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8 Preguntas finales

Los temas abiertos a lo largo de las páginas precedentes dejan algunas pocas respuestas pero sobre todo muchas preguntas, en parte por la dificultad y complejidad misma de los problemas involucrados, en parte porque seguramente aparecerán nuevos elementos a tener en cuenta en cualquier evaluación y reflexión futuras. De modo que parece más prudente cerrar este breve libro con algunas preguntas, inquietudes y reflexiones.

Descartemos primero dos argumentos banales contra la edición genética. Uno de ellos, muy común en las discusiones políticas cuando se quiere impugnar la decisión de gastar dineros públicos en lo que sea y que puede presentarse así: “hay cosas más importantes que x (aquí “x” es igual a investigaciones y puesta en práctica de tecnologías genéticas), por lo tanto no vale la pena gastar dinero y esfuerzo en realizar o discutir x”. Este argumento puede desecharse no solo porque puede aplicarse a cualquier actividad humana dado que siempre habrá algo que pueda ser considerado más importante o más urgente según la opinión de alguien sino también porque, obviamente, se pueden hacer varias cosas al mismo tiempo y, sobre todo, porque en algunos casos una inversión presente –que aparenta ser un gasto que no corresponde hacer- suele tener como consecuencia un importante beneficio futuro. Algunos críticos de la edición genética suelen usar un eslogan (no parece llegar a la categoría de argumento) consistente en advertir que “no podemos jugar a ser dios”. Quizá algunos estén pensando que en este “jugar a dios” se ponen en juego mecanismos que escaparán al control de la Humanidad, cosa bastante improbable. Otros, imbuidos de fe religiosa, quizá realmente piensen en que se están invadiendo ámbitos como el de la vida, solo reservados a dios. Sin embargo esa expresión solo puede tomarse como una metáfora no muy feliz ya que los científicos ni juegan ni son capaces de crear ex nihilo que es la capacidad que los creyentes le atribuyen a dios (al menos al dios cristiano) y por la cual habría creado al mundo y a los seres vivos. La edición genética es una de las tantas posibilidades tecnológicas que la Humanidad ha logrado, no hay nada sobrenatural, milagroso o místico en ello.

Suelen esgrimirse en contra de la edición genética argumentos prudenciales atendibles aunque también es cierto que esos argumentos no deberían estar dirigidos a impedir la investigación en todas sus fases, incluida la de los primeros pasos de la aplicación clínica. Es correcto afirmar que no se sabe con certeza cuáles serán las consecuencias a mediano y largo plazo de esas prácticas, pero esto ocurre también con muchísimos otros desarrollos tecnológicos, algunos de los cuales son de probado carácter dañino, y sobre los cuales no surgen pronunciamientos tan categóricos desde distintos sectores, incluida la comunidad científica. De modo que la prudencia se impone pero a condición de que esto no signifique impedir el desarrollo de nuevos trabajos científicos que, después de todo, se harán igual.

En todo caso si se quieren establecer límites, los éticos –repetimos una vez más, necesarios y útiles- no resultan una herramienta idónea aunque provengan de gente bien intencionada. En la práctica resultan o bien una respuesta cínica de actores que no están dispuestos a cumplirlos o bien de sectores fundamentalistas y religiosos que con la discusión ética logran instalarse como interlocutores autorizados en los debates públicos y lo que buscan es impedir que las prácticas en discusión se realicen. En todo caso los límites éticos solo serían un elemento más de la discusión.

El transhumanismo, como ya se dijo, es radical y prevé que si las mejoras y cambios que la edición genética pueda producir se profundizan no hay nada en la biología que impida que puedan surgir variantes y eventualmente otra especie de humanos. Sería parte de la misma evolución biológica y no parece haber nada moralmente condenable en que la evolución sea en parte artificial en lugar de librada completamente al azar genético. Las reglas de la evolución valen en cualquier caso. De hecho nada garantiza que los cambios artificiales que se conciban como una mejora, no tengan a mediano o largo plazo consecuencias inesperadas que desemboquen en la extinción de la especie.

Se suele señalar que si las promesas transhumanistas se cumplen, al menos en una proporción medianamente significativa con relación a la edición genética, se provocarían desigualdades demasiado fuertes entre los humanos que pueden acceder y los que no pueden. Ello parece totalmente cierto, ahora bien, ¿es suficiente invocar el potencial aumento de la desigualdad para impedir que se siga haciendo? Incluso si no aceptáramos la sospechosa promesa de ir subsanando eso de a poco, por ejemplo con el apoyo del Estado, también es cierto que muchos de los logros de los que disfrutamos actualmente en forma masiva fueron inicialmente usados por grupos pequeños y luego se han ido incorporando a los sistemas de salud más o menos estándar. Asimismo, en las últimas décadas y sin edición génica de por medio, la diferencia material entre ricos y pobres no solo se viene agrandando sino que la concentración de la riqueza está llegando a niveles oprobiosos en los cuales unos pocos cientos de personas poseen lo mismo que miles de millones. De modo que invocar el posible aumento de la desigualdad parece, cuando menos, un tanto cínico. Estamos cerrando este libro del modo en que lo empezamos: el origen de la desigualdad como así también las posibilidades de su reversión radican en la política.

Pues bien: ¿Cuáles son los riesgos? Más allá de las fantasías sobre cyborgs y máquinas que escapan al dominio humano y se independizan y luego esclavizan o exterminan a los mismos humanos que las han creado; más allá de paranoias sobre ejércitos de clones que siguen sin voluntad a líderes enloquecidos; más allá de futuros épicos, idílica e ingenuamente perfectos con gente saludable y feliz pero también más allá de los pronósticos de futuros escatológicos y distópicos; más allá de todo eso, el futuro está aquí con nosotros en un sentido muy particular porque seguramente discutir sobre estos temas que aparentemente sobrevendrán más adelante puede decirnos también mucho sobre nuestro presente. Veamos algunos temas cruciales.

El uso extendido de robots y sistemas automatizados junto con el enorme desarrollo de las ciencias de la comunicación y la información está cambiando radicalmente el trabajo. Aunque algunos países ya están discutiendo la disminución de la jornada laboral, en casi todo el mundo se siguen imponiendo políticas laborales cada vez más rigurosas y exigentes y se cuestiona la viabilidad de los sistemas jubilatorios en función de que la gente vive más. Suele decirse que una enorme cantidad de oficios y profesiones actuales no existirán más en algunas décadas y que como contraparte surgirán otras nuevas necesidades laborales específicas. Lo cierto es que con el exponencial aumento de la productividad mediante la tecnología no habrá trabajo para todos en el futuro y, un sistema de acumulación capitalista razonable podría ser compatible con jornadas de trabajo sumamente cortas o con una importantísima proporción de la población mundial que, sencillamente, no trabaje, al menos en el sentido en que se lo hace actualmente. ¿Cómo podría organizarse la vida humana de modo que el trabajo ya no sea el centro? ¿qué habría que hacer con los millones de personas que no trabajan? ¿qué consecuencias tendría el ocio en una escala inédita? ¿hay que pensar en una suerte de salario universal simplemente por no hacer nada? ¿qué pasaría con jubilaciones y sistemas de seguridad social si a través de la edición genética el ser humano pudiera vivir, no ya eternamente o por muchos siglos como algunos con imprudencia epistémica suelen augurar, sino tan solo 130 o 140 años, algo que podríamos vislumbrar a mediano plazo? Asimismo está claro que los niveles de consumo de los países ricos no solo son insostenibles a mediano y largo plazo sino que si se pretendiera que la población mundial accediera a niveles de consumo medios (vivienda, alimento, electrodomésticos, agua potable, salud, esparcimiento y movilidad individual) sencillamente no habría suficientes materias primas en el planeta para sostenerlo ni energías para que funcionaran.

El uso de las redes sociales y nuevas formas de comunicación que en los últimos años del siglo pasado algunos consideraban el paraíso de la libertad de expresión, se va revelando cada vez más como un sistema de control y dominio sofisticado e implacable que conoce nuestros gustos, nuestras opiniones políticas y puede muy sencillamente destruir nuestras vidas mediante la difamación en una semana. Lo que se presentaba como la democratización del conocimiento –cosa que tibiamente se ha conseguido- resulta una amenaza a la vida democrática; la posesión de los datos personales por los grandes consorcios privados resulta no solo un gran negocio sino también un gran poder político. El supuesto poder liberador de las redes no es más que una fantasía adolescente que consumen unos usuarios acríticos dirigidos por los mismos dueños de esas redes. Cualquier cosa puede ser creída a través de las redes. Por ejemplo la instalación, hace algunos años, de la creencia de que la llamada “primavera árabe”[1] fue una especie de estudiantina romántica que iniciaron unos blogueros cómodamente arrellanados en sus casas frente a una computadora o que lo que algunos medios llaman cínicamente “posverdad” es tan solo una simpática modalidad de estos tiempos en los que todas las opiniones valdrían lo mismo.

Lejos ya de la eugenesia clásica, autoritaria y coercitiva, el uso de las nuevas tecnologías reproductivas y genéticas depende de decisiones individuales del o los progenitores. Ello ocurre en nuevos contextos culturales y políticos en los cuales se exacerba el individualismo lo cual, por un lado, ha contribuido al logro de derechos y reconocimiento de minorías pero, por otro lado, habría que preguntarse hasta qué punto esto conspira contra la concreción de proyectos colectivos. ¿No estaremos asistiendo al momento en que el neoliberalismo -en sus peores expresiones- está ganando la batalla cultural final? ¿no nos enfrentaremos, ya definitivamente, a aquello con lo que iniciamos este libro, es decir que la diversidad –ahora tecnológicamente potenciada- legitime la desigualdad?

Habíamos señalado en el capítulo anterior que había una transhumanismo tecnocientífico y otro cultural y que pueden incluso considerarse opuestos. Sin embargo hay al menos un punto en que se parecen: en ambos casos hay un mandato de superación de las barreras entre lo humano y la máquina (lo real y lo virtual), y de las barreras biológicas que, evolución mediante, supimos conseguir. En ambos casos la liberación política y espiritual resultaría de liberar a los humanos de las condiciones actuales de existencia. En ambos casos se espera superar lo humano y sus miserias cambiando a los humanos. Tanto los que ven en el humanismo moderno un proyecto fracasado por sus consecuencias –deterioro ambiental, sobreexplotación de los recursos en niveles inviables materialmente, aumento exponencial de las desigualdades, superpoblación- como aquellos que de modo optimista creen que la cultura tecnocientifica podrá dar respuesta adecuada a esos problemas con más y mejor tecnociencia, coinciden en que un posthumano es necesario. Esto tiene varias consecuencias: en primer lugar, ambos puntos de vista eluden la consideración de que la política como proyecto colectivo es la que puede dar respuesta a un problema que no es biológico sino, justamente, político; segundo, se alimenta la fantasía tecnocrática (no muy diferente de la que tenían los viejos eugenistas) según la cual los problemas humanos se resolverán con más y mejor tecnología. Lejos de presentar una ruptura posmoderna y transhumana no sería más que la modernidad exacerbada: individualismo y confianza en el progreso a través de la racionalidad tecnocientífica. En tercer lugar, atribuir a la mera dotación biológica las principales características humanas trasladaría la clave de comprensión de complejos problemas sociales a la esfera individual en la cual cada uno tiene que hacerse cargo de la mala fortuna de haber nacido con su particular configuración biológica; al mismo tiempo volvería inútil invertir fondos públicos o privados en mejorar la calidad y las expectativas de vida de los sectores más vulnerables de la población, en la atención de coyunturas sociales especiales y, mucho menos, en el reconocimiento de que la calidad de vida es un derecho. Cuarto, estas ideas contribuyen a la estigmatización de grupos humanos lo cual incluye las versiones menos académicas y más ramplonas como por ejemplo el trato a los refugiados en Europa, a los inmigrantes en EEUU en la era Trump o a los extranjeros de países limítrofes que emigran a la Argentina.

En algunos sentidos la Humanidad ha mejorado muchísimo, pero es indudable que en otros ha empeorado notoriamente y es muy difícil predecir el futuro a mediano y largo plazo. Seguramente la tecnología permitirá realizar cosas ni soñadas aún y también muchas de las hiperbólicas promesas actuales quedarán como literatura fantástica. Lo que sí podemos asegurar es que a través de sueños y utopías individualistas podrán encandilarnos con la satisfacción de algunos de nuestros deseos más elementales de vivir más y mejor pero eso estará cada vez más lejos de saldar las enormes deudas colectivas que la Humanidad tiene consigo misma.


  1. Denominación que los medios occidentales y hegemónicos dieron al conjunto de revueltas, manifestaciones, protestas e intervenciones extranjeras encubiertas en varios países de Medio Oriente y que reconfiguraron la política de esas regiones y los sumieron en un clima de inestabilidad y conflictos permanentes.


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