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3 El cultivo del trigo
y la simplificación ecosistémica

1. Expansión de superficie sembrada y consolidación cerealera

Entre 1890 y 1914, la superficie sembrada con trigo en la región pampeana experimentó un crecimiento sostenido y de gran magnitud, acompañando la expansión ferroviaria, la consolidación del mercado de tierras y la integración exportadora del país. En pocas décadas, el trigo pasó de ocupar un lugar complementario en sistemas mixtos ganadero-agrícolas a convertirse en el cultivo emblemático del modelo agroexportador argentino (Barsky & Gelman, 2009).

La región –particularmente el sur de Santa Fe, el norte y oeste de Buenos Aires y sectores del sudeste cordobés– ofrecía condiciones edáficas excepcionales para el cultivo cerealero. La combinación de molisoles profundos, buen régimen de lluvias y relieve suavemente ondulado facilitó la implantación de trigo a gran escala. Desde una perspectiva económica, la expansión cerealera respondió a una convergencia de factores estructurales:

  • Alta demanda europea, especialmente de Gran Bretaña y países industrializados.
  • Ventajas comparativas derivadas de la fertilidad natural, que permitían altos rendimientos iniciales.
  • Disponibilidad de tierra bajo arrendamiento, favoreciendo la rápida incorporación de colonos.
  • Infraestructura ferroviaria consolidada, que redujo costos de transporte y amplió el radio rentable de cultivo.

Sin embargo, este crecimiento no puede comprenderse únicamente por la relación de precios y rentabilidad. La expansión del trigo constituyó un proceso de reorganización ecológica profunda (Zarrilli, 1997). La consolidación cerealera supuso no solo aumento de superficie sembrada, sino transformación estructural del ecosistema pampeano. Este cereal se convirtió en cultivo estratégico por su adaptabilidad relativa a condiciones templadas y por su alta demanda internacional. La implantación de variedades adaptadas a las condiciones locales, junto con prácticas agronómicas heredadas de inmigrantes europeos, permitió sostener rendimientos competitivos en el mercado global (Barsky & Gelman, 2009; Scobie, 1964).

Espacialmente, la expansión triguera reorganizó el territorio en función de campañas anuales. La roturación sistemática del pastizal natural fue condición indispensable para ampliar la superficie cultivada. Esta conversión supuso la eliminación de comunidades vegetales perennes y su reemplazo por monocultivos de ciclo corto.

El monocultivo cerealero simplificó la estructura ecológica regional. A diferencia del pastizal multiespecífico –con raíces profundas y cobertura permanente–, el trigo implicaba:

  • Labranza recurrente, que alteraba horizontes superficiales.
  • Exposición estacional del suelo desnudo, especialmente entre cosecha y nueva siembra.
  • Reducción de diversidad biológica, al concentrar la productividad en una sola especie anual.

En investigaciones previas, señalé que el suelo pampeano funcionó durante décadas como “reserva ecológica acumulada” (Zarrilli, 1997). El stock histórico de nutrientes generado bajo el régimen del pastizal –producto de milenios de acumulación de materia orgánica– permitió sostener rendimientos elevados sin fertilización química sistemática hasta mediados del siglo XX.

La agricultura extensiva inicial explotó este capital natural sin mecanismos estructurales de reposición. Cada tonelada de trigo exportada implicaba la extracción de nitrógeno, fósforo y otros nutrientes incorporados al grano. La ausencia de fertilización y la limitada rotación con cultivos fijadores de nitrógeno significaron que el sistema dependía casi exclusivamente de la fertilidad heredada.

Este fenómeno puede interpretarse desde el concepto de “fractura metabólica” (Foster, 2000). La exportación masiva de granos generó una separación creciente entre extracción rural y reposición local de nutrientes. Los ciclos biogeoquímicos, que bajo el pastizal operaban relativamente cerrados, comenzaron a abrirse progresivamente.

La expansión cerealera tuvo efectos ecológicos estructurales que, si bien no siempre fueron visibles de inmediato, transformaron el funcionamiento del sistema:

  • Eliminación de cobertura vegetal perenne, reduciendo protección del suelo.
  • Alteración del ciclo hidrológico superficial, con cambios en infiltración y escorrentía.
  • Disminución progresiva del contenido de materia orgánica, debido a la mineralización acelerada por labranza.
  • Simplificación trófica, al reducir diversidad de especies vegetales y asociadas.

El tiempo ecológico –necesario para la formación y estabilización de materia orgánica– fue subordinado al tiempo económico de campañas anuales. Esta compresión temporal intensificó la extracción sin considerar plenamente los ritmos de regeneración natural.

Durante las primeras décadas del siglo XX, la magnitud del capital edáfico acumulado amortiguó los efectos negativos. La degradación no fue generalizada ni inmediatamente perceptible. No obstante, como argumenté en mi tesis, la expansión triguera sentó las bases de un desequilibrio estructural: la dependencia exclusiva de fertilidad heredada y la ausencia de reposición sistemática anticipaban tensiones que se manifestarían con mayor claridad en las décadas siguientes (Zarrilli, 1997).

La consolidación del trigo como cultivo emblemático de la región pampeana integró definitivamente el territorio al metabolismo global del capital. La biomasa producida se incorporó a cadenas de consumo industrial en Europa, transfiriendo nutrientes y energía solar convertida en grano fuera del sistema regional.

Históricamente, la expansión triguera entre 1890 y 1914 representó la primera gran aceleración metabólica del agro pampeano. La biomasa disponible acumulada permitió sostener la expansión sin límites aparentes, reforzando la percepción de abundancia ilimitada. Sin embargo, esta etapa constituyó la fase fundacional de una dinámica extractiva que redefinió la relación entre sociedad y naturaleza en la región.

La consolidación cerealera no fue simplemente un éxito económico. Fue también un proceso de mudanza ecológica profunda, donde la biomasa disponible bajo el pastizal fue incorporada al circuito de acumulación capitalista. El trigo, como mercancía emblemática, simbolizó la integración del territorio a una transferencia material exportadora que reorganizó territorio, tiempo y flujos materiales.

2. Monocultivo y simplificación ecosistémica

La consolidación del monocultivo cerealero –especialmente del trigo– comportó una transformación estructural del ecosistema pampeano. Allí donde el pastizal natural había desarrollado, durante milenios, una compleja comunidad multiespecífica de gramíneas perennes, herbáceas y especies asociadas, el modelo agrario exportador concentró la productividad en una sola especie anual. Esta transición no fue únicamente técnica o productiva: representó una homogenización biológica radical, con consecuencias biofísicas de largo alcance.

Desde la ecología de sistemas, los ecosistemas naturales tienden a presentar alta diversidad funcional, múltiples niveles tróficos interrelacionados y mecanismos internos de autorregulación (Odum & Odum, 2001). La sustitución del pastizal por monocultivo redujo drásticamente esa complejidad. Mientras que el pastizal albergaba especies con diferentes profundidades radiculares, estrategias fenológicas y respuestas diferenciales a variaciones climáticas, el trigo concentró la producción en una única especie de ciclo corto, dependiente de un calendario agrícola estricto.

La cobertura permanente del suelo fue reemplazada por ciclos de siembra y cosecha que dejaban períodos de suelo desnudo, particularmente entre la recolección y la nueva implantación. Esta discontinuidad incrementó la susceptibilidad a erosión hídrica y eólica, de modo que alteró la estabilidad estructural del sistema.

2.1. Biodiversidad

La primera dimensión de la simplificación ecosistémica se manifestó en la reducción de biodiversidad. La pradera natural pampeana contenía una variedad significativa de gramíneas y especies acompañantes, cuya diversidad funcional contribuía a la estabilidad ecológica. La implantación del trigo implicó homogeneización genética y estructural: vastas extensiones fueron ocupadas por una sola especie, seleccionada por su valor comercial y rendimiento exportador.

Esta homogeneización redujo la heterogeneidad espacial y temporal del paisaje. Pensada desde la resiliencia ecológica, la diversidad actúa como mecanismo de amortiguación frente a perturbaciones climáticas o biológicas. Al concentrar la productividad en una única especie, el agroecosistema se volvió más vulnerable a sequías, plagas o fluctuaciones ambientales.

Además, la reducción de biodiversidad vegetal afectó indirectamente a microorganismos del suelo, insectos y aves asociados al pastizal, alterando redes tróficas y procesos de reciclaje de nutrientes. El paisaje cerealero sustituyó un sistema ecológico diverso por uno simplificado y funcional al mercado.

2.2. Estructura del suelo

La segunda dimensión se vinculó con la estructura edáfica. La labranza recurrente necesaria para el monocultivo alteró la estructura granular del horizonte superficial de los molisoles pampeanos. Bajo el pastizal, la estabilidad del suelo estaba garantizada por la acción conjunta de raíces profundas, materia orgánica y actividad biológica.

La roturación frecuente favoreció la mineralización acelerada de materia orgánica, disminuyendo progresivamente el contenido de carbono del suelo. Estudios agronómicos posteriores documentaron que la agricultura continua reducía el stock de materia orgánica en comparación con su estado prístino (INTA, 1980). La compactación superficial en determinadas zonas y la pérdida de agregación estructural incrementaron la vulnerabilidad frente a procesos erosivos. Esta alteración dio lugar a una extracción neta de nutrientes y carbono que no era compensada por reposición equivalente. El stock biofísico acumulado bajo el pastizal fue explotado como reserva heredada, sin internalizar plenamente los costos de su agotamiento (Zarrilli, 1997).

2.3. Dinámica energética

La tercera dimensión corresponde a la dinámica energética del sistema. El pastizal natural operaba como régimen multiespecífico de conversión solar, distribuyendo la captación de energía a lo largo del año y en diferentes estratos radiculares. El monocultivo anual concentró la conversión fotosintética en un período específico, generando mayor intensidad extractiva por unidad de tiempo. La simplificación energética permitió maximizar rendimientos comerciales, pero disminuyó la capacidad autorregenerativa del ecosistema.

La fractura metabólica conceptualizada por Foster (2000) adquiere aquí relevancia analítica. La exportación de granos entrañó la transferencia internacional de nutrientes, mientras que la simplificación interna redujo mecanismos de reciclaje local. La integración al mercado mundial intensificó esta dinámica, subordinando el funcionamiento ecológico a la lógica de acumulación.

3. Simplificación ecosistémica y vulnerabilidad estructural

La expansión agraria que caracterizó a la región pampeana desde fines del siglo XIX estuvo acompañada por la difusión progresiva de innovaciones técnicas y organizativas que modificaron profundamente tanto los sistemas productivos como la estructura ecológica de los ecosistemas de pastizal. Muchas de estas innovaciones fueron introducidas y difundidas por los colonos agrícolas que comenzaron a establecerse en la región, contribuyendo a consolidar un modelo productivo basado en la articulación entre agricultura y ganadería.

Durante las primeras décadas, los cultivos predominantes fueron maíz, trigo y lino, mientras que la alfalfa se incorporaba generalmente al finalizar el ciclo agrícola, desempeñando un papel central en la alimentación de los animales de trabajo y del ganado. La expansión de la agricultura fue particularmente rápida. Hacia 1875 la superficie agrícola alcanzaba apenas unas 100.000 hectáreas, equivalentes aproximadamente a entre el 3 % y el 5 % del territorio regional, mientras que hacia 1930 la superficie cultivada había superado los 10 millones de hectáreas, reflejando la magnitud del avance de la frontera agraria (Hall, Rebella, Ghersa, & Culot, 1992; Ghersa, León, & Satorre, 1998).

Este proceso de expansión agrícola se desarrolló en un contexto ambiental complejo. Los productores debían enfrentar no solo fluctuaciones climáticas –como sequías, inundaciones y episodios de granizo–, sino también limitaciones biológicas vinculadas a la proliferación de malezas y a las periódicas invasiones de langostas, que representaban uno de los principales riesgos para la producción cerealera. Tecnológicamente, el equipamiento agrícola disponible era relativamente limitado: el arado y las rastras tiradas por animales constituían los implementos más difundidos en el laboreo del suelo. Sin embargo, el uso reiterado de estas herramientas sobre suelos de textura relativamente gruesa y con bajo contenido de materia orgánica generó, especialmente en áreas semiáridas, condiciones favorables para el desarrollo de procesos de erosión eólica, que comenzarían a manifestarse con mayor intensidad durante las primeras décadas del siglo XX (Soriano, León, Sala, Lavado, Deregibus, Cauhépé, Scaglia, Velázquez & Lemcoff, 1992).

Las transformaciones productivas asociadas a la expansión agrícola también provocaron cambios significativos en la estructura ecológica de los pastizales pampeanos. La conversión de extensas superficies de pastizal natural en tierras de cultivo contribuyó a la simplificación de las comunidades vegetales, particularmente por la pérdida de gramíneas perennes características de estos ecosistemas, que desempeñaban un papel fundamental en la estabilidad estructural del suelo y en la dinámica ecológica de los pastizales (Ghersa & León, 1999).

Simultáneamente, la empresa ganadera pampeana incorporó durante las décadas de 1880 y 1890 una serie de innovaciones tecnológicas que modificaron de manera profunda la organización del paisaje rural. Entre las más importantes, se encuentran la difusión del cerco de alambre y del molino de viento, tecnologías que permitieron redefinir el manejo del ganado y el acceso al agua. La generalización del alambrado puso fin al sistema de cría a campo abierto y favoreció el control de los rodeos y el mejoramiento de las razas bovinas. Sin embargo, también generó nuevas formas de presión sobre los pastizales, ya que el confinamiento del ganado dentro de potreros delimitados favoreció el desarrollo del pastoreo continuo, un sistema que en muchos casos condujo al deterioro de la cobertura vegetal y a la degradación de las propiedades físicas del suelo (Deregibus & Soriano, 1981; Sala, Oesterheld, León, & Soriano, 1986; Jacobo, Rodríguez, Bartoloni, & Deregibus, 2006; Hora, 2008).

Por su parte, la difusión del molino de viento permitió superar la escasez de aguadas naturales en amplias áreas de la llanura pampeana, lo cual facilitó la expansión de la ganadería hacia territorios anteriormente poco utilizados. No obstante, la disponibilidad artificial de agua también modificó los patrones espaciales de pastoreo, lo que generaba concentraciones de ganado en torno a los puntos de abastecimiento y alteraba la dinámica de las comunidades vegetales.

A estos cambios se sumó la expansión de la infraestructura ferroviaria, que desempeñó un papel central en la integración económica del territorio pampeano. El tendido de las líneas ferroviarias no solo facilitó el transporte de granos hacia los puertos de exportación, sino que también contribuyó a la dispersión de especies vegetales exóticas, algunas de las cuales fueron utilizadas para estabilizar terraplenes y taludes ferroviarios. Entre ellas se encontraban gramíneas como Cynodon dactylon (gramón) y diversas especies del género Ipomoea, que posteriormente se difundieron en distintos ambientes de la región (Martínez-Ghersa & Ghersa, 2005).

Las transformaciones del paisaje agrario tuvieron también consecuencias profundas sobre la fauna regional. El reemplazo de pastizales naturales por campos agrícolas, combinado con la presión de la actividad cinegética, alteró de manera significativa la estructura trófica de las comunidades de mamíferos. Diversos estudios han señalado que estas modificaciones favorecieron el aumento de poblaciones de roedores, particularmente del género Calomys, mientras que se registró una disminución relativa de depredadores de tamaño mediano como zorros, gatos monteses, zorrinos y hurones (Bilenca & Kravetz, 1995; Pardiñas, 1999; Crespo, 1966; Kravetz, 1977).

Procesos similares afectaron a diversas especies de aves asociadas a los pastizales naturales. Desde fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, se documentaron retracciones significativas en la distribución geográfica de varias especies típicas del pastizal pampeano, entre ellas el tordo amarillo (Xanthopsar flavus), el yetapá de collar (Alecturus risora), la monjita dominicana (Heteroxolmis dominicana) y la loica pampeana (Sturnella defilippii), cuyos hábitats se vieron progresivamente reducidos por la expansión agrícola y la alteración del paisaje (Fraga, 2003; Fraga, Casañas, & Pugnali, 1998; Di Giacomo & Di Giacomo, 2004; Tubaro & Gabelli, 1999; Fernández, Azpiroz, & Noriega, 2003).

A partir del período posterior a la Segunda Guerra Mundial, comenzó a desarrollarse una nueva etapa de transformación tecnológica de la agricultura pampeana. Esta fase estuvo marcada por la incorporación de cultivares mejorados y resistentes a enfermedades, la difusión de híbridos de maíz con rendimientos superiores a los materiales tradicionales y la utilización de herbicidas hormonales, como el 2,4-D, que facilitaron el control de malezas y la expansión de determinados cultivos. Paralelamente, se consolidó un sector industrial vinculado a la producción de maquinaria agrícola, agroquímicos y semillas mejoradas, que contribuyó a intensificar el uso del suelo y a incrementar la productividad agrícola.

Estas transformaciones tecnológicas estuvieron acompañadas por nuevas manifestaciones de degradación ambiental, entre ellas el desarrollo de cárcavas de erosión en determinadas áreas agrícolas. En algunos casos, estas cárcavas generaron superficies donde el tránsito de maquinaria agrícola resultaba imposible, lo cual favorecía el establecimiento de pastizales secundarios.

Frente a estos problemas, comenzaron a fortalecerse las instituciones científicas y técnicas dedicadas al estudio y manejo de los suelos. La creación del Instituto de Suelos y Agrotecnia y, posteriormente, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) permitió impulsar investigaciones sistemáticas sobre erosión, manejo del suelo y sustentabilidad agrícola. Estas instituciones desempeñaron además un papel central en la elaboración de las primeras cartas de suelos de la región pampeana, cuyos resultados comenzaron a publicarse durante la década de 1970 y constituyeron un instrumento fundamental para la planificación del uso del suelo en la Argentina.

La reducción de diversidad funcional generó un sistema más eficiente desde una perspectiva productiva inmediata, pero menos resiliente ecológicamente. La reducción de diversidad, la alteración de la estructura del suelo y la concentración energética incrementaron la dependencia de condiciones climáticas favorables y, en etapas posteriores, de insumos externos.

Durante las primeras décadas del siglo XX, la fertilidad acumulada permitió sostener rendimientos elevados sin degradación visible generalizada. Sin embargo, la transición hacia monocultivos anuales sentó las bases de un desequilibrio estructural: disminución de resiliencia, apertura de ciclos biogeoquímicos y creciente subordinación del sistema ecológico al tiempo del capital.

El monocultivo cerealero representó un cambio profundo del metabolismo regional. Facilitó la apropiación humana de biomasa y la integración al mercado mundial, pero a costa de simplificar la complejidad ecológica que había sustentado históricamente la fertilidad y estabilidad del ecosistema pampeano.

La productividad y los rendimientos más elevados fueron responsabilidad de las medianas y grandes explotaciones que poseían una moderna frontera tecnológica y, en general, una escala de tierra mayor a las 200 hectáreas. A partir de las 300 ha, se encuentran los propietarios y arrendatarios independientes, a quienes correspondía el 9 % del total de los establecimientos y que explicaban el 39,5 % de la superficie cultivada de toda la región pampeana. Estas empresas fundaron la verdadera ventaja de la agricultura argentina frente a los Estados Unidos o Europa occidental. En ellas, el volumen de la producción por hectárea se alejaba del ejemplo de las clásicas chacras de arrendatarios con pequeñas parcelas o de medieros, tercianeros o al cuarto de cosecha (Pucciarelli, 1986).

En la provincia de Buenos Aires, esos establecimientos ocupaban sobre todo el noroeste, el oeste y el centro sur, y pertenecían a arrendatarios o propietarios capitalistas. A pesar de que las fuentes cuantitativas no registran información sobre la escala de tierra y las formas de tenencia, las fuentes cualitativas permiten inferir que en las zonas de fertilidad y clima más favorable se localizan esas explotaciones de capital más concentrado. Su producción superaba los promedios generales internos que hacia principios del siglo XX eran inferiores a los 10 quintales por hectárea; en ellas la realidad se acercaba a su potencialidad (Erbitti, 1994).

Tomando como modelo el caso del cereal típico, el trigo, observamos que el proceso productivo se dividía en varias fases: la preparación del suelo, la siembra, las labores durante el desarrollo de las plantas, la siega del trigo, el emparvado y la trilla, que se realizaba unos diez días después de concluir la siega. Luego el grano se embolsaba y se depositaba, generalmente en condiciones muy poco adecuadas, en las estaciones de ferrocarril (Zarrilli, 1992). El tiempo de trabajo necesario para la roturación de la tierra y la siembra dependía del tipo de suelo, la tecnología y la tracción utilizada (bueyes o caballos). Los suelos en rastrojo, es decir, aquellos cubiertos por los tallos de los cereales luego de la siega, insumían más tiempo de trabajo, mientras que, por el contrario, en los primeros años del siglo XX, con una jornada laboral de diez horas, una superficie de una hectárea de tierra virgen demandaba unas 28 horas para realizar el ciclo agrícola completo, es decir, desde las labores iniciales hasta la siega y la trilla. Ese tiempo de trabajo se lograba roturando la tierra con arado sencillo (una reja) y caballos, rastra de tres cuerpos y rodillos de madera. La siembra se realizaba al voleo y se utilizaba atadora de 7 pies (Tort, 1980).

En cambio, si se utilizaba arado doble, rastra y rodillos similares, sembradora y espigadora, el tiempo de trabajo se reducía. En los primeros años del siglo XX, era posible encontrar 16 niveles tecnológicos de acuerdo con la combinación de los equipos, en los cuales, en los dos últimos, aún experimentales, se utilizaba cosechadora. Este insumo de mano de obra era colectivo, pues el equipo estaba formado por un chacarero, dos peones y un boyero ocupados durante unos 120 o 130 días.

El verdadero ahorro de tiempo se inició hacia fines del siglo XIX e implicó una transformación sustantiva respecto del pasado inmediato. La productividad del trabajo dependía del tamaño del equipo y del núcleo familiar, aunque ella declinaba en las superficies reducidas, que siempre eran ocupadas por los pequeños productores. En el largo plazo, la productividad crecía con dos clases diferentes de innovaciones tecnológicas: aquellas destinadas al ahorro de tierra –por ejemplo, el uso de fertilizantes, variedad de semillas correspondientes al medio, obras de irrigación, etc.– y las dirigidas a reducir el insumo de mano de obra (Tort, 1980).

Pero, a pesar de la intensidad del trabajo, no aumentaba el nivel de la productividad en las chacras pequeñas. La estrategia laboral centrada en las energías familiares no se compadecía con los parámetros del trabajo social medio que registraban las modernas explotaciones. Los medianos y grandes propietarios, los arrendatarios capitalistas, controlaban explotaciones que habían evolucionado al ritmo de las transformaciones tecnológicas: arados de discos, sembradoras, cosechadoras, trilladoras y la incorporación de la energía a vapor o del motor a explosión. La modernización del parque de bienes de capital fue impulsada por las compañías contratistas de maquinarias agrícolas, las empresas colonizadoras y los productores cerealeros de las grandes explotaciones capitalistas (Huret, 1986).

La temprana integración de estos instrumentos y maquinarias permite concluir que no existía brecha tecnológica entre estas explotaciones capitalistas y la agricultura de los países centrales. Sin embargo, la conclusión es opuesta respecto de las unidades familiares –que son mayoría en la región–, pues, ya antes de concluir el siglo XIX, existía una acusada distancia tecnológica en este sector en la región pampeana. Las disparidades de los rendimientos de la pampa descansan en las diversas estrategias agrícolas y en la frontera tecnológica; el problema de un elevado nivel de productividad está asociado al grado de concentración del capital, que repercutió de manera notable en la utilización del recurso natural, con sus diferentes consecuencias.

Comparada con los demás productores trigueros, la Argentina aparecía con una producción media solo superior a la que obtenían la India, la Rusia asiática y la europea: unos 6 o 7 quintales por ha. En la misma época, entre 1909 y 1913, los Estados Unidos aún no alcanzaban una producción de 10 quintales, mientras que el Canadá producía entre 10 y 14 quintales por ha, aunque con promedios superiores en los años posteriores. Los casos europeos más destacados corresponden a Dinamarca y Bélgica, cuya producción se encontraba entre los 25 y 36 quintales, mientras Alemania estaba estabilizada en torno a los 20 y 23 quintales (Villarruel, 1982).

Las ventajas naturales de la fertilidad, el clima y la localización se transformaron en ventajas económicas: lograban costos y precios de producción no equivalentes frente a otras regiones productoras. Sin embargo, una vez que el impulso del mercado mundial se debilitó, el crecimiento contenía la clave de su propia negación, ya que la racionalidad de las estrategias productivas descansaba con énfasis en la prodigalidad de los recursos naturales, en el modelo de la ganancia extraordinaria impulsado por la demanda mundial y en la brecha entre los precios de producción internos y los precios de producción en el mercado mundial.

Es por ello que el boom no conformó una oportunidad desperdiciada. Su racionalidad carecía de la posibilidad empírica de inducir otro tipo de crecimiento: ya sea por la primacía del modelo de las ventajas comparativas, o bien por la demanda y los precios externos de los bienes salarios, la oferta internacional de capitales y los flujos inmigratorios, estas condiciones restaron estímulos hacia otras áreas de la producción que no dependieran ni de la demanda externa, ni del volumen de las ganancias extraordinarias originadas en la regulación de los precios agrícolas por las tierras peores del mercado mundial, ni de las condiciones naturales puestas en valor por la expansión del capital a escala internacional; ese fue su límite histórico.

Hacia mediados de los años 50, podía considerarse como buen rendimiento un promedio que oscilaba entre 900 y 1100 kg por hectárea; entretanto, en los EE. UU. llegaba a 1200-1300 kg por hectárea y, en países como Francia y Alemania –de cultivos intensivos–, alcanzaba entre 1800 y 2000 kg.

El ingeniero Girola señalaba en su estudio sobre rendimientos trigueros la baja de estos en el país comparados con los de otras naciones productoras; lo atribuía a la preparación incompleta del suelo, al empleo de semillas deficientes, a la falta de adaptación de las variedades con respecto a las tierras en que se sembraban, la ausencia de conocimientos adecuados de las distintas estructuras y composiciones químicas del suelo, la escasa prolijidad al efectuarse los cultivos, la falta de adopción de las prácticas indispensables para impedir el desarrollo y propagación de enfermedades criptogámicas, la infección de sembrados por hierbas extrañas y perjudiciales, que no se eliminaban o destruían, y, finalmente, a la carencia de un adecuado ordenamiento al efectuar la siega, el enfarde, la trilla, el transporte y el almacenaje del producto, lo que atentaba contra su grado de conservación. Luego del segado del grano, el producto experimentaba daños, a veces aún después de tenerlo emparvado o trillado, a causa de la insuficiencia de depósitos y falta de preservación de la humedad y otros accidentes naturales. Sobre el particular, mucho es lo que han dicho los técnicos y estudiosos, pero poco fue lo realizado por el Estado en su función de orientar la producción agraria nacional. Salvo excepciones de algunos hombres del Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación, las más de las veces tal puesto de gobierno solo sirvió de trampolín para la conquista de futuras posiciones públicas o para el clientelismo político (Villarruel, 1982).

Las consecuencias son interesantes para nuestro estudio. Aunque los primeros datos disponibles son de 1872-1873 —fecha que puede considerarse inicio del cultivo—, en 1862 todavía era necesario importar del extranjero, habiendo entrado por el puerto de Buenos Aires 15.000 toneladas de trigo, además de 2.760 de harina. En 1876 se importaron 7.173 toneladas de harina, luego de lo cual adquirió firmeza su acrecentamiento, consecuencia natural de la colonización y organización nacional del país, de los mayores núcleos de población que alimentar y de una estabilidad de los centros ciudadanos; las cifras evidencian el comienzo de su natural y definitivo desarrollo agrícola.

Desde 1900 hasta 1912, ese aumento no solo se consolidó, sino que tomó ya características de regular superación. Corresponde al período típico de la expansión triguera, coincidente con la época de mayor auge en la inmigración y colonización intensa, destinándose al cultivo del trigo las mejores zonas agrícolas del territorio.
Desde 1912 hasta 1940, continuó ese crecimiento en forma ascensional y el cultivo se acercó a su límite máximo de expansión con tendencia ya estacionaria, evidenciándose modificaciones en su curva de crecimiento que respondían a factores circunstanciales de precios en el mercado internacional y al fin de la expansión horizontal agraria a principios del período señalado.

Los decrecimientos periódicos que pueden observarse obedecieron principalmente a la reducción del área en lo que llamamos “zonas marginales para el cultivo del cereal”, al desaparecer los alicientes de precios, y a caídas muy fuertes en los niveles del rendimiento del cereal. Es importante mencionar que, desde comienzos de la década de 1930, el Estado Nacional tomó directa participación en el comercio de granos –a través de las Juntas Reguladoras–, estableciendo primero un precio mínimo y luego constituyendo un abierto y exclusivo monopolio, por lo que el agricultor mostraba menos interés en la producción triguera, desviando su esfuerzo hacia otros cultivos o a la producción ganadera, no dirigida por la acción estatal, con un intento claro de diversificación productiva.

Desde 1940 hasta 1950, se observa una disminución tanto en el área sembrada como en las cifras de producción, con una tendencia marcadamente definida que demuestra la pérdida de interés y la capacidad para aumentar los cultivos, pese a los esfuerzos oficiales realizados mediante la implantación de precios de fomento. A partir de 1950 en adelante, las cifras adquirieron, en cuanto a superficies cultivadas, los índices más bajos, y las cantidades de producción habidas pudiendo lograrse solo como consecuencia de mayores rendimientos que respondían a adecuadas condiciones climáticas.

Gráfico n.º 2. Región pampeana. Área sembrada y cifras de producción

Fuente: elaboración propia con base en datos del Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación.

A efectos de tener un panorama que nos permita determinar la verdadera zona cerealista del país, estimamos de interés consignar, para aquellos períodos de los que ha sido posible obtener datos estadísticos, la distribución de las producciones por provincia y territorios, lo cual nos permitirá valorar las respectivas zonas de productividad y su inserción socioeconómica nacional.

Gráfico n.º 3. Producción triguera por provincias (en toneladas)

Fuente: elaboración propia con base en datos del Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación.

Entre 1923 y 1954, tanto en Buenos Aires como en Córdoba, la producción triguera mostró signos claros de agotamiento estructural, aunque con matices regionales. En Buenos Aires, los gráficos y cuadros evidencian una fuerte retracción de la superficie sembrada en 12 de los 16 partidos analizados, con caídas particularmente pronunciadas en Villarino, Puan y Coronel Pringles. Los rendimientos tuvieron un comportamiento irregular: descendieron marcadamente entre 1923-1943 y luego se estabilizaron levemente hasta 1954, pero dentro de un promedio general moderado (1.031 kg/ha), con escasos años por encima de los 1.300 kg/ha. La producción total acompañó esta tendencia descendente, con retrocesos significativos en Lincoln, Villarino y General Villegas. Los datos anuales muestran además una alta vulnerabilidad climática y productiva, reflejada en fuertes oscilaciones de hectáreas perdidas y rendimientos. Espacialmente, se distinguen dos dinámicas: el sudoeste bonaerense, ecológicamente marginal, donde los límites naturales condicionaron la sostenibilidad del cultivo; y los partidos de antigua colonización triguera, donde el deterioro respondió más al uso prolongado del suelo y a técnicas extensivas poco conservacionistas.

En Córdoba el proceso tiene raíces más tempranas. La expansión explosiva de fines del siglo XIX y comienzos del XX –especialmente en el sudeste provincial, articulada al ferrocarril y a la colonización agrícola– dio paso, desde la década de 1910, a un estancamiento del crecimiento y a rendimientos persistentemente bajos. Para 1923-1954, los departamentos del sur (General Roca, Juárez Celman, Río Cuarto) registraron fuertes caídas de superficie y producción, asociadas al agotamiento de la fertilidad y a condiciones climáticas más frágiles, mientras que solo los departamentos linderos con Santa Fe (Marcos Juárez y Unión) lograron incrementos sostenidos en rendimientos y producción. En el contexto de la historia ambiental pampeana, ambas provincias ilustran la transición desde una agricultura extensiva basada en la expansión horizontal y en la explotación de fertilidad “heredada” hacia un escenario de límites ecológicos internos. La desaceleración del trigo no fue solo un fenómeno económico vinculado a precios internacionales, sino la manifestación de una fractura metabólica: el sistema productivo extraía nutrientes y energía del suelo sin mecanismos eficaces de reposición, generando pérdida de fertilidad, vulnerabilidad climática y creciente diferenciación territorial entre zonas núcleo y áreas marginales.

Gráfico n.º 4. Incrementos anuales promedio en la producción triguera en Buenos Aires, Córdoba, La Pampa y Santa Fe (1923-1954)

Fuente: elaboración propia con base en Estadísticas Agrícolas, Ministerio de Agricultura de la Nación

Los datos correspondientes al período 1923-1954 permiten observar empíricamente el proceso que Otto Solbrig y Laura Vainesman conceptualizan como agotamiento progresivo de la base ecológica del sistema agrario pampeano. En Buenos Aires, 12 de los 16 partidos trigueros analizados muestran descensos significativos en las hectáreas sembradas, con retrocesos particularmente intensos en Villarino, Puan y Coronel Pringles. Esta retracción de la superficie no fue simplemente una respuesta a coyunturas de precios, sino que coincidió con un estancamiento estructural de los rendimientos, cuyo promedio general para el período se ubicó en torno a los 1.031 kg/ha. La escasa frecuencia de años con rindes superiores a 1.300 kg/ha revela que el sistema había perdido la elasticidad productiva característica de la etapa expansiva. Ecológicamente, los cuadros evidencian la transición desde una agricultura apoyada en fertilidad “heredada” hacia otra que comenzaba a mostrar límites internos, manifestados en descensos simultáneos de superficie, producción y rendimiento.

En Córdoba y La Pampa, la evidencia resulta aún más elocuente. Departamentos del sur cordobés como General Roca, Juárez Celman y Río Cuarto presentan fuertes caídas anuales, tanto en hectáreas sembradas como en producción, acompañadas por rendimientos estancados o decrecientes. En La Pampa, la tendencia es predominantemente negativa en todos los departamentos incorporados al análisis. Estas cifras dialogan directamente con el planteo de Solbrig y Vainesman sobre la sustitución de procesos ecológicos por insumos externos: allí donde el modelo extensivo agotó el capital edáfico sin reposición adecuada, el sistema respondió con retracción productiva. El sur cordobés y amplias zonas pampeanas, más vulnerables climáticamente y con menor capacidad de amortiguación edáfica, exhiben con claridad los efectos acumulativos de la explotación continua del suelo. Los descensos registrados en el gráfico no representan meras oscilaciones estadísticas, sino la expresión cuantificable de un deterioro ambiental progresivo.

El contraste con Santa Fe refuerza esta interpretación histórica. En la subregión meridional santafesina –Belgrano, Caseros, General López, Iriondo–, los incrementos positivos en superficie y producción sugieren una mayor estabilidad ecológica relativa, asociada a suelos más profundos y mejor articulación comercial. Sin embargo, incluso allí aparecen señales de agotamiento en departamentos de colonización temprana como Castellanos y Las Colonias, donde la explotación intensiva desde fines del siglo XIX derivó en descensos significativos de superficie y producción. Este patrón diferencial confirma que la historia ambiental pampeana no fue homogénea, sino territorialmente desigual. La combinación de expansión horizontal previa, cierre de la frontera agrícola y manejo poco conservacionista condujo a una fractura metabólica visible en los datos de 1923-1954: el sistema productivo continuaba extrayendo nutrientes y energía del suelo a un ritmo superior a su reposición, generando pérdida de fertilidad, simplificación ecológica y creciente vulnerabilidad frente a perturbaciones climáticas.

Como resultado, los cuadros y gráficos del período no deben leerse únicamente como indicadores económicos, sino como registros históricos del impacto ambiental acumulado de la agricultura pampeana. La desaceleración del trigo, la reducción de superficie en áreas marginales y el estancamiento de rendimientos constituyen evidencias materiales de que el modelo expansivo había alcanzado sus límites ecológicos internos. Tal como advierten Solbrig y Vainesman, la sostenibilidad no es un agregado posterior al desarrollo agrícola, sino la condición estructural de su continuidad. La historia productiva de 1923-1954 demuestra que, cuando los procesos ecológicos básicos –reciclado de nutrientes, conservación del suelo, diversificación– son erosionados, el sistema responde con inestabilidad y declinación, anticipando las tensiones que caracterizarían a la intensificación posterior de la segunda mitad del siglo XX (Solbrig & Vainesman, 1998).

4. Exportación de nutrientes y agotamiento

Uno de los procesos menos visibles, pero más decisivos de la expansión cerealera pampeana, fue la exportación sistemática de nutrientes en forma de grano. Cada tonelada de trigo enviada a los mercados internacionales implicaba la transferencia física de nitrógeno (N), fósforo (P), potasio (K) y otros micronutrientes acumulados en el suelo durante milenios bajo el régimen del pastizal. El grano exportado no representaba únicamente valor económico: era biomasa concentrada, energía solar transformada y elementos esenciales removidos del ciclo edáfico regional.

En el plano bioquímico, el trigo contiene proporciones significativas de nitrógeno –vinculado al contenido proteico– y cantidades relevantes de fósforo y potasio, fundamentales para la fertilidad del suelo. La exportación masiva y sostenida de estos elementos sin reposición equivalente constituyó una forma de remoción de nutrientes del suelo. Mientras que en sistemas agrícolas cerrados parte de los residuos orgánicos retornan al suelo, el modelo exportador pampeano enviaba biomasa a miles de kilómetros de distancia, consolidando una separación estructural entre extracción y reposición.

4.1. Fractura metabólica y transferencia internacional

John Bellamy Foster (2000), retomando el análisis de Marx sobre la ruptura entre ciudad y campo en la Inglaterra industrial, conceptualizó esta dinámica como fractura metabólica: el traslado de nutrientes desde zonas agrícolas hacia centros urbanos e industriales sin retorno equivalente. En el caso pampeano, la fractura no fue solamente nacional, sino internacional. El nitrógeno y el fósforo incorporados en el trigo exportado a Europa abandonaban el sistema ecológico regional sin mecanismos sistemáticos de restitución.

Esta transferencia puede analizarse también como un intercambio ecológicamente desigual, en el cual territorios periféricos exportan biomasa y nutrientes mientras centros industriales concentran beneficios económicos y externalizan costos ambientales (Hornborg, 1998; Moore, 2015). La región funcionó como proveedor neto de fertilidad para economías industrializadas, integrando su capital natural al metabolismo global del capitalismo.

A diferencia del régimen ganadero extensivo –donde parte de los nutrientes retornaban al suelo mediante estiércol–, el monocultivo cerealero exportador amplió la salida neta de nutrientes sin compensación local.

Durante las primeras décadas del siglo XX, comenzaron a aparecer diagnósticos técnicos sobre agotamiento del suelo, aunque todavía de manera fragmentaria y no sistemática (Zarrilli, 1997). Algunos agrónomos y técnicos advertían sobre la disminución de rendimientos en parcelas cultivadas de forma continua y sobre la necesidad de incorporar rotaciones más complejas.

Sin embargo, la percepción dominante seguía siendo la de una fertilidad prácticamente inagotable. La excepcional calidad de los molisoles pampeanos y los rendimientos iniciales elevados reforzaban la idea de abundancia ilimitada. Esta narrativa de “tierra generosa” operó como legitimación ideológica del modelo expansivo.

El agotamiento, en sus primeras manifestaciones, no adoptó la forma de crisis abrupta. Fue gradual y desigual. En ciertas zonas con mayor intensidad de cultivo continuo, comenzaron a registrarse descensos en rendimientos o mayor variabilidad productiva. En lugar de interpretarse como límite estructural, estos fenómenos solían atribuirse a factores climáticos o a deficiencias técnicas puntuales.

4.2. Manifestaciones del agotamiento

El proceso de agotamiento no fue uniforme ni inmediato, pero se manifestó en varios indicadores:

  • Disminución progresiva de rendimientos en ciertas zonas, particularmente donde el cultivo continuo había reducido el contenido de materia orgánica.
  • Necesidad de expandir la superficie sembrada para mantener niveles globales de producción, desplazando la frontera agrícola hacia áreas más occidentales o marginales.
  • Primeros debates sobre rotaciones y conservación, impulsados por sectores técnicos preocupados por la estabilidad productiva a largo plazo.

La expansión territorial funcionó como mecanismo de compensación frente a descensos locales de productividad. En lugar de intensificar tecnológicamente con reposición sistemática de nutrientes –como ocurriría más tarde con fertilizantes industriales–, el modelo optó por ampliar la superficie cultivada. Esta estrategia permitió diferir los efectos visibles del agotamiento, pero no modificó la lógica extractiva subyacente.

Desde la ecología de sistemas, la pérdida progresiva de materia orgánica implica disminución de capacidad de retención hídrica, menor estabilidad estructural y mayor vulnerabilidad frente a erosión (Odum & Odum, 2001). Aunque estos procesos no siempre fueron perceptibles en el corto plazo, configuraron un deterioro estructural que erosionaba el capital ecológico acumulado.

El modelo extensivo pampeano se apoyó más en la expansión superficial que en la intensificación tecnológica. Mientras existieron nuevas tierras disponibles, la presión sobre parcelas agotadas podía aliviarse mediante desplazamiento territorial. Esta lógica de frontera permitió sostener tasas de crecimiento exportador durante varias décadas sin introducir transformaciones sustanciales en las prácticas de reposición.

Sin embargo, el agotamiento acumulativo implicaba una tensión estructural. La fertilidad heredada del pastizal –que funcionó como subsidio ecológico implícito– no era inagotable. La exportación sostenida de nutrientes sin retorno equivalía a consumir un stock acumulado durante milenios en un período históricamente breve.

El sistema pampeano transitó desde un régimen relativamente sincronizado con la regeneración natural hacia un modelo de extracción acelerada y apertura de ciclos biogeoquímicos. La fractura metabólica no se manifestó de manera explosiva en las primeras décadas del siglo XX, pero sus fundamentos quedaron establecidos: transferencia internacional de nutrientes, disminución progresiva del capital edáfico y subordinación del territorio a la lógica de acumulación global.

El agotamiento del suelo debe entenderse como proceso histórico, no como evento puntual. Su carácter fragmentario y desigual dificultó su reconocimiento temprano como problema estructural. Solo con el tiempo se hicieron evidentes los efectos acumulativos de la minería de nutrientes.

La región pampeana ilustra cómo un territorio con alta fertilidad natural puede sostener durante décadas un modelo extractivo antes de manifestar crisis visibles. La abundancia inicial actuó como amortiguador, ocultando la dinámica de deterioro. Sin embargo, la lógica de exportación sin reposición generó un desequilibrio que, aunque diferido, resultaba estructuralmente inevitable.

En síntesis, la exportación sistemática de nutrientes en forma de trigo constituyó uno de los mecanismos centrales de reorganización metabólica del agro pampeano. El modelo extensivo permitió posponer la crisis ecológica mediante expansión superficial, pero no evitó la apertura de ciclos biogeoquímicos ni la erosión progresiva del capital natural acumulado. La historia ambiental del trigo en este territorio es también la historia de una fractura metabólica internacional cuya profundidad se revelaría plenamente en las décadas posteriores.

5. Rotaciones limitadas y ausencia de reposición sistemática

La expansión cerealera pampeana entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX se apoyó en un patrón productivo caracterizado por rotaciones limitadas e irregularmente aplicadas, con predominio del monocultivo prolongado de trigo en amplias zonas. Si bien la rotación de cultivos era una práctica conocida en la tradición agronómica europea y formaba parte de ciertos discursos técnicos, su implementación concreta estuvo condicionada por factores económicos, contractuales y estructurales del régimen agrario.

En muchas áreas cerealizadas, especialmente bajo regímenes de arrendamiento, el trigo ocupó un lugar casi exclusivo durante varias campañas consecutivas. Esta continuidad productiva respondió tanto a la alta demanda internacional como a la relativa simplicidad técnica del cultivo. Ecológicamente, sin embargo, la repetición prolongada del mismo cultivo anual intensificó la extracción neta de nutrientes y redujo la diversidad funcional del agroecosistema.

El contrato de arrendamiento de corta duración fue un elemento clave en esta dinámica. Como han señalado Barsky y Gelman (2009), el predominio de contratos anuales o de pocos años incentivaba a los arrendatarios a maximizar rendimientos inmediatos para cubrir renta y asegurar ganancias en plazos breves. Bajo estas condiciones, la inversión en prácticas conservacionistas –como rotaciones complejas, incorporación de leguminosas o períodos prolongados de descanso– resultaba poco atractiva.

Esta estructura contractual introdujo un sesgo hacia la extracción acelerada. La tierra era tratada como recurso que explotar en el corto plazo, no como capital natural cuya reproducción debía garantizarse en el tiempo. La lógica económica del arrendamiento comprimía el horizonte temporal de decisión, subordinando la regeneración ecológica a la urgencia de rentabilidad.

En este contexto, el barbecho –cuando se practicaba– no siempre compensaba la extracción continua de nutrientes. El descanso del suelo sin incorporación de materia orgánica o fertilización efectiva permitía cierta recuperación estructural, pero no restituía plenamente nitrógeno y fósforo exportados en campañas sucesivas.

Agronómicamente, existía conocimiento sobre los beneficios de alternar cultivos o integrar pasturas temporarias para sostener la fertilidad. Sin embargo, la aplicación fue desigual y muchas veces limitada a explotaciones con mayor estabilidad en la tenencia de la tierra. En amplias áreas cerealizadas, predominó la repetición del trigo o la alternancia simple trigo-maíz, sin incorporación sistemática de leguminosas fijadoras de nitrógeno.

Esta práctica redujo la capacidad del sistema para reciclar nutrientes internamente. En un plano bioquímico, la extracción continua de grano implicaba salida neta de nitrógeno, fósforo y potasio. Sin fertilización química ni reposición orgánica suficiente, el sistema operaba como proceso de pérdida de nutrientes.

Como he argumentado en mi investigación doctoral, la agricultura extensiva inicial explotó la biomasa disponible heredada del pastizal sin establecer mecanismos estructurales de reinversión (Zarrilli, 1997). El stock histórico de nutrientes funcionó como subsidio ecológico implícito que permitió sostener rendimientos elevados durante varias décadas, ocultando la progresiva disminución del stock de materia orgánica en ciertas zonas.

5.1. Ausencia de fertilización sistemática

Hasta mediados del siglo XX, la fertilización química en la región pampeana fue escasa o inexistente en amplias áreas cerealizadas. La producción dependía casi exclusivamente de la fertilidad heredada del régimen de pradera. Esta ausencia de reposición sistemática debe analizarse no solo como limitación tecnológica, sino también como expresión de la lógica económica dominante.

El sistema funcionaba como un proceso de extracción de biomasa disponible. Cada campaña implicaba la exportación de nutrientes sin retorno equivalente. Desde la teoría de la fractura metabólica (Foster, 2000), la separación entre extracción rural y reposición se profundizaba año tras año.

Este stock biofísico atesorado en forma de materia orgánica y estructura edáfica estable fue consumido en un período históricamente breve. Aunque la magnitud inicial de ese capital permitió diferir efectos visibles de agotamiento, la tendencia estructural era hacia la disminución progresiva del contenido de nutrientes disponibles.

Frente a descensos locales de rendimientos o agotamiento parcial del suelo, la estrategia predominante fue la expansión territorial. Cuando la productividad disminuía en parcelas cultivadas de forma continua, se incorporaban nuevas tierras a la producción. Esta dinámica permitió mantener niveles globales de producción y exportación sin modificar sustancialmente las prácticas de reposición.

Vista desde el metabolismo social, esta lógica puede interpretarse como desplazamiento de frontera ecológica: en lugar de intensificar tecnológicamente con reposición de nutrientes, el sistema ampliaba su base territorial de extracción (González de Molina y Toledo, 2010; Moore, 2015). La disponibilidad de nuevas tierras en sectores más occidentales del territorio facilitó esta transformación durante varias décadas.

Sin embargo, la expansión no eliminaba la contradicción estructural entre extracción y regeneración. Solo desplazaba temporalmente sus efectos. A medida que la frontera agrícola avanzaba hacia zonas con mayores limitaciones climáticas y edáficas, los márgenes de seguridad ecológica se reducían.

La combinación de rotaciones limitadas, arrendamientos de corta duración y ausencia de fertilización sistemática configuró un régimen agrario basado en la minería de nutrientes. El sistema se apoyó en la fertilidad heredada del pastizal y en la expansión territorial como mecanismos de compensación.

Este modelo permitió diferir la manifestación visible de la crisis, pero no evitó la acumulación de tensiones estructurales. La progresiva disminución de materia orgánica en determinadas zonas, la mayor variabilidad de rendimientos y los debates incipientes sobre conservación del suelo anticiparon los límites del régimen extensivo.

La historia de las rotaciones limitadas revela así la interacción entre estructura agraria, racionalidad económica y dinámica ecológica. La subordinación del tiempo ecológico al tiempo del capital, reforzada por contratos de arrendamiento y presión exportadora, consolidó un patrón extractivo que solo encontraría correctivos parciales en décadas posteriores con la introducción de prácticas de conservación y fertilización más sistemáticas.

6. Tiempo ecológico vs. tiempo del capital

Uno de los núcleos interpretativos centrales de este libro es la tensión estructural entre tiempo ecológico y tiempo del capital. Esta distinción no remite únicamente a diferencias abstractas de ritmo, sino a formas históricas divergentes de organización de la reproducción material. El pastizal natural pampeano funcionaba bajo ciclos plurianuales de regeneración, en los cuales la acumulación de materia orgánica, la estabilidad estructural del suelo y la dinámica de nutrientes respondían a temporalidades largas y relativamente estables. El capital agrícola, en cambio, exigía ciclos anuales de cosecha, rotación rápida del capital invertido y rentabilidad inmediata.

La expansión cerealera comprimió el tiempo ecológico para ajustarlo al calendario productivo. Cada campaña agrícola imponía una secuencia de preparación del suelo, siembra y cosecha que debía repetirse de manera sistemática. Esta compresión temporal implicó transformaciones estructurales:

  • Reducción de períodos de descanso del suelo, limitando procesos naturales de recuperación.
  • Incremento de labranza recurrente, que aceleraba la mineralización de materia orgánica.
  • Mayor exposición a procesos erosivos, especialmente durante períodos de suelo desnudo.

Desde la ecología de sistemas, la resiliencia depende en gran medida de la capacidad de absorber perturbaciones y de disponer de tiempo suficiente para la regeneración interna (Odum & Odum, 2001). Al subordinar la dinámica del suelo a la lógica de campañas anuales, el modelo cerealero redujo los márgenes temporales de recuperación.

Jason W. Moore (2015) ha argumentado que el capitalismo histórico depende de la apropiación de “naturaleza barata”, es decir, del trabajo no remunerado de la naturaleza –energía solar, fertilidad del suelo, ciclos biogeoquímicos– para sostener la acumulación. Esta apropiación se apoyó en la fertilidad acumulada durante milenios bajo el régimen del pastizal. La aceleración cerealera comprimió los tiempos de reproducción ecológica para sostener tasas crecientes de exportación.

La subordinación temporal significó un aumento en la tasa de extracción por unidad de tiempo. El sistema regional pasó de un régimen relativamente sincronizado con la regeneración natural a uno de extracción acelerada y apertura de ciclos biogeoquímicos. La fractura metabólica conceptualizada por Foster (2000) no fue solo espacial –separación entre campo y ciudad–, sino también temporal: ruptura entre el ritmo de regeneración ecológica y el ritmo de acumulación capitalista.

El resultado fue una tensión estructural que se haría más visible en las crisis de los años treinta, cuando sequías prolongadas y procesos erosivos revelaron la fragilidad de un sistema productivo que había comprimido los tiempos ecológicos más allá de ciertos umbrales de seguridad.



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