Graciela Castro
Introducción
Desde pequeños escuchamos, tal vez sin detenernos demasiado, la influencia que tendría la familia en muchas de las acciones que llevamos a cabo a través de nuestras vidas. Los psicólogos la ubican en un papel de importancia y señalan, por ejemplo, que allí es uno de los espacios donde aprendemos a construir las actitudes pero también refieren al rol de las relaciones que se establecen entre padres e hijos, entre otros aspectos de relevancia. Así mismo, desde otras disciplinas científicas se han realizado aportes que convergen en la tematización de la familia en las ciencias sociales.
En esta instancia proponemos realizar una mirada desde una perspectiva socioantropológica. ¿Qué implica ello? En primer lugar, comprender a la familia como una de las instituciones dominantes que podemos hallar en la configuración de la vida en sociedad. Entonces, si partimos de entender que como sujetos humanos nacemos en un mundo que nos preexiste, que no nos cuestionamos la presencia de nuestros congéneres ni tampoco sus vínculos ni los objetos que nos rodean, nos encontramos con aquello que Schütz (1993) refería acerca de la construcción de las relaciones de intersubjetividad. En este punto podemos colocar otro elemento en el puzle de la existencia humana: el contexto. Estos elementos –por ahora– nos permitirían ir adentrándonos en la relación: familia-juventudes.
Aspectos constitutivos de los ejes
Un camino para acercarnos a los vínculos de las categorías teóricas que mencionamos en el apartado anterior nos puede conducir a la noción de la categoría vida cotidiana, que la definimos como el espacio donde el sujeto construye su identidad social y la subjetividad (Castro, 1999). De modo breve es posible mencionar que en el primero de los conceptos se halla la adscripción social que cada sujeto realiza. ¿Quién aporta a esa adscripción y qué provee? Es allí donde observamos la importancia que adquieren a tal situación las denominadas instituciones dominantes. Dichas instituciones aportan normas, modos de conducirse en la vida en sociedad; funciones que devienen de cada institución y que cada sujeto incorpora como propias y como consecuencia de ser integrante de alguna de aquellas (Castro, 2000). Entre ellas incluimos a la familia, la educación, la religión, la sociedad civil (la política, medios de comunicación, organizaciones sociales). El otro elemento que indicamos –desde nuestra perspectiva teórica para la comprensión de la categoría vida cotidiana– tiene que ver con la subjetividad. Ella está enmarcada en un proyecto social-histórico; tiene que ver con los modos en que el sujeto hace la experiencia de sí mismo, en términos foucaultianos. Según Castoriadis (1993), implica una creación incesante de significaciones del mundo y la sociedad. Este proyecto sobrepasa la intersubjetividad en tanto pone en juego la autonomía psíquica de la persona y la existencia de pluralidades sociales con las normas y valores que son reflejo de cada etapa histórica. En expresión de Guattari “[…] es esencialmente fabricada y modelada en el registro de lo social” (2006: 46). Desde esta perspectiva el peso de las instituciones a través de diversos mecanismos –que van desde lo discursivo, lo social, lo tecnológico, hasta los medios de comunicación y las prácticas políticas– actúan regulando las relaciones interpersonales y las prácticas culturales.
Otro concepto teórico que nos ayuda a comprender los vínculos entre las familias y las juventudes es interpretar que la vida cotidiana de todos los sujetos es un sistema abierto. Ello surge de revisitar la teoría de la complejidad desde la perspectiva prigoginiana e implica que al considerarla como tal está atravesada por variables que provienen tanto de la propia constitución del sujeto como externas a él. Entre esas fuerzas externas que la atraviesan se hallan las instituciones dominantes –aquellas ya descriptas en párrafos anteriores– y dentro de las cuales la familia es una de sus constituyentes. Tales instituciones dominantes, a su vez, se hallan ubicadas en –y por consiguiente, las franquea– el otro concepto que nos ayuda a cerrar esta interpretación: el contexto sociohistórico. Todo ello no solo da vida, sino también introduce cambios, modificaciones y conflictos al sistema abierto que conforma la esfera de la existencia humana.
Si nos detenemos en el contexto sociohistórico argentino desde la segunda mitad del siglo XX hasta la actualidad –aunque ello no implique desconocer las relaciones e influencias que devienen más allá de sus fronteras y así siguiendo con la perspectiva de la complejidad–, es indudable la multiplicidad de hechos y situaciones que trajeron crisis, conflictos y renaceres en la vida en sociedad. Todas y cada una de aquellas situaciones dejaron marcas en las instituciones dominantes que con el tiempo fueron reclamando modificaciones en su constitución, en sus estructuras y en sus prácticas.
Si nos centramos en la familia –por ser el tema de nuestro análisis– ella también recorrió sus avatares que la llevaron en primera instancia a dejar de ser singular a pluralizar su acepción. Desde aquellas imágenes naif que acompañaron muchas generaciones hasta la heterogeneidad en sus conformaciones actuales, extenso y complejo, fue su devenir.
En el caso de la familia, atrás quedaron en el recuerdo aquellas representaciones edulcoradas que mostraban las imágenes de la inolvidable revista Billiken. Muchos de nosotros crecimos en entornos familiares donde, si bien nunca nos faltó una mascota –como para no alterar tanto la imagen naif–, ambos padres cubrían sus tareas laborales junto a las que demandaba la vida familiar. Ya en las últimas décadas la institución fue modificando su constitución y sus responsabilidades. Nos fuimos encontrando con familias monoparentales, ensambladas y hasta del mismo sexo. Muchas de ellas debieron enfrentar tiempos de dictadura donde el miedo y la angustia por la desaparición o exilios de alguno/a de sus integrantes era una posibilidad cierta. Luego del encantamiento por la democracia, el neoliberalismo regresó con fuerza y palabras como precarización, desempleo y pobreza se volvieron una presencia dolorosa que también alteró el clima familiar. En años posteriores –bajo otro gobierno– se aprobaron leyes que permitieron regularizar diversas situaciones de pareja y de género que también implicaron modificaciones hacia el interior de la conformación de esa institución dominante que denominamos familia. En el mismo sentido también fueron precisas modificaciones legales que reconocieran y dieran sustento jurídico a las actuales conformaciones y singularidades que presentan las familias, tal como puede advertirse en las situaciones consideradas en la modificación del Código Civil y Comercial de la Nación, aprobado durante 2015, que incluye aspectos tales como: uniones convivenciales, matrimonio, protección de la vivienda, divorcio, adopción, responsabilidad parental, reproducción asistida, capacidad de las personas; entre otros aspectos relacionados con las familias.
La otra categoría que nos ocupa es la de juventudes. No es casualidad que nos refiramos a la categoría en sentido plural. Ello deviene de comprenderla como una categoría sociogeneracional que supera las nociones etarias, incorporando las variables que corresponden a la cultura, la sociedad, la economía, la política y hasta la religión. De allí el sentido de la pluralidad que la enriquece y le otorga dinamismo. Con excepción, en cuanto a la categoría anterior, las juventudes no constituyen una de las instituciones dominantes. Por el contrario, ellas son atravesadas por aquellas que incluimos en los primeros párrafos de este texto. La coincidencia entre la familia y las juventudes radica en la influencia del contexto en la constitución de ambas.
Con posterioridad a la segunda posguerra mundial, se inicia el tiempo de la tematización de las juventudes en las ciencias sociales. Las circunstancias del tiempo sociohistórico y cultural dejaron marcas que con el devenir permitieron ir desarrollando estilos y modalidades que describirían al colectivo sociogeneracional. Si bien con anterioridad a la década de 1960 desde ciertos enfoques disciplinares se acercaban al análisis de los estudios evolutivos de los sujetos, estos aún no colocaban con su propia identidad a las juventudes. Se hallaban condicionados por las edades y también por las clases sociales a las cuales pertenecían los adolescentes, dedicándose en las descripciones a las clases burguesas y urbanas fundamentalmente y casi excluyendo a las rurales y de clases bajas. A esa época corresponde la noción de moratoria social que –en particular en la psicología– tuvo su momento de anclaje. Tal concepto se vinculaba más con sectores urbanos y burgueses a quienes les resultaba apropiado disponer de tiempos o moratorias para ingresar al mundo adulto y al laboral sin que sucediese lo mismo con los sectores desfavorecidos social y económicamente.
En la década de 1960 los teóricos de la escuela de Birmingham –a partir de los estudios culturales– van colocando la mirada en las juventudes desde otras perspectivas, fundamentalmente culturales. De aquellos estudios que colocaron a los jóvenes como constructores de un estilo particular a partir de la música, la ropa, entre otros modos de consumo hasta las últimas décadas, otros enfoques se fueron agregando al estudio de la categoría, la cual condujo a que numerosos investigadores en la temática llegáramos a comprenderla como un colectivo sociogeneracional con sentido plural, tal como lo señalamos en párrafos anteriores.
El transcurrir de la segunda mitad del siglo XX y las décadas que llevamos en el actual van poniendo en evidencia los vínculos entre las juventudes y las variables que provienen del contexto sociohistórico, que nos permite asimilarlas a aquella expresión que utilizamos para referirnos a la familia como un sistema abierto, haciendo propia la expresión de Prigogine para sus estudios acerca de los sistemas físicos.
A partir de aquella noción de sistema abierto, es evidente advertir los últimos cambios que nos dejan los años del siglo pasado y el inicio del presente. Sin lugar a dudas, aquellos que corresponden a la cultura y la vida política han dejado sus huellas en las nuevas constituciones tanto de la familia como de las juventudes. En cuanto a estas últimas, su derrotero no ha sido sin sobresaltos. Desde el momento en que comenzó a visibilizarse –desde el punto de vista social y político– su involucramiento con demasiada frecuencia –desde algunos sectores de la vida en sociedad– se las asoció con una fuerte carga de estigmatización. Así, la adjetivación de peligrosos, revoltosos, subversivos o violentos ocupó amplios espacios que tendían a identificarlos en ese sentido otorgando percepciones negativas que llevaban a distorsionar al colectivo sociogeneracional. Junto a estos adjetivos, un latiguillo de diversos discursos fue considerarlos apelando al futuro, mientras el presente muestra que el desempleo entre los jóvenes en Argentina en 2017 llega al 24,6%, superando a la media de la región que indica 16%. El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), por su parte, afirma que el 53,3% de desocupados corresponde a la franja entre 14 y 19 años. A estos datos se puede agregar un desagregado que agrava la situación: entre los varones tales índices llegan al 17,2% mientras que entre las mujeres se eleva a 20,1%. Diversos estudios científicos han mostrado que la situación de desempleo condiciona alteraciones no solo económicas, sino también emocionales y sociales. Podríamos agregar, asimismo, que todas aquellas alteraciones también influyen en la construcción de la ciudadanía social y política.
Junto al tema laboral y su incidencia en las juventudes, no podemos desconocer los estereotipos que han condicionado su representación. En particular en el campo de las prácticas políticas. Desde denominarlos subversivos, corruptos o choriplaneros solo han transcurrido momentos históricos, sin embargo es innegable y los estudios –de quienes nos dedicamos al tema de las culturas juveniles– junto a la empiria lo patentizan, las juventudes tienen un amplio protagonismo en el cual evidencian solidez y compromiso en sus argumentaciones que, sin duda, más de un adulto seudointelectualozo y presuntuoso podría aprender al menos vicariamente, para incorporar en sus propios discursos.
Parecidos de familia
Si reunimos las dos categorías que nos convocan, la familia y las juventudes, podemos advertir una cantidad importante de analogías que las atraviesan. En primer lugar, ser instancias que se constituyen franqueadas por variables externas a ellas. Entre estas influencias se hallan las que provienen de otras instituciones dominantes que condicionan su conformación. Así, la política, la educación, la religión, los medios de comunicación, entre otras, van influyendo en su constitución y sus maneras de transmitir valores y costumbres. En ocasiones, esa transmisión puede actuar de modo favorable y motivador en los comportamientos, en particular de las juventudes, pero en otras tantas, las experiencias familiares pueden obstruir o cargar de prejuicios los comportamientos, en particular, aquellos que hacen al involucramiento social y político.
Con respecto al tema mencionado en el párrafo anterior, desde nuestro equipo de investigación, tanto en el que corresponde a la UNSL como FONCyT, hemos podido observar la manera en que los comportamientos familiares condicionan no solo la información que, posteriormente, reproducen los jóvenes, sino también en sus involucramientos sociales. Con relación al primer aspecto, y como evidencia obtenida en la tarea investigativa, nos interesó conocer a través de qué instituciones dominantes se informaban los integrantes del colectivo sociogeneracional, específicamente en temas vinculados con situaciones sociales y políticas ocurridas en Argentina en las últimas cinco décadas (Castro, 2016) hallando que prioritariamente ubicaban a la familia como la determinante y en segunda instancia a los medios de comunicación y a la educación. Lo interesante del análisis posterior nos mostró que las informaciones acerca de los hechos sucedidos en el país en el tiempo ya señalado eran condicionantes fundamentales para posteriores actitudes y comportamientos de los jóvenes. De modo tal que, entre aquellos que en preguntas posteriores mostraban una fuerte carga de temores con relación a la participación política, podíamos hallar historias familiares en las cuales el recuerdo de la última dictadura había dejado marcas muy profundas, pero reiterando discursos y expresiones muy habituales en los medios de comunicación de entonces, lo cual tornaba tales argumentos con fuertes dosis de prejuicios y desconocimientos certeros. Una situación similar hallamos en cuanto a la representación social que construían con referencia a sus propios congéneres. Ejemplo de ello podemos hallarlo en expresiones tales como: “los políticos usan a los jóvenes y los corrompen”; “los volvieron choriplaneros y ahora no saben trabajar”, etc., etc.
Si regresamos a nuestra interpretación que señalábamos en párrafos anteriores al considerar tanto a la familia como a las juventudes como sistemas abiertos y expuestos a la influencia de variables que exceden a su propia vida interior, es fácil comprender la incidencia de las otras instituciones dominantes, tales como los medios de comunicación y la educación a través de sus organizaciones instituidas, tales como escuelas, colegios y universidades. Ninguna de ellas se construye en una burbuja alejada del contexto sociohistórico. Con relación a los primeros, es indudable –y en especial en la contemporaneidad– el estrecho vínculo entre los sectores hegemónicos y financieros que han influido poderosamente en la tremenda concentración de medios, no solo en Argentina, sino en Latinoamérica y en el mundo entero, transformándose en verdaderos constructores de poder.
Por identificarme como universitaria –por mi trayectoria de décadas en la investigación y la docencia en este ámbito– la preocupación me conduce a interrogarme acerca del conocimiento que estamos construyendo y transmitiendo desde la universidad. Hace algunos años Edgardo Lander (2000) –el destacado epistemólogo venezolano– nos invitaba a preguntarnos “conocimiento para qué”, “conocimiento para quién” y su papel en las universidades a las cuales invitaba a superar el sonambulismo intelectual tan típico de esta organización instituida, conservadora en sus orígenes que, como campo social, tiene al conocimiento como su bien esencial.
Ahora bien, al mismo tiempo, desde nuestra experiencia investigativa, hemos podido observar –en otra etapa de la tarea– el modo en que las experiencias familiares han favorecido al involucramiento de las juventudes en espacios de militancia política y social. En este sentido advertimos que –con excepción en jóvenes militantes del PRO– la influencia familiar había jugado un papel de suma importancia para acercar a los jóvenes a la militancia, quienes revalorizan las experiencias de sus padres hallando que en la construcción de los imaginarios políticos, el papel de los progenitores y adultos de su entorno había incidido, aunque fuese de modo vicario, para el acercamiento a la militancia.
Caminos que se entrecruzan
Hasta acá, lo que venimos expresado nos permite no solo poner en evidencia el estrecho vínculo entre la familia y las juventudes, sino también el modo en que el contexto sociohistórico influye en los comportamientos y valores de ambos. Ninguna de ellas ha estado exenta de dicha influencia en su conformación al igual que la vida cotidiana de cada sujeto está expuesta al atravesamiento del contexto, superando meras interpretaciones geográficas y colocando en el debate el papel condicionante que presentan las otras instituciones dominantes. Tales influencias adquieren relevancia si nos detenemos en la incidencia que llevan a la construcción de la noción de ciudadanía, esencial para la vida en sociedad.
Desde nuestra perspectiva, la ciudadanía no concluye en el cumplimiento de los deberes y derechos legales y políticos, sino que adherimos a la noción de ciudadanía desde una concepción social y cultural que conduzca a un empoderamiento social. Es allí donde entendemos la importancia del conocimiento, no como simple sumatoria de informaciones, sino en su potencialidad para formar ciudadanos que cuenten con los necesarios recursos cognitivos y valorativos para la inserción social y política. Al mismo tiempo, con actitudes de responsabilidad hacia su entorno ambiental y sus semejantes, agregándole la necesaria capacidad de sentido crítico y creativo para poder enfrentar la complejidad del mundo contemporáneo y la amenaza de políticas neoliberales que conducen a la destrucción de la equidad social y la dignidad humana.
A partir del recorrido teórico que hemos realizado procuramos mostrar los estrechos vínculos entre la familia, las juventudes y el contexto sociohistórico. Afirmamos en los primeros párrafos que partíamos de considerar a la categoría de vida cotidiana como un eje central en nuestro análisis. De igual modo comentamos que– desde nuestra perspectiva teórica– es en la esfera de la cotidianidad donde el sujeto construye su identidad social y la subjetividad. Esta última implica la posibilidad de elaborar significaciones acerca del mundo y las sociedades. Para ello la recurrencia de artefactos provistos por la propia sociedad resultan esenciales. He allí donde juegan sus juegos las instituciones dominantes y sus recursos para la conformación de la subjetividad. Autonomía o alienación, es el desafío y al cual cada sujeto debe enfrentar bajo los márgenes del contexto que habita.
Bibliografía consultada
Castoriadis, C. (1993). La institución imaginaria de la sociedad. Vol. 1 y 2. Buenos Aires: Tusquest.
Castro, G. (1999). La vida cotidiana como categoría de análisis a fin de siglo. Mimeo.
Castro, G. (2000). Cultura política en la cotidianidad de fin de milenio. Kairos. Revista de temas sociales, año 4, N° 6, 2.o semestre, ISSN: 1415-9331.
Castro, G. (2016). Influencia de las instituciones dominantes en la construcción de la memoria política contemporánea. Presentación realizada en el panel sobre Juventudes y política, realizado en el marco del XII Congreso y V Internacional sobre Democracia. UNR. 2016. Rosario.
Guattari, F.; Rolnik, S. (2006). Micropolítica. Cartografías del deseo. Madrid: Traficantes de Sueños.
Heller, A. (1985). Historia y vida cotidiana. Una aportación a la sociología socialista. México: Grijalbo.
Heller, A. (1987). Sociología de la vida cotidiana. Barcelona: Ediciones Península.
Heller, A. (1994). La revolución de la vida cotidiana. Barcelona: Ediciones Península.
Prigogine I.; Stengers, I. (1990). La nueva alianza. Metamorfosis de la ciencia. Madrid: Alianza.
Lander, E. (2000). ¿Conocimiento para qué? ¿Conocimiento para quién? Reflexiones sobre la universidad y la geopolítica de los saberes hegemónicos. Disponible en https://bit.ly/2w20TPk.
- Comentarios preliminares de este texto fueron expuestos por la autora como panelista central invitada en el V Encuentro Nacional de Estudiantes de Derecho realizado en la Universidad Nacional de San Luis, en octubre de 2017.↵








