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Las instituciones
y su influencia en la construcción de la intersubjetividad hoy

Sandra Arito, Lucrecia Cerini, Mariela Cordero y Analía Rígoli

Este artículo propone reflexionar respecto de cómo las instituciones influyen en la construcción de lo intersubjetivo. Para hacerlo se abordará cómo entendemos las instituciones, de qué manera definen modos de intercambio social y condicionan la construcción de lo intersubjetivo.

Entendemos que las instituciones son universales, se particularizan en cada sociedad y en cada momento histórico de diferentes maneras. Así, cultura, familia, política, salud, educación, economía, sexualidad, entre otras, son instituciones presentes a través del tiempo en diferentes sociedades, sin embargo, adoptan especificidades en función de las épocas y los lugares.

Desde esta perspectiva, se comprende a las instituciones como los cuerpos normativos jurídicos– culturales compuestos de ideas, valores, creencias, leyes, que determinan las formas de intercambio social (Schvarstein, 2003). Es en este sentido que se relaciona con el Estado que genera la ley y, desde este punto de vista, está presente en los grupos y las organizaciones. A modo de ejemplo, la educación es una institución que refiere a un nivel de la realidad social que define cuanto está establecido. El Estado determina entonces, a través de sus regulaciones, lo que está prescripto, establecido. Así define cómo se organiza la educación primaria, secundaria, universitaria, el presupuesto que le destinará, regulando los sistemas de funcionamiento, entre otros aspectos.

René Kaës (1996) define las instituciones como el conjunto de las formas y las estructuras sociales instituidas por la ley y la costumbre, las cuales regulan nuestras relaciones, nos preexisten y se nos imponen. Esto bajo un patrón determinado que tiende a la permanencia y prolongación de un orden imperante, instituido. Sostiene que son las instituciones las que “sellan el ingreso del hombre a un universo de valores, crean normas particulares y sistemas de referencia… sirven como ley organizadora… de la vida física y de la vida mental y social de los individuos miembros” (Enriquez, Kaës y otros, 1996: 85).

Se puede decir que si bien cada institución tiene una finalidad que la identifica y la distingue, (funciones jurídico – religiosas; defensivas o de ataque; productivas–reproductivas, etc.) el fin último es existencial, ya que su principal objetivo “es colaborar con el mantenimiento […] de las fuerzas vivas de la comunidad, permitiendo a los seres humanos ser capaces de vivir, amar, trabajar […] y […] crear el mundo a su imagen” (Enriquez, Kaës y otros, 1996: 84).

Las instituciones definen roles institucionales y además prescriben modos instituidos de su desempeño, lo que es esperable por ejemplo del rol de un estudiante, de un docente, de un supervisor, de un directivo. Estos efectos permiten comprender lo instituido como aquello que está establecido, el conjunto de normas y valores dominantes así como el sistema de roles que constituye el sostén de todo orden social. Desde esta perspectiva, ningún orden es inmutable. La dinámica del cambio social reconoce la presencia de una fuerza instituyente, constituida como protesta y como negación de lo instituido. El cambio social entonces resulta de la dialéctica que se establece entre lo instituido y lo instituyente; cuando la fuerza instituyente triunfa, se instituye, y en ese mismo momento por el simple efecto de su afirmación y consolidación, se transforma en instituido y convoca a su instituyente.

Las organizaciones institucionales para Schvarstein (2003) son el sustento material de las instituciones, el lugar donde se materializan y desde donde tienen efectos productores sobre los individuos, operando tanto sobre sus condiciones materiales de existencia como incidiendo en la constitución de su mundo interno.

Las organizaciones así, están atravesadas por múltiples instituciones que determinan “verticalmente” aspectos de las interacciones sociales que allí se establecen. Este es el concepto de atravesamiento. Por ejemplo, una escuela materializa los aspectos prescriptos por la institución educación, la institución trabajo (salarios, horarios, entre otras), la institución tiempo libre (recreos, recesos), la institución sexualidad (baño de varones, de mujeres, sin distinción de género), entre otras instituciones. Las organizaciones, desde este punto de vista, son mediatizadoras en la relación entre las instituciones y los sujetos.

Resulta habitual referir indistintamente a institución como organización institucional. Dice Ulloa (1969) que el término institución es un concepto ambiguo, pues tanto puede designar un proceso de institucionalización (con el sentido de racionalizar y estabilizar conductas inicialmente de predominio irracional), como designar una organización social con el alcance que tiene habitualmente este término, o sea, un organismo con una geografía y una ordenación del tiempo y de las responsabilidades, con objetivos por alcanzar y medios adecuados a tal fin. Que está regulado por un código y por normas explícitas e implícitas.

La designación más adecuada parece ser entonces la de organismos institucionales. El autor hace una analogía con un organismo humano, habla de “articulaciones”, de situaciones “patológicas” que conforman “fracturas”. Así define a la institución como “organismo”; expresiones que representan simbólicamente los movimientos institucionales y facilitan su comprensión. Manifiesta su tentación de utilizar analogías antropomórficas, pensando en términos de anatomía y fisiología de una institución; lo que expresa la inevitable y estrecha relación entre las pautas institucionales y los hombres que las originan y las sustentan. Cabe aclarar que Fernando Ulloa es médico psicoanalista e indica en sus trabajos que su interés principal es investigar en este campo de la Salud Mental desde una perspectiva psicoprofiláctica, retomando ideas y trabajos de otros autores como Pichón Riviere y Bleger que trabajan en esta línea.

Se observa entonces, que la relación institución-organización, no es unidireccional, es de determinación recíproca. Las organizaciones, en un tiempo y en un lugar determinado, materializan el orden social que establecen las instituciones. Es decir, que las instituciones atraviesan las organizaciones y los grupos. Es este atravesamiento institucional el que permite comprender cómo determinados modos de hacer y de pensar se producen y se reproducen en la sociedad. La organización es habitada por grupos que la conforman y su existencia se da a través de la interacción y los procesos de comunicación. La participación de los sujetos en los grupos y en las organizaciones se estructura en función del desempeño de roles.

Para Schvarstein (2003) las prácticas de socialización de un niño, desarrolladas principalmente en la familia y en la escuela, constituyen un verdadero aprestamiento para el desempeño de los roles sociales que como adulto le tocará cumplir. En ellas adquirirá la representación de los conceptos de autoridad y de propiedad, aprenderá que hay una división entre placer y trabajo, y progresivamente excluirá el juego de sus obligaciones. El individuo sujeto adquiere, de este modo, una verdadera competencia de miembro social de la que se ha enfatizado aquí los aspectos instituidos en sus primeras experiencias de socialización, las que tienden a configurarlo como sujeto producido. La mencionada noción de atravesamiento implica la inexistencia de barreras entre instituciones y organizaciones. Esta dimensión vertical impone límites y condiciona la capacidad de la organización de darse sus propias normas, o sea relativiza su autonomía. Desde ya que la dimensión vertical de estos atravesamientos también tiene sus límites, de otro modo no se comprendería la actividad instituyente que presentan ciertas organizaciones para el cambio de lo instituido socialmente.

La vida de las instituciones se expresa a través de los múltiples grupos formales e informales que la conforman, la constituyen generando movimientos peculiares e inéditos. Existe una dialéctica entre los grupos y la institución y es en ese “entre” donde se manifiestan tanto las burocratizaciones de los movimientos instituidos como la creatividad de los movimientos instituyentes (Del Cueto, 1999).

Por todo lo antedicho, se entiende que la vida psíquica de cada sujeto no está centrada exclusivamente en un inconsciente personal, sino que una parte de él mismo, que lo afecta en su identidad y que compone su inconsciente, no le pertenece en propiedad sino a las instituciones en que él se apuntala y que se sostiene por ese apuntalamiento. Estamos hablando de la institución como productora de subjetividad (Markwald, 2012).

El cruce que se piensa desde este artículo es que, en ambos casos, se apunta a la identidad del sujeto pero la gran diferencia es que ya no es una relación de máxima exterioridad, sino de una interioridad-exterioridad, una cinta de Moebius (Marwald, 2012). El movimiento va significando el modo en que la subjetividad participa de la producción social y esta a su vez es coproductora de subjetividad.

Las instituciones nos moldean, influyen y determinan, estamos condicionados por ellas; la relación entre sujeto e institución es de mutua determinación, las instituciones reflejan y reproducen modos de comportamiento social. Las instituciones son fundamentales y fundantes en la construcción de la identidad, de la vida psíquica de cada sujeto: este nace y desarrolla su vida social a partir del encuentro con los otros, el fundamento de su vida se constituye a partir de y por otro, sin esa inter-acción no hay vida ni constitución psíquica posible.

Subjetividades colonizadas: el rol de los medios de comunicación

Hasta aquí nos hemos ocupado de presentar y desarrollar algunas formas de comprender a las instituciones, según diferentes perspectivas de algunos autores. Más allá de las diferencias, podemos afirmar que cumplen un papel fundante en la construcción de las subjetividades y de la intersubjetividad en la vida social de los sujetos.

Nos interesa ahora poner el foco en el rol que juegan los medios de comunicación –como institución prototípica de la posmodernidad– por la capacidad de influencia, manipulación y de operar en las condiciones concretas de existencia. Entendemos que las formas de comunicar están atravesadas por quienes son propietarios de los medios de comunicación. Así, definen qué y cuánto se informa, condicionando la libre expresión y la autonomía del pensamiento crítico.

Los diferentes mecanismos y formas de comunicación al servicio de los medios pueden imponer modos que tienden a condicionar y hasta intervenir en la propia subjetividad de las personas, en este sentido retomamos el concepto de subjetividades colonizadas. Colonizadas por regímenes discursivos de los medios de comunicación que condicionan subjetividades produciendo a su vez efectos en las prácticas concretas en las formas de hacer, sentir y pensar.

El poder de los medios es omnipresente, sutil, totalizante, respaldado por un sistema que los avala, y deja poco espacio para el descenso, para cuestionar lo dado, aquello avalado y sostenido por operadores e intelectuales funcionales al sistema que los ampara.

Los medios de comunicación construyen formatos de pensamiento que configuran regímenes de verdad estableciendo enunciados verdaderos o falsos. Determinan las condiciones de utilización de los saberes, vedan el acceso universal a estos y seleccionan a los interlocutores idóneos, capacitados para hablar en su nombre. De este modo se produce una expropiación simbólica que intenta desarticular una manera de vivir, que desorganiza proyectos vitales porque en definitiva busca afianzar un modelo con sujetos más dóciles, adaptables a sus requerimientos.

Este sistema coopera en las formas de alienación de los sujetos. Es funcional al poder de turno que dictamina y direcciona lo que debe ser visto o escuchado. Así, los medios son la institución primaria para fijar la agenda y llevan al límite al sujeto, promoviéndolo a desconfiar de su propia verdad, dudar del propio pensamiento, quedar preso de lo que se denomina la desmentida de la percepción.

El ciudadano común frente a la desmentida de la percepción queda aislado, comenzará a dudar de lo que percibe con el sufrimiento psíquico que esa duda le genera. Muchos callan para evitar la estigmatización. De este modo, se opera sobre la interpretación de lo percibido, ajustándolo al relato.

Cuando se trata de situaciones límites, estas desbordan el aparato psíquico, lo desorganizan ante la imposibilidad de elaborar las situaciones traumáticas. El riesgo es entonces, el despliegue de una situación a la que Ulloa denominó la encerrona trágica, en este caso se trata de dispositivos institucionales crueles en los que el sujeto queda atrapado, quebranta su mismidad porque no tiene escapatoria; la única salida es ser manipulado y hablado por otro.

Entendemos que para contribuir a descolonizar la subjetividad, es necesario conquistar lo intersubjetivo y la potencia constituyente de las conciencias libres. Generar la interpelación crítica de lo cotidiano y lo acontecido como espacios de elaboración donde se posibilite la reconstrucción de nuevas identidades individuales y colectivas.

La respuesta social organizada cumple un papel instituyente en el cuerpo social, se erige como constructora de un consenso social que opera también contra la colonización subjetiva. Así, a través de la palabra, los procesos de subjetivación se construyen, no son inmutables, es posible mover piezas, internalizar reflexión y análisis y deconstruir realidades asumidas.

El término/verbo que designa lo contrario de colonizar es descolonizar; bregar por ello es habilitar el pensamiento crítico reflexivo, abogar por el ejercicio pleno de los derechos, conceder la independencia individual, política y social en todas sus formas y modalidades en el acontecer social.

La institución es una formación social. Se sitúa en la interacción del adentro y del afuera. Ejerce una pluralidad de funciones. Por lo tanto es potencialmente una instancia de articulación de niveles y formaciones psíquicas heterogéneas. René Kaës (1998) denomina al vínculo que se establece entre sujeto e institución vínculo instituido y lo define como aquel que se determina por efecto de una doble conjunción: la del deseo de sus sujetos de inscribir un vínculo en una duración y en una cierta estabilidad y la de las formas sociales que de diversas maneras reconocen y sostienen la institución de este vínculo.

De la subjetividad e intersubjetividad

La noción de subjetividad ha sido y es terreno de discusiones teóricas, epistemológicas y síntesis de múltiples determinaciones, de uso muy frecuente en las ciencias sociales, el término tiene tal amplitud como escasa precisión. Trascendemos la idea de conceptualizar la subjetividad como meros fenómenos exclusivamente individuales, sino como un aspecto/sistema complejo y dinámico en la cotidianeidad de la vida social de los sujetos en el marco de las interacciones que establecen entre ellos.

Ana María Fernández y colaboradores (2006) plantean que subjetividad no es sinónimo de sujeto psíquico, que no es mental o discursivo sino que engloba las acciones y las prácticas, los cuerpos y sus intensidades que se produce en el “entre” con otros y que es por tanto, un nudo de múltiples inscripciones deseantes, históricas, políticas, económicas, simbólicas, psíquicas, sexuales; lo subjetivo como proceso, como devenir en permanente transformación y no como algo dado.

Para profundizar el tema que nos convoca tomamos como referencia la Teoría Social Fenomenológica de Alfred Schütz (1993) –filósofo y sociólogo austríaco–, quien se interesa por explicar el estudio de la vida social, los marcos de referencia de los actores sociales y la cuestión de la sociabilidad como forma superior de intersubjetividad. Para Schütz el estudio de la vida social no puede excluir al sujeto, este está implicado en la construcción de la realidad. De esta manera, el énfasis se encuentra en la interpretación de los significados del mundo y las acciones e interacciones de los sujetos sociales. Schütz elabora su teoría en relación al estudio de la vida cotidiana y le otorga importancia a la interacción entre los sujetos en la construcción del sentido.

Resulta interesante poner en tensión lo institucional que necesariamente es constitutivo de la vida cotidiana de cada sujeto particular y de cualquier realidad social.

La realidad será definida por Schütz, señalado por Rizo García, de la siguiente manera:

… es un mundo en que los fenómenos están dados, sin importar si estos son reales, imaginarios o ideales. Este mundo es el “mundo de la vida cotidiana” en el que los sujetos viven en una actitud natural, cuya materia prima es el sentido común. […] El sujeto que vive en el mundo está determinado por su biografía y por su experiencia inmediata. Lo primero alude a que cada sujeto se sitúa de una forma particular y específica en el mundo, su experiencia es única e irrepetible. Es desde esta experiencia particular desde donde el sujeto capta y aprehende la realidad, la significa, desde ese lugar, se significa a sí mismo. (Rizo García, 2007: 2).

Asimismo, Schütz (1977) sostiene que en el mundo de la vida cotidiana el hombre participa continuamente y puede intervenir modificándolo mientras opera en él mediante su organismo animado. En ese ámbito interactuamos con nuestros semejantes al tiempo que podremos ser comprendidos por ellos.

Desde esta perspectiva la interacción social se fundamenta en las construcciones referentes a la comprensión del otro, de nuestros semejantes, “… los significados no se hallan en los objetos sino en las relaciones –interacciones– de los actores entre ellos y con los objetos” (Rizo García, 2007: 7). Por lo tanto, el significado se constituye como un fenómeno intersubjetivo (Schütz, 1993).

La intersubjetividad es un concepto clave en la propuesta de Schütz, entendida como fundamento de la vida social, constituye una característica del mundo social; la relación entre los sujetos que proveen de sentidos y significados a las acciones que cada uno de ellos realiza en el mundo de la vida cotidiana. Permite anticipar ciertas conductas para que el sujeto se desarrolle en su entorno.

La intersubjetividad, de alguna manera, implica poder ponernos en el lugar del otro a partir de lo que conocemos de ese otro, de lo que vemos en él. En este ámbito de las relaciones y siguiendo a Schütz (1979) se pueden reconocer relaciones intersubjetivas tanto espaciales como temporales. (Rizo García, 2007: 3)

Schütz considera al mundo en el cual vivimos como un mundo cuyo sentido y significación es construido por nosotros mismos y los seres humanos que nos precedieron. Por lo tanto, para Schütz la comprensión de dichos significados es nuestra manera de vivir en el mundo (Rizo García, 2007).

El mundo de la vida es intersubjetivo porque los sujetos se vinculan entre sí a partir de procesos de interpretación conjunta y con valores comunes. Este mundo también es cultural, en tanto se configura como un universo de sentido para los sujetos que deben interpretar para poder orientarse y conducirse en él.

No se debe dejar de reconocer la influencia de la cultura en el comportamiento individual y en el tejido social, el papel que ejerce esta misma frente a la libertad individual, en tanto las normas sociales –como parte de las formaciones culturales– limitan y moldean el comportamiento individual y social. La relación entre la libertad individual y las restricciones va definiendo modos de comportamiento sociales en cada época. Ahora bien, los sujetos poseen un margen de libertad, no quedando absolutamente restringidos a las imposiciones y normativas culturales, reconociéndoles la posibilidad de poder modificar las situaciones sociales, crear sus propios modos particulares, otorgando nuevos sentidos y significados a través de su capacidad interpretativa y su potencial instituyente.

La construcción de sentidos compartidos sobre la realidad requiere imprescindiblemente de los procesos de interacción social. Sin interacción no hay sujetos. La interacción social se da a partir de la vida cotidiana, de las relaciones que establecemos y nos definen como sujetos socialmente construidos.

Las instituciones poseen siempre la doble naturaleza de posibilitar la acción colectiva por un lado, y tornar imposibles determinadas formas de acción, por el otro. El principio de las reglas de juego o reglas constitucionales es tal que posibilita una determinada acción mediante la cual, a su vez, se excluye otra. La fuerza de gravedad ofrece una buena analogía: sin ella no podríamos caminar, pero precisamente porque existe, no podemos volar. (Offe en Davini, 1995)

Bibliografía consultada

Arito, S. (2001). El Análisis Organizacional e Institucional como herramienta para la Formación académica y la Intervención profesional. XVII Seminario Latinoamericano de Escuelas de Trabajo Social. Perú.

Arito, S. (2017). Subjetividades colonizadas: Herramienta necesaria para la construcción de desigualdad social. VI Jornadas Regionales de Trabajo Social: “Transformaciones en el actual contexto argentino y latinoamericano: Impacto en las condiciones de igualdad y desigualdad social”.

Davini, M. C. (1995). La formación docente: política y pedagogía. Buenos Aires: Paidós.

Fernández, A. M. y colab. (2011). Política y subjetividad. Asambleas barriales y fábricas recuperadas (3.a ed.). Buenos Aires: Biblos.

Del Cueto, A. M. (1999). Grupos, instituciones y comunidades. Buenos Aires: Lugar Editorial.

Enriquez, E., Kaës, R. y otros (1996). La Institución y las instituciones. Estudios psicoanalíticos. Buenos Aires: Paidós.

Kaës, R. (1998). Sufrimiento y psicopatología de los vínculos institucionales. Buenos Aires: Paidós-Grupos e Instituciones.

Markwald, D. (2012). Sujeto – grupo – institución. ¿Una relación posible? Material de la SENAF. Ministerio de Desarrollo Social de la Nación.

Rizo García, M. (2007). Alfred Schütz y la teoría de la comunicación. Reflexiones desde la comunicología posible. Questión, vol. 1, N° 15. Institución de origen: Facultad de Periodismo y Comunicación Social.

Schutz, A. (1993). La construcción significativa del mundo social. Introducción a la sociología comprensiva. Barcelona: Paidós Ibérica.

Schvarstein, L. (2003). Psicología de las organizaciones. Buenos Aires: Paidós.

Ulloa, F. (1969). Psicología de las instituciones: una aproximación psicoanalítica. Revista APA, t. xxvi, Buenos Aires.



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