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7 Transformaciones contemporáneas en las condiciones de reproducción social de los agricultores familiares en el agro misionero

Delia Ramírez y Carolina Diez

En memoria del maestro eterno, Leopoldo Bartolomé.

Introducción

El modelo de desarrollo que garantizó el ascenso social y económico de los productores rurales de Misiones por casi un siglo se perfiló alrededor de un actor social central, el “colono”. Esta categoría, desde los estudios sociales agrarios (Archetti & Stølen, 1975; Bartolomé 1975, 2000; Schiavoni, 1998; Stølen, 2004), refiere a un tipo social con características específicas: ni farmer, ni campesino. El mismo se ha forjado en relación estrecha con los cultivos denominados “tradicionales” –yerba mate y tabaco– y, por lo tanto, con las distintas formas de articulación con el mercado, aun cuando no siempre la orientación de la explotación familiar se vinculaba a la maximización de la renta o la reinversión más allá de lo estrictamente productivo.

La agricultura colona se desarrolló entre fines del siglo xix y finales de la década de 1980 e implicó un mejoramiento en la calidad de vida de los colonos. A este proceso llamamos condiciones de bienestar social: acceso a la vivienda (en algunos casos se ha dado la separación de la vivienda del espacio productivo denominado “chacra”), a la educación formal para los/as hijos/as, acceso a servicios de salud (primer nivel de atención) y a los servicios básicos (agua y energía).

Los mencionados procesos que tuvieron lugar a lo largo del siglo xx influyeron en la forma que asume la estructura agraria contemporánea en el Nordeste Argentino (NEA) y en la provincia de Misiones en particular: los agricultores familiares representan más del 61% del total de productores del NEA, siendo más del 79% en algunos departamentos (por ejemplo, de Misiones) (Ramilo, 2011).

En términos de ascenso económico muchos colonos yerbateros (Ramírez, 2014) lograron no solamente la ampliación del espacio productivo con la adquisición de nuevas parcelas, sino también el incremento de los medios de producción (desarrollo tecnológico y compra de nuevos transportes). Así prescindieron de la mano de obra familiar, apoyándose más en la contratación de obreros rurales denominados tareferos para la cosecha (Ramírez, 2015).

En la década de 1990 observamos la configuración de dos procesos asociados: a) la preeminencia de la actividad forestal como “estratégica” en los discursos y agendas del estado; b) la reorganización de la actividad en los términos de la agricultura globalizada, dando centralidad a los actores empresariales y asumiendo lógicas vinculadas al capital financiero y a la modernización tecnológica (Ramírez, 2017a; 2017b). Estos procesos de modernización, con precedentes en la década de 1970, impactaron de distintas maneras sobre las colonias rurales y particularmente sobre la agricultura familiar.

Desde una perspectiva histórica y relacional, nos preguntamos por las características de las transformaciones del agro misionero a partir de describir la retracción de los “cultivos tradicionales” –destacando su lugar social en la consolidación de la agricultura familiar– y el avance del modelo del agronegocio forestal. En tanto hipótesis, consideramos que los colonos son actores que quedan fuera del actual modelo de agricultura empresarial y nos proponemos problematizar las diversas formas de reproducción social que asumen los agricultores familiares frente a un modelo empresarial que no los incorpora.

Este capítulo aborda las problemáticas que se expresan en una nueva configuración de la agricultura familiar en Misiones, en un recorte temporal histórico que va desde mediados de siglo xx hasta la segunda década del siglo xxi. Se privilegia las experiencias (sentidos y posiciones sociales) desde la vida cotidiana. El “punto de vista del actor” (Menéndez, 1994) permite construir un análisis de los procesos (sociales, económicos, políticos, etc.) desde la perspectiva de todos los actores significativos que intervienen. Para lograr una articulación de los distintos niveles de análisis se recurre a diversas fuentes de información secundaria (en la caracterización de los contextos) y trabajo de campo en las zonas de estudio mediante técnicas cualitativas de recolección de datos.

Escribimos este capítulo a partir de poner en relación cuatro investigaciones en perspectiva etnográfica que se realizaron en diversas regiones de la provincia de Misiones entre 2008 y 2017 y se inscriben en un abordaje teórico-metodológico que asume las relaciones y procesos microsociales en articulación con procesos macrosociales (Menéndez, 2002 y Wolf, 1987). Las investigaciones sobre el complejo tabacalero (Diez, 2013a, 2017) fueron realizadas en la región del Alto Uruguay, ubicada al noreste de Misiones sobre el río Uruguay, frontera con Brasil, que comprende los departamentos de Gral. Belgrano, San Pedro, 25 de Mayo y parte de Guaraní. La investigación sobre el complejo yerbatero (Ramírez, 2011) se realizó en la zona centro de la provincia, la cual abarca los departamentos de Guaraní, Oberá y Caingüás. Finalmente, la investigación sobre agronegocio forestal (Ramírez, 2017) abordó la región del Alto Paraná, que incluye los departamentos de Iguazú, El dorado y Montecarlo.

Mapa político, división por departamentos

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Fuente: elaboración de Mónica Mellid (2019) para este capítulo.

En la región del Alto Uruguay la labor de campo (Diez, 2013a; 2017) se ha concentrado en el departamento de 25 de Mayo y más precisamente en Colonia Aurora donde se registran tabacaleros precarios y altamente especializados (Domínguez; 1995). Para la investigación sobre colonos yerbateros, nos hemos enfocado en Oberá, principal departamento de la región productora.

En tanto, la región del Alto Paraná es la forestal por excelencia. Se caracteriza por la intensidad de las plantaciones forestales que impacta en el paisaje y por la relevancia de los actores empresarios que concentran tierra y capital. Eldorado e Iguazú son los departamentos del Alto Paraná con mayor superficie forestal. Allí se observan procesos de concentración de la tierra con avances del monocultivo forestal (pino) y la desaparición o el desplazamiento de explotaciones agrícolas de menor tamaño. Si se toman los datos del Censo Nacional Agropecuario (CNA) de 1988 y 2002 de Iguazú y El dorado se observa una disminución aproximada del 30% de las explotaciones. Se estima que esta disminución se explica tanto por las sucesivas crisis de los cultivos agroindustriales, principalmente la yerba mate y el tung que afectaron a los colonos tradicionales de la zona como por la concentración de la tierra que se disparó con el desarrollo de la forestación a gran escala en el Alto Paraná[1] (Chifarelli, 2010: 80).

Este capítulo se organiza en dos grandes apartados temáticos: en el primero se aborda –en términos analíticos y contextuales– las implicancias del “modelo colono” o modelo clásico de reproducción social en el agro misionero, en estrecha relación con los cultivos tradicionales (yerba mate y tabaco) y, luego, se plantea el impacto del agronegocio forestal. En el segundo apartado nos concentramos en el análisis de las transformaciones en la reproducción social de la agricultura familiar desde la hegemonía del agronegocio forestal. Finalmente presentamos nuestras reflexiones sobre la transformación de las lógicas de reproducción social de la agricultura familiar en Misiones.

Del modelo colono al agronegocio forestal

Emergencia del modelo colono: restitución histórica y conceptual

La política de colonización comenzó a principios del siglo xx y propició un proceso, oficial primero y después privado, considerado tardío con relación al resto del país (1897 a 1930 aproximadamente). En este contexto, arribaron a Misiones grupos de inmigrantes, sobre todo brasileños y paraguayos, y también alemanes, suizos, rusos, suecos, polacos, ucranianos, entre otros contingentes europeos. Los flujos migratorios continuaron en las décadas posteriores (especialmente de los estados del sur de Brasil), a raíz de la expansión agropecuaria (Schiavoni, 1998; CFI, 1975). Estos inmigrantes, convertidos en agricultores, remiten al origen del actor colono. Por lo tanto, el concepto es histórico, político y también es una categoría nativa: los productores familiares de Misiones se reconocen en tanto colonos.

Para entender la configuración actual en clave histórica se debe recordar que cuando la administración de Corrientes supo de la inminente federalización de Misiones se apresuró a vender todo el territorio. Corrientes vendió 44.900 hectáreas correspondientes a Misiones a 38 individuos, lo cual significó la creación de grandes latifundios. El traspaso de tierras a manos privadas se realizó con errores de medición, quedando tierras vacantes que luego tornaron posible una futura colonización (Bartolomé; 2000).

Una de las cuestiones prioritarias de estudios sociales agrarios ha sido identificar a los actores sociales más significativos de la estructura social. En la clasificación de Tipos Sociales Agrarios se combinan las vinculaciones que establecen los actores sociales con los factores productivos, de estos resulta la caracterización de un actor relevante para analizar el desarrollo rural de nuestro país, especialmente del NEA: el agricultor familiar.[2]

Los trabajos de Bartolomé (2000), centrándose específicamente en el caso misionero, plantean la existencia de un tipo social rural generalizado, “colono”, en una zona intermedia entre un campesino (modo de reproducción simple) y un pequeño empresario o granjero racional (modo de reproducción ampliada). Bartolomé se inscribe en la perspectiva de Archetti & Stølen (1975), quienes sitúan a los colonos en un marco de movilidad social; su trabajo inaugura una tradición teórica específica que tiene continuidad hasta las investigaciones contemporáneas (Bartolomé, 1975; Schiavoni, 1998; Diez, 2013a; Ramírez, 2014).

Desde la perspectiva de la formación social de la agricultura para el NEA, la bibliografía describe una estrecha vinculación con procesos de colonización dirigida por el Estado y la formación de la agricultura familiar[3], también bajo una activa tutela estatal. La configuración agraria de Misiones tiene un claro predominio de las explotaciones pequeñas y medianas como resultado de esas políticas públicas de colonización: a los primeros colonos se les otorgaban parcelas en lotes de 100 hectáreas, mientras a los siguientes se les daban extensiones de 25 hectáreas (Bartolomé, 2000). Asimismo, la conformación de mercados relacionados a producciones específicas (yerba mate, té, tung, tabaco, algodón, entre las principales) se perfilaron como motores del desarrollo del sector (Slutzky, 2014).

Por el papel que cumplieron en el proceso colonizador, la yerba como “cultivo poblador” (Bartolomé, 2000; Schiavoni, 1998; Rau, 2012) y el tabaco como “cultivo de espera” (Schiavoni, 1998; Bartolomé, 2000; Diez, 2009), son considerados “cultivos fundacionales” (Diez, 2009, 2013a) para Misiones, ya que acompañaron los inicios de los diferentes asentamientos en el proceso de ocupación del territorio. Mientras la yerba mate se presentaba desde la propaganda oficial como el “oro verde”, que iría a garantizar el “progreso” a los inmigrantes europeos, el tabaco criollo debido a sus características (anual, utilización de pocas extensiones de tierra, baja inversión de capital y limitados instrumentos de trabajo) permitía un ingreso monetario rápido, en tanto se implantaban especies perennes como la yerba mate.

El cultivo de tabaco criollo, con predominio en la provincia por sobre otras variedades (Virginia, Kentucky), constituyó el primer eslabón con el mercado (Abinzano, 1985; Schiavoni, 1998). Esta tendencia persistió hasta la década de 1980. Un dato a destacar es que el periodo expansivo para la producción de tabaco (1955-1973) en Misiones ha coincidido con los tiempos de crisis de la yerba mate y del té (CFI, 1975; Sonsogni, 1983).

En la región del Alto Uruguay, principalmente, la reconversión de la actividad tabacalera basada en el modelo criollo comenzó a implementarse a finales de la década de 1970. La consolidación de la agroindustria, con impulso de los capitales transnacionales, propició una especialización productiva: generó el boom del tabaco Burley. Esto implicó cambios en las modalidades productivas con la adopción de paquetes tecnológicos, financiados por las empresas tabacaleras que fijaron requerimientos de calidad y productividad (Diez, 2009; 2013a). Además, resultó un fenómeno económico y social cuya expansión cambió las formas de reproducción social de gran parte del campesinado e incluso se incorporó a trabajadores rurales sin tradición en el cultivo del tabaco.

En suma, la agricultura “bajo contrato” implicó –para los agricultores familiares– la recepción de un “adelantos de crédito”: los colonos contraían una “deuda” que supuestamente sería saldada con la cosecha. Esta forma de relación subordinada se ha dado a conocer como articulación vertical de la producción donde los pequeños productores se integran en la formación de los complejos agroindustriales (Gras, 1997; Giarracca, Aparicio, Gras, Bertoni, 1995).

Desde 1980 en adelante, el Estado ha operado como un verdadero auxiliar en la política expansiva del tabaco Burley en Misiones, concretamente, en la acción de financiación de parte de la producción con aquello que se conoce como el “retorno” (Diez, 2011a). En este sentido se registraron una serie de políticas públicas destinadas a regular el sector tabacalero a nivel nacional, a través del denominado Fondo Especial del Tabaco (FET).

En tanto, Oberá, epicentro de la zona centro, ha mantenido su configuración productiva alrededor del cultivo de la yerba mate a pesar de los vaivenes estipulados por las crisis económicas, que se relacionan también con los marcos institucionales que dieron emergencia a la Comisión Reguladora de la Yerba Mate (CRYM) en 1937 y el Mercado Consignatario Nacional de Yerba mate Canchada. Estas instituciones promovidas por el Estado fueron las principales interlocutoras de los productores, ya que además de fijar períodos de cosecha y cupos de entrega, establecieron los cánones técnicos de elaboración (Magán, 2008; Rodríguez, 2019).

Más allá de las recurrentes crisis económicas de carácter cíclico (Rodríguez, 2019), por décadas la yerba mate mantuvo un lugar de privilegio en las agendas estatales, como la actividad sobre la cual se constituían las políticas económicas de la provincia. Pero esto cambió radicalmente con la disolución del CRYM (1991), episodio que marcó el inicio de los nuevos tiempos en el escenario productivo de Misiones (Ramírez, 2011). Desarrollaremos esta cuestión más adelante.

Giro al modelo del agronegocio forestal

A mediados del siglo xx, la región del Alto Paraná misionero se configuró como un polo forestal a través de una intensa promoción por parte del Estado. Este modelo de la foresto-industria se ha extendido hasta finales de la década de 1980, inscribiéndose en la perspectiva desarrollista del Estado, que consideraba primordial una industrialización del sector agrario para el crecimiento de los territorios locales. El impulso a la instalación de las plantas industriales de celulosa se relaciona con las condiciones ecológicas de la región que propiciaban el rápido crecimiento de las especies implantadas, materia prima para las fábricas de celulosa. La actividad forestal se presentó como un modelo más industrial que agropecuario, ya que se consideraba que la industria generaba mayor valor agregado, por ende, mayor empleo (Ramírez, 2017b).

En consonancia con este proceso, hubo una serie de leyes, normativas e instituciones que fomentaron la silvicultura: la Dirección Forestal del Ministerio de Agricultura (1943); la Ley Nacional de Defensa de la Riqueza Forestal (1948), que promovía la creación Administración Nacional de Bosques (ANB); la ley de desgravación impositiva (1970); el Decreto 465/74 de fomento a la forestación (1972); la creación del Instituto Nacional Forestal (IFONA) (1973); la ley de desgravación fiscal para las tierras de baja productividad (1980), etc.

La fábrica Celulosa Argentina (1942) atrajo a la población migrante, fundamentalmente de Paraguay, que era empleada en las tareas de desmonte, forestación y en la fábrica, movilizando el mercado laboral del Alto Paraná misionero. A partir de la década de 1970 se agregaron otras dos fábricas, Alto Paraná y Papel Misionero. En pocos años se produjo un incremento de las plantaciones forestales a un ritmo vertiginoso: en el año 1992, la superficie cultivada con bosques implantados era de 7.347 hectáreas, mientras que en 1999 alcanzaba las 50.000 hectáreas, y para el año 2004 aumentó a 240.000 hectáreas (Ferrero, 2006). A partir de 2010, Misiones cuenta con más de 400.000 hectáreas de plantaciones forestales y se dice que el crecimiento de las especies forestales en esta provincia es casi el doble comparados con los países “de tradición forestal” (Censo Nacional de Aserraderos, 2018).

Pero no es solo la cantidad de plantaciones forestales el cambio productivo que caracteriza a la década de 1990, sino la introducción de nuevas formas de producción y comercialización en el agro argentino. El modelo de agronegocio (Gras y Hernández, 2009; 2013; 2016) transformó la estructura agraria, la matriz económica y la organización social del trabajo. Este se expresa en la intensificación de los niveles de capitalización y cambios tecnológicos, un incremento en las escalas económicas mínimas para permanecer en la producción, la expansión y consolidación de renovadas formas de organización laboral, cambios de mercado y una mayor articulación de la producción a cadenas globales desabastecimiento controladas por grandes corporaciones transnacionales.

En Misiones, la lógica del agronegocio ha adquirido expresión en la actividad forestal. La sostenida expansión del agronegocio forestal (Ramírez, 2017a) se expresó fundamentalmente en la reorientación del perfil productivo de la provincia, sin embargo, las otras actividades asociadas a los cultivos tradicionales siguieron existiendo. Si bien se produjeron algunos cambios en el uso del suelo, principalmente en la región del Alto Paraná misionero (Chifarelli, 2010), la transformación más importante radica en la reorientación del histórico modelo forestal, el cual pasó a perfilarse en función de las lógicas del mercado global, inserto en Cadenas Globales de Valor (CGV), orientado hacia el mercado internacional y consumidores globales. Estas dinámicas impactaron en las formas de explotación y gestión de los recursos, los patrones de inversión, las modalidades de innovación tecnológica y la organización de los procesos de producción y trabajo. La producción se basa principalmente en la gran escala tanto en términos de superficie como en el uso intensivo del capital. El Estado, por su parte, estableció regímenes de promociones e invirtió en infraestructura en beneficio de los proyectos forestales.

En contraste, en las economías yerbatera y tabacalera, si bien se han implementado procesos tecnológicos y concentraciones empresariales importantes, no hablamos de agronegocios porque en estas actividades se mantiene la estructura integrada perfilada por la agroindustria fundamentalmente en la subordinación vertical de productores, cuyas explotaciones productivas son de pequeña y mediana escala, y la contratación de mano de obra.

El empresario forestal “moderno” opera en base al conocimiento, introduciendo nuevas lógicas de gestión y comercialización en función de las relaciones de integración global del modelo productivo. En este contexto, los actores empresariales ponen en juego nuevos modos de relación con los actores locales (Estado, trabajadores, productores, población local, etc.), reconfigurando relaciones sociales, económicas y políticas de las colonias y localidades e impactando también sobre el modelo colono, lo cual desarrollaremos en el próximo apartado.

Impactos y transformaciones de la agricultura familiar

Como hemos mencionado anteriormente, en el Alto Paraná misionero las empresas del agronegocio forestal han aumentado su control mediante la concentración de los medios de producción y la tierra (Chifarelli, 2010; Ramírez 2013; 2014). En esa región, la empresa multinacional Arauco SA concentra la mayor cantidad de tierra y dispone además de un mega aserradero y una fábrica de tableros de mediana densidad en Puerto Piray (departamento de Montecarlo) y una fábrica de celulosa en Puerto Esperanza (departamento de Iguazú). En total, Arauco dispone en Misiones aproximadamente 230.000 hectáreas de tierra (Ramírez, 2017a, 2017b). En paralelo, en la región del Alto Uruguay y en la zona centro se observan otros procesos disímiles pero articulados.

El empobrecimiento de los colonos yerbateros es resultado de la desaparición de entidades reguladoras (1991). Con la disolución de la CRYM y el Mercado Consignatario creció el número de plantaciones al tiempo que la demanda se mantuvo estable y el precio de la materia prima comenzó una abrupta carrera descendente. Se produjo una concentración de las ganancias yerbateras en los sectores mecanizados, industriales y supermercadistas, como también una acelerada descapitalización de los productores pequeños y medianos, cooperativas, secaderos, el deterioro en las condiciones de trabajo de los obreros rurales, y la consolidación de sistemas de intermediación a través de contratistas (Gortari, 2007; Ronsenfeld & Martínez, 2007; Rau, 2004; Ramírez, 2013).

Para finales de la década de 1990 y en la primera década del siglo xxi la conflictividad social caracterizó al sector de la producción yerbatera. Tras imponentes protestas conocidas como tractorazos que se realizaron en la capital provincial, se creó el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) (2002). No obstante, más allá de un efectivo incremento en los valores de la materia prima, la concentración agroindustrial no se ha revertido con la creación y consolidación del Instituto Nacional de la Yerba mate (INYM), colocando nuevamente en tensión al sector colono (Ramírez, 2013).

En el marco del INYM, compuesto por referentes de determinadas organizaciones agrarias, los precios de la materia prima se definen en una puja de poder, por ello muchos colonos se han manifestado decepcionados. En ese escenario, los dirigentes de las organizaciones agrarias y de las cámaras empresariales de la yerba mate ajustaron sus prácticas y acciones. La adaptación a este nuevo contexto resulta de un descreimiento sobre la posibilidad que la yerba mate vuelva a valer lo que otrora permitió la capitalización de determinados sectores medios de la agricultura familiar.

Entonces si vos empezás a analizar todas estas variables decís que esto no tiene solución. Yo, como técnico, a ningún productor le recomiendo, porque no puedo ser tan hipócrita de decirle hacé una plantación nueva que vas a ganar plata, porque es mentira y el problema que tenemos, según los datos que tiene INYM, es que hay cerca de 200 mil hectáreas de yerba mate. Y hoy con 100 mil hectáreas vos podés abastecer el mercado, con una producción mediana, no pensando en una producción como potencialmente podría dar la yerba mate. (Gerente de producción de la Cooperativa Agrícola de Montecarlo, Montecarlo, 20 de enero de 2010).

Según los registros del INYM (2017), en Misiones existen 12.000 productores de yerba mate. Los colonos yerbateros, desplazados de su rol de actores económicos del desarrollo provincial, descreen de la posibilidad que la yerba mate vuelva a tener los precios alcanzados en sus mejores épocas. Aquellos de mayor edad, y quienes poseen pocas hectáreas de yerba, son los que tienen más dificultades para avizorar un nuevo horizonte de trabajo. La descapitalización del sector colono compromete su reproducción, tanto en un nivel biográfico como intergeneracional (Ramírez, 2011).

En el Alto Uruguay persiste la especialización tabacalera. Se reconocen familias de segunda y hasta tercera generación desde su ingreso al tabaco (a 2019 se registran 14.000 productores). Ello implica una “herencia en el oficio” y asumir al tabaco como principal –a veces único– producto de renta mediante la inserción subordinada al sistema agroindustrial. Las empresas de acopio de tabaco La Norte (Tabacos Norte) y La cooperativa (Cooperativa Tabacalera de Misiones) continúan siendo las acopiadoras locales de una trama trasnacional, pues el 98% del producto procesado y preprocesado tiene como destino la exportación.

Desde la década de 1980 en adelante, se incrementó de forma significativa la producción de tabaco en Misiones, período denominado boom del Burley (Baranger, et al., 2007). En la actualidad es la provincia de mayor producción de tabaco de esta variedad en la Argentina, tanto por los volúmenes producidos y exportados como por la cantidad de productores involucrados en la actividad (el promedio de productores registrados es de 15.000 entre el 2000 y 2010). La consolidación del modelo tabacalero mediante la profundización de la integración vertical de pequeños y medianos productores al Complejo Agroindustrial Tabacalero (CAIT) se relaciona con una fase de expansión capitalista en el agro de la provincia de Misiones iniciada en las últimas tres décadas que se caracterizó por la crisis agrícola (principalmente yerba mate).

El “enganche” al CAIT para el sector de “plantadores” que se reconocen como agricultores familiares (pequeños productores/colonos/campesinos) no solo radica en que es una actividad que “da dinero”, sino que implica “tener obra social”. Los descuentos para la obra social se realizan a través del instrumento del FET, los retornos (recomposición del precio mediante impuestos a los consumidores), y pese a la pérdida de rentabilidad del producto en las últimas décadas, tanto la obra social como los retornos son elementos de peso para la continuidad en una actividad que es sacrificada y poco compensatoria (Bartolomé en Diez, 2013a: 18).

Entre los impactos registrados por el enganche con la agroindustria tabacalera se destaca que el sector de agricultores familiares ha atravesado procesos de especialización descuidando cultivos para el consumo de la familia. También se observa una serie de consecuencias en el medio ambiente y en la salud de los productores y sus familias: intoxicaciones agudas así como efectos vinculados al oficio (dolores, malestares, endeudamiento y nervios), puesto que “lidiar con Burley” implica el uso de agrotóxicos, trabajo intensivo del grupo familiar (inserción temprana) y condiciones de subordinación en relación al proceso laboral y las normativas que se exigen para este tipo de producción (Diez, 2017).

Un fenómeno registrado desde 2006 en adelante refiere a los productores no anotados (Castiglioni, 2007) o echados (Diez, 2009) de las empresas. Esta tendencia de no inscripción de los plantadores ha sido manejada por las empresas pues ha acompañado un proceso de “selección silenciosa” de grandes productores, propiciando un esquema de intermediación. Esta situación que denominamos “la parte negada de la integración vertical” (Diez, 2017) genera mayor precarización de las condiciones de trabajo y el concomitante deterioro de las condiciones de vida para muchos tabacaleros y sus familias.

En un contexto productivo caracterizado por la expansión forestal empresarial, el desplazamiento del cultivo de la yerba mate en la agenda del Estado y la pérdida de la rentabilidad del producto tabacalero y yerbatero, en los últimos veinte años se consolidó una política pública fomentada desde el Estado nacional en base a una batería de programas sociales de desarrollo con la intención de asistir focalizadamente a los productores.

En esta dirección se implementó el Programa Social Agropecuario (PSA), el cual tomó como “beneficiario” a los sectores pobres del agro misionero, con el objetivo de creación de alternativas para la subsistencia y el autoabastecimiento. Esta política pública se destinó a la franja de productores de pequeña escala, bajo la denominación de “agricultores familiares” para hacer mención a los productores de pequeña escala que utilizan mano de obra familiar. De esta manera, el Estado estimuló el emprendimiento de nuevas alternativas productivas para estos actores que ya no son absorbidos por los cultivos agroindustriales tradicionales.

En consecuencia, se ha multiplicado la participación de los productores de menor escala en ferias francas y cuencas lecheras, en el caso de los colonos tabacaleros, y otras alternativas (algunas de producción agroecológica) que se presentan como estrategias de reconversión y diversificación productiva.

En el Alto Uruguay, muchos de los planes de reconversión se realizaron con financiamientos del FET y de políticas públicas a nivel provincial orientadas a la producción de alimentos. En este sentido, varios colonos optaron por “salir del tabaco”. Pero esta situación no es generalizable, sino que persiste una heterogeneidad con diferentes formas de vinculación al CAIT y muchos productores continúan su inserción agroindustrial.

En tanto, en el sector de los colonos yerbateros se ha visto una resistencia a tomar las alternativas ofrecidas por el Estado y a ser clasificados en tanto “pobres rurales”, pues ellos se consideran productores de alimentos que desean participar del modelo de desarrollo económico de la provincia. Por esta razón, los colonos yerbateros han priorizado las estrategias de acción colectiva y la disputa en torno al INYM, a las alternativas de reconversión productiva.

Consideraciones finales

Tal como hemos expuesto en este trabajo el modelo clásico de reproducción de la agricultura familiar en Misiones mantuvo estrecha relación con procesos de desarrollo tutelados por el Estado: la colonización y la creación de mercados y agroindustrias, en especial la yerba mate, acompañada por el tabaco como cultivo de espera. Durante gran parte del siglo xx el colono misionero como actor social se vio favorecido por políticas públicas y, en el caso yerbatero, por instituciones regulatorias, que favorecieron una mejora en sus condiciones de bienestar social.

Los colonos yerbateros y tabacaleros, pequeños y medianos productores, transitaron diferentes procesos de crisis. Hasta los 90 se constituyeron en relación con complejos agroindustriales que impusieron nuevas exigencias en la producción, distribución y consumo, reforzando las condiciones de subordinación a la agroindustria y, al mismo tiempo, comprometiendo sus posibilidades de reproducción social. Pero, en el nuevo contexto, el colono ya no es un actor privilegiado en las agendas de las políticas públicas estatales. El modelo forestal alrededor del cual actualmente se organiza el desarrollo económico de Misiones requiere de grandes extensiones de tierra (la gran escala) e incluso dispone de inversiones de capital de origen extranjero. Los empresarios forestales, hoy actores sociales hegemónicos, no son los mismos que los de clase media rural capitalizada del modelo colono, bien caracterizada por Bartolomé (1975).

En la zona centro persiste la agricultura yerbatera, aún con el deterioro de las condiciones materiales de los colonos. En Oberá y alrededores, productores capitalizados en la década de 1970 y 1980 a través del cultivo de la yerba mate no resultan beneficiarios directos de las actuales líneas de financiamiento de la agricultura, o bien, por diferentes motivos, se resisten a tomar las alternativas productivas brindadas por las políticas públicas.

Por su parte, en las zonas tabacaleras del Alto Uruguay misionero, se ha desarrollado un proceso de especialización tabacalera con impactos diferenciales en el conjunto de plantadores. Por un lado, una diferenciación vinculada a las formas de integración vertical que incluye intermediaciones y endeudamiento, así como efectos negativos en la salud y medioambiente.

Los casos de yerba mate y el tabaco nos invitan a repensar en la crisis del modelo que los sostenía y las dificultades para la reproducción de la pequeña agricultura en Misiones frente al agronegocio forestal que avanza a través de un fuerte proceso de legitimación estatal y empresaria. Bajo estas condiciones resulta poco posible la reproducción de la agricultura familiar, ya que los colonos no tienen las condiciones de capitalización exigidas por el mercado, ni tampoco posibilidades de acceso a créditos para realizar tal inversión.

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  1. “Lo más destacado en esta etapa es la concentración que se ha producido en la forestación en donde las explotaciones de más 2.500 ha controlan el 93,9% de la superficie forestada que a su vez corresponde, como hemos señalado, al 96% de la superficie total implantada en el departamento [Iguazú] y al 40,7% de la superficie total ocupada” (Chifarelli, 2010: 116).
  2. En la bibliografía –académica y de políticas públicas construidas hacia el sector– podemos rastrear otros términos de designación para este actor social agrario. Es recurrente encontrar la noción de “pequeño productor”, “pequeño propietario”, “minifundista” o “campesino”. Los primeros términos fueron utilizados para designar generalmente a los sectores sociales agrarios que mantenían una relación directa con algún tipo de industria. Sin embargo, la categoría de “pequeño” o “campesino” comenzaron a ser asociados con calificaciones negativas no solo con la baja o nula renta, sino vinculados a imaginarios sociales sobre su alteridad, tales como pobre, tradicional, o la misma calificación de pequeño, etc. (Neves, 1995, Diez, 2013b).
  3. Agricultor familiar es una categoría de construcción y generalización reciente. Remite a un fenómeno social diferente al “granjero” o family farmer por el empleo de mano de obra familiar, su gestión social y el tipo de orientación de la unidad. La categoría de agricultor familiar alude más a una construcción socio-profesional de una categoría utilizada tanto por los nuevos encuadres institucionales como por las organizaciones (Neves, 2007). Según el Foro de Organizaciones de la Agricultura Familiar (FONAF), “la agricultura familiar es un tipo de producción donde la unidad doméstica y la unidad productiva están físicamente integradas, la agricultura es la principal ocupación y fuente de ingreso del núcleo familiar, la familia aporta la fracción predominante de la fuerza de trabajo utilizada en la explotación, y la producción se dirige al autoconsumo y al mercado conjuntamente” (FONAF, 2007: 10).


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