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5 La eugenesia en la Argentina

1.   La eugenesia. Origen, postulados y tecnologías

Así como solo se puede explicar la relación entre evolución biológica y evolución social apelando a la complejidad de la cuestión, también la explicación de la vinculación de Darwin con la eugenesia es refractaria a cualquier simplificación. La eugenesia, propuesta inicialmente por un primo de Darwin llamado Francis Galton (1869, 1883) en los ’60 del siglo XIX, pero el movimiento eugenésico (en delante ME)[1] alcanzó su periodo de mayor esplendor y alcance casi universal entre 1910 y 1940 aproximadamente, cuando se convirtió en un extendido y complejo programa interdisciplinario en el cual estuvieron comprometidos importantes sectores de la comunidad científica internacional (biología, sociología, medicina, tecnologías educativas, demografía, psiquiatría, ciencias jurídicas, criminología y otras) cuyo objetivo – el mejoramiento/progreso de la raza o la especie- debería llevarse adelante mediante una selección artificial –que suplantara o ayudara a la selección natural- a través de políticas públicas destinadas a promover la reproducción de determinados individuos o grupos humanos considerados mejores y la inhibición de la reproducción de otros grupos o individuos considerados inferiores o indeseables[2]. El ME fue, en su implementación práctica, un caso paradigmático de la biopolítica en sus dos sentidos principales: como una concepción del Estado, la sociedad y la política en términos, conceptos y teorías biológicas, y también como el modo en que el Estado organiza y administra la vida social de los individuos mediante la organización y administración de la vida biológica[3].

La literatura eugenésica suele distinguir entre eugenesias negativa y positiva. La primera refiere al intento de eliminar o disminuir la frecuencia de alelos que se juzgan perjudiciales o deletéreos para el ser humano o al menos para alguna población particular. La eugenesia positiva, por su lado, estará definida por la implementación de prácticas y políticas que tienen como objetivo incidir evolutivamente y se asienta sobre la promoción de la reproducción de ciertos individuos, portadores de caracteres reconocidos como deseables, bajo la intención de generar así un fenómeno de reproducción diferencial.

Puede sintetizarse el planteo eugenésico según cuatro postulados básicos. El primero es que las diferencias (y por ende las jerarquías) entre los individuos están determinadas hereditariamente y sólo en una muy pequeña medida dependen del medio. La eugenesia se enmarca en una concpeción marcadamente hereditarista y determinista, según la cual la ubicación de los individuos en la estructura social, así como la mayor parte de sus conductas importantes socialmente, estarían determinadas biológicamente, de modo tal que lo que ocurre en la sociedad no sería más que el reflejo de lo que ocurre en lo biológico y, sobre todo habilita la tarea que se proponen de trabajar artificialmente sobre la descendencia (véase Gould, 1996). Galton había pretendido demostrar científicamente (a través de la estadística y métodos psicológicos ideados por él) algo que en la Inglaterra victoriana todos daban por sentado: que los hombres eminentes generalmente eran hijos de hombres eminentes y que los incapaces en general eran hijos de incapaces. Para Galton, las “habilidades naturales” del hombre se transmitirían hereditariamente, del mismo modo y con las mismas limitaciones que la forma y las características físicas de todo el mundo orgánico.

Pueden distinguirse claramente tres momentos en la historia de la eugenesia sin contar con los casos históricos más o menos conocidos de la antigüedad. Un primer periodo preparatorio, de desarrollo conceptual y de creciente consenso científico/médico, político e ideológico que va desde las primeras formulaciones de Galton hasta los primeros años del siglo XX. Un segundo periodo, que podría denominarse “Eugenesia Clásica” que comienza en 1911, año en que se funda en Londres la primera Sociedad Eugenésica cuyo primer presidente fue uno de los hijos de Darwin –Leonard- y que en 1912 organizó el primer Congreso Eugénico Internacional y termina alrededor de la Segunda Guerra Mundial. Se trata del periodo de apogeo en el cual prácticamente todos los países occidentales formaron instituciones eugenésicas que, a su vez constituyeron asociaciones internacionales de largas y profusas ramificaciones, que realizaron reuniones científicas en todo el mundo y adquirieron cierta capacidad de influencia en la implementación de políticas públicas. Todas las publicaciones biológicas y médicas especializadas recogían propuestas, textos, estudios y referencias a los progresos en la materia. Luego de la Segunda Guerra Mundial[4] el ME se fue debilitando, en buena medida como resultado de las atrocidades cometidas por el nazismo, y fue derivando en propuestas más restringidas a cuestiones médico/sanitarias (sobre todo profilaxis del embarazo y cuidados del bebé y del niño pequeño, condiciones higiénicas de la vivienda, etc.).

Las leyes de la herencia son desconocidas para la época de Darwin quien lo expresa repetidamente en El Origen[5]. Por ello resulta natural, para un espíritu tan prudente y tan acostumbrado a fundamentar sus dichos en pruebas firmes, que su opinión sea algo difusa. No obstante, en su Autobiografía, apunta al pasar, en ocasión de describir el carácter de sus parientes, que se inclinaba por pensar, al igual que Galton, que la “educación y el medio sólo producen ligeros efectos en la mente, y que la mayor parte de nuestras facultades son innatas”.

En El Origen del Hombre, de 1871, Darwin se expresa también a favor de una suerte de eugenesia general:

“El hombre estudia con la más escrupulosa atención el carácter y la genealogía de sus caballos, de sus perros, de sus otros animales domésticos, antes de permitirles acoplarse; pero cuando se trata de su propio matrimonio, toma esta precaución muy raramente, tal vez nunca. (…) La selección sexual le permitiría, sin embargo, hacer algo favorable, no sólo para la constitución física de sus hijos, sino también para sus cualidades intelectuales y morales. Los dos sexos no deberían unirse en matrimonio cuando se encontrasen en un estado de inferioridad física o espiritual demasiado pronunciado; pero expresar semejantes esperanzas importa expresar una utopía, pues estas esperanzas no se realizaran siquiera en parte, mientras las leyes de la herencia no sean completamente conocidas. (…) Todos los que no puedan evitar una abyecta pobreza a sus hijos deberían abstenerse del matrimonio porque la pobreza es no tan solo un gran mal, sino que tiende a aumentarse, conduciendo a la indi­ferencia en el matrimonio. Por otra parte, como ha obser­vado Galton, si las personas prudentes evitan el matrimo­nio, mientras que las negligentes se casan, los individuos inferiores de la sociedad tienden a suplantar a los individuos superiores. El hombre, como cualquier otro animal, ha lle­gado, sin duda alguna, a su condición elevada actual me­diante ‘la lucha por la existencia’, consiguiente a su rápida multiplicación: y si ha de avanzar aún más, puede temerse que deberá seguir sujeto a una lucha rigurosa. De otra ma­nera caería en la indolencia, y los mejor dotados no al­canzarían mayores triunfos en la lucha por la existencia que los más desprovistos. De aquí que nuestra proporción o incremento, aunque nos conduce a muchos y positivos males, no debe disminuirse en alto grado por ninguna clase de medios. Debía haber una amplia competencia para to­dos los hombres, y los más capaces no debían hallar trabas en las leyes ni en las costumbres para alcanzar mayor éxito y criar el mayor número de descendientes”. (Darwin, 1871 [1994, pág. 521])

Sin embargo, también relativiza en parte el papel de la herencia biológica, para acentuar otros aspectos derivados de las condiciones de vida:

“A pesar de lo importante que ha sido y aún es la lucha por la existencia hay, sin embargo, en cuanto se refiere a la parte más eleva­da de la naturaleza humana otros agentes aún más impor­tantes. Así, pues, las facultades morales se perfeccionan mu­cho más, bien directa o indirectamente, mediante los efec­tos del hábito, de las facultades razonadoras, la instrucción, la religión, etcétera, que mediante la selección natural; por más que puedan atribuirse con seguridad a este último agente los instintos sociales que suministran las bases para el desarrollo del sentido moral”. (Darwin, 1871 [1994, pág. 521])

El ME excede ampliamente la época, teoría y convicciones de Darwin y éste a su vez no hace más que repetir (sobre todo en su Diario, pero también después) un prejuicio propio de su época como la creencia en la desigualdad racial. En todo caso, como señala S. Gould, “Darwin construyó una lógica distinta para explicar una certidumbre compartida por todos” y en ese sentido resulta más importante para la comprensión de la historia analizar por qué razones, desatinos tan potentes y perniciosos se instalaron durante tanto tiempo como una certeza indiscutida a partir de la cual se ha generado tanto sufrimiento. En suma cuáles son las razones por las cuales la diversidad llegó (y aun en la actualidad ocurre) a justificar la desigualdad.

El segundo postulado eugenésico indica que el progreso de las sociedades depende de la selección natural, principal mecanismo de la evolución de las especies según la teoría darwiniana. Este segundo postulado conlleva una extrapolación sesgada de la teoría darwiniana de la evolución por tres motivos: la aplicación de la misma a cuestiones sociales; considerar que los cambios evolutivos puedan tener lugar en el lapso de pocas generaciones y principalmente por la utilización algo indiscriminada e ideológica de la noción de “progreso” que la teoría darwiniana había conseguido expulsar del mundo natural, como ya se ha explicado.

El tercer postulado afirma que las condiciones modernas de vida (la medicina, los planes de asistencia y las “comodidades”, etc.) tienden a impedir la influen­cia selectiva de la muerte de los menos aptos, lo cual estaría provocando la degeneración de la especie humana, degeneración y decadencia que podrían observarse, sobre todo en las ciudades, en el aumento de la delincuencia, el alcoholismo, la locura y enfermedades como la sífilis y la tuberculosis. Los eugenistas brindaban una descripción desoladora y pesimista de la sociedad. La situación de las ciudades de fines del XIX, tanto europeas como americanas, en las cuales oleadas inmigratorias abarrotaban los suburbios más humildes sin sistema sanitario ni médico, con el alcoholismo, la sífilis y la tuberculosos haciendo estragos, daban apoyatura a esas consideraciones. Sin embargo la eugenesia se presenta como una práctica que vendría a resolver y cambiar la situación, lo cual conlleva una visión optimista de la ciencia y la tecnología. En ocasiones se ha puesto el acento en el aspecto pesimista (de decadencia y degeneración)[6] y en otras en el marcado optimismo cientificista del ME, pero se ha perdido de vista que esos conceptos son dos caras de una misma moneda, que su fuerza práctica sobreviene precisamente de que operan conjuntamente. En efecto, el reclamo del ME por implementar políticas de control y administración de los cuerpos se fundamenta en la exposición de los rasgos de degeneración y decadencia, un discurso bastante corriente hacia fines del siglo XIX y sobre todo después de la Primera Guerra Mundial, el momento pesimista exacerbado y expuesto como un problema médico/biológico. Pero este primer momento no es presentado como un estadio definitivo e irresoluble sino como un momento que puede –y debe- ser superado a través de las posibilidades que la ciencia y la tecnología ofrecen, en el contexto de una fuerte naturalización de la vida social y una transferencia de poder al especialista médico: el momento optimista, más exacerbado aún. La intervención eugénica es la que vendría a resolver el pasaje de la decadencia al progreso. Decadencia/ pesimismo/degeneración por un lado y progreso/optimismo/normalidad no son polos conceptuales que se aplican en la evaluación diagnóstica del estado de una sociedad en un momento dado en forma alternativa, sino más bien, los opuestos de una dialéctica que se resuelve en una apuesta político tecnocrática.

Finalmente, el cuarto postulado, propone una selección artificial que suplante a la selección natural que no estaría funcionando, implementando políticas públicas asociadas a la reproducción. Es en este punto donde se nota palmariamente la imbricación de ciencia, tecnología y política que se da en el ME al proponer esta batería de tecnologías sociales y médicas: la exigencia del certificado médico prenupcial; el control diferencial de la concepción; la esterilización; el aborto eugenésico; el control y/o restricción de la inmigración de determinados grupos humanos, la fichas biotipológicas y la educación sexual. Huelga decir que el número, alcance y rigor en la aplicación de estas medidas ha sido variable entre los distintos países y épocas y, en algunos casos los reclamos de los eugenistas no se han implementado de manera efectiva.

El Certificado Médico Prenupcial (CMP) fue adoptado, poco a poco, prácticamente por todos los países de Europa y América. En algunos (por ejemplo Inglaterra) fue optativo, pero en la mayoría de ellos fue obligatorio (en la Argentina data de 1936) y la problemática del control de la descendencia a través de este mecanismo, se instaló generalizadamente y con mucha fuerza. La exigencia del CMP, que era vinculante, estaba basada en la consideración de la característica “antieugenésica” de la mayoría de los matrimonios, de modo tal que era razonable que la sociedad se preocupase por “(…) rodearlo con las mayores garantías biológicas, evitando, hasta donde sea posible hacerlo, que pueda servir de instrumento para la degeneración de la raza (…)”

En 1919, el Dr. Alberto Stucchi, un abanderado del CMP reclamó que se impidiera la unión de alcohólicos, tuberculosos o sifilíticos, y salía al cruce de las objeciones que desde algunos sectores se le hacía. Sostenía que la reducción de nacimientos que ocasionaría la prohibición de ciertos matrimonios lejos de causar un perjuicio a la economía, aumentaría la potencialidad del país medida por la calidad de sus habitantes y, además, la eliminación de taras y enfermedades congénitas haría que a mediano plazo hubiera “un superávit de vidas a pesar de la disminución del número de matrimonios”; contra las objeciones de tipo moral (según las cuales las restricciones al matrimonio representarían un paso hacia el amor libre, es decir las uniones informales o concubinatos) argumenta que, después de todo, las uniones libres han existido siempre; con respecto a las objeciones religiosas en el sentido de que el matrimonio sería un contrato natural creado por Dios, o sea un sacramento, Stucchi apela a la voz autorizada de S. Tomás de Aquino quien dice que el objetivo de Dios al crear el matrimonio fue la perpetuación de la especie humana, los intereses de la sociedad civil y los intereses de la Iglesia; con respecto a las objeciones jurídicas, que señalan que tal prohibición constituiría un atentado contra el derecho individual, afirma:

“(…) todo sentimentalismo y respeto por la personalidad humana, es un hecho que casi ha pasado a la historia. En efecto, hoy sólo se acepta como principio incontrovertible, que el interés general debe primar siempre sobre el interés individual.” (Stucchi, 1919, p. 375)

La presión para legislar sobre este tema provenía desde múltiples sectores y niveles. En el Congreso de Reforma Sexual celebrado en Copenhague en 1928 se votó el siguiente acuerdo: “Que los padres sanos engendren hijos sanos y los padres incapaces de traer una prole sana, se abstengan voluntariamente de procrear”. Similares recomendaciones surgen del VII Congreso Pan Americano del Niño.

El Control de la Natalidad o, mejor como gustaban denominarlo, el control científico de la concepción, que no estaba dirigido a un control estadístico de la tasa de aumento de la población o natalidad, sino más bien a un control diferencial de la concepción, porque pretendía impedir o reducir la reproducción de determinados grupos o individuos. Se promovía la implementación de mecanismos anticonceptivos, bastante poco precarios e inefectivos en las primeras décadas del siglo XX, pero fundamentalmente la prédica estaba dirigida a generalizar la educación sexual, entendida siempre como educación para la reproducción saludable. En los países latinoamericanos en general y en la Argentina en particular las indicaciones anticonceptivas chocaban contra la posición de algunos sectores religiosos. La discusión de la dialéctica cantidad/calidad de población atraviesa todo el discurso eugenésico y sus prácticas[7]. Muchos eugenistas justifican y lamentan la ausencia de medidas que tiendan hacia un futuro con menos y mejores seres humanos por razones sociales y políticas:

“Ni los empresarios ni los trabajadores se preocupan, por eso, en los factores eugenésicos. Lo que les interesa, por el contrario, es aumentar, en cualquier forma y a todo trance, el volumen numérico de la familia. La producción económica tiene, pues, desde este punto de vista, un carácter antieugenésico. (…) El Estado coadyuva, por otras razones, el incremento de la población, en actitud que no es tan desinteresada ni tan moral como pudiera suponerse. El Estado necesita soldados para su ejército y ejércitos para la eventualidad de una guerra.” (Mac Lean y Estenós, 1952, p. 51)

El mismo argumento por el cual el nazismo reclamaba la depuración de la raza para la guerra, aquí es utilizado en sentido inverso, y se critica el carácter profundamente antieugenésico de la guerra ya que ella se lleva los hombres fuertes, jóvenes y sanos, es decir, los mejores hombres. El conocido médico y eugenista español Gregorio Marañón (1887-1960) señala en este mismo sentido:

“Hay que pensar con repugnancia en aquellas patrióticas medidas que las naciones europeas, Francia, Alemania e Inglaterra, tomaron a principios del siglo para fomentar la natalidad. Si tuvieron alguna eficacia los esfuerzos de las pobres madres, sólo sirvieron para aumentar los blancos ante las filas de los cañones cuya fabricación fomentaban los jefes de Estado con igual empeño al de los nacimientos.” (Marañón, 1940)

La propuesta de esterilización (e incluso de castración) de los criminales era moneda corriente en todo el mundo hacia principios del siglo XX aunque se discutía sobre el alcance que debería concedérsele a la misma. Un argumento que se esgrimía contra las formas cruentas de restringir la reproducción, es decir contra el aborto eugenésico y la castración, aunque curiosamente no contra la anticoncepción, sostenía que se corría el riesgo de eliminar o impedir el nacimiento de un genio y se ponian ejemplos famosos como “Leopardi enfermizo y raquítico, Voltaire siempre enfermo, Helmontz (sic) hidrocéfalo, Paganini también afecto de la misma dolencia, etc. La lista podría ser interminable” (Sirlin, 1926, p. 230). El contraargumento eugenista era que, si bien estadísticamente esto era posible, la probabilidad era tan baja que no valia la pena someter a la sociedad al riesgo de tener que mantener tarados y deficientes.

“Se ha discutido mucho si estas prácticas de la esterilización eugenésica no evitarán el nacimiento de los hombres geniales, ya que es conocida la frecuencia del tipo genial entre familias taradas. La objeción no tiene peso, pues el tipo de degenerados a los que el Estado somete a la esterilización corresponde a familias de deficientes mentales y psicosis degenerativas progresivas, en las que es raro que se dé un genio. Estudiados los padres de quinientos dos niños superdotados de las escuelas de California, sólo cuatro tenían algún padre que había sufrido enfermedad mental; pero todos eran de inteligencia de nivel normal o superior. El genio puede proceder de un padre loco, pero en general no procede de padres deficientes mentalmente (imbéciles o idiotas).” (Lafora, 1931, p. 362)

La medida, en este sentido, que se ha llevado a cabo más recurrentemente, principalmente en los EE.UU. y Alemania, ha sido la esterilización de los criminales, bajo la influencia sobre todo de la escuela italiana de antropología criminal, aceptando que el factor hereditario, “es tal vez el más importante de todos en la etiología del crimen, tanto en la criminalidad de hábito como en la de ocasión” (Maxwell en Le Crime et la Societé, citado en Luisi, 1916, p. 442). En la Argentina hubo muchos reclamos por una legislación que propiciara la esterilización, aunque no se haya llegado a ponerla en práctica en forma sistemática.

“(…) la medida más segura sería la esterilización. Si bien no podemos asegurar la herencia de los núcleos patológicos para justificar la misma, basta que las probabilidades sean altas.” (Di Fonzo, 1942, p. 41)

Aunque es cierto que aún no se había desatado el horror de la Segunda Guerra Mundial, los elogios de las políticas eugenésicas alemanas —y también norteamericanas— eran moneda corriente hacia los primeros años de la década del ’30, por la convicción generalizada de que se trataba del camino correcto hacia el progreso. En La Semana Médica, se publicó en 1935 un artículo (Stocker, 1935, p. 438) sobre los “beneficios y la sabiduría” de la ley nazi sobre esterilización, que había llevado adelante un hombre “con la suma del poder político y bien inspirado”, ante la certeza de que en Alemania las familias con alguna tara tenían entre 3 y 4 hijos mientras las familias “intachables” producían sólo 1 o 2 y que el 15% de los niños eran “débiles de espíritu”. Stocker apoya sus dichos en citas de Mi Lucha de A. Hitler y reclama que la acción alemana sea imitada en la Argentina aprovechando que varios médicos también ocupan bancas en el Congreso Nacional y podrían impulsar la legislación correspondiente.

El aborto eugenésico, la esterilización, y el control de la natalidad –la intervención sobre los cuerpos en suma- se han encontrado en muchos países, sobre todo latinoamericanos mayoritariamente católicos, con barreras muy fuertes que se originaban en el choque de estas medidas con las pautas religiosas corrientes. De este modo la Iglesia, a pesar de que generalmente en la Argentina se ha encontrado ligada a los sectores más conservadores y reaccionarios de la sociedad, operó en estos casos como límite a algunos de los excesos que las políticas eugenésicas podían generar. Sin embargo su oposición no estaba dirigida a la eugenesia en general y, de hecho, la Iglesia ejerció una fuerte coerción confesional para lograr matrimonios aptos[8].

Otra de las propuestas típicas de los eugenistas es el aborto eugenésico, diferente del aborto terapéutico (indicado por el médico para los casos en que peligra gravemente la vida o la salud de la madre) en que aquél se impone para “proteger el cuerpo o la salud social”. Queda claro que los eugenistas, lejos de solicitar la despenalización del aborto voluntario sobre la base de la autonomía de la madre, acto que consideran casi unánimemente como un delito y una práctica inmoral, lo que buscan es establecer dispositivos médico/legales que, sobre la base de la primacía de los intereses de la sociedad, contribuyan a preservar a ésta de individuos indeseables. Más que liberalizar, lo que proponen es tipificar y controlar según criterios precisos de inclusión y exclusión. Algunos incluyen como causales, además de las “fundadas presunciones de que el niño por nacer tenga taras físicas o mentales, herencia patológica de locura, epilepsia o cretinismo”, las que derivan de la situación socioeconómica de los padres. La cuestión del aborto eugenésico es el tema menos tratado en la literatura especializada en la Argentina, probablemente por la gran oposición que causaba, pero además por cuestiones técnicas, ya que sería bastante difícil hacer el control y seguimiento y aunque pudiera hacerse no tendría demasiada incidencia efectiva. En todo caso, se consideraba que era infinitamente más fácil y menos costoso económica y moralmente ejercer los otros tipos de controles preventivos.

Otra práctica muy extendida relacionada con la eugenesia ha sido la tendiente a controlar o restringir la inmigración de determinados grupos humanos. Si bien, las restricciones a la inmigración se han implementado en forma diferenciada en los distintos países receptores de población (los países americanos, Australia, algunos países africanos y la Europa balcánica), puede decirse que en todos ellos la política inmigratoria ha seguido un patrón similar que incluye dos momentos. El primero, con algunas variaciones, se extendió durante la primera mitad del siglo XIX y en algunos países como la Argentina y EE.UU. bastante más, y es el periodo en el que se desarrollan políticas para favorecer la inmigración por distintos medios de promoción. En un segundo momento se comienza a limitarla, no tanto por cantidad, sino por la calidad y los eugenistas comienzan a abogar por establecer prohibiciones de ingreso para determinados grupos, razas o individuos[9], bajo la consigna de la defensa social que surge de la tensión entre la conciencia de la necesidad de seguir recibiendo inmigración, fiel a la consigna alberdiana de gobernar es poblar, y la necesidad de clasificar y seleccionar a los que vienen con el objetivo supremo de “formar una raza sana, fuerte y capaz fisiológica y psíquicamente, raza propia y netamente argentina”. Por ello los eugenistas advierten sobre el riesgo de admitir el ingreso de ciertas razas, criminales convictos y ex convictos, enanos, sordomudos, inválidos, enfermos venéreos, idiotas o imbéciles, alcohólicos, etc. No obstante, el objeto de las restricciones generaba diferencias. Algunos, como por ejemplo Stach (1916) señalaban la inconveniencia de los inmigrantes españoles y también de los italianos, que aunque fueran mejores que los españoles, tampoco eran muy recomendables; pero los que se consideraban realmente indeseables eran los llamados rusos y los turcos:

“No se trata aquí sobre los rusos propiamente dicho, éstos casi no emigran de su país. Los que emigran son los judíos rusos, que en Rusia están despreciados por el resto de la población, entre los que se encuentran muchísimos elementos peligrosos, ácratas, caftens, prostitutas capaces de acciones criminales (…) la actuación judía resulta, por lo regular, de mucho perjuicio para todas las naciones entre quienes éstos viven. (…) Pero, además de las razones religiosas, económicas y morales que ya serían bastante suficientes para que no se fomente sino rechace de plano la inmigración judía, media también la razón fisiológica, pues no hay otra raza de las que viven en Europa que fuera tan degenerada como lo es la judía. Y el día de hoy en los manicomios y asilos para idiotas en la Capital tenemos un crecido numero de niños degenerados e idiotas de origen judío (…) Otra inmigración que también poco conviene es la turca, sirias y otras similares.” (Stach 1916, p. 386).

La inmigración recomendada era la inglesa, francesa, alemana y austriaca del norte, así como también la dinamarquesa, sueca, noruega y suiza. La propuesta apuntaba a endurecer las condiciones de ingreso, según la ley de inmigración, de:

“(…) las razas inferiores de color, chinos, japoneses, hindúes, persas, sirios, negros, inadaptables por sus costumbres, creencias y manera de vida para aclimatarse entre nosotros. También (…) los penados, los delincuentes de todas clases, las mujeres de vida licenciosa, los mendigos, los sectarios, los políticos (SIC), los ácratas, los atacados de enfermedades infecciosas, los alienados, los individuos consignados como peligrosos para el orden público.” (Stach, 1916, p. 381)

Poco a poco se convierte en un tópico de las primeras décadas del siglo XX la cuestión de la inmigración indeseable. Una encuesta que lleva adelante el Museo Social Argentino en el año 1918, en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial, entre conspicuos representantes de las ciencias, la política y la jurisprudencia argentina, preguntaba: ¿Se establecerán las anteriores corrientes migratorias hacia la República Argentina?; ¿Qué factores pueden favorecer la emigración en los países actualmente en guerra?, ¿Qué factores pueden impedirla o limitarla?; ¿Cuál es la inmigración que más nos conviene y qué medidas deben adoptarse para atraerla y retenerla en el país?; ¿Cuál es la inmigración “no deseable” y cómo podría impedirse? (resaltado mío); ¿Cuál es el número máximo de inmigrantes que el país puede recibir y retener cada año convenientemente?; ¿Qué reformas juzga Ud. necesarias en la ley de inmigración? Los resultados de la encuesta se publicaron precedidos por una artículo del Dr. Emilio Frers quien, fiel a la consigna de la necesidad de atraer inmigración hacia estas playas, se expresa de manera amplia y generosa recordando los dichos de la Constitución Nacional: la libertad de entrar al país se refiere a todos los extranjeros que vengan a dedicarse al trabajo y estén en aptitud de hacerlo; incluso se muestra contrario a tratar de impedir la entrada de terroristas y agitadores profesionales en el convencimiento de que tales medidas son ineficaces; y contrario también a todos los prejuicios de raza para constituir un tipo nacional propio o cuando menos americano, mediante la desintegración de los viejos tipos europeos y la fusión de todas las tituladas razas, pone especial acento en que, “de los prejuicios de raza, el que con más empeño y vigor se mantiene en la República Argentina es el de la raza latina”. No obstante, en los resultados de la encuesta el panorama es diferente. Hay una convicción bastante generalizada de que resulta deseable propiciar la inmigración de personas que tengan habilidades para trabajar en el campo y que se arbitren las medidas para que efectivamente se dirijan a vivir al campo. El Dr. Horacio Béccar Varela señala, incluso, que los inmigrantes rusos deben ser rechazados salvo que sean campesinos, en lo posible, iletrados. Parece haber conciencia de que las ciudades se encuentran saturadas de obreros con oficios a lo que se agrega una idea bastante corriente respecto a la decadencia que ocasiona la vida en las ciudades grandes. Los encuestados prefieren en general a los que provienen de los países anglosajones, Francia, países escandinavos, Alemania, Austria, Suiza, Bélgica y algunos agregan Italia y España. Con respecto a la inmigración no deseable, las respuestas son más dispares. Mientras algunos como Estanislao Zeballos señalan simplemente como no deseable a los que no tengan habilidades agrícolas o como Augusto Bunge a los jornaleros sin calificación, otros son mucho más explícitos. Es sorprendente la coincidencia generalizada en rechazar a la inmigración de raza amarilla —chinos y japoneses— a los negros y rusos, a los que algunos agregan a los hindúes y gitanos. También resulta casi unánime la consideración de indeseable de los agitadores políticos, ácratas (es decir anarquistas), maximalistas (o bolcheviques) y enfermos como los sifilíticos y tuberculosos. El cónsul Eduardo Colombres consideraba deseable a toda inmigración europea salvo a los gitanos. Muchos señalan como una categoría indeseable a los atorrantes.Este vocablo de uso común en el lunfardo aparece en diversas publicaciones para designar a esta clase especial de individuos. Hay muchas versiones sobre su origen. Gobello (1963) deriva el nombre de aquellos vagabundos que dormían en los caños que se habían importado y que estaban en elPuerto de Buenos Aires destinados a derivar las aguas del río de la Plata y que tenían la inscripción del fabricante: “A. Torrent”. J. Ingenieros también se refiere a los atorrantes (1919), pero diciendo que “no eran mendigos ni delincuentes” y que habían desaparecido hacia 1900 por la acción del “Servicio policial de observación de alienados” fundado por el profesor Francisco de Veyga.

En el caso argentino, además de las medidas estándar explicadas hasta aquí, hay que agregar la propuesta de implementar las “fichas biotiopológicas” y la educación sexual en las escuelas, como veremos.

2.   La eugenesia argentina. Consideraciones generales

En el marco de la constitución y organización del Estado argentino[10], al tiempo que se iniciaban procesos de desarrollo, fueron apareciendo hacia la segunda mitad del siglo XIX problemas nuevos de medicina social o higiene pública que dieron lugar a disciplinas y prácticas nuevas y a una creciente intervención del Estado, esto último una constante de toda la literatura eugenista y clima de época. Era natural considerar que el Estado fuera el encargado de regular, entre otras cosas, el proceso de reproducción humana teniendo potestad para limitar la de aquellos considerados no aptos, ya sea a través de la educación, enfatizando la importancia que tiene “la condición física y mental de los padres en el momento de la concepción” para la constitución biológica de los hijos, sea a través de mecanismos más directos como las propuestas eugenésicas ya mencionadas.

En 1852 se había creado el Consejo de Higiene Pública que pasó luego a denominarse Departamento Nacional de Higiene; en 1883 se forma la Asistencia Pública de Buenos Aires; hacia la década del ’80 la Comisión de Obras de Salubridad (luego Obras Sanitarias de la Nación) contribuyó a mejorar las condiciones de higiene de la ciudad. Las epidemias de fiebre amarilla de 1871 y de cólera de 1867 y 1886 mostraban la cara dramática de la carencia y marcaban la necesidad creciente de atender las cuestiones de higiene y salubridad. Hacia los primeros años del siglo XX las condiciones sanitarias habían mejorado notablemente según los informes oficiales (Cf. Zimmermann, 1994). Hacia 1914 había en Buenos Aires once hospitales municipales y varios pertenecientes a las comunidades de inmigrantes, la enorme red de la Sociedad Nacional de Beneficencia y el Ejército de Salvación que otorgaban refugio a quienes no tenían vivienda. Entonces, higiene pública, política sanitaria, defensa social y eugenesia conforman un complejo de ideas bien articulado bajo una creciente regulación estatal y centralización administrativa de las políticas. Se puede leer en los Anales del Departamento Nacional de Higiene, Vol. II de 1892 en el apartado “Higiene administrativa. Deberes y derechos de las autoridades sanitarias”:

“(…) la higiene no admite el principio de que un individuo sea dueño de disponer de su persona o propiedades hasta el punto de causar con ellos perjuicios a la salud pública, ni que los poderes locales procedan en materia sanitaria con independencia del poder central” (Citado en Zimmermann, 1995, p. 118).

Una serie de instituciones han constituido antecedentes de las propiamente eugenésicas: en 1921, el Dr. Alfredo Verano crea la Liga Argentina de Profilaxis Social; la Sociedad Luz (que funcionó desde 1899 a 1930), la Sociedad de Psiquiatría y Medicina Legal (fundada en 1922), la Sociedad Argentina de Profilaxis Sanitaria y Racial (fundada en 1907 por Emilio Coni), la Liga Patriótica Argentina (de 1919 a 1928), la Sociedad Argentina de Nipiología (fundada en 1922), la Sociedad de Puericultura de Buenos Aires, la Liga Argentina contra la Tuberculosis, la Liga Argentina de Higiene Mental (fundada en 1929), por citar a las más importantes.

Luego de un fallido intento de fundar una asociación eugenésica en 1918 por parte del Dr. Víctor Delfino, el periodo de apogeo del movimiento estuvo marcado por la existencia de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social (en adelante, AABEMS) fundada en 1932, cuya existencia se mantiene hasta 1943 y que publicó más de 100 números de sus Anales de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social (en adelante Anales). Una amplísima variedad de temas se incluían en esta publicación que durante años fue quincenal: “Medicina constitucional, endocrinología, biotipología, eugenesia, medicina social, dietética y alimentación, higiene, ingeniería sanitaria, psicología, educación pedagógica, educación física, criminología, doctrina y legislación social”. Integraban el directorio de la Asociación prestigiosos psiquiatras como Gonzalo Bosch (1885-1951), Osvaldo Loudet (1889-1983) y Juan Obarrio (1873-1956), educadores de distinta filiación ideológica como Víctor Mercante (1870-1934), Ernesto Nelson (1873-1959), Rosario Vera Peñaloza (1873-1950) y Julio Picarel (1883-1949); su primer presidente fue Mariano Castex (1886-1968). En 1935 la AABEMS, cuya sede original estaba en la calle Alsina 1027, fundó el Instituto de Biotipología, que funcionaba en Corrientes y Uruguay y luego, por el ensanche de la Avenida Corrientes en 1936, se trasladó a Suipacha 1211, a un local cedido por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires; en el mismo local comenzó a funcionar la “Escuela Politécnica de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social”.

Luego de la II Guerra, en 1945, y hasta bien entrada la década del ’70 fue la Sociedad Argentina de Eugenesia Integral, fundada por prolífico jurista Carlos Bernaldo de Quirós, “la encargada de difundir las pretendidas ‘bases científicas’ que avalarían la exclusión” (Miranda, 2003). Quirós, que denominaba a su especialidad (y la filosofía que la sustenta) “humanismo eugenésico integral” (Bernaldo de Quirós, 1972) organizó en 1957 la Facultad de Eugenesia Integral y Humanismo en la Universidad del Museo Social Argentino cuyos egresados constituían una suerte de consejero matrimonial médico/psicológico. Otorgaba títulos de Auxiliar técnico (2 años) Consejero Humanista Social (3 años) y de Licenciado en Eugenesia Integral y Humanismo (4 años). La eugenesia positiva de Bernaldo de Quirós tiene un signo algo distinto a la eugenesia clásica. Se trata de una mezcla, algo extemporánea, de romanticismo reaccionario cristiano con un ideario positivista básico y ramplón, pero al mismo tiempo con un desconocimiento bastante sorprendente de la biología de su época, expresados según una propensión a construir una jerga de neologismos tan superflua como pintoresca. No aparecen referencias a la raza y se trata más bien de una eugenesia en la cual el papel del educador es conducir y modelar las condiciones naturales de los individuos en contra de lo que llama “la degradación cosista del hombre” (Bernaldo de Quirós, 1957) reconociendo que el hombre es un ser “biosocial”.  

Bernaldo de Quirós había sido abogado de la AABEMS y un entusiasta promotor de la eugenesia en la Argentina. Además de dictar, como docente, el curso de Eugenesia Jurídica y Social en la Escuela de Biotipología de Buenos Aires, dictó en la Facultad de Derecho de La Plata la cátedra de Derecho Eugenésico Argentino hasta la llegada del General Juan D. Perón al poder en 1946. Hacia 1939 había abandonado su cargo en la AABEMS, sobre todo por diferencias suscitadas con su director Arturo Rossi (1880-1942), principalmente sobre el modo de implementar el programa eugenésico. Funda entonces la Sociedad Argentina de Eugenesia. Según Gómez Di Vincenzo (2013) Quirós “veía como un abuso y una irrupción sobre la libertad del individuo a la implementación de tecnologías asociadas a la eugenesia negativa, no acordaba con la impronta biologicista y hegemónica de la biotipología propia de los años treinta, ni aceptaba una determinación fuerte de lo constitucional por sobre lo aptitudinal y el orden moral. Tampoco acordaba con Rossi (director de la AABEMS) sobre el tipo más representativo de la argentinidad y consideraba necesario “rescatar al criollo y al indio” (Quirós, 1942, 1970)[11]. Quirós define su eugenismo integral como la ciencia que:

“(…) enseña a conocer y preservar la raíz de la vida (herencia), los desarrollos físicos, mentales y espirituales en el proceso vital, evolutivo del hombre y la mujer y el cultivo orgánico (humanista) de sus facultades innatas, considerando la pareja cósmica como célula moral, sexual y social”. (Quirós, 1957, p. 13)

Como decíamos más arriba se trata de un enfoque eugenésico centrado en lo individual porque

“(…) rechaza la aplicación de todo método negativo, toda medida coercitiva para reducir la capacidad reproductiva de los disgénicos y antisociales, como la esterilización, el aborto, la reclusión, o las restricciones matrimoniales, porque pueden obtenerse mejores resultados por los procedimientos positivos de prevención, terapéutica y profilaxis integral; niega, asimismo, toda filiación eugénica a los métodos eutanásicos, y se opone a cualquier clase de choque con los sentimientos de libertad, de religión, o que perjudique a la Nación, a la Paz y a la Humanidad” (Gómez Di Vincenzo, 2013, p. 132).

Por esa misma época el médico y fisiólogo G. F. Nicolai[12] (1974 – 1964), nacido en Berlín pero de extensa actuación en Chile y en la Argentina (en las universidades de Córdoba y del Litoral) publicaba en Argentina su obra La eugenesia como gloriosa culminación de la medicina (Nicolai, 1957), un intento de fundamentación ideológico y filosófico de la eugenesia, por momentos candoroso e ingenuo, por momentos brutal y burdo, siempre de un cientificismo aristocrático y militante, y algo extemporáneo. Allí, Nicolai, defiende la eugenesia advirtiendo que:

“Desgraciadamente el solo hecho de que Hitler se haya mezclado en la eugenesia la ha desacreditado en vastos sectores de la población mundial. Aunque habrá quienes, en este no querer seguir a un Hitler, vean un signo de moralidad popular, en realidad el negarse a hacer algo útil porque un malvado ha hecho algo semejante, es sólo un signo de una inteligencia defectuosa (…)” (Nicolai, 1957, p. 130)

La versión local de la eugenesia, como no podía ser de otro modo, se desarrolló adoptando algunas particularidades derivadas del contexto social, cultural, poblacional y económico y de las características específicas de la comunidad científica que recogió e introdujo estas ideas. Probablemente por la convicción de los eugenistas argentinos de que el factor ambiental influía en la constitución ontogenética (a diferencia de otros eugenistas que eran principalmente hereditaristas), el reclamo por la implementación de una educación que modificara el pronóstico de los menos favorecidos. Esta intervención sobre la educación ha generado dos líneas de acción. En primer lugar el reclamo por la inclusión de la educación sexual, tanto en el sistema formal como a través de campañas dirigidas a la población en general y a las embarazadas en particular. En segundo lugar el control y tipificación de los alumnos a través de las llamadas “fichas eugénicas” o, en general “fichas biotipológicas”. Las fichas escolares eran moneda corriente desde principios de siglo, cuando José María Ramos Mejía era Presidente de Consejo Nacional de Educación, y combinaban desde preguntas por datos antropométricos, conductuales, psicológicos y “morales (véase Vezzetti, 1988 y Puiggrós, 1990), pero las fichas biotipológicas que proponía la AABEMS eran complejísimas e interminables y solo llegaron a implementarse a modo de experiencias piloto.

La composición ideológica de los eugenistas argentinos era sumamente heterogénea: había fascistas y filonazis, pero también socialistas, anarquistas, liberales y conservadores (Véase Plotkin, 1996)[13]. Esta diversidad ideológico-profesional se comprende cabalmente si se considera que lo que prevalece como agenda básica es la preocupación por el perfeccionamiento de la raza/sociedad/grupos pero en medio de crecientes y reales problemas sanitarios (ausencia o insuficiente sistema de salud, de agua potable y cloacas; los llamados venenos raciales, el alcoholismo, la tuberculosis y la sífilis), y problemas sociales generalizados como eran el hacinamiento en las ciudades (agravado en los países receptores de masas de inmigrantes), la higiene en la industria o la vivienda obrera. Estos elementos apoyaban el diagnóstico decadentista que mencionábamos más arriba. No es de extrañar entonces que muchos socialistas hayan estado cercanos a la eugenesia en las primeras décadas del siglo, por ejemplo a través de sus luchas por disminuir el alcoholismo en la clase obrera y mejorar sus condiciones de vida. Por otra parte, en la medida en que el fenómeno de la eugenesia, además de formar parte del clima cultural general de la época, involucra un entramado de ideas científicas, prejuicios e intereses políticos y económicos de enorme complejidad y extensión, difícilmente podría esperarse un movimiento homogéneo y lineal.

En la década del ’20 y primeros años de la siguiente se encuentran en la literatura eugenésica abundantes referencias elogiosas del fascismo italiano y del nacional socialismo alemán por los progresos en pro del mejoramiento eugenésico de la raza. En los Anales, incluso varios años después del inicio de la Segunda Guerra Mundial pueden leerse artículos en esta línea. Como quiera que sea, comprender el fenómeno de la eugenesia en la Argentina implica analizar la gran diferencia entre sus partidarios que, bajo un lenguaje aparentemente unívoco, revelan posiciones muy disímiles que van desde las meras preocupaciones sanitarias bajo los preceptos de la solidaridad y el sentido humanista, hasta las más groseras formas de sectarismo, racismo y totalitarismo. Si bien en general no se han implementado en la Argentina medidas cruentas como la esterilización forzada o la castración, y la tendencia se dirigió a impedir la reproducción de los seres “enfermos, inmorales y débiles de espíritu” y a incentivar la reproducción de los progenitores sanos, morales e inteligentes, hubo intentos de diversa intensidad por llevarlas a la práctica y la labor de difusión y académica en favor de la eugenesia fue de gran importancia y amplitud.

El argumento a favor de la eugenesia como obligación del Estado se funda en que el valor máximo a preservar es la sociedad por sobre los individuos. El concepto de defensa social, imbricado con la consideración del orden público como valor esencial, resulta clave para comprender la legitimidad de la demanda por diversas acciones que el Estado debía llevar adelante. La sociedad como cuerpo debía defenderse de estos distintos tipos de flagelos y amenazas en todos los ámbitos: “la defensa higiénica, la defensa industrial, comercial y económica; la defensa ética, política y jurídica” (Stach, 1916). Preservar el orden público y la defensa social resultan aspectos primordiales que se expresan en los ideales de pureza de la raza, en medidas sanitarias específicas así como también en considerar nuevas fuentes de legitimación de las penas criminales —orientadas no sólo a la responsabilidad del individuo criminal, sino a la defensa de la sociedad—, restricciones a la inmigración considerada indeseable, pasando por la eliminación o reclusión de los locos, criminales y enfermos e incluso la formulación de una ética sexual.

“La suprema ley que es la salud del pueblo, se antepone a todas las conveniencias particulares, y en nombre de aquella, debe el legislador apoyar toda su autoridad para darles vías de sanción, sin reparar en las consideraciones de los teorizantes de una pretendida libertad, que fragua sigilosamente muchas cadenas.” (Farré, 1919, p. 94)

Dentro de este clima general el médico posee la palabra que a su vez interpela y reclama la intervención del Estado. El médico se asume en este contexto ya no sólo como un técnico que desarrolla su labor específica de curar a los individuos, sino como factor esencial de civilización y progreso, sobredimensionando su injerencia en la política, sin contar con que muchísimos médicos han tenido importantes cargos en el Estado. Este proceso de medicalización reúne dos aspectos diversos y complementarios: la extensión casi ilimitada, pero siempre difusa, de los ámbitos de incumbencia de la medicina y los médicos a través de considerar como categorías de análisis básico lo normal y lo patológico[14]; acompañada por la efectiva injerencia del Estado a través de Instituciones y políticas diversas. Así, podían ser consideradas como patologías la locura, el alcoholismo, la tuberculosis, la sífilis y otras venéreas, pero también diversas inclinaciones y prácticas sexuales, la criminalidad, la agitación social, la prostitución. Esos médicos que ya no sólo curan enfermos sino al organismo social y extienden su campo de acción hacia esferas nuevas, ahora interpelan al Estado y le reclaman acciones tanto preventivas como de control y represión, conforme a los diagnósticos que ellos mismos, en tanto especialistas, elaboran. Allí convergen entonces las condiciones hereditarias con las ambientales y el Estado es el que debe proporcionar las condiciones mínimas de salubridad del medio. El objetivo era a corto y mediano plazo de asistencia, control y represión de los factores que degeneraban la raza y a largo plazo la conformación de una conciencia eugénica. Hay una relación directa con el higienismo, verdadera asociación entre los ideales médicos, la ciencia, los resortes del Estado y la pureza de la raza en relación con la afirmación de la nacionalidad. La figura del médico se autoinstala como garante del bien general a partir del control de los individuos, actividad brutalmente legitimada por la repetición de epidemias hacia las últimas décadas del siglo XIX y las deficientes condiciones sanitarias de las grandes ciudades.

La medicalización de la sociedad implica una serie de mecanismos diversos que se fueron implementando paulatinamente, en general sobre la base de la “policía médica del Estado” alemana. El alcance de la medicalización quizá pueda comprenderse a través de las críticas de algunas escasas voces discordantes, como la del médico L. Sirlin

(…) “las conquistas de la higiene social estimularon a los médicos a ensanchar los dominios de su ciencia, creando una nueva rama: la medicina social, cuyo campo de acción al principio restringido se ha ensanchado más y más debido al injerto de las doctrinas eugénicas. (…) La medicina social, como decimos hija modesta al principio de la higiene, se ha ido extendiendo cada vez más, llegando hoy a tratar de los más variados asuntos, invasión que tiende a formar una modalidad de la sociología, que bien podemos denominarla sociología médica, que pretende encarar todos los problemas de la vida social colectiva bajo el criterio médico. (…) Llevado a la práctica, todo el sistema con la organización metódica de la ‘policía científica médica’ que propusiera el siglo pasado Johan Peter Frank, estos tribunales médicos, verdadera inquisición científica, se convertirían en un torniquete para los humanos; tanto cuidado para defender la raza, en vez de traer la felicidad a los hombres, el celo de sus defensores se convertiría en su pesadilla o martirio. (…) todo lo ven bajo el prisma de la patología, sólo ven enfermos (…).” (Sirlin, 1926, p. 228)

3.   Las jerarquías humanas: lo superior/inferior en el marco racista

Queda claro que la eugenesia asume que hay jerarquías humanas, valiosos y disvaliosos, superiores e inferiores, lo cual inmediatamente nos remite a consideraciones racistas. Sin embargo, la situación es más compleja y, más bien, habría que ubicar la discusión racista en un marco más amplio de lo superior y lo inferior. Veamos algunas consideraciones generales sobre el racismo.

El racismo en tanto manifestación de desconfianza, temor y hasta odio al extranjero o diferente es tan antigua como la Humanidad. Pero el siglo XIX inaugura un abordaje nuevo, consistente en tratar de establecer y justificar científicamente las diferencias y jerarquías entre las razas, lo que Todorov llamó “racialismo” (véase nota Nº 3 del Capítulo 3).

Habitualmente se señala al conde Joseph Arthur, conde de Gobineau (1816-1882) como el iniciador del racismo moderno, a partir de su Essai sur l’inégalité des races humaines (1853-55) –Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas-, en el que expone una historia universal basada en las características de las razas humanas: la negroide, la amarilla y la blanca, exaltando las virtudes de esta última como mejor exponente de los valores humanos (energía, inteligencia, amor a la vida, capacidad creadora y especulativa). No obstante, según él, la mezcla de razas perjudica a la humanidad, ya que, si bien es cierto que las razas inferiores se benefician de su mestizaje con las razas superiores, éstas pierden en el cruzamiento más de lo que aquéllas ganan, de manera que el balance es negativo. En este sentido Gobineau, como buen francés, considera a los alemanes inferiores a los franceses por la gran mezcla biológica de aquéllos. Para Gobineau, pensador imbuido de una mentalidad romántica, aristocratizante y colonialista, la historia es el fruto de la hegemonía de las razas superiores, y considera que debe mantenerse la pureza de la sangre a toda costa para evitar la degeneración de la humanidad.

El racismo era un punto de vista enormemente extendido que ha marcado en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX casi todos los ámbitos académicos, científicos y políticos. En un texto de gran influencia hacia fines del siglo XIX (Les lois psychologiques de l’evolution des peuples, publicado en 1894), G. Le Bon (1841-1931) exponía las razones por las cuales era imposible que un pueblo inferior adoptara una civilización superior, de modo tal que la “inevitable anarquía de las repúblicas hispanoamericanas” era explicada por su propia composición racial. El médico argentino L. Ayarragaray (1861-1944) sostenía en la misma línea que las deficiencias políticas de la Argentina eran debidas a la constitución hereditaria, y debían ser tratadas como un problema de psicología biológica. La composición racial del país, sostenía, dificultaba la adopción de las instituciones políticas de los países más avanzados de Occidente, dadas las propensiones degenerativas de la población, siendo la inmigración europea la única esperanza de mejora. De hecho la necesidad de atraer la población europea, sobre todo la anglosajona, era la especificación de la propuesta alberdiana, “gobernar es poblar”.

En Las conquistas de la higiene social, publicado en 1910, Augusto Bunge, rescata las imágenes provistas por la literatura de H. G. Wells (1866-1946):

“(…) en las capas sociales superiores, el corrillo cínico y desdeñoso de una pequeña minoría de déspotas; y abajo, en los pisos inferiores (…), el hormiguero de una humanidad inferior irremediablemente proletarizada (…). Hombres bestializados, de pequeños cráneos y salientes quijadas, de bocas casi simiescas y enormes puños prontos a golpear, sin más ideas que la fuerza y habilidad físicas, ni otra aspiración que satisfacer los instintos primordiales” (Citado en Zimmermann, 1995, p. 112)

Las consideraciones racistas se encontraban también a la base de la formación de científicos. En una “Conferencia que responde a la segunda bolilla del programa, dada a los alumnos de 4° año de medicina” —aparecida en La Semana Médica— el Dr. Enrique Revilla (1902) señala constantemente la diferencia entre las razas inferiores —la africana— y las razas superiores —la blanca o caucásica— expresada en rasgos morfológicos como el ángulo facial y “una fuerza de expansión indefinida con un poder de cosmopolitismo tradicional, a la inversa de las inferiores, como los negros y los polinesios”; y son los negros justamente, la raza “más rebelde a la civilización y tan refractaria a las costumbres suaves como a los sentimientos de humanidad; es en su seno donde aún se encuentran tribus de antropófagos”.

José Ingenieros (1877-1925), también expresa un racismo feroz y burdo. Transcribo aquí dos pasajes, el primero extraído de un trabajo en el cual recoge las impresiones de un viaje y el segundo, de un artículo en el que analiza “en qué consiste la formación de una raza argentina entendida como una variedad nueva de las razas europeas blancas inmigradas al territorio argentino” y en el cual retoma varias veces la extendida distinción entre civilización y barbarie:

“El espectáculo ya harto vulgar, de la turba de negros zambulléndose en el mar transpa­rente para atrapar una moneda, es indigno de ser descripto. El más elemental orgullo de la especie queda mortificado al presenciar por vez primera ese ejemplo de lasitud moral ofre­cido por las razas inferiores. Todos los inge­nuos lirismos de la fraternidad universal se estrellan contra estas dolorosas realidades. Juzgando severamente, es fuerza confesar que la esclavitud —como función protectiva y como organización del trabajo— debió mantenerse en beneficio de estos desgraciados, de la misma manera que el derecho civil establece la tutela para todos los incapaces y con la misma generosidad con que asila en colonias a los alienados y protege a los animales. Su esclavitud sería la sanción política y legal de una realidad puramente biológica (…). Cuanto se haga en pro de las razas inferiores es anticientífico; a lo sumo se les podría proteger para que se extingan agradablemente, facilitando la adaptación provisional de los que, por excepción, puedan hacerlo (…) sería absurdo tender a su conservación indefinida, así como favore­cer la cruza de negros y blancos. La propia experiencia de los argentinos está revelando cuán nefasta ha sido la influen­cia del mulataje en la argamasa de nuestra población, actuando como levadura de nuestras más funestas fermentaciones de multi­tudes, según nos enseñan desde Sarmiento, Mitre y López, hasta Ramos Mejía, Bunge y Ayarragaray (…). El sociólogo que observa las razas humanas con el cerebro y no con el corazón, está obligado por lo menos, a pensar lo mismo que el criador en materia de razas equinas o lanares. ¿O por ventura, la raza humana nos interesa menos que ellas?” (Ingenieros, 1908 [1951, p.324])

“Hay un hecho admitido: las razas blancas han mostrado en los últimos 20 o 30 siglos una superioridad para la organización social del trabajo y la cultura, cuyas manifestaciones generales llamamos civilización, y cuyos núcleos concretos conocemos por naciones civilizadas. (…) Hay ya elementos inequívocos de juicio para apreciar este advenimiento de una raza blanca argentina —rápidamente acentuada en los últimos 10 años y destinado a producir más sensibles resultados sociales en los 20 próximos– y que pronto nos permitirá borrar el estigma de inferioridad con que han marcado siempre los europeos a los sudamericanos (…). Esa es [se refiere al ejército] la más hermosa expresión de la nacionalidad argentina: en vez de indígenas y gauchos mercenarios, son ciudadanos blancos los que custodian la dignidad de la Nación. Este deber, que los nuevos argentinos cumplimos con más conciencia que los intrépidos montoneros implica un derecho consagrado por la ley vigente, que unifica el padrón militar y el padrón electoral (…) Nacionalidad argentina implica pues, sociológicamente, raza argentina (…) Está en formación: no se han extinguido todavía los últimos restos de las razas indígenas y de la mestización colonial.” (Ingenieros, 1915, p. 468 y ss.)

Como quiera que sea hay que marcar algunas particularidades acerca del racismo y su relación con la eugenesia. La primera cuestión, ya señalada más arriba pero repitámosla, es que el discurso racista no sólo establece una estructura estática de las jerarquías raciales sino que esas jerarquías se inscriben en la historia natural del hombre en cuanto especie biológica pero que también habría producido una historia cultural diferenciada del proceso civilizador que explica por qué algunas sociedades habrían realizado esa marcha hacia adelante más rápidamente y mejor que otras. Como decíamos también, esta segunda cuestión probablemente sea más importante que la primera y exprese con toda claridad la dialéctica decadencia/progreso en la cual hace hincapié el ME y que también se inscribe en clave de la metáfora evolucionista que tiñó todo el siglo XIX. Incluso la discusión entre monogenistas (véase nota N° 1 del Capítulo 4) y poligenistas son dos caras de la misma moneda, pues ninguno tenía dificultad en aceptar la inferioridad /superioridad: unos por sus repetidos y marcados retrocesos en el tiempo, otros por la marca de origen.

En segundo lugar, la dialéctica superior/inferior incluye otras escalas de menor alcance. Por ello a la forma típica, anatómico/morfológica, de distinguir entre razas (marcando la superioridad de la raza blanca y la inferioridad de negros, indios y orientales) se agregan otras formas complementarias y aun contradictorias: a veces se incluían factores biológicos, geográficos, climáticos, históricos y culturales, de clases o grupos sociales, a veces se confundía raza con nacionalidad o con población. Inferiores eran gitanos, rusos judíos, hindúes, delincuentes, prostitutas, alcohólicos, deficientes mentales, epilépticos, locos, sifilíticos, tuberculosos, agitadores políticos, ácratas (anarquistas) o maximalistas (bolcheviques).

En tercer lugar, el discurso racista del siglo XIX asume una relación causal entre dos conceptos categorialmente diversos y, principalmente, inconmensurables: diversidad y desigualdad. El argumento ha sido, básicamente, que la desigualdad social obedece a que los hombres son diversos en algún aspecto esencial y básico. En el pensamiento clásico, la desigualdad social era solo el correlato de una diversidad que debía buscarse en la misma naturaleza humana (filosófica o racionalmente detectada). Pero la Modernidad trae consigo, a través del contractualismo primero al que se agregan otras vertientes del pensamiento político después, la igualdad por naturaleza y los derechos individuales. En ese contexto, sancionada filosóficamente (y, en ocasiones incluso políticamente) la igualdad formal, el discurso sobre la desigualdad se desplaza a la órbita de las ciencias biomédicas. Comenzarán entonces a explicarse las desigualdades sociales como correlato de la diversidad biológica. El racismo del siglo XIX, devenido racialismo, se suma a ese estilo de pensamiento denominado genéricamente “determinismo biológico”, definido por S. J. Gould como la creencia en que:

“tanto las normas de conducta compartidas, como las diferencias sociales y económicas que existen entre los grupos- básicamente diferencias de raza, clase y de sexo- derivan de ciertas distinciones heredadas, innatas, y que, en este sentido, la sociedad constituye un fiel reflejo de la biología.” (Gould, 1996 [2003, p. 42]).

Ello explica que en en los últimos doscientos años abundaran las formas de justificar la desigualdad social y política sobre la base de la diversidad biológica (real o supuesta): desde los racistas más básicos pasando por los viejos craneómetras y frenólogos, antropólogos criminalistas, eugenistas y biotipólogos, hasta llegar en las últimas décadas a buena parte de la sociobiología humana.

Cuarto, deben considerarse las políticas de control de la inmigración de muchos países y cómo los discursos racistas y eugenistas se articulaban en función de esas políticas. Como ya se ha señalado el proceso migratorio del siglo XIX/XX vivió dos momentos bien diferenciados: uno de recepción masiva e indiscriminada y un segundo en el cual se intentó limitarla por la calidad y los eugenistas comienzan a abogar por establecer prohibiciones de entrada para determinados grupos, razas o individuos. La cita del psiquiatra argentino Gonzalo Bosch, ya mencionada, ilustra esta cuestión: “Alberdi decía: ‘gobernar es poblar’, concepto muy propio de su época; nosotros, hoy diríamos ‘Gobernar es seleccionar’” (Bosch, 1930, pág. 5). Además de los argumentos puramente económicos y prácticos, una constante fue la identificación inmigrante/delincuente (sobre la correlación más básica: raza- crimen) lo que incluía la criminalización de las incipientes luchas obreras. En este contexto, hay una división clara entre el discurso eugenista de algunos países expulsores de población, que rescatan y promueven la recuperación de la “pureza de la raza original” (esto es claro en la eugenesia alemana, italiana y española) para reeditar un pasado mítico glorioso y, por otro lado, el discurso en los países receptores de inmigrantes.

En los países receptores de inmigrantes que tenían una proporción importante de población descendiente de población nativa preconquista europea (como Perú, México o Bolivia), coexistían dos argumentos en conflicto: el discurso que abogaba por definir una población exótica que debía suplantar a la nativa, y el otro que, al igual que en los países expulsores de población, pretendía la recuperación de ese pasado glorioso perdido. T. Hartmann (1927, p. 365-374), por ejemplo, rescata los valores de la raza boliviana[15] augurando un futuro sumamente promisorio sobre la base de los valores que la caracterizan, heredados de la más pura tradición indígena. Por su parte, y en un sentido opuesto, E. Rabasa refiriéndose a la realidad mexicana, sostenía:

“Las nociones de ciencia que se enseñan en la escuela, son inútiles para el indio que continua aislado en su medio ambiente; primero porque no las entiende, y luego porque no tienen aplicación a su labor, ni uso en sus relaciones diarias.” (Rabasa, 1921, p. 326)

Así, por ejemplo en México[16] también se discutieron los programas de esterilización, educación sexual y sanitaria en pos de lograr una raza mexicana de mejor calidad, siendo corriente la idea, en las primeras décadas del siglo XX, según la cual las clases media y alta controlaban su reproducción a través de los programas de control natal vigentes, pero la clase menos deseable o baja no lo hacía; y esto, constituía, desde el punto de vista de los eugenistas, la causa de la degeneración de la raza mexicana.

Por otro lado, en los países que habían exterminado o minimizado a los pueblos originarios, prevalecía la idea de determinar cuál sería la mejor mezcla de razas exóticas para conformar la raza local. La imagen de la Argentina como un crisol de razas refleja esto. Sin embargo, aunque había consenso sobre la idea de generar una raza de calidad, la composición étnica sumamente heterogénea (inmigrantes de diverso origen, criollos y algunas pocas poblaciones indígenas) y la vigencia de un proyecto hegemónico sobre la necesidad de construir una nacionalidad argentina, fueron dando características propias y diferenciales al ME con relación al problema de la raza. Obviamente el argumento de las razas puras chocaba contra la heterogeneidad de orígenes de la población argentina y la disputa se establecía con los que sostenían el argumento acerca de la superioridad o calidad racial que se obtendría de una buena mezcla:

“El continente sudamericano será el gran crisol donde se fundirán en un porvenir próximo todas las razas, todas las nacionalidades, dando como producto definitivo el tipo perfecto, en la medida de lo relativo a qué podemos aspirar” (Revilla, 1902, p. 342)

La consigna sobre la depuración y mejoramiento de la raza era un tema que excedía el marco político y académico, constituyendo parte del clima de ideas dominante. Todos tomaban partido acerca de la cuestión:

“Ha llegado a hablarse por los pesimistas de una quiebra de la raza. ¡No tanto! Nos salvaremos gracias al fuerte aparejo —valga la expresión— que trajimos al mundo en la sangre española y en la indígena. (…) Nos nace una especie de patriotismo biológico, si se acepta la expresión, un concepto más objetivo que abstracto de raza” (Gabriela Mistral, 1931, p. 211)

Aunque había discusiones acerca de la necesidad de definir claramente la noción de “raza”, como advierte en respuesta a Ingenieros, S. Debenedetti (1915, p. 417) quien diferencia claramente entre un concepto étnico y la nacionalidad que es un concepto sociológico, el marco de jerarquías raciales no se inmuta: “es cierto, como hecho admitido, la superioridad de la raza blanca”[17].

El concepto de raza era ubicuo y servía a todo tipo de justificaciones ideológicas y la convicción de que había una relación estrecha entre las condiciones biológicas y el desarrollo de las naciones era generalizada, las metáforas biológicas a la orden del día:

“(…) el poder económico y la estructura psicológica de las naciones dependen de la fuerza y de la fisonomía moral de los individuos, como la fuerza y la fisonomía moral del individuo depende de la robustez psicofisiológica de sus órganos componentes.” (Figueroa, 1906, p. 244)

Un tópico entre los eugenistas argentinos fue la discusión acerca de la justificación de la superioridad de la raza latina, bandera difundida fuertemente desde la AABEMS. En 1934 los Anales reproducen un mensaje radiotelefónico que enviara el presidente Agustín P. Justo en ocasión del 112° aniversario de la independencia del Brasil:

“Todos los pueblos que integran la comunidad latinoamericana sienten correr por sus venas la misma sangre y alientan el mismo ideal. Nuestra condición de la raza latina en América nos hace soldados de la misma civilización, amantes del derecho y cultores del trabajo y de la libertad. Somos de aquella misma recia estirpe romana cuya influencia se extendiera sobre Iberia, transmitiendo su dinamismo a Portugal y España para que dominaran los mares, haciendo surgir de su seno y de sus confines estas tierras, donde el ideal cristiano, para bien de la humanidad, había de tener realización definitiva y esplendorosa.” (Anales, 1934. N° 29, p. 3)

Se trata de una idea que fue ganando adeptos en los círculos eugenésicos y uno de sus principales mentores fue el médico italiano Nicola Pende[18] (1880-1970), referente y autoridad científica de la AABEMS, considerado el principal exponente de la biotipología. Pende, funcionario fascista y militante, explica a través de la consideración de diversos rasgos biotipológicos que incluyen consideraciones antropométricas y endocrinológicas, la pureza y superioridad de la raza latina, como ya se ha señalado más arriba. Sostiene:

“El problema de las razas en sus relaciones con las colectividades nacionales y con la biodinámica de las naciones modernas no es de competencia de los hombres políticos o de los sociólogos, sino de los biólogos que cultivan con investigaciones positivas de biología de las razas humanas vivas, aquella novísima rama de la ciencia de la cual el moderno hombre político (como Benito Mussolini nos enseña) no quiere o no puede hacer a menos: la Biología política. (…)

Y he aquí como nosotros llegamos a la conclusión de que de las cinco razas principales que viven en Europa, las tres razas brunas circum-mediterráneas, sea del lado de la robustez física como de la fecundidad, como del lado psicológico, poseen una afinidad muy notable en comparación con las dos razas rubias; y sobre todo las primeras, poseen una garantía de vitalidad y longevidad, que nos explican por qué en los siglos pasados ellas han podido siempre rechazar victoriosamente las invasiones de los rubios lejos de las costas del mediterráneo, toda vez que germanos y eslavos han tentado de acercarse al mar. (…) son precisamente estas tres razas brunas circum-mediterráneas aquellas en las cuales la latinidad ha podido florecer y prosperar, en las cuales la gran idea de Roma ha podido encontrar el buen humus biotipológico fecundo; mientras jamás en la historia tal idea ha conseguido implantarse en el alma nórdica y eslava, el alma de las dos razas rubias, tan diversas, por razones biológicas, de los descendientes de Roma. (…)

La historia entonces, y la Biotipología de las razas nos demuestran cuál será el verdadero destino de los pueblos circum-mediterráneos (…) Es tal civilización mediterránea reconstruida, fundada sobre la unidad espiritual mediterránea reconstruida, que Roma y su Duce quieren hoy contraponer, para la paz del mundo, al tipo de civilización de la máquina y del individualismo económico, civilización de origen nórdico, que ha conducido al mundo a la carnicería de la gran guerra y de la gran crisis material y espiritual moderna. Tal tipo de civilización por razones biológicas de raza como por razones históricas, no puede ser ulteriormente tolerado por todas aquellas naciones en cuya sangre vive y vivirá siempre el germen de la grandeza física y psíquica de Roma inmortal.” (los resaltados se encuentran el original) (Pende, 1935, p. 2-4)

4.   Eugenesia y educación

Comprender la vinculación de la eugenesia argentina con la educación en general y con el sistema educativo formal en particular (principalmente a través de la implementación de fichas biotipológicas y educación sexual) requiere una serie de consideraciones. En primer lugar ha quedado suficientemente claro que el planteo eugenésico es claramente hereditarista, de lo contrario no tendría sentido alguno poner tanto énfasis en el control de la reproducción. Pero una lectura apresurada y algo extemporánea, podría suponer que ante la opción acerca del origen de las características y conductas humanas, los eugenistas argentinos son demasiado heterodoxos y optarían por una versión ambientalista. De hecho, N. L. Stepan sostiene, en un texto que ha tenido cierta influencia (1991) que la eugenesia en América Latina se ha desarrollado bajo una marca fuertemente neolamarckiana y si bien es verdad que nunca se estableció una distinción tajante entre herencia biológica y ambiente, lo cual favoreció en términos de políticas sociales la implementación de una serie de reformas tendientes a controlar y mejorar ambos aspectos, lo cierto es que los eugenistas reconocen una filiación teórica mucho más desprolija en sus escasos conocimientos de genética. No sólo no hay discusiones específicas al respecto, sino que lo que se nota en las fuentes es un desconocimiento por parte de buena parte de la comunidad médica de los desarrollos de la genética de su época (Véase Stepan, 1991). A decir verdad, la propuesta inicial de Galton era perfectamente compatible con ideas acerca de la herencia que hoy sabemos erróneas, como por ejemplo la mencionada herencia de los caracteres adquiridos. Este punto de vista que habitualmente se asocia, acertadamente, con Lamarck, era, no obstante, también aceptado por Darwin en El Origen (Capítulo 1): “El cambio de costumbres produce un efecto hereditario, y en los animales el creciente uso y desuso de las partes tiene una influencia marcada”. Lamarck nunca propuso ningún mecanismo concreto de la supuesta herencia de estos caracteres mientras que Darwin imaginó la hipótesis de la pangénesis. De modo que, un poco a contramano de la historia de la biología no habría sido Lamarck sino Darwin el que propuso algo así como la herencia de los caracteres adquiridos en términos no especulativos. Lo cierto es que los eugenistas adoptaron versiones con un sesgo en el cual la influencia del ambiente tenía un valor considerable aún en un contexto en el cual los genetistas y biólogos ya habían dejado de lado esa posibilidad. Pero no hay una recuperación de Lamarck y no hay discusiones, al menos entre los eugenistas argentinos, sobre cuestiones técnicas referidas a la reproducción o a la genética, incipiente por esos días (década del ‘30) en que también se consolidaba la “teoría sintética de la evolución”. Los eugenistas mencionan los aportes de Lamarck sobre la acción evolutiva del medio, pero también se sienten deudores de la doctrina de Darwin sobre la selección natural, la de Weissman sobre el “plasma germinal”, la de Mendel sobre la “hibridación”, la de Semon sobre el “mneme” y la de Nussbaum sobre “la identidad del protoplasma” (Cf. Kehl, 1926, p. 480).

Si bien se identificaban en general las causas de la pobreza y la desigualdad económica con las variaciones hereditarias, para muchos higienistas y expertos en medicina social latinoamericana esta relación causal era, en determinadas circunstancias, reversible. Mientras la herencia era la vía de difusión de la degeneración o regeneración, el medio era decisivo a la hora de producir cambios que luego se transmitirían por la herencia biológica. De hecho, las condiciones de vida y el medio ambiente social podían ser también fuente de declinación en la constitución biológica y, en general los eugenistas argentinos consideran que ni la “degeneración” ni la buena descendencia respetan clases sociales, sino que podían surgir en cualquier estrato. El Dr. Delfino[19] sostiene:

“Todas estas medidas, tendientes aisladamente a producir algunos resultados, a pesar de no ser aun bien conocidas las leyes de la herencia morbosa no podrán, sin embargo, en nuestro sentir, suministrar los frutos esperados, porque todas las medidas y disposiciones emanadas de la eugenia, cuando actúa en función de mejoramiento social, se resienten de atroces prejuicios sociales, cuales son los de considerar como elemento malo a la clase proletaria, porque es la clase pobre y deben ser para ella todos los rigores de los nuevos métodos. Y entonces, tal vez sin quererlo, plantea el problema de la miseria, el problema de la escasez, de la penuria y del hambre en que se desenvuelven las modernas sociedades. Y ello porque la eugenia ha tomado en cuenta el hombre individuo solamente y el factor herencia, desconociendo la influencia de otros importantísimos —acaso esenciales— cuales son el ambiente físico y el social.” (Delfino, 1912, p. 1176)

Como decíamos más arriba, uno de los elementos que vinculan eugenesia y educación es el reclamo por implementar la educación sexual[20]. Los eugenistas bregaban por lograr que a través de la toma de conciencia por obra de la información —básicamente sobre sífilis, alcoholismo y tuberculosis— se evitara la reproducción o se procurara cuidar que no fuera disgenésica[21]. La educación sexual propuesta siempre está referida a la reproducción cuidada, la responsabilidad con respecto a la raza y a las enfermedades venéreas y el alcoholismo, vale decir con una inclinación fuertemente biologicista o médica. El placer sexual, ausente de la propuesta, es considerado una suerte de residuo natural (y secundario) del objetivo natural que es la reproducción. Se trata de regular la reproducción, racionalizarla y someterla al control científico. De cualquier manera, la pelea por introducir la educación sexual ya desde los primeros años de la escuela, incluso en el sentido particular y sesgado en que la entendía el eugenismo, ha sido muy dura y extendida.

En Buenos Aires, la Liga Argentina de Profilaxis Social obtuvo en 1924 la autorización del Ministerio de Instrucción Pública para dictar conferencias sobre la materia a los alumnos de los colegios de enseñanza media y magisterio de todo el país con el fin de efectuar la educación de educadores utilizando para esa tarea dos películas cinematográficas tituladas “Cómo comienza la vida” y “Madres, educad a vuestras hijas”, empleadas con idénticos fines por el gobierno de los Estados Unidos de América.

El instinto sexual era considerado por los eugenistas como el único que no se había podido someter a la tarea civilizatoria y allí radicaría, justamente, una de las causas de muchas acciones disgenésicas. Por ello consideraban importante la ilustración de la población sobre los riesgos de la concepción en determinados estados o condiciones. En un trabajo publicado en La Semana Médica, el psiquiatra suizo Auguste Forel (1848-1931), una autoridad en la materia muy seguida en la época, sostiene que el deseo sexual no es ni moral ni inmoral, sino simplemente un instinto adaptado a la reproducción y deduce una suerte de imperativo categórico sexual que dice:

“Tú debes prestar atención a tu deseo sexual en sus manifestaciones en tu conciencia y principalmente en tus actos sexuales, no debes perjudicarte a ti mismo ni a otro ni, sobre todo, a la raza humana, sino que debes empeñarte con energía para aumentar el bienestar de cada uno y de todos.” (Forel, 1912, p. 662)

En esta línea, y echando mano a un argumento consecuencialista de dudosa evaluación sostiene que los deseos sexuales serán positivos si, en orden de jerarquía creciente, benefician a los individuos, a la sociedad y a la raza; y negativos si perjudican a algunos de ellos o a todos y éticamente indiferentes si no producen ni perjuicio ni beneficio. Las “perversiones” del instinto sexual como por ejemplo “el sadismo (…), el masoquismo (…), sensibles invertidos sexuales (homosexualidad), fetiquismo (sic), exhibicionismo” que no perjudicaran a nadie son éticamente indiferentes y los que los poseen “generalmente hablando no se multiplican”. Forel critica a la moral religiosa que muchas veces considera como grandes pecados y crímenes a acciones, como por ejemplo la masturbación, que no serían más que el resultado de “un estado mental desequilibrado”:

“La costumbre del abuso de sí propio, en extremo variable en sus orígenes, surge comúnmente como un sustituto, pero es a menudo el resultado del mal ejemplo. Puede ser también (aunque con menos frecuencia) hereditaria u originada por trastornos nerviosos, mientras que en otros casos, es producida por causas mecánicas (fimosis, gusanos, o ejercicios gimnásticos) (…) no es tan peligroso como comúnmente se sostiene” (Forel, 1912, p. 667)

 

Es interesante, y curiosa, la opinión de J. Ingenieros sobre la supuesta decadencia del instinto sexual que se manifiesta en el amor y la sexualidad, por obra de las costumbres que prevalecieron:

“(…) el matrimonio fue en su origen favorable a la selección sexual, asegurando la poligamia de los hombres superiores con las mejores mujeres y excluyendo de la lucha por la reproducción a los individuos despreciados de ambos sexos. Pero el progresivo predominio de la fortuna y el rango sobre las aptitudes individuales, debido a la herencia transfirió el privilegio poligámico a hombres inferiores y atenuó los beneficios selectivos de ese régimen. La generalización de la monogamia, primitivamente propia de los hombres inferiores, representó una progresiva degeneración de la selección sexual, nivelando en parte la situación de los buenos y los malos reproductores (…) Las condiciones de vida familiar y social que caracterizan al matrimonio monogámico contractual son desfavorables al mejoramiento eugénico de la especie humana (…) La reconquista del derecho de amar para ambos sexos sin las restricciones de la domesticidad restablecería la selección sexual y permitiría el advenimiento de alguna variedad humana eugénicamente superior, capaz de evolucionar hacia la constitución de una nueva especie.” (Ingenieros, 1924, p. 366)

Aunque los médicos eugenistas son, en general, católicos y creen a rajatabla que la función de la sexualidad es la reproducción y aunque no faltan intentos de compatibilizar religión y eugenesia, lo cierto es que los reclamos por la educación sexual chocaron siempre con la oposición de la iglesia católica.

El otro nivel en el cual se relacionan claramente eugenesia y educación, es el constante reclamo de los eugenistas por el control y tipificación de los alumnos —y toda la población en general— a través de las llamadas “fichas eugénicas” o más específicamente “Fichas biotipológicas”[22]. La escuela, entonces, no solo era un ámbito de difusión y concientización, sino también de intervención en la medida en que el médico hiciera conocer al pedagogo “(…) diversos tipos escolares y la manera de obtener un provecho mayor del educando no pudiendo ser la acción cultural uniforme sino bajo ciertos principios que exigen la adecuada aplicación a cada caso particular” (Lozano, 1933, p. 10). El enorme esfuerzo por imponer la ficha biotipológica se funda en –y a la vez explica- la gran influencia que el médico italiano Nicola Pende tuvo sobre la AABEMS, considerado por sus discípulos argentinos (sobre todo Arturo Rossi y Octavio López) como el fundador de la biotipología.

Uno de los principales objetivos de la AABEMS en el área de la Medicina Constitucional era determinar los biotipos étnicos de la población argentina y obtener de este modo, un diagnóstico que permita a través de la Medicina Social llevar a cabo un programa eugenésico nacional. En mayo de 1934 se crea, en el seno de la AABEMS, la Escuela Politécnica de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, con el objetivo de formar a los maestros que actuarían como asistentes escolares en la confección y análisis de las fichas biotipológicas desde la perspectiva de la Medicina Constitucional. El Dr. Mariano Castex propone la elaboración de la ficha biotipológica para el análisis constitucional, a base de la psicotécnica, “para impedir que la gran familia proletaria se invalide precozmente por la causa deletérea del trabajo”. Por su parte, en los Anales, el Dr. Arturo Rossi propone una Ficha[23]  Biotipológica Ortogenética Escolar, según señala a pedido de colegas médicos y de un modo especial de pedagogos, y que recababa información sobre infinidad de aspectos considerados relevantes y pertinentes con el objetivo de:

“(…) implantar una más racional y científica clasificación y graduación de los alumnos, base esencial de la novísima pedagogía, y toda vez que la escuela extienda su acción a la verdadera profilaxis individual de los educandos haciendo eugenesia y dando sus nuevas normas a la Medicina Social.” (Rossi, 1936, p. 3)

Para establecer esta clasificación más racional y científica de los alumnos, se pedía la respuesta sobre ¡298! cuestiones a las que se agregaban para el caso de los anormales psíquicos otras 60. Al comenzar la ficha se destaca el estudio de la herencia fisiológica y patológica del alumno, el relevamiento de los datos de consanguinidad y la evaluación de las influencias “blastoftóricas y blastoftóxicas que imprimen su sello en el genotipo y el paratipo”. En el apartado titulado “somatoscopía” se analiza el biotipo constitucional del niño a través de las características morfológicas de algunas partes de su cuerpo. Otro de los espacios destacados en la ficha era el “Hábitus morfológico” donde se consideraban distintas medidas del cuerpo: peso, altura, mediadas craneanas, forma y medidas de la cara, del cuello, tórax, abdomen, miembros superiores e inferiores y diámetro biacromial. Se llevaba a cabo también, un relevamiento de las características raciales con las mediciones del cráneo, la forma de la nariz, se evaluaba el color de la piel, tipo y color del cabello. Se tenían en cuenta el desarrollo psico-físico, las enfermedades de la infancia y las llamadas “crisis de la pubertad” lugar en el que se consignaba las características que adquiría el sujeto en el período dados los cambios propios del desarrollo. Un lugar destacado era ocupado por el estudio del ambiente doméstico del educando. En este espacio de la ficha, se evaluaba el grado cultural, moral y la higiene familiar. Por otro lado, se llevaba a cabo un examen clínico y psicológico del alumno que incluía el estudio de la conducta, memoria, atención, formas de pensamiento. Sobre la atención, por ejemplo, se preguntaba si era espontánea o provocada, sensorial o emotiva, voluntaria, duración e intensidad y extensión del campo de la conciencia. También, se indagaba sobre la formación de las ideas, su asociación, juicio, raciocinio y patrimonio ideativo. Sobre el pensamiento, si era realista, abstracto, lógico, fantástico, imaginativo, místico o con el sentido crítico. Se indagaba sobre los sentimientos estéticos, éticos, egoístas, altruistas, afectividad, emotividad, curiosidad. Se estudiaba el carácter y se definían los tipos: tétrico, apático, hiperemotivo, estable, inestable, calidad moral relevante, etc. Por último, se clasificaba el temperamento y el tipo y grado de inteligencia.

La exagerada cantidad de preguntas de las fichas genera un problema técnico pues su llenado era de gran dificultad a menos que se contara con una enorme cantidad de personal altamente entrenado. Pensar que muchas de las respuestas, para las que se requeriría un gran conocimiento de los niños, podían ser llenadas por profesionales ajenos por completo a ellos pone de manifiesto cuando menos una exagerada autoestima y omnipotencia de los que preparaban estos formularios. Pero, además pone de manifiesto la inclinación a no dejar nada fuera del control del especialista y a generar dispositivos de control y vigilancia exhaustivos bajo la atenta mirada del médico y del inspector escolar y conferían un gran poder de discriminación:

“(…) la formación del patrón sanitario escolar incumbe a los profesores y a los inspectores médico-escolares en estrecha colaboración. El médico escolar, ha de vigilar el complejo de influjos que pesan sobre el alumno, evitando infracciones en la redentora higiene (…) el propio funcionario es el indicado para establecer la selección de individualidades escolares, con el fin de evitar que se mezclen en abigarrado conjunto los niños sanos de cuerpo y de espíritu, con aquellos que ostentan déficit sensorial, intelectual o moral. Y después de haber conseguido trazar la línea divisoria entre los anormales inteligentes y los deficientes o maleados en sentido moral se puede llegar todavía más lejos en la precisión de diagnósticos, puesto que la cantidad y calidad morbosa puede ser tanta y tan variada que exija muy especiales procederes de enseñanza y disciplina.” (Farré, 1919, p. 97)

Los requerimientos de las fichas biotipológicas, exhaustivas, generalizadas a toda la población y funcionando como una suerte de documento de identidad que se va completando a lo largo de la vida incluso desde antes del nacimiento constituían uno de los grandes anhelos de los eugenistas. En 1934, el entonces Ministro de Relaciones Exteriores, Carlos Saavedra Lamas, propuso la creación de una Dirección General de Biotipología y la realización de fichas biotipológicas para los estudiantes, los tuberculosos y los enfermos de cáncer. En un artículo aparecido en los Anales, el Lic. Francisco Carrasco (1937), expresando una opinión generalizada, sostiene que es necesario crear un Consejo Médico Nacional y un Sistema de Preventorios que pueda realizar una ficha de seguimiento y control desde el nacimiento del niño que continuaría en el hogar, en la escuela, en los colegios y en la universidad, e incluso en la “fábrica y en el almacén, en las oficinas y en general en todas las empresas que ocupan brazos”. El Primer Congreso sobre Población celebrado en 1940 retomó la idea y sugirió: “establecer la clasificación mental de los niños durante la edad preescolar y escolar y que organicen un sistema de orientación y protección para los que hayan demostrado altas aptitudes aplicables a la industria, comercio, profesiones manuales e intelectual” (Citado en Ramacciotti, 2003).

La fuerte creencia en que la educación, como instancia que permitiría adaptar a las masas a las condiciones de producción existentes y darle cohesión a una población cuya diversidad estaba dada por la fuerte inmigración europea propia de la época, se potenciaba en los miembros de la asociación, al entender que tenían en sus manos, gracias a los aportes de la Biotipología, una excelente herramienta para dar tratamiento a la diversidad, para evitar las amenazas que representaban para estos intelectuales y políticos conservadores y nacionalistas el avance del anarquismo y el comunismo.

El esfuerzo llevado a cabo por los miembros de la asociación rindió inmediatamente sus frutos y en 1933 la Dirección General de Escuelas de la Provincia de Buenos Aires implementa de manera experimental la ficha biotipológica en la Provincia de Buenos Aires (una escuela de San Isidro y otra de La Plata. En 1935, la Municipalidad de la Capital Federal, confió a la AABEMS, la confección de la ficha biotipológica de los 3000 niños que concurrían a la colonia de vacaciones de la Quinta Presidencial de Olivos. También en 1935 más de cien niños de la ciudad de Paraná viajaron a Buenos Aires para ser fichados.

La biotipología también se consideraba una herramienta poderosa para ser usada en criminología. Más allá de las disputas sobre los rasgos atávicos que Lombroso veía en la raíz del hombre criminal, se intenta realizar estudios de todo tipo de fenómenos (morfológicos, funcionales, humorales, volitivos, afectivos, intelectuales) insertos en el patrimonio hereditario, funcionando en un ambiente y en condiciones determinadas.

“Fácil es deducir entonces el valor de la práctica biotipológica para establecer el diagnóstico de la verdadera personalidad y en particular, del perfil psicológico del delincuente; pues del conocimiento, en tal forma adquirido, de la personalidad física, intelectual y moral de cada individuo, es perfectamente posible justipreciar apriorísticamente acerca del destino que cada uno tiene reservado, en la profesión, en las artes o los oficios, en las escuelas o universidades, en los cuarteles, en las oficinas, en las fábricas, en los talleres, en el campo y en las ciudades, en el seno de la propia familia o en las relaciones del individuo con la sociedad; en una palabra, y en general, en los más diversos segmentos sociales, que preparan, protegen o defienden a los individuos en su vida futura.” (Rossi, 1942, p. 7)

El mismo Dr. Rossi en septiembre de 1939 publica un artículo en los Anales, en el cual expone las bondades de la relación entre antropometría y fotografía. Allí aparecen distintos tipos de aparatos para fotografiar a las personas tanto de cuerpo entero como sus cabezas, sobre fondos graduados para establecer sus medidas de manera precisa y científica, de modo tal que dichas fotografías pudieran ser incluidas en las fichas biotipológicas individuales o servir para el análisis estadístico. En 1934 los Anales (N° 18) publican un trabajo del médico francés Paul Desposses de la Universidad de París, con un sugestivo y significativo título: “La facultad de conocer a los hombres por su aspecto exterior: un arte que puede ser ciencia”.


Ha pasado el tiempo, las propuestas eugenésicas han quedado en la historia y es difícil dar alguna precisión sobre qué elementos perduran aún de aquellas propuestas de la década del ´30 en lo más profundo de nuestra cultura. Asimismo, es innegable que ha sido un capítulo particularmente brutal y extendido de la biopolítica, es decir del intento de gestión y administración política de los cuerpos con relación a la reproducción, uno de los ejemplos más notorios de esa matriz de pensamiento que atraviesa los últimos dos siglos.  

Vista en perspectiva, la eugenesia ha contribuido en cierta medida a algunas mejoras sanitarias, sobre todo referidas a la profilaxis del embarazo y a los cuidados de los primeros tiempos de vida del bebé, pero, por suerte no ha cumplido sus objetivos explícitos de modificar la composición promedio de la población eliminando a los que llamaban “inferiores”. No se trató solamente de la ineficacia de las tecnologías propuestas; el planteo de la selección adolece de errores conceptuales graves[24]. Como quiera que sea, ha tenido cierto éxito político e ideológico en su momento, porque logró consenso y contribuyó a estigmatizar a vastos sectores de la población y, por tanto a legitimar y sobre todo naturalizar contextos de discriminación, marginación y explotación justificando la desigualdad a través de la diversidad, tema que ya hemos expuesto más arriba. Se trata de dos ámbitos de problemas que, si bien conceptualmente pueden solaparse en alguna medida difícil de determinar, y de hecho la confusión se ha dado históricamente, es necesario distinguir claramente. En 1952, la UNESCO se expidió al respecto, señalando: “la igualdad de oportunidades y la igualdad ante las leyes, al igual que los principios éticos, no reposan en manera alguna sobre el supuesto de que los seres humanos están de hecho igualmente dotados”. Para bien o para mal, la justicia social y la redistribución de la riqueza sigue siendo (y presumo así seguirá siendo en los próximos siglos) un problema político y no biológico.

Como decíamos, es difícil saber qué parte de las actuales formas de discriminación de determinados grupos es una deriva del movimiento eugenésico. Pienso que, más bien, se trata de una matriz ideológica general y extendida que va adquiriendo múltiples determinaciones a lo largo de la historia. Sí es seguro que el movimiento eugenésico conjuga de manera inédita a la ciencia, la tecnología y la política en un proyecto tecnocrático y autoritario.

Por otro lado, no hay razón para pensar que en la actualidad a partir de algunas terapias y manipulaciones sobre la descendencia (sobre todo el llamado “diagnóstico preimplantatorio”[25]) se estaría en las puertas de una nueva eugenesia (lo que algunos llaman eugenesia liberal), al menos no en los términos en que se planteó y funcionó el movimiento eugenésico en el siglo pasado. Pero las nuevas terapias génicas se hallan legitimadas sobre la base de decisiones privadas, individuales o familiares, referidas a tratamientos terapéuticos, que se realizan con la finalidad de influir sobre la transmisión de características genéticas a la descendencia. En este sentido se están refiriendo a mi juicio, a un fenómeno cualitativa y esencialmente diferente de la eugenesia dado que se caracteriza por la privacidad, vale decir que se trataría de una cuestión privada de los individuos y de sus familias, como parte de su derecho a la reproducción- más allá de que se reclame la legislación e intervención del Estado; por la voluntariedad, es decir por ser una decisión libre y voluntaria de las personas afectadas; y por la no discriminación, es decir no dirigidas a grupos de población específicos, que pudieran resultar discriminados en sus derechos, sobre todo si son aplicadas de modo coactivo. Esta caracterización desnaturaliza el concepto de eugenesia tradicional, fundamentalmente porque ésta responde a pautas de selección de grupos definidos, se realiza a través de la implementación de políticas públicas y no se trata de acciones individuales voluntarias sino que se ejercen de manera coactiva. El riesgo actual no es que el Estado avance sobre las libertades individuales en las formas grotescas que los cientificismos románticos y autoritarios de las primeras décadas del siglo XX propusieron. Para ello ya se han diseñado y están plenamente disponibles mecanismos mucho más sutiles y eficientes a través de los medios de comunicación. En todo caso el mayor friesgo es que el Estado se ausente en legislar y dirimir en cuestiones biomédicas y deje en manos del mercado las decisiones fundamentales.

Por último, así como los viejos deterministas biológicos –frenólogos, craneómetras, antropólogos criminales, eugenistas, etc.-, creyeron profundamente en una respuesta tecnológica (tecnocrática podríamos decir) a los más importantes problemas de la humanidad, también los nuevos deterministas, apoyados ahora en los inmensos éxitos tecnológicos de la biología molecular (y las neurociencias) de conspicua y constante presencia mediática, llevan a hacer pensar que no sólo habrá un respuesta tecnológica para algunas enfermedades genéticas graves, lo cual en alguna importante medida es cierto, sino también, ahora en clave individualista, a la configuración misma de los seres humanos. Pero ese “Mundo Feliz” no existe.


  1. Véase: Palma (2005)
  2. Suelen cometerse tres errores acerca de la eugenesia. En primer lugar circunscribirla a la Alemani nazi, cuando en realidad fue un fenómeno casi universal; en segundo lugar calificarla como pseudociencia cuando en verdad la comunidad cientifica en pleno trabajó en ese programa; finalmente alertar sobre una supuesta reedición de la eugenesia merced a los desarrollos tecnológicos n la reproducción humana que permitirían cuerta capacidad de elegir embriones. He desarrollado esto con detalle en Palma (2005).
  3. Agamben (2002, 2004), Esposito (1998, 2002, 2002a), Hardt, M. y Negri, A. (2000), Hottois, G. (1999), Latour, B. (1999), Achard, P. et al (1977), buena parte de la obra de M. Foucault (véase sobre todo 2004 y 2004a).
  4. Miranda (2003), refiriéndose al caso argentino, afirma que existen dos etapas según el modo en que se manifestaba la esencia imperativa o autoritaria de la eugenesia: “de coercitividad explícita” y “de coercitividad disimulada.” Véase también Soutullo (1999)
  5. Darwin se puso de acuerdo con Galton para llevar adelante experimentos que confirmasen la teoría del primero acerca de la herencia, denominada “pangénesis”, finalmente desechada.
  6. Sobre la idea de “decadencia” en la historiografía, véase Hermann (1997)
  7. El Primer Congreso de la Población organizado por el Museo Social Argentino en Buenos Aires en octubre de 1940 toma como una de las condiciones más amenazantes el descenso de las tasas de crecimiento de la población, de natalidad y de inmigración (Cf. Ramacciotti, 2003).
  8. Miranda (2003) señala el carácter profundamente ambiguo de la Encíclica Casti Connubii dictada en 1930 por el papa Pío XI, ya que, mientras manifiesta oponerse a cualquier tipo de prohibición matrimonial de tipo eugenésica, “concluye afirmando la conveniencia de ‘asonsejar’ que no contraigan enlace quienes a quienes se conjeturara que sólo puden engendrar ‘hijos defectuosos´”.
  9. La ley de Residencia que habilitaba la expulsión de los extranjeros que alteraran el “orden público” es de 1902; la ley de Defensa Social, de 1912; decretos de 1932 y 1936 también contribuyeron a acentuar las restricciones (Cf. Novick, 1992).
  10. En las últimas décadas han aparecido numerosos estudios sobre el movimiento eugenésico. Véase: Álvarez Peláez (1985, 1988, 1999); Farral (1979); García González y Álvarez Peláez (1999, 2007); Chorover (1979); Kevles (1995); Stepan (1991); Romeo Casabona (edit.) (1999); Glick, Th; Puig-Samper, M. y Ruiz, R. (edit) (2001); Palma (2005); Suárez y López Guazo (2005); ISEGORÍA Nº 27 (2002); Miranda y Vallejo (2005, 2008, 2012); Bashford, A. y Levine, P. (edit.), (2010); Vallejo y Miranda (2008, 2010); Miranda y Girón (2009).
  11. Para las disputas internas entre Rossi y Quiros en el seno de la AABEMS y que reflejaban posturas más generales acerca de la eugenesia, vease Gómez di Vincenzo, 2013
  12. Nicolai, que se formó con el grupo más selecto de científicos (Ch Richet, I. Pavlov, E. Dubois, entre otros), a poco de estallar la Primera Guerra Mundial, redacta y luego firma junto con A. Einstein, O. Bük y W. Forster el “Manifiesto a los europeos”, un escrito antibélico en respuesta al famoso “Manifiesto de los 93”, escrito por representantes de la cultura alemana para apoyar la guerra. Poco después de finalizada la contienda, Nicolai debe abandonar Alemania.
  13. También un espectro ideológico bastante amplio encontraba lugar en sus páginas. Un político socialista como Alfredo Palacios, escribió una pequeña nota en el N° 69 de 1936 en la cual señalaba: “Es reconfortante observar cómo legisladores de las más diversas tendencias se han apresurado a ponerse de acuerdo para dictar un plan de defensa contra el azote de la mortalidad infantil cuyo índice es aterrador”. El ME no ha sido patrimonio exclusivo de la derecha política. Se puede consultar al respecto el excelente libro de Paul (1998), sobre todo el capítulo titulado “Eugenics and the Left”. También puede consultarse la biografía de H. J. Muller escrita por E. Carlson (1981); Baker J. y Haldane J.B.S. (1946) y Farral, L. A., (1979).
  14. Para un análisis de la historia de las categorías normal/patológico véase Canguilhem (1966).
  15. Sobre la eugenesia en Bolivia, véase: Irurozqui (2001).
  16. Sobre la eugenesia en México, véase: Suárez y López Guazo (2001).
  17. Solo unos pocos y en franca minoría, como por ejemplo Alicia Moreau de Justo, reclaman abandonar el uso del concepto de “raza”, por ser sólo una rémora de la rigidez y carácter jerárquico de las castas (vease A. M. de Justo, 1909, p. 45)
  18. Nicola Pende (1880-1970), médico e ideólogo racista de fama mundial, uno de los más importantes integrantes de la Escuela Italiana de Endocrinología y Patología constitucional. Impulsó Biotipología en Italia y luego en Argentina. Fue uno de los artífices de la fundación de la universidad Mussolini de Bari en la cual, ejerció el rol de rector. Más tarde fundó en la Universidad de Génova el Instituto de Biotipológico Ortogenético. Sus vinculaciones con el régimen fascista de Benito Mussolini lo llevaron a transformarse en uno de los principales responsables del tema racial del régimen italiano. Fue uno de los redactores del manifiesto racista de los profesores universitarios italianos en 1938. En julio de ese año en un artículo aparecido en “Il Corriere della Sera” de Milán, al referirse al aspecto colonial del problema, decía entre otras cosas: “…Son de fácil explicación los motivos de defensa que desde hoy se imponen con la adopción de medidas tendientes a evitar mezcolanzas de nuestra sangre con la de los indígenas del Imperio. Pero no menos interesante es a mi modo de ver, otra defensa; aquella contra el peligro de que se eduque, con métodos excesivamente idealistas, de esa excesiva idealidad de que, por cierto, pecamos los italianos. Bondad y humanidad, pero que no sean debilidad; escuelas, hospitales, recreatorios, todo está bien, pero “sit modus in rebus” y sobre todo, no olvidarse de las seculares enseñanzas de Roma, en su forma de colonizar a los bárbaros y de la experiencia de pueblos colonizadores más viejos que nosotros”.
  19. Véase también, por ejemplo: Boulenger (1916), Farré (1919)
  20. De hecho no era solo una iniciativa argentina. La Eugenics Education Society (fundada en 1907 y que en 1926 pasó a llamarse Eugenic Society) de Londres, tenía, entre otros objetivos, “fomentar la educación eugénica en el hogar, la escuela y en todas partes”. En 1913 su presidente, el mayor Leonard Darwin, decía en un discurso: “El problema que debemos resolver, es la manera de difundir el concepto de responsabilidad ante la raza, lo cual sólo puede conseguirse inculcando el ideal eugénico mediante la educación, es decir, haciendo penetrar esta idea en los sistemas educacionales.” (Citado en López, 1913, p. 317)
  21. Véase Miranda, 2011, también Ledesma Prietto, 2014.
  22. Las fichas escolares eran moneda corriente desde principios de siglo, cuando José María Ramos Mejía era Presidente de Consejo Nacional de Educación, y combinaban desde preguntas por datos antropométricos, conductuales, psicológicos y “morales. Véase Vezzetti (1988) y Puiggrós (1990)
  23. En los Anales (1934), los Dres. Rossi, Berutti y la Dra. Zurano también habían publicado una propuesta de ficha eugénica de evaluación de la fecundidad para ser usada en todos las diversas maternidades. En esas fichas dirigidas tanto al hombre como a la mujer se recababa información exhaustiva sobre datos filiatorios entre los que se encontraba “país de nacimiento”, “clima”, “raza”, “color”, y otros que pudieran dar cuenta de la “influencia de los factores ambientales” como situación y organización familiar, vivienda, etc. También se preguntaba sobre antecedentes patológicos, distintos tipos de valores antropométricos y lo “concerniente al temperamento neuroendócrino y al temperamento psíquico.
  24. Véase Maynard Smith (1982).
  25. El Diagnóstico Preimplantatorio (cf. Testart, J. y Godin, Ch., 2001) consiste en un test genético realizado sobre embriones fecundados ante la sospecha de que sean portadores de anomalías graves. Como este análisis se realiza antes de que el embrión sea transferido al útero ofrece la posibilidad de seleccionar cuáles de ellos serán utilizados.


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