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EL DIARIO

Jueves 25 de Agosto de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, julio 23.

    

Cambiar es lo más difícil en Inglaterra. No hay país tan aferrado a sus tradiciones. ¿Hace bien, hace mal? La pregunta no se contesta como una de tantas otras interrogaciones. Requiere mucha meditación y mucho espacio. La dejaremos para otro momento, para nunca quizá o para que otra resuelva el punto.

La casa del nuevo rey ya está enteramente reorganizada; numerosas personas de la que fue casa de Eduardo VII* han sido despedidas, dándoles las gracias. Los cargos arcaicos que por un momento llegó a creerse serían suprimidos, ¡qué! Todos ellos subsisten. Solo han sido cambiadas las personas.

Son curiosas las denominaciones. Más que gauchos han de ser ustedes, si se desenredan en medio del semejante cafarnaum[1] de títulos.

Por ejemplo, acaban de ser nombrados 18 “gentlemen ushers” y no están comprendido en este número el “gentlemen usher to the black rod” (es decir, el caballero ugier de la verga negra) y otros, como el “gentil hombre de la espada del Estado”.

Hay que agregar 61 obispos, canónigos, deanes, reverendos, venerables archidiáconos que forman la casa religiosa bajo los títulos de deanes de las capillas reales, clerk of the closet, domestic chaplain, chaplains in ordinary, priests in ordinary, deputy priests, etc., etc. (y traduzcan o háganse explicar los que no puedan con su curiosidad, ocurriendo a algún clérigo inglés protestante o católico).

El finado rey tenía 64 edecanes, lo que era mucho quizá para un soberano que no poseía grandes aptitudes para hacer maniobrar una brigada. Jorge V tendrá el mismo número. Muchos de estos empleos decorativos son dispendiosos, mas eso poco importa, hay quien pague, como ustedes saben, la vaca lechera. Mr. John Burns[2], presidente del “local governament board”, ha podido así hacer aumentar su sueldo de 2000 libras hasta rayar en 5000, que es lo que ganan la mayor parte de los miembros del gabinete. Y es divertido, diré, ver que este aumento, una bagatela, 3000 libras por año recae precisamente en un liberal socialista que no ha mucho (¿se acuerdan de ustedes?) ridiculizaba tanto los uniformes y trajes de gala. Mr. Burns ahora usa sombrero elástico, frac recamado de oro y espadín. Por lo demás, es un administrador de mucho mérito, el más trabajador quizá de los ministros. Luego bien puede perdonársele el salto de dos mil a tres mil y la contradicción. ¡Eh! Estar es una cosa tan diferente de aspirar.


No hay que hablar de guerra. Los vientos diplomáticos que son siempre los más seguros, excepto cuando fallan, soplan en otras direcciones. Hay entonces que hablar de paz. Los americanos del norte tan pacíficos, salvo error u omisión, como cuando la emprendieron con los españoles para darles más o menos libertad a los cubanos y a los filipinos, acaban pues de autorizar al presidente Taft* para que nombre cinco representantes, cerca de los gobiernos extranjeros con el objeto de conferenciar sobre el grave asunto de “la paz universal”.

En el intertanto, sus astilleros no cesan de trabajar y sus ingenios científicos se rompen la cabeza buscando nuevos elementos destructores de defensa nacional (¿quien pensará atacarlos?) para no afirmar lo que no es discreto: que esos elementos pueden convertirse en agresiones internacionales.

Por lo pronto, y como cuando se responde oblicuamente a una interpelación, la Alemania construye el mayor barco mercante que se haya visto hasta ahora. Mide nada menos que 268 metros de largo y tiene 46.000 toneladas de capacidad. A qué agregar detalles. El tal Leviathan deja atrás a los monstruos ingleses de Lucitania y la Mauritania.

Y como el aforismo admitido, respondiendo a una política normal, dice en inglés “trade follows the flag” (en nuestra lengua, la bandera mercante de guerra) la última noticia sobre el plan persistente del káiser* es que el otro día acaba de ser lanzado un nuevo gigantesco Dreadnought*, el Oldenbourg, cuya madrina ha sido la mujer del príncipe Federico de Prusia.

El nuevo acorazado, que no sé si será visitado por los cinco pacifistas yankees, mide 150 metros de largo y 28 de ancho y caída 9. Podrá navegar a razón de 21 nudos por hora, su gruesa artillería consistirá en cañones de 30 y serán 40 y la tripulación en mil hombres, todo ello costando cerca de 50 millones de francos.


Si la cosa sigue como va tendré, me parece, que alquilar un cuarto en otro apartamento, que en este, en el que vivo, ya no queda rincón donde no haya alguna publicación editada en mi tierra, y hasta en esta, escrita por argentinos, en español y en francés.

No me quejo. Hago constar un hecho que en todos sentidos me es grato. Veo caminar progresando el pensamiento argentino y que mis paisanos no me olvidan en mi retiro. Y digo retiro porque, sin vivir en el tonel de Diógenes, cada vez me aíslo más del ruido mundano, o como aquí se dice, porque “je ne vais plus dans le monde[3]”.

Pero, lo confieso, suelen ponerme en aprietos los remitentes, verbi gracia, como cuando me dicen: lea Vd. el estudio sobre la “pasteurelosis” ovina de Magnasco, o la clínica médica del doctor Luis C. Maglioni[4] (creo que fuimos amigos con su padre).

De lo primero entiendo tanto como de lo segundo. ¿Qué les diré entonces a los autores?

A Magnasco, ya mi pluma se ha complacido en tributarle los elogios que merecen su talento y su saber.

Me queda hoy por hoy, el decirle a Maglioni: no soy juez ni cosa parecida en trotes médicos. Mas esto no significa que no pueda opinar respecto de las Observaciones de un médico viajero[5], sencillamente expuestas en un estilo llano, se leen sin molestia.

¿Qué dirán por esos pagos nuestros médicos sobre lo esencial, el fondo de la materia? Eso es lo más importante para Maglioni. Digan lo que digan.

A mí me suena bien que un paisano que viene por estos lados a observar para completar, aumentando su capital científico tenga, cómo diré, ¿el valor?, ¿la franqueza? Diré la franqueza de escribir esto:

“El tratamiento de la especifidad es el caballo de batalla, el orgullo de la terapéutica oficial. En este importantísimo punto también discrepo de las ideas generales de la clínica médica de París. Este tratamiento tiene una bondad aparente y una realidad no del todo halagüeña…”.

Sí, me suena bien esta independencia. Admirar no significa estar conforme con todo.

Mucho, muchísimo hay que aprender en este Viejo Mundo (vejez es enseñanza). Pero no por eso ha de quedarse uno con la boca abierta en cuanto ellos hablan. Cuántas veces no he pensado: me gustaria hablar, escribir así sintiendo, creyendo no obstante de otra manera.

Dicho esto me resta para completar el párrafo agregar: en mi próxima discurriremos sobre La Ilusion de Ángel de Estrada*, ya le acusé recibo, y sobre otro libro argentino, en francés, titulado Les premieres amours d’ un inutile[6]. Es su autor Max Daireaux*, que haciendo lindos versos ya describe casi tan bien como su padre[7] si no mejor, ponderativamente hablando.

Anticipo el merecido encomio, prometiéndome leer en Boulogne esos “primeros amores de un inútil”, amores que algo deben haberle enseñado: todo amor es experiencia.

En Boulogne también revisaré con la debida atención el Buenos Aries Souvenir du Centenaire de la Revolution de Mai, trabajo como todos los de Alberto B. Martínez* en el que las cifras se agrupan sin monotonía y con tal método que más que números parecen frases.

El digno intendente municipal de la gran capital del Sud ha tenido una feliz idea autorizando este trabajo, en cuya portada figura merecidamente con letras doradas el nombre de Manuel J. Güiraldes.

Magnífico el mapa de la tierra. Supongo que con el Souvenir lo habrán hecho circular profusamente. Nos exterioriza admirablemente, como decía cierto personaje de Montevideo cuando quera significar una realidad: eso es física.


Entiendo que el número de los empleados públicos corre carrera con los que para emplear una palabra comprensiva se denomina nuestro “progreso”, el argentino, progreso que llama considerablemente la atención del mundo entero y con razón.

No hay más que leer lo que se ha escrito y se sigue escribiendo sobre las fiestas del centenario.

Tengo una carta de un tourista, un casi inglés, en la que me dice:

“Magnífico todo ¡y qué lindas y qué graciosas y qué elegantes las argentinas y qué buena la policía y qué moderación tan decente la de la multitud y qué brillantes los soldados y qué gran puerto y Palermo! En pocos años más, cuando los árboles habiendo crecido den más sombra, será una maravilla”.

Por mucho que mi amigo exagere el sedimento que quede es como para no dudar del porvenir.

Pero vamos a lo de los empleados públicos, creciendo como la marea, creciendo siempre sin nunca bajar. Parece que el fenómeno administrativo es general. Aquí, en Francia, gritan mucho ¡basta! ¿Y en Inglaterra que para tanto sirve de modelo? Con esa seriedad característica, los ingleses que frecuentemente ven la paja en el ojo ajeno, y eso que su desarrollo no es “anormal” como el nuestro, los ingleses, sí señor, en seis años, de 1904 a la fecha, han aumentado el Civil Service tanto que de 28.614.321 de libras esterlinas han saltado a 42.685.446, es decir 14 millones de aumento. Cierto que en este aumento entran unos 5 millones destinados al servicio de pensiones para la vejez, “Old age pensions”, no lo es menos que en esos seis años se han creado cerca de dos mil empleados, muchos de ellos inútiles. No lo digo yo. Repito lo que acabo de leer en el Daily Express.

Efectivamente, de ahí que los trámites judiciales sean tan complicados, tan largos, tan dispendiosos. O, lo que es lo mismo, que la red burocrática sea tan enmarañada; tanto que no es cualquiera, como en otras partes, el que puede ser escribano, procurador, ujier.

Tienen los ingleses una expresión que se refiere a la “forma” (forma) expresión casi pintoresca el “Red Tape” (la cinta colorada) que lo abarca todo en este orden de cosas.

Lo de la cinta colorada, proviene de que los papeles o legajos judiciales van siempre atados con una cinta de hilo de ese color.

En fin, y refiriéndome al mismo diario ya citado, son tales los gastos que hay que hacer para que un asunto “camine”, que la Corona acaba de verse obligada a gastar 250 libras, y la cosa no está concluida, en el pleito Pridgeon, consistente en que por medios tortuosos se ha querido que una mujer que no las debía pagara 150 libras.


Mi padre, que era un hombre con más espíritu que previsión, en medio de cierto don de clarovidencia, decía:

En este país todo el que pueda hacerlo debe tener horno de ladrillos, chanchos y panadería, porque casas que edificar o que componer no han de faltar por poco que adelantemos (hablaba en 1842, según mis recuerdos, qué tiempitos aquellos), porque los chanchos no requieren cuidado, se reproducen asombrosamente (hablando a lo criollo antiguo), y pan porque siempre ha de haber quien coma.

Lo que es yo, lo confieso, siento mucho no haber seguido los consejos de mi padre. Quién sabe si criando chanchos no habría alcanzado la gloria imperecedera de fundar una Chicago por esos mundos de Dios.

De ladrillos solo alcancé en cierto momento a pagarlos caros, teniendo después, ¡mal haya la crisis!, que venderlos por la cuarta parte de lo que me costaban.

Y en cuanto al pan, o sea, la gracia de Dios, siempre lo comí con gusto sin hartarme, y el panadero de antaño siempre también me fue simpático.

Lo estoy viendo todavía entre las buenas de mis reminiscencias infantiles a “musiú” Adel, así le llamaban. Era un francés, casado, al parecer, con una morocha criolla muy buena moza. Tenía su panadería en la calle de Tacuarí y Potosí, ahora Alsina, en una casa que mirando al río edificó el general Madariaga.

“Musiú” Adel, con traje de lo más sumario, mostrando un pecho peludo y la cara empolvada de harina, en tanto que su horno ardía como una fragua, tomaba el fresco en la puerta de calle. Y no había muchacho del barrio que no le conociera y que no admirara con respeto sus exterioridades atléticas.

Pues en memoria del pan que en la infancia no me faltó, que no me falte en la vejez, en obsequio de los panaderos de todo el país, los cuales, como lo llevo dicho más arriba sobre el panadero de antaño, he aquí algo referente al de ogaño, que tiene su interés.

La cuestión está a la orden del día aquí y quema como el horno que nos da pan. Me refiero al “trabajo nocturno” en las panaderías. No entraré en menudos detalles. Veremos más adelante. Por lo pronto, el movimiento se acentúa. Las diversas parroquias se unen en el mismo propósito: aliviar al trabajador.

¿Cómo? “That is the question”.

Algo bueno ha de escogitar el ingenio de almas generosas. Entre ellas, notaré como presidente de una sección a mi joven amigo Lucio Suttot, hijo de un noble caballero al que me vinculan fuertes lazos de simpatía y consideración.

En la última conferencia que sobre este negocio tuvo lugar, habló con elocuencia Mr. Paul Henry de Chaillot; secundado por hombres como el conde Alberto de Mun y otros, tiene fundadas esperanzas de que su empeño se ha de traducir en alivio del trabajador nocturno. ¡Ojalá! Ya los pondré a ustedes al corriente de ello, a los que ahí fabrican y comen pan, ¡y qué rico es el del Río de la Plata! El de Montevideo particularmente.


  1. Lugar en el que hay tumulto o desorden.
  2. John Elliot Burns (1858 –1943) fue un político y sindicalista británico, socialista, miembro del parlamento inglés y luego ministro. (VIAF: 13101197).
  3. “Ya no salgo al mundo”.
  4. Luis C. Maglioni (Buenos Aires, 1852-París, 1935) fue un médico homeópata argentino, autor de los libros Terapéutica (1906), Clínica médica de París (1910), Mis treinta y siete días de ayuno (1922), entre otros.
  5. No hemos hallado referencias bibliográficas para este libro que, a diferencia de muchos otros del autor, no se halla en nuestra Biblioteca Nacional.
  6. Daireaux, Max. Les premieres amours d’un inutile Paris: Calmann-Levi, 1910. Disponible en Gallica.
  7. Godofredo Daireaux. Ver índice onomástico.


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