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5 Sequías, erosión y degradación

Crisis ecológica y límites del modelo agroexportador (1930-1960)

1. Sequías y variabilidad climática: el contexto ambiental

Las dificultades ecológicas que atravesó la región entre comienzos de la década de 1930 y mediados de la década de 1940 constituyen un punto de inflexión en la historia ambiental del capitalismo agrario argentino. Si la etapa 1890-1914 puede caracterizarse como fase de expansión sustentada en la fertilidad primaria, el período 1930-1945 revela con mayor claridad los límites ecológicos del modelo cerealero extensivo.

Las sequías prolongadas, la erosión eólica y la caída de rendimientos pusieron en evidencia tensiones estructurales previamente acumuladas. No se trató únicamente de un episodio climático adverso, sino de la interacción entre variabilidad ambiental y un sistema productivo que había comprimido tiempos ecológicos, simplificado ecosistemas y expandido superficie cultivada sobre territorios crecientemente vulnerables (Zarrilli, 1997). Este período marca el momento en que la fractura metabólica deja de ser una abstracción estructural y adquiere expresión material visible: pérdida de suelo, disminución de materia orgánica y creciente necesidad de intervención técnica.

La crisis ecológica que comenzó a hacerse visible en la década de 1930 no puede comprenderse sin atender al trasfondo climático que la condicionó. La región pampeana –como sistema de praderas templadas– siempre estuvo sujeta a una marcada variabilidad interanual de precipitaciones. Sequías periódicas, alternadas con años húmedos, forman parte de su dinámica histórica de largo plazo (Viglizzo et al., 2001). Sin embargo, lo que distinguió el ciclo seco iniciado hacia fines de la década de 1920 fue su intensidad, su persistencia y su coincidencia con una estructura agraria profundamente transformada por cuatro décadas de roturación y expansión cerealera.

Los registros pluviométricos históricos recopilados por el Ministerio de Agricultura de la Nación muestran que, entre 1929 y 1937, amplias zonas del oeste bonaerense, sur de Córdoba y el entonces Territorio Nacional de La Pampa experimentaron descensos significativos en las precipitaciones anuales. En algunos distritos semiáridos, la reducción alcanzó entre el 30 % y el 40 % respecto de los promedios de las décadas precedentes (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1935). En términos absolutos, estaciones meteorológicas que registraban medias anuales cercanas a 600 mm descendieron transitoriamente por debajo de los 400 mm, umbral crítico para el monocultivo triguero extensivo en suelos con baja cobertura residual.

Desde una perspectiva histórico-ecológica, la clave no reside únicamente en el evento climático, sino en la interacción entre ese evento y la estructura productiva vigente. Durante la fase expansiva previa (1890-1929), la fertilidad heredada del pastizal y la disponibilidad de nuevas tierras habían amortiguado los efectos de la variabilidad climática. La roturación masiva del pastizal natural, sin embargo, había reducido de manera sustantiva la cobertura vegetal permanente, simplificado la estructura radicular y alterado la capacidad del suelo para retener humedad. La cerealicultura anual implicaba períodos de suelo desnudo que, bajo condiciones de déficit hídrico, quedaban expuestos a la acción de vientos persistentes.

La combinación de suelos roturados, disminución de cobertura vegetal, vientos intensos y sequía prolongada generó condiciones particularmente propicias para la erosión eólica. En áreas del oeste pampeano y del Territorio Nacional de La Pampa, comenzaron a registrarse procesos de deflación superficial, formación de médanos y pérdida del horizonte fértil, fenómenos que recuerdan –aunque con especificidades regionales– al Dust Bowl norteamericano contemporáneo (Worster, 1979). Si bien la escala del fenómeno argentino fue menor comparativamente, el paralelismo radica en la vulnerabilidad generada por la expansión cerealera sobre ambientes semiáridos con baja resiliencia.

Los informes técnicos del período dan cuenta de la creciente preocupación. Ingenieros agrónomos advertían sobre la pérdida de estructura granular en el horizonte superficial y la disminución del contenido de materia orgánica en suelos sometidos a monocultivo prolongado (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1938). En algunos partidos del oeste bonaerense, se registraron reducciones de rendimiento de trigo superiores al 20 % respecto de los promedios de la década anterior, fenómeno que no podía explicarse exclusivamente por variabilidad de mercado.

La dimensión cuantitativa del problema se vuelve más clara al considerar la magnitud de la superficie afectada. Hacia comienzos de la década de 1930, la superficie sembrada con trigo superaba los 7 millones de hectáreas. Una caída pluviométrica sostenida del 30 % en amplias áreas implicaba una reducción potencial de millones de toneladas de biomasa producida. Pero, más allá del impacto inmediato en la cosecha, lo decisivo fue el efecto acumulativo sobre el capital edáfico. La erosión eólica remueve partículas finas ricas en materia orgánica y nutrientes, acelerando la degradación del suelo y reduciendo su capacidad de recuperación natural.

Desde el enfoque del metabolismo social, el ciclo seco de los años treinta actuó como revelador de una ruptura metabólica en gestación. Durante la fase expansiva, la transferencia neta de nutrientes hacia el exterior –en forma de grano exportado– había sido compensada temporalmente por el stock acumulado bajo el pastizal. La sequía puso en evidencia que ese capital natural no era ilimitado. La menor disponibilidad hídrica redujo la productividad primaria neta, al tiempo que la estructura simplificada del agroecosistema disminuyó su capacidad de resiliencia frente al estrés climático.

Investigaciones posteriores han mostrado que la región presenta un gradiente oeste-este en disponibilidad hídrica y estabilidad productiva (Viglizzo et al., 2001). Las áreas más húmedas del este bonaerense resistieron mejor el ciclo seco, mientras que las zonas semiáridas occidentales evidenciaron mayores tasas de degradación. Esta diferenciación subregional confirma que la aplicación homogénea del modelo cerealero ignoró límites ecológicos internos, expandiendo el monocultivo hacia ambientes con menor capacidad de amortiguación climática.

La sequía de la década de 1930 no debe interpretarse como una anomalía externa que “interrumpió” un proceso exitoso, sino como un evento que interactuó con una estructura productiva previamente tensionada. La expansión agrícola había comprimido el tiempo ecológico de recuperación del suelo y había abierto los ciclos de nutrientes al mercado mundial. La variabilidad climática actuó entonces como factor desencadenante que hizo visibles vulnerabilidades acumuladas.

La experiencia de los años treinta marcó un punto de inflexión en el debate agronómico y en la percepción pública del problema. Comenzaron a discutirse con mayor énfasis prácticas de conservación, rotaciones más diversificadas y, gradualmente, la necesidad de incorporar insumos externos para sostener la fertilidad. La crisis no fue total ni homogénea, pero evidenció que el régimen extensivo basado en expansión superficial tenía límites biofísicos.

En suma, la sequía de la década de 1930 debe situarse en la intersección entre variabilidad climática estructural y reorganización metabólica previa. La reducción de precipitaciones –documentada en fuentes oficiales– coincidió con una estructura agraria simplificada y con una dependencia creciente de la fertilidad heredada. El resultado fue la exposición de un desequilibrio latente: la modificación del pastizal pampeano en monocultivo exportador había reducido la resiliencia del sistema frente a perturbaciones ambientales. La crisis climática no creó la vulnerabilidad; la puso en evidencia.

2. Erosión eólica y pérdida de suelo

Si la sequía de la década de 1930 puso en evidencia la vulnerabilidad climática del sistema agrario pampeano, la erosión eólica constituyó su manifestación material más visible y duradera. Los informes técnicos elaborados por el Ministerio de Agricultura de la Nación hacia fines de esa década comenzaron a registrar con creciente preocupación la aparición de “voladuras” del suelo superficial en extensas áreas cerealizadas del oeste bonaerense, sur de Córdoba y el entonces Territorio Nacional de La Pampa (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1938). El fenómeno no era enteramente nuevo, pero su frecuencia y su intensidad adquirieron una dimensión inédita en el contexto de la prolongada sequía y de la expansión previa del monocultivo triguero.

La erosión eólica implica la remoción y el transporte de partículas finas por acción del viento. Edafológicamente, lo decisivo es que el material más susceptible a ser desplazado corresponde al horizonte superior del suelo –el horizonte A–, precisamente el más rico en materia orgánica, nitrógeno y otros nutrientes esenciales. Bajo condiciones de cobertura vegetal permanente, la estructura radicular y la rugosidad superficial reducen la velocidad del viento a nivel del suelo y amortiguan la deflación. Pero, en sistemas de monocultivo anual, con períodos prolongados de suelo desnudo y con labranza recurrente, la superficie queda expuesta a la acción directa de ráfagas intensas, especialmente en ambientes semiáridos.

Los técnicos agronómicos de la época describían escenas de médanos incipientes, acumulaciones de arena en alambrados y desplazamiento de finas partículas que enturbiaban el aire durante días enteros. En algunos partidos del oeste bonaerense y del sur de Córdoba, se registraron pérdidas visibles del horizonte fértil, con reducción de espesor y alteración de la estructura granular (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1938). Aunque la cuantificación sistemática era todavía incipiente, la percepción de deterioro era clara.

Estudios retrospectivos realizados décadas más tarde permiten dimensionar la magnitud del proceso. Investigaciones del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) estimaron que, durante episodios críticos de los años treinta, la pérdida de suelo en determinadas zonas superó las 10 toneladas por hectárea anuales (INTA, 1985). En contextos extremos, las cifras pudieron ser incluso mayores, dependiendo de la textura del suelo y de la intensidad del viento. Si se proyecta una pérdida de 10 t/ha/año sobre una superficie de 1 millón de hectáreas afectadas –una estimación conservadora para el conjunto de áreas semiáridas más vulnerables–, el volumen anual removido alcanzaría 10 millones de toneladas de suelo.

A nivel biofísico, la erosión no implica únicamente la pérdida de masa mineral, sino también de carbono orgánico. Los horizontes superficiales de los molisoles pampeanos contenían históricamente entre 3 % y 6 % de materia orgánica. La remoción de 10 toneladas de suelo por hectárea puede implicar la pérdida de entre 300 y 600 kg de materia orgánica por hectárea, es decir, de carbono acumulado durante siglos bajo el régimen del pastizal. Este proceso redujo la fertilidad inmediata y disminuyó la capacidad del suelo para retener agua, cerrando un círculo de retroalimentación negativa: menor materia orgánica, menor capacidad hídrica, mayor vulnerabilidad ante sequías futuras (Viglizzo et al., 2001).

La distribución espacial de la erosión fue claramente desigual. Las zonas con menor precipitación media anual –inferior a 600 mm– y con mayor proporción de monocultivo continuo resultaron más afectadas. El Territorio Nacional de La Pampa constituye un caso paradigmático. Allí, la expansión triguera de las décadas previas había avanzado sobre ambientes semiáridos cuya estabilidad dependía en gran medida de la cobertura permanente del pastizal. La roturación sistemática redujo la cohesión superficial y facilitó la deflación bajo condiciones de viento intenso. Investigaciones históricas posteriores han señalado que, en amplias áreas pampeanas occidentales, la década de 1930 marcó el inicio de una percepción persistente de degradación edáfica (Zarrilli, 1997).

El paralelismo ya mencionado con el Dust Bowl estadounidense ha sido señalado por diversos autores, aunque con diferencias de escala y contexto (Worster, 1979). En ambos casos, la combinación de sequía prolongada y expansión del monocultivo sobre suelos frágiles generó procesos de erosión masiva. En la región pampeana, la menor aridez estructural del este bonaerense atenuó la magnitud del fenómeno, pero en el gradiente occidental la vulnerabilidad fue evidente. La experiencia argentina, aunque menos dramática mediáticamente, compartió el mismo patrón estructural: simplificación ecosistémica + variabilidad climática = pérdida acelerada de suelo.

La erosión eólica representa un nivel más profundo de ruptura que la mera transferencia de nutrientes en forma de grano. Mientras que la transferencia internacional de fertilidad implica salida de nutrientes que, en teoría, podrían reponerse mediante fertilización, la erosión supone la remoción física del soporte productivo. Se trata de una pérdida de capital ecológico difícilmente reversible en escalas temporales humanas. La formación natural de suelo fértil puede requerir siglos; su pérdida puede ocurrir en pocos años.

La erosión modifica así la naturaleza misma del balance metabólico regional. Durante la fase expansiva anterior, el sistema operaba como minería de nutrientes sobre un stock acumulado, pero el soporte físico del suelo permanecía relativamente intacto. En la década de 1930, la remoción del horizonte superficial añadió una dimensión adicional de deterioro: se extraían nutrientes, y se perdía la estructura edáfica que hacía posible su retención. Energéticamente, la erosión implica la dispersión irreversible de energía solar acumulada en forma de carbono orgánico.

La reacción institucional ante estos procesos fue gradual. A fines de los años treinta, comenzaron a discutirse prácticas de conservación, como el establecimiento de cortinas forestales, la promoción de rotaciones más diversificadas y el manejo de barbechos con mayor cobertura. Estas medidas anticiparon la creación posterior de políticas más sistemáticas de conservación de suelos. Sin embargo, durante el período crítico, la capacidad de respuesta fue limitada y fragmentaria.

En síntesis, la erosión eólica de la década de 1930 no fue un fenómeno aislado ni exclusivamente climático. Fue el resultado de la interacción entre variabilidad hídrica, expansión del monocultivo y simplificación estructural del agroecosistema. La pérdida de suelo representó una forma particularmente severa de descapitalización ecológica: a diferencia de la exportación de grano, que transfiere nutrientes, la erosión remueve el soporte físico de la producción.

La crisis agraria iniciada en la década de 1930 generó un creciente debate sobre el papel del Estado en la regulación del sector rural y en la implementación de políticas destinadas a estabilizar la producción agrícola (Girbal-Blacha, 2003). Esta reveló así que el régimen extensivo basado en expansión superficial no solo generaba transferencia internacional de fertilidad, sino también una vulnerabilidad interna capaz de erosionar literalmente las bases materiales del sistema.

3. Descripción general del área

La región cuyo relevamiento edafológico y de erosión vamos a describir en este ítem corresponde, dentro de las regiones agropecuarias naturales, al sector centro-este de la región semiárida, subregión pampeana. En la provincia de Buenos Aires, se incluyen General Pinto, General Villegas, Carlos Tejedor, Rivadavia, Pellegrini, Trenque Lauquen, Guaminí y Adolfo Alsina y los departamentos pampeanos de Chapaleufú, Maracó, Quemú-Quemú, Catriló, Atreucó y Guatraché. La superficie total era de 56.985 km² distribuidos de la siguiente manera:

Tabla n.º 2. Superficie de los partidos/departamentos
de la región afectada
Provincia de Buenos Aires. Año 1959
PartidosCabecerasSuperficie en km²
Gral. VillegasGral. Villegas7.265
Gral. PintoGral. Pinto4.370
Trenque LauquenTrenque Lauquen5.500
RivadaviaAmérica3.949
PellegriniPellegrini3.920
Carlos TejedorCarlos Tejedor3.933
Adolfo AlsinaCarhué5.875
GuaminíGuaminí4.840
Total provincial39.643
Provincia de La Pampa
DepartamentosCabecerasSuperficie en km²
ChapaleufúChapaleufú2.570
MaracóMaracó2.555
Quemú-QuemúQuemú-Quemú2.557
CatrilóCatriló2.555
AtreucóAtreucó3.580
GuatrachéGuatraché3.525
Total provincial17.342

Fuente: Revista de Investigaciones Agrícolas, tomo XIII, Bs. As., 1959, n.° 4, p. 324.

En la zona en estudio, la unidad fisiológica predominante es la llanura, dándole carácter al relieve distintos materiales no consolidados, de origen en su mayor parte eólico. La lluvia estaba desigualmente distribuida durante el año: el verano era la estación más lluviosa, y el invierno, la más seca. Este contraste estivo-invernal va aumentando desde el este hacia el oeste. Por ejemplo, en la parte oriental, el invierno contaba con más del 12 % del monto anual, pero en la opuesta es menor de 8 %, tornándose dicha estación típicamente seca.

Mapa n.º 2. Erosión eólica en la Argentina

Fuente: Casas, R., Godagnone, R. y Fuente, J. (2022). Evaluación y cartografía de la erosión eólica en la Argentina como base para la planificación de un uso sustentable. Revista de Investigaciones Científicas de la Universidad de Morón, año 6, N.° 10.

Con respecto a la producción, el 88,3 % de la superficie territorial de la zona se destinaba a la agricultura y a la ganadería; el resto estaba constituido por tierras ineptas para la finalidad agropecuaria (5,3 %) y bosques naturales (6,4 %). Los cultivos anuales permanentes cubrían el 55,6 % del área, y las praderas naturales, el 32,7 %. La superficie cultivada se distribuía así: cereales (37,1 %), especies industriales (0,7 %), alfalfa (37,6 %), otras forrajeras (24,6 %). Estos porcentajes mostraban un franco avance a mediados de los años cincuenta del cultivo de las forrajeras, particularmente la alfalfa y los sorgos, en detrimento del cultivo cerealero; ello se explica por la expansión y el mejoramiento de la explotación ganadera. Entre los cereales, el centeno y el trigo figuraban en primer lugar; la avena y la cebada, aunque en mucha menor proporción que los anteriores, se sembraban bastante más que el maíz, cultivo que tenía aquí poca importancia, al igual que el girasol, sembrado casi en su totalidad en el sector correspondiente a Buenos Aires.

La explotación dominante era la mixta, con sus variantes agrícolo-ganaderas y ganadero-agrícolas; los tambos están muy difundidos en las áreas más subdivididas. Los datos presentados a continuación, elaborados a partir de un cuadro confeccionado por la Dirección de Estimaciones Agropecuarias, permiten observar con claridad la distribución de la superficie de las explotaciones agropecuarias, en la que predominaban ampliamente los establecimientos de menor extensión. Tomando la zona en su conjunto, la discriminación porcentual de los predios explotados era la siguiente:

Gráfico n.º 6. Distribución porcentual de las explotaciones agropecuarias según tamaño (en ha)

Fuente: elaboración propia con base en Dirección de Estimaciones Agropecuarias.

Los datos de estructura agraria muestran que el suroeste bonaerense y el este pampeano configuraban, hacia mediados del siglo XX, un espacio de predominio de explotaciones medianas y pequeñas, pero con una marcada disociación entre propiedad y uso efectivo de la tierra. En el conjunto del sector bonaerense, más del 60 % de las explotaciones se ubicaban por debajo de las 200 hectáreas y, sin embargo, el régimen de explotación revela que los arrendatarios constituían el grupo numéricamente dominante (5.640 unidades frente a 2.768 propietarios). Aunque la superficie total controlada por ambos grupos era relativamente similar (41,7 % del total en manos de arrendatarios frente a 39,1 % en manos de propietarios), la clave no reside en la extensión, sino en la temporalidad del vínculo con el suelo.

El arrendamiento –frecuentemente anual o de corto plazo– incentivaba la maximización de rendimientos inmediatos, reduciendo los incentivos para conservar cobertura vegetal, rotar adecuadamente o invertir en prácticas de protección contra la erosión. En un contexto ecológico caracterizado por suelos sueltos, escasas precipitaciones y vientos intensos, esta racionalidad productiva acentuó la vulnerabilidad estructural del horizonte superficial.

Tabla n.° 3. Distribución de la tierra según el régimen legal de explotación

Otros

PropietariosArrendatariosProp. y arrend.
Partido o Departa­mentoN.º de explot.% del total de tierras explot.N.º de explotac.% del total de tierras explot.N.º de explot.% del total de tierra explot.N.º de explot.% del total de tierra explot.
Buenos Aires
A. Alsina42935.892539.713821.61632.9
C. Tejedor31940.167231.67614.81104.5
Gral. Pinto32243.153938.18911.4917.4
Gral. Villegas47641.186739.715717.7891.5
Guaminí31042.161940.77111.5772.7
Pellegrini32840.9822548612.6301.5
Rivadavia26425.453351.97822460.7
T. Lauquen33836.966347.68412.7732.8
Total Bs. As.2.76839.15.64041.777916.16793.1
La Pampa
Atreucó29445.630934.85417.6151.9
Catriló16938.623423.33529.8468.2
Chapaleufú24137.232250.7618314.1
Guatraché37227.2414212626.410725.4
Maracó2624224625.15232.9
Q. Quemú29418.34442712.110452.6
Total La Pampa1.63232.61.96928.818014.235524.4

Fuente: Revista de Investigaciones Agrícolas, Bs. As., 1959, tomo XIII, n.º 4, p. 334.

La situación pampeana muestra matices, pero reproduce el mismo problema estructural. En los seis departamentos considerados, las explotaciones arrendadas superaban en número a las de propietarios (1.969 frente a 1.632), mientras que un significativo 24,4 % de la superficie quedaba bajo formas de explotación híbridas o indeterminadas. Esta fragmentación jurídica del uso de la tierra implicaba una débil articulación entre control territorial y responsabilidad ecológica. Allí donde predominaban el arriendo o las formas contractuales inestables, la lógica cerealera tendía a intensificar el laboreo continuo –especialmente trigo– con escasa reposición orgánica, lo cual favorecía la desprotección del suelo frente a la acción eólica. La erosión no puede entenderse, por tanto, solo como resultado de condiciones naturales adversas, sino como efecto de un sistema de tenencia que separaba la apropiación de la renta del cuidado del recurso.

Estructuralmente, la casi equivalencia entre superficie explotada por propietarios (36,8 %) y arrendatarios (37 %) en el conjunto regional revela que la crisis edáfica no fue simplemente consecuencia de la concentración latifundista ni de la fragmentación minifundista, sino de la generalización de un régimen agrario donde amplias extensiones quedaban sometidas a decisiones productivas de corto horizonte temporal. Bajo estas condiciones, la expansión agrícola en áreas ecológicamente frágiles –caracterizadas por textura suelta y déficit hídrico– transformó la erosión eólica en un fenómeno sistémico. La estructura de tenencia actuó así como mediación institucional entre ambiente y economía: al priorizar la extracción inmediata sobre la estabilidad del agroecosistema, contribuyó a convertir una vulnerabilidad ecológica potencial en un proceso efectivo de degradación.

En la mayor parte de la superficie reconocida, prevalecían de manera acentuada –hacia 1950– condiciones ecológicas concurrentes muy propicias a la manifestación de la desintegración de los suelos originada por la acción del viento. Tales condiciones, favorables a la presencia del fenómeno, pueden sintetizarse así: suelos sueltos, vientos fuertes y frecuentes lluvias escasas y mal distribuidas. El precario equilibrio anual resultante de las condiciones ambientales citadas fue roto apenas el hombre intervino para explotar la tierra. La labranza a destiempo con instrumentos inapropiados, la monocultura prolongada, el exceso de pastoreo y la gradual sustitución de la vegetación natural por el cultivo de especies menos resistentes a la sequía, lo que equivale a decir más exigentes en humedad, fueron, entre otras, las acciones humanas que condujeron a desencadenar un fenómeno latente.

Es indudable que diversos factores económico-sociales vinculados a la explotación de la tierra contribuyeron a incrementar las áreas erosionadas. Entre tales factores cabe mencionar la reducida superficie de las unidades de explotación asignadas a los productores en muchas colonias, lo que obligó a hacer uso exhaustivo del suelo; el afán desmedido de lucro inmediato en muchos pobladores, que los impulsó a realizar una explotación agotadora; la falta de asistencia técnica oficial, etc.

Ahora bien, es relativamente fácil comprobar la existencia hacia mediados del siglo XX del problema, pero no tanto cuantificar sus efectos. La estimación aproximada del área correspondiente a cada uno de los grados de erosión era la siguiente[1].

Gráfico n.º 7. Grados de erosión (superficie en ha y %)

Fuente: elaboración propia con base en datos del Ministerio de Agricultura de la Nación.

La erosión del suelo (ver gráfico n.º 7) era solo uno de los aspectos de la ruptura en el equilibrio ecológico que se ha registrado en la región como resultado del aprovechamiento sin límites de los recursos naturales. Esa “política irracional en el uso del suelo”, al decir de uno de los expertos agrónomos de la década del 50, en un medio de condiciones ecológicas propicias a la manifestación del proceso depredador de los recursos, liberó las fuerzas latentes de la erosión en una vasta superficie de la región central del país.

Suelos sueltos y con escasa proporción de materia orgánica, vientos fuertes y frecuentes y lluvias escasas y mal distribuidas conformaron un ambiente natural propenso a la aceleración del fenómeno. Labranzas repetidas a destiempo, con instrumentos inapropiados, monocultura persistente, laboreo de los suelos ineptos, exceso de pastoreo, tala indiscriminada del bosque xerófilo, limpieza a fuego de los campos, etc. Este es un resumen de las causas humanas que condujeron a la devastación de millones de hectáreas.

4. Diagnósticos técnicos y emergencia del conservacionismo

La crisis ambiental de la década de 1930 no solo tuvo una dimensión biofísica –sequías prolongadas, erosión eólica, caída de rendimientos–, sino también una dimensión intelectual e institucional que resulta decisiva para comprender la evolución posterior del agro pampeano. La visibilidad del deterioro del suelo y la pérdida de productividad obligaron a reformular supuestos profundamente arraigados en el discurso agronómico argentino. La confianza en la fertilidad prácticamente inagotable de los molisoles pampeanos, dominante durante la etapa de expansión cerealera, comenzó a ceder frente a diagnósticos técnicos más cautelosos y estructurados.

Durante las primeras décadas del siglo XX, la elevada productividad inicial del trigo y la disponibilidad de nuevas tierras habían reforzado una percepción optimista del potencial agrario regional. La fertilidad heredada del pastizal funcionó como una forma de renta natural que permitió sostener altos rendimientos sin fertilización química sistemática, ocultando durante décadas la dinámica de extracción neta de nutrientes (Zarrilli, 1997). La sequía de los años treinta, sin embargo, actuó como catalizador de un cambio conceptual: la degradación visible del suelo reveló que ese capital natural no era ilimitado.

Los informes elaborados por el Ministerio de Agricultura de la Nación hacia fines de la década de 1930 describían con preocupación la pérdida de estructura superficial, la aparición de médanos y la disminución de materia orgánica en zonas cerealizadas del oeste pampeano (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1938). Estos diagnósticos no se limitaban a señalar el déficit hídrico, sino que vinculaban explícitamente la erosión con el monocultivo prolongado y la ausencia de prácticas de conservación. La problemática comenzaba a ser formulada desde la perspectiva del “uso racional del suelo”, categoría que implicaba reconocer límites ecológicos a la explotación.

Este giro no fue exclusivo del contexto argentino. En el plano internacional, la experiencia del Dust Bowl en los Estados Unidos generó una amplia discusión sobre conservación de suelos y manejo agrícola en ambientes semiáridos (Worster, 1979). Si bien la escala y las condiciones institucionales diferían, el paralelismo conceptual es significativo: en ambos casos, la combinación de expansión cerealera y variabilidad climática evidenció la fragilidad de sistemas productivos basados en monocultivo extensivo. La circulación internacional de ideas agronómicas y la profesionalización creciente de la disciplina favorecieron la incorporación de nociones conservacionistas en el debate local.

En la Argentina, la preocupación técnica se tradujo en una serie de recomendaciones concretas. Agrónomos y especialistas comenzaron a enfatizar la necesidad de tomar las siguientes medidas:

  • Implementar rotaciones más amplias, alternando cereales con leguminosas o cultivos forrajeros.
  • Incorporar pasturas temporarias o permanentes para restituir materia orgánica.
  • Reducir el monocultivo triguero continuo, especialmente en zonas semiáridas.
  • Adoptar prácticas específicas de conservación del suelo, como el manejo adecuado del barbecho y la implantación de cortinas forestales.

Estas propuestas respondían a fundamentos edafológicos y ecológicos claros. La rotación con leguminosas permite la fijación biológica de nitrógeno, contribuyendo a compensar parcialmente la pérdida de nutrientes. Las pasturas mejoran la estructura del suelo mediante sistemas radiculares densos y permanentes que incrementan la estabilidad de agregados y la infiltración hídrica. Estas prácticas buscaban disminuir la velocidad de la ruptura metabólica al favorecer cierto cierre de ciclos de nutrientes.

No obstante, la aplicación efectiva de estas recomendaciones enfrentaba limitaciones estructurales. La estructura de tenencia de la tierra y el predominio de contratos de arrendamiento de corta duración incentivaban estrategias de maximización de rendimientos en el corto plazo (Barsky & Gelman, 2009). En este contexto, la adopción de rotaciones largas o la implantación de pasturas –que requerían inversiones y horizontes temporales más extensos– no siempre resultaban compatibles con los incentivos económicos vigentes. El conservacionismo técnico debía operar dentro de un régimen agrario configurado por la lógica de acumulación y por la inserción exportadora.

La emergencia del conservacionismo también tuvo implicancias institucionales. La década de 1930 y los años posteriores vieron el fortalecimiento de organismos técnicos vinculados al estudio de suelos y prácticas agronómicas. La consolidación de investigaciones edafológicas más sistemáticas y la elaboración de mapas de aptitud productiva reflejaron una creciente preocupación por la gestión diferenciada del territorio. Aunque el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) sería creado recién en 1956, sus antecedentes se encuentran en esta etapa de institucionalización progresiva del conocimiento agronómico.

Desde una perspectiva histórica, puede interpretarse como la transición desde un régimen de explotación basado en abundancia percibida hacia uno atravesado por la conciencia de límites biofísicos. La fertilidad dejó de ser concebida como atributo natural inmutable y comenzó a pensarse como variable dependiente de prácticas de manejo. Este desplazamiento conceptual resulta central para comprender la evolución posterior del agro pampeano, incluyendo la adopción de fertilizantes sintéticos en la segunda mitad del siglo XX y la creciente tecnificación de la producción.

El conservacionismo emergente no denotó una reversión inmediata de la dinámica extractiva, pero sí introdujo mecanismos de amortiguación. Las recomendaciones sobre rotaciones y cobertura vegetal buscaban restituir parcialmente el equilibrio entre extracción y regeneración. Si la etapa expansiva anterior había estado marcada por la apertura de ciclos de nutrientes hacia el mercado mundial, la nueva etapa reconocía la necesidad de rearticular esos ciclos al menos en escala local.

La crisis ambiental de los años treinta, por lo tanto, no puede entenderse únicamente como episodio climático adverso, sino como momento de inflexión en la historia del conocimiento agronómico argentino. La degradación visible del suelo funcionó como evidencia empírica que cuestionó el optimismo productivista. El discurso técnico comenzó a incorporar nociones de sostenibilidad, aunque todavía subordinadas al objetivo de mantener la productividad exportadora.

Este cambio conceptual fue gradual y no homogéneo. En las zonas más húmedas y estables, donde los efectos de la erosión fueron menos severos, la percepción de urgencia fue menor. En cambio, en áreas semiáridas –incluido el Territorio Nacional de La Pampa–, la evidencia de degradación fue más contundente y favoreció una mayor receptividad a las propuestas conservacionistas (Zarrilli, 1997). La diferenciación subregional reforzó la idea de que el territorio no podía ser tratado como espacio homogéneo de explotación.

En síntesis, la emergencia del conservacionismo en la década de 1930 representa un momento clave en la transición socioecológica pampeana. La crisis ambiental reveló límites estructurales del modelo extensivo y obligó a integrar el conocimiento científico en la gestión del suelo. Si bien la lógica exportadora continuó siendo dominante, la fertilidad dejó de ser considerada un recurso inagotable y pasó a entenderse como patrimonio susceptible de degradación. Este desplazamiento intelectual constituyó un paso decisivo en la historia ambiental del agro argentino.

El análisis histórico desarrollado por Worster (1979) para el caso estadounidense subraya que el Dust Bowl no fue simplemente una catástrofe natural, sino el resultado de una interacción entre capitalismo agrario, mecanización y variabilidad climática. La expansión del trigo en las Great Plains durante las décadas previas a 1930 estuvo impulsada por altos precios internacionales y por la incorporación de tecnologías de labranza que facilitaron la roturación extensiva. Cuando la sequía redujo las precipitaciones, el suelo desnudo quedó expuesto a la acción de vientos intensos, lo que generó tormentas de polvo de gran escala.

En el territorio analizado, el proceso presentó diferencias en cuanto al grado de mecanización y al marco institucional, pero compartió elementos fundamentales. La expansión cerealera entre 1890 y 1929 implicó la conversión masiva del pastizal natural en superficie cultivada, especialmente en las zonas occidentales de menor disponibilidad hídrica. La sequía de los años treinta actuó como detonante de procesos de erosión eólica que, aunque menos espectaculares que en Estados Unidos, revelaron vulnerabilidades acumuladas en el sistema productivo (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1938).

Las causas estructurales presentan paralelismos claros:

  • Expansión agrícola sobre praderas templadas.

En ambos casos, la frontera cerealera avanzó sobre ecosistemas adaptados a regímenes naturales de perturbación (incendios y pastoreo), cuya estabilidad dependía de la cobertura vegetal permanente.

  • Roturación masiva y monocultivo.

La reducción de diversidad funcional redujo la diversidad vegetal y dejó amplias superficies de suelo desnudo durante parte del año agrícola.

  • Sequía prolongada.

La reducción de precipitaciones expuso la fragilidad del sistema, disminuyendo la productividad primaria y favoreciendo la deflación.

  • Vulnerabilidad del suelo.

La pérdida de estructura superficial y de materia orgánica incrementó la susceptibilidad a la erosión eólica.

Sin embargo, también es necesario señalar diferencias relevantes. En las Great Plains, el Dust Bowl produjo desplazamientos masivos de población rural –los llamados Okies y generó una respuesta federal de gran escala, incluyendo la creación del Soil Conservation Service en 1935. En la Argentina, aunque existieron migraciones internas y abandono de tierras en algunas áreas semiáridas, la magnitud demográfica del impacto fue menor, y la respuesta institucional fue más gradual y fragmentaria.

Otra diferencia radica en la escala territorial y climática. Las Great Plains presentan extensiones semiáridas más amplias y una variabilidad pluviométrica particularmente marcada. La región pampeana, por su parte, combina áreas húmedas relativamente estables en el este con gradientes semiáridos hacia el oeste. Esta heterogeneidad interna amortiguó en parte la magnitud del fenómeno, concentrando los procesos más intensos en el oeste bonaerense, sur de Córdoba y el Territorio Nacional de La Pampa.

Desde la mirada del metabolismo social, ambos casos ilustran un mismo patrón: la conversión acelerada de praderas templadas en sistemas cerealero-exportadores incrementó la apropiación humana de productividad primaria neta (HANPP) y abrió los ciclos biogeoquímicos locales hacia mercados externos. La sequía no fue la causa última de la crisis, sino el factor que reveló la desarticulación entre tiempo ecológico y tiempo económico. La expansión agrícola había comprimido los tiempos de regeneración del suelo y había reducido la resiliencia frente a perturbaciones climáticas.

La comparación también permite matizar interpretaciones simplistas. Ni en Estados Unidos ni en la Argentina, la crisis puede atribuirse exclusivamente a decisiones individuales de productores. Se trató de procesos estructurales ligados a la integración al mercado mundial, a incentivos de precios y a modelos productivos que privilegiaban expansión superficial y monocultivo. En ambos contextos, la respuesta posterior incluyó la emergencia de discursos conservacionistas y la institucionalización de políticas de manejo del suelo.

Historiográficamente, el diálogo comparativo subraya que la crisis pampeana de los años treinta no fue un episodio aislado ni exclusivamente nacional, sino parte de un fenómeno más amplio que afectó a praderas templadas incorporadas al capitalismo agrario global. El Dust Bowl se convirtió en símbolo internacional de los riesgos de la agricultura extensiva sobre suelos frágiles; la experiencia pampeana, aunque menos espectacular, comparte la misma lógica estructural.

En definitiva, la comparación revela que la agricultura cerealera extensiva sobre pastizales templados puede generar crisis ecológicas cuando se combina con variabilidad climática y expansión no regulada. La diferencia radica en la escala y en la intensidad de la respuesta institucional, pero el núcleo del problema –la tensión entre acumulación económica y reproducción ecológica– es común a ambos casos. Desde esta mirada, la década de 1930 constituye un momento clave en la historia ambiental comparada de las praderas del mundo.

5. Las sequías en la región marginal cerealera pampeana: un problema ambiental en la producción regional

La eficiencia ecológica de las precipitaciones del territorio no depende únicamente del volumen anual, sino de su régimen estacional, intensidad y variabilidad interanual. El espacio pampeano constituye una amplia franja de transición entre el dominio atlántico subtropical –con lluvias distribuidas durante todo el año y de mayor duración– y el régimen continental estival, caracterizado por chaparrones concentrados en primavera-verano y marcada sequía invernal. Hacia el oeste y sudoeste, esta estacionalidad se acentúa: entre mayo y septiembre apenas se registra entre el 5 % y el 10 % del total anual, configurando una estación seca de tres a cuatro meses que en años críticos puede extenderse hasta ocho.

La combinación de suelos desprovistos de humedad al final del invierno y el incremento primaveral de la velocidad del viento generó condiciones óptimas para la erosión eólica, especialmente allí donde la labranza intensiva había eliminado la cobertura vegetal natural. El cuadro pluviométrico de 1921-1950 confirma este gradiente: mientras que estaciones del este como Pilar o Río Cuarto superaban los 700-790 mm anuales, localidades del oeste pampeano como General Acha (456 mm) o Victorica (512 mm) se situaban en umbrales claramente deficitarios para la agricultura cerealera extensiva (Zarrilli, 1997).

Si miramos el balance hídrico, la zona semiárida pampeana presenta un déficit estructural: la evapotranspiración potencial supera sistemáticamente a la precipitación anual, generando faltantes de entre 100 y 300 mm que solo podrían compensarse mediante napas freáticas accesibles. Este rasgo, lejos de ser excepcional, definía la normalidad ecológica del oeste pampeano. Además, la fuerte variabilidad interanual –con oscilaciones que podían llevar de 1.400 mm en años excepcionalmente húmedos a apenas 150-200 mm en años secos– implicaba que aproximadamente la mitad de los ciclos agrícolas estuvieran afectados por sequías de distinta gravedad. No existió, sin embargo, una tendencia secular de disminución de lluvias; el problema no fue un cambio climático estructural, sino la incorporación de tierras marginales al mercado y su explotación bajo supuestos de estabilidad hídrica inexistente. Para la historia ambiental, la crisis recurrente de la agricultura pampeana entre 1890 y 1950 no puede explicarse por transformaciones climáticas de largo plazo, sino por la desatención sistemática a los ciclos irregulares del régimen pluviométrico y por prácticas productivas que ignoraron los límites ecológicos del sistema semiárido (Prohaska, 1960).

La percepción de que el clima pampeano se había tornado más árido en la década de 1950 respondió más al “fuerte impacto psicológico de la sequía” que a una transformación estructural del régimen pluviométrico. Los promedios decenales de Santa Rosa entre 1901 y 1950 muestran oscilaciones significativas, pero no una tendencia secular hacia la aridez (1901-1910: 481 mm; 1911-1920: 602 mm; 1921-1930: 628 mm; 1931-1940: 484 mm; 1941-1950: 562 mm). Las sequías formaban parte constitutiva de la variabilidad climática regional desde el siglo XIX, como ya había advertido Charles Darwin para los años 1827-1832 y Estanislao Zeballos en 1879, quien describía que “reinaba una sequía extraordinaria en el desierto desde ocho meses atrás”, acompañada por “inmensas nubes rojizas” producidas por tormentas de tierra frecuentes entre noviembre y abril. En 1916, Nicolás Repetto evocaba la dimensión social del fenómeno: “En las chacras y en el pueblo la angustia y el desaliento eran generales en presencia de la tenaz sequía […] la gente de las chacras vivía bajo una verdadera obsesión, pensando y hablando solo de la lluvia” (Repetto, 1958).

Estas fuentes permiten afirmar que la inestabilidad hídrica era estructural y conocida; lo novedoso no fue el clima, sino la forma en que la colonización agrícola, la denudación del suelo por el arado de reja y el sobrepastoreo amplificaron sus efectos. En los años treinta, los técnicos advertían:

La Pampa oriental posee un régimen de lluvia porque decididamente no se la puede considerar una zona agrícola segura […]. La orientación ganadera es la más lógica y la que se impone, subrayando la necesidad de previsión, ensilaje y conservación de humedad frente a un régimen inherentemente irregular (Repetto, 1958).

Al respecto conviene destacar que en el siglo XIX ocurrieron períodos de sequía, como los ya señalados por Darwin durante los años 1827-1832 y Estanislao Zeballos en 1879. Este último autor describe en los siguientes términos la situación en la región de Salinas Grandes (provincia de La Pampa).

Reinaba una sequía extraordinaria en el desierto desde ocho meses atrás, según todos los datos de los indios, razón que explicaba también la escasa superficie ocupada ahora por las aguas de esta laguna… La conmoción atmosférica que se anunciaba al EN había cubierto la bóveda celeste y condensándose particularmente al SO, de cuyos confines veíamos levantarse inmensas nubes rojizas, acusando la marcha vertiginosa de una de las tormentas de tierras que son comunes en la zona, muy particularmente desde noviembre a abril (Zeballos).

El mismo Nicolás Repetto realizaba una descripción sobre el problema de las sequías y la angustia a que se veía sometido el agricultor ante semejante problema:

En las chacras y en el pueblo la angustia y el desaliento eran generales en presencia de la tenaz sequía. Todos habían entregado el trabajo y los gastos de medio año a los cambios atmosféricos…Sometida a la influencia de una sequía tan brava y la amenaza de una ruina inevitable, la gente de las chacras vivía bajo una verdadera obsesión, pensando y hablando solo de la lluvia (Repetto, 1958).

Es evidente entonces que, antes de la introducción del arado, el panorama de la región no era radicalmente distinto al de los años 50, aunque una colonización irracional, el suelo denudado por la vertedera del arado y el excesivo pastoreo empeoraron notablemente la situación.

En cuanto a la utilización de técnicas inadecuadas, es claro el ejemplo del arado de reja como factor desequilibrante del suelo en regiones caracterizadas por la presencia de suelos sueltos.

Por otra parte, bastaba un breve período de condiciones benignas del tiempo para que muchos agricultores pensaran en una evaluación favorable del clima que podía prolongarse por mucho tiempo. La experiencia enseñaba que, a uno o dos años benignos, podían suceder uno o más desastrosos, de manera que surgía nítidamente la necesidad de ser previsores empleando prácticas agrícolas que procuraran la conservación del agua en el suelo y almacenando forrajes para asegurar la supervivencia del ganado en años críticos. Al respecto es interesante señalar la opinión de los expertos que en los años 30 señalaban la problemática de la zona:

La Pampa oriental posee un régimen de lluvia porque decididamente no se la puede considerar una zona agrícola segura, ni cabe esperar uno de los cambios rítmicos o geológicos de su clima. Los ingenieros son los capacitados para enseñar a defenderse de la irregularidad de régimen con medios racionales de previsión, el ensilaje, por ejemplo. La orientación ganadera es la más lógica y la que se impone (Monticelli, 1933, p. 7).

Sin embargo, la lógica especulativa de la expansión cerealera –impulsada por altos precios internacionales, contratos de aparcería que imponían monocultura y subdivisiones minifundistas dentro de grandes latifundios– ignoró esos límites ecológicos. La agricultura comercial no cooperó con la conservación del suelo ni del agua, y la combinación de monocultivo, labranza intensiva y pastoreo excesivo aceleró la erosión eólica sobre un área estimada en 16,9 millones de hectáreas (6,1 % del territorio nacional), abarcando el sur de Córdoba, el oeste y sur de Buenos Aires, el centro-este de La Pampa y sectores de San Luis. La severa sequía de 1935-1938, sobre un sistema ya empobrecido por malas cosechas y precios bajos, produjo un punto de inflexión socioambiental.

A pesar de que después de la crisis de 1930 la agricultura dejó de tener la rentabilidad lograda en el período anterior, el productor rural de la región estuvo obligado a probar suerte sembrando trigo, ya que los contratos no le permitían otra actividad. El Estado, a su vez, al facilitar préstamos para comprar semillas, ante los repetidos fracasos de cosecha, contribuyó indirectamente a mantener esta agricultura fuertemente agotadora, que finalmente provocó la ruina de muchos productores. La acción del arado, pastoreo excesivo, monocultura y colonización irracional fueron acelerando el proceso de erosión del suelo. Por fin la severa sequía de 1935-1938, que halló una campaña empobrecida por malas cosechas y precios bajos, provocó una situación desastrosa.

Hacia 1950 se observa un giro productivo en amplias zonas –Río Cuarto y Juárez Celman en Córdoba; General Villegas, Trenque Lauquen o Bahía Blanca en Buenos Aires; y numerosos departamentos pampeanos como Realicó o Quemú-Quemú– con descenso del trigo, maíz y cebada y aumento de alfalfa y centeno, reflejando una reorientación ganadera forzada tanto por el mercado como por la degradación edáfica. Ya en 1946 Juan L. Tenembaum señalaba el monocultivo como imposición estructural del régimen de tenencia. Desde una perspectiva de historia ambiental, la crisis no puede atribuirse a un “cambio climático”, sino a la articulación entre variabilidad climática cíclica y un modelo agrario que socializó ganancias en años húmedos y externalizó pérdidas ecológicas en los secos, profundizando la vulnerabilidad estructural de la región entre 1890 y 1950 (Tenembaum, 1946).

6. La erosión eólica y las tormentas de tierra en la estepa pampeana

La erosión eólica y las tormentas de tierra constituyeron uno de los rasgos más persistentes –y socialmente más visibles– de la crisis ecológica en la estepa pampeana y, con mayor intensidad, en su borde semiárido. El problema era anterior a la expansión agrícola de fines del siglo XIX y principios del XX, y fue registrado tempranamente por observadores y naturalistas. En 1845, Charles Darwin señalaba que “el país había tomado el aspecto de una polvorienta carretera” y que, según datos del señor Parish, la sequía había sido tan prolongada que “el suelo se había pulverizado y volaba en tal cantidad” que se perdían “todos los puntos de referencia” y hasta “los límites de las propiedades particulares”; añadía, además, una hipótesis de recurrencia: “se repetirían cada quince años” (Darwin)

Florentino Ameghino, por su parte, insistía en que el núcleo del problema pampeano no residía en la falta absoluta de agua, sino en su distribución estacional e interanual: “… no es que en la provincia de Bs. As. no caiga agua suficiente para fertilizar sus campos, sino que esta se reparte de un modo muy irregular”, alternando meses “extraordinariamente secos” con otros de precipitaciones extraordinarias que “llenan los lagos y las lagunas”, desbordan ríos e inundan cañadones; pocos meses después, “esas lagunas se encuentran vacías”, los cursos se entrecortan y, si la seca se prolonga, “los campos antes inundados se encuentran desnudos, sin una mata de yerba, cubiertos por un manto de polvo finísimo” (Ameghino).

Esta doble constatación –sequías recurrentes e irregularidad del régimen hídrico– ofrece una clave ambiental decisiva: en territorios con suelos frágiles y cobertura vegetal degradada, el viento convierte el déficit hídrico en degradación edáfica acelerada, en pérdida productiva y en catástrofe social. Por eso, más que un episodio meteorológico, la tormenta de polvo debe leerse como síntoma de una relación socioecológica desequilibrada: clima variable, propiedades físicas del suelo y formas históricas de uso (roturación, monocultivo, sobrepastoreo, desmontes) interactúan debilitando el “equilibrio biológico natural” y ampliando la vulnerabilidad.

Las evidencias locales muestran que el fenómeno fue conocido, aunque subestimado o naturalizado frente a los incentivos de la expansión agroexportadora. Ya en 1872, Luis Olivera trabajó en la fijación de médanos en su estancia “El Potrillo” (25 de Mayo) mediante la plantación de estacas de “sauce llorón”, señal de que la movilidad arenosa era una amenaza concreta. En 1876, el ingeniero Barón Maximiliano de Flurer describió el corredor Trenque Lauquen-Guaminí destacando la presencia creciente de médanos y lagunas, y subrayó incluso el papel de los médanos como reservorios de agua, proponiendo fortines cercanos para aprovechar ese recurso. Con el cambio de siglo, la infraestructura y la colonización reforzaron la presión sobre ambientes marginales.

En relación con el período de sequía de 1892-1894 y por su magnitud en la región subhúmeda del norte de Buenos Aires, cabe mencionar las tormentas de tierra ocurridas en Pergamino. Testimonios de dicho período señalaban:

La sequía se inició en 1892, durando hasta principios de 1894; el invierno de 1893 fue muy seco, con ligeras lluvias en setiembre. En esa época hubo tres tormentas de tierra, dos en diciembre de 1893 y otra a principios de 1894. La primera fue la más intensa y se produjo a media tarde, a mediados de diciembre. Grandes nubarrones que se acercaron por el cuadrante sur, oscureciendo completamente el ambiente. Alejado a 100 metros de campo se sintió perdido, permaneciendo tendido en el suelo durante más de tres horas, hasta que finalmente siguiendo un alambrado pudo regresar. Ocurrieron desgracias personales, comentando el caso de una madre que al salir a buscar a su hijita de 2 años de edad la halló sin vida, sepultada por la tierra.
La segunda tormenta en víspera de Navidad, también comenzó a las tres o cuatro de la tarde, hasta el día siguiente. La hacienda enceguecida por la tierra fue acorralada contra los alambrados donde amaneció muerta y tapada por la tierra; la mortandad de animales y vacunos fue extraordinaria. La última tormenta de este tipo fue en el mes de enero o febrero de 1894 (Kugler, 1958, p. 40).

En 1902-1903, el Ferrocarril Oeste condicionó la extensión de su línea hasta Rucanelo (La Pampa) a que los agricultores pusieran bajo cultivo 2.000 hectáreas “previo desmonte”, bajo multa. La secuencia ilustra un patrón clásico: tras “dos o tres primeros años de espléndidas cosechas” por condiciones climáticas favorables, llegaron “los años normales”, “las lluvias disminuyeron”, y no solo fracasaron los cultivos, sino que tampoco se recompusieron los pastos naturales, lo que produjo un “gravísimo perjuicio”. En Villa Iris (1901-1926), Levy Tron sintetizó la experiencia cotidiana: “las lluvias escasean y que soplan fuertes vientos que levantasen densas nubes de polvo”; recordó también las quemazones de 1905 –con destrucción de campos vírgenes y 6.000 hectáreas de trigo– y las sequías de 1911 y 1913, cuando el viento “arrastra la tierra y machuca las plantas” (Instituto de Suelos y Agrotecnia, 1948).

En paralelo, entre 1910 y 1930, se acumuló una extensa producción técnica e informes específicos (Boyet, Velazco, Mirolli, Ferreyra, Miatello, Molins, Desimone, Girola, Canela, Etcheverry, Medina, entre otros) sobre fijación de médanos, desintegración del suelo por laboreo inadecuado, alertas sobre el peligro erosivo y propuestas institucionales, con énfasis en el arco territorial que iba del sur de Córdoba al oeste de Buenos Aires, el este de La Pampa y el sur de San Luis. Hubo un importante desarrollo técnico desde la formación agronómica universitaria, pero el punto crítico fue la traducción incompleta del diagnóstico en políticas públicas estables de regulación del uso del suelo y apoyo sostenido a los productores (Instituto de Suelos y Agrotecnia, 1948).

A fines de los años treinta, la erosión eólica se consolidó como problema nacional y se intensificaron los relevamientos oficiales. En 1939-1940, el ingeniero Antonio Arena reconoció la región afectada y clasificó causas “naturales” y “humanas”. Entre las primeras, subrayó suelos “predominantemente arenosos con estructura poco estable”, sequías periódicas y formación de médanos y voladeros; entre las segundas, identificó desmontes y roturación de praderas nativas, laboreo en seco, monocultivo, pastoreo excesivo, explotación sin atender aptitud y capacidad productiva, descenso de napas y factores económico-sociales, como colonización inadecuada e “indiferencia social”.

A partir de allí, las políticas antierosivas se pensaron como un proceso en dos tiempos: medidas “previas” (reconocer extensión y daños; estudios demográficos, económicos, climáticos, edafológicos y fitogeográficos) y medidas “definitivas” (legislación de fondo para ordenar el uso del suelo y prohibir abusos; colonización racional; obligatoriedad de denuncia; forestación y represas). El Ministerio de Agricultura publicó indicaciones técnicas y, contemporáneamente, difundió un mensaje y proyecto de ley de Conservación de Suelos (siete capítulos: estudios y protección del recurso, disposiciones sobre erosión, plan de forestación, abonos y correctivos, organismo de asesoramiento y cooperación).

En 1941, Carlos Wauters sintetizó el sentido de urgencia: “… los médanos no han sido sometidos a un estudio general, con el deliberado propósito de oponerles el conjunto de medidas indispensables de previsión”, y advertía que “la erosión eólica […] se ha acentuado […] debido a una destrucción progresiva ininterrumpida de nuestros montes primitivos […] y que agotan una riqueza acumulada durante siglos y que no se renueva”. El diagnóstico técnico, por lo tanto, ubicaba el problema en el cruce entre fragilidad natural y presión antrópica: la crisis no era un accidente, sino el resultado de un modelo de ocupación y explotación que empujó la agricultura hacia tierras marginales, debilitó coberturas y multiplicó superficies “desnudas”, dejando al viento como agente geomorfológico de primer orden (Instituto de Suelos, 1948, p. 5).

La crisis de 1937-1938 operó como evidencia dramática y catalizador institucional. En febrero de 1943, el Ministerio de Agricultura designó una Comisión para el traslado de colonos de la zona erosionada. Su Memorándum (“Erosión del suelo-forestación”) ligaba explícitamente sequía, empobrecimiento agrario y erosión eólica: “… La sequía que azotó los campos de La Pampa, sur de Córdoba y San Luis en 1937 y gran parte de 1938 […] trajo como corolario […] el fenómeno de la erosión eólica, manifestado en su forma más genuina”, sobre una extensión de 6.000.000 de hectáreas afectadas por pérdidas de cosechas y praderas. El documento señalaba, además, el límite de las medidas de emergencia: en cuatro años el Estado asistió con 9.000.000 m$n en créditos para semillas y subsistencia, pero “quedando el problema en peores condiciones que antes”, porque a una población empobrecida se sumaba un “mayor estado de desintegración de los suelos”, reforzado por “otro año de labores agrarias, generalmente con vertederas” (Instituto de Suelos, 1948).

La política estatal osciló entonces entre estrategias de relocalización –evitando que nuevos agricultores siguieran trabajando en tierras marginales– y estrategias de “reconstrucción” mediante rehabilitación, cambio de uso del suelo y forestación. En esa lógica, varias líneas convergieron: reducción gradual de la agricultura hasta su reemplazo casi total por la ganadería; forestación racional y progresiva como complemento; y dispositivos institucionales de ordenamiento (Zarrilli, 1997).

Los impactos se extendieron más allá del productor rural y tocaron sectores estratégicos como el transporte. Para las compañías ferroviarias, la erosión eólica fue un contratiempo serio: desde la década de 1910, arena y médanos comprometían la seguridad de la vía y el funcionamiento regular del servicio. Se invirtieron años de trabajo y recursos para detener un fenómeno que, en parte, ellas mismas contribuyeron a activar al impulsar colonización en tierras marginales “sin el más mínimo recaudo técnico-agronómico”. Ya en 1909, la ley n.º 6.369 habilitó en su artículo 2 la expropiación de terrenos de médanos que pusieran en peligro la seguridad de la vía o el tráfico.

En el plano de crédito y colonización, el Banco Hipotecario Nacional intentó corregir los “elementos perturbadores” de experiencias anteriores (lucro y falta de aptitud), abandonando el remate –que “inflaba los precios”– y adjudicando a precio de tasación. La “puja” pasó a ser por las “cualidades y condiciones del colono”, seleccionando “individuos capaces, de buena conducta y moralidad, que demuestren su aptitud para el trabajo y su amor a la tierra”, con “dirección técnica” y “plan de explotación”. El esquema incorporó un período de prueba (cinco años), hipoteca de largo plazo (hasta 46 años), interés bajo (3 %) y amortización anual del 1 %, además de un “Fondo de Previsión” concebido como seguro frente a fracasos de cosecha. Todo ello revela un intento de adaptar instituciones de colonización y crédito a una ecología del secano marcada por variabilidad climática y riesgo erosivo (Banco Hipotecario Nacional, 1950).

En paralelo, el fenómeno tuvo una dimensión sensorial inmediata y una gravitación cotidiana en la vida rural: las tormentas de polvo –“fenómeno típico de las tierras desérticas”– eran parte del calendario ambiental y afectaban directamente a las cosechas cuando estas estaban en etapas críticas (primavera y comienzos del verano). El agricultor percibía el daño inmediato del viento sobre las plantas antes que la “erosión potencial”, y las tormentas podían alternar lluvias esperadas con “aguaceros torrenciales e inundaciones” o con “nubes de polvo y arena sofocantes” y granizo.

La descripción de Wilfrid Latham del pampero ofrece un registro casi etnográfico del evento atmosférico: “De pronto el viento gira […] el polvo enceguecedor cae […]. En pocos momentos una oscuridad total lo envuelve […] una oscuridad impenetrable ‘palpable’”. La documentación técnica confirmaba la severidad: Wölcken (1951) describió la tormenta del 18 de enero de 1951 en el sudoeste bonaerense (cerca de Coronel Suárez) con rasgos de los “haboob” del Sudán: “… la atmósfera llena de tierra oscureció rápidamente […] tan oscura como en plena noche […]. Durante 20 minutos la visibilidad fluctuaba entre 1 y 30 metros […] hubo escenas de pánico” (Scobie, 1960, p. 34).

El agrónomo J. Prego observó el mismo fenómeno entre América y Carlos Tejedor, a más de 200 km al norte, indicando escala regional. Un antecedente histórico de enorme fuerza narrativa y social se ubica en Pergamino durante la sequía 1892-1894: testimonios mencionan tres tormentas (diciembre de 1893 y comienzos de 1894) con ambiente “oscureciendo completamente”, desorientación en el campo y tragedias humanas; la hacienda “enceguecida” fue acorralada contra alambrados y amaneció “muerta y tapada por la tierra”, con mortandad “extraordinaria”. Estos registros subrayan que la tormenta de tierra no era un episodio menor: implicaba riesgo físico, pérdidas económicas y desorganización de la vida rural (Kugler, 1958).

Los esfuerzos de diagnóstico y clasificación consolidaron una imagen cuantificada del problema. En 1948, el Instituto de Suelos y Agrotecnia relevó la gravedad de la erosión y delimitó áreas: I (erosión “predominantemente natural”: 4.037.600 ha), II (ligera: 4.125.800 ha), III (moderada: 7.245.300 ha) y IV (grave: 4.591.300 ha), esta última con destrucción parcial del suelo e inutilización para usos agrícolo-ganaderos (pérdida de más del 50 % del suelo original, médanos activos, etc.). Las conclusiones facilitaron acciones de ordenamiento de la explotación según “las posibilidades del medio” y alimentaron políticas posteriores de zonificación. Sin embargo, el texto es explícito en un punto central: el deterioro regional “no significó la necesaria intensificación de la labor experimental” a la escala requerida; recién en 1954, con la creación de la Estación Experimental de Anguil (La Pampa) y la ampliación de Manfredi (Córdoba), se establecieron dos nodos de investigación y apoyo al agricultor capaces de abordar conservación de suelos y problemas de agricultura de secano. En la misma línea, la ley provincial n.º 155 de La Pampa declaró de interés público la conservación del suelo agrícola (Instituto de Suelos y Agrotecnia, 1948).

En síntesis, el arco que va de Darwin y Ameghino a los relevamientos del Estado, los diagnósticos técnicos, las instituciones de colonización y crédito y la creación de estaciones experimentales muestra que la erosión eólica fue, simultáneamente, un proceso natural posible y una construcción histórica concreta: un fenómeno amplificado por la expansión agrícola sobre tierras marginales, la ruptura de coberturas vegetales, la presión del monocultivo y la insuficiencia de dispositivos estables de previsión, regulación y conservación. La “tormenta de tierra” no fue solo meteorología extrema: fue la forma visible –dramática, mensurable y socialmente traumática– de una crisis socioecológica en la estepa pampeana.

7. Metabolismo en crisis: ruptura visible

La crisis ecológica de la década de 1930 no impactó de manera homogénea sobre el conjunto de la región pampeana. Lejos de constituir un espacio uniforme, el territorio pampeano presenta gradientes ambientales marcados, especialmente en lo que respecta a disponibilidad hídrica, estabilidad climática y estructura edáfica. La expansión cerealera de las décadas previas tendió a homogeneizar prácticas productivas sobre esta diversidad interna. La crisis reveló, con nitidez, los límites ecológicos de esa homogeneización.

Desde fines del siglo XIX, la frontera agrícola había avanzado desde las zonas más húmedas del este bonaerense y sur santafesino hacia áreas de menor precipitación media anual, particularmente el oeste de la provincia de Buenos Aires, el sur de Córdoba y el Territorio Nacional de La Pampa. En estas subregiones semiáridas, las precipitaciones medias oscilaban entre 500 y 600 mm anuales, con alta variabilidad interanual. En contraste, las zonas del este superaban con frecuencia los 800 mm anuales, presentando mayor estabilidad productiva (Viglizzo et al., 2001).

La sequía prolongada iniciada hacia fines de la década de 1920 afectó con especial intensidad a las áreas occidentales. Los descensos de precipitaciones documentados por el Ministerio de Agricultura de la Nación (1935) alcanzaron valores del 30-40 % respecto de promedios previos en zonas semiáridas. Esta reducción tuvo efectos diferenciados: en áreas con mayor humedad estructural, el sistema mantuvo cierta resiliencia; en regiones con menor disponibilidad hídrica, la combinación de déficit pluviométrico y monocultivo continuo desencadenó procesos más severos de erosión y caída de rendimientos.

La vulnerabilidad diferencial también se explica por la trayectoria previa de uso del suelo. En las zonas núcleo del este, donde coexistían agricultura y ganadería, la presencia de pasturas y rotaciones relativamente más diversificadas amortiguó parcialmente el impacto. En cambio, en áreas occidentales donde el monocultivo triguero se había expandido de manera más agresiva durante las décadas de 1910 y 1920, la simplificación ecosistémica fue mayor. La roturación de pastizales semiáridos redujo la cobertura permanente y dejó suelos más expuestos a la deflación.

En el Territorio Nacional de La Pampa, la expansión agrícola había avanzado sobre ambientes con menor capacidad de retención hídrica y mayor exposición a vientos intensos. Investigaciones posteriores han señalado que en estas áreas los procesos de erosión eólica alcanzaron particular intensidad durante los años críticos (INTA, 1985; Zarrilli, 1997). La formación de médanos y la pérdida de horizonte superficial fueron más visibles que en regiones más húmedas del este bonaerense.

Este patrón evidencia que la aplicación homogénea del modelo cerealero ignoró límites ecológicos internos. La lógica de expansión superficial respondió principalmente a señales de mercado –precios internacionales y demanda externa– y a la disponibilidad formal de tierras, sin una diferenciación sistemática según aptitud ambiental. La crisis mostró que la región no era un espacio ecológicamente uniforme, sino un mosaico de subregiones con capacidades y umbrales distintos.

Desde el enfoque del metabolismo social, esta diferenciación subregional es central. El aumento en la apropiación humana de productividad primaria neta (HANPP) no tuvo el mismo impacto en todas las áreas. En zonas con mayor NPP potencial y mayor estabilidad hídrica, la presión podía ser absorbida durante más tiempo. En regiones semiáridas, donde la productividad potencial era menor y la variabilidad mayor, la intensificación superficial aceleró el cruce de umbrales críticos.

Desde el enfoque del metabolismo social, la década de 1930 constituye el momento en que la ruptura metabólica, gestada durante las décadas de expansión cerealera, se vuelve materialmente perceptible. Hasta entonces, el régimen agroexportador había logrado sostener altas tasas de producción apoyándose en la fertilidad heredada del pastizal y en la expansión constante de la frontera agrícola. La crisis climática y los procesos de erosión eólica no crearon la fractura, pero la hicieron visible y cuantificable. En el caso pampeano, esta fractura adquirió una doble dimensión en los años treinta: por un lado, la exportación sostenida de nutrientes en forma de grano; por otro, la pérdida física del horizonte superficial a través de la erosión eólica.
Cada tonelada exportada implicaba la salida de nitrógeno, fósforo y otros elementos esenciales incorporados en el grano. La elevada proporción exportada –frecuentemente superior al 60 % del total producido– abrió los ciclos biogeoquímicos locales hacia el mercado mundial. La fertilidad del suelo pampeano comenzó a circular como insumo indirecto de sistemas urbanos-industriales europeos.

Mientras la productividad inicial se mantuvo alta, esta transferencia no generó alarma inmediata. La fertilidad acumulada bajo el pastizal actuó como amortiguador. Sin embargo, el régimen extensivo basado en monocultivo triguero y ausencia de fertilización sistemática configuraba un balance negativo acumulativo, aun cuando no se percibiera de manera inmediata (Zarrilli, 1997). La década de 1930 marcó el punto en que ese desequilibrio dejó de ser invisible.

Desde el punto de vista metabólico, la exportación sostenida implica una reducción progresiva del capital edáfico disponible. La remoción anual de decenas de miles de toneladas de nitrógeno –estimaciones coherentes con volúmenes exportados en la década de 1910 y 1920– representa una salida neta del sistema si no existe reposición equivalente. Hasta mediados del siglo XX, la fertilización química fue prácticamente inexistente en la región pampeana, por lo que la reposición estructural era mínima.

La erosión eólica agregó una dimensión cualitativamente distinta al proceso. A diferencia de la exportación de grano –que transfiere nutrientes–, la erosión implica la remoción física del horizonte superficial del suelo. Los informes del Ministerio de Agricultura de la Nación (1938) documentaron procesos de deflación en zonas cerealizadas del oeste pampeano. Estudios posteriores del INTA estimaron pérdidas superiores a 10 toneladas por hectárea anuales en episodios críticos (INTA, 1985).

El llamado “horizonte A de los molisoles pampeanos” constituye la fracción edáfica de mayor densidad biogeoquímica, ya que concentra la mayor proporción de carbono orgánico del suelo (COS), nitrógeno disponible y complejos arcillo-húmicos responsables de la agregación estructural. La remoción de este estrato superficial –ya sea por erosión hídrica o eólica– no implica únicamente una pérdida inmediata de fertilidad química, sino también una degradación funcional del sistema: disminuye la capacidad de retención de agua, se altera la porosidad, se debilita la estabilidad de los agregados y se incrementa la susceptibilidad a procesos erosivos posteriores. Desde una perspectiva biofísica y metabólica, la erosión del horizonte A puede interpretarse como la exportación y dispersión irreversible de energía solar previamente fijada por la fotosíntesis y almacenada en forma de carbono orgánico del suelo, lo que compromete la resiliencia ecológica del agroecosistema (Lal, 2004).

Si se considera una pérdida conservadora de 10 t/ha/año –valor documentado para áreas agrícolas pampeanas con erosión moderada a severa (INTA-CIRN; Casas, 2001)– sobre 500.000 hectáreas afectadas, el volumen anual removido asciende a 5 millones de toneladas de suelo. Con contenidos medios de 3-4 % de materia orgánica típicos de molisoles pampeanos cultivados, ello implica la exportación de cientos de miles de toneladas de carbono orgánico en pocos años, magnitud que permite dimensionar materialmente la profundidad de la crisis ecológica.

La combinación de exportación sostenida de nutrientes y erosión física del suelo implica una doble pérdida estructural: a) transferencia internacional de fertilidad, que desvía nutrientes fuera del sistema regional; b) remoción irreversible del horizonte superficial, que disminuye la capacidad productiva intrínseca del suelo.

El sistema pampeano experimentó en la década de 1930 una intensificación de la fractura metabólica. Si durante la fase expansiva el desequilibrio podía diferirse mediante expansión territorial, la erosión redujo la posibilidad de compensación espacial. La frontera agrícola ya había avanzado hacia zonas de menor resiliencia climática, especialmente en el Territorio Nacional de La Pampa, donde la vulnerabilidad era mayor (Zarrilli, 2019).

La ruptura se volvió visible porque afectó directamente la productividad. Descensos de rendimiento, abandono de tierras y proliferación de médanos alteraron la percepción de estabilidad que había caracterizado a las décadas anteriores. El suelo dejó de ser concebido como recurso naturalmente renovable y comenzó a ser percibido como capital susceptible de agotamiento.

El sistema agroexportador, ante esta crisis, comenzó a depender crecientemente de intervención técnica para sostener la productividad. Las recomendaciones sobre rotaciones, incorporación de pasturas y prácticas de conservación reflejan el reconocimiento de que la reproducción ecológica ya no podía dejarse al simple curso de la naturaleza (Ministerio de Agricultura de la Nación, 1938). La gestión del suelo se convirtió en problema técnico.

Este desplazamiento anticipa la transición hacia un régimen agrario más intensivo en conocimiento e insumos. Aunque la adopción masiva de fertilizantes sintéticos sería posterior, la década de 1930 marca el momento en que se reconoció explícitamente que la fertilidad debe ser gestionada y, eventualmente, suplementada. El sistema comenzó a transitar desde un régimen solar-biológico extensivo hacia uno crecientemente dependiente de insumos externos.

La década de 1930 constituye, por tanto, el momento en que la ruptura metabólica se materializa en la región pampeana. La exportación de nutrientes, hasta entonces relativamente invisible en sus efectos, se combinó con la erosión física del suelo para revelar un desequilibrio estructural. El stock de materia orgánica acumulada bajo el pastizal había permitido sostener el crecimiento durante décadas; la crisis mostró sus límites.

Desde una perspectiva histórica, este período no representa el colapso del sistema agroexportador, sino que lo reorganizó. La visibilidad de la crisis obligó a integrar conocimiento técnico, prácticas conservacionistas y, posteriormente, insumos externos. El metabolismo regional entró en una nueva fase, caracterizada por mayor intervención humana en la gestión de flujos de materia y energía. En suma, la década de 1930 marca el tránsito desde una ruptura metabólica latente hacia una ruptura visible. El éxito exportador de las décadas previas había descansado en la extracción del stock de materia orgánica; la crisis hizo evidente que ese capital tenía límites históricos y ecológicos.

8. El control de la erosión y la construcción de una agronomía conservacionista

La preocupación por la degradación de los suelos, que había adquirido visibilidad pública hacia fines de la década de 1930, encontró una institucionalización más clara a partir de la década de 1940. La creación en 1944 del Instituto de Suelos y Agrotecnia del Ministerio de Agricultura constituyó un momento clave en la consolidación de un campo de investigación y acción orientado al estudio sistemático de los procesos erosivos que afectaban a amplias regiones del país. Desde sus primeros trabajos, el Instituto destacó la importancia de la erosión –tanto hídrica como eólica– como uno de los principales problemas ambientales de la agricultura argentina, particularmente en las áreas cerealera-ganaderas de la región (Instituto de Suelos y Agrotecnia, 1956; Casas, 2004).

En ese contexto comenzó a desarrollarse un enfoque agronómico orientado explícitamente a la conservación del suelo. Los principios técnicos que guiaron estas primeras propuestas se basaban en dos objetivos centrales: por un lado, reducir la velocidad de escurrimiento del agua de lluvia favoreciendo su infiltración en el suelo; por otro, proteger la superficie edáfica mediante la cobertura con residuos vegetales. Ambos principios buscaban disminuir la energía erosiva del agua y del viento y preservar la estructura superficial del suelo. La creación de rugosidad superficial o de pequeñas barreras físicas capaces de interrumpir el flujo del agua, junto con el mantenimiento de un mulch[2] de residuos vegetales, se convirtieron en elementos centrales de las primeras estrategias de manejo conservacionista (Instituto de Suelos y Agrotecnia, 1956; Casas, 2004).

A partir de estos principios, comenzó a difundirse un conjunto relativamente amplio de tecnologías destinadas al control de la erosión. En el caso de la erosión hídrica, se promovieron prácticas como el cultivo en contorno, la construcción de terrazas de absorción y terrazas de desagüe, así como la implantación de franjas cultivadas en contorno, todas ellas orientadas a disminuir la velocidad del escurrimiento superficial y favorecer la infiltración del agua en el suelo. Estas técnicas buscaban adaptar el manejo agrícola a la topografía del terreno, y así reducir la pérdida de suelo en áreas con pendiente (Casas, 2004; FAO, 1965).

En las regiones donde predominaba la erosión eólica –particularmente en sectores del oeste y sur de la región pampeana–, las estrategias de manejo se orientaron a mantener una cobertura protectora sobre la superficie del suelo. Para ello se promovieron sistemas de labranza que limitaran la pulverización del suelo y permitieran conservar residuos vegetales en superficie. Herramientas como el arado rastra, el cultivador pie de pato y la varilla escardadora rotativa fueron incorporadas a estos sistemas con el objetivo de disminuir la exposición del suelo al viento y reducir el transporte de partículas finas (Casas, 2004).

Estas prácticas formaban parte de un enfoque agronómico que comenzaba a reconocer la necesidad de adaptar el manejo agrícola a las características ecológicas de los suelos pampeanos. Aunque inicialmente estas medidas respondían a una preocupación técnica específica –la reducción de la erosión–, con el tiempo contribuyeron a consolidar una visión más amplia sobre la relación entre prácticas productivas y conservación del recurso suelo. Este cambio refleja la gradual incorporación de criterios ambientales en la gestión del sistema agrario pampeano, especialmente en respuesta a las crisis edáficas registradas durante las décadas previas (Viglizzo, 1994; Casas, 2004).

Durante las décadas posteriores, estas ideas continuaron evolucionando a medida que se transformaban las condiciones productivas del agro pampeano. A partir de la década de 1980, en el marco de un proceso acelerado de agriculturización de la región, los problemas asociados a la degradación del suelo volvieron a adquirir una notable visibilidad. La intensificación agrícola, la reducción de rotaciones tradicionales y la creciente especialización productiva generaron nuevas preocupaciones sobre la sustentabilidad de los sistemas agrarios (Viglizzo, 1994; Solbrig, 1997).

En ese contexto comenzó a difundirse con mayor fuerza el concepto de “agricultura conservacionista”, orientado a reducir el impacto de las prácticas agrícolas sobre el suelo mediante tecnologías de manejo menos agresivas. Entre las prácticas más promovidas, se encontraban la reducción de las labranzas, la utilización del arado cincel o labranza vertical, el mantenimiento de una cobertura permanente de residuos vegetales y la implementación de rotaciones que contribuyeran a incrementar los niveles de materia orgánica del suelo (Casas, 1998; Viglizzo, 1994).

Este enfoque llevó también a un cambio conceptual en la manera de entender el recurso suelo. Gradualmente comenzó a difundirse la noción de “calidad del suelo”, que proponía una evaluación más integral de su estado y funcionamiento. Bajo esta perspectiva, la conservación del suelo no se limitaba a prevenir su erosión física, sino que implicaba preservar su capacidad para sostener procesos biológicos, químicos y físicos esenciales para la producción agrícola y el funcionamiento de los ecosistemas (Doran & Parkin, 1994; Casas, 1998).

En consecuencia, las investigaciones agronómicas comenzaron a prestar mayor atención a una serie de procesos que afectan la funcionalidad del suelo. Entre ellos se destacaban los fenómenos físicos superficiales –como la formación de sellos y costras–, los procesos subsuperficiales asociados a la compactación del suelo –como los denominados “pisos de arado”–, así como los aspectos químicos vinculados al balance de nutrientes y a la fertilización equilibrada. Paralelamente, se incrementó el interés por los componentes biológicos del suelo, particularmente por los niveles de materia orgánica y por los procesos de humificación que desempeñan un papel central en la estabilidad estructural del suelo (Doran & Parkin, 1994).

Los principios conservacionistas formulados desde la década de 1940 –especialmente aquellos relacionados con la protección superficial del suelo mediante residuos vegetales y con el aumento de la infiltración del agua– tuvieron entre sus principales promotores a agrónomos como Antonio J. Prego, cuyos trabajos publicados entre fines de la década de 1940 y comienzos de la de 1950 contribuyeron a difundir estas ideas en el ámbito técnico argentino (Prego, 1948, 1950, 1951, 1954). Posteriormente, investigadores como Jorge Molina continuaron desarrollando y difundiendo estos enfoques en el contexto de las transformaciones agrarias de las décadas siguientes (Molina, 1965).

Con el tiempo, estos principios se integrarían en un sistema de manejo agrícola que transformaría profundamente las prácticas productivas del agro pampeano: la siembra directa. Este sistema, basado en la eliminación de las labranzas tradicionales y en la implantación directa del cultivo sobre los residuos de la cosecha anterior, incorporaba muchos de los fundamentos desarrollados por las corrientes conservacionistas previas. En la Argentina, el desarrollo y la evaluación de esta tecnología contaron con una participación activa del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), particularmente a través del Instituto de Ingeniería Rural y de estaciones experimentales como las de Pergamino y Marcos Juárez (INTA, 1985; Casas, 1998).

Gráfico n.º 8. Evolución de la calidad del suelo en la región pampeana (1880-1970)

Fuente: Casas, 2001.

El gráfico n.º 8 representa de manera esquemática la evolución de la calidad del suelo entre fines del siglo XIX y la segunda mitad del siglo XX, utilizando el contenido de materia orgánica (MO) como indicador central. Durante el primer período, correspondiente al ámbito de alta resiliencia, los suelos presentaban elevados niveles de materia orgánica heredados del régimen del pastizal natural, lo que permitió sostener la expansión agrícola inicial sin deterioros inmediatos. Sin embargo, a partir de las primeras décadas del siglo XX, la roturación de pasturas nativas, la expansión del monocultivo y factores climáticos como las sequías incrementaron la vulnerabilidad del sistema, lo que provocó un descenso marcado del contenido de materia orgánica y procesos de erosión hídrica y eólica hacia mediados del siglo.

Posteriormente, desde las décadas de 1950-1970, la introducción de prácticas como la labranza conservacionista, la incorporación de pasturas y ciertos cambios en los sistemas productivos contribuyeron a una mejora parcial de la estructura del suelo y a una recuperación limitada de la materia orgánica, aunque sin alcanzar los niveles originales del ecosistema de pastizal. En conjunto, el esquema ilustra la transición desde un sistema con alta resiliencia ecológica hacia uno más vulnerable, seguido por un proceso de estabilización relativa asociado a cambios en las prácticas agrarias.

Desde una perspectiva de historia ambiental, la evolución de estas prácticas refleja un proceso más amplio de aprendizaje institucional y tecnológico frente a los límites ecológicos del modelo agrario pampeano. Las estrategias de control de la erosión y de conservación del suelo no surgieron únicamente como innovaciones técnicas aisladas, sino como respuestas acumulativas a décadas de transformación del paisaje agrario y de creciente conciencia sobre la fragilidad de los sistemas edáficos que sustentaban la producción agrícola (Viglizzo, 1994; Solbrig, 1997).


  1. Para ello se ha adoptado una escala de cuatro grados para evaluar la intensidad progresiva de la acción deflatoria del viento sobre el suelo tal como lo entendían los agrónomos de la época. Estos cuatro grados de erosión (ligera, moderada, severa y grave) deben entenderse como estimaciones y solo de valor comparativo a objeto de destacar la intensidad de la erosión.
  2. Capa de material orgánico (hojas, corteza, paja) o inorgánico (piedras, plástico) que se coloca sobre el suelo para protegerlo y enriquecerlo. 


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