Reconfiguración productiva y herencia ecológica (1945-1960)
1. Contexto económico y productivo de la posguerra (1945-1960)
El período 1945-1960 constituye una fase decisiva en la historia ambiental de la región. Tras la crisis ecológica de la década de 1930 –marcada por sequías, erosión y caída de rendimientos–, la posguerra abrió un ciclo de reconfiguración productiva orientado a estabilizar la productividad, diversificar sistemas y atenuar vulnerabilidades estructurales. No se trató de una ruptura con el régimen agroexportador, sino de una reconfiguración interna que modificó prácticas agrarias, articulaciones entre agricultura y ganadería y flujos materiales del sistema.
Desde una perspectiva de historia ambiental y metabolismo social, entre 1945 y 1960 puede identificarse un proceso de intensificación selectiva caracterizado por los siguientes ítems:
- mayor integración agricultura-ganadería;
- expansión de pasturas implantadas y rotaciones complejas;
- reconfiguración progresiva del balance energético y de los flujos de nutrientes.
Esta dinámica no resolvió la fractura metabólica acumulada desde fines del siglo XIX, pero introdujo mecanismos de amortiguación ecológica que moderaron la extracción neta de nutrientes respecto del monocultivo cerealero clásico (Zarrilli, 1997; Fischer-Kowalski & Haberl, 2007).
La finalización de la Segunda Guerra Mundial alteró profundamente los mercados agrícolas internacionales. La reconstrucción europea y el nuevo orden comercial hegemonizado por Estados Unidos redefinieron la inserción externa argentina (Rapoport, 2011). En su primer gobierno (1946-1952), el peronismo respondió mediante una estrategia de fuerte intervención estatal a través del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), creado en 1946. El IAPI centralizó la comercialización de granos y carnes, apropiándose de una porción significativa de la renta agraria para financiar la industrialización sustitutiva (Girbal-Blacha, 2003). Esta política desacopló precios internos de valores internacionales y fortaleció el mercado interno, particularmente el consumo de carne.
La política agraria no se limitó al comercio exterior. Incluyó precios sostén, crédito dirigido, expansión de organismos técnicos y la consagración constitucional de la función social de la propiedad en 1949 (Barsky & Gelman, 2009; Rapoport, 2011). Aunque no modificó sustancialmente la estructura de tenencia en la pampa húmeda, sí consolidó un marco regulatorio que incidió en las decisiones productivas y en la orientación del excedente.
En el segundo gobierno (1952-1955), tras la crisis de divisas y el deterioro de los términos de intercambio, la política económica introdujo un giro pragmático. El Segundo Plan Quinquenal buscó recomponer incentivos al agro, elevar la productividad y aumentar exportaciones para aliviar la restricción externa (Rapoport, 2011; Gerchunoff & Llach, 2003). Se promovieron mayores estímulos a la producción rural y cierta recomposición de precios relativos, reconociendo el papel estratégico del sector como generador de divisas.
Entre 1945 y 1960, se verificó un estancamiento relativo de la superficie triguera en contraste con la expansión acelerada de 1890-1930 (Barsky & Gelman, 2009). Paralelamente, se expandieron las pasturas cultivadas en provincias como Buenos Aires y Santa Fe (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1952), consolidándose sistemas mixtos. Este viraje respondió tanto a precios relativos menos favorables para ciertos cultivos, como a la expansión del consumo interno y a la necesidad, especialmente a partir de 1952, de fortalecer la producción exportable.
La articulación agricultura-ganadería tenía antecedentes, pero, durante la expansión cerealera previa a 1930, ambas actividades habían coexistido bajo esquemas subordinados a ciclos de precios más que a criterios de conservación (Barsky & Gelman, 2009; Hora, 2010). La crisis de los años treinta –erosión eólica, agotamiento de nutrientes y volatilidad de mercados– evidenció la fragilidad del monocultivo continuo, particularmente en el oeste bonaerense y sur santafesino (Zarrilli, 1997). En la posguerra, esta experiencia se tradujo en la consolidación de rotaciones con alfalfa y otras forrajeras promovidas por el Ministerio de Agricultura (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1955).
Desde la historia ambiental, esta integración puede interpretarse como un mecanismo de estabilización ecológica dentro de un régimen capitalista orientado al mercado. La mayor circulación interna de biomasa antes de su exportación como carne modificó la relación entre extracción y reposición: aunque la exportación final de trigo, maíz y carne bovina –formas concentradas de nitrógeno y fósforo– continuó implicando pérdida neta de nutrientes, el circuito interno incorporó instancias de reciclaje vía estiércol que atenuaron parcialmente el déficit estructural (Zarrilli, 1997). Ello no eliminó la “fractura metabólica” propia de sistemas agrarios orientados al mercado externo, donde los nutrientes extraídos no retornan en proporciones equivalentes (Foster, 2000), pero sí introdujo un mecanismo de amortiguación relativa.
En perspectiva histórica, el período 1930-1960 puede entenderse como una etapa de transición entre el régimen extensivo cerealero clásico (1880-1930) y la intensificación tecnológica posterior a 1960. La modificación de flujos de biomasa y la expansión de sistemas mixtos otorgaron mayor estabilidad productiva sin transformar sustantivamente la base ecológica del sistema.
La posguerra no constituyó, por lo tanto, un paréntesis, sino una fase de reconfiguración en la que confluyeron intervención estatal, redistribución del excedente y ajustes socioecológicos. Tanto el momento expansivo inicial del peronismo como su fase posterior de corrección evidenciaron la centralidad estratégica del agro, anticipando debates persistentes sobre productividad, sustentabilidad, restricción externa y el papel del Estado en la regulación del metabolismo agrario.
2. Estimaciones cuantitativas de balance de nitrógeno y fósforo
Para dimensionar con mayor precisión la transición desde el monocultivo cerealero continuo hacia el sistema mixto agricultura-ganadería, es útil introducir una aproximación cuantitativa al balance de nutrientes. La literatura sobre balances históricos de nutrientes en sistemas extensivos pampeanos permite estimar órdenes de magnitud razonables para nitrógeno (N) y fósforo (P), aun cuando las series sistemáticas sean incompletas para el período 1930-1960 (Zarrilli, 1997; Barsky & Gelman, 2009).
En el monocultivo triguero continuo típico de la década de 1930, la extracción neta anual podía situarse aproximadamente de esta forma:
- Nitrógeno: –30 a –40 kg/ha/año
- Fósforo: –6 a –10 kg/ha/año
Estas cifras resultan de considerar el contenido promedio de nutrientes en el grano exportado y la ausencia de reposición significativa mediante fertilización química (prácticamente inexistente antes de la década de 1960). La mayor parte del nitrógeno y fósforo removido salía definitivamente del sistema regional a través de la exportación (Echeverría & García, 1998; FAO, 2001).
En contraste, bajo esquemas mixtos consolidados en la década de 1950 –con rotaciones que incluían pasturas plurianuales y presencia ganadera–, las estimaciones de extracción neta se reducen considerablemente:
- Nitrógeno: aproximadamente –10 a –20 kg/ha/año
- Fósforo: aproximadamente –2 a –4 kg/ha/año
La diferencia no implica un balance positivo, pero sí una reducción sustantiva del déficit. El reciclaje vía estiércol y la fijación biológica de nitrógeno por leguminosas (alfalfa) explican esta mejora relativa en el balance.
El gráfico n.º 9 muestra una estimación comparativa simplificada (valores medios ilustrativos dentro de los rangos mencionados):
- Monocultivo triguero (1930s):
- N ≈ –35 kg/ha/año
- P ≈ –8 kg/ha/año
- Sistema mixto agricultura-ganadería (1950s):
- N ≈ –15 kg/ha/año
- P ≈ –3 kg/ha/año
La magnitud de la reducción es significativa: el déficit anual de nitrógeno podría haberse reducido en torno al 55-60 %, mientras que el de fósforo, alrededor del 60 %. Desde una perspectiva metabólica, esto implica una mayor circularidad interna antes de la exportación final de biomasa como carne (Echeverría & García, 1998; FAO, 2001).
2.1. Interpretación metabólica
Bajo el enfoque metabólico (Foster, 2000; Moore, 2015), el sistema cerealero continuo operaba bajo un esquema lineal: suelo → grano → exportación → pérdida de nutrientes. El sistema mixto, en cambio, introducía un circuito ampliado: suelo → forraje → ganado → estiércol → suelo → carne → exportación.
Si bien la exportación final seguía implicando salida neta de nutrientes, la fracción que retornaba al suelo aumentaba sensiblemente. Esto conllevaba lo siguiente:
- Ralentizaba el agotamiento del capital natural edáfico.
- Aumentaba la resiliencia ecológica del sistema.
- Disminuía la exposición a crisis erosivas como la de los años treinta.
Esta dinámica representa un ajuste racional frente a la evidencia empírica de degradación. No fue un giro ambientalista en sentido ideológico, sino una respuesta pragmática a la fragilidad del modelo cerealero continuo. La experiencia histórica de erosión actuó como mecanismo de aprendizaje ecológico colectivo (Zarrilli, 1997).
No obstante, el sistema mixto no eliminó la tendencia estructural a la extracción neta. Sin fertilización mineral sistemática –que recién se expandiría décadas más tarde–, el balance continuaba siendo negativo. La estabilización fue relativa y transitoria.
Desde la historia ambiental de larga duración, puede afirmarse que la integración agricultura-ganadería representó lo siguiente:
- Un ajuste metabólico compensatorio.
- Una transición hacia mayor circularidad.
- Pero no una ruptura con la lógica extractiva exportadora.
La verdadera transformación del régimen metabólico pampeano ocurriría con la intensificación química posterior, cuando el ingreso masivo de fertilizantes sintéticos alteraría radicalmente el balance de nutrientes y la dependencia energética del sistema.
Gráfico n.º 9. Balance estimado de nitrógeno y fósforo. Región pampeana (1930-1955)

Fuente: elaboración propia con base en estimaciones históricas reconstruidas a partir de Zarrilli (2010) y Barsky & Gelman (2009).
El gráfico n.º 9 presenta una estimación comparativa del balance anual neto de nitrógeno (N) y fósforo (P) por hectárea en dos configuraciones productivas predominantes de la región: el monocultivo triguero continuo característico de la década de 1930 y el sistema mixto agricultura-ganadería consolidado hacia la década de 1950. Las magnitudes fueron reconstruidas a partir de contenidos promedio de nutrientes en grano y carne, coeficientes históricos de extracción por tonelada producida y estimaciones de retorno vía estiércol y fijación biológica de nitrógeno en rotaciones con leguminosas, siguiendo criterios utilizados en estudios de metabolismo agrario histórico (Zarrilli, 1997; Barsky & Gelman, 2009). Dado que para el período no existen series sistemáticas completas de balances edáficos, los valores deben interpretarse como órdenes de magnitud plausibles y coherentes con la literatura agronómica y económica disponible (Gliessman, 2007).
Metodológicamente, el balance neto de nutrientes se define como la diferencia entre las salidas (outputs) del sistema –biomasa cosechada y exportada– y las entradas o los retornos internos, incluyendo reciclaje orgánico y fijación biológica. En el monocultivo continuo, las salidas superan ampliamente a los retornos, lo cual genera déficits acumulativos; en sistemas mixtos, en cambio, una mayor proporción de biomasa circula internamente antes de abandonar el sistema, lo que complejiza el metabolismo agrario y modera la extracción neta (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007; Smil, 1999).
La interpretación histórica del cuadro sugiere que la integración agricultura-ganadería no eliminó la extracción neta de fertilidad, pero sí redujo sustancialmente su intensidad. Esta disminución del déficit anual indica una mayor circularidad interna y una estabilización ecológica relativa del agro pampeano en la posguerra. El sistema transita de un esquema lineal de extracción hacia uno parcialmente recirculado, lo que permitió amortiguar el agotamiento del capital natural edáfico sin abandonar la lógica exportadora. Esta transición anticipa los debates posteriores sobre sustentabilidad y productividad que marcarían la modernización agrícola de las décadas siguientes.
3. Modificación del balance energético (1945-1960)
El período 1945-1960 marca un punto de inflexión en el balance energético del sistema agrario pampeano. Si bien la transformación no alcanzó todavía la magnitud de la revolución verde posterior, la posguerra introdujo cambios graduales pero estructurales en la matriz energética del agro argentino. Históricamente, puede afirmarse que comenzó la transición desde un régimen agrario predominantemente solar-biológico hacia otro con creciente incorporación de energía fósil.
Hasta la década de 1940, el régimen energético pampeano estaba basado fundamentalmente en flujos biológicos: energía solar capturada por cultivos y pasturas, tracción animal, trabajo humano y reciclaje interno de biomasa. La productividad dependía en gran medida del capital edáfico del suelo y de la capacidad fotosintética del sistema. El consumo de insumos industriales era relativamente bajo, y la mecanización coexistía con formas tradicionales de trabajo (Barsky & Gelman, 2009).
Como ya fue señalado, este modelo puede caracterizarse como un sistema de base orgánica, donde la principal fuente energética era la radiación solar transformada en biomasa (Foster, 2000). La energía externa ingresaba en proporciones limitadas, principalmente en forma de herramientas metálicas, infraestructura ferroviaria y ciertos insumos industriales, pero no constituía el núcleo del proceso productivo.
La posguerra alteró progresivamente este esquema. Uno de los indicadores más claros fue el aumento sostenido del parque de tractores y cosechadoras. Según datos oficiales del Ministerio de Agricultura (1958), el número de tractores en explotación creció de manera significativa entre 1945 y 1958, impulsado por políticas de crédito, importación selectiva y producción local incipiente de maquinaria agrícola. La paulatina mecanización implicó una mudanza cualitativa del balance energético. El tractor reemplazó progresivamente la tracción animal, incorporando energía fósil (diésel y derivados del petróleo) como insumo directo del proceso productivo. Esta sustitución modificó la relación entre superficie trabajada y energía invertida.
Cuantitativamente, la capacidad de trabajo por unidad de tiempo aumentó considerablemente. Un tractor podía realizar en horas tareas que anteriormente requerían días de trabajo humano y animal. Desde la economía agraria, esto representó una reducción de costos laborales relativos y una ampliación potencial de la escala operativa (Gerchunoff & Llach, 2003).
Sin embargo, desde la historia ambiental, el cambio adquiere otra dimensión: la incorporación de energía fósil aumentó la dependencia del sistema productivo respecto de insumos externos no renovables. La matriz energética comenzó a desplazarse hacia una mayor intensidad energética por hectárea.
El aumento de la mecanización estuvo acompañado, a su vez, por un crecimiento del transporte motorizado. El camión comenzó a complementar –y en ciertos casos sustituir– al ferrocarril en circuitos regionales de comercialización. Esto condujo a un incremento adicional en el consumo de combustibles fósiles incorporados indirectamente al producto agrícola. Si se considera el balance energético ampliado (incluyendo producción, cosecha y transporte), el agro pampeano comenzó a integrar crecientemente energía externa en forma de hidrocarburos. Aunque los volúmenes aún eran modestos en comparación con la intensificación posterior, la tendencia era clara.
Desde el enfoque del metabolismo social, el sistema transitó hacia un régimen híbrido: la energía solar seguía siendo la base primaria de la producción biológica, pero la energía fósil comenzaba a desempeñar un rol estructural en la organización del trabajo y la circulación de mercancías (Moore, 2015).
Esta transformación tuvo implicancias territoriales. La mecanización favoreció explotaciones de mayor escala y aceleró la concentración productiva. Las explotaciones pequeñas enfrentaron mayores dificultades para acceder a maquinaria, lo cual profundizaba desigualdades estructurales ya existentes (Barsky & Gelman, 2009).
3.1. Introducción incipiente de fertilizantes químicos
Hacia fines de la década de 1950, comenzaron a registrarse en la región pampeana las primeras incorporaciones significativas de fertilizantes químicos, aunque todavía en volúmenes muy reducidos en comparación con la expansión que tendría lugar desde los años sesenta. Esta dinámica marcó un punto de inflexión en el metabolismo agrario, ya que la fertilización nitrogenada y fosfatada implicó la incorporación de energía industrial indirecta al sistema productivo. La síntesis de fertilizantes nitrogenados mediante el proceso Haber-Bosch es altamente intensiva en energía fósil, transformando gas natural en amoníaco y, por lo tanto, desplazando parcialmente la base energética del sistema desde flujos solares captados biológicamente hacia insumos industriales externos (Smil, 2001). Ello significó una transición desde un régimen basado predominantemente en el reciclaje interno de nutrientes hacia otro crecientemente dependiente de insumos exógenos, inaugurando una fase de mayor complejidad técnica, pero también de mayor dependencia energética y tecnológica.
La producción de fertilizantes nitrogenados mediante el proceso Haber-Bosch es intensiva en energía fósil. Por lo tanto, cada kilogramo de nitrógeno aplicado representa una cantidad considerable de energía industrial incorporada al agro. Aunque su uso era todavía restringido, marcaba una dirección clara hacia la intensificación (Foster, 2000).
Este ingreso de energía industrial modificó gradualmente el balance entre extracción biológica y reposición artificial de nutrientes. Si en el sistema previo la fertilidad dependía casi exclusivamente de la dinámica natural del suelo y del reciclaje interno, ahora comenzaba a intervenir energía externa para sostener o aumentar rendimientos.
Conceptualmente, el período 1945-1960 puede interpretarse como una fase de transición entre dos regímenes energéticos:
- Régimen solar-biológico clásico (hasta 1940):
- Predominio de energía solar.
- Baja intensidad de insumos industriales.
- Tracción animal y trabajo humano como principales fuentes mecánicas.
- Régimen fósil-industrial incipiente (posguerra):
- Creciente mecanización.
- Mayor consumo de combustibles fósiles.
- Introducción inicial de fertilización química.
Aunque aún lejos de la revolución verde de las décadas de 1960 y 1970, se configuraron en estos años las bases energéticas de la intensificación posterior. La dependencia de maquinaria, combustibles y tecnologías industriales preparó el terreno para un modelo agrario más intensivo en energía y capital. La energía externa permitió aumentar la capacidad de trabajo por unidad de superficie y expandir la productividad potencial. Sin embargo, también introdujo nuevas vulnerabilidades estructurales: dependencia tecnológica, exposición a fluctuaciones de precios energéticos y mayor rigidez en los costos de producción (Solbrig & Viglizzo, 1999).
Desde la historia ambiental de larga duración, esta transición puede leerse como el inicio de la “fosilización” del metabolismo agrario pampeano. El sistema dejó de ser predominantemente orgánico para convertirse progresivamente en un agroecosistema industrializado, articulado a cadenas energéticas globales.
Este inicio del cambio energético tuvo al menos tres implicancias estructurales:
- Incremento de la intensidad energética por hectárea.
- Mayor productividad potencial, pero también mayor costo fijo.
- Creciente integración del agro a circuitos industriales nacionales e internacionales.
En síntesis, el período 1945-1960 no representó todavía una ruptura tecnológica radical en la región pampeana, pero sí una inflexión estructural en el balance energético del agro. Si bien la mecanización y la fertilización química aún eran incipientes en comparación con la expansión posterior, comenzaron a introducirse insumos industriales que alteraron gradualmente la base energética del sistema productivo. La agricultura pampeana, históricamente sustentada en flujos solares captados por la fotosíntesis y en circuitos internos de reciclaje orgánico, inició así una transición hacia una mayor dependencia de energía fósil incorporada en maquinaria, combustibles y fertilizantes (Solbrig & Viglizzo, 1999).
Este desplazamiento no eliminó de inmediato la centralidad de los procesos biológicos –rotaciones, fijación simbiótica, reciclaje ganadero–, pero sentó las bases para una modernización intensiva que se consolidaría en la década siguiente. Desde el enfoque del metabolismo social, puede interpretarse como una ampliación de los flujos energéticos externos y una creciente subordinación del agro pampeano a circuitos industriales globales, en línea con la expansión del capitalismo fósil (Moore, 2015). Para el caso argentino, Pengue (2005) señala que, recién hacia fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, se aceleró la adopción sistemática de insumos industriales, lo que confirma que la posguerra constituyó una etapa preparatoria más que un quiebre consumado. En perspectiva regional, esta inflexión energética anticipó la profunda reconfiguración tecnológica y ecológica que caracterizaría al agro pampeano durante la fase de intensificación de las décadas posteriores.
4. Rendimientos y productividad (Argentina, 1945-1960)
La producción agrícola en Argentina durante la década de 1950 muestra una pauta de estabilización de rendimientos por hectárea, con moderados aumentos respecto de las oscilaciones más críticas observadas durante los años inmediatamente anteriores. Esta tendencia, observable en series oficiales de superficie, producción y rendimiento por cultivo, indica que el sistema agrario no entró en una fase de intensificación explosiva, sino en un período de ajuste y consolidación de prácticas técnico-productivas que moderaron la volatilidad de la producción y dieron una base más estable para el crecimiento posterior (Viglizzo & Frank, 2006).
Las estadísticas oficiales del Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca de Argentina incluyen series históricas de rendimiento (producción por hectárea) para cultivos clave como el trigo desde 1926 hasta la actualidad, publicadas en formatos accesibles y actualizados periódicamente por la Dirección de Estimaciones Agrícolas. Estas series incluyen datos de superficie sembrada, cosechada, producción total y rendimiento (kg/ha), permitiendo reconstruir la evolución de la productividad agrícola en décadas previas. En particular, la continuidad de la serie citada permite observar cómo, luego de los altibajos de la década del treinta y principios de los cuarenta, los rendimientos por hectárea en la década del cincuenta tendieron a estabilizarse, reflejando una combinación de mejores prácticas agronómicas y menores shocks climáticos o socioeconómicos (Zarrilli, 1989; Viglizzo & Frank, 2006).
La estabilización de rendimientos no puede entenderse sin considerar varios factores interrelacionados:
- Mejor manejo de suelos: la experiencia acumulada en manejo del perfil edáfico y rotaciones, junto con las rotaciones más amplias entre cultivos agrícolas y pasturas implantadas, redujo la degradación que había caracterizado periodos más tempranos. Este cambio agronómico favoreció mejores condiciones de suelo para la producción, lo cual se tradujo en rendimientos más consistentes.
- Rotaciones y pasturas: el uso de rotaciones que incluyen pasturas, fomentado desde las estaciones experimentales y por la práctica agraria cotidiana, aportó materia orgánica al suelo y mejoró la estructura edáfica, de manera de mitigar deterioros y favorecer una base productiva más estable.
- Mecanización: la expansión de tractores y maquinarias agrícolas aumentó la eficiencia de las labores de preparación de suelos y de cosecha, lo que permitió la reducción de pérdidas y un mejor cumplimiento de cronogramas de siembra y cosecha; esto puede reflejarse indirectamente en rendimientos más homogéneos. La mecanización también fue un factor clave para disminuir la heterogeneidad productiva entre explotaciones de distintas escalas.
Estos cambios se reflejan en las estadísticas oficiales como una reducción de la variabilidad año a año en los rendimientos de cultivos como el trigo, aunque todavía con valores por debajo de lo que sería alcanzado en períodos de intensificación tecnológica más profunda en décadas posteriores (Zarrilli, 1999).
Desde una perspectiva ecológica, la década de 1950 aparece como un período de transición en el que se intentó corregir parcialmente los desequilibrios acumulados del régimen agrario anterior sin alterar radicalmente la lógica exportadora que había caracterizado al agro pampeano desde fines del siglo XIX. El énfasis se situó en mejorar prácticas de manejo, rotaciones y organización productiva más que en la incorporación masiva de insumos químicos. Ello contrasta con la revolución verde que se consolidaría en Argentina a partir de la década de 1960, cuando la adopción sistemática de fertilizantes sintéticos, semillas mejoradas y mecanización avanzada redefinió la base tecnológica del agro pampeano (Gras & Hernández, 2009).
La estabilidad de los rendimientos en los años cincuenta, por lo tanto, no indica estancamiento productivo, sino, más bien, un ajuste ecológico dentro de un esquema de producción capitalista que todavía privilegiaba la extracción de excedentes para exportación sobre la reinversión tecnológica intensiva en el corto plazo. La estabilización fue una condición necesaria para preparar el terreno para el salto tecnológico de la década siguiente.
Gráfico n.º 10. Argentina. Rendimiento de trigo (1945-46 a 1954-55)

Coeficiente de variación (1945-46/1954-55: 28,25 %).
Fuente: Ministerio de Agricultura de la Nación; Giménez, O. (1961). Del trigo y su molienda. Buenos Aires: Peuser.
El gráfico n.º 10 muestra la evolución del rendimiento de trigo por hectárea sembrada en la Argentina entre las campañas 1945-1946 y 1954-1955, período que coincide con la fase central del primer peronismo y la inmediata posguerra. La serie evidencia una marcada variabilidad interanual –reflejada en un coeficiente de variación del 28,25 %– con un mínimo pronunciado en 1951-52 (438 kg/ha) y picos significativos en 1947-1948, 1952-1953 y 1954-1955. Esta oscilación confirma que el sistema aún estaba fuertemente condicionado por factores climáticos y por la limitada incorporación de insumos tecnológicos. No obstante, la línea de tendencia lineal muestra una pendiente positiva moderada, indicando que, más allá de los shocks anuales, el rendimiento promedio tendió a incrementarse gradualmente en el período. Desde una perspectiva histórico-ecológica, el comportamiento de la serie sugiere una fase de estabilización con mejora incipiente, asociada a rotaciones más amplias, mejor manejo del suelo y creciente mecanización, pero todavía distante de la intensificación estructural que caracterizaría a la década de 1960 con la generalización de fertilizantes químicos y semillas mejoradas.
5. Herencia ecológica y límites persistentes
La integración agricultura-ganadería y la expansión de pasturas implantadas durante las décadas de 1930-1950 constituyeron, como se ha señalado, un mecanismo de ajuste ecológico dentro del sistema agrario pampeano. Sin embargo, estos cambios no alteraron la estructura básica del modelo agroexportador argentino, que desde fines del siglo XIX se había configurado en torno a la producción de cereales y carnes para el mercado internacional (Hora, 2010). Estructuralmente, la lógica de inserción externa –alta proporción de producción destinada a mercados externos y transferencia internacional de biomasa– permaneció intacta.
Si bien la integración agricultura-ganadería y la expansión de pasturas implantadas favorecieron una mayor circulación interna de nutrientes –especialmente a través del estiércol y la fijación biológica de nitrógeno por leguminosas–, este reciclaje fue parcial. La fijación simbiótica en pasturas de alfalfa permitió incorporar nitrógeno atmosférico al sistema, lo que contribuyó a mejorar la disponibilidad de este nutriente en suelos sometidos a rotación (Zarrilli, 1997). Sin embargo, el fósforo –nutriente no fijable biológicamente– dependía de reservas edáficas acumuladas o de fertilización externa, que todavía era escasa en el período analizado.
Diversos estudios agronómicos sobre la región pampeana han señalado que, aun bajo esquemas de rotación, la exportación sostenida de granos y carne genera balances negativos de fósforo si no se incorporan fertilizantes minerales (Viglizzo & Frank, 2006). Durante las décadas de 1940 y 1950, el uso de fertilizantes químicos en Argentina era todavía limitado en comparación con los niveles que se registrarían a partir de los años sesenta (Rapoport, 2011). Así, la reposición biológica de nitrógeno no compensaba completamente la extracción de fósforo y otros nutrientes.
Este desequilibrio estructural confirma que la rotación y la alfalfa mitigaron parcialmente la fractura metabólica, pero no la eliminaron. El sistema continuó dependiendo en gran medida de la fertilidad acumulada durante siglos de formación del suelo pampeano. Desde la historia ambiental, esto implica que el capital natural edáfico siguió funcionando como una fuente silenciosa de subsidio ecológico a la acumulación agraria.
La herencia ecológica del período 1890-1930 –marcado por la simplificación ecosistémica, la pérdida parcial de materia orgánica y la expansión sobre zonas semiáridas– continuó condicionando el sistema productivo. La conversión masiva de pastizales naturales en monocultivos redujo la biodiversidad y alteró las dinámicas hidrológicas y edáficas de amplias áreas (Zarrilli, 1999). Aunque las rotaciones posteriores reintrodujeron cierta complejidad funcional, la matriz ecosistémica original no fue restaurada.
El período 1945-1960 representa una fase de estabilización relativa y aprendizaje ecológico, pero no de cambio estructural profundo. La herencia ecológica del ciclo expansivo previo continuó operando como condicionante de largo plazo. La historia ambiental del agro pampeano muestra así que los ajustes técnicos pueden amortiguar desequilibrios sin eliminar los límites biofísicos que impone un modelo de producción orientado a la exportación masiva de biomasa (Viglizzo & Frank, 2006).
Gráfico n.º 11. Extracción anual de fósforo. Maíz vs. trigo

Fuente: producción de maíz y trigo: Ministerio de Agricultura de la Nación (series históricas provistas por el autor) y Giménez (1961). Coeficientes de remoción de P por tonelada: FAO (2006); IPNI (2012).
El gráfico n.º 11 muestra cómo fue la extracción anual estimada de fósforo (P) asociada a la producción de maíz y trigo entre mediados de la década de 1920 y fines de la década de 1950, expresada en toneladas totales removidas del sistema agrario pampeano. En primer lugar, se observa una marcada volatilidad durante el período 1925-1940, especialmente en el trigo, cuyos picos –como el de fines de los años treinta– reflejan tanto aumentos coyunturales de producción como la fuerte orientación exportadora del cereal. El maíz presenta también oscilaciones significativas, aunque con amplitud algo menor en términos relativos. Esta inestabilidad no remite únicamente a factores climáticos, sino también a variaciones en superficie sembrada, precios internacionales y políticas comerciales. Desde una perspectiva de metabolismo agrario, cada uno de estos picos representa una transferencia masiva de nutrientes fuera del agroecosistema regional, intensificando el déficit edáfico en ausencia de reposición sistemática.
A partir de mediados de la década de 1940, se advierte una reducción relativa en la extracción total de fósforo, particularmente en el maíz, y una moderación de los extremos en el trigo. Este comportamiento es consistente con un período de rearticulación productiva caracterizado por mayor integración agricultura-ganadería, rotaciones más complejas y cierta estabilización de rendimientos. No se trata aún de una intensificación basada en fertilización química –que sería propia de la etapa posterior–, sino de un ajuste estructural que amortiguó parcialmente la pérdida neta de nutrientes. Sin embargo, incluso en esta fase más estable, los volúmenes extraídos continúan siendo elevados, lo que confirma que el metabolismo agrario pampeano seguía operando bajo una lógica exportadora con balances de fósforo persistentemente negativos, prefigurando tensiones de sostenibilidad que se profundizarían en décadas posteriores.
A su vez, el gráfico n.º 12 muestra la acumulación histórica de fósforo, que permite visualizar con mayor claridad la magnitud estructural del proceso que en el gráfico anual aparecía como oscilaciones coyunturales. Mientras que las extracciones anuales mostraban volatilidad asociada a clima, precios y superficie sembrada, la curva acumulada revela una tendencia inequívoca: entre mediados de la década de 1920 y fines de la de 1950, el sistema agrario pampeano transfirió al exterior –vía exportación de granos– cientos de miles de toneladas de fósforo. Hacia comienzos de la década de 1940, el trigo ya había acumulado un volumen cercano a las 400.000 toneladas, y el maíz superaba las 300.000, cifras que ilustran la profundidad metabólica del proceso. La pendiente sostenida de ambas curvas indica que, más allá de los ciclos, el balance estructural fue persistentemente negativo.
Asimismo, la brecha creciente entre trigo y maíz confirma el papel central del cereal triguero en la lógica exportadora y en la transferencia neta de fertilidad del suelo pampeano. El hecho de que la curva no presente inflexiones descendentes implica que no existió reposición compensatoria significativa durante el período: no se observa un momento de estabilización del stock edáfico, sino una extracción acumulativa continua. Desde una perspectiva de historia ambiental de larga duración, esta dinámica expresa un patrón clásico de “minería de nutrientes”, característico de sistemas agrarios orgánicos orientados a la exportación sin fertilización química sistemática. La acumulación cuantificada en el gráfico constituye, por lo tanto, una evidencia empírica del vaciamiento progresivo del capital natural del suelo pampeano durante la primera mitad del siglo XX.
Gráfico n.º 12. Acumulación histórica de fósforo. Maíz vs. trigo

Fuente: producción de maíz y trigo: Ministerio de Agricultura de la Nación (series históricas provistas por el autor) y Giménez (1961). Coeficientes de remoción de P por tonelada: FAO (2006); IPNI (2012).
Paralelamente, el gráfico n.º 13 presenta la remoción aparente de fósforo por hectárea cosechada para maíz y trigo entre 1924 y 1954, junto con un promedio ponderado por superficie. A diferencia de los gráficos anteriores –centrados en magnitudes totales y acumuladas–, aquí se observa la intensidad edáfica del proceso. El maíz exhibía valores superiores de extracción por hectárea (promedio 4,42 kg P/ha) respecto del trigo (3,56 kg P/ha), lo que refleja diferencias en rendimiento físico y contenido de fósforo por tonelada producida. Sin embargo, ambas curvas muestran una oscilación moderada dentro de un rango relativamente acotado (aproximadamente entre 2,5 y 5,5 kg P/ha), lo que indica que la presión sobre el suelo no fue episódica, sino estructural: año tras año el sistema removía cantidades significativas de fósforo sin reposición sistemática (Viglizzo & Frank, 2006).
La línea ponderada total (promedio 3,91 kg P/ha) permite sintetizar el comportamiento del sistema agrícola pampeano en su conjunto. No se observa una tendencia decreciente que sugiera agotamiento inmediato, ni un aumento explosivo propio de una intensificación química posterior; más bien se trata de un patrón persistente de extracción orgánica acumulativa. Desde una perspectiva de historia ambiental, esta estabilidad aparente en la remoción por hectárea encubre un proceso de vaciamiento progresivo del capital edáfico, ya que incluso valores “moderados” sostenidos durante tres décadas implican una transferencia neta considerable. El gráfico confirma así que, antes de la fertilización fosfatada sistemática, el metabolismo agrario pampeano operaba bajo un balance estructuralmente negativo, basado en la exportación continua de nutrientes incorporados en el grano.
Gráfico n.º 13. Remoción aparente de fósforo por hectárea. Maíz vs. trigo (1924-1954)

Promedios 1924-1954: maíz = 4,42 kg P/ha; trigo = 3,56 kg P/ha; total = 3,91 kg P/ha.
Nota: remoción aparente (no incluye reposición por fertilización).
El balance neto aparente de fósforo por hectárea (kg P/ha) para el período 1924-1954 fue estimado a partir de la remoción asociada a la cosecha. En el caso del maíz, el cálculo se realizó utilizando la superficie cosechada anual disponible en las series oficiales. Para el trigo, la superficie cosechada fue reconstruida mediante la relación entre producción total y rendimiento por hectárea cosechada, empleando los valores de rendimiento consignados en las estadísticas históricas correspondientes. Los resultados muestran que, para el período considerado, la remoción promedio fue de 4,42 kg P/ha cosechada en maíz y 3,56 kg P/ha en trigo, con un promedio ponderado por superficie de 3,91 kg P/ha. Estas cifras deben interpretarse como un balance neto aparente –es decir, únicamente como salida de nutrientes por cosecha–, y no como un balance edáfico completo. Para estimar el balance neto integral, sería necesario incorporar las entradas de fósforo (fertilización fosfatada, reciclaje vía estiércol u otras fuentes), las cuales, según la historiografía agraria y agronómica, fueron en este período limitadas y no sistemáticas, lo que refuerza la hipótesis de un déficit estructural sostenido en el metabolismo agrario pampeano.
Estos gráficos permiten visualizar con claridad la dimensión metabólica del modelo agrario pampeano en la primera mitad del siglo XX. En primer lugar, la extracción anual de fósforo vía trigo y maíz muestra una elevada volatilidad interanual, asociada a variaciones climáticas y productivas, pero con una tendencia estructural sostenida acumulativamente. Entre 1924 y 1954, ambos cultivos drenaron conjuntamente más de 1,14 millones de toneladas de fósforo del sistema edáfico, siendo el trigo el principal vector de transferencia debido a su mayor coeficiente de remoción por tonelada y su orientación exportadora directa. La curva acumulativa revela un proceso lineal y persistente de exportación de nutrientes, lo que confirma que la integración agricultura-ganadería y las rotaciones introducidas tras la crisis de los años treinta no alteraron el carácter extractivo del sistema.
En el plano ecológico, esto implica una dependencia prolongada del “stock heredado” de fertilidad de los suelos pampeanos: el nitrógeno podía parcialmente compensarse mediante fijación biológica, pero el fósforo –no renovable a escala agronómica sin fertilización mineral– siguió registrando un balance neto negativo. Así, los gráficos no solo cuantifican un flujo económico-exportador, sino que evidencian una fractura metabólica persistente, donde el suelo funcionó como subsidio ecológico invisible de la acumulación agroexportadora hasta la generalización de la fertilización fosfatada en la década de 1960.
La comparación de la extracción acumulada de fósforo muestra que, en el período analizado, el trigo constituyó el principal vector de transferencia de este nutriente fuera del agro pampeano. Entre 1924 y mediados de la década de 1950, el trigo extrajo aproximadamente 663.858 toneladas de fósforo, mientras que el maíz –considerando su serie hasta 1960– removió alrededor de 540.594 toneladas. Comparativamente, el trigo drenó cerca de 123.000 toneladas más que el maíz. Aunque el maíz registró años de producción muy elevados, especialmente durante la década de 1930, el mayor coeficiente de extracción de fósforo por tonelada de trigo y su orientación exportadora más directa explican esta diferencia estructural. Por lo tanto, el cereal triguero desempeñó un papel central en la transferencia internacional de fertilidad edáfica durante la primera mitad del siglo XX.
Los gráficos anuales revelan una alta volatilidad en ambos cultivos, con picos sincronizados en años de grandes cosechas –particularmente notorios en el trigo hacia fines de la década de 1930–, mientras que las curvas acumuladas exhiben un crecimiento sostenido y casi lineal, con una pendiente más pronunciada para el trigo y una brecha creciente después de 1930. En conjunto, trigo y maíz drenaron más de 1,2 millones de toneladas de fósforo entre 1924 y mediados de los años cincuenta, en un contexto en el que la fertilización fosfatada era mínima y la reposición biológica, insuficiente para compensar las salidas. Desde una lectura metabólica de larga duración, estos datos constituyen evidencia cuantitativa de un drenaje sistemático y acumulativo del capital edáfico pampeano, expresando una fractura metabólica estructural y un subsidio ecológico implícito que sostuvo el modelo agroexportador argentino.
Esquema de flujos metabólicos de fósforo agropampeano (1924-1954)

Esquema sintético de los flujos de fósforo en el agro pampeano (1924-1954). La exportación está cuantificada; consumo interno y entradas externas se indican cualitativamente.
Fuente: elaboración propia con base en la producción de trigo y maíz: Ministerio de Agricultura de la Nación; Giménez (1961). Coeficientes de remoción de P: FAO (2006); IPNI (2012).
El esquema sintetiza, en términos metabólicos, el funcionamiento del agro pampeano entre 1924 y 1954 como un sistema abierto de flujos de fósforo. El nutriente fluye desde el stock edáfico del suelo hacia la producción agrícola de trigo y maíz, y desde allí se bifurca en dos destinos principales: el consumo interno –forraje y mercado doméstico–, donde podría existir un retorno parcial vía reciclaje orgánico no cuantificado en esta estimación, y la exportación de biomasa, que significó una salida acumulada aproximada de 1,14 millones de toneladas de fósforo durante el período. Las entradas externas aparecen explícitamente como marginales, en consonancia con la evidencia histórica que señala la escasa fertilización fosfatada antes de fines de la década de 1950. Desde una clave ecológica, el diagrama evidencia que el sistema operó apoyado fundamentalmente en el capital edáfico heredado: si bien la integración agricultura-ganadería pudo contribuir a amortiguar los balances de nitrógeno, no logró cerrar el ciclo del fósforo. En consecuencia, aun bajo formas productivas mixtas y con ajustes técnicos, persistió un balance estructuralmente negativo que expresa una transferencia continua de fertilidad hacia el exterior del sistema.
6. Comparación estructural y transición hacia la revolución verde
El período 1945-1960 constituye un momento decisivo en la trayectoria ambiental y productiva. Lejos de representar una etapa de mera estabilización posterior a la crisis ecológica de los años treinta, este ciclo debe interpretarse como una fase preparatoria de la intensificación tecnológica que se consolidaría con la revolución verde en la década de 1960. La reorganización productiva –expresada en la integración agricultura-ganadería, la expansión de pasturas implantadas y la mecanización creciente– no alteró la lógica estructural del modelo agroexportador, pero sí modificó sus bases técnicas y energéticas.
Las estadísticas oficiales del Ministerio de Agricultura de la Nación muestran que, durante la década de 1950, se expandieron las superficies destinadas a pasturas cultivadas en provincias centrales como Buenos Aires y Santa Fe (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1958). Esta expansión estuvo asociada a una mayor articulación entre agricultura y ganadería, reforzando el sistema mixto que ya venía consolidándose desde la crisis de los años treinta (Barsky & Gelman, 2009).
La incorporación de pasturas implantadas –en particular alfalfa– tuvo efectos relevantes agronómicamente: mejora de la estructura edáfica, incremento de materia orgánica y fijación biológica de nitrógeno. Desde una perspectiva metabólica, ello supuso mayor circulación interna de nutrientes y una moderación relativa del monocultivo cerealero. Sin embargo, la estabilización no implicó reversión estructural del balance de nutrientes, especialmente en lo referente al fósforo, cuya reposición sistemática era todavía marginal en el período (FAO, 2006).
Simultáneamente, el parque de tractores experimentó un crecimiento sostenido entre mediados de los años cuarenta y fines de los cincuenta, fenómeno registrado en los censos agropecuarios (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1958). Esta mecanización dio lugar a una transformación del régimen energético agrario: el sistema pampeano, históricamente basado en energía solar y tracción animal, comenzó a incorporar de manera creciente energía fósil. Aunque el nivel de insumos industriales aún era bajo en comparación con Estados Unidos, se sentaron las bases materiales para la intensificación posterior (Bisang, Anlló, & Campi, 2015).
Para la historia ambiental global, este desarrollo puede situarse dentro de la transición hacia lo que McNeill (2000) denomina la “gran aceleración” del siglo XX: un aumento progresivo del uso de energía fósil y de la intervención tecnológica sobre ecosistemas agrícolas. En la región pampeana, la etapa 1945-1960 no fue todavía la revolución verde, pero sí el momento de articulación de las condiciones técnicas que la harían posible.
La comparación con el caso estadounidense permite iluminar las especificidades del proceso pampeano. Tras la crisis del Dust Bowl en la década de 1930, el gobierno de Estados Unidos implementó políticas de conservación masiva bajo el New Deal, incluyendo la creación del Soil Conservation Service y la promoción de prácticas obligatorias de manejo del suelo (Worster, 1979). El Estado intervino activamente para reducir la erosión y reestructurar los sistemas productivos (Viglizzo & Frank, 2006).
En Argentina, la crisis ecológica de los años treinta –caracterizada por erosión en zonas semiáridas y vulnerabilidad productiva– no dio lugar a un programa nacional de conservación de suelos de magnitud comparable. La respuesta fue más gradual, descentralizada y dependiente de decisiones privadas de productores (Zarrilli, 1997). Las rotaciones mixtas y la incorporación de pasturas se difundieron progresivamente, pero sin un marco institucional equivalente al estadounidense.
Sin embargo, ambos casos comparten un rasgo estructural: las transformaciones técnicas estuvieron orientadas a estabilizar la producción sin cuestionar la lógica de acumulación capitalista basada en la expansión de la productividad y la inserción en mercados amplios. Como ha señalado Worster (1979), el Dust Bowl no supuso una ruptura con el paradigma productivista; lo reconfiguró. De manera análoga, en el espacio pampeano la reorganización posterior a la crisis no alteró la orientación exportadora ni la dependencia de la extracción de biomasa (Viglizzo & Frank, 2006).
Desde el enfoque del metabolismo social, el período 1945-1960 representa una fase intermedia entre el régimen agrario solar-biológico del siglo XIX y el régimen agroindustrial intensivo posterior. La mayor integración agricultura-ganadería incrementó la circulación interna de nutrientes, mientras que la mecanización introdujo flujos energéticos fósiles crecientes. Las estimaciones realizadas sobre las series de producción de trigo y maíz indican que la extracción anual de fósforo se mantuvo significativa durante el período, aun cuando la intensidad por hectárea mostró cierta desaceleración respecto de décadas previas. La ausencia de fertilización mineral sistemática hasta fines de los años cincuenta supuso que el sistema continuara dependiendo de la fertilidad acumulada del suelo. La fractura metabólica, usando el concepto de Foster (2000), no desapareció; se moduló.
El inicio de la fertilización química hacia fines del período marcó un punto de inflexión. La reposición de nutrientes comenzó a depender de insumos industriales externos, desplazando el límite ecológico local hacia una dependencia geopolítica de recursos minerales globales (Moore, 2015). Esta transición no eliminó el problema de la sostenibilidad, sino que lo reconfiguró en una escala diferente.
La reorganización productiva entre 1945 y 1960 puede caracterizarse entonces como un ajuste adaptativo frente a la crisis ecológica previa. El sistema incorporó rotaciones más amplias, fortaleció el componente ganadero y mejoró ciertas prácticas de manejo. Sin embargo, la estructura básica del modelo agroexportador permaneció intacta: alta proporción de producción destinada a mercados externos, especialización en commodities y transferencia internacional de biomasa.
Rapoport (2011) ha señalado que, incluso bajo el intervencionismo estatal del peronismo, el sector agropecuario siguió siendo un pilar de la inserción internacional argentina. Desde una perspectiva ambiental, ello significó continuidad de este patrón metabólico y de energía incorporada.
La transición hacia la revolución verde en los años sesenta no surgió en un vacío. Fue el resultado de un proceso acumulativo donde la mecanización, los cambios productivos y la experiencia de la crisis ecológica crearon las condiciones para la intensificación tecnológica. La etapa 1945-1960 funcionó como umbral: ni extensiva tradicional ni plenamente agroindustrial.
Entre 1945 y 1960, el territorio atravesó una alteración estructural que combinó estabilización ecológica relativa y transición tecnológica. La integración agricultura-ganadería y la expansión de pasturas implantadas incrementaron la circulación interna de nutrientes y mitigaron parcialmente la vulnerabilidad heredada del monocultivo cerealero. La mecanización creciente introdujo un componente energético fósil que modificaría profundamente el metabolismo agrario en décadas posteriores.
Desde la mirada de la historia ambiental y del metabolismo social, este período representa una fase de transición caracterizada por los siguientes ítems:
- Mayor circulación interna de biomasa.
- Incorporación gradual de energía fósil.
- Persistencia de transferencia internacional de nutrientes.
- Dependencia continua del capital natural edáfico.
La fractura metabólica estructural no desapareció, pero fue amortiguada mediante ajustes técnicos. La herencia ecológica del modelo extensivo condicionó la forma que adoptaría la intensificación tecnológica posterior. Lejos de ser una etapa de estancamiento, el período 1945-1960 constituye un momento clave en la configuración del capitalismo agrario contemporáneo en la región pampeana.






