1. La región como construcción socioecológica: de ecosistema pastoril a territorio agroindustrial (siglos XVI-XX)
El análisis histórico de la agricultura en este sistema natural ha privilegiado, durante décadas, las variables económicas, institucionales y sociales que explicaron su expansión cerealera y su inserción en el mercado mundial. La literatura clásica sobre la “Argentina agroexportadora” examinó con detalle el papel del capital británico, la infraestructura ferroviaria, la política de tierras públicas y la inmigración europea como factores decisivos en la consolidación del modelo cereal-ganadero. Sin embargo, ese énfasis –indudablemente necesario– tendió a dejar en segundo plano la base biofísica que hizo posible, y al mismo tiempo condicionó, dicho proceso: la estructura ecológica regional y el régimen metabólico que articuló sociedad y naturaleza antes de la intensificación agrícola.
En clave histórico-ambiental, esta omisión no es menor. Toda expansión productiva descansa sobre un sustrato ecológico que define umbrales, límites y potencialidades. Este territorio no fue simplemente un escenario pasivo donde se desplegaron decisiones económicas; fue un sistema ecológico altamente productivo cuya configuración edáfica, climática y biológica resultó decisiva para la forma específica que adoptó el capitalismo agrario en el Cono Sur. La fertilidad natural de los suelos, la continuidad espacial de las praderas y la relativa estabilidad de los ciclos de nutrientes constituyeron condiciones materiales que precedieron –y estructuraron– la expansión agrícola.
La expansión agrícola posterior a 1890 solo puede comprenderse si se reconstruye el funcionamiento previo de la región pampeana como sistema socioecológico. Lejos de ser un “espacio vacío” disponible para la acumulación, la región integraba un complejo ecosistema de praderas templadas con ciclos biogeoquímicos relativamente cerrados, elevada productividad primaria neta y un régimen de uso extensivo que mantenía una sincronía entre reproducción ecológica y extracción productiva. La alteración posterior condujo a la apertura progresiva de esos ciclos y la reorientación de los flujos de materia y energía hacia mercados externos.
Desde esta perspectiva, antes de la intensificación cerealera, el territorio operaba bajo un régimen metabólico solar-biológico de baja intensidad extractiva. La principal fuente de energía provenía de la radiación solar capturada por las gramíneas y convertida en biomasa a través de la fotosíntesis. El uso humano –centrado en la ganadería extensiva y en formas limitadas de agricultura– se integraba relativamente a ese flujo, sin alterar de manera estructural la base edáfica ni los ciclos de nutrientes.
La “pampa” designa el vasto sistema de llanuras cubiertas de pastizales que se extiende por el sudeste de América del Sur, abarcando aproximadamente 760.000 km² en Argentina, Uruguay, el sur de Brasil y sectores de Paraguay. Este espacio constituye uno de los complejos de pastizales templados más extensos del planeta, caracterizado por una notable heterogeneidad climática, edáfica y biogeográfica. Lejos de ser una superficie homogénea, la región presenta gradientes de precipitación, variaciones en la composición de los suelos y una diversidad de comunidades vegetales que incluyen, además de los pastizales dominantes, bosques marginales, selvas en galería y otras formaciones que configuran un mosaico ecológico complejo. Desde una perspectiva de historia ambiental, este territorio puede entenderse como un sistema socioecológico dinámico, cuya estructura y funcionamiento fueron profundamente transformados por la acción humana a lo largo de los últimos siglos.
Si bien la región pampeana ha sido frecuentemente representada como un sistema relativamente homogéneo, esta caracterización simplifica en exceso su complejidad interna. En realidad, el espacio pampeano presenta marcados gradientes subregionales –particularmente en sentido este-oeste y norte-sur– asociados a variaciones en precipitaciones, disponibilidad hídrica y características edáficas. Estas diferencias se traducen en contrastes en productividad primaria, aptitud agrícola y vulnerabilidad ambiental, especialmente en áreas más marginales como el oeste pampeano o sectores del sur bonaerense, donde las restricciones hídricas y la menor fertilidad condicionaron históricamente las formas de uso del suelo (Viglizzo et al., 2001; Soriano et al., 1992). Desde este punto de vista, más que un espacio uniforme, la región debe entenderse como un mosaico socioecológico, cuya heterogeneidad estructural influyó de manera decisiva en la dinámica de la expansión agraria y en sus impactos ambientales.
Antes de la colonización europea, estos pastizales estaban habitados por diversos pueblos originarios que desarrollaron formas de ocupación territorial adaptadas a las condiciones ecológicas regionales. La introducción del término “pampa”, proveniente del quechua, refleja ya un proceso de apropiación cultural y simbólica del territorio. Sin embargo, la mudanza ecológica más profunda se inició con la colonización europea a partir del siglo XVI, cuando la introducción de especies exóticas –especialmente caballos y ganado bovino– alteró los equilibrios ecológicos existentes. La proliferación de ganado cimarrón y, posteriormente, el desarrollo de la ganadería extensiva inauguraron un proceso de transformación ecológica que modificó la composición florística, los ciclos de nutrientes y la estructura del paisaje. Este cambio marcó el inicio de una nueva fase metabólica, caracterizada por la incorporación sistemática de la biomasa natural al circuito de acumulación económica.
Durante los siglos XVIII y XIX, la consolidación de la economía ganadera y la expansión de la frontera agraria transformaron progresivamente la pampa en un espacio productivo integrado al mercado mundial. La cultura material asociada al pastoreo extensivo, encarnada en la figura del gaucho, constituyó una expresión social de este régimen ecológico, basado en el aprovechamiento directo de la productividad biológica natural de los pastizales. Sin embargo, este equilibrio relativo comenzó a alterarse con la expansión de la agricultura cerealera, el alambrado de los campos y la creciente mercantilización de la tierra. La incorporación de estos territorios al sistema agroexportador dio lugar a un cambio profundo del metabolismo socioecológico regional, orientado hacia la maximización de la producción y la exportación de biomasa.
Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, este proceso se intensificó significativamente. La conversión de los pastizales naturales en tierras agrícolas supuso una simplificación ecológica progresiva del sistema. Lo que anteriormente constituía una matriz continua de pastizal con perturbaciones localizadas se transformó en una matriz agrícola dominante, en la que los remanentes de vegetación natural quedaron reducidos a fragmentos aislados. La dinámica de sustitución ecológica redujo la biodiversidad, alteró los ciclos biogeoquímicos y debilitó los mecanismos naturales de regulación ecológica. La introducción de nuevas especies vegetales, el uso creciente de agroquímicos y la intensificación productiva profundizaron esta tendencia, de modo que consolidaron un modelo de producción basado en la extracción intensiva de recursos naturales.
Desde la perspectiva del metabolismo social, esta variación puede interpretarse como el pasaje desde un régimen ecológico dominado por flujos energéticos solares y procesos biológicos relativamente autónomos hacia un sistema crecientemente dependiente de insumos externos y orientado por la lógica de la acumulación capitalista. La apropiación sistemática de la fertilidad del suelo, la expansión continua de la frontera productiva y la creciente artificialización del ecosistema constituyen manifestaciones de una fractura metabólica estructural, en la cual la capacidad regenerativa del sistema natural se ve subordinada a las demandas del sistema económico (González de Molina & Toledo, 2016).
Las consecuencias ecológicas de este fenómeno han sido profundas y duraderas. Aunque una proporción significativa de la superficie pampeana conserva aún características estructurales del pastizal original, casi la totalidad del sistema ha sido transformada por la acción humana. La fragmentación del hábitat, la pérdida de biodiversidad, la alteración de las dinámicas ecológicas y la creciente vulnerabilidad ambiental reflejan los límites ecológicos del modelo agroproductivo dominante. La protección ambiental resulta extremadamente limitada, lo que evidencia la subordinación histórica de las funciones ecológicas del territorio a su función económica.
La historia ambiental de la región pampeana no puede entenderse simplemente como la expansión de la agricultura sobre un espacio vacío, sino como un proceso de rearticulación metabólica en el cual un ecosistema complejo y diverso fue progresivamente transformado en un sistema agroindustrial simplificado. Este proceso, impulsado por la expansión del capitalismo agrario y la integración al mercado mundial, convirtió a la pampa en uno de los principales territorios agroexportadores del planeta, pero al mismo tiempo generó una profunda reconfiguración ecológica cuyas consecuencias estructurales continúan definiendo las condiciones ambientales y productivas de la región hasta el presente.
2. La estructura ecológica como condicionante histórico
La configuración ecológica regional constituye el punto de partida indispensable para comprender el balance biofísico inicial. Como se desarrolló en el apartado precedente, el espacio pampeano forma parte de los grandes sistemas de praderas templadas del mundo. Sus suelos –mayoritariamente molisoles[1] formados sobre depósitos loéssicos[2]– presentan horizontes superficiales ricos en carbono orgánico, resultado de la acumulación secular de biomasa radicular. Esta característica, además de otorgar alta fertilidad natural, garantizaba una notable estabilidad estructural del agregado edáfico (Lavado & Taboada, 2009).
El clima templado, con precipitaciones moderadas y gradiente decreciente hacia el oeste, configuraba un mosaico ecológico que permitía tanto el desarrollo de pastizales densos en sectores más húmedos como la persistencia de comunidades vegetales adaptadas a condiciones subhúmedas. La variabilidad interanual de las lluvias introducía oscilaciones en la productividad, pero dentro de umbrales que el sistema podía absorber sin pérdida estructural.
Biofísicamente, el sistema se organizaba en torno a ciclos relativamente cerrados de nutrientes. El nitrógeno era reciclado por la descomposición vegetal y la actividad microbiana; el carbono se incorporaba al suelo mediante raíces profundas; el fósforo permanecía mayormente en el complejo edáfico. La exportación externa de biomasa era limitada, y el pastoreo extensivo no implicaba remoción sistemática del horizonte fértil. El resultado era un equilibrio dinámico sostenido por la interacción entre cobertura vegetal permanente, actividad biológica del suelo y perturbaciones naturales –principalmente incendios y sequías periódicas– que actuaban como reguladores internos (Sala, Deregibus, Schlichter & Alippe, 1981).
Desde la óptica del metabolismo social, este funcionamiento puede caracterizarse como un régimen de baja intensidad energética. La energía fósil no desempeñaba aún un papel central; la tracción animal y el trabajo humano predominaban; la producción estaba estrechamente vinculada a la capacidad fotosintética del ecosistema. Por lo tanto, los flujos de materia movilizados por la sociedad permanecían relativamente acotados en relación con la productividad total del sistema (González de Molina & Toledo, 2016).
3. La ruptura metabólica como problema histórico
Entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX, el uso predominante del espacio pampeano fue la ganadería extensiva. Aunque ya existían áreas bajo cultivo, la estructura productiva conservaba rasgos compatibles con el funcionamiento ecológico originario. El ganado, en sistemas de baja carga, actuaba como mediador entre biomasa vegetal y consumo humano, transformando pasto en carne sin alterar de manera drástica la estructura del suelo.
Este régimen metabólico solar-biológico se caracterizaba por los siguientes ítems:
- Dependencia primaria de la energía solar capturada por la vegetación.
- Baja incorporación de insumos externos.
- Reciclaje interno de nutrientes a través del estiércol y la descomposición.
- Limitada exportación de nutrientes en relación con el volumen total producido.
La sociedad extraía una fracción de la productividad primaria neta desde una perspectiva de los flujos de energía, pero sin desarticular completamente los mecanismos de regeneración ecológica. La reproducción del sistema productivo se apoyaba en la resiliencia del pastizal y en la capacidad del suelo para mantener su estructura y fertilidad sin fertilización artificial.
No obstante, este equilibrio era frágil. La expansión de la frontera agrícola, el aumento de la demanda internacional de cereales y la progresiva mercantilización de la tierra comenzaron a presionar sobre el sistema. La conversión de praderas en campos cultivados implicaba la remoción de la cobertura permanente, la exposición del suelo a procesos erosivos y la exportación sistemática de nutrientes incorporados en los granos.
El núcleo interpretativo del libro reside precisamente en la transición desde este régimen metabólico solar-biológico hacia un régimen agrario crecientemente intensivo y orientado al mercado mundial. La apertura de los ciclos biogeoquímicos –a través de la exportación masiva de biomasa cerealera– supuso una reorganización profunda de los flujos de materia y energía. La fertilidad natural acumulada durante siglos comenzó a integrarse a circuitos globales de intercambio, y se fue desvinculando de los procesos locales de reciclaje.
Bajo el enfoque metabólico, se produjo una ampliación cuantitativa y cualitativa de los flujos movilizados: mayor extracción de nutrientes, incremento del trabajo humano y animal dedicado al cultivo, y progresiva incorporación de insumos externos. Esta transformación no fue instantánea ni lineal, pero entre 1890 y 1914 se establecieron las bases estructurales del nuevo régimen.
Reconstruir el funcionamiento previo no constituye, por tanto, un ejercicio descriptivo, sino una condición analítica para comprender la magnitud del cambio. Solo a partir de la identificación de los equilibrios originales –ciclos relativamente cerrados, baja intensidad energética, sincronía entre reproducción ecológica y uso productivo–, es posible dimensionar el alcance de la ruptura posterior.
En consecuencia, este capítulo se propone examinar la estructura ecológica de la región y el balance biofísico inicial como punto de partida del proceso histórico que transformó profundamente la relación entre sociedad y naturaleza en el espacio pampeano. El tránsito desde un sistema solar-biológico de baja intensidad hacia un metabolismo agrario abierto y orientado a la exportación constituye el eje interpretativo que articula la historia ambiental de la agricultura regional en las décadas siguientes.
4. La región pampeana como sistema ecológico
Esta región constituye uno de los grandes y más ricos sistemas de praderas templadas del planeta, tanto por su extensión como por su potencial productivo y por la singularidad de su configuración edáfica y climática. Desde una perspectiva biogeográfica, suele compararse con el Midwest norteamericano o con las estepas euroasiáticas, no solo por analogía morfológica, sino por compartir rasgos estructurales: dominio de gramíneas, climas templados subhúmedos a semiáridos y suelos profundos con elevada acumulación de materia orgánica.
Geomorfológicamente, el relieve presenta sobre todo una morfología suavemente ondulada, resultado de procesos sedimentarios cuaternarios asociados a depósitos loéssicos y fluviales. Esta topografía de pendientes bajas favoreció históricamente la infiltración del agua, el desarrollo de horizontes edáficos profundos y la continuidad espacial de la cobertura vegetal. La ausencia de grandes barreras orográficas internas contribuyó a la homogeneidad del paisaje, aunque con gradientes ambientales claramente definidos de este a oeste y de norte a sur (Lavado & Taboada, 2009).
Climáticamente, la región se inscribe en el dominio templado, con precipitaciones que decrecen progresivamente hacia el oeste y sudoeste. Este gradiente pluviométrico organiza una transición desde sectores más húmedos –donde predominan praderas densas con mayor biomasa aérea– hacia áreas subhúmedas y semiáridas, donde la cobertura vegetal se vuelve más rala y las condiciones hídricas imponen mayores restricciones ecológicas. La variabilidad interanual de las precipitaciones, asociada a oscilaciones macroclimáticas, constituyó históricamente un factor central en la dinámica ecológica regional (Guerrero, 2020).
La estructura vegetal estuvo dominada por gramíneas perennes, muchas de ellas con sistemas radiculares profundos y densos, capaces de explorar amplios volúmenes de suelo. Estas adaptaciones conferían una notable resiliencia frente a disturbios naturales como incendios y pastoreo. Tal como señalaron Soriano et al. (1992), el pastizal pampeano puede caracterizarse como un ecosistema de elevada productividad primaria neta, sostenida por la eficiencia fotosintética de especies adaptadas a regímenes de perturbación recurrente. El fuego –ya fuera por descargas eléctricas o prácticas humanas tempranas– no constituía un evento catastrófico, sino un componente funcional del sistema, que promovía la renovación de tejidos vegetales y la redistribución de nutrientes.
Uno de los rasgos ecológicos más significativos de la región pampeana radica en la formación de sus suelos. La acumulación secular de biomasa radicular, sumada a la lenta descomposición en condiciones templadas, permitió la generación de horizontes superficiales ricos en carbono orgánico. Estos suelos, clasificados mayoritariamente como molisoles, se caracterizan por su estructura granular estable, elevada porosidad, buena capacidad de retención de agua y abundancia de nutrientes disponibles. La fertilidad natural resultante no fue producto de intervenciones externas, sino de un prolongado proceso de coevolución entre vegetación, clima y material parental (Lavado & Taboada, 2009).
Desde una perspectiva ecosistémica, el sistema pampeano funcionaba en torno a ciclos relativamente cerrados de nutrientes. El nitrógeno era reciclado a través de la descomposición de la biomasa vegetal y la actividad microbiana del suelo; el carbono ingresaba y se almacenaba mediante el aporte constante de raíces profundas y restos orgánicos; el fósforo, menos móvil, permanecía mayoritariamente integrado al complejo edáfico. La exportación externa de biomasa era limitada en el marco de un pastoreo extensivo de baja carga, lo que implicaba que el horizonte fértil no experimentaba remociones sistemáticas ni pérdidas significativas de materia orgánica (Guerrero, 2020).
Este funcionamiento metabólico –flujos de energía y materia– estaba regulado por interacciones relativamente estables entre componentes bióticos y abióticos. La cobertura vegetal permanente desempeñaba un papel central en la protección del suelo frente a la erosión hídrica y eólica. Las raíces actuaban como elementos estructurantes del agregado edáfico, mientras que la biomasa aérea amortiguaba el impacto directo de las precipitaciones sobre la superficie. La infiltración superaba ampliamente la escorrentía en condiciones normales, y el balance hídrico favorecía la recarga de perfiles profundos (Jobbágy & Jackson, 2000).
El equilibrio ecológico no implicaba, sin embargo, ausencia de perturbaciones. Las sequías periódicas, las oscilaciones térmicas y la variabilidad interanual de las precipitaciones formaban parte constitutiva de la dinámica regional. En años secos, la reducción de la productividad vegetal podía generar disminuciones temporales en la cobertura del suelo; en años húmedos, la expansión de la biomasa reforzaba la acumulación de materia orgánica. Esta alternancia contribuía a la heterogeneidad temporal del sistema sin comprometer su estructura básica (Jobbágy & Jackson, 2000).
Asimismo, la fauna nativa –incluyendo grandes herbívoros, roedores fosoriales y aves granívoras– desempeñaba un papel fundamental en el funcionamiento ecológico del sistema, al intervenir activamente en la redistribución de nutrientes y en la dinámica física del suelo. El pastoreo natural no producía una remoción uniforme de la biomasa, sino que generaba patrones espaciales heterogéneos de consumo, lo cual daba lugar a un mosaico de parches con diferentes niveles de cobertura vegetal y estados sucesionales. Esta heterogeneidad contribuía a mantener la diversidad funcional del ecosistema y favorecía la renovación continua de la vegetación.
Al mismo tiempo, la actividad bioturbadora de numerosas especies –especialmente roedores cavadores e invertebrados del suelo– promovía la aireación del perfil edáfico y facilitaba la mezcla de los horizontes superficiales, mejorando la estructura del suelo y su capacidad de infiltración. Estos procesos estimulaban la actividad microbiana y aceleraban la descomposición de la materia orgánica, de manera que intensificaban la mineralización de nutrientes y su reincorporación a los ciclos biogeoquímicos. Como resultado, la interacción entre fauna, vegetación y suelo reforzaba los mecanismos internos de autorregulación del ecosistema, contribuyendo a sostener su fertilidad y estabilidad a largo plazo sin necesidad de aportes externos significativos (Guerrero, 2020).
En el plano ecológico, puede afirmarse que la zona preagrícola en estudio constituía un sistema altamente productivo, pero también delicadamente equilibrado. Su estabilidad no se basaba en la ausencia de cambios, sino en la capacidad de absorber perturbaciones dentro de umbrales funcionales. La resiliencia derivaba de la cobertura vegetal continua, la profundidad de los suelos y la eficiencia de los ciclos internos de nutrientes.
Esta configuración ecológica sentó las bases materiales para la posterior expansión agrícola. La elevada fertilidad natural de los suelos, la facilidad de laboreo asociada al relieve suave y la ausencia de bosques densos que requirieran desmontes masivos facilitaron la rápida variación del paisaje a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Sin embargo, aquello que constituyó una ventaja productiva también dio lugar a una vulnerabilidad latente: la apertura sistemática de los ciclos cerrados de nutrientes, la exportación sostenida de biomasa y la alteración de la cobertura permanente del suelo modificaron progresivamente los equilibrios originales (Zarrilli, 1997).
Por consiguiente, comprender este espacio pampeano como sistema ecológico implica reconocer tanto su potencia productiva como las condiciones estructurales que hicieron posible su conversión. El pasaje de un metabolismo natural relativamente cerrado a un metabolismo agrario crecientemente abierto y orientado al mercado mundial supuso un cambio profundo de los intercambios biofísicos. El estudio de esta transición requiere partir, necesariamente, de la reconstrucción detallada de la base ecológica originaria, en cuya dinámica interna residían tanto las posibilidades como los límites de la expansión agrícola posterior (González de Molina & Toledo, 2016).
Mapa n.º 1. Región pampeana

Fuente: Aliaga, V. S. (2018). Variabilidad climática de la Región Pampeana y su efecto sobre las lagunas de la región (tesis doctoral).
5. Régimen metabólico extensivo y baja extracción neta
La categoría de metabolismo social permite conceptualizar la relación sociedad-naturaleza como un proceso histórico de intercambio material y energético, susceptible de medición y periodización (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007). Desde esta perspectiva, las sociedades no “usan” simplemente recursos naturales: organizan regímenes metabólicos específicos que determinan la magnitud, dirección y composición de los flujos de energía y materiales que atraviesan el sistema social. Cada modelo implica una forma particular de apropiación de la productividad primaria neta, de reciclaje de nutrientes y de mudanza del espacio ecológico.
En la etapa previa a la expansión cerealera intensiva –aproximadamente hasta las primeras décadas del siglo XX–, la región operaba bajo un régimen agrario tradicional que puede caracterizarse como solar-biológico y extensivo. Sus rasgos estructurales principales pueden sintetizarse en cuatro dimensiones:
- Fuente energética primaria: radiación solar capturada por las gramíneas.
- Transformación biológica directa: conversión de pastizal en biomasa animal.
- Baja dependencia de insumos externos: mínima incorporación de energía fósil o fertilizantes industriales.
- Escasa alteración mecánica del suelo: ausencia de laboreo sistemático y preservación de la cobertura vegetal permanente.
5.1. Energía solar y conversión biológica
Biofísicamente, la base energética del sistema era la radiación solar transformada por la vegetación a través de la fotosíntesis. La productividad primaria neta (PPN) del pastizal pampeano –resultado de condiciones edáficas favorables y clima templado– constituía el principal flujo energético disponible para el metabolismo social regional.
La ganadería extensiva del siglo XIX actuaba como un mecanismo de conversión biológica relativamente estable: el ganado transformaba biomasa vegetal en carne, grasa, sebo y cueros. Esta dinámica no requería insumos energéticos externos significativos más allá del trabajo humano y la tracción animal. En comparación con los regímenes agrícolas mecanizados posteriores, la intensidad energética por unidad de superficie era considerablemente menor.
Desde la teoría del metabolismo social, este esquema corresponde a lo que se ha denominado “régimen agrario orgánico”, en el cual la producción depende casi exclusivamente de flujos renovables y de la energía solar directa (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007). La ausencia de fertilizantes sintéticos, maquinaria motorizada o combustibles fósiles implicaba que la expansión productiva estaba limitada por la capacidad fotosintética del ecosistema y por la disponibilidad natural de nutrientes.
Si bien existía extracción neta de nutrientes –dado que parte de la biomasa era exportada hacia mercados internos y externos–, la intensidad por unidad de superficie permanecía limitada. El ganado pastaba sobre grandes extensiones, con cargas relativamente bajas, lo que permitía la regeneración del pastizal y la restitución parcial de nutrientes a través del estiércol.
Biofísicamente, el nitrógeno circulaba mediante procesos de descomposición y mineralización; el carbono se incorporaba al suelo a través del sistema radicular de las gramíneas; el fósforo permanecía mayormente en el complejo edáfico. Aunque la exportación de carne y cueros implicaba una salida de nutrientes del sistema regional, la escala de extracción no superaba los umbrales de resiliencia ecológica en el corto y mediano plazo.
Esta situación puede analizarse a través del concepto de “apropiación humana de la productividad primaria neta” (HANPP), desarrollado para medir la fracción de la PPN capturada o modificada por la actividad humana (Haberl et al., 2007). En el régimen extensivo pampeano del siglo XIX, la HANPP se mantenía en niveles moderados si se la compara con sistemas agrícolas intensivos. La mayor parte de la biomasa seguía cumpliendo funciones ecológicas –protección del suelo, almacenamiento de carbono, reciclaje de nutrientes–, y solo una fracción era efectivamente apropiada para consumo humano (Haberl, Fischer-Kowalski, Krausmann, Winiwarter & Martínez-Alier, 2016). En otras palabras, el sistema no estaba exento de tensiones, pero la magnitud de los flujos extraídos no alteraba de manera estructural el funcionamiento de los ciclos ecológicos. La sincronía entre tiempos ecológicos (regeneración del pastizal, formación de materia orgánica) y tiempos económicos (ciclo productivo ganadero) aún no había sido quebrada.
Cuantitativamente, la apropiación humana de la productividad primaria neta (HANPP) permite dimensionar con mayor precisión la magnitud de esta transformación. Aunque no existen estimaciones directas para la región pampeana entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, los estudios comparativos de metabolismo social indican que los sistemas de pastizal con ganadería extensiva suelen registrar niveles de apropiación relativamente bajos, en torno al 10-20 % de la PPN, mientras que la transición hacia sistemas agrícolas cerealero-exportadores eleva estos valores a rangos aproximados del 30-50 %, en función de la intensidad del cultivo y la superficie bajo roturación (Haberl et al., 2007; Haberl et al., 2014).
El caso pampeano puede interpretarse como el pasaje desde un régimen de baja apropiación hacia uno de intensidad intermedia en expansión, caracterizado por un aumento sostenido de la biomasa cosechada y exportada, sin alcanzar aún los niveles de apropiación propios de la agricultura industrial contemporánea, pero evidenciando ya una presión significativa sobre los flujos ecológicos y los ciclos de nutrientes.
5.2. Alteración mecánica limitada y estabilidad edáfica
Un rasgo crucial del desbalance biofísico extensivo era la escasa alteración mecánica del suelo. La cobertura vegetal permanente protegía el horizonte superficial frente a la erosión hídrica y eólica. La estructura granular del suelo –producto de la acumulación secular de raíces y actividad biológica– permanecía intacta.
El pastoreo, si bien generaba perturbaciones localizadas, no implicaba remoción sistemática del perfil edáfico. A diferencia del arado agrícola, que invierte horizontes y acelera la oxidación de la materia orgánica, la ganadería extensiva mantenía relativamente estable el stock de carbono del suelo. Metabólicamente, esto significaba que la biomasa acumulada durante siglos no era sometida a una explotación intensiva.
A su vez, la noción de sostenibilidad aplicada a este régimen requiere matices. No se trataba de un sistema “prístino” ni exento de impactos. La introducción masiva de ganado europeo, la caza de fauna nativa y la expansión de infraestructuras de transporte alteraron componentes del ecosistema. Sin embargo, desde la perspectiva de los flujos materiales y energéticos, el régimen extensivo mostraba una relativa estabilidad ecológica en el mediano plazo, en cuanto la extracción neta no superaba la capacidad regenerativa del sistema.
Siguiendo la lectura propuesta por Foster (2000), puede afirmarse que aún no se había producido una ruptura metabólica en sentido estricto. La fractura entre producción y regeneración ecológica –característica del capitalismo agrario industrial– se profundizaría con la intensificación cerealera, la exportación masiva de granos y la progresiva dependencia de insumos externos.
En suma, el régimen metabólico extensivo pampeano de fines del siglo XIX combinaba:
- Dependencia de energía renovable (solar).
- Transformación biológica directa sin mediación tecnológica intensiva.
- Moderada apropiación de la PPN (HANPP).
- Reciclaje parcial de nutrientes.
- Baja intervención mecánica del suelo.
El equilibrio no era absoluto, pero sí compatible con la reproducción ecológica del sistema en horizontes temporales amplios. La ruptura de esta configuración –a partir de la intensificación agrícola y la apertura sistemática de los ciclos de nutrientes– marcaría el inicio de un nuevo modelo, caracterizado por mayor extracción neta, creciente dependencia energética y progresiva desarticulación de los ciclos locales.
6. Fertilidad natural y capital ecológico
Uno de los rasgos más sobresalientes de la región pampeana es la calidad excepcional de sus suelos, en particular de los molisoles, desarrollados bajo vegetación herbácea templada y caracterizados por un elevado contenido de humus. Estos suelos constituyen uno de los principales activos ecológicos del sistema regional y explican, en gran medida, la rapidez y profundidad con que la agricultura cerealera pudo expandirse a partir de fines del siglo XIX (Viglizzo, Lértora, Pordomingo, Bernardos & Del Valle, 2001).
Edafológicamente, los molisoles pampeanos se formaron sobre depósitos loéssicos cuaternarios, en un contexto de clima templado y predominio de gramíneas perennes. La acumulación secular de biomasa radicular y su lenta descomposición generaron horizontes superficiales oscuros, ricos en carbono orgánico y con estructura granular estable. Estudios clásicos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA, 1980) y trabajos posteriores de cartografía y clasificación de suelos confirmaron que estos perfiles presentaban los siguientes ítems:
- Alto porcentaje de materia orgánica, especialmente en el horizonte A.
- Buena estructura granular, que favorece aireación e infiltración.
- Capacidad significativa de retención hídrica, clave en contextos de variabilidad interanual de precipitaciones.
- Profundidad efectiva considerable, apta para el desarrollo de sistemas radiculares extensos.
Estas propiedades no fueron el resultado de intervenciones antrópicas deliberadas, sino de procesos ecológicos de larga duración. Históricamente, constituyen lo que puede denominarse un stock de nutrientes del suelo, es decir, estructura y funcionalidad edáfica construida durante milenios bajo el régimen natural del pastizal.
El concepto de “capital ecológico” remite a la idea de que los ecosistemas almacenan energía y materiales en formas estructuradas que pueden ser apropiadas por las sociedades (Costanza et al., 1997). En el caso pampeano, el capital edáfico consistía fundamentalmente en materia orgánica acumulada, estabilidad estructural y disponibilidad de macronutrientes (nitrógeno, fósforo y potasio).
La vegetación herbácea templada desempeñó un papel central en esta transformación. A diferencia de los sistemas forestales, donde gran parte del carbono se concentra en biomasa aérea, las praderas almacenan proporciones significativas en el subsuelo. La muerte y renovación anual de raíces generó aportes constantes de carbono al suelo, mientras que la actividad microbiana y faunística promovió la formación de agregados estables.
Si pensamos en el componente biogeoquímico, el sistema pampeano operaba como un sumidero neto de carbono en horizontes superficiales durante largos períodos preagrícolas. Este almacenamiento incrementaba la fertilidad y también mejoraba la capacidad de amortiguación frente a eventos climáticos extremos.
Cuando la expansión cerealera se aceleró después de 1890, la agricultura pampeana se apoyó casi exclusivamente en esa fertilidad heredada. Hasta mediados del siglo XX, la aplicación sistemática de fertilizantes químicos fue escasa o inexistente en amplias áreas de la región. La productividad inicial de trigo, maíz y lino se sostuvo gracias al capital edáfico depositado bajo el pastizal.
Este fenómeno puede interpretarse como una fase de minería de nutrientes: la extracción sostenida de nitrógeno, fósforo y otros elementos contenidos en el suelo sin reposición equivalente. La exportación de granos hacia mercados internacionales implicaba la transferencia física de nutrientes fuera del sistema regional. A diferencia del régimen ganadero extensivo, donde parte de los nutrientes retornaban al suelo vía estiércol, el cultivo cerealero removía biomasa aérea sin mecanismos efectivos de reciclaje local.
El concepto de “minería de nutrientes” resulta pertinente para caracterizar la dinámica agraria pampeana durante la expansión cerealera, en cuanto remite a la extracción sistemática de elementos esenciales del suelo sin reposición equivalente. No obstante, para que esta noción trascienda el plano descriptivo, es necesario incorporar órdenes de magnitud que permitan dimensionar el proceso. Agronómicamente, cada tonelada de trigo exportado implica la remoción aproximada de 20-25 kg de nitrógeno y 3-4 kg de fósforo, lo que, a escala regional y temporal, representa una transferencia significativa de fertilidad fuera del sistema productivo (Loomis & Connor, 1992; Viglizzo et al., 2001). En ausencia de fertilización sistemática hasta mediados del siglo XX, esta extracción sostenida puede interpretarse como una forma de explotación del capital edáfico atesorado, evidenciando un desbalance estructural entre extracción y reposición que anticipa procesos de degradación posteriores.
La magnitud de esta transformación puede observarse en la evolución conjunta de las exportaciones de trigo y la extracción de nutrientes asociada, que evidencia una intensificación progresiva del metabolismo agrario pampeano.
Gráfico n.º 1. Región pampeana: exportaciones de trigo
y extracción de nutrientes (1890-1950)

Fuente: elaboración propia a partir de coeficientes de extracción por tonelada de grano y estimaciones históricas agregadas para el periodo.
Como se observa en el gráfico n.º 1, el crecimiento de las exportaciones estuvo acompañado por un aumento sostenido en la extracción de nitrógeno y fósforo, lo que confirma el carácter acumulativo del desbalance biofísico del sistema.
Desde la teoría del metabolismo social, este proceso representa una ampliación cuantitativa de la apropiación humana de la productividad primaria neta (HANPP) (Haberl et al., 2007). La fracción de biomasa destinada al mercado aumentó significativamente, lo que redujo la proporción que permanecía cumpliendo funciones ecológicas internas.
Foster (2000) retomó la noción marxiana de “fractura metabólica” para describir la separación entre la extracción de nutrientes en zonas rurales y su acumulación en centros urbanos, sin retorno sistemático al lugar de origen. En el caso pampeano, la exportación de cereales hacia Europa constituyó un ejemplo paradigmático de este fenómeno. El nitrógeno y el fósforo incorporados en los granos abandonaban el agroecosistema sin mecanismos estructurales de reposición.
En la etapa extensiva inicial, esta fractura era limitada por la escala relativamente moderada de extracción y por la fertilidad acumulada en el suelo. Sin embargo, a medida que la superficie cultivada se expandió y la intensidad productiva aumentó, la desarticulación de los ciclos biogeoquímicos se volvió más profunda. La disminución progresiva del contenido de materia orgánica en ciertos sectores, la pérdida de estructura y la mayor susceptibilidad a la erosión constituyeron manifestaciones tempranas de esta ruptura.
Históricamente, la fertilidad natural actuó como un subsidio ecológico invisible que permitió la rápida inserción de la Argentina en el mercado mundial sin costos inmediatos aparentes y con una renta extraordinaria generada para los propietarios de la tierra. Sin embargo, ese capital no era inagotable. La lógica extractiva del modelo cerealero descansaba en la apropiación de un stock acopiado durante milenios, cuyo ritmo de regeneración no podía equipararse al ritmo de exportación.
El análisis de la biomasa disponible pampeana permite también replantear la narrativa clásica del “milagro cerealero” en clave biofísica. La expansión productiva no fue únicamente resultado de inversiones, infraestructura y demanda internacional, sino también de la disponibilidad de un recurso edáfico excepcionalmente fértil.
La sostenibilidad del sistema dependía, en última instancia, de la relación entre extracción y reposición. Mientras que la agricultura operó sobre la fertilidad acumulada sin reponer nutrientes, el metabolismo agrario avanzó hacia un régimen crecientemente abierto y dependiente de insumos externos. La incorporación posterior de fertilizantes sintéticos, rotaciones más complejas y tecnologías de conservación puede interpretarse como respuestas históricas a los límites impuestos por la erosión de la reserva de nutrientes del suelo original.
De esta forma, la fertilidad natural de los molisoles pampeanos no debe entenderse como un dato estático, sino como el resultado de un proceso ecológico de larga duración que fue progresivamente incorporado al metabolismo capitalista agrario. La transición desde un régimen solar-biológico relativamente equilibrado hacia un sistema cerealero exportador intensivo supuso la transformación de ese stock de materia orgánica en mercancía, e inauguró una etapa de creciente fractura metabólica (Lavado & Taboada, 2009).
7. Roturación, simplificación y reorganización ecológica
La expansión agrícola iniciada hacia fines del siglo XIX marcó un cambio estructural del ecosistema pampeano. La roturación sistemática del pastizal –mediante el arado y la implantación de cultivos anuales– no constituyó simplemente un cambio en el uso del suelo, sino que transformó de forma profunda los flujos de energía, materia y biodiversidad que habían caracterizado al sistema de praderas templadas durante milenios.
Analíticamente, desde la historia ambiental, la conversión del ecosistema pradera en superficie cultivada puede interpretarse como el pasaje desde un sistema ecológico complejo y autorregulado hacia un agroecosistema simplificado, subordinado a lógicas productivas orientadas al mercado mundial. Esta transición dio lugar a modificaciones en múltiples dimensiones:
- Reducción de biodiversidad vegetal, al reemplazarse comunidades multiespecíficas por cultivos monoespecíficos.
- Disminución de cobertura permanente, especialmente durante períodos intermedios entre cosecha y nueva siembra.
- Exposición del suelo a procesos erosivos, tanto hídricos como eólicos.
- Alteración de la dinámica hídrica superficial, con cambios en infiltración, escorrentía y balance hídrico local.
El arado representó una tecnología de intervención decisiva. A diferencia del pastoreo extensivo, que perturbaba la biomasa aérea sin alterar profundamente el perfil edáfico, la roturación invertía horizontes, rompía agregados y aceleraba la oxidación de la materia orgánica. Esta dinámica incrementaba temporalmente la disponibilidad de nutrientes, favoreciendo rendimientos iniciales elevados, pero al costo de disminuir progresivamente el stock de carbono del suelo (Zarrilli, 1997).
Desde la ecología de agroecosistemas, el pasaje de pradera natural a cultivo anual supone una simplificación estructural (Altieri, 1999). La diversidad funcional del pastizal –con especies de distintos tiempos fenológicos, profundidades radiculares y estrategias de uso de nutrientes– es sustituida por una especie dominante de ciclo corto. En el caso pampeano, trigo y maíz se convirtieron en ejes productivos, concentrando la productividad en un período limitado del año.
Esta simplificación no solo redujo la biodiversidad vegetal, sino que afectó comunidades microbianas, fauna del suelo y redes tróficas asociadas. La menor diversidad radicular impuso una exploración menos compleja del perfil edáfico, alterando los patrones de absorción y reciclaje de nutrientes.
Uno de los efectos más significativos de la roturación fue la pérdida de cobertura vegetal permanente. Mientras que el pastizal natural mantenía el suelo protegido durante todo el año, el monocultivo anual generaba períodos de barbecho o suelo desnudo. Esta discontinuidad aumentó la susceptibilidad a la erosión hídrica y eólica, particularmente en sectores con pendientes suaves pero extensas.
La estructura granular característica de los molisoles, al ser expuesta y fragmentada por el laboreo repetido, perdió estabilidad con el tiempo. Estudios posteriores del INTA documentaron procesos de degradación física y disminución de materia orgánica asociados a prácticas de laboreo intensivo (INTA, 1980).
Desde el punto de vista hidrológico, la reducción de raíces permanentes modificó la infiltración y la retención hídrica. La escorrentía superficial aumentó en determinadas condiciones, lo cual alteró microcuencas y patrones de drenaje local. La rearticulación ecológica no fue homogénea ni inmediata, pero introdujo vulnerabilidades antes amortiguadas por la cobertura continua del pastizal.
La simplificación ecosistémica constituye un rasgo estructural del proceso de intensificación agraria. Metabólicamente, el monocultivo anual incrementa la fracción de productividad primaria neta apropiada por la sociedad (HANPP), y reduce simultáneamente la porción destinada a funciones ecológicas internas (Haberl et al., 2007).
La conversión del pastizal en cultivo cerealero supuso un aumento cuantitativo de la extracción neta de nutrientes y una mayor dependencia de condiciones climáticas favorables. A diferencia del pastizal multiespecífico –capaz de compensar variaciones ambientales mediante diversidad funcional– el monocultivo concentró riesgos y redujo la resiliencia sistémica.
Desde la teoría de la fractura metabólica, este desarrollo implica una profundización de la separación entre extracción y regeneración ecológica (Foster, 2000). La exportación masiva de granos, sin reposición sistemática de nutrientes, aceleró la apertura de los ciclos biogeoquímicos y la desarticulación de mecanismos locales de reciclaje.
7.1. Tiempo ecológico y tiempo económico
Un aspecto central del proceso radica en la modificación de la relación entre tiempo ecológico y tiempo económico. El capital agrario demandaba ciclos productivos rápidos, rendimientos crecientes y rotaciones limitadas. La lógica del mercado mundial imponía ritmos asociados a precios internacionales, contratos de exportación y amortización de inversiones.
El suelo, en cambio, responde a tiempos más prolongados. La formación de materia orgánica, la estabilización estructural y la regeneración de nutrientes operan en escalas temporales extensas. La tensión entre ambos ritmos generó una dinámica de explotación que, si bien inicialmente se sostuvo sobre la fertilidad acumulada, introdujo procesos de degradación latente.
En trabajos previos (Zarrilli, 1997), se ha señalado que esta desincronización constituye un eje interpretativo fundamental para comprender la trayectoria agraria pampeana. La agricultura cerealera, a la vez que reorganizó el espacio productivo, alteró la temporalidad ecológica, subordinándola a la racionalidad económica de corto plazo.
La roturación y la simplificación no implicaron únicamente pérdida de biodiversidad o degradación potencial; constituyeron el fundamento de un nuevo régimen metabólico agrario. La intensificación productiva amplió los flujos de materia exportada, incrementó la apropiación de energía fotosintética y preparó el terreno para la posterior incorporación de insumos externos y tecnologías mecanizadas.
El ecosistema pampeano fue así reconfigurado como agroecosistema orientado al mercado mundial. La modificación ecológica resultante implicó una reorganización profunda de los flujos de energía y nutrientes. Esto alteró las bases de la productividad del sistema.
La roturación del pastizal marcó, por tanto, un punto de inflexión histórico-ecológico. La reducción de complejidad biológica, la exposición del suelo y la alteración de ciclos hídricos y nutricionales constituyeron manifestaciones tempranas de un cambio más amplio: la integración plena de la base ecológica pampeana en la lógica expansiva del capitalismo agrario.
7.2. Inserción al mercado mundial y aceleración metabólica
La integración de la región al mercado mundial constituyó un punto de inflexión en la organización de sus flujos materiales y energéticos. La expansión ferroviaria, la consolidación de la infraestructura portuaria y la creciente demanda europea de cereales transformaron un sistema productivo de base regional en un nodo estratégico del comercio agroexportador. Entre 1890 y 1914, la superficie sembrada con trigo, maíz y lino aumentó de manera sostenida, al igual que el volumen de exportaciones, configurando lo que la historiografía económica ha denominado “etapa clásica del modelo agroexportador argentino” (Barsky & Gelman, 2009).
Sin embargo, más allá de sus dimensiones económicas e institucionales, este desarrollo histórico generó una profunda aceleración metabólica. La rearticulación productiva incrementó la magnitud y velocidad de los flujos de biomasa extraídos del territorio y reorientó su destino hacia circuitos internacionales de intercambio. En el plano del metabolismo social, el sistema regional dejó de operar principalmente en función de dinámicas locales y pasó a integrarse a un régimen global de circulación de energía y materiales (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007).
La red ferroviaria desempeñó un papel decisivo en la ampliación cuantitativa de los flujos materiales. La reducción de costos de transporte y la conexión directa entre zonas productivas y puertos facilitaron la movilización de grandes volúmenes de grano. Esto no solo generó la expansión de la frontera agrícola, sino que aceleró la extracción por unidad de tiempo.
Desde una perspectiva biofísica, el ferrocarril actuó como un vector de integración metabólica, permitiendo que nutrientes contenidos en los granos atravesaran miles de kilómetros y abandonaran el sistema ecológico regional. La circulación de biomasa se volvió más rápida y más extensa geográficamente. Lo que anteriormente era un flujo relativamente lento y acotado –como en el régimen ganadero extensivo– se transformó en un movimiento masivo y continuo de materia hacia mercados externos.
Este fenómeno puede interpretarse como parte de una transición socioecológica más amplia, caracterizada por el aumento en la escala y complejidad de los intercambios metabólicos (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007). La economía regional dejó de estar limitada por la demanda local o nacional y pasó a responder a precios, ciclos y expectativas del mercado internacional.
Desde el punto de vista metabólico, la expansión agrícola significó:
- Incremento de biomasa extraída por hectárea, debido al cultivo anual intensivo.
- Transferencia internacional de nutrientes, especialmente nitrógeno y fósforo incorporados en los granos.
- Mayor presión sobre el capital ecológico acumulado, al sostener rendimientos sin reposición equivalente de nutrientes.
La exportación de cereales constituyó una forma concreta de transferencia material desde la periferia agraria hacia centros industriales. Los nutrientes que habían sido reservados durante milenios bajo el régimen del pastizal fueron incorporados a cadenas globales de consumo y no retornaron al sistema de origen. Para la teoría de la fractura metabólica, esta dinámica profundizó la separación entre extracción rural y reposición ecológica (Foster, 2000).
El pasaje de un régimen de circulación lenta de biomasa a uno de circulación acelerada constituye uno de los cambios estructurales más significativos del período. En el régimen ganadero extensivo, la biomasa transformada en carne se exportaba en volúmenes relativamente moderados y con tiempos productivos más prolongados. El ciclo económico mantenía cierta correspondencia con el ritmo ecológico del pastizal.
En contraste, el cultivo cerealero anual acortó los ciclos productivos y multiplicó la frecuencia de extracción. El tiempo económico –marcado por cosechas anuales, contratos de exportación y fluctuaciones de precios– comenzó a imponerse sobre el tiempo ecológico, que opera en escalas más largas asociadas a regeneración de materia orgánica y estabilidad estructural del suelo.
Esta aceleración metabólica supuso también una creciente subordinación a la demanda externa. La estructura productiva regional pasó a depender de dinámicas exógenas, lo que introdujo vulnerabilidades económicas y ecológicas. La presión por maximizar rendimientos en períodos de precios favorables incentivó prácticas de explotación intensiva del suelo, ampliando la desincronización entre reproducción ecológica y acumulación económica (González de Molina & Toledo, 2016).
La reconstrucción de la estructura ecológica regional permite identificar tres rasgos fundamentales del régimen inicial:
- Alta fertilidad natural acumulada, producto de la dinámica histórica del pastizal.
- Ciclos relativamente cerrados de nutrientes, con reciclaje parcial bajo ganadería extensiva.
- Baja intensidad de extracción neta, compatible con la resiliencia ecológica en el mediano plazo.
La expansión agrícola modificó progresivamente estos equilibrios. El sistema pasó de un régimen solar-biológico relativamente sincronizado con la reproducción ecológica a un modelo crecientemente orientado a la exportación de nutrientes y subordinado a la lógica de acumulación capitalista.
Esta dinámica no fue lineal ni homogénea. Existieron diferencias regionales, variaciones en intensidad productiva y estrategias adaptativas diversas. Sin embargo, entre 1890 y 1914, se consolidaron las bases estructurales de una transformación metabólica de largo alcance: ampliación de flujos materiales, integración a circuitos globales de intercambio desigual y progresiva erosión de la fertilidad edáfica heredada.
Por ende, la inserción de la región pampeana en el mercado mundial no puede interpretarse únicamente como un fenómeno económico. Constituyó también una rearticulación ecológica profunda, marcada por la aceleración de flujos, la apertura de ciclos biogeoquímicos y la subordinación del tiempo ecológico al tiempo del capital. La ruptura metabólica que se consolidaría en el período posterior encuentra aquí su fundamento estructural.
- Los molisoles son un orden de suelos definido en la Soil Taxonomy del United States Department of Agriculture (USDA). Se caracterizan por poseer un horizonte superficial oscuro, espeso y rico en materia orgánica, denominado “epipedón mólico”. Son suelos típicos de regiones de pastizales templados y subhúmedos, donde la acumulación prolongada de biomasa radicular favoreció altos niveles de carbono orgánico.↵
- Los suelos loéssicos son depósitos eólicos de limo, formados mayormente durante el Pleistoceno, caracterizados por su alta fertilidad, porosidad y facilidad de trabajo. Son fundamentales para la agricultura mundial, aunque presentan desafíos geotécnicos, como la colapsabilidad ante la humedad, siendo comunes en Argentina.↵






