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2 Darwin en la pampa argentina

Las expediciones de las potencias europeas hacia distintas zonas del mundo, muchas de las cuales incluían también objetivos científicos, y los consiguientes relatos de esos viajeros, comienzan ya en el siglo XVI. Las epopeyas de James Cook[1] (1728-1779) y Alexander von Humboldt[2] (1769-1859) son las más famosas pero no las únicas.

Muchos de esos viajeros[3] visitaron América del Sur en general, y la zona de la actual Argentina en particular, en los siglos XVII, XVIII y XIX. Nicolás Mascardi (1625-1673) recorrió los Andes meridionales entre 1662 y 1670. Uno de los más conocidos fue Félix de Azara (1746-1821) quien realizara diversos viajes entre 1781 y 1801, frecuentemente citado por Darwin. Por la misma época Alejandro Malaspina (1754-1810) recorría las costas patagónicas en una expedición que tenía por objeto realizar estudios de oceanografía, geología, flora, fauna, climatología, etc., de las posesiones españolas. Según J. Babini (1986), junto con Darwin, el viajero más importante por estas tierras ha sido Alcides d’Orbigny (1802-1857), también frecuentemente citado por Darwin y reconocido por éste como el viajero más importante después de Humboldt. Orbigny recorrió los países de América del sur desde 1826 hasta 1833 y luego publicó Voyage dans L’Amerique méridionale, que abarca la geología, la paleontología, la botánica, la zoología y la antropología argentinas.

1. El viaje de Darwin

El viaje de Darwin, a bordo del H.M.S. Beagle al mando del capitán Robert Fitz Roy (1805-1865), duró cinco años aproximadamente, desde el 27 de diciembre de 1831 al 29 de octubre de 1836. Darwin permaneció en distintos puntos del actual territorio argentino aproximadamente un año. Aunque los días de las anotaciones de su Diario del Viaje[4] (en adelante Diario) no coincidan estrictamente con los episodios relatados cada día (de hecho muchos comentarios están intercalados en un orden no temporal), el “24 de julio de 1833” indica que la expedición zarpó desde Maldonado en el Uruguay con rumbo hacia el sur, y el “10 de junio de 1834”, por su parte, relata que a través del estrecho de Magallanes el Beagle pasó al Océano Pacífico rumbo a la región central de Chile. Prácticamente un año de su extenso viaje, ocho de los veintiún capítulos de su Diario.

La forma que los viajeros tenían para difundir sus experiencias era, básicamente, la publicación de las notas recopiladas. Esos testimonios, insustituibles por otra parte, tienen el gran mérito de estar originados en vivencias directas, y se apoyan en la confianza, autoridad y prestigio de quien lo escribe. Darwin elige transcribir sus notas, en general, según el orden cronológico en que fueron tomadas y así, el Diario se divide en capítulos que corresponden a las distintas regiones por las que fue pasando, y los comentarios también aparecen consignados con día, mes y año aunque sean anotaciones o reflexiones de tipo general. Sobre el mismo viaje Fitz Roy publica un escrito en el cual utiliza un orden temático y agrega un Apéndice con tablas con mediciones varias, cartas y otros aspectos de interés relacionados con la expedición. Aunque en el trabajo de Darwin se pone el acento en las cuestiones geológicas, paleontológicas y biológicas, no faltan las agudas y a veces extensas y detalladas observaciones socioantropológicas. Fitz Roy, por su parte, describe con gran detalle cuestiones geográficas y meteorológicas aunque también, en ocasiones, desarrolla comentarios acerca de las poblaciones halladas. El capitán Fitz Roy cuenta en su Diario que le pidió al profesor Henslow que le recomendara a alguien para oficiar de naturalista de a bordo, y éste le nombró a Darwin quien, ante el ofrecimiento, aceptó condicionadamente. Pidió tener libertad para alejarse del derrotero de la expedición cuando quisiera (cosa que hizo repetidas veces y por tiempos bastante prolongados) y que se le permitiera hacerse cargo de sus gastos de alimentación.

Darwin enumera, en el primer párrafo de su Diario, quizá demasiado escueta y formalmente, los objetivos del viaje del H.M.S. Beagle:

“(…) completar el reconocimiento de Patagonia y Tierra del Fuego, comenzado bajo la dirección del capitán King de 1826 a 1830; hacer un estudio de las costas de Chile, Perú y de algunas islas del Pacífico, y efectuar una serie de medidas cronométricas por todas partes del mundo” (Diario, Capítulo I)

Describe la nave como un buque pequeño, sólido, de alrededor de 240 toneladas, dotado con seis cañones, reformado de los antiguos bergantines de diez cañones y reconstruido luego de haber estado prácticamente desmantelado. En una carta entusiasmada desde Devonport, del 17 de noviembre de 1831, poco antes de zarpar, escribe Darwin:

“Todos aquellos que están a la medida de opinar, dicen que se trata de una de las travesías más grandiosas que jamás se hayan emprendido. Estamos equipados a lo grande (…) en definitiva, todo es tan próspero como el ingenio humano puede hacerlo” (Autobiografía, pág. 268)[5]

El Beagle, según la enumeración que hace el propio Fitz Roy, llevaba inicialmente –hubo algunos cambios a lo largo de los cinco años del viaje- además del propio capitán y de Charles Darwin: 13 tripulantes-entre oficiales y sus asistentes-, un médico, un carpintero, siete particulares, treinta y cuatro marineros, seis grumetes, un sirviente de Darwin (Syms Covington, quien lo acompañó en los múltiples viajes a caballo en Uruguay, Chile y Argentina), el reverendo Matthews, el pintor ya reconocido Augustus Earle (que renunció a la expedición en Montevideo y fue reemplazado por Conrad Martens, autor de algunas de las más conocidas pinturas de la expedición, pero que también se reiró de la travesía en 1834, en Chile) y tres indios fueguinos. El capitán Fitz Roy además de marino fue gobernador de Nueva Zelanda, y, en alguna medida, explorador, cartógrafo y meteorólogo. Ya había participado, entre 1826 y 1830, en una expedición anterior también al mando del Beagle luego de que King, el capitán designado inicialmente, se suicidara. En aquella ocasión, además del Beagle integraba la expedición otra nave, el Adventure. En ese viaje anterior había llevado a Inglaterra los tres indios fueguinos que formaban parte de la tripulación en este segundo viaje con la intención de ser devueltos a su tierra natal, y sobre los que volveremos más adelante.

2. La llegada al Río de la Plata

Luego de un periodo relativamente largo en el Brasil, el Beagle llega al Río de la Plata. Los episodios ocurridos al arribar, ilustran la actitud altanera y soberbia del capitán Fitz Roy, en nombre de Su Majestad Británica. Los primeros días de agosto de 1832 el Beagle llega a Buenos Aires y genera un incidente relatado por el British Packet[6] del 11 de agosto de 1832:

“Dos cañonazos de alerta fueron disparados desde el navío de guardia, fondeado en la rada exterior para que el Beagle no entrara a puerto; se dice que uno de ellos fue disparado con bala. El Beagle, sin embargo, prosiguió su avance y ancló. Su bote de desembarco fue abordado cerca de la rada interior, por el de inspección, que llevaba al ayudante del puerto a bordo, el cual le ordenó retirarse hasta que se cumpliera la visita sanitaria. El capitán Fitz Roy, que había permanecido en su nave, se negó a aceptar tal inspección y se manifestó considerablemente disgustado por la actitud del navío de guardia, declarando que abandonaría inmediatamente el puerto. De acuerdo con ello, el Beagle partió hacia Montevideo”

Pocos días después de este incidente, el 9 de agosto de 1832, arribado el Beagle a la ciudad de Montevideo, el capitán Fitz Roy escribe un comunicado, reproducido también por el British Packet del 18 de agosto, que señala:

“(…) el señor Muñoz vino a bordo de la nave S.M.B. Beagle y pidió auxilio para conservar el orden en la ciudad e impedir las tropelías con que amagaba la tropa negra amotinada. Al momento bajé solo a tierra, donde recibí una carta del cónsul general de S.M.B. en la que manifestaba deseos de verme para considerar la protección que podría proporcionar a la propiedad industrial, que creía en peligro. (…) hice desembarcar 50 hombres bien armados y habiendo permanecido algún tiempo en el muelle (resaltado mío), acompañé después al sr. Lamas [el jefe de policía], con la tripulación del Beagle, hasta el fuerte. Allí permanecí hasta que se supo que la tropa negra amotinada cuyo número era como de 250 hombres (…) estaban cercados por una fuerza armada como de 500 hombres (…)”

Independientemente de estos incidentes que habrán parecido de poca importancia para la época, la expedición contaba con el apoyo del gobierno de Buenos Aires. Así, el 8 de noviembre de 1832 el gobernador Manuel V. Maza le envía una nota a Fitz Roy en la cual le dice (se transcribe esta carta en castellano exactamente como aparece en el Apéndice al tomo II del viaje, escrito por Fitz Roy):

“Año 22 de la Libertad, y 17 de la Yndependencia.

El Ministro de Relaciones Esteriores que subscribe ha recibido con la mayor satisfaccion la Carta del Puerto de Bahia Blanca, que se ha servido remitirle el Sñr. Fitz Roy, Comandante de la Barca Beagle de S.M.B.

El Ministro agradece al Sñr. Fitz Roy este presente que considera de mucha importancia, y en su consecuencia tiene el placer de incluirle las ordenes que por el Ministerio de la Guerra se libran à los Comandantes politicos y militares de los Puertos de la Republica, para que no le pongan imedimento en sus operaciones facultativas sobre la Costa y si le faciliten los auxilios que puedan serle precisos para este desempeño.

Dios guarde muchos Años al Sñr. Como.’Dn. Roberto Fitz Roy.

MANUEL V. E. MAZA.”

Darwin dedica una extensa parte del Diario a sus idas y venidas por la actual provincia de Buenos Aires, la zona norte de la Patagonia (realizó varias veces el trayecto entre el río Colorado y Bahía Blanca y luego el trayecto entre Bahía Blanca y Buenos Aires a caballo), el actual territorio uruguayo y una excursión a Santa Fe. Hace referencia a la personalidad y condiciones de Juan Manuel de Rosas (1793-1877), a su relación con los soldados, los gauchos y los indios y analiza también las condiciones de estos personajes de la pampa, a veces describiendo situaciones vividas por él, repitiendo anécdotas y comentarios escuchados de otras personas –algunos de los cuales parecen más mitologías deformadas y magnificadas por la tradición oral que reales- y si bien es un agudo observador, también afloran como no podía ser de otra manera los prejuicios y el imaginario que un joven de poco más de 20 años, hijo de una acomodada familia inglesa podía tener al visitar estas tierras.

3. La llegada al río Colorado. Charles Darwin y Juan Manuel de Rosas

El Beagle llegó el 3 de agosto de 1833 a la desembocadura del río Negro, el “río más importante de toda la línea de la costa, entre el estrecho de Magallanes y el Plata”. Darwin llega a la Argentina (o lo que después fue la Argentina) en momentos en que Juan Manuel de Rosas ya es uno de los protagonistas de la vida política y se vislumbraba como el hombre poderoso que llegó a ser. Durante su primer mandato como gobernador de Buenos Aires, de 1829 a 1832, Rosas había obtenido “facultades extraordinarias”, el grado de Brigadier y el titulo de “Restaurador de las Leyes”, otorgados por la Legislatura. Cuando en 1832, no se le renuevan esas facultades extraordinarias, Rosas rechaza su reelección y se designa gobernador a Juan Ramón Balcarce, que respondía en general a una tendencia más moderada dentro del federalismo, lo cual generó tensiones y rupturas. Se constituyeron dos grupos: los “federales netos” (o apostólicos) y los “lomos negros” (o cismáticos). Rosas decide alejarse momentáneamente de la escena y pasa a encabezar la “Campaña al Desierto”, que había proyectado en su gobierno con el objetivo de ampliar las fronteras de la provincia y empujar a los indios más allá del Río Colorado, y terminar así con las continuas incursiones de los malones y robos en las estancias. Mientras tanto su esposa, María de la Encarnación Ezcurra (1795-1838), se encargaría de conducir a sus partidarios en la ciudad.

El proyecto original de Rosas en esta campaña contra los indios consistía en hacer avanzar tres columnas simultáneas: la izquierda u oriental, que comandaría el propio Rosas; la del centro que debía conducir Facundo Quiroga desde Córdoba (fue comandada finalmente por Ruiz Huidobro) y la derecha u occidental al mando de Félix Aldao (originariamente debía ir el general Bulnes por Chile pero conflictos internos en su país se lo impidieron). La única columna que logró cumplir su objetivo fue la de Rosas que partió de Buenos Aires el 22 de marzo de 1833 y acampó a orillas del Colorado, desde donde envió divisiones hacia Choele-Choel, el Río Negro, los ríos Limay y Neuquén. Allí es donde lo encuentra Darwin luego de recorrer a pie y a caballo los 130 kms. que separan el río Negro del río Colorado acompañado, según cuenta, por “mister Harris, un señor de nacionalidad inglesa, residente en Patagones, un guía y cinco gauchos, que marchaban al campamento del ejército con asuntos propios del servicio”. Asi relata su encuentro con Rosas, algunas historias sobre el caudillo argentino y consideraciones sobre los indios y gauchos que lo acompañaban.

“El campamento del general Rosas estaba cerca del Río. Consistía en un cuadrado formado por carros, artillería, chozas de paja, etc. Casi todas las tropas eran de caballería, y me inclino a creer que un ejército semejante de villanos seudobandidos jamás se había reclutado antes[7]. La mayor parte de los soldados eran mestizos de negro, indio y español. No sé por qué razón los hombres de tal origen rara vez tienen buena catadura [todas las cursivas que aparecen de aquí en adelante en las citas del Diario son mías][8]. Pedí ver al secretario para presentarle mi pasaporte. Empezó a interrogarme de manera autoritaria y misteriosa. Por suerte llevaba una carta de recomendación del gobierno de Buenos Aires [“Buenos Ayres” en el original] para el comandante de Patagones. Se la llevaron al general Rosas, quien contestó muy atento, y el secretario volvió a verme, muy sonriente y amable. Establecimos nuestra residencia en el rancho [en castellano en el original] o casucha de un viejo español muy curioso, que había servido con Napoleón en la expedición contra Rusia. Estuvimos dos días en el Colorado (…). Mi principal diversión era observar a las familias indias que venían a comprar algunas menudencias al rancho donde nos hospedábamos.

Se supone que el general Rosas tenía cerca de 600 indios aliados. Los hombres eran altos y de fina raza; pero posteriormente descubrí sin esfuerzo en el salvaje de la Tierra del Fuego el mismo repugnante aspecto, procedente de la mala alimentación, el frío y la ausencia de cultura. Algunos autores, al definir las razas primarias de la Humanidad, han separado a estos indios en dos clases; pero no puedo creer que ello sea correcto. Entre las indias jóvenes, o chinas [en castellano en el original], algunas son realmente hermosas. Su cabello era crespo, pero negro y lustroso, y lo llevaban tejido en dos trenzas que bajaban hasta la cintura. Tenían ojos expresivos, tono subido de piel y las piernas, pies y brazos eran pequeños y elegantemente formados; adornaban sus tobillos, y a veces la cintura, con anchos brazaletes de cuentas azules. Nada podría ser más interesante que algunos grupos familiares. Una madre con una o dos hijas venía frecuentemente a nuestro rancho, montando siempre el mismo caballo. Ellas cabalgan como los hombres, pero con las rodillas más recogidas y altas. Este hábito quizás provenga de estar acostumbradas a viajar en caballos cargados. La obligación de las mujeres es cargar y descargar los caballos; preparar las tiendas para la noche, y, en suma, como en todas las tribus salvajes, su condición es la de esclavas. Los hombres pelean, cazan, cuidan de los caballos y hacen aparejos de montar. Una de sus principales ocupaciones cuando están en sus viviendas consiste en golpear dos piedras una contra otra hasta redondearlas. Las bolas [en castellano en el original, se refiere a las boleadoras] son un arma importante para los indios para cazar y proveerse de caballos, tomando cualquiera de los que vagan libres por el llano. En las peleas, su primera intención es derribar la cabalgadura de su adversario con las bolas, y cuando éste se encuentra enredado en la caída le da muerte con el chuzo [en castellano en el original]. Si las bolas [“balls” en el original, en este caso] se enredan sólo en el cuello o cuerpo de un animal, a menudo éste escapa con ellas y las pierden. Como el trabajo de redondear las piedras lleva dos días, la manufactura de las bolas es una ocupación habitual. Varios hombres y mujeres tenían sus caras pintadas de rojo, pero nunca vi las bandas horizontales, tan comunes entre los fueguinos. Su principal orgullo es tener objetos de plata, y he visto un cacique cuyas espuelas, estribos y mango de cuchillo eran de ese metal; la cayada y riendas estaban hechas de alambre del grosor de la tralla de un látigo lo que otorgaba una elegancia especial en el manejo de magníficos caballos.

El general Rosas insinuó que deseaba verme, circunstancia que me alegró mucho luego. Es un hombre de extraordinario carácter y ejerce una enorme influencia en el país, la cual parece probable usará para la prosperidad y progreso del mismo[9]. Se dice que posee 74 leguas cuadradas de tierra y unas 300.000 cabezas de ganado. Sus establecimientos están admirablemente administrados y producen más cereales que el resto. Lo primero que le dio gran celebridad fueron las reglas dictadas para sus propias estancias y la disciplinada organización de varios centenares de hombres para resistir con éxito los ataques de los indios. Hay muchas historias[10] sobre el rigor con que hizo cumplir esas reglas. Una de ellas fue que nadie, bajo pena de calabozo, llevara cuchillo los domingos, pues como en estos días era cuando más se jugaba y bebía, y las consiguientes peleas con cuchillo solían frecuentemente ser fatales. Un domingo se presentó el gobernador a visitar su estancia y el general Rosas, en su apuro por salir a recibirle, lo hizo llevando el cuchillo al cinto, como era usual. El administrador le tocó en el brazo y le recordó la ley, por lo que Rosas le dijo al gobernador que sentía mucho lo que le pasaba, pero que le era forzoso ir a la prisión, y que no tenía ningún poder en su propia casa hasta que no hubiera salido. Luego de algún tiempo, el administrador creyó oportuno abrir el calabozo y ponerlo en libertad; pero tan pronto lo hizo, el prisionero le dijo: ‘Ahora tú eres el que ha quebrantado las leyes, y por tanto debes ocupar mi puesto en el calabozo’.

Acciones como estas entusiasmaban a los gauchos [en castellano en el original], que poseían, sin excepción en alta estima su igualdad y dignidad. El general Rosas es además un perfecto jinete, cualidad con no pocas consecuencias en un país donde un ejército eligió a su general mediante la siguiente prueba: metieron en un corral una manada de potros sin domar, dejando sólo una salida sobre la que había un travesaño tendido a lo largo a cierta altura[11]; se convino que quien saltara desde ese travesaño sobre uno de esos caballos salvajes en el momento que salieran escapando, y sin freno ni silla fuera capaz no sólo de montarle, sino de traerle de nuevo al corral, sería nombrado general. El que así lo hizo fue designado para el mando, e indudablemente no podía menos de ser un excelente general para semejante ejército. Esta extraordinaria proeza también ha sido realizada por Rosas. Por estos medios, y de conformidad con los usos y costumbres de los gauchos, se ha granjeado una popularidad ilimitada en el país, y como consecuencia, un poder despótico. Me aseguró un comerciante inglés que en una ocasión un hombre mató a otro, y cuando, al arrestársele, se le preguntó por qué lo hizo, respondió: “Ha hablado irrespetuosamente del general Rosas, y por eso lo maté”. En una semana el asesino estaba en libertad. No cabe duda de que esto fue obra de los partidarios del general y no de él mismo. En la conversación es entusiasta, sensato y muy serio. Su seriedad rebasa los límites: escuché a uno de sus bufones (pues tiene dos, como los antiguos barones) referir la siguiente anécdota: “Una vez tenía muchas ganas de oír cierta pieza de música, por lo que fui dos o tres veces a preguntarle al general, que me dijo: “Vete a tus quehaceres, que estoy ocupado!”. Volví nuevamente y entonces me dijo: “Si vuelves, te castigaré”. La tercera que insistí, se echó a reír. Salí precipitadamente de la tienda, pero era demasiado tarde, pues mandó a dos soldados que me atraparan y me estaquearan. Supliqué por todos los santos del cielo que me soltaran, pero de nada me sirvió; cuando el general se ríe no perdona a nadie, sano o cuerdo”. El pobre hombre se mostraba dolorido de sólo recordar el tormento de las estacas. Es un castigo severísimo; se clavan en la tierra cuatro postes, y la persona es atada a ellos por los brazos y las piernas horizontalmente, y se lo deja por varias horas. La idea está evidentemente tomada del procedimiento usado para secar las pieles.

Mi entrevista terminó sin una sonrisa, y obtuve un pasaporte con una orden para las postas del gobierno, que me facilitó de muy buenas maneras. En la mañana partimos para Bahía Blanca, donde llegamos en dos días” (Diario, Capítulo IV, 11 de agosto de 1833).

Por su parte, el Capitán Fitz Roy, a propósito de ese encuentro, anotaba en su Diario:

“Él [Darwin] se había encontrado con el general Rosas en el Colorado, que lo trató muy amablemente; y él estaba disfrutando de sus correrías por la playa sin ninguna molestia, el viejo comandante ya no tenía miedo de un “naturalista”.

Otro actor de la época, el general Ángel Pacheco, que formó parte de la Campaña de Rosas, escribe a Tomas Guido, el 10 de julio de 1833 desde la zona del río Colorado:

“Una corbeta inglesa ha permanecido por allí bastante tiempo, haciendo reconocimiento por toda la costa, parte de su equipaje ha estado varias veces en Patagones, han fletado Buques Menores, y con pretexto de carreras y otros juego han derramado el oro con profusión, solicitaron los mejores baqueanos del río, tomaron de ellos los conocimientos más minuciosos y han comprado a cualquier precio todas las plantas que se producen allí y hasta los arbustos más insignificantes.” (Citado en Walter, 1973, pág. 226).

4. Los indios de la pampa y algunas consideraciones políticas

La permanente referencia de Darwin a la presencia, y sobre todo a la amenaza y riesgo que se corría con los indios al circular por la planicie pampeana, da cuenta del clima de época entre gauchos y soldados. Varias veces relata situaciones, principalmente referidas al trayecto realizado a caballo entre Bahía Blanca y Buenos Aires, en las cuales, si bien finalmente no pareció correr riesgo alguno, se percibe claramente el temor sufrido y la obsesión por un eventual ataque de los indios en una guerra, según Darwin: “perfectamente justificada pues hasta hace poco ni hombre ni mujer ni caballo estaban libres de los ataques de los indios”. Veamos algunos episodios relatados por Darwin en relación con los indios:

“Dos días después volví a ir al puerto [de Bahía Blanca]: no muy lejos de nuestro destino, mi compañero divisó a tres personas que cazaban a caballo. Se apeó inmediatamente, y observándolas con atención dijo: ‘No montan como cristianos, y nadie puede abandonar el fuerte’. Los tres jinetes se reunieron, y también bajaron de sus caballos. Al final, uno montó otra vez y dio vuelta a un cerro, ocultándose. Mi compañero dijo: ‘Debemos permanecer sobre los caballos, prepare su pistola’. Y él echó una mirada a su espada. Yo pegunté ‘¿Son indios?’. ‘¡Quién sabe! [en castellano en el original]. Si no hay más que tres, no importa’. Entonces se me ocurrió que el jinete que desapareció tras de la montaña habría ido a buscar el resto de su tribu. Se lo sugerí, pero, por toda respuesta obtuve ‘¡Quién sabe!’. Su cabeza y ojos no cesaron ni un minuto de escudriñar el lejano horizonte. Su extraordinaria sangre fría me pareció una broma demasiado pesada, y le pregunté por qué no volvía a casa. Me preocupé cuando respondió: ‘Volveremos; pero en una dirección cercana a un pantano, en el que podemos lanzar los caballos a todo galope, y luego usar nuestras piernas; de modo que no haya peligro’. Yo no me sentía tan seguro, y quería que aceleráramos el paso. Pero él me dijo: ‘No, mientras no lo hagan ellos’. Galopábamos cuando quedábamos detrás de alguna desigualdad del terreno, pero mientras permanecíamos a la vista continuábamos al paso. Al fin llegamos a un valle, y doblando hacia la izquierda galopamos rápidamente hasta el pie de un cerro; me dio su caballo para que se lo tuviera, hizo a los perros echarse, y luego, gateando sobre manos y rodillas comenzó el reconocimiento. Permaneció en esa posición algún tiempo, y finalmente estalló en una carcajada, exclamando: ‘¡Mujeres!’ [“mugeres” en el original]. Él las conocía: eran la esposa y la cuñada del hijo del comandante del fuerte, que estaban buscando huevos de avestruz. Describí la conducta de este hombre porque actuó bajo la fuerte impresión de que eran indios. Sin embargo, tan pronto como se dio cuenta de su absurda equivocación expuso cien razones por las cuales no podían haber sido indios; pero todas ellas se le habían pasado por alto en su momento. Después de esto seguimos marchando, con toda tranquilidad, hacia un lugar no muy alto llamado Punta Alta, desde donde podíamos ver casi todo el puerto de Bahía Blanca. (…). Pasamos la noche en Punta Alta, y me ocupé en buscar huesos fósiles; el lugar era una perfecta catacumba de monstruos de razas extinguidas”. (Diario, Capítulo IV, 11 de agosto de 1833).

Para prepararse a iniciar su viaje desde Bahía Blanca a Buenos Aires, Darwin contrató un gaucho para que lo acompañase, pero:

“(…) con alguna dificultad, pues el padre de uno tenía miedo de que viniera y otro que parecía dispuesto a hacerlo me lo describieron como tan tímido, que tuve miedo de contratarlo, porque me dijeron que si llegaba a ver un avestruz a lo lejos lo confundiría con un indio y escaparía volando. La distancia a Buenos Aires es de unas 400 millas [aproximadamente 650 kilómetros], y casi todo el camino por un país deshabitado. (…) Como llegamos por la tarde temprano, tomamos caballos frescos, y con un soldado por guía llegamos a la Sierra de la Ventana [“Sierra Ventana” en el original]. Esta montaña es visible desde el fondeadero del puerto de Bahía Blanca, y el capitán Fitz Roy calcula su altura en 3340 pies [aproximadamente 1.000 metros][12], elevación muy notable en esta parte oriental del continente. No sé de ningún extranjero que antes de mi visita, haya subido a esta montaña, e incluso muy pocos de los soldados de Bahía Blanca sabían algo de ella. (…) Al fin, cuando llegué a la cumbre de la montaña mi desencanto fue extremo al hallar un valle de laderas espinadas tan hondo como la llanura, el cual cortaba la cadena transversalmente en dos y me separaba de las cuatro puntas. (…) Me resolví a descender y, habiéndolo hecho, vi al cruzarle dos caballos pastando, e inmediatamente me escondí entre la alta hierba y empecé a reconocer el sitio; pero no descubrí señales de indios y procedí cautelosamente a subir la opuesta ladera (…)”. (Diario, Capítulo VI, 8 de septiembre de 1833).

“Pasamos la noche en la posta, y la conversación, como era habitual, versó acerca de los indios. Sierra de la Ventana fue anteriormente un gran lugar de refugio, y tres o cuatro años atrás hubo allí muchas peleas. Mi guía estuvo presente en una ocasión en que muchos indios fueron muertos: las mujeres escaparon a la cumbre de la montaña y pelearon desesperadamente arrojando grandes piedras, muchas se salvaron”. (Diario, Capítulo VI, 10 de septiembre de 1833).

“(…) Pronto percibimos por una nube de polvo que un grupo de jinetes venía hacia nosotros; cuando aún estaban muy distantes, mis compañeros reconocieron que eran indios por las largas cabelleras sobre sus espaldas. Los indios usan generalmente una cinta atada a la cabeza, pero nada que la cubra, y sus negras cabelleras cruzando sus rostros atezados, aumentan extraordinariamente su aspecto salvaje. Al fin resultó que era un grupo perteneciente a la amigable tribu de Bernantío, que iban a recoger sal a una salina. Los indios comen mucha sal y sus niños la chupan como si fuera azúcar. Esta costumbre es del todo opuesta a la de los gauchos españoles [“Spanish Gauchos” en el original], que, aunque llevan el mismo tipo de vida, apenas la prueban” (Diario, Capítulo VI, 11 de septiembre de 1833).

Darwin hace algunas consideraciones sobre las costumbres y creencias de los indios de la pampa. La que sigue es particularmente interesante:

“Apenas pasamos la primera fuente nos topamos con un árbol famoso, venerado por los indios como altar de Walleechu [ídem en el original]. Está situado en un lugar alto de la planicie, y por ello resulta un mojón visible a gran distancia. En cuanto algunas tribus de indios lo divisan, le tributan su adoración a viva voz. El árbol, en sí mismo, es bajo, frondoso y espinoso; en la parte más baja del tronco tiene un diámetro de unos tres pies [aproximadamente 90 centímetros]. Se yergue solitario, y, de hecho, fue el primer árbol que vimos; después encontramos algunos otros de la misma clase, pero no era lo común. Como era invierno el árbol no tenía hojas, pero en su lugar colgaban de sus ramas varias ofrendas como cigarros, pan, carne, pedazos de tela, etcétera. Los indios muy pobres, a falta de otra cosa mejor que ofrendar, sacan un hilo de sus ponchos y lo atan al árbol. Los más ricos suelen echar licores y mate [“maté” en el original] en algún hueco, y fumar expeliendo el humo hacia arriba, creyendo agradar así del mejor modo posible a Walleechu. Para completar la escena, el árbol estaba rodeado con los huesos de caballos sacrificados blanqueados por el sol. Los indios, sin distinción de edad ni sexo, realizan sus ofrendas, creyendo con ello que sus caballos no se cansarán y que ellos serán afortunados. El gaucho que me contó esto, dijo que en tiempo de paz había presenciado la escena de las ofrendas, y que él y otros habían esperado a que los indios se fueran para llevarse las ofrendas a Walleechu. Los gauchos creen que los indios consideran al árbol como al dios mismo; pero me parece mucho más probable que lo consideren un altar. La única razón que puedo imaginar para esta elección es tener una referencia en un lugar peligroso. (Diario, Capítulo 4, 11 de agosto de 1833)

Veamos el relato que hace Darwin, en buena medida de segunda mano, de un dramático episodio con los indios y una premonitoria y lúcida evaluación de la situación general:

“Durante mi permanencia en Bahía Blanca, mientras esperaba al Beagle, la localidad estuvo en constante excitación por rumores de batallas y victorias entre las tropas de Rosas y los indios salvajes. Un día se recibió la noticia de que en una posta de la ruta de Buenos Aires habían hallado a todos los hombres asesinados. Al día siguiente llegaron 300 hombres procedentes de Colorado, a las órdenes del comandante Miranda. Una gran parte de estos soldados eran indios mansos [en español en el original]), pertenecientes a la tribu del cacique Bernantio. Pasaron la noche allí; y resulta imposible concebir algo más bárbaro y salvaje que las escenas de su vivac. Algunos bebieron hasta emborracharse; otros se hartaron de ingerir la sangre fresca de las reses sacrificadas para su cena. (…) Por la mañana partieron para el lugar del asesinato, con órdenes de seguir el rastro [en castellano en el original] aunque los llevara hasta Chile. Luego supimos que los indios salvajes habían huido a las grandes Pampas [en castellano en el original] y por alguna causa se les había perdido el rastro. Sólo una ojeada al rastro les dice a estos hombres una historia entera. Suponiendo que examinen la huella de un millar de caballos, pronto adivinarán cuántos de ellos iban montados, observando cuántos iban a medio galope; por la profundidad de otras marcas deducirán que algunos llevaban pesadas cargas; por la irregularidad de sus pasos cuántos estaban cansados; por el modo de preparar la comida sabrán si los perseguidos llevan prisa, y por el aspecto general sacarán cuánto tiempo hace que pasaron. Ellos consideran bastante reciente un rastro de diez o quince días, y por tanto, bueno para ser seguido. También me dijeron que Miranda había partido desde el extremo oeste de Sierra Ventana, en línea recta a la isla de Cholechel [ídem en el original, se refiere a Choele Choel], situada a setenta leguas [“leagues” en el original] de la desembocadura del río Negro; esto es una distancia de 200 a 300 millas a través de una región completamente desconocida. ¿Qué otras tropas en el mundo pueden tener semejante autonomía? Con el sol como guía, la carne de yegua por alimento y el apero por cama, mientras haya un poco de agua, estos hombres podrían llegar al fin del mundo. Pocos días después vi otra tropa de estos soldados con aspecto de bandidos, que partían en una expedición contra una tribu de indios de las pequeñas salinas [en castellano en el original], traicionados por un cacique prisionero. El español que trajo las órdenes para esta expedición era un hombre muy inteligente. Me hizo una descripción del último combate en que había estado presente. Algunos indios que habían sido tomados prisioneros, informaron sobre una tribu que vivía al norte del Colorado. Se enviaron 200 hombres, y descubrieron a los indios por una nube de polvo que levantaban los caballos al caminar. El terreno era montañoso y salvaje, y probablemente muy alejado al interior, porque se alcanzaba a ver la Cordillera [en castellano en el original]. Los indios, hombres mujeres y niños, alrededor de 110 en número, fueron hechos prisioneros o muertos, porque los soldados la emprendieron a sablazos contra todos los hombres. Los indios se hallaban ahora tan aterrados, que no ofrecían resistencia en masa, sino que cada uno huía como podía, abandonando aun a su mujer e hijos; pero cuando se les daba alcance peleaban como animales salvajes contra cualquier número, hasta el final. Un indio moribundo mordió el pulgar de su adversario y se dejó arrancar un ojo antes de soltar su presa. Otro que estaba herido fingió estar muerto mientras mantenía su cuchillo listo para dar un golpe fatal. Mi informante me contó que al perseguir a un indio éste pedía piedad a gritos, mientras, al mismo tiempo con gran disimulo preparaba las bolas para hacerlas girar sobre su cabeza y golpear a su perseguidor. ‘Pero yo le derribé al piso con mi sable, y apeándome luego le corté el cuello con mi cuchillo’. Este es un cuadro muy oscuro; ¡pero mucho más chocante es el hecho de asesinar a sangre fría a todas las mujeres que parecían tener más de veinte años! Cuando le dije que esto me parecía inhumano, me replicó: ‘Y ¿qué se puede hacer? ¡Ellos se crían así!’. Por aquí todos están convencidos de que es la más justa de las guerras porque se hace contra bárbaros. ¿Quién podría creer que tales atrocidades podían cometerse en estos tiempos en un país cristiano civilizado? Los niños de los indios se conservan para ser vendidos o donados en calidad de sirvientes, o más bien de esclavos, por el tiempo que los amos pueden hacerles creer que es esa su condición, pero creo que sobre el trato no hay muchas quejas. En la batalla, cuatro hombres escaparon juntos. Fueron perseguidos, uno fue asesinado y los otros tres atrapados vivos. Resultaron ser mensajeros o embajadores de una gran cantidad de indios, unidos en la causa común de defensa junto a la Cordillera. La tribu a la que habían sido enviados estaba a punto de celebrar gran consejo; el festín de la carne de yegua estaba listo y la danza preparada: al día siguiente los embajadores tenían que regresar a la Cordillera. Eran hombres de buena presencia, muy bien proporcionados, de seis pies de altura [aproximadamente un metro y ochenta centímetros], y todos menores de treinta años. Por supuesto que los tres sobrevivientes poseían una información valiosa, y para forzarlos a darla, se los puso en línea. Se interrogó a los dos primeros, que respondieron: ‘No sé’ [en castellano en el original], y sin más, se los fusiló uno tras otro. El tercero también dijo: ‘No sé’, y agregó: ‘¡Dispara; soy hombre, sé morir!’. ¡Ni una sílaba dejaron escapar que pudiera perjudicar la causa de todo su pueblo! La conducta del cacique arriba mencionado fue muy distinta: salvó su vida revelando el plan de guerra y el punto de reunión en los Andes. Se creyó que había, ya listos, 600 o 700 indios, y que ese número se duplicaría para el verano. Los emisarios habían sido enviados a las salinas chicas cerca de Bahía Blanca, a aquellos que, según ya he dicho, había traicionado el mismo cacique. De modo que las comunicaciones entre los indios se extienden desde la Cordillera a la costa del Atlántico. El plan del general Rosas era matar a todos los rezagados, y después de obligar a los demás a replegarse a un punto común, atacarlos a todos juntos, en el verano, con ayuda de los chilenos. Esta operación debe repetirse por tres años sucesivos. Supongo que se ha elegido el verano para el ataque principal porque en esa época las llanuras carecen de agua y los indios sólo pueden viajar en algunas direcciones especiales. Para evitar que los indios se escapen al sur del río Negro, vasta región inexplorada, donde estarían seguros, se ha concertado un pacto con los tehuelches: que Rosas les pagará una buena suma por cada indio que maten de los que pasen al sur del río; pero si fallan en esa tarea ellos mismos serían exterminados. La guerra se hace principalmente contra los indios que están cerca de la Cordillera, porque muchas de las tribus de este lado Oriental están peleando junto a Rosas. El general, sin embargo, al igual que lord Chesterfield, piensa que sus amigos pueden convertirse cualquier día en enemigos, por lo cual los ubica siempre en el frente de batalla, a fin de que disminuya su número. Después de haber dejado Sudamérica hemos sabido que esta guerra de exterminio ha fracasado completamente. Entre las muchachas cautivas en el encuentro antes referido había dos españolas muy lindas, que habían sido secuestradas de niñas por los indios y ahora sólo sabían hablar la lengua de éstos. Por su relato, debían haber venido desde Salta, recorriendo una distancia, en línea recta, de unas 1.000 millas [aproximadamente 1600 kilómetros]. Esto puede dar una idea del inmenso territorio en que vagan los indios; sin embargo, a pesar de su gran extensión, creo que en otros cincuenta años no quedará ni un indio salvaje al norte del río Negro. La guerra es demasiado sangrienta para durar; los cristianos matan a todos los indios y los indios hacen lo mismo con los cristianos. Es triste ver cómo los indios han cedido ante los invasores españoles. Schirdel dice que en 1535, cuando se fundó Buenos Aires, había pueblos que contenían de 2.000 a 3.000 habitantes. Aún en tiempos de Falconer (1750) los indios hicieron incursiones hasta Luján [“Luxan” en el original], Areco y Arrecife; pero en la actualidad han sido expulsado más allá del Salado. No sólo han sido exterminadas tribus enteras, sino que los indios que sobrevivieron se han hecho más bárbaros, y en lugar de vivir en grandes poblados y de emplearse en las artes de la pesca y la caza vagan ahora por las abiertas llanuras, sin vivienda ni ocupación fija. También he oído el relato de un combate que tuvo lugar algunas semanas antes del que he mencionado, en Cholechel. Éste es un importante punto estratégico, por ser un paso para caballos, y, por ello, allí estuvo el cuartel general de una división del ejército. Apenas arribaron allí por primera vez, las tropas hallaron una tribu de indios, de los que mataron 20 o 30. El cacique escapó de una manera que dejó a todos atónitos. Los jefes indios tienen siempre uno o dos caballos reservados para alguna situación de apuro. En uno de esos, un viejo caballo blanco, montó el cacique con un niño hijo suyo. El caballo no tenía silla ni brida. Para escapar de los disparos, el indio cabalgó en un estilo peculiar de esta nación, esto es, con un brazo rodeando el cuello del caballo y con una sola pierna sobre el lomo. Se lo vio así, colgando de un lado, dándole palmaditas al caballo en la cabeza y hablándole. Los perseguidores agotaron todos sus recursos; el comandante cambió tres veces de caballo, pero todo fue en vano. El viejo padre indio y su hijo escaparon y quedaron libres. ¡Qué hermoso cuadro se puede pintar con la imaginación: la figura desnuda y bronceada del viejo con su muchachito cabalgando, como Mazeppa, en el caballo blanco, dejando lejos de ellos a la hueste de sus perseguidores! Un día vi a un soldado hacer fuego con un pedazo de pedernal, que inmediatamente reconocí como un trozo de la punta de una flecha. Me dijo que la había hallado cerca de la isla de Cholechel, y que allí se recogen con frecuencia. Tenía de dos a tres pulgadas de larga [aproximadamente de cinco a siete centímetros y medio], siendo, por tanto, el doble de grandes de las que ahora se usan en Tierra del Fuego; era de pedernal opaco, de color crema; pero la punta y los bordes habían sido rotos intencionalmente. Es bien sabido que los indios de las Pampas no usan ahora ni arcos ni flechas. Creo que debe exceptuarse una pequeña tribu en Banda Oriental; pero estos indios están completamente aislados de los indios Pampas y se parecen mucho a los que habitan en el bosque y viven a pie. Parece, pues, que estas puntas de flechas son reliquias antiguas [Darwin señala en una nota al pie: “Azara ha llegado hasta poner en duda que los indios Pampas usaran jamás arcos y flechas”] de los indígenas, anteriores al gran cambio de hábitos que significó la introducción del caballo en Sudamérica. (Diario, Capítulo V)

Había ciertas opiniones generalizadas con relación a la guerra contra los indios. Por esa época el capitán Fitz Roy enviaba estas palabras a sus superiores en una carta:

“En este momento, el ejército de los Provincias Unidas del Río de la Plata ocupa la margen norte [del río Negro], mientras que los infortunados y ahora acosados indios tratan de conservar la posesión de la sur. Una guerra de exterminio parece ser el propósito de los criollos liberales e independientes. Cada indio es su enemigo inveterado; […] mientras los españoles ocupaban el país, estos indios sureños mostraban la mejor de las disposiciones para con el intruso blanco y lo recibían can lo mayor hospitalidad. A partir de la Revolución (qué sonido glorioso) las hostilidades no hacen sino crecer” (Carta del capitán Fitz Roy, Maldonado, 16 de julio de 1833. Archivos del departamento de Hidrografía, Taunton.)

Otro episodio dramático con relación a los indios es relatado así por Darwin en ocasión de una excursión a caballo a Santa Fe:

“2 de octubre.-Hemos pasado por Corunda [se refiere a la ciudad de Coronda], que, por la exuberancia de sus jardines, es una de las poblaciones más hermosas que he visto. Desde allí a Santa Fe el camino no es muy seguro. La ribera occidental del Paraná [“Parana” en el original], hacia el Norte, deja de estar habitada, y de allí a veces aparecen los indios y sorprenden a los viajeros. Esto se ve favorecido por la naturaleza del terreno, porque en lugar de una llanura con pastos, hay una zona de bosque abierto. Pasamos junto a algunas casas que habían sido saqueadas y luego abandonadas; vimos además un espectáculo que mis guías contemplaron con gran satisfacción y era el esqueleto de un indio con la piel desecada y colgando de los huesos, suspendido de la rama de un árbol” (Diario, Capítulo VII, 2 de octubre de 1833)

Darwin también le dedica unas pocas líneas a su gobernador de entonces, Estanislao López, con relación a los indios:

“Santa Fe [“St. Fé” en el original] es una ciudad pequeña, en la que reinan la limpieza y el orden. El gobernador, López, era soldado raso en tiempos de la revolución, y a la fecha lleva diecisiete años en el poder. Esta estabilidad se debe a sus procedimientos tiránicos; la tiranía parece adaptarse mejor a estos países que el republicanismo. La ocupación favorita del gobernador es cazar indios; de poco tiempo a esta parte había matado 48 y vendido los hijos a razón de tres o cuatro libras cada uno”. (Diario, Capítulo VII, 3 y 4 de octubre de 1833).

Y es justamente a su regreso de Santa Fe, cuando tiene que enfrentar una situación conflictiva del país, la Revolución de los Restauradores del 11 de octubre de 1833, organizada por la Sociedad Popular Restauradora (los “apostólicos”) y donde Encarnación Ezcurra tuvo participación activa. Los grupos rosistas hacen un sitio a la ciudad de Buenos Aires que dura varios días. El gobernador Balcarce, sin capacidad de respuesta, el 28 de octubre anuncia su inminente renuncia, que finalmente se formaliza el 3 de noviembre. Darwin llega a Buenos Aires en pleno conflicto, el 20 de octubre, y lo recibe el general Mariano Benito Rolón (1790-1849), que en esos momentos era segundo Jefe del denominado Ejército Restaurador de las Leyes que tenía sitiada a la ciudad. El día 4 de noviembre es nombrado nuevo gobernador Juan José Viamonte, que no contaba con las simpatías de la mujer de Rosas y sus apostólicos, lo que lo llevará a renunciar unos meses más tarde (5 de junio de 1834). La legislatura ofrecerá a Rosas el gobierno que este rechaza por no estar incluidas las facultades extraordinarias. La situación proseguirá inestable desde el punto de vista político, porque el poder real es de Rosas. Se suceden varios ofrecimientos hasta que el 1 de octubre de 1834 asume interinamente Manuel Vicente Maza que era el presidente de la Legislatura. El 16 de febrero de 1835 es asesinado, en Barranca Yaco, el caudillo Facundo Quiroga y la noticia se conoce en Buenos Aires el 2 de marzo. Cinco días después, el 7 de marzo la Legislatura de Buenos Aires designa a Rosas gobernador por 5 años, en lugar de 3, y le otorga la suma del poder público. Asi relata Darwin su arribo a Buenos Aires en pleno conflicto:

“20 de octubre de 1833. Al llegar a la desembocadura del Paraná, y como estaba ansioso por llegar a Buenos Aires, desembarqué en Las Conchas, con intención de proseguir a caballo desde allí. Apenas toqué tierra me encontré con la gran sorpresa de que hasta cierto punto era un prisionero. Una violenta revolución había estallado y todos los puertos habían sido embargados. Me era imposible regresar a mi navío, e ir por tierra a la ciudad. Después de una larga conversación con el comandante obtuve permiso para presentarme al día siguiente con el general Rolor[13], que mandaba una división de rebeldes en este lado de la capital. Por la mañana cabalgué hasta el campamento. El general, los oficiales y los soldados, todos parecían, y creo que en realidad lo eran, grandes villanos. El general, la tarde antes de dejar la ciudad fue con el gobernador, y con la mano en el corazón dio su palabra de honor de que él al menos permanecería fiel hasta el final. Me dijo el general que la ciudad estaba fuertemente sitiada y que todo lo que podía hacer era darme un pasaporte para el comandante en jefe de los rebeldes en Quilmes. Por lo tanto, tuvimos que dar una gran vuelta alrededor de la ciudad, y a duras penas pudimos conseguir caballos. Me recibieron con cortesía en el campamento, pero me dijeron que era absolutamente imposible darme permiso para entrar en la ciudad. Esto me producía gran ansiedad, porque creía que el Beagle partiría del río de la Plata [“Rio Plata” en el original] mucho antes de lo que finalmente lo hizo. Pero, habiendo mencionado las obsequiosas atenciones recibidas del general Rosas cuando estuve en el Colorado, ni la magia misma habría cambiado las circunstancias tan rápidamente como esta conversación. Me dijeron que, aunque no podían darme un pasaporte, si me avenía a dejar el guía y los caballos yo podría pasar, solo, por los puestos de los centinelas. Acepté con el mayor gusto, y enviaron conmigo un oficial para ordenar que no me detuvieran en el puente. El camino, por espacio de una legua, estaba enteramente desierto. Encontré una partida de soldados, que se conformaron con echar una mirada a un antiguo pasaporte mío, y, al fin, con no poca satisfacción, me encontré dentro de la ciudad. Apenas había quejas que pudieran justificar la revolución: pero en una nación que en el lapso de nueve meses (de febrero a octubre de 1820) había sufrido quince cambios de gobierno- cada gobernador, según la Constitución se elegía por tres años-sería absurdo buscar pretextos. En este caso, una partida de setenta hombres, que por ser partidarios de Rosas, estaban disgustados con el gobernador Balcarce, salieron de la ciudad, y gritando por Rosas, levantaron en armas todo el país. La ciudad fue sitiada, sin provisiones, ganado vacuno y caballar; fuera de esto, sólo ocurrían algunas pequeñas escaramuzas, en las que morían diariamente algunos hombres. Los sitiadores sabían bien que impidiendo el suministro de carne tendrían segura la victoria. Puede ser que el general Rosas no tuviera noticias de este levantamiento; pero, según parece, estaba conforme con los planes de sus partidarios. Hace un año fue elegido gobernador, pero rechazó el nombramiento, a menos que la Sala le otorgara poderes extraordinarios. Esto fue rechazado y desde entonces su partido ha mostrado que ningún otro gobernador puede ocupar su lugar. La guerra fue prolongada por ambos bandos hasta que fue posible saber lo que pensaba Rosas. Llegó una nota pocos días después de que yo abandonara Buenos Aires que afirmaba que el general desaprobaba la ruptura de la paz, pero creía que los sitiadores tenían la justicia de su lado. No bien se recibió esta declaración, el gobernador, los ministros y parte de los militares, en número de varios cientos, escaparon de la ciudad. Los revolucionarios entraron, eligieron un nuevo gobernador, y se pagaron los servicios de 5.500 hombres. A partir de estos procedimientos, no fue para nadie un misterio que Rosas habría de llegar con el tiempo a ser un dictador: el pueblo aquí, como en otras repúblicas, tiene una particular aversión por la palabra rey. Después de dejar a Sudamérica hemos sabido que Rosas ha sido elegido con poderes y por un tiempo enteramente opuesto a los principios constitucionales de la república”. (Diario, Capítulo VII, 20 de octubre de 1833).

Finalmente, Darwin consigue llegar a Buenos Aires en esos días de un clima político sumamente complejo, pero decide marcharse a Montevideo no sin realizar unas apreciaciones sumamente críticas acerca de Buenos Aires y la situación:

“Una ciudad en estado de sitio [se refiere a Buenos Aires] resulta siempre un lugar desagradable para residir; pero era peor aun en este caso pues se vivía en continua alarma a causa de los ladrones que había dentro. Los centinelas eran los peores de todos, pues por razón de su oficio y portar armas, robaban con una autoridad que los demás no podían imitar”. (Diario, Capítulo VIII).

El periodo (febrero-octubre de 1820) señalado por Darwin como de los “quince gobiernos”, se caracterizó, obviamente, por una inestabilidad política muy grande, en especial en la Provincia de Buenos Aires, de allí que la historiografía habla del período de Anarquía que implica la disolución del gobierno nacional y la presencia hegemónica de los caudillos. Para la época no hay nación, ni presidente constitucional. Los mandatos de tres años, en realidad, eran para el gobernador de Buenos Aires. La diferencia que logrará Rosas es que las distintas provincias le confieren al gobierno de Buenos Aires la representación ante las potencias extranjeras. En Junio de 1819 había asumido como Director Supremo de las Provincias Unidas el general Rondeau, que conciente de su debilidad ordena a los distintos jefes militares (San Martín, Belgrano, y otros) que bajen a Buenos Aires con sus tropas. San Martín no accede y el Ejército del Norte se subleva en Arequito el 8 de enero de 1820 por iniciativa del general Juan B. Bustos, quien marcha a Córdoba, donde se lo elige gobernador. Dos meses antes otro de los jefes del ejército del Norte (Bernabé Araoz) se había amotinado en Tucumán y se proclamó director de la “República de Tucumán” (noviembre 1819). Ante esta situación dos caudillos provinciales, Estanislao López (Santa Fe) y Francisco Ramírez (Entre Ríos) se levantan contra el Director Rondeau, al que derrotan en la Batalla de Cepeda en los primeros días de febrero de 1820. El día 11 renuncia Rondeau y se disuelve el Congreso Nacional, lo que implicó la desaparición de las autoridades nacionales. Cada provincia, por muchos años, se manejó autónomamente y a través de pactos interprovinciales sucesivos se fue buscando la reunificación. (Tratado del Pilar, del Cuadrilátero, de Benegas, Pacto Federal, etc.). Lo cierto es que a partir de Febrero de 1820 y hasta septiembre del mismo año, la provincia de Buenos Aires, experimentará sucesivos y breves mandatos, situación a la que refiere Darwin: Sarratea (17 de febrero al 6 de marzo); Juan R. Balcarce (6 al 13 de marzo); Sarratea (13 de marzo al 30 de abril); Ildefonso Ramos Mejía (2 de mayo al 23 de junio); Sebastián Soler (el 16 de mayo asume en Lujan, el 23 de junio es reconocido gobernador en la ciudad de Buenos Aires y el 28 de junio es derrocado); el Cabildo de Buenos Aires, el 20 de junio ante la renuncia de Ramos Mejía, asume el mando. Ese día, 20 de junio, hubo tres gobernadores: Soler – el Cabildo y Ramos Mejía; Manuel Dorrego (28 de junio al 26 de septiembre, aunque con intermitencias, puesto que es resistido por los caudillos); Carlos de Alvear (se hace elegir por el Cabildo de Luján el día 1 de julio, pero es vencido militarmente por Dorrego); Martín Rodríguez (es elegido por una Junta de Representantes nueva que lo designa como Gobernador Interino el 26 de septiembre de 1820, es desalojado por una sublevación encabezada por el Coronel Pagola el 1 de octubre); Martín Rodríguez resiste y obtiene una ayuda que lo restituirá en el poder el día 5, comenzando un proceso de normalización de la provincia, puesto que gobernará hasta 1824. El factor decisivo fue el regimiento organizado y mantenido por Juan Manuel de Rosas, conocido como “Los Colorados del Monte”, que prácticamente era un ejército privado reclutado entre los peones de sus establecimientos ganaderos. A partir de 1820, la influencia de Rosas, no cesará de crecer pues era un representante de los propietarios que reclamaban el fin de la anarquía reinante. No obstante, deberán pasar decenas de años para que pueda volver a constituirse un gobierno nacional, representativo.

5. La vida de los gauchos

La vida miserable de los gauchos y soldados, acosados por los indios, pero poseedores de habilidades y destrezas para la vida en tierras semisalvajes, impresionan vivamente a Darwin:

“La Sierra de la Ventana resulta visible desde una distancia inmensa, y un gaucho me dijo que, cabalgando a pocas millas al norte del río Colorado con un indio, cuando de pronto éste comenzó a hacer un ruido muy fuerte, como el que suelen hacer los salvajes al divisar por primera vez un árbol lejano, mientras ponía la mano en la cabeza y apuntaba con el dedo en la dirección de la sierra. Al preguntarle por la razón de esto, el indio respondió, en mal castellano: ‘Primera vez ver la sierra’ [“First see the Sierra” en el original]. A unas dos leguas de este curioso árbol hicimos alto para pasar la noche: en ese momento una desafortunada vaca fue divisada por los ojos de lince de los gauchos, quienes se lanzaron en su persecución, y en pocos minutos la enlazaron y la mataron. Teníamos allí las cuatro cosas necesarias para la vida en el campo [en castellano en el original]: pasto para los caballos, agua (sólo una charca de agua turbia), carne y leña. Los gauchos se pusieron del mejor humor al hallar todos estos lujos, y pronto empezamos a preparar la cena con la pobre vaca. Esta fue la primera noche que pasé a la intemperie, teniendo por cama el recado de montar. Hay un gran placer en la vida independiente del gaucho al poder apearse en cualquier momento y decir: ‘Aquí pasaré la noche’. El silencio fúnebre de la llanura, los perros alerta, y el gitanesco grupo de gauchos haciendo sus camas en torno del fuego, han dejado en mi mente un cuadro imborrable de esta primera noche, que nunca olvidaré”. (Diario, Capítulo IV, 11 de agosto de 1833).

“¡Qué vida tan miserable parecen llevar estos hombres! Había, por lo menos, 10 leguas desde la posta Sauce y a partir del asesinato cometido por los indios, 20 desde la otra. Se supone que éstos efectuaron su ataque a medianoche, porque muy temprano a la mañana siguiente, después del asesinato, se los vio, afortunadamente, acercarse a esta posta. Pero aquí los soldados huyeron, llevándose todos los caballos, cada uno en una dirección diferente y con todos los animales que podía llevar. (…) Solía pensar que los buitres carroñeros, constantes seguidores del hombre en estas yermas llanuras, mientras permanecían inmóviles en las lomas vecinas, parecían decir con su paciente actitud: ‘¡Ah, cuando vengan los indios, qué festín nos haremos!”. (Diario, Capítulo VI, 12 y 13 de septiembre de 1833).

“(…) el gaucho en las Pampas durante meses enteros, no toca otra cosa que carne de vaca [“beef” en el original]. Pero he observado que ellos comen gran cantidad de grasa (…). El Dr. Richardson ha observado también ‘que cuando la alimentación ha estado constituida durante largo tiempo por carne magra se siente una necesidad irresistible de tomar grasa, en términos de poder consumirla pura en grandes cantidades, y aun derretida, sin sentir náuseas’; esto me parece un curioso fenómeno fisiológico”. (Diario, Capítulo VI, 17 de septiembre de 1833).

También en ocasión de su excursión por las islas Malvinas (“Falkland Islands” en el original) Darwin hace nuevamente referencia a las habilidades de los gauchos:

“Por la noche nos cruzamos con una pequeña manada [de ganado vacuno salvaje]. Uno de mis compañeros, de nombre Santiago [“St. Jago” en el original], separó muy pronto del grupo una vaca gorda, tiró las bolas, la tiró a las patas; pero no se enredaron. Inmediatamente tiró el sombrero al piso para marcar el lugar donde habían quedado las bolas; mientras a todo galope, preparó el lazo, y, tras una persecución durísima, alcanzó de nuevo a la vaca y la enganchó por los cuernos. El otro gaucho se había adelantado con los caballos de repuesto, de modo que Santiago tuvo alguna dificultad para matar la furiosa bestia. La condujo hasta un sitio llano, adelantándosele siempre que el animal embestía, y cuando no quería moverse, mi caballo, que estaba bien entrenado, galopaba hacia la res por detrás y con el pecho le daba un violento empujón. Pero aun estando el animal en terreno llano no parece tarea fácil para un solo hombre matar una res salvaje aterrorizada. Y no lo sería, en efecto, si el caballo al apearse el jinete no aprendiera pronto, guiado por el instinto de conservación, a mantener el lazo tenso; así, si la vaca o toro se mueven hacia adelante, el caballo avanza con la misma rapidez, y si aquéllos se paran, el caballo sigue tirando, inclinándose a un lado. Pero este caballo era joven y no estaba acostumbrado a contrarrestar la lucha de la vaca. Era admirable contemplar con qué destreza Santiago se movía ágilmente detrás de la bestia, hasta que al fin logró darle el corte fatal en el principal tendón de la pata trasera, después de cual, sin mucha dificultad, le clavó el cuchillo en el comienzo de la medula espinal, y la vaca cayó como fulminada por un rayo. Cortó varios trozos de carne, con piel y todo, pero sin hueso, en cantidad suficiente para nuestra expedición. Entonces volvimos a caballo al sitio en que íbamos a dormir, y tuvimos de cena carne con cuero [en castellano en el original] es decir, carne asada con su piel. Es un bocado tan superior a la carne de vaca ordinaria como el venado lo es al cordero. Se puso encima de las brasas un gran trozo circular, sacado del cuarto trasero, con el pellejo hacia abajo en forma de plato, de suerte que no se perdió nada de la substancia. Si algún respetable regidor de Londres hubiera cenado con nosotros aquella noche ‘carne con cuero’, pronto se habría celebrado en Londres”. (Diario, Capítulo IX, 16 de mayo de 1834).

Darwin describe con asombro la destreza con que algunos manejan las boleadoras. Señala que las mismas pueden lanzarse, aunque sin demasiada puntería a unas 50 o 60 yardas, es decir unos 45 a 55 metros[14]. Sin embargo, cuando es un jinete el que las arroja, la velocidad del caballo se añade a la fuerza del brazo, y pueden alcanzar con eficacia un blanco situado a unas 80 yardas (algo más de 70 metros). En una nota al pie, Darwin añade:

“Como prueba de la fuerza con que pueden ser lanzadas las bolas mencionaré una anécdota ocurrida en las islas Falkland. Cuando los españoles asesinaron a varios de sus compatriotas y a todos los ingleses, un joven español huía a toda carrera; cuando un indio alto llamado Luciano le siguió galopando con su caballo, intimándole que se detuviera, diciéndole que sólo deseaba hablarle. Justo en el momento en que el español estaba a punto de alcanzar el bote, Luciano le arrojó las bolas, acertándole en las piernas con tal fuerza que le derribó, dejándole insensible por algún tiempo. Luciano, después de haberle dicho lo que quería, le dejó escapar. Nos contó que le habían quedado grandes marcas en las piernas, donde se le habían enredado las correas, como si le hubieran pegado con un látigo”. (Diario, Capítulo VI, 12 y 13 de septiembre de 1833)

6. La gran sequía

Los establecimientos agrícolas y ganaderos de la provincia de Buenos Aires sufrían las consecuencias de dos grandes problemas: las incursiones de los indígenas, con el consiguiente robo de ganado, y las persistentes sequías que asolaban el territorio. Darwin se refiere a la “gran seca” que se extendió, con mayor rigor entre 1827 y 1830, en la cual se estima que murieron más de un millón de vacunos. El 12 de mayo de 1827 señalaba un artículo en The British Packet:

“Desde el año 1820, la provincia de Buenos Aires ha padecido una gran sequía, que impidió buenas cosechas de trigo (…) y efectos más o menos perjudiciales en la cría de ganado. (…) Como hasta ahora no se han hecho tentativas para asegurar riegos permanentes por medio de pozos u otras reservas, no puede menos que desearse el auxilio constante de un tiempo favorable”[15].

En la edición del 8 de mayo de 1830, The British Packet dice:

“La sequía que prevaleció durante esta estación ha causado infinitos perjuicios a las estancias; muchos de los propietarios ordenaron que se sacrificara el ganado, por falta de agua y pasto para alimentarlo, mientras que otros han preferido que corra libremente por el campo durante el invierno. Se nos informa que numerosas zonas, de aquí a Tandil, están totalmente desprovistas de pastos y presentan el aspecto de un desierto arenoso y que las últimas noches de helada perjudicaron severamente los pocos pastizales que todavía existían. Parecería que los elementos se han combinado para acrecentar las penurias del campo (…)”.

Y hacia finales de la “gran seca”, el 5 de mayo de 1832:

“La lluvia, copiosa y continuada, representaría ahora la mayor bendición que la Providencia podría derramar sobre este empobrecido país, cuyos campos resecos parecen más los desiertos de Arabia, que la fértil Sud América. La mortandad del ganado ha sido terrible, han perecido por miles o por decenas de miles. El lunes por la noche, otra tormenta de tierra envolvió la ciudad y continuó hasta después de medianoche.”

A su vez, Darwin escribe:

“Mientras viajaba a través del país recibí algunas impresiones muy vívidas de los efectos causados por una gran sequía, y tal vez el relato de ésta arroje alguna luz sobre los casos en que gran número de animales de todas clases han quedado sepultados juntos. El período comprendido entre los años 1827 y 1832 se llama el gran seco [en castellano en el original], o la gran sequía. Durante ese tiempo cayó tan poca lluvia, que no creció ninguna planta, ni siquiera cardos; los arroyos se secaron, y todo el país tomó el aspecto de un camino polvoriento. Así ocurrió especialmente en la parte norte de la provincia de Buenos Aires y la parte sur de Santa Fe. Un gran número de aves, animales silvestres, ganado vacuno y caballar, pereció por falta de alimento y agua. Un hombre me dijo que los ciervos solían meterse en su corral a buscar agua por lo que se vio obligado a cavar para proveer de agua a su familia y que las perdices apenas tenían fuerza para huir volando cuando se las perseguía. La estimación más baja sobre la pérdida de vacunos sólo en la provincia de Buenos Aires es de un millón de cabezas. (…) Los animales abandonaron las estancias, y, encaminándose hacia el Sur, se entremezclaron en grandes manadas, por lo que fue preciso enviar desde Buenos Aires una comisión de gobierno para arreglar las disputas de los dueños. Sir Woodbine Parish[16] me ha dado noticias de otra curiosísima fuente de disputas: como la tierra estuvo seca por el largo lapso señalado, el viento levantó tan enormes cantidades de polvo, que en un país descampado como éste se borraron las rayas y mojones, y la gente no podía señalar los límites de las estancias. Un testigo ocular me contó que el ganado vacuno, en rebaños de millares, se metió en el Paraná, y, al estar exhausto por el hambre, no pudo subirse a los bancos de barro, y así, pereció ahogado. El brazo del río que corre junto a San Pedro estaba tan lleno de cadáveres en putrefacción, que, según me dijo el patrón de un barco, el hedor hacía imposible cruzarlo. Sin dudas, varios cientos de miles de animales perecieron así en el río. Sus cuerpos ya podridos flotaron arrastrados por la corriente, y seguramente, muchos quedaron depositados en el estuario del Plata. Todos los ríos pequeños se hicieron muy salinos, y esto ocasionó una gran mortandad en algunos lugares, pues cuando los animales toman esa agua no se recuperan. He notado, aunque probablemente fuera efecto de un incremento gradual antes que el resultado de la gran mortandad de períodos como este, que el lecho de los ríos menores de las Pampas estaba cubierto con una capa de huesos. No es raro que después siguiera una temporada de lluvias copiosísimas, que causaron inundaciones. Por lo tanto, podemos inferir casi con gran certeza que algunos miles de esqueletos quedaron sepultados por los arrastres de tierras del año siguiente. ¿Qué pensaría de todo ello un geólogo que viera tan enorme colección de huesos de toda clase de animales y de todas las edades, enterrados así en una espesa masa de tierra, ¿No lo atribuiría a una gran inundación que hubiera barrido la superficie de la tierra, antes que al curso natural de las cosas?”[17] (Diario, Capítulo VII, 5 de octubre de 1832).

7. Consideraciones sobre los habitantes del Río de la Plata

En el capítulo VIII del Diario, Darwin describe su visita a la Banda Oriental y se explaya en consideraciones generales sobre los habitantes de la región y, como siempre, mantiene cierta ambivalencia en sus juicios.

“Durante los últimos seis meses he tenido ocasión de observar un poco el carácter de los habitantes de estas provincias. Los gauchos [en castellano en el original] o campesinos son muy superiores a los que residen en las ciudades. El gaucho invariablemente es cortés y hospitalario (…). Es modesto, tanto respecto de sí mismo como de su país, y al mismo tiempo animoso y bravo. Por otro lado, es necesario decir también que se cometen muchos robos y se derrama mucha sangre, El uso constante del cuchillo es la causa principal. Es lamentable escuchar cuántas vidas se pierden por cuestiones triviales. En las peleas, cada uno trata de marcar la cara de su adversario cortándole en la nariz o en los ojos; así, se ven con mucha frecuencia profundas y horribles cicatrices. Los robos son la consecuencia natural del juego, universalmente extendido, exceso de bebida y de la extremada indolencia. En Mercedes pregunté a dos hombres por qué no trabajaban. Uno me respondió, muy serio, que los días eran demasiado largos; y el otro, que por ser demasiado pobre. La abundancia de caballos y profusión de alimentos son la destrucción de la laboriosidad. Para colmo, hay una gran cantidad de días feriados y creen que nada puede salir bien si no se empieza con la Luna en cuarto creciente; de modo que la mitad del mes se pierde por estas dos causas. La policía y la justicia son completamente ineficientes. Si un hombre pobre comete un asesinato y es atrapado, será encarcelado y, tal vez, fusilado; pero si es rico y tiene amigos, no tendrá graves consecuencias. Es curioso que hasta las personas más respetables del país favorezcan siempre la fuga de los asesinos. Parecen pensar que los individuos delinquen contra el gobierno y no contra la sociedad. Un viajero no tiene más protección que sus armas de fuego, y el hábito constante de llevarlas es lo que favorece la mayor frecuencia de los robos. El carácter de las clases más elevadas y educadas, que residen en las ciudades, participa, aunque tal vez en grado menor, de las buenas cualidades del gaucho; pero temo que tengan muchos vicios de los que él está libre. La sensualidad, la burla hacia toda religión, y una gran corrupción, son cosa común. Casi todos los funcionarios públicos pueden ser sobornados. El director de Correos vendía sellos falsificados. El gobernador y su primer ministro se confabulaban para estafar al Estado. Nadie puede esperar justicia cuando entra en juego el oro. Conocí a un inglés que acudió a la primera autoridad judicial (me dijo que como no conocía las costumbres del país, tembló al entrar en la sala) y le dijo: ‘Señor, he venido a ofrecer a usted 200 dólares- valor equivalente a 5 libras esterlinas-si manda usted arrestar antes de tal tiempo a un hombre que me ha estafado. Sé que esto es contra la ley, pero mi abogado (lo nombra) me ha recomendado dar este paso’. El juez sonrió, asintió, le agradeció, y antes de anochecer, el hombre estaba en prisión. Con tan completa falta de principios en los hombres que conducen, y con una infinidad de empleados revoltosos con sueldos de hambre, ¡el pueblo todavía tiene esperanza de que una forma democrática de gobierno triunfe! (Diario, Capítulo VIII, 26 de noviembre de 1832).

Sin embargo, y a pesar de esta visión completamente negativa, Darwin no ahorra elogios y vislumbra un buen futuro para esta parte del mundo:

“Al ponerse por primera vez en contacto con la sociedad en estos países, dos o tres rasgos resultan particularmente notables. Las maneras corteses y señoriales, en los distintos aspectos de la vida; el excelente gusto de las mujeres en el vestir, y la igualdad de trato en todas las clases. En el río Colorado algunos humildes tenderos cenaban con el general Rosas. El hijo de un comandante, en Bahía Blanca, se ganaba la vida haciendo cigarrillos, y se ofreció a acompañarme como guía o como criado hasta Buenos Aires; pero su padre se opuso, tan solo por el peligro que correría. Muchos oficiales del ejército no saben leer ni escribir, y, sin embargo, todos se tratan como iguales en sociedad. En Entre Ríos, la Sala se componía de seis representantes solamente. Uno de ellos sólo tenía un comercio, lo que indudablemente no le incapacita para el cargo. Todo esto es lo que desde luego podía esperarse de un país nuevo; sin embargo, la ausencia de verdaderos caballeros resulta algo extraño para un inglés.

Cuando se habla de estos países no debe olvidarse el modo como han sido educados por la impuesta autoridad de España. En general, merece más elogios lo que se ha hecho que censura lo que se ha dejado de hacer. Y no cabe duda de que el excesivo liberalismo de estos países debe llevar al final a buenos resultados. La tolerancia, muy generalizada, hacia las religiones extranjeras; la alta consideración hacia la educación; la libertad de la prensa; las facilidades ofrecidas a todos los extranjeros, y especialmente –como yo mismo puedo asegurar- cualquiera que profese algún interés por la ciencia deberá recordar con gratitud la Sudamérica española. (Diario, Capítulo VIII, 26 de noviembre de 1832).

Darwin pasó sólo circunstancialmente por la ciudad de Buenos Aires. Hay que tener en cuenta que el derrotero del Beagle no necesariamente fue el derrotero de Darwin quien en muchas ocasiones se separó de la nave para efectuar expediciones a caballo o en otras embarcaciones que se agregaron por momentos a la expedición principal, alcanzando al Beagle en puertos ya convenidos de antemano con Fitz Roy. Así describe Darwin la ciudad de Buenos Aires, junto con la dramática escena del matadero en la que un jinete mata a un toro y que, salvando las distancias nos recuerda las terribles escenas de El Matadero de Esteban Echeverría:

“La ciudad de Buenos Aires es grande[18], y creo que una de las más regulares del mundo. Todas las calles se cortan en ángulo recto, y las paralelas son equidistantes, las casas reunidas en bloques cuadrados de terreno de idénticas dimensiones, llamados quadras [idem en el original]. Además, las casas mismas son cubos huecos, todas las habitaciones dan a un pequeño y ordenado patio. Generalmente sólo tienen un piso, con azotea provista de asientos, muy frecuentada por los habitantes en verano. En el centro de la ciudad está la plaza, con los edificios públicos, la fortaleza, la catedral, etc. También allí tenían sus palacios los antiguos virreyes antes de la revolución. El conjunto general de edificios posee cierta belleza arquitectónica, aunque ninguno de ellos sobresalga en este particular. El gran corral [en castellano en el original], donde se encierran las reses destinadas al suministro de carne a la población, ofrece un de los espectáculos más dignos de observar. La fuerza del caballo, comparada con la del toro, causa verdadero asombro; un jinete que haya enlazado las astas de una res puede arrastrarla donde quiera. El animal, abriendo surcos en la tierra con las patas tendidas, se esfuerza en vano por resistir y generalmente, se lanza a toda velocidad por un lado; pero el caballo se vuelve inmediatamente para recibir el golpe, y permanece tan firme que el toro cae, siendo extraño que no se rompa el cuello. La lucha, sin embargo, no es de mera fuerza: la cincha del caballo debe emparejarse con el cuello extendido del toro. De la misma manera, un hombre a pie podría dominar al caballo más salvaje si lo toma con el lazo precisamente por detrás de las orejas. Cuando el toro ha sido arrastrado al sitio en que se le ha de matar, el matador [en castellano en el original] le corta con gran precaución los tendones de la rodilla. Luego se oye el bramido de muerte, el grito más expresivo de agonía feroz que conozco; lo he percibido muchas veces a gran distancia, entendiendo siempre que la lucha tocaba a su término. Todo el espectáculo es horrible y repugnante; el piso está materialmente cubierto de huesos, y los caballos y jinetes empapados de sangre”. (Diario, Capítulo VI, 20 de septiembre de 1832).

En el capítulo correspondiente a su excursión a Santa Fe, Darwin también expresa una opinión corriente por esa época y una evaluación política:

“¡Cuán diferente habría sido el aspecto de este río si colonos ingleses hubieran tenido la fortuna de ser los primeros en remontar la corriente del Plata! ¡Qué nobles ciudades ocuparían ahora sus riberas! Hasta la muerte de Francia, el dictador del Paraguay, estos dos países debían ser distintos, como si estuvieran situados en lugares opuestos del planeta. Y cuando el viejo y sanguinario tirano tenga que rendir su larga cuenta, el Paraguay será destrozado por revoluciones violentas en proporción con la artificial calma anterior. Ese país tendrá que aprender, como todos los demás estados sudamericanos, que una república no puede ser exitosa mientras no haya en ella un grupo de hombres imbuidos en los principios de la justicia y del honor”. (Diario, Capítulo VI, 18/19 de octubre de 1832).

En su excursión, Darwin, llegó hasta la ciudad que, en su Diario llama “Bajada”. En 1649 se había trasladado la ciudad de Santa Fé desde lo que hoy es Cayastá, a su emplazamiento actual. En el largo proceso de mudanza que finalizó en 1660 el sitio denominado primero Baxada de Santa Fe y luego Baxada del Paraná servía para que los viajeros que se dirigían hacia el norte comenzaran su travesía por tierra.

8. La relación con Francisco Muñiz a propósito de la vaca ñata

A propósito de una variedad que denominó como “vaca ñata” (por su hocico aplastado y una leve deformación en la cabeza, y que consideró como una degeneración del ganado vacuno) el científico argentino, Francisco J. Muñiz (1795-1871) entró en contacto con Darwin. Muñiz fue médico y un destacado naturalista. Murió por la fiebre amarilla de 1871 en Buenos Aires donde colaboró con la atención de los enfermos. Desarrolló una extensa labor como médico y fue un activo paleontólogo, descubridor de una gran cantidad de fósiles. Realizó una descripción del ñandú o avestruz americano, distinguiéndolo del africano, y descubrió el “tigre fósil” (Muñifelis bonaerenses, hoy denominado Smilodon bonaerenses) en 1844. En 1885 Domingo F. Sarmiento (1811-1888) rescata póstumamente su obra y la publica como “Escritos científicos del coronel Francisco J. Muñiz”. Darwin entabló con él una relación epistolar relativamente larga a propósito de la vaca ñata y, en febrero de 1847 le escribe: “No puedo adecuadamente expresar cuánto admiro el continuado celo de Vd., colocado, como está, sin los medios de proseguir sus estudios científicos y sin que nadie simpatice con Vd., en los progresos de la Historia Natural”. En el Diario, dice Darwin:

“En dos ocasiones he encontrado en esta provincia algunos bueyes de una raza curiosísima, llamada ñata o niata [en castellano en el original]. Por su aspecto exterior parecen guardar con las otras clases de ganado vacuno la misma relación que tienen los bull-dogs o los perros falderos [“bull or pug dogs” en el original] con los demás perros. Tiene la frente muy corta y ancha, y las extremidades nasales vueltas hacia arriba, mientras el labio superior está muy recortado; la mandíbula inferior sobresale de la superior y presenta una curvatura hacia arriba, por lo cual siempre están mostrando los dientes. Las ventanas de la nariz están altas y muy abiertas; sus ojos son muy saltones. Cuando caminan llevan la cabeza baja, sostenida por un cuello corto, y sus patas traseras, comparadas con las delanteras, son más largas de lo común. Sus dientes al descubierto, sus pequeñas cabezas, y sus fosas nasales vueltas hacia arriba, les otorgan un aspecto desafiante y de seguridad en sí mismos, tan ridículo como pueda imaginarse. Después de mi regreso he conseguido un cráneo, gracias a la amabilidad de mi amigo el capitán Sulivan, de la Marina Real Inglesa, y hoy se conserva en el College of Surgeons. D. F. Muñiz [“Muniz” en el original], vecino de Luján [“Luxan” en el original], amablemente me ha recolectado toda la información que ha podido acerca de esta raza. De lo que él me informa, parece que hace unos ochenta o noventa años, estos animales eran raros, y se conservaban como curiosidades en Buenos Aires. Se cree en general que la raza en cuestión procede del ganado vacuno criado por los indios del sur del Plata, y que entre ellos es un tipo común. (…) Es una verdadera raza y un toro y una ñata producen invariablemente terneros ñatas. Un toro ñata con una vaca común, o viceversa, produce siempre tipos intermedios, pero con los caracteres ñatas muy marcados; según el Sr. Muñiz, existen muy claras evidencias, en contra de lo que creen comúnmente los agricultores para casos análogos, que la vaca ñata cruzada con un toro común transmite sus caracteres peculiares más enérgicamente que el toro ñata cruzado con la vaca común. Cuando el pasto está bastante alto el ganado ñata pace con la lengua y el paladar tan bien como el ganado común; pero durante las grandes sequías, cuando tantos animales perecen, la raza ñata se halla en condiciones desventajosas, y desaparecería si no se la cuidase; porque el ganado vacuno común, así como los caballos, se sostienen recogiendo con los labios palitos y astillas de caña, cosa que los ñatas no pueden hacer bien por no juntarse sus labios, y, consiguientemente, sucumben antes que el ganado común. Este hecho me ofreció un buen ejemplo de lo difícil que es apreciar por los hábitos de vida ordinarios en qué circunstancias, cuando éstas se presentan sólo en largos intervalos, puede producirse la escasez o la extinción de una especie,”. (Diario, Capítulo VIII, 18 de noviembre de 1833).

9. Darwin y el mate

En el Diario, hay algunas pocas referencias concretas al mate y sólo en dos ocasiones relata Darwin haberlo tomado durante su paso por Sudamérica, una en la Sierra de la Ventana y la otra en Chile:

“Llegué al sitio en que habíamos de acampar al atardecer, y bebiendo mucho mate [“maté” en el original] y fumando algunos cigarrillos [“cigaritos” en el original] me preparé la cama para pasar la noche. El viento era muy fuerte y frío, pero nunca dormí más confortablemente”. (Diario, Capítulo VI, 8 de septiembre de 1833).

“Cuando anocheció encendimos un fuego bajo una pequeña enramada de bambúes, freímos nuestro charqui [ídem en el original] (o carne curada de vaca), tomamos nuestro mate, y quedamos enteramente satisfechos. Hay un encanto indescriptible en pasar así la vida al aire libre. La noche estaba serena y silenciosa. Sólo de vez en cuando se oía el penetrante chillido de la vizcacha [“bizcaha” en el original] de la montaña y el apagado grito del chotacabras”. (Diario, Capítulo XII, 16 de agosto de 1834).

Sin embargo, es de presumir, que haya sido algo común en su periplo por el extremo sur de Sudamérica, pues su hijo Francis lo refiere como un recuerdo vívido de su padre:

“Sólo en los últimos años se aficionó definitivamente al tabaco, aunque en sus excursiones a caballo por las pampas aprendió a fumar con los gauchos, y le he oído hablar del gran consuelo que suponía una copa de mate y un cigarrillo cuando descansaba después de una larga cabalgata y le era imposible conseguir algo de comer durante algún tiempo” (Autobiografía, pág. 188)

10. El “ataque” de las vinchucas en Luján de Cuyo

Un episodio que ha hecho pensar a algunos que quizá los repetidos malestares que tuvo que padecer a lo largo de su vida, profusamente señalados en sus cartas y autobiografía, lo mismo que la cardiopatía por la cual muere, hayan sido ocasionados por un episodio ocurrido durante su viaje, con las vinchucas, transmisoras, hoy sabemos, del Mal de Chagas-Maza. En su breve paso por Mendoza a fines de marzo de 1835, luego de haber atravesado la cordillera de los Andes a caballo desde Chile, Darwin relata lo siguiente:

“Cruzamos el río Luján [“Luxan” en el original], que tiene un considerable tamaño, aunque todavía no se conoce perfectamente su curso hacia la costa del mar [se refiere a la costa del Atlántico], y aun es dudoso si en su trayecto por las planicies no se evapora y desaparece. Dormimos en la villa de Luján [Luján de Cuyo] (…). Durante la noche sufrí el ataque (lo que ocurrió no merece menos que ese nombre), de la Benchuca, una especie de Reduvius, la gran chinche negra de las Pampas. Es de lo más repugnante sentir estos insectos, blandos y sin alas, de cerca de una pulgada de largo, arrastrarse por nuestro cuerpo. Antes de succionar son muy delgados, pero después se redondean y llenan de sangre, y en este estado se los aplasta con facilidad. Uno que atrapé en Iquique (también se los encuentra en Chile y Perú) estaba muy vacío. Puesto sobre una mesa y aunque rodeado de gente, si se le presentaba un dedo, el atrevido insecto sacaba inmediatamente su chupador y atacaba sin vacilar, y si se le dejaba, sacaba sangre. La herida no causaba dolor. Era curioso observar su cuerpo durante la succión, y ver cómo en menos de diez minutos se cambiaba desde plano a redondo como una esfera (…).” (Diario, Capítulo 17, 25 de marzo de 1835).


  1. En 1768 comenzó una serie de viajes por Tahití, Nueva Zelanda, el Antártico y Nueva Caledonia. Murió a manos de unos nativos en las islas Sandwich. Darwin hace referencia a él en repetidas ocasiones en su Diario de Viaje.
  2. Alexander F. H. von Humboldt era, en época de Darwin el viajero más famoso y reconocido. De hecho Darwin, según señala en sus cartas, se había sentido halagado y a la vez sorprendido cuando Humboldt manifestó deseos de conocerlo y mucho más cuando, luego, habló muy bien de él.
  3. La bibliografía sobre Darwin y los viajeros por Argentina se encuentra relevada exhaustivamente en Santos Gómez, S. (1983).
  4. Las experiencias del viaje fueron publicadas en Narrative of the Surveying Voyages of His Majesty’s Ships Adventure and Beagle (1826-1843), obra en tres volúmenes editada en Londres en 1939. El primer tomo trata sobre la primera expedición comandada por el capitán Philip P. King entre 1826 y 1830. El segundo comprende la exploración efectuada entre 1831 y 1836 alrededor del mundo bajo el mando de Fitz-Roy en el Beagle. El tercer volumen fue escrito por Darwin. Desde entonces ha recibido varios nombres. En el mismo año de 1939 se publicó como obra aparte bajo el título Journal of Researches into the Geology and Natural History of the Various Countries Visited by H.M.S. Beagle from 1832-1836. En la edición de 1845 se modificó el orden de las materias en el título y se llamó: Journal of Researches into the Natural History and Geology of… El texto definitivo, de 1860, se llamó Naturalist’s voyage round the world, (Diario del viaje de una naturalista alrededor del mundo). Los párrafos que se transcriben en este capítulo y el siguiente los he traducido directamente del Journal of Researches de 1839 y utilizo como referencias para los mismos sólo el número de capítulo y la fecha consignada por Darwin en el original.
  5. Las referencias de la Autobiografía corresponden a la versión en castellano: Charles Darwin. Autobiografía y cartas escogidas, Madrid, Alianza editorial, 1997. Se trata de la publicación que Francis, uno de los hijos de Charles Darwin, hiciera de la autobiografía escrita para la lectura de su familia y de una selección de cartas, luego de la muerte de su padre.
  6. El British Packet era un periódico en lengua inglesa que publicó, semanalmente, la Cámara de Comercio Británica en Buenos Aires desde 1826 hasta 1858.
  7. En el original: “and I should think such a villanous, banditti-like army was never before collected together.”
  8. Todas las aclaraciones, comentarios y advertencias agregadas por mí, a lo largo de los textos citados, se encuentran entre corchetes.
  9. En la edición de 1845, Darwin agrega en una nota al pie: “Esta profecía ha resultado una completa y lastimosa equivocación: 1845.”
  10. Se trata, seguramente, de una de esas historias que forman parte del anecdotario folclórico de personajes importantes, repetidas y exageradas por la tradición oral.
  11. El travesaño de madera (en ocasiones era una soga) que unía los dos postes de la entrada de un corral se llamaba “maroma”, y el salto desde la maroma era una prueba de destreza bastante habitual entre los gauchos.
  12. Un pie tiene 30,5cm de largo, puede dividirse en 12 pulgadas y una pulgada tiene 2,54 cm de largo.
  13. En el original figura “Rolor”, se trataba en verdad del general Mariano Benito Rolón.
  14. Una yarda equivale a tres pies, es decir unos 91,5 cm
  15. Esta noticia transcribe un artículo de “El Mensajero”, periódico de la época.
  16. Woodbine Parish (1796-1882) fue encargado de negocios en Buenos Aires entre 1825 y 1832. Firmó un Tratado de Amistad, Comercio y Navegación entre Gran Bretaña y Argentina en 1825. Alternaba su trabajo diplomático con la investigación en paleontología y geología. Publicó, en 1839, Buenos Ayres and the Provinces of Rio de la Plata, y mantuvo una larga amistad y abundante correspondencia con Darwin.
  17. Darwin, convencido de la visión geológica uniformitarista de Lyell, hace estos señalamientos contra el catastrofismo y señala en una nota al pie que “Estas sequías, en cierto grado, parecen ser casi periódicas; me dijeron las fechas de varias otras, y los intervalos eran de unos quince años”
  18. Darwin asegura que tiene 60.000 habitantes contra 15.000 de Montevideo.


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