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Introducción

Apenas comenzado el siglo XXI podemos avizorar que en un futuro no muy lejano, el mundo no será lo que era hasta hace unos pocos siglos o décadas, pero tampoco el ser humano será lo que era. En efecto, la Humanidad enfrenta una serie de problemas y cambios inéditos y –muy probablemente- irreversibles a escala planetaria: el calentamiento global y la contaminación ambiental; la existencia de miles de millones de pobres e indigentes, principalmente en algunas regiones del planeta; desigualdad creciente con una concentración obscena de la riqueza, globalización económica mediante; resurgimiento de enfermedades asociadas a la pobreza y patologías prevenibles transformadas en endémicas; enfrentamientos y guerras de características nunca vistas, junto con migraciones masivas en condiciones indignas, por citar lo más importante y global. Es claro que mientras estos problemas derivan inequívocamente de la acción humana, paradójicamente se anuncia el advenimiento del mejoramiento (enhancement) humano –basta con recorrer la WEB o los periódicos-, a partir del uso de tecnologías genéticas, farmacológicas e informáticas. Se asegura, con un optimismo irrefrenable, que la tecnología permitirá a la especie humana gozar de superlongevidad, superbienestar y superinteligencia. Al menos eso es lo que sostienen los transhumanistas que anuncian que nos encontramos en la transición hacia los “posthumanos”, que tendrán capacidades inmensamente más grandes que nosotros, pobres y comunes humanos. De entre todas estas tecnologías actuales y futuras aplicables a la especie humana, las que posibilitan la modificación genética son, sin duda, las más inquietantes y polémicas.

Al comienzo de su excelente libro titulado Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano Antonio Diéguez recoge bajo la forma de desafiantes preguntas retóricas, algunas de las promesas transhumanistas:

“¿Qué le parecería a usted tener una vida de duración indefinida y permanecer siempre joven y sano, hasta el punto de poder considerarse inmortal?¿qué le parecería tener una inteligencia millones de veces superior y ser completamente inmune a la depresión o a la simple falta de ánimo?¿O poder disfrutar del sexo, de la comida p de la apreciación del arte con una intensidad inimaginablemente mayor que la que ahora está a su alcance?¿Qué le parecería disponer de nuevas capacidades sensoriales que le permitieran captar aspectos de la realidad que han permanecido siempre ocultos para el ser humano, como tener visión en la banda del ultravioleta o el infrarrojo, o disponer de un sentido de ecolocalización mediante ultrasonidos que lo guíe en la más completa oscuridad, al modo en que lo hacen los murciélagos?¿Le gustaría poder respirar debajo dela agua u obtener nutrientes mediante la fotosíntesis, como las plantas?¿Le gustaría aprender en cinco minutos a tocar el piano, o dominar un idioma que necesita y siempre se resistió, colocando un simple implante en su cerebro?¿Y descargar todo el contenido de su mente en un ordenador que sustituya su cuerpo para viajar sin fin a lo largo del universo, explorando mundos desconocidos?¿O disponer de prótesis biónicas reemplazables, controladas directamente por su cerebro, que le permitan desplegar capacidades físicas y mentales muy lejos de las accesibles para cualquier ser humano?¿O vivir en una sociedad compuesta por individuos moralmente mejorados, capaces de captar de forma inmediata el sufrimiento de los demás y de actuar eficazmente para erradicar su causa?¿O disfrutar de espectáculos deportivos en los que las habilidades físicas de los participantes fueran muy superiores a las de los deportistas de élite actuales?¿Y qué tal fundirse finalmente con todos los demás seres inteligentes del universo, incluidos los que crearemos nosotros, en una superinteligencia cósmica, omnipresente, que todo lo observe y ordene?”[1]

Difícilmente se respondería con un “no” a muchas de estas preguntas y aunque muchas de las promesas de los transhumanistas, muy probablemente, no pasen de una pura fantasía o de operaciones de marketing, el desafío es enorme y las controversias son muchas porque la tecnología nos asombra día a día con sus logros que parecen no tener límites. De modo que no vale la pena intervenir, al menos por ahora, en la discusión entre los optimistas tecnológicos del progreso inacabado e ininterrumpido por un lado y por otro los pesimistas románticos y decadentistas, para quienes todo tiempo pasado fue mejor y la tecnología solo sería una fuente de elementos negativos. Donde unos ven una utopía realizable gloriosa y feliz, otros ven una distopía trágica y sin salida. Parece más razonable y productivo reflexionar sobre estas cuestiones y sus consecuencias para la vida humana, asumiendo que muchas de las promesas se harán realidad, aunque nos centraremos en una serie de problemas ligados a las tecnologías del llamado “mejoramiento genético”. Lo haremos, en primer lugar rastreando antecedentes de estas formas de pensar; si bien el transhumanismo es un punto de vista relativamente reciente, algunas ideas ligadas tanto al mejoramiento humano a través de las prácticas médicas y genéticas, como así también al rol general que la ciencia y la tecnología tienen en la cultura actual, provienen de una historia relativamente larga. En segundo lugar intentando dar cuenta, al menos provisoriamente, del alcance y la profundidad de las consecuencias prácticas y para la autocomprensión humana de estos cambios radicales, lo cual incluye reflexionar sobre la necesidad o no de establecer límites morales o legales a estas formas de intervención sobre las personas.

El punto de partida

Parece evidente que, en algún sentido, se ha producido con el correr de los siglos una constante mejora en las condiciones de vida y en su alargamiento, en la velocidad y seguridad en el transporte de personas y artefactos incluso hacia otros planetas, en las posibilidades de comunicación y almacenamiento del conocimiento que también crece exponencialmente, en la producción de alimentos. Aunque, claro, es discutible que seamos mejores  que nuestros antepasados recientes y remotos en un sentido moral, y ni que hablar de la incógnita que representa el destino de la Humanidad a largo plazo.

Bien cabe preguntarse entonces, si el mejoramiento, que ahora aparece como una promesa casi fundacional no es tan solo un paso más de lo que la Humanidad viene haciendo. Pero lo cierto es que la implementación de diversas tecnologías asociadas a la genética y la biología molecular – los estudios prenatales, pero sobre todo el Diagnóstico Preimplantatorio desde hace algunos años y muy recientemente la aplicación de las tecnologías CRISPR- han cobrado, en los últimos tiempos un desarrollo inédito y, con ello, se ha impreso un nuevo impulso a los debates en torno a la legitimidad de modelar la configuración genética de los seres humanos.

En momentos en que estoy terminando de escribir este libro se está desarrollando una polémica científica, académica y periodística alrededor del caso del científico chino He Jiankui, quien había anunciado en noviembre de 2018 el nacimiento de dos mellizas con el ADN modificado por la técnica CRISPR “para evitar que contraigan VIH”, y también otro eventual embarazo en el cual se había intervenido del mismo modo. He Jinkui ha sufrido todo tipo de críticas y ataques y fue despedido de su lugar de trabajo (la Southern University of Science and Technology of China): se lo acusó de no respetar los protocolos establecidos para este tipo de investigaciones y, fundamentalmente, no considerar los posibles riesgos futuros para los involucrados. Hoy enfrenta una causa penal porque “evitó la supervisión de su trabajo y violó las normas de investigación porque quería ser famoso”. No sabemos qué pasará con He Jiankui en el futuro, si se lo recordará como una suerte de genio injustamente incomprendido o como un inescrupuloso buscador de fama fácil, pero sí puede asegurarse que este tipo de investigaciones lejos de frenarse serán cada vez más cotidianas.

Los críticos del uso de estas nuevas tecnologías además de los argumentos, que luego desarrollaremos y analizaremos, suelen invocar el fantasma de la eugenesia, implementada en la primera mitad del siglo XX en casi todo el mundo. Aunque asimilar sin más el uso de las tecnologías actuales con la eugenesia se trata de un error, vale la pena comenzar por allí nuestra historia.

Desde hace miles de años la Humanidad ha tratado, con más o menos éxito, de intervenir en la reproducción de sus animales y sus vegetales domésticos para mejorarlos según un objetivo predeterminado, con métodos más bien artesanales. Pero hacia fines del siglo XIX ha comenzado a intentar lo mismo con su propia especie a través de la eugenesia que puede definirse como un extendido y complejo programa en el cual estuvieron comprometidos importantes sectores de la comunidad científica internacional y cuyo objetivo era el mejoramiento/progreso de la humanidad o de grupos humanos, por medio de una selección artificial (mediante tecnologías biomédicas y sociales) que posibilitasen la reproducción diferencial de ciertos individuos o grupos considerados valiosos o mejores, y desalentar o impedir la reproducción de los considerados inferiores; todo ello implementado a través de políticas públicas.

Ningún campo de aplicación de la ciencia a la vida humana es tan proclive a despertar sentimientos de desaprobación y evocar imágenes de horror como la eugenesia. Y no es para menos, porque toca los límites de lo humano al pretender intervenir y controlar la descendencia; se asocia a algunas de las peores consecuencias del racismo y el establecimiento de jerarquías humanas sobre bases pretendidamente biológicas; aparece también en el uso brutal de las tecnologías sociales y médicas en el genocidio de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo esta evaluación, justificada por cierto, a veces obnubila la comprensión del alcance y características de la eugenesia llevada a la práctica fundamentalmente en la primera mitad del siglo XX, y lleva a cometer tres errores: se sigue diciendo con cierta frecuencia que ha sido practicada principalmente en la Alemania nazi con algunos reflejos menores en otros países, que ha sido un producto pseudocientífico –una mala utilización de la ciencia- y que en la actualidad estaríamos asistiendo a una nueva eugenesia. Luego volveremos sobre ello, pero por ahora basta decir que el movimiento eugenésico precedió y excedió las atrocidades del nazismo. La prueba más cabal es que se trató de un movimiento con ramificaciones institucionales, académicas y políticas en casi todo el mundo desde los primeros años del siglo XX.

El segundo error, tan generalizado como el primero consiste en considerar a la eugenesia como una “pseudociencia”. No discutiremos aquí el difícil problema de la demarcación entre la ciencia y la pseudociencia. Solo diremos que el movimiento eugenésico se desarrolló prácticamente en todo el mundo ocupando la atención de una enorme mayoría de la comunidad científica incluyendo biólogos, médicos, genetistas, demógrafos, juristas, psiquiatras, psicólogos, y otros; ha formado asociaciones nacionales en la mayoría de los países y también federaciones internacionales; ha celebrado numerosos Congresos en los que participaron los más renombrados científicos; se ha desarrollado dentro de las universidades; ha producido una enorme cantidad de publicaciones en revistas especializadas a lo largo de por lo menos cincuenta años. De modo que no constituyó una serie de prejuicios raciales perversos y retrógrados producto de mentes diabólicas, sino que se trató del resultado de los trabajos y esfuerzos de la comunidad científica casi en pleno y que si bien hubieron voces discordantes, la agenda o pautas generales sobre las cuales se discutían los problemas habían sido instaladas por los ideales de perfeccionamiento de la especie o grupos o razas sobre la base del conocimiento científico.

El tercer error –cuya discusión será uno de los temas de este libro- consiste en asegurar que en estos momentos, a partir de algunas terapias y nuevas tecnologías sobre la descendencia se estaría en las puertas de una reedición mejorada y aumentada de la eugenesia. Pero, si bien hay cierto parecido de familia porque en todos los casos hay una selección artificial, también es cierto que las diferencias entre la eugenesia clásica y las tecnologías y prácticas actuales son grandes. Como quiera que sea, como dijimos, las promesas transhumanistas despiertan inquietudes legítimas sobre el futuro de mediano y largo plazo. Por un lado hay en sus pronósticos mucha fantasía, mitología y marketing, pero también hay logros reales innegables y presumiblemente en el futuro se realicen nuevos desarrollos quizá impensados, de modo que queda perfectamente habilitado el debate sobre las distintas consecuencias biológicas, médicas, éticas, jurídicas y filosóficas.


  1. Antonio Diéguez, Transhumanismo. La búsqueda tecnológica del mejoramiento humano, Madrid, Herder, 2017, pág. 11.


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