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Espejos en reversa:
representaciones juveniles[1]

Graciela Castro

Introducción

Entre las actividades que comprenden al proyecto de investigación “Involucramientos sociales juveniles en la contemporaneidad: construcción de identidades políticas y sindicales en la provincia de San Luis (Argentina)”, financiado por FONCyT/UNSL, emprendimos la tarea de acercarnos al modo en que jóvenes universitarios acceden al conocimiento de hechos y situaciones de la política nacional e internacional. Allí nos detuvimos en el papel de las instituciones dominantes y su incidencia en las opiniones de los jóvenes. Al mismo tiempo, otro aspecto que nos resultó de interés conocer fue la representación que los propios jóvenes tienen de sus congéneres –en particular en el comportamiento de estos en los últimos años en el país– como así también en la posible influencia que hubiesen tenido los partidos políticos. Acerca de este último aspecto –la representación social de los jóvenes– procuraremos realizar algunas reflexiones teóricas.

En el análisis partiremos de considerar la manera en que los sujetos vivencian la presencia de ese Otro junto al cual darán lugar a la intersubjetividad. Parafraseando a Schütz (1993), podríamos decir ¿quién es el otro y de qué manera me acerco a conocerlo? Estos aspectos se consideran esenciales para poder acercarnos al modo en que los jóvenes representan a sus congéneres cuando la imagen de estos está mediada por acciones políticas.

Apuntes sobre la experiencia

Durante el año 2016, a través de un subsidio de FONCyT/UNSL, iniciamos las tareas de recolección de información diseñadas en el marco del proyecto “Involucramientos sociales juveniles en la contemporaneidad: construcción de identidades políticas y sindicales en la provincia de San Luis (Argentina)”. En dicho proyecto se busca comprender en qué medida la cultura política, social y laboral puede influir en la construcción de la vida cotidiana de los jóvenes. Para ello se consideran a estas últimas categorías como centrales en la investigación. Es preciso entender que en la definición de la vida cotidiana se incluyen dos elementos que se construyen en su ámbito: la subjetividad y la identidad social. En cuanto a la categoría juventud se afirma que la misma resulta de una construcción sociocultural, por consiguiente la influencia del contexto es de suma importancia. En el análisis de ambas categorías ocupa un espacio central las características que tiene el contexto sociocultural y político; teniendo en cuenta que este atraviesa la formación de ambas categorías, se procura comprender el significado que los actores otorgan a los elementos que constituyen el contexto.

A partir de lo anterior, se planteó como problema de investigación estudiar el modo en que las circunstancias sociales, culturales y políticas –que se instituyen en el territorio provincial– afectan las motivaciones de los jóvenes para involucrarse en ámbitos políticos y sindicales. Junto a ello se busca analizar si dicho involucramiento constituye un elemento que otorgue significación en la construcción de las identidades sociales juveniles y la visibilización de dispositivos institucionales que afecten la subjetividad del colectivo juvenil. Asimismo se procura conocer si desde los organismos políticos, laborales y sindicales se coloca a las juventudes como protagonistas en la participación activa.

Desde la aprobación del proyecto (2016) venimos realizando la recolección de datos que nos permitan comprender el problema de la investigación. La primera etapa consistió en el diseño de una encuesta dirigida a los estudiantes de las carreras de grado de la Facultad de Ciencias Económicas, Jurídicas y Sociales (FCEJS) de la Universidad Nacional de San Luis. A partir de un muestreo teórico propusimos a estudiantes de aquellas carreras –que aceptaron colaborar de modo voluntario–, una encuesta que entre sus preguntas incluía conocer cinco hechos o situaciones ocurridos en Argentina en los últimos 50 años que cada uno/a considerara de importancia. A continuación se les consultaba por los medios e instituciones a través de los cuales conocieron aquellas situaciones. La otra pregunta se dirigía al papel de las juventudes en Argentina en las últimas décadas. Vale aclarar que la encuesta constaba de otras preguntas que incluían diferentes aspectos vinculados con situaciones políticas de Argentina y Latinoamérica. Dado que en este texto nos detendremos en la manera en que se construyen las representaciones sociales de las juventudes por parte de sus propios congéneres, solo abordaremos las respuestas de la encuesta, que respondieron los estudiantes, vinculadas a este aspecto, y no el análisis de la totalidad de las mismas incorporadas en el instrumento. En la segunda etapa, en la recolección de la información, realizamos –y continuamos haciéndolo– entrevistas en profundidad con jóvenes militantes de distintos partidos y agrupaciones políticas.

Con los insumos obtenidos procuraremos acercarnos a los caminos que conducen a las representaciones sociales de los jóvenes a través de las respuestas de integrantes del mismo colectivo sociogeneracional.

Si bien en la construcción del propio yo es necesaria la presencia de los otros, el modo en que estos son percibidos se halla atravesado por las experiencias y marcas de la historia de cada sujeto. De esa manera comienza a fundamentarse la intersubjetividad que, en términos de Schütz (1993), es el momento en el que el sujeto vivencia un mundo compartido por sus congéneres, esos otros con los cuales se puede coincidir en espacios y tiempos. Es aquí donde comienza a sentirse la influencia del contexto que supera aspectos geográficos y urbanísticos e incorpora en su acepción a la cultura y el tiempo histórico.

La vida cotidiana se halla en el centro de la historia y ella a su vez, se construye cruzada por ámbitos que corresponden a la faz personal pero también a lo sociocultural, económico y político. De esa esfera provienen los aspectos a partir de los cuales se desarrollan las representaciones sociales. Sobre este eje teórico, cuyos primeros estudios refieren a Moscovici en la década de 1960, se han generado debates e investigaciones en las ciencias sociales procurando hallar la definición apropiada que permita la comprensión teórica del mismo. Maricela Perera Pérez, en su tesis doctoral, define las representaciones sociales como “una formación subjetiva multifacética y polimorfa, donde fenómenos de la cultura, la ideología y la pertenencia socio estructural dejan su impronta; al mismo tiempo que elementos afectivos, cognitivos, simbólicos y valorativos participan en su constitución” (Perera Pérez, 2003: 8).

En nuestra tarea de investigación les consultamos a los estudiantes acerca del papel de las juventudes en Argentina en las últimas décadas. En las respuestas que obtuvimos era posible advertir una interesante mirada desde algunas categorías teóricas pertinentes al enfoque epistemológico. ¿Qué elementos habían atravesado la construcción de ese Otro generacional? ¿De qué manera condicionaban esa construcción sus ideas acerca de la política en el país? Y finalmente, ¿qué representaba para ellos la participación política?

Cómo organizar el rompecabezas

En una primera lectura, las respuestas se podían ubicar entre quienes resignificaban el papel de las juventudes en los 70 colocándolas con matices de ejemplaridad y, en el otro extremo, aquellos que entendían que –en la última década– aquel colectivo sociogeneracional había sido influido de modo negativo por partidos y agrupaciones políticas. Para ir adentrándonos en el análisis de las respuestas vale detenerse en el vínculo entre las juventudes y la política, en particular en Argentina. Si bien de manera muy breve es preciso detallar el recorrido de tal vínculo pues ello permitirá advertir la incidencia del tiempo histórico, su contexto y la influencia en tal relación. La década de 1960 colocó a las juventudes como un actor central en los movimientos sociales. En Argentina en particular –y también influidos por las propuestas políticas que avanzaban más allá de las fronteras nacionales– los jóvenes asumieron un protagonismo político y social de envergadura. Sin lugar a dudas podría identificarse esa década con la denominación del tiempo de la militancia. De ese tiempo quedó plasmada, para amplios sectores, la imagen dorada de la participación juvenil; mientras en otros, aquella militancia significó el desborde de la política y el motivo del retraimiento a la vida privada, quizá para buscar la protección ante los ataques de la represión que actuaban como destructores del involucramiento juvenil en la vida ciudadana. La reapertura democrática en 1983 implicó el encantamiento por la participación: para muchos jóvenes descubrir la vida en democracia implicó la posibilidad del regreso a la libertad y el acceso a la vida política, ejercitando su accionar en espacios obturados por la dictadura. Tras un abrupto final ocasionado por un golpe de mercado, al gobierno de Alfonsín sucedieron las dos presidencias de Menem. La década de 1990 mostró al país con elevados niveles de precarización, desocupación, y las privatizaciones y la flexibilización laboral se transformaron en aspectos centrales de las políticas de gobierno. Junto a las medidas económicas que influyeron de modo negativo en la vida cotidiana de millones de ciudadanos, las prácticas políticas adquirieron maneras banales de expresarse. Estas formas que fueron mostrando la política incidieron para producir un alejamiento de los ciudadanos en la participación, acentuándose en las juventudes en quienes se incorporó el mensaje que llevaba a percibir dichas prácticas políticas rodeadas de corrupción. La crisis nacional de 2001 pareció anunciar un clivaje en la relación entre los ciudadanos y la política aunque aún sin hallar referentes políticos que volvieran a encantar. Los asesinatos de los jóvenes Kosteki y Santillán marcó el final del gobierno de Duhalde y en 2003 se inició la presidencia de Néstor Kirchner quien, de modo lento pero con continuidad, fue definiendo políticas de Estado capaces de motivar a las juventudes para el involucramiento social y político. Durante el gobierno de Cristina Fernández y tras la muerte de Kirchner, el vínculo entre las juventudes y la política se acentuó, de forma particular en agrupaciones que respondían al partido oficial, la izquierda y los movimientos sociales.

La provincia de San Luis durante el mismo período mencionado en el párrafo anterior, no mostró situaciones disímiles al resto del país. Un detalle no menor por cierto sino de relevancia para la provincia en términos políticos corresponde a que, desde el regreso a la vida en democracia y hasta la actualidad, se ha mantenido sin cambios el mismo partido político en el gobierno provincial. Tal situación no resulta extraña en varios gobiernos provinciales en el país. En el caso de la provincia de San Luis no solo importa porque –con excepción de un período de gobierno– fueron ocupados por ambos hermanos Rodríguez Saá con sus personales improntas, que les permitieron ser figuras centrales en la construcción de una cultura política particular, con sus luces y sombras. Este tema lo hemos abordado en otras ocasiones por lo cual no nos detendremos en él ahora (Castro, 2009; 2006; 2007; 2010; 2012).

El breve detalle de las últimas décadas en Argentina, muestra las idas y vueltas en la relación entre las juventudes y la política. La construcción de los vínculos no fue causa del azar sino por el contrario, las organizaciones políticas y sociales –con distintos sentidos y orientaciones– establecieron políticas sociales que alejaban o motivaron el acercamiento de las juventudes. La primera década de 2000 mostró que la ciudadanía no concluía en la emisión del voto, sino que también era necesario sedimentar el ejercicio de la ciudadanía social, la cual, en palabras de Rosana Reguillo, implica “otorgar a todos los miembros del Estado nacional, un conjunto de beneficios sociales como el acceso a la educación, a la salud, a la vivienda, etc.” (Reguillo, 2003: 3). De modo tal que no basta con un simple deseo del sujeto para acercarse a la política, sino que es preciso contar con los estímulos suficientes por parte de las organizaciones políticas y sociales para volverse razón sentida el involucramiento social. He aquí un primer aspecto teórico que vale considerar: las instituciones, su significado y características en la formación de la subjetividad que está enmarcada en un proyecto social histórico; tiene que ver con los modos en que el sujeto hace la experiencia de sí mismo, en términos foucaultianos.

La palabra institución incluye las normas, los valores, el lenguaje, las herramientas, procedimientos y métodos de hacer frente a las cosas y de hacer cosas (Castoriadis, 1993), que se manifiestan en una urdimbre de significaciones que permiten la creación del mundo que la sociedad construye. Anthony Giddens (1994) en Consecuencias de la modernidad señala que las instituciones modernas se diferencian de las anteriores por su dinamismo y el impacto que tienen en la vida institucional. Las relaciones sociales que se instauran en las instituciones de la modernidad reclaman la confianza como mediación esencial. La esfera en la cual se objetivan las instituciones corresponde a la vida cotidiana, la cual se halla en el centro de la historia, por consiguiente, los cambios que en ella se van presentando, influyen en la construcción de la cotidianidad. En ella se conjugan elementos propios y externos a cada persona y allí se construye la subjetividad y la identidad social (Castro, 1999). Es fácil advertir en esta definición la vinculación de la categoría con un sistema abierto, por consiguiente atravesado por aspectos que provienen del contexto social. Ahora bien, la institución precisa contar con sus específicos ámbitos de acción. Ellas corresponden a las instituciones dominantes (Castro, 1999). Entre estas instituciones se incluyen: la familia, la educación, la religión, la sociedad civil (la política, medios de comunicación, organizaciones sociales). Casi todas estas instituciones son responsables de las informaciones que transmiten acerca de la sociedad y sus actores. En la investigación que venimos desarrollando, los jóvenes colocaron a la familia, la educación y los medios de comunicación, como las principales transmisoras de los hechos y situaciones ocurridos en Argentina en las últimas cuatro décadas. Por consiguiente, el modo en que establecen las representaciones sociales de los propios congéneres –al igual que de la política– se nutre de las informaciones que proveen aquellas instituciones dominantes.

En las expresiones siguientes es posible advertir aquella influencia:

Sobre temas políticos soy bastante ignorante (estudiante de Contador).

Ante tal respuesta es posible preguntarse: ¿por qué no se informó? ¿Hubo alguna influencia para que el tema político no figurase entre sus intereses?

Ha sido fundamental para los reclamos de educación (estudiante de Ingeniería Electromecánica).

Está claro que este joven se refiere al papel desempeñado por las juventudes, ahora bien, la duda es: ¿él mismo participó en los reclamos? Si no lo hizo, ¿qué influyó para tal comportamiento?

Si bien participan más hay manipulación y clientelismo que no permiten una expresión de verdadera ciudadanía (estudiante de Abogacía).

¿Cuál es el significado que le otorga al clientelismo como obstáculo para el logro de una verdadera ciudadanía?

En todas las respuestas anteriores se traduce la razón de las representaciones sociales que los jóvenes van a elaborar de la política, como ámbito de participación, ya sea expresando que desconocen aspectos de ella y por consiguiente también revelan desinterés; pero también percibiéndola por su responsabilidad en actitudes de clientelismo. La recurrencia en el habla del ciudadano común, pero también algunos periodistas, dirigentes políticos y hasta intelectuales, a la categoría “clientelismo” merece su atención. Javier Auyero (2003) afirma que “El clientelismo es entendido como una práctica política antidemocrática que, siendo uno de los pilares de la dominación oligárquica, refuerza y perpetúa el dominio de las elites políticas tradicionales” (p. 182). Sin embargo, el mismo investigador detalla que dicha relación clientelar, desde su perspectiva, deriva más de la imaginación y el sentido común que de la investigación social.

Con relación al tema en cuestión, en una investigación realizada en la provincia de San Luis (2012) donde se trabajó a partir de las “voces” de los propios actores receptores de planes sociales, como así también con relación a ciertas políticas culturales provinciales, advertimos que a diferencia de lo que el sentido común señalaría como intercambio de favores entre políticos y ciudadanos, estos –en un porcentaje muy elevado– interpretaban que ser beneficiarios de los planes sociales les había permitido no solo mejorar su nivel de vida, sino también su autopercepción al sentir que podían realizar tareas que les otorgaban dignidad. Por otro lado, como una de las políticas culturales –implementadas en la provincia en esa época– se hallaba íntimamente vinculada con el espectáculo, nos permitió plantear como hipótesis que este actuaba como práctica de dominación por parte del líder político, pero sin recurrir a la denominación de clientelismo. Por consiguiente esa acción permitía controlar emocionalmente al ciudadano –ya sea a través de un plan social o del espectáculo– y de tal modo logra mayor adhesión en los actores prolongándose en el tiempo la efectividad de la dominación. De allí a proponer como una categoría la identidad soporte. Con este nombre se hace referencia a la identidad que se construye con elementos externos a la persona estableciendo hacia ellos una dependencia emocional. Estos elementos son propuestos por grupos o personas que ejercen liderazgos sociales o políticos quienes, a través de recursos discursivos, van construyendo identidades que son incorporadas en personas o grupos en situación de vulnerabilidad o serias dificultades socioeconómicas, culturales y/o emocionales que los llevan a sentirse integrados a la sociedad solo a través de la identidad que les provee los elementos, símbolos y situaciones que les aporta el líder (Castro, 2012).

En aquel contexto se forman las representaciones sociales que “constituyen sistemas cognitivos en los que es posible reconocer la presencia de estereotipos, opiniones, creencias, valores y normas que suelen tener una orientación actitudinal positiva o negativa” (Araya Umaña, 2002: 11). Pero también la representación social que elaboran acerca de la política afecta la que corresponde a las juventudes.

Ha tomado mayor participación y se ha involucrado más en la política, pero también ha habido adoctrinamiento de ideas (estudiante de Abogacía).

 

Los jóvenes han tenido el papel de la vagancia, militan en partidos políticos con el fin de robar (estudiante de Ingeniería Electromecánica).

 

Han tomado mucha participación en el gobierno, sin embargo se puede ver como estas agrupaciones influyen de manera negativa en los jóvenes pues siguen apoyando a sus partidarios por más que se ha descubierto graves actos de corrupción (estudiante de Abogacía).

 

En las últimas décadas han mostrado mayor desinterés por la política (estudiante de Abogacía).

Entonces, como los actores políticos son percibidos con el atributo de corrupción ello implica que muestren una visión negativa sobre los jóvenes que militan en alguna agrupación. De manera similar puede advertirse que entienden la política como ámbito en el cual se “adoctrina” a los jóvenes. Ambas percepciones tienen rasgos negativos que se reflejan entre las juventudes que se involucran en la política. Vale tener en cuenta el papel de los medios de comunicación en la distribución de noticias que vinculan a ciertos políticos con actos de corrupción sin que tengan una decisión judicial en algunos casos, mientras en otros, cuando los propios implicados demuestran la falsedad de las acusaciones ellas nunca vuelven a ocupar las tapas de los diarios o la centralidad televisiva que le dedicaron a describir la supuesta corrupción.

Mientras aquellos estudiantes que manifiestan actitudes favorables hacia la participación en la política y actividades sociales permiten inferir que su representación social de la vida política es favorable, tal vez por experiencias propias o familiares.

Ha tenido gran participación en las últimas décadas… quieren impulsar cambios a nivel político y social (estudiante de Contador).

 

Ha comenzado a importarle más la situación del país, integrándose y luchando por sus derechos (estudiante de Administración).

 

Ha sido importante ya que participan de intereses culturales y políticos para que las nuevas generaciones se inserten en la sociedad con más facilidad (estudiante de Trabajo Social).

Por otro lado, algunas respuestas permitieron mostrar otras aristas en la representación social que los estudiantes tienen de sus propios congéneres que devienen muy interesantes para el análisis pues incorporan otros ámbitos de la vida cotidiana, por ejemplo, las que se relacionan con la educación, la cultura y los comportamientos sociales en general.

La juventud en los últimos años se ha perdido debido a varios factores; las niñas quieren ser señoras y los niños usan aros (estudiante de Ingeniería Electrónica).

 

Poca participación (estudiante de Contador).

 

Muy desinformados, poca lectura, poco interés (estudiante de Administración).

 

No han tenido un papel muy significativo como en los 70 (estudiante de Trabajo Social).

 

Ha expresado y participado en las decisiones; muchas reformas y proyectos han sido impulsados por ellos (estudiante de Abogacía).

Aquellas respuestas nos llevan a recurrir al apoyo teórico de Schütz cuando afirmaba lo siguiente: “Mi vivencia de ti, así como el ambiente que te adscribo, llevan la marca de mi propio Aquí y Ahora subjetivo y no la marca del tuyo” (Schütz, 1993: 134).

De modo tal que algunas expresiones que adquieren rasgos de estereotipos son el resultado de creencias y opiniones en las cuales, como señalan los psicólogos, en cuanto a las primeras se pueden confundir con la realidad y pierden el carácter de ideas, mientras en las segundas prima el conocimiento que se tenga del objeto o hecho en cuestión y en este sentido se ponen en juegos las diversas fuentes donde se adquirió esa información que puede basarse en datos científicos o banales. Por lo tanto, al interpretar las vivencias del Otro no se realiza desde las experiencias de este, sino de quien construye esa representación. Si retomamos una vez más a Schütz, el análisis permite comprender que:

Aunque tuviera un conocimiento ideal de todos tus contextos de significado en un momento dado, y fuera por lo tanto capaz de ordenar todo el repositorio de tu experiencia, no podría sin embargo determinar si tus contextos particulares de significado, en los cuales yo ordené tus vivencias, son los mismos que tú estabas utilizando. (Schütz, 1993: 135)

Las instituciones en la construcción del conocimiento

Si intentamos organizar las piezas de este rompecabezas que nos ayuden a entender el modo en que los jóvenes perciben a sus congéneres, es preciso contar con aliados teóricos que vayan abriendo el camino de la comprensión científica. Así, creencias, estereotipos, imágenes míticas, actitudes, confluyen en las instituciones dominantes. Ellas son las que a través de los procesos de socialización transmiten valores, actitudes, modos de actuar que cada persona incorpora como propio y actúa en consecuencia (Castro, 1999). A partir de las respuestas de los estudiantes que respondieron a la encuesta originada en nuestra investigación, son tres las instituciones que prevalecen entre quienes les aportan informaciones sobre los hechos políticos y sociales: la familia, la educación y los medios de comunicación. Por lo tanto, la pregunta consecuente es: ¿qué tipo de información se transmite? Y este tema nos conduce a señalar que no hay ninguna información inocente, ni neutral, pues siempre hay un emisor que tiene sus marcos de referencia, sus historias, sus marcas sociales. En el mundo contemporáneo es evidente el protagonismo que tienen ya no solo los medios tradicionales de comunicación, sino la centralidad que muestran las redes sociales en la difusión de la información. En los primeros –y en particular en los medios hegemónicos– priman los intereses de los grupos económicos que los sostienen, mientras en los segundos la posibilidad de no aseverar las identidades puede conducir a la difusión de informaciones carentes de certeza al igual que amplios niveles de violencia. Desde ya que hay excepciones en ambos y también pueden aportar al conocimiento de la realidad social.

La otra institución que adquiere relevancia en la transmisión de información es la educativa, que se halla representada en las organizaciones educativas: escuelas y universidades. En ellas el proceso de construcción del conocimiento y su transmisión requiere mayor cuidado por ser el espacio cuyo bien central es precisamente el conocimiento. ¿Qué tipo de conocimiento se construye y se reproduce? De modo similar a los medios de comunicación, los actores educativos –docentes, investigadores, estudiantes– enmarcan su vida cotidiana en estrecho nexo con el contexto histórico, social y político, pero la gran diferencia es la responsabilidad que tienen tales organizaciones en formar profesionales que cuenten no solo con los conocimientos teóricos necesarios al desarrollo de su disciplina, sino también formar ciudadanos responsables con su tiempo, con los conocimientos apropiados para formar su sentido crítico y reflexivo y así superar ese riesgo que planteaba Lander (2000) de dormirse en el sonambulismo intelectual, que puede advertirse en las universidades.

En la investigación que venimos llevando a cabo en el marco del PICT, un porcentaje elevado de jóvenes expresó que se informaban acerca de hechos y situaciones ocurridas en el país y Latinoamérica a través de la educación. Con relación a esta institución se advierte de modo fácil las diferencias en las respuestas a partir de cuál es la carrera que se hallan cursando. En ellas se advierten imágenes idealizadas, prejuicios, estereotipos y en menor medida, conocimientos cercanos a la realidad política y social. Es evidente el modo en que tales imágenes son el resultado de las representaciones sociales, las cuales –como afirma Maricela Perera Pérez– se trata de formaciones subjetivas y en su constitución influyen elementos afectivos, cognitivos, simbólicos y valorativos. De lo expuesto se podría inferir que en el ámbito educativo se incorporan otros actores que –desde sus discursos– aportan las informaciones que posteriormente se sumarán para construir las representaciones sociales de los propios congéneres como así también de la sociedad en general. Acá podríamos regresar a aquellas preguntas que nos planteábamos algunos párrafos más arriba: ¿Qué tipo de conocimiento se construye y se reproduce? No resultan azarosas respuestas tales como “las niñas quieren ser señoras y los niños usan aros”; “ha habido adoctrinamiento de ideas”; “siguen apoyando a sus partidarios por más que se ha descubierto graves actos de corrupción”; “militan en partidos políticos con el fin de robar”; “hay manipulación y clientelismo que no permiten una expresión de verdadera ciudadanía”. Todas las expresiones anteriores tienen un elemento en común: son atravesadas por creencias pero ninguna podría centrarse en un conocimiento lógico apoyado en bases verificadas. En todas ellas las informaciones –sin dudas– devienen de alguna institución dominante que en el caso de la familia o los medios de comunicación no tienen la obligación de basarse en datos demostrables y comprobados, pero el conocimiento que se construye en ámbitos educativos debe tener esa premisa para ser considerado con rigurosidad científica. En la investigación que venimos desarrollando, se advierte que aquellos que cursan la licenciatura en Trabajo Social expresan mayor cercanía con temas políticos y sociales de modo favorable, mientras que aquellos que lo hacen en las carreras de Ingeniería, Abogacía y Contador se advierte una fuerte presencia de prejuicios y actitudes negativas acerca de la política y sus actores.

Si la intersubjetividad precisa la presencia del otro para su construcción, allí la confianza es un elemento esencial para establecer la certidumbre interpersonal. Tras ella surge el paso inmediato para el involucramiento social, pues es en esos espacios que los sujetos pueden construir sus subjetividades. La participación ciudadana no concluye en la emisión del voto cada vez que los tiempos institucionales lo reclaman. Rosana Reguillo (2003) propone la categoría de ciudadanía social que implica otorgar derechos sociales a todos los miembros del Estado nacional. Sin embargo junto al acceso a derechos se requiere el involucramiento ciudadano en espacios de la vida pública para lo cual la motivación que aporta el conocimiento es de suma importancia. Pero ¿qué sucede si desde sus organizaciones la educación está atravesada por prejuicios, en particular, hacia la práctica política que debería constituir el medio apropiado para buscar y proponer alternativas que tiendan a la construcción de una sociedad con menores índices de desigualdad social y dignidad ciudadana? Acá regresamos a los contenidos de los conocimientos que se reproducen en las universidades y la consecuente atención en pensar qué perfiles de estudiantes se busca: ¿que tengan solo excelencia en su formación disciplinar específica? ¿O también procurar constituir ciudadanos con educación cultural amplia y actitudes de solidaridad y sentido crítico?

Con respecto a la formación de los ingenieros, Alberto Rodríguez García (2017), decano de la Escuela de Ingeniería de la Universidad Eafit, en Bogotá (Colombia) expresaba que

… deben formar en competencias ciudadanas, para lograr personas sensibles y autónomas, que participen activa y armónicamente tanto en la producción como en el goce y el disfrute de lo cultural, estético, ambiental, social. Capaces de apreciar y valorar diversas formas de expresión humana y reconocer los contextos de donde provienen.

Si la educación junto a la familia y los medios de comunicación son las instituciones dominantes que aportan mayor cantidad de información acerca de los hechos que ocurren en la sociedad, ello conduce a detenerse en el papel que ellas están desarrollando. Un primer aspecto en el cual coinciden es en su cuota de poder para aportar a la construcción de la subjetividad. Cuando nos referimos al poder no solo pensamos en el político, sino también en aquellas otras instituciones a las que hemos denominado dominantes por la incidencia que ellas ejercen en aquella construcción de los sujetos. Recurriendo al valioso aporte de Foucault, él asevera que el poder se constituye en redes y se trata de relaciones asimétricas. Si bien en la teoría política se hace referencia al poder del Estado, desde la perspectiva foucaultiana se plantea que existe una multiplicidad de poderes que se ejercen en la esfera social y allí las instituciones dominantes tienen su espacio para el ejercicio del poder social. En épocas de neoliberalismo el poder adquiere matices particulares. Al respecto Byun- Chul Han (2014) en su texto Psicopolítica expresa

La técnica de poder propia del neoliberalismo adquiere una forma sutil, flexible, inteligente, escapa a toda visibilidad. El sujeto sometido no es siquiera consciente de su sometimiento. El entramado de dominación le queda totalmente oculto. De ahí que se presuma libre (p. 28).

Cuántos de nosotros, simples ciudadanos de a pie, nos cruzamos a diario con personas que con asertividad reproducen informaciones que han escuchado en algunos medios de comunicación relativas a situaciones o personas relacionadas con partidos políticos y sociales sin interesarles si tales noticias se basan en datos ciertos o meras especulaciones. Ninguno de ellos, por un momento, llega a plantearse dudas frente a dichas informaciones, solo reproducen lo que han escuchado o leído en medios hegemónicos. La pretensión de un debate queda obturada porque la supuesta certeza está en las noticias que ellos reproducen sin buscar análisis de los hechos por otros caminos que no sean los que transmiten los medios o redes sociales. Así, la noticia queda instalada y ellos se autoperciben como sujetos libres e informados. Vana ilusión de libertad que encubre no ya sumisión, sino dependientes del control que ejercen los artefactos del poder.

A modo de conclusión

En esta etapa de la investigación nos propusimos acercarnos al modo en que los jóvenes perciben a sus congéneres y también la incidencia de las instituciones dominantes tanto en aquellas representaciones sociales como en las actitudes hacia la política y sus actores. Un elemento común a las juventudes y las instituciones es el contexto social y político. Este último va tiñendo aquellas categorías y en función del modo en que se despliega, las primeras van adquiriendo matices especiales. Es indudable que el tiempo histórico vivido en las últimas décadas en Argentina dejó su impronta en la representación de las juventudes como así también afectó el funcionamiento de las instituciones dominantes. Los conocimientos, creencias y valores que ellas transmiten aportan informaciones a partir de las cuales se elaboran las representaciones sociales.

Un primer elemento que llamó la atención en las respuestas de los estudiantes fue la inmediata vinculación entre la política y las juventudes al momento de describir el modo en que percibían a sus congéneres, sin que en la encuesta se haya sugerido esa posibilidad. De allí es posible comprender que las percepciones se ubicaron en dos extremos pero vinculados con la situación política en el país. De tal modo un porcentaje expresó que las juventudes actuales no igualan en la ejemplaridad que tenían las de la década del 70. En el otro extremo se ubicaron aquellos que al interpretar la práctica política con la corrupción, el clientelismo y el adoctrinamiento los lleva a percibir a sus congéneres con adjetivos tales como “vagos y corruptos”.

Si, como señalamos en párrafos anteriores, las representaciones sociales se forman a partir de las informaciones que transmiten las instituciones dominantes, y de ellas los estudiantes identificaron a la familia, la educación y a los medios de comunicación como aquellas que les aportan tales informaciones, la consecuencia para comprender la manera como perciben a sus congéneres y elementos que circundan a tal percepción es formada a partir de los conocimientos que aportan aquellas instituciones. Si bien en la familia como en muchos medios de comunicación y redes sociales es posible que se transmitan datos que carecen de un fundamento científico, no debería suceder lo mismo en la transmisión del conocimiento en ámbitos educativos. Sin embargo, en las respuestas de los estudiantes es posible advertir prejuicios, estereotipos y desinformación. Así mismo son notorias las diferentes actitudes que muestran los estudiantes de acuerdo a la carrera que se hallan cursando.

Con relación a la familia, es esperable que predominen los sentimientos y emociones en las relaciones. En cuanto a los medios de comunicación y redes sociales, es preciso que tomemos en consideración –tal como asevera Byun-Chul Han (2014)– la diferencia entre ambos conceptos: las emociones tienen su raíz en aspectos afectivos que “representan algo meramente subjetivo; mientras que el sentimiento indica algo objetivo” […] “el sentimiento tiene una longitud y anchura narrativa. Ni el afecto ni la emoción son narrables” (p. 66). Por consiguiente y, teniendo presente aquellos modos de entender ambos conceptos, no resultaría extraño que ambos tengan en la familia su espacio. Por otro lado, si los medios de comunicación y no ya las redes sociales en su totalidad, procuran difundir informaciones sería deseable que también concedan lugares para transmitir informaciones certeras. Ahora bien, el conocimiento precisa contar con las bases sólidas de la rigurosidad científica, aunque sus actores sociales tengan para su vida personal sus emociones. Si en las respuestas de los estudiantes se advierte una fuerte presencia de prejuicios y desconocimiento acerca de situaciones de la vida política y si ellos mismos detallan que tanto a través de la familia, como la educación y los medios de comunicación, son las instituciones por las cuales reciben las informaciones, quizá sería posible preguntarse ¿qué sucede con los actores de aquellas instituciones los que podría inferirse que transmiten informaciones sobre situaciones y prácticas políticas sobrecargadas de prejuicios y estereotipos?

Frente a las narraciones de los jóvenes podríamos aseverar lo que González Casanova (2006) afirmó que “el colonialismo interno se da en el terreno económico, político, social y cultural” (p. 409). El mismo investigador en otro de sus textos requería a los universitarios: “En las propias organizaciones de profesores, de estudiantes y de trabajadores tenemos que recordarnos día a día, y en los momentos más críticos, que solo construyendo las fuerzas alternativas desde la base y con el respeto que nos debemos como universitarios habrá nueva Universidad” (2000).

En síntesis, las representaciones sociales son aprendidas a través de toda la vida de los sujetos y de allí el cuidado en la información y los conocimientos que transmiten las instituciones dominantes y sus actores. Al final, como afirmaba Jean Paul Sartre: “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Bibliografía consultada

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  1. Una versión de este avance de investigación fue comentada en el panel “Las Juventudes en los escenarios sociopolíticos”, que integró el Encuentro Políticas Neoliberales en Argentina Hoy: Crisis y Desafíos, organizado por CLACSO, Maestría Sociedad e Instituciones y Foro Universitario Federal. (FCEJS/UNSL), mayo 2017.


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