“Uno cree vivir desperdigado por montones de casas, pero no. Al ser soñadas, las casas tienen la gentileza de transformarse en una sola”[1]
En este capítulo[2] intentaré destejer aquellos ingredientes que componen un modo particular de “sentirse en casa”, que es movilizado por el exilio en la infancia y sus múltiples desplazamientos. Me pregunto cómo se construye la narrativa biográfica del desarraigo, a partir de la memoria del exilio en la infancia. Consideraré entonces, algunas claves que confeccionan ese modo de “estar en casa” y el rasgo que imprime la “búsqueda de hogar”, de un modo de habitar, que son asociados a la experiencia del exilio en la niñez. Para acercarnos a esa confección intentaré destacar algunos sentidos que han movilizado los relatos en torno a las casas de las infancias. Un primer apartado propone a las casas como aquellos espacios en que se ha imbricado el exterior y el interior, la vida familiar y la vida “pública”: las casas piel. El segundo versa sobre las casas que se han desplazado en los tránsitos del exilio, y un tercero se enfoca en la pregunta en torno al dónde (¿de dónde soy?) y los sentidos que discurren entre el acá y el allá. La última sección explora las temporalidades de las casas: las del pasado, las imposibles, las míticas. Como un extracto de hogar, que reúne los montones e imanta lo disperso; todas estas casas que deambulan en el sueño de la memoria, conforman un modo singular de habitar.
¿Qué es “estar en casa”?
Ahmed inaugura el capítulo sobre el hogar (Ahmed, 2000) preguntándose qué significa estar en casa y qué efectos se suceden, con el hogar y con el sentido de “estar en casa”, cuando uno sale de casa (p.78). Sobre la primera pregunta, Ahmed desprende tres posibilidades para situar el hogar: 1) donde vive la familia, 2) donde uno vive habitualmente 3) de donde uno es originario, el país de origen. Entonces, ¿estar en casa implica las tres distinciones? ¿o solamente una de ellas? También para Nanficy son tres los conceptos claves “aliados” que forman parte de la narrativa del exilio: la casa, el hogar y la patria. Nociones que van de lo más literal a lo más abstracto. La casa enmarca el lugar material donde se vive y por ello comprende categorías legales relacionadas con los derechos, la propiedad, la posesión (y sus opuestos). El hogar, para el autor, se encuentra en cualquier lado: es atemporal, se puede mover, construir, reconstruir y portar en la memoria a partir de la imaginación. Por último, la idea de patria es la más abstracta y mítica de las tres claves. Sin embargo, la casa, el hogar y la patria se encuentran íntimamente entrelazados y modulan los vínculos entre la identidad y la experiencia del exilio (Nanficy, 1999).
Al mismo tiempo, Cassigoli (2010) propone una distinción y refiere las diferentes inflexiones que presentan diferentes términos alrededor del hogar. Mientras la “casa” es la noción que representa a la familia, el microcosmos donde se expresa el patrimonio, la herencia, la edificación; la “morada” concierne al recogimiento y lo íntimo, al dominio de la familiaridad y la hospitalidad. El “hogar” se propone como símbolo de unión entre la vocación gregaria y la práctica doméstica que reproduce dichos valores del habitar y el “domicilio” es la representación de un lugar que nos permite trazar una biografía cotidiana asociada a la civilidad (p.25).
Hasta aquí la polisemia que guarda la noción del hogar. Pero, si volvemos sobre la segunda pregunta de Ahmed, “salir de casa” supone otros contoneos a considerar en el relato, y aún más cuando se trata de una salida compelida, como la del exilio. Las narrativas sobre dejar el hogar producen al mismo tiempo demasiados hogares y (por tanto) ningún hogar. Esto es, demasiados lugares “en los que los recuerdos se adhieren a sí mismos a través de la talla del espacio habitable” (Ahmed, 1999: 330) y a la vez, a ningún lugar en donde la memoria pueda “permitir que el pasado llegue al presente (en el que el “yo” podría declararse haber vuelto a casa)” (Ahmed, 1999: 331). Los hogares se convierten así en una especie de “fetiche” que es promovido a través de los movimientos entre los hogares. Esta idea de hogar se separa del espacio mundano, cotidiano, a partir de las posibilidades e imposibilidades que convocan los recuerdos[3].
Las narrativas biográficas de quienes atravesaron el exilio siendo niños y niñas ponen en juego no solo la idea de hogar sino la experiencia subjetiva que perdura en torno a los modos en que es posible construir un sentido de “estar en casa”, o aún más amplio, de “estar en el mundo”. Se trata de dislocaciones pero también de reubicaciones que permiten atender a una modalidad particular de habitar.
Casas, infancia y memoria
Algunos tránsitos, en los que se anclan los recuerdos, conectan lugares en líneas rectas. Otros ofrecen figuras triangulares y varios relatos diseñan su propia y enmarañada figura de tránsitos. Para algunos, los trazos de estos recorridos son reconstruidos o imaginados a través de los relatos familiares. Todos estos diseños se configuran como posibles “fragmentos de conexión” (Philo, 2003) a ser explorados. La operación de retornar en el recuerdo implica un movimiento al pasado, una vuelta atrás, un desplazamiento. Ahmed (1999) propone pensar en un “sentimiento del desplazamiento” también como una cuestión de memoria. Para que sea comprensible aquello que nos conecta con el presente –esto es, sentirme “en casa”– debemos necesariamente reconectar con nuestro pasado (Seaman en Ahmed, 1999 ). La forma del espacio supone un límite: ¿es posible pensar la experiencia desligada de los bordes espaciales?
En la labor memorial los espacios se tornan significativos en tanto marcadores de transiciones, como símbolos de eventos contundentes dentro de las biografías. Se establecen, de este modo, como puntos de referencia en un vínculo significativo o en simples momentos de reflexión (Manzo, 2003:53). La referencia al espacio, y particularmente a la casa, no trata únicamente de la vivienda sino de todas las actividades, sentidos y relaciones que allí se desarrollan: es un modo de existir en el mundo. La casa se propone además como una metáfora, como la garantía de sentirse a resguardo, el lugar de lo familiar. El término “hogar” funciona, en algún sentido, como forma de capturar la esencia de la experiencia en los lugares (Manzo, 2003:49). También, como señala Casigoli, “[…] la casa es un modo de ser de las personas y de las cosas” (p.25), y una condición de la actividad humana (p.27). Por ello propone explorar la memoria encarnada en la casa, en el sentido de hábitus[4], no como un hábito repetitivo sino en la “virtud de la relación activa y creadora de cada ser con el mundo” (Cassigoli, 2010:28). Así, los espacios no solamente ocupan un ‘telón de fondo’ en los recuerdos, sino que son producto de las interrelaciones, de las diferentes experiencias que allí se despliegan (Massey, 2005), y configuran determinadas formas de habitar, de construir pertenencias, de modular identidades. Me pregunto aquí acerca de cómo las casas de la infancia alojan huellas subjetivas: modos y ritmos de habitar que construyen narrativas biográficas singulares. Habitar el espacio físico, habitar los vínculos, habitar una identidad y experiencia biográfica. Si bien rememorar es una disposición singular, los relatos presentan un vínculo con la espacialidad y una experiencia afectiva con los espacios. Narrar el hogar supone además un modo de evocar un encuentro íntimo, como señala Ahmed, con los afectos que perduran, con los que ya no están y con el legado del vínculo con un espacio a las generaciones que vienen. Para Ahmed, son muchos los lugares donde la memoria se apega. Los relatos de quienes han migrado de forma urgida y forzada refieren a dejar hogares y a la vez producen muchos otros hogares que, sin embargo, difícilmente recuperen “un” hogar, el hogar original: ¿hay, para la memora (que le permite al pasado alcanzar al presente), algún lugar donde uno pueda declarar que ha llegado “a casa”? (Ahmed, 1999).
Familiaridad / extrañeza
El sentido de “estar en casa” también es una búsqueda que presenta tensiones y complejidades. La familiaridad de un hogar, lo que más se le “parece”, puede provenir de espacios que no son habitados. El espacio en que uno se encuentra puede ser vivido, dice Ahmed, como un “casi” (pero no del todo) “estar en casa”. El hogar puede estar en “otro lugar”, distinto de donde está el sujeto, y puede ser también aquel hacia donde se dirige. Así, en algunos casos, el hogar se configura como una suerte de horizonte, por su imposibilidad y por ser necesario para orientar su futuro, en lugar del pasado que une al sujeto con un espacio determinado. Estar en casa, sostiene la autora, es una cuestión afectiva. Más que las fantasías sobre el origen, la cuestión del hogar moviliza emocionalmente un espacio de pertenencia.
Al mismo tiempo, Ahmed señala un punto clave en cuanto a las concepciones del hogar en circunstancias migratorias: la asociación del hogar a la familiaridad y de la migración a la extrañeza. Esto supone una mirada problemática porque dentro de la propia casa es posible experimentar movimiento y extrañeza. En lugar de distinguir entre aquellos que llegan, se quedan o se van, propone que los hogares siempre implican encuentros entre todos ellos. La idea de un encuentro íntimo, un juego entre nativos y extraños[5], prevalece. Y son los encuentros los que posibilitan que los hogares cambien, se muevan, resulten dislocados, dentro de la formación misma del hogar en tanto espacio que se habita. Así, Ahmed se deslinda de las dicotomías entre la casa y su exterior, para acercarse a comprender la idea del hogar sin identificarlo con la “estasis del ser”. O como señala Fortier (2020), en torno a las cristalizaciones del hogar como “familiaridad”, un “sitio donde las cosas y los sujetos se detienen, y está allí para dejarlo atrás o para ser deseado” (p.116).
La noción de familiaridad contempla también la particularidad que distingue nuestra casa, hogar, de cualquier otro espacio (aunque sean iguales en su construcción). Como relación particular, la idea de la familiaridad es vista por Avrane (2021) como aquella que protege de la angustia y permite superar el desamparo. No es por ello que sostiene que es necesario “estar en casa” sino que apunta a que se “necesita haber podido vivir solo en su hogar para poder recuperar la familiaridad en otra parte” (p.199). Esta sensación, este sentido de “estar en casa”, lo asocia a la premisa de “haz lo que te plazca” que se configura en el hogar natal y en los múltiples signos que lo componen (el estilo de vida, el amueblamiento, las puertas abiertas o cerradas, el orden o desorden de los objetos, de los horarios) (p.120). Esta reflexión resulta nodal para la comprensión de las narrativas en torno a las casas de la infancia y los sentidos sobre el hogar que proponen. Posibilita así desanudar concepciones abroqueladas y categóricas respecto a las nociones de hogar y migración, y permite atender a los matices que emergen en los relatos. Así, este deslinde hogar/familiaridad; extrañeza/migración abre la lectura sobre las particularidades del habitar, del sentirse en casa[6]. Y aún más, se propone el movimiento también como parte del propio hogar (Dawson, y Rapport, 2021).
La piel de las casas
Las casas se ofrecen y regulan su relación con los otros. Como una suerte de segunda piel[7], algunas casas se presentan con límites permeables entre el mundo interno y el externo, el familiar y el colectivo. Se puede pensar en las casas-piel, retomando algunas de las funciones epidérmicas del hogar que señala Anzieu: como espacio que retiene en su interior “lo bueno: los cuidados, el alimento, “el baño de palabras”; como interfaz o protección que delimita el adentro y el afuera (y las posibles agresiones del mundo exterior); como lugar de comunicación con los otros, donde a partir (o a través) de la piel se establecen relaciones significantes y se inscriben huellas que estos vínculos dejan” (Anzieu, 1987:51). Esta analogía puede ser una alternativa para explorar en los bordes de las dicotomías dentro/fuera en lo que respecta a las dinámicas cotidianas, y además permite ingresar en sus cambios, que, como ropajes nuevos, fueron configurando diferentes envolturas para las casas. En los recuerdos parecen fusionarse o incluso desaparecer las categorías de lo público y lo privado. La modalidad que asumió la represión dictatorial supuso formas de violencia infiltradas dentro de las dinámicas cotidianas y familiares, que determinaron, para muchos, la expulsión al exilio. Asimismo, la idea de hogar que es asociada a afectos y emociones positivas, propone considerar otros afectos que emergen al revisitar el espacio de entonces, tales como los miedos, el peligro o las propias ambivalencias que supone el término “hogar”. Las casas de la infancia conjugan diferentes afectividades y esfuerzos –tanto de los niños y niñas de entonces, como de sus familias– por mantener una dinámica cotidiana en una situación excepcional.
Las escamas de las casas (entre la vida familiar y la vida política)
Eduardo recuerda que en su casa de Montevideo funcionaba un taller de costura. En medio de su casa-taller, se escondía un mimeógrafo con el cual su madre trabajaba de forma clandestina. Lo disimulaban las máquinas. Eduardo recuerda el momento en que “vinieron personas que no eran familiares” que eran parte de “algo colectivo” para llevarse el mimeógrafo escondido entre frazadas. Así también las casas se convertían en otras casas, como cuenta Eduardo[8], a raíz de la desaparición de su madre durante aproximadamente quince días: “lo que sí me acuerdo que mi casa paso a ser un… como un comando de búsqueda, como un comité de búsqueda”. Se instalaron sus tíos y primos e iban permanentemente otros familiares –los abuelos, algunos amigos-: “yo llegaba y estaban. Y no se hablaba otra cosa que de dónde buscamos y cuál por hacer y fuiste a esto, a aquello, me acuerdo de eso.”
También Sofía[9] conoció, años después, los motivos de su ida urgente. Entre ellos, su madre mencionó el haber encontrado, guardados en un placar, unos panfletos “que para la época estaban mal”. Si bien los padres de Sofía le dijeron que “no estaban directamente relacionados con nada”, sabe que en su casa vivió gente escondida. Mientras recuerda saber de una familia cercana que “desapareció entera”, desconoce si sus padres figuraban en agendas de personas desaparecidas. Algunos de los niños y niñas de entonces convivieron, en mayor o menor medida, con el compromiso político de sus padres y madres. Tanto los objetos clandestinos, escondidos, como los vínculos formaron parte de la casa y de la dinámica doméstica. El armario, los cajones, el cofre y su “doble fondo” son para Bachelard (2000) “verdaderos órganos de la vida psicológica secreta” (p.83) que en los relatos se colocan al borde entre la vida privada y la vida política al interior de las casas.
Algunas casas fueron lugares de refugio de compañeros, de militantes, de conocidos perseguidos. En los relatos se recuperan las vivencias tanto de cobijar como también de ser recibidos por otras casas, por otras familias en el exilio. Para Carla[10] recibir gente era parte del cotidiano: de repente, su madre le contaba que “fulanito” se iba a quedar unos días con ellos: “¡y de pronto se quedaba gente que dormía en el cuarto con nosotros! […] y a la vez, como que no había que decir mucho porque no sé qué ¿no?”. Estos “fulanitos” en tránsito, muchas veces llegaron a ocupar espacios y tiempos importantes en las vidas cotidianas. Fueron conformando con los niños de entonces vínculos amorosos (“Y bueno, con la gente que pasaba con algunos yo me encariñaba más que con otros”), vínculos de cuidado, de diversión; pasaron integrar la familia como “tíos”.
También Diana[11] se acuerda de un negocio de sus padres que tenía un “altillito”: “era como el hotel que pasaban todos, todos los exiliados pasaban por ahí y se quedaban. Después mi papá nos contó y dijimos: “bueno, qué arriesgado!”. Diana cuenta que no se “daban cuenta” de cuando venía gente. Su papá había hecho una separación: “como dos cortinas y ahí vivía la familia de Coco. No él, estaban la mujer y las hijas. Él ya se había ido pero las instaló ahí y estuvieron como un mes.”.
Aunque la familia de Felipe[12] no estaba muy en contacto con la colectividad de uruguayos exiliados en Canadá (“Creo que era gente no sé, que añoraba mucho el Uruguay y creo que mis padres con dos niños pequeños y todo, estaban más para mirar para adelante que mirar para atrás ¿viste?”), él recuerda que hospedaron a uruguayos, como “el Sabalero”, quien vivió con ellos tres meses, y a “mucha gente” de otras nacionalidades.
Por su parte, Gabriela[13] cuenta cómo se escondieron durante seis meses en casa de otros exiliados:
nos avisaron que nos teníamos que ir porque nos estaban buscando, nos cruzaron a Buenos Aires y ahí en Buenos Aires estuvimos en la casa de unos amigos de mis padres escondidos durante casi seis meses y después nos salió la salida para Cuba […] nos fuimos con lo puesto.
En estos ejemplos se ilustran las casas que mudaron de piel, en las que se fusionaron el universo doméstico con la vida política. El hogar como lugar en el que se desarrollan las actividades diarias muestra, casi disimuladamente, la forma en que en el interior del hogar convivieron ambas esferas. Así, en lo poroso de sus límites los hogares confundieron la actividad política y la dinámica privada, familiar, en su interior. Muchas de las casas que habitaron durante sus infancias, fueron espacios en los que dialogó el doble registro de la clandestinidad y de la vida “normal”. En este sentido, niños y niñas de entonces, participaron en el cuidado cotidiano para evitar posibles “descubrimientos”. Esa posibilidad fue, en muchos hogares, por sobre todo, una fuente de temor.
Al mismo tiempo que Mariana[14] recuerda su casa como una casa a la que “venía todo el mundo”, cuenta sobre determinadas pautas en su hogar que controlaban cuán permeable podía ser la casa al exterior. Convivían así diferentes registros o códigos que se integraban naturalmente en la dinámica cotidiana. A la casa de Mariana podían ir sus amigos de la escuela, salvo los días que llegaba algún compañero (de militancia): entonces, previo aviso, ese día no se invitaba a nadie. Algunos niños y niñas también participaban de esos códigos: “y después había algunas cosas que te tenías que acordar, ponele, que había que dejar la luz prendida a la noche porque era como una señal por si algún compañero, no sé qué pasaba”. Esta trama cotidiana entrelazaba de forma indiferenciada los espacios y las actividades de “afuera” y de “adentro”, las compartibles y las silenciadas:
Vos siempre tenías toda esa vida así, como insertada y común, alegre. Pero además adentro de tu casa habían otras cosas, que esas no se compartían con nadie, salvo con los que fueran mismo militantes o si te juntabas con algún nene que fuera de militancia.
Entre las cosas no compartibles, Mariana recuerda el pequeño “embute” de armas que tenían en su casa. Un espacio secreto que debía también resguardar de miradas ajenas a la casa:
la casa nuestra tenía un pequeño arsenal, un embute de armas que habían construido, en el fondo, en el garage. Le habían anticipado la pared como un metro, entonces vos no te dabas cuenta que el garage no terminaba. Cuando vos salías al patio que lo mirabas, no terminaba. En ese metro había armas guardadas. Y eso se abría con un pedazo de la pared que se corría, bueno. Y entonces cuando ellos nos avisaban que iban a abrirla, nadie podía entrar a la casa, por si acaso… y un día creo que yo con una amiguita fuimos como para el garage, cuando estaba medio abierto y eso, me acuerdo que me retaron.
Muchos niños y niñas en aquél entonces debieron resguardar, tal vez como parte de sus obligaciones de supervivencia, el código de la clandestinidad bajo el fantasma del terror del descubrimiento. Otros, como Sabrina[15], fueron convocados formalmente a militar, por la dirección de agrupaciones como el MLN-T. Entre sus tareas recuerda el transporte de armas, papeles y gente:
compartimentaba casas, o sea: ir a encontrarme con alguien como Roberto, agarrarlo de la mano, paseándolo por todos lados, tres, cuatro ómnibus, él siempre muy disciplinado mirando el piso hasta que entra a casa y reconoce el mosaico [risas], o hacer contactos, acompañar a mi padre a contactarse con alguien clandestino. O llevar información: me acuerdo que se llenaban esas cápsulas de remedios, las vacías, y ahí escribían cositas, las metían ahí. Yo me metía el coso acá e iba a la panadería y pagaba y me daban el pan.
También Isabel[16] integra, en su relato sobre su infancia en México, el haber estado en reuniones y peñas, y la actividad política en el interior de su casa: “obviamente reuniones políticas así como se ve en las películas: un montón de gente, fumando, discutiendo, charlando y vos ahí en un sillón o jugando con los que puedas o tratando de entender algo o nada”. Allí niños y adultos compartían un espacio en el que confluían sus actividades “donde los niños jugábamos por ahí, por allá y bueno los grandes estaban ahí armando o desarmando”. Isabel cuenta también sobre las formas en que los colectivos de exiliados se organizaban para asistir a los que recién llegaban. Recuerda un lugar que se llamaba “la casa escondida, que para mí era una película” donde organizaban estas tareas: “Yo no me acuerdo bien si no todos sabían la dirección o si para llegar te llevaba alguien”.
La cotidianeidad de la vida política en el interior de las casas se propone como una experiencia que desarma posibles divisiones entre lo público y lo privado. Sobre este punto, Arendt (1993) historiza la construcción de esta relación entre ambas esferas y ahonda en la tensión entre la vida política y la vida privada en el interior del hogar. Señala la relación entre ambas esferas en diferentes culturas: en algunas resultaban ámbitos contrapuestos, que implicaban una distancia, en otras suponían una coexistencia. También la casa asumió diferentes sentidos respecto a la intimidad que debía ser reservada de la esfera pública[17]. En la narrativa de quienes fueron niños y niñas durante el exilio, la piel no resulta tan útil para separar las esferas entre lo cotidiano, íntimo, y la vida política. Los espacios se vuelven fluidos e indiferenciados. Así, los recuerdos sobre los bordes de las casas permiten indagar en las diferentes formas en que se imbricaba la vida política con la cotidianeidad del hogar, tanto en la vida previa a la partida, como durante el exilio, o incluso al retorno. En dichos contextos, niños y niñas constituyeron hogares impregnados de diferentes modalidades y compromisos políticos, que obligaron a sus familias a partir y que mantuvieron vigentes los debates políticos e ideológicos también en el interior de las casas del exilio. Las casas, así, devenían en otras casas: lugares de refugio, centros de búsqueda, espacios de militancia y de activismo político; casas que preservaban la clandestinidad.
El lado oscuro de las casas
En la tensión entre la esfera pública y la privada, las memorias también exponen los modos en que las violencias intrusivas de las fuerzas represivas irrumpieron en el interior de las casas de entonces. En los relatos aparecen múltiples escenas que rememoran los modos en que la dictadura ha asaltado intempestivamente las casas y los tiempos familiares, disolviendo las paredes entre la esfera pública y la privada. Como sucede en estas memorias rememoradas, el hogar no siempre es sinónimo de refugio. Niños y niñas de entonces también fueron víctimas y testigos de las múltiples formas de violencias ejercidas por los aparatos represores. Violencias activas y también latentes al interior de las casas que habitaron, fundamentalmente, en las instancias previas al exilio. Como si no existieran paredes de resguardo, muchas memorias guardan escenas sobre experiencias de ataques e irrupciones violentas en el interior de sus hogares. Con relación a los recuerdos previos al exilio, Carla cuenta que la situación de su familia fue “siempre inestable”, con muchas separaciones, y que el tema político “era complejo”. Al mismo tiempo, recuerda con detalle la presencia de los militares invadiendo su casa, cuando ella tenía cinco años:
Entonces nada, en mi casa había habitualmente allanamientos, cosas así. O sea, yo me acuerdo de esas cosas ¿no? De los milicos adentro de mi casa revisando arriba, buscando cosas, arriba del calefón. Me acuerdo una vez, parados arriba de las barandas, y yo pensaba: “ay se van a caer y van a pensar que nosotras los queríamos…” ¡las fantasías de los niños! Había una baranda así de madera y yo decía “¡ay!”. Tengo la imagen así del milico parado arriba de esa baranda mirando arriba de un calefón y yo pensaba “si se cae y se mata nos van a llevar presas porque van a pensar que nosotras lo matamos” [risas].
La mirada infantil ante la experiencia desconcertante del allanamiento permanece en su recuerdo: entre la arbitrariedad, el exceso, los efectos imaginados del riesgo (¿desplazado?) para el milico, el encuentro con lo aterrador. La casa de Carla se transforma en un lugar de extrañeza o fantástico, que pareciera cobrar vida a través de sus elementos (la baranda, por ejemplo). Como Carla, Cecilia[18] también recuerda las incursiones de los militares en su casa y sus fantasías:
Pero sí tengo, ¡ese recuerdo me lo tengo! de saber que, si venían los militares a casa, yo me escondía abajo la cama. Recuerdo de pensar, que ta… si venían yo me iba a esconder abajo de la cama, ¡ya pensaba refugio! [risas] Era un pensamiento infantil de decir… por eso te digo, tenía ese pensamiento, entonces estaba esa cosa persecutoria, estaba.
Cecilia relata la escena, entre las neblinas del recuerdo, en que entraron a su casa buscando a su padre. En este sentido, las casas no son simplemente unidades aisladas, sino también, apunta Holloway (2014), sitios de control que son posibles a partir de las conexiones entre las esferas. Las casas se proponen así como espacios permeables en los cuales la memoria infantil también ofrece lecturas, reflexiones, acciones ante escenarios posibles y modos activos que son reconstruidos a través de los relatos. Algunos caminos hasta las casas debían ser resguardados, preservando la clandestinidad, debían moverse “tabicados” como cuenta Luciano. Esto suponía que ninguno de los familiares o compañeros sabían dónde vivía cada quien, y que daban vueltas por el barrio hasta llegar a algún lugar: “sin que la otra persona supiera realmente donde vivías, para evitar que, si caía alguien, digamos, pudieran identificar las casas”. Así algunas familias también vivían una “especie de vida paralela”; llevaban adelante la vida cotidiana (trabajo, actividades domésticas) y, al mismo tiempo, mantenían entre sí “ese tabicamiento”.
Sobre estas casas-piel, Manzo (2003) señala que los vínculos con los lugares no sólo deben contemplarse desde los afectos positivos sino también desde afectos ambivalentes o negativos. Los lugares pueden tener un fuerte valor emotivo para quienes han experimentado allí situaciones de intimidación, de violencia, de terror. Las experiencias de lugares opresivos, restrictivos o peligrosos pueden ubicarse dentro de lo que Chawla (2007) denomina el “lado oscuro” de nuestras relaciones con los lugares. Entre ellos, Daniela[19] relata el recuerdo de la experiencia de miedo y peligro en su casa a raíz de la amenaza y el riesgo que suponían los militares en el entorno de su casa. Antes de mudarse al departamento de sus abuelos, “nosotras nos acostábamos a dormir y mi papá no dormía en toda la noche con un arma sentado en el living, digamos, como… sí, en situación de vigilia y de como cuidado”. También recuerda al vecino que una noche “se lo llevaron” mientras escucharon cómo los militares caminaban por los techos:
el exilio me marcó en términos de esto de no asentarme, que sea dificultoso pensar de dónde vengo, de dónde soy, entiendo también que para ellos debe haber sido muy complejo sentir que tenían tres mini hijas que estaban, que corría peligro la vida de ellos, las nuestras y que algo podía pasarles a alguno de ellos o a los dos y que nosotras quedáramos como desamparadas, debe de haber sido muy difícil.
Mientras Daniela recuerda también pasar mucho tiempo con sus abuelos que estaban “muy pendientes”, reconoce en esas escenas “mas cercanamente la idea del miedo”, como “sensación” a partir del trabajo en terapia:
alguna cosa de ataque de pánico, alguna cosa de esa, sí, como la aparición de una idea de miedo, de temor, de temor de la vida propia, del riesgo, de la noche, de la oscuridad […] yo tenía cinco años y cuando todas estas situaciones suceden, que deben de haber sucedido muchas de las que yo no conozco, no soy consciente, no me han contado, o lo que fuere, yo tenía cinco años […] a los cinco años una niña no tiene posibilidad de poner en palabras aún cosas que suceden. Lo estoy tratando de poner en palabras ahora, 42 años después, digamos. Y que hay mucha de esa sensación de miedo que seguramente yo sentí y de la cual no puedo racionalizar porque no las recuerdo con personas, situaciones y demás. Eso ha estado muy presente en mi infancia y que como viene a aparecer después de muchos años ahora. Y si te pones a pensar la idea de la vida en riesgo, que seguramente…[…] La sensación de que en cualquier momento nos puede pasar algo debe haber sido tremendo… y yo creo que ellos lo vivían y nosotras también. Y por algún lado eso entró en algún lugar, o sea, nunca nos fue explicitado. Sí un poco cuando yo le empiezo a preguntar a mis padres hace poco tiempo que mi papá me cuenta esta anécdota y ahí yo digo “¡Ah!” Creo que ha estado lleno de estas situaciones.
Ese latido que supuso la experiencia en aquella casa es asociado con un pulso de pánico que ha perdurado en la biografía de Daniela y que recién en la adultez ha podido “poner en palabras”. Ese hogar quedó en su recuerdo como aquel de la experiencia aterradora que insiste en ser elaborada. Así, los recuerdos sobre las experiencias en las casas de la infancia no sólo se proponen como lugares idealizados sino más bien como “casas siniestras” (Vidler en Gasparini, 2014:3) o casas “profanadas” (Ilse Logie, 2016[20]) que en su “aparente domesticidad” ofrecen una perturbadora tensión entre el refugio y el terror. Cuando la casa, señala Gasparini, “se transforma en un campo de combate con el enemigo, también lo doméstico se transforma en extraño, en siniestro” (Gasparini,2014:4). Estas casas recordadas permiten ser conectadas con contextos sociales más amplios (Fortier, 2003:116). Como escenario material de la vida familiar, fueron también foco (por vía de las familias) de la doctrina de seguridad nacional. Así, la permeabilidad de las casas familiares fue un rasgo de dichas doctrinas, que penetraban en la intimidad, en los vínculos familiares, en los modos de relacionamiento, instando a la identificación del “enemigo” en el interior de los hogares.
Estas escenas dan cuenta no solo del lugar de niños y niñas como testigos y protagonistas del contexto político, sino también de la violencia disponible o potencial que habitaba la propia familia y la propia casa[21]. En muchas casas de entonces se solapaban la realización de la infancia, las pautas del régimen dictatorial, las de la militancia y las de la supervivencia. Algunos niños y niñas aprendieron códigos familiares cifrados (prender las luces, no preguntar sobre quiénes venían, no preguntar sobre determinados objetos en la casa, no anotar direcciones, no abrir ciertas puertas). Fueron parte también de las “negociaciones de la casa” que determinaban qué espacios debían quedar cerrados, tapados, cuáles debían ser abiertos, cuáles eran espacios para los niños y niñas y cuáles no, o qué advertencias debían considerar para para participar de dichos lugares. La casa resulta así “como espacio y como objeto y es un sitio principal para la negociación de los mundos interior y exterior” (Khun en Maguire, 2018). Al mismo tiempo que desafía las nociones del hogar como espacio idílico, de refugio, de plena intimidad, los relatos integran casas que desde su piel permeaban la vida política y las violencias de entonces. El lugar de los niños y niñas y su presencia en estas casas convertibles, configuran también una experiencia en torno al hogar, a sus funciones y a la atmósfera, la “oscuridad”[22] vinculada al miedo o a la persecución.
Gestos domésticos (reconstruir lo cotidiano)
Berenstein (2006) señala aquello “incierto” que se produce como experiencia emocional en el encuentro con “otro”, como un momento de dislocación que intenta ser formalizado o ritualizado[23]. Se pueden pensar estas ritualidades asociadas a las mudanzas y a los momentos de incertidumbre que impuso la violencia del régimen de entonces. Algunos relatos ilustran estos esfuerzos por mantener la cotidianeidad a pesar de los cimbronazos del contexto y de los tránsitos que han puesto a andar las casas. El primero, el de Eduardo, quien relata el momento en que secuestraron y retuvieron durante dos semanas a su madre y a su hermana embarazada. En ese tiempo que estuvieron desaparecidas, sin saber dónde y cómo estaban, Eduardo siguió yendo a la escuela. Continuar con la rutina, pese al horror de la incertidumbre, es un gesto en la mantención de una dinámica cotidiana. Es, al decir de Das (2012), un esfuerzo por mantener la vida cotidiana en condiciones de fragilidad y vulnerabilidad. Y en el camino a la escuela, conviviendo con los terrores del régimen, encontró dentro de sí una pequeña rendija interior por la cual enfrentarse a la violencia:
iba caminando solo, esas seis cuadras, siete cuadras y pasaba por la seccional de policía, y para mí estaba ahí en mi imaginario de gurí. Entonces yo pasaba, miraba y ¡puteaba para adentro! Me acuerdo clarito, a la ida y a la vuelta. Puteaba: “¡Milicos de mierda, no sé cuánto, suéltenla!”, pero claro, imposible que estuvieran ahí porque sino hubiera sido mucho más fácil. Para mí no había otra policía, la policía era esa […] pero era consciente también, en esos días que no conté nada a nadie, no se podía contar nada a nadie en la escuela. Esos quince días yo seguí yendo y nadie me dijo nada. Nadie me habló nada y no me acuerdo de haber hablado con nadie. Ni la maestra, ni si necesitaba contención o algún tío que haya dicho “Mirá que está pasando esto”. Nada.
Esta defensa de la vida cotidiana ante la fractura provocada por lo acontecido supone, además, en el recuerdo de Eduardo, la imposibilidad de poner en palabras lo incomprensible que arrastra la violencia. El silencio, la ausencia de explicaciones desliza posibles sentidos diferentes en torno a ello, tal vez por ser temas prohibidos, o como modo de protección, o como asunción de incomprensión de los acontecimientos por parte de los niños y niñas.
En segundo lugar, el relato de Mariana, que recuerda el modo en que sus padres convertían cada casa en un hogar. En el esfuerzo de mantener la dinámica y el sentido de lo cotidiano en tiempos donde acechaba la violencia, Mariana destaca los detalles de los objetos, las decoraciones de las casas para volverlas propias:
entonces mi papá, siempre, y mi mamá, llegábamos a una casa y la hacían. La reconstruían toda y acomodaban todo. Y ponían muebles y cositas todo, hacían como un hogar inmediatamente, y estantecitos. mi papá siempre hacía cosas manuales, arreglaba las ventanas, todo y hay cosas, hay algunas cosas que yo veo que se repitieron a lo largo de las casas y se repiten hasta el día de hoy en la familia, que vos mirás las casas y todas nuestras casas tienen tipo, tener la repisa sobre la mesada, esa es una cosa re de mi papá, ¡con todos los frasquitos acomodados! [risas]. Lo tuvo mi hermana, lo tuve yo, todas cosas así, lo tiene él, lo tiene mi mamá. Sí, enseguida ponían cosas en la casa. La casa nunca parecía una casa de paso, no. Hacían cosas para vos y eso.
Retomo aquí las nociones de Das (2012), en lo relativo a los trabajos de reconstitución de la vida cotidiana, respecto a los esfuerzos por sostener las condiciones de la pertenencia y de contener los efectos flotantes de la incertidumbre. Son las pequeñas re-construcciones, los gestos entrañables por mantener un hogar pese a las dificultades imbricadas en los desplazamientos. Se configura una suerte de hábito familiar en el que se adaptan los espacios a partir de los arreglos, de los objetos, de la ligazón con lo material que produce un sentido de familiaridad, de relación afectiva con el espacio[24]. Así también el gesto de afecto como parte de la relación amorosa con sus padres: “hacían cosas para vos”. Según Latour, más que “decorado,” los objetos despliegan un vínculo que imprime determinadas formas de significar y de actuar (Latour, 2008 :125). Lejos de ser “casas de paso”, en cada una de ellas se imprimió el trabajo de hacer de cada vivienda un lugar donde “sentirse en casa”.
Para Lucas[25], la construcción de la casa fue también literal. En los múltiples itinerarios del exilio, la familia de Lucas tuvo como primer destino el interior de la Argentina. Allí, “incluso empezaron a armar una casa, me acuerdo que hay fotos de mi viejo incluso levantando una pared de ladrillos y eso era en Argentina”. Al poco tiempo el contexto político cambió: “después se puso fea la cosa en la Argentina, y se fueron corriendo ¿no? tipo arranco acá y después se picó en la Argentina y después en Chile, y no sé de dónde salió la decisión de irse para Suecia”. Las apuestas de construir un hogar, con materiales sólidos para el arraigo que les permitieran asentarse, cambiaron al compás de las contingencias políticas del momento.
Esta dimensión material que ilumina Lucas, al igual que los fragmentos relatados por Clara[26] y Eduardo sobre la televisión, o los muebles y alfombras africanas que recuerda Romina, más adelante, proponen una mirada sobre la materialidad de la casa y de sus objetos. En torno a ello, Miller (2001) entiende que la casa debe ser abordada como una organización social con agencia, que habilita a conocer tanto los vínculos como las culturas materiales que habitan el hogar. Esto es, explorar los dominios privados, los modos en que es apropiado el mundo más amplio por parte de los habitantes de dicha casa. Tanto la acepción del hogar como entidad como también en su materialidad (los ladrillos) suponen asumir que las casas no son estáticas sino que son procesuales. Se construyen, mantienen y modifican de acuerdo a las dinámicas de quienes las habitan (Carsten y Hugh-Jones en Lewis, 2017)[27].Y, podemos agregar, van andando según los movimientos que el tránsito convoca. Así, Massey (2001) reflexiona sobre los hogares que, en medio de circunstancias complejas y limitaciones varias, aún continúan creando espacios viables, espacios de relaciones sociales.
Reflexiones hasta aquí
Las casas recordadas de la infancia, con sus diferentes pieles, permiten establecer nuevas lecturas a los ojos de las huellas que ofrece la mirada infantil de entonces. Es posible, así, considerar las trazas, que persisten en la experiencia biográfica, de las incursiones de la represión en la vida doméstica y familiar. Asimismo, permiten reconsiderar la relación de la niñez con lo político. Se moviliza una concepción de la infancia ya no como carente de agencia política, o como actor inocente y pasivo, sino como actor reflexivo, atento y también productor de su propio entorno. Al mismo tiempo, las memorias sobre las casas de la infancia tensionan los afectos asociados al hogar y lo proponen como un espacio que guarda ambivalencias: como un refugio o como una trampa[28]. Los recuerdos sobre las casas de la infancia en el exilio mixturan esas isotopías, conjugan emocionalidades y esfuerzos por mantener la cotidianeidad navegando en la excepcionalidad.[29].
Las casas andantes
Es posible que la casa ya esté andando, lenta y majestuosa, con el jardín nocturno empapado de brillante verdor[30].
Las casas se han movido no sólo entre las geografías, sino también entre espacios o situaciones sociales. Más que tránsitos a través de ellas, las casas viajan con el sujeto que viaja, los hogares se constituyen en el interior de los sujetos (Chambers, Ahmed, 1999) y andan en las rutas de la biografía: ¿qué forma de habitar, de estar en el mundo, se configura desde esta experiencia? ¿Qué efecto diferente tiene sobre la identidad cuando uno está obligado a moverse? En lo que sigue se proponen escenas y reflexiones que permiten ilustrar los modos en que el exilio en la infancia ha trazado huellas subjetivas en torno a los modos de habitar. Las casas de la infancia se ponen a andar en los recuerdos: se mueven, se transforman, se rodean de nuevos entornos y jardines. Andan y son andadas, se dispersan en el movimiento exterior a sí (mapa) y al interior de sí (sujeto).
Las casas que se desplazan de posición social
Daniela recuerda su casa en Paraguay y cuenta sobre la relación entrañable con sus vecinos de al lado, donde “vivía una familia muy pobre” cuyas hijas fueron como sus hermanas. Con ellas compartían juegos, cuidados, baños y “se cruzaban” de casa siempre, sorteando las condiciones sociales. También Carla refiere a su casa en Ecuador: recuerda con asombro el contacto con las mujeres indígenas, sus coloridos trajes, sus largas trenzas azabache como si hubieran cobrado vida desde el papel de los libros de historia. Además señala el cambio de situación y los nuevos recursos con los que contó su familia:
Cuando nos fuimos a Ecuador como que la situación económica cambió. De estar cagados de hambre en Buenos Aires pasamos a estar en Ecuador en un apartamento divino con una vista a la montaña. Yo tenía mi cuarto, mi hermano otro cuarto, un baño que era solo para nosotras…una casa enorme así un dúplex. La casa más linda que vi en mi vida. Y él [el compañero de la madre] pasa a tener sueldo en dólares, y la agencia le pagaba la educación también. Y ahí me mandan a mí a un colegio privado que es el mismo que iban a ir estas amigas y todo eso. Ahí en Ecuador de pronto apareció una empleada con cama.
También Mariana debió acomodarse a diferentes situaciones culturales y de acceso a recursos o a condiciones materiales, en los múltiples tránsitos de la clandestinidad y el exilio desde la Argentina. Mudarse de casa determinó no solamente una vida en un nuevo barrio, ciudad o país –muchas veces de forma clandestina-; también implicó acomodarse a una nueva vida por las nuevas condiciones que se presentaban. Las casas configuraban una nueva realidad social a la que aquellos niños y niñas debían adaptarse: tanto en los recursos disponibles, como en los espacios de intimidad, las condiciones de las viviendas y los nuevos vecinos con nuevas costumbres:
pasabas de vivir como en distintas condiciones sociales. Porque, ponele, la casilla de La Reja, era…tengo fotos en algún lado, era una casilla de madera verde, el techo era de chapa, de esa chapa, la que es además de cartón y brea que se agujerea de nada y se llovía por todos lados, y ¡no teníamos nada! Era re… todo el contexto era re humilde, era todo bien pobre, como eran las villas de aquella época. No había nada, ni nada, no había televisor, nada. No tengo el más mínimo recuerdo de nada de eso.
Luego, junto a su familia, y después de un trayecto por diferentes países, Mariana llegó a Cuba, donde cambiaron las condiciones de la casa donde vivieron por “una casa con tres habitaciones gigantescas, comedor, living, terraza, cuarto de servicio, cocina…” lo que implicó un nuevo ajuste tanto al país, a sus posibilidades de hablar de sí mismos sin cuidarse, a los contextos y vecinos del entorno, como a las condiciones residenciales más confortables y recursos disponibles.
Por su parte, Gastón[31] detalla la vida en Brasil y las dificultades que se le presentaron a partir de la separación de sus padres; recuerda la tensión y las diferencias entre ambas casas de sus padres luego de su separación. La de su padre, a la que iba los fines de semana: “tenía un statu quo muy distinto al nuestro entonces”. Para Gastón esto era como vivir una “doble vida”: “cerca de las villas y después vivir en uno de los barrios mas caros que era donde vivía mi viejo. Vas a comer a restaurantes todo el fin de semana y después, con mi vieja, estábamos alambrando para poder llegar a fin de mes, más o menos”. Así, Gastón cuenta sobre las orillas de los espacios sociales, tanto residenciales como ideológicos con los que debía convivir y adaptarse en cuanto a códigos y recursos, en cada casa y situación.
Así, se ponen de relieve los tránsitos entre casas y las diferentes percepciones y experiencias en torno a las pertenencias socioculturales que formaron parte de la vida de las casas. En este sentido, la memoria de infancia –como señala Llobet (2017)– permite ingresar a las prácticas en las que se forma parte de una cultura de clase. Las casas rememoradas son espacios donde también se produjeron cambios; en muchos casos se fueron modificando los lugares sociales, los sentidos y las experiencias de clase familiares en los tránsitos del exilio. Estos cambios exigieron una determinada plasticidad en la experiencia y adaptación de los niños y niñas de entonces, al mismo tiempo que los cambios relativos a las diferencias culturales con las que convivieron en sus entornos.
Los diferentes hogares que poblaron los tránsitos y las posibles pertenencias implicaron movimientos en torno a las situaciones sociales, mientras también traslucían el contexto en el que tenían lugar. En esta línea, Elisa[32] cuenta sobre el lugar y los niños que formaron parte de su nuevo entorno en Nicaragua. A partir del juego en su casa, recuerda las diferencias de vivienda, de situaciones y posiciones sociales entre ellos y los niños del barrio. Recuerda haber sido “rica” a los ojos –o la ilusión– de los otros niños. Durante su estancia en Nicaragua, Elisa también vivió en otra casa, en otro barrio, que también describe:
En la segunda casa tenía unas vecinas, dos hermanas que vivían enfrente de casa. Era un barrio con muchas casitas iguales y blancas, con una calle peatonal con árboles en el medio entre fila y fila de casitas […] había una chiquita con la que sí jugaba de igual a igual. Ella vivía justo en la casa de al lado, tenía mi edad pero era muy pequeña. Era hija única y vivía solo con su mamá. A su papá lo habían matado los yanquis. Ella decía que su papá estaba enterrado en el jardín de su casa… por eso jugábamos en la parte cementada, nunca pisábamos el pasto. No sé si era verdad, pero tampoco preguntaba nada. Su mamá era muy joven y muy triste siempre. A veces me quedaba con ella en su casa por la tarde. Su mamá estaba trabajando y ella se quedaba solita, cerrábamos las cortinas para que estuviera oscuro y así era más fresco y nos acostábamos las dos en el suelo a mirar Chespirito, nos gustaba a las dos.
Al mudarse de Suecia a Nicaragua, Elisa recuerda los cambios de barrio, de entorno, y también de vecinas. Las nuevas vecinas ya no eran niños pobres como en la casa anterior, sino niñas presuntuosas: “estiradas y secas” y otra niña con la que “sí jugaba”. En esta casa se expresaba de forma sórdida el conflicto nicaragüense. Este secreto sombrío no se ofrecía a preguntas, pero se escondía en el jardín siniestro que resguardaba esa casa vecina. El suelo, un espacio fresco, y el cemento, un resguardo del terror para compartir juegos y programas.
El recuerdo de las experiencias de las casas en el exilio también propone otros desplazamientos; no solamente por las experiencias sociales, sino también culturales. Romina[33] recuerda su “departamento muy hermoso” en Suiza, en el barrio de viviendas populares que las acogió a ella y a su madre en Ginebra. Para Romina, “por suerte” su madre “también tomó ese criterio de tratar de no mudarse” de ese lugar que era su “micro clima, un pequeño mundo ordenado”. Cuenta que, en aquel barrio, todas las casas tenían más o menos la misma disposición de espacio aunque cada familia ponía en juego allí sus diferencias y orígenes:
y era raro después ir a la casa de uno y otro y ver cómo los muebles estaban diferentes o, qué sé yo, por ahí el timbre, el sonido del timbre era distinto. Llegabas y había una alfombra de leopardo en la casa de las chicas africanas. No sé, era como raro, eso del extrañamiento, lo familiar, lo parecido que no es, que es extraño. Era como un mundo interior, también era como una pequeña ciudad ahí adentro, como pasillos y pasillos que llegabas… Muchas veces soñé con esa geografía de túneles y ahí jugábamos con Annette [su mejor amiga].
Los muebles, las costumbres, los gustos estéticos hacían que lo familiar, tal como señala Romina, también fuera, al mismo tiempo, extraño. Cambiar de casa tuvo diversos sentidos: significó cambiar arquitecturas y también desarrollar una particular plasticidad a nuevos entornos, modalidades de vida, lenguajes, códigos, accesos. De este modo, los contextos socio-políticos también atraviesan la relación con los espacios: tienen, de algún modo, su impacto en los lugares donde las personas se encuentran a sí mismas y dónde cada uno se siente pertenecer (Manzo, 2005: 54).
Sucot o la lógica del intervalo
En la tradición judía hay una festividad que se llama Sucot (significa “tiendas, cabañas”) en la que se conmemora el tránsito del pueblo judío por el desierto durante los cuarenta años que llevó el éxodo desde Egipto hacia Israel. Esta festividad propone experimentar de forma invertida la casa como hogar temporal y la tienda como el hogar permanente. Durante Sucot[34], es costumbre construir una sucá, una especie de choza o tienda de campaña con techo y paredes de hojas de palmera, sostenida por maderas y ramas, y también decorarla. La vida en la sucá (durante los siete días de la festividad) y la precariedad de su arquitectura representa la experiencia de habitar la provisoriedad. Esta tradición de movimiento entre casas suscita ideas sobre el hogar que podrían resultar opuestas: el desarraigo y el hogar, el deambular y el regreso, la exposición y el refugio[35]. Esta historia y costumbre ancestral es también parte de una historia de la nostalgia que envuelve el nomadismo, “el deseo de estar en todas partes en casa” (Nanficy, 1999: 30). A partir de la tradición de Sucot, se pueden ilustrar las complejidades que se inscriben entre el movimiento, la pertenencia, y el lugar que ocupa en la memoria genealógica y familiar la construcción de un sentido de hogar. Armar y desarmar las casas en los tránsitos a las tierras prometidas para el resguardo implicó una relación con los hogares, un modo particular de estar en el mundo.
Los desplazamientos que resultan de los tránsitos del exilio trasgreden, al decir de Ahmed, las formas en que se configuran las fronteras. Se trata entonces, para la autora, de atender a la conmoción que provoca el movimiento en el cual ni los puntos de partida ni los de llegada son inmutables o seguros (Chambers en Ahmed, 1999: 333). De allí que hay una búsqueda –señalada por la autora– en cuanto al hogar: en el lenguaje, en las historias, en las identidades. Así, en los relatos se ofrecen pistas sobre la experiencia infantil que permite comprender un rasgo singular que se imprime en las biografías: rasgo que refiere a un modo de estar en el mundo, de habitar, de construir un modo de sentirse en casa. Para algunos imprime un gesto de búsqueda constante. Para otros, el propio movimiento y sus intersticios se proponen como lugares. Veamos aquí algunos fragmentos que permiten percibir las sazones de estos modos de estar en el mundo y que encuentran el hogar en el movimiento, como las sucot peregrinas.
Para Clara, en la tele se cristaliza una metáfora sobre un modo de habitar, situada en la experiencia de su infancia en Paris. Ella señala, como una rareza, la propuesta de su madre de alquilar una tele:
yo le decía “¡Compremos una tele! ¡compremos una tele!” Y ella decía: “No, no, alquilamos”. Y siempre alquilando una tele. O sea, cosas así porque ya nos estábamos por ir. Eso era, fue como la parte así que decías estoy acá pero no sé por cuánto tiempo y es un sentimiento medio raro porque después claro, como que a lo largo de mi vida obviamente que influye en la personalidad de cada uno. Ahora miro eso y yo, por ejemplo, no puedo quedarme mucho tiempo en un lugar. O sea, trabajar en un mismo lugar durante años y años. Digo, cuando veo esa gente que toda la vida vive en un mismo lugar, que no cambia nada de nada, yo como que no puedo, es como que [gestos de ahogo, risas] o sea me da inseguridad. Para cierta gente como que le da seguridad, para mí es como que me genera inseguridad…
La sensación de estar siempre a punto de partir significa para Clara una modalidad propia de habitar: estar en movimiento como una forma familiar de estar en casa, de seguridad. A la vez, alquilar un objeto del hogar como la tele, tal vez implicaba renovar el contrato con ese artefacto y con él, la permanencia. Del mismo modo, Damián[36] refiere a los tránsitos durante su infancia, no solamente por la circulación zíngara entre geografías sino también por las formas de las familias, las “casas montoneras” y las características de las organizaciones políticas:
de la situación de la infancia es como que nosotros vivíamos, te decía, así tipo como gitanos, digamos. En el sentido de como mis viejos siempre estuvieron en la estructura organizativa de montoneros entonces vivíamos en casas de montoneros en el exterior, íbamos a escuelas muy buenas, como que había una cuestión… digamos… Me acuerdo de vivir con tíos, que no eran los tíos, eran los compañeros y compañeras de mis viejos y que eso era… o mis primos.
También para José las mudanzas configuraron una experiencia que “era como la incertidumbre de no saber dónde estar, de no saber dónde quedarse”. En estos tránsitos se entusiasmó con la eventualidad de mudarse a un departamento en Madrid que “tenía todo moquette”. En esa época, los desplazamientos eran parte de la cotidianeidad de José, que, como Damián, los asocia con la vida gitana: “tenía metido el chip de volver a la Argentina, tenía metido el chip de ser como unos gitanos de la vida, de ir mudándonos, de ir cambiando. Lo tenía muy naturalizado”. Los inventarios de mudanzas y de casas también configuran un inventario de las diversas trayectorias que asumió el exilio. Y con ellos, los modos en que las narrativas singulares han ofrecido una continuidad respecto a los relatos de los movimientos entre hogares (Christian, et al., 2016). A la vez, las construcciones sobre el hogar (sus búsquedas y sentidos) que hacen a la experiencia biográfica, encuentran en la memoria de la infancia su semilla. Hay algo quizás de huella que dejan las sucesivas rotaciones de hogar, que modula los tiempos y los espacios y un modo de búsqueda del hogar, de construir un modo propio de “sentirse en casa”. En este sentido, Daniela asocia los múltiples movimientos de casas por los que ha transitado, a la experiencia del exilio en su infancia. Cuenta que recién durante la adultez se ha “plantado” en un espacio propio:
Yo te diría que recién los últimos, en el año 2007 aproximadamente, recién ahí alquilo sola. […] Alquilo un departamento en Buenos Aires en el que vivo diez años y es el primer lugar donde yo siento que me planté y construí un hogar mío propio, que pasaron algunas parejas en el medio, hubo convivencias, amigos, amigas, de todo, pero que yo siento es un lugar en el que tuve mis libros, mis cuadros, mis plantas… hasta ese momento te diría, salvo algunos impasses o experiencias más específicas, yo siento que soy una persona nómade.
Los objetos que resultan pequeños anclajes de lo propio posibilitaron a Daniela la referencia y la apropiación del espacio, el vinculo afectivo con el mismo y con quienes participaron de él.
Por su parte, Mariana cuenta sobre los múltiples espacios y casas por donde transitó durante su infancia y adolescencia, tanto en los años en Buenos Aires como luego por diferentes lugares de Europa, México, Cuba, y las vueltas a la Argentina. Al final de la entrevista, Mariana refiere al movimiento como un rasgo que forma parte de su identidad, producido en un mundo que ya no existe:
yo a veces siento,[…] que vos te tenés que acordar siempre que ese mundo ya no existe. Uno cuando es chico fue criado en ese formato, que en la etapa esa cuando sos chico como que arma uno las estructuras, entonces, lo primero que se te ocurre hacer muchas veces, tiene que ver con tus estructuras originarias que es moverme, moverme. Entonces yo siempre me quiero mover para adelante, que me quiero ir o me voy o hago cosas todo el tiempo es un activismo, bueno esa es una característica mía de mi personalidad. Lo tengo que saber y tengo que saber cómo lo manejo, cómo lo hago porque puede ser que a veces sea lo que me salgo y a veces no es lo que sea bueno para ese momento, eso fue… porque además vos comprobaste que eso fue bueno para vos, en el sentido de que eso te salvó la vida, queda bien asociado a eso, entonces es como un mecanismo que está ahí y que sale siempre y que a veces por ahí no, no andaría porque el mundo ya no está así, o no es efectivo. […] yo creo que ese es un mecanismo que me ha sido muy efectivo para el desarrollo profesional, porque [risas] sos una maquinita de emprender cosas y encima es funcional en ese ámbito pero en otros ámbitos, ponele en las cosas afectivas o no sé, otras, por ahí no…
Mariana propone así un rasgo particular, un “mecanismo” propio, de estar en el mundo, de habitar. Los movimientos recordados producen así determinados efectos indelebles, marcas subjetivas que modulan una narrativa acerca de sí y persisten en el mundo de la experiencia biográfica. Son estructuras cuyos efectos comprenden una forma de habitar en sentido amplio: los espacios, las actividades cotidianas, los vínculos. El movimiento, en el relato de Mariana o en el de Clara, se propone como un modo constitutivo y personal de refugio en donde aún pulsa la experienica de la infancia.
El espacio intermedio
Mientras el movimiento significa, para algunos autores, una pérdida del lugar, otros subrayan el viaje en sí como significativo. Manzo se posiciona en el “dilema del idioma del hogar”, no desde su sentido del hogar como lugar fijo sino inserto en el proceso del viaje (Manzo, 2005:68). Sobre esto, también Ahmed (1999) señala las tensiones y los sentidos que imprime la migración en la vivencia de “estar en casa” y de “salir de casa”, experiencia intermitente en los tránsitos exilares. El espacio intermedio también puede ofrecer sentidos familiares, experiencias reparadoras, que no se configuran en el arribo sino a partir de que “uno tiene la seguridad de un destino, un destino que literalmente se convierte en el lugar del hogar” (Ahmed, 1999: 330). Se construye una experiencia modulada “entre dos” espacios, una “lógica del intervalo” (Ahmed, 2000:77). Así, el viaje “entre hogares” proporciona a los sujetos contornos para un espacio de pertenencia. Sin embargo, este espacio remite a una lógica del intervalo, donde se expresa el tránsito que realiza el sujeto entre momentos (o espacios) con aparente fijeza tanto de salida como de llegada (Ahmed, 1999). Son espacios intermedios que experimentan quienes migran y aún más quienes se exilian; integran otros cruces que no son solamente geográficos sino también de pensamiento y de experiencia (Chambers en Ahmed,1999). Se construye una “lógica” subjetiva que configura un modo de construir pertenencias en el camino. La inquietudes por el hogar de la infancia como “casa” para los conflictos que supone el habitar, produce sentidos singulares.
Gabriela cuenta de sus temores con relación a los viajes como una huella que imprimió el exilio en su infancia. A Gabriela no le gusta viajar y cuando tuvo que hacerlo necesitó “una preparación”. Tampoco quería tener una casa: “Hace dos años recién compre una casa porque tampoco quería tener una casa”. Otra de las anécdotas que comparte, entre risas, tiene que ver con su costumbre de atesorar bolsas: “tengo la anécdota de mi pareja de que colecciono bolsas. Él tiene la teoría de que colecciono bolsas porque siempre estoy preparada para irme a algún lado. Y que son como los lugares donde puedo guardar las cosas”. ¿En cuántas bolsas cabe el desarraigo? ¿en cuántas, la pertenencia?
También Adriana[37] refiere a las huellas salobres que persisten de los desplazamientos durante su infancia y en los sentidos que guarda la idea de la permanencia y el hogar como movimiento. Para Adriana el movimiento es su “hábitat natural”:
me pasaba algo como que sentirme establecida me daba como al revés ¿viste? En vez de tener incertidumbre de la otra manera, era como si tenía una planta permanente en un laburo, me ponía mal; no ataque de pánico, pero sí una sensación de ahogo, de asfixia, algo permanente era… y como que el movimiento me era más natural. Como que el vivir sin estabilidad me resultaba más natural. Otra cosa que vi también en terapia, es que llorar me cuesta un montón. Tiene que ver con todas las cosas que viví de tan chiquita, tan fuertes y que una se sobre adapta y que después, bueno, se endurece de tal manera, por eso la falta de memoria, de recuerdos, de cosas que… para que no te afecten. Supongo que es un mecanismo de defensa, pero el movimiento, o sea, en auto, es donde lloro. […] si había movimiento, me resultaba mucho más mi hábitat natural en el que yo me podía dejar salir todo, porque era lo más normal en mí. Desde el embarazo de mi vieja ya viajo, se movió mucho conmigo en la panza y después, lactando. Amamantándome viajamos… Y bueno, eso de no parar lo mamé tanto que se ve que se me hizo carne, se me hizo propio.
El movimiento es así una marca, un ritmo íntimo, una forma apropiada de habitar los espacios y los vínculos. La experiencia inquieta es su modo de construir una relación con su mundo, asociada a su experiencia de niña de haberse adaptado (“sobre adaptado, endurecido”) durante la cadencia vertiginosa del tránsito. De este modo, los sentidos de “estar en casa” pasan por lo general desapercibidos, se dan por sentado. Implican sentirse cómodo, familiarizado con el mundo cotidiano en el que se vive o en el que se está (Seamon en Manzo, 2005). Así, en este fragmento, Adriana relaciona su experiencia de infancia en México y los tránsitos de muy pequeña con la compleja relación que le supone la idea de la permanencia, y su familiaridad en el movimiento. Aquél que le permite expresar sus emociones en su mecer.
Para otros, el desplazamiento tuvo como efecto un anhelo de estabilidad y fijeza. Esto resulta de los modos singulares de elaboración de la experiencia, tal como señala Alina[38], cuando cuenta sobre los diferentes modos en que ella y su hermano se han posicionado frente al “plan” de moverse. Mientras Alina no se iría a vivir “ni en pedo” a otro lado que no sea Buenos Aires, su hermano fue y volvió “intentando” (¿un sentido de hogar?) en diferentes lugares: “en cuanto pudo se fue a vivir a Río de Janeiro, a los veintipico, después volvió, después lo intentó en no sé dónde, después volvió y ahora está en España. Mi hermano siempre intentó irse”. Alina conoce a mucha gente de su generación que:
o está acá plantada como en una maceta que no se destruye o está medio nómade, o la idea del nomadismo le seduce un montón. También es cierto que hay infancias que sin necesidad de un exilio están marcadas por otras oscuridades, pero creo que hay una oscuridad intrínseca ahí que marca la cosa. Creo que el miedo es algo más poderoso.
Alina comprende los modos diferentes en que ambos han tramitado sus experiencias de infancia, en un mismo entorno y con igual historia familiar. Mientras que su hermano se construye en tránsito, en búsqueda, para Alina el desarraigo es propio del movimiento entre espacios, y es en Buenos Aires donde encuentra emplazado su hogar. Subraya, al igual que otros entrevistados como Daniela o Cecilia, la presencia del miedo como una “oscuridad” propia de la experiencia de infancia en el exilio.
Así, el movimiento también requiere de una suerte de orientación, de una pregunta por el dónde, una ruta de llegada a alguna tierra prometida. Me interesa destacar aquí el lugar de la búsqueda que se desprende del trabajo de Fortier (2007). Desde esa perspectiva la noción del hogar de la infancia no aparece sólo como un hogar originario sino fundamentalmente como una figura que habilita la “búsqueda continua”. Para la autora, la búsqueda presenta un “deseo de hogar” que se propone como un movimiento hacia un nuevo hogar. Lejos de un hogar originario como territorio homogéneo o primordial, se trata de un “pulso” o “impulso” de movimiento, de búsqueda, un “viaje al origen” en el que el origen solo debe buscarse para ser perdido, siendo así más que un punto de llegada, un punto de partida (Sibony en Santos, 1997). Se trata de un hogar de origen que, en lugar de encontrarse en una única raíz, se emplaza en el encuentro entre muchas de ellas (Glissant, en Soares, 2004), es el espacio entre ellas. Y es el propio movimiento el que permite reestablecer los límites posibles del hogar, del sentido de “estar en el mundo”, al mismo tiempo que ofrece la oportunidad de reparar, de modificar ideas cristalizadas sobre la casa estática y fija o sobre las pertenencias sin fisuras (Fortier, 2020:130). Las experiencias recordadas proponen así una lectura al margen de nociones normalizadas o esencialistas sobre el hogar, o de las concepciones fetichistas alrededor de los modos de “estar en casa”. Tampoco se trata de considerar la vertiente metafórica respecto al nomadismo, como lo hace Braidotti (2004), refiriendo a una posibilidad universal y desanclada del arraigo geográfico de la migración. A través de los relatos se proponen escenas sobre el movimiento de las casas en tanto espacios, así como sobre el movimiento de situaciones sociales, de entornos culturales y de estados de ánimo[39] (temor/refugio). En la próxima sección propongo ahondar en la pregunta por el dónde, que promueve la búsqueda alrededor de un modo posible de estar en casa.
¿De dónde soy? (más allá de los deícticos)
Las preguntas en torno a la identidad (¿quiénes somos?) se encuentran ligadas a la pregunta ¿de dónde somos? (Ni Laoire, et al. 2010: 6). Estas interpelaciones convocan una posición activa de los actores, también niños y niñas, a través de la cual han negociado y producido pertenencias que, a la vez que son movedizas, también configuran una experiencia continua respecto de sí mismos. Así, la pregunta por el “dónde” se propone como un “detalle”, como una espina que traen los otros, quienes preguntan, deducen o instalan características para asociar a los espacios. Esta pregunta y sus anhelos de definiciones, para muchos de quienes experimentaron el exilio durante su niñez, empuja respuestas vacilantes de acuerdo a los sentidos que guarda la idea de hogar para cada quien. Casi al finalizar el encuentro, apagado el grabador, entre los últimos mates que cebó Isabel, apareció una reflexión más, que me propuso grabar:
Es un detalle, hay una pregunta que cualquiera te hace y que para cualquiera puede ser una pregunta simple. Digo cualquiera que conocés, que paseás, que es “¿de dónde sos?”, “Ah, vos ¿de dónde sos? ¿De barrio? ¿Por la tonada?” Y bueno y para nosotros siempre fue un problema esa pregunta… yo siempre decía “Bueno… ¿dónde nací? ¿dónde me crie?” O “¿Dónde vivo ahora?” O “¿De dónde me siento?” Y más con estas mudanzas, entonces “¿de dónde sos?” te dicen. Para mí es difícil de contestar… no es tan fácil. Y a veces tenés que explicar, cuando no querés, no. Ahí también, no digo la mentira pero convivimos con los relatos acomodados a la situación [risas]. Para cualquier otro podría ser fácil o incluso común.
Así como al pasar, Isabel coloca una pregunta clave que hace al vínculo entre la identidad y los hábitos o modos de habitar los espacios. Todas las preguntas que añade proponen diversas localizaciones, acepciones sobre el hogar, sobre la casa, sobre el domicilio, sobre el sentido afectivo. Todos signos válidos de ser consideradas como hogares. De este modo, los “otros”, en alguna medida, solicitan indicaciones con respecto a la identidad y sus localizaciones, al mismo tiempo que ponen de relieve la condición de extranjería.
Asimismo, un rasgo distintivo supone un modo particular de construir una noción de hogar múltiple en geografías, en afectos, en los significados posibles de la idea del hogar que dista de ser unívoco. Para Analía[40] está todo “mezclado”. Por un lado, refiere a la dificultad de saber qué aspectos de su personalidad vienen de la experiencia del exilio y cuáles viene de “otras cosas”: “Yo siempre pensé que muchas cosas de mi personalidad venían de eso, pero ¿cómo saberlo?” En todo caso, dice Analía, se trata de una idea sobre la identidad muy distinta de la de quien “tiene un solo país, o que toda su familia vivió durante generaciones en el mismo lugar”. Cuando contesta a la pregunta de “¿quién soy?” o en particular “¿de dónde soy?” se abren para Analía muchos sentidos asociados:
y en mi caso, además, tampoco puedo contestar franco-argentina porque no es solamente eso. Porque si me vieras, yo soy rubia de piel muy clarita. Soy típicamente más rusa que otra cosa, en realidad. Entonces está todo eso ¿no? ¡Todo eso mezclado! Sé que eso siempre me costó a mí trabajo explicarle a los demás, a mis amigos franceses, hacerles entender que no soy completamente francesa, que no soy solamente francesa y haber dicho alguna vez que soy argentina y que me digan: “no, no sos argentina”. Y yo: “¡cómo que no!”,“Y no, no vivís acá, naciste acá, no sos argentina” Me acuerdo que es algo que me causó mucho problema. Y tratar de explicar que sí, puedo ser totalmente francesa o totalmente argentina sin haber vivido allá o sentirme argentina sin haber vivido allá.
En el fragmento que trae Analía se combinan muchos posibles sentidos del hogar. En torno a ello, Ahmed (2000) señala los múltiples registros de hogar que se conjugan en los modos de “estar en casa”. De ellos señala tres: donde vive la familia, donde uno actualmente habita y el país de origen (p.88). Estar en casa puede movilizar alguno de ellos o incluso los tres. El exilio como forma de migración permite así proponer una narrativa que cuestiona la comodidad de los límites de las pertenencias, desde la incomodad que suponen las definiciones. Los bordes que promueve la pregunta por el “dónde” por un lado, movilizan una respuesta que es pedida por otros y, por el otro, promueve una búsqueda por el deseo propio de hogar. La pregunta animada por los otros hace emerger diferentes asociaciones sobre el origen, sobre la casa, sobre el domicilio, sobre el hogar familiar, sobre la patria. Aceptar una opción en cada categoría parecería, en el fragmento de Analía, invalidar la otra. Sobre esto apunta Analía: “si no vivís en Argentina, no sos argentino; si te sentís argentina, no sos francesa; si sos muy rubia, sos europea”. Estas narrativas permiten así desbaratar asociaciones asentadas en torno a las pertenencias y cuestionan las dicotomías que invisibilizan las experiencias subjetivas en torno a ellas. Es posible ser de todos esos hogares al mismo tiempo (¿es posible ser de ninguno?). Para Sibony, se trata justamente de un hogar en el medio, en el “entre dos” destemplado de las dicotomías. Propone así una mirada sobre la identidad que, más que la diferencia, atiende al lugar en medio que surge de las diferentes situaciones sociales cruciales que se organizan por una oposición entre “entre dos(es)”. Se trata de una posición que supone un “enlace de corte entre entidades” que se cruzan constantemente[41].
Deseo de hogar
Tomando como referencia el trabajo de Fortier[42], me interesa considerar cómo las narrativas de la infancia en el exilio configuran diferentes sentidos en torno a los “deseos de hogar” (Brah, 2011)[43]. Además de la búsqueda del hogar como origen, se trata del deseo de sentirse en casa en el contexto del exilio, de “reconstituir física o simbólicamente espacios que brindan algún tipo de seguridad ontológica en la reubicación de la residencia que no es la misma que la ubicación de origen” (Brah, 2011). Así, la migración –y el exilio con más calado aún– produce un hogar que no solo refiere a un deseo sobre el retorno físico sino también al deseo de pertenencia. El hogar, para Brah, se constituye por el “deseo de hogar”: en lugar de surgir como un hogar ya constituido allí o aquí, el hogar se produce a través del movimiento del deseo. Este deseo de hogar como movimiento hacia un nuevo hogar, propone otra mirada sobre su concepción que permite reestablecer sus límites, los arreglos necesarios, y desafía las nociones de hogares fijos e invariables que refuerzan consideraciones sobre el hogar asociadas a la familiaridad, la comodidad y la pertenencia sin fisuras (Fortier, 2020: 130). Los “deseos de hogar” son deseos de sentirse “como en casa”: tanto en la casa, como en el país o la patria, el lugar de origen; en la experiencia de la migración forzada ese deseo posee otras implicancias, intrínsecas a las características de estos desplazamientos: la persecución, el riesgo, los daños profundos que acompañaron la ruta, las pérdidas. En este marco los deseos de hogar implicaron, tal vez, un anhelo más hondo, una búsqueda más alerta y apurada de la seguridad que los hogares pudieran ofrecer. El deseo de hogar puede también heredarse, ser parte de un legado. Los niños y niñas de entonces, hoy adultos –algunos padres y madres– también “hacen” un hogar y crean un sentimiento de hogar a partir de sus experiencias, que también transmiten a sus hijos e hijas.
Todavía era verano cuando entrevisté a José[44]. Todavía era de día cuando comenzó a contarme su historia. Ya se habían prendido las luces del patio del café de donde trabaja, en un predio grande y arbolado en Buenos Aires. Cuando le pregunté a José sobre aquello que le gustaría transmitirles a sus hijas, resalta ese rasgo errante de los deícticos que señala como una “condena”, como una “maldición” como una “tristísima transmisión”:
hay algo que le transmití sin querer, que es un poco una condena, que es esto del desarraigo porque una nació en Italia… nosotros cuando llegamos teníamos cuatro pasaportes, éramos cuatro personas. Eugenia con el pasaporte italiano, Belén con el pasaporte alemán, Marga con el pasaporte colombiano y yo con pasaporte… y nada, están condenadas a tener los abuelos en Venezuela, tíos en Alemania y en Venezuela, la abuela en Roma, tías en Córdoba, en Suecia… en Italia, nada. Lo que le transmití sin querer es la maldición del desarraigo. Y ahora son chiquitas y por suerte están en esta etapa de que son re argentinas y lo mejor del mundo es esto pero también tienen al mismo tiempo esa segunda cosa: una con Alemania y la otra con Italia y eso antes o después va a salir y van a querer conocer el lugar donde vivieron y por ahí se van a querer mudar y sentir siempre ni de acá ni de allá y esa es una tristísima transmisión. Si pudiese elegir las hubiese hecho nacer acá… si pudiese elegir, por ahí yo hubiese crecido acá pero… pero al mismo tiempo, en verdad a mí me encanta porque al mismo tiempo es conocer el mundo y ser de todo el mundo te da una apertura…
Esta imagen de la errancia oscila entre el impulso de la aventura, por un lado, y el gesto melancólico, por el otro. Como el castigo que le asigna Dante[45] a las almas de quienes se han dejado llevar por sus pasiones (¿políticas aquí?): son arrastrados por un viento que nunca se detiene, están condenados a estar juntos sin tocarse. Es una “maldición” del deseo constante que podríamos referir aquí al hogar. Por otro lado, en su reflexión, José hace una inflexión al preguntarse sobre la posibilidad de haber elegido su propio derrotero. A partir de allí, convoca una mirada que valora aspectos enriquecedores de la experiencia del desplazamiento, el contacto con múltiples espacios y culturas, sabores de todo el mundo. Quizás este deseo continuo del hogar –como la identidad misma, como parte de la “estructura” que señala Mariana– es una búsqueda que puede o no atravesar generaciones. Lo que parece ser inevitable es eludir el movimiento.
De este modo, en gran parte de los relatos se menciona la experiencia particular de encontrarse en medio de dos localizaciones: “aquí y allí” (o también, “acá y allá”). Tamara[46] refiere al rasgo peculiar de su experiencia, anhelando la posibilidad de ser reconocida como perteneciente a un espacio desanclado:
uno como ser humano sigue sin resolver eso de que somos todos de todas partes, somos de aquí y de allá, del mismo lugar y el hecho de que vos estés en un país y que te marquen que no sos de ese país, eso me sigue pareciendo horrible. No aceptamos al otro como es. Entonces mientras siga existiendo eso nunca te vas a sentir en casa.
Tamara propone una suerte de gentilicio derretido: estar en casa supone una modalidad en la cual es posible liberarse de las marcas del país de procedencia. Esta vivencia dislocada se pone de manifiesto, para Tamara, en el lenguaje, en la apariencia física. La aceptación de los otros, el reconocimiento sin señalar las diferencias es entonces, para Tamara, el modo anhelado de encontrarse en casa. Si para ella la pregunta por el dónde de la identidad supone ser de “todas partes”, para Pedro[47] el sentido es de no ser de ninguno:
Sí, la idea esa de que no soy de acá, no soy de allá, la idea de que no somos de ningún lugar eso es… todos los hijos de… bah, todos, yo tiendo a creer que la inmensa mayoría de los hijos de exiliados pasaron por eso y por un periodo de constitución de ¿dónde soy? todos…Todas esas construcciones son artificiales, pero algunas las tomamos natural, no sé. Dante [su hijo] es uruguayo. En algún momento se va a cuestionar qué mierda es ser uruguayo. Pero nosotros eso lo construimos de forma consciente, tuvimos que elegir y construirlo… y eso que parece una bobada es recontra duro porque te aleja muchísimo de la gente que tenés alrededor, con los que estás interactuando, muchísimo. Y te… nada, te genera muchísima violencia, violencia simbólica y también violencia física porque por lo menos, nada, una sociedad machista cosa, los varones terminábamos a las piñas dos por tres, lo canalizábamos por ahí… las pibas no tengo ni idea…
En su reflexión, Pedro propone la pertenencia como una construcción, una elección, una edificación que parte también de las preguntas. La naturalidad que asumen los lugares de pertenencia (como ve reflejado en su hijo) se aleja de la experiencia de respuestas irresolutas y supone un trabajo de continua constitución. La búsqueda del hogar supone entonces una construcción activa. Para Pedro, eso supuso una “distancia”, un alejamiento de los otros, que también ha sido creadora de un modo de violencia desprendido de la exclusión, sobre quien encarna lo extraño. En esta línea, la ubicación pendulante también es un rasgo particular que identifica Lucas como una diferencia:
después la diferencia, pero esto capaz que vos lo estas viviendo ahora ¿no? de estar viajando entre los dos lados, de encontrar cosas que te gustan de los dos lados. De no saber dónde querer vivir, si acá o allá. A veces querés vivir acá, a veces querés vivir allá… Pero capaz de tener el corazón partido ¿no? Es decir, yo en el caso mío el haber nacido allá es como que me siento… de dónde estoy ¿no? ¿dónde está mi corazón? ¿soy sueco? ¿soy uruguayo? Y el himno que canto con más ganas es el uruguayo igual, pero dos por tres… me dan ganas de decir soy sueco… porque ta, a veces los uruguayos fallamos en unas cuantas cosas, pero ta… eso es una diferencia que yo la veo como positiva, la verdad, dentro de la desgracia o de lo inoportuno no sé qué adjetivo ponerle a lo que fue el exilio. Es algo positivo que ha devuelto tipo como vivencia, como experiencia de vida es algo positivo ¿no? El poder ver las cosas con otros ojos ¿no?
La imagen de Lucas sobre el corazón partido es una metáfora que parece representar a muchos y muchas de los entrevistados en torno al hogar como corazón, al hogar partido como corazón partido: ¿dónde está mi corazón? Se puede asociar a este deseo o anhelo de hogar, una búsqueda inquieta entre ubicaciones, como aquello que Lucas añora de cada sitio. Tal como señala Ahmed (1999), en las narrativas migrantes la experiencia en el hogar y el “estar lejos” del hogar no solamente suponen espacios diferentes sino también diferentes formas de “estar en el mundo”. La experiencia de habitar no refiere a una experiencia “pura” sino a una experiencia interferida por el movimiento, el deseo, la diferencia[48]. De este modo, el hogar como cuestión, dice Ahmed, no tiene que ver solamente con las “fantasías de pertenencia” (¿de dónde es mi origen?) sino con los sentimientos que se cristalizan en ese espacio de pertenencia: “la cuestión del hogar y de estar en casa sólo puede abordarse considerando la cuestión del afecto” (Ahmed, 1999: 341). Se trata de lo que cada uno siente o deja de sentir. Aunque, para Lucas, el himno más sentido es el uruguayo, a veces siente ganas de confesarse sueco. Juegan aquí diferentes posibilidades, en términos afectivos[49], entre el hogar como aquel en el cual discurre la vida cotidiana o aquel de donde uno proviene, o aquel que se nos propone como legado. Y, mientras intercala valencias como si fueran justificaciones de los afectos en torno a los hogares-patrias, Lucas propone algunas razones, junto a los aspectos positivos de la experiencia del exilio, entre las andanzas de las casas, la posibilidad de “ver las cosas con otros ojos”.
Para Diego[50], la cuestión del hogar y de “estar en casa” era, como para Pedro, “una cosa de no sentirme propio de ningún lado”, aunque reconoce que “todavía la tiene pero más saldada”, ubica cada hogar nacional de acuerdo a su sentir: “esto de Uruguay es el corazón, la parte racional es Argentina y entonces, la murga, el fútbol… […] y antes me costaba un montón explicármelo a mí”. Para responderse cuenta que tenía “un cassete” con la explicación: “mis viejos se fueron de Uruguay obligados, se vinieron acá no por decisión propia, nada fue por decisión propia. Y me criaron con toda la uruguayez con la que pudieron criarme”. Pese a que la explicación es para él “sencilla” también le “costó saldar” esta cuestión:
hasta que un buen día dije nada, es así porque es así. Y alguna vez me acuerdo que iba a un lugar o algo y me decían “uruguayo” y después era “uruguayo trucho”, cuando se enteraban que en realidad no era uruguayo.
Esta especie de ocultamiento de una extrañeza es señalada también por Diego como “esto del extranjero” y en esa figura, además del problema del hogar originario agrega también el de la identidad religiosa, cultural, la identidad que “ahora está muy en boga” y que requiere de definiciones a la hora de los documentos: “¿viste en los documentos vos ponés la identidad?, ¿lo que vos te sentís? ¡es más mejor! [risas]. ¡Es más mejor que antes! Es eso, ¡dice lo que sos!”
La cuestión del hogar, para Ahmed (1999), no trata simplemente de las fantasías de pertenencia, del dónde del origen, sino que se sentimentaliza como espacio de pertenencia: “el hogar es donde está el corazón” (p. 341). Los sentidos que construyen la experiencia de “estar en casa” se abordan entonces considerando la dimensión afectiva, que quizás también pueda asumir múltiples localizaciones, como los múltiples sentidos que asumen los hogares que forman parte de las geografías. Tal vez se trate de entender el corazón no como un órgano uniforme, unívoco y estático, que cuando la multiplicidad lo desafía se “parte”, sino como un espacio que es capaz de alojar la búsqueda como un pulso, y los sentidos múltiples como latidos del tránsito. El hogar de la infancia, tal como propone Fortier, no aparece en los relatos solo como un “hogar originario” sino fundamentalmente como una figura que habilita la “búsqueda continua” convocada por la pregunta alrededor del dónde.
El mundo como una casa
Para Sofía, “algo positivo devenido de lo negativo”, es haber desarrollado una “especie de resiliencia, es la capacidad de adaptación que yo creo que tengo en cualquier circunstancia”:
Yo puedo hablar con cualquier persona y encuentro un tema de conversación y me conecto, ¿entendés? y eso tendrá que ver con cuestiones personales pero también tendrá que ver con haber tenido que adaptarme muchas veces, a muchas situaciones y a muchos colegios y a muchas ciudades.
Los cambios que vinieron con el exilio, aún más cuando fue urgido y forzado, obligaron a muchos niños y niñas de entonces a desarrollar una gran capacidad de adaptación. Esta adaptación quizás pueda asociarse al deseo de hogar: la adaptación como estrategia interna para construir un sentido de estar en casa, un modo presuroso para confeccionar una pertenencia. Para Probyn (2016), la pertenencia posee una naturaleza superficial, en el sentido de que los modos de apego se deslizan en la superficie. Según la autora, la pertenencia capta el deseo de algún tipo de apego (hacia personas, lugares, modos de ser). Y al mismo tiempo, el modo en que los individuos “quedan atrapados en el deseo de pertenecer, de convertirse, en un proceso que se alimenta más del anhelo que de la postulación de la identidad como un estado estable” (p.19). La pertenencia, entonces, no se trata de una “manera auténtica y profunda” sino de una “pertenencia en constante movimiento, modos de pertenencia como cambios superficiales”. Así, en este movimiento “entre el ser y el anhelo” que “obliga a las conexiones”, Probyn propone que la superficie es el “cronotopo” más adecuado, en lugar de los modelos que se sostienen en la idea de la profundidad e interioridad, porque no busca “causalidad sino conexiones transversales”.
Desde esta construcción resbaladiza de las pertenencias también se pone de manifiesto el rasgo plástico que señalan los y las entrevistadas. Para muchos y muchas el momento de desplegar estas capacidades de adaptación fue durante el retorno a los países de origen, como es el caso de Patricia, quien se recuerda “distinta” a los uruguayos por el modo de vincularse: “El francés tiene un acercamiento muy cuidadoso, muy respetuoso, y muy poco empático, digamos. No es apático pero no es empático”. En el “torbellino de los 9 años” llegaba Patricia[51], una “niña francesa” que mientras los demás estaban “así encendidos” o las niñas “en el mundo de los novios” ella se recuerda “con su librito” aprendiendo español “aplicada”, mientras comenzaba a “mutar en lo social” donde luego:
Me adapté, me adaptaron, o nunca fui parte… simplemente dejó de ser un tema… sí, eso te queda para siempre ¿no? No sé si a vos te pasa, sos parte pero nunca sos del todo parte, hay algo que nunca es lo mismo. Al menos así lo vivo yo.
Según Said (2013), quienes se exilian se encuentran inevitablemente enfrentados a “la memoria de dichos hábitos en otro entorno” (p.298) o de hábitos aprendidos, portados o replicados de la cultura de origen. Así, el viejo y el nuevo hogar suceden juntos, como en “contrapunto”. Y esta posición “contrapuntística”, señala Said, supone un “placer único”, de “logro conseguido” cuando el sujeto actúa como si “uno estuviera en casa dondequiera que resulte estar” (p.298) [52]. En esta línea, Isabel destaca aquellos aspectos del exilio que han enriquecido su experiencia biográfica:
para no quedar en ese lugar de víctimas también decimos qué es lo que nos sumó el exilio. Nos sumó conocer otras culturas, otras canciones, otras músicas, otras comidas. Nos sumó, que eso lo veo en todos, esa adaptabilidad de “che te tiro un colchón, che nos mudamos, che viene éste, che”. Hay algo de… Porque ahora alguien ve de: “ay, me tengo que mudar de barrio” y vos: “no, yo pasé por tres escuelas, tres idiomas”. Bueno y eso como otra perspectiva, no por jerarquizar sino eso otra perspectiva de eso, de haber estado en otros países, de haber estado, mamado.
Felipe también señala como rasgo particular la plasticidad para acomodarse a nuevas circunstancias, personas y culturas. Sobre esto refiere a que él y su hermano, que crecieron en Canadá, se han percatado y conversado sobre: “una facilidad casi innata para adaptarse a cualquier medio muy rápidamente”. Para él, esto “traspasa lo nacional” en el sentido de que “uno arrastra, si se quiere, un bagaje cultural”. En su caso destaca el carácter cosmopolita de Montreal, los orígenes humildes, de barrio de trabajadores y luego la movilidad en una red de universitarios, académicos: “entonces como que hubo todo el degradé”. Así, Felipe asocia a esta experiencia la facilidad de relacionarse:
con cualquier tipo de persona en cualquier medio y hacer el comentario justo, cultural, que hace que se cree cierto sentimiento de pertenencia en el momento. O sea, somos muy hábiles en eso, mientras que veo que otros compañeros del liceo de repente son más rígidos ¿viste? A los cambios o a adaptarse a ciertas situaciones o comidas, a lo diferente. En ese sentido sí.
Por su parte, Damián también menciona este rasgo asociado a las maneras en que cada uno se ha “vinculado con su historia” de formas diferentes. Entre ellos cuenta su propio modo: “están los que lo procesaron para el carajo, que se dedicaron a cualquier cosa, a las drogas o lo que sea. Pibes que se enojaron con sus viejos y demás y pibes sobreadaptados, yo soy de los sobreadaptados [risas]”. Entre las resistencias, las transgresiones, las cargas afectivas que cargan los vínculos intergeneracionales, también señala como modalidad a la adaptación. Aunque en su caso señala la “sobre” adaptación, más aguda y que involucra un mayor trabajo personal.
Macarena[53] refiere a las “ventajas del desarraigo”. Entre ellas encuentra la “facilidad para adaptarme a un lugar nuevo” o de decir: “voy y veo, no pasa nada. Cualquier cosa vuelvo, ¿viste? Como una ligereza en el movimiento”. No sentirse “tan arraigada a un lugar” tiene para Macarena “muchas cosas hermosas” que también se propone disfrutar: un lado “positivo”, un gusto por el “desafío de lo desconocido”. Este rasgo, según Macarena, encuentra lugar en su infancia en el exilio: “tiene mucho que ver con la historia, que a lo mejor a otro le viene por otro lugar ¿no? No quiero decir que solo los exiliados tengan esa opción, pero sí en mi caso, creo que tiene mucho que ver”.
Este lado “positivo” que también remarca José tiene que ver con una “apertura mental”, la posibilidad de ver “el mundo de otra forma, el mundo como una casa”. Por un lado, confiesa que para él es “re lindo, esa cosa de pertenecer a una comunidad, o sea, lo miro con cierta envidia si se quiere” la experiencia de conocer “todo un barrio, toda la gente desde siempre, de pertenecer a ese lugar”. Por otro lado, no se puede “imaginar” toda la vida en un mismo barrio: “me ahoga, la verdad que ni siquiera me puedo proyectar toda la vida acá, acá ni en ningún lado, ya tengo ganas… siempre tengo ganas de irme a vivir a otro lado”. Es un rasgo que es resaltado y construido como parte de las narrativas biográficas. Propone una manera de desplegar la “experiencia exílica” (González Roux, 2017), aquella que resignifica la valencia negativa, privativa, expulsiva de la narrativa del exilio, para devolverle una lectura que recupera dimensiones valoradas, positivas, que también han hecho huella en la experiencia biográfica.
Temporalidad de los hogares
La movilidad propone un modo particular de construir el sentido de “estar en casa”, no solo por la itinerancia geográfica, espacial, sino también por el tiempo implicado en construir un modo de apego a los espacios, al hogar (Altman y Low, 1992). Los sentidos que construyen un modo de habitar el mundo movilizan, además, una temporalidad particular. Los tiempos de construcción de pertenencias y de los hogares que las contienen, resultan hibridizados: las casas del pasado, las del futuro, las del anhelo, son hogares que emergen con los tiempos que convoca la memoria. Así, los relatos sitúan, en los recuerdos sobre las casas de la infancia en el exilio, algunas huellas de la experiencia de la temporalidad que se condensan como rasgos particulares de las biografías. En términos memoriales, el acto de rememorar los hogares no solamente supone recordar hogares pasados, sino que al mismo tiempo se trata de definir lugares y llamarlos “hogar” (Fortier, 2020:124). En tanto espacio en que se habita y se trabajan las identidades, el recuerdo convoca diferentes acepciones que refieren tanto cómo los espacios hogareños, imaginados, como los espacios físicos, son habitados. Pueden serlo en sentido literal (morada) como también remitiendo a la idea de “membresía” en cuanto a espacios, tanto del pasado como anhelados para un futuro.
Los modos particulares de habitar se despliegan más allá del dominio del hogar, o de su acepción domiciliar: suponen un modo de construir un sentimiento de pertenencia, un modo de “estar en el mundo”. La idea de la pertenencia desborda así la mirada residencial y se propone como una experiencia “de estar con otro y tener un lugar en el conjunto, algo como ir estando-siendo con otro, sin que haya una razón específica para estar o ser con ese otro” (Puget, 2000: 463). Desde esta mirada, la pertenencia se encuentra involucrada en la constitución subjetiva y memorial: aquellos eventos que conforman la pertenencia, que se inscriben en una historia, en un grupo, se confirman sobre la base de lo referencial o de lo territorial. Mientras los desarraigos se instalan como una “lesión” de un componente estable de una ilusoria pero invariable pertenencia, los modos de habitar las casas de entonces perduran en la memoria con sus temporalidades a flor de piel en las experiencias biográficas.
Las casas que se escurren
Asociada a la experiencia del exilio hay quienes que, como Deborah[54], refieren al carácter inconcluso de sus experiencias. Deborah asocia la dificultad de finalizar procesos a su experiencia infantil en el exilio, cuya cotidianeidad se erigió en los terrenos lodosos de la variación entre casas, países y afectos. La experiencia de desplazamiento invita a considerar los intervalos también como tiempos y espacios de asiento. Esta “inconclusión” que señala Deborah parece funcionar como un indicio que busca en la infancia posibles respuestas:
el contexto del exilio es un temón […] la alteración de nuestra normalidad, o de la vida cotidiana de cualquier niño, niña, y después te trae un montón de problemas psicológicos ¿entendés? O sea, después bueno, sos grande y no entendés por qué no podés hacer tal cosa. […] es esta cosa del no poder terminar algo, ¿entendés? “Sí, yo empecé con esto pero…” “yo empecé con esto pero no lo terminé” “¿Me falta esto? Sí, pero no… no, no me sale” “No quiero, me aburrí”, “no puedo”. A todos nos costó mucho, mucho, mucho terminar o carreras, o qué sé yo, oficios, algo… hay algo que siempre falta, que nunca… ¿no? porque siempre es: “Me voy a ir, bueno, no lo termino”. Como algo inconcluso, que queda ahí como que queda trunco o también los impedimentos. […] Siempre estoy empezando algo que no… interminable, ¿entendés?
En el relato de Deborah parecería plasmarse una forma inquieta, una experiencia que se detiene en el lapso previo al destino, o a la finalización del proceso. Algo relativo al trayecto fragmentario logra activarse con tal fuerza que impide arribar a un punto de llegada, volviendo a poner en marcha los sentidos de estar en marcha, “en casa”, en movimiento; y, al mismo tiempo, dejando un hueco alrededor de lo que “falta” como si fuera una evidencia resbaladiza de lo que no puede ser saldado. Las dificultades que propone, Deborah las vincula con su experiencia infantil del exilio, con los modos de habitar los proyectos propios, con los modos de habitar un hogar, un vínculo afectivo o una patria donde pertenecer. La “lógica del intervalo” o la que propone Sayad como “lógica del movimiento migratorio” (en Lara, 2010: 18) encarna las experiencias de arraigo y desarraigo y las rutas que trazan los tránsitos. De esa dinámica resulta la experiencia dislocada que expone los efectos subjetivos –no solo los espaciales, sino los que hacen también la experiencia de la temporalidad provisoria–. Para Sayad, más allá de los cambios en el status migratorio, “la experiencia subjetiva de permanencia continúa siendo experimentada como temporal” en la adquisición de aspectos formales que garanticen una inserción y estabilidad (como la documentación) (Lara, 2010:19). Así, no se trata sólo del espacio sentido como aquel donde “estar en casa”, sino también de los tiempos que configuran el ritmo de habitar.
Al preguntar sobre los posibles retornos a la Argentina o a Uruguay, las experiencias relatadas son diversas. Gran parte de los entrevistados reconstruye, en su relato, una atmósfera de regreso latente y pendiente. Como un núcleo de la experiencia exílica, el regreso parecería cristalizarse. ¿Hay modo de evadir la pregunta acerca del regreso, cuando se está en el corazón mismo del fenómeno experimentado? La experiencia de la temporalidad también está implicada en la eventualidad del retorno. Esta temporalidad se pone en juego también en el rasgo mítico que imbrica al retorno: allí el regreso no solo encapsula un pasado reinventado, idealizado (¿ficticio?), sino también un futuro idealizado que se proyecta sobre una aspiración remota (Al Rasheed en Zetter, 1999:4).
Para algunos, como Julieta[55], Cecilia o Darío[56], la experiencia sobre la posibilidad del retorno estaba también organizada por un tiempo mencionado por sus padres y madres. El “año que viene”, dentro de “dos años”, en un “par de años”, parecerían haber sido experimentados como acuerdos o garantías. Estas duraciones, también ignoradas por los padres, madres y adultos, proponían, tal vez, una prórroga sobre la incertidumbre. Los niños y niñas de entonces reconstruyen en sus memorias modos de interpelación a los adultos con respecto a estos compromisos temporales asumidos familiarmente.
Cecilia cuenta que el apartamento que sus padres habían comprado en Montevideo y que “estaban pagando por banco hipotecario”, mientras estuvieron en Venezuela “quedó cerrado”. La casa permaneció a la espera porque “la idea de mis padres era que la dictadura iba a durar un par de años, entonces íbamos a volver a vivir ahí”. También recuerda que le explicaron “poco” sobre la ida a Venezuela: “nos íbamos porque había dictadura y a los dos años íbamos a volver. Después fueron nueve”.
Un poco más al norte del continente americano, Julieta se acuerda del día en que caducaron los “dos años” que les dijeron debían pasar para volver a la Argentina: “Me acuerdo de mí misma, así como un león enjaulado llorando en el patio de mi casa: “hoy se cumplen los dos años”. Ese día Julieta estuvo “dando vueltas así como: ‘tenemos que estar volviendo, tenemos que estar volviendo, tenemos que estar volviendo’”. Ya en su adolescencia, después de haberse repetido el lapso del “contrato” aplazado de la vuelta, recuerda no tener ganas de volver. Así, Julieta asocia esta suerte de compromiso de la vuelta con la tensión que presentaba el abandonar los nuevos espacios a los que estaba integrándose. Aunque sí extrañaba a su familia “no tenía ganas de volver literalmente”.
Para otros, como Elisa, los deseos propios resultaron pospuestos:
Siempre nos estábamos por ir… Siempre con las maletas a medio hacer, no literalmente. Yo siempre quise estudiar piano, pero siempre era: “cuando volvamos, cuando lleguemos a Suecia, vamos a ver dónde nos quedamos”. Cuando me lo ofrecieron, ya no quise…
La vivencia de estar con “las valijas prontas”, o de vivir entre cajas de mudanza, ha sido cristalizada e incluso denominada como un síndrome propio de la vida exiliar. La transitoriedad supuso para Elisa resignar al deseo de aprender piano. Si la idea normalizada de la infancia trae consigo la relevancia de un medio estable en el cual poder desplegar los cambios propios de la experiencia infantil, la experimentación o los proyectos, ¿Cómo desarrollar estas experiencias singulares en un contexto de movilidad provisoria? Este movimiento ansía un arribo a un futuro próximo, a un lugar donde ubicar un piano y un sentido de hogar. Para algunos tránsitos, como el de Elisa (Uruguay, Brasil, Suecia, Nicaragua, nuevamente Suecia, España) el propio deseo quizás se ofreció como una suerte de amarre imaginario que sostenía un anhelo expectante sobre ese lugar del futuro. Para muchos niños y niñas, en el entorno familiar se iban tejiendo relatos, proyectos, ilusiones que vendrían al momento del regreso. Estos relatos sobre el retorno y las ficciones que lo constituyen forman parte del “mito del retorno” (Zetter, 1999), y promovían una temporalidad alrededor de un hogar expectante en el cual tendrían lugar los deseos propios y los heredados.
Para Darío, la vuelta fue también una pregunta. Recuerda haberles consultado a sus padres por la vuelta a Buenos Aires, encontrando respuestas que hacían equilibrio en lo probable:
Una cosa trajo la otra y se hicieron nueve años. Luego del golpe militar fue claro que no se podía volver en ese momento. Y, poco a poco, la cosa se fue dando como el juego de quedarse. Pero como vos habrás escuchado muchas veces, al principio y durante casi todo el tiempo había una sensación de provisoriedad que prácticamente no se terminó nunca. En los muebles, en los proyectos locales y “el año que viene cuando volvamos a Buenos Aires” no pero el año que viene es muy probable… y era una conversación en las comidas: “che pa, ma, ¿vamos a volver a Buenos Aires?”, “Sí, por supuesto que vamos a volver”, “Y ¿cuándo vamos a volver?”, “ Y… muy probablemente el año que viene vamos a volver a Buenos Aires”. Yo que vengo de una familia de ansiosos creo que eso fue también otra de las gotitas en la marmita de la neurosis que me puso, me fijó en una, en un estilo un poco más ansioso que lo recomendable. Es muy difícil estar y no estar en un lado. Fueron pasando los años. Después separados, el regreso fue ya en los primeros meses de Alfonsín.
Estas respuestas renovadas, pospuestas hasta el siguiente plazo, implicaron para muchos un clima de provisoriedad, tal como señala Darío. Así, la ansiedad supuso una modalidad en la que, al mismo tiempo que transcurría la experiencia cotidiana en un entorno, se proyectaba con expectativa la migración de regreso venidera. La ansiedad, para Macon (2019), es una dimensión afectiva con rasgos específicos para la agencia. La ansiedad contiene una temporalidad propia: la futuridad, y configura así un “arco afectivo” particular que marca un modo de actuar que, según Ngai (2005), diverge de las que llama “emociones plenas” formando parte de las “emociones expectantes”. La ansiedad es ubicada en línea con el concepto de futuridad y la dinámica temporal del diferimiento y la anticipación, relacionada también con la fantasía (Ngai, en Macon, 2019:151). Este carácter ansioso al que refiere Darío puede comprenderse también desde esta mirada, atendiendo al rasgo expectante, imaginario, predictivo y fantaseado de la posibilidad del retorno. Quizás esta ansiedad ha formado parte de muchos de los climas de los hogares de entonces como “arco afectivo” (Macon, 2017) particular de la experiencia exílica.
Esta posibilidad deviene también de la definición que retoma Macon de Heidegger, que es bastante sugerente: este afecto supone un sentir “no estar en casa”, que es a la vez afectivo y también ontológico (Randolph en Macon, 2019: 150), encubierto, tornándose “no familiar”. Lo extraño, lo inquietante, supone aquí un síntoma de un estado que tiende hacia un mundo con significados que nos preexisten, que no elegimos ni tampoco creamos. Con la decisión del regreso se irrumpe la cotidiana familiaridad y balbucean las coordenadas que orientaban nuestra actividad en el mundo (Randolph en Macon, 2019). Eso es lo que produce una inquietud particular, una expectativa en torno a la posibilidad de seguir siendo sí mismos cuando el mundo que conocemos resulta interrumpido: las rupturas en torno a la familiaridad han provocado ansiedades tanto a adultos como a los entonces niños y niñas. A través de los relatos, podemos recuperar escenas sobre esta inquietud como atmósferas que han untado a cada miembro de la familia, quienes de diferente modo han elaborado modos de pertenencia y desarraigos en el transcurso de los tránsitos del exilio.
Macon también recupera la distinción que hace Ahmed sobre la ansiedad y el miedo. Para la autora, el miedo se produce en relación a un objeto. En el caso de la ansiedad es una “anticipación tensa de un evento vago y amenazante” o un “sentimiento de suspenso inquieto” (Ahmed en Macon, 2019: 151). Asociada con la incertidumbre, la ansiedad se propone como una emoción activa, alerta a la cercanía de la realización de un evento; “al notar que deseamos algo que puede suceder o no, pero no por esto nos tornamos inactivos” (Ahmed, en Macon, 2019: 152). Se trata, entonces, de una temporalidad enlazada con el futuro, con la experiencia de futuridad que contiene el sentimiento de ansiedad. Esta experiencia está ligada también a la noción de crisis. En muchas experiencias narradas surge esta experiencia activa, como la que expresa la pregunta alrededor de la vuelta incierta y venidera. La ansiedad devenida o compelida, como el propio exilio, guarda vínculo con aquello futuro, con el retorno, y es alimentada por aquello latente que es tenido como cierto e incierto a la vez, un sostén en los intervalos que arman la incertidumbre. En línea con la descripción de Darío en ese “estar y no estar” a la vez, aparece evocada la pregunta insistente que, recelosa y recordada, se dispuso también como modo de acción para calmar, quizás, la ansiedad de la experiencia cotidiana de “no estar del todo” en casa.
Las casas perdidas
Los territorios, el “lugar propio”, son también parte de la experiencia. Las ciudades, los barrios, como las casas, se vuelven biográficos, en la medida en que los anclamos a nuestra experiencia: “son lugares míos”, de algún modo. En el ejemplo de Knez (2014), tanto “mi” viaje a Paris como el hogar de “mi” infancia operan no solamente como una declaración sino también “como un acontecimiento autobiográfico personal”. El sujeto selecciona, y puede estar implicado “cualquier” lugar que opere como una estructura organizativa del “lugar mío” (Knez, 2014). Para las experiencias que abordamos aquí, ¿es posible considerar “cualquier” lugar para considerarlo propio? ¿Cuáles son entonces los lugares “míos” que constituyen un hogar? Según Brah (2011), recordar el hogar supone combinar fuerzas de movimiento y de apego al mismo tiempo. Se trata de movimientos de viajes entre hogares, de “saludar a los fantasmas del pasado” de regresar o de ir hacia adelante, incluso el procesamiento de lo que podría haber sido el hogar. El trabajo del recuerdo implica no solo el movimiento físico sino también el emocional, tanto de crear un hogar como de volver al hogar, tanto fuera de él como dentro de él.
Chawla (2003) reúne diversos trabajos que abordan el vínculo de los adultos de hoy con los lugares de la infancia. Varias nociones (apego, afiliación, preferencia, sentido del lugar, arraigo) abordan este vínculo y desde ellas, Chawla propone ahondar en una idea central, que sostiene que los niños y niñas que se encuentran apegados a un lugar lo valoran no solamente por satisfacer necesidades físicas, sino por las cualidades intrínsecas que presenta. Esto se expresa también en el placer de revivir un lugar en la memoria y en la nostalgia de su pérdida, que atestigua lo duradero de ese enlace. En este sentido, resulta un desplazamiento de lo infantil, entendiendo que los “lugares” de infancia son, por metonimia, la propia infancia perdida[57]. Los movimientos de apego fomentan, así, la intimidad de las experiencias hogareñas, imaginadas del pasado o proyectadas hacia el futuro (Ahmed et al. 2003:131).
Entre los relatos de quienes vivieron su niñez en el exilio, varios coinciden en que el recuerdo viene para volver a casa. Así relata Agustín[58], quien después de treinta años volvió a visitar a su familia, que estaba aún en Cuba. Con cierta maravilla y algo de extrañeza, rememora la experiencia inconsciente de poder guiar a su familia hacia el lugar de su infancia:
y cuando vamos yendo de un lugar de La Habana, desde el cerro a un lugar, Miramar, que era el barrio donde vivíamos de chiquito, la cosa muy extraña era que andando el auto… cosa justamente por las cuestiones de la memoria, yo sabía el camino. Tenía treinta años: vas por acá y se cruza un túnel bueno, saliendo del túnel la rotonda a la derecha, bueno acá en la izquierda y la próxima a la derecha de nuevo. Como que ese camino, muchas veces, de volver a casa en auto, teníamos un Fiat, un auto viejo cuando era chiquito. ¡Conocía el camino! ¡Sabía cómo volver a casa!
La sorpresa de haber preservado el camino en algún rincón del recuerdo también es mencionada por Mariana, quien recuerda que, ya de adulta, hizo con su familia un recorrido en auto por todas las casas en las que vivieron y resalta que “a todas volví de memoria” sin ver las direcciones. Memorizar los caminos era la manera de referenciar la casa, quizás como parte de la estrategia para volver, sin dejar huellas ni registros de sus residencias, ante la amenaza del descubrimiento. No había, en aquél entonces, miguitas de pan. Y ante el riesgo de perderse en el bosque, hasta el día de hoy la memoria protegió del olvido a los caminos.
En su relato, quebrado por la emoción, Irene[59] subraya tener intacta la referencia sobre cómo llegar a su casa de la infancia en Madrid y el camino para (re)encontrarse con su amiga de la escuela. De forma significativa se conservan algunos caminos cotidianos y no otros; aquellos que tuvieron un lazo afectivo, emocional. Aquellos que han dejado intactos los pasajes para un posible retorno, en el recuerdo y en el encuentro. Por otra parte, para quienes nacieron durante el exilio de sus padres y crecieron en otros países diferentes al de sus familias de origen ¿cómo son los recuerdos sobre las calles de un país donde no se vivió? Diego es israelí, uruguayo y argentino. En su caso, el orden de la vivencia no acompasa el orden de los hogares a los que se siente pertenecer. Diego cuenta con lo agridulce de la nostalgia que “quería ser uruguayo y no me salía” y recuerda el desfasaje de querer ser y no poder encontrar el camino en la casa de origen:
[no me salía] conocer las calles, una boludez, porque podés ser uruguayo y no… y haberte olvidado de cómo viajar en ómnibus, cómo ir de tal lugar a tal lugar… pero a mí me consternaba: ¿y si me preguntaban a mí? Y también, si me preguntaban acá [Argentina], alguien me pedía algún dato, alguna cosa u otra ¡y yo no sabía! Pero entonces, ¿uruguayo qué? Y… lo vivía… con trauma.
Recordar u olvidar los caminos no quiebra el sentido de pertenencia para quien es parte del lugar. Pero para aquel a quien el recuerdo no le permite reponer el vínculo con el espacio, parece ser algo constitutivamente incompleto, una raíz frágil. Este lugar brumoso es, tal vez, para Bachelard la “casa onírica”, aquella que viene de más lejos, desde una inspiración más inconsciente que la preocupación por la protección. La “casa natal” se erige sobre la “casa onírica”, la de la pertenencia, donde nos “perdemos” (2006:116)[60]. El espacio corporiza, tal vez, las tensiones que supone la pertenencia, la herencia y lo ajeno. Mientras en los ejemplos anteriores prevalece el descubrimiento casi iluminado que aún ofrece el recuerdo en las maneras de llegar a sus casas, en este último es el descubrimiento de otro el que pone en jaque la autenticidad de la pertenencia.
Esta perspectiva del hogar y sus desplazamientos nos convoca a dar un paso más en la reflexión y considerar, como hace Ahmed (1999), las dislocaciones que produce el exilio político, tanto en términos espaciales como temporales. La experiencia pasada se asocia con un hogar que “es imposible habitar y ser habitado en el presente”. Por lo tanto, la autora nos propone que la dinámica de salir o entrar a casa, supone siempre una cuestión de memoria y, con ella, una fractura (o un movimiento) en la continuidad entre el pasado y el presente. Propone así una similitud entre la dinámica memorial y la del habitar (salir y volver a casa) (Poult, en Ahmed). Como sucede con los recuerdos, podemos hacer volver los lugares familiares a partir de su evocación, ubicarlos en ese espacio original de comodidad. De este modo, Ahmed señala que los lugares se comportan igual que los recuerdos pasados, como recuerdos que se van y regresan (Buijs en Ahmed, 1999). Pero este regreso al hogar se vuelve una proeza imposible: “es imposible regresar a un lugar que se vivió como hogar, precisamente porque el hogar no es exterior a uno mismo, sino que está implicado en él” (Ahmed, 1999:343). Tal como ilustran las escenas de los relatos, la memoria resguarda los hogares subjetivamente implicados, permitiendo así recuperar el camino a la casa de la infancia. Y estas casas se emplazan en las pequeñas fisuras de la imposibilidad: de volver a habitar el “mismo” lugar, de volver al lugar siendo ya otro, de no ser habitado del mismo modo por aquello que se añora como familiar.
Camilo[61] volvió a la casa de su infancia en el norte de Italia. Aunque el entorno cambió, Camilo relata el modo en que se conmovió al retornar al espacio de su niñez:
Sí, sí, [volví] a mi casa, y me acuerdo me temblaron las piernas de una manera increíble, cuando tuve que subir esa escalera, me costaba. Fue increíble, una sensación increíble. El barrio, como todo, cambió completamente. Pero el edificio está igual, lo único que la puerta de entrada era distinta, esta era una puerta de madera, tipo monasterio medieval digamos, una puerta de entrada. y ahora puerta de vidrio, re coqueta, moderna. Y me acuerdo toqué timbre al que correspondía con el piso. Le expliqué, en mi italiano afectado por la uruguayez y me abrieron. Y empecé a subir hasta que llegué a la puerta de mi casa con las piernas, me acuerdo me temblaban. No me dejaron entrar. Ni se los pedí en realidad, no fue que me dijeron: “¿querés pasar?”, no; me atendieron ahí, de la puerta, fue suficiente.
La puerta que separa el recuerdo imaginado y la expresión actual del espacio mantuvo intacto y “suficiente” tal vez, el contacto con el hogar de su infancia. Fortier nos acerca el argumento de Probyn que se posiciona en contra de una mirada “fundacionalista” de la infancia como origen, al considerarla como un “evento”. No concibe el recuerdo del hogar como un “punto” hacia el cual los sujetos nos movemos sin vacilar, sino que lo aborda como una “dimensión vacía de comienzos”. Es decir, son comienzos que se borran constantemente y que obligan a los sujetos a comenzar una y otra vez. Así, se reorienta la mirada sobre el origen fijado en el pasado distante: este es reprocesado y vuelto a procesar de forma repetida, a partir de los múltiples retornos al pasado, tanto físicos como memoriales. Cada retorno físico moviliza un contacto emocional con el pasado y con la experiencia infantil, que hace temblar, quizás, las formas en que la subjetividad ha habitado el primer hogar y los trayectos siguientes. Los recuerdos sobre “las casas perdidas” implican la labor de retornar al lugar natal y de re-construirlo. Es así que en los relatos aparece, tal como nos propone Bachelard (2000), el nombramiento de un “hogar” (patria-familia-origen) que es primero anónimo y que luego comienza a ser pronunciado con afecto y con la huella de las raíces: “hasta el punto que, cada vez que hablamos de él, lo hagamos como los amantes, encantos nostálgicos, y poemas desbordantes de deseo.” (Goyen en Bachelard,2000:68).
El jardín de las pequeñas orfandadades
Sé muy bien que en la infancia de todo el mundo hubo un jardín particular o público o del vecino. Sé muy bien que nuestro jugar era su dueño. Y que la tristeza es de hoy[62].
La nostalgia sobre esa propiedad del jardín que albergaba los juegos y las fantasías infantiles, es también parte de las memorias de infancia. La infancia es, como el jardín, un lugar de pertenencia que resulta diluido por el tiempo, y se transforma, así, en un lugar frondoso y añorado donde tiene lugar la felicidad como designio normativo. Para quienes crecieron en el exilio, los jardines de la infancia cobran, a su vez, otros sabores particulares. En ellos se siembran –y también se podan– pertenencias que acompasaron los movimientos de los tránsitos.
Las pequeñas orfandades son, tanto para Said como para Sofía, expresiones de una diferencia, que al mismo tiempo define un sentido de sí mismo para muchos y muchas que experimentaron el exilio. Más que un rasgo “exagerado” de la diferencia, al decir de Said, me interesa atender a la característica evanescente de la experiencia de la “pequeña orfandad”. Una experiencia biográfica que encuentra en el exilio durante la infancia el ritmo suspendido del tiempo subjuntivo. Son lugares tal vez fantasmáticos, en el sentido de que son “difíciles de asir”, una “facticidad tenue, más allá de la facticidad […] siempre del otro lado de la pertenencia” (Moreiras en Link, 2009:12). En estos relatos se funden la figura de la infancia como fantasma (Link, 2009) y sus jardines, fantasmáticos por añadidura. Las imágenes que imprime el recuerdo en sus apariciones veladas y confusas, dan cuenta de lugares que han sido extraviados como pertenencias –aunque no como lugares anhelados–. En muchos de los relatos, parecería ser como si en pleno desperezar de las flores, el jardín hubiera resultado interrumpido. Para llevarse consigo postales propias, se precisa también de tiempos y de formas. Como pertenencias portátiles que acompañan las biografías desde “dentro”.
Cuando Irene cuenta sobre sus amigos de la infancia, resalta que en su escuela en España tenía muchos amigos y jugaban entre los pasillos angostos “con las manos así”. Recuerda esa experiencia con cierta nostalgia: “me acuerdo de tener muchos [amigos] porque cuando vine acá no volví a tener muchos amigos, amigos de todos los grados, era muy llamativo”. Mientras cuenta sobre una gran amiga que siguió viviendo en el mismo barrio y con la cual se reencontró ya en la adultez, resalta que esa experiencia de jugar con niños y niñas de todas las edades “nunca más me pasó en la vida”. Asimismo, al cierre de la entrevista, Cecilia refiere emocionada a los amigos, a los afectos de la infancia como un lugar común añorado, un anhelo de pertenencia construido con otros:
Bueno, algo que yo… me hubiera gustado en mi vida, si fuera distinta… es de tener amigos en la infancia [se emociona] Tener vínculos mucho tiempo. Supongo que tendrá que ver con esto, tengo pocos amigos de mucho tiempo, los grupos de pertenencia. Me encanta la gente que tiene cosas, lugares de pertenencia. Que te junte algo… cualquier cosa, un abuelito, no importa [se suena la nariz]. […] lo que sí pienso que es bueno, que fue bueno para mí… que generó algo bueno, es que… yo me considero una persona… muy adaptable.
Estos lugares de infancia, como parte de un lugar originario en donde se centran los afectos, están cargados por sentidos de amor y también de pérdida. Espacios de los que han sido separados por la fuerza quienes han debido exiliarse (Parker en De Sas, 2017:161). Al mismo tiempo, como otra cara de la moneda, Cecilia señala su capacidad para adaptarse a diversas situaciones como un rasgo positivo de su experiencia en Venezuela, tal como se subrayó en la sección anterior.
Para Daniela los vínculos también han sido móviles: “Si yo ahora me pongo a pensar cómo en mi vida en general hubo un montón de gente que entró y salió de mi vida, ¡un montón!”. Mientras cuenta que con gran parte de ellos no tiene relación, también refiere a ese lugar despoblado de los amigos de la infancia:
No es esa idea de “construyo un vínculo entrañable…”; yo no tengo amigas, por ejemplo, de la primaria, no me quedaron amigos. De la secundaria no tengo vínculo, sí tengo con uno o dos, ponele. Yo a veces admiro la capacidad de la gente de “son mis amigos de cuando íbamos al jardín” Yo digo: ¡qué loco! A mí no me pasa, no me pasa… y creo que hay una idea de habernos ido.
Algo de ese jardín resulta como abandonado, poblado de afectos desplazados. Así lo señala Turton: “el desplazamiento no se trata sólo de la pérdida del lugar, y el dolor y el duelo que esto conlleva. También se trata, e inevitablemente, de las luchas por hacer un lugar en el mundo” (Doná y Veale, 2011:44), un lugar también de interpretaciones, de encuentros, de afectos y de pertenencias como modos de “estar-siendo” compartidas.
Según Gastón los amigos de la infancia (y su ausencia) también son un rasgo que lo distingue de las experiencias de otras personas de su misma generación:
Un poco tiene que ver con lo que comentábamos hace un ratito, que no te conozcan de tu infancia. Es común ver personas de mi edad que tienen amigos o amigas… mi cuñado, por ejemplo, tiene amigos de la escuela, de primer grado. Eso para nosotros es imposible, digamos. Salvo con uno o dos hermanos del exilio que bueno, ahora viven en Brasil. O sea que no tenemos el vínculo que ojalá pudiéramos tener […] como que no hay ese registro…
Esta presencia en torno a la ausencia de amistades que acompañen en el tiempo, es asociada como un “registro”, imposible al mismo tiempo que anhelado. Son lugares afectivos, vínculos de pertenencia de una casa con ventanas subjuntivas, abiertas a lo que pudo haber sido. Esta temporalidad que envuelve un modo de habitar esconde también la soledad de lo que no fue. Para Bowlby la “fuente de la mayor miseria en la infancia es quedarse solo” (Hamburger et al.,2018:152). Así, las temporalidades que entrelazan pérdidas y separaciones con sus diferentes duraciones, temporales o permanentes, encuentran en los amigos de la infancia un jardín deshabitado. Estos también suponen duelos, en tanto “respuestas a las pérdidas de alguien o de algo” como procesos de reorganización.
El trabajo de Calvo señala la forma del duelo parcial como aquel en el que el objeto de pérdida no desaparece como tal y para siempre, sino que está presente la posibilidad del reencuentro. Las pérdidas de los procesos migratorios son múltiples e imprecisas: ni tan nítidas, ni tan completas, ni tan irrevocables. Se trata de “pérdidas ambiguas” (Boss en Calvo, 2005 :84). Los objetos de duelo pueden ser los países, las culturas y los idiomas; también los vínculos (como los amigos, el hogar, etc.), que no desaparecen, no se pierden, porque permanecen donde estaban “y es posible contactarse e incluso volver”. En este sentido la mayor parte de los entrevistados cuentan que han buscado recontactar –e incluso lo han conseguido– con amigos de la infancia, principalmente a partir del surgimiento de las redes sociales. Hay un gesto reparador en las búsquedas que insisten en el tiempo, de recuperar a los amigos sembrados en el pasado infantil (¿siendo los mismos o ya otros?). Con todo, las pequeñas orfandades invocan el encuentro en un tiempo que pertenece al recuerdo, en un espacio que pertenece al anhelo, en un lazo que es aún pimpollo en el jardín de la infancia.
José refiere al darse cuenta de un rasgo de muchos argentinos, quienes “arrastran” amigos desde la primaria o la secundaria, que se vuelven a juntar y son “amigos para toda la vida” pese a las diferencias: “uno es de River, otro es de Boca; uno es peronista, el otro no, siguen siendo amigos y se juntan los domingos a comer asado”. José agrega con nostalgia: “yo no tengo a nadie así”. Si bien tiene amigos que quiere “muchísimo”, “no soy 100%… hay una parte donde…”. Para Gabriela este rasgo es también un motivo de tristeza:
Y otra cosa que me pasa es que tengo tristeza de no tener amigas. Tengo amigas, amigas del alma, porque yo creo que la amistad es mucho más profunda, la que se puede construir a lo largo de la vida pero esa amistad que no tiene palabras, que siempre está y que es permanente ¿viste? De que podemos ser amigas, trabajar tres años juntas y tener una intensidad de vínculo tremenda pero ella [fulana] tiene las amigas de su colegio, de chiquitita de su barrio, y me dicen cosas como: “todas somos distintas, seguimos siendo amigas porque, bueno, eso que no sabés por qué” y ahora con las redes que ha habido como una revolución de todos esos reencuentros. Bueno, eso yo lo vivo con mucha tristeza, como un quiebre así… y lo vivencié, muchísimo viví el exilio.
Para Isabel, estos jardines también integran “la soledad ideológica”. Reconoce que no se trata solo de quienes experimentaron el exilio, sino más que nada de las “historias familiares, de participación o no, de militancias o de involucramientos.” Esta soledad no sólo remite a las herencias, señala, sino a los modos en que cada quien se involucra y se “mete en los procesos históricos, políticos”. Como escena que ilustra esa consideración, Isabel relata:
me acuerdo de amigos que contaban lo de las Malvinas acá. Como, bueno, podía haber bombas y todos esos relatos. Y yo lo mezclaba con lo que conté antes de los simulacros de temblores, ¿viste? Me dice: “no había que meterse debajo de la mesa por si había una bomba” y yo lo hacía con lo de los temblores ¿viste? Que tampoco nadie me dice “¿Cómo? ¿temblores?,¿cuándo?” como algo que acá nadie vivió.
Para Isabel, la soledad se trataba, también, de la imposibilidad de compartir acontecimientos impactantes por los que atravesó en su infancia, como el terremoto en México. Meterse debajo de la mesa es un recuerdo sobre una acción en torno a la experiencia, tanto de la guerra de Malvinas como de los temblores. Sin embargo, ante la misma práctica, hay algo de intransferible en los eventos experimentados, pese a estar protegiéndose en ambos casos bajo el techo de la mesa.
Preservar los vínculos era lo que le preocupaba a Mariana. Para ella, el desprendimiento más difícil en cada desplazamiento, más que el de las cosas “porque las cosas, que se yo, no te aferrás tanto por ahí” era el de “los vínculos que armás”. Por eso, a escondidas de sus padres, Mariana se llevaba a sus amigos “de país en país”. Mariana me cuenta “yo tenía una clandestinidad adentro de mi familia [risas]” porque llevaba anotados nombres de personas en una libretita “así de chiquitita con los nombres de todos, país por país, cosas así. Pero no tenía las direcciones, en algunos casos, en otras sí tenía. Entonces después, cuando volví, pude llamarlos, ubicarlos.” También recuerda que le gustaba mucho un chico: “y entonces estábamos como enamorados, y entonces nos escribimos durante todo el año que yo viví acá con mis tíos, nos escribíamos cartas, pero cuando estuve en Cuba no podíamos escribirnos […] pero acá sí, acá nos escribimos un montón”.
Así, las niñas y niños desarrollaron pequeñas grandes estrategias para mantener los afectos construidos en cada lugar, pese a la premisa de no conservar nada que permitiera establecer identificaciones, como los nombres. Los nombres y direcciones que conservó Mariana en su libretita, como una forma de resistencia, de aferrarse al mundo de lazos que es también el de las pertenencias, le permitieron seguir el rastro y reencontrar a quienes han sido parte de su historia.
Al llegar a la casa de Sofía en el segundo encuentro que fijamos, cuenta que, previamente, se mandó un mail a sí misma para no olvidarse de contarme algo:
Estaba viendo una película en la que una chica vuelve a la casa de su madre, y vuelve a la habitación de toda su vida. Bueno. Yo no tengo eso. Me puse en el mail: “Yo no tengo una habitación a la que volver”. Y eso tiene que ver con el exilio porque si no nos hubiésemos ido, por ahí mis padres se hubiesen separado y yo me hubiese cambiado de colegio pero no cinco, seis veces de colegio.
En esta línea agrega que:
siento muchas veces una pequeña orfandad en el sentido que no tengo una trayectoria, no tengo un lugar al que yo puedo volver y sentirme que estoy en mi casita. Eso no lo tengo yo, y creo que ninguno de los hijos de las personas que se exiliaron lo tiene, porque se perdió, porque esas casas se vendieron, porque hubo que hacer otra casa con otra cama, con otra… […] La venida acá no fue tan fácil. El regreso fue duro, me costó muchos años. Por cuestiones personales pero también de no haber estado en la movida y no saber un carajo de historia, y no haber leído, como un vacío que tuve que ir llenando.
Sofía trae emocionada a su relato esas pequeñas soledades, aquí referidas a la habitación propia como punto al que volver, ese lugar vaporoso difícil de alcanzar por su lejanía en tiempo, en espacio, en experiencia, por su fantasma que nos habita[63] Es un espacio de ambigüedad porque, a pesar de volver, no es el mismo lugar, no son las mismas personas, no es el mismo entorno. Esa nostalgia, que es articulada, se basa en un “movimiento bifurcado”, en la “sensación de una mirada que se dirige hacia atrás y hacia adelante” o lo que sería, para un jardín, la “germinación en el presente y un florecimiento en el pasado” (Probyn, 2015:117). Pese a esta nostalgia de un lugar de infancia donde retornar, como señala Link (2009), “esa confianza idólatra en lo que ponemos en el lugar del beso de la madre o la caricia del padre” (p.213) o donde construimos los primeros vínculos de afecto por fuera del hogar, como los amigos, también se señala el reverso de estas pérdidas. Se trata de la capacidad para labrar nuevas pertenencias, o al menos, para ajustarse a lo que los nuevos entornos proponen.
Conclusiones
En este capítulo intenté deshilar los sentidos que configuran el rasgo singular del desarraigo, como traza que se juega en las narrativas biográficas de quienes transitaron el exilio político durante su niñez. Las diferentes dimensiones rememoradas permiten ahondar en las relaciones entre la casa, la experiencia infantil y la memoria. En esta articulación se labran modalidades de pertenencia y formas singulares de habitar que discurren y se resignifican en la experiencia biográfica. Al mismo tiempo, las formas que asumen las pertenencias están orientadas por los “deseos de hogar” que también admiten la búsqueda como modo. Intenté atender a otros sentidos que promueve la cuestión del hogar, en los bordes de las fantasías de pertenencias amalgamadas, de emplazamientos estáticos, de únicos hogares originarios. Sentidos que se labran en los bordes de los deícticos, en los afectos, en el tránsito. La idea de la búsqueda, a la vez, permite conectar con diferentes temporalidades, con el futuro, el pasado, el presente, el tiempo subjuntivo que podría haber sido. En estas narrativas biográficas se pone en juego una experiencia particular de desarraigo, de extranjería, y las casas conservadas en la memoria de la infancia permiten desplegar sus sentidos y periplos de búsqueda.
Asimismo, en esta tarea procuré atender a los efectos que, en las reflexiones, surgen asociados a la experiencia infantil del exilio, colocando allí un rasgo identitario que acompaña el devenir de las biografías. El foco en los espacios cotidianos permite un acercamiento a las vicisitudes de “hacer pie” en la itinerancia, de aquello que implica “sentirse en casa” (aun pensando en cuál es “la” casa), de recuperar los sentidos que para los niños y niñas de entonces tuvo (y tiene) el exilio.
Desde el primer apartado es posible señalar las múltiples envolturas, afectividades y significados que se ponen en juego en los recuerdos sobre el hogar. Las casas y sus pieles recordadas proponen otras nociones de hogar que no están asociadas al refugio ni a la separación de los mundos privados y públicos, sino más bien a la disolución de dichas esferas. Estas casas de diversas pieles han sido espacio para la violencia potencial y efectiva (el rasgo de oscuridad que es señalado), como también para la participación, a su modo, de las instancias de la vida política. Los relatos de los entonces niños y niñas dan cuenta de actividades involucradas en los espacios donde tiene lugar el activismo político (Nolas, Varvantakis, y Aruldoss, 2016). Entre estas actividades, señala dicho trabajo, también se incluye la presencia de los niños en instancias de militancia política –reuniones, eventos– que tienen lugar en las casas familiares, lo cual expone el carácter doméstico de la vida política de entonces, que se diluye cuando se pone el foco en los “momentos más espectaculares de las acciones políticas” (Dave, en Nolas, Varvantakis, y Aruldoss, 2016 :55). Así, se configuran espacios que guardan sentidos permeados en las articulaciones de tres esferas. La primera, entre lo familiar y lo ajeno, esfera que modula los modos de pertenencia y los modos en que es posible experimentar la familiaridad y la extrañeza dentro del hogar. La segunda, la esfera entre lo público y lo privado, que problematiza los modos en que se imbrican ambos mundos en la casa, el lugar de lo político en dicha imbricación y los lados oscuros de las casas donde irrumpió la violencia. La tercera esfera, entre lo íntimo y la intemperie, despliega modalidades subjetivas que orillan entre el anhelo y la pérdida, entre las añoranzas y las valoraciones que organizan una experiencia y un modo de estar en el mundo.
Un segundo ingrediente que compone la experiencia del desarraigo está asociado a los desplazamientos y al carácter móvil de las casas. Estas casas “andantes” portan –y provocan con su movimiento– una particular experiencia en torno a los modos de “sentirse en casa”, de habitar los espacios, los vínculos, los modos de estar en el mundo. Se trata del movimiento o de la inmovilidad, de las búsquedas, como efectos singulares producidos por los desplazamientos que han marcado las narrativas biográficas. Así, los sentidos sobre el hogar se abren, asumen ambigüedades y contradicciones, distan de ser unívocos. Lo familiar puede ser ubicado en el movimiento, y la estasis del hogar, como modo de habitar ajeno. O a la inversa. O ambos como parte del interior del hogar (Fortier 2020). Los rodeos inquietos de las casas imprimen a su vez una disposición a la búsqueda de un hogar, de un modo de habitar, siguiendo el deseo de “sentirse en casa”. Tal como señala Fortier (2020), se trata de un impulso subjetivo que no se calma en un destino, sino que tiene por objeto el movimiento en el intento de alcanzar un hogar de llegada. Así, para muchos, esta búsqueda supone sentidos plásticos, portátiles, temporales del hogar.
En el intento por desagregar las piezas del desarraigo, emerge la pregunta por el dónde y con ella las etiquetas binarias (“argentino/mexicano”, “sueco/uruguayo”), que deslizan una invitación a ahondar en las profundidades subjetivas que ponen en juego los deícticos o las dicotomías en estas narrativas (Vathi y King, 2020). Las narrativas proponen múltiples sentidos que pueden configurar respuestas de acuerdo a los significados singulares que asume el hogar. Estos sentidos se tejen en los espacios intermedios entre las dicotomías, los espacios “entre” (Sibony, en Soares, 2004) los bordes de corte de las nacionalidades, y en cuya naturaleza también residen los afectos (Ahmed,1999). En estos cauces navegan modos de habitar flexibles, disposiciones a la adaptación a lo novedoso, a hacer hogar en el movimiento, a sentir “el mundo “como una casa”, como parte de la polifonía de efectos que componen el desarraigo. Sentidos sobre el hogar que son producidos a partir de una experiencia, pero que continuamente son reelaborados en los aconteceres biográficos y las diferentes posiciones de los sujetos a lo largo del ciclo vital.
Asimismo, las casas de la infancia y los modos de “estar en casa” recordados alojan diversas temporalidades y encarnan afectividades singulares. Entre ellas, el rasgo subjuntivo que marcan las pérdidas, orfandades, que encuentran en los hogares de la infancia las hendiduras del tiempo. O las memorias que guardan como tesoros los caminos para llegar a las primeras moradas. Las casas imposibles, más que andariegas, parecen estar suspendidas en tiempo, en espacio, en modos de habitar que buscan ser colmados. Así, el desarraigo, tal como señala Puget (2000) se desliza como una lesión en un componente ilusoriamente estable de la pertenencia social. Tal vez se trate de una ilusión arropada en la idea de las raíces y sus arraigos como anclajes normalizados, estables y continuos, de un modo de habitar. Tal vez, las narrativas exponen que esta ilusión de encontrarse “desperdigado” entre “montones de casas” es una cicatriz, una huella de aquel sueño de la infancia rememorada. Las casas que pueblan la memoria “gentilmente” se confunden haciendo lugar a un modo singular de habitar la experiencia biográfica.
- Dujovne, Alicia (1997) El árbol de la gitana, Buenos Aires: Alfaguara. ↵
- Un avance de este capítulo fue publicado como artículo en la revista Sociedad e Infancias: Chmiel F. (2020). Las Casas de Sal: espacialidad y afecto en las memorias de las infancias en el exilio. Sociedad e Infancias, 4, 111-122. https://doi.org/10.5209/soci.67791 y también en la Revista De La Red Intercátedras De Historia De América Latina Contemporánea: Chmiel, F. (2021). Un hogar en la constelación: espacio y afectividad en el recuerdo de la infancia en el exilio. Revista De La Red Intercátedras De Historia De América Latina Contemporánea, 1(14), 150–172. https://revistas.unc.edu.ar/index.php/RIHALC/article/view/33412↵
- La idea del hogar, y más precisamente el “movimiento entre hogares”, es lo que permite, para Ahmed, (1999) que el hogar se convierta en una especie de “fetiche”. Separado de la experiencia mundana “de vivir aquí” y a través de los recuerdos y su “viaje narrativo”, “el espacio que más se parece al hogar, que es más cómodo y familiar, no es el espacio habitado –yo estoy aquí– sino el espacio mismo en el que uno se encuentra casi, pero no del todo, en casa” (p.330). El hogar está en “otro” lugar pero al mismo tiempo se encuentra donde va el sujeto. Es entonces tanto una necesidad de futuro como una imposibilidad, un lugar del pasado que amarra al sujeto, en algún sentido, en algún lugar dado. El movimiento convoca a pensar sobre lo que significa “estar en casa” y establece un vínculo entre identidad, pertenencia y hogar, una “relación viva”, señala Ahmed, que se reconfigura parcialmente desde la perspectiva de quienes se han ido de casa (Ahmed, 1999).↵
- A partir de Bourdieu.↵
- El espacio diaspórico es la noción que define Brah (2011).↵
- La experiencia de migración constituye “un proceso de extrañamiento, un proceso de convertirse extraño a aquello que fue habitado como hogar… el concepto de extrañamiento [“estrangement”] implica un proceso de transición, un movimiento de un registro a otro” (Ahmed en Bonhomme, 2013:2). Este movimiento implica muchas veces el dejar de estar rodeados por un ambiente social y material de acción que en su consistencia permitía la continuidad de la identidad (Giddens en Bonhomme, 2013:2).↵
- Anzieu (1987) señala la piel pero como metáfora del psiquismo.↵
- Eduardo es uruguayo y partió al exilio en Argentina a sus ocho años. Los nombres propios que aquí se integran son, algunos, nombres de fantasía, con la intención de preservar las identidades de los entrevistados; otros verdaderos, por sugerencia de los propios entrevistados. Asimismo, fueron modificadas muchas referencias geográficas, género, número y nombres de referencias familiares, como también nombres institucionales. Si bien presentaré brevemente a cada entrevistado y entrevistada en su primera aparición, en los anexos se encuentra una tabla en la que se integran más datos que intentan caracterizar sus trayectorias, edades, contextos políticos y sociales de pertenencia. Si se utiliza, en algunos casos, el presente histórico, es para no especificar la situación de padres o madres. Algunos de ellos han fallecido, otros han sido asesinados o desaparecidos durante la represión dictatorial.↵
- Sofía es argentina y partió al exilio en Venezuela a sus siete años aproximadamente.↵
- Carla es uruguaya y partió al exilio –primero en Argentina– a sus nueve años.↵
- Diana es uruguaya y partió al exilio en Venezuela a sus seis años.↵
- Felipe es uruguayo y partió al exilio –primero a la Argentina– a sus dos meses aproximadamente.↵
- Gabriela es uruguaya y partió al exilio en Cuba a sus tres años.↵
- Mariana es argentina y partió al exilio –primero a Italia– a sus nueve años aproximadamente.↵
- Sabrina es uruguaya y partió al exilio –primero a Chile– a sus once años.↵
- Los padres de Isabel son argentinos. Isabel nació en el exilio en México.↵
- En ella señala la distancia de la casa (“dejar la casa” ) como factor primordial para la vida política en la antigua Grecia y las distancias entre griegos y romanos en torno a las esferas asignadas a la vida política: “los romanos nunca sacrificaron lo privado a lo público sino que comprendían que ambas esferas solo podían existir mediante la coexistencia”. También la casa se transformó, en la edad moderna, en aquél espacio sagrado y oculto a los misterios de la vida y la muerte, de los afectos, de la intimidad a reservar de la esfera pública. Los recuerdos sobre las casas de la infancia proponen espacios porosos entre la vida íntima, adentro, y la vida política, al exterior (p.47).↵
- Cecilia es uruguaya y partió al exilio en Venezuela a sus seis años aproximadamente.↵
- Daniela es argentina y partió al exilio en Paraguay a sus cinco años.↵
- Que se cristaliza en la literatura cuyos narradores son hijos de desaparecidos. Señala la autora que la profanación del espacio familiar se produce con los allanamientos, los secuestros de los padres en el interior del hogar con los niños y niñas como testigos, la expulsión de los niños y niñas del hogar; agrego los espacios de retorno de la prisión de los padres y madres, que también son recordados (muchos y muchas enormemente dañados física y también psíquicamente a causa de las torturas).↵
- Quiero agradecer los valiosos comentarios, preguntas y recomendaciones recibidos de los evaluadores de la revista RIHALC.↵
- Más adelante mencionado por Alina.↵
- Y propone como ejemplos de ello, el lenguaje jurídico y el religioso.↵
- No es casual aquí recurrir a diminutivos para describir aquello que torna hogar a una casa: objetitos, estantecitos, frasquitos.↵
- Los padres de Lucas son uruguayos. Lucas nació en el exilio en Suecia.↵
- Clara es uruguaya y partió al exilio a Francia a sus dos años aproximadamente.↵
- Para comprender las divergencias en estos hallazgos, el trabajo de Miller (2001) sobre la materialidad ofrece un punto de partida útil. Sostiene que una casa debe abordarse como una organización social que tiene agencia. Miller sugiere que la materialidad de la casa puede informarnos sobre las relaciones detalladas entre las personas y las culturas materiales del hogar, lo que ofrece una visión poderosa de las sociedades en cuestión (2001: 15). Además, el hogar proporciona un medio principal de explorar la apropiación del mundo más amplio por parte del individuo, ofreciendo una representación de ese mundo, dentro del dominio privado. Una casa puede referirse a una entidad o “ladrillos y cemento”, dice Edwards (2000), pero la noción de hogar requiere relaciones tanto entre casas como dentro de las mismas. Esta discusión explora cómo las casas no son estáticas, son “procesuales”, porque se construyen, mantienen y modifican para satisfacer las necesidades de sus ocupantes (Carsten y Hugh-Jones, 1995 en Lewis, 2017).↵
- “Home as a haven, home as a trap”↵
- En este sentido, la metáfora del hogar ve la residencia como un “paisaje arquetípico” relacionado con la protección, con el refugio, que entra algunas veces en tensión con la mirada literal del hogar en tanto residencia (Manzo 2005).↵
- Orozco, Olga (1998). Por amigos y enemigos. Relámpagos de lo invisible. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.↵
- Los padres de Gastón son argentinos. Gastón nació en el exilio en Brasil.↵
- Elisa es uruguaya y partió al exilio –primero a Brasil– a sus cuatro años aproximadamente.↵
- Romina es argentina y partió al exilio –primero a Francia– a sus cuatro años aproximadamente.↵
- Es la tercera y última fiesta de las peregrinaciones del año judío.↵
- Estas reflexiones se presentan en Nanficy (1999: 25).↵
- Damián es argentino y partió al exilio –primero a Brasil– a los pocos meses de edad.↵
- Adriana es argentina y partió al exilio –primero a México– a los dos años aproximadamente.↵
- Alina es uruguaya y partió al exilio en Argentina a los pocos meses de edad.↵
- Dujovne en Bak Cely (2010:36).↵
- Los padres de Analía son argentinos. Analía nació en el exilio en Francia.↵
- Como ejemplo de ello señala: “entre un hombre y una mujer no solo hay una diferencia sexual, hay un espacio entre los dos donde se desarrolla, y donde uno pasa a través del otro, debe pasar a través del otro, ser él mismo y volver a través de sí mismo para ser otro que él mismo, es decir, desear” (Sibony en Santos, 1997).↵
- En su trabajo, Fortier (2020) indaga sobre los modos en que la figura del hogar familiar es desplegada en las narrativas de las migraciones queer. En este sentido recupera la exploración sobre el hogar de la infancia, ya no como algo que se reemplaza, desplaza o abandona, sino como algo que es producido a partir de los diferentes movimientos de los sujetos, tanto por fuera como dentro del espacio del hogar (115).↵
- Que también es señalado por Fortier (2020: 163).↵
- José es argentino y partió al exilio a Italia a los dos años de edad.↵
- En la Divina Comedia, el canto V del Infierno está dedicado al segundo círculo, donde son castigados los lujuriosos.↵
- Los padres de Tamara son uruguayos. Tamara nació en el exilio en México.↵
- Pedro es uruguayo y partió al exilio a Suecia, al año de edad.↵
- “para reclamar una política en la que el movimiento sea siempre y ya un movimiento fuera de casa”.↵
- Brah en Ahmed (1999: 341)↵
- Los padres de Diego son uruguayos. Diego nació en el exilio en Israel.↵
- Los padres de Patricia son uruguayos. Patricia nació en el exilio en Francia.↵
- Esta posición es para Said (2013) arriesgada, por el esfuerzo agotador del hábito de disimular (p. 298).↵
- Macarena es argentina y partió al exilio a Dinamarca, a sus cuatro años aproximadamente.↵
- Deborah es argentina y partió al exilio –primero a Ecuador– a los seis meses aproximadamente.↵
- Julieta es argentina y partió al exilio a México a sus nueve años aproximadamente.↵
- Darío es argentino y partió al exilio a Venezuela a sus siete años.↵
- Agradezco a Valeria Llobet los comentarios y la reflexión.↵
- Agustín es argentino y partió al exilio a Cuba a los pocos meses de edad↵
- Irene es argentina y partió al exilio –primero a Israel– a los seis meses aproximadamente.↵
- Sobre esta atmósfera, Calvino cuenta las reflexiones de Marco Polo al entrar en una ciudad desconocida e imaginar como suya la vida de otros: “de aquel pasado suyo verdadero e hipotético, él está excluido; no puede detenerse; debe continuar hasta otra ciudad donde lo espera otro pasado suyo, o algo que quizá había sido un posible futuro y ahora es el presente de algún otro. Los futuros no realizados son sólo ramas del pasado: ramas secas” (Calvino, 2007).↵
- Los padres de Camilo son uruguayos. Camilo nació en el exilio en Italia.↵
- Álvaro de Campos↵
- “La infancia es lo poco que todos (quiero decir: todos) alguna vez compartimos y su fantasma nos habita: esa confianza idólatra en lo que ponemos en el lugar del beso de la madre o la caricia del padre” (Link, 2009:213).↵







