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El gobierno de las infancias

Susana Murillo

Introducción

El gobierno de la infancia, en el sentido de la dirección de las conductas infantiles en vistas a la construcción de adultos dóciles y útiles, así como el autogobierno de niños y niñas a partir de ideales y figuras de identificación (Foucault, 2005; Donzelot, 1990), tiene sus inicios a fines del siglo XVIII, con el advenimiento del liberalismo en una Europa en la que el capitalismo industrial se desplegaba en medio de multiplicidad de síntomas sociales que evidenciaban la diversidad y complejidad de lo que en el siglo XIX se nombró como “cuestión social” (Donzelot, 2007). Tal proceso se transfirió en cierta manera a nuestra América, en la medida en que diversas zonas de la región se integraban, de modos diversos, al mercado mundial; no obstante, el gobierno de las infancias nunca se desplegó entre nosotros como una mera réplica de las claves europeas, pues aquí tales problemas adquirieron desde sus comienzos ribetes específicos ligados a la “cuestión colonial” (Murillo, 2012a).

En ese ejercicio de la racionalidad de saber y poder, la mirada médica fue una de las estrategias que cobró centralidad, en tanto ella hizo eje en conceptos de salud y enfermedad vinculados a la modulación de los cuerpos individuales en relación con los fenómenos sociales que podían favorecer u obstaculizar el proceso productivo y el de circulación de mercancías a nivel mundial. En esa clave, la medicina dio un lugar central a la familia, espacio que la epistemología propia del liberalismo estimó como el “natural”[1] para la formación del individuo, futuro ciudadano con roles diversos según su lugar en la sociedad. La familia se transformó desde entonces en sujeto y objeto de gobierno, por parte de la medicina, que fue un instrumento central del Estado en el trazado de políticas públicas,[2] en vistas a lograr la construcción del cuerpo de los niños y las niñas como un cuerpo individual sano, parte de un saludable cuerpo social libre de enfermedades “físicas y morales” (Murillo, 2012b). Los objetos de la mirada médica fueron, desde el advenimiento del liberalismo, los fenómenos sociales, al tiempo que los saberes que emergían del conocimiento de los cuerpos individuales coadyuvaron a la construcción de saberes e intervenciones estatales y paraestatales sobre esos mismos cuerpos individuales y colectivos (Foucault, 2005), razón por la cual Foucault, basado en Rosen, ha puesto de relieve que el papel central de la medicina moderna ha sido social (Rosen, 1985).

Este proceso de construcción y autoconstrucción de sujetos, a partir de la intervención de la medicina como instrumento de Estado con el fin de configurar el cuerpo de la nación sano, ha sido caracterizado como “medicalización de las poblaciones”, fenómeno en el que, como se decía más arriba, el cuerpo de los niños y las niñas se tornó central, dado que se partió (y se parte) de una concepción basada en la noción de una “natural” evolución de la vida humana a través de etapas, en la que las experiencias hereditarias, congénitas e infantiles generan huellas muy fuertes en el devenir de esa historia personal.

El término “medicalización” no debe llamarnos a engaño, si bien los médicos tuvieron un lugar central en el diseño y aplicación de políticas públicas, lo hicieron articulados crecientemente con especialistas e instituciones de diversos campos en psicología, sociología, trabajo social, docencia y jurisprudencia, entre otros. Así, el higienismo sostenía que su tarea era de reforma social y política; ideario que, al menos en Argentina, tuvo importantes repercusiones históricas (Murillo, 2012b). De este modo, hablar de “medicalización de las poblaciones” no alude solo a aspectos biológicos, sino también a psicológicos, morales, familiares, educativos, jurídicos y sociales, algo que, como veremos, se complejiza en el presente. Se trató del cercamiento político del cuerpo de los niños y las niñas en nombre de la ciencia con fines de previsión, cura o reinserción frente a enfermedades físicas o “morales”.

La historia de cómo se desplegaron los procesos de medicalización muestra que ellos no operaron (ni operan) desde y para algo “natural” en los seres humanos, libre de toda connotación valorativa, de carácter social o político; por el contrario, esa historia muestra que la construcción de taxonomías basadas en una presunta “evolución natural” fueron, y son, básicamente clasificaciones nominalistas que suponen unos ciertos valores morales y políticos acerca de qué atributos debe tener un sujeto en cada etapa de su vida para ser considerado normal, o bien cuáles lo caracterizan como teniendo alguna patología, y ello en relación con el espacio social en que lo inserta su trayectoria familiar. Lo “normal” y lo “patológico” (Canguilhem, 1971) como núcleo de los procesos de medicalización, lejos de reflejar una presunta naturaleza humana universal, se muestran, en la historia de las ciencias y en la historia efectiva, como conceptos emergentes de un régimen de veridicción, sustentado en, y a la vez legitimador de, formas diversas de intervención sobre individuos y poblaciones, en diversos momentos y lugares. Intervenciones que tuvieron como blanco a los niños y las niñas, matriz del adulto dócil y útil.

La “medicalización” de las poblaciones implicó, durante la hegemonía del arte liberal de gobernar, que la mirada médica tuviese como correlato al cuerpo del enfermo y su palabra, mediados por taxonomías construidas, pero entendidas como reflejo de lo “natural”. El riguroso análisis documental muestra que es innegable que, al menos en Argentina, tal medicalización previó y evitó epidemias graves que asolaban a la población, y precisamente porque su objetivo fue y es también social y político, en muchos casos generó iniciativas políticas que a menudo se enfrentaron a mezquinos intereses de las elites económicas (Murillo, 2012b).

En los tiempos que corren, el “naturalismo” de los procesos de medicalización de las poblaciones y los sujetos persiste, aunque con connotaciones diversas a las que tuvo bajo el arte liberal de gobernar. La medicalización, como forma de abordar e intervenir sobre los fenómenos sociales, en particular a partir del cercamiento de los cuerpos de niños y niñas, mutó a partir del último cuarto del siglo XX. Entonces, no solo la mirada médica se transformó sino también el modo de conceptualizar su correlato; esto es, los cuerpos individuales y los de las poblaciones infantiles y sus principios básicos: los problemas poblacionales que más preocupan, los instrumentos que median entre los cuerpos y la mirada, así como las estrategias y sus tácticas, y los actores centrales en el proceso.

A partir de la década de 1960, el capitalismo industrial entró en crisis, al tiempo que el capital financiero se tornaba hegemónico; entonces, en relación con una serie de procesos que aquí no es posible desarrollar (Foucault, 2007; Monedero, 2012; Murillo, 2008; Murillo, 2015a) comenzó el desbloqueo del neoliberalismo, como arte de gobierno de sujetos y poblaciones, y en él “las infancias” se convirtieron en los blancos fundamentales.

Preferimos pensar en “gobiernos” de “las infancias” y no en el “gobierno” de “la infancia”, pues resulta claro que en la etapa neoliberal del capitalismo, y particularmente en los pueblos de Nuestra América, la mirada sobre niños y niñas varía según su condición social, así como su conceptualización y las tácticas y estrategias desplegadas sobre sus cuerpos y los de sus familias. No todos están destinados a ser sujetos útiles o exitosos en el futuro, en tanto el destino de poblaciones que habitan nuestra América en zonas ricas en biodiversidad es incierto, a la vez que los avances de la cuarta revolución industrial, conocida también como “Internet de las cosas”, posibilita de modo creciente el reemplazo de trabajo vivo por trabajo muerto reificado en la máquina, y con ello la generación de una creciente población excedentaria.

A mediados de los años setenta, con el paulatino desbloqueo del neoliberalismo (aunque con antecedentes que llevan a mediados de la década de 1950), en particular a partir del denominado “experimento Chile” (Klein, 2007), se despliegan en el Cono Sur, por un lado, técnicas de subjetivación centradas en el terror, que es resignificado en constantes y diversas situaciones actuales de incertidumbre; y por otro, técnicas que confluyeron en la construcción de identificación con imaginarias figuras fetichizadas cuyo núcleo ficcional conforma una mítica completud que salva imaginariamente de las carencias que surgen del terror; identificaciones imaginarias que alientan, no sin resistencias, formas de narcisismo que intentan cercar políticamente el cuerpo de las familias y, a partir de los procesos de identificación, el de niños y niñas.

Este artículo analiza teóricamente esta dualidad en el gobierno de las infancias, haciendo eje en la fetichización que se prolonga en el “programa fuerte de las neurociencias”, presentadas como herramientas que por un lado multiplican nominalmente los “desórdenes conductuales” y por otro prometen calmar todo dolor humano. Este proceso es parte de una estrategia global destinada a conocer e intervenir en sujetos considerados por el neoliberalismo como irracionales y, por ende, generadores de incertidumbre en los mercados.[3]

El proceso de medicalización de las infancias

La medicalización de las poblaciones en el neoliberalismo ya no tiene como finalidad fundamental construir una población sana y detectar, prever y mitigar posibles patologías; ella, ahora, está sustentada fundamentalmente en avances de las neurociencias y disciplinas que dicen basarse en ellas. Estas disciplinas, que son englobadas a veces como “neurociencia cognitiva” (Escera, 2004) anuncian, en clasificaciones cada vez más pobladas de patologías, que todos los humanos tenemos efectiva o potencialmente alguna enfermedad “física o moral” que es menester curar o prever desde la gestación, el parto y la infancia; para ello las empresas farmacéuticas y los grupos financieros han convertido al ciudadano en un consumidor de tecnologías y medicamentos (Iriart, 2016; Iriart e Iglesias Ríos, 2012; Faraone et al., 2009) de modo que la intervención sobre los cuerpos gesta formas de gubernamentalidad, que articulan la “medicamentalización” (Faraone et al., 2009) con una serie de tácticas-técnicas basadas en la psicología cognitiva, que tienden a construir lo que se denomina “inteligencia emocional”.

Es que la gubernamentalidad neoliberal, desde sus primeros pasos en la escuela austriaca a fines de siglo XIX, tuvo como estrategia fundamental la modulación del deseo subjetivo (Murillo, 2015a), y en la consecución de este objetivo, el alma de los niños y las niñas es la presa esencial. Decimos esto pues, desde 1871, con la publicación de Principios de Economía, de Carl Menger, iniciador de la escuela austriaca, se construye la teoría subjetiva del valor, según la cual los “bienes” valen no por el trabajo que la humanidad despliega para generarlos, sino en tanto hay un sujeto que los estima, que los demanda (Menger, 1976). Será otro miembro de la escuela austriaca, Friedrich Hayek, quien partiendo de este presupuesto construirá ya desde la década de 1930, y en especial tras la Segunda Guerra Mundial, instrumentos conceptuales que conformarán la matriz teórica para que, a través de las denominadas “neurociencias”, se legitimen los nuevos modos de intervención centrados en la introyección de valores en sujetos y poblaciones. Es menester no perder de vista estos objetivos políticos a fin de no caer en un determinismo tecnológico que sesga la mirada. La tecnología en sí misma (sea esta “dura” o “blanda”) es solo un factor que hace a las transformaciones en los procesos sociales, pero la direccionalidad de estos obedece a una complejidad en la que se articulan la búsqueda de rentabilidad de empresas farmacéuticas y grupos financieros con el gobierno político de las conductas; en ese sentido, las tecnologías están subsumidas a fenómenos complejos, no los determinan (Murillo, 2017).

En esa clave de análisis es observable que los avances en el campo de las neurociencias están ligados a un veloz desarrollo tecnológico, que es instrumento de un proyecto civilizatorio que hace centro en la modulación del deseo subjetivo como modo de gobierno de las poblaciones (Murillo, 2015a, 2015b; Murillo, 2011). Tales avances posibilitan interpretar observaciones de aspectos del sistema nervioso (Hagner, 2010), así como los procesos que se producen en tejidos de fetos, tanto de humanos como de primates. Estos desarrollos, ligados a la acumulación de plusvalor, que supone siempre una creciente “gubernamentalidad” de individuos y poblaciones, son traducidos en campos llamados neuroeducación, neuromarketing, neuropolítica, neuropsicoanálisis, economía de la felicidad, psicoeconomía; disciplinas ‒que en este espacio no podemos desarrollar‒ cuyas aseveraciones no permiten concluir que procedan de una seria derivación de las investigaciones neurocientíficas en su “programa débil”.

En este sentido seguimos a Alain Ehrenberg, director del Centre de Recherche Psychotropes, Santé Mentale, Société, de la Universidad René Descartes, en Francia, quien muestra que a partir de la década de 1980 se han producido dos cambios fundamentales: por un lado, las enfermedades neurológicas y mentales comenzaron a ser abordadas y conceptualizadas por los mismos métodos y conceptos; al tiempo que, por otro, esas disciplinas han extendido su campo de acción a lo emocional, al comportamiento social y a los sentimientos morales. Desde esta perspectiva, Ehrenberg ha postulado una sugerente diferencia entre el “programa débil” de las neurociencias (cuyo objetivo es avanzar en el conocimiento de enfermedades de muy probable base orgánica como el Alzheimer) y el “programa fuerte”, que ha construido una “imaginería cerebral”, sustentada en una fetichización de la tecnología, que ha posibilitado la ficción de una biología del espíritu y la conciencia, con pretensiones de predicción, explicación e intervención, no solo en los tradicionales problemas orgánicos, sino en los aspectos emocionales, cognoscitivos, sociales y morales (Ehrenberg, 2004).

¿Qué nos dicen las neurociencias en lo que se conoce como su “programa débil”?

El intento de conocer la localización de las funciones diversas en el cerebro tiene una larga historia, que se remonta por lo menos a los primeros años del siglo XIX. No obstante, en el siglo XX se produjo una mutación importante a partir de los estudios neuroanatómicos y neurofisiológicos que gestaron lo que en la década de 1970 comenzó a denominarse “neurociencias”, fundamentalmente con el desarrollo de tecnologías que posibilitaron el estudio de ciertos correlatos entre conductas específicas y registros de actividad neuronal, a partir de imágenes que mostraban zonas de mayor o menor oxigenación en el cerebro, en correlación con acciones de los sujetos. Pero fue entre 1988 y 1989 cuando comenzaron a registrarse publicaciones científicas que le dieron entidad de paradigma científico (Escera, 2004).

Desde entonces, los avances en tecnologías aplicadas al conocimiento del cerebro son constantes, en correlación con inversiones multimillonarias de empresas, Estados y universidades. El desarrollo de tecnologías generó lo que Michael Hagner denomina “imagología” y “neuroimagología”; se trata, entre otras, de la tomografía de resonancia magnética funcional, la tomografía por emisión de positrones y la tomografía por emisión de fotón único, entre otras (Hagner, 2010). Una de las más reconocidas es el mapa cerebral denominado “electroencefalografía cuantitativa”, que consiste en un análisis computarizado de la actividad cerebral. Los datos obtenidos son digitalizados y transformados a su vez en datos numéricos, que se pueden computar y comparar con detalle. Los datos numéricos permiten luego elaborar mapas tridimensionales del cerebro del paciente y también hacer comparaciones con bases de datos y así ver la diferencia entre el paciente y la población general.

En 2016, investigadores de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington recurrieron a los datos generados por el Proyecto Conectoma Humano (Human Connectome Project) para elaborar un nuevo mapa perfeccionado del cerebro, usando múltiples tipos de imágenes por resonancia magnética para medir la arquitectura cortical, la actividad, la conectividad y la topografía del córtex de 210 adultos jóvenes sanos. Esta forma de mapeo cerebral supera a las anteriores pues la mayoría de los mapas existentes daban como resultados mapas “borrosos”, que no eran reproducibles en otros individuos. La nueva tecnología permitió crear un nuevo mapa perfeccionado del cerebro usando múltiples tipos de imágenes por resonancia magnética para medir la arquitectura cortical, la actividad, la conectividad y la topografía del córtex de los participantes en el proyecto. Para llevar a cabo esta tarea, los investigadores participaron de un estudio multimillonario de cinco años de duración dirigido por David Van Essen para el que se utilizó una potente máquina de resonancia magnética creada específicamente para este proyecto (Quo, 2016).

Los mapeos cerebrales tienen avances tecnológicos constantes que han permitido descubrimientos importantes: por un lado, modificar la visión tradicional acerca de la relación entre dendritas y axones, y por ende los modos de conectividad nerviosa; por otro lado, muestran los billones de conexiones medidas en micras (cada una de las cuales equivale a la millonésima parte de un metro) que ocurren en cada pequeño espacio de la corteza cerebral. Esta observación indica la enorme densidad de las conexiones en muestras muy pequeñas: se observó que en una de ellas, de un milímetro cúbico, se producían 1.500 sinapsis, procedentes de 1.500 células nerviosas que no solo trabajaban con axones y dendritas de esta parte del cerebro, sino también de otras colindantes. “Al mirar imágenes del cerebro tomadas con sistemas de alta resolución, donde cada píxel representa un milímetro cúbico, se podrían observar un billón de sinapsis en cada uno de esos píxeles”, dijo Jeff Lichtman, jefe de proyecto en la Universidad de Harvard (Unocero, 2015). Este descubrimiento en sí mismo muestra lo poco que las neurociencias, en un sentido estricto, pueden aún decirnos acerca del ser humano como sujeto integral, y cuán precavidos es menester que seamos antes de sacar conclusiones, en especial quienes no somos especialistas en el tema, como psicólogos, sociólogos, docentes, profesores de filosofía o filósofos, economistas, especialistas en marketing, políticos, empresarios y la población en general.

Por otra parte en Berkeley, en 2017, se realizó un experimento con 16 pacientes voluntarios mientras eran sometidos a cirugía de epilepsia utilizando la electrocorticografía. Esta tecnología, aunque mucho más invasiva y utilizada principalmente con fines exploratorios en este tipo de pacientes, proporciona una resolución de tiempo mejor que la resonancia magnética funcional –con lo cual posibilita captar el proceso de oxigenación de la zona del cerebro en actividad con mayor precisión (Hagner, 2010)– y una mejor resolución espacial que la electroencefalografía. El estudio permitió observar que la actividad sostenida en la corteza prefrontal es lo que guía una percepción hacia una acción, es decir, la que actúa en el proceso del pensamiento humano, y que la actividad cerebral es más larga cuanto más complejo es el estímulo y la necesidad de procesarlo (Tendencia 21, s./f.a). 

En relación con esta y otras investigaciones, las revistas de divulgación y algunos médicos e investigadores afirman, apelando a su calidad de “expertos”, que ahora es posible observar cómo se forma el pensamiento humano, y también sostienen que el cerebro puede “decidir” qué es real o imaginario, pues tarda más en procesar una información nueva que en evocar datos del pasado, lo que a juicio de algunos investigadores “pone de manifiesto que el sujeto acepta una información como real o falsa después de que el cerebro haya realizado su selección”, dice Armin Schnider, director del Departamento de Neurociencias de la Universidad de Ginebra. De esto se infiere la explicación de por qué, cuando la zona cortico-frontal está dañada, las personas pierden la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso, el pasado del presente, y no tienen forma de darse cuenta de que su realidad es falsa (Tendencia 21, s./f.b). En este aspecto es menester reflexionar acerca de que una cosa es probar que lesiones graves en el cerebro obturan la distinción entre pasado y presente, realidad y fantasía, y algo bien diferente es afirmar que el cerebro en su normal funcionamiento “decide” qué es real y qué es imaginario; la diferencia no es sutil, sino que da un paso desde lo conceptual emergente de observaciones de situaciones de cerebros dañados seriamente, a afirmaciones de carácter metafísico sustentadas en la oxigenación de zonas del cerebro sano sometido a observación en momentos en que un sujeto despliega un pensamiento vinculado a una acción en una fracción de tiempo.

En los hechos, las nuevas tecnologías producen imágenes y los algoritmos que las traducen son “interpretaciones” (Hagner, 2010) derivadas de teorías acerca de las actividades cerebrales ocurridas en momentos en que alguien está sometido de manera artificial a un estímulo y debe dar una respuesta; nada del sentido de su historia puede analizarse aquí. Al tiempo que no se toma en cuenta que el paradigma del que se parte para construir los datos tiene, como todo paradigma, supuestos indemostrables (Kuhn, 1992), en este caso el supuesto del que se parte es a la vez el que dice probarse (algo que lógica y epistemológicamente constituye una falacia): se trata del supuesto base y a la vez la conclusión de que toda decisión, acción, predisposición, actitud o emoción humana están sustentadas en el cerebro. Por otro lado, se deja de lado el hecho de que en todo paradigma la intervención de teorías, tecnologías y algoritmos no “reflejan” un hecho, sino que permiten construir “datos” con base en postulados epistemológicos (Bachelard, 1999; Canguilhem, 1971; Kuhn, 1992). A la vez, dan por supuesto que el experimento o la observación controlada se asemejan a las situaciones corrientes de la vida, algo que no es posible aceptar seriamente tanto en este campo como en el de la manipulación genética (no solo de humanos, sino de animales y vegetales). Por otra parte, no toman en cuenta el sugerente descubrimiento, mencionado arriba, acerca de los billones de conexiones que se traducen en un pixel, lo cual da una idea de la inmensidad y complejidad de los procesos del sistema nervioso, así como de sus vinculaciones y procesos desconocidos. Finalmente, los divulgadores concluyen acerca de lo real o imaginario, o los procesos de pensamiento en el ser humano, suspendiendo de ese modo la imbricación de la vida de un sujeto en su mundo.

En ese sentido, los nuevos modos de medicalización, o biomedicina, ya no buscan la relación entre el sujeto y la realidad o lo que “es”, sino que parten de un sujeto encerrado en su propio cerebro, en un puro “fenomenismo”. Esto último, en sí mismo, le quitaría, desde una perspectiva lógica y epistemológica rigurosa, toda validez a tales afirmaciones, pues también ellas se moverían en el puro fenomenismo del cerebro de los divulgadores, que las incapacitaría para aseverar que conocen ese cuerpo otro que está ahí, ante las máquinas que lo observan.

A diferencia de quienes sacan conclusiones de ese tipo, al menos algunos de los científicos implicados son mucho más cautelosos en sus conclusiones. Entre ellos Matthew Glasser, investigador en neurobiología de la Universidad de Washington y uno de los autores principales de un proyecto que ha desarrollado un software que detecta la “huella digital” de áreas del cerebro en los escáneres cerebrales de un individuo, quien sostiene que este mapa neuroanatómico, además de sus aplicaciones en neurocirugía, a través de futuras mejoras también podrá servir para indagar sobre la evolución cognitiva de los seres humanos en comparación con otros primates (Glasser et al., 2016); esto se afirma dado que en los últimos años las observaciones y experimentaciones se han hecho también en monos (Tendencia 21, s./f.a). Otros opinan que en el futuro los avances permitirán conocer y tratar con mayor precisión trastornos como la epilepsia, a la vez que serán de vital importancia para la neurocirugía. Sin embargo, son conclusiones que solo presumen que en un futuro tal vez podrían aventurarse hipótesis. Estas y otras afirmaciones, que no sostienen nada concluyente para el presente, son sumamente cautelosas y se centran en el programa débil de las neurociencias, esto es, en la búsqueda de conocimiento e intervención sobre problemas de indudable base orgánica.

Por el contrario, el programa fuerte de las neurociencias tiene aristas políticas peligrosas: sobre la base de investigaciones que aún podemos caracterizar de exploratorias, los laboratorios y tanques de pensamiento, avalados por organismos internacionales y Estados, así como legitimados a través del otorgamiento de Premios Nobel, impulsan pretensiones de construir una verdadera antropología y filosofía del hombre y su relación con la sociedad y el cosmos, así como predecir y/o determinar las trayectorias de vida y medicamentalizar a partir de la interpretación de imágenes del cerebro, olvidando que lo que “avanza” son tecnologías que son nada más que nuevas formas de interpretar algo que está ahí, en el cerebro y el sistema nervioso. Se trata de un postulado elemental en epistemología: lo que “es” no es un “dato”, es una construcción elaborada que puede o no acercarse a eso que solemos llamar “la realidad”.

El programa fuerte de las neurociencias y las nuevas formas de cercar políticamente el cuerpo de las infancias

Los despliegues del programa fuerte de las neurociencias se expresan en una serie de disciplinas, que si bien sostienen que derivan sus saberes y técnicas de intervención del programa débil, no cuentan con una fundamentación seria y sí con un arsenal táctico que parece implicar una transformación en el gobierno de los sujetos a través de su incidencia en las relaciones políticas, económicas y sociales por medio de la educación, el marketing, la clínica y los recetarios de intervención sobre las poblaciones, en especial sobre diversos grupos de madres, familias, niños, niñas y adolescentes.

La preocupación fundamental por las infancias conserva la vieja idea de la centralidad de estas etapas en el transcurso de una vida, pero las estrategias y conceptos fundamentales sobre ellas han variado. Están centradas en la medicamentalización y las técnicas cognitivas, cuya presunta base radica en las neurociencias, de las cuales los investigadores ajenos a ellas sabemos muy poco. Con el agregado de que las investigaciones en el programa débil de las neurociencias son de muy difícil acceso por su nivel de desarrollo teórico, en tanto que los manuales de divulgación para padres y docentes son de un nivel verbal y visual propio de un niño o una niña pequeños. Pero su efecto más claro es la sobrediagnosticación, que transforma al “enfermo imaginario” de Moliére en el sujeto característico del embarazo, el parto y la infancia de la que se espera una adultez dócil y útil a la vez que exitosa.

Desde esta clave de análisis diversas disciplinas asumen que la modulación de las conductas de los niños y las niñas tiene un fuerte peso en la “construcción” de procesos de subjetivación. Estos procesos son considerados vitales por el arte neoliberal de gobernar a individuos y poblaciones, pues la estrategia civilizatoria construida por diversas líneas teóricas y empresariales de orientación neoliberal consideran, al menos desde el Coloquio Lipmann celebrado en París en 1938 (Foucault, 2007; Denord, 2002), que es necesario efectuar una “revolución cultural” que logre formar sujetos que a través de la introyección de valores se consideren a sí mismos individuos libres, que se autorresponsabilicen por los avatares de su propia vida y muerte en la “lucha por la vida” en un mundo gobernado por esa instancia presentada de modo metafísico como el “mercado”. Mundo en el que la desigualdad es considerada no solo como “natural”, sino como inevitable y necesaria en vistas al aumento de la productividad (Murillo, 2008). Partiendo de estos conceptos, el arte neoliberal de gobernar ha postulado la necesidad de una transformación cultural que logre que los individuos “naturalicen” los valores ligados a esa preeminencia del mercado y acepten y se autorresponsabilicen por su lugar en el mundo. En esa clave, las políticas neoliberales impulsan por un lado la formación de las infancias centrada en la construcción de un yo centrado en sí mismo, que se autocontrole y asuma toda responsabilidad por sus decisiones en el mundo de la incertidumbre, celebrada por el empresariado-gobernante y los intelectuales que intervienen en el trazado de políticas neoliberales.

No obstante, al mismo tiempo, enormes sectores de las poblaciones de madres, padres, niñas, niños y adolescentes ya han sido considerados desechables, un resto que no merece ser modulado o gobernado y que está destinado a morir o bien en hechos luctuosos en los que a veces funcionan como “fuerza de trabajo barata” de operaciones propias del capital ilegal (tráfico de drogas, armas, personas), que hoy es inseparable del capital legal, o bien por hambre, en defensa de sus territorios, en situaciones de “gatillo fácil” contra las poblaciones pobres o en atroces condiciones de insalubridad en medio de forzadas migraciones.

Tales intervenciones, de carácter diverso, nos llevan a hablar de “gobiernos” de “las infancias”, por un lado, y a problematizar el concepto mismo de gobierno, tal como fue acuñado por Michel Foucault (2005), pues nos preguntamos si tal concepto es aplicable a un niño o una niña que se ve obligado a robar para otros o a un mapuche que intenta respetar su tierra y costumbres, o a niños y niñas que son obligados a migrar de sus territorios originarios, ricos en biodiversidad pero devastados por las guerras, la minería y las nuevas formas de extractivismo.

En ese sentido nos interesan las “traducciones” del programa débil de las neurociencias a otros campos con fines de legitimación científica a la intervención sobre ciertos grupos poblacionales, en particular las infancias; aunque en este artículo no lo desarrollaremos, es menester no dejar de interrogarse acerca de otras formas de intervención sobre madres, padres, niñas y niños, que no parecen intentar dirigir conductas infantiles, sino desplegar una ingeniería humana que tienda a eliminar la reproducción de poblaciones que habitan zonas ricas en biodiversidad, como las de nuestra América; nos referimos a nuevas formas de la vieja eugenesia, de las que solo hay pruebas provisorias pero sobre las que hay que comenzar a generar interrogantes (El País, 2018; Molina Serra, 2017).

El programa fuerte de las neurociencias y el terror como técnica-táctica de gobierno

Como se adelantó, el comienzo del despliegue del programa fuerte de las neurociencias se puede ubicar en la década de 1950. En esos años, en Nueva York, David Rapaport estudió junto a un grupo de jóvenes el temprano texto Proyecto de psicología para neurólogos, de Sigmund Freud, en el que el fundador del psicoanálisis aún colocaba esperanzas en la bioquímica para el tratamiento de algunos padecimientos mentales (Freud, 1895). Entre los participantes del grupo había dos futuros premios Nobel, Eric Kandel y Daniel Kaneman, quienes a partir de la lectura del texto de Freud desarrollaron dos líneas de análisis.

Eric Kandel, originario de la escuela austriaca, desarrolló la teoría del aprendizaje y memoria en relación con la plasticidad neuronal, y por sus investigaciones obtuvo en 2000 el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, compartido. En abril de 1999 Kandel propuso un título muy explícito de su texto de 1998: “Biología y futuro del psicoanálisis; nuevo marco para la psiquiatría”, y así colocaba el futuro del psicoanálisis en el área de las ciencias del cerebro (Kandel, 1999). Para ello se respaldó en investigaciones de registro de la memoria dentro del sistema nervioso; en ese sentido sostuvo que lo que Freud llamó “inconsciente” podía traducirse de un modo más adecuado a la ciencia, pues se trataba de las huellas que dejan los acontecimientos externos en el sistema nervioso. En esa clave, toda la experiencia humana estaría anclada en el sistema neuronal y se constituiría en la base material del sistema inconsciente. Olvidaba el distinguido pensador que claramente Sigmund Freud no solo revisó y autocriticó sus tempranos trabajos, sino que en Pulsiones y destino de pulsión dejaba bien sentado que tanto ese término como otros, propios de la metapsicología, eran términos “teóricos”, análogos en ese punto al de “masa” en Newton (Freud, 1976); dicho en sencillo lenguaje epistemológico: los términos teóricos no mientan algo que está ahí, son construcciones elaboradas por los investigadores para dar cuenta de observaciones de carácter fáctico.

El otro miembro del grupo de lectores del texto de Freud fue el psicólogo Daniel Kaneman, entonces investigador de la Universidad de Jerusalén, que obtuvo en 2002, junto a Vernon Smith, el Premio Nobel de Economía por sus investigaciones en las que vincula la psicología con el área de la economía; es decir, fundamentalmente la investigación acerca de cómo los sujetos toman decisiones en condiciones de incertidumbre. 

En la década de 1950, el interés por la lectura del texto de Freud y la resignificación de los postulados básicos del psicoanálisis ocurría sustentado en la tarea que uno de los más conocidos líderes de la escuela austriaca, Friedrich Hayek, venía desarrollando desde décadas antes y que se plasmó en 1952 en un texto fundamental para la futura “traducción” de las neurociencias al “programa fuerte”, el libro The Sensory Order. Hayek (quien recibiría en 1974 el Premio Nobel de Economía) había participado en el citado Coloquio Lipmann, de 1938, que trazó las primeras estrategias del neoliberalismo. Y el mismo año en que surgía con asesoramiento del Ejército estadounidense la primera versión del DSM, presentó el texto que puede considerarse la matriz de los vínculos entre psicología, economía y neurociencias, o lo que Ehrenberg denomina “el programa fuerte de las neurociencias”. En The Sensory Order planteaba la radical irracionalidad de la denominada “mente humana”, así como su carácter fundamentalmente neuronal. El texto hacía votos para que la ciencia legitimase tal fundamento, al tiempo que posibilitase un conocimiento “objetivo” de los procesos cerebrales con vistas a conocer con cierta probabilidad cómo reaccionarían diversos sectores de la población ante determinadas situaciones que pueden ser construidas a modo de “experimento social” (Hayek, 1964). Tal proyecto tenía un objetivo fundamental: gestionar situaciones que tornasen más previsibles las decisiones de los sujetos individuales a fin de gobernar los movimientos del mercado ante la conocida irracionalidad de los individuos (Hayek, 1964), en particular en situaciones de incertidumbre, núcleo de los análisis de la escuela austriaca.

Hoy pueden leerse muchas de las derivaciones de tal planteo en el libro Portarse mal, de Richard Thaler, que sostienen que las limitaciones racionales y la falta de autocontrol afectan las decisiones individuales y las tendencias en el mercado. En ese sentido el trabajo de Thaler fue valorado por su colaboración en la construcción de vínculos entre el conocimiento psicológico y los procesos de decisión individual en relación con los fenómenos económicos, lo que le valió el Premio Nobel de Economía 2017. No es posible desarrollar aquí el análisis de la metodología utilizada por Thaler por razones de espacio, pero sí es posible destacar que la perspectiva conductual que aplica el economista premiado es deudora de esa mirada creada por la escuela austriaca, y profundizada por Hayek, que ancla el éxito económico y la reducción de la incertidumbre de los mercados en la modulación del deseo subjetivo.

En 1975 –al mismo tiempo que comenzaban a perfilarse las investigaciones neurocientíficas en su programa débil– la escuela de Chicago, a través de su líder Milton Friedman, a quien se había unido Hayek más allá de los matices que los diferenciaban, desarrolló el llamado “experimento Chile” (Klein, 2007), que consistió básicamente en poner en práctica la idea de realizar experimentos sociales sugeridos por Hayek. Para ello se utilizaron (y utilizan) algunos descubrimientos de Sigmund Freud, ya no para aliviar el sufrimiento humano, sino para generar nuevas formas de gobierno de individuos y poblaciones. Se trata de un concepto desarrollado por el gran psicoanalista vienés, quien mostró en Psicología de las masas y análisis del yo que ante situaciones de terror se generan en los sujetos regresiones psíquicas que generan profundas sensaciones de indefensión (Freud, 1979). Partiendo de esto, la escuela de Chicago desplegó una serie de experimentos sociales en el Cono Sur, cuya matriz se reconoce en el Chile de la dictadura pinochetista. El experimento, exitoso, consistió en aconsejar al dictador Pinochet que aprovechase rápidamente las situaciones de horror y el estado de shock que vivía el pueblo chileno para desarrollar de inmediato una serie de medidas neoliberales que contrariaban viejos valores de buena parte la población. El experimento Chile y sus resignificaciones hasta el presente ponen de manifiesto que la construcción del terror en las poblaciones genera tal sensación de indefensión en los sujetos que limita sus reacciones y los torna más influenciables por figuras o imágenes que ofrecen la imaginaria promesa de una completud que salva de la muerte; tal identificación incide en la asunción por parte de los sujetos de valores que previamente no conformaban sus ideales y modos de ser.

Al menos desde entonces, en todo el Cono Sur se han producido y producen situaciones diversas, de modo deliberado, de profunda incertidumbre que reenvían imaginariamente a ese terror que presentifica a la muerte (Murillo, 2008): por ejemplo, tanto una hiperinflación, la pérdida de trabajo, la violenta anulación de derechos sociales, la expulsión de campesinos con base en decisiones arbitrarias, como noticieros televisivos, comentarios en redes sociales, videojuegos o series populares de una firma estadounidense (Netflix). En todas ellas emerge el terror, en recuerdos, relatos, experiencias o escenas que aluden al pasado, al futuro o el presente. Con ello queremos decir que no son solo los medios de comunicación sino situaciones tan disímiles que van desde experiencias dolorosas concretas hasta imágenes transmitidas por diversos canales, que inciden en los procesos de subjetivación de niñas, niños, adolescentes y adultos, y gestan una profunda vivencia de indefensión.

Así, la arbitrariedad en el ejercicio del poder se implantó e implanta de manera calculada en el Cono Sur como modo de control de las poblaciones a partir de la generación de la sensación de indefensión ante algo que se cierne de manera impune, y que es efecto de situaciones de profunda incertidumbre. Al mismo tiempo, desde diversos espacios se exige a los sujetos que sean felices y exitosos. El efecto subjetivo de tal paradojal interpelación ha sido y es la angustia, temple de ánimo cuyo correlato es la nada y cuyo efecto (ligado a fuertes descargas de noradrenalina) es la violencia contra sí o contra otros (Murillo, 2008), manifestada de modos físicos o psíquicos, a menudo sin conciencia de ello. En esta estrategia de mutación de valores y transformación cultural, el arte neoliberal de gobernar ha complementado y complementa tal efecto con procesos de fetichización, en los que un elemento aislado se configura o bien en la causa o bien en el instrumento de evasión de la angustia social.

En esta clave es dable pensar que el neoliberalismo gobierna las poblaciones, en particular desde el embarazo y en los primeros años de la vida, a partir de una paradoja trágica: un amenaza de muerte constante (física, social o simbólica) y al mismo tiempo una interpelación perpetua a ser felices, completos, exitosos; interpelación que insufla el narcisismo hasta límites que dificultan la asunción de la ley por encima del propio deseo. El imperativo del goce en la completud se entrecruza de modo intolerable para la subjetividad con la amenaza de diversos modos de muerte, y gesta procesos de subjetivación en los que el reconocimiento de lo colectivo se dificulta, al tiempo que el yo henchido imaginariamente se transforma en un obstáculo para sí mismo, en tanto no puede reconocer sus carencias, su finitud, y a partir de ello, abrirse al mundo en la pregunta, la admiración, el asombro, el dolor y el amor. En esa clave, el hijo o la hija no son sino una prolongación de ese yo ebrio de narcisismo.

En esta paradoja sin salida las subjetividades se ven acorraladas, los fetiches tecnológicos y medicamentosos se conforman, entonces, en los asideros imaginarios de unas subjetividades que tienen ante sí, aunque sin conciencia de ello, mil formas de muerte. Es en esta clave que operan las nuevas formas de medicalización de las infancias Así, los medicamentos, las terapias cognitivas, la autoayuda, entre otras tácticas-técnicas, son algunos de los fetiches sobre los que se desplaza la ficción de imaginaria completud que salva de la muerte. Muerte que es presentificada imaginariamente en otro fetiche que se transforma en objeto y sujeto de repudio: el pobre, el habitante originario, el extranjero latinoamericano, el diferente al grupo, o el que es estigmatizado por alguna presunta “enfermedad” como el déficit atencional o mental.

De este modo, se profundizan crecientes formas de medicamentalización (Iriart, 2016; Faraone et al., 2009; Bianchi, 2016), complementadas por terapias cognitivo-conductuales que tienden a domeñar las emociones. La vieja medicalización de las sociedades disciplinarias muta así hacia la biomedicina (Iriart e Iglesias Ríos, 2012; Murillo, 2015b; Bianchi, 2016), en la que los actores principales son las empresas, los grupos farmacéuticos, las consultoras de marketing, las empresas creadoras de videojuegos, todo ello sustentado crecientemente en Estados que construyen las condiciones de posibilidad para las estrategias de esos actores, al tiempo que padres, maestros, niños y niñas naturalizan los fetiches imaginarios que posibilitan la huida imaginaria de situaciones complejas, aunque necesarias para la elaboración de la condición humana.

La inteligencia emocional

Desde esos espacios de poder se impulsa el desarrollo de las neurociencias, y en especial sus presuntas derivaciones en las ciencias sociales, el psicoanálisis y, fundamentalmente, en la educación, a través del estímulo a que padres y docentes dirijan a los niños y las niñas con el fin de lograr la denominada “inteligencia emocional”.

Los postulados básicos de tales saberes se encuentran, como dijimos, en Friedrich Hayek; ellos se basan en un complejo de ideas neokantianas acerca de la diferencia entre “la cosa en sí”, es decir, lo que “es” independientemente del conocimiento humano, y lo fenoménico, concepto que alude a lo que “aparece” o “se muestra”, que no es ya lo real en sí, sino que está mediado por patrones conductuales generados por redes neuronales gestadas a partir de conductas habituales (Hayek, 1952).

Estos conceptos son complementados por un larvado neodarwinismo. Tal posición está sustentada en que la “mente” es básicamente el cerebro configurado por la herencia genética, producto de la evolución, en la que los organismos más aptos posibilitan con mayor probabilidad su herencia, la cual genera posibilidades que pueden activarse o minimizarse a partir de la vinculación con el medio y/o la medicamentalización. Tal estimulación o inhibición dependerá de las conexiones neurales que se gestan desde los primeros momentos del nacimiento, e incluso desde la etapa de gestación, y que producirían mapas conductuales de respuesta a situaciones (Hayek, 1952); mapas que pueden y deben ser controlados e inducidos desde la más tierna infancia a fin de estimular una construcción de patrones de conducta adaptativos, que si bien son diversos en cada individuo debido a sus experiencias personales, tienen un bagaje común ligado a la herencia genética; es en esa clave que se construyen estrategias globales.

Distintas publicaciones de psiconeuroeducación se basan en que en la década de 1960 surgió el concepto evolutivo del cerebro triuno, según el cual el cerebro está conformado por tres capas generadas a través de la evolución: la instintiva, cuya función es mantener la homeostasis y luchar o huir ante el peligro; la emocional, ubicada en el hipotálamo; y la racional-lógica, ubicada en el neocórtex (a la manera de las tres almas de Platón, o lo que en Freud eran términos metapsicológicos, de carácter teórico, que solo intentaban conceptualizar procesos investigados en la clínica). En esta propuesta, el cerebro humano se compone de tres sistemas neurales interconectados, con sus funciones propias y específicas pero a la vez vinculados; de ahí su integridad entre pensar, sentir y actuar. Se trataría de módulos neuronales o capas que interactúan a partir de la herencia genética y la memoria. Los grupos poblacionales y los individuos serían más o menos avanzados, en esta perspectiva, según el predominio de cada una de estas zonas y funciones del cerebro, al tiempo que la medicamentalización y las terapias y prevenciones de técnicas cognitivas, desplegadas desde edades tempranas, podrían hasta cierto punto influir sobre ellas a fin de que la zona lógica gobierne a las otras y logre un control “inteligente” de las emociones (Bidoglio, 2018; Sonría, 2018).

Por ende, como la herencia neurológica puede ser presuntamente inhibida o impulsada a partir del intercambio con el medio, desde el proceso de gestación, parto e infancia, los niños y las niñas (también las adolescencias) (The Lancet, 2017) se tornaron objeto fundamental de la estrategia neurocientífica en su programa fuerte. En esa clave emergió en los años ochenta la neuroeducación, centrada en la complejización de la teoría del cerebro triuno en la del cerebro total planteada por Ned Hermann en 1976, de amplia influencia en el campo de la psicopedagogía (Neuropedagogía, 2012; 12 Manage, s./f.).

Complementariamente, también entre las décadas de 1950 y 1960 había surgido la psicología cognitiva, que intenta sortear el concepto de “caja negra” del conductismo y conocer cómo los seres humanos incorporan y elaboran información, y cómo lo ya aprendido influye en sus conductas. Su metáfora es el funcionamiento de las máquinas que ponen énfasis, tal como sostenía Hayek, en el procesamiento de la información que genera mapas cerebrales que actúan al momento del ingreso de nueva información como constructores de hipótesis sobre esta (Hayek, 1952). A partir de esto las investigaciones sobre la memoria apuntan a generar tácticas-técnicas para gestar mapas conductuales y modelos político-empresariales destinados a tratar de influir sobre las decisiones de los sujetos, en particular en situaciones de incertidumbre –un insumo fundamental para el marketing político o empresarial (Tetaz, 2014; Thaler, 2017)–,[4] y para ello conducen a modificar los objetivos de la educación formal e informal en los docentes y en las actitudes de figuras parentales.

Todas estas líneas de investigación tienden a conocer cómo los individuos (por ejemplo, en el caso de la psiconeuroeducación) o algunos segmentos de población procesan información y hacen uso de ella en sus acciones; esto al tiempo que en las diversas formas de la clínica y la educación se intenta que los sujetos modulen sus reacciones en función del cálculo razonado de los efectos que sus conductas pueden tener sobre sí y sobre otros en el corto, mediano y largo plazo. En relación con ello se intenta generar valores ligados al éxito, posibilitar el trabajo cooperativo y la función de liderazgo, siempre en términos de una conducta adaptativa, con miras a la utilidad futura y a la transferencia de las propias habilidades. El centramiento está en la formación de valores y la construcción de habilidades y actitudes más que en la generación de conocimientos (en este sentido en el ámbito educativo se tiende a la abolición del estudio de la historia y a desvalorizar el valor de la creatividad individual y colectiva en la lectura y escritura de lo que en un sentido amplio llamamos “poesía”: un modo de creación que estimula el eros, la fantasía, el reconocimiento de situaciones complejas, la asunción de los propios dolores y amores, aun sin que ello redunde en ningún modo de ganancia o éxito); en esa perspectiva adquiere valor fundamental la denominada “inteligencia emocional”, desde la cual padres y docentes son moralizados en su culpabilidad por falta de “límites”, obviando que ellos mismos suelen ser atravesados por la contradicción trágica propia del neoliberalismo y que, más allá de la conciencia, los niños y las niñas se identifican con esas figuras.

La interpelación a padres y maestros se centra hoy en la necesidad de desarrollar, desde los primeros años de la vida, lo que documentos de dudosa base científica difundidos por organizaciones privadas, organismos internacionales y Estados, en cuadernillos impresos y por Internet, califican como “inteligencia emocional”. Respecto de este término, que presume aludir a un proceso fundamental para la formación de niños y niñas, se recomienda el coaching como modo de “entrenamiento” que conduciría a una vida más libre y realizada. En los textos recomendados para docentes se sostiene que no alcanza con un cociente alto, sino que es menester ser “empáticos” y “asertivos”; la denominada “inteligencia emocional” es la clave para ser felices, para ser personas de éxito.

Los programas de entrenamiento de la inteligencia emocional implican, en primer lugar, tácticas-técnicas tendientes a desarrollar la inteligencia intrapersonal, la cual se despliega en: 1) comprensión y autoconocimiento de las propias emociones, y 2) autocontrol: autogestión de las propias emociones y automotivación para enfrentar con éxito situaciones adversas. En segundo lugar, implican entrenar a los sujetos desde la infancia para que logren inteligencia interpersonal, la cual se abre en 1) reconocer, y 2) gestionar las emociones de los demás. Sin ello, se afirma, no hay éxito.

En esa clave, los textos, presentados a la manera de sencillos manuales, con dibujos ingenuos o saludos alegres que desde las páginas de Internet nos dicen “Bienvenidos”, en medio de luces y brillos que prometen una banal felicidad, atraen el movimiento ocular (no podemos aquí referirnos, por razones de espacio, a los estudios sobre el movimiento de los ojos y cómo ellos son indagados en nuestros paseos por Internet en relación con intereses de marketing comercial y político), o con ilustraciones a menudo infantiles; textos que sostienen que la paz depende del propio viaje interior; el victimismo y la negatividad son caracterizadas como “emociones tóxicas”. Por condicionamiento mental, se afirma, nos sentimos víctimas o somos negativos y eso nos hace perder poder. La interpelación es a enfocarnos más en nuestro interior y saber que tenemos un poder ilimitado.[5] Este entramado configura una interpelación que obtura las razones sociales y políticas que gestan en adultos, adolescentes e infantes actitudes ligadas al consumo, la evasión o la “falta de límites”, al tiempo que culpabilizan moralmente a la población. Un círculo vicioso difícil de romper.

A modo de conclusión provisoria

Los efectos de tales recomendaciones, que eluden el conocimiento de la historia de un sujeto y su relación con el mundo, así como la construcción de relaciones humanas que asuman la carencia, el amor, la finitud y la historia, están aún por analizarse. Por el momento solo podemos vaticinar la profundización de un narcisismo que no conduce a la felicidad sino a la soledad y al enfrentamiento con el otro, paradojales formas de la finitud de la que se pretende eludir. Sujetos cuyos yoes se erigen en imaginarios castillos que deniegan sus raíces en el dolor, el amor, la historia, la carencia. Sujetos domesticados a fuerza de pretenderse libres en medio de una contradicción trágica entre ser feliz y estar amenazado de muerte, contradicción en la que el pretendido autocontrol de las esperables emociones de alegría, bronca, bullicio, rebeldía, amistad, enojo o arrepentimiento (todos aspectos propios de cualquier niño o niña que además de desplegar sus tareas, juega a la pelota, trepa a los árboles o corre por los patios) puede generar síntomas graves, pues esas manifestaciones, al ser controladas y por ende inhibidas a partir del cálculo egoísta acerca de cómo gerenciarse a sí mismo y a los otros, solo pueden tener como corolario lo que mostró Freud. Se trata de formas de inhibición centradas en presuntos síntomas, que olvidan las profundas raíces inconscientes del síntoma y la angustia (Freud, 1992). Frente a ello, el círculo vicioso se retroalimenta.

La medicamentalización y las nuevas técnicas-tácticas cognitivas que solo hacen eje en el síntoma e intentan silenciar o domeñar el deseo son los remedios que construyen trayectorias de vida cada vez más devastadas, bajo el disfraz de la completud.

Frente a ello, el amor, la comprensión, la asunción de la finitud, el dolor y el límite, así como la solidaridad colectiva, afortunadamente persisten en buena parte de la población que sabe y siente que el inefable amor es un proceso complejo, que se construye también en el bullicio del juego, el trabajo y la lucha.

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  1. La filosofía, a lo largo de la historia, ha construido diversos conceptos acerca de qué es “la naturaleza” o “lo natural”. El desarrollo de ciencias como la astronomía y la física, a partir del siglo XVII, y el de las ciencias de la vida al menos desde el siglo XIX, dieron lugar a nuevos conceptos respecto de qué es “lo natural” (y en relación con ello “lo normal” y “lo patológico”) que posibilitaron la intervención sobre aspectos diversos de la vida humana. Un ejemplo claro es la eugenesia que operó y opera en la selección de la reproducción familiar evitando la reproducción de poblaciones pobres o de color. La eugenesia nació a fines de siglo XIX en Inglaterra, con los trabajos de sir Francis Galton, y se difundió rápidamente hacia nuestra América, a partir del vínculo de médicos estadounidenses con médicos cubanos desde comienzos del siglo XX. Ella tuvo, en particular, un rol fundamental en la esterilización de personas en el Caribe; recientemente se han conocido más de 300.000 esterilizaciones realizadas hace pocos años sin consentimiento en Perú. La eugenesia basa sus intervenciones en el concepto de “naturaleza”, es decir, interviene sobre los cuerpos legitimándose en “lo natural”, con lo cual su intervención aparece despojada de toda connotación política, económica y moral. Si bien la eugenesia es un caso extremo, algo análogo se puede observar en diversos ejemplos de intervenciones judiciales sobre el cuerpo de la infancia y la familia, en nombre de algo natural o antinatural. Se olvida a menudo que tales conceptos son siempre una construcción histórica, que de ninguna manera es ajena a consideraciones político-económicas y culturales. La epistemología propia del liberalismo puso énfasis especial en los fenómenos denominados “naturales”. A diferencia de lo cultural, lo natural es un concepto teórico que ha operado como un supuesto básico de buena parte de la medicina y otras disciplinas en la modernidad. La palabra “natural” o “naturaleza” ha sido desde el siglo XVIII al menos un supuesto que, con diversos matices, ha fundamentado y fundamenta disciplinas diversas. Ahora bien, este concepto es también una construcción social, el olvido de tal apreciación epistemológica ha legitimado y legitima diversas formas de intervención política sobre los cuerpos, en tanto ellas, al hablar de “lo natural”, pueden presentarse en el imaginario como ajenas a toda voluntad o posición valorativa.
  2. Si bien los documentos del siglo XIX y la primera mitad del XX hacen eje en la familia nuclear, en las últimas décadas cobró en diversas zonas centralidad la familia monoparental, mayoritariamente centrada en la función materna.
  3. En 1999 el presidente Bush anunció que se iniciaba la “década del cerebro”. Pocos años más tarde, el National Institute of Mental Helth, de EE.UU., ostentaba en su página web una frase del presidente Obama según la cual la iniciativa sobre el cerebro es el gran proyecto estadounidense, y trazaba un plan estratégico global en salud mental, llamado “Criterios de dominios de investigación” (Research Domain Criteria, Rdoc), que centra su investigación en genética, neurociencias y ciencia del comportamiento (National Institute of Mental Helth, s./f.).
  4. Al respecto, resulta interesante internarse en el sitio Neurensics: <https://goo.gl/Raurx7>, y especialmente en la sección “Neurensics Latin America”: <https://goo.gl/bTYjUr>.
  5. Ver <www.webdelmaestro.com>.


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