familiares, existen muy pocas fotografías relacionadas con temas familiares y amistades, y aún menos sobre sexo y género. Por lo tanto, parece que las imágenes que expresan amor y afecto están sujetas a cierto tabú.

Conceptos visuales (primer nivel) (cantidad de imágenes por concepto)Mapas conceptuales visuales (segundo nivel) = conceptos imbricados (% en relación con todas las imágenes)Cartografías visuales (tercer nivel) = paneles
Precariedad de calles y parques (79)Movilidad; transporte informal; peligro e inseguridad; falta de vías de comunicación (10,4 %)1. Territorio desconectado (pasividad)
Transporte público (26)
Animales y carretilleros (23)
Puentes y caños (23)
Precariedad de vivienda (49)Condiciones básicas insatisfechas; aguas negras; enfermedades; contaminación de medioambiente; chozas; miseria humana; pobreza; niños sufrientes (21 %)2. Subdesarrollo y miseria humana
(pasividad y culpa propia)
Lagunas y caños (63)
Basura y contaminación (38)
Falta de agua potable (49)
Niños en entorno difícil (105)
Incendios y víctimas (61)Desastres naturales y víctimas; poderes sobrehumanos; vulnerabilidad; sufrimiento (12,3 %)3. Desastres y víctimas (pasividad)
Inundaciones de calles (98)
Inundaciones casas e interior (20)
Visita de funcionarios (64)Planeación e intervención; salvación; capacidad de respuesta; brigadas emergencia humanitaria; ayuda (7,6 %)4. Asistencialismo (pasividad y agencia externa)
Brigadas de salud (24)
Reuniones formales (22)
Canchas y parques (19)Obras públicas con máquinas pesadas en construcción; avances de urbanización; logros del progreso (12,9 %)5. Progreso, desarrollismo y modernización (agencia externa del territorio)
Construcción carreteras y energía (66)
Construcción tubería y canales (55)
Obras terminadas (47)
Protesta y campaña política (45)Organización; comunidad; protesta; política; participación (3,1 %)6. Empoderamiento y participación política (agencia interna activa)
Despojo y reubicación (13)Legalización y adquisición de terrenos; autoconstrucción; mingas comunitarias; comunidad (6,1 %)7. Lucha por la propia vivienda
(agencia interna activa)
Entrega lotes (19)
Construcción vivienda (28)
Trabajo comunitario (28)
Hombres en su entorno (17)Trabajo artesanal; desempleo; pasatiempo en espacio público; violencia; militarización (6 %)8. Masculinidades y desesperanza
(agencia pasiva)
Oficio y trabajo hombres (52)
Violencia y fuerza pública (18)
Mujeres retratadas (33)Trabajo informal; oficio doméstico; cuidado de niños; maternidad; perspectivas (8,8 %)9. Las múltiples facetas de la mujer
(agencia activa y pasiva)
Oficio y trabajo mujeres (47)
Mujeres y labor cuidado (47)
Niños y educación (40)Pedagogía; educación; diversión; felicidad; inocencia (9,3 %)10. Promoción humana y esperanza (pasividad)
Cultura y deporte (37)
Niñez feliz y juego (58)
Vida familiar y pareja (10)No entran a la cartografía visual porque no contribuyen con una muestra representativa (2,5 %)
Religión y espiritualidad (9)
Sin clasificación (18)

Tabla 2: resultado del proceso de montaje de las imágenes según el nivel de abstracción. Fuente: elaboración propia. Los resaltados (negrita, gris y cursiva) se emplean para facilitar la comprensión de la fusión de los conceptos visuales, desde los mapas visuales hasta las cartografías.

Cabe destacar que los mapas conceptuales están dominados por problemas de conectividad del territorio con el resto de la ciudad y las condiciones precarias de vida. Es llamativa la presencia significativa de megaproyectos de infraestructura, así como la intervención de funcionarios y especialistas para responder a ciertas situaciones. Es decir, se evidencia una concentración en la acción de actores externos al territorio. La propia comunidad se organiza y actúa en menor medida mediante protestas, autoconstrucción y mingas comunitarias en su intento de transformar la realidad social.

Después de estas primeras observaciones, se identificaron diez paneles distintos, con algunas imágenes representativas que ilustran las diversas cartografías y su relación mutua en la narrativa visual a nivel meta. Retomando el ejemplo de Warburg, los paneles presentan un fondo negro, aunque en formato horizontal para mejorar su presentación[9].

El primer panel, denominado “Territorio desconectado”, se relaciona con el deterioro de las vías de comunicación y los desafíos del transporte para la población, lo que evidencia que la conexión entre Aguablanca y el resto de la ciudad es limitada. Esta problemática está vinculada fundamentalmente a las condiciones difíciles del terreno, atravesado por canales de agua y lagunas. Dado que al inicio de los primeros asentamientos solo existía un par de puentes de madera para vehículos pesados, como buses y camiones, este tema fue recurrentemente visibilizado en la prensa. Por ello, la presencia de puentes en mal estado constituye un elemento clave en este panel.

Las imágenes muestran a personas, en muchas ocasiones menores de edad, obligadas a cruzar diversos tipos de caños para acceder a la carretera principal o al colegio. Esta situación se refuerza con fotografías de camionetas, camiones y buses con pasajeros hacinados, quienes enfrentan un elevado riesgo al utilizar estos medios de transporte informales; sin embargo, la necesidad limita otras opciones y la población queda expuesta a esta realidad. Cabe destacar que en diversas fotografías aparecen caballos usados para transportar personas o materiales de construcción. En este contexto, la presencia de carruajes a caballo, en contraste con vehículos motorizados, sugiere que el territorio permanece rezagado, manteniendo una conexión con lo rural, esto es, en transición hacia un entorno urbano.

El segundo panel amplía la perspectiva, abordando las condiciones de vida en Aguablanca mucho más allá de la limitada comunicación. Se abre el panorama hacia otras formas de “penuria”, tales como la contaminación, las aguas residuales, las enfermedades, la falta de servicios básicos, las viviendas precarias y la pobreza infantil. Los conceptos visuales de “Precariedad de vivienda”, “Lagunas y caños” y “Basura y contaminación” están interrelacionados. La problemática habitacional es abordada tanto por la prensa como por el fotógrafo Dolmetsch a través de planos generales de casas construidas con madera o plástico en terrenos inadecuados. El paisaje acuático, con viviendas (algunas en palafitos) ubicadas junto a caños y lagunas, se emplea para enfatizar la precariedad de las condiciones de vivienda.

En este contexto se incluye el tema de la contaminación ambiental, representado por imágenes que muestran calles y aguas llenas de basura cerca de las viviendas. En el caso de los palafitos, se observa la acumulación de desechos detrás de las viviendas, directamente en el agua. Estos caños, descritos como “aguas negras”, son asociados en la prensa con brotes de enfermedades. Por ejemplo, se señala que “Las ‘Lagunas del Pondaje’ están repletas de malezas y aguas negras. Actualmente son criaderos de zancudos y focos de olores fétidos” (El País, 05.03.1991, p. B3).

Además, la vida junto a los caños y lagunas es considerada la más extrema en la escala de pobreza: “Las condiciones más extremas de miseria y abandono las viven las familias que habitan las orillas de los caños de aguas negras (…). Ya se acostumbraron a los olores y se volvieron resistentes a las enfermedades” (El País, 17.01.1989, p. B3). Este enunciado, sin embargo, discrimina y estigmatiza a los habitantes que viven bajo estas condiciones.

Otro ejemplo representativo es la imagen de mujeres lavando ropa cerca de un caño que está siendo dragado y limpiado por una maquinaria pesada. Esto sugiere que, por falta de alcantarillado y educación ambiental, los habitantes han vuelto a prácticas contaminantes, poniendo en riesgo su salud. En resumen, a través de estas imágenes se presenta a los pobladores como responsables en parte de su miseria, como si se acostumbraran a los olores y enfermedades y fueran una especie diferente. Más aún, se les señala como una amenaza para más allá de su entorno: “Las aguas negras amenazan a Cali” (El País, 11.06.1985, p. E2). Esta cartografía visual oscila entonces entre la responsabilidad individual y la pasividad causada por la pobreza como condición externa.

Otro aspecto relacionado con la ilustración de la miseria es la escasez de agua potable. Existen numerosas imágenes tanto en la prensa como en el archivo de Dolmetsch que muestran personas cargando baldes y bidones de agua, haciendo fila en pilas públicas, llenando recipientes de tubos de carrotanques o de carretilleros[10] que recorren las calles, y personas que se bañan o lavan en el exterior, cerca de fuentes de agua de diversas características. Asimismo, la vida junto a caños y lagunas, en un terreno constantemente inundado, requiere obras de alcantarillado y acueducto para asegurar el suministro y saneamiento. Quizás el tema del agua es uno de los más recurrentes en todo el material visual, dado que atraviesa diversos mapas conceptuales.

Para aumentar el impacto y la impresión de la pobreza, Dolmetsch y los reporteros gráficos emplean la estrategia de capturar instantáneas de niños jugando en condiciones insólitas, es decir, en medio de basura, caños de aguas residuales, calles sin pavimentar llenas de polvo y barro. A menudo, los niños miran con expresiones tristes o sufrientes que generan compasión y empatía. Este recurso visual es común en numerosos contextos sociales, especialmente en situaciones de guerra o desastres naturales, y representa, de alguna forma, la crueldad e irresponsabilidad de los adultos hacia “las criaturas”, que no pueden cambiar su realidad por sí mismas. Se trata de una estrategia que instrumentaliza a las niñas y niños para evocar emociones de compasión y construir mapas conceptuales de abandono, dureza, sufrimiento, soledad y desesperanza. De hecho, las imágenes de menores en entornos difíciles son el concepto visual más frecuente. En resumen, toda esta cartografía visual denuncia y compadece la pobreza, estableciendo una cadena de significados que muestra los distintos aspectos de condiciones de vida miserables.

Si combinamos los distintos aspectos del subdesarrollo reflejados en este panel con las malas condiciones de las vías de comunicación, parques deteriorados y puentes peligrosos, podemos concluir que el tema del territorio abandonado y empobrecido es el más preponderante en todas las cartografías. Las representaciones visuales activan mapas conceptuales relacionados con la falta o el mal estado de las vías de comunicación, el peligro e inseguridad, las condiciones básicas insatisfechas, la contaminación ambiental, la miseria humana, la pobreza y la indigencia infantil. Así, a través de estos mapas, la cartografía dirige la atención hacia ciertos conceptos de territorio y clase, identificando a la población como indigente en un territorio atrasado[11]. Es relevante señalar que estos dos paneles son los más destacados en términos de cantidad de imágenes, lo que indica un alto impacto tanto en las miradas fotográficas como en el público espectador.

El tercer panel, titulado “Desastres y víctimas”, pone en el foco a las víctimas —esta vez no exclusivamente menores de edad— sometidas a poderes sobrehumanos. Este panel retoma el tema del agua, interpretada como una fuerza natural. Aunque hasta hoy los aguaceros en Cali suelen afectar a diversos barrios, las inundaciones en calles destapadas generan una mayor percepción de la gravedad del problema, especialmente si se combinan con la presencia de transportes pesados casi inmersos en el barro. Sin embargo, pese al predominio de planos generales, es posible observar interiores domésticos y afectaciones personales incluidos en el concepto visual “inundaciones en casas e interiores”. Se muestran familias —sobre todo mujeres— salvando a sus hijos, niños cargando mascotas o habitaciones con muebles en medio del agua. Si bien estas imágenes no son numerosas, es relevante destacarlas, pues suponen la única instancia en que fotógrafos externos acceden a la vida privada en un material visual dominado por planos medios y generales de espacios públicos.

Las imágenes de incendios difundidas en la prensa suelen tener un tinte amarillista, pues buscan generar emociones al mostrar a las víctimas llorando y desesperadas entre escombros y pertenencias quemadas. Debido al material de las viviendas, estos incendios fueron frecuentes en varios barrios a lo largo del lapso investigado, razón por la cual la documentación visual es abundante. Estas imágenes significan la mayor vulnerabilidad de la población debido a su pobreza y precarias viviendas, reforzando las cartografías visuales de subdesarrollo y miseria agravadas por los daños sufridos. Dichas cartografías están estrechamente interrelacionadas, como si la pobreza constituyera un círculo vicioso. En numerosas imágenes aparecen auxiliares y brigadas de emergencia, estableciendo un puente con los siguientes paneles, que evidencian la necesidad de ayuda, asistencia e intervención.

En esta línea, la cuarta y quinta cartografía señalan una respuesta administrativa e institucional al caos, atraso y desesperanza. La representación visual que muestra a los habitantes de Aguablanca padeciendo sus condiciones de forma pasiva y, en parte, por propia culpa, implica que no son capaces de superar la miseria por sus propios medios, sino que requieren ayuda externa. Cabe mencionar que las primeras cartografías representan aproximadamente el 44 % del total del material, donde se muestra a una población desconectada, que vive en condiciones miserables y aún más vulnerable ante los desastres.

En el cuarto panel, aparecen personas distinguidas por elementos que las separan de la comunidad humilde, ya sea por su vestimenta, lugares de encuentro o formas de interacción. El capital simbólico y el habitus juegan un papel trascendental, que se manifiesta a través de ciertos códigos sociales. Lo más visible en esta cartografía son las visitas formales, a veces de delegaciones internacionales, destinadas a financiar megaproyectos. Estas visitas de funcionarios, ingenieros, asesores o brigadas de salud ocurren preferentemente durante la planificación, avances de obra, inauguraciones o tras desastres que demandan ayuda humanitaria. En estas visitas son frecuentes los grupos de personas en terreno o al aire libre que estudian planos, inspeccionan obras y posibles intervenciones, mientras que las reuniones formales suelen realizarse en espacios interiores, a veces con la comunidad. Estas imágenes transmiten una atmósfera tecnocrático-administrativa, con personas vestidas formalmente, que usan camisas, vestidos o gafas[12].

Las primeras tres cartografías no resaltan necesariamente el color de piel como un marcador coherente; sin embargo, en los conceptos visuales correspondientes a las “reuniones formales” y la “visita de funcionarios”, se observa que estos actores gubernamentales, delegaciones extranjeras o ingenieros son predominantemente blancos. Este encuadramiento visual pone de manifiesto marcadores sociales de clase y de raza. Exclusivamente se representan personas blancas con conocimiento y capacidad de asistencia, frecuentemente dirigida hacia personas empobrecidas, en su mayoría afrodescendientes.

Este fenómeno refleja las jerarquías sociales presentes en la sociedad racializada de Cali y asocia la pobreza con la población afrodescendiente. Así, las personas blancas, educadas y bien vestidas, pertenecientes a otra clase social, son mostradas como salvadoras de las comunidades afrodescendientes. Además, se reactualizan los imaginarios de dependencia de la población de Aguablanca respecto a la ayuda externa, ejemplificados por imágenes de funcionarios blancos repartiendo donaciones tras catástrofes. En suma, esta visualidad reproduce una lectura colonial y racializada que únicamente se ve interrumpida por algunas imágenes de brigadas de salud en las que también participan mujeres voluntarias afrodescendientes y médicos negros.

La dependencia y el asistencialismo persisten en la quinta cartografía, la cual se centra en el progreso, el desarrollismo y la modernización. Esta representa una respuesta más rigurosa al dilema de subdesarrollo planteado en las primeras cartografías. En ella se materializa la planificación administrativa reflejada en la cartografía visual anterior, constituyendo una continuación práctica de esta teoría. Se observan megaobras de construcción con maquinaria pesada, como nivelación de terrenos, excavación de canales, instalación de postes eléctricos y tuberías de alcantarillado. La prensa celebra cada puente, calle pavimentada o parque construido como símbolos tangibles del progreso, logrando estar presentes incluso en los álbumes familiares.

Por ende, estas obras concluidas son visualizadas como productos de la urbanización moderna, que paulatinamente conectan a los barrios. Estos mapas conceptuales responden a imaginarios tecnocráticos alineados con una ideología de modernización, donde el progreso se asocia a grandes infraestructuras; en contraposición, el desarrollo humano queda marginado en este tipo de narrativa visual.

Hasta este punto, las representaciones visuales no asignan a la población de Aguablanca un rol activo para actuar de manera independiente y determinar su destino. No obstante, en la sexta cartografía se manifiesta por primera vez un sujeto activo a través de diversas formas de participación política, tales como manifestaciones, elecciones y campañas políticas. Se aprecia en las imágenes la congregación de individuos y multitudes que portan banderas y pancartas, principalmente en espacios públicos. Algunas fotografías muestran personas que se movilizan en marchas o participan en bloqueos callejeros.

Esta cartografía contrasta con las representaciones anteriores de pasividad, ya que visibiliza a un agente organizado. Sin embargo, la prensa suele minimizar su importancia mediante críticas relacionadas con clientelismo, afiliación partidista y promesas políticas a cambio de votos. Aun sin poder profundizar en la instrumentalización política por parte de líderes partidistas, resulta relevante destacar la demanda explícita de la población, como se lee en las consignas de las pancartas y los textos periodísticos, que exigen a la administración pública la mejora de sus condiciones de vida.

Este modelo interpretativo continúa en la séptima cartografía, la cual se centra en la “lucha por la vivienda propia”. En este caso, se presentan numerosas imágenes de álbumes familiares que reflejan la agencia de las y los pobladores en la adquisición de vivienda propia. Esta cartografía conjuga ciertos elementos visuales relacionados en una dramaturgia que abarca desde las primeras ocupaciones de tierra y construcción de viviendas precarias en esterilla y guadua, pasando por despojos con presencia de fuerza pública, hasta la adquisición legal de lotes y la autoconstrucción de viviendas con materiales sólidos. Culmina con la adecuación del espacio público y la construcción comunitaria de andenes y calles mediante mingas.

El séptimo panel muestra a personas humildes, organizadas, comunitarias y trabajadoras, y así representa una forma de construir alternativa, más manual y sin el uso de maquinaria pesada. En consecuencia, estas representaciones visuales construyen un relato diferente sobre el progreso y el desarrollo.

Es importante destacar el papel de las mujeres en esta cartografía, tanto en la construcción de casas como en las labores colectivas del barrio. Por ello, no resulta sorprendente la presencia de recuerdos familiares, dado que la vivienda propia constituye un logro significativo en la historia de vida de estas comunidades. Sin embargo, debe señalarse que tanto la sexta como la séptima cartografía —representativas del empoderamiento y progreso desde la comunidad— son cuantitativamente marginales en esta muestra, en contraste con las primeras cartografías.

En la octava y novena cartografía se agrupan representaciones visuales relacionadas con las diferencias de género. En términos generales, se observa que los hombres, para expresarlo coloquialmente, “brillan por su ausencia” en el material visual. Existe un escaso interés fotográfico por retratar su realidad social y su rol en los barrios, lo cual resulta paradójico dado el protagonismo esperado de estos en actividades relacionadas con la construcción, el espacio público y la emergencia de un nuevo espacio urbano, ámbitos tradicionalmente asignados a lo masculino en la sociedad.

Aunque los hombres aparecen en mapas conceptuales relativos a la construcción de megaproyectos de infraestructura como obreros y en visitas de funcionarios, en el enfoque sobre la población de Aguablanca constituyen un vacío visual significativo. Este fenómeno puede resumirse en varios aspectos clave: primero, hay muy pocas imágenes de hombres en contextos afectivos o familiares, lo que denota una ausencia de representación de la vida sexual y familiar masculina en estas cartografías. Segundo, las imágenes dispersas que muestran a hombres trabajando evidencian una precariedad laboral notable en el territorio. Un ejemplo son las numerosas fotografías de Dolmetsch sobre hombres y niños o mujeres involucrados en el reciclaje en el basurero de Aguablanca en la década de 1960.

Tercero, es escasa la representación de reuniones masculinas en espacios públicos, y cuando existen, el contexto es negativo. Por ejemplo, una imagen de hombres en una tienda lleva el subtítulo “Esperando ayuda” (El País, 15.02.1985, p. B5); en otra, se lee “Para muchos hombres, la falta de ocupación (…) no parece ser un problema. Ellos pasan el tiempo en la calle jugando dominó” (El País, 11.07.1996, p. B1). Ello sugiere que los hombres son representados como pasivos, inmóviles, esperando ayuda o empleando su tiempo de forma improductiva.

Cuarto, resulta sorprendente que en el periodo estudiado las temáticas de violencia, delincuencia y militarización, consideradas como ámbitos marcadamente masculinos, aparezcan escasamente en las imágenes. Otras problemáticas reciben mayor atención en la cobertura fotográfica. Aunque Aguablanca ha sido estigmatizado por violencia y pandillas, esta tendencia informativa se intensifica a partir de los años 2000[13]. Los barrios Charco Azul y El Retiro son predominantes en la cobertura mediática sobre violencia y miedo en esta investigación, mientras que en otros casos la violencia se aborda de manera indirecta, vinculándola con la necesidad de alternativas culturales, deportivas y laborales para la juventud.

En suma, los mapas conceptuales mencionados construyen una imagen de masculinidades pasivas y débiles, que reflejan la falta de horizontes y la desesperanza en el territorio.

En contraste, la parte femenina se visibiliza con ambigüedad. Por un lado, aparece en el rol tradicional de cuidadora —amamantando bebés, cargando niños, lavando o participando en labores domésticas—; por otro, se la representa en diversas ocupaciones laborales que incluyen desde cocinar, coser y lavar, hasta vender frutas, construir viviendas, reciclar o enseñar en escuelas. Así, se evidencia su doble explotación: responsable tanto del cuidado y crianza de hijos como del sostenimiento económico familiar mediante trabajos, en su mayoría informales y precarizados. Además, su participación en actividades colectivas y mingas comunitarias añade otra dimensión a sus responsabilidades en la construcción de un futuro mejor para el territorio.

Aunque las imágenes de mujeres como cuidadoras o trabajadoras muestran contextos visuales muchas veces humildes o precarios, varias “mujeres retratadas” aparecen en planos medios o americanos, con vestimenta casual o elegante y posturas dignas. Esta tendencia responde a varias circunstancias: la inclusión de numerosas fotografías provenientes de álbumes familiares, las series de retratos de mujeres afro elegantes realizadas por Dolmetsch en bailaderos y el interés mediático por cubrir reinados de belleza en barrios de Aguablanca, cuyas participantes suelen ser mujeres blancas, lo que contrasta con la realidad sociodemográfica.

Adicionalmente, las mujeres están presentes en múltiples aspectos, tanto de la vida privada como pública. La construcción de género en la novena cartografía visibiliza múltiples facetas que desafían la reducción a un único estereotipo. En conclusión, mientras que los mapas conceptuales relacionados con los hombres generan imágenes de desesperanza, los asociados a las mujeres abren espacios hacia perspectivas y proyectos de vida. La división entre los géneros es marcada y diferenciada; los dos sexos aparecen juntos únicamente en el contexto del trabajo comunitario, y rara vez como pareja o en situaciones familiares. Las identidades sexuales diversas están completamente ausentes en el material visual.

Finalmente, se presenta la cartografía visual titulada “Promoción humana y esperanza”, que puede interpretarse como un contrapeso al desarrollismo tecnocrático basado en megaproyectos orientados a incrementar el talento humano e integrar a las futuras generaciones al mercado laboral. El concepto visual de “educación para niñas y niños” aparece con frecuencia en fuentes periodísticas, a través de imágenes de jardines infantiles, colegios de educación primaria y hogares comunitarios. Es importante destacar que esta temática está exclusivamente asociada a las mujeres. En otras palabras, según el material visual analizado, las responsabilidades del cuidado, la pedagogía y la educación recaen sobre ellas.

Se observan maestras impartiendo clases en aulas, entreteniendo a niñas y niños mediante juegos, mujeres sirviendo alimentos en guarderías, niñas y niños jugando en la calle, así como donaciones de pupitres. Resulta llamativa la diversidad de instalaciones educativas, que varían desde construcciones en guadua y esterilla hasta edificios de cemento. Este mapa conceptual sobre formación y educación en espacios protegidos contrasta considerablemente con el mapa conceptual que muestra a niñas y niños en contextos de pobreza extrema de la segunda cartografía.

En contraste con la instrumentalización de la niñez para denunciar la pobreza y evocar emociones, la décima cartografía abre un espacio para nuevas perspectivas del territorio. El concepto visual de “niñez feliz y juego” presenta a niñas y niños en contextos alegres y lúdicos, en su mayoría extraídos de álbumes familiares. Así, la mirada desde el interior del barrio intenta construir un contrarrelato sobre la crianza y la experiencia infantil. En estas imágenes, se observan niñas y niños sonrientes, jugando juntos en la calle o posando frente a la cámara con vestimenta cuidada, acompañados de mascotas, juguetes o en triciclos. Se documentan eventos significativos, como desfiles de modas escolares, entrega de certificados, celebraciones de Halloween y cumpleaños, entre otros. A diferencia de la mirada externa, aquí se establece la dignidad y el orgullo de poseer y ver crecer a los hijos e hijas.

Es relevante destacar la ausencia notable de adultos mayores, jóvenes y adolescentes en estas cartografías visuales. Los jóvenes aparecen únicamente en contextos asociados a pandillas y violencia, y marginalmente en ámbitos de “cultura y deporte”. Debido a la baja frecuencia, estos dos conceptos se fusionaron para el análisis. En total, se contabilizan apenas nueve imágenes que muestran actividades como boxeo, fútbol y carreras. El componente cultural está más presente en la prensa, y se centra en actividades como el canto —especialmente rap— y el baile, en su mayoría en festivales y eventos culturales del Distrito de Aguablanca.

Aunque la prensa mantiene una perspectiva negativa, expresando sorpresa ante manifestaciones de talento en medio de la pobreza (“el talento también crece en medio de la pobreza”, El País, 29.09.1997, p. D1), reconoce asimismo el “poder de la cultura negra” (El País, 10.07.1996, p. B6). En este contexto, se hace referencia al “Black Power” mostrando jóvenes del barrio Charco Azul que “se sienten orgullosos de su color y herencia cultural”.

Este ejemplo se trae a colación por su ruptura con la otredad negativa predominante en los titulares periodísticos ilustrados con imágenes de personas afrodescendientes. Se pueden encontrar múltiples artículos con títulos como “Disturbios en ‘Charco Azul’. Heridos cuatro policías” (Diario Occidente, 8.11.1979, p. 2), “El Distrito de Aguablanca. La miseria ya tiene una ciudad aparte” (El País, 18.09.1983, p. E1), “Calles de Aguablanca: tremendo calvario” (El País, 12.05.1986, p. B3), “Cali se ‘atrinchera’ contra el cólera” (El País, 04.04.1991, p. B2), “Un pueblo olvidado y sin nombre” (Diario Occidente, 26.11.1992, p. 2A), “Choque cultural en Aguablanca” (Diario Occidente, 04.05.1994, p. 8A) o “Tugurio oficial en Cali” (Diario Occidente, 18.06.1998, p. A10). Esta red semántica construye una otredad que se presenta como amenazante, caótica y ajena a la normalidad, sustentada en un racismo explícito reflejado tanto en la semántica (por ejemplo, expresiones como “aguas negras” u “oveja negra”) como en lo visual, acompañando titulares con connotaciones negativas y alarmistas.

7. Consideraciones finales

El análisis de las imágenes revela la coexistencia de múltiples mapas conceptuales sobre la población afrodescendiente, que reproducen tanto convenciones sociales —por ejemplo, el rol asignado a las mujeres— como imaginarios estereotipados asociados al drama, la miseria y la pobreza. No obstante, para comprender las relaciones de poder presentes en estas representaciones visuales, resulta fundamental cuestionar quién es el autor de las fotografías y quién decide tanto el punto de vista hacia el sujeto retratado como el encuadramiento.

El análisis de las cartografías evidencia diferencias significativas entre las imágenes tomadas por reporteros gráficos colombianos blanco-mestizos, fotógrafos blancos extranjeros y aquellas realizadas por fotógrafos anónimos, posiblemente “tomadas por los vecinos del barrio con cámaras compactas”, es decir, “hechas por el ciudadano común” (Caballero Mafla, 2012, p. 86). Se observan en el material irrupciones, cuestionamientos y propuestas alternativas que buscan subvertir los límites impuestos a la producción de significados sociales. Por ejemplo, los álbumes familiares contrarrestan los mapas conceptuales que representan a niñas y niños empobrecidos y abandonados, aunque al mismo tiempo reproducen otras narrativas afines a la cadena de significación dominante.

Esto plantea la cuestión de si el punto de vista de mujeres o personas diversas difiere y cómo el contexto de producción influye en la intencionalidad y el significado de la imagen. La investigación enfatiza el papel determinante de la prensa en la configuración de significados discursivos a través de imágenes, considerando que la mayoría fueron capturadas por reporteros gráficos masculinos blancos.

Los resultados empíricos denotan que la otredad asignada al territorio de Aguablanca atraviesa distintas categorías sociales, como la raza, la clase y el territorio. Se evidencia cómo los mapas conceptuales del lenguaje visual construyen una lectura del territorio como un espacio empobrecido, desconectado y contaminado, habitado por una clase vulnerable y de bajos recursos que vive en condiciones de miseria e infrahumanas. La construcción social de clase y territorio estigmatiza al crear fronteras simbólicas entre normalidad y anormalidad, manifestadas en escenarios de amenaza para la cohesión social, especialmente a través del discurso sobre enfermedades. Esta representación negativa, junto con la percepción de inferioridad y la ausencia de agencia de las y los habitantes de Aguablanca, justifica la necesidad percibida de una intervención externa para llevar progreso y desarrollo, ya sea mediante el asistencialismo o la instalación de infraestructura.

Cabe resaltar el marcador “territorio”, que se limita principalmente a una perspectiva tecnócrata y administrativa, nutrida por conceptos modernos y desarrollistas que se impusieron en Cali desde la década de 1950 gracias al apoyo de diversas empresas de planeación urbana. Como señala Escobar (2007, p. 24), “creada inicialmente en Estados Unidos y Europa occidental, la estrategia del desarrollo se convirtió al cabo de pocos años en una fuerza poderosa en el propio Tercer Mundo”. Es en este contexto donde la blanquitud entra en juego, dominando el discurso visual mediante imágenes de expertos y funcionarios blancos. Genera una cadena de asociación de lo blanco con educación, conocimiento especializado y disposición para asistir a las poblaciones empobrecidas, incluso llegando a acciones de caridad.

Este tipo de representaciones visuales no solo determina un orden social, sino que “consagra el establecimiento de normativas que regulan la libre flotación de los significantes visuales y que, al mismo tiempo, afirman la primacía de unos principios sobre otros” (León, 2015, p. 43). En este sentido, la otrificación del oriente de Cali se relaciona con la “invención del tercer mundo” dentro de la ciudad o, más específicamente, con la construcción del “África de Cali”. La frontera entre la metrópolis y su periferia, entre modernidad y subdesarrollo, se configura a lo largo de la autopista Simón Bolívar, que marca el inicio de las comunas de Aguablanca.

Aunque Aguablanca no es la única zona urbana estigmatizada en Cali, su diferenciación radica en la cuestión racial. A pesar de que las comunas 13, 14, 15, 16 y 21 no son homogéneamente afrodescendientes, los estudios sociodemográficos evidencian una alta concentración de población con raíces en el Pacífico colombiano. Así, la clasificación social se correlaciona con el color de piel, y las cadenas de asociación ligan a la población afrodescendiente con desempleo, pobreza, hacinamiento, alta fertilidad, deterioro de la salud mental, enfermedades, crimen y violencia, extendiéndose incluso a mecanismos biopolíticos sociales, como prácticas vinculadas a la eugenesia.

Este tipo de investigaciones contribuye a comprender cómo se cultivan y reproducen estereotipos, estigmatizaciones e imaginarios racistas en la comunicación cotidiana y en las interacciones simbólicas. Por ende, constituyen un alegato a favor de la sociología visual como herramienta fundamental para lograr una comprensión más profunda de nuestras realidades sociales.

El proyecto metodológico de Aby Warburg, aunque originalmente abarcaba miles de imágenes de arte de diversas épocas, mostró ser de utilidad para el manejo de una gran cantidad de imágenes de diferente índole sobre Aguablanca, dado que permitió descubrir semejanzas y afinidades entre ellas y generar conocimientos a partir de las representaciones visuales. De hecho, el uso de los términos “cartografías” o “atlas” resulta adecuado para destacar la navegación a través del entramado de significados y evidenciar así regímenes de representación dominantes.

Surge, a partir del conjunto de cartografías, la interrelación de estas para conformar una narrativa visual de otredad, que puede resumirse del siguiente modo: el Distrito de Aguablanca se configura como un territorio subdesarrollado, habitado por una población que vive en miseria y pobreza. Esta es la definición del problema. Las causas atribuidas a este problema son el subdesarrollo, la miseria humana y desastres o catástrofes. El juicio moral alcanza tanto a los habitantes por ocupar terrenos inapropiados y contaminar cuerpos de agua, como a la administración pública por no resolver con la rapidez que la situación demanda las carencias habitacionales y de infraestructura. La solución propuesta radica en el desarrollo territorial mediante megaproyectos y el asistencialismo, relegando a un segundo plano los esfuerzos de autoconstrucción comunitaria. No se espera mucho del emprendimiento ni del esfuerzo individual de los habitantes, y se deposita la esperanza principalmente en la infancia y la promoción humana, aunque en menor medida.

Se reconocen en el lenguaje visual de Aguablanca paralelos con la concepción warburgiana

de pensar la historia de las civilizaciones mediterráneas: por un lado, la tragedia con la que toda cultura muestra sus propios monstruos (monstra); por el otro, el saber con el que toda cultura explica, redime o desbarata esos mismos monstruos en la esfera del pensamiento (astra) (Didi-Huberman, 2010, p. 61).

Los monstruos del subdesarrollo y los desastres naturales conducen a observar las esferas sombrías y problemáticas de la humanidad, donde emergen monstruos como la miseria, las enfermedades y la violencia. En contraposición, el progreso, la educación y la modernidad tienen la capacidad de salvarnos de estas amenazas, iluminando el camino hacia un futuro próspero.

No obstante, la lectura del material visual aquí presentado permanece abierta al debate y a la reelaboración para descubrir posibles patrones alternativos de otredad. Por este motivo, resulta preferible el trabajo colaborativo con personas de diversos orígenes, con el fin de ampliar las interpretaciones. Los laboratorios visuales colectivos, realizados en un proyecto bilateral entre la Universidad del Valle (Colombia) y la Universidad de Bayreuth (Alemania), constituyen un ejemplo de cómo diferentes modos de lectura pueden emerger a partir de una hermenéutica visual profunda.

Asimismo, el método de identificación de cartografías visuales resalta la importancia de las fotografías, que “se convierten en memoria para individuos, para una comunidad, también de acontecimientos sociales e incluso del paisaje urbano y rural” (Zaida Lobato, 2003, p. 27). Retomando a Warburg, las fotografías —sean analógicas o digitales— han pasado a ser los nuevos Bilderfahrzeuge, o vehículos de significados visuales que se perpetúan en el tiempo. Los últimos paneles del Atlas Mnemosyne de Warburg incorporaron imágenes de propaganda y revistas, y así abren el camino hacia estudios iconológicos. Por ejemplo, Cirlot (2019, p. 16) identifica fórmulas de pathos de violencia en el análisis comparativo de fotografías contemporáneas sobre represión policial en Barcelona (1976) y la pintura La muerte de Orfeo, de Durero; aunque las imágenes son diferentes, ambas comparten un mismo ritmo y energía: la manifestación de la violencia extrema ante la que la víctima permanece indefensa (op. cit., p. 17).

Este tipo de enfoques invita a aprovechar el vasto material visual existente sobre Aguablanca y a emprender estudios detallados de imágenes particulares, que en el mejor de los casos permitan ofrecer nuevas perspectivas sobre el territorio afrodescendiente en Cali.

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  1. Este renombramiento de América Latina fue propuesto por primera vez por la brasileña Lélia González (2021). Cuestiona la narrativa única de lo “latino” y, por ende, la priorización de la relación del continente de América con Europa que encubre la presencia histórica de sus pueblos negros e indígenas. Con el término ladino (desde la colonia, una persona mestiza que habla español) quiere llamar la atención sobre la “democracia racial” persistente en los países colonizados bajo la ideología del mestizaje.
  2. Aunque el término “negros/as”, utilizado históricamente de manera negativa, ha sido objeto de lucha antirracista y de reapropiación por parte del movimiento afrodescendiente en Colombia —recordando, por ejemplo, las marchas y protestas de “Las vidas negras importan” como reacción a la violencia policial contra la población racializada en el continente—, en el presente texto prefiero emplear la palabra “afrodescendientes”. Considero que este término enfatiza el origen de la diáspora y su herencia africana, y puede ser utilizado de forma prospectiva en la construcción de una identidad históricamente informada y orgullosa de su descendencia de la cuna de la humanidad (Campoalegre Septién, 2017, p. 31). Por supuesto, incluyo bajo este término a toda la población NARP (Negros, Afrodescendientes, Raizales y Palenqueros).
  3. “En sentido estricto la denominación de Distrito de Aguablanca corresponde a las tres comunas originarias 13, 14 y 15, aunque por las dinámicas poblacionales y urbanistas del oriente de la ciudad, en ocasiones otras comunas como la 21 y la 16 son incluidas en esta denominación” (González Bolaños, 2012, p. 18; pie de página 1). Utilizo aquí el concepto amplio de Aguablanca, compuesto por las comunas 13, 14, 15, 16 y 21, debido a su demografía e historia social en terrenos inundables, así como a la “frontera invisible” que representa la autopista Simón Bolívar, la cual separa este distrito del resto de la ciudad. No obstante, excluyo algunos barrios de las comunas 7 (Puerto Mallarino, Siete de Agosto, Urbanización El Ángel del Hogar) y 12 (Julio Rincón) de este concepto, tal como lo hace, por ejemplo, el Departamento Administrativo de Planeación Municipal de la Alcaldía de Cali (2017) junto con la Unidad de Planificación Urbana 4 – Aguablanca.
  4. El acceso al material se logró a través del archivo del periódico, donde se conservan fotografías analógicas en papel y negativos. Se permitió la entrega del material seleccionado en baja resolución para su análisis.
  5. El acervo fotográfico analógico del periódico fue donado al Archivo del Patrimonio Fotográfico y Fílmico del Valle del Cauca (APFFVC), perteneciente a la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero en Cali, donde se digitaliza y archiva junto con sus respectivos metadatos.
  6. En 2010, se llevó a cabo el proyecto de Archivo Fotográfico del Distrito de Aguablanca. Una selección de estas fotografías fue digitalizada y puesta a disposición a través de la colección “En el Oriente nace el sol” en el sitio web del AFMH. Otra parte de este proyecto fue publicada en 2011 en el libro En Oriente nace el sol. Una mirada a la memoria fotográfica del Distrito de Aguablanca.
  7. Aunque la comuna 21 fue creada en 1998 y también pertenece al Distrito de Aguablanca, se descartó la búsqueda de imágenes de sus barrios debido a que la mayoría se formó después del periodo estudiado, es decir, posterior a 2000.
  8. La nomenclatura tiene la siguiente estructura: año-mes-día_barrio_fuente_fotógrafo_página.jpg. Por ejemplo: 1989-01-08_Charco Azul_El País_Sánchez_A9.jpg.
  9. Desafortunadamente, no es posible mostrar los resultados de los paneles en este artículo. El diario El País negó la autorización para la publicación de las fotografías, aunque estas fueron debidamente citadas y fotografiadas del papel periódico. Esta situación representa un desafío para la sociología visual en general. Mientras que las citas textuales, incluso aquellas extensas de media página, están permitidas sin inconveniente, la publicación de imágenes no cuenta con el mismo derecho de citación académica, o al menos existe una gran incertidumbre respecto a su manejo por parte de las editoriales. Esta limitación restringe significativamente el análisis crítico de las representaciones visuales en el discurso público por parte de los investigadores sociales. Para consultar los paneles completos, se puede contactar al autor de este artículo vía correo electrónico: andreas.hetzer@posteo.de.
  10. Carretilleros eran personas que manejaban carros tirados por caballos, usualmente usados para transportar material de construcción y realizar otros acarreos, como por ejemplo mudanzas.
  11. En cierto sentido, estas imágenes recuerdan las fotografías de la fotoperiodista documental estadounidense Dorothea Lange realizadas durante la Gran Depresión. Aunque Lange buscaba denunciar las consecuencias negativas de la crisis económica para la población, su manera de retratar la pobreza, sin otorgar agencia a las personas victimizadas, suele resultar en una representación visual similar a la que aquí se describe.
  12. Según el material visual, la gente humilde de Aguablanca de esta época no posee gafas de sol ni lentes.
  13. No obstante, una revisión más detallada de las páginas judiciales de los periódicos podría resultar en una cobertura noticiosa más numerosa.


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