En una pintura de Klee, La casa giratoria, aparece la figura de una casa en cuyo centro se percibe un eje imaginario alrededor del cual giran otras casas. En los trazos de esa forma sintética de la casa, que guarda un gesto infantil, la pintura desarticula los modos estáticos y estables de concebir las casas. Las casas giran, rotan. Son casas dinámicas, inestables, intuitivas[1].
Esta imagen me resultó sugerente como síntesis del trabajo recorrido. Las memorias de la infancia en el exilio, como “casas”, alojan rasgos de una subjetividad singular atravesada por la experiencia del destierro. Así, al mismo tiempo que intenté explorar la hondura de las “casas” de la memoria de infancia en las narrativas biográficas de quienes transitaron la experiencia del exilio como eje común, también procuré atender a las significaciones múltiples que guardó dicha experiencia.
En esta exploración intenté aproximarme a los trabajos de la memoria sobre la infancia y a las narrativas sobre el exilio que allí se posan. Los rasgos que afloran en dichas narrativas no son entonces ni unívocos, ni estables, ni lineales, sino que ofrecen un modo singular de habitar. Un movimiento que también se apoya en dicha experiencia como centro y alrededor del cual orbitan pertenencias múltiples. Así, las memorias de infancia y sus lugares en la historia, como casas en movimiento, desarticulan algunas nociones supuestas sobre la infancia, las arquitecturas identitarias (y sus narrativas dicotómicas), y exponen la hibridez de los tiempos de la memoria. En este apartado propongo algunos puntos de síntesis y otros agregados que procuran, más que cerrar, poner a rodar otras preguntas y otras posibles lecturas y puntos de vista que se desprendan de esta exploración.
Los misterios de la mirada infantil
La mirada de los niños y niñas en tanto “otros” sigue siendo misteriosa en medio de las construcciones sociales adultas sobre la infancia (Jones, 2008). Esta “alteridad de los niños” también desafía los órdenes simbólicos que estructuran de manera cotidiana y profunda la vida adulta. Es por ello que la mirada infantil supone una forma “otra” de comprensión y de participación en y del orden social. Para este caso, la mirada infantil es tal vez doblemente extranjera, por tratarse de niños y niñas de entonces que han atravesado un desplazamiento forzoso, un exilio político. Ambas lentes ensambladas (la infancia y la extranjería) ofrecen un punto de vista particular que permite y promueve otras lecturas respecto a la memoria, a las experiencias de los procesos sociales, a las identidades y sus categorías. De este modo, a lo largo del trabajo, intenté explorar en la mirada infantil que es reconstruida en la labor memorial. Procuré, así, aportar otra vía de entrada a la dimensión generacional del campo de estudios sobre la memoria, integrando el foco en la experiencia de la infancia a partir de la labor biográfica. A través de los capítulos atendí a los aspectos cotidianos, las sutilezas de las escenas que han permanecido en la memoria. En ellas procuré encontrar algunas pistas para comprender los modos en que el exilio en la infancia se ha configurado como una “casa” que aloja algunos rasgos particulares de la experiencia biográfica. En este sentido, el motivo de la casa me ha permitido comprender los modos en que las narrativas biográficas se emplazan en la memoria del exilio en la infancia para descubrir indicios en ellas. De este modo, la casa, como figura, recorre los capítulos anclándose en diversos rasgos particulares que son resaltados: la diferencia, el desarraigo, el vínculo filial, la búsqueda de un lugar donde alojar la propia historia.
Así, las memorias de quienes han experimentado el exilio durante sus infancias ofrecen escenas conservadas en la memoria, que, como sitios, posibilitan hallar allí algunos rasgos que han permanecido idénticos y mudables de sí mismos. Las memorias son así una suerte de garantes de la identidad personal. A través de su labor es posible “tocar” la infancia, tanto en la rememoración como en el afecto, y son estas experiencias las que graban sus rasgos en la identidad. La identidad se propone, entonces, como una superficie en la que se hibridizan el pasado y el presente. Allí se deslizan preguntas que rodean el intento por comprender cómo uno llega a ser quien es y las experiencias que intervienen en ello. O más bien, aquellas que conserva la memoria y que nos permiten seguir siendo quienes somos. En esta labor reflexiva que discurre entre diversas temporalidades, también se va confeccionando un modo de organizar una historia (propia, familiar, nacional) que va buscando apoyos en la coherencia y en la unidad para urdir la trama identitaria (Souroujon, 2011: 242). A lo largo de la tesis se iluminan algunos rasgos biográficos que afloran en las narrativas que, al mismo tiempo que se van modulando a través del tiempo, también forman parte de esa “mismidad consigo misma” que se extiende a través del tiempo (Lara, 2014).
En este sentido, las memorias de infancia han permitido trazar una “continuidad interior” que da lugar a un modo posible de cohesionar una narrativa “que se apropia de las rupturas impuestas por el desplazamiento” (Breviglieri en Le Clerc Olive, 2009). Pese a la cualidad fragmentada de la experiencia biográfica, la narración permite así ensamblar la multiplicidad y la dispersión que la constituye. Procuré a lo largo del trabajo proponer un paso más respecto a la mirada que articula identidad y memoria. A partir de la invitación a “mirar adentro” de las categorías (Levi, 2018)[2], intenté ahondar en los múltiples sentidos que emergen, en los relatos rememorados, de algunas categorías de la experiencia. Si para Nouss (2015) la experiencia del exilio aún está asociada a un paradigma dualista que contrapone categorías dicotómicas, intenté, a través de los capítulos, desandar las dicotomías y bucear en sus complejidades.
Así, las memorias de infancia y las formas de la vida cotidiana recuperan los entornos particulares, los vínculos, las interacciones, sus reflexiones y sus miradas[3]. En ellas intenté explorar para encontrar posibles pistas de la experiencia del exilio, a partir de las cuales fue posible componer algunos rasgos de la narrativa biográfica. En este recorrido también procuré eludir posibles objeciones respecto a la autenticidad de los acontecimientos, la fidelidad o su rasgo veraz. Intenté observar la relevancia de aquello que ha sido atesorado en la memoria y que ha merecido ser narrado para dar cuenta de la experiencia y de sus implicancias subjetivas.
Las casas y los saberes que orbitan
En el primer capítulo procuré indagar en las articulaciones entre la casa, la infancia y la memoria. Exploré en dicho apartado la mirada problemática sobre la experiencia de movimiento y de extrañeza en vínculo con las casas rememoradas. Allí me detuve en “la piel” de las casas y en los modos en que se imbricaron las esferas íntimas y públicas, las casas que devenían otras casas, las casas y sus lados oscuros provocados por la violencia. Asimismo, atendí a los modos recordados para reconstruir y sostener la cotidianeidad en condiciones de fragilidad. Por otra parte, atendí a las casas “andantes” que se han desplazado entre geografías y condiciones sociales. En este apartado también me detuve en la pregunta por el dónde y las reflexiones sobre las pertenencias que han configurado las identidades. La condición de extranjería también se pone de relieve mientras son diversos los sentidos en torno al lugar de pertenencia. Resalto allí el “deseo de hogar” que propone Fortier como motor de búsqueda de dichas pertenencias –que aunque asume sentidos diversos para cada quien– y el desplazamiento, que se constituye como un punto de encuentro en las reflexiones y recuerdos que pueblan las narrativas. Asimismo, las casas rememoradas proponen una relación particular con la temporalidad, con el futuro, con el pasado, con las lecturas en la actualidad, con el tiempo subjuntivo que pudo ser. Las casas y sus movimientos son aquellos territorios que se han conservado en las memorias y que han situado allí modos singulares de pertenencias, de deseos de hogar, de búsquedas; ya no de hogares originarios. Se propone el movimiento como posibilitador de la organización de sentidos sobre el hogar, sobre los modos de habitar y de estar en el mundo. Se trata de un modo de comprensión que se evade de las categorías fijas para designar la identidad, y que se ubica en sus orillas, para navegar en el movimiento, para deslindar supuestos estáticos sobre el hogar y sobre la pertenencia como construcción amalgamada, sin grietas.
En el segundo capítulo me centro en los saberes y en las materialidades de esos saberes que son rememoradas. En ellos me detengo en el lugar activo de los niños y niñas y en su labor como artesanos de dichos saberes: los modos de reconocer, captar, ensamblar diferentes materialidades para poder así confeccionar una historia posible sobre el pasado. En las narrativas se pone en juego la búsqueda de un saber sobre la historia y de un lugar propio en ella como rasgo singular. En las narrativas biográficas permanece intermitente el esfuerzo que supone una exploración, un anhelo por saber que logre recomponer los agujeros que guardan los relatos. En estas búsquedas aparecen reconstruidos los modos de agencia, la mirada activa y artesanal de los niños y niñas de entonces y las diferentes materialidades que han construido y aún hoy construyen un relato sobre el pasado que los condujo al exilio. La atención sobre esta labor activa de los entonces niños y niñas desafía así determinadas concepciones sobre la infancia como inocente, ingenua o pasiva. Niños y niñas han estado al tanto de los hechos políticos y han sido parte de los procesos históricos como actores, protagonistas y testigos.
En este capítulo, la sección abocada a los saberes transmitidos y apropiados propone iluminar la naturaleza cambiante de dichos relatos, por el tiempo, por el encuentro con otros, por los modos en que los contextos hacen posible la apertura al diálogo. También procuré explorar las modalidades recordadas de las formas de contar la historia por parte de los adultos, para construir un saber sobre el pasado donde poder alojar la propia historia. La palabra transmitida supone un ejercicio dialógico entre quien cuenta y quien recibe. Así, las diferentes texturas de la transmisión permiten considerar los modos en que los sentidos y percepciones descubren un vínculo, una consideración sobre la alteridad que se inscribe en el encuentro intergeneracional.
Otras casas: nombres y genealogías
Las materialidades de los saberes y las labores artesanales de niños y niñas en ellas, por un lado, evidencian lo experimentado y, por el otro, configuran un terreno –que es revisitado– en donde situar la historia. En el primer aspecto añado a la tensión entre la dimensión afectiva y la comprensión, los modos en que son recordadas las afectaciones de la experiencia durante la infancia. Me refiero también a las modalidades corporales de saber que son reiteradamente mencionadas. Los modos en que los saberes sobre los acontecimientos fueron expresados con y en el cuerpo, a partir de los relatos en torno a heridas, enfermedades, síntomas que son descriptos con densidad y detalle.
En cuanto al segundo aspecto, me gustaría mencionar aquí las reflexiones sobre las genealogías, y también las relativas al nombre propio. En las narrativas, ambas son asociadas al terreno del exilio y se inscriben en un legado. Tanto el nombre propio como las reflexiones con respecto a las ascendencias vinculadas al exilio, se proponen en las entrevistas como lugares asociados a los rasgos de la propia biografía. El exilio se propuso, para muchos, como una experiencia cuya inscripción narrativa implica retrotraerse a otros exilios en la historia familiar que han involucrado a sus abuelos y bisabuelos. Como una tradición alrededor de la errancia y la expulsión, en la que se sitúan como parte de dicho árbol genealógico. Así, se despliega también una inscripción en una genealogía exílica, un reconocimiento e iluminación sobre un aspecto de la filiación[4] que retorna desde otros contextos históricos y políticos y con cuyos fantasmas hay que aprender a “convivir” (Vinals, 2017)[5], ya que también hacen parte del futuro[6]. La genealogía se trata esencialmente de un discurso proferido, enunciado, escuchado y recibido: “un logos sobre el origen” (Kaës, 2002: 17). Este discurso, para Kaës, es una condición primera en el “anclaje” genealógico. Algunos, como Analía, refieren a la presencia e importancia del exilio en su genealogía familiar, de origen judío en el caso de Analía, en la cual “ya había habido un exilio”. También Patricia señala que proviene de una “una familia de exiliados constante” y cuenta sobre su abuela exiliada por la “guerra de Franco” y la violencia de aquel entonces. Por su parte, Pedro relata el involucramiento político de una de sus abuelas, quien “había escondido gente” y debió también partir al exilio. Hasta que sacó la ciudadanía italiana, a los dieciséis, para Pedro “la única patria era mi apellido”. Ni de acá, ni de allá, el lugar en el que se sentía bien era con sus abuelos: “Entonces, ¿qué soy yo? Lo que son ellos”. Para Pedro, Analía y Patricia, el exilio también configuró un lugar en las genealogías, lugar que además de heredad es también (o no) apropiado. Como señala Robin, se van creando “afiliaciones imaginarias” en las cuales son elegidos nuestros propios antepasados que permiten construir una identidad “a la carta” (Robin en Amorim, 2000:36).
Para ahondar en estos movimientos entre los cambios y las continuidades de la identidad, Gatti (2007) apunta a la posesión (y el ser poseído) por un nombre propio, al hecho de ser parte de un territorio diferenciado y a la pertenencia a una historia singular, como los tres vértices claves que configuran la identidad[7]. Estas tres puntas atravesadas por la idea de propiedad “suponen un sujeto portador de una identidad y de una existencia sociológica” (Gatti, 2007:14). Así, señala que un “sujeto apropiado” es aquel que posee un patronímico (nombre) y un patrimonio (territorio e historia). En este trabajo también se despliegan algunos sentidos que portan estos tres aspectos. Los modos en que se construye una apropiación, una pertenencia, y la singularidad que esta asume en las narrativas biográficas de quienes crecieron en el exilio. Son muy diversos los factores que podrían intentar dilucidar por qué las personas son como son. A lo largo de este trabajo la experiencia del exilio durante la infancia se presenta como una experiencia que ha asentado algunos rasgos subjetivos que son asociados por los propios sujetos. Entre ellos, las narrativas biográficas inquietan la propia noción de la pertenencia, que puede ser comprendida también como un espacio de búsqueda, de movimiento, una posesión que es construida, devenida de un hacer.
Me gustaría aquí proponer un asterisco en torno a la reflexión sobre el nombre propio. Como otro de los vértices que menciona Gatti (2007) sobre la identidad es, a la vez, un don o un regalo (Mauss en Pommier, 2011), un mensaje (Berenstein, 1996) y una herencia. El nombre posee su historia, su relato transmitido. Se inscribe como una marca de filiación (Lampugnani, 2019: 46)[8] e incluye al individuo en el árbol genealógico. Por ello, forma parte de la “esencia” del sujeto, grabando así un ideal que está compelido a encarnar (Braunstein,1997:75). Esto es: “el sujeto no sólo es su nombre, sino que además tendrá que serlo” y sobre esta orientación se erigen determinados valores. De entre las historias sobre los nombres de los entrevistados hay algunos que remiten al universo político de sus padres y madres: nombres icónicos, referentes, personajes relevantes en la constelación revolucionaria (íconos comunistas, anarquistas, socialistas, referentes de la cultura, la política, el deporte, e incluso nombres de valores abstractos, como Libertad). Otros incluso fueron bautizados, al nacer, en un ritual con simbología revolucionaria: “frente a una foto del Che, arriba de una bandera cubana” que, tal como señala Sabrina, marcó su forma de crecer y su vínculo con la política. Estos nombres dan cuenta de una constelación de valores políticos y sociales que formaban parte central en el universo donde fueron concebidos. Según Tesone (2011), la elección del nombre propio descubre los deseos de los padres (p.14)[9]. Sobre ese deseo bocetado en el nombre, cada sujeto inscribe su texto propio al apropiarse de su nombre. Muchos de los entrevistados han sido llamados con los nombres de compañeros, de militantes políticos que formaron parte de los vínculos de sus padres (de las genealogías políticas) en aquel entonces. Varios de los relatos respecto a sus nombres son frágiles, han sido (o han intentado ser) recuperados con el tiempo entre esos hiatos tan ocupados por silencio. Algunos de ellos han sido compañeros desaparecidos, por lo que sus nombres quizás sean modos de homenajear u ofrendar la memoria de los compañeros de militancia a los amigos, a la familia revolucionaria perdida en manos de la dictadura. Son, tal vez, también un tributo a los valores, ideales, revoluciones por las que lucharon. En las historias que dieron lugar a sus nombres parecería presentarse esta tensión entre la posesión de un nombre portador de ideales y la apropiación del mismo y de toda la historia política en la que también están involucrados, por designio, por los modos singulares con los que cada quien colocó un sentido a esos nombres. Nombres ligados a las genealogías familiares de la militancia política, que proponen un vínculo con la espectralidad. Aquella que indica una forma de “supervivencia testamentaria” que sobrevive a su portador, que le permite estar más allá de la presencia (Cragnolini, 2004). De algún modo, apunta Cragnolini, el sujeto se encuentra apresado por esta historia en ese nombre heredado y en las formas sociales que este nombre encarna. Son nombres que tienen una persona concreta de referencia, que inscriben en un linaje vinculado a los afectos, a la militancia política, a los vínculos que allí se forjaron. El nombre proporciona un modo de guardar “fidelidad” a sí mismo[10] y Tesone (2011) recuerda que, mientras permanece idéntico, como continuo en la identidad, se recrea constantemente: “en la elección del nombre de pila hay siempre una poiética”. Esto implica que hay siempre un acto de creación cada vez que se hace propio el nombre (p.23). En muchos de los relatos se pone de manifiesto esta recreación que surge también en los vínculos con los otros. Hay quienes cuentan sobre los nombres que han sido cambiados, tanto para preservarse como para adecuarse según el contexto y los vínculos con este. Entre ellos, Daniela cuenta una escena de un acto escolar en el que se sumó el nombre Celeste[11] porque en Paraguay era costumbre tener tres nombres. O José, quien cambió la pronunciación de su nombre por la dificultad de los italianos de pronunciar la jota. Cuenta que además “reivindicaba” su nombre “Giuseppe” en la adolescencia, durante la cual por momentos rechazaba el español y por momentos, lo contrario. También a Rodrigo, en algún momento de su adolescencia, le empezó a molestar que sus amigos no pudieran pronunciar su nombre: “Es como que ese detalle me hacía decir ‘vos no sos de acá’”. Un último punto respecto al nombre propio guarda relación con los silencios mencionados con anterioridad. Entre los nombres mencionados también están los nombres secretos y los nombres “públicos” y, con ellos, la experiencia del doblez. Las dictaduras impusieron estos dobleces en todos los ámbitos de la vida cotidiana, en las propias experiencias identitarias como el nombre propio. Sobre esto, Mariana cuenta sobre el encuentro con una compañera de escuela en Argentina que la llama por su nombre, pero por su apellido inventado en aquel entonces:
Me quedó siempre la espina de por qué no le pude decir que no, que no era Mariana Gómez. O sea, que sí era, pero que no era y explicarle de nuevo, no. Actué de nuevo como si esa persona existiera. No le conté lo que había pasado.
También Damián recuerda no saber, hasta el retorno, que tenía dos nombres. Ya en la Argentina refiere a una anécdota que ilustra la “normalidad” o el “entendimiento infantil de la situación clandestina”[12] con la que sus padres les cuentan a él y a su hermano sus nombres y sus nacionalidades “verdaderas”.
De este modo, y retomando los vértices identitarios de Gatti, las memorias de la infancia exilar ofrecen narrativas biográficas que ponen el acento en la inscripción en una historia, en el rasgo del desarraigo, ambas como búsquedas que acompañan el devenir de las biografías. La tercera punta, el nombre y los modos en que se recrean sus historias y sentidos también tensiona los modos de concebir los legados, ya no como una continuidad inalterable sino atendiendo a los sentidos propios que los sujetos les dan.
Una casa para las diferencias y los afectos corales
En el tercer capítulo me enfoco en las narrativas de la diferencia y las huellas de la experiencia del exilio en la infancia asociadas. Intenté mostrar a través de tres dimensiones (la lengua, la religión y la vida escolar) tres ángulos de las experiencias rememoradas en las que se pusieron en juego la prueba de la diferencia y los modos posibles de construir pertenencias. Se trata de tres posibles vías de entrada que ofrecen las memorias narradas para ahondar en este rasgo resaltado en las entrevistas. En esta sección procuré resaltar el movimiento intermitente entre las diferencias y las pertenencias y los esfuerzos de los niños y niñas de entonces para encontrar y hacer un lugar en cada entorno que formó parte de la ruta del exilio. Intenté enfatizar el lugar de niños y niñas en las negociaciones cotidianas, en los espacios mínimos de la diferencia, en las tensiones entre las culturas en el interior del hogar y las de la vida social por fuera de las casas familiares. Cada instancia que hizo parte de los tránsitos del exilio expuso el desafío, la “prueba” entre la diferencia y lo propio, las tensiones sobre ambas y las estrategias recordadas para construir un lugar de pertenencia, de deseos propios, de identidad.
Por su parte, en el capítulo cuarto reparé en las escenas y reflexiones alrededor de los vínculos intergeneracionales, en las relaciones filiales. Los modos en que los sujetos se experimentan en ellas también son rasgos constitutivos de las narrativas biográficas, asociados a la infancia en el exilio. En dicho apartado atendí, por un lado, a los recuerdos alrededor de los tiempos diarios que organizaron los días de entonces; por el otro, puse el foco en los afectos que tienen lugar al rememorar los diálogos que han tenido con padres y/o madres durante la adultez. Desde ambas perspectivas intenté recuperar las reflexiones en torno a las posiciones de los adultos y niños de entonces, los vínculos construidos entre la vida familiar y la política y los lazos afectivos en clave intergeneracional. Los afectos, a veces contradictorios, a veces confusos que son ofrecidos en los relatos, dan cuenta de las múltiples significaciones que guardan las emociones sobre el pasado de la infancia en el exilio. Desde los aportes de la teoría queer acerca de la temporalidad y los afectos es posible atender a los modos con que las preguntas sobre el pasado insisten, retornan bajo diferentes formas, en diferentes y aleatorias temporalidades intentando organizar la discontinuidad y la dispersión de los sentidos y saberes sobre las historias y sus heridas.
“¿Dónde es volver?”[13]
De aquello que se ha subrayado en el cuarto capítulo alrededor de la diferencia como rasgo, me gustaría señalar aquí cuatro aspectos que organizan escenas alrededor de la eventual decisión del retorno: las diferentes casas, las diferencias respecto a los mitos narrados, el lugar de los niños y niñas en la decisión del eventual regreso y las diferencias de sentires que se deslizaron con el mismo.
La diferencia y sus desafíos en el encuentro con los otros también tuvo lugar en el encuentro con las familias ampliadas (abuelos, tíos, primos). Los recuerdos sobre sus casas exponen los modos en que se han afianzado los lazos de pertenencia, pero también las tensiones alrededor de las diferencias. A modo de ejemplo, Tania recuerda lo que dijo sobre la casa del tío que la recibió a su retorno: “¡una cama de oro!”, por la cama de bronce que la esperaba. Tania cuenta que se encontraba muy “desubicada”, desfasada, ante la modalidad “muy cheta” de su familia en la Argentina. A su vez, Camilo se encontró con una casa “increíble”, la de sus abuelos, donde había gallinas, chanchos, conejos, árboles frutales y un fondo con un pozo de agua muy grande. Rápidamente, cuenta, los gurises del barrio lo recibieron “lo más bien”. Para Romina, sus primos tenían “un poco de mirada superior”. Aunque eran “muy de la caridad, muy católicos”, había algo que no terminaba de serle familiar, que le era extraño: “yo digo que una casa que me queda cómoda es en donde se dicen malas palabras y hay libros. Bueno, ahí las malas palabras estaban prohibidas, los libros eran pocos y religiosos”.
Con relación a otros relatos vinculados a los países de origen, también existían los mitos que poblaban los relatos sobre el Uruguay y la Argentina. Por ejemplo, Carla destaca que los espacios y costumbres que eran añorados y que constituían la identidad nacional, comunitaria, para los adultos, para los ya adolescentes que crecieron en el exilio no asumían los mismas emocionalidades y significados. Las diferentes generaciones, a veces, como recuerda Carla, tampoco experimentaron la misma convicción o deseo de regresar. El murmullo del regreso y las postales de la nostalgia que formaban parte de la evocación de los adultos muchas veces se impregnaron de otros sentidos diferentes para los hijos e hijas que hasta prefirieron los tacos a los panchos de La Pasiva[14]. Pedro, como varios entrevistados, revive el relato de sus padres sobre el Uruguay como “paraíso terrenal”, aquella tierra donde “todo crecía”[15]. Así como una tierra prolífica, un vergel que, a la vez, convivía con otras versiones del espanto. En la imagen de Rocío sobre Uruguay aparecían superpuestas varias referencias que construyeron su propio universo uruguayo: “los gauchos comiendo huevo frito” y las estrellas “enormes” que le contó su madre. También Clara buscó el enorme horizonte, el mar y las playas uruguayas del relato de su madre, que luego experimentó como “más chiquitas”. Sea como un punto de referencia o como un objeto de añoranza, los mitos señalan metáforas que dan cuenta de esta discrepancia entre el punto originario de partida y el punto de regreso y, a la vez, la discrepancia entre los adultos y los entonces niños y niñas.
Los recuerdos exponen la imposible coincidencia entre ambos paisajes al momento del encuentro: para Rocío, el encuentro entre el paisaje añorado de su madre y su propia percepción expuso las diferencias entre las estrellas enormes de su madre y las chiquitas de Rocío, a la vuelta. También Clara comprobó que aquello que construyó a partir del relato de su madre resultaba menos exuberante de lo que ella percibió. Es bien sugerente la noción de “geografías de la mente” (Knight en Silova et al., 2014) que permite comprender los modos en que conforman los paisajes a partir de mitos y símbolos culturales. Mientras en el terreno de lo imaginario se modelan identidades y territorios, los paisajes, señala Silova, también ubican a la infancia en un determinado contexto “al capturar la importancia del espacio geográfico en la memoria colectiva de las personas”. Estas “Indias de la mente”, como traza Rushdie (1992:3), son aquellas creaciones que surgen del mirar hacia atrás, de la obsesión con el sentimiento de pérdida, del impulso de reclamar, pero también de las profundas incertidumbres alrededor de aquello que no será posible reestablecer.
Asimismo, la decisión del regreso no estuvo libre de tensiones, de sentidos diversos, de anhelos, necesidades y significados contradictorios, entre los miembros de las familias. Lejos de constituirse como un proceso coincidente y uniforme, la mirada sobre la (no) decisión del regreso permite comprender los diversos sentidos que poblaban esa eventualidad y las tensiones intergeneracionales que suponía. En dicho marco, niños y niñas de entonces (algunos de ellos ya adolescentes) reconstruyen –en sus reflexiones, posiciones, actitudes– modos activos de participar de la decisión del retorno que sobrevolaba entre las familias y que era pasible de ser pensada a partir de los indicios de las aperturas democráticas. La dimensión de la agencia infantil que es reconstruida en los relatos resulta aquí clave para comprender el carácter complejo que supuso el retorno y el lugar de los niños y niñas de entonces en la decisión respecto a la eventual vuelta. En estas dinámicas, se exponen de forma aguda las diferencias en el interior de las familias y entre niños, niñas y adultos, como se subrayó en los capítulos anteriores. Entre los múltiples sentidos que suscitó el eventual retorno, Alina recuerda la “amenaza” permanente del retorno y, con ella, el modo en que “brotaron objeciones”. La sola idea de volver, tanto a ella como a su hermano les parecía “la muerte misma”. Como Alina, varios de los entrevistados y entrevistadas narran las discrepancias entre sus padres y sus madres respecto al deseo de volver. Para otros, como Fernando o Miguel, el planteo sobre la vuelta es recordado como una “sorpresa”. Fernando recalca no haber tenido la experiencia de “las cajas de cartón” en las casas, aquellas que anunciaban el apremio de un retorno. Por su parte, para Camilo la vuelta era algo que estaba presente. Pero, a diferencia de Alina, para Camilo no era algo cuestionable porque “el deseo mayor de mis padres era volver”. Asimismo Pedro, quien aún era niño al momento del regreso desde Suecia, cuenta que ha conversado “poco” con sus padres sobre esta decisión porque fueron decisiones tomadas por el partido. Algunos trabajos (Hutchins, 2011) sostienen que a pesar de que los niños y niñas no hayan sido consultados por sus padres o madres al momento de decidir migrar, muchas veces sí se encontraron en el centro de las decisiones de la migración familiar. Las preocupaciones sobre el futuro de los niños (algunos ahora adolescentes) son, para algunos autores de los estudios migratorios, influencias clave en las decisiones de los adultos de migrar (Orellana en Sime, 2014). Para muchos y muchas que eran ya adolescentes, la preocupación y los temores de sus padres ponían el énfasis en la posibilidad de echar raíces en los lugares de acogida (formar pareja, sobre todo entre las mujeres). Para quienes han sido adolescentes en ese momento, la reubicación resulta particularmente problemática en ese periodo en el que aún no se han independizado completamente de sus padres (Green y Canny en Bushin, 2009). Esto, señalan, tiende a agravarse cuando los adolescentes no tienen ninguna participación en la decisión de migrar. En algunos casos, los adolescentes que se niegan a migrar deciden abandonar el hogar familiar antes de lo que lo hubieran hecho en otra situación.
Así, la vuelta también fue un lugar activo para los niños y niñas de entonces. Tal como fue trabajado a lo largo de esta tesis, la noción de agencia infantil ha permitido explorar este lugar de los niños y niñas como actores sociales y sus posiciones como agentes históricos. Según Maynes (2007) pensar en los niños y niñas como agentes históricos supone tocar el “corazón” de las contradicciones que proponen las nociones sobre la agencia individual basadas en los modelos de “elección racional”. En lugar de atender a las narrativas que se estructuran en torno a grandes momentos de rebelión política o acciones heroicas de la esfera pública, la mirada sobre la agencia infantil supone atender a otras narrativas “difíciles de construir en torno a los géneros de acciones y opciones” que niños y niñas han podido y han tomado (Maynes, 2007:116). Esto implica modificar las categorías con las que se interpreta la agencia, y, en pos de ello, restaurar la lente o la lupa para reparar, en la miniatura cotidiana, las posiciones activas de los niños y niñas de entonces. Alina, Mariana, Felipe, Darío, Tania –y muchas y muchos otros de los protagonistas de este trabajo– recuerdan haber rechazado la idea de volver, a través de diferentes respuestas afectivas y diferentes acciones y expresiones cotidianas para rechazar o acompañar el posible regreso. Por ejemplo, Patricia recuerda la experiencia de haberse negado a acompañar una nueva migración, tras la decisión de retorno:
Tengo recuerdo del plan consulta, cuando ya estando en Uruguay hacía dos años, que ella me dice “Nos vamos a volver a Francia”, y yo le dije que no. Entonces ahí empezó el freno de la migración constante de mi madre.
Como Patricia, algunos niños y niñas también fueron participantes activos en la toma de decisiones de la migración familiar (Bushin, 2009). Al rehusarse, Patricia negoció la decisión de emprender una nueva partida, sus propias relaciones, aspiraciones, y estableció sus propios límites para la movilidad. La participación de niños y niñas en las decisiones permite diluir la idea de que las familias son “unidades consensuadas” (Acker, en Bushin, 2009). Por su parte, para Gonzalo, que era ya adolescente, el momento de la vuelta también fue una instancia de consulta: “Cuando terminó la dictadura acá, mi padre dijo ‘che, ¿Quieren volver?’ Y mi hermana y yo dijimos ‘No, no queremos volver. Nos queremos quedar acá’.” Esta decisión implicó la separación de la familia en aquel momento, configurando también nuevos lazos con quienes han permanecido en los países de acogida.
Un último punto que me gustaría sumar aquí –y que se enlaza con la mirada en torno a los sentidos múltiples de los afectos– tiene que ver con las fricciones en torno a la idea de felicidad que acompañó a muchos niños y niñas al retorno. Para muchos esta eventualidad supuso la tensión entre el deber de felicidad ante el mandato de la vuelta, y lo que experimentaron ante la misma. Como señala Ahmed (2019), la idea de la integración continúa siendo un “ideal nacional, un modo de imaginar la felicidad de la nación”. Hay un “deber de felicidad” que dificulta la posibilidad de desafiar ese ideal a partir de relatar las complejidades, dificultades e infelicidades relacionadas a los apegos, que no encuentran lugar en dichas naciones. Este “deber” se traduce “como la obligación de contar la historia de su llegada al país como algo bueno, y a no hablar de –ni desde– ningún tipo de infelicidad” (Ahmed, 2019:311). Como si, para poder dejar atrás los dolores de la violencia, existiera la obligación de dejar atrás la violencia causada por la dictadura, a modo de comprender dicha causa (Ahmed, 2019). Las memorias de niños y niñas de entonces, tal vez, agitan dichas narrativas respecto a la felicidad del retorno, exponiendo las dificultades y esfuerzos implicados en la integración. Asimismo, también desafían las ideas de llegada al país como un proceso sencillo y sin fisuras[16]. Hay quienes, como Irene, se emocionan al evocar el momento de la vuelta. Irene recuerda que “era como un acontecimiento [llora], que estaba contenta, o no… Pero tenía que estar contenta”. También Luisa refiere a que a la vuelta “teníamos como esa obligación de sentirnos contentas”. Me pregunto aquí por las posibilidades de expresar o elaborar las emociones que eran diferentes de las de los adultos. Sobre esto, Knorr (2005) subraya el desfasaje entre las expectativas en torno a los niños y niños que regresan a sus países de origen y sus sentidos y percepciones propios. Se asume, así, que están de regreso en “su hogar real” y por ello deben sentirse como “en casa por fin” (Knorr, 2005:10). Sin embargo, tal como destaca el autor, este sentimiento de pertenencia, de sentirse “en casa”, no es algo que viene adherido al hecho de estar en el lugar de donde son originarias las raíces nacionales, las identidades, la ascendencia de sus padres. Y es de considerar que los que recién llegan a menudo han tenido pocas oportunidades para desarrollar apegos antes de ser repatriados, siendo muchas veces el de sus padres y no el de su país de nacimiento y crecimiento (Knorr, 2005). El hogar conocido, en definitiva, es el que se deja atrás, con todo el universo al cual se sienten apegados (amigos, escuela, mascotas, paisajes, familiares, juguetes, etc.).
Sobre este punto, Ryan (2008) propone una clave de lectura en torno a las “culturas emocionales”[17] en los contextos de la migración; lo que social y familiarmente se esperaba que fuera experimentado por niños y niñas. Se interroga por aquello que sucede cuando se rompen esta cultura y las reglas de la exhibición. Esta reflexión permite pensar en los trabajos emocionales requeridos para ajustar las emociones y comportamientos respecto a los esperados. A la vez, el autor se pregunta por lo que sucede con los sentimientos auténticos que no están contemplados (como la decepción, la ira, la tristeza), cuando son mostrados en determinadas circunstancias. Así, las emociones de niños y niñas también estuvieron modeladas por aquellas expectativas sobre dicho contexto, imperceptibles hasta el momento en que aquello que es sentido está en disonancia con la emoción indicada (Bericat, 2000:160). El “desvío” convoca una suerte de “gestiones emocionales” por parte de los actores, quienes “no solo sienten algo” sino que también “tratan de sentir algo”, haciendo así esfuerzos por acomodar sus estados emocionales (Bericat, 2000: 161). Como si fuera poco, el retorno también guardó para los niños y niñas de entonces la ambivalencia de las pertenencias y la tensión implicada en “volverse” (Ahmed, 2019: 307) uruguayo o argentino. Esto implicó, para los niños y niñas (o ya adolescentes) de las familias, el trabajo de procesar, al mismo tiempo, las idealizaciones de sus padres con las propias, las identificaciones o rechazos en torno a las “narrativas heredadas” (Reynolds, 2011) en torno a ellos. Y, en esa tarea, encontrar una versión propia sobre la tierra de origen. Allí se despliegan tanto las obediencias, como los mandatos, junto a las resistencias, las preguntas, las protestas; a veces, a contracorriente de los anhelos, expectativas y ansiedades de los adultos. Aparecen también otras inquietudes respecto al mandato y al compromiso político, con una identidad cultural, nacional y con los afectos aún lejos. Los nuevos-viejos lugares convocaron el encuentro con lo propio y lo extraño en simultáneo: cuando el “otro” es el propio origen.
Así, la memoria infantil convoca un acercamiento a las disyuntivas cotidianas, a la heterogeneidad de formas de elaborar la historia del exilio y a las diversas posiciones de cada miembro de las familias (con sus razones, historias, afectos y construcciones) en ello.
Las casas, sus giros y perfumes
En el mundo normal para girar necesitarías un eje […] pero en el mundo de Paul Klee las casas no tienen eje. Tienen perfume[18].
La casa de Klee no muestra la casa tal cual la vemos. Tampoco la memoria lo hace. La casa es entonces una metáfora, como también lo ha sido para este trabajo: como sitio para alojar pertenencias e historias, como lugar donde se asientan algunos rasgos de la experiencia biográfica de quienes transitaron el exilio en la infancia. La memoria y sus particulares ejes, esencias que le permiten girar, son también perfumes: evanescentes, reconocibles, removedores, despertadores de afectos[19]. Los recuerdos de infancia que se han recorrido en este trabajo, sus escenas, reflexiones y lecturas, han permitido a través de los relatos, explorar entre los “añicos de perfume”[20] que marcan un particular ritmo de habitar el mundo entre quienes atravesaron la experiencia del exilio durante su niñez.
La casa giratoria ofrece a quien la mira, además, múltiples ángulos desde donde observar, una rítmica en el movimiento y un nuevo espacio construido en esa rotación. En este trabajo, intenté aportar otro punto de vista, el de la memoria de la experiencia infantil, con el objeto de proponer otros deslizamientos para comprender los ecos de la experiencia del exilio de las últimas dictaduras. A partir de las memorias del exilio en la infancia, en este trabajo procuré explorar los modos en que se inscribe subjetivamente esta experiencia y los rasgos que ha trazado en las narrativas biográficas. Intenté ahondar en aspectos inadvertidos que son iluminados a través de la mirada infantil reconstruida, las posiciones activas, las reflexiones y los modos de hacer, de niños y niñas de entonces. Son memorias que ofrecen otras lecturas sobre las historias y las Historias, otros lugares para comprender a los niños y niñas también como actores de la vida social y de los acontecimientos históricos.
Así, este trabajo recogió las escenas recordadas como instantáneas en un tiempo, en un espacio, en un momento de la palabra y la sensibilidad particular, en el que cada uno de quienes participaron rememoró su “casa” del exilio y me permitió recorrerla a su lado. Pero las casas siguen girando entre los tiempos de la historia, de los procesos políticos y de las biografías, buscando otras puertas, nuevas razones para perfumes del pasado. Son casas que vuelven, con cada giro, para revisitar la experiencia infantil del exilio y encontrar en ella un sitio donde alojar una narrativa singular.
- https://www.museothyssen.org/coleccion/artistas/klee-paul/casa-giratoria↵
- Ante la crítica hacia las clasificaciones que son recuperadas de manera automática para pensar los fenómenos sin aportar más que dicha conceptualización preconcebida (Levi, 2018).↵
- También los objetos que acompañaron los tránsitos. Por razones de extensión no incluí en este trabajo una sección que desarrolle y profundice el vínculo con los objetos de la infancia que han sido conservados. Procuro explorar esta dimensión en próximas oportunidades.↵
- En tanto respuesta singular que un sujeto tiene con respecto a su pertenencia a un linaje, grupo, genealogía (Freud en Lampugnani, 2019). Para la autora, la infancia se configura como el tiempo en el que un sujeto se construye un lugar en la cadena filiatoria.↵
- “Aprender a vivir con fantasmas, en mantenimiento, compañerismo o compañía, en el oficio sin comercio de fantasmas. Vivir diferente y mejor. No mejor, más precisamente. Pero con ellos” (Derrida en Szöllosy, 2019)↵
- Este aspecto del legado a sus hijos también es mencionado en varias de las entrevistas. Por ejemplo, José refiere a la “maldición” del desarraigo que legará a sus hijas.↵
- Fuerte, según el autor.↵
- La inscripción filiatoria se marca a través de las experiencias de cuidados corporales (la mirada, el gesto, los cuidados) y también por el nombre propio (Lampugnani, 2019: 46).↵
- Niños y niñas nacen ya con ciertas marcas e inscripciones previas, un “ante-texto que le precede” (Tesone, 2011).↵
- El nombre proporciona un modo de guardar “fidelidad” a sí mismo, un anclaje de continuidad que permite seguir siendo quien se es. A pesar de los diversos cambios que modulan las identidades, el nombre se ofrece como un “designador rígido” (Kriepke, 1980) que continua designando a la misma persona. Como señala Bourdieu, el nombre propio se instituye como una “identidad constante y duradera que garantiza la identidad biológica del individuo en todos los cambios posibles en los que interviene en tanto agente, es decir, todas sus historias de vida” (Bourdieu, 1989).↵
- Por la telenovela Celeste que sus padres “como buenos padres progresistas no nos dejaban ver novelas porque decían que no te aportaban nada y que blablablá, nosotras escondidas las veíamos igual”↵
- Lo primero que mencionó Damián cuando le propuse un encuentro fue el parecido de su historia con el de la película Infancia clandestina.↵
- Pregunta de Macarena.↵
- Cadena de bares famosa por sus salchichas (panchos) y mostaza, en Uruguay.↵
- Para Silova et al. (2014), los relatos sobre el origen nacional que tienen su anclaje en las geografías y los paisajes retoman también un tropo común sobre fertilidad del suelo nacional y su capacidad reproductiva (p.203).↵
- En otro sentido, también Ahmed (2019) refiere a esta idea de la felicidad asociada a la experiencia migratoria en la que se explicita la pertenencia múltiple. Sin embargo, añade, pese a la multipertenencia es un rasgo identificado, hay un sentido entre quienes migran de una “falta” respecto a los apegos múltiples “como si quisiéramos cosas que son mutuamente excluyentes” (p.312). Como ejemplo de ello convoca al juego del críquet (al que podemos asociar con el fútbol, que a su vez fue reiterado en las entrevistas como ejemplo y evento –el mundial del 82-). El partido de fútbol, tal como también aparece en varios de los relatos, supone una prueba en la que la elección “de felicidad” será la revelación de nuestra “verdadera identidad” (como una salida del clóset para nuestra identidad nacional, dice Ahmed (2019:312)). Para Ahmed, estas cuestiones suponen la posibilidad de muchas apegos, apoyos, amores a cada comunidad en diferentes sentidos: “pensar la cultura desde la perspectiva de la inmigración podría incluso ayudarnos a concebir de otra forma las nociones de felicidad e identidad”.↵
- A partir de los desarrollos de Hochschild, en Ryan (2008).↵
- Berta García Faet (2021) sobre La casa giratoria, de Paul Klee. 39 Festival de Otoño – Pictura Fulgens.Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=3BU6LUHUCt0&t=153s↵
- Como las magdalenas de Proust.↵
- Berta García Faet (2021).↵







