Como se plantea en la hermenéutica, el punto de partida de toda investigación está dado en poner el texto en su contexto; es decir: “… el texto como el caso particular, y el contexto el principio o la regla que lo ilumina. Es colocar lo particular en lo universal, es saber buscarle a lo que es particular (el texto) su principio universal (el contexto)” (Beuchot, 2007c, p. 523). En ese sentido, hay que reconocer que cada comunidad tiene sus peculiaridades y que, en el caso de esta investigación, son las del pueblo de San Bartolo Ameyalco, peculiaridades que tienen un origen y que seguramente se asemejan a muchas de las que la Ciudad de México se ha “tragado”. De eso trata el presente capítulo, de ubicar el pueblo como una comunidad rural, que se conocía como el lugar donde brota el agua, por sus características; un pueblo cuya historia da inicio en tiempos prehispánicos, desde donde se conservan sus tradiciones, mitos, ritos y leyendas. Un pueblo con tierras comunitarias, cuyos pobladores se encuentran en permanente lucha por el agua. Esa es la temática de nuestro texto y su contexto.
2.1. San Bartolo Ameyalco: lugar donde brota el agua. Ubicación y antecedentes históricos
San Bartolo Ameyalco es una comunidad semirrural urbana ubicada en la Alcaldía Álvaro Obregón (figura I). Limita en su zona norte con la Hacienda Buenavista, y la Alcaldía Cuajimalpa de Morelos; al sur, con el parque ecológico Desierto de los Leones, Cerro del Atesquilo y el Zedec Tlacoyaque; al oeste, colinda con el poblado de Santa Rosa Xochiac; y al este, con la Colonia Lomas de los Cedros y la Calzada Desierto de los Leones (SEGOB, Diario Oficial de la Federación, 1994). Este ha sido reconocido por el Gobierno de la Ciudad de México como parte de los 141 pueblos originarios por sus raíces precoloniales, tradiciones y costumbres[1].
La tradición oral de las personas nativas[2] de San Bartolo Ameyalco ubica los orígenes del pueblo antes de la conquista de México. Hacia el año 1529, con la adjudicación de tierras que tenía como encomienda Hernán Cortés, nació el Marquesado del Valle, del cual, en el Barrio de Coyoacán (García, 1969), el Ameyalco (‘lugar donde brota el agua’) ya figura como un poblado donde la gente “vivía cerca de Xolalpa” (sobre la tierra), “por Muitles[3], dedicándose a la pesca y la caza del venado” (Miriam, 65 años, testimonio oral, 10 de marzo de 2023).
De los primeros habitantes de San Bartolo en tiempos prehispánicos, existen varias especulaciones: de acuerdo con Teresa Mora (2003), los fundadores podrían ser cuicuilcas, que, después de la erupción del Xitle[4], buscaron un nuevo territorio donde vivir, huyendo del gigantesco flujo de lava que convirtió sus zonas de cultivo en una dura roca.
Emma Pérez (2008) refiere sus orígenes hacia el siglo xii, con el tlatacayotl (tipo de gobierno asociado al tlatoani) de Coyoacán, que abarcaba los territorios actuales donde se asienta el pueblo de San Bartolo Ameyalco. Como
gente ilustre que en aquella era reinaba y tenía mando sobre todas las naciones […] se tiene certeza de que en aquel tiempo el grupo hegemónico era el tepaneca regido por Azcapotzalco, cuya hegemonía se consolidó con la llegada al poder del Huehue Tezozomoc (Pérez, 2008, p. 16).
En el Tlalamatl (‘amate o árbol de papel’), Altepetl (‘pueblo’), documento de tierras del pueblo de San Bartolo Ameyalco (pergamino en piel de venado, actualmente en posesión de la Representación de Comuneros del Pueblo), se cuenta que los primeros pobladores de San Bartolo fueron la nación guerrera de los tepanecas. En uno de sus enunciados, se lee lo siguiente: “… pues en el tiempo del gran Noble y Señor nuestro Tezozomoctli de Azcapotzalco, entonces allá pertenecíamos” (Velázquez, 2013, párr. 2).
Por otra parte, y también como testimonio de la tradición oral conservada de generación en generación entre los habitantes de San Bartolo Ameyalco, se afirma que los primeros pobladores fueron pescadores o tlatetelcos, según se nombran ellos mismos, de filiación muy probablemente nahua; “provenientes del calpulli de Chimalhuacán, [que] se instalaron en las riberas de la laguna de Xaxalpa (lugar arenoso), donde fundan su calpulli[5]” (Córdoba, 2000, p. 14). Clementina†, cuya edad era de 78 años en el año de 1997, describía un San Bartolo “lleno de agua” cuando ella llegó a vivir al pueblo a la edad de quince años. Casada con un oriundo del Ameyalco, le tocó vivir cerca del nacimiento de agua. Ella recordaba que “tan fuerte era su ‘chorro’, que no [la] dejaba dormir por las noches. Seguramente, seguiría siendo una laguna de no haber entubado el agua” (bitácora de anécdotas personales, enero, 1997).
Una versión más de su génesis sugiere su origen en un grupo de pobladores que procedían de lo que hoy es Toluca, de los asentamientos matlatzincas[6] en Totocutlapilco, Mexicalcingo y Tlatelulco. González refiere la mención de Ameyalco como tributario en el “registro de la matrícula de tributos perteneciente a la provincia Matlatzinca de Quahuacan”, entre los años 1478 y 1521 (2009, p. 599). Es posible que la negación y el sometimiento de otros pueblos por parte de los nahuas convirtieran a todo tributario en náhuatl, desconociendo sus orígenes e invisibilizando la multiculturalidad de los habitantes del altiplano central de México[7].
Como una posible herencia matlatzinca, el pueblo de San Bartolo Ameyalco comparte sus tradiciones culinarias, su comida tradicional tiene muchas semejanzas con la gastronomía matlatzinca, por ejemplo, el uso de los hongos del “monte” en guisos con mole o adobos, los “quelites”, habas y chilacayote, y el dulce de tejocotes (Torres y Torres, 2023). Todavía entre los meses de lluvia (agosto y septiembre), la gente sube al monte, de allá se trae muchos hongos y hierbas para vender. A mí me gusta comer los hongos de pancita (Estela, 75 años, testimonio oral, 13 de marzo de 2023).
De este pasado histórico, hay familias que tienen entre sus pertenencias algunas figurillas de barro y arcilla, encontradas al realizar las construcciones de sus casas. Los testimonios de los oriundos dan cuenta de la existencia de un basamento piramidal bajo la iglesia de San Bartolo (Estela, 75 años, conversación informal, 13 de marzo de 2023). Con las piedras de la parte de arriba de la pirámide, fue que se construyó lo que hoy es la iglesia (Juan, 83 años, testimonio oral, 14 de abril de 2023).
En el período Virreinal, el Ameyalco se volvió una población reconocida. Se cuenta que,
por ahí del año 1800, un hombre llamado Germán Santillán, de padres peninsulares[8], venido de San Luis Potosí, compró las tierras de algunos oriundos con monedas de oro. Fue cuando el pueblo comenzó la labor de siembra como forma de trabajo (Miriam, 65 años, testimonio oral, 10 de marzo de 2023).
Tributarios del todavía Marquesado del Valle, propiedad de los herederos de Hernán Cortés, tenían que trabajar para el “patrón” y para pagar los impuestos a la Iglesia (García, 1969, pass.). Una de las obras más importantes diseñadas en esa época fue el llamado “puente”, que permitía el paso a través de una barranca profunda. Debido a obras de remodelación y pavimentación, el puente fue sepultado por las nuevas calles del centro del Pueblo. (Miriam, 65 años, testimonio oral, 13 de marzo de 2023).
Los habitantes de San Bartolo Ameyalco durante el virreinato se dedicaron a la agricultura: adicional a los cultivos tradicionales de la zona (maíz, calabaza y frijol), se agregaron el trigo, la cebada, la papa y la yuca. Otra característica distintiva de la actividad agrícola fue la introducción de huertas con frutos traídos de Europa, como la manzana, la pera, las ciruelas, el durazno, el nogal, las avellanas y los almendros. Todavía hay un vecino que tiene en su patio un árbol de castañas, debe ser uno de los últimos árboles de aquellas huertas (Juan, 83 años, testimonio oral, 14 de abril de 2023). De igual manera, se comenzó con el “pastoreo” de ovejas. Los caballos solo eran de las clases altas o el trabajo de los arrieros. Para el trabajo en las parcelas o de carga se hacía uso de burros y mulas, llamados machos (Juan, 83 años, testimonio oral, 14 de abril de 2023).
El pueblo entonces comenzó a conformarse: alrededor de la iglesia, se construyeron las primeras casas de la población: paredones hechos de adobe, con techos de tejamanil (del nahuatl tlaxamanilli: ‘tablita’). Algunas con tapancos para guardar las semillas de las cosechas y con un pasillo anterior a la entrada, donde se trabajaba en tiempos de lluvia. Los que eran “ricos” construyeron sus casas años después con ladrillos y con tejas de barro (Juan, 83 años, testimonio oral, 15 de abril de 2023).
En pleno siglo xix, mientras que México sufría la intervención de Francia y los gobiernos de Maximiliano de Habsburgo y de Benito Juárez, San Bartolo Ameyalco logró su “independencia”. Hasta el año de 1850, tierras y parcelas del Ameyalco pertenecían al señor duque de Terranova y Monteleone, don José Aragón Pignatelli y Cortés, como hijo único y heredero universal del señor su padre, don Diego de Aragón, y poseedor del Mayorazgo del Valle (antes Marquesado del Valle) de Oaxaca. Fue en el mes de mayo de 1867 cuando las 147 familias que integraban el Ameyalco adquirieron los terrenos donde habitaban por la cantidad de cuatrocientos pesos. El Acta de Redención (1879) que daba propiedad legal se extendió hasta el año 1869, cuando San Bartolo fue separado de las tierras correspondientes al pueblo de Santa Rosa Xochiac (población aledaña ahora a San Bartolo Ameyalco).
En ese entonces los habitantes de San Bartolo ya comerciaban sus productos agrícolas con los poblados cercanos: Mixcoac, Tlacopac, Coyoacán. Entre sus productos de venta, estaban el carbón, la leña, el maíz, la papa, la cebada, y algunos animales como eran las borregas, gallinas y burros (Juan, 83 años, testimonio oral, 21 de abril de 2023). El pueblo era paso obligado de los arrieros, quienes transportaban alcohol, telas, melaza y recuas de animales como toros, vacas y caballos desde Toluca y Michoacán hasta Contreras, San Ángel y Tizapán. Los arrieros todavía pasaron por el pueblo entre los años 1900 y 1920, la gente se escondía por el temor a los animales que traían, eran enormes y de grandes cuernos. De todas maneras, a mi mamá de niña le gustaba verlos de lejitos (Estela, 75 años, testimonio oral, 21 de abril de 2023).
El movimiento armado de 1910 trajo momentos de pena para los habitantes del pueblo. En plena guerra civil, las contiendas entre zapatistas y huertistas hicieron que muchos habitantes del pueblo huyeran a otros lugares por los estragos causados por la guerra.
En esos tiempos, se tuvieron que construir “escondites” para las mujeres y los jóvenes, para que no los levantara la “leva”. Los revolucionarios se llevaban todo, animales, maíz, ropa, todo lo que encontraban a su paso. Mi abuelo me contó que tuvieron que esconder las campanas de la iglesia para que no se las llevaran, pues muchos afirmaban que estaban hechas de plata y oro (Juan, 83 años, testimonio oral, 21 de abril de 2023).
Durante los difíciles años del porfiriato, San Bartolo perdió sus territorios usurpados por las haciendas de la Cañada, Buenavista y de Guadalupe. Después de varios años de litigios y de reclamos ante la Comisión Local Agraria, hacia el año 1923, se realizó un reparto agrario entre los “quejosos” de San Bartolo, y, por la vía de dotación, entre jefes de familia y mayores de 18 años, “resultaron con derecho a tierras 139 individuos” (Córdoba, 2000, p. 39). La extensión de tierra otorgada se dictaminó como dotación ejidal:
32 hectáreas, 50 áreas y 23 centiáreas que se tomaron de la hacienda de la Cañada, [queda como obligación del pueblo de San Bartolo Ameyalco] mantener, conservar y fomentar la vegetación forestal existente en la superficie de terreno que se les concede y a explotarla en común, aplicándose al producto de dicha explotación, a los servicios públicos de la comunidad (Secretaría de Gobernación, 25 de enero de 1924, p. 386).
Los terrenos ejidales en recientes días han sido vendidos y utilizados para asentamientos urbanos. Las pocas personas que suben al monte a sembrar cultivan cebada o avena para los animales, el maíz y el haba ya casi no se siembran por el miedo a ser “asaltados”. “En una noche puede desaparecer el resultado del trabajo de meses, y, como no hay vigilancia constante y en forma en el monte, [hay que sembrar otras cosas] menos atractivas para los vándalos” (Córdoba, 2000, p. 45).
Distante a esa promesa de cuidado comunitario, el pueblo de San Bartolo sufre la urbanización desmedida de sus áreas de reserva ecológica, nuevas calles y asentamientos urbanos surgen con frecuencia, así como la aparición de edificios y desarrollos urbanos residenciales.
Lo único que nos queda es quedarnos a ver cómo desaparecen nuestros bosques, nuestras casas, que son demolidas para construir edificios de departamentos. Los que somos viejos ya solo nos queda mirar, y dejar lo poco que queda en manos de los jóvenes (colectivo de encuentro Amistad y Deseos de Vivir, entrevista grupal, abril de 2023).
2.2. El pueblo originario de San Bartolo Ameyalco: su nombre, sus fiestas y sus tradiciones
Pueblo de antecedentes prehispánicos, de tradición y costumbres antiguas, San Bartolo Ameyalco es considerado en la actualidad como un pueblo originario dentro de la CDMX. Su nombre proveniente del náhuatl Ameyalco, “se compone, en mexicano, de atl, agua; meyalli, manantial; derivado de meya, manar la fuente o cosa semejante, y co, en; y significa: en los manantiales de agua” (Robelo, 1900, p. 41). El jeroglifo, extraído del Códice Mendocino[9], presenta al signo “agua” (atl), brotante de un círculo blanco, que indica que fluye o mana. El agua simboliza para el pueblo sus orígenes, su forma de vida y el motivo de defensa de su territorio y del manantial.
Nacimiento de agua del cerro del Atezquilo (de atezcaltl, ‘charco de agua’) (Robelo, 1900, p. 47), que de antaño fue y ha sido motivo de las labores agrícolas y fuente de la laguna de Xaxalpa, donde la tradición oral cuenta de una enorme laguna, “a la cual venían a pescar algunos nativos, quedándose a vivir ahí, dando origen al Pueblo” (Córdoba, 2000, p. 10). El manantial está ubicado en la entrada del pueblo, en la zona denominada “Ojo de Agua”[10]. Actualmente está entubado y con tanques de captación, surte del vital líquido a la mayor parte de la población.
El santo patrono que da origen a su nombre (San Bartolo) y veneración es San Bartolomé el Apóstol. De culto inmemorial, sus festividades se llevan a cabo los días 24 de agosto de cada año. La iglesia y su capilla, donde se conmemora a San Bartolomé el Apóstol, son figuras icónicas del pueblo. La capilla, localizada en el centro del pueblo (entre calle Cedros y calle Hidalgo) data del siglo xvi. Mora (2003) y Córdoba (2000) refieren a una capilla provisional erigida en el año de 1534. Su construcción se atribuye, de acuerdo con el relato de los “abuelos” del pueblo, a la necesidad de un espacio de descanso y oración para los Carmelitas Descalzos, quienes realizaban recorridos desde el Convento del Carmen, situado en la zona de San Ángel, hasta el ahora Desierto de los Leones, en donde construyeron un convento (siglo xvii) destinado a la oración contemplativa (Juan, 83 años, testimonio oral, 14 de abril de 2023).
Originalmente dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, esta capilla fue la primera en “cristianizar” oficialmente a los oriundos del Ameyalco. En la portada atrial, existe a la fecha una placa grabada en cantera enclavada en el arco, con la siguiente inscripción:
Esta ermita
De nuestra Señora de la Concepción fundo Di
De Godori Dao Ana
Decamo Dio Sahún
Ano 1622
Los relatos narrativos obtenidos por Córdoba (2000) dan cuenta del primer servicio sacerdotal: don Diego de Godoy y doña Ana de Samudio trajeron al primer cura, Fray Bartolomé de Olmedo. Es posible que el nombre de San Bartolo fuera en honor a este primer misionero (Estela, 75 años, testimonio oral, 12 de febrero de 2023).
En cuanto a fiestas patronales, sus festividades y celebraciones principales son el 24 de agosto, cuando se venera a San Bartolomé el Apóstol, y principios del mes de enero, cuando se celebra el Dulce Nombre de Jesús. También se celebran la Semana Santa y las festividades de Navidad y Año Nuevo. En las festividades mayores, hay una tradición especial: la Danza de los Arrieros.
La Danza de los Arrieros es una danza que conjunta cuadrillas de hombres de todas las edades: jóvenes, niños, adultos mayores. Considerada como danza-drama, Mora (2003) la describe como teatral: los bailarines, en sus rutinas y movimientos, explican las jornadas de los arrieros[11]. Hay personajes (capataces y obreros), también hay animales en la puesta en escena. “Esta danza está formada por varios actos o escenas, con sus títulos, piezas, jarabes y círculos” (Mora, 2003, p. 66).
La Danza de los Arrieros es originaria del pueblo de San Jerónimo Acazulco, ubicado en el Estado de México. De acuerdo con el testimonio de integrantes de la Banda Hermanos de la Cruz, quienes acompañan la danza, su inicio probable podría haber sido en el año 1834. Fue en el año de 1920 en el que los pobladores de San Bartolo trajeron la danza al pueblo (Mora, 2003). En las fiestas mayores, tanto en enero como en agosto, se presenta esta danza, así como en otras festividades religiosas tales como son Semana Santa. Entre el año 2020 y 2021, se dio un cambio importante en esta tradición: la Danza de los Arrieros era únicamente permitida para los hombres de San Bartolo. Sin embargo, a partir del año 2020, se han iniciado en la Danza de las Arrieras mujeres que ahora toman en sus manos esta costumbre tradicional, dando un giro importante al pensamiento patriarcal: Las mujeres también hicieron historia, estaban tras esos hombres que transitaban de un pueblo a otro, e inclusive se habla de mujeres “patronas” que también dirigían a los arrieros (Margarita, 80 años, testimonio oral, 28 de febrero de 2023).
2.3. San Bartolo Ameyalco en el siglo xxi: su territorio, su gente y la continua lucha por el agua
San Bartolo Ameyalco es considerado por la Alcaldía Álvaro Obregón como poblado rural. Colindante al Desierto de los Leones, sus áreas naturales y suelos de conservación todavía cuentan con una rica vegetación, como son helechos, musgos y trepadoras leñosas. Las especies arbóreas sobresalientes en los montes, las llanuras y las lomerías son los encinos, limoncillos y pinares bajos, así como ocotes. En zonas altas, hay bosques de oyamel. El clima de San Bartolo Ameyalco es semifrío. La temperatura promedio anual es de 10 a 7 ºC, la máxima se presenta en los meses de entre abril y junio y alcanza los 12 ºC, y la mínima puede fluctuar entre 8.1 ºC y 4-2 ºC bajo cero (SEGOB, 14 de abril de 1997).
En cuanto a desarrollo habitacional y asentamientos urbanos, la Alcaldía Álvaro Obregón lo establece como “zona de desarrollo controlado”, con el fin de regular los cambios de uso de suelo, preservar y conservar las reservas naturales y patrimoniales y evitar la deforestación y el uso de tierras ejidales como áreas de vivienda (SEGOB, 14 de abril de 1997). A pesar de ser área de conservación, en los últimos años, y derivado de un acelerado crecimiento de la población[12], San Bartolo Ameyalco ha convertido sus tierras agroganaderas en áreas habitacionales. De ser una localidad dedicada a las labores del campo y a la crianza de animales[13], sus habitantes ahora salen a trabajar fuera de su comunidad en actividades que en su mayoría comprenden oficios, labores domésticas y empleados del sector público y privado. La cercanía del desarrollo comercial e inmobiliario Santa Fe desde el año 1993 ha modificado las formas de vida del pueblo. Desde hace más de 20 años, hay un fenómeno de inmigración importante del interior del país: de los que consiguen trabajo en casa, o de empleados en alguna parte de la ciudad (Macario, 53 años, plática informal, abril de 2023), la gente llega a vivir al pueblo en búsqueda de alojo, lo cual ocasiona que la demanda de vivienda y servicios esté en aumento constante. Esto ha llevado a que San Bartolo Ameyalco se haya convertido en “ciudad dormitorio”[14], el flujo de gente ha vuelto insuficientes los servicios de transporte, agua, limpieza, seguridad, comunicación y energía eléctrica.
Por otra parte, el movimiento demográfico ha detonado nuevas situaciones sociales y culturales: la presencia de varias lenguas, tradiciones y costumbres ha modificado las usanzas y formas de vida de los oriundos del pueblo. Antaño, la lengua común en el pueblo era el nahuatl, sin embargo, se señala la desaparición de sus últimos hablantes hace más de 100 años (refiriéndose a los abuelos o tatarabuelos de los actuales adultos mayores de la localidad, que en promedio tienen edades que fluctúan entre los 65 y 85 años). Las lenguas que se comienzan a hablar ahora son de otras localidades. Las costumbres de los nuevos habitantes del pueblo han traído consigo formas distintas de vivir, así como otras tradiciones y usanzas[15].
Jóvenes y niños de la comunidad en su gran mayoría son estudiantes de nivel básico, medio superior y superior. El nivel de escolaridad se ha incrementado de manera importante. A principios del siglo xx (1900-1950), eran pocas las personas que sabían leer y escribir, eso era solo para las gentes ricas (Juan, 81 años, testimonio oral, 14 de abril de 2023). Ahora, de acuerdo con cifras del INEGI (2023), el nivel mínimo de escolaridad es bachillerato. Los mayores se remontan a los años en que solo existía una escuela en el pueblo. El máximo nivel que se podía estudiar en San Bartolo Ameyalco era cuarto grado: Como recuerdo, hacia el año 1930, era hasta cuarto grado, si se deseaba concluir la primaria, tenían que emigrar a localidades como Tetelpan, San Ángel o Coyoacán. Muy pocos tenían la oportunidad de estudiar, solo los que tenían dinero (Juan, 81 años, testimonio oral, 14 de abril de 2023). Quizás por esta situación, el nivel educativo de la mayoría de los adultos mayores habitantes de San Bartolo se ubica entre el primer y tercer año de primaria[16]. En los testimonios recabados con personas mayores del pueblo, es notoria su aflicción por aquellos que logran estudiar más allá del nivel medio superior. Entre los mayores se considera que, a mayor nivel de estudio, los jóvenes pierden el interés por las tradiciones y costumbres del pueblo. El “ser estudiados” los hace olvidar su pasado y también los hace desinteresarse por la naturaleza y por sus familias (colectivo de adultos mayores Amistad y Deseos de Vivir de San Bartolo Ameyalco, entrevista dirigida a grupo, 20 de abril de 2023).
El agua es como en antaño motivo de conflictos. La demanda del vital líquido se ha incrementado en relación con el crecimiento de la población. El “chorro” del manantial ya resulta insuficiente para toda la gente del pueblo y la que ha llegado a vivir aquí (Rosa, 32 años, habitante del pueblo de San Bartolo, testimonio oral, 13 de febrero de 2023). Los hombres que “saben de campo” lamentan la falta de lluvia, la sequía extendida que “adelgaza” el caudal del nacimiento de agua (testimonio oral, Juan, 81 años, febrero de 2023). Si se sigue construyendo en el monte y talando árboles, el agua se va a espantar, si hay envidias y rencores, el agua se va a ir (Miriam, 65 años, testimonio oral, 13 de marzo de 2023). En el mes de mayo del año 2014, habitantes del pueblo se enfrentaron a las autoridades de la Delegación Álvaro Obregón, oponiéndose a un proyecto de entubado del agua.
Después de un estado de sitio que duró un día y una noche, en el cual resultaron varias personas heridas y detenidas, los habitantes del pueblo lograron detener el proyecto de las autoridades. De este lamentable suceso, el documental Before the flood (National Geographic, 2016), dirigido y producido por Leonardo DiCaprio, mensajero por la paz de la ONU, refiere a este enfrentamiento en San Bartolo Ameyalco como las “guerras por el agua”.
Las guerras del agua resaltan el rol en términos espirituales y tradicionales que dicho bien común ha tenido en los pueblos o comunidades históricas. Asimismo, alerta sobre la anunciada privatización y manipulación hídrica que amenaza a las culturas, su acceso al agua y su propia identidad (Vandana Shiva, citada por Castillo y Carmona, 2017, p. 41).
Para San Bartolo Ameyalco, el agua tiene un símbolo especial, es el corazón del pueblo, habla de sus orígenes, de su propia vida. “Mientras [que] para el Estado, el agua es igual a servicio o mercancía, para el pueblo de San Bartolo Ameyalco es igual a identidad” (Castillo y Carmona, 2017, p. 39). El manantial era un pequeño paraíso, ahí había pescaditos, tortugas en tiempos de lluvia. Bajaban los ciervos a tomar agua por las tardes. Yo con mi hermano iba a cortar berros para comérmelos en tacos (Eloy, 62 años, plática informal, 14 de marzo de 2023). Las mujeres mayores rememoran su respeto y cuidado por el manantial: Las mujeres íbamos por el agua en cántaros, los hombres llevaban sus aguantadores. Teníamos que respetar el agua, no podía ser ensuciada por los animales que iban a beber agua. Ellos tenían que beber en la parte de abajo (Estela, testimonio oral, 7 de abril de 2023).
Con la lógica de la modernización[17], “se pierden las maneras de entender la utilidad y el significado del agua, sobre todo en cuanto al abasto, a la accesibilidad y el usufructo” (Castillo y Carmona, 2017, p. 45). Los mayores añoran los años en que San Bartolo era un lugar donde la naturaleza era generosa. Solo bastaba respetarla, cuidar a los espíritus del agua para que no faltara (colectivo de adultos mayores Amistad y Deseos de Vivir de San Bartolo Ameyalco, entrevista dirigida a grupo, 20 de abril de 2023). “¿Será que en aras de progreso San Bartolo ha comenzado a olvidar su fuente de vida?”. Bauman (2008) nos alerta de los riesgos del progreso, indicando: “… lejos de augurar paz y descanso, [el progreso] presagia una crisis y una tensión continuas que imposibilitan el menor momento de respiro” (p. 21). Un poco de pensamiento de antaño puede ayudar a comprender a un San Bartolo como cuidador del agua: como fuente de vida, es vital resguardarla, y no volverla “objeto” de cambio, de poder o de lucro egoísta. Es posible que, de no hacerlo, los duendes del agua nos envíen un castigo (Juan, 81 años, testimonio oral, 21 de abril de 2023).
2.4. Mitos y leyendas de la comunidad: las historias de los abuelos
Hay en el monte hombres pequeños que cuidan el agua y el bosque. Son los vigilantes del monte (Silviano Márquez, 89 años, narrativa de la plática sostenida con su amigo Félix Carrasco†, 68 años en el año 1992, 12 de abril de 2023). Aún hoy en día, San Bartolo Ameyalco es una comunidad rodeada de bosques. El cerro del Atesquilo de donde nace el agua del manantial, el cerro de las Cruces, la reserva natural de Santa Rosa Xochiac y el Desierto de los Leones todavía permiten que el área sea considerada como uno de los pocos “pulmones” de la CDMX. Pero, donde hay agua y bosque, también hay muchas historias que contar.
Los mitos y las leyendas del pueblo conectan su pasado con el presente. Se habla de seres que se aparecieron y que se aparecen todavía a los transeúntes despistados que transitan las zonas de barrancas a altas horas de la noche. Se habla de duendes o “guguruchos” encantadores del agua, que aparecen a los cuidadores de los tanques de captación de agua o a los habitantes del área del Ojo de Agua; de brujas y nahuales; de encantos que abren sus puertas en determinadas fechas; a los caminos que toman las almas el Día de Muertos. Son historias que los abuelos cuentan todavía a sus familias, sobre todo en las vísperas de la celebración de Todos los Santos y los Fieles Difuntos.
Juan Romero, de 81 años, habitante y oriundo del pueblo, de padres y abuelos nacidos en San Bartolo Ameyalco, nos comparte la historia de los duendes del agua. ¡Mire, maestra! Los “guguruchos”. Son pequeños hombrecitos, que cuidan el manantial y sus alrededores. Hay que tenerles respeto. Si los ves, hay que dejarles un tlacahuile [“canastilla”] de dulces, porque, si no, te da aire. De hecho, en donde antes estaba el manantial, era usual encontrar pequeñas canastillas con cocadas, chocolates, galletas de animalitos o camotes como ofrenda para ellos. Era necesario dejarlas para ahuyentar males o enfermedades inexplicables que causaban si se sentían desairados u ofendidos.
Si acaso los veías o te atrapaban, no podías dormir por varias noches, para lo cual, aparte de la ofrenda, había que visitar a la curandera del pueblo, para que te limpiara con ruda, estafiate, pirú para quitarte el aire (Juan, 81 años, testimonio oral, 21 de abril de 2023).
Doña Margarita, de 80 años, cuenta que estos duendes en la comunidad se conocen como “guguruchos”, y las mujeres que iban a lavar al río debían tener mucho cuidado de ellos.
Si llevaban hijos, era mucho más trabajoso, había mujeres que siempre llevaban su ofrendita, por el miedo a quedar encantadas ellas o sus hijos. Otra de mis comadres decía que ella los veía, y que platicaba con ellos. Siempre les llevaba un plato de comida, así los mantenía contentos (testimonio oral, 9 de marzo de 2023).
En la zona conocida como la Piedra Grande (calle Purísima y calzada Desierto de los Leones), se cuenta que, en los días de celebración de los difuntos, se abre un portal y son pocos los elegidos para entrar. Solo se sabe de dos personas que han entrado y salido de esos lugares. Se pierden por años, y, cuando regresan, se ven viejos. Para ellos no pasó el tiempo, pero en la realidad se llegan a ausentar de sus hogares hasta por cinco o diez años (Juan, 81 años, testimonio oral, 21 de abril de 2023). En la zona del monte, hay una historia de un hombre que salió a cortar leña.
Dejó su burro amarrado y buscó un árbol seco. A punto estaba de talarlo cuando algo lo “jaló” hacia adentro del tronco. Llegada la noche su familia lo fue a buscar, encontrando solamente al burro. Esperaron allí con la esperanza de verlo regresar. Al otro día, apareció el hombre, barbado, como si hubiera vagado por varios años. Él contó que estuvo en una tierra hermosa, llena de árboles y seres extraños (Margarita, 80 años, testimonio oral, 9 de marzo de 2023).
Estela, de 76 años, cuenta que, en la fiesta de difuntos, las ánimas llegan de visita por el camino que desciende del cerro. Antes de que llegara la luz a San Bartolo[18], se alumbraban con velas y quinqués.
La penumbra y lo espeso de los bosques daban miedo por ese tiempo. Mi tío contaba que vio llegar a las ánimas al atrio de la capilla [que, entre los años 1920 y 1930, todavía era el panteón del pueblo]. Una procesión de gente con velas, ataviadas de ropajes de fiesta, son las que divisó casi al caer el sol. Grande sería su sorpresa que, al tratar de darle alcance, no encontró a nadie, más que un atrio solitario y oscuro.
Cuando las almas se van, toman el mismo camino. Los hombres que trabajaban el campo no iban a la siembra en esos días santos. Hubo un hombre incrédulo de lo que ocurría en esas festividades y que se negaba a ponerles ofrenda a sus padres muertos. En su camino hacia su parcela, uno de sus pies se hundió en el camino. Por más esfuerzos que realizó, no pudo desatorarlo. Sentía como si algo lo jalara desde debajo de la tierra. El sol se comenzó a ocultar, era día 2 de noviembre. El cenit en esta fecha marca la despedida de las almas que acuden a los hogares esperando ser recibidas y recordadas por sus familiares.
Al caer la penumbra, un grupo de personas avanzaban con lentitud por el camino, desfilando al lado del hombre que estaba atrapado. Las primeras personas que pasaron iban contentas, llevaban una luz entre sus manos, y contaban cómo sus familias los habían esperado en esos días. Los de en medio llevaban flores entre sus manos, y cantaban con alegría. Poco a poco la multitud disminuía en cantidad. Al final, venían un grupo de personas que se veían tristes. A ellas nadie las había esperado. Al final de la comitiva, pudo distinguir a sus dos padres, que, tristes, no llevaban más que su dedito levantado, sin luz, llorando el olvido de su hijo (testimonio oral, 2 de noviembre de 2022).
También se habla de nahuales, que, en forma de bolas de fuego, se observan en el cerro, usualmente entre marzo y abril. La Llorona y el Charro Negro son las apariciones que más refieren los habitantes del pueblo.
En las zonas de barrancas, del Ojo de Agua y en el antiguo manantial, se habla de una mujer vestida de blanco, ataviada con sombrero de épocas coloniales. Nunca se le ve la cara. Quien le ha visto cuenta de una sensación intensa de terror: el cuerpo se te hiela, quieres gritar y no puedes (Grupo Lunas de Plata, entrevista grupal, 2 de noviembre de 2023).
El Charro Negro es un hombre que monta a caballo. Se presenta por las noches, cuando cae la oscuridad. Hay que correr, porque, si no, te lleva al infierno (Grupo Lunas de Plata, entrevista grupal, 2 de noviembre de 2023).
Y finalmente, el perro de San Bartolo. Cuenta la leyenda que a San Bartolomé le fue encargado tener encadenado al demonio. Y solo lo suelta la noche de su fiesta patronal: el 24 de agosto. En la mañana siguiente a su festividad, los campos aparecen con muchas “milpas tumbadas”, como si un perro las hubiera aplastado con su cuerpo. Y el pericón, planta que crece entre los cultivos, “aparece bañado con la espuma de la baba del perro” (Juan, 81 años, testimonio oral, 21 de abril de 2023). Hay personas que afirman haber visto una “bestia” negra, con ojos brillantes color rojo. Solo una afirmó haber sido “correteada” por el perro.
En la zona de barranca, detrás de la escuela. Una noche que llegó tarde del estudio, el joven notó que algo lo seguía. Al virar, miró al monstruo que le perseguía. Corrió todo lo que pudo, solo recuerda tocar el zaguán de su puerta con desesperación. A la mañana siguiente, cuando despertó, su pantalón estaba rasgado, como si unas garras poderosas lo hubieran rasguñado (Silvia, 48 años, narrativa de conversación con familias de San Bartolo Ameyalco, 10 de abril de 2023).
Como dicen Chevalier y Gheerbrant (1969):
… mediante símbolos y mitos, […] visión ingenua y directa, que supera las mediaciones culturales, por más que tiempo y cultura influyan y condicionen la forma sensible del símbolo. Lo simbolizado no es de ningún modo el símbolo sino aquello inexpresable que no podría decirse de otro modo de no ser por aquella forma que en lo sensible lo manifiesta. [De ahí que] el símbolo nos remite a lo atemporal y supraconceptual. Por esto se lo llama idea-fuerza. El símbolo es factor de esencia y por ello está en el umbral del No Ser. Ver el símbolo supone por tanto morir, o quizá despertar de nuevo al olvido. “Esta es otra forma de la memoria” como dice Borges (p. 8).
Herederos y portadores de una tradición, los habitantes del pueblo de San Bartolo Ameyalco se rehúsan a olvidar sus costumbres. En cada fiesta patronal, los símbolos fusionan lo sagrado con la vida cotidiana: “No hay razón para ser si no tenemos en que creer”, decían los abuelos y abuelas (colectivo Amistad y Deseos de Vivir, entrevista grupal, 6 de junio de 2023). Tradiciones, mitos, leyendas, los cuentos que narran los de antes, otorgan sentido de pertenencia y vinculan al colectivo. Historia, tiempo, formas de vivir conforman una red múltiple, en la que, como habitantes del pueblo, construimos nuestras propias significaciones que dan razón y sentido a nuestro acontecer cotidiano. Y quizás esto sea lo que buscan transmitir los adultos mayores a los jóvenes: los símbolos y ritos que dan sentido a la comunidad.
Símbolos que sirven para reconocernos, que captan la permanencia de lo duradero. Pues, como plantea Byung-Chul Han: “El mundo es liberado de su contingencia y se le otorga una permanencia […] un vacío simbólico carece de imágenes y metáforas que generan sentido y son fundadoras de comunidad que dan estabilidad a la vida” (2021, p. 18). La lengua materna, las tradiciones, las historias y los mitos de un pueblo, las costumbres permiten el intercambio de saberes y generan arraigos y sentido de identidad. Cultura que, en palabras de Clifford Geertz (2003), es la urdimbre de significaciones que entretejen los individuos en comunión con su comunidad, y no solo con su gente, sino con su entorno, su historia, su tiempo; además de los escenarios que influyen en sus haceres y modos de vida. La tarea del que investiga, entonces, al analizar una cultura específica, es ir en búsqueda de esos significados que se hallan en la cotidianeidad comunitaria. Lo que se busca “es la explicación, interpretando expresiones sociales que son enigmáticas en su superficie” (Geertz, 2003, p. 20), interpretaciones que solo tendrán sentido si se vinculan con un espacio-tiempo, con una historia que otorgue raíces y pasado, con mitos y leyendas cuyo misticismo nos congrega para encarar lo inexplicable.
En ese sentido, la tarea del indagador es tener siempre presente que, para comprender la vida humana y para promover su transformación, hay que “ampliarse en círculos concéntricos, confluyendo los detalles en el todo para lograr la rectitud y evitar el fracaso del proceso” (Arteta, 2017, p. 60). Como dice Hannah Arendt, comprender “es una actividad sin fin, diversa y mutable por la que aceptamos la realidad, nos reconciliamos con ella, es decir, tratamos de sentirnos con armonía con el mundo” (1995, p. 29).
Solo en la comprensión de la interrelación de los factores que inciden en la vida cotidiana, será posible realizar su lectura y avanzar hacia una posible transformación. Un quehacer que, en el caso de la IAP, posibilitará generar ambientes dialógicos que promueven la participación colectiva, vinculante, responsable. Un hacer sentipensante que une a los colectivos, y los congrega en un encuentro fraterno entre generaciones que intentan comprender su propio mundo y el de los otros, en búsqueda de solidaridad, comprensión, compasión y empatía, en el entendido de que compartimos un mismo mundo, tradición que quizás nos condiciona, pero que jamás nos determinará cuando buscamos la fraternidad entre las colectividades.
- De acuerdo con la Ley de Derechos de los Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes en la Ciudad de México (22 de diciembre de 2022), los pueblos originarios “son aquellos que descienden de poblaciones asentadas en el territorio actual de la Ciudad desde antes de la colonización y del establecimiento de las fronteras actuales, que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, sistemas normativos propios, tradición histórica, territorialidad, y cosmovisión o parte de ellas; cuentan con autoridades tradicionales históricamente electas de acuerdo con sistemas normativos propios, y tienen conciencia de su identidad colectiva como pueblo originario” (Gaceta Oficial de la CDMX, 2022, p. 27).↵
- Dentro de la comunidad, se reconoce a una persona como nativa del pueblo de San Bartolo Ameyalco a aquella persona nacida dentro de la demarcación del pueblo cuyos padres y abuelos también sean de San Bartolo Ameyalco (Clementina Gómez†, bitácora de anécdotas personales, enero de 1997). ↵
- Nombre derivado quizás de “muicles”, que es una especie de planta muy común en el valle de México, y que probablemente había en abundancia en la zona. Actualmente, se ubica en el área denominada “Cafeteros”, Camino Viejo a Mixcoac y Camino a San Mateo Tlaltenango.↵
- “Cuicuilco fue una población en el suroeste de la cuenca de México, cuyo desarrollo cultural se considera uno de los primeros y más significativos en esta región antes del surgimiento de Teotihuacán […]. Para el 200 a. C., Cuicuilco alcanzó su máximo desarrollo, al explotar sierras, pies de monte, planos aluviales, lagos, manantiales y arroyos […]. Hacia 250 representaba, junto con Teotihuacán, una de las principales poblaciones de la cuenca de México […] pero un volcán en las estribaciones de la Sierra del Ajusco, conocido hoy como Xitle (‘ombligo’) terminó con esta cultura. Sus emanaciones y erupción también alteraron gran parte del ecosistema del suroeste de la cuenca de México y cambió el paisaje en un área de alrededor de 70 km²” (INAH, 2024b).↵
- Un calpulli era un conjunto de familias relacionadas por una supuesta ascendencia común. Formaba una unidad cultural, que comprendía lengua, culto, atavíos, costumbres. El matrimonio fuera del clan era tolerado, pero no bien visto. Los miembros del calpulli vivían por lo general en un “barrio” (López, citado por Vela, 2023, párr. 1). ↵
- De acuerdo con Robelo (1900), Matlatzinco “fue el nombre que le dieron los mexicanos al Valle de Toluca, por habitar en él una tribu que los mismos mexicanos llamaban Matlatzinca. Esa tribu vino del Norte, en compañía de algunas tribus de filiación nahoa y se asentaron en el Valle de Tolocan (Toluca), extendiéndose al Oeste hasta Tajimaroa, frontera del reino de Michuacán. Ellos en su lengua se decían nentambati, nepintatuhui, y en Michuacan los conocían por pirindas o characos ‘Matlatzinco se compone, en mexicano, de Matatzincatl, y de –co, en; significa: En (donde moran) los Matlatzintli’. El nombre étnico se compone de matlatzintli, reedecilla, y de catl, terminación nacional o étnica; y significa: Los de las redecillas, esto es, los pescadores, porque habiendo fijado su asiento primitivo en los alrededores de la laguna Lerma, se han de haber dedicado a la pesca y a la manufactura de redes” (Robelo, 1900, pp. 133-134).↵
- “El Altiplano Central o región central de México está compuesta por cuatro unidades geográficas enlazadas por sus tradiciones culturales: el valle de Morelos al sur, el Valle Puebla-Tlaxcala al oriente, la Cuenca de México al centro y el Valle de Toluca al occidente. De ellos, el Valle de Morelos es el único emplazado en tierra caliente” (INAH, 2024a, párr. 1).↵
- De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española (2023b), “peninsular: en América hispánica, nombre que se daba al español que había nacido en la península ibérica, en contraposición al criollo”. ↵
- “El Códice de Mendoza (o Códice Mendocino) recibe su nombre de Antonio de Mendoza, primer virrey de México, quien manda a hacer este documento con el fin de que el rey Carlos V conociera la historia y organización social de los mexicas. Realizado en el año 1542, a manos de los Tlamantinime (sabios indígenas), el documento presenta una lista de los tlatoanis mexicas, incluyendo una narración sobre la vida cotidiana de los mexicas” (Secretaría de Cultura, 2023, párr. 5 y 6).↵
- Ubicado entre las calles Cedros, Ojo de Agua e Hidalgo en la entrada del pueblo de San Bartolo Ameyalco.↵
- Hay una probable explicación del origen de la danza. Las personas adultas mayores narran que el pueblo de San Bartolo Ameyalco era el paso obligado de las cuadrillas de arrieros que pasaban con sus cargas de carbón, leña, madera, animales de granja, etc., hacia la zona de Contreras y San Ángel. El manantial servía para dar de beber a las recuas de caballos, vacas, toros y borregos que transportaban. Era común que también comerciaran con los habitantes del pueblo, que trajeran noticias de otros lugares o bien que fueran contacto para “enganchar” en trabajos a los jóvenes y hombres maduros del pueblo. La Ermita sirvió para descanso y también para veneración y pedimento al Santo Patrono [San Bartolomé el Apóstol], para cuidarlos en su viaje y velar por sus mercancías. Es muy probable que, inspirados en estas cotidianeidades, los habitantes del pueblo gustaran de la tradición que observaron en los habitantes del pueblo San Jerónimo Acazulco (testimonio oral de Evangelina†, 83 años, mayo de 2018). ↵
- Comparativo del crecimiento de población en San Bartolo Ameyalco: en el año 1994, la población era de 9,448 habitantes (SEGOB, 1994). En el año 2023, la población de acuerdo con datos estadísticos del INEGI (2023b) es de aproximadamente 25,819 habitantes (aproximado). En tres décadas, se ha triplicado el número de habitantes, siendo la principal causa de este aumento las migraciones constantes de la población de otros Estados de la República Mexicana. ↵
- Narran los abuelos y las abuelas del pueblo que sus padres y abuelos en raras ocasiones salían del pueblo. Se dedicaban a la agricultura, a la recolección de frutos y productos que ofrecía el “monte” de San Bartolo. Solo algunos se aventuraban a salir a la zona de Mixcoac, San Ángel o Contreras para vender sus productos (testimonio oral, Estela, 76 años).↵
- “Ciudad dormitorio”: conjunto suburbano de una gran ciudad cuya población laboral se desplaza a diario a su lugar de trabajo (Diccionario panhispánico del español jurídico, 21 de abril de 2023b). ↵
- En estadísticas realizadas en la CESBA, se detectaron las siguientes lenguas indígenas: mixteco, zapoteco, nahuatl de la zona de Puebla, Veracruz y Estado de México, chinanteco, cuicateco, otomí, tojolabal, zoque, tzotzil y maya.↵
- En encuesta elaborada entre los integrantes del colectivo Lunas de Plata del centro de salud Dr. Ignacio Morones Prieto de San Bartolo Ameyalco, durante el mes de enero de 2023, se detectó que, de 15 adultos mayores cuyas edades fluctúan entre los 63 y 85 años, solo uno tenía secundaria y carrera comercial, tres integrantes lograron culminar la secundaria, y once solo estudiaron primaria, siendo el grado más alto el tercer grado.↵
- Recordemos que, de acuerdo con Berman (1992), hay que diferenciar modernidad, modernización y modernismo: “La modernidad se entiende como una etapa histórica. La modernización como un proceso socio-económico que trata de ir construyendo la modernidad, y el modernismo como el proyecto cultural que trata de seguir la modernidad”.↵
- El servicio eléctrico no llegó a San Bartolo Ameyalco hasta 1928. ↵






