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4 Balance biofísico
de la agricultura pampeana

Producción, flujos materiales e intercambio desigual de nutrientes

1. Producción y exportaciones: magnitud del crecimiento cerealero

La expansión agrícola entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del XX no puede evaluarse únicamente bajo el enfoque del crecimiento productivo o inserción comercial. Para comprender su alcance estructural, es necesario reconstruir su balance biofísico, es decir, los volúmenes de biomasa movilizados, la intensidad de apropiación del suelo y la magnitud de los flujos materiales transferidos hacia el mercado mundial.

Este capítulo propone una lectura cuantitativa e interpretativa del metabolismo agrario pampeano, componiendo datos de producción y exportaciones con la teoría del metabolismo social (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007) y el concepto de “fractura metabólica” (Foster, 2000). El crecimiento implicó una creciente extracción neta de nutrientes y una transferencia internacional de fertilidad que alteró progresivamente la base ecológica regional (Zarrilli, 1997).

Entre 1890 y 1914, la Argentina se consolidó como uno de los principales exportadores mundiales de trigo, integrándose de manera decisiva al mercado internacional de granos. La región pampeana, por sus condiciones edáficas y climáticas, se convirtió en el núcleo de esta expansión. La superficie sembrada creció de forma sostenida, en estrecha relación con la expansión ferroviaria, la consolidación del mercado de tierras y la colonización agrícola impulsada por la inmigración europea (Barsky & Gelman, 2009; Devoto, 2003).

La magnitud del crecimiento cerealero no fue un fenómeno marginal, sino estructural. En pocas décadas, el trigo pasó a ocupar millones de hectáreas y a representar una proporción central del valor exportado. Esta situación debe leerse no solo como indicador de éxito económico, sino como manifestación de una profunda reorganización biofísica del territorio.

El crecimiento productivo del trigo puede sintetizarse en tres tendencias principales:

  • Aumento de la superficie sembrada.

La expansión de la frontera agrícola permitió incorporar vastas extensiones del pastizal pampeano al cultivo anual. El crecimiento no se limitó a zonas inicialmente colonizadas, sino que avanzó progresivamente hacia sectores más occidentales, ampliando el espacio cerealero.

  • Incremento del volumen total de producción.

La combinación de mayor superficie y rendimientos iniciales elevados –sostenidos por la fertilidad natural de los molisoles– permitió un aumento notable del volumen cosechado. Este crecimiento acompañó la demanda europea, especialmente británica, en un contexto de industrialización acelerada (Scobie, 1964; Barsky & Gelman, 2009).

  • Alta proporción exportada del total producido.

Una característica distintiva del modelo pampeano fue la elevada proporción exportada del trigo producido. La producción estaba orientada prioritariamente al mercado externo, lo que implica que una parte significativa de la biomasa cosechada no retornaba al sistema regional en forma de residuos orgánicos o estiércol.

Esta última dimensión resulta central desde una mirada que contemple la dimensión ambiental. En sistemas agrícolas orientados al autoconsumo o al mercado interno, una mayor proporción de residuos puede reincorporarse al ciclo local. En el caso pampeano, la orientación exportadora implicaba una salida neta de nutrientes y carbono orgánico del territorio.

2. Crecimiento exportador e intensificación biofísica

Biofísicamente, el crecimiento exportador representa una intensificación del flujo de biomasa fuera del sistema regional. Cada tonelada de trigo exportada constituye materia orgánica removida del suelo y transferida a otro espacio geográfico. Esta transformación implicó la exportación de nitrógeno, fósforo y potasio incorporados al grano, así como de energía solar convertida en biomasa.

La teoría del metabolismo social permite analizar este fenómeno como ampliación cuantitativa de los flujos materiales movilizados por la sociedad (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007). La apropiación humana de la productividad primaria neta (HANPP) aumentó significativamente, al destinarse una fracción creciente de la producción vegetal al mercado mundial (Haberl et al., 2007).

La economía pampeana pasó de un régimen de circulación relativamente lenta y local de biomasa –característico de la ganadería extensiva– a uno de circulación acelerada y globalizada. El ferrocarril y la infraestructura portuaria funcionaron como vectores de esta intensificación, reduciendo costos y ampliando la escala espacial de intercambio (Hora, 2010).

El patrón pampeano difiere de sistemas agrícolas orientados predominantemente al autoconsumo o a mercados internos. En estos últimos, una parte sustantiva de la biomasa producida permanece dentro del sistema regional: residuos de cosecha, estiércol y desechos orgánicos pueden reincorporarse al suelo, manteniendo ciclos relativamente más cerrados.

En contraste, el modelo cerealero exportador pampeano enviaba gran parte de la biomasa fuera del territorio. La fractura metabólica conceptualizada por Foster (2000) adquiere aquí una dimensión internacional: los nutrientes exportados a Europa no retornaban al sistema regional. La exportación masiva generaba así una transferencia ecológica desde la periferia agraria hacia centros industriales.

Este patrón tuvo implicancias de largo plazo. Aunque durante las primeras décadas los altos rendimientos ocultaron la magnitud de la extracción neta, el sistema operaba sobre un stock de capital ecológico acumulado bajo el régimen del pastizal. La reserva ecológica del suelo actuó como subsidio ecológico implícito que permitió sostener la expansión sin reposición sistemática (Zarrilli, 1997).

El crecimiento cerealero no fue solo productivo, sino territorial. La expansión de la superficie sembrada implicó la variación del paisaje pampeano en vastos campos monocultivados. La reestructuración espacial acompañó la lógica exportadora: chacras, estaciones ferroviarias y centros de acopio articularon el territorio como hinterland cerealero subordinado a puertos y mercados internacionales.

La magnitud del crecimiento productivo consolidó la inserción argentina en el mercado mundial, pero también profundizó la dependencia de precios internacionales y ciclos económicos externos. En clave ambiental, esta dependencia reforzó la presión por mantener volúmenes exportables elevados, incentivando la continuidad del monocultivo y la expansión territorial cuando rendimientos locales disminuían.

3. Magnitud económica, profundidad ecológica

Entre 1890 y 1914, la Argentina experimentó una expansión cerealera de gran magnitud, caracterizada por un aumento sostenido de superficie, crecimiento de producción y elevada proporción exportada. Esta dinámica consolidó la región pampeana como uno de los principales espacios cerealero-exportadores del mundo.

No obstante, la magnitud económica del crecimiento estuvo acompañada por una intensificación biofísica significativa. El flujo de biomasa exportada representó una transferencia neta de nutrientes y energía fuera del sistema regional. A diferencia de sistemas con mayor reincorporación local de residuos, el modelo pampeano profundizó la apertura de ciclos biogeoquímicos.

La expansión triguera fue, así, simultáneamente un proceso de consolidación económica y de reorganización metabólica. La reserva de fertilidad atesorada permitió sostener el crecimiento durante varias décadas, pero el patrón exportador estableció las bases de una dinámica extractiva que tensionaría la reproducción ecológica del sistema en el período siguiente.

El metabolismo agrario pampeano de fines del siglo XIX y comienzos del XX puede comprenderse como la articulación de dos grandes flujos materiales: granos (principalmente trigo) y carne bovina y ovina. Ambos productos representan formas concentradas de energía solar convertida en biomasa a través de la fotosíntesis y de su posterior transformación biológica. Sin embargo, aunque comparten su base energética, difieren en sus efectos ecológicos y en la forma en que impactan los ciclos de nutrientes del sistema regional.

El agro pampeano se integró al mercado mundial como proveedor de biomasa en múltiples formas. La exportación de trigo y carne supuso la movilización masiva de energía solar acumulada en el ecosistema regional hacia centros industriales y urbanos europeos.

3.1. Granos

El trigo constituyó el núcleo del flujo cerealero exportador. En términos bioquímicos, el grano cosechado contiene nitrógeno –asociado a su contenido proteico–, fósforo, potasio y otros nutrientes esenciales. Cada tonelada exportada representa, por tanto, una salida neta de elementos del suelo si no existe reposición equivalente.

Cuantitativamente, diversos estudios agronómicos han estimado que una tonelada de trigo puede contener aproximadamente entre 20 y 25 kg de nitrógeno y varios kilogramos de fósforo y potasio, dependiendo del contenido proteico y de las condiciones edáficas. La exportación sistemática de millones de toneladas a lo largo de varias décadas implicó una transferencia acumulativa significativa de nutrientes fuera del sistema regional.

En ausencia de fertilización química sistemática hasta mediados del siglo XX, la agricultura pampeana dependió casi exclusivamente de la fertilidad acumulada bajo el régimen del pastizal. El suelo pampeano funcionó durante décadas como una reserva ecológica acumulada, explotada sin mecanismos estructurales de reposición (Zarrilli, 1997). La magnitud inicial del capital edáfico permitió sostener rendimientos elevados, pero la lógica exportadora operaba como minería de nutrientes.

Desde el enfoque del metabolismo social, puede interpretarse como intensificación de la HANPP. Una proporción creciente de la energía solar capturada por el ecosistema fue convertida en biomasa comercializable y desviada hacia mercados externos. La fractura metabólica descrita por Foster (2000) adquiere aquí una dimensión internacional: los nutrientes exportados no retornaban al sistema regional en forma de residuos orgánicos.

3.2. Carne

La producción ganadera, aunque también orientada en gran medida a la exportación, presenta diferencias estructurales respecto del flujo cerealero. En el régimen ganadero extensivo, el ganado transformaba biomasa vegetal en carne a través de un proceso de conversión biológica. A diferencia del monocultivo cerealero, el pastoreo extensivo permitía cierta redistribución interna de nutrientes mediante el estiércol, que retornaba parcialmente al suelo.

Esta característica implica que la ganadería extensiva generaba una menor salida neta de nutrientes por unidad de superficie en comparación con el monocultivo cerealero continuo. La vegetación perenne y la cobertura permanente del suelo contribuían a mantener la estabilidad estructural del horizonte superficial. Ecológicamente, el sistema ganadero extensivo conservaba rasgos más cercanos al régimen solar-biológico original del pastizal.

Sin embargo, la exportación de carne –particularmente en forma de carne refrigerada y congelada a partir de fines del siglo XIX– también implicaba transferencia neta de biomasa y nutrientes hacia el exterior (Hora, 2010; Barsky & Gelman, 2009). La diferencia radica en que la ganadería, al operar sobre grandes extensiones con cargas relativamente bajas, mantenía mayor sincronía con la regeneración natural que la agricultura cerealera intensiva.

La combinación de agricultura y ganadería configuró un sistema agrario mixto que movilizó volúmenes crecientes de biomasa durante las primeras décadas del siglo XX. La articulación entre ambos sectores permitió diversificar exportaciones y sostener tasas elevadas de inserción internacional.

No obstante, desde una perspectiva metabólica, la coexistencia de granos y carne no eliminó la tendencia estructural a la extracción neta. El flujo cerealero, por su carácter intensivo y su orientación casi exclusiva a la exportación, incrementó significativamente la salida de nutrientes del sistema. La ganadería extensiva amortiguó parcialmente esta dinámica en determinadas áreas, pero no compensó completamente la exportación acumulativa.

La integración al mercado mundial condujo a que ambos flujos –granos y carne– fueran organizados bajo la lógica de maximización de excedente exportable. El territorio pampeano operó como hinterland proveedor de biomasa concentrada, articulado a centros industriales europeos. Esta dinámica consolidó una reorganización metabólica caracterizada por los siguientes ítems:

  • Aumento cuantitativo de flujos materiales.
  • Apertura progresiva de ciclos biogeoquímicos.
  • Transferencia internacional de nutrientes.
  • Dependencia creciente de fertilidad heredada.

4. Intensificación y transición metabólica

En conjunto, el sistema pampeano transitó desde un régimen predominantemente solar-biológico –con baja extracción neta bajo ganadería extensiva– hacia uno de mayor intensidad exportadora. La producción de granos y carne representó dos modalidades distintas de apropiación de energía solar, pero ambas integradas al metabolismo global del capital.

La diferencia fundamental radicó en el impacto ecológico relativo: el monocultivo cerealero intensificó la extracción directa de nutrientes del suelo, mientras que la ganadería extensiva mantuvo mayor reciclaje interno. Sin embargo, la orientación exportadora común implicó que ambos flujos contribuyeran a la transferencia neta de biomasa fuera del sistema regional.

Desde la teoría de las transiciones socioecológicas, este período puede interpretarse como fase de aceleración metabólica, caracterizada por ampliación de escala y velocidad de circulación de materiales (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007). Como fue explicado, la fertilidad natural acumulada bajo el pastizal actuó como base energética y material del proceso, permitiendo sostener volúmenes crecientes de exportación sin reposición sistemática.

En síntesis, el metabolismo agrario pampeano estuvo compuesto por dos grandes flujos materiales que, aunque diferenciados en su dinámica ecológica, convergieron en un mismo patrón estructural: intensificación de la extracción de biomasa y creciente integración a un circuito internacional de intercambio desigual de energía y nutrientes.

La intensidad de uso del suelo constituye una variable clave para comprender la transformación agraria pampeana entre 1890 y 1930. No se trata únicamente de medir cuánto se producía, sino de analizar cómo se organizaba el espacio y qué tipo de relación se establecía entre superficie disponible, frecuencia de intervención y volumen de biomasa extraída. Desde una perspectiva histórica y biofísica, la intensidad puede evaluarse a través de tres indicadores complementarios:

  • Superficie sembrada en relación con la superficie total disponible.
  • Frecuencia de roturación y continuidad del cultivo en una misma parcela.
  • Relación entre producción por hectárea y expansión territorial.

El período comprendido entre 1890 y 1930 estuvo dominado por una estrategia fundamentalmente extensiva. Frente a descensos locales de rendimiento o signos incipientes de agotamiento, la respuesta predominante no fue la intensificación tecnológica mediante fertilización sistemática o rotaciones complejas, sino la ampliación de la frontera agrícola (Zarrilli, 1997). La disponibilidad de nuevas tierras en la región pampeana permitió sostener el crecimiento productivo sin alterar de manera sustancial la base técnica del sistema.

El aumento sostenido de la superficie sembrada fue uno de los rasgos estructurales del período. La incorporación progresiva de pastizales al cultivo anual significó que una proporción creciente del territorio quedara sometida a roturación periódica. Esta dinámica estuvo estrechamente vinculada a la expansión ferroviaria y a la consolidación del mercado de tierras (Barsky & Gelman, 2009; Hora, 2010).

En dimensión territorial, el patrón extensivo respondía a una lógica clara: mientras existieran tierras disponibles con fertilidad natural elevada, la expansión horizontal resultaba más rentable que la intensificación vertical. El costo de incorporar nuevas hectáreas era relativamente bajo en comparación con el de introducir fertilizantes o innovaciones técnicas complejas.

Esta estrategia permitió mantener o incluso aumentar la producción total, aun cuando los rendimientos por hectárea en determinadas zonas comenzaban a estabilizarse o descender levemente. La variable clave no era tanto la productividad media por unidad de superficie como el volumen global exportable.

La intensidad de uso también puede evaluarse a través de la frecuencia de roturación. En amplias áreas cerealizadas, la repetición prolongada del monocultivo de trigo implicó una roturación recurrente del suelo. Aunque el sistema no alcanzó los niveles de mecanización y labranza intensiva de etapas posteriores, la continuidad del cultivo anual redujo los períodos de descanso y aceleró la mineralización de materia orgánica.

La roturación frecuente alteró la estructura del horizonte superficial, incrementando la susceptibilidad a erosión hídrica y eólica. Ecológicamente, cada ciclo de arado implicaba una interrupción de procesos biológicos asociados a la estabilidad edáfica. La cobertura perenne del pastizal fue reemplazada por una cobertura estacional, y dejaba períodos de suelo desnudo particularmente vulnerables.

Este patrón tuvo implicancias acumulativas. Aunque durante las primeras décadas no se observó degradación generalizada, la suma de intervenciones anuales configuró un uso más intensivo del suelo en términos temporales.

La relación entre producción por hectárea y extensión territorial revela el carácter extensivo del modelo. Si bien los rendimientos iniciales fueron relativamente altos gracias a la fertilidad natural de los molisoles, la estrategia predominante no fue elevar sostenidamente esos rendimientos mediante reposición sistemática de nutrientes o mejoras tecnológicas significativas.

En lugar de intensificar técnicamente, el sistema expandió la superficie cultivada. Esta modalidad permitió incrementar la producción total sin modificar de manera sustantiva la estructura energética del sistema, que continuaba siendo solar-biológica. La energía provenía fundamentalmente de la radiación solar capturada por el trigo, con escasa incorporación de insumos fósiles o fertilizantes industriales.

Como he señalado en un trabajo previo, esta dinámica configuró una forma de explotación basada en la ampliación territorial del capital ecológico disponible (Zarrilli, 1997). El suelo funcionaba como stock acumulado cuya explotación podía expandirse espacialmente antes que profundizarse tecnológicamente.

El patrón extensivo tuvo consecuencias ecológicas claras:

  • Expansión constante sobre nuevos pastizales, reduciendo la cobertura vegetal natural.
  • Simplificación progresiva del paisaje, con sustitución de praderas multiespecíficas por monocultivos anuales.
  • Incremento de superficie expuesta a erosión, debido a la pérdida de cobertura permanente.

La expansión territorial actuó como mecanismo de compensación frente a signos incipientes de agotamiento local. Cuando los rendimientos descendían o la fertilidad disminuía en determinadas áreas, se incorporaban nuevas tierras a la producción. Esta lógica de frontera permitió diferir la manifestación visible de la degradación, pero no eliminó la tendencia estructural a la extracción neta de nutrientes.

Desde la teoría de las transiciones socioecológicas, puede afirmarse que el sistema pampeano experimentó durante este período una aceleración cuantitativa más que cualitativa (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007). La base energética continuaba siendo predominantemente solar-biológica, pero la escala espacial de extracción creció de manera notable.

La intensificación superficial conllevó un aumento sostenido en la apropiación total de biomasa regional. La apropiación humana de la productividad primaria neta (HANPP) se incrementó principalmente a través de la expansión de superficie cultivada, no mediante aumentos sustanciales de productividad por hectárea (Haberl et al., 2007).

El sistema experimentó así una aceleración cuantitativa: mayor volumen total de biomasa movilizada y exportada. Sin embargo, cualitativamente permanecía anclado en un régimen solar-biológico con baja incorporación de insumos externos. Esta combinación –ampliación espacial sin transformación tecnológica profunda– permitió sostener el crecimiento exportador durante varias décadas.

No obstante, el carácter extensivo del modelo contenía límites estructurales. A medida que la frontera agrícola avanzaba hacia zonas con mayores restricciones climáticas, y a medida que el capital ecológico heredado comenzaba a erosionarse en áreas de cultivo continuo, los márgenes de expansión se reducían. La crisis de los años treinta revelaría con mayor claridad estas tensiones acumuladas.

En síntesis, entre 1890 y 1930, la intensidad de uso del suelo pampeano se expresó principalmente como expansión territorial y roturación recurrente, más que como intensificación tecnológica. Este patrón incrementó de manera sostenida la apropiación total de biomasa regional y profundizó la integración al mercado mundial, pero lo hizo apoyándose en la explotación extensiva del capital natural bajo el régimen del pastizal.

5. Transferencia internacional de fertilidad

Uno de los aspectos más significativos –y a la vez menos visibles– del balance biofísico de la región pampeana en el período de expansión cerealera fue la transferencia internacional de fertilidad. La exportación masiva de trigo hacia Europa no implicó únicamente el envío de una mercancía agrícola; supuso el traslado efectivo de nutrientes acumulados durante milenios en los suelos pampeanos. Cada tonelada de grano contenía nitrógeno, fósforo, potasio y otros elementos esenciales que abandonaban el sistema regional para integrarse a circuitos de consumo urbano-industrial en el hemisferio norte (Pengue, 2008).

Este fenómeno debe comprenderse en el marco más amplio de la reorganización metabólica del capitalismo del siglo XIX. Como ha mostrado John Bellamy Foster (2000), la agricultura exportadora generó una fractura metabólica al separar producción rural y consumo urbano sin retorno sistemático de nutrientes al suelo de origen. En la Inglaterra industrial, Marx ya había advertido cómo la concentración urbana interrumpía el ciclo natural de restitución orgánica, lo cual producía agotamiento en las zonas agrícolas proveedoras.

En el caso pampeano, esta fractura adquirió una dimensión transcontinental. La separación no fue solo entre campo y ciudad, sino entre continentes. El suelo pampeano actuó como proveedor neto de fertilidad para centros industriales europeos, especialmente británicos. La biomasa exportada contenía elementos químicos que no retornaban en forma de abonos ni residuos orgánicos. La integración al mercado mundial fue entonces una apertura estructural de los ciclos biogeoquímicos locales.

La singularidad pampeana radica en que esta transferencia se apoyó en una base edáfica excepcionalmente fértil. Los molisoles, desarrollados bajo pastizal templado, habían sumado elevados niveles de materia orgánica y nutrientes disponibles. Esta fertilidad heredada permitió sostener durante décadas una exportación intensiva sin que se manifestaran de inmediato síntomas generalizados de agotamiento.

Sin embargo, la ausencia de fertilización química sistemática en el período analizado indica que la reposición local fue mínima. La agricultura dependía casi exclusivamente de la fertilidad edáfica. La lógica productiva no incorporaba el costo ecológico de la extracción neta de nutrientes. El sistema operaba, estructuralmente, como una forma de minería ecológica: extracción de un stock acumulado sin reinversión equivalente (Pengue, 2008).

Este carácter extractivo no siempre fue reconocido en su momento. El discurso dominante exaltaba la fertilidad “inagotable” del suelo pampeano, reforzando la percepción de abundancia ilimitada. La elevada productividad inicial y la rápida expansión exportadora consolidaron esta narrativa. Sin embargo, desde una perspectiva histórica-ecológica, la transferencia internacional de nutrientes configuraba una dinámica de agotamiento diferido.

Jason W. Moore (2015) ha interpretado este proceso como “de apropiación de naturaleza barata”. El capitalismo histórico, sostiene, se expande incorporando territorios con alta disponibilidad de recursos naturales no remunerados –energía, suelo fértil, trabajo humano– para sostener la acumulación. Estas fronteras ecológicas permiten diferir los costos ambientales y sociales de la producción. La región cumplió ese rol en el sistema mundial de comienzos del siglo XX. Su fertilidad acumulada actuó como subsidio ecológico implícito para la industrialización europea. El grano exportado alimentaba poblaciones urbanas y transfería nutrientes desde una periferia agraria hacia centros industriales, reforzando un patrón de intercambio ecológicamente desigual.

Desde la teoría del metabolismo social, puede afirmarse que el sistema pampeano experimentó una ampliación cuantitativa de la apropiación humana de la productividad primaria neta (Fischer-Kowalski & Haberl, 2007). Una fracción creciente de la energía solar capturada por el ecosistema fue desviada hacia el mercado mundial. Esta intensificación no estuvo acompañada por mecanismos internos de cierre de ciclos, lo que consolidó la fractura metabólica.

La transferencia internacional de fertilidad tuvo implicancias que trascendieron el plano estrictamente bioquímico. Al depender de la fertilidad heredada y no de reposición sistemática, el modelo agrario pampeano quedó estructuralmente condicionado por la disponibilidad de ese capital natural. Mientras existiera abundancia acumulada, la expansión podía sostenerse; cuando los signos de agotamiento comenzaron a aparecer, la respuesta predominante fue expandir la frontera agrícola antes que modificar sustancialmente el régimen productivo.

Esta lógica generó una dependencia doble. Por un lado, dependencia de mercados internacionales que absorbían el grano exportado. Por otro lado, dependencia de un capital ecológico cuya regeneración operaba en escalas temporales mucho más extensas que las del ciclo económico anual. La subordinación del tiempo ecológico al tiempo del capital intensificó esta tensión.

Históricamente, la transferencia internacional de fertilidad configuró una relación asimétrica entre periferia agraria y centro industrial. El suelo pampeano fue incorporado al metabolismo global como fuente de nutrientes y energía solar convertida en biomasa. La ausencia de políticas sistemáticas de conservación o reposición durante el período analizado indica que el modelo priorizó la acumulación inmediata sobre la sostenibilidad ecológica de largo plazo.

Aunque la crisis ecológica no fue inmediata ni uniforme, la lógica de extracción de nutrientes sentó las bases de un desequilibrio estructural. El stock histórico de nutrientes actuó como amortiguador que permitió sostener la expansión exportadora durante varias décadas. Sin embargo, la transferencia acumulativa de nitrógeno y fósforo fuera del sistema regional implicaba una erosión progresiva del capital edáfico.

La historia de la transferencia internacional de fertilidad pampeana muestra cómo el éxito exportador fue inseparable de un proceso de reorganización metabólica global. La región pampeana funcionó como frontera ecológica de naturaleza barata en el capitalismo de comienzos del siglo XX. La minería de nutrientes permitió sostener tasas elevadas de acumulación, pero configuró una tensión estructural entre reproducción ecológica y expansión económica que se haría más visible en las décadas siguientes.

En suma, la exportación de trigo no fue solo un fenómeno comercial. Constituyó una transferencia transcontinental de fertilidad que integró el suelo pampeano al metabolismo global del capital. La fractura metabólica internacional que ello implicó definió, en gran medida, los límites históricos del modelo agroexportador.

6. Balance metabólico preliminar (1890-1930)

A la luz de los procesos analizados –expansión cerealera, homogeneización biológica, salida de nutrientes del sistema, rotaciones limitadas y avance territorial–, es posible esbozar un balance metabólico cualitativo del período 1890-1930. Este balance no pretende ofrecer una cuantificación exhaustiva de flujos materiales, sino una caracterización estructural de la dinámica socioecológica que definió la primera gran fase de intensificación agraria en el territorio pampeano.

Si se sintetizan las principales dimensiones del metabolismo agrario pampeano en estas décadas, el cuadro general puede describirse del siguiente modo:

  • Producción total: crecimiento sostenido.
  • Exportaciones: proporción elevada respecto del total producido.
  • Fertilización química: prácticamente inexistente hasta mediados del siglo XX.
  • Rotación de cultivos: limitada e irregular.
  • Expansión territorial: constante incorporación de nuevas superficies.
  • Transferencia neta de nutrientes: positiva hacia el exterior (salida del sistema).

Este conjunto de tendencias permite identificar un patrón coherente: una aceleración cuantitativa de la extracción de biomasa regional sin transformación cualitativa equivalente en los mecanismos de reposición o cierre de ciclos biogeoquímicos.

El crecimiento sostenido de la producción cerealera —en especial del trigo— se apoyó en la ampliación continua de la superficie sembrada y en los altos rendimientos iniciales posibilitados por el capital edáfico de los molisoles pampeanos. La proporción exportada fue particularmente elevada, lo que significa que una fracción considerable de la biomasa producida abandonaba el territorio cada año.

Pensado desde el metabolismo social, esto significó un incremento sostenido de la apropiación humana de la productividad primaria neta (HANPP): una mayor proporción de la energía solar capturada por el ecosistema fue destinada a consumo humano externo, principalmente europeo. La circulación de biomasa dejó de ser predominantemente regional para integrarse a circuitos globales.

Uno de los rasgos más decisivos del balance metabólico del período fue la práctica inexistencia de fertilización química sistemática. La agricultura pampeana dependía casi exclusivamente del capital natural acumulado bajo el régimen del pastizal. Cada tonelada de grano exportada implicaba la salida neta de nitrógeno, fósforo y otros nutrientes esenciales.

La rotación de cultivos, aunque conocida técnicamente, fue limitada e irregular. En amplias zonas predominó el monocultivo prolongado de trigo, especialmente bajo regímenes de arrendamiento de corta duración que incentivaban maximizar la extracción en el corto plazo. El barbecho, cuando se practicaba, no compensaba estructuralmente la pérdida acumulativa de nutrientes.

El sistema operaba como una forma de minería ecológica: extracción de un stock acumulado sin reinversión equivalente. La fertilidad heredada funcionó como subsidio implícito del crecimiento exportador.

La expansión constante de la frontera agrícola constituyó el principal mecanismo de compensación frente a signos incipientes de agotamiento local. Ante descensos en rendimientos o pérdida de fertilidad en determinadas áreas, la respuesta dominante fue incorporar nuevas tierras en lugar de intensificar tecnológicamente las existentes.

Esta estrategia permitió sostener el crecimiento de la producción total durante varias décadas. Sin embargo, esto implicó la reducción progresiva de la cobertura vegetal natural y la ampliación de superficies expuestas a erosión. La intensificación superficial –más hectáreas cultivadas– sustituyó la intensificación técnica.

El sistema experimentó así una aceleración cuantitativa más que cualitativa: aumentó la escala espacial de extracción sin modificar sustancialmente la estructura energética, que continuaba siendo predominantemente solar-biológica.

El modelo agroexportador pampeano se sostuvo gracias a una combinación de factores estructurales:

  • Elevada fertilidad inicial: los suelos desarrollados bajo pastizal templado contenían altos niveles de materia orgánica y nutrientes disponibles, lo que permitía sostener rendimientos elevados sin reposición sistemática.
  • Disponibilidad de nuevas tierras: la existencia de amplias extensiones aún no cultivadas posibilitó desplazar la presión productiva hacia nuevos territorios.
  • Baja regulación ambiental: la ausencia de políticas sistemáticas de conservación del suelo o de límites normativos a la explotación intensiva favoreció la expansión sin internalización de costos ecológicos.
  • Demanda externa creciente: el crecimiento de los mercados europeos generó incentivos económicos fuertes para mantener y ampliar el volumen exportable.

Esta combinación creó una coyuntura excepcional en la que la acumulación económica y la extracción ecológica pudieron expandirse simultáneamente sin crisis inmediata visible.

La crisis ecológica no fue inmediata ni generalizada en el período 1890-1930. La magnitud del capital natural acumulado bajo el régimen del pastizal actuó como amortiguador, ocultando durante décadas los efectos de la extracción neta de nutrientes.

Sin embargo, las condiciones estructurales de la ruptura metabólica estaban presentes. La separación entre extracción y reposición, la transferencia internacional de fertilidad, la subordinación del tiempo ecológico al tiempo del capital y la expansión territorial como estrategia compensatoria configuraron un patrón históricamente inestable.

El balance metabólico preliminar del período muestra un sistema que crece apoyado en un capital ecológico heredado y en la ampliación constante de su base territorial, pero que no desarrolla mecanismos internos suficientes para sostener indefinidamente ese crecimiento. La tensión entre acumulación y reproducción ecológica, aún amortiguada, estaba ya inscrita en la estructura misma del modelo.

El éxito exportador de las primeras décadas del siglo XX debe leerse también como el momento fundacional de una dinámica metabólica que, en el período siguiente, revelaría con mayor claridad sus límites históricos.

7. Evidencia cuantitativa al balance metabólico (1890-1930)

El carácter estructural del proceso se vuelve más claro cuando se incorporan magnitudes concretas. Entre 1890 y 1914, la superficie sembrada con trigo en la Argentina pasó de aproximadamente 1,5 millones de hectáreas a más de 6 millones, cuadruplicándose en poco más de dos décadas (Barsky & Gelman, 2009). Si se amplía la mirada al conjunto de cereales, la superficie agrícola total superaba los 8 millones de hectáreas hacia 1914, concentradas mayormente en la región pampeana.

El volumen de producción acompañó este crecimiento territorial. La producción de trigo, que, a comienzos de la década de 1890, rondaba los 2 millones de toneladas, alcanzó cifras superiores a 5 millones de toneladas anuales en la víspera de la Primera Guerra Mundial. En algunos años excepcionales, las exportaciones representaron entre el 60 % y el 75 % del total producido, lo que confirma la orientación predominantemente externa del sistema.

Exportación de nutrientes: si se considera que una tonelada de trigo contiene, en promedio:

  • 20-25 kg de nitrógeno (N)
  • 3-4 kg de fósforo (P)
  • 4-5 kg de potasio (K)

Entonces una exportación anual de 4 millones de toneladas implicaba aproximadamente:

  • 80.000-100.000 toneladas de nitrógeno
  • 12.000-16.000 toneladas de fósforo
  • 16.000-20.000 toneladas de potasio

Removidas del sistema regional en un solo año (FAO, 2006).

      

El grano de trigo contiene en promedio entre 20 y 25 kg de nitrógeno, 3-4 kg de fósforo y 4-5 kg de potasio por tonelada cosechada (FAO, 2006; Cruzate & Casas, 2012). De ahí que una exportación anual de 4 millones de toneladas implicara la remoción de aproximadamente 80.000-100.000 toneladas de nitrógeno, 12.000-16.000 de fósforo y 16.000-20.000 de potasio del sistema regional en un solo año. Esta transferencia masiva de nutrientes, no compensada sistemáticamente por fertilización hasta mediados del siglo XX, configuró un proceso estructural de minería de suelos coherente con lo que se ha denominado “fractura metabólica” (Foster, 2000; Moore, 2015).

Si se proyecta esta magnitud a una década completa de exportaciones elevadas, el volumen acumulado de nutrientes transferidos al exterior resulta considerable. Y debe recordarse que durante este período la fertilización química era prácticamente inexistente. La reposición estructural era mínima (Cruzate & Casas, 2012). Esto implica que el suelo pampeano operaba como fuente neta de nutrientes para los sistemas urbano-industriales europeos.

La intensidad de uso del suelo también puede evaluarse relativamente. Hacia 1914, en algunas zonas núcleo del sur santafesino y norte bonaerense, más del 70 % de la superficie apta estaba bajo cultivo anual. Esta proporción es significativa si se considera que cuatro décadas antes predominaba el uso ganadero extensivo (Casas & Albarracín, 2005).

Entre 1895 y 1914, la red ferroviaria pasó de aproximadamente 13.000 km a más de 33.000 km, lo que amplió notablemente el radio rentable de cultivo cerealero (Hora, 2010). Esta expansión infraestructural permitió incorporar tierras más alejadas al circuito exportador, de manera que intensificó la extracción territorial.

En el mismo período, el stock bovino nacional oscilaba entre 25 y 30 millones de cabezas, y la exportación de carnes refrigeradas creció sostenidamente tras la instalación de frigoríficos en la década de 1880. Aunque la ganadería extensiva permitía mayor reciclaje interno de nutrientes, la exportación de carne implicaba igualmente transferencia neta de biomasa.

Sin embargo, el impacto bioquímico por hectárea era menor que el del monocultivo cerealero continuo, debido a una menor roturación del suelo, la permanencia de cobertura vegetal y la redistribución parcial de nutrientes vía estiércol.

8. HANPP y aceleración metabólica

Si se interpreta el crecimiento desde la perspectiva de apropiación humana de productividad primaria neta (HANPP), el salto es evidente. La conversión de millones de hectáreas de pastizal multiespecífico en monocultivo anual llevó a lo siguiente:

  • Mayor proporción de biomasa cosechada.
  • Menor biomasa destinada a funciones ecosistémicas internas.
  • Aumento sostenido del flujo material exportado.

No se trató todavía de una intensificación tecnológica (no había fertilizantes nitrogenados sintéticos antes de Haber-Bosch en escala masiva), sino de una intensificación espacial.

8.1. Síntesis cuantitativa del balance 1890-1930:

Podemos sintetizar el período aproximadamente:

  • Superficie triguera: ×4
  • Producción total: ×2-3
  • Exportación: 60-75 % del total
  • Reposición química: ≈ 0
  • Nutrientes exportados anualmente: decenas de miles de toneladas
  • Expansión ferroviaria: +20.000 km

Este conjunto de indicadores confirma que el sistema pampeano experimentó una aceleración cuantitativa notable del metabolismo agrario, apoyada en la fertilidad edáfica heredada y en la expansión territorial. La crisis no fue inmediata porque el stock inicial de fertilidad era elevado. Pero el balance biofísico era estructuralmente negativo en el plano de la reposición.

El gráfico n.º 5 sintetiza la aceleración metabólica del sistema agrario pampeano entre 1890 y 1930 mediante la evolución conjunta de tres indicadores normalizados (1890 = 100): la superficie cultivada, la producción agrícola y un indicador proxy de la apropiación humana de la productividad primaria neta (HANPP). Las tres series muestran un crecimiento sostenido durante el período, reflejando la expansión del metabolismo agrario asociada al avance de la frontera agrícola y a la creciente inserción exportadora del país. La superficie cultivada aumentó de manera continua, multiplicándose varias veces en pocas décadas, mientras que la producción agrícola crece de forma igualmente marcada, aunque con una pendiente ligeramente menor en los primeros años del período.

El indicador HANPP proxy –construido a partir de la biomasa cosechada ajustada por la expansión de la superficie– evidencia con mayor claridad la intensificación metabólica del sistema. Su crecimiento más acelerado sugiere que la expansión agraria no implicó únicamente un aumento de área cultivada, sino también una creciente apropiación de la productividad biológica del ecosistema pampeano. Esto refleja una ampliación sustantiva de los flujos de biomasa movilizados por la economía agraria y su creciente integración al mercado mundial.

En conjunto, las tres series permiten observar cómo la expansión cerealera transformó progresivamente el funcionamiento ecológico del sistema regional. El aumento simultáneo de superficie, producción y HANPP proxy indica que el crecimiento del modelo agroexportador se apoyó tanto en la expansión territorial de la agricultura como en la explotación del capital edáfico acumulado bajo el régimen del pastizal, configurando una etapa temprana de aceleración metabólica que sentaría las bases de las tensiones ecológicas posteriores.

Esta representación permite pasar de una historia económica del crecimiento a una interpretación estructural de la transformación socioecológica pampeana: la expansión del trigo no fue únicamente un fenómeno productivo, sino un proceso de aceleración metabólica que reconfiguró los flujos de energía y materia entre sociedad y naturaleza.

Gráfico n.º 5. Aceleración metabólica (1890-1930):
superficie y producción vs. HANPP proxy

Fuente: elaboración propia (serie sintética) con base en Barsky & Gelman (2009), Hora (2010). HANPP proxy: indicador exploratorio construido desde biomasa cosechada (producción) ajustada por expansión de superficie, útil como síntesis, no reemplaza HANPP formal.

Tabla n.° 1. Balance metabólico cualitativo-cuantitativo (1890-1930)

Dimensión

Indicador general (1890-1930)

Dato cuantitativo específico

Interpretación
metabólica

Producción totalCrecimiento sostenido≈ 2 Mt (1890) →
≈ 7 Mt (1930)
Aumento sostenido de biomasa movilizada
Superficie
sembrada
Cuadruplicación≈ 1,5 Mha → ≈ 8 MhaIntensificación superficial más que tecnológica
ExportacionesAlta proporción del total60-75 % del trigo producidoApertura internacional de ciclos biogeoquímicos
Fertilización
química
Prácticamente inexistenteAplicación marginal hasta 1930Dependencia del capital natural acumulado
Rotación
de cultivos
Limitada e irregularPredominio de monocultivo triguero en zonas núcleoEscasa reposición estructural de nutrientes
Expansión
territorial
Constante incorporación de nuevas tierrasRed ferroviaria: 13.000 km (1890) → 39.000 km (1930)Desplazamiento de frontera ecológica
Transferencia neta de nutrientesPositiva (salida del sistema)≈ 80-100 mil t N/año hacia 1910Balance biofísico estructuralmente negativo
Estructura
energética
Solar-biológica predominanteSin uso masivo de fertilizantes sintéticosBaja dependencia de insumos fósiles en etapa inicial
Régimen metabólico dominanteExtensivo con aceleración cuantitativaExpansión espacial > intensificación técnicaAceleración en apropiación de productividad primaria neta

La tabla 1 sintetiza, en clave estructural, el balance metabólico del agro pampeano entre 1890 y 1930, integrando indicadores cuantitativos con su interpretación biofísica. Lo que emerge es un patrón consistente: crecimiento sostenido de producción y superficie, elevada orientación exportadora, ausencia casi total de reposición química y expansión territorial como mecanismo compensatorio frente a los primeros signos de agotamiento. La transferencia anual de decenas de miles de toneladas de nitrógeno, junto con la dependencia exclusiva de la fertilidad heredada del pastizal, revela que el modelo funcionó como un régimen de extracción neta de capital natural. La tabla permite visualizar que el éxito exportador no fue ecológicamente neutro: estuvo sostenido por una intensificación superficial y una apertura de los ciclos biogeoquímicos hacia el mercado mundial, configurando una dinámica de aceleración metabólica apoyada en fertilidad acumulada y baja regulación ambiental.

9. Crisis edáfica, políticas de conservación y reconfiguración del metabolismo agrario (1940-1960)

Hacia fines de la década de 1930 y comienzos de la de 1940, comenzó a consolidarse en la Argentina una percepción cada vez más extendida acerca del deterioro ambiental que afectaba a amplias áreas del espacio pampeano. La recurrencia de sequías, la expansión previa de la agricultura cerealera y la generalización de procesos de erosión eólica habían puesto en evidencia la fragilidad de los suelos y las limitaciones ecológicas del modelo agrario vigente. En ese contexto emergió una creciente preocupación técnica y política por el estado de los recursos edáficos, que comenzó a traducirse en iniciativas orientadas a su diagnóstico y conservación.

Desde una perspectiva de historia ambiental, este momento puede interpretarse como un punto de inflexión en la relación entre el sistema productivo pampeano y su base ecológica. Tras varias décadas de explotación intensiva del suelo –caracterizadas por lo que algunos autores han denominado una fase de “descarga ecológica” del capital natural–, comenzaron a desarrollarse políticas públicas y prácticas productivas destinadas a limitar los procesos de degradación y a recomponer parcialmente las condiciones ecológicas del agro (Viglizzo, 1994; Casas, 2004).

Una de las primeras expresiones institucionales de esta nueva preocupación se produjo en 1940, cuando el Ministerio de Agricultura de la Nación publicó un conjunto de normas técnicas destinadas a la corrección de la erosión del suelo, elaboradas por agrónomos regionales con la colaboración de la División de Suelos de esa cartera. Ese mismo año, y en respuesta a un requerimiento de la Cámara de Diputados, el Ministerio elevó al Congreso un informe técnico sobre el estado de los suelos argentinos y las medidas necesarias para su conservación. Paralelamente, el Poder Ejecutivo envió al Congreso un proyecto de Ley de Conservación del Suelo, que proponía un marco legal para abordar el problema de la degradación edáfica mediante regulaciones específicas sobre el manejo de suelos, programas de forestación en áreas erosionadas, control de fertilizantes y correctivos, y la creación de organismos de asesoramiento técnico y cooperación institucional (Casas, 2004).

En estos mismos años, cobró impulso una política de forestación concebida como herramienta para estabilizar áreas particularmente vulnerables a la erosión eólica. Entre las iniciativas más ambiciosas, se encontraba el proyecto impulsado por el ingeniero Jorge A. Pico, que proponía la forestación de aproximadamente 2,5 millones de hectáreas en el norte del territorio de La Pampa y el sur de Córdoba. Este tipo de propuestas reflejaba la influencia creciente de enfoques conservacionistas que buscaban introducir barreras vegetales y sistemas de protección del suelo frente a la acción del viento.

La institucionalización de estas preocupaciones alcanzó un nuevo nivel en 1944 con la creación del Instituto de Suelos y Agrotecnia, organismo que asumió como prioridad el estudio sistemático de las áreas afectadas por procesos de erosión. A través de su División de Conservación y Mejoramiento, dirigida por el ingeniero agrónomo Casiano V. Quevedo –quien se había especializado en técnicas de conservación de suelos en Estados Unidos–, se promovió la introducción de diversas prácticas destinadas a reducir la degradación edáfica. Entre ellas se encontraban el cultivo en franjas, la siembra en contorno, la construcción de terrazas y la fijación de médanos mediante forestación y cobertura vegetal (Casas, 2004).

Durante la década de 1940, la combinación de políticas públicas, investigación agronómica y cambios en la estructura productiva permitió atenuar progresivamente la intensidad de los procesos de erosión que habían caracterizado las décadas anteriores. La superficie dedicada a cultivos anuales comenzó a reducirse en algunas áreas, mientras que aumentó la proporción de tierras destinadas a la ganadería y a la implantación de pasturas, especialmente alfalfa. Asimismo, se generalizó un mejor aprovechamiento de los residuos de cosecha y se implementaron programas de forestación destinados a proteger el suelo en regiones particularmente vulnerables.

Estos cambios marcaron el inicio de una fase que diversos autores han interpretado como un período de “reacción conservacionista”, en el cual comenzaron a desarrollarse estrategias orientadas a recomponer parcialmente el capital natural del agro pampeano. Para el metabolismo socioecológico, puede interpretarse como el inicio de un ciclo de recarga ecológica, caracterizado por una mayor restitución de materia orgánica al suelo y por la reducción relativa de los flujos de extracción asociados a la agricultura cerealera intensiva (Casas, 2004).

Una evolución comparable se registró en el norte de la provincia de Buenos Aires, donde, a partir de la década de 1940, comenzó a expandirse nuevamente la actividad ganadera. Este cambio respondió en parte a transformaciones en la estructura del comercio exterior argentino. La exportación de carne bovina –producto de mayor valor por unidad de volumen– resultaba económicamente más atractiva que la exportación de cereales como el maíz, cuyo bajo valor relativo requería grandes volúmenes de transporte. Como resultado, amplias superficies agrícolas comenzaron a ser reconvertidas hacia sistemas de producción ganadera o mixtos (Pizarro, 1997). Esta tendencia se mantendría, con variaciones, hasta fines de la década de 1960.

El modelo productivo que predominó en estas décadas se caracterizó por una mayor integración entre agricultura y ganadería. En este esquema, la implantación de pasturas –especialmente alfalfa– desempeñaba un papel central en la regeneración del suelo. Las pasturas plurianuales contribuían a restituir materia orgánica, favorecer la fijación biológica de nitrógeno y mejorar la estructura física del suelo. Tras varios años de utilización como pastura, las tierras podían volver a incorporarse a la producción agrícola con niveles relativamente altos de fertilidad y buenos rendimientos.

Desde una perspectiva ecológica, este sistema mixto operaba como un mecanismo relativamente eficaz de reciclaje de nutrientes y de estabilización del suelo. La alternancia entre agricultura y ganadería permitía reducir los déficits de nutrientes generados por la exportación de granos y contribuía a restablecer parcialmente los equilibrios biogeoquímicos del sistema agrario. Aunque este modelo productivo no fue concebido originalmente como una estrategia ambiental consciente, diversos estudios han señalado que, en la práctica, funcionó como una solución relativamente conservacionista, al favorecer la regeneración de los suelos y limitar los procesos de degradación que habían caracterizado las décadas anteriores (Solbrig, 1997).

Entre las décadas de 1950 y 1960, la dinámica de recuperación relativa del ambiente productivo se vio reforzada por la creación de nuevas instituciones científicas y técnicas orientadas al desarrollo agrario. La fundación del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en 1956, la expansión de las facultades de agronomía y la formación de redes de productores organizados –como los grupos CREA– contribuyeron a difundir prácticas de manejo más racionales y a fortalecer los programas de investigación sobre suelos, cultivos y sistemas productivos. Asimismo, algunas provincias comenzaron a implementar legislaciones específicas destinadas a promover la conservación de los suelos (Viglizzo, 1994; Casas, 2004).

En conjunto, estas transformaciones marcaron el pasaje desde un período de expansión agrícola basado en la explotación intensiva del capital natural del suelo hacia una etapa en la cual comenzaron a desarrollarse mecanismos –todavía parciales e imperfectos– de regulación ecológica del sistema agrario. Para la historia ambiental del agro pampeano, el período comprendido entre aproximadamente 1940 y mediados de la década de 1960 puede interpretarse así, como una fase de recomposición relativa de las propiedades edáficas, resultado de la convergencia entre políticas públicas, cambios productivos y nuevas formas de conocimiento agronómico sobre el manejo del suelo.



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