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3 ¿Qué es un mecanismo?

La pregunta fundamental (para unificar criterios y así clarificar y unificar la propuesta) que ha de responder el neomecanicismo es: ¿qué es un mecanismo? Como se verá, incluso entre quienes abogan por la búsqueda de mecanismos no hay unanimidad al respecto[1]. Peor aun que la falta de unanimidad es el hecho de que parece haber contradicciones o, al menos, incompatibilidades en las distintas respuestas. Dos autores han tratado explícitamente el tema[2]: por una parte, James Mahoney; por otra, John Gerring. Sus trabajos son un buen punto de partida para mostrar las controversias que genera la pregunta que da título al capítulo. De todas maneras, debe tenerse presente que ellos consideran solamente caracterizaciones provenientes de las ciencias sociales. No hay una clasificación, como la que se propondrá en el §3, que clasifique las definiciones y caracterizaciones del concepto de mecanismo tratando de abarcar las propuestas de autores de diferentes disciplinas, tanto sociales como naturales.

Tras exponer los trabajos de Mahoney y Gerring (y mostrar que sus clasificaciones presentan algunos inconvenientes), se presenta en el § 3 una nueva clasificación de las caracterizaciones dadas del concepto de mecanismo que muestra que ciertas incompatibilidades señaladas por Mahoney y Gerring pueden ser salvadas. A su vez, es una clasificación general, que contempla tanto las definiciones provenientes de las ciencias sociales como las de las ciencias naturales. Una clasificación de tal alcance no se ha hecho hasta el momento y constituye un aporte original que, a la vez, permite una buena revisión de la literatura. En ella se muestra también que cada tipo de caracterización resultará inadecuada como núcleo de la propuesta neomecanicista.

En el §4 se propondrá una caracterización adecuada de mecanismo, se presentarán los distintos elementos y se establecerán las diferencias y relaciones entre mecanismo, explicación mecanicista y modelo mecanicista. Finalmente, en el §5 se reexaminarán los ejemplos comentados en el capítulo anterior para mostrar que la caracterización presentada los captura adecuadamente (es decir, permite calificarlos como mecanismos), por lo cual resulta apropiada para distintas disciplinas y puede servir como núcleo de la propuesta neomecanicista.

En este punto, antes de analizar las caracterizaciones y definiciones propuestas para mecanismo, es menester una aclaración. En sentido estricto, una definición y una caracterización son cosas distintas. Una correcta (o adecuada) definición debe contener solamente las características definitorias, es decir, debe explicitar todas –y solamente– las condiciones suficientes y necesarias para identificar lo definido. Esto es, una adecuada definición de mecanismo debe delimitar de manera precisa y clara el alcance del término, permitiendo decidir sin lugar a dudas si una cosa es o no un mecanismo. Una caracterización es, epistémicamente, más débil, ya que no menciona todas las propiedades necesarias ni todas las suficientes y puede contener, además, elementos meramente descriptivos (no definitorios). Es decir, una caracterización brinda una idea general, da ciertas cualidades que pueden o no ser peculiares. Una caracterización de mecanismo no permite, entonces, decidir para cada cosa si es o no un mecanismo, aunque brinda una buena idea de qué sea uno. Por supuesto, no resulta sencillo dar una definición, en sentido estricto, de mecanismo (ni de la mayoría de las cosas), y acaso sea imposible, pero sí pueden darse caracterizaciones. Algunos de los trabajos que se analizarán a continuación pretenden explícitamente brindar definiciones, cuando en realidad no son más que caracterizaciones. Por eso, resultará conveniente tomar en lo sucesivo definición (incluso cuando aparezca en una cita textual) en un sentido lato, como sinónimo de caracterización.

En la introducción se mencionó que algunos de los problemas que plantea el neomecanicismo son de índole sobre todo filosófica, mientras que otros suscitan mayor interés científico. La pregunta “¿qué es un mecanismo?”, se dijo, es más bien un problema filosófico. Esto es así porque para el científico lo importante es reconocer un mecanismo cuando lo tiene enfrente, dado que es su objeto de investigación; y la tarea de definir satisfactoriamente un concepto no tiene por qué resultarle una tarea esencial –siempre y cuando pueda, efectivamente, reconocer las entidades que se le presentan. Para la filosofía, en cambio, la búsqueda de caracterizaciones adecuadas de los conceptos es un objetivo central, y por ello debe aspirar a un uso adecuado de los términos. Dado que el neomecanicismo surge en primera instancia de la práctica científica, no debe sorprender que algunas preocupaciones propias de la filosofía estén ausentes, como el uso inadecuado (o, al menos, descuidado o no literal) de algunos términos. Por eso es común, por ejemplo, el uso de definición cuando se trata de una caracterización. El uso descuidado o erróneo de los términos es frecuentemente fuente de malentendidos. La tarea filosófica puede aportar claridad respecto de algunos términos o conceptos, y de su uso, lo cual redunda en la eliminación de malentendidos y confusiones.

1. Mahoney

Mahoney (2002, 2003) clasifica las caracterizaciones de mecanismo causal en cinco tipos. En primer lugar, las que toman los mecanismos causales como sinónimos de variables independientes[3] o factores causales que ayudan a explicar las variables dependientes o los resultados. Entre otras, ubica en esta categoría las caracterizaciones de Boudon (1998), Cowen (1998) y Elster (1989). Según estos autores, los mecanismos son, de hecho, causas y contribuyen a producir efectos. La crítica de Mahoney a este tipo de caracterizaciones es que el concepto de mecanismo no difiere de la noción de variable independiente, y por ello no quedaría claro el aporte del estudio de mecanismos a la investigación correlacional.

En un segundo grupo se encuentran las caracterizaciones de los mecanismos causales que los presentan como variables, eventos o procesos intervinientes[4] que explican cómo una variable influye en otra. Incluye, entre otras, las caracterizaciones de Hedström y Swedberg (1998b), Little (1991), Mahoney (2000) y Sørensen (1998). Según Mahoney, esta manera de concebir los mecanismos presenta dos ventajas. En primer lugar, muestra que los mecanismos mejoran la comprensión de los procesos, ya que al conocer las variables intervinientes se tiene un conocimiento de cómo la variable independiente ejerce un efecto causal sobre la variable dependiente. En segundo lugar, este tipo de caracterización muestra que la identificación de los mecanismos –es decir, de las variables intervinientes– aumenta la confianza en que la correlación estadística no es espuria. La crítica que hace a estas caracterizaciones de mecanismo es que no distinguen con la fuerza necesaria los mecanismos de las variables, y así los mecanismos corren el riesgo de ser identificados con, y analizados como, meras correlaciones. Para diferenciarlos, debería mostrarse cómo un mecanismo se relaciona, por un lado, con las variables independientes y, por otro lado, con las variables dependientes. Pero esta relación solo podría ser mostrada recurriendo a dos nuevos mecanismos: uno que relacione el primer mecanismo con las variables independientes, y otro que lo relacione con las variables dependientes. Esto llevaría, según Mahoney, a una regresión al infinito en la búsqueda de mecanismos más y más profundos.

En tercer lugar, se encuentran caracterizaciones de los mecanismos causales como proposiciones causales poco específicas que pueden ser aplicadas a un amplio rango de casos. Entre otras, ubica en esta categoría las caracterizaciones de Elster (1998), Gambetta (1998), Schelling (1998) y Stinchcombe (1998). Los mecanismos causales identifican relaciones de causa-efecto aplicables a múltiples casos. A diferencia del trabajo empírico sobre correlaciones, en estas caracterizaciones se hace referencia a constructos analíticos que no tienen contenido empírico y no son, de hecho, observables. A pesar de no tener contenido empírico, estos constructos pueden servir para derivar hipótesis que sí poseen contenido empírico. La crítica de Mahoney es que estas caracterizaciones hacen que los mecanismos fallen en explicar por qué la relación causa-efecto tiene lugar; en otras palabras, hacen de los mecanismos “cajas negras”, es decir, meras correlaciones estadísticas entre variables.

En el cuarto grupo ubica, entre otras, las caracterizaciones de George y Bennett (2004)[5], Goldthorpe (2000)[6] y Harré (1970). En estos trabajos los mecanismos causales son caracterizados o definidos como entidades, procesos o estructuras no observables que actúan como causa última en la producción de los resultados. Una causa es última cuando no requiere ella misma explicación. Ahora bien, si los mecanismos son tomados como fuerzas últimas, no pueden ser estudiados por medios empíricos directos. De todas maneras, quienes investigan pueden explicar resultados empíricos apelando a la existencia de mecanismos y ofrecer una explicación de por qué las correlaciones empíricas existen. Si bien no comenta ejemplos, Mahoney señala que este tipo de práctica es la dominante en ciencias naturales: se asume, por ejemplo, la existencia de “cuerdas”, “quarks”, “gravitones”, etc. y con estas entidades se explican los fenómenos. Estas entidades no son variables independientes que explican la variación de un resultado; por el contrario, son tomadas como mecanismos reales que constituyen o generan físicamente los fenómenos en el mundo real. Este modo de caracterizar los mecanismos, sostiene Mahoney, sintetiza las posturas anteriores evitando sus deficiencias. Los tres elementos clave en estas caracterizaciones son: a) entidad, proceso o estructura inobservable; b) causa última; c) generación o producción de resultados. La explicación utilizando mecanismos causales requiere que el analista postule alguna entidad, proceso o estructura que es tratada “como si” existiera, incluso si no hay, de momento, seguridad de que exista. Puesto que la entidad es hipotética, puede servir al menos temporariamente como causa última. Si fuese directamente observable, sostiene Mahoney, el mecanismo no sería la causa última y requeriría una explicación. Nótese que el requisito de causa última que Mahoney defiende resulta, evidentemente, demasiado fuerte. Concretamente, descarta toda posibilidad de hallar mecanismos observables auténticos o mecanismos auténticos que posean, a su vez, mecanismos internos: el mecanismo que gira las agujas del reloj de cuerda no sería un mecanismo causal auténtico, ya que puede ser observado y, además, explicado en términos de transmisión de energía, la ley de poleas y otras leyes. Más adecuada será una postura no tan restrictiva: hay mecanismos que son causalmente últimos, y mecanismos que tienen entre sus componentes otros mecanismos (de nivel inferior), y hay, sin duda, mecanismos observables.

Finalmente, Mahoney propone como última categoría “otras definiciones de mecanismo causal”. No desarrolla el tema, simplemente menciona que las caracterizaciones de Hernes (1998) y Stinchcombe (1991)[7] son “otras definiciones”. Según la primera, un mecanismo es un conjunto de partes que interactúan. Según la segunda, se trata de una pieza de razonamiento que cumple ciertos requisitos.

Esta clasificación propuesta por Mahoney tiene dos problemas. El primero, acaso menor, es el quinto ítem: “otras definiciones”. Resulta inadecuado proponer una categoría para “el resto de las definiciones”. Caracterizaciones como las de Bechtel y Abrahamsen (2005), Glennan (1996, 2002), Machamer, Darden y Craver (2000) y Torres (2009), todas diferentes entre sí, irían a esta última categoría, que es lo mismo que decir que quedan sin categorizar. El problema principal de esta clasificación (y lo que causa el problema anterior) es la falta de criterio clasificatorio. No hay un criterio que genere las categorías. Parecen haberse tomado, simplemente, términos comunes (variable independiente, variable interviniente, relación causal, no observable, etc.) para agrupar las caracterizaciones. De todas maneras, el artículo de Mahoney muestra claramente la diversidad de caracterizaciones propuestas. Aporta, además, la revisión de muchísima bibliografía: es la primera clasificación de material específico realmente abundante sobre el tema aunque, como se dijo, restringida a las ciencias sociales.

2. Gerring

Gerring (2008) sostiene que mecanismo tiene, al menos, nueve significados. No obstante, no hace en realidad una legítima clasificación, sino, más bien, señala las tensiones (o contradicciones) entre algunas características señaladas en esas caracterizaciones y definiciones. Lo correcto sería, en lugar de decir que se trata de nueve significados, decir que en las caracterizaciones de mecanismo pueden encontrarse nueve elementos o características distintas, presuntamente definitorias (nótese la relación entre los “significados” 2 y 3, o 4, 5, 6 y 7). Siguiendo a Gerring, estos son los nueve significados de mecanismo:

(1) El camino o proceso por el cual un efecto es producido. Es Gerring quien propone aquí esta caracterización[8] como la única consistente con todos los usos y prácticas de las ciencias sociales (al final de este parágrafo, tras exponer las demás definiciones, esta propuesta será analizada críticamente).

(2) Un factor causal no observable. Se ubicarían aquí, entre otras, las caracterizaciones de Bennett (2003), George y Bennett (2004)[9], Hedström y Swedberg (1998b) y Mahoney (2004). Si lo característico de los mecanismos es que no son observables, señala Gerring, entonces son claramente hipotéticos. Luego, siempre quedará, incluso cuando un mecanismo se torne o resulte observable, algún aspecto inobservable. Y si los mecanismos son inobservables, la investigación sobre mecanismos causales debe, necesariamente, ser una empresa deductiva.

(3) Un factor causal fácil de observar. Gerring cita aquí, entre otras, las caracterizaciones de Bennett (2003), Kittel (2006) y Stinchcombe (1991). La propuesta es que las relaciones en niveles micro (en donde actúan los mecanismos) son más fáciles de observar que las relaciones en los niveles macro. Entonces, se aboga por una fundamentación de la causalidad en el nivel micro: la identificación de las causas requiere el “descenso de nivel”, esto es, el análisis de los componentes. Evidentemente, esta definición es contradictoria con la anterior.

(4) Una explicación dependiente del contexto (context-dependent bounded explanation). Gerring incluye en este grupo las caracterizaciones de Boudon (1998) y George y Bennett (2004). En estos trabajos se señala que las explicaciones para una relación causal dada usualmente varían a través de los contextos, ya que el mismo efecto puede ser producido por diferentes mecanismos. De ahí que las explicaciones que recurren a mecanismos sean dependientes del contexto.

(5) Una explicación universal (o al menos general). Gerring cita aquí las caracterizaciones de Cowen (1998), Glennan (1996), Elster (1989) y Mahoney (2003). Estas caracterizaciones identifican los mecanismos causales con propiedades causales universales. La idea es que las explicaciones mecanicistas se establecen sobre los bloques fundamentales de la causalidad, y por ende, son las más generales en ese sentido. A esto refieren las “tuercas y tornillos” (ruedas y engranajes) del título de Elster (1989). Si los mecanismos semejan marcos causales abstractos (como la teoría de elección racional o el funcionalismo), pueden equipararse con una teoría universal (o, al menos, de amplio alcance). Caracterizaciones de este tipo son contradictorias con las del tipo (4).

(6) Una explicación que supone fenómenos altamente contingentes. Es decir, en esta caracterización, un mecanismo causal refiere a fenómenos generales, pero esos fenómenos toman diferentes formas según se den las condiciones locales. Aquí Gerring cita explícitamente la caracterización de Elster (1998), en la cual los mecanismos son caracterizados como patrones causales que ocurren frecuentemente y son fácilmente reconocibles, pero cuyos detonantes o consecuencias se desconocen.

(7) Una explicación construida sobre la base de fenómenos que exhiben regularidades legaliformes. Estas regularidades pueden ser probabilísticas (Gambetta, 1998; Elster, 1998) o deterministas (Little, 1991; Mahoney, 2001). En general, se asume que al descender de nivel el determinismo aumenta (los resultados en el nivel macro son probabilísticos, pero a nivel micro son perfectamente deterministas). Pero la relación bien puede ser en sentido inverso: se puede predecir, por ejemplo, que la superficie de un lago se congelará si hay bajas temperaturas durante un cierto tiempo y, sin embargo, no puede predecirse más que probabilísticamente lo que ocurrirá con cada molécula de agua de ese lago. Gerring señala que una posición intermedia es la que toma Glennan (1996)[10]: los mecanismos operan con alta regularidad, pero no son perfectamente invariantes. Estas caracterizaciones son contradictorias con las de tipo (6).

(8) Una técnica de análisis distinta. Gerring menciona aquí distintos trabajos que plantean que la investigación de mecanismos causales involucra diferentes conjuntos de herramientas metodológicas que podrían ser comunes o útiles en la investigación de relaciones covariacionales. Por ejemplo, en Hedström y Swedberg (1998b) y Stinchcombe (1991) se sostiene que la investigación de los mecanismos causales está relacionada con métodos cualitativos de explicación y análisis, y en Goldthorpe (2000) se contrasta la investigación en mecanismos causales con el análisis estándar de tipo estadístico. Según Gerring, quienes abogan por el neomecanicismo (que denomina mechanismic school en su trabajo) se muestran en general escépticos sobre la conexión entre los procesos sociales que estudian y los modelos estadísticos estándar. De ahí que la investigación neomecanicista se presente a veces como una técnica (o conjunto de técnicas) de análisis de datos estadísticos completamente diferente.

Pero, según Gerring, hay dos problemas con este tipo de definiciones o significados. El primero es que no parece haber una diferencia esencial –según su análisis– entre la investigación estadística estándar y la mecanicista: el motivo es que los mecanismos pueden ser tomados como variables intervinientes y entonces la investigación neomecanicista se centraría en el estudio de estas variables mientras que el estudio estándar las desestimaría, concentrándose en la búsqueda de las variables independientes. La diferencia entre ambos tipos de estudio sería el objeto de interés y no la técnica de análisis. El segundo problema es que los mecanismos se pueden encontrar mencionados también en investigaciones con un diseño no cuantitativo, como estudios de caso o investigación cualitativa. En estudios de este tipo se privilegia la calidad de los datos por sobre la cantidad, y por ende los datos estadísticos suelen estar ausentes. Entonces, hay interés por los mecanismos incluso donde no hay datos estadísticos, con lo cual este tipo de significados o caracterizaciones sería inapropiado. La primera objeción de Gerring es más bien débil, y su justificación se reduce a un par de ejemplos sobre variables abstractas X e Y. La segunda objeción, en cambio, es incuestionable: no puede definirse mecanismo como una técnica (ya sea novedosa, ya sea estándar) de análisis para los datos estadísticos si aparecen mecanismos en ámbitos donde tales datos no están presentes.

(9) Una explicación de nivel micro para un fenómeno causal. Gerring incluye en esta clase las caracterizaciones presentes en Gambetta (1998) y Schelling (1998). Los mecanismos son presentados allí como los bloques fundacionales del análisis causal. Esta defensa de la fundamentación en el nivel micro implica, según Gerring, el rechazo de una teoría de gran alcance: si se llegara a los bloques últimos de la causalidad (esto claramente no se ha logrado todavía), no parece esperable que esos bloques puedan aunarse en una sola gran teoría. La solución es buscar, entonces, teorías y explicaciones de rango medio (Boudon, 1991; Merton, 1968). Esta idea de radicar lo causal exclusivamente en el nivel micro (y renunciar a las teorías de “de gran alcance”) no es compartida por todos los científicos sociales (Hoover, 2001; Tilly, 2001b), y de ahí que la definición resulte inadecuada. Gerring concluye que es un error restringir el uso del concepto de mecanismo causal al nivel micro: los mecanismos causales pueden ser útiles en el estudio de fenómenos sociales de nivel macro, como revoluciones (Mayntz, 2004) o democratizaciones (Tilly, 2001b). Los trabajos citados por Gerring no son los únicos: pueden agregarse otros neomecanicistas que sostienen la existencia de mecanismos de nivel macro, como Sawyer (2004) y Wight (2004)[11].

Tras exponer estos nueve significados distintos, Gerring señala en el último parágrafo que la ambigüedad del término mecanismo puede llevar a pensar que el concepto no significa nada. Por eso es importante, metodológicamente, que alguna definición o caracterización de mecanismo genere consenso o algún tipo de acuerdo. Entonces propone, para resolver la ambigüedad conceptual, que el núcleo del significado de mecanismo sea la definición que se mencionó en primer lugar: el camino o proceso por el cual un efecto es producido o un propósito es logrado. Esto es, propone una definición de diccionario. Una vez adoptada esta caracterización como nuclear, agrega Gerring, en cada ámbito o disciplina se podrán añadir a este núcleo definicional distintas “ramificaciones” o características (por ejemplo, la observabilidad o la inobservabilidad), según resulte necesario. Estas elaboraciones particulares serán “periféricas”: en algunos contextos de investigación serán esclarecedoras, en algunos contextos de investigación tendrán un sentido normativo, en algunos contextos de investigación serán verdaderas y en otros no (por ejemplo, los mecanismos serán observables en algunos ámbitos, y en otros no). O bien, señala finalmente Gerring, las ramificaciones podrán verse como distintas categorías de una gran tipología.

Este último comentario, en el penúltimo párrafo del artículo, es el que permite moderar las consecuencias de la ambigüedad (o, mejor, de falta de consenso) en el significado de mecanismo que el artículo denuncia. Debe tomarse en cuenta que se están considerando definiciones y caracterizaciones dadas por gente de ciencia, que atiende a los intereses y al ámbito de su propia investigación: intentan describir aquello con lo que trabajan en lugar de intentar una caracterización general que permita incluir otras disciplinas. Por ello, las posibles “contradicciones” no serían tales si se piensa que puede haber, por ejemplo, mecanismos observables y mecanismos no observables. Considérese que cada neomecanicista (o grupo neomecanicista) está investigando distintos mecanismos, con sus propios métodos, problemas e intereses, y cuando debe definir o caracterizar qué es un mecanismo, parte de lo que conoce: trata de abstraer una definición de aquello que está estudiando, y si todos los mecanismos que ha estudiado son observables, incluirá esta cualidad en la caracterización: “los mecanismos son entidades observables…” Entonces, desde la práctica científica se están sugiriendo tipologías de mecanismos (en lugar de mostrar definiciones o caracterizaciones contradictorias) y, dentro de una tipología, es claro que un elemento no podrá pertenecer a dos categorías y ser, a la vez, una entidad observable e inobservable. Pero queda abierta la posibilidad de la existencia de mecanismos observables, por una parte, y mecanismos inobservables, por otra. Entender de esta manera lo que está ocurriendo elimina el riesgo, al menos como lo presenta Gerring, de la vacuidad del concepto de mecanismo. Acierta al señalar que todavía no se ha dado con una propuesta caracterizadora o definitoria que genere consenso, y aunque su trabajo se limita a las ciencias sociales, esta falta de acuerdo puede verse también en las demás disciplinas. Gerring, sin embargo, no logra ver que lo que se ha propuesto es un grupo de definiciones y caracterizaciones que (a) han sido inspiradas por mecanismos específicos de distinta áreas, (b) han sido elaboradas más bien desde la ciencia que desde la filosofía, aunque la preocupación por el significado de mecanismo sea principalmente filosófica, y (c) no son necesariamente contradictorias, sino que permiten encontrar diferentes tipologías.

Con respecto a la propuesta de Gerring de una “definición nuclear” de mecanismo como “el camino o proceso por el cual un efecto es producido o un propósito es logrado”, puede criticársele que esta caracterización es demasiado amplia, ya que permite colocar el rótulo de mecanismo a cualquier proceso causal. Como se verá detalladamente en el capítulo 5, §1.5, la explicación mecanicista (que explica describiendo un mecanismo) difiere de la explicación genética (que narra las etapas de un proceso). El proceso que lleva a un resultado determinado no es un mecanismo, antes bien, un mecanismo, al operar, resulta en un proceso; y puesto que no siempre hay mecanismo, puede haber proceso sin haber mecanismo. De ahí que no deban confundirse o identificarse los conceptos mecanismo y proceso. Más adelante, en el §4, se mostrará que el proceso mediante el cual se produce un fenómeno es consecuencia de la operación del mecanismo, pero el mecanismo es algo distinto del proceso (y el proceso no siempre requiere mecanismo). Es claro, de todos modos, que proceso y mecanismo están íntimamente relacionados. Pero lo que aquí se propone es que ciertos procesos no son causados por mecanismos[12]. Para que haya mecanismo debe haber un modus operandi[13], es decir, un modo de operación característico que es el que da lugar al proceso. Por ejemplo, una persona toma un recipiente con lo que cree que es agua y riega una planta. En el recipiente no había agua sino cloro, que la persona no alcanzó a oler. La planta murió. Si bien hay un proceso (tomar un recipiente con cloro y regar una planta) que lleva a un resultado (la muerte de la planta), no hay aquí mecanismo porque no hay modus operandi; no hay una manera en la que típicamente la persona mata la planta (puede haber, no obstante, mecanismos de nivel más bajo involucrados). Y, como se verá, explicar un fenómeno describiendo el proceso que concluye en el fenómeno puede y debe distinguirse claramente de explicar un fenómeno apelando al mecanismo que lo produce. En el siguiente parágrafo, se discutirá en detalle la adecuación de caracterizaciones como la propuesta por Gerring.

En suma, el análisis de Gerring aporta distintas características presentes en diversas definiciones y caracterizaciones de mecanismo, aunque no llega a ser una clasificación. Y fácilmente puede verse que las conclusiones respecto de la ambigüedad del significado de mecanismo se moderan (al menos, ya no se siguen) si se toman algunos de esos “significados” y se los considera propiedades –no definitorias, sino– de ciertos tipos de mecanismo[14].

3. Nueva clasificación

En los parágrafos anteriores se han comentado (y criticado) los trabajos de Mahoney y Gerring, en los cuales se proponen dos clasificaciones distintas de las caracterizaciones de mecanismo. Ambos autores, como se dijo, coinciden en sus trabajos en dos puntos: en primer lugar, circunscriben su investigación (con una excepción) a las ciencias sociales; en segundo lugar, señalan que las divergencias en las definiciones resultan incompatibles o contradictorias. A continuación, se propondrá una nueva clasificación que difiere de las vistas en ambos puntos. En primer lugar, es mucho más amplia en su alcance que las anteriores, ya que abarcará todas las disciplinas, no solamente las sociales. En segundo lugar, esta clasificación iluminará algunos aspectos comunes a las distintas caracterizaciones de mecanismo, y mostrará que ciertas diferencias que han sido señaladas no necesariamente son irreconciliables, sino que, más bien, pueden ser vistas como características clasificatorias.

Esta nueva clasificación toma como concepto clasificatorio el estatus ontológico otorgado en las caracterizaciones, a veces implícitamente, a los mecanismos[15]. Según el estatus ontológico, los mecanismos han sido caracterizados como entes concretos (entidades que operan en la realidad), como constructos analíticos o modelos, y como entidades lingüísticas o, más específicamente, epistémicas[16]. En esta clasificación podrán verse reflejados tres de los intereses particulares de los distintos ámbitos de investigación: encontrar mecanismos, concebirlos e identificarlos, y emplearlos con fines explicativos[17]. Por ejemplo, en ciencias naturales los mecanismos suelen estar “a la vista” (tal vez con ayuda de un microscopio); en estas disciplinas los mecanismos serán caracterizados de manera similar a los mecanismos artificiales: como conjuntos de piezas o partes con cierta disposición espacial. En ciencias sociales, los mecanismos no suelen ser tan evidentes (y, llegado al nivel psicológico, son lisa y llanamente, inobservables), por eso resultan centrales preocupaciones como la explicación y la concepción e identificación de los mecanismos. De ahí que, si el interés está puesto en la explicación (o la teorización), se caracterice a los mecanismos como partes de explicaciones o teorías. Y si el interés es el diseño de modelos mecanicistas (esto es, modelos ideales que pretenden representar o emular mecanismos), resulta natural la tendencia a caracterizar los mecanismos como constructos analíticos. Pero conviene repasar lo dicho en la introducción: tanto para los mecanismos artificiales como para los no artificiales, debe distinguirse el mecanismo “real” que causa un fenómeno, el mecanismo que se concibe (o diseña) y que es ideal o abstracto (aunque admite representaciones), y la explicación del fenómeno que causa el mecanismo. Son tres planos que deben diferenciarse: el ontológico (al que pertenece el mecanismo), el analítico (o abstracto, o ideal, al que pertenece el modelo mecanicista) y el epistémico (al que pertenece la explicación o teorización). Estos tres planos dan lugar a la clasificación que se propondrá a continuación.

La primera clase, que puede denominarse “caracterizaciones de índole analítica”, la constituyen las caracterizaciones de los autores que conciben los mecanismos como constructos analíticos o abstractos: por ejemplo, Gambetta (1998), Hernes (1998), Stinchcombe (1998). En las caracterizaciones de este tipo no se afirma que existan en el mundo entidades tales como los mecanismos. En Hernes (1998) puede encontrarse la idea que subyace a estas propuestas: según su caracterización[18], los mecanismos son constructos intelectuales pertenecientes a un “mundo fantasma” que imita la realidad, con elementos irreales que emulan las circunstancias reales. Según Hernes, los sociólogos trabajan sobre “agentes ideales”, es decir, deliberadas simplificaciones de las personas. Se construyen modelos abstractos sobre cómo actúan esos agentes ideales en ambientes y situaciones ideales; esos modelos sirven luego de explicación a ciertos fenómenos. Se evalúan los modelos a la luz de algunas consecuencias que se derivan de ellos y los datos que se obtienen, y se descartan los peores modelos. Algunos de estos modelos serán formalizables; otros, computables. En todo caso, el interés que subyace a las propuestas es el mismo. Si bien en ciencias naturales también se trabaja con modelos idealizados (en los que, por ejemplo, se considera y modela un órgano de un ser vivo como aislado e independiente del resto del cuerpo), las caracterizaciones de mecanismo como constructo analítico predominan en ciencias sociales.

Una segunda clase, que puede denominarse “caracterizaciones de índole epistémica”, la conforman las caracterizaciones de los mecanismos como entidades epistémicas, es decir, hipótesis, relatos, partes de una teoría, explicaciones o parte de explicaciones. Pueden encontrarse caracterizaciones de este tipo en Cowen (1998), Hedström y Swedberg (1996; 1998b[19]), Johnson (2002), Schelling (1998), Sørensen (1998). En Stinchcombe (1991) se destaca la función que los mecanismos cumplen en la investigación científica, y se los define como una “pieza de razonamiento”. Para estas propuestas, los fenómenos de cierto nivel de organización (como, por ejemplo, el nivel de los grupos sociales) se pueden entender y explicar recurriendo a los mecanismos que actúan en el nivel inferior (por ejemplo, el nivel de los individuos). Los mecanismos, entonces, son conjeturas, hipótesis o explicaciones sobre eso que ocurre en el nivel inferior y causa el fenómeno del nivel superior. De este modo, los mecanismos le confieren a la teoría sobre los elementos del nivel superior mayor flexibilidad, precisión o comprensión. En estas caracterizaciones tampoco se enfatiza en la existencia de los mecanismos fuera del plano epistémico (en algunos casos se insiste, a lo sumo, en que se busque confirmación independiente de las hipótesis mecanicistas). Las caracterizaciones de índole epistémica, al igual que las de índole analítica, contienen especialmente caracterizaciones provenientes de las ciencias sociales.

Antes de pasar a la tercera clase, es necesario considerar la crítica de Wight (2004) a la caracterización de mecanismo de Hedström y Swedberg (1998b), ya que esta crítica puede aplicarse a los dos tipos de caracterizaciones que se han comentado. La crítica es que estas posturas respecto del estatus ontológico de los mecanismos tienen tres problemas. El primer problema es que este tipo de caracterizaciones no se acomoda a la práctica científica: los científicos usualmente testean sus postulados teóricos (sean hipótesis, sean constructos analíticos). No se quedan solo con postularlos. Intentan averiguar si los entes poseen las propiedades que la teoría les adjudica (Hacking, 1983). El segundo problema es que si los postulados teóricos no refieren a entidades reales (si fueran meramente constructos intelectuales), no hay necesidad de explicarlos: lo que importa es que jueguen un rol en las explicaciones y teorizaciones, y mientras eso pase, no es necesaria mayor investigación[20]. El tercer problema es que se deja de lado toda posibilidad de control y predicción de los fenómenos via mecanismos: algo que no es real no puede ser manipulado y/o controlado.

Las críticas de Wight son atendibles, pero únicamente si se toman literalmente las caracterizaciones. En efecto, las caracterizaciones confunden los planos epistémico y analítico con el ontológico, pero tal vez esta confusión se genere por un uso descuidado (o indebido) del vocabulario. Si se adopta una lectura más laxa al respecto, puede entenderse que estas caracterizaciones rescatan algún aspecto que resulta especialmente importante para el autor, y que, en realidad, no caracterizan (aunque lo digan) los mecanismos, sino los modelos mecanicistas (las caracterizaciones de índole analítica) y las explicaciones y teorizaciones que apelan a mecanismos (las caracterizaciones de índole epistémica). Con esta postura laxa, las críticas de Wight corresponderían a la presentación descuidada de las caracterizaciones y muestran la importancia de un uso correcto del vocabulario, para lo cual es menester poseer caracterizaciones adecuadas de los conceptos.

Volviendo ahora a las clasificaciones de Mahoney y Gerring, puede verse que las primeras tres clases de caracterizaciones de mecanismo que propone Mahoney (variables independientes, variables intervinientes y proposiciones causales) pertenecen, en realidad, a la clase de las caracterizaciones de índole analítica (de la cual, las tres categorías de Mahoney podrían ser subclases). Con respecto a la clasificación propuesta por Gerring, los significados (4), (5), (6), (7) y (9) (para los cuales los mecanismos son explicaciones de algún tipo) pertenecen todos a la clase de las caracterizaciones de índole epistémica (de la cual podrían ser subclases). Puede verse, entonces, que algunas de las inconsistencias o contradicciones que se señalaban desaparecen (no todas, por supuesto): ya no se trataría de caracterizaciones contradictorias, sino de caracterizaciones de distintas clases.

La distinción que se ha señalado entre el plano ontológico, el epistémico y el analítico puede parecer evidente y, sin embargo, en las caracterizaciones de Hedström y Swedberg (1996 y 1998b, p. 25) se dice que un mecanismo social es parte de una explicación que, dada la ocurrencia del estado inicial (input), genera el resultado (outcome). Evidentemente, se trata de un uso descuidado del vocabulario, ya que una explicación (una entidad lingüística o epistémica) no puede causar el fenómeno que pretende explicar (que pertenece al plano ontológico). Este tipo de descuidos debe evitarse en aras de la claridad, de la precisión y de eliminar los malentendidos o la confusión, y por eso ninguna de las caracterizaciones que se incluyen en las clases vistas resulta adecuada para aunar la propuesta neomecanicista.

Entonces, esta distinción entre un mecanismo (plano ontológico), un modelo mecanicista (plano analítico) y una explicación mecanicista (plano epistémico) permite conciliar estos dos grupos de caracterizaciones que se han comentado con el tercer grupo, que es el más importante: el grupo de las caracterizaciones que apuntan al plano ontológico, ya que las caracterizaciones vistas, si bien no caracterizan directa (o literalmente) los mecanismos, lo hacen de manera indirecta y, necesariamente, imperfecta (dado que dicen algo sobre los mecanismos, como por ejemplo, cómo se pueden usar). Si se tiene presente que esta distinción (fundamental) entre planos no siempre es atendida, pueden dejarse de lado las caracterizaciones de estas dos primeras clases para pasar a la tercera, la que acierta en considerar el plano ontológico.

La tercera clase, que puede denominarse “caracterizaciones de índole ontológica”, incluye las caracterizaciones en las cuales los mecanismos son una parte de la realidad (aquí no son relatos, ni hipótesis, ni constructos, ni modelos; son entidades extralingüísticas).

No todas las caracterizaciones de índole ontológica son compatibles entre sí porque proponen distintos elementos como fundamentales y, una vez más, habrá desacuerdo. Este desacuerdo respecto de la caracterización del concepto central de la propuesta neomecanicista es más serio que el desacuerdo que aparentemente había entre las caracterizaciones de índole epistémica y analítica porque ya no se trata de un mero error producto del uso descuidado del vocabulario. Aquí se discute efectivamente sobre lo que son los mecanismos. Por eso, la falta de consenso debe ser tomada en cuenta. Lo que este desacuerdo indica es que las caracterizaciones propuestas no resultan satisfactorias para abarcar las distintas disciplinas e intereses que abarca la investigación neomecanicista. A la vez, y como ya se señaló, el número de trabajos que tratan el tema indica el interés que hay por lograr una caracterización adecuada. Debe buscarse una caracterización matriz de mecanismo (tomando “matriz” como “entidad principal, generadora de otras”, como cuando se usa la expresión “lengua matriz”), que pueda ser empleada en las distintas disciplinas y sirva como núcleo de la propuesta neomecanicista. Debe ser precisa y, no obstante, útil para la investigación. Por lo tanto, debe contemplar, de alguna manera, los elementos y/o características salientes de las distintas caracterizaciones, porque han sido propuestas, en general, desde la ciencia, y se adecúan, entonces, a los distintos intereses particulares de la investigación. Además, esta caracterización matriz deberá cumplir con tres requisitos adicionales: no debe ser demasiado amplia (porque el concepto mecanismo resultará vacuo), debe distinguir claramente el concepto mecanismo de todos los demás (porque, de no hacerlo, será un cambio de nombre de las cosas, y no aportará nada), y debe ser lo suficientemente amplia como para permitir calificar de mecanismo a los mecanismos bien reconocidos. Por no cumplir con todos estos requisitos, ninguna de las caracterizaciones propuestas hasta el momento resulta adecuada como caracterización matriz de la propuesta neomecanicista, y será necesario proponer una nueva (se hará en el parágrafo siguiente).

Dentro de las caracterizaciones de índole ontológica, pueden mencionarse, al menos, cuatro subclases[21], según caractericen los mecanismos como procesos, causas, sistemas complejos, o partes y actividades.

La primera subclase la constituyen caracterizaciones en las que los mecanismos son procesos o conjuntos de etapas. Aquí se incluyen, por ejemplo, las caracterizaciones de Bennet (2003), Bunge (1997; 2004b), Gerring (2008), George y Bennett (2004), Gross (2009), Little (1991), Mahoney (2000; 2001; 2003), Mayntz (2004), McAdam, Tarrow y Tilly (2001; 2008) y Wight (2004). En ellas, los mecanismos son procesos causales (o etapas en esos procesos) que llevan un sistema de un estado inicial a uno final. Estas caracterizaciones suelen poner énfasis en algunos elementos propios de todos los mecanismos, como “sistema”, “estado inicial” o “estado final”. Así son las definiciones usuales de diccionario, como la definición comúnmente utilizada en química[22]. Es la caracterización que implícitamente (y sin mayor discusión) sostienen los científicos que hablan del (o de los) “mecanismo(s) de evolución”[23]. Y es también la caracterización propuesta por algunos científicos sociales (por ejemplo: Tilly, 2001b), en cuyas disciplinas es común la explicación genética[24], es decir, la explicación que consiste en describir el proceso que causa el fenómeno que se desea explicar. Es probable que la variedad de ámbitos en los que esta caracterización está presente (aunque solo sea de manera implícita) sea lo que lleva a Gerring (2008) a proponerla como “definición nuclear” (como se comentó en el §2 de este capítulo).

Sin embargo, estas caracterizaciones hacen poco hincapié en que un mecanismo debe ser algo identificable; no puede ser un simple conjunto de etapas por las que pasa un sistema que cambia. El proceso de cambio es provocado por el mecanismo, pero es distinguible de él: un mecanismo para la apertura de una puerta es un mecanismo aunque nunca se haya abierto la puerta (es decir, aunque nunca se haya dado el proceso, ahí está el mecanismo). Que un grupo de fenómenos haya resultado de procesos similares es un indicio de que han operado mecanismos similares (o un único mecanismo subyacente), pero los procesos no son el mecanismo. En todo caso, los procesos serán similares si los mecanismos son similares. Un mismo mecanismo que opera en distintos sistemas (por ejemplo, el mecanismo de la fotosíntesis desarrollado en el capítulo 2, §4, es un mecanismo que opera en distintas plantas con clorofila) dará como resultado procesos similares. Pero, una vez más, los procesos no son los mecanismos sino su consecuencia.

Nótese que no se pretende dejar de lado la noción de proceso. Es un elemento crucial en la caracterización de mecanismo, dado que los mecanismos tienen formas típicas de operar y provocan cambios. Y los provocan de cierta manera, es decir, con procesos similares cada vez que actúan. Estos procesos suelen ser continuos, pero pueden abstraerse en ellos etapas, de manera que puede decirse que los mecanismos harán pasar al sistema por distintas etapas intermedias hasta llegar a su estado final. Ahora bien, dado que mecanismo y proceso son distintos, una caracterización adecuada de mecanismo debe distinguirlos. Por eso, la caracterización necesaria para unificar la propuesta neomecanicista no puede pertenecer a esta subclase.

Un segundo subgrupo dentro de las definiciones de índole ontológica lo constituyen caracterizaciones que sostienen una ontología dualista, según la cual los mecanismos constan de partes y actividades; las partes –o entidades– ejecutan actividades, y esas actividades son las causantes del cambio. Destaca en este subgrupo la caracterización de Machamer, Darden y Craver (2000)[25], ya que es citada (y adoptada a veces con alguna crítica) en Bogen (2005; 2008a), Craver (2001), Darden (2008), Machamer (2004), Steel (2004), Thagard (2006a) y Torres (2009), entre otros. Caracterizaciones similares pueden encontrarse en Bechtel (2005), Bechtel y Abrahamsen (2005), Craver y Bechtel (2006b), Hedström (2005) y Thagard (1998; 2006b). Este tipo de caracterizaciones parece inspirado en –y se ajusta perfectamente a– los mecanismos presentes en artefactos (como el mecanismo de flotante en un tanque de agua). También se adecúa a algunos mecanismos biológicos (como el mecanismo de la sinapsis o el del bombeo del corazón presentados en el capítulo 2) propios de las llamadas life sciences (no es de extrañar: algunos de los principales impulsores trabajan en neurología). Principalmente, resulta una caracterización adecuada para todos los mecanismos donde la disposición espacial es crucial y la interacción es algún tipo de transmisión, ya sea de energía, de fuerza o de carga eléctrica.

El problema con estas caracterizaciones (si pretende unificarse a partir de ellas la noción de mecanismo) es que requieren la existencia (y la clara identificación) de “partes” y de “actividades” de esas partes. Y esto haría que ciertos mecanismos sociales y evolutivos conocidos como tales dejen de serlo, ya que no está claro, por ejemplo, cuáles son las partes de esos mecanismos. Dos artículos han tratado específicamente la cuestión de la adecuación de esta caracterización (principalmente, la de Machamer, Darden y Craver, 2000) al mecanismo de selección natural: el primero, Skipper y Millstein (2005), presenta distintas críticas; el segundo, Barros (2008), pretende dar respuesta a esas críticas.

Skipper y Millstein (2005) señalan tres inconvenientes de este tipo de caracterizaciones en el momento de modelar el mecanismo de selección natural[26]. En primer lugar, se preguntan: ¿cuáles serían las entidades en la selección natural? ¿Los rasgos? ¿Los individuos? En las investigaciones se ve que no es algo que pueda responderse fácilmente. Frente a esta objeción y pretendiendo explícitamente seguir a Machamer, Darden y Craver, 2000), Barros (2008) propone que las entidades en el mecanismo de selección natural son las poblaciones; es decir, que las entidades del mecanismo serían entidades abstractas. Los individuos constantemente aparecen y desaparecen, y la población es la que permanece.

Un segundo problema lo presentan las entidades sin actividad. Por ejemplo, las semillas que determinan por su posición en el árbol que una determinada población de pinzones, de cierta área, tenga el pico largo, no hacen nada. Es decir, el problema es que la ontología dualista pone a la misma altura dos conceptos que, ontológicamente, no lo están: entidades y actividades. Claramente, no puede haber actividad sin entidad, y puede haber, por el contrario, entidad sin actividad. Entonces la caracterización resulta inadecuada por proponer que las actividades son, exclusivamente, las causantes del cambio. Y en el caso del pico de los pinzones, lo determinante en el cambio no es una actividad de la semilla.

En tercer lugar, según este tipo de caracterizaciones, los mecanismos producen cambios regulares. Con este requisito, la selección natural no calificaría como mecanismo.

La presentación que hace Barros del mecanismo de selección natural (véase el ejemplo 5 del capítulo 2) no puede escapar a estas dos últimas críticas. Barros presenta el mecanismo en una forma general (Barros, 2008, p. 318) empleando un esquema similar al de la figura 11.

Las entidades, sostiene, son las poblaciones (como se dijo, son entidades abstractas) y la presión selectiva (también abstracta). Nótese que esto ya se aparta de la caracterización de Machamer, Darden y Craver (2000), según la cual las entidades son “las partes físicas de los mecanismos”. La actividad de la presión selectiva es favorecer uno de los rasgos presentes en la población. A pesar de estas reformulaciones, el esquema de Barros es un modelo deficiente para brindar una explicación satisfactoria, porque la “presión selectiva” es una caja negra en la explicación: una explicación debe mostrar cómo es que ese rasgo es favorecido, y entonces las entidades ya no pueden ser las poblaciones, porque estas son abstractas. Por otra parte, si la presión selectiva es causada por un cambio en el clima (aumento en la humedad ambiente, mayor recepción de luz solar, menor temperatura, etc.), se vuelve al problema inicial: no todo es “parte” o “pieza”. Las caracterizaciones de esta clase, entonces, resultan inadecuadas para abarcar los mecanismos evolutivos.

Figura 11

Además de ser demasiado restrictiva y dejar fuera del conjunto de mecanismos los mecanismos evolutivos, este tipo de caracterizaciones sostiene que las entidades son “las partes físicas de los mecanismos”. Es decir esta concepción excluye todo mecanismo psicológico o con componentes psicológicos. No serían mecanismos, por ejemplo, los que postula Elster (que se comentan en el capítulo 2, §9). Y todo mecanismo social deberá detenerse, entonces, en su análisis, en la conducta observable de los individuos. No podrán ser considerados elementos de los mecanismos sociales las preferencias, los deseos o los conocimientos de los agentes.

Este tipo de caracterizaciones dualistas no solamente resulta problemática por ser inadecuada en ciertas áreas. Tabery (2004) analiza detalladamente la caracterización de Machamer, Darden y Craver (2000), como así también la de Machamer (2004)[27] y señala dos problemas. En primer lugar, la falta de caracterización o definición de algunos conceptos clave, como productividad. La productividad sería un tipo de causa que hace que ciertas cosas se constituyan a partir de otras cosas[28]. Hay muchas actividades, pero solo algunas son productivas, y es esta capacidad productora la que es tan importante en los mecanismos, porque muchos de los fenómenos presentes en los mecanismos resultan de entidades nuevas con actividades nuevas que se han originado a partir de viejas entidades con viejas actividades. La propuesta de Machamer (2004) es que no se debe tratar de definir los conceptos de actividad o producción, ya que eso sería como tratar de definir causa o bueno. Su existencia abstracta depende de experimentar su existencia como particulares. En lugar de dar una caracterización, lo que se debe hacer es identificar concretizaciones o instancias de actividades productivas. Tabery sostiene que no está claro cuál sería la ventaja del cambio por actividades productivas, dado que si, como propone Machamer, no vale la pena tratar de entender la productividad, entonces debemos volver a tratar de entender la causalidad (ya sea particular o en general). Y entonces, concluye Tabery, no se ve cuál es la ventaja de la propuesta.

El segundo problema que señala Tabery es que las actividades resultan insuficientes para capturar por sí solas la conducta del mecanismo. Hay diferentes tipos de actividad y, como se dijo, no todas son productivas. Para determinar si una determinada actividad resulta productiva en un mecanismo se debe, según Tabery, establecer si el cambio en una propiedad de una entidad produce un cambio de propiedad en otra entidad. Es decir, la relevancia productiva de una actividad debe establecerse atendiendo no solamente a la entidad que actúa, sino también a otra entidad, la que sufre el efecto de la acción. La productividad es, para Tabery, un tipo de interactividad o interacción entre partes. Bombear puede generar una fuerza motriz, pero esta actividad solo es productiva cuando radica en un mecanismo particular, y esa radicación en ese mecanismo requiere un cambio de propiedad en alguna parte del mecanismo. Según Tabery, el concepto de productividad, pensado en abstracto como sugiere Machamer, se especifica por la referencia a los particulares cambios de propiedad en un mecanismo particular. Resulta, entonces, deficiente la noción de actividad. La caracterización de mecanismo que propone una ontología dualista, concluye Tabery, resulta entonces inadecuada para caracterizar correctamente los mecanismos porque solo da importancia a las actividades productivas y, dado que no es posible dar una caracterización correcta del concepto abstracto de productividad, las actividades productivas solo pueden reconocerse apelando al concepto de interacción. Según Tabery, una concepción correcta de los mecanismos requiere ambos elementos, actividad e interacción, más que una elección entre una y otra[29].

La propuesta dualista entonces, no parece adecuada como caracterización matriz de mecanismo. En primer lugar, porque resulta demasiado restrictiva y no logra capturar mecanismos evolutivos y sociales. En segundo lugar, porque presenta dificultades, como por ejemplo, la de igualar dos entidades que ontológicamente pertenecen a diferentes categorías, o la de no lograr caracterizar adecuadamente elementos clave, como productividad.

En la tercera subclase de caracterizaciones de índole ontológica los mecanismos son considerados sistemas complejos o estructuras (entre otros, Harré, 1970; Tabery, 2004; Woodward, 2002). Glennan (1996, 2002), a quien siguen los demás, propone una ontología monista y sostiene que, con excepción de las leyes básicas de la física, todo es explicable recurriendo a mecanismos. Los mecanismos son sistemas complejos que, por la interacción de algunas partes producen una conducta[30]. Las interacciones son ocasiones en las que el cambio en la propiedad de una parte produce el cambio en la propiedad de otra parte, y pueden caracterizarse mediante cierto tipo de generalizaciones.

Las nociones clave de esta propuesta son sistema complejo e interacción, pero la ontología es monista: lo que existe es el “sistema complejo”. Debe señalarse inmediatamente que Glennan no define nunca sistema. Menciona ciertas características (Glennan, 2002): un sistema complejo puede tener distintas conductas (por ejemplo, bombear sangre y hacer ruido) y la descomposición del sistema complejo dependerá de la conducta que se tenga en consideración; un sistema consiste en un conjunto (a veces agrega, con una cierta disposición) de partes, que deben ser objetos (en el sentido más general); las partes de un sistema son relativamente estables (es decir, sus propiedades permanecen a menos que ocurra una intervención); generalmente, las partes de un sistema están localmente organizadas; las partes de un sistema pueden ser, a su vez, sistemas. Glennan tampoco indica cuál sería la diferencia entre sistema complejo y sistema no complejo. Esta caracterización de los sistemas se adecúa bien a ciertos ejemplos como el sistema que regula el llenado de un tanque de agua, el sistema respiratorio o cardiovascular, pero no parece dejar lugar a sistemas sociales y ecosistemas. En los sistemas sociales y ecosistemas, por ejemplo, es discutible la organización local y la estabilidad: su organización espacial no tiene mucho que ver con la organización de las partes del sistema de flotante o del sistema circulatorio. En un ecosistema “estable” (en el sentido de Glennan), por ejemplo, lo que se mantiene son las poblaciones (que no calificarían como “objetos”) y no los individuos (los “objetos”). Los individuos cambian (unos nacen, otros mueren), y son las poblaciones las que mantienen el ecosistema. Algo similar sucede con los sistemas sociales que se mantienen en el tiempo (como instituciones, ciudades o firmas).

Con respecto a la noción de interacción cabe preguntarse qué sucede en el caso de una parte de un sistema complejo que cambia sin interactuar: Tabery (2004, p. 9) da el ejemplo de la molécula de ciclohexano, que cambia de forma de bote a forma de silla[31]. En este ejemplo, no hay interacción en los términos de Glennan (el cambio de alguna propiedad en una parte o pieza que lleva al cambio en alguna propiedad de otra parte o pieza). Una posible respuesta a esta crítica podría ser: esos cambios en las propiedades pueden justificarse mediante mecanismos de nivel más bajo[32], es decir, apelando a la interacción de las partes “internas”. Como se dijo, una de las características de los sistemas que menciona Glennan es que las partes de un sistema pueden ser, a su vez, sistemas. Entonces, en el caso del cambio de forma de la molécula de ciclohexano, puede decirse que es resultado de la interacción de los átomos de carbono. Pero si esta es la solución, entonces debe decirse inmediatamente que las partes del mecanismo son los átomos porque si se trata de la interacción de partes, y los objetos que interactúan son los átomos, el mecanismo no consta de moléculas de ciclohexano, sino de átomos. Y esto lleva a un reduccionismo que atenta contra el espíritu del neomecanicismo que, aceptando la recursión (partes de los mecanismos pueden ser, a su vez, mecanismos) rechaza el reduccionismo clásico[33].

Además, cuando se intenta modelar mecanismos evolutivos la propuesta de Glennan parece inadecuada. Si las partes (“objetos en el sentido más general”) son los individuos, hay ciertas relaciones entre esas partes que, siendo relevantes, no califican como interacciones: por ejemplo, la posición de la semilla en el árbol y el largo del pico de los pinzones. No se ve cuál es el cambio de alguna propiedad de una parte que lleva a un cambio de propiedad en otra parte (es decir, no se ve qué cambie en la semilla que provoque un cambio en el pinzón). Pero, podría decirse, la evolución ocurre a nivel de las poblaciones, no de los individuos. Entonces la interacción será un cambio en alguna población que lleve a un cambio en otra población. El problema es que las poblaciones, así definidas, no califican como partes (es decir, objetos en un sentido general). Considérese, por ejemplo, el mecanismo de plano inclinado desarrollado en el capítulo 2, §8: ¿es la fuerza de gravedad una “parte” (es decir, un objeto)?

Esta subclase de caracterizaciones de índole ontológica, entonces, parece inadecuada para ciertos ámbitos en los cuales se trabaja sobre mecanismos. Por lo tanto, no puede ser la caracterización matriz del concepto de mecanismo que necesita el neomecanicismo.

Finalmente, la cuarta subclase de caracterizaciones de índole ontológica: las que identifican los mecanismos con las causas. Por ejemplo, en Mahoney (2000), Boudon (1998) y Brante (2008) se sostiene que los mecanismos son (el conjunto de) las causas; en Elster (1998; 1999; 2007) se los caracteriza como patrones causales. Esto es problemático porque, como se dijo, los mecanismos son causales, pero no todo es causado por un mecanismo. Hablar de mecanismos simplemente como causas es cambiarle el nombre a las cosas. Es cierto que cuando se ha modelado correctamente e identificado un mecanismo se tiene una buena comprensión de las causas del fenómeno, pero decir que el mecanismo es la causa (o el conjunto de causas) es identificar causa y mecanismo, ponerlos en el mismo nivel y, por ende, quitar todo interés y toda importancia al concepto mismo de mecanismo.

Esta subclase de caracterizaciones tampoco resulta entonces adecuada como caracterización matriz de mecanismo.

De lo dicho hasta ahora puede verse que no hay una caracterización de mecanismo que genere consenso o un acuerdo generalizado. Y las que se han propuesto tampoco parecen adecuadas para funcionar como caracterización matriz para el neomecanicismo.

4. Mecanismos: identificación y caracterización

Como ya se dijo, hay muchísimas caracterizaciones diferentes de mecanismo. Y que haya tantas caracterizaciones y tan dispares implica que ninguna genera consenso, y esto porque todas son objetables en algún aspecto. De todas maneras, las distintas caracterizaciones (surgidas de los diferentes intereses de investigadores de distintas disciplinas) capturan, cada una parcialmente, aspectos importantes: algunas apuntan a la causación, otras a la regularidad, otras a la estructura. Una caracterización matriz de mecanismo que permita clarificar la propuesta neomecanicista debe capturar, de algún modo, esos elementos (o características) fundamentales. No debe ser demasiado amplia, ni demasiado estrecha, y debe diferenciar mecanismo de cualquier otro concepto relacionado.

Como se dijo, las caracterizaciones de índole analítica y las de índole epistémica son erróneas. Parece, entonces que la caracterización matriz debe ser de índole ontológica. Sin embargo, las caracterizaciones de índole ontológica presentan un problema. Dan por supuesto que es posible, a partir de la sola caracterización que se brinda, identificar los mecanismos en los sistemas reales. El problema es que tanto el concepto mecanismo como algunos de los conceptos estrechamente relacionados con él (como sistema, estructura, o función) refieren a entidades y propiedades que solo pueden ser identificadas si se dispone de cierto conocimiento previo. Tómese por ejemplo la noción de sistema en el sentido biológico del término, como cuando se habla del sistema respiratorio, linfático, circulatorio o endocrino. En las caracterizaciones de sistema se advierten ciertos elementos que parecen intrínsecos: un sistema, por ejemplo, tiene partes (órganos en el caso de los sistemas biológicos) que funcionan coordinadamente; un sistema está inmerso en un contexto con el cual interactúa; un sistema tiene propiedades emergentes; un sistema tiene un estado “de normalidad”, “homeostático” o “de equilibrio”. Ahora bien, esos elementos serán identificados en cierto ámbito de la realidad (o en ciertas entidades) únicamente si se dispone de cierto conocimiento previo sobre ese ámbito de la realidad. Por ejemplo, si se sabe que determinados elementos (reales) interactúan coordinadamente, o si se tiene determinado el “estado homeostático” o “de normalidad” que surge de esa interacción coordinada. Cuando se tienen identificados esos elementos, se sabe que se está en presencia de un sistema.

Con los mecanismos ocurre algo similar, la caracterización (cualquiera que se tome de las caracterizaciones de índole ontológica) por sí sola resulta insuficiente. Se debe dar la definición o caracterización juntamente con los elementos necesarios para una correcta identificación. Por esto la propuesta aquí es dar respuesta a la pregunta “¿Cuándo se tiene debida o completamente identificado un mecanismo?” para responder, pero solamente de manera indirecta, a la pregunta “¿Qué es un mecanismo?”. Nótese que cuando se tenga debidamente identificado un mecanismo se dispondrá de un modelo del mecanismo, y podrá utilizarse ese modelo o esa caracterización para explicar un fenómeno. El punto aquí es que el compromiso ontológico con la existencia de mecanismos, sistemas o partes no es necesario para su identificación o su conceptualización, porque la completa identificación y correcta caracterización de todos los elementos necesarios es una tarea compleja, y muchas veces se dispone de caracterizaciones parciales, que así y todo ayudan a explicar y sirven de guía para investigar. Esto no significa que en la realidad haya medio mecanismo o una porción de mecanismo, solo que no se lo tiene completamente identificado.

Para una aproximación a la propuesta que se hará aquí como general, nótese que cuando se habla de mecanismos se habla de unidades (partes, componentes, piezas) que tienen ciertas propiedades, que se relacionan de una manera determinada y típica y que, ante un detonante o condición detonante, la relación de las unidades provoca o causa un cambio de estado: del estado inicial, el sistema pasa al estado final. En ciertos casos, este cambio de estado tiene una función en alguno de los sistemas en los cuales el mecanismo se halla inmerso.

El cambio es un cambio del sistema que puede implicar también el cambio de un sistema de nivel superior, pero no necesariamente. El cambio del sistema puede limitarse al cambio en alguna propiedad de alguna unidad, o en el cambio de alguna propiedad emergente.

Los mecanismos pueden concatenarse: pueden actuar uno tras otro “linealmente” (el mecanismo A genera condiciones finales que son las condiciones detonantes del mecanismo B que, a su vez genera condiciones finales que son las condiciones detonantes del mecanismo C, y continuar del mismo modo), o uno tras otro generando un ciclo (el mecanismo A genera condiciones finales que son las condiciones detonantes del mecanismo B, que se acciona y genera condiciones finales que son las condiciones iniciales del mecanismo A, y el ciclo sigue).

Y pueden estar organizados en diferentes niveles: una unidad de un mecanismo puede contener un mecanismo interno, o las relaciones entre unidades pueden darse por la presencia de un mecanismo de nivel inferior.

En el resto de este capítulo se intentará responder a la pregunta “¿Cuándo se tiene debidamente identificado un mecanismo?” de la manera más precisa posible: se identificarán y describirán los elementos que están presentes cuando se dice que se ha identificado un mecanismo. Lo que se pretende es analizar los elementos comunes a los mecanismos como los que han sido presentados en el capítulo 2, que son los mecanismos “ejemplares”: algunos de los que los neomecanicistas proponen. Esta caracterización define indirectamente los modelos mecanicistas, ya que en un modelo (completo) deberán estar presentes todos los elementos. Los párrafos anteriores mostraron que en la caracterización de los mecanismos intervienen múltiples conceptos, y que no puede darse una caracterización que sea satisfactoria y a la vez simple, como una definición de diccionario. Por eso, en lugar de buscar la simplicidad, aquí se buscará una caracterización que resulte precisa, completa, adecuada y que resulte descriptiva (más que normativa); una caracterización que describa, en la medida de lo posible, “desde afuera”; es decir, que abstraiga los elementos comunes a los mecanismos dejando de lado las investigaciones y disciplinas particulares. Para lograr la claridad en la presentación de los elementos, se recurrirá a una formalización prácticamente elemental. Acaso la formalización en el análisis parezca excesiva o innecesaria. En todo caso, no se sostiene aquí que la formalización sea necesaria para conocer los mecanismos o que los mecanismos deban ser traducidos a este lenguaje formal. Solamente se espera que la presentación formal aporte claridad. Una vez presentada escuetamente la caracterización formal, se retomarán los conceptos y se ampliará lo expuesto con ejemplos y comentarios. En el parágrafo 5, a continuación, se revisarán críticamente los ejemplos del capítulo 2.

Un mecanismo M debidamente identificado consta de los siguientes componentes:

M = <U, P, P, R, Ei (det), Ef, F, MO>

de modo que:

U = {u1, u2,…} es el conjunto de unidades de análisis (lo que usualmente se llama “componentes”, “elementos” o “partes” del mecanismo). Se trata, por supuesto, de las unidades de análisis relevantes a la operación del mecanismo, no de todas las que incluya el sistema. U contiene todas las unidades presentes en la operación del mecanismo, desde que se acciona hasta que termina de operar, con lo cual no necesariamente estarán todas las unidades presentes todo el tiempo: algunas podrán aparecer mientras el mecanismo opera, y otras podrán desaparecer.

P = {p1, p2,…, pn} es el conjunto de propiedades (relevantes al mecanismo), que incluye cualidades (ser caracol, ser hembra o tener aspas) y también acciones (saltar, empujar o contraerse).

P ⊆ U x P es una relación binaria que a cada unidad le asigna distintas propiedades. La principal propiedad para cada unidad será el “qué es”: las unidades del conjunto U están numeradas (o tienen nombres) pero no se sabe qué son; aquí se establece que, por ejemplo, u1 es la membrana tilacoidal, u2 es un electrón, etc. Además, establece las posibles propiedades de cada unidad; por ejemplo, P = {(u1, canal selectivo de Na+), (u1, cerrado), (u1, abierto)} significa que u1 (que es un canal selectivo de Na+) tiene dos propiedades: estar abierto (o abrirse) y estar cerrado (o cerrarse). P permite particiones sobre U: U = {U1, U2,…, Uk}, con Ui ⊆ U (1 ≤ i ≤ k). Una partición, por ejemplo, permitirá clasificar las unidades por tipo; otra –tal vez más fina que la primera– por ciertas propiedades de las unidades. Cada clase del dominio de las unidades podrá definirse apelando a P, por ejemplo: U1 = {u: <u, pi> ∈ P} = {u11, u12,…}, o bien U2 = {u: <u, pi> y <u, pj> ∈ P} = {u21, u22,…}, etc. En el primer ejemplo, U1 puede ser el conjunto de mariposas (todas las unidades que tienen la propiedad de ser mariposa, o, por extensión, el conjunto que contiene la mariposa 1, la mariposa 2, etc.). En el segundo ejemplo, U2 puede ser el conjunto de las mariposas de alas rojas (el conjunto de las unidades que son, a la vez, mariposas y poseedoras de alas rojas, o, por extensión, la mariposa de alas rojas 1, etc.). P describe las unidades: explicita los distintos estados, las cualidades y las acciones que pueden tomar las unidades (las relevantes para el funcionamiento del mecanismo).

R = {R1, R2,…, Rm} es un conjunto de relaciones (las relevantes a la operación del mecanismo), donde cada Ri es una relación n-ádica sobre U: Ri ⊆ Un, 1 ≤ i ≤ m. Así, por ejemplo, R1 = {(u1, u2, u3), (u1, u5, u6)} ⊆ U x U x U. En algunos casos, las relaciones pueden establecerse, de manera más general, sobre los tipos de unidad. Por ejemplo: R2 ⊆ U3 x U1 x U1. Las relaciones espaciales relevantes (contigüidad, sucesión, proximidad, interposición, etc.) estarán explicitadas en R, junto con otras relaciones relevantes (parentesco, depredación, sucesión, empuje o bombeo). Mediante mapas, planos o gráficos suele abreviarse la descripción de las propiedades y relaciones espaciales.

Ei (det) = <Ui, Pi, Ri> es el estado inicial, el estado en t0, es decir: las unidades en el instante inicial (Ui ⊆ U) con sus propiedades (PiP) y las relaciones entre ellas (RiR). A partir de este estado inicial es que comienza a operar el mecanismo. En el estado inicial el mecanismo se acciona y comienza a producir el cambio. En algunos casos, se puede distinguir el estado en el que el mecanismo comienza efectivamente a operar, del estado en el que el mecanismo está “activado”, es decir, listo para operar pero a la espera de un disparador o detonante –usualmente externo– que lo accione (el mecanismo está desactivado cuando no está en condiciones de operar cambio alguno aunque el detonante ocurra). Puesto que fácilmente puede incorporarse este elemento detonante, det, como una de las condiciones iniciales, y dado que no necesariamente está presente, se lo ha colocado entre paréntesis.

Ef = <Uf, Pf, Rf> es el estado final (el estado en tf, el último instante de operación del mecanismo), es decir, las unidades en el instante final (Uf ⊆ U) con sus propiedades (PfP) y las relaciones entre ellas (RfR). Ef explicita cómo quedan las cosas una vez que el mecanismo ha operado. El mecanismo causa un cambio, y ese cambio debe reflejarse en el estado de las unidades o en sus propiedades y relaciones. Un cambio sobre las unidades implicaría que Ui ≠ Uf. Puede ocurrir que ciertas unidades hayan desaparecido (o perecido), que hayan aparecido nuevas unidades (nacidas de las que estaban presentes en el estado inicial o generadas por el mecanismo), o ambas cosas (que ciertas unidades del estado inicial se hayan desintegrado o unido dando lugar a unidades distintas presentes en el estado final). Si Ui = Uf, es decir, si las unidades son las mismas antes y después de que el mecanismo operara, el cambio puede haberse dado en las propiedades, y/o en las relaciones. Si PiPf, las unidades ya no tienen las mismas propiedades que tenían antes (cambiaron de estado, de tipo de unidad, etc.). Si RiRf, las relaciones entre las unidades han cambiado (por ejemplo, de lugar o posición). Nótese que si Ui ≠ Uf, necesariamente PiPf, dado que cada unidad debe ser descripta con sus propiedades, y al eliminar unidades se deberá redefinir P. En este caso, si lo único que ha cambiado en P es que ya no se definen las propiedades de las unidades que han desaparecido o que se agregan las propiedades de las unidades que han aparecido, el cambio será significativo en U y trivial en P.

F = {F1, F2,…, Fñ} es un conjunto de resultantes, ya sea de propiedades, ya sea de relaciones. Al igual que en el caso de los elementos analizados antes, se trata del conjunto de resultantes relevantes a la operación del mecanismo. Grosso modo, las resultantes describen qué resulta del paso del tiempo. En el caso de las resultantes de propiedad, lo que se establece es que, por ejemplo, una unidad envejecerá, morirá, se convertirá en mariposa, madurará, saltará, se deslizará o se cerrará (como se dijo, las propiedades son entendidas aquí en un sentido amplio: cualidades, estados, actividades; las resultantes pueden establecerse sobre cualquier tipo de propiedad). En el caso de las resultantes de relación, lo que se describe es qué acontecerá de la relación entre unidades y/o tipos de unidades; por ejemplo, que se aparearán, que las de tipo U1 depredarán a las de tipo U2, que U1 y U2 desplazarán a U3 o que U3 se desplazará a través de u1 hasta llegar a u2 (esto sería que un tipo de unidades se desplazará a través de una unidad específica –u1– hasta llegar a otra unidad específica –u2–). Puesto que, aunque se las ha separado por motivos de claridad, las propiedades pueden considerarse un tipo especial de relación (las propiedades son relaciones monádicas), no es necesario definir las resultantes de propiedades y de relaciones por separado, y puede tratárselas en conjunto bajo el rótulo de “resultantes”. Si se define estado como un conjunto de ciertas unidades (no necesariamente todas las del mecanismo o sistema)[34], que poseen determinadas propiedades y, tal vez, están entre sí en determinadas relaciones, una resultante de relación es una función que a un estado le asigna otro (o bien un conjunto de estados posibles, o bien un estado con una cierta probabilidad). Formalmente: una resultante Fi describe, para determinado estado Ej en un instante tm, cuál es el resultado (o los resultados posibles, y con qué probabilidad) en un instante posterior tm + k (1 ≤ k) o en algún instante de un período posterior comprendido entre tm + gtm + h (1 ≤ g < h).

De manera que F determina las relaciones temporales, las acciones y las interacciones, es decir, cómo se van sucediendo, y al establecer los resultados de las acciones e interacciones, permite calcular las etapas intermedias; es decir, permite calcular los sucesivos cambios de estado que conectan el estado inicial con el estado final, y así permite entender cómo opera el mecanismo (qué es lo que pasa; cómo se van dando los cambios).

F puede contener distintos tipos de resultante. Algunas resultantes podrán ser estocásticas, otras deterministas. Algunas resultantes serán producto de mecanismos de nivel inferior, otras serán el resultado de leyes “fundamentales”. Algunas resultantes se expresarán en funciones matemáticas. Algunas resultantes establecerán con precisión en qué momento se obtendrá el resultado, mientras que algunas resultantes solo establecerán que se obtendrá en algún momento futuro (con distintos grados de precisión).

Debe aclararse que el conjunto de resultantes no establece qué relaciones se darán de hecho al operar el mecanismo. Solo indica qué pasará si interactúan (en determinada relación) ciertas unidades (con ciertas propiedades) con otras unidades (con ciertas propiedades), o qué pasará con una unidad que tiene cierta propiedad. Por ejemplo, se sabe que un estado A resultará probablemente en un estado B o, con poquísima probabilidad, en uno C, que un estado B resultará en uno D y que un estado C resultará en uno E. En el mecanismo (en su funcionamiento típico) puede que nunca se configure un estado E porque no se dio C. Pero identificar completamente el mecanismo implica que pueden darse esas resultantes (porque C es un estado probable, aunque solo sea No-B). En mecanismos complejos, en los que pueden llegar a darse muchos tipos distintos de interacciones y relaciones (como las relaciones que pueden darse en poblaciones a lo largo de generaciones, o en sociedades que involucran miles de agentes), no necesariamente se darán de hecho todos esos tipos de relaciones, pero identificar completamente el mecanismo requiere saber cuál sería el resultado de esas relaciones. Además, como resultado de las actividades y relaciones, se produce un cambio, ya sea en las unidades, en sus propiedades y/o en sus relaciones, con lo cual, las relaciones se concatenan con otras via resultantes. Las resultantes por sí solas no indican cómo se dará el encadenamiento, dado que esto depende de diversos factores (como la configuración del estado inicial o la sucesión en que se dan de hecho las interacciones y actividades).

MO: es el modus operandi del mecanismo, la manera típica en la que el mecanismo opera[35]; captura el aspecto dinámico. Como se dijo, las resultantes de relación no indican por sí solas cómo opera el mecanismo, sino que especifican qué pasaría si se dieran ciertas interacciones o relaciones. De esas posibles interacciones, solo algunas se darán (dependiendo de factores como el estado inicial o las relaciones que se den de hecho). El modus operandi indica qué acciones e interacciones tienen lugar, cuáles son sus resultados, y el orden temporal en que esas relaciones van tomando lugar y generando nuevas relaciones (cuando el mecanismo opera normalmente). Todo mecanismo es causal, pero a diferencia de la mera causa el mecanismo genera un cambio (no mantiene un estado) y lo hace obrando de una manera típica, organizada, orquestada. Es el modus operandi el que permite describir las etapas intermedias (o estados intermedios) por las que pasa el mecanismo: de ahí que el mecanismo se asocie a una sucesión de etapas o a ciertos procesos. Pero el mecanismo no es el conjunto de etapas: tiene un modo característico de operar que hace que el estado inicial se vaya transformando, a lo largo de sucesivas etapas, en el estado final. En un mecanismo completamente identificado, todas las etapas intermedias por las que pasa el sistema están identificadas: esa es la manera típica en la que opera el mecanismo.

Cuando todas las resultantes de interacción son deterministas, el MO puede quedar determinado por los demás elementos (se toma el estado inicial, y se van determinando las demás etapas según las resultantes de interacción). De todas maneras, con elementos idénticos pueden darse distintos MO. Por ejemplo, en algunos modelos de malacates, la posición de una única pieza determina si el giro del eje será dextrógiro o levógiro (si enrolla o desenrolla). Quien opera el malacate puede cambiar esa posición a voluntad. Esa pieza tendrá dos propiedades destacadas, por ejemplo, “izquierda” y “derecha”, y cada una determinará un sentido de giro del carretel. Dado el estado del carretel en el instante t, para calcular la posición en t + 1, debe tenerse en cuenta el sentido de giro. Esto significa que pueden modelarse dos mecanismos con las mismas unidades, propiedades, resultantes y estados: un mecanismo con giro dextrógiro y otro con giro levógiro. Este ejemplo acaso resulte demasiado sencillo, pero ilustra la importancia del MO en la identificación de los mecanismos. Es mucho más importante y complicado determinar el MO en mecanismos con resultantes de interacción estocásticas, ya que una resultante estocástica funciona como la pieza que cambia el giro en el malacate: puede determinar, con sus distintas resultantes, mecanismos diferentes.


Aquí puede hacerse una digresión para señalar una ventaja de la caracterización que se ha propuesto, y es que permite caracterizar de manera semejante algunos conceptos relacionados con el de mecanismo y que no siempre se distinguen claramente. Particularmente, las nociones de sistema, estructura y caja negra. Es común en ciencias biológicas, en física y en ciencias sociales hablar de “sistema” y “estructura”, y no siempre se emplean de manera unívoca. En ciencias sociales es común oponer los mecanismos a las cajas negras. La caracterización que se propone de sistema, estructura y caja negra deja en claro cuáles son los puntos comunes y las diferencias entre ellos. En cada caso, se trata de indicar los elementos relevantes para una caracterización completa (aceptando que, según los fines que cada investigación persiga y el estado de conocimiento que se tenga sobre el tema, no todos los elementos estarán explicitados con idéntico detalle).

Caja negra:

C = <U, P, P, R, Ei, Ef>

En una caja negra, se desconoce el porqué del cambio. Se sabe que ante un determinado estado inicial (usualmente denominado input) resulta un estado final (usualmente denominado output). Los elementos relevantes son Ei y Ef, aunque los demás elementos pueden estar presentes, explicitados de distintas maneras. Es por esto que en ciencias sociales los mecanismos se oponen a las cajas negras: estas describen meramente qué pasa, aquellos explican qué es lo que pasa.

Estructura (o sistema en sentido físico):

E = <U, P, P, (G,) R>

La estructura es el conjunto de unidades, con sus propiedades, y sus relaciones. La explicitación de las propiedades y relaciones es lo relevante. En algunos casos, suele caracterizarse de esta manera al sistema físico: un conjunto de unidades que guardan entre sí ciertas relaciones, o un conjunto de unidades reunidas bajo ciertos límites. G es el conjunto de propiedades emergentes de la estructura; dado que en algunas estructuras las propiedades emergentes no resultan relevantes, se considera aquí que las propiedades emergentes podrán o no estar presentes en la descripción de la estructura[36].

Sistema (social, biológico):

S = <U, P, P, G, R, E>

Un sistema (en el sentido con el que se emplea el término en ciencias sociales y biológicas) es una estructura con el agregado de un componente: la descripción de E, el estado de “equilibrio”, “normalidad” u “homeóstasis”. Este estado de equilibrio no es un estado de inmovilidad o inacción total, sino un estado dinámico en el cual las condiciones se mantienen reguladas dentro de ciertos límites: cuando alguna condición o propiedad se acerca al límite, el sistema la corrige y se autorregula. Fuera de esos límites, el sistema entra en un estado de anormalidad o emergencia, pudiendo llegar a desaparecer (el sistema como tal). Dentro de un sistema así definido, un mecanismo (de nivel inferior) cumple una función si el cambio de estado que genera contribuye al mantenimiento del sistema. Esto es importante, ya que muestra cómo el estudio de ciertos mecanismos puede colaborar con el análisis funcional.

Un sistema admite muchos estados además del estado de homeóstasis: las unidades de análisis, sus propiedades y relaciones admiten muchas configuraciones, de las cuales solo algunas serán consideradas normales. Por ejemplo, el estado homeostático de un sistema como el ser humano incluye un cierto rango (valores mínimos y máximos) de temperatura corporal, de latidos del corazón por minuto, de plaquetas en sangre o de masa ósea. Pero el sistema admite (al menos, por algún tiempo) valores por fuera de esos rangos (como por ejemplo, cierto estado febril). Puesto que el término sistema se emplea a veces como sinónimo de estructura y a veces se emplea tal y como se lo ha caracterizado aquí, en lo sucesivo se empleará sistema en el sentido laxo: un recorte arbitrario (en mayor o menor grado) de la realidad, que consta de unidades, con ciertas propiedades y relaciones, y que admite la configuración de ciertos estados, de los cuales algunos podrán destacarse como “normales”, pero no necesariamente. El empleo de sistema en el sentido más estricto tendrá aquí importancia en la medida en que la investigación biológica y social busque los mecanismos que colaboran corrigiendo los valores del sistema cuando estos salen o amenazan con salirse del rango de valores normales. Si se entiende sistema en este sentido restringido (Cummins, 1975), entonces resultará útil el análisis funcional, y los mecanismos podrán aportar a este tipo de análisis (Craver, 2001). Pero si se entiende sistema en el sentido físico, el análisis funcional no resultará tan fructífero. Cuando sea necesario distinguir en qué sentido se emplea el término sistema, se lo hará, caso contrario se empleará en el resto del trabajo en un sentido laxo. Nótese que, según esta concepción laxa de sistema, todo mecanismo es parte de un sistema: las unidades de un mecanismo (con sus propiedades y relaciones) podrán ser consideradas un subconjunto (no necesariamente propio) del conjunto de las unidades de un sistema.

Como puede verse, la caracterización que se propuso tiene un beneficio adicional: permite caracterizar otras nociones, además de mecanismo, y diferenciarlas claramente. Ahora bien, queda por ver si la caracterización que aquí se propone cumple con los requisitos que la caracterización matriz requiere, esto es: contener los distintos elementos clave para la investigación, no resultar demasiado estrecha ni demasiado amplia, y, sobre todo, ser fructífera. A continuación se analizarán y ejemplificarán los elementos de la caracterización propuesta para mostrar que cumple con los primeros tres requisitos. En el parágrafo siguiente se analizarán los ejemplos del capítulo 2 y se mostrará que esta formulación permite capturarlos, con lo cual promete ser fructífera.

4.1. Unidades de análisis

Las unidades de análisis son determinadas por los intereses de quien investiga: pueden ser individuos o instituciones, neuronas, semillas, rasgos o genes. No necesariamente son observables: pueden ser genes, partículas o preferencias. Más importante aún: las unidades pueden ser individuos, conjuntos de individuos o incluso poblaciones. Puede ser relevante que las unidades presentes en el momento de accionarse el mecanismo sean o no las mismas unidades presentes en la etapa final (como en los mecanismos donde la historia es relevante). En el caso de una población, puede que lo relevante sea simplemente una propiedad de la población, como por ejemplo, el número de individuos o el porcentaje de individuos de cierto tipo.

Las unidades podrán dividirse en clases, según las propiedades que la investigación resalte: un grupo de unidades serán semillas y otro grupo serán pinzones; un grupo de unidades estará constituido por agentes y otro por bienes.

Claramente, la elección de las unidades (que, como se dijo, depende de los intereses de la investigación), gravitará sobre la posibilidad de un estudio interdisciplinario, ya que los mecanismos identificados podrán ser útiles a todas las disciplinas interesadas en esas unidades[37].

Las unidades son, finalmente, elementos fundamentales, y de ahí el carácter modular que muchas veces se resalta en los mecanismos: las unidades de análisis funcionan como módulos o elementos en algún tipo de combinación. Claramente, en ciertos mecanismos este carácter modular será fácilmente observable, principalmente en los artefactos y mecanismos donde la disposición espacial es decisiva y puede haber intercambio de piezas. En otros mecanismos la modularidad es más discutible o, al menos, debe ser tomada en un sentido restringido, porque el intercambio de piezas no será posible (por ejemplo, en los mecanismos sociales es usual que ciertos individuos o instituciones no puedan ser reemplazadas sin alterar el mecanismo, sencillamente porque los demás individuos alterarán su conducta ante ese intercambio). Pero esto dependerá de qué se entienda por modularidad o qué características se le atribuyan. En un sentido laxo de modularidad, los mecanismos son modulares.

4.2. Sistemas

Los sistemas y estructuras, al igual que las unidades de análisis, también son determinados por quien investiga. Un sistema, como se lo entiende aquí, es un recorte arbitrario del continuo que es la realidad. Las características del sistema dependerán de su naturaleza: algunos soportarán el reemplazo de una parte (puede sustituirse en un reloj un engranaje por otro de características similares, y el sistema no se alterará significativamente), otros no (un corazón probablemente no soportará el reemplazo de la aurícula derecha por otra aurícula derecha). Un sistema puede ser un mero conjunto de unidades con límites espaciales (como un frasco con monedas), una colección de conjuntos (como un ecosistema, donde se aúnan conjuntos de individuos, las poblaciones) o una colección no limitada espacialmente (como los integrantes de una red social). Los sistemas pueden o no tener mecanismos que los integren: un frasco con monedas es un sistema físico que, a nivel macroscópico, no contiene mecanismos (dado que, en la caracterización que aquí se propone, el mecanismo debe operar un cambio, y en el frasco con monedas no cambia nada).

La determinación del sistema admite una gradación de niveles de organización: el cuerpo de un animal es un subsistema del ecosistema, pero un suprasistema respecto del sistema cardiovascular. Es la investigación la que dicta el nivel de interés y los límites del sistema. Es la investigación la que impondrá las restricciones que determinen qué califica como sistema. Y es la investigación la que determinará qué cuenta como cambio de estado del sistema. Por ejemplo, el cambio puede darse en la disposición de algún elemento del sistema (un mecanismo que abre una puerta), en las propiedades de algún elemento del sistema (un mecanismo que calienta el agua de la cafetera o uno que aumenta el número de individuos de la población) o, incluso, resultar en la destrucción del sistema (como ocurre, por ejemplo, en la denominada “tragedia de los bienes comunes”, en la cual se explota un recurso hasta agotarlo).

4.3. Propiedades y relaciones

De todas las características que poseen las unidades, para el mecanismo solo algunas serán consideradas relevantes: aquellas que incidan en las relaciones y en las resultantes. Es irrelevante, por ejemplo, que el plano inclinado tenga la propiedad de ser rojo o azul. Las propiedades relevantes pueden ser de todo tipo: la altura, el color, el peso, la ideología política, las dimensiones espaciales, la edad o la carga eléctrica. Puesto que las propiedades son relaciones monádicas, un tipo especial de propiedad es la actividad: algunas unidades hacen determinadas cosas (la resultante puede determinar cuánto tiempo lo hará o cuántas veces). Ejemplos de actividades son: saltar, deambular, girar, gritar, contraerse, expandirse y esperar. Las resultantes de las propiedades describen cómo las propiedades (y relaciones) de ciertas unidades en un determinado momento condicionan un estado futuro. Por ejemplo, si una unidad tiene en un instante la propiedad de estar caliente, en un instante posterior estará tibia; si en un instante ciertas unidades tienen la propiedad de ser estériles, serán estériles en todo momento futuro (aquí la resultante no es un cambio, sino un estado de la unidad idéntico); si en un instante las unidades de cierto tipo tienen la propiedad de ser adultas, en algún instante futuro (determinado con mayor o menor precisión) perecerán.

4.4. Relaciones y resultantes

Las relaciones entre unidades dependerán, claro está, de las unidades y las propiedades. Si una unidad A empuja (atrae, eleva, persigue, traiciona, delata, caza, mata, devora, imita, contagia, humedece, tuerce, compra) a otra B, las unidades A y B están en relación, aunque la unidad B no tenga actividad (su propiedad relevante, por ejemplo, puede ser el peso: este hace que A pueda o no pueda moverla o resistirla). En algunos casos será relevante que sean determinadas unidades y no otras las que se relacionen de cierta forma. Por ejemplo, la aurícula derecha del corazón está en determinada relación con el ventrículo derecho, y no sería lo mismo si la relación se diera con el ventrículo izquierdo porque, de ser así, la sangre no oxigenada sería bombeada hacia los tejidos en lugar de ser enviada hacia los pulmones, y volvería a la aurícula derecha, cerrando el ciclo sin que intervengan la aurícula izquierda y el ventrículo derecho; es decir, el mecanismo sería distinto. En otros casos lo único que importará es que alguna unidad (de cierto tipo, es decir, con ciertas propiedades) interactúe con alguna otra unidad (de cierto tipo). Por ejemplo, para la despolarización de las neuronas basta con que un cierto número de iones de sodio pase al interior de la célula; no importa cuáles son los que pasan, sino que pase la cantidad suficiente como para que el fluido intracelular pierda negatividad.

Si en un mecanismo las resultantes están regidas por leyes deterministas, el mecanismo permitirá predicciones precisas (las predicciones dependen también del conocimiento que se tenga del estado inicial y del detonante). Si las interacciones tienen resultantes estocásticas o probabilísticas, tal vez permita algún tipo de predicción, usualmente a nivel macro. Debe distinguirse la predicción a nivel micro (o de las unidades) de la predicción a nivel macro (o del sistema que contiene el mecanismo): en algunos casos (por ejemplo, en los mecanismos propios de las máquinas) puede predecirse tanto a nivel micro como a nivel macro; en otros casos podrá predecirse a nivel macro (saber que un lago se congelará) sin poder predecir a nivel micro (es decir, sin poder predecir qué partes o moléculas se congelarán primero); finalmente, en otros casos podrá predecirse a nivel micro (por ejemplo, predecir qué río intentará remontar cierto salmón en la época de desove) sin poder predecirse a nivel macro (qué pasará en la población de salmones o con el ecosistema). Una resultante de relación estocástica puede asignar a un determinado estado un conjunto de estados con igual posibilidad o posibilidad desconocida (por ejemplo, si un líder de manada entra en relación de desafío con otro individuo, puede resultar que el líder se mantenga o que pierda el liderazgo), o con distinta posibilidad a cada estado (por ejemplo, si una persona enferma es medicada en un instante determinado, la probabilidad de que se cure en un determinado período posterior es de 0,8 –y 0,2 la de que no se cure–).

Las resultantes de relación formalizables integran una clase destacada: son interacciones cuyas resultantes pueden ser modeladas por funciones matemáticas o juegos, como el ejemplo del mecanismo de formación de creencias o el del plano inclinado vistos en el capítulo 2. En algunos casos, como se dijo, se cree que la función (o el juego) y el mecanismo son la misma cosa, pero no lo son: son distinguibles y deben ser distinguidos. Las formalizaciones son de gran utilidad, pero la sola función matemática no explica nada. Para que la formalización sea fructífera debe, además de adecuarse a las observaciones, tener una caracterización de las unidades, las propiedades, y los demás elementos (usualmente la tienen implícitamente). En el caso de la modelación de la teoría de juegos, los equilibrios pueden ser vistos como posibles estados futuros o finales.

Las resultantes pueden ser de distintos tipos. En algunos casos, se sabe que siempre que ocurra A, ocurrirá B (incluso, con qué velocidad o en qué instante). En otros casos, se sabe que ocurrirá B con una probabilidad determinada p. Y en muchos casos no se podrá asignar un número que indique la probabilidad de B. Especialmente en ciencias conductuales sucede que los individuos pueden reaccionar de determinada manera ante una situación determinada, pero no se le puede asignar una probabilidad a esa reacción (ya sea para el mismo individuo o para otro individuo de la misma especie frente a la misma situación)[38]. Además, el individuo puede reaccionar de muy distintos modos, con lo cual ni siquiera es posible indicar que o bien ocurrirá B o bien C. Pero debe notarse que esto no es un problema para la modelación del mecanismo o su identificación ya que en el momento de establecer las resultantes de relación solo cuentan las relevantes para el mecanismo. Es decir, el mecanismo requiere que, dado A, resulte B. Por lo tanto, las veces que B no ocurra, no operará el mecanismo (aunque tal vez opere otro). Si se sabe la frecuencia con la que se da B, mejor. En algunos casos, como se verá más adelante (cuando se vuelva sobre el ejemplo de la selección natural presentado en el capítulo 2, §5) es muy importante conocer la frecuencia con la que resulta cierta relación o interacción, porque de ello depende la operación del mecanismo. En otros casos es importante conocer la ley física que rige ciertas relaciones (como la fórmula matemática en el ejemplo del plano inclinado que se presentó en el capítulo 2, §8). Pero en otros casos, no es necesario ni relevante poseer leyes para las resultantes de relación. Por eso deben distinguirse claramente las leyes, tanto deterministas como estocásticas, de las resultantes de relación. No siempre se conocen las leyes que rigen las resultantes y, sin embargo, pueden identificarse igualmente las resultantes relevantes a la operación de un mecanismo. Con respecto a la relación entre mecanismo y ley, la postura que se adopta aquí se deduce de lo dicho: en muchos casos, las leyes son “internas” a los mecanismos (porque rigen, por ejemplo, resultantes), en otros casos los mecanismos permiten explicar las leyes (esto es, las leyes estarían en un nivel superior), y en otros casos, se identifican mecanismos sin tener, en sentido estricto, leyes identificadas de nivel inferior ni superior.

4.5. Estado inicial y detonante

El estado inicial es el estado preciso en que el mecanismo se acciona o “dispara”, comenzando el cambio que llevará al estado final. Puede hacerse aquí una distinción: los mecanismos en los cuales puede distinguirse un detonante (la tapa del reloj de bolsillo permanecerá cerrada hasta que algo externo accione el mecanismo pulsando el botón de apertura) y los mecanismos que se accionan en cuanto se configura el estado inicial (como el plano inclinado: en cuanto se deja el objeto y el plano en posición, quedan dadas las condiciones iniciales y el mecanismo se acciona, no queda esperando a que algo inicie el desliz). En los mecanismos “con detonador”, puede distinguirse el estado de “activado” o “montado” (o “amartillado”, como cuando el percutor de un arma está levantado y el arma está en disposición de disparar) de otros estados de “desactivado” (por ejemplo, cuando el reloj está con la tapa abierta o abriéndose, el mecanismo de apertura no está “activado”, porque apretar el botón no inicia nada; está activado solo cuando la tapa está correctamente cerrada). En algunos casos, entonces, el estado inicial (la configuración en la cual el mecanismo está activado) puede distinguirse del detonante: Ei (det). Pero lo cierto es que esta distinción no es necesaria, porque puede describirse el mecanismo incorporando el resultado del detonante como un elemento más del estado inicial (en el ejemplo de la tapa del reloj, la tapa debe estar correctamente cerrada y el botón, apretado). Por otra parte, puede presentarse el detonante como un elemento (que puede ser interno al mecanismo, como la maduración de una unidad) que se identifica como disparador. Como la idea es brindar una caracterización general de los mecanismos, simplemente se hablará en lo sucesivo de estado inicial entendiendo las condiciones iniciales más el detonante (si lo hubiera) y se hablará de detonante cuando sea necesario para resaltar el origen preciso del cambio.

El detonante puede ser el efecto de otro mecanismo (como un mecanismo de relojería que acciona un mecanismo de apertura de una puerta). Puede ocurrir que en el estado actual de una investigación no se tenga identificado el detonante o las condiciones que accionan el mecanismo, pero si se trata de un mecanismo existe un estado inicial que lo acciona; caso contrario se corre el riesgo de que la noción de mecanismo sea asimilada por el simple devenir.

La identificación del detonante es particularmente importante para la intervención y el control: en medicina y en política, por ejemplo, es de importancia fundamental identificar el detonante para provocar deliberadamente la acción de mecanismos (para curar o para corregir una situación social) o bien para evitar que los mecanismos se accionen (evitar la enfermedad o evitar una situación social).

Usualmente un mecanismo requiere para activarse que se den varias condiciones. Es por esto que la investigación debe interesarse por el estado inicial, porque las condiciones iniciales dan a los mecanismos su rango de aplicación (a diferencia de las leyes irrestrictas que, por definición, rigen fenómenos en cualquier condición). Identificar el estado inicial y el detonante permitirá demarcar los límites de aplicación de un modelo mecanicista, y ampliar la búsqueda de mecanismos similares. Otra característica importante del estado inicial y el detonante es que si se tiene identificado un mecanismo en los términos aquí descriptos, y quien investiga percibe que ciertas condiciones están a punto de darse en un sistema, puede predecirse que el mecanismo se activará. Por ejemplo, podrá predecirse que habrá una revuelta social, que una enfermedad (por el mecanismo de contagio) se tornará pandemia, que la alarma de un reloj va a sonar, o que una especie se extinguirá. En todos los casos, ocurrirá lo predicho si no se impide la configuración del estado inicial y el detonante, y no se interrumpen los procesos del mecanismo.

Aquí debe señalarse que la identificación del mecanismo muchas veces no será completa, y los intereses de la investigación (o el desarrollo de la teoría) permitirán distinguir el estado inicial de un mecanismo (en cierto sistema) de ciertas condiciones que pueden llegar a darse fortuitamente. Supóngase que se tiene un mueble (un librero o biblioteca rústicos, algo como una estantería) con libros: esas serían las unidades del sistema. Cada vez que la biblioteca sea inclinada (por sobre un cierto ángulo), los libros caerán. Entonces, ¿una biblioteca tiene un mecanismo de volcado de libros? Aunque no faltarán autores que sostendrían que sí (por ejemplo, quienes propongan que los mecanismos son procesos y sean consecuentes con esta postura), la idea que se persigue aquí es más restrictiva. Pero no puede, como en el caso del clavo en la pared (que no es mecanismo porque no causa un cambio), sortearse este problema imponiendo más condiciones al concepto de mecanismo. Será el grado de desarrollo de la investigación (dependiente del grado de desarrollo de la disciplina) el que determinará los límites del sistema: cuando se incline la biblioteca, el estante y el libro serán un caso concreto del mecanismo de plano inclinado comentado en el capítulo 2, §8; pero la biblioteca no provoca por sí sola el cambio y, por ende no es ni tiene un mecanismo de volcado de libros. Podrá serlo, pero para ello en el sistema se deberá incluir como unidad a la persona que en determinado momento inclina la biblioteca, lo cual no parece viable ya que no parece haber disciplina que establezca (justificadamente) un recorte de la realidad semejante. La investigación, entonces, determina los límites de los sistemas y los mecanismos presentes en ellos (por distintos motivos: pueden ser teóricos o metodológicos). Y esos límites no son fijos: el avance de la disciplina podrá cambiar y mejorar la delimitación, así como la identificación de las unidades, las resultantes y los demás elementos.

4.6. Nivel de organización y recursividad

Como se dijo, el nivel en que se “recorta” la realidad está dado por el interés de la investigación. Un mecanismo puede ser parte de un mecanismo mayor y, a la vez, contener un mecanismo como unidad; es decir, la propuesta neomecanicista es recursiva. Los mecanismos de nivel inferior pueden o no ser considerados explícitamente; esto también dependerá de los intereses de la investigación. Por ejemplo, si se toma el mecanismo de bombeo de sangre tal como se lo presentó en el capítulo 2, §2, puede verse que no se considera lo que causa la contracción muscular de las aurículas y ventrículos. Pero la contracción muscular puede atribuirse a la operación de un mecanismo que envía el impulso eléctrico. Este mecanismo, en el ejemplo, es de nivel inferior, ya que no es parte del bombeo. Para ciertos intereses (por ejemplo, el estudio de la arritmia cardíaca) puede que sea relevante “bajar de nivel” y considerarlo.

Un punto que debe tenerse en cuenta es que los mecanismos de nivel inferior no pueden explicar los mecanismos de nivel superior: por ejemplo, el mecanismo que envía el pulso eléctrico y los mecanismos que operan a ese nivel (que hacen que los músculos se contraigan y luego relajen) no son suficientes para explicar el bombeo de la sangre. Por lo tanto, no se trata de investigar en los mecanismos que operan en el nivel fundamental (o más bajo) para que todos los demás mecanismos (de todos los demás niveles) queden explicados. Los mecanismos que operan en el nivel de los genes no permiten, por ejemplo, explicar los mecanismos a nivel de los ecosistemas (que incluyen elementos climáticos o accidentes geográficos). Esto, que puede parecer trivial a la luz de los ejemplos, no debe perderse de vista porque es otra diferencia importante con la investigación científica estándar, centrada en leyes, que pretende que las leyes fundamentales permiten explicarlo todo (sin importar el nivel de agregación).

El nivel de “recorte” de la realidad tiene una importancia insoslayable: lo que en un nivel es mecanismo, en otro es caja negra. En ciencias sociales debe tenerse en cuenta que, a partir de cierto nivel de organización, los mecanismos dejan de ser observables, ya que pasan a ser psicológicos (lo cual no significa que no tengan –al menos en muchos casos– contrastación indirecta). En efecto, el nivel macro es, claramente, la sociedad, y hay niveles de organización intermedios, como familias o empresas. En el nivel de los individuos, puede observarse su modo de actuar, pero los mecanismos que operan en el nivel inferior (y causan las acciones) son psicológicos. Los ejemplos tomados de Elster (ver capítulo 2, §9) pueden ser vistos como mecanismos en un nivel macro: el nivel social (o un nivel intermedio). A la vez, en el nivel del individuo son cajas negras: no se dice cómo se produce el efecto del mecanismo de compensación. Los mecanismos de defensa psicológicos pueden funcionar en este sentido para explicar fenómenos de nivel macro, pero en el sentido analizado aquí son cajas negras a nivel del individuo. Una vez más, juegan su papel los intereses de la investigación.

4.7. Cambio

El estado inicial y el estado final de un sistema son, una vez más, una cuestión decidida por la investigación. De la misma manera que puede encontrarse un número indefinido de estados (o etapas) intermedios, el estado inicial y el final que se estén considerando podrán ser vistos como estados intermedios de períodos más amplios del sistema. Pero para quien investiga está relativamente claro qué estados serán justificables como inicial y final: lo determinará alguna característica del sistema que resulte relevante para la investigación. Puede tratarse, por ejemplo, de los estados de reposo (las propiedades espaciales de las unidades) que preceden y suceden a un movimiento o de la desaparición de unidades con alguna propiedad determinada.

El cambio puede darse en cualquiera de los niveles del sistema: en un sentido trivial, cualquier cambio en las unidades (cualquier diferencia entre el estado inicial y final de una unidad) es un cambio en el sistema. Pero para la investigación puede resultar fructífero prestar atención a qué unidad es la que cambia. En este sentido, y solo como una forma de hablar, se dice que el cambio es a nivel de la unidad o micro. En otros casos, lo relevante será el cambio a nivel macro (no importa tanto qué unidades cambian, sino que haya algunas unidades que cambien).

En algunos trabajos se acepta[39] que los mecanismos pueden “prevenir o provocar” el cambio de estado del sistema. El concepto de mecanismo que se propone aquí es más restrictivo: todo mecanismo provoca un cambio. Esto es, todo mecanismo tiene actividad. Un frasco que evita que el agua se derrame no es un mecanismo, precisamente porque mantiene cierto estado (previene en este sentido un cambio) sin ser causante de cambio alguno, es decir, sin actividad. Es necesario distinguir entre “no tener actividad” y “mantener un estado”. La caracterización que se defiende aquí permite caracterizar los mecanismos de corrección (por ejemplo, de los sistemas homeostáticos) que, en cierto modo, previenen cambios en el sistema y mantienen un estado, pero siempre actuando. Además, el “estado” que mantienen es, en realidad, un “estado dentro de cierto rango”. Tómese el ejemplo del mecanismo que mantiene la temperatura de una heladera, o de un motor, o del cuerpo de un animal. Si se emplea sistema en el sentido estricto que se caracterizó antes, estos mecanismos (como el termostato) colaboran a mantener el estado del sistema (mantener una determinada propiedad del sistema, por ejemplo, su temperatura). Sin embargo, estos mecanismos no previenen stricto sensu el cambio. Mantienen el sistema dentro de ciertos límites: cuando la temperatura llega a uno de los valores límite (en una heladera, cuando la temperatura interior sube hasta cierto punto) el mecanismo se acciona y cambia la temperatura (en la heladera, baja la temperatura) hasta cierto punto. Si bien la heladera “mantiene el frío” merced al termostato, en realidad mantiene la temperatura (cambiante) dentro de ciertos límites. Si para la investigación lo relevante es cómo se mantiene la temperatura de la heladera, podrán distinguirse los estados inicial y final, y así se verá claramente que el mecanismo produce un cambio, aunque si se considera el sistema con su estado de normalidad, el mecanismo evita el “cambio” (evita el salir de ese estado de normalidad). Illary y Williamson (2012, p. 130) proponen como un ejemplo “fronterizo” de mecanismo una viga que sostiene un techo. Al igual que el termostato de la heladera, la viga mantiene un estado (mantiene el techo en su lugar), pero no provoca ningún cambio (no hay estados inicial y final distintos) y, de hecho, no actúa (es decir, no se pone nunca en acción). La viga se mantiene en estado de reposo, sin tomar ningún rol activo. Por lo tanto, no es –según la caracterización que se propone aquí– un mecanismo. Y no lo es porque, precisamente, si una viga inerte fuese un mecanismo, el concepto de mecanismo resultaría banal.

Es usual que en la realidad los mecanismos estén concatenados, operen conjuntamente o se combinen. Puede plantearse como objeción que la complejidad que esto ocasiona es insuperable. Particularmente, si en un sistema dos mecanismos operan a la vez para producir cambios diferentes: por ejemplo, encender la calefacción y el aire acondicionado de un auto a la vez. Puede decirse que no habrá cambio y si no hay cambio, según la caracterización que aquí se propone, no hay mecanismo. Esta objeción es tan rebuscada que requiere condiciones que no se dan naturalmente y que sería casi imposible provocar. La respuesta a este tipo de objeciones recurre al carácter pragmático de la investigación: habrá algún tipo de cambio entre estados, solo hay que afinar los instrumentos de medición. No puede un mecanismo (ni varios) actuar sin provocar un cambio (aunque sea mínimo). Stinchcombe (1991) sostiene que no es útil investigar en mecanismos con pequeños efectos: una de las condiciones de utilidad que propone es, justamente, que los efectos sean apreciables. Puede que sea cierto, que no tenga sentido hablar de, o medir los, pequeños cambios. Pero si hay mecanismo(s) actuando, habrá cambio(s).

Un problema que plantea el análisis causal es el de las condiciones necesarias: aquellas condiciones que, de no darse, impiden que la causa produzca el efecto. O, dicho de otra manera, las condiciones inhibitorias: aquellas condiciones que, de estar presentes, impiden que la causa produzca el efecto. Las condiciones inhibitorias pueden impedir que el mecanismo se accione o impedir alguna de las relaciones que intervienen en la operación del mecanismo. En sentido estricto, no es posible conocer todas las condiciones necesarias: ningún mecanismo ha sido sometido a todas las condiciones posibles. Pero este inconveniente no es tan grave en la investigación de los mecanismos como lo es en la búsqueda de leyes causales, porque los mecanismos tienen alcance limitado. Si se ha identificado un mecanismo M que opera en un determinado sistema S, y se propone luego que M opera también en el sistema T, y resulta que, dadas las condiciones detonantes de S, en T no se produce el cambio esperado, esto no invalida el modelo que describe M. Puede tratarse de un mecanismo distinto que provoque el mismo estado final que M. Podrá investigarse en el sistema T para determinar de qué mecanismo se trata (la investigación podrá llevar a identificar una condición inhibitoria o un nuevo mecanismo: pero no echará por tierra el modelo que ya se tenía identificado). En este sentido, los modelos que describen mecanismos son “herramientas” similares a las teorías para la concepción semántica[40]: no son ni verdaderos ni falsos, sino que, una vez modelados, se reconocen en determinados sistemas, y en otros no. Las leyes causales son enunciados, y un contraejemplo (cuando se ha utilizado la ley para una predicción y esta no se cumple) refuta o al menos pone en tela de juicio la ley.

Algunos autores[41] insisten explícitamente en que los cambios que provocan los mecanismos deben ser regulares. Es decir, para que la idea de mecanismo no sea asimilada por la idea de causa, exigen que no haya un mecanismo de un único caso. Para que la explicación mecanicista no sea un mero relato, se demanda que el modelo mecanicista tenga diferentes concretizaciones: el modelo debe explicar tipos o clases de fenómenos. Por ejemplo, una reacción química que se da en ciertas algas; una reacción ante determinado anuncio público en ciertas sociedades (o en distintos momentos de la historia de una sociedad). El mecanismo provee una explicación porque es más general que el fenómeno que subsume (Elster, 1998, p. 49). Este requisito no es cuestionable, pero parece trivial: de la misma manera que no hace falta exigir que una ley de la naturaleza se concretice muchas veces, tampoco hace falta exigirlo para los mecanismos. La idea misma de identificar un mecanismo requiere tener distintas observaciones previas, así como la idea de identificar una ley supone muchas observaciones previas.

Un último aspecto que debe señalarse respecto del cambio que provocan los mecanismos es que diferentes mecanismos pueden tener el mismo efecto, es decir, provocar el mismo cambio. Por ejemplo, los mecanismos de especiación que presenta Baker (2005)[42] son un ejemplo de distintos mecanismos que pueden causar el mismo fenómeno: la aparición de una nueva especie. Cuando se tienen las mismas unidades y propiedades, y coinciden el estado inicial y final, lo que puede distinguir mecanismos es el modus operandi. Por eso para la investigación es esencial identificarlo.

4.8. Constructo analítico o modelo mecanicista

Los mecanismos operan en la realidad, son causales porque causan ciertos estados de los sistemas concretos, en los cuales hay, como se dijo, diferentes niveles de organización. Un modelo mecanicista es un constructo analítico. Los modelos tienen diferentes grados de abstracción o generalización. En el capítulo 2, §3, se desarrolla un modelo del mecanismo de transmisión química en la sinapsis; ese modelo es una abstracción que se concretiza en cada par de neuronas. El mecanismo de formación de creencias descripto en el capítulo 2, §1, es una abstracción o idealización de la cual, por ejemplo, cada profecía autocumplida en los distintos sistemas sociales es un caso concreto. Un modelo mecanicista no es un mecanismo, sino un constructo analítico: un modelo que pretende capturar, representar o describir un mecanismo. Todos los elementos presentes en la caracterización que se ha propuesto aquí (unidades, propiedades y demás) deberán estar presentes en el modelo (aunque en alguna formulación o presentación no se los explicite a todos). Como se dijo, los intereses de la investigación determinan lo relevante. Un modelo implica una abstracción y, por ende, una simplificación de la realidad: un modelo completo intentará capturar todos los aspectos relevantes (según la investigación) y dejará de lado todos los demás. Muchas veces el modelo completo puede resultar demasiado complejo para ciertos intereses. Por ejemplo, para la educación de nivel primario o para una exposición breve ante público no especializado, suelen presentarse modelos menos detallados. Si se quiere explicar en una charla sobre salud los mecanismos de contagio de ciertas enfermedades, es probable que se construyan modelos deliberadamente simples (no completos), y se dejen de lado ciertas propiedades que resultan relevantes para la investigación pero que entorpecerían la exposición por ser demasiado técnicos. Por ejemplo, se mostrará que un virus puede infectar por vía sanguínea, que el sistema circulatorio lo llevará a los pulmones y al hígado, etc. Y se dejarán de lado las complejidades sobre cómo el virus es transportado o cómo llega al hígado. Un modelo mecanicista desarrollado con el fin de servir a la investigación (para expresar resultados o proponer ejemplares) debe ser completo.

Los modelos sirven a la investigación y describen adecuadamente mecanismos (al menos, lo pretenden). Esto es lo que tienen en mente quienes describen los mecanismos como constructos analíticos (las caracterizaciones de mecanismo de índole analítica). Pero los mecanismos, en sentido estricto, no son constructos analíticos: los modelos que describen mecanismos son abstracciones, simplificaciones de la realidad que describen, capturan, explican mecanismos. Y los modelos tendrán cierto grado de generalidad: el modelo mecanicista de apertura de la tapa del reloj es un modelo que se aplica a, o se concretiza en, muchos mecanismos de apertura de tapas de reloj. A su vez, este modelo puede abstraerse más y llegar a un nivel de generalidad mayor (dejando de lado los elementos que particulares del mecanismo en el reloj, como “botón de apertura” o “caja del reloj”). Claro que ese modelo más general no describirá todos los mecanismos de apertura (probablemente no describa adecuadamente los mecanismos de apertura que utilizan partes neumáticas o hidráulicas), pero podrá aplicarse (al menos en principio) a mecanismos de apertura de tapa de pastilleros, cofres, estuches de lentes o reproductores de casetes y de discos compactos. Hay mecanismos distintos que tienen cosas en común: por ejemplo, el estado final que generan o la función que cumplen en ciertos sistemas. Así se habla de un mecanismo de defensa del sistema inmunológico, del mecanismo de relojería o del mecanismo de apertura. Un riesgo que se corre al ganar abstracción y generalidad es que se llegue a un nivel de generalidad tal que resulte imposible identificar adecuadamente todos los elementos del mecanismo, y el término mecanismo resulte vacuo. Esto ocurre, por ejemplo, si se habla de un “mecanismo de apertura”. El reloj de bolsillo y la lectora de discos compactos de la notebook tienen mecanismos de apertura. Pero en un caso la tapa se separa del extremo que no tiene la bisagra, y en el otro caso se desplaza una bandeja hacia afuera de la caja (y ni siquiera tiene bisagra). Un mecanismo tan general no puede caracterizarse de manera satisfactoria, ya que comenzar por ese grado de generalidad atenta, justamente, contra la investigación en mecanismos que debe darse en el sentido contrario: se parte de la investigación de casos. Si se identifican distintos mecanismos que provocan cambios similares en sistemas similares (la similitud entre los sistemas y los cambios será, básicamente, una cuestión de abstracción sobre las unidades y las propiedades) podrá hablarse de un mecanismo, o incluso de el mecanismo. El camino inverso es desaconsejable: la expresión mecanismo de apertura está en un nivel de generalidad tan alto que corre el riesgo de tornarse vacuo: ¿cómo determinar, por ejemplo, las unidades de un mecanismo de apertura (a secas)? Claramente, debe haber algo que se abra, pero no todo mecanismo de apertura tiene puerta o tapa, bisagra o resorte, tope, traba o imán de sujeción. Un ejemplo relevante en la práctica científica lo brinda el concepto de mecanismo de evolución. Este mecanismo tiene tantas formas de concretizarse que es un error comenzar por el mayor nivel de generalidad para después tratar de identificar ese mecanismo en sistemas concretos. En el §5 de este capítulo se reinterpretará el ejemplo de selección natural comentado en el capítulo 2, §5. El camino que propone el neomecanicismo es, como se dijo, el contrario: comenzar por casos similares (delimitar sistemas, unidades, relaciones, y demás elementos) para recién después ir ganando generalidad.

Los modelos mecanicistas pueden ser acompañados por una representación esquemática o gráfica. Por lo general, las actividades, propiedades, relaciones, interacciones o algún cambio de estado son representados por flechas, los estados o las unidades por nodos (que, en general, son los rótulos de las unidades y, tal vez, de alguna cualidad especial de ellas). Por ejemplo, los esquemas de Barros (2008, pp. 315, 316, 318). Otros modelos podrán estar acompañados de las gráficas de las funciones matemáticas que describen las relaciones o el cambio, como los gráficos de resultante de imitación racional de Hedström (1998, pp. 318, 319, 323). En los gráficos (o representaciones “pictóricas”, es decir, con algún tipo de imagen como dibujos, mapas o croquis), suele representarse cualitativamente la disposición espacial de las unidades y con flechas se indican las relaciones (o la sucesión temporal). Tal el caso del gráfico del mecanismo de flotante en Glennan (1996, p. 57) y del gráfico de la trampa para ratones de Craver y Bechtel (2006a, p. 470). Algunos modelos combinan los esquemas con las representaciones gráficas (como el gráfico de bombeo de sangre en Bechtel y Abrahamsen, 2005, p. 425).

Una de las funciones que cumplen estas representaciones gráficas o esquemáticas es la de simplificar la presentación del modelo. Particularmente, un dibujo que representa cualitativamente y/o cuantitativamente las relaciones espaciales entre las unidades evita el tener que explicar cada una de estas relaciones (lo cual, además de engorroso, suele no ser tan claro como un “mapita”).

4.9. Explicación mecanicista

La explicación mecanicista explica un fenómeno (descripto en el enunciado explanandum[43]) utilizando una descripción del mecanismo que causa el fenómeno (es decir, el modelo mecanicista será parte del explanans).

Como se dijo, no todo efecto es causado por un mecanismo. Por ende, no todo podrá ser explicado recurriendo a un modelo mecanicista. Y en algunos casos, incluso disponiendo de un modelo, si las relaciones en el mecanismo son estocásticas, no podrá explicarse más que parcialmente el cambio en el sistema, sin poder explicar punto por punto el resultado. Los mecanismos con relaciones estocásticas son más aptos para explicaciones ex post: permiten una comprensión de los fenómenos una vez que estos han ocurrido, pero si el fenómeno no ha ocurrido no permiten predecir o explicar ex ante.

La explicación como parte de la teorización llevará a que los modelos mecanicistas se relacionen con teorías (de rango medio o teorías de gran alcance). Y, dentro de las teorías, tendrán el mismo estatus que tienen los demás enunciados de las teorías[44]. Esto tienen en mente quienes caracterizan los mecanismos como hipótesis, partes de teorías, de explicaciones, relatos o enunciados (las caracterizaciones de índole epistémica). Pero, stricto sensu, los mecanismos no son enunciados, ni teorías, ni explicaciones.

5. Reinterpretación de los ejemplos del capítulo 2

Las caracterizaciones de mecanismo que se han propuesto en distintos trabajos, como se mostró, resultan objetables por diferentes motivos. Algunas, por no distinguir el plano ontológico del analítico o del epistémico. Otras, por confundir el concepto de mecanismo con algún otro concepto. Y otras, porque resultan inadecuadas para capturar mecanismos conocidos. La caracterización que aquí se propuso es clara, ya que delimita los distintos conceptos involucrados y no confunde los planos; a continuación, se mostrará que además es adecuada para diferentes ámbitos. Esto se hará retomando los ejemplos del capítulo 2: del examen se concluirá que la propuesta del parágrafo 4 de este capítulo reúne las condiciones que requiere una caracterización matriz de mecanismo que genere consenso y consolide la propuesta neomecanicista.

Para analizar el ejemplo 1, debe volverse a algo ya dicho: la función matemática no es más que un elemento del mecanismo, pero no es el mecanismo (según lo propuesto aquí). Es lo distintivo del mecanismo, porque la función rige la resultante de interacción principal, pero el mecanismo tiene otros elementos: individuos y/o instituciones con ciertas propiedades y relaciones. Si se agregan los demás elementos, lo que se obtiene es un mecanismo con un cierto grado de generalidad o abstracción, de modo que podrá aparecer en los sistemas concretos de formas muy distintas: desde la venta de ciertos productos a la difusión de ciertos deportes. El mecanismo constará de un conjunto con un número (grande, tal vez indefinido) de unidades. Las propiedades relevantes serán (al menos) tres: la de ser individuo, la de obrar de determinada manera (o tener cierto estado o cualidad) y la de tener ciertas creencias. La relación destacada es que cada individuo percibe lo que hacen los demás (al menos, se tiene una percepción o creencia de cuántos o qué fracción hace algo). El estado inicial del mecanismo incluye un grupo de individuos que comparte una determinada opinión (aquí puede considerarse, según el caso, que la creencia que activa el mecanismo es el detonador externo). Usualmente, puede considerarse como una distribución de una determinada propiedad en las unidades. El estado final del mecanismo incluye un cambio de actividad (o cualidad o estado) en un grupo de individuos (pudiendo ser todos): usualmente, puede verse el estado final como una distribución significativamente distinta de la inicial. No es relevante quiénes (qué unidades específicas) cambiaron de propiedad, sino qué proporción lo hizo. La resultante de propiedad o relación relevante es la de tomar cierta acción, según la fórmula Pit = f [g (nt – 1)], que se explicó en el capítulo 2, §1. Es decir, un individuo observará en cada momento cuántos de sus pares hacen determinada cosa y en el instante siguiente, dependiendo de ese número (y de su propensión, es decir, de qué valor tenga como límite para la acción), puede permanecer igual o cambiar (actuar de otra manera, cambiar su cualidad, etc.). El modus operandi es el cambio gradual que lleva del estado inicial al estado final: cómo se pasa de una distribución en las unidades a otra.

El grado de abstracción en el mecanismo así analizado es, acaso, demasiado alto para resultar ilustrativo. Más útil resultará el análisis de uno de los casos en que puede identificarse el mecanismo: la profecía autocumplida de la quiebra de un banco. Para simplificar el análisis, supóngase que un banco tiene dos tipos de clientes: ahorristas y deudores. Los ahorristas depositan su dinero en el banco. Los deudores han tomado préstamos del banco, y todavía no los han saldado. La idea es que el banco toma el dinero de los ahorristas y lo presta: los deudores devuelven el dinero al banco con un interés más alto que el que el banco paga a los ahorristas. Para simplificar el ejemplo, se asume que lo relevante al funcionamiento del banco es el número de ahorristas y deudores (sin considerar los montos prestados y ahorrados). Un cliente puede ser ahorrista y deudor, puesto que las categorías no son excluyentes. El banco funcionará correctamente mientras el número de ahorristas sea mayor o igual al número de deudores. Si los ahorristas se retiran (retiran sus ahorros del banco) y quedan más deudores que ahorristas, el banco quebrará. Esta descripción simplificada permitirá analizar cómo puede identificarse el mecanismo de formación de creencias que, por una profecía autocumplida, lleva a la quiebra de un banco.

El mecanismo consta de un número indeterminado de unidades (U = {u1, u2,…}).

El conjunto de propiedades puede definirse con pocos elementos: P = {ser banco, ser individuo, ser ahorrista (tener ahorros en el banco), poner ahorros en el banco, sacar ahorros del banco, ser deudor (haber tomado un préstamo del banco), estar en quiebra, estar en funcionamiento}. Si la complejidad lo ameritara, aquí podría distinguirse entre la propiedad de ser ahorrista (tener ahorros, ya sea en bienes, ya sea en metálico; ya sea en una caja fuerte, en un plazo fijo, en la casa) de la relación “ser ahorrista de” (donde un individuo es ahorrista de una entidad).

P es el conjunto que permite ponerle rótulo a las unidades y caracterizarlas. Un elemento destacado es el banco, y se tiene, además, unidades que son clientes del banco (que se dividen en ahorristas y deudores): P = {(u1, ser banco), (u2, ser ahorrista), (u3, ser deudor), (u4, ser ahorrista),…}. Para simplificar, la cualidad o propiedad de ser ahorrista incluye tener ciertas creencias y/o conocimientos (esto podría agregarse explícitamente como una propiedad determinada de cada unidad, si fuese necesario). Aquí lo relevante es que cada ahorrista crea que en ciertas circunstancias el banco podría quebrar y sus ahorros se perderían. Se tiene así que hay tres conjuntos destacados: U1 = {u1}, el banco; U2 = {u: (u, ser ahorrista) ∈ P}, que es el conjunto de ahorristas; U3 = {u: (u, ser deudor) ∈ P}, que es el conjunto de deudores del banco.

Hay tres relaciones relevantes: R = {R1, R2, R3}. La primera relación (R1) se da entre el conjunto de ahorristas y el banco: cada ahorrista puede retirarse voluntariamente, en cualquier momento, del banco (esta relación es asimétrica). La segunda relación (R2) se da entre el conjunto de deudores y el banco: los deudores pueden cancelar su deuda con el banco, pero no pueden ser obligados a una cancelación anticipada. La tercera relación (R3) se da entre ahorristas: cada ahorrista dispone, en cada instante t + 1, de una idea (una creencia que no necesariamente es exacta o verdadera) de cuántos ahorristas dejaron el banco en t (esta relación podría ampliarse a todos los clientes, a cada transacción –ya sea depósito, retiro, préstamo, cancelación en t– o a que la información sea perfecta, pero no es necesario para el análisis actual).

El estado inicial es un banco que funciona normalmente; en los términos que han sido empleados aquí, en el estado inicial el banco tiene más ahorristas que deudores. El detonante sería un rumor de quiebra que lleva, en el instante t0 a un grupo (significativo) de ahorristas a retirar su dinero del banco. El estado inicial puede ser descripto (si el detonante no se considera extrínseco al mecanismo) como un banco en estado normal que en el instante t0 sufre el retiro de un número significativo de ahorristas.

El estado final es el banco en quiebra: simplificando, un banco con más deudores que ahorristas.

No es relevante al mecanismo cuáles son las unidades que son o dejan de ser ahorristas; lo relevante es la distribución. De hecho, podría definirse la quiebra y el funcionamiento normal como relaciones distintas entre ahorristas y deudores, no necesariamente como simple mayoría: por ejemplo, podría pedirse que para que el banco quiebre, los deudores dupliquen a los ahorristas.

F = {F1, F2} es un conjunto de resultantes. Las resultantes esenciales al mecanismo son dos: la que establece cuándo quiebra el banco y la que establece cuándo cada ahorrista retira sus ahorros (en sentido estricto, cuándo decide, en virtud de lo que hacen los demás, retirar sus ahorros). La primera resultante, de propiedad, puede definirse de distintas maneras. Por ejemplo: (F1) si en el instante t el número de ahorristas es mayor que el número de deudores, el banco quebrará en t + 1, y todas las propiedades de clientela (ahorrista y deudor) se perderán (si la complejidad del análisis lo ameritara, se podría cambiar esto último por: “las propiedades de clientela se alterarán de la siguiente manera:…”). La segunda resultante (F2) toma a cada ahorrista y establece que la propensión a retirar sus ahorros (esto es, dejar de ser ahorrista) en el instante t + 1 está dada por la fórmula Pit = f [g (nt)], que se explicó en el capítulo 2, §1. En este ejemplo simplificado que se está analizando, basta con decir que para cada ahorrista hay un número natural k tal que, si el número de ahorristas (n) que en t retira sus ahorros es mayor o igual a k, el ahorrista decidirá retirar sus ahorros en t + 1 y ya no volverá a ser ahorrista. (Modelos más complejos podrán involucrar no solo el instante t, sino también los estados anteriores, es decir, la historia.)

Según la complejidad que quiera darse al ejemplo, podrán incluirse otras resultantes. Por ejemplo, la resultante que establece la cancelación de deuda en término puede incluirse agregando una resultante de relación que establezca que si en un instante t, ui es deudor, en t + 1 será deudor con una probabilidad de 0,97 (es decir, en cada instante habrá un pequeño número de deudores que dejarán de serlo por haber cancelado la deuda en término). Podrán incluirse también el número de ahorristas y deudores que aparecen “usualmente” en el banco, por ejemplo, si en el instante t el número de deudores (y/o ahorristas) es m, en el instante t +1 se sumarán deudores (y/o ahorristas) en un número igual a m multiplicado por 0,15 (o el número natural más cercano a ese número).

Finalmente, el modus operandi establece las etapas intermedias que llevarán a la quiebra del banco. Estas etapas son calculables y dependen de factores como el número de ahorristas y deudores o la fracción de ahorristas que en t0 retiran sus ahorros. El modus operandi podrá ser representado en un gráfico cartesiano de la función f, siendo un eje el tiempo y el otro el número de ahorristas.

Este mecanismo tiene algunas particularidades que merecen ser señaladas. En primer lugar, las relaciones espaciales no son relevantes: en ese sentido se aleja un poco de la idea común de mecanismo (como parte de una máquina) y de la idea de mecanismo del mecanicismo clásico. En segundo lugar, es un mecanismo que puede ser intervenido: el banco podrá tomar medidas para cortar el retiro de ahorros (por ejemplo, dando información falsa sobre el número de ahorristas que retiran sus ahorros en determinado instante o pidiendo un respaldo para que el número de deudores o ahorristas requeridos para la quiebra sea irrelevante). En tercer lugar, es un mecanismo que permite predicciones que solo serán precisas si se conocen debidamente las distintas funciones que rigen las resultantes (particularmente g); pero el mecanismo en los sistemas concretos es altamente dependiente del contexto: ciertas medidas económicas pueden llevar a que el banco maneje más efectivo (por ejemplo, si ciertas transacciones se bancarizan por ley), o menos (se desbancarizan ciertas transacciones) con lo cual cambia la resultante de propiedad que establece la quiebra del banco. Puede señalarse también que este ejemplo permite ver que dos mecanismos distintos pueden compartir el estado final: supuesto que el banco en cada instante tome más y más deudores, terminará también quebrando. Finalmente, debe señalarse que las unidades del estado inicial y el final cambiarán (salvo el banco, u1): lo relevante es el número (o la fracción) de unidades que tienen la propiedad de ser ahorrista y la de ser deudor, no quiénes son los deudores y quiénes los ahorristas. Es irrelevante si u2 termina siendo deudor, ahorrista o desaparece (si no se lo considera en el estado final, por ejemplo, por haber saldado su deuda). Y lo mismo para cada unidad tomada por separado. Esto le confiere al mecanismo cierta complejidad y rareza, ya que lo usual es pensar que las “partes” o “componentes”, como usualmente se denomina a las unidades de los mecanismos, están siempre presentes.

El ejemplo del corazón es un ejemplo típico de mecanismo que cumple una función dentro del sistema (del sistema circulatorio y del sistema que es el ser vivo). Según lo propuesto aquí, el corazón puede verse como un sistema (en el sentido estricto que se propuso aquí) que contiene dos mecanismos: el mecanismo sistólico y el mecanismo diastólico. Ambos mecanismos “hacen algo”, es decir, actúan. Mantienen un estado (mantienen constante el bombeo de sangre, con lo cual mantienen el flujo de sangre constante para el organismo), pero son activos. Las condiciones finales del mecanismo sistólico son las condiciones detonantes del mecanismo diastólico, y viceversa. Se trata de dos mecanismos concatenados “en bucle”.

El mecanismo diastólico consta de 13 unidades: U = {u1, u2,…, u13}.

Las propiedades relevantes son: P = {relajarse, contraerse, estar abierto, estar cerrado, ser aurícula, ser ventrículo, ser sangre, ser vena, ser arteria, ser válvula, estar lleno, estar vacío}.

El conjunto de propiedades incluye: P = {(u1, ser sangre), (u2, ser aurícula), (u3, ser aurícula), (u4, ser ventrículo), (u5, ser ventrículo), (u6, ser válvula), (u7, ser válvula), (u8, ser válvula), (u9, ser válvula), (u10, ser vena), (u11, ser vena), (u12, ser arteria), (u13, ser arteria), (u2, estar lleno), (u3, estar lleno), (u2, estar vacío), (u3, estar vacío), (u2, se relaja), (u3, se relaja), (u2, se contrae), (u3, se contrae), (u4, estar lleno), (u5, estar lleno), (u4, estar vacío), (u5, estar vacío), (u4, se relaja), (u5, se relaja), (u4, se contrae), (u5, se contrae), (u6, cerrado), (u7, cerrado), (u8, cerrado), (u9, cerrado), (u6, abierto), (u7, abierto), (u8, abierto), (u9, abierto)}. Todo esto equivale a decir que se tienen dos ventrículos y dos aurículas que pueden relajarse, contraerse, estar llenos y estar vacíos; cuatro válvulas que pueden abrirse y cerrarse; dos venas, dos arterias y sangre. Nótese que para explicar el mecanismo de bombeo de sangre no es necesario detallar el estado (oxigenada, no oxigenada) de la sangre; pero sí es necesario para explicar la función que el corazón cumple en el organismo.

Las relaciones principales son las relaciones espaciales, y las aurículas, ventrículos, válvulas, venas y arterias toman nombre, como puede verse en la figura 2 (capítulo 2, §2), según el lugar que ocupen. Para el modelo simple que se pretende analizar aquí, basta con una caracterización de las arterias y venas que las muestre conectadas de manera que forman un circuito. Este ejemplo muestra la ventaja que representa poder emplear diagramas en lugar de explicar una por una las relaciones espaciales. Además, se tiene como relación que la sangre pasa por venas, arterias y válvulas (siguiendo el circuito), y llena aurículas y ventrículos.

El estado inicial del mecanismo diastólico es el siguiente: las aurículas y los ventrículos están vacíos; las válvulas pulmonar y aórtica cerradas; las válvulas mitral y tricúspide cerradas.

El estado final del mecanismo diastólico es el siguiente: las aurículas vacías; los ventrículos llenos; las válvulas aórtica y pulmonar cerradas; las válvulas mitral y tricúspide abiertas.

Las resultantes relevantes son las siguientes: si una aurícula está relajada en el instante t, se contraerá en el instante t + 1; la contracción de una aurícula llena o ventrículo lleno en el instante t hace que la válvula de “salida” (en el sentido del flujo de la sangre que puede apreciarse en la figura 2) se abra y que la válvula de “entrada” se cierre en t + 1; si una aurícula llena o ventrículo lleno se contrae en el instante t, se vaciará en t + 1; si una aurícula vacía se relaja en t, se llenará en t + 1[45].

El modus operandi es el siguiente: las aurículas (vacías) se relajan, y se llenan de sangre; las aurículas se contraen, abriendo las válvulas mitral y tricúspide, vaciándose y llenando de sangre los ventrículos.

El mecanismo sistólico puede caracterizarse de manera parecida. Este ejemplo de los dos mecanismos del corazón permite, de manera relativamente sencilla, una formalización completa de los mecanismos en los términos en que se los caracterizó en el §4. Las unidades de análisis serán las aurículas, ventrículos y válvulas (la sangre se omite, pero es la que confiere el estado de lleno y vacío a ventrículos y aurículas; también se omiten las venas y las arterias, por simplicidad). Las relaciones son las que ya se comentaron.

Una posible formalización de las resultantes (para ambos mecanismos) es la siguiente:

F = {F1 – F7}, tal que:

F1. <(Aurícula, vacía)> → <(Aurícula, relaja)>

F2. <(Aurícula, relaja)> → <(Aurícula, llena)>

F3. <(Aurícula, llena)> → <(Aurícula, contrae)>

F4. <(Aurícula, contrae)> → <(Aurícula, vacía), (Válvula AuV, abierta), (Ventrículo, lleno)>

F5. <(Ventrículo, lleno)> → <(Ventrículo, contrae)>

F6. <(Ventrículo, contrae)> → <(Válvula AuV, cerrada), (Válvula VAr, abierta), (Ventrículo, vacío)>

F7. <(Ventrículo, vacío)> → <(Válvula VAr, cerrada)>

Algunas aclaraciones: para simplificar la notación, a las unidades que tienen la propiedad de ser aurículas simplemente se las denomina aurícula, y de manera similar a las demás unidades; aurícula y ventrículo refieren o bien al par izquierdo o bien al derecho, nunca “cruzados”; válvula AuV: refiere a la válvula ubicada entre la aurícula y el ventrículo (válvula tricúspide si se trata de la aurícula y el ventrículo derechos; válvula mitral si se trata de los izquierdos); válvula VAr: refiere a la válvula que media entre el ventrículo y la arteria (la válvula aórtica para el ventrículo izquierdo y la aorta; la válvula pulmonar para el ventrículo derecho y la arteria pulmonar); la flecha indica la resultante: el estado a la izquierda de la flecha en el instante t da como resultado el estado derecho de la flecha en el instante posterior t + 1.

El modus operandi de los mecanismos es el siguiente (en cada caso, se indica entre corchetes la resultante que interviene en el paso de una etapa a la otra):

Diástole:

1 (Estado inicial). <(Aurícula, vacía), (Válvula AuV, cerrada), (Válvula VAr, cerrada), (Ventrículo, vacío)>

2. <(Aurícula, relaja), (Válvula AuV, cerrada), (Válvula VAr, cerrada), (Ventrículo, vacío)> [F1]

3. <(Aurícula, llena), (Válvula AuV, cerrada), (Válvula VAr, cerrada), (Ventrículo, vacío)> [F2]

4. <(Aurícula, contrae), (Válvula AuV, cerrada), (Válvula VAr, cerrada), (Ventrículo, vacío)> [F3]

5 (Estado final). <(Aurícula, vacía), (Válvula AuV, abierta), (Válvula VAr, cerrada), (Ventrículo, lleno)> [F4]

Sístole:

1 (Estado inicial). <(Aurícula, vacía), (Válvula AuV, abierta), (Válvula VAr, cerrada), (Ventrículo, lleno)>

2. <(Aurícula, vacía), (Válvula AuV, abierta), (Válvula VAr, cerrada), (Ventrículo, contrae)> [F5]

3. <(Aurícula, vacía), (Válvula AuV, cerrada), (Válvula VAr, abierta), (Ventrículo, vacío)> [F6]

4 (Estado final). <(Aurícula, vacía), (Válvula AuV, cerrada), (Válvula VAr, cerrada), (Ventrículo, vacío)> [F7]

En este ejemplo debe destacarse la importancia de la disposición espacial, propia de los mecanismos que operan en sistemas biológicos y físicos. Además, nótese que las unidades del estado inicial y final son (exactamente) las mismas. Los mecanismos de bombeo de sangre del corazón pueden intervenirse, y están concatenados en bucle: el estado inicial de uno es el estado final del otro. En estos mecanismos es relevante qué unidad hace qué cosa y en qué momento, a diferencia del mecanismo del ejemplo 1, en el cual lo relevante era la distribución de las unidades que hacían determinada cosa o tenían cierta cualidad.

Los mecanismos de los ejemplos 3 y 4 pueden analizarse de manera análoga a los del 2. Dado que la exposición detallada no aportará nada a los anteriores (y por cuestiones de espacio), solo se comentarán de ellos algunas características. Las relaciones espaciales en estos mecanismos son importantes, como en el caso del corazón. Algunas unidades (como la membrana tilacoidal en el caso de la fotosíntesis o el terminal axónico en el caso de la sinapsis) tienen una importancia tal que deben ser ellas las que tengan ciertas propiedades o ejecuten ciertas acciones. Otras unidades (como los neurotransmisores o los electrones) cuentan solo en tanto algunas (o un determinado número o proporción) ejecuten una acción o tengan cierta propiedad. Son mecanismos más complejos que los de los ejemplos 1 y 2 porque involucran muchas más unidades (y por ello es más engorroso describir todas las propiedades, relaciones, el estado inicial y el final) y muchas más resultantes. Estos mecanismos tienen mecanismos de nivel inferior, como los que permiten el paso de electrones o la síntesis de ATP. Estos ejemplos de ámbitos distintos como los son plantas y neuronas tienen, sin embargo, una unidad de análisis en común: el adenosín trifosfato: en la fase luminosa de la fotosíntesis se sintetiza (en la fase posterior, de oscuridad, su energía es empleada para reducir el dióxido de carbono a carbono orgánico); en la despolarización de las neuronas el ATP produce el bombeo del sodio potasio a través de la membrana. Identificar unidades similares en distintos mecanismos y, especialmente, en mecanismos de distintas disciplinas o áreas es una de las claves para la interdisciplinariedad. En el capítulo 5, §2, se comentará la interdisciplinariedad que propone el neomecanicismo.

Un ejemplo que merece ser analizado en detalle es el 5, en el cual se presenta una concretización del mecanismo de selección natural. Es común en biología evolutiva hablar de mecanismos pero, como se mostró en este capítulo, ninguna de las caracterizaciones propuestas hasta ahora parece adecuada para capturar este tipo de mecanismo. Las nociones de actividad y de interacción resultan conflictivas, lo mismo que la identificación de las partes o los objetos concretos que intervienen. Skipper y Millstein (2005) muestran algunas de esas dificultades, y proponen que el mecanismo de selección natural es una sucesión de etapas; pero esta propuesta (o solución) no es viable porque, como se dijo, las etapas o procesos son consecuencia del mecanismo que opera el cambio, pero no son el mecanismo.

La selección natural puede definirse simplemente como la reproducción diferencial de aquellas variantes hereditarias que, con relación a otras, aumentan la probabilidad de sobrevivir y reproducirse de sus portadores. Como consecuencia, la frecuencia de las variantes beneficiosas aumenta al cabo de las generaciones, mientras que las variantes perjudiciales o menos beneficiosas disminuyen en frecuencia y eventualmente desaparecen (Ayala, 1985, pp. 59–60).

Las “variantes hereditarias que, con relación a otras, aumentan la probabilidad de sobrevivir y reproducirse” en el caso de los caracoles son la espira baja y la pared gruesa, y las variantes que desaparecen son la espira alta y la pared fina. Debe aclararse que no se trata de un porcentaje de caracoles que posee la espira alta y otro porcentaje que posee espira baja, aunque se lo presente de esa manera en aras de la simplicidad[46]. Semejante simplificación equivaldría a decir que hay gente alta y gente baja. Lo correcto es decir que la altura (así como la altura de la espira) se encuentra distribuida en la población.

Esta breve definición de selección natural contiene algunos de los elementos que aquí se propusieron como necesarios para identificar debidamente un mecanismo. Sin embargo, hay algo que debe agregarse a esta definición para que estén presentes todos los elementos: el estado final. Según sus efectos, la selección natural puede ser de tres tipos: normalizadora, direccional y disruptiva[47]. Cada tipo tiene efectos diferentes (es decir, estados finales diferentes), y por ello debe considerarse de qué tipo se trata a la hora de identificar el mecanismo. En la selección normalizadora las variantes favorecidas son la norma, es decir, los valores intermedios, y el resultado es una población con menor dispersión, más uniforme[48]. En la selección direccional, las variantes favorecidas se ubican fuera de la media, y el resultado es que uno de los extremos desaparece. Tal es el caso del ejemplo de los caracoles: las espiras altas “desaparecen”. En la selección disruptiva se ven favorecidos los valores extremos, y los valores medios son los que desaparecen, esto da lugar a diferencias en la población que pueden llevar a la especiación. La figura 12 muestra cómo en cada caso se pasa de una población inicial, con cierta distribución de algún rasgo, al estado final. La etapa intermedia muestra cómo la presión selectiva va modificando la distribución.

Figura 12

El ejemplo 5 sería entonces una concretización del mecanismo de selección direccional.

El conjunto U de unidades de análisis contiene un número indeterminado de elementos, ninguno distinguido especialmente. Las propiedades relevantes son la de ser cangrejo, ser caracol, tener espira alta, tener espira baja, ocupar determinada región geográfica. Nótese que, como se dijo, se está asignando a la propiedad de la espira dos valores (alto y bajo), y esto por una cuestión de simplicidad; lo adecuado sería asignar a cada caracol una altura determinada de espira, que podría expresarse como la posesión de un determinado porcentaje o fracción de la propiedad “tener espira alta y pared fina”.

Las relaciones relevantes son entre conjuntos de unidades: las unidades que tienen la propiedad de ser cangrejos depredan a las unidades que tienen la propiedad de ser caracol; las unidades que tienen la propiedad de ser caracoles se aparean entre sí; las unidades que tienen la propiedad de ser cangrejos se aparean entre sí.

Las condiciones iniciales serían: una región con el conjunto de L. obtusata (con propiedades reproductivas y una cierta distribución respecto de las características de su caparazón) y la aparición de una población de cangrejos C. maenas (las propiedades relevantes serían las reproductivas, las alimenticias y las características de las pinzas). Los caracoles se distribuyen según las propiedades del caparazón: EA serán los caracoles de espira más alta (y pared más fina), y EB los caracoles de espira más baja (y pared más gruesa).

Las condiciones finales serían: en la región quedan caracoles EB y cangrejos.

Las resultantes relevantes serían: la reproducción de caracoles y de cangrejos (es decir, la tasa de aparición de nuevas unidades, que puede establecerse como una función que calcula en el instante t + 1 la población según el número de unidades en t); la resultante de vida promedio de caracoles y cangrejos; la forma en que los cangrejos se relacionan con los caracoles, según las características del caparazón. La relación entre caracoles y cangrejos tiene diferentes resultados comprobados experimentalmente, según el tipo de caracol de que se trate: solo el 20 % de los caracoles EB resulta comido mientras que el 100 % de los EA resulta comido. Esto puede traducirse como la resultante siguiente: si en el instante t un cangrejo se encuentra con un caracol EB, en el instante t +1 hay dos resultados posibles: quedará solo el cangrejo, con probabilidad 0,2; quedarán ambos, con probabilidad 0,8. Si en el instante t un cangrejo se encuentra con un caracol EA, en el instante t + 1 quedará solo el cangrejo.

El modus operandi del mecanismo puede verse, en la selección direccional de la figura 12, como la sucesión de etapas intermedias (el gráfico muestra solo una etapa intermedia) que llevan del estado inicial al final. La curva mostraría la distribución del caparazón de los caracoles (a la izquierda estarían las espiras más altas y a la derecha las más bajas), y la flecha de la presión selectiva indicaría la depredación, por parte de los cangrejos, de los caracoles de caparazón fina; en las etapas intermedias la curva se va “moviendo a la derecha”. En el análisis que hacen Skipper y Millstein (2005, p. 330), el mecanismo de selección natural es presentado como una sucesión de 7 etapas; esas etapas pueden adaptarse a este ejemplo para mostrar el modus operandi (las etapas II–VI son las etapas intermedias):

I. Condiciones iniciales: existe una población (el conjunto) de caracoles L. obtusata; esos caracoles tienen un rasgo heredable: distintas formas de caparazón (en altura y grosor); los caracoles están en un ambiente determinado con un factor crítico: los C. maenas.

II. Interacción: las distintas formas de caparazón interactúan con el ambiente de distinta manera (en este caso, la interacción con el ambiente tiene efectos similares en los caracoles de espira alta y en los de espira baja); los cangrejos afectan la interacción de los caracoles con el ambiente: el grosor de la pared (y la altura de la espira) del caparazón resulta determinante. Esto lleva a:

III. Efectos (1): una tasa de supervivencia diferencial en el ambiente, debida a las formas de caparazón de los caracoles (mayor supervivencia para los caracoles con caparazón de espira alta y pared gruesa). Esto lleva a:

IV. Efectos (2): una tasa de reproducción diferencial en el ambiente, debida a las formas de caparazón de los caracoles (mayor reproducción de los caracoles con caparazón de pared gruesa). Esto lleva a:

V. Efectos (3): Una representación diferencial de las formas de caparazón bajo en la población de caracoles en el ambiente. Esto lleva a:

VI. Efectos (4): El predominio en el ambiente de las formas de caparazón bajo en los caracoles. Esto lleva a:

VII. Efectos (5): Adaptación del linaje en el ambiente con respecto al caparazón: todos los caracoles del lugar poseen caparazón bajo.

Este mecanismo contiene mecanismos que subyacen, como por ejemplo los de herencia. Pero el de selección direccional tal como se propone aquí no actúa a nivel genético, porque las interacciones relevantes no operan (todas ellas) a nivel genético, sino de los individuos. De manera similar al ejemplo 1, lo relevante no es qué unidades son caracoles o qué unidades están presentes en el estado final (de hecho, ninguna unidad presente en el estado inicial lo estará en el final), sino la distribución de las unidades “caracoles” respecto del caparazón. En el análisis que se propone aquí, las unidades de análisis son las poblaciones, pero definidas como el conjunto de caracoles L. obtusata (con cierta distribución de los rasgos) y de cangrejos C. maenas, en lugar de ser entidades abstractas como propone Barros (2008).

El ejemplo 6, el de democratización propuesto por Tilly es el de mayor complejidad de análisis, puesto que se trata de un mecanismo de nivel de generalidad alto, a tal punto que las unidades de análisis serían mecanismos de nivel más bajo. Y no se trata de dos o tres mecanismos de nivel más bajo, sino de grupos de mecanismos, como la educación, la formación de coaliciones o la desintegración de redes de confianza, que son, a su vez, conjuntos de distintos mecanismos, que incluyen otros de nivel inferior. Escapa a este trabajo, por razones de espacio, proveer el análisis detallado de cada mecanismo mencionado por Tilly. De todas maneras, y a la luz de los conceptos que se han tratado en este capítulo, el ejemplo permite ver cómo se puede ganar generalidad y nivel de abstracción concatenando mecanismos que son, de por sí, complejos. Finalmente, el ejemplo muestra cómo el estudio de mecanismos puede ser interdisciplinario: los mecanismos que emplea Tilly para describir el mecanismo de democratización (propio de la historia social) incluyen mecanismos de nivel inferior propios de otras disciplinas, entre ellas, la política (por ejemplo, los mecanismos de formación de coaliciones), la economía (tal es el caso de los mecanismos tributarios), la sociología (como los mecanismos de creación de confianza).

El ejemplo 7 que propone Thagard puede ser reinterpretado como un conjunto de mecanismos que tienen el mismo resultado (actúan sobre el mismo sistema y el estado final del sistema es –para los fines de la investigación– el mismo). La red causal que propone Thagard es, en realidad, la unión de todos los mecanismos (conocidos hasta el momento) que dan como resultado la úlcera de duodeno. Estos mecanismos están, a su vez, en un nivel tal que subyacen a ellos otros: los químicos que, dado el consumo de aspirinas (o la predisposición genética a la excesiva producción de ácido, o la infección con H. pylori) provocan la úlcera.

El ejemplo 8 es el mecanismo más sencillo en cuanto a organización y estructura, pero presenta la siguiente complejidad: si se mira detalladamente la caracterización propuesta, se verá que el plano inclinado solo califica como mecanismo si el cuerpo sobre el plano desciende (esto es calculable mediante las fórmulas que se dan en el ejemplo) porque, como se dijo, el mecanismo debe cambiar el estado inicial y transformarlo en el estado final, y si la fuerza de rozamiento no es vencida por la relación entre el ángulo del plano y el peso del cuerpo, entonces será un sistema físico (o una “máquina simple”[49]), pero no un mecanismo. De hecho, un bloque en reposo sobre un plano horizontal puede ser visto como un caso especial de plano inclinado con ángulo de 0°, y claramente un cuerpo en reposo no califica como mecanismo. Una vez más, podría ser la investigación la que determinara si el plano inclinado cuenta como mecanismo. Un aspecto interesante es que la física no analiza este tipo de ejemplo poniendo el énfasis en los objetos per se, sino en las fuerzas. Los objetos tienen una cierta relación espacial relevante y ciertas propiedades (como la masa del objeto o el ángulo de inclinación del plano), pero el análisis se centra en la interacción de las fuerzas. Por ello, el análisis que se propone aquí (específicamente para el plano inclinado que se comporta como un mecanismo) difiere del tratamiento clásico y del análisis de Woodward (2002).

Las unidades del mecanismo son dos: U = {u1, u2}. Las propiedades relevantes son las propiedades físicas del plano y el bloque. P = {ser bloque, ser plano inclinado, estar en reposo, estar en un lugar, tener cierta aceleración a}. P = {(u1, ser bloque), (u2, ser plano inclinado), (u1, tener una aceleración a), (u1, deslizarse), (u1, estar en reposo), (u1, estar en un lugar), (u2, estar en reposo)}. Las relaciones relevantes son las espaciales, particularmente la posición del bloque en el plano: R = {R1}, con R1= (u1 está ubicado sobre p ∈ u2p es un determinado segmento de u2–).

El estado inicial es: Ei = {(u1, ubicado en p0), (u1, en reposo), (u2, en reposo), (u1, tener una aceleración a)}, y p0 es el punto que ocupa el bloque en el plano inclinado en el instante inicial.

El estado final es: Ef = {(u1, ubicado en pf), (u1, en reposo), (u2, en reposo)}, tal que pf es el punto más bajo del plano inclinado, y p0pf.

El conjunto de resultantes es: F = {F1, F2, F3, F4}, con:

F1: <(u1, ubicado en pi), (u1, tiene una aceleración a)> → <(u1, ubicado en pi’), (u1, tiene una aceleración a)>

F2: <(u1, ubicado en pf), (u1, tiene una aceleración a)> → <(u1, ubicado en pf), (u1, en reposo), (u1, no tiene aceleración)>

F3: <(u2, en reposo)> → <(u2, en reposo)>

F4: <(u1, ubicado en pi), (u1, en reposo), (u1, no tiene aceleración)> → <(u1, ubicado en pi), (u1, en reposo), (u1, no tiene aceleración)>

Tales que: p0pf, a es la aceleración (con la dirección del plano inclinado, con sentido hacia pf y módulo ≠ 0), y pi’ es la posición del bloque que sigue a pi (calculable por las fórmulas).

El modus operandi que lleva del estado inicial al final consta del deslizamiento del bloque sobre el plano inclinado con aceleración constante.

Así presentado, el mecanismo parece insuficientemente identificado, pero debe notarse que no se trata de un análisis de las fuerzas interactuantes en el sistema (el análisis que hace la física), sino de identificar cómo se modifica el sistema, es decir, cómo pasa de un estado a otro. Si se ubica el bloque (como estado inicial) en el extremo final del plano inclinado, o en un plano sin inclinación, el sistema permanecerá en reposo, es decir, no habrá cambio. Ergo, no habrá mecanismo operando. El análisis de las fuerzas que hace la física de las máquinas simples no es el análisis de los mecanismos: es mucho más amplio y analiza otros elementos (de nivel inferior, como las fuerzas componentes). El análisis de los mecanismos que se propone aquí es muchísimo más restringido: exige que el bloque se mueva; y considera la aceleración como una propiedad del bloque en virtud de la cual el bloque cambia de posición. La masa, la fuerza normal, la gravedad o el ángulo de inclinación del plano son elementos de nivel inferior que permitirían explicar esa propiedad que es la aceleración. Pero dicha explicación no es necesaria para caracterizar el mecanismo en cuanto tal.


En este capítulo se ha tratado uno de los puntos centrales de la discusión sobre el neomecanicismo: el concepto clave de mecanismo. Puede verse, por la cantidad de trabajos al respecto, que es un tema que despierta muchísimo interés. Además, se mostró que las caracterizaciones propuestas son problemáticas por distintos motivos, por lo cual se elaboró una nueva caracterización que no presenta los problemas que se le señalaron a las demás. Por lo tanto, resulta adecuada a las distintas preocupaciones, tanto científicas (por ejemplo, que sea fructífera para distintas disciplinas) como filosóficas (por ejemplo, que sea clara sin ser demasiado amplia ni estrecha). Tomar una caracterización matriz de este tipo (ya sea la que aquí se ha propuesto u otra distinta), que pueda ser empleada por los distintos ámbitos sería un paso muy importante para la consolidación del neomecanicismo. En los dos capítulos que siguen se verán otros dos puntos fundamentales: los tipos de mecanismo que hay y las distintas ventajas que, según señalan los neomecanicistas, reporta la investigación centrada en mecanismos.


  1. Las caracterizaciones de mecanismo (y elementos relacionados) que se discutirán aquí: Bechtel (2005, p. 314), Bechtel y Abrahamsen (2005, pp. 423–424; 2006, p. 26; 2008, p. 13), Bechtel y Richardson (1993, p. 17), Bennett (2003, p. 13), Boudon (1998, p. 172), Brante (2008, p. 277), Bunge (1997, p. 414; 2004b, p. 186), Cowen (1998, p. 125), Craver (2001, p. 58), Craver y Bechtel (2006b, p. 548), Elster (1989, p. 3; 1998, pp. 45; 1999, p. 1; 2007 p. 36), Gambetta (1998, p. 102), Gerring (2008, p. 178), George y Bennett (2004, p. 137), Glennan (1996, p. 52; 2002, p. S344), Goldthorpe (2000, p. 149; 2001, p. 9; 2007, p. 204; 2010, p. 247), Gross (2009, p. 364), Harré (1970, pp. 101–102, 104), Hedström (2005, pp. 11, 25, 33, 145), Hedström y Swedberg (1996, p. 299; 1998b, pp. 11, 13, 25), Hernes (1998, pp. 74, 78, 95), Illary y Williamson (2012, p. 120), Johnson (2002, p. 230), Kittel (2006, pp. 15-16), Little (1991, p. 15), Machamer, Darden y Craver (2000, p. 3), Mahoney (2000, p. 531; 2001, p. 581; 2003, p. 1; 2004, pp. 460-461), Mayntz (2004, p. 241), McAdam, Tarrow y Tilly (2001, p. 24; 2008, p. 308), Reskin (2003, p. 8; 2005, p. 84), Schelling (1998, pp. 32–33), Sørensen (1998, p. 240), Steel (2004, pp. 57–58), Stinchcombe (1991, p. 367; 1998, pp. 267, 299), Tabery (2004, p. 12), Thagard (1998, p. 66; 2006a, pp. 6–7; 2006b, p. 56), Tilly (2001b, p. 26), Torres (2009, p. 247), Wight (2004, p. 288) y Woodward (2002, p. S375). Otras caracterizaciones en bibliografía anterior al año 2000 pueden encontrarse en Johnson (2002) y Mahoney (2002, 2003).
  2. También se menciona el tema en Hedström y Swedberg (1996; 1998b) y en Pickel (2004), pero no de manera detallada. Gross (2009), propone una clasificación, pero no es exhaustiva ni general: solo propone cinco categorías (cita solo un ejemplo para cada categoría), y las emplea (en realidad, utiliza las cinco caracterizaciones más que la clasificación o las categorías) para extraer de ellas las propiedades que vuelca luego en su propia definición.
  3. En el ámbito experimental, se denomina variable independiente a aquella variable cuyo valor se manipula a voluntad (por ejemplo, la cantidad de alimento que se da a los animales), y variable dependiente a toda variable que no ha sido manipulada (por ejemplo, el peso de los animales) y que debe medirse para establecer el verdadero efecto que produce el cambio de valor en la variable independiente. Si las variables dependiente e independiente covarían, se puede afirmar que están en relación causal. En ámbitos no experimentales, donde las variables no pueden manipularse, sino solamente medirse, la terminología se ha mantenido, así como la asociación de la variable independiente con la causa (por ejemplo, la alimentación de una familia) y de la dependiente con el efecto (por ejemplo, el peso).
  4. Una variable se denomina “interviniente” cuando media o interviene entre las variables dependiente e independiente (por ejemplo, entre la comida y el peso media el nivel de actividad física).
  5. En el artículo figura “Bennet and George (2003). Forthcoming book”, dado que todavía no se había publicado el libro.
  6. Goldthorpe, en realidad, no propone esta caracterización como original, ni la hace suya, y, de hecho, no caracteriza explícitamente el concepto de mecanismo. El artículo (Goldthorpe, 2001), que se reproduce como un capítulo de Goldthorpe (2000), presenta y compara tres propuestas para el análisis causal. Al presentar una de esas propuestas, a la cual denomina causalidad como proceso generativo, Goldthorpe emplea el término mecanismo y es la que cita Mahoney. Pero lo cierto es que Goldthorpe, en el texto que cita Mahoney, resume las propuestas de análisis causal de, por ejemplo, Freedman (1991, 1992a, 1992b) y Simon e Iwasaki (1988); no define ni caracteriza mecanismo. Esto puede verse comparando el texto de Goldthorpe (2010) –en español, traducción de Goldthorpe (2007)– y el fragmento de Goldthorpe (2000) que extrae Mahoney.
  7. En realidad, cita a Stinchcombe (1993), que es una reimpresión de Stinchcombe (1991).
  8. Como se señala en el siguiente parágrafo, otros autores, que no son citados por Gerring, han propuesto caracterizaciones similares. De todos modos, Gerring no sostiene en ningún momento que lo original sea su caracterización (la adopta del diccionario), sino que lo novedoso sería la propuesta de unificar el significado de mecanismo en torno a esta caracterización.
  9. Cita, en realidad, la edición del año 2005; la primera edición el libro, empleada aquí, es de 2004.
  10. Dentro del neomecanicismo, Glennan es el único autor, ajeno a las ciencias sociales que Gerring comenta en el artículo. Cita bibliografía de otros neomecanicistas no sociales (como Machamer, Darden y Craver, 2000), pero solo da la lista en nota al pie. Lo llamativo es que incluya a Glennan en el análisis de la regularidad de los mecanismos, ya que el artículo de Gerring, desde la primera línea, hace referencia explícitamente al interés reciente por los mecanismos de los científicos sociales, y Glennan ni siquiera menciona las ciencias sociales en su artículo.
  11. En el capítulo 5, §2, se desarrolla un ejemplo de mecanismo macro de segregación residencial.
  12. Gerring sostiene implícitamente el Principio de Causalidad, según el cual todo tiene una causa. La discusión sobre tal punto excede este trabajo, pero nótese que si ese principio no valiese, entonces no valdría tampoco la afirmación según la cual todo fenómeno es causado por un mecanismo, ya que no valdría la afirmación “todo tiene una causa”.
  13. Esto se desarrollará en el §4.
  14. Distintas clasificaciones de mecanismos se discutirán en el capítulo 4.
  15. Una versión preliminar de esta clasificación y su discusión, aunque limitada al problema de los mecanismos sociales, en Hasrun (2007b).
  16. Wight (2004) analiza la caracterización de Hedström y Swedberg (1998b, p. 13), según la cual los mecanismos son constructos analíticos, y la caracterización realista de Bunge (2004b), pero más que una clasificación (no cita más definiciones que estas) es una mera contraposición.
  17. Sobre la clasificación y los intereses explicativos en ciencias sociales, véase Hasrun (2007a).
  18. Hernes (1998, p. 78).
  19. Especialmente, p. 13 y p. 25.
  20. Esto es lo que pasa (véase cap. 5, §1.1) con las leyes que se emplean para explicar ciertos fenómenos: las leyes no se explican, son ellas las que explican. Pero los mecanismos son objeto de investigación y de explicación (en el capítulo 5 se mencionará el aspecto recursivo de los mecanismos).
  21. Los cuatro grupos que se mencionan no son clasificatorios stricto sensu, ya que no son exhaustivos: son, más bien, grupos de caracterizaciones que coinciden en señalar algún rasgo relevante. Son, en definitiva, los cuatro grupos en los cuales pueden ubicarse normalmente las caracterizaciones.
  22. Por ejemplo: “Mechanism (in chemistry): The way in which a particular chemical reaction occurs, described in terms of the steps involved” (Mechanism, 2005).
  23. Por ejemplo, Bell (2008). En Skipper y Millstein (2005, §2), se citan tres definiciones distintas de evolución que emplean el término mecanismo.
  24. Véase capítulo 5, §1.5, donde se propone una distinción entre la explicación genética y la mecanicista.
  25. Compárese esta caracterización con la propuesta por Hernes (1998, p. 74).
  26. Su propuesta es que el mecanismo de selección natural es una sucesión de etapas, es decir, si bien no dan explícitamente una caracterización de mecanismo, emplean implícitamente una del primer subgrupo, según la cual los mecanismos son procesos o conjuntos de etapas.
  27. En realidad, cita una versión anterior, no publicada: Machamer (2002).
  28. Peter Machamer habría dado esta definición a Tabery, en comunicación privada (Tabery, 2004, p. 8, nota 4).
  29. Dado que la propuesta de Tabery es sintetizar este tipo de caracterización con la de Glennan (2002), la caracterización que propone no pertenece a esta segunda subclase de índole ontológica, sino a la siguiente.
  30. Su caracterización original (Glennan, 1996) es revisada luego (Glennan, 2002), aunque sustancialmente se mantiene.
  31. La molécula de ciclohexano (hexahidrobenceno), C6H12, toma la forma de un hexágono: seis átomos de carbono enlazados entre sí de a pares conforman los seis vértices del hexágono (los átomos de hidrógeno se enlazan con los de carbono por “fuera” del hexágono, a razón de dos de hidrógeno con cada uno de los de carbono). Ese hexágono no se mantiene plano, sino que toma distintas formas, dos de ellas estables: forma de bote y forma de silla (la más estable). Para simplificar la explicación, supóngase que la molécula está formada por los números pares del cuadrante de un reloj de agujas. En las dos formas estables, cuatro de los vértices se mantienen en un mismo plano (por ejemplo, los átomos de carbono que estarían en las 2, las 4, las 8, y las 10 del reloj) y los dos átomos restantes, que son opuestos (las 12 y las 6), se “salen” del plano: en la forma de bote, ambos se sitúan “por encima” del plano (como si fueran la proa y la popa del bote, mientras los otros cuatro formarían la base); en la forma de silla, uno de los átomos se sitúa “por encima” (como si formara un respaldo) y el otro “por debajo” del plano (completando la forma, más que de silla, de reposera).
  32. De hecho, Tabery (2004, p. 9) introduce el ejemplo del ciclohexano como una actividad “aparentemente” no interactiva (“an apparently uninteractive activity”). Pero como se verá, salvar la interacción cambiando el nivel de agregación no es una opción viable y, por ende, la actividad es no interactiva (a secas, sin el “aparentemente”).
  33. Véase capítulo 5, §1.2.
  34. Cuando se definieron los estados inicial (Ei) y final (Ef) no se aclaró, pero se trataba del conjunto total de unidades, propiedades y relaciones en los instantes inicial y final. Aquí se trata de un subconjunto (no necesariamente propio) de unidades, propiedades y relaciones.
  35. Compárese con la caracterización de Brante (2008): este autor identifica el mecanismo con su modus operandi, lo cual resulta evidentemente insuficiente.
  36. Aunque por definición, todo conjunto arbitrario de elementos concretos tiene propiedades emergentes, como por ejemplo, la temperatura.
  37. Véase capítulo 5, §2.
  38. En todo caso, metodológicamente es muy difícil (por decir lo menos) encontrar la ley probabilística, dada la cantidad de factores que intervienen.
  39. Véanse, por ejemplo, las diferentes caracterizaciones de Bunge (1997, p. 414; 2004b, p. 186).
  40. Suele llamarse Concepción semántica a una familia de concepciones en epistemología, a la cual pertenecen autores como W. Balzer, R. Giere, C. U. Moulines, J. Sneed, W. Stegmüller, F. Suppe, P. Suppes, B. van Fraassen. La propuesta, grosso modo, es que las teorías científicas son modelos abstractos que describen o representan sistemas empíricos. Los modelos no son ni verdaderos ni falsos (para la “Concepción Heredada” las teorías científicas son un conjunto de enunciados susceptibles de ser reputados de verdaderos o falsos). Lo que es refutable es la “aserción empírica” que afirma que determinado modelo describe los fenómenos de determinado sistema empírico. Para una caracterización más detallada, véase Díez y Lorenzano (2002), Díez y Moulines (1999, cap. 10).
  41. Véanse, por ejemplo, las caracterizaciones de Elster, Mayntz, Tilly y Woodward.
  42. Véase capítulo 4, §7.4.
  43. Se emplean aquí los términos de explanandum y explanans para indicar las dos partes de una explicación: (el enunciado que describe) lo que es explicado y lo que explica, respectivamente. En el capítulo 5, §1, se presenta en detalle la explicación mecanicista, junto con otros modelos de explicación científica.
  44. Aunque, por ser “separables” de las teorías, los modelos mecanicistas no serán, como se dijo, corroborables o refutables en el mismo sentido que lo son los enunciados de las teorías: lo corroborable o refutable será la aserción empírica.
  45. De ser necesario, pueden explicitarse todavía más estas resultantes, (agregando algunas propiedades y relaciones): por ejemplo, puede decirse que la contracción del ventrículo lleno hace que la válvula “de entrada” se cierre, que la válvula “de salida” se abra, y la sangre pase, a través de la válvula “de salida” hacia la arteria, quedando el ventrículo vacío. Incluso, podría explicitarse más: la contracción del ventrículo lleno de sangre ejerce una presión sobre la sangre, lo cual hace que la válvula “de entrada” se cierre, y que la sangre pase, por efecto de la presión, a través de la válvula “de salida” hacia la arteria, quedando el ventrículo vacío.
  46. Cf. Barros (2008, p. 318).
  47. Estos son los términos empleados en Curtis y Barnes (2000), pero otros textos utilizan diferentes términos para esta clasificación. Por ejemplo: estabilizadora, direccional y diversificadora en Turbón (2006); estabilizadora, direccional y disruptiva en Purves, Sadava, Orians y Heller (2009) y en Campbell y Reece (2007); normalizadora, direccional y diversificadora en Ayala (1985); estabilizadora, direccional y desorganizadora en Curtis y Barnes (1985).
  48. Es lo que se trata de lograr, por ejemplo, con la selección artificial de las frutas o las hortalizas: que no resulten ni demasiado grandes ni demasiado pequeñas para que sean fácilmente comercializables.
  49. En física es común definir máquina como un dispositivo para cambiar la dirección y/o magnitud de aplicación de una fuerza. Además del plano inclinado (y sus dos adaptaciones: el tornillo y la cuña), son máquinas simples la polea, la palanca y el torno.