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Ciencias sociales y disciplinas anticipatorias en América Latina[1]

Desafíos, promesas y “ahora qué”
de una relación compleja

Andrés Kozel y Diego Taraborrelli

Esta comunicación propone un recorrido en tres etapas: parte de revisar los vínculos entre ciencias sociales y disciplinas anticipatorias, continúa delineando argumentos relativos a qué tipo de disciplinas anticipatorias se quieren promover –especialmente teniendo presente el legado latinoamericano en la materia– y concluye esbozando una serie de reflexiones e introduciendo algunas imágenes (metáforas y analogías) sobre la situación que hoy atraviesa el mundo con motivo de la pandemia de COVID-19. En términos metodológicos, la comunicación es un agrupamiento provisional de anotaciones derivadas de lecturas, aunque también de experiencias e intercambios acumulados por los autores en ámbitos de trabajo asociados a ambas configuraciones de saberes: ciencias sociales y disciplinas anticipatorias.

1. Intersecciones, tributaciones y deslindes

Habría que señalar en primer término que el doble plural –ciencias sociales/disciplinas anticipatorias– no es casual ni gratuito: cada una de las dos configuraciones conlleva grados importantes de diversidad interna. Reconocerlo conduce a anteponer varios bemoles a cualquier tentativa de predicar sobre sus vínculos en general. Por el contrario, un abordaje riguroso siempre se preguntará por sus modalidades concretas de interrelación.

Enseguida corresponde advertir que, aun cuando ambas configuraciones son distintas (difieren en sus cánones, procedimientos y técnicas, y modalidades de autolegitimación), no es adecuado pensarlas como rotundamente ajenas. Las intersecciones y las interacciones han sido más la norma que la excepción. De un lado, el futuro suele ejercer una notable fascinación sobre los científicos sociales; la ha ejercido incluso sobre algunos de sus padres fundadores y figuras clásicas, desde bastante antes del surgimiento de las disciplinas anticipatorias stricto sensu (“en sentido estricto”). De otro lado, los cultores de las disciplinas anticipatorias acuden con asiduidad a conceptualizaciones, técnicas y métodos empleados por las ciencias sociales. Suele advertirse que para anticipar escenarios es preciso partir de un buen diagnóstico. Normalmente, este se nutre de aportes de las ciencias sociales: sociología, politología, antropología y economía. Pero la tributación va más allá: las mejores versiones de las disciplinas anticipatorias han ido incorporando una mirada reflexiva y crítica sobre las implicaciones de su trabajo en relación con las dimensiones de la temporalidad. En este afán es palpable la importancia creciente de los aportes de las ciencias humanas, de la teoría de la historia e incluso de las reflexiones en torno a la literatura anticipatoria de ficción.

El hecho de que los científicos sociales se perciban como habilitados para predicar acerca del futuro aun desentendiéndose por lo general de las recomendaciones de los futurólogos, mientras que los cultores de las disciplinas de anticipación se vean a sí mismos como tributarios de las ciencias sociales, conduce a poner de relieve un rasgo clave del vínculo que interesa examinar: cierta asimetría, en buena medida derivada de un déficit de legitimidad relativo imputable a las disciplinas anticipatorias. De esta comprobación inicial se deriva una imagen del saber anticipatorio como cenicienta de las ciencias sociales. La imagen es interesante, puesto que grafica una asimetría peculiar en la cual hay alguien que situado a priori en una posición subordinada, empero, ejerce una gran atracción sobre quien ocupa el posicionamiento superior. Parte de esta problemática parece dejarse apresar acudiendo al enfoque de los campos en su momento perfilado por Pierre Bourdieu: relaciones de fuerza, homologías estructurales, localizaciones y articulaciones en la cartografía del poder social.[2] La legitimidad de un campo determinado –las ciencias sociales y las disciplinas anticipatorias– debe pensarse como un “valor” que nunca es absoluto ni definitivo, sino relativo e histórico. Eventualmente, el campo de las ciencias sociales puede caracterizarse como poco consolidado y de legitimidad baja” si se lo compara con el de las ciencias físico-naturales, pero aparece mejor posicionado al parangonarlo con el correspondiente al de las disciplinas anticipatorias. El déficit de legitimidad de estas últimas explicaría –en una medida importante– no solo su tributación teórico-metodológica a los desarrollos de las ciencias sociales, sino además su propensión a buscar con denuedo “fuentes exógenas de legitimidad”: acrobacias asociadas a prodigios procedimentales (algo tan elemental como el nombre de una simple técnica o, incluso, de un software puede tener efectos mágicos aquí); emblemas corporativos y asociación con nombres propios que supuestamente proveen certidumbres. En suma, toda una imaginería que fue bien satirizada en películas como Dr. Strangelove, de Stanley Kubrick, y en novelas como El congreso de futurología, de Stanislaw Lem, obras que ya tienen algunos años y que sin embargo siguen asombrosamente vigentes en más de un sentido.

Hay también, quizá, otra diferencia importante entre ciencias sociales y disciplinas anticipatorias. Si bien sería posible decir que los debates sobre la objetividad, la neutralidad valorativa y la entera problemática del compromiso ideológico-político atraviesan tanto a las primeras como a las segundas, sería difícil negar que en las disciplinas anticipatorias prevalece de manera más unilateral la inclinación a la aplicabilidad práctica. Esto puede explicarse atendiendo al hecho de que sus cultores casi siempre se alojan en ámbitos privados asociados al despliegue de estrategias empresariales o en dependencias estatales dedicadas a la programación, la planificación y el diseño de políticas públicas. Este rasgo parece colocar a esas disciplinas en una situación más difícil en relación tanto con las presiones sobre su “utilidad” como con la preservación de sus márgenes de autonomía. Se trata de saberes expuestos a la acusación de estar más o menos inevitablemente ventrilocuizados o domesticados. Dicho con alguna ironía, el mejor futurólogo sería aquel que mejor contribuye a dotar de legitimidad retórica y filocientífica el futuro deseado de su respectivo ventrílocuo o, también –si bien en menor medida– aquel que se entretiene jugando con artificios ingeniosos aunque inofensivos, un modo posible de “escapar” a las tensiones implicadas.

2. Triple disposición: orientación normativa, enfoque estructural/multiescalar explicitado y problematización del artificio

El futuro es, evidentemente, un objeto de estudio con características singulares. Radicalmente se podría afirmar que el futuro –y muy especialmente el futuro humano, que por definición es social– no puede conocerse ni tampoco anticiparse. En esta línea se podría proseguir diciendo que, cuando se indica que se estudia el futuro, en realidad se estudian representaciones sobre el futuro (pasadas o presentes), pero en ningún caso el futuro como tal. Todavía en esta misma línea se podría sostener que en un ejercicio de anticipación inevitablemente se plasman, más o menos sistemáticamente, más o menos persuasivamente, las representaciones que sobre el futuro detenta el grupo que lleva a cabo el ejercicio y, muy centralmente, según se viene indicando, el actor o conjunto de actores que lo ha encomendado y –punto clave– lo financia. Al menos en principio, plantear la cuestión en estos términos no parece ayudar demasiado a quienes buscan robustecer la legitimidad de las disciplinas anticipatorias. Sin embargo, en su brutal radicalidad, el planteamiento puede ayudar a visualizar en qué medida y en qué sentidos específicos cabe pensar que las disciplinas anticipatorias tienden a ser saberes ventrilocuizados, lo que habilita una discusión más franca sobre el punto. Porque sucede lo siguiente: una concepción unilateralmente instrumental de las disciplinas anticipatorias puede desembocar en su cristalización como muñecas de ventrílocuo del “decisor” o del “contratante”, pero una concepción que enfatice de modo igualmente unilateral la necesidad de “escapar” a esa presión enlazada a una defensa poco meditada de la “neutralidad valorativa” puede derivar en un culto a la prolijidad metodológica que reduzca a estas disciplinas a la insignificancia social.

Salvo que las disciplinas anticipatorias posean un coeficiente importante de reflexividad, de criticidad y de disposición a incomodar, de alguna manera buscando emanciparse del ventrílocuo y a la vez eludiendo buscar el cómodo refugio en el culto al procedimiento. Este culto muchas veces se articula –según se señaló– con la defensa de una no bien meditada “neutralidad valorativa” o también con el culto a cierto ingenuo perspectivismo de los consensos, por el cual quien estudia el futuro termina desempeñando el papel de acopiador-simplificador de las “opiniones” de expertos, ciudadanos y curiosos que participan en seminarios y talleres.

Una salida posible a esa bifurcación decepcionante puede ser la de postular unas disciplinas anticipatorias que asuman abierta y reflexivamente que trabajan desde y para una “orientación normativa”. De hecho, no pocos estudios se han vertebrado a partir del delineamiento apriorístico del escenario deseable. Varios de los más importantes que se llevaron a cabo en América Latina compartieron ese rasgo: Nosotros, mañana, de José Luis de Ímaz; los notables aportes de Oscar Varsavsky, y los clásicos estudios dirigidos por Amílcar Herrera: ¿Catástrofe o nueva sociedad?: modelo mundial latinoamericano y Las nuevas tecnologías y el futuro de América Latina: riesgo y oportunidad. No deja de ser importante que la orientación normativa puede “fundamentarse” acudiendo a nuestra propia tradición latinoamericana de estudios anticipatorios, a una zona clave de ellos. Puede fundamentarse, también, acudiendo a nuestra propia tradición latinoamericana de reflexiones en clave utópica, donde destacan aportes como los de Arturo A. Roig, Fernando Aínsa y Hugo Biagini.[3]

Tratando de avanzar unos pasos en esta línea de argumentación, cabría sostener que de lo que se trata es de promover radicalmente un enfoque anticipatorio concentrado en potenciar una “triple disposición”: disposición a reivindicar decididamente la orientación normativa, disposición a privilegiar un abordaje estructural y multiescalar, explicitando en forma razonada la totalidad de los eslabonamientos argumentales implicados (con lo cual es necesario aproximarse a una mirada emparentada con el enfoque de los sistemas complejos, lo cual requiere de diálogos con las demás ciencias –sociales y no– y sobre todo con las más vinculadas a las tecnologías de disrupción), y disposición a problematizar de manera implacable y constante el entero artificio. Como se dijo, hay excelentes ejemplos de despliegue de esta triple disposición en los estudios de anticipación clásicos de la tradición latinoamericana. Fruto del movimiento pendular de nuestra historia política, el itinerario de nuestra planificación público-estatal está jalonado por experiencias valiosas interrumpidas, truncadas. Esta ciclicidad ha afectado mucho la sedimentación y el desenvolvimiento natural de las disciplinas anticipatorias, tanto o más que el de las ciencias sociales, afectado de por sí.

Más allá –o más acá– de eso, uno de los precios que deben pagar unas disciplinas de anticipación que no se comprometan adecuadamente con la triple disposición aludida es el de tornarse presa fácil para la mirada crítica de las demás configuraciones de saber, entre las cuales se cuentan las ciencias sociales, que tenderán a reducir las peripecias de la futurición al estatuto de simples “estudios de opinión” (lega o especializada) acerca de “aquello que podría llegar a pasar” o, más incisivamente, como ejemplos de pseudosaberes instrumentalizados por poderes en trance de legitimación. Es en relación con esto que se debe ubicar el paralizante complejo de inferioridad de las disciplinas anticipatorias, que enlaza con su eventual insignificancia social. En nuestros países, habida cuenta de la ciclicidad referida, parece ser un trabajo de Sísifo el de promover unas disciplinas de anticipación reflexivas, incómodas y enlazadas a una orientación normativa crítica, a proyectos de transformación social genuinos.

3. Poder, instituciones y deseo

Entre otras cosas, las ciencias sociales enseñan que las instituciones y sus mecanismos de poder tienen una enorme capacidad de condicionar enfoques y lenguajes, modos de ver: se pueden prohibir –más o menos sutilmente– palabras, temas y zonas enteras de la vida social. Una pregunta derivada es qué grado de madurez y qué tipo de arquitectura institucionales son necesarios para alojar y dejar prosperar unas disciplinas de anticipación con tales características en nuestro contexto periférico. Principalísimo, el “derecho a la heterodoxia”, postulado por Sergio Bagú en su clásico ensayo sobre el intelectual, parece ser un derecho todavía más difícil de establecer y garantizar para los interesados en el objeto futuro, arena de disputa por excelencia entre los grupos que compiten por detentar algún tipo de poder legítimo en la vida social.[4]

Unas disciplinas de anticipación como las que aquí se perfilan no deberían renunciar jamás a la tematización frontal de la problemática del poder y de sus efectos sobre las representaciones acerca del futuro.[5] No es una operación honesta eslabonar oraciones unimembres como si fueran estocadas apodícticas, pero se hará ahora de todas formas: decir el futuro es decir el deseo; quien controla el deseo controla bastante, si no todo; reivindicar la orientación normativa es asumir que al intentar delinear escenarios de futuro se va a trabajar sobre el deseo, sobre los deseos sociales. ¿Cuáles son las ciencias o los saberes que pueden ayudar a entender cómo se estructuran y funcionan los deseos sociales? No se va a expresar algo demasiado novedoso si se dice que deseo es una noción compleja. Tampoco, si se recuerda que su núcleo y sus aureolas remiten a las emociones, los valores, las preferencias, los sueños, los mitos; desde luego, al descomunal mundo del inconsciente, incluido el colectivo, si es que existe. Algunos hablan de deseo colonizado, de descolonización del deseo. Algunos piensan que por esta línea de reflexión se desemboca en una disputa de naturaleza estética. Puede ser. Y en efecto es bastante lo que puede aprenderse escuchando a un artista plástico como Daniel Santoro cuando se refiere al deseo, al goce, a la felicidad. Bastante puede aprenderse también, claro, apreciando sus obras. En más de un caso, como sucede con El descamisado gigante arrasa un sembradío de soja transgénica, funcionan como ese cross a la mandíbula que reclamaba Roberto Arlt. Obras como las de Santoro son pequeños universos que ofrecen claves para “reorganizar” nuestro deseo en sentido utópico.[6]

Ejercicios de anticipación relativamente bien conducidos y ejecutados pueden derivar, más que en “pronósticos certeros” o en “ajustadas cartas de navegación”, en experiencias productivas de autoconocimiento y autoclarificación del colectivo partícipe. Su relevancia se situaría ante todo en el discernimiento de la malla de relaciones de fuerza, siempre históricas, que envuelven tanto a quienes “conducen” el ejercicio como a quienes participan en él. Malla de relaciones que –en términos tanto estructurales como morfológicos– condiciona, da forma y sentido a los deseos sociales. Lo específico de unas disciplinas de anticipación como las que perfila este ensayo es su trabajo en torno al deseo, a los deseos sociales. Un objeto que es tan fascinante, difícil de apresar, contradictorio y conflictivo como el propio futuro, del cual puede considerarse, en cierto sentido, sinónimo.

4. Crisis sobre crisis: imágenes para pensar la pandemia

En consonancia con lo que se viene señalando, una primera y fundamental cuestión es pensar la pandemia desde el enfoque de los sistemas complejos”. Es interesante recordar el dictum (afirmación) de Rolando García: Nature pleads not guilty, que puede traducirse como “la naturaleza alega inocencia”, pronunciado hace unos 40 años con motivo de la elaboración de un informe sobre la sequía. Para García, el problema no era la sequía, sino la estructura socioeconómica. Análogamente, el inconveniente actual no serían los murciélagos ni los pangolines, sino las transformaciones socioproductivas y la misma globalización.[7] Hay aportes que cultivan este registro, muy emparentado con las enseñanzas de García; se puede pensar, por ejemplo, en las declaraciones de la científica uruguaya Silvia Ribeiro.[8]

Una segunda cuestión es que puede ser interesante pensar este presente como un “presente alterado”. No se sabe bien quién inventó esa expresión, aunque sí se conoce que es el nombre de un ciclo de entrevistas-cápsulas promovidas por la Fundación Innovación y Tecnología de la Universidad Nacional de San Martín, en el cual participó recientemente Andrés Kozel. Si hay algo que se alteró, para decir y pensar la alteración necesitamos caracterizar primeramente ese algo. Ese algo tenía-tiene forma de crisis. Una crisis que indudablemente es prepandémica. Global. Multidimensional: económica, ambiental, de liderazgo político. Y que es “crisis del tiempo” o de la “temporalidad”, según lo han explicado varios autores.[9] Y que es latinoamericana o tiene su específica modulación latinoamericana, en la forma de la triple crisis a la que hacen referencia Fernando Calderón y Manuel Castells: crisis del neoliberalismo, crisis del neodesarrollismo y crisis de legitimidad político-institucional (crisis de confianza) derivada de las crisis de ambos proyectos.[10]

Si el algo que se alteró era ya una crisis, con visos incluso distópicos, en cuyo seno resultaba bastante complicado pensar el futuro, la alteración de ese algo en virtud de la pandemia remite forzosamente a pensar en una crisis sobre la crisis. Hay varias imágenes que pueden emplearse para decir esto. Es interesante el debate que se suscitó entre los futurólogos en torno a si cabía o no pensar el COVID-19 como un “cisne negro” o un “rinoceronte gris”. Calderón viene hablando de la kamanchaka. De origen aimara, la palabra hace referencia a una niebla oscura; con ella, Calderón busca condensar la hipótesis de la triple crisis recién aludida acentuando especialmente sus efectos sobre la subjetividad.

Cabría acudir a analogías de distintos tipos: navegacional, musical, literaria. La navegacional señala que navegamos un mar desorientador, desesperante, con remolinos y tormentas impredecibles. La musical indica que transitamos una modulación mal conducida, sin saber a qué distancia nos hallamos de la tonalidad de llegada, ni –por supuesto– a través de qué procedimientos vamos a acceder a ella, si es que lo conseguimos: por ahora, solamente hay disonancias, confusión y ruido. La literaria evoca materiales como La autopista del sur, el cuento de Julio Cortázar, o Ensayo sobre la ceguera, la novela de José Saramago. Allí pueden apreciarse tanto la elaboración de una situación de tiempo detenido (o cuasi detenido) como las distintas reacciones que esta suscita entre los personajes y, en especial, las dificultades que supone tratar de narrar mientras no se conoce el desenlace (sin desenlace, uno puede eventualmente “tomar apuntes” sobre lo que ve, oye o siente, pero difícilmente consiga enhebrar una narración con sentido).[11]

Todas estas imágenes tematizan lo inesperado, lo incierto, la variedad de reacciones, el acecho de la desesperación, la dificultad de secuenciar y la confusión. Una confusión que puede ser analizada desde distintos ángulos. Por un lado, comprobando el apresuramiento de aquellos que –más o menos forzados por las circunstancias– se lanzan a producir narrativas cuando todavía las monedas están en el aire: no sabemos qué figuras mostrarán estas cuando lleguen a la mesa, al suelo o al barro. ¿Cuántas protonarrativas han surgido y estallado en mil pedazos los últimos meses? Negaciones, protoexplicaciones erróneas, acusaciones cruzadas, teorías absurdas… La lista es extensa e incluye a todos.

También, y en contraposición a cualquier clase de autocomplacencia corporativa, es perturbador constatar la insignificancia social relativa de las humanidades y de las ciencias sociales en particular, y del discurso racional en general. Noticias falsas, posverdad y líderes irresponsables que se culpabilizan entre sí como si fueran niños caprichosos conforman la sustancia” de esa perplejidad distante de la autocomplacencia desde la que presenciamos la confusión. Claro que preferimos la racionalidad. Pero, no sin desasosiego, nos preguntamos por qué le resulta tan difícil abrirse paso en medio del ruido. Estamos en el siglo xxi, los adelantos científico-tecnológicos son pasmosos en varios planos.[12] Pero entonces ¿cómo es posible que el discurso racional no prevalezca?, ¿cómo es que el lenguaje en general esté sometido a semejantes humillaciones, para usar la imagen introducida hace años por Godfrey Reggio, el cineasta que dirigió la trilogía Qatsi? Alguien podría decirnos: “Es el poder, estúpido”. Pero podemos seguir preguntando: ¿por qué la institucionalidad global se ha mostrado tan precaria y vulnerable? y ¿por qué la discursividad de líderes muy relevantes se ha revelado tan volátil, tan propensa al desborde discursivo, incluso a la antilógica? La combinación de hipermodernismo tecnológico, miedos sociales y discursividades delirantes hace difícil imaginar alguna clase de desenlace feliz.

5. Actualización del horizonte normativo

Este mar desorientador y exasperante, esta modulación mal conducida, este embotellamiento interminable, este caminar a ciegas, es –si se permite la expresión– un extraordinario “laboratorio natural” para analizar las texturas de nuestra experiencia de la temporalidad. También, para revisar y repensar el estatuto de las disciplinas anticipatorias, sus vínculos con las ciencias sociales y las humanidades, sus posibilidades, su razón de ser y su sentido.

Hablamos antes de asumir y reivindicar la orientación normativa. ¿Podemos decir algo sobre ese horizonte normativo? Recuperando la mejor tradición latinoamericana de estudios de futuro, cabría sostener que nuestros principales problemas siguen siendo fundamentalmente de naturaleza sociopolítica, que están estrechamente ligados a la desigual distribución del poder y de recursos (entre países y dentro de ellos), que el principio de su solución indudablemente pasa por la profunda revisión de los términos del pacto social vigente, que difícilmente haya modificaciones sustantivas sin emprender tal revisión, sin avances en la integración regional y sin procurar niveles mucho más significativos de soberanía tecnológica. Hablamos de región, de desigualdad, de tecnología, de deseo. Un hallazgo interesante del libro de Fernando Calderón y Manuel Castells mencionado más arriba es que América Latina, a la vez que sigue siendo la región más desigual del planeta y una de las más violentas, es una de las regiones que hace un uso más intenso de las redes sociales, en tanto que no hay por ahora un Google latinoamericano ni nada parecido. ¿Dónde, cómo y para qué se fabrican los deseos y los sueños de esta región desigual, violenta y contradictoria? Pensamos que en torno a estas cuestiones pueden comenzar a enhebrarse los prolegómenos de la actualización del horizonte normativo que nos ayude no solamente a futurizar, sino también a proseguir un debate franco sobre las posibilidades, el sentido y los alcances de la anticipación y sus pliegues.


  1. Versión revisada de la comunicación presentada durante la jornada “¿Y ahora qué? Futuro, acción, teoría y práctica: intersecciones entre prospectiva, teoría y ciencias sociales en contexto de crisis sistémica”, organizada en el marco de la carrera de Sociología de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), en Buenos Aires, el 16 de julio de 2020.
  2. Bourdieu, P., “Campo intelectual, campo del poder y habitus de clase”, en Campo del poder y campo intelectual, Buenos Aires, Folios, 1983, y del mismo autor, “El campo intelectual: un mundo aparte”, en Cosas dichas, Barcelona, Anagrama, 1987.
  3. Por ejemplo, Roig, A. A., El discurso utópico y sus formas en la historia intelectual ecuatoriana”, en A. Roig (ed.), La utopía en el Ecuador, Quito, Banco Central del Ecuador – Corporación Editora Nacional, 1987; Aínsa, F., La reconstrucción de la utopía, Buenos Aires, Ediciones del Sol, 1999, y Biagini, H., y Roig, A. A., Diccionario del pensamiento alternativo, Buenos Aires, Biblos, 2008.
  4. Bagú, S., Acusación y defensa del intelectual, Buenos Aires, Perrot, 1959.
  5. Cabe insistir: disciplinas de anticipación que estimen que la prolijidad y el alambicamiento procedimental son condiciones suficientes para garantizar su pertinencia pueden perdurar inclusive en entornos institucionales hostiles, pero difícilmente rebasen su condición de saberes ventrilocuizados o domesticados-inofensivos.
  6. Santoro, D., y Fava, J., Peronismo: entre la severidad y la misericordia, Buenos Aires, Las Cuarenta, 2019. La obra del artista puede apreciarse en: http://www.danielsantoro.com.ar/.
  7. García, R., Sistemas complejos: conceptos, método y fundamentación epistemológica de la investigación interdisciplinaria, Barcelona, Gedisa, 2006.
  8. Ver la siguiente entrevista a Silvia Ribeiro realizada por Claudia Korol: http://idepsalud.org/las-causas-de-la-pandemia-no-le-echen-la-culpa-al-murcielago-entrevista-a-silvia-ribeiro/.
  9. Entre ellos, François Hartog, quien además introdujo la conveniente noción de “régimen de historicidad presentista” para referirse al modo en que venimos experimentando predominantemente la temporalidad en las últimas tres décadas. François Hartog (2007 [2003]). Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo. México, Universidad Iberoamericana. Varios aspectos del planteamiento de Hartog pueden abrir nuevos debates, interrogando, por ejemplo, si el presentismo es un rasgo global o una característica del orbe europeo occidental y estadounidense: ¿qué está sucediendo con la experiencia de la temporalidad en un espacio como China?
  10. Calderón, F., y Castells, M., La nueva América Latina, Santiago de Chile, FCE, 2019.
  11. Hayden White dijo alguna vez que es imposible narrar sin moralizar. Como por ahora no podemos narrar, estamos lejos, también, de poder extraer moralejas. White, H., “El valor de la narrativa en la representación de la realidad”, en El contenido de la forma: narrativa, discurso y representación histórica, Barcelona, Paidós, 1992 (1987).
  12. No fue hace tanto que un autor considerado como “gurú” de Silicon Valley publicó una obra en cuyas páginas se perfila el eventual advenimiento del hombre inmortal, fruto de los avances tecnológicos y de la generalización del paradigma algorítmico. Ver: Harari, Y., Homo Deus: breve historia del mañana, Buenos Aires, Debate, 2018.


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