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3 Darwin en la Tierra del Fuego

1. Llegada y recepción

Los indios de la pampa habían causado, por sus bárbaras costumbres, gran temor al joven Darwin aunque también elogiara sus condiciones y aptitudes naturales. Pero de los indios fueguinos le impresiona su profunda “inferioridad”. Así describe Darwin la recepción brindada y algunas impresiones sobre los fueguinos:

“17 de diciembre de 1832.-Tras haber acabado con Patagonia y las islas Falkland, describiré nuestra primera llegada a Tierra del Fuego. Apenas después del mediodía doblamos el cabo San Diego y entramos en el famoso estrecho de Le Maire. Nos mantuvimos cerca de la costa fueguina; el perfil de la abrupta e inhóspita isla de los Estados [“Staten-land” en el original] se hacía visible entre las nubes. Por la tarde anclamos en la bahía del Buen Suceso. Al entrar fuimos saludados en la forma propia de los habitantes de estas tierras salvajes. Un grupo de fueguinos, ocultos en parte por el enmarañado bosque, se había subido a un pico que salía sobre el mar, y mientras pasábamos saltaron a la parte más alta, y agitando sus andrajosos mantos lanzaron un fuerte y sonoro grito. Los salvajes siguieron el barco, y precisamente al empezar a oscurecer vimos sus hogueras y oímos de nuevo sus gritos salvajes. (…) Por la mañana el capitán despachó un grupo a comunicarse con los fueguinos. Cuando estuvimos a corta distancia, uno de los cuatro indígenas presentes se adelantó a recibirnos y empezó a gritar con gran vehemencia, deseando indicarnos dónde debíamos desembarcar. Cuando estuvimos en la orilla, los fueguinos parecieron alarmarse pero siguieron hablando y gesticulando con gran rapidez. Era, sin excepción, el más curioso e interesante espectáculo que jamás haya presenciado: imposible imaginar la diferencia que existe entre el hombre salvaje y el civilizado. Es más grande que la que hay entre un animal salvaje y uno domesticado, por lo mismo que hay en el hombre una gran capacidad de perfeccionamiento. El jefe que hablaba era viejo, y parecía ser el cabeza de familia; los otros tres, hombres jóvenes y fuertes, medían seis pies de altura [1,80 metros aproximadamente]. Las mujeres y los niños no aparecieron por allí. Estos fueguinos son de una raza muy distinta de la desgraciada y miserable establecida más hacia el Oeste. Son superiores, parecen tener estrechas afinidades con los famosos patagones del estrecho de Magallanes. Todo su vestido se reduce a una manta hecha de piel de guanaco, con la lana hacia afuera; se la echan sobre los hombros, y no cuidan de que les cubra o no el resto del cuerpo. Tenían la piel de un sucio color rojo cobrizo. El viejo llevaba atada alrededor de la cabeza una cinta con plumas blancas, sujetando en parte sus negros, ásperos y enredados cabellos. Su rostro estaba cruzado por dos anchas barras transversales, una de color rojo brillante, de oreja a oreja, pasando por el labio superior, la otra, blanca como tiza, paralela por arriba de la primera, de modo que coloreaba también los párpados. Los otros dos hombres se adornaban con rayas de polvo negro de carbón. El grupo se parecía mucho a los diablos que salen a escena en obras como Der Freischütz. Sus actitudes eran abyectas, y la expresión de sus rostros, recelosa, sorprendida e inquieta. Luego de haberles regalado alguna prenda escarlata, que inmediatamente se ataron alrededor del cuello, se volvieron buenos amigos. Esto se vio por las palmaditas que el viejo nos dio en el pecho y el tipo de chasquido que hizo, parecido al que hacen las aldeanas para llamar a las gallinas. Di un paseo con el viejo, y esta demostración de amistad se repitió varias veces, terminando con tres golpes que me dio en el pecho y en la espalda al mismo tiempo. Se descubrió entonces el pecho para que yo le devolviera el cumplido, y una vez que lo hice se mostró sumamente complacido. El lenguaje de este pueblo, según nuestro modo de pensar, apenas puede calificarse como articulado. El capitán Cook lo ha comparado al carraspeo que se hace al limpiarse la garganta; pero puedo afirmar ciertamente que ningún europeo se limpia la garganta con sonidos tan roncos y guturales. Son excelentes imitadores; de modo que cada vez que tosíamos, bostezábamos o estornudábamos, ellos nos imitaban. Algunos de mis compañeros empezaron a torcer la vista y mirar de soslayo; pero uno de los jóvenes fueguinos (…) hizo gestos más horribles aún. Podían repetir correctamente toda palabra de lo que les decíamos, y recordarlas por algún tiempo. Nosotros los europeos sabemos lo difícil que es distinguir los sonidos de una lengua extranjera. ¿Quién de nosotros, por ejemplo, sería capaz, de reproducir una sentencia de más de tres palabras, pronunciada por un indio de América? Según parece, todos los salvajes poseen en grado sumo esta capacidad de imitación. Me han dicho que los mismos hábitos ridículos se observaban entre los cafres y del mismo modo los australianos, son notoriamente capaces de imitar con toda perfección el modo de andar de cualquier persona, hasta el punto de ser posible reconocerla. ¿Cómo se puede explicar esta facultad? ¿Es una consecuencia de tener más ejercitados y agudos los sentidos, carácter común a todos los hombres salvajes respecto de los civilizados?

Cuando nuestro grupo entonó una canción, creí que los fueguinos iban a caerse del asombro. La misma sorpresa les produjo nuestro baile; pero uno de los jóvenes, cuando se lo pedí, no tuvo ningún reparo en bailar un vals. A pesar de estar muy poco acostumbrados a tratar con europeos, conocían y temían nuestras armas de fuego: de ninguna manera aceptaron tomar un arma en sus manos. Pidieron cuchillos, designándolos con la palabra española ‘cuchilla’. Explicaron también que los querían, fingiendo tener en la boca un trozo de carne y haciendo como que lo cortaban, en lugar de desgarrarlo”. (Diario, Capítulo X, 17 de diciembre de 1832).

2. Sobre los tres indios fueguinos

En su primera expedición con el Beagle (de 1826 a 1830), Fitz Roy tomó como rehenes a cuatro nativos en Tierra del Fuego, aparentemente en castigo por haber robado uno de los botes balleneros. Les dieron nombres un tanto extraños y peyorativos: Boat Memory (ni Darwin ni Fitz Roy indican su nombre original) que murió rápidamente al llegar a Inglaterra[1], Fuegia Basket (su nombre original en idioma alikhoolip era Yokcushlu, según señala Fitz Roy) y York Minster (su nombre original era El’leparu, también en idioma alikhoolip). A estos tres se agregó un cuarto indio, a quien despectiva y burlonamente, se llamó Jemmy Button (su nombre original en idioma tekeenica era Orundelico), aparentemente por lo que había costado comprarlo (un botón).

En una carta escrita al Capitán King, Robert Fitz Roy relataba el episodio con los fueguinos y expresaba sus intenciones para con ellos en 1830. Cuenta que envió al Sr. Matthew Murray a “Townshend Harbour”, en la costa sur-oeste de Tierra del Fuego, con seis hombres, en un bote ballenero, y que la expedición desembarcó en “Cape Desolation” una saliente de una isla pequeña, a unas doce millas de distancia de su destino. Por la noche, algunos fueguinos se acercaron “con la stucia propia de los salvajes” y robaron el barco. Sin medios para regresar ni para comunicar su situación, armaron una especie de canasta con ramas y la lona de la tienda y tres hombres regresaron al Beagle y dieron aviso. Luego de rescatar a sus hombres Fitz Roy inició la búsqueda del barco perdido sin éxito, aunque encontró partes del mismo en poder de algunas familias. Como no había ningún hombre en ese grupo llevaron a bordo a las mujeres y los niños que, al cabo de algunos días ya se habían escapado salvo tres niñas “dos de las cuales hemos restituido a su propia tribu (…), y la otra está ahora a bordo” (la niña que luego llamaron Fuegia Basket). No queda muy claro en qué circunstancia “un hombre fue tomado como rehén por la recuperación de nuestro barco y para que pudiera ser intérprete y guía. Él vino con poca reticencia y parecía indiferente” (se trata del muchacho que llamaron después Boat Memory). Luego subieron a bordo al que posteriormente llamaron York Minster con el mismo propósito de obtener información. Finalmente subieron a un “muchacho robusto y, a cambio se les dio cuentas, botones y otras menudencias” (se trataba de Jemmy Buttom). Sigue Fitz Roy:

“(…) decidí mantener estos cuatro nativos a bordo, ya que parecían alegres y contentos, y pensé que vivir un corto tiempo en Inglaterra debería producir buenos efectos. Han vivido y se han vestido como marineros y mantienen un excelente estado de salud y son felices. Ellos entienden por qué se han embarcado y esperan con placer conocer nuestro país y también regresar al suyo (…) voy a procurar a estas personas una educación adecuada y, después de dos o tres años, deberán enviarlos o llevarlos de vuelta a su país con elementos útiles para ellos y para mejorar la condición de sus compatriotas que, ahora, son apenas superiores a la creación bruta” (Fitz Roy, 1839, Apéndice, p. 13)

Más allá de las confusas circunstancias en que se embarcó a este grupo de nativos, uno de los hijos del misionero Thomas Bridges (Lucas) que conocía la idiosincrasia de estos grupos, aseguró que ningún nativo hubiese vendido jamás a su hijo “ni siquierea a cambio del HMS Beagle con todo lo que tuviera a bordo” (citado en Chapman 2009, p. 22).

En el viaje siguiente, en el que venía Darwin, fueron traídos de vuelta a América. Pero vale la pena detenerse en algunas de las apreciaciones que hace Fitz Roy en el Tomo II y en su Apéndice de la obra Narrative of the Surveying Voyages of His Majesty’s Ships Adventure and Beagle (1826-1843). El libro incluía un Apéndice con tablas de datos diarios de dirección e intensidad del viento, clima, presión, temperatura, temperatura del agua y localidad en la cual se tomaron los datos; los cambios de rumbo y posición durante la travesía; una serie de cartas recibidas y enviadas; informes de viajeros anteriores; extensos vocabularios que incluían listas de palabras en inglés con sus equivalentes en idiomas alikhoolip, tekeenica, fueguino, huilliche y patagónico. Además, Fitz Roy dedica extensos pasajes de su versión del viaje a explicar no sólo las características de los tres indios que iban a repatriar sino también a describir con enorme detalle las costumbres de los indios patagónicos: características antropométricas, frenológicas, armas, obtención de alimento, propiedad, matrimonio, educación de los niños, salud y enfermedad, ceremonias en general y para los difuntos, caciques, supersticiones e ideas religiosas, la guerra, moralidad, disposiciones, cultivos, ocupación de las mujeres, el fuego, canibalismo, etc. Se trata, cuando menos para la época en que fue escrito, de un trabajo antropológico de enorme importancia. Transcribe un extracto del “Diario de Antonio de Viedma, 1783” que Don Pedro de Angelis le había facilitado a Sir Woodbine Parish, quien a su vez se lo facilitó a Fitz-Roy en 1837. En ese diario se hace una descripción completamente detallada de los indios de la Patagonia.

Pero aquí me interesa traer una serie de consideraciones frenológicas que hace Fitz Roy con relación a los tres indios mencionados. La frenología iniciada por el médico austriaco J. Gall (1758-1828) -que la llamó inicialmente “organología”-, estaba dirigida a detectar las zonas del cerebro en las que se encontraban localizadas con cierta precisión las distintas funciones y características humanas, y cuyo desarrollo ocasionaba la hipertrofia de esas zonas que, a su vez, se reproducía en un abultamiento diferencial del cráneo que les recubría. De modo tal que una buena lectura de ese mapa craneano informaba sobre las cualidades morales e intelectuales innatas de los individuos. Gall estableció casi treinta fuerzas primitivas que se podían medir examinando el cerebro, entre las que se encontraban las correspondientes a la reproducción, el amor, la progenie, la amistad, el odio, el instinto de matar o robar, aunque sus afanes estaban puestos en localizar la memoria, a la que consideraba núcleo del funcionamiento cerebral. Se basaba en cuatro principios: 1) Las facultades intelectuales y morales eran innatas. 2) Su ejercicio dependía de la morfología cerebral. 3) Que el cerebro actuaba como el órgano de todas las facultades intelectuales y morales. 4) Que estaba compuesto por muchas partes, como órganos particulares para ocuparse de todas las funciones naturales de los hombres. Un discípulo suyo, J. K. Spurzheim (1776-1832), que inventó el término “frenología”, con el que hoy se denomina esta teoría, también diseñó las prácticas médicas asociadas consistentes en diagnosticar pautas de comportamiento de un individuo palpando y analizando las protuberancias del cráneo. La frenología, hoy olvidada, fue ciencia oficial en el siglo XIX. Darwin se refiere a ella en su Autobiografía:

“Hace unos años [la Autobiografía la escribió en 1876], los secretarios de una sociedad psicológica alemana me pidieron encarecidamente por carta una fotografía, y algún tiempo después recibí las actas de una de sus reuniones, en las que, al parecer, la configuración de mi cabeza había sido objeto de una discusión pública, y uno de los oradores había declarado que tenía la protuberancia de la reverencia desarrollada como para diez sacerdotes” (Autobiografía, pág. 72)

Según relata Darwin, Fitz Roy le confesó luego de que entraran en confianza que estuvo a punto de no aceptarlo para el viaje a causa de la forma de su nariz, pues estaba convencido de que una persona con esa nariz no tendría ni la energía ni la decisión suficiente para hacer la travesía. El grado de consecuencias beneficiosas del viaje, es expresado por Darwin de esta manera:

“El hecho de que mi mente se desarrollara por medio de las actividades que llevé a cabo durante la travesía, adquiere verosimilitud por un comentario de mi padre, que era el observador más agudo que jamás haya visto, escéptico por naturaleza y que estaba lejos de creer en la frenología; al verme después del viaje se volvió hacia mis hermanas y exclamó: ¡Si le ha cambiado hasta la cabeza! (Autobiografía, pág. 94)

Fitz Roy reproduce una serie de consideraciones proveniente de un cirujano (John Wilson) acerca de la conformación general de los fueguinos y un par de estudios en casos particulares. Comienzan las referencias de Wilson con una curiosa explicación sobre la conformación general del cuerpo de los habitantes de la Tierra del Fuego:

“La morfología general de los fueguinos es peculiar, la cabeza y el cuerpo son especialmente grandes, y las extremidades inusualmente pequeñas: pero los pies son anchos aunque cortos. Esta peculiaridad, sin duda, se debe a su modo de vida. En esta gente que hace poco ejercicio, pero que se sienta constantemente amontonada junto a sus canoas o tiendas indias, la sangre, fuente de alimentación, sólo puede circular libremente, y seguramente en mayor cantidad, en la cabeza y el tronco, dada la obstrucción a su paso en las extremidades, debido a su posición doblada. La misma causa, es decir la falta de ejercicio, da su forma a los esquimales y lapones”. (Fitz Roy, 1839, Apéndice, pág. 142)

Wilson transcribe los resultados del análisis frenológico de dos individuos fueguinos en los cuales se miden, en primer lugar, las propensiones o inclinaciones como la amatividad[2], concentratividad, combatividad, destructividad, constructividad, adquisitividad y secretividad; luego los sentimientos, como autoestima, veneración, amor a la aprobación por parte de los demás, prudencia, benevolencia, esperanza, firmeza; tercero los “órganos intelectuales” en los cuales se apreciaba la forma, medidas, peso, tiempo, ánimo, comparación, causalidad, imitación, agudeza, lenguaje, ordenatividad, numeratividad, localitividad, coloratividad; finalmente los ángulos facial y occipital. Tambien asegura que en los cráneos de los fueguinos se marcaban fuertemente las propensiones, y que sus “órganos intelectuales” eran igualmente pequeños reconociendo que la destructividad, la secretividad y la cautela son facultades necesarias para un “guerrero salvaje”, mientras que los sentimientos más refinados, como la benevolencia, el idealismo, y la conciencia eran pequeños.

A su vez, hacia finales de 1830, Fitz Roy había sometido a los tres indios al examen de un frenólogo cuyos resultados es pecíficos fueron los siguientes:

“YOKCUSHLU, una mujer de 10 años de edad: Fuerte propensión a los afectos. Si es ofendida, se enfurece mucho. Algo de disposición a la astucia pero no al engaño. Manifiesta algo de ingenuidad. No tiene disposición en absoluto a la codicia. Activa obstinación por momentos. Le gusta ser observada y aprobada. Ella mostrará un sentimiento de benevolencia en cuanto pueda. Manifiesta intensos sentimientos hacia un ser supremo. Disposición a la honestidad. Bastante propensa a la mímica y la imitación. Su memoria es buena con relación a los objetos vistos y los lugares, con una fuerte inclinación hacia los lugares en los que ha vivido. No sería difícil hacer de ella un miembro útil para la sociedad en poco tiempo, tan pronto como reciba instrucción.

ORUNDELLICO, un fueguino de quince años: Tendrá que luchar contra la ira, la obstinación, las propensiones animales y la disposición a combatir y destruir. Bastante propenso a la astucia. No es codicioso ni muy ingenioso. Le gusta dirigir y mandar. Muy cauto en sus acciones, aunque le agrada que lo distingan y lo aprueben. Manifiesta intensos sentimientos hacia un ser supremo. Fuertemente propenso a la benevolencia. Se le puede confiar sin peligro el cuidado de propiedades. Su memoria, en general es buena, sobre todo hacia las personas, lugares y los objetos relacionados con los sentidos. Muestra una firme adhesión a los sitios a los que está acostumbrado. Al igual que la mujer [Yokcushlu o Fuegia Basket], está listo para recibir educación y se lo podría convertir en un miembro útil para la sociedad; aunque hace falta gran cuidado, ya que su obstinación podría interferir mucho en esa tarea.

EL’LEPARU, de veintiocho años: Pasiones muy fuertes, particularmente aquellas de naturaleza animal; obstinado, positivo y decidido. Tiene gran afecto por los niños, las personas y los lugares. Disposición a la astucia y a la precaución. Muestra una comprensión acabada de las cosas y algo de ingenuidad. Personalidad dominante y que presta atención al valor de la propiedad. Su fuerte propensión a gustar del elogio y la aprobación, son rasgos de su conducta que deben ser tomados en cuenta. Bondadoso con aquellos que le prestan un servicio. Es reservado y desconfiado. No tiene los fuertes sentimientos hacia la divinidad como sus dos compañeros. Es muy agradecido de los favores pero reservado para manifestarlo. Su memoria, en general, es buena: no encontraría dificultad alguna en la historia natural u otras ramas de la ciencia, si se les enseñaran; pero, dada su enorme terquedad será dificultoso instruirlo y requerirá una gran dosis de humor e indulgencia para llevarlo a que realice lo necesario”. (Fitz Roy, 1939, Apéndice, pág. 147)

3. Los “otros” en la mentalidad decimonónica

Con posterioridad, Fitz Roy cuenta que antes de su vuelta a la Tierra del Fuego, estos tres indios fueron recibidos y colmados de regalos por parte del rey Guillermo IV y la reina Adelaida de Inglaterra. Huxley y Kettlewel (1965) señalan en su biografía de Darwin, a propósito de la dramática experiencia:

“Se había reflexionado mucho sobre aquel proyecto. Junto con semillas de repollo, trigo y otras plantas, la Sociedad Misionera [Church Missionary Society] había donado medios de equipamiento que consideraba esenciales. Darwin comenta ‘la elección de los artículos reflejaba una negligencia y una estupidez imperdonables. Vasos de vino, servicios de té, neceseres de caoba, delicada ropa de cama blanca, sombreros de castor y una interminable variedad de cosas por el estilo’. Aquella falta de imaginación le debió molestar sobremanera” (Huxley y Kettlewel, 1965 [1984, pág. 45])

En la primera mitad del siglo XIX (y por mucho tiempo más) la creencia en las jerarquías raciales era moneda corriente. Darwin, en este sentido, no podía ser la excepción, aunque despreciaba con mucha vehemencia las prácticas esclavistas como aparece en varios de sus escritos y en los testimonios de terceros. El siglo XIX inaugura un abordaje nuevo y sanciona científicamente[3] la antigua convicción de las jerarquías raciales. Pero, además, el discurso racista no sólo reproduce el clásico cuadro estático de las razas superiores e inferiores sino que también incorpora, en clave evolucionista (pero no darwinista, al menos en la primera mitad del siglo XIX), la idea según la cual la historia natural del hombre en cuanto especie biológica, también habría producido la historia cultural de los hombres, de modo tal que esa clasificación de las razas reproducía también los misterios del proceso civilizador al explicar por qué algunas sociedades habrían realizado esa marcha hacia adelante más rápidamente y mejor que otras (véase Hermann, 1997). Este segundo aspecto, que empalma con la idea generalizada de la evolución cultural y que “enriquece” el concepto de mera inferioridad considerada de un modo tipológico y estático, probablemente sea más importante que el primero y expresa con toda claridad la dialéctica decadencia/progreso que explica las interpretaciones acerca de los diversos desarrollos culturales. En este sentido, como ya hemos señalado, el siglo XIX es evolucionista en clave socioantroplógica, que incluye la idea del progreso como elemento central y que considera que el mundo europeo representa el punto más alto de ese progreso.

Pero en la consideración del “otro”, de los otros pueblos, sobre todo los pueblos dominados y con menores recursos no solo juega un papel fundamental la ciencia biológica, sino también el desarrollo particular de la teoría antropológica para dar cuenta de las diferencias culturales y las costumbres de esos otros pueblos (lenguaje, religión, rituales, etc.). Este complejo proceso cuyo resultado visible es el modo en que Europa conceptualiza y asume a los “otros” surge de la encrucijada de al menos tres grandes fuentes: el llamado “descubrimiento del Nuevo Mundo” que forzó de hecho el enfrentamiento de culturas muy heterogéneas; la fortísima convicción acerca del progreso de la Humanidad que surge de la Ilustración y la aparaición de El Origen.

Un aspecto brutal, discriminatorio y vergonzoso de la asimilación de la inferioridad de los indígenas al mundo europeo fue su exposición pública en verdaderos zoológicos humanos. Aunque esa costumbre tiene antecedentes más antiguos (de hecho Cristóbal Colón había llevado indígenas a su vuelta a España), el siglo XIX fue generalizando esta práctica a medida que transcurría. La conocida “Venus hotentote” (su verdadero nombre era Sara Baartman, de la nación nama) fue exhibida en Londres hasta 1815 en que murió. En la década del ’70 se generalizaron estas exposiciones. En 1881, 11 fueguinos que habían sido raptados en la zona del Estrecho de Magallanes por un marino alemán, comenzaron a exhibirse en París en el Jardín de Aclimatación, y luego en distintas ciudades alemanas. Como varios fueron muriendo por distintas enfermedades, fueron devueltos a su país, al cual sólo llegaron cuatro sobrevivientes.

También en París, en 1889, y en ocasión del centenario de la Revolución francesa se celebró la Exposición Universal donde se expusieron once indígenas de una familia, en una jaula en condiciones miserables para acentuar el aspecto salvaje. Estas exposiciones se repetían no sin los reclamos de grupos y personas que abogaban por terminar con estas prácticas[4].

El caso más conocido en la Argentina es el del cacique Modesto Inacayal. Había sido uno de los últimos jefes que resistió la avanzada del Gral. Julio A. Roca. Luego de un ataque a traición del coronel Villegas (con quien tenía buenas relaciones y tratativas de paz en marcha) cerca del lago Nahuel Huapi, Inacayal huyó hacia el sur y resistió tres años. En 1884 se entregó y fue encarcelado en la isla Martín García de la cual lo rescató el perito Francisco José Pascasio Moreno (1852-1919), director del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, en reconocimiento a los favores y hospitalidad recibidos por parte del cacique en sus viajes por la Patagonia. Moreno lo lleva al Museo donde muere en 1888 por causas no del todo claras. El secretario de Moreno, Clemente Onelli (testigo presencial) narra en términos épicos y heroicos la muerte de Inacayal:

“Un día, cuando el sol poniente teñía de púrpura el majestuoso propileo de aquel edificio (…), sostenido por dos indios, apareció Inacayal allá arriba, en la escalera monumental; se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol, otro larguísimo hacia el sur; habló palabras desconocidas y, en el crepúsculo, la sombra agobiada de ese viejo señor de la tierra se desvaneció como la rápida evocación de un mundo. Esa misma noche, Inacayal moría, quizás contento de que el vencedor le hubiese permitido saludar al sol de su patria”.

Sin embargo, la realidad de estos grupos, era más penosa y triste que gloriosa y épica. El diario La Capital, de La plata, del 27 de septiembre de 1887 denuncia que “han muerto en el museo tres indios de las dos familias que allí viven por cuenta del gobierno.” Que hacía pocos días había muerto una india y que el cadáver “desollado allí mismo, al objeto de disecar el esqueleto” y no se sabe dónde enterraron el resto. Un día después muere una “indiecita de 7 años” y su cadáver inhumado en el Parque del Museo sin intervención aparente de las autoridades municipales, acta de defunción e intervencion médica alguna. Un día después (un día antes de la nota del diario) murió Inacayal y “a la hora que escribimos (11 a.m.) lo están DESCUARTIZANDO, en el mismo museo, igualmente sin intervención de la autoridad”. Pero quizá lo más llamativo sea la respuesta del Director del Museo, Moreno, que, a la sazón había salvado a Inacayal y su familia de la prisión:

“Respondiendo a las preguntas que el Sr. Comisionado tuvo a bien hacerme ayer en su visita a este museo, tengo el honor de informarle que la causa de no haber puesto en su conocimiento, tan luego de sucedido, los fallecimientos de los indios á que se refiere la denuncia de LA CAPITAL, fue el haber considerado suficiente la autorización verbal que para la disección en el laboratorio de este establecimiento e inhumación en sus terrenos de los restos innecesarios al estudio anatómico de los cuerpos, de los citados indios, había recibido del Sr. presidente del consejo de higiene. Esta autorización fue solicitada a mediados de este mes en revisión del fallecimiento de algunos de los indígenas enfermos y lo hice dado el interés escepcional (sic) que para la ciencia antropológica tendrían estas disecciones, por tratarse de los últimos representantes de razas que se estinguen (sic) y de las que no se han hecho estudios todavía” (citado en Oldani et al, 2011).

Pero veamos cómo describe Darwin la experiencia de la reubicación de los tres indios en sus tierras natales:

“Durante el primer viaje del Adventure y el Beagle, entre 1826 y 1830, el capitán Fitz Roy se apoderó de un grupo de nativos, en calidad de rehenes, por la pérdida de un bote que había sido robado, con gran riesgo para un grupo que estaba realizando un relevamiento (…) se los llevó consigo a Inglaterra decidido a educarlos e instruirlos en la religión, a sus expensas. Devolver a estos nativos a su propio país fue uno de los principales motivos que llevaron al capitán Fitz Roy a emprender nuestro actual viaje (…). Los nativos venían acompañados por un misionero, el Rdo. Matthews (…) ahora teníamos a bordo a York Minster; Jemmy Button (cuyo nombre aludía al precio de su compra), y Fuegia Basket. York Minster era bajo, grueso y muy fuerte, de carácter reservado, taciturno, lento y violentamente apasionado cuando se excitaba; era muy afectuoso con algunos pocos amigos a bordo y era muy inteligente. Jemmy Button era el preferido, e igualmente apasionado; la expresión de su rostro reflejaba su buena disposición. Era alegre, reía a menudo y se compadecía de las desgracias ajenas: cuando el mar estaba picado, yo solía tener pequeños mareos y él venía a verme y me decía con acento apenado: ‘¡Pobre, pobre amigo!’, pero pensar que un hombre pueda marearse después de llevar tanto tiempo en el mar, era demasiado ridículo y generalmente se veía forzado a volver la cabeza para ocultar una sonrisa o una carcajada, y volvía a repetir: ‘¡Pobre, pobre amigo!’ Quería a su patria, y le gustaba elogiar a su tribu y a su país, diciendo que había en él ‘muchos árboles’; pero se burlaba de las otras tribus. Aseguraba que en su tierra no había diablo. Jemmy era bajo, grueso y gordo, y muy vanidoso de su apariencia personal; solía llevar siempre guantes, el cabello prolijamente cortado y se incomodaba mucho cuando sus bien lustrados zapatos se le manchaban. Le gustaba mucho mirarse al espejo; un alegre niño indio del río Negro, que tuvimos a bordo algunos meses, muy pronto se dio cuenta de eso y solía burlarse. Jemmy, que estaba siempre celoso de las atenciones dispensadas a este niño, se disgustaba y solía decir, moviendo despectivamente la cabeza: ‘Demasiado travieso’. Cuando reflexiono sobre sus muchas buenas cualidades, me parece admirable, que pertenezcan a la misma raza y participen del mismo carácter que los miserables y degradados salvajes que encontramos aquí por primera vez. Finalmente, Fuegia Basket era una linda muchachita, modesta y reservada, con una expresión afable, aunque triste a veces y muy rápida para aprender cualquier cosa, y especialmente idiomas. Así lo demostró con el portugués y español, en el corto tiempo que se detuvo en Río de Janeiro y Montevideo, y en su conocimiento del inglés. York Minster tenía celos de cualquier atención que se tuviera con ella; quedaba claro que él estaba decidido a casarse con ella tan pronto como desembarcase. Aunque los tres podían hablar y entender bastante el inglés, era muy difícil obtener de ellos información referente a las costumbres de sus compatriotas: esto se debía en parte a la gran dificultad que tenían en la comprensión de las alternativas más simples. Cualquiera que esté acostumbrado a tratar con niños muy pequeños sabe que rara vez se pueden obtener respuestas seguras a preguntas tan sencillas como la de si una cosa es blanca o negra; las ideas de blanco y negro parecen ocupar alternativamente su mente. Lo mismo pasaba con estos fueguinos, y por eso era generalmente imposible averiguar, a través de preguntas, si habían entendido bien lo que contestaban. Poseían una vista de una agudeza extraordinaria; esto es conocido por los marinos, que por su larga práctica, distinguen mejor los objetos distantes que las personas de tierra; pero tanto York como Jemmy eran muy superiores a cualquiera de los marinos de a bordo; en varias ocasiones dijeron lo que eran bultos confusos que se veían a lo lejos, y aunque todos dudaran, se comprobó que tenían razón cuando se examinaba con el catalejo. Ellos eran concientes de su poder, y Jemmy, después de alguna pelea con el oficial de guardia, solía exclamar: ‘Yo ver barco, yo no decir’. [“Me see ship, me no tell” en el original]

Fue interesante observar, cuando desembarcamos, la conducta de los salvajes para con Jemmy Button; ellos inmediatamente notaron la diferencia entre él y nosotros y hablaron mucho entre ellos sobre el asunto. El viejo dirigió una larga arenga a Jemmy, exhortándole, al parecer, a que se quedara con ellos. Pero Jemmy entendió muy poco de su lenguaje, y por otra parte se avergonzaba completamente de sus paisanos. Cuando después desembarcó York Minster le reconocieron de igual modo, y le dijeron que debía afeitarse, a pesar de que no tenía más de veinte pelos en su cara y de que todos nosotros llevábamos la barba crecida y descuidada. Examinaron el color de su piel y la compararon con la nuestra. Cuando uno de los nuestros descubrió su brazo, expresaron la mayor sorpresa y admiración por su blancura, en la misma forma que he visto hacerlo al orangután [“orang-outang” en el original] en los Jardines Zoológicos. Creemos que tomaron a dos o tres oficiales, algo bajos y rubios, aunque con una larga barba, por las señoritas de nuestra expedición. El más alto de los fueguinos estaba complacido de llamar la atención por su estatura. Cuando, para medirse, se pusieron espalda con espalda con el más alto de los que íbamos en el bote, trató de colocarse en un lugar un poco más alto y ponerse en puntas de pie. Abrió la boca para mostrarnos sus dientes y giró la cara, para que la viéramos de perfil; y todo ello fue hecho con tal satisfacción, que indudablemente se tenía por el hombre más hermoso de Tierra del Fuego. Después de nuestra primera impresión de gran asombro, nada podría ser más ridículo que la extraña mezcla de sorpresa e imitación manifestada constantemente por estos salvajes. (Diario, Capítulo X, 17 de diciembre de 1833) (…)

25 de diciembre.- (…) Esta parte de Tierra del Fuego puede considerarse como el extremo sumergido de la cadena montañosa ya mencionada. El abra toma su nombre de ‘Wigwam’ que son algunas viviendas de los fueguinos; pero todas las bahías próximas podrían llamarse así con igual propiedad. Los habitantes, que se alimentan especialmente de mariscos, se ven obligados a cambiar constantemente de residencia; pero regresan cada tanto, como lo demuestran los montones de antiguas conchas, que frecuentemente ascienden a muchas toneladas. Estos montones pueden distinguirse a larga distancia por el color verde brillante de ciertas plantas que, invariablemente, las cubren. (…) El wigwam fueguina se parece a una montaña de heno por su forma y dimensiones. Se compone, simplemente, de unas cuantas ramas clavadas en el suelo, techada muy imperfectamente en un lado con algunos atados de hierba y juncos. Hacerla no puede llevar más de una hora, y se utiliza sólo unos pocos días. En Goeree Roads vi un sitio donde había dormido uno de estos hombres desnudos, y apenas había abrigo suficiente para una liebre. Ese hombre, sin duda vivía solo; y York Minster dijo que era un ‘muy mal hombre’, y probablemente había robado algo. En la costa occidental, sin embargo, los wigwams son algo mejores, pues están cubiertos de pieles de foca. Aquí estuvimos detenidos algunos días por el mal tiempo. El clima es realmente muy duro: había pasado el solsticio de verano, y, no obstante, diariamente nevaba en las montañas, y en los valles caían lluvias acompañadas de aguanieve, El termómetro generalmente estaba sobre los 45º [se trata de grados Farenheit, equivalentes a unos 7º centígrados] pero por las noches bajaba a los 38° o 40° [unos 3º o 4º centígrados]. A causa del estado tempestuoso y húmedo de la atmósfera, sin un rayo de Sol que la alegrara, el clima parecía mucho peor de lo que en realidad era. Mientras recorríamos un día la playa cerca de la isla Wollaston, pasamos junto a una canoa con seis fueguinos, y no he visto en ninguna parte criaturas más abyectas y miserables. En la costa oriental, según hemos visto, los nativos tienen mantas hechas de pieles de guanaco, y en el Oeste pieles de focas. Pero entre estas tribus centrales los hombres sólo llevan una piel de nutria o algún trozo de pellejo del tamaño de un pañuelo de mano, que apenas es suficiente para cubrir desde sus espaldas hasta los riñones. Llevan esas pieles atadas con cuerdas cruzando el pecho, y con el viento ondean de un lado a otro. Pero estos fueguinos de la canoa estaban completamente desnudos, lo mismo que una mujer adulta que los acompañaba. Llovía copiosamente, y el agua, junto con las salpicaduras del mar, les caía por todo el cuerpo. En otro fondeadero, no muy lejano, una mujer que daba de mamar a un niño recién nacido vino un día al costado del barco, y permaneció allí por pura curiosidad, ¡mientras la nieve caía y se acumulaba en su desnudo seno y sobre la piel desnuda del niño! Estos pobres desgraciados se habían detenido en su crecimiento; sus horribles rostros estaban embadurnados de pintura blanca; sus pieles eran sucias y grasientas; el cabello, enmarañado; las voces, discordantes, y sus gestos, violentos. Viendo tales hombres, cuesta creer que sean criaturas semejantes a uno y habitantes del mismo mundo. Es común preguntarse qué placeres puede ofrecer la vida de ciertos animales inferiores; pero ¡más razonable sería hacer la misma pregunta con respecto a estos bárbaros! Por la noche, cinco o seis seres humanos, desnudos y protegidos apenas contra el viento y la lluvia de este clima tempestuoso, duermen en la tierra húmeda, hechos un ovillo, como animales. Siempre que hay bajamar, en invierno o en verano, de noche o de día, ellos deben dedicarse a sacar mariscos de las rocas; y las mujeres bucean en busca de erizos de mar, o bien se sientan pacientemente en sus canoas, y con una cuerda de pelo sin anzuelo de ninguna clase, sacan pececillos. Cuando se mata una foca o se descubre el cadáver flotante y en putrefacción de alguna ballena, es una fiesta, y esa miserable comida se acompaña con bayas y hongos insípidos. Frecuentemente pasan hambre: oí al señor Low, patrón de un barco y muy bien relacionado con los nativos de esta región, contar la situación en que se hallaron 150 fueguinos de la costa occidental, desnutridos y angustiados. Una sucesión de temporales impidió a las mujeres recoger mariscos en las rocas, y a los hombres salir en sus canoas a cazar focas. Un pequeño grupo de estos hombres salió una mañana, y los otros indios le explicaron a Low que iban a hacer un viaje de cuatro días en busca de alimentos. A su regreso, Low fue a su encuentro y los encontró excesivamente cansados, pues cada hombre iba cargado con una gran pieza cuadrada de una ballena pútrida, con un agujero en el medio, a través del cual metía la cabeza, como lo hacen los gauchos con sus ponchos o mantas de abrigo. Tan pronto como la grasa fue llevada a un wigwam, un viejo la cortó en lonjas y, musitando sobre ellas, las puso al fuego por un minuto y las distribuyó entre el famélico grupo, que durante este tiempo guardó el silencio más profundo. El señor Low cree que siempre que es arrojada a la playa alguna ballena los nativos entierran grandes trozos en la arena para utilizarlos en épocas de hambre; y un muchacho nativo, que teníamos a bordo, halló una vez uno de estos depósitos. Las diferentes tribus, cuando están en guerra, son caníbales. De dos testimonios similares, y completamente independientes, el del muchacho señalado por el Sr. Low, y el de Jemmy Button, es realmente verdad que cuando en invierno los aprieta el hambre matan y devoran a las ancianas, antes de matar a sus perros. El muchacho, interrogado por el Sr. Low acerca de por qué hacían eso, respondió: ‘Los perros atrapan nutrias, y las viejas no’. El muchacho describió el modo que tienen de matarlas, sujetándolas sobre el humo, hasta que se asfixian; él imitaba sus chillidos como una broma, y señalaba las partes de sus cuerpos consideradas mejores para comer. Si es horrible una muerte así, a manos de amigos y parientes, ¡todavía parecen más espantosos los temores de las ancianas cuando el hambre comienza a apretar! Me contaron que a menudo huyen a las, montañas; pero son atrapadas por los hombres que las vuelven a traer a sus hogares para sacrificarlas. El capitán Fitz Roy nunca pudo comprobar que los fueguinos tuvieran una creencia bien definida en la vida futura. Unas veces entierran a sus muertos en cuevas, y otras en los bosques de las montañas; no conocemos qué tipo de ceremonias realizan. Jemmy Button no quiso nunca comer aves de tierra, porque ‘comen hombres muertos’, y no se atreven a mencionar a sus amigos muertos. No tenemos razones para pensar que tengan alguna clase de culto religioso; aunque tal vez fuera algo así, el murmullo del viejo antes de distribuir la ballena podrida entre sus hambrientos compañeros. Cada familia o tribu tiene un hechicero o médico mago, cuyo oficio no pudimos detectar con claridad. Jemmy creía en sueños, pero, como nos dijo, no en el diablo: no creo que nuestros fueguinos fueran más supersticiosos que algunos de los marineros, pues un viejo oficial creía firmemente que los temporales sucesivos que sufrimos en el cabo de Hornos eran causados por tener fueguinos a bordo del barco. Lo más cercano a un sentimiento religioso que yo escuché, fue por parte de York Minster, quien, cuando el Sr. Bynoe mató a algunos patos jóvenes con su escopeta, declaró de la manera más solemne: ‘¡Oh, míster Bynoe, mucha lluvia, nieve, mucha niebla!’. Era, evidentemente, un castigo por haber derrochado alimento. Nos contó también, de una manera salvaje y excitada, que su hermano, un día que volvía de recoger algunos pájaros muertos que había dejado en la costa; observó algunas plumas arrastradas por el viento. Su hermano dijo (York lo imitaba): ‘¿Qué es esto?’, y avanzando arrastrándose y mirando por encima del acantilado, vio ‘al hombre salvaje’ que las estaba recogiendo. Se arrastró hasta estar un poco más cerca, le arrojó una gran piedra y lo mató. York señaló que después hubo muchas tormentas por largo tiempo, y cayó mucha lluvia y nieve. Según lo que pudimos entender, él parecía considerar a los agentes naturales mismos como agentes vengadores; parece claro que de un modo natural, en razas un poco más adelantadas en su cultura, los elementos mismos fueran personificados. Quiénes fueran esos ‘malos hombres salvajes’ es, para mí, un gran misterio: de lo que York dijo cuando hallamos el lugar, donde un hombre solo había dormido la noche antes, yo habría creído que eran ladrones expulsados por sus tribus; pero otras expresiones ambiguas me hacen dudar de ello; varias veces he imaginado que la explicación más probable era que se trataba de dementes.

Las diversas tribus no tienen gobierno ni jefe; cada una se halla rodeada de otras tribus hostiles, que hablan diferentes dialectos, y separadas unas de otras sólo por una zona desierta o territorio neutral; los medios de subsistencia parecen ser la causa de sus guerras. El país es un conjunto de barrancos, rocas abruptas, montañas escarpadas y bosques inútiles; y todo esto envuelto en neblinas y tempestades. La parte habitable se reduce a las piedras de la playa; para buscar el alimento se ven obligados incesantemente a vagar de un sitio a otro, y tan inaccesible es la costa, que sólo pueden movilizarse en sus miserables canoas. Ellos no conocen el sentimiento de amor al hogar, y mucho menos afectos domésticos. El marido trata a la mujer como un amo brutal a un esclavo trabajador. ¿Hay hecho más horrible que el presenciado en la costa occidental por Byron, que vio a una infeliz madre recoger el cadáver ensangrentado de su hijo moribundo, a quien el marido, furioso, había arrojado contra las piedras por haber dejado caer una canasta de erizos de mar? ¡Qué poco deben utilizar las facultades más altas del espíritu: la imaginación para describir, la razón para comparar y el juicio para discernir? Arrancar mariscos de las rocas a golpes ni siquiera hace necesaria la astucia, que es la más baja de las dotes intelectuales. Su destreza para algunas cosas puede compararse al instinto de los animales, porque no se perfecciona con la experiencia: la canoa, su aparato más ingenioso, tan pobre como es, ha permanecido invariable, según sabemos por Drake, durante los últimos doscientos cincuenta años. Al contemplar a estos salvajes uno se pregunta: ¿De dónde provienen? ¿Qué pudo haber tentado o qué cambio obligó a una tribu de hombres a dejar las hermosas regiones del Norte, bajar por la Cordillera o espinazo de América, inventar y construir canoas que no usan las tribus de Chile, Perú y el Brasil, y entrar después en una de las regiones más inhóspitas del globo? Aunque tales reflexiones asalten la mente por un momento, debemos tener por cierto que en parte son erróneas. No hay razón para creer que los fueguinos disminuyan en cantidad; por tanto, hay que suponerlos que gozan de satisfacciones, de la clase que ellas fueren, que les hacen más llevadera la vida. La Naturaleza, al otorgarle tanto poder al hábito y sus efectos hereditarios, ha adaptado a los fueguinos al clima y a los productos miserables de su país. (Diario, Capítulo X, 25 de diciembre de 1833).

(…) 15 de enero de 1833.- El Beagle ancló en Goeree Roads. El capitán Fitz Roy que había resuelto instalar a los fueguinos en Ponsonby Sound, conforme a sus deseos, equipó cuatro botes para llevarlos allí, a través del Canal del Beagle. Este canal, que había sido descubierto por el capitán Fitz Roy durante el último viaje, es uno de los rasgos más notables de la geografía de este país, como lo sería en cualquier otro: se lo puede comparar con el valle de Lochness [Loch-ness en el original], en Escocia, con su cadena de lagos y fiordos. (…) Es la residencia de la tribu de Jemmy Button y de su familia.

19 de enero.-Tres botes balleneros y la yola, con un grupo de 28 personas, partieron bajo el mando del capitán Fitz Roy. Por la tarde entramos en la boca oriental del canal, y poco después hallamos un pequeño fondeadero bien abrigado y oculto por algunas islitas próximas. Aquí armamos nuestras tiendas y encendimos las hogueras. Nada podría ser más confortable que este sitio. El agua clara de la pequeña bahía, las ramas de los árboles colgando sobre la rocosa playa; los botes anclados; las tiendas sostenidas por los remos cruzados; el humo que subía en espirales a perderse en el valle arbolado, formaban un cuadro de tranquilo retiro. Al siguiente día (20) avanzamos con nuestra pequeña flota, y llegamos a una región más habitada. Pocos o ninguno de esos nativos debía haber visto a un hombre blanco; ciertamente nada podría dejarlos más atónitos que la aparición de los cuatro botes. Por todos lados se encendieron fuegos (de aquí el nombre de Tierra del Fuego), tanto para llamar nuestra atención, como para difundir las nuevas por todas partes. Algunos hombres vinieron corriendo por la costa desde varias millas de distancia. Jamás olvidaré el aspecto salvaje y bestial de uno de los grupos; de repente cuatro o cinco hombres llegaron al borde de un precipicio; estaban completamente desnudos, y sus largas cabelleras caían revueltas sobre el rostro; llevaban nudosos garrotes en sus manos, y saltando agitaban los brazos alrededor de la cabeza y proferían los alaridos más horribles.

A la hora de cenar desembarcamos entre un grupo de fueguinos. Al principio no se mostraron amigables, pues mientras el capitán ordenaba los demás botes mantuvieron los palos que llevaba en sus manos. Pronto, sin embargo, los contentamos con baratijas, tales como cintas rojas, que les atamos alrededor de la cabeza. Les gustaban nuestras galletas; pero uno de los salvajes probó con el dedo un poco de carne conservada en lata, de la que yo estaba comiendo, y sintiéndola blanda y fría, se mostró muy asqueado, como si fuera grasa podrida de ballena. Jemmy se avergonzaba de sus compatriotas, y manifestó que su tribu era completamente diferente, en lo cual estaba dolorosamente equivocado. Era tan fácil complacer a estos salvajes como difícil dejarlos satisfechos. Jóvenes y viejos, hombres y niños no paraban de repetir la palabra yammerschooner [ídem en el original], que significaba “dame”. Después de señalar con el dedo todos los objetos, una y otra vez, hasta los botones de nuestras chaquetas, acabaron repitiendo su expresión favorita en todos los tonos posibles, hasta hacerlo mecánicamente y vacía de significado.

Después de yammerschoonear [“yammerschoonering” en el original] con insistencia por cualquier cosa y no se les daba apuntaban a sus mujeres e hijos, como diciendo: ‘Ya que no me das a mí, dáselo a ellos’. Por la noche buscamos en vano algún lugar abrigado deshabitado, y finalmente tuvimos que acampar no lejos de un grupo de nativos. Eran muy inofensivos en la medida en que eran pocos; pero por la mañana (21), al unírseles otros, comenzaron a mostrarse hostiles, y creímos que nos íbamos a ver envueltos en una escaramuza. Un hombre civilizado se encuentra con una gran desventaja al tratar con salvajes como éstos, que no tienen la menor idea del poder de las armas de fuego. Al levantar el mosquete le parece, al salvaje, muy inferior al hombre armado de arco y flechas, de lanza y hasta de un simple garrote. Y no es fácil hacerles comprender la superioridad de nuestras armas excepto con un disparo fatal. Lo mismo que las bestias, tienen muy poco en cuenta la cantidad; cada individuo, si es agredido, en lugar de retirarse, intentará destrozar de una pedrada la cabeza del adversario, del mismo modo que lo haría un tigre en similares circunstancias. En una ocasión en que, por buenas razones, el capitán Fitz Roy pretendía alejar a un pequeño grupo, comenzó a blandir un florete cerca de ellos pero sólo se echaron a reír; tuvo entonces que hacer dos disparos cerca de uno de los nativos. El hombre miró asombrado y se rascó la cabeza; luego miró fijamente un rato, farfulló con sus compañeros; pero nunca dio la menor señal de querer huir. Difícilmente podamos ponernos en la posición de estos salvajes y comprender sus acciones. En el caso de este fueguino, la posibilidad de que pudiera producirse junto a su oído un estruendo como el del arma de fuego, no entraba en su mente. Quizá él, literalmente, ni siquiera distinguió si había sido un sonido o un golpe, y por eso, muy naturalmente, se rascó la cabeza. Del mismo modo, cuando un salvaje ve la marca hecha por una bala, seguramente no comprenderá cabalmente desde el primer momento cómo es que eso ha ocurrido; el hecho de un cuerpo invisible por su velocidad es para él totalmente inconcebible. Además, la extraordinaria fuerza de una bala, que penetra una substancia dura sin romperla, podría convencer al salvaje de que no existe tal fuerza. (…)

22 de enero.-Después de pasar una noche tranquila en un territorio que parecía ser neutral entre la tribu de Jemmy y la gente que vimos ayer, reiniciamos agradablemente nuestra navegación. No conozco nada que ponga mejor de manifiesto el estado de hostilidad en que viven estas tribus que lo que ocurre en estas zonas intermedias o neutrales. Aunque Jemmy Button conocía perfectamente la fuerza con que contábamos, no se mostró dispuesto a desembarcar entre las tribus enemigas próximas a la suya. Frecuentemente nos contó cómo, ‘cuando la hoja enrojece’ [es decir en otoño], los salvajes hombres Oens [“savage Oens men” en el original, se refiere a los indios Onas], cruzaban las montañas desde la costa oriental de Tierra del Fuego y realizaban incursiones sobre los nativos de esta parte del país. Era muy curioso observarlo cuando hablaba de esto, con los ojos chispeantes de animación y el rostro tomando una expresión salvaje. (…)

Por la noche dormimos cerca de la unión entre Ponsonby Sound y el Canal del Beagle. Una pequeña familia de fueguinos que vivía en el fondeadero, completamente pacíficos e inofensivos, muy pronto se nos unió alrededor de la hoguera. Nosotros estábamos bien abrigados, y aunque estábamos sentados cerca del fuego, no teníamos calor; pero los salvajes, a pesar de estar desnudos y más alejados de la hoguera, para nuestra sorpresa, les caía abundante transpiración por el cuerpo. Sin embargo, parecían estar muy complacidos y se unieron a las canciones del coro de marineros; pero la manera en que invariablemente se retrasaban en cada frase era cómica. Durante la noche la noticia de nuestra llegada se difundió; y temprano por la mañana (día 23) llegó un nuevo grupo de la tribu de Tekenika, que era la de Jemmy. Algunos de ellos habían venido corriendo tan de prisa que sangraban por la nariz, y les salía espuma por la boca al hablar rápidamente; y con sus cuerpos desnudos, pintados de negro, blanco y rojo, parecían demonios que habían estado peleando. Proseguimos viaje bajando el Ponsonby Sound (acompañados por 12 canoas, cada una de ellas con cuatro o cinco personas) hasta el sitio en que el pobre Jemmy esperaba encontrar a su madre y a sus parientes. Ya le habían dicho que su padre estaba muerto; pero como había tenido un ‘sueño en su cabeza’ al respecto, no pareció muy preocupado por ello, y a menudo se consolaba con una reflexión muy natural: ‘Mi no poder ayudarlo’ [“Me no help it” en el original]. No pudo obtener detalle alguno sobre la muerte de su padre, porque sus parientes no quisieron contarle. Jemmy estaba ahora en una zona bien conocida por él, y condujo los botes a un fondeadero abrigado llamado Woollya, rodeado de islotes, cada uno de los cuales, así como cada punta, tenía su nombre particular en lengua nativa. En este lugar hallamos a una familia de la tribu de Jemmy, pero no a sus parientes; nos hicimos amigos de ellos, y por la tarde enviaron una canoa a avisarle a la madre y a los hermanos. Alrededor del fondeadero hay algunos acres[5] de tierra cultivable, que no está cubierta (como sucede con el resto) de turba o de bosque. El capitán Fitz Roy intentó en un principio, como ya señalé, llevar a York Minster y a Fuegia a su propia tierra, en la costa occidental; pero como ellos expresaron sus deseos de permanecer allí, y siendo el lugar muy favorable, el capitán resolvió que todos permaneciéramos allí, incluso Matthews, el misionero. Tardamos cinco días en construirles tres grandes wigwams, desembarcar sus cosas, preparar dos jardines y sembrar semillas.

La mañana siguiente a nuestro arribo, (el día 24), empezaron a llegar los fueguinos y vinieron la madre y los hermanos de Jemmy. Éste reconoció la voz estentórea de uno de sus hermanos a gran distancia. El encuentro fue menos interesante que el de un caballo, que al volver del campo, se encuentra con sus viejos compañeros. No hubo la menor demostración de afecto; se miraron el uno al otro por un momento, y la madre se fue inmediatamente a cuidar su canoa. Supimos, sin embargo, a través de York, que la madre había estado inconsolable por la pérdida de Jemmy, y lo había buscado por todas partes, creyendo que quizá podía haber sido dejado en tierra a pesar de haberse ido con el bote. Las mujeres, en cambio, se interesaron mucho por Fuegia y fueron muy amables con ella. Ya habíamos notado que Jemmy había olvidado casi totalmente su propia lengua. A mi juicio, difícilmente pudiera hallarse un ser humano menos provisto de idioma, porque su inglés era muy imperfecto. Era cómico, aunque daba lástima oír hablar con sus hermanos en inglés y preguntarles luego en español (‘¿No sabe?’) [en castellano en el original] sí entendían o no.

Todo marchó pacíficamente durante los próximos tres días, mientras se preparaban los huertos y se construían los wigwams. Estimamos el número de nativos allí reunidos en alrededor de 120. Las mujeres trabajaban duro, mientras los hombres iban de aquí para allá todo el día, observándolas. Nos pedían todo lo que veían y robaban todo lo que podían. Les gustaron mucho nuestros bailes y nuestras canciones, y se mostraron interesados en observarnos bañar en un arroyo cercano; en cuanto a lo demás, no prestaron gran atención al resto de las cosas, ni aun a nuestros botes. De todos los objetos que vio York mientras estuvo ausente de su país, nada le asombró tanto, al parecer, como un avestruz cerca de Maldonado; jadeante y asombrado llegó corriendo a Mr. Bynoe, con quien había estado paseando, y le dijo: ‘¡Oh señor Bynoe! ¡Oh! ¡Pájaro todo igual que caballo!’ [“Bird all same horse” en el original]. Más que la blancura de nuestra piel, lo que sorprendió a los nativos, según refirió el señor Low, fue un negro cocinero que navegaba en un velero; el pobre se asustó tanto de los alaridos y gestos de algunos salvajes al verlo, que no quiso bajar más a la costa. Todo transcurría tan tranquilamente, que algunos de los oficiales y yo mismo dimos largos paseos por las montañas y bosques cercanos. Pero de pronto, el día 27, todas las mujeres y los niños desaparecieron. Todos estábamos intranquilos por eso, sobre todo porque ni York ni Jemmy pudieron explicarnos la causa. Algunos creyeron que se habían asustado por haber estado limpiando y disparando los mosquetes la tarde anterior; otros lo atribuyeron al enojo de un viejo fueguino, quien al decírsele que se corriera le había escupido tranquilamente en la cara, y luego había explicado mediante ademanes realizados sobre otro fueguino dormido, como si dijera que le gustaría picar en pedazos y luego comerse a nuestro hombre. El capitán Fitz Roy, deseoso de evitar cualquier encuentro que hubiera sido fatal para los salvajes, creyó conveniente que nos fuéramos a dormir a otro sitio, distante algunas millas. Matthews, con su habitual y serena fortaleza (verdaderamente notable en un hombre que en apariencia tenía un carácter poco enérgico), resolvió quedarse con los demás fueguinos, quienes no se alarmaron por eso, y así lo dejamos pasar solo su primera terrible noche. Al regresar por la mañana (el día 28) nos complació encontrar todo tranquilo y a los hombres en sus canoas pescando con arpones. (…)

Seguimos navegando hasta que oscureció, y luego plantamos nuestras tiendas junto a una abrigada caleta. El lujo más grande fue hallar para cama una playa de guijarros, porque estaban secos y se amoldaban al cuerpo. El piso turboso es húmedo; la roca, despareja y dura; la arena se mete por todos lados y estropea la carne cuando se la cocina y come en la playa; pero envueltos en nuestras mantas, en un lecho de suaves guijarros, pasamos las noches más confortables. Me tocó vigilar hasta la una de la mañana. Hay algo muy solemne en estas situaciones. Uno toma conciencia sobre el remoto rincón del mundo en que está parado. Todo contribuye: la quietud de la noche es interrumpida solamente por la profunda respiración de los marineros bajo las tiendas, de cuando en cuando por el grito de algún ave nocturna. El ladrido ocasional de un perro, oído a la distancia, le recuerda a uno que se está en tierra de salvajes. (Diario, Capítulo X, 22 de enero de 1834).

(…) 6 de febrero.- Arribamos a Woollya. Matthews nos habló tan mal de la conducta de los fueguinos, que el capitán Fitz Roy resolvió llevarle de nuevo al Beagle, y últimamente le dejó en Nueva Zelandia, donde su hermano también era misionero. Desde nuestra partida comenzó una sistemática serie de robos; nuevos grupos de indígenas se fueron acercando: York y Jemmy perdieron muchas cosas, y Matthews casi todo lo que no había ocultado bajo tierra. Según parece, todos los efectos fueron divididos en trozos y repartidos entre los naturales. Matthews relató que se había visto obligado a mantener constante vigilancia por el acoso a que fue sometido; noche y día se vio rodeado de los salvajes, que intentaron abrumarle haciendo ruido cerca de su cabeza. Un día un viejo, a quien el misionero pidió que dejara su wigwam, volvió con una gran piedra en la mano; otro día llegó un grupo grande armado con piedras y palos, algunos de los más jóvenes, junto con el hermano de Jemmy, gritando; Matthews los calmó con regalos. Se presentó después otro grupo, que le indicó por señas que deseaban dejarlo desnudo y arrancarle todo el pelo de su cara y cuerpo. Creo que llegamos justo a tiempo de salvarle la vida. Los parientes de Jemmy se mostraron necios y tontos al enseñar a los extranjeros lo que habían robado y la manera de hacerlo. Daba pena dejar a los tres fueguinos con sus salvajes compatriotas; pero nos tranquilizaba pensar que ellos no temían nada. York, que era hombre vigoroso y decidido, estaba seguro de pasarlo bien con su mujer, Fuegia. En cambio, el pobre Jemmy parecía algo desconsolado, y me quedó la duda de si no se hubiera alegrado de volver con nosotros. Su propio hermano le había robado cosas, y, según observó ‘¿Cómo hay que llamar a eso?’. Y decía de sus compatriotas ‘malos hombres todos, no saben nada’ [“’all bad men, no sabe (know) nothing” en el original porque Jemmy hablaba una mala mezcla de inglés y español], y aunque nunca lo había escuchado proferir imprecaciones indicó que eran unos ‘malditos tontos’. Nuestros tres fueguinos, aunque sólo habían estado tres años con hombres civilizados, seguramente se hubieran alegrado de conservar sus nuevas costumbres; pero esto era evidentemente imposible. Es más que dudoso que su visita les haya servido de algo.

Por la tarde, con Matthews a bordo, volvimos al barco, no por el Canal del Beagle, sino por la costa sur. Los botes iban muy cargados y el mar estaba agitado; así que tuvimos una navegación peligrosa. Al atardecer del 7 estábamos a bordo del Beagle, después de una ausencia de veinte días, durante los cuales recorrimos 300 millas en botes descubiertos. El día 11 el capitán Fitz Roy visitó en persona a los fueguinos, y halló que seguían bien, y que habían perdido muy pocas cosas más.

El último día de febrero del siguiente año (1834) el Beagle ancló en una hermosa caleta, en la entrada oriental del Canal del Beagle. El capitán Fitz Roy resolvió, con éxito, navegar contra el viento del Oeste por el mismo camino que habíamos seguido en los botes para ir a la colonia de Woollya. No vimos muchos nativos hasta que estuvimos cerca de Ponsonby Sound, donde fuimos seguidos por 10 o 12 canoas. Los nativos no comprendieron la razón de nuestras maniobras, y en lugar de salirnos al encuentro a cada cambio de rumbo se fatigaron inútilmente en seguirnos en los zigzags de nuestra marcha. Fue divertido observar el cambio en el trato con estos salvajes, producido por las superiores condiciones en que nos hallábamos respecto de ellos. Mientras estuvimos en los botes llegué a odiar el sonido de sus voces, por las molestias que ocasionaban. La primera y última palabra era yammerschooner. Cuando entrábamos en algún fondeadero abrigado, esperando pasar una noche tranquila, la odiosa palabra de yammerschooner, resonaba de pronto en algún sombrío escondite, y poco después se alzaban las espirales de humo propalando la noticia por todos lados. Al dejar algún sitio nos decíamos entre nosotros: ‘¡Gracias al cielo que al fin nos vamos a librar de estos desgraciados!’ Pero una vez más llegaba a nuestros oídos el eco de su voz potente, que permitía distinguir, a pesar de la gran distancia, la misma palabra: yammerschooner. Pero ahora cuantos más fueguinos mejor, y era divertido. Ambos grupos reíamos, bromeábamos y nos asombrábamos unos de otros: nosotros, compadeciéndolos porque nos daban buena pesca y mariscos a cambio de chucherías; y ellos, ambicionando la ocasión de encontrar gente tan tonta para trocar ornamentos tan espléndidos por una buena cena. Era cómico observar la sonrisa de mal disimulada satisfacción con que una joven que llevaba el rostro pintado de negro ataba con juncos varias tiras de tela escarlata alrededor de la cabeza. Su marido, que gozaba el privilegio, generalizado en este país, de poseer dos esposas, se puso evidentemente celoso de las atenciones recibidas por su joven esposa, y, luego de una breve consulta con sus desnudas beldades, se marchó con ellas remando. Algunos de los fueguinos mostraron claramente que tenían idea de lo que era el trueque. Una vez di a uno de ellos un gran clavo (un regalo muy valioso) sin indicar que esperaba algo a cambio; pero él inmediatamente sacó dos peces y me los alcanzó con la punta de su arpón. Si algún regalo se arrojaba hacia una canoa pero caía cerca de otra, invariablemente se devolvía a sus verdaderos dueños.(…) En ese momento, como en las anteriores, nos sorprendió la poca o ninguna importancia que los salvajes otorgaban a muchas cosas cuya utilidad debía ser para ellos de lo más evidente. Circunstancias simples -como la belleza de la tela escarlata, o cuentas azules, la ausencia de mujeres, el cuidado que teníamos de lavarnos- , excitaban más su admiración que un objeto tan notable o complicado como nuestra nave. Bougainville ha notado muy bien, en lo concerniente a este pueblo, que ‘tratan las obras maestras de la industria humana como las leyes de la Naturaleza y sus fenómenos’”. (Diario, Capítulo X, 6 de febrero de 1834). (…)

El 5 de marzo anclamos en el abra de Woollya, pero no encontramos ni un alma allí. Esto nos intranquilizó, porque los indígenas de Ponsonby Sound dieron a entender por gestos que había habido una pelea, y posteriormente escuchamos que los temibles onas habían bajado de las montañas. Pronto vimos acercarse una canoa con una banderita flameando, y pudimos observar que uno de los hombres de la tripulación se lavaba la pintura del rostro. Era el pobre Jemmy, convertido nuevamente en un salvaje ojeroso, con su larga cabellera en desorden y desnudo, salvo por un retazo de manta rodeado a la cintura. No lo reconocimos hasta que estuvo muy cerca, porque se avergonzaba de sí mismo y se ubicaba de espaldas al barco. Le habíamos dejado gordo, limpio y bien vestido; nunca he visto una transformación más completa y desastrosa. Sin embargo, tan pronto como estuvo vestido y pasó su primera turbación, las cosas tomaron mejor aspecto. Él cenó con el capitán Fitz Roy, y lo hizo con la compostura de otras veces. Nos dijo que tenía alimento de sobra; que no sentía el frío; que sus parientes eran muy buenos, y que no deseaba volver a Inglaterra; por la tarde descubrimos la causa de este gran cambio en los sentimientos de Jemmy, al llegar su joven y bella esposa. Con su habitual generosidad, trajo dos hermosas pieles de nutria para dos de sus mejores amigos, y algunas flechas y puntas de arpón, hechas por sus propias manos, para el capitán. Contó que se había construido una canoa, ¡y se jactaba de hablar un poco su propia lengua! Lo más curioso es que, según parece, enseñó algo de inglés a toda su tribu, pues un viejo anunció espontáneamente: “la esposa de Jemmy Buttom” [lo hizo en inglés: “Jemmy Button’s wife”]. Jemmy había perdido todas sus propiedades. Nos contó que York Minster había construido una gran canoa y con su esposa Fuegia, se había marchado a su país, hacía varios meses. La despedida fue un acto de suma maldad: convenció a Jemmy y a su madre de que le acompañaran, pero los abandonó por la noche, robándoles todas sus pertenencias.

Jemmy se fue a dormir a tierra, y a la mañana siguiente regresó, permaneció a bordo hasta que el barco levó lo cual asustó a su mujer que no cesó de gritar hasta que lo vio regresar en su canoa. Volvió cargado de valiosos objetos. Todos a bordo mostraron sincera pena al darle el último apretón de manos. No dudo que será tan feliz, más feliz quizás, que si nunca hubiera salido de su tierra. Todas esperamos que las nobles aspiraciones del capitán Fitz Roy se vean cumplidas y que los muchos y generosos sacrificios que él hizo a favor de estos fueguinos se encuentren recompensados en la protección que los descendientes de Jemmy Button y su tribu otorguen a los náufragos. Cuando Jemmy llegó a la playa encendió una hoguera, y el humo subió en espirales para brindarnos una larga despedida mientras que el barco navegaba mar adentro. La perfecta igualdad que reina entre los individuos de las tribus fueguinas debe forzosamente retrasar por largo tiempo el desarrollo de su civilización. Así como los animales cuyo instinto los impulsa a vivir en sociedad y obedecer a un jefe son más capaces de progreso, así ocurre también con las razas humanas. Bien sea causa, o bien consecuencia, el hecho es que los pueblos más civilizados son los que tienen gobiernos más artificiales. Por ejemplo, los habitantes de Tahití [“Otaheite” en el original], quienes, cuando fueron descubiertos, estaban gobernados por reyes hereditarios, han alcanzado un grado de civilización muy superior que la otra rama del mismo pueblo, los neozelandeses, que aunque beneficiados por haber sido impulsados a prestar su atención a la agricultura, eran republicanos, en el más absoluto sentido de la palabra. En Tierra del Fuego, hasta que surja algún jefe con poder suficiente para asegurar alguna ventaja alcanzada, tal como la cría de animales domésticos, apenas parece posible que pueda mejorar el estatus político del país. En este momento, aun el trozo de tela que se dé a un fueguino es hecho jirones y distribuido; de modo que nadie puede llegar a ser más rico que otro. Por otro lado, es difícil comprender cómo podría surgir un jefe en tanto que no se reconozca alguna clase de propiedad por la que pueda manifestar su superioridad y aumentar su poder.

Creo que en esta parte extrema de Sudamérica es donde el hombre se halla en un estado de progreso más bajo que en ninguna otra parte del mundo. Los isleños del mar del Sur, de las dos razas que habitan el Pacífico, están comparativamente civilizados. Los esquimales, en sus chozas subterráneas disfrutan de algunas comodidades de la vida, y en sus canoas completamente equipadas manifiestan gran destreza. Algunas tribus del África del Sur, recolectoras de raíces, viven ocultas en áridas y salvajes regiones y son bastante desgraciadas. Los australianos, en cuanto a la sencillez de vida son lo más cercano a los fueguinos; sin embargo, pueden enorgullecerse de su boomerang, su lanza y su garrote arrojadizo, de sus métodos para trepar a los árboles, para seguir animales, y para cazarlos. Pero aunque los australianos sean superiores en ciertos adelantos e inventos, ello no significa que lo sean también en capacidad mental; incluso, dado lo que vi de los fueguinos que estuvieron a bordo y lo que leí de los australianos, me inclinaría a pensar lo contrario”. (Diario, Capítulo X, 5 de marzo de 1834).

Darwin escribe varias veces, a lo largo de su vida, acerca de la profunda y negativa impresión que le causaran los indios fueguinos. Los párrafos precedentes son muy claros al respecto. En el mismo sentido se expresa hacia el final de la segunda de sus grandes obras (Descent of man, and selection in relation to sex, de 1871):

“La principal conclusión a que llegamos en esta obra, es decir, que el hombre desciende de alguna forma inferiormente organizada, será según me temo, muy desagradable para muchos. Pero difícilmente habrá la menor duda en reconocer que descendemos de bárbaros. El asombro que experimenté en presencia de la primera partida de fueguinos que vi en mi vida en una ribera silvestre y árida, nunca lo olvidaré, por la reflexión que inmediatamente cruzó mi imaginación tales eran nuestros antecesores. Estos hombres estaban completamente desnudos y pintarrajeados, su largo cabello enmarañado, sus bocas espumosas por la excitación y su expresión era salvaje, medrosa y descon­fiada. Apenas poseían arte alguno, y como los animales sal­vajes, vivían de lo que podían cazar: no tenían gobierno, eran implacables para todo el que no fuese de su propia reducida tribu. El que haya visto un salvaje en su país natal, no sentirá mucha vergüenza en reconocer que la sangre de alguna criatura mucho más inferior corre por sus ve­nas. Por mi parte, preferiría descender de aquel heroico y pequeño mono que afrontaba a su temido enemigo con el fin de salvar la vida de su guardián, o de aquel viejo cino­céfalo que, descendiendo de las montañas, se llevó en triunfo sus pequeños camaradas librándoles de una manada de ató­nitos perros, que de un salvaje que se complace en tortu­rar a sus enemigos, ofrece sangrientos sacrificios, practica el infanticidio sin remordimiento, trata a sus mujeres como esclavas, desconoce la decencia y es juguete de las más groseras supersticiones. (…) Debemos, sin embargo, reconocer que el hombre, se­gún me parece, con todas sus nobles cualidades, con la simpatía que siente por los más degradados de sus seme­jantes, con la benevolencia que hace extensiva, no ya a los otros hombres, sino hasta a las criaturas inferiores, con su inteligencia semejante a la de Dios, con cuyo auxilio ha penetrado los movimientos y constitución del sistema solar—con todas estas exaltadas facultades—lleva en su he­chura corpórea el sello indeleble de su ínfimo origen (Darwin, 1871 [1994, pág. 521])

4. Los tres fueguinos después de Darwin

No hay mucha información cierta y confiable sobre la vida de los tres indios repatriados, aunque sí algunos datos. Entre 1848 y 1851 un oficial británico retirado llamado Allen Gardiner, comprometido con la prédica religiosa en la Patagonia y que había fundado en 1844 la South American Mission Society, intentó reencontrar a Jemmy Button pero todos los expedicionarios, junto con Gardiner murieron en la zona del Beagle. En 1854, esta misma asociación despachó una nave grande, bautizada con el nombre de Allen Gardiner, a la zona para concretar la fallida intención de su fundador. A raíz de un temporal la nave, que se dirigía a Malvinas, tuvo que esperar en la isla Keppel donde los misioneros encontraron un buen refugio y decidieron establecerse allí. En noviembre de 1855 la Gardiner llegó a Wulaia y encontró a J. Button quien, se cuenta, se paró frente al comandante de la nave (P. Snow) y le dijo “What is your name?” lo cual sorprendió a todos. Jemmy, que en ese entonces tenía dos esposas y varios hijos, rechazó inicialmente la invitación de trasladarse a la isla Keppel, pero en 1858 accedió a hacerlo por unos días. Finalmente Jemmy no cumplió con los deseos de los misioneros por su escasa disposición a colaborar, fue devuelto a su tierra y, en su lugar, los ingleses llevaron a nueve fueguinos que respondieron mejor a los intereses de la misión (aprender inglés y enseñar su cultura e idioma a los ingleses). Debido a la costumbre de los fueguinos de robar pequeñas cosas (al menos esa era la versión inglesa de la cuestión), al despedirlos para llevarlos de regreso a Wulaia, los revisaron, lo cual generó la indignación de los nativos. Al llegar fueron revisados nuevamente y eso enfureció aún más a los fueguinos y mientras las misioneros ayudaban a la construcción de una casa para la mision fueron atacados por unos 300 fueguinos que mataron a todos los ingleses salvo a uno (Alfred Coles) que había podido escabullirse y fue quien después acusó a Jemmy de planear la matanza, pero las autoridades inglesas y de la mision creyeron en la versión de Jemmy de que habían sido los Onas los atacantes. Finalmente, en 1864, se enteraron de que Jemmy había muerto por una epidemia y poco después uno de sus hijos viajó a Inglaterra donde dio varias charlas. En 1867, integrantes de la mision fundaron un asentamiento llamado Ushuaia donde se recibía a los fueguinos que quisieran dedicarse a tareas agrícolas y en 1873, junto con un grupo de alakalufes llegó Fuegia Basket[6]. En poco tiempo las epidemias de enfermedades exóticas acabaron prácticamente con los fueguinos.

5. Los patagones

Durante la travesía por la Patagonia, Darwin pudo conocer a los patagones, acerca de quienes realiza una descripción y evaluación diferentes:

“Durante nuestra visita anterior, en enero, tuvimos un encuentro, en cabo Gregory, con los famosos patagones, llamados gigantes, que nos brindaron una cordial recepción. Su altura parece mayor de lo que en realidad es a causa de sus grandes mantos de guanaco, su largo cabello suelto y su aspecto general; la altura promedio de estos hombres es poco más de seis pies [aproximadamente 1,8 metros], con algunos hombres más altos, y solamente unos pocos más bajos, y las mujeres también son altas. Con seguridad, es la raza más alta que hayamos visto en cualquier lado. En los rasgos generales se parecen notablemente a los indios de más al norte que yo vi con Rosas, pero tienen un aspecto más salvaje e imponente; llevan sus caras muy pintadas de rojo y negro, y uno de ellos presentaba varios puntos blancos, como los fueguinos. El capitán Fitz Roy se ofreció a recibir en el barco a tres de ellos, y todos dieron muestras de querer ser uno de esos tres. Pasó un tiempo antes de que pudiéramos despejar el bote; finalmente, volvimos a bordo con nuestros tres gigantes, que cenaron con el capitán y se comportaron como verdaderos caballeros, usando cuchillos, tenedores y cucharas; nada les gustó más que el azúcar. Esta tribu había tenido mucho trato con cazadores de focas y de ballenas, de modo tal que la mayoría podía hablar algo de inglés y español. Están medio civilizados, y en la misma proporción, corrompidos en sus costumbres. A la mañana siguiente un grupo grande se acercó a la playa a negociar con pieles y plumas de avestruz; como no se aceptara el cambio por armas de fuego, el tabaco fue el artículo más requerido, mucho más que las hachas o herramientas. Toda la población de los toldos [en castellano en el original], hombres, mujeres y niños, se ubicaron en una zona alta. La escena era muy interesante y fue imposible no simpatizar con estos gigantes tan confiados y alegres; nos pidieron que volviéramos. Parecen estar a gusto conviviendo con europeos, y la vieja María, una mujer importante dentro de la tribu, le rogó al Sr. Low en una ocasión que dejara con ellos a uno de sus marineros. Pasan aquí la mayor parte del año; pero en verano suelen cazar a lo largo del pie de la Cordillera [en castellano en el original]; a veces viajan hasta el río Negro, 750 millas al Norte. Están bien provistos de caballos, pues cada hombre, según el Sr. Low, posee seis o siete, y todas las mujeres y hasta los niños, tienen uno (…) Es un hecho curioso la multiplicación extraordinariamente rápida de los caballos en Sudamérica. El caballo fue desembarcado por primera vez en Buenos Aires en 1537, y al quedar abandonada la colonia por algún tiempo, el caballo se hizo cimarrón; en 1580, sólo cuarenta y tres años después, supimos que se los podía ver ¡hasta el estrecho de Magallanes! El Sr. Low me informó que una tribu vecina de indios de a pie, se está transformando en otra de indios jinetes: la tribu de Bahía Gregory les da sus caballos más trajinados y en invierno les envía a algunos de sus hombres más hábiles a cazar para ellos”. (Diario, Capítulo XI, mayo de 1834).

6. Sobre el rescate de dos prisioneros y los viajes a Malvinas

Con fecha 1 junio de 1834 de su Diario, Darwin relata un episodio vivido en el llamado Puerto del Hambre con dos europeos que se hallaban perdidos, un encuentro no muy amistoso con los indios y la forma de tratarlos, entre brutal y compasiva, entre paternalista y despreciativa:

“1 de junio.- (…) Antes de llegar a Puerto del Hambre [“Port Famine” en el original] vimos a dos hombres correr a lo largo de la playa y hacer señas al barco. Se envió un bote a buscarlos. Resultó que eran dos marineros escapados de un barco foquero, y que se habían refugiado entre los patagones, quienes los habían tratado con su habitual desinteresada hospitalidad. Se separaron de ellos por un incidente y se encaminaron a Puerto del Hambre con la esperanza de hallar algún barco. Debo decir que eran dos vagabundos despreciables, nunca he visto gente de aspecto más miserable. Habían pasado varios días comiendo sólo mejillones y bayas, y sus andrajosos vestidos estaban quemados a causa de haber dormido cerca del fuego. Habían estado expuestos noche y día, sin ningún refugio, a los incesantes ventarrones de lluvia y nieve, a pesar de lo cual gozaban de buena salud. Durante nuestra estadía en Puerto del Hambre, los fueguinos vinieron dos veces a pedirnos de todo. Como teníamos en tierra muchos instrumentos, ropas y hombres, creímos conveniente ahuyentarlos. En primer lugar se dispararon algunos cañones de gran calibre, cuando los salvajes se hallaban todavía lejos. Era gracioso ver a través del anteojo larga vista cómo los indios, apenas el disparo hacía saltar el agua, recoger piedras y, con ademanes provocativos, lanzarlas en dirección al barco, no obstante hallarse éste ¡a milla y media de distancia de ellos! Se envió un bote con la orden de hacer algunos disparos de mosquete al aire. Los fueguinos se ocultaron detrás de los árboles, y a cada disparo contestaban disparando sus flechas, sin embargo ninguna de ellas llegaba al bote; y el oficial reía al apuntarles. Esto los puso frenéticos de ira, y comenzaron a sacudir sus mantos en vana furia. Finalmente huyeron y nos dejaron en paz y tranquilidad. Durante el viaje anterior, los fueguinos molestaron mucho en este mismo lugar, y para asustarlos se disparó un cohete, por la noche, sobre sus wigwams; esto tuvo un efecto sorprendente, y uno de los oficiales me contó que al clamoreo inicial, en uno o dos minutos, le siguió un profundo silencio tanto de los hombres como de los perros. A la mañana siguiente ningún fueguino fue visto en los alrededores”. (Diario, Capítulo XI, 1 de junio de 1834).

Darwin desembarca en Malvinas dos veces, la primera de ellas en un momento muy particular, menos de dos meses después de que los ingleses arrebataran definitivamente el dominio de las islas a los enviados del gobierno argentino. Dedica prácticamente medio Capítulo IX del Diario a describir, con el detalle habitual, los terrenos, la fauna y flora, y a reflexionar sobre los vacunos y caballos salvajes que por allí vivían, pero no hace ninguna referencia precisa a una serie de conflictos serios que debieron enfrentar. Veamos su relato y luego algunos comentarios al mismo:

“En 1 de marzo de 1833, y otra vez en 16 de marzo de 1834, el Beagle ancló en Berkeley Sound, en la isla Falkland oriental. (…) Después de haberse disputado Francia, España e Inglaterra la posesión de estas miserables islas, permanecieron deshabitadas. El gobierno de Buenos Aires las vendió más tarde a un particular, que no las usó más que para un establecimiento penal, como la vieja España había hecho antes. Inglaterra reclamó sus derechos y las ocupó. El inglés que quedó a cargo de la bandera fue posteriormente asesinado. Se envió a continuación un oficial sin proveerle de la fuerza necesaria, y cuando arribamos le hallamos encargado de una población en la cual más de la mitad eran rebeldes y asesinos fugitivos. El teatro es digno de las escenas que en él se representan. Un país ondulante, de aspecto mísero y desolado, se muestra cubierto en todas partes por un suelo turboso y una hierba fina y dura, que presenta un color pardusco y uniforme”. (Diario, Capítulo IX, 5 de mayo de 1834).

El 10 de junio de 1829 se había creado por decreto del Gobierno de Buenos Aires, ejercido interinamente por Martín Rodríguez, la Comandancia política y militar de las Islas. Un comerciante de Hamburgo, Luis Vernet, que desde 1817 se hallaba establecido en Buenos Aires, fue nombrado comandante político y militar, con autoridad sobre las Malvinas e islas adyacentes al Cabo de Hornos en el mar Atlántico. Se le suministraban además algunas piezas de artillería y municiones. A pocos días de su designación, Vernet embarcaba con su familia rumbo a Malvinas. Había comprado una superficie importante de tierras en Malvinas, y además de su función política y militar, gozaba de una serie de franquicias sobre la caza y pesca en la zona (seguramente a estas circunstancias se refiere Darwin cuando dice que el gobierno de Buenos Aires “las vendió a un particular). A poco de llegar advirtió a loberos y cazadores, fundamentalmente norteamericanos, sobre la prohibición de ejecutar acciones de caza y pesca en la zona. Dado que las adveretncias eran desoídas, se generaron graves incidentes que precipitaron los hechos. En julio de 1831, Vernet mandó apresar y decomisar la carga de la goleta americana Harriet y luego partió con ella a Buenos Aires, llegando el 19 de noviembre de 1831 y poniendo el navío a disposición de las autoridades para que se sustanciara el sumario correspondiente. Una fragata de guerra norteamericana llegó a Malvinas el 28 de diciembre de 1831 y el 31 arrasó y destruyó instalaciones, incendió los depósitos militares y saquearon la colonia, inclusive los cueros que se hallaban confiscados. El conflicto con Estados Unidos se agudizaba.

El 10 de septiembre de 1832, mientras Vernet[7] permanecía en Buenos Aires, el gobierno designó comandante civil y militar al Sargento Mayor José Francisco Mestivier y como vice a José Gomila. Se los trasladó en la goleta Sarandí y el 10 de octubre se hacían cargo. La disciplina que quiso imponer Mestivier fue rechazada, se produjo una sublevación, encabezada por un sargento negro y dieron muerte a Mestivier a finales de noviembre. El comandante de la Sarandí intervino con su tropa y detuvo a los culpables, que fueron trasladados a Buenos Aires y juzgados, siendo 7 de ellos condenados a muerte y ejecutados el 7 de febrero de 1833.

El 2 de enero de 1833 llega a Berkeley Sound la Fragata Clío[8], cuyo capitán intima al comandante Pinedo que se hallaba con pocos hombres, muchos de ellos no dispuestos a resistir y custodiando a los sublevados que había detenido, a que retire la bandera y elementos del gobierno de Buenos Aires, por cuanto él haría efectiva la soberanía de Su Majestad Británica. El 3 de enero, las tropas inglesas desembarcaban, arriaban la bandera argentina y enarbolaban la inglesa. Dos días después la goleta Sarandí zarpó a Buenos Aires.

Consumado el despojo, la Fragata Clío y su comandante Onslow dejan Malvinas pocos días después, quedando una población de 14 argentinos y 17 extranjeros. En esos momentos, el 1 de marzo de 1833, llega el Beagle con Fitz Roy y Darwin por primera vez, y permanecen hasta el 16 de marzo.

Si bien Darwin no hace comentarios al respecto, por esos días se desarrolló un episodio sangriento en las islas en el cual finalmente intervinieron el Beagle y su tripulación. El relato de Fitz Roy, en su versión del viaje, es que el 26 de agosto de 1833 tres gauchos y cinco indios (Antonio Rivero, J. M. Luna, M. Godoy, J. Brasido, M. Gonzales, L. Flores, F. Salazar, M. Lattore) asaltaron y asesinaron a Mr. Brisbane, a Dickson –encargado del negocio de Vernet- a Simon- el capataz- al “pobre alemán” y a otro colono, después de lo cual condujeron a los caballos y el ganado hacia el interior de las islas. Esa mañana, Mr. Low, que estaba viviendo con Brisbane, había dejado momentáneamente Port Louis junto con otros cuatro hombres y apenas el barco en que viajaban se alejó, los mencionados más arriba atacaron, en la casa de Vernet, a Brisbane, quien fuera acuchillado por Rivero. Simon se defendió desesperadamente pero fue superado y el resto fue presa fácil. El resto de los colonos (trece hombres, tres mujeres y dos niños) se quedó con los asesinos dos días, y luego escapó a una pequeña isla, donde vivieron un tiempo comiendo huevos de aves y peces, hasta que fueron rescatados en noviembre de ese año por un barco inglés. Continúa relatando Fitz Roy que poco antes de que arribara el Beagle a las islas, llegó la HMS Challenger al mando del capitán Seymour y de allí salió un pequeño grupo al mando del teniente Smith que capturó al principal asesino, lo llevó a un islote cercano en el cual podía ser vigilado, a Channon, un cómplice del complot aunque al parecer sin participación activa y Luna permanecieron con él. Cuando llegó el Beagle, y enterado de que la vida de Luna corría peligro, Fitz Roy decidió llevar a Rivero (según Fitz Roy un hombre sumamente peligroso), y a los otros dos a bordo del Beagle. Rivero fue engrillado, Channon confinado al barco y Luna liberado aunque bajo vigilancia. El Sr. Low, tan nombrado por Darwin en su Diario, pidió sumarse como nuevo tripulante del Beagle. Rivero fue enjuiciado en Londres y, aunque se desconoce el contenido de su declaración, fue enviado a Río de Janeiro desde donde regresó al Río de la Plata y alli se pierde su rastro. La figura de Rivero es, por lo menos para algunos autores argentinos, controvertida. Se lo ha visto como un vulgar asesino (igual que Fitz Roy) o como un héroe libertador. De hecho, en 1982, durante la recuperación de Malvinas por las fuerzas armadas argentinas, hubo un intento de poner el nombre de “Puerto Antonio Rivero” a lo que los ingleses denominan “Port Stanley”, pero finalmente se desistió de ello. En la actualidad la imagen de Rivero se encuentra en los billetes argentinos de $ 50 como reivindicación de su figura.

En el Apéndice del Diario escrito por Fitz Roy aparecen los antecedentes de la historia de las Malvinas, notas, cartas y comentarios del propio Fitz Roy acerca de la importancia para Gran Bretaña de las islas y recomendaciones sobre cómo proceder. Seguramente por ello, Darwin, en su Diario, hace solo comentarios sobre las condiciones naturales de las Malvinas y alguna que otra referencia a los gauchos que conoció allí, pero no dice nada sobre el episodio con Antonio Rivero ni hace consideraciones políticas. Sin embargo, en una carta a su hermana menor Catherine, fechada “East Falkland Island, April 6, 1834” señala que se dirigieron a las islas, “ese pequeño y miserable sitio de discordia” en el cual encontraron a los gauchos (“the Gauchos” en el original) que bajo la pretensión de realizar una revolución habían asesinado y saqueado a todos los ingleses que pudieron atrapar e incluso a algunos compatriotas. Se queja de la política exterior inglesa a la que califica de demasiado vil y muy diferente a la de la vieja España:

“Nosotros aquí, como el perro del hortelano, tomamos las islas, y dejamos para protegerlas solo la bandera inglesa; los ocupantes han sido, por supuesto, asesinados; ahora enviamos un teniente con cuatro marineros, sin autoridad ni instrucciones. (…) Las islas algún día serán un importante lugar de refugio en el mar más turbulento del mundo. Están a mitad de camino entre Australia y el Mar del Sur para Inglaterra; entre Chile, Perú, etc. y el Rio de la Plata y Rio de Janeiro”.

Fitz Roy se queja, en el mismo sentido que Darwin, del poco esfuerzo que la corona británica venía realizando para mantener ocupadas y en su poder las islas, de poco o nulo valor económico, pero de gran valor comercial y militar para la corona inglesa.

 

***

El viaje prosiguió hacia el norte por el Pacífico, pasando por el archipiélago de las Galápagos –un punto crucial para lo que después fue la evolución- y luego atravesando el Océano Índico y dando la vuelta por el sur de África regresaron a Inglaterra. Darwin califica inequívocamente el valor de ese viaje:

“(…) ha sido con mucho el acon­tecimien­to más impor­tante de mi vida y ha deter­minado toda mi carrera (…) le debo a esa travesía la primera educa­ción o educa­ción real de mi mente; me vi obligado a prestar gran atención a diversas ramas de la histo­ria natural y gracias a eso perfeccioné mi capa­cidad de observa­ción, aunque siempre había estado bastante desarrollada (…) Hoy día, lo que más vivamente me viene a la memoria es el esplendor de la vegetación de los trópicos; aunque la sensación de sublimidad que excitaron en mí los grandes desiertos de Patagonia y las montañas cubiertas de bosques de la Tierra del Fuego ha dejado una impresión indeleble en mi mente. La vista de un salvaje desnudo en su tierra natal es algo que no se puede olvidar nunca. (Autobiografía, págs. 91-95)


  1. Los cuatro fueguinos fueron vacunados en Montevideo y luego a su llegada a Europa, pero al poco tiempo de su llegada a Inglaterra fueron internados en el Royal Hospital de Plymouth, y Boat Memory murió de viruela.
  2. Utilizo una terminología algo forzada pero es la que se utilizaba en castellano en esa época como puede verse en Cubí y Soler (1852).
  3. El concepto de ‘racialismo’ (Todorov, 1989) se diferencia del de ‘racismo’ en que éste hace referencia a una conducta más o menos espontánea y generalizada de rechazo y temor al diferente o al extranjero en general surgida de prejuicios del sentido común, mientras que aquél consiste en la búsqueda de apoyatura en teorías ‘científicas’.
  4. Véase, por ejemplo: Blancel, N. et al (2002); Báez, C.; Mason, P. (2006).
  5. Un acre son 4840 yardas cuadradas, y equivale a aproximadamente 0,40 hectáreas.
  6. Darwin anota que el capitán Sullivan, dedicado a la exploración y estudio de las islas Falkland, oyó decir a un cazador de focas (en 1842) que hallándose en la parte occidental del estrecho de Magallanes se admiró de que hablara inglés una mujer salvaje que fue al barco. Indudablemente era Fuegia Basket. A su vez Huxley y Kettlewel (1965) sostienen que el misionero Bridges la describió treinta años después como “una vieja despreciable”.
  7. Algunos autores sostienen que Vernet, luego de la ocupación Inglesa realizó gestiones ante las autoridades británicas (en Londres) para recuperar sus tierras e intereses.
  8. Desde tiempo antes se sabía en Buenos Aires que esto ocurriría. El British Packet anunciaba un mes antes que esa nave partía de Rio de Janeiro hacia Malvinas y había dos versiones sobre sus objetivos: uno, tomar las islas en nombre de Su majestad Británica y el otro, reconocimiento de la situación.


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