Lunes 30 de Mayo de 1910
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, mayo 9 de 1910.
Hablemos un poco de educación, asunto de universal interés y al que ustedes le consagran particular atención.
Hacen bien, que si eligen atentamente el terreno, óptima tiene que ser la cosecha.
¿Saben ustedes lo que en Inglaterra, país que educa con excelente criterio, llaman “public schools”?
Gramaticalmente traducido significa “Escuelas públicas”.
Pero para hacerlo un poco más comprensible a los lectores que no estén bien al corriente de ello, o de lo que es la educación en dicho país, es necesario previamente definir el género de escuelas esas, las “public schools”.
La primera línea de demarcación que hay que trazar entre las escuelas de Inglaterra es lo que separa generalmente en nuestros días las escuelas secundarias.
La palabra “secundaria” ha sido tomada del francés; fue, creo, Gondorcet[1] el que primero de ella se sirvió en 1792.
Como ustedes recordarán, el pobre filósofo se envenenó por escapar a la guillotina que le causaba horror.
Era un hombre bien intencionado que creía con fanatismo en la educación, pero que alguna vez olvidó que en el orden de las cosas humanas todo está sujeto a contingencias inesperadas y que solo Dios es infalible.
Las escuelas primarias en Inglaterra son frecuentadas por los niños de las clases obreras, desde su más tierna edad hasta los quince años; no se enseña en ellas habitualmente otra lengua que el inglés.
Tienen como origen las “voluntary schools”, escuelas voluntarias, fundadas y costeadas por la iglesia. Su historia es antiquísima. El programa de estudios responde a un sistema uniforme bajo la dirección del “Board of Education”, Consejo de Educación. El Estado las vigila y obliga a frecuentarlas. Ni en las escuelas secundarias ni en las superiores hay unidad de enseñanza. Y, en efecto, a primera vista la enseñanza secundaria no parece en Inglaterra sino un caos; hay escuelas antiguas y escuelas nuevas, escuelas subvencionadas y escuelas que no lo son; escuelas religiosas y escuelas laicas; escuelas que tienen un consejo administrativo y otras que no; escuelas que aceptan, otras que rehusan las subvenciones del Estado; las hay clásicas y modernas, otras son clásicas y modernas a la vez.
Desde el punto de vista práctico pueden, sin embargo, estas escuelas dividirse en dos clases. Por ejemplo y sin detallar, las que deben tener un consejo de dirección, las que no pueden ser propiedad de un particular en caso alguno y las que deben enviar cierto número de discípulos de 15 años a las universidades de Oxford y Cambridge.
Todo esto es como un dédalo, en algo parecido a la Constitución inglesa, no escrita, poco inteligible para los que no hagan estudios especiales sobre ello, y si lo menciono en la forma y modo que quedan apuntados mi principal objeto no es informar sino sugerir la idea de estudiarlo.
Con que dispensen ustedes, y no queriendo atosigarlos con proligidades dejo para después dos o tres párrafos más; tratará el primero de los rasgos característicos de las “public schools”.
Siendo valor entendido que estas páginas son pura charla descosida entre ustedes y este su apasionado paisano, y siendo una verdad antigua, las hay modernas también, que en la variedad está el gusto, allá va eso por si no lo han leído ya en otra parte.
Por quien soy que si no les hace reír, aun estando de malhumor, son ustedes más formales que una cariátide egipcia.
Se trata de un curioso pleito sobre los despojos mortales de un sueco.
Las partes son el Instituto real dinamarqués de anatomía y un rentista de Stokolmo llamado Vystroem.
Hace veinte años que el tal Vystroem se comprometió por contrato a legar su cuerpo al Instituto de anatomía mediante una cierta suma.
Pero después de eso el pobre diablo que había vendido su cadáver se ha hecho hombre muy rico, y hoy día querría rescindir el contrato.
Todas las negociaciones entabladas con ese fin han fracasado, y el caballero Vystroem ha apelado a la justicia.
Los magistrados dinamarqueses, empero, han declarado que el trato era válido, que subsiste legalmente y que no hay medio de anularlo.
(¿Continuá?)
Diógenes, o con cualquier otra más a la mano, un Cullen de apellido, chico, o grande, que no sea inteligente, o simpatico, amable, o instruido según la categoría de la edad, y no lo hallarán ni para remedio.
De las mujeres, hablando en puridad y sin lisonja, diré: las que conozco son donosas, y las que no conozco han de serlo también, y como las que conozco son bellas por dentro y por fuera, no yéndole en zaga lo físico a lo moral.
Dicho esto acuso aquí recibo de la docta tesis la Actinomicosis vobis o, en lengua de trastienda, estudio sobre el modo más eficaz de vacuna, la “fruta de cuatro patas” como decía Sarmiento, que constituye una de nuestras principales riquezas.
Merece bien de la patria el joven médico veterinario Hugo Cullen, que es a quien me estoy refiriendo por el modo tan satisfactorio como responde ya a los afanes de sus sabios profesores.
Y mi pronóstico es que alcanzará otros lauros. Quiera el cielo que “sus viejos”, como él les llama a sus nobles padres en la dedicatoria, estén todavía, y después, como ahora, en estado de presenciar esos lauros.
A todo esto aun no le he dicho gracias al simpático autor de la Actinomicosis bovis por la palabras cordiales con que se ha servido enviarme su luminoso trabajo. Se las daré concluyendo en esta forma: gratísimo me ha sido el recuerdo; mortifica tanto que los que estimamos nos olviden.
Volviendo a la tesis, tiene, para mí, profano en la materia, y para otras ha de tenerlo también, un defecto. No digo mal, tiene un inconveniente.
No se alarme el interesado, que voy a ponerlo paralelamente en excelente compañía. Nada menos que con el erudito Raymond Poincaré[2].
Disertando estos días pasados sobre la “idea de patria” dijo, entre muchas otras cosas muy bien expresadas, como por ejemplo, que el verdadero patriotismo es a la vez un sentimiento y la nación de un deber… dijo, lo repito, refiriéndose a los destructores de la idea de patria, que la raza francesa era una mezcolanza de Ligures, de Íberos, de Celtas, de Celtíberos, de Galos, de Kymrls, de Romanos, de Griegos, de Germanos, de Francos (palabras no suyas), y como si esa enumeración no bastara, le agregó una mezcolanza confusa de braquicéfalos morenos, de braquicéfalos rubios y de dolicocéfalos morenos… todo lo cual es griego para la generalidad de los lectores.
Ya sé yo que el vocabulario de las ciencias crece todos los días, aumentando el peso de su dictadura técnica. Pero lo que el sapiente Poincaré pudo eliminar o hacer más comprensible, no hablando para un gremio, Hugo Cullen no ha podido hacerlo en su tesis.
Y he ahí el defecto a que acabo de referirme.
A Dios gracias mis circunstancias me permiten aplaudir sin ser discípulo de universidad conocida, solo tuve la del cielo y la tierra y como he vivido algo ya y como la vida es una cátedra, que enseña aunque no queramos aprender, resulta que lo que no sé bien lo sospecho, viendo a veces claro en las nebusosas. En conclusión, que tengo algún título para decirle a Hugo Cullen “¡Vada avanti!”, presintiendo que llegará a la meta.
La ciencia de la vida enseña que en este mundo tan lleno de contrariedades hay cosas desagradables que, bien examinadas, tienen dos lados, el trágico y el cómico, y que tomarlas por el cómico es ahorrarse no pocos disgustos.
Por tres francos y cincuenta céntimos, he leído un libro en francés más o menos literario; pero bien hecho, titulado La Republique Argentine[3]. Descripción, estudio social e histórico.
Es algo así como un índice cronológico comentado acá y allá, que comienza con generalidades descriptivas, los Andes, las Pampas, que sigue con 1810 y concluye con la presidencia de Quintana.
Siendo así que es raro el libro que algo no enseña, o que carece en absoluto de cierta utilidad, he aquí uno que puede servir de derrotero, de “esquema” a los que en adelante se dediquen a hacer más historia argentina coherente de la que ya tenemos desparramada.
Parece que el autor, Mr. Sisson, ha estado en el Río de la Plata, y que tiene sus manías gramaticales.
Por ejemplo, escribe “Porteños” y otros nombres similares como Saenz Pegna con “gn”, es decir, sin eñe (ñ) para que el lector francés lea como suena en español.
Es una novedad.
A Don Juan Manuel, alias el tirano, le carga como de costumbre la romana cuanto puede; y así nos cuenta, entre otras cosas, que de Tucumán le mandaron a Buenos Aires la cabeza del malhadado Avellaneda[4], casi así como a Tomiris, la famosa reina de los Seitas, le presentaron la de Ciro, rey de los persas[5].
Dejemos eso, o como dice el Evangelio, “dejad que los muertos entierren a los muertos”.
Está tan bien informado Mr. Sisson que, hablando de los prohombres emigrados en Chile y otras repúblicas, o sea de Félix Frías[6], Mitre*, Tejedor[7], etc., incluye (incluye digo) a Bernardo de Irigoyen[8] al lado de Miguel Cané*…
Y díganme Vds. ahora que digo mal si afirmo: que la historia es una perpetua rectificación.
En vez del busto de Garibaldi en el Paseo de Julio, es la estatua de Don Juan Manuel blandiendo la espada que le regaló San Martín lo que estará; bien entendido si es que el colazo de algun cometa no nos ha borrado ya de la faz de la tierra.
Los centenarios se suceden con cortas intermitencias y más o menos solemnidad.
Son tributos populares “in memoriam” de los grandes, y de los chicos, que tanto estos como aquellos tienen títulos a nuestra gratitud, por lo que hicieron, o por lo que contaron altivos y tonantes, como Víctor Hugo, para solo mentar uno; desvalidos casi ignorados, una vez en la tumba, como Moreau[9].
Si el polvo en que nos convertimos tiene sensibilidad, sus cenizas habrán sentido ayer que algunos de los que le admiran ¡alzaban su busto al fin! en el cementerio del Pere Lachaise.
Como el insigne cantor épico lusitano: “vivió pobre miserablemente y así murió”.
Si dentro de unos pocos años, apenas una década, ya casi no habrá memoria de los versos de no pocos poetas nuevos, alambicados y complicados, a punto que es hazaña entenderlos, Moreau continuará siendo un oasis para las almas delicadas que, como la suya, alguna vez hayan exclamado:
Helas! Si j´avais su…
Helas ! Si j´avais su…lorsque ma voix qui prêche
T´ennuyait de leçons, que sur toi rose et fraiche le noir oiseau des mortes planait inaperçu,
Que la fièvre guettant sa proie, et que la porte
Ou tu jonçais hier te verrait passer morte…
Hélas! Si j´avais su…
Je t´aurais fait, enfant, l´existence bien douce,
Sous chacun de tes pas j’aurais mis de la mousse
Tes ris auraient sonné chacun des instants,
Et j´aurais fait tenir dans la petite vie en trésor de bonheur immense á faire envie
Aux heureux de cent ans![10]
Busquen ustedes, pues, las estrofas de este humilde y al recorrerlas experimentarán una sensación de fresco rocío sobre la abrasada frente.
- Creemos que se refiere a Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, marquéz de Condorcet (Ribemont, Francia, 1743-Bourg-la-Reine, 1794), un filósofo, científico, matemático, político y politólogo francés. (VIAF: 34454867).↵
- Raymond Poincaré (Bar-le-Duc, 1860-París, 1934) fue un político francés, presidente de la República durante la Primera Guerra Mundial y primer ministro de Francia en tres ocasiones: entre 1912 y 1913; entre 1922 y 1924, y entre 1926 y 1929. (VIAF: 29539324).↵
- Sisson, H.D. La Republique Argentine Paris: Alon, 1910.↵
- Se refiere a Marco Manuel Avellaneda (Catamarca, 1813-Metán, 1841), gobernador de la Provincia de Tucumán y padre del presidente Nicolás Avellaneda. Fue asesinado por los rosistas en Metán, y su cabeza fue expuesta para escarmiento, clavada en una pica, en el centro de la Plaza Independencia (en la actualidad se conserva la pica). Según la tradición, Fortunata García de García la sacó de noche y le dio sepultura en el convento de San Francisco. (VIAF: 70419239). ↵
- Tomiris fue reina de los masagetas, pueblo iraní de la confederación de pastores nómadas escitas de Asia Central, al este del Mar Caspio. Vivió en territorios de lo que hoy forman los estados de Turkmenistán, Afganistán, oeste de Uzbekistán, y sur de Kazajistán. Es conocida por haber vencido y dado muerte a Ciro el Grande, asesino de su hijo y fundador del Imperio aqueménida, en el verano del 530 a. C., según el relato de Heródoto. (VIAF: 309816464). ↵
- Félix Frías (Buenos Aires, Argentina, 1816 – París, 1881), fue un diputado y periodista porteño, representante del romanticismo católico en la segunda mitad del siglo xix. Como parte de su lucha contra Rosas, emigró a Chile, en donde se unió en amistad con Bartolomé Mitre y con Sarmiento. Dedicado al periodismo, formó parte de la redacción del diario El Mercurio, y escribió gran cantidad de notas. Desde 1848 fue corresponsal de ese diario en Europa, viajando por Francia, Italia, España e Inglaterra, y viviendo muchos meses en París. (VIAF: 28815666). ↵
- Carlos Tejedor (Buenos Aires, 1817- 1903) fue gobernador de la Provincia de Buenos Aires (1878-1880). En 1839 formó parte de la llamada conspiración de Ramón Maza contra Juan Manuel de Rosas. La captura y asesinato de los Maza por parte de la Mazorca lo llevó a huir a Chile, donde participó en política dando su apoyo a la candidatura de Manuel Montt. Al triunfar las fuerzas contra Rosas, en la batalla de Caseros, se decidió a volver a Buenos Aires. (VIAF: 61935190). ↵
- Bernardo de Irigoyen (padre) (Buenos Aires, 1822-Buenos Aires, 1906) fue abogado, diplomático y político. Dos veces ministro de Relaciones Exteriores, en 1874 y 1882 y una vez ministro del Interior en 1877. En 1898 fue elegido gobernador de la provincia de Buenos Aires. Fue dos veces candidato a presidente de la Nación, en 1886 y en 1892, y dos veces senador nacional en 1895. (VIAF: 35860779). ↵
- Tal vez se refiere a Georges Pierre Moreau (Boissy-le-Sec, 1842-Marquette-lez-Lille, 1897), un sacerdote católico y autor francés. Entre sus obras (que van de 1880 a 1894) se destacan: La Iglesia de Francia y las reformas necesarias (1880), La pregunta clerical: el presupuesto para el culto (1881) e Hipnotismo (1891). (VIAF: 2737334).↵
- “¡Pobre de mí! Si hubiera sabido… / ¡Pobre de mí! Si hubiera sabido…cuando mi voz predicaba…/ ¿estabas aburrido de las lecciones, que sobre ti, rosado y fresco, el pájaro negro de los muertos revoloteaba inadvertido? / Que la fiebre acecha a su presa, y que la puerta / O estabas tirando ayer te vería pasar muerto…/ ¡Pobre de mí! Si hubiera sabido…/ De niño hubiera hecho muy dulce tu existencia / Bajo cada uno de tus pasos hubiera puesto musgo / Tu risa habría sonado a cada momento. / Y habría guardado en mi pequeña vida un tesoro de inmensa felicidad envidiable./ ¡A los felices cien años! ». ↵






