Sábado 27 de Agosto de 1910
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
Boulogne, julio 31
Todo país, todo pueblo, todo gobierno tiene sus peculiaridades, sus rarezas, sobre todo si es insular y poco accesible por eso, como lo es la Inglaterra, a lo que se agrega que el inglés, tan amante de la libertad, no siendo vocinglero, calla cuanto puede sin perjuicio de remediarlas, sus miserias.
Otros pueblos viven divulgando sus miserias; y no son peores que otros. No saben callar, son indiscretos. Un ejemplo de lo dicho lo tenemos en lo que pasa con el “Board”, que cuesta muy caro y no reúne nunca (parece cosa de por ciertas tierras sudamericanas).
A propósito de dicho “board”, los diarios franceses, que son los que ustedes leen más, hablando días pasados de Mr. Burns*, del que yo también algo dije de paso en mi anterior, le llamaban el “ministro del trabajo”. No hay en Inglaterra tal ministro del trabajo. Mr. Burns es presidente del comité del concejo local, “government board”, que no hay que confundir con el “board of trade”. Creo que es antiquísimo, que data de Carlos II. El “local government board” es de 1871 y fue creado, según Waverley (pseudónimo), para administrar las leyes sanitarias, el gobierno local y la “poor law” (ley de asistencia pública) que hasta entonces había dependido del Party Council, del Home office y del Foor Law Board.
El Board se compone de funcionarios de alto rango y de secretarios de estado cuyas funciones están tan mal definidas que el tal Board “no se reúne nunca” y que todos los negocios son despachados por el presidente (Mr. Burns por el momento, su secretario parlamentario) y un numeroso personal de empleados.
En otros países, y por esos nuestros mundos también, hay una queja constante más o menos fundada: que el aumento de gastos por la multiplicación de empleados continúa. Pues, si así es, la Inglaterra nada tiene que envidiarles en ese sentido, ni ellos a ella.
Se inauguró los otros días, con toda la pompa oficial y poca concurrencia del pueblo, el monumento erigido a la memoria de Waldeck-Rousseau[1].
Este monumento es quizá prematuro porque, como alguien lo ha observado, Waldeck Rousseau está demasiado cerca de sus contemporáneos para que la historia pueda emitir sobre él un juicio imparcial de conjunto.
Yo me confirmo en lo que les tengo dicho a ustedes, tratándose de ciertas entidades políticas: un siglo después de su muerte es que debe resolverse si son o no merecedores de una estatua.
Waldeck-Rousseau, a no ser que se quiera tapar el cielo con un harnero, lleva sobre sus hombros, es lo que a mí se me alcanza, la pesada responsabilidad del estado de división en que este bello país de Francia, tan lleno de atractivos, vive, desde hace más de una década, desde que Waldeck-Rousseau inventó la cuestión Dreyfus[2].
Tenía Waldeck-Rousseau todo lo que se necesita para ser el árbitro de los partidos y alzarse sobre todas las discusiones. Prefirió echarse en el entrevero con los “sectarios”, para resumir todo mi pensamiento en una palabra.
Los menos intransigentes dicen que cuando subió al poder otra cosa se esperaba de él.
En cuanto a sus facultades intelectuales y morales, no diré que las opiniones están divididas. Pero no concuerdan en absoluto.
No hay divergencia cuando se escribe que Waldeck-Rouseau poseía en alto grado el arte oratorio, que era la sencillez perfecta, la seguridad absoluta y que le tenía horror a la retórica.
Pero sí hay divergencia, y no poca, cuando se trata de su carácter. Alguien ha ido hasta poner en duda, no diré su integridad, sino su desinterés, como insinuando que su gran pasión era la da Mirabeau[3]: la sed de dinero.
Es probable, seguro, que Vds. conocen mejor que yo a René Bazin[4], siendo como son tan aficionados a la lectura de novelas. Yo también lo soy. Pero mi género no abunda. Lo digo con ingenuidad de colegial, mi género preferido es Dickens y sus similares, sobre todo el de Los tres Mosqueteros. El viejo Dumas debió ser también físicamente inmortal.
Lo dicho no significa que de vez en cuando no me devore tales o cuales romances. Ergo, he leído en estos días de invierno (en verano, cuando llueve) uno que por las dudas quiero señalar a la atención de Vds. Es libro que puede entrar en toda casa donde no se encuentre uno sino con visitas de las mejores condiciones. Me estoy refiriendo a La Barriere[5] de Rene Bazin*, que por series[6] publicó primero la Revue des Deux Mondes*.
La Barriere enseña cómo es que el hombre se aleja de la creencia y cómo vuelve a ella. Es la solución frecuente. A ese análisis de dos conflictos de conciencia que se desarrollan paralelamente pero en sentido contrario, debe por consiguiente corresponder un estudio de los dos medios por los cuales dos espíritus igualmente honrados, rectos y sinceros pueden arribar a dos estados tan diferentes. Hacer constar los efectos implica la averiguación de las causas. Y en la tocante novela de René Bazin se ve, por una parte, un católico que habiendo recibido una educación religiosa “deja de creer”, porque vive en una atmósfera de escepticismo, de indiferencia, casi de nihilismo moral, y, por otra parte, un protestante que, educado en el “odio” de la iglesia romana, se siente inclinado al catolicismo viendo el espectáculo confortante de los beneficios de la religión.
De ahí que René Bazin insista sobre la declinación lenta, pero segura, de la vida de familia que tanto favorece los progresos de la incredulidad, y, sobre la admirable e intensa vida religiosa de ciertas agrupaciones de creyentes y de ciertas obras que mantiene, entretiene y suscita la fe y con este último motivo lo venga, digamos, a París de los ataque de aquellos que solo quieren ver en la gran metrópoli una ciudad de lujo y de placer, ignorando que hay un París, otros París frente a esa que reza, un París caritativo que le presta ayuda al París que padece miseria, enfermedades; y he ahí entre otros, uno de los méritos de esta bien concebida novela, tan de actualidad bajo tantos puntos de vista. Hay también ya dos Buenos Aires y es pensando en el que cree y en el que niega, que vuelvo a decir a ustedes: lean La Barriere.
Durante una semana, y más, barricas de tinta se han consumido en lo que se llama el mundo civilizado, a propósito de los “trompis” que debían darse en Norte América el negro Johnson y el blanco Jeffries.
En Londres, los negocios financieros fueron suspendidos instantáneamente y las discusiones del parlamento se cerraron.
Reinaba una ansiedad como en vísperas de Waterloo y las apuestas, como en las carreras, nada dejaban que desear. La usura daba hasta diez contra uno en favor del blanco.
¡Oh, decepción!, el negro ha ganado y he aquí el balance que Norte América acaba de transmitirnos.
Johson ha ganado 250.000 dólares e, irritados los blancos por la derrota de un congénere, se han entregado a toda clase de violencias contra los negros.
Se cuentan como resultado de la lucha, habiéndose defendido los negros que no son mancos, cifras y escenas que espeluznan.
Si semejantes crueldades hubieran acontecido en Sud América, los yankees ya habrían gritado ¡si son tan bárbaros! No pueden negar que tienen en las venas sangre española de toreros.
Pero como la cosa ha pasado en el suelo de la doctrina de Monroe, hay que mirarla como se mira un detalle en la vida de los grandes pueblos modelos de cultura y de humanidad.
No estoy consternado. Me dan lástima los negros, eso sí. No tengo la preocupación del color, y entre nosotros los argentinos, los negros fueron excelentes soldados, sirvientas fieles y las negras muy buenas amas. La mía se llamaba María Antonia. Era una retinta y ¡cómo la quería!
Me entretenía tanto, y con qué suavidad me hacía dormir cantando el arrorró, mi niño, arrorró mi sol, arrorró pedazo, de mi corazón…lo supongo y hasta lo recuerdo porque después de ama mía lo fue de mi hermano Lucio Norberto, que era seis años menor que yo. Ya he contado en una causerie por qué fuimos dos los Lucios en mi casa, el que murió trágicamente en Cadiz[7], doloroso recuerdo, y este servidor constante de ustedes.
Una plumada más y concluyo con los negros de los Estados Unidos y sus irreductibles perseguidores. El problema es en extremo grave y no poco arduo pronosticar su desenlace final.
Estudio algo este país asombroso donde no escasean los asesinos de presidentes virtuosos como Lincoln, y no arribo a decirme interiormente: es así.
¿Será menester ir a verlo de cerca materialmente? No creo que a ello me resolveré.
¿Y entonces?
He leído en un autor inglés, cito de memoria, que a la pregunta: “¿qué es el tiempo?”, San Agustín repuso meditando: “Lo sé si Vd. no me lo pregunta”. Y la contestación esa, agrega el autor, es la misma que el crítico tiene en la punta de la lengua cuando se trata de definir el “genio” y el carácter de escritores como sir Francis Bacon. Porque genio es la atmósfera que difunden sus páginas. Pero no hay que examinarlo en detalle. Los defectos morales aparecen, sobre todo la vanidad, la más profunda arrogancia, como si en él se realizara el milagro de la ciencia encarnada.
Parafraseando al escritor ese, yo digo: estupendo país los Estados Unidos, empero no se detenga el observador a analizarlo; conténtese con una especie sino quiere que le resulte una visión afectada de astigmatismo o un pandemónium maravilloso en la historia de la grandeza de las naciones, y por si alguien pensare que escribo con prejuicio de raza, lo remito al libro que acaba de publicar el distinguido escritor americano Allen White bajo el título The Old Order Changeth[8]. Cambio del viejo orden, como si dijéremos el Despertar de la moral. Reforma, la Idea nueva, libro curioso, instructivo según el cual hace diez años que el pueblo de los Estados Unidos se viene apercibiendo de que necesita “fiscalizar” la conducta de sus magistrados en todo orden; que el mecanismo implícito de la constitución del gobierno de la unión basado en la acción de los partidos es “antidemocrático” o, en otros términos: que la mayoría solo gobierna nominalmente los menos a los más, textual, que el fraude y la corrupción todo lo invaden con los sindicatos o “trusts” a la vanguardia, en persecución febril del vellocino de oro con esta divisa en su bandera: “go make money honestly if you can but make money…”.
Los fuertes principalmente discurren así: sigamos hablando de paz pero, como la desconfianza es madre de la seguridad, sigamos armándonos por mar y por tierra y así no habrá error.
En tal virtud Lord Roberts[9], el autorizado veterano inglés, acaba de manifestar en el banquete de la Liga Nacional todo su pensamiento de soldado y de hombre prevenido, declarando que la Inglaterra no se halla en estado de defensa si los alemanes desembarcaran 80 mil hombres (ochenta mil) en las costas británicas, y que, por consiguiente, habrá que proceder en consecuencia. La Inglaterra, agregó, necesita un ejército permanente; su ejército actual no le basta, siendo solo una reserva de tropas coloniales. Es lo que vengo sosteniendo de tiempo atrás y lo que ahora sostengo.
El vencedor de los boers quiere, pues, que rompiendo con el pasado que a nadie obliga al servicio de las armas, se decrete el que obliga a todo el mundo sin facultad alguna de reemplazo.
Alguien ha dicho que el siglo décimonono fue el siglo de la democracia y que el vigésimo siglo será el siglo de las mujeres. El hecho de que la cámara de los comunes haya ya discutido en general el “Womens Suf-frage Bill”, que los partidarios del “voto de las mujeres” consideran como el primer paso hacia la plena libertad parlamentaria del sexo y el hecho de que el sábado pasado diez mil mujeres marchasen del “Enbankment al Albert Hall” para manifestar en favor de la causa le dan sumo interés a un artículo del Quarterly Review[10] sobre “La sociedad y la política en el siglo diez y nueve”.
El artículo en cuestión es una extensa revista de tres libros: La correspondencia de la condesa de Westmorland, las Memorias de la duquesa de Dino[11] y las Memorias de 50 años por Lady St. Helier[12].
Son obras que señalo a los que se ocupan del problema femenino, tan delicado con relación al sufragio activo y pasivo.
En ese artículo, el “reviewer” (el que hace una revista) demuestra que la conexión entre la sociedad y la política ha experimentado un cambio gradual.
Las únicas mujeres que tomaron parte activa en la política en los siglos XVI y XVII fueron las favoritas de la corte y su poder notorio.
En el siglo XIX desaparecieron, y la influencia, sino el poder, pasó a manos de las mujeres y hermanas de los políticos.
Si examinamos la conexión entre la política y la sociedad en el siglo decimonono y consideramos hasta dónde llegó a influir en la vida doméstica, en la del campo, en la de los salones, en todo el curso de los negocios públicos y en la carrera de los hombres políticos, vése enseguida que es grande el cambio que se ha operado en el espíritu de las edades desde los días de los estuardos y el primero de los reyes Hanoverianos a la fecha, y ese cambio, sin ser temerario, permite augurar que las mujeres acabarán por salirse con la suya en Inglaterra. Si no llegan a ser ministros de Estado por lo menos serán municipales. Los que se armarán en la mezcla del sexo bello son sus rivales, por no decir sus perseguidores, ahora que hasta en intrepidez quieren igualarlos volando como ellos por vertiginosas alturas.
- Pierre Waldeck-Rousseau (Nantes, 1846 – París, 1904), fue un político, abogado y estadista francés, primer ministro de Francia desde 1899 hasta 1902. Durante su mandato, denominado de défense républicaine al aglutinar personalidades republicanas progresistas, radicales y socialistas defendió la revisión del caso Dreyfus en contra de los sectores antisemitas del ejército y de los sectores ultraconservadores y monárquicos de la Iglesia católica. Su gobierno promulgó la adopción de leyes sociales como la reducción de la jornada de trabajo a 11 horas y la controvertida del contrato de asociaciones, votada el 1 de julio de 1901. La adopción de esta ley fue criticada por las congregaciones religiosas. Lideró la coalición de izquierdas que triunfó en las elecciones legislativas de 1902, pero enfermo de un cáncer de páncreas, tuvo que dimitir de su cargo y falleció dos años más tarde. Le sucedió en la presidencia del Consejo Émile Combes. (VIAF: 46894176).↵
- El caso Dreyfus, o Dreyfus Affair, fue un célebre acto de injusticia antisemita que dividió la opinión pública francesa de la Tercera República (1870-1940) desde finales del siglo XIX hasta entrado el siglo XX. Daremos cuenta resumidamente de los hitos principales. En 1894, el capitán del Ejército Francés Alfred Dreyfus, un ingeniero politécnico de origen judío-alsaciano, fue acusado de traición a la patria: se lo culpaba de haber entregado a los alemanes documentos secretos de Francia. Enjuiciado por un tribunal militar, fue condenado a prisión perpetua y desterrado a la Colonia penal de la Isla del Diablo, en la costa de la Guayana francesa (Sudamérica). En ese momento tanto la opinión pública como la clase política francesas adoptaron una posición abiertamente en contra de Dreyfus. Pero la familia Dreyfus, convencida de la inocencia de Alfred, inició una intensa investigación y numerosos reclamos ante la justicia, hasta demostrar que Alfred Dreyfus era inocente y había sido engañado. Desde ese momento, se desenmascaró el antisemitismo implícito en la condena, no sólo por parte del Estado sino con la colaboración de gran parte de la prensa y de la sociedad civil. El caso Dreyfus fue un hito en la historia del antisemitismo europeo, dividió a la sociedad francesa entre dreyfusards (el principal intelectual que apoyó a Dreyfus fue Emile Zola, como lo deja claro en su famoso artículo J’accuse de 1898) y antidreyfusards. Dreyfus es reintegrado parcialmente en el ejército con el rango de Jefe de Escuadrón (comandante), por la ley de 13 de julio de 1906. Es cuantiosa la bibliografía sobre el tema Dreyfus: desde fuentes primarias hoy en línea, hasta tratados explicativos, obras secundarias, artículos de prensa, películas, ficciones y testimonios de toda índole. ↵
- Honoré Gabriel Riquetti (1749-1791), Conde de Mirabeau, fue un revolucionario francés, escritor, diplomático, francmasón, periodista y político. Entre sus obras, se cuentan: Le rideau levé (1786), Histoire secrète de la cour de Berlín (1787), Dénonciation de l’agiotage (1787). (VIAF: 92203246).↵
- René François Nicolas Marie Bazin (París, 1853–París, 1932) fue un novelista y ensayista francés, miembro de la Légion d’honneur y de la Academia Francesa desde 1903. Entre sus obras, se destacan: Les Oberlé (1901); L’Âme Alsacienne (1903), Donatienne (1903), L’Isolée (1905) y Mémoires d’une vieille fille (1908). (Extractado y traducido de la página oficial de la Academia Francesa). ↵
- Bazin, René. La barriére. Paris: Calmann-Levy, 1910. ↵
- Por entregas. ↵
- Se trata de Lucio Norberto Mansilla Ortiz de Rozas (Buenos Aires, 1837-España, 1857), hermano menor de Lucio Victorio. ↵
- Allen, White. The Old Order Changeth A View of American Democracy. New York: MacMillan, 1910. ↵
- Frederick Sleigh Roberts, primer conde Roberts de Kandahar (Cawnpore, India, 1832 – Saint-Omer, Francia, 1914), mariscal de campo británico, fue uno de los más hábiles estrategas de la Era Victoriana. Participó en la Segunda guerra anglo-afgana (1878-1880) y en la Guerra anglo-bóer (1899-1902). Fue además el último comandante en jefe de las Fuerzas británicas hasta la abolición del cargo en 1904. (VIAF: 122217296).↵
- The Quarterly Review fue una revista literaria y política fundada en marzo de 18091 por la conocida editorial de Londres, John Murray. Dejó de publicarse en 1967. (VIAF: 317149413). ↵
- Dorothee, Duchesse de Dino. Memoirs of the Duchesse de Dino (afterwards Duchesse de Talleyrand et de Sagan), 1831-1835.↵
- Lady St. Helier. Memories of Fifty Years. With Illustrations. London: Edward Arnold, 1909.↵






