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EL DIARIO

Miércoles 3 de Agosto de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, julio 10

   

Otro libro sobre lo mismo, libro bueno, repitiendo mucho que ya sabíamos con comentarios instructivos, útiles.

Hablo de La guerra de 1870 por Mr. Henry Welschinger[1], miembro del Instituto de Francia.

Se dirige el autor a los “pacifistas a outrance” (de los que varias veces me he ocupado superficialmente) y les dice: también en 1870 se exclamaba: “¿Por qué nos harían la guerra?”

Sigue, y teniendo en vista la actuación europea, agrega: Dicen algunos que no hay por qué temer nuevas catástrofes y que el estado apacible (“paisible”) de la Europa no da lugar a entrever peligros próximos.

A esto es permitido contestar, como lo hacía Mr. Frederic Dernburg[2] no ha mucho tiempo: “Nada es más tranquilo que un polvorín hasta que salta”.

Se hace esta objeción: “Bajo una república los ciudadanos son más libres de sus destinos que bajo una monarquía”. Así será. Pero bajo la república siendo el pueblo soberano no por eso está menos expuesto que en otros casos a pecar de debilidades y a caer en redes impensadas. Un ministro puede pronunciar palabras inevocables y motivar una invasión súbita del territorio.

Es decir, que sea cual sea el régimen, un pueblo puede ser arrastrado a la guerra si es “imprevisor”, si no es bien informado, si pierde la calma y la sangre fría.

Para cerrar este párrafo, haré notar que Mr. Welschinger dirigiéndose a su país, le dice:

Evidentemente sería tan pueril como vano disimular que Francia, lo mismo que otros países, es presa de graves molestias. El estado de división de los partidos, el decaimiento del sentimiento religioso y moral, la tendencia a reemplazar el idealismo por un positivismo grosero, la práctica vacilante de la libertad y el espíritu de intolerancia, la influencia deletérea de las minorías gritonas y facciosas, el abuso de las huelgas que so pretexto de ser un medio natural de mejorar la suerte de las clases obreras se han vuelto un factor brutal de violencias o alzamientos sangrientos, la exageración del egoísmo individual, la corrupción de las costumbres por un contagio detestable, la decadencia de las letras y del teatro moderno entregados a autores cínicos y a histriones, el juego público restablecido bajo la forma desmoralizadores de la apuesta cotidiana, el menosprecio de las leyes y de toda censura, la atrofia de la voluntad en las clases elevadas, la disposición demasiado general a encargar el Estado de la existencia del bienestar de las masas, a hacerlo intervenir en todo y por todo, a impedir a veces las iniciativas generosas y hasta amenazar la fortuna pública y la de los particulares; he ahí lo que inquieta y preocupa a los buenos ciudadanos…

A los remedios materiales necesarios para combatir tales azotes sería menester añadir los remedios morales que son los más eficaces, mediante una guerra implacable contra todo lo que hace mofa de los principios, rebaja las convicciones, desnaturaliza las conciencias, enerva, atrofia, pisotea y deshonra las costumbres y la vitalidad del país, y que pretendiendo liberar el pensamiento humano lo subyuga a un escepticismo tiránico y corruptor”.

Es el caso de repetir, observa en conclusión, el autor del adagio: “Quod legis sine moribus vance proficiant”[3]

El cuadro es triste. Pero queda el consuelo de que “Dios ha hecho a las naciones curables”.


No se ofendan Vds. si les digo que los que hablan de Mr. Chamberlain* son muchos y pocos los que conocen a fondo sus proyectos de reforma fiscal.

En esa inteligencia voy a procurar informar a ustedes, empleando el menor número posible de palabras, por qué en mi opinión y sin ser proteccionista ni libre cambista, el triunfo de los principios del antiguo ministro de las Colonias, es cuestión de tiempo.

Bajo una forma u otra, los liberales acabarán por aceptarlos. Y como el negocio ha de afectar intereses mundiales, de ahí la conveniencia de entenderlo siquiera en sus principales lineamientos, en su finalidad.

La concepción de Mr. Chamberlain puede encerrarse dentro de este marco: después de visitar las colonias se afirmó en la convicción que para hacer de ellas un todo que no fuera solamente una expresión geográfica, era menester un vínculo que ligara sólidamente todas las partes.

El 15 de mayo de 1903, en su discurso de Birmingham decía: “Nuestra política imperial es vital para las colonias, vital para nosotros. De esa política, de lo que se haga en los años venideros, depende un enorme resultado, a saber: ¿nuestro gran imperio va a disgregarse convirtiéndose en pequeños Estudios separados…? La cuestión de las relaciones comerciales es de la mayor importancia. A no ser que la arreglemos de un modo satisfactorio, ya no puedo creer en la continuidad de la unidad del Imperio”.

Mr. Chamberlain quería un “Zollverein[4]” libre cambista en el interior y proteccionista en el exterior.

Había comprendido que el imperio sería una federación única por los intereses o que desaparecería disolviéndose.

Puede bastarse a sí mismo, no hay duda, decía, comercialmente e industrialmente también.

Cobden[5] había basado todo su sistema en la conversión del mundo al libre cambio.

Sus previsiones no se han realizado.

Es menester otra cosa, y, por mi parte, estoy convencido de que Mr. Chamberlain tendrá la gloria de haber comprendido el arduo problema provocando el gran movimiento llamado a solucionarlo.


Tengo observado que los perros ladran menos en este mundo europeo, en la parte occidental sobre todo, que en la América del Sud.

¿Por qué?

“Voila ou l’anteur s’embarrasse”[6], como decía el otro…

¿Serán más civilizados, más sociables entre ellos? Porque cuando se encuentran, en vez de gruñir, de mostrarse los colmillos como ahí generalmente, parecen saludarse moviendo el rabo.

Repetiré lo que en casos más o menos parecidos a este he dicho: será lo que ustedes quieran.

Pero que de lo que antecede no se deduzca que los canes europeos no son tan molestos como los canes de la Argentina, que son los que yo más conozco, habiendo de paso hablado de ellos en mis Indios Ranqueles y de las chinas de que eran constantes inseparables compañeros.

Ya lo creo que son molestos y he aquí un caso jurídico para nuestros jueces.

El tribunal civil de Nancy acaba de fallar lo que, como va a verse, es interesante para todos los que tienen perros de guardia principalmente.

Un habitante de la calle Viell Aitre, no pudiendo dormir de noche a causa del ladrido incesante de tres perros de un vecino, llevó a este ante la justicia de paz y obtuvo cincuenta francos por daños y perjuicios.

En la apelación el tribunal civil acaba de confirmar la primera sentencia fundada en que la tolerancia de los perros que ladran con exceso no puede ir hasta perturbar impunemente el reposo de los habitantes del barrio, habitantes que siendo en general gente de trabajo, necesitan doblemente reponer sus fuerzas mediante un sueño tranquilo y reparador.


¡Al fin! Ya era tiempo de que alguien se decidiera a decirlo en el parlamento francés.

A Monsieur Ajam, un radical de buena cepa, corresponde sacarle el sombrero por su iniciativa.

¿Qué significa, ha preguntado el otro día, la etiqueta radical-socialista?

No es posible estar a la vez en pro y en contra. No es posible, hablando con más precisión, estar en favor de la propiedad y en contra de la propiedad, más todavía, no es posible estar en favor y en contra de la libertad individual.

Ya es hora de que acabemos con semejante equívoco.

Y a Mr. Ajam en la Cámara de Diputados lo ha seguido Mr. Bellan, presidente electo del Concejo Municipal de París.

Si es posible ser más neto, él lo ha sido diciendo: no es honrada la actividad de dos partidos que, aliados, se apoyan en doctrinas enemigas y que se excluyen.

Conviene, en efecto, hacerlo notar, observo yo, que hay principios esenciales sobre los cuales deben determinarse, ante todo, todas las inteligencias y agrupaciones. De lo contrario, es inmoral toda alianza cuyo objeto y fin no pueden ser otros sino intereses de partido y de personas.

Teniendo como ya tenemos en el Río de la Plata, para que no nos falte nada, un partido radical cuyo programa puede llegar a formalizarse y otro partido socialista que ya sabemos en qué consiste, no estará de más meditar un poco sobre lo que el diputado y el municipal francés han declarado.

Los católicos argentinos leen con satisfacción que hace muy poco, seis nuevos obispos han sido consagrados en los Estados Unidos.

Es un hecho único en la historia religiosa del país.

Una estadística presentada por la misma diócesis al “Catholic Directory” nos hace saber que hay en los Estados Unidos 16.000 padres de los cuales 14.885 son seculares y el resto religiosos pertenecientes a diversas órdenes.

El número de los católicos es de 14 millones 235.451, lo que representa un aumento de 360.000 de 1908 a la fecha.

Si a esto se agregan 11 millones 235.451 católicos desparramados en todas las posesiones extranjeras, como por ejemplo las Islas Filipinas, Puerto Rico y otras, el total de los católicos sometidos a los Estados Unidos representa 22 millones 474.440.

Y, según parece, la religión que en ese gran país tiende a hacer mayor número de prosélitos es la católica; en cuanto a su riqueza, carece paralelamente y los dones de los fieles son pingües como en ninguna otra parte.


No sé a derechas en qué fecha echaré estos renglones en el buzón, pero como hoy día somos 18 de julio, ahí va una anécdota para soldados. Era el aniversario de Waterloo y se trataba de saber con motivo de la gran batalla, quién había sido el hombre más valiente de Inglaterra. ¿Para qué? Helo aquí.

Algún tiempo después de dicha batalla, murió un clérigo inglés protestante dejando una parte de su fortuna al hombre más bravo de Inglaterra. Los parientes del difunto se dirigieron al duque de Wellington, el héroe de Waterloo.

El duque les contestó:

―Debemos la victoria en esta lucha de gigantes a que la “barrera” de Hougoumont fue cerrada en el momento oportuno por Sir James Mac Donnell. Es, pues, a él a quien le corresponde el don de clérigo.

―Pero ―replicó Sir James― es en realidad uno de mis sargentos, John Graham, el primero que llegó a la barrera. Luego, él debe tener su parte en la herencia.

Y el don del clérigo fue efectivamente repartido entre Sir James Donnell y su humilde sargento.

Y yo me quedo pensando: si el sargento Cabral, en San Lorenzo, no le hubiera salvado la vida a San Martín, ¿a quien le habría tocado la gloria imperecedera, para solo citar uno, de la batalla de Maipú?


Sigo recibiendo y leyendo poco a poco con avidez publicaciones, libros diversos de la tierra, que no me cansaré de agradecer.

El último, Días de Mayo. Actas del Cabildo de Buenos Aires, 1810[7] (¡lástima que solo hayan dejado del histórico edificio una tajada!), el último, decía, es un “in folio” impreso e ilustrado con tanta elegancia como en Estados Unidos y aquí en Europa saben hacerlo. Rayan estas ediciones en la perfección. Batallas ganadas por la industria argentina, ¡bravo!

Y otra vez digo y repito que Adolfo P. Carranza* merece una corona de laurel.

Ya se sabe que un hombre se reemplaza con otro, pero lo que es este director (y fundador) del Museo Histórico Nacional, yo no sé, hoy por hoy, con quién lo reemplazaríamos. Se ha de estar formado, eso sí, estimulado por la acción inteligente, fecunda, ejemplar, de Carranza. De ello estoy convencido. La buena semilla tiene la virtud de fructificar hasta en tierra mal preparada, y no es el caso, al contrario.

¿Saben ustedes a dónde están yendo a parar todas estas publicaciones argentinas, muestras evidentes de nuestra evolución o progreso intelectual?

Nada menos que a la biblioteca en formación de una asociación a que tengo el honor de pertenecer, la precide monsieur M. P. Appel, miembro del Instituto, decano de la Facultad de Ciencias y Letras de París, y se denomina “Groupement des Universités et Grandes Ecoles de France”, siendo uno de sus propósitos, el principal, articular moralmente este país de Francia con los del Sud de América.

Las demás ventajas materiales vendrán después, como consecuencia natural. Ya han hecho camino en esta dirección obteniendo de las companias de navegación francesas una rebaja del treinta por ciento en el pasaje de los estudiantes de América y viceversa que quieren tomar contacto cruzando los mares.


En notas subsiguientes he de decir lo que siento y pienso de eso que voy leyendo poco a poco, bien entendido que algo he de dejar intencionalmente “in albo” como lo he hecho, por ejmplo, con las sentencias del joven e ilustrado Ricardo Seeber, vista mi incompetencia abogadial he aplazado el fallo pensando: si llego a caer en manos de la justicia me gustará que el juez que me toque sea del linaje de este, mi joven amigo. Sabrá ser caritativo y justo.


A propósito de trotes legales, y no siendo, como no soy, doctor en nada, tanto que bien podría escribir como el moralista “lo que he aprendido ya no lo sé y lo poco que todavía sé lo he adivinado”, a propósito de eso diré, como Don Gregorio Gómez, que casi noventón hallaba a casi todo el mundo muchacho, he leído ya el trabajo sólido, o sea, el estudio “la expresión de agravios de Magnasco en la causa del señor José A. Barbieri”, agregando: sabe tanto el mozo y lo dice tan adecuada y lindamente, haciendo agradable la lectura de la no poco árida materia, que lo que Dios no permita, si llego a hallarme en el caso del señor Barbiera a él, a Magnasco, he de recurrir para que me saque del atolladero limpio y puro como una patena.


  1. Welschinger, Henri. La guerre de 1870. Paris: Plon-Nourrit et cie, 1910. Welschinger (1846-1919) fue un escritor francés, autor de varias obras, entre ellas: Le Duc d’Enghien, 1772-1804 (1888) y Le Maréchal Ney, 1815 (1893). (VIAF: 22165390).
  2. Creemos que se refiere al editor y político Friedrich Dernburg (1833-1911),  miembro del Partido Nacional Liberal y perteneciente a una distinguida familia judía.
  3. “Lo que leas sin moral tendrá éxito”.
  4. Creada en 1834, la Zollverein fue una organización económica configurada como una unión aduanera. Numerosos estados alemanes aunaron fuerzas para crear una zona de libre comercio y establecer tarifas aduaneras frente a terceros países.
  5. Richard Cobden (1804-1865) era un fabricante inglés, radical y liberal, asociado con dos campañas importantes pro libre comercio, la Liga contra la Ley de Cereales y el Tratado Cobden-Chevalier. Cobden ha sido considerado “El mayor pensador liberal clásico en asuntos internacionales”. (VIAF: 66539206).
  6. “Aquí es donde el autor se avergüenza”.
  7. Carranza, Adolfo. Días de Mayo. Actas del Cabildo de Buenos Aires, 1810. Ed. J. Sesé, 1910.


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