Viernes 23 de Diciembre de 1910
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, noviembre.
¿Con quién estoy?; o como dice el personaje de la comedia, ¿con cuál me quedo?
En el presente caso, con ninguno de ellos.
Todavía no hemos llegado a la época en que puede escribirse la historia de nuestra revolución con libertad y sin reticencias… los prejuicios en años, el “parti pris” en otros, son la regla general de los pocos que han intentado con más o menos amplitud y detención perfilar y explicar nuestros hombres de guerra, nuestros caudillos, nuestros dictadores o tiranuelos, como se quiera.
Digo esto como previniendo el ánimo del lector moderno respecto de algunos extractos que se están publicando por algún diario con la nota de “Páginas olvidadas”.
Hay, en efecto, algo que aprender en esas páginas. Pero conviene tener presente que las Memorias póstumas del general Paz[1] no fueron revisadas por él. Lo fueron por otro o por otros que enmendaron la redacción “currente calamo” del insigne general. De suerte que en vez de suavizar la hiel y la mordacidad, el hombre no era cómodo, que tanto abundan en ellas, escribe un hombre de espada, contemporáneo del prisionero de Rozas en Luján, otra cosa es lo que han hecho: las han agriado más.
Y que dichas Memorias póstumas no vieron la luz pública tal cual su autor las redactó no es tan difícil demostrarlo. Baste decir que el lenguaje del vencedor de Quiroga no podía contener los galicismos en que el corrector le hace incurrir al autor.
Conviene, pues, cotejar lo que las Memorias póstumas afirman respecto de hombres y cosas con lo que otros han escrito refutándolas, verbigracia y para solo citar un contrincante, al general don Tomás Iriarte[2], autor, entre otros excelentes escritos correctos, era hombre ilustrado, su Ostracismo de los Carreras[3], sus Glorias argentinas[4] y su Juicio sumario de las Memorias del general Paz[5].
No hay veredicto concluyente sino después de haber oído el debate contradictorio.
He comido en este mundo toda clase de carnes. Ninguna tan fea, tan sin sabor, tan dura, si es flaca, como la del perro. Pensando en que ustedes la tienen de vaca excelente, abundante, si no tan barata como debiera ser, me he dicho al leer lo que sigue: felices los argentinos y los que viviendo entre ellos no quieran serlo; no comen como en Alemania, carne de perro. Lo que sigue, he dicho, helo aquí.
La carestía de la vida crece en Alemania más que en otros países de Europa. En Sajonia, particularmente, se nota así una recrudencia en la venta de las carnes perrunas, y digo recrudencia porque en aquel país hace ya tiempo que comen mucha carne de esa clase.
El otro, no yo, prosigue, los ingleses hacen mal en llamar a los franceses “comedores de ranas”. Nada justifica el apodo. A los alemanes sí que les cae bien el de comedores de perros. La estadística afirma que en 1900 se consumieron en tres regiones alemanas 7000 perros, y que de entonces a acá la cifra ha crecido enormemente y también las multas a los carniceros clandestinos vendedores de carnes mas o menos flacas.
Cuando un amigo algo te oculte o te reserve, no procures por ningún medio directo o indirecto arrancarle su secreto.
Supongo, me imagino que a ustedes les pasa diariamente lo mismo que a mí, que hallo una palabra, o dos, o más, cuyo significado no conozco y que no está en el diccionario de la lengua, de donde resulta que es cuento largo salir de dudas.
A propósito: ¿sabe el lector qué quiere decir “sadismo”? La mayoría ha de ignorarlo.
Bueno, pues, aquí tiene antecedentes pescados casualmente en el Intermediaire des chercheurs et curieux[6], que registrando libros viejos me cayó a la mano días pasados, en uno de mis paseos por las orillas del Sena, que es, como ustedes saben, donde más papel impreso añejo se vende.
El poeta Carlos Adolfo Catecuzene ha abierto hace un año largo una “enquete” sobre la cosa.
Siendo como soy un condensador de lecturas o impresiones, baste lo que sigue para darles a ustedes (á los necesitados de saber) una idea apenas sobre la verdadera mentalidad del “divino marqués”.
Es de creer que la reputación de Monsieur de Sade (de ahí “sadismo”) es inmerecida, lo cual no es una novedad “en este mundo traidor” tan calumniado a la vez.
El hombre fue humano durante el Terror, salvando muchas cabezas. En cuanto a sus obras, tan raras, hay que tener en cuenta la exasperación de una de nuestras semejantes, cuyo cautiverio fue tan largo, el de una víctima del viejo régimen y del Primer Cónsul que lo encerró en Charenton, calificándolo de loco (y era tan cuerdo como el lector que lo sea).
Muerto en 1814, pudo hacerse constar que el hombre fue mucho mejor que su fama de extravagante. En una palabra, Monsieur Catecuzene cree ver en Sade el primero de los neurasténicos y el último de los marqueses galantes de los tiempos de Luis XV y Luis XVII, de Walpole y de Madame du Deffand, lo que se quiera excepto una naturaleza “sanguinaria”.
He leído anoche los Fragmentos de una vida[7], mosaico poético, que junto con otros esperaba ahí su turno. Impreso como está, con elegancia, reciba su editor, E. Lantes, mis cumplimientos. Dígase lo que se quiera en contrario, un libro bien presentado predispone favorablemente el ánimo del lector.
¿Será el caso mío? Creo que sí. El amable autor, Guillermo Stock[8], me lo dedica con unos renglones en extremo expresivos. ¡Gracias! Dichos renglones concluyen pidiéndome que si no me “gusta lo ataque”.
Al leer esto me he dicho interiormente: este joven no me conoce sino imperfectamente, y digo joven porque en la madurez de la vida ya no se canta como el poeta de los “fragmentos”, que no sé a derecha si es un creyente o un incrédulo.
Si, Stock no me conoce sino imperfectamente o me desconoce. Que lo ataque si no me gusta. Será falta a la regla de conducta que vengo observando hace ya cerca de medio siglo. Atacaría esta producción si fuera una tesis opuesta a mis principios. Pero siendo los devaneos de un alma en pena, de convicciones en formación, haré lo de siempre: estimularé al escritor, diciéndole “siga, borre, corrija, enmiende, agregue y que otros que sepan versificar tilden licencias gramaticales, su rima y el uso de voces más o menos castizas”. Cuestión de gustos como el “apoteosar” de Rosianti en Chantecler[9].
Siga, siga produciendo, y si de acuerdo estoy con que los “rostros lindos melancolizan”, permítame que al estrecharle la mano le diga que si yo hiciera versos procuraría no convertir “silenciosamente” en dos palabras “silenciosa” primero y a reglón siguiente “mente”.
Convenido, nuestra ley nacional de elecciones, lo mismo que las diversas leyes provinciales sobre la materia, requieren una reforma.
Todo el mundo parece estar de acuerdo al respecto. Pero hay un punto principal que en la discusión no se tiene en cuenta, a saber: las costumbes, las malas costumbres, alrededor de las urnas, o sea el juego sucio.
En Inglaterra reformaron y reformaron la ley. No dieron en bola hasta que “los partidos” no se pusieron de acuerdo, proclamando por decirlo así el “fair play”, el juego limpio. Solo así se puede saber con seguridad de qué lado estaba la mayoría. ¡La mayoría! He ahí lo importante tanto como la minoría. Y es claro, por la sencilla razón de que un hombre solo puede ver mejor que la multitud, el caso de Galileo.
Y aquí cuadra una observación final, esta: con una mala ley, las cosas darán cierta satisfacción, se puede votar con libertad, en tanto que el chasco de la opinión pública será colosal si hay coacción o gatuperio, como cuando el cuociente hace de lo negro blanco.
Yo he visto en esa tierra, y no me alucino, el curioso caso de la minoría gobernando en vez de la mayoría popular, exhibida por la fuerza con coercitiva del oficialismo. “Deux protege la France” y las cosas no anduvieron tan mal. No es el número el que en todas las coyunturas históricas gobiernan, es el espíritu y este tuvo buenas inspiraciones.
Lo de siempre, hay que triunfar. ¿Cómo? He ahí la cuestión…
Si Urquiza, para citar un ejemplo nuestro, hubiera sido derrotado por Rozas en Monte Caseros, habría muerto en el destierro y Rozas, quizá, hubiera organizado constitucionalmente el país haciendo olvidar veinte y tres años de estéril dictadura.
El niño mimado, al parecer, “Tady”, diminutivo de Teodoro, acaba de ser derrotado en las elecciones generales de Estados Unidos y algunos de sus mismos partidarios y amigos ya lo maldicen…
Que su carrera política ha concluido, dicen. No lo creo. El hombre no me es simpático, habla demasiado y abusa del Yo: pero es fuerte y colosal a pesar de sus cincuenta años y pico.
A esa edad, nadie está enterrado vivo en America, sobre todo donde poco se pierde la reputación.
Roosevelt resurgirá, pues, que no siendo un estoico no acabará sus díascomo Bruto y César, vencidos por Antonio y Octavio.
- Primera edición publicada en 1855, digitalizada en el portal de la Academia Argentina de Letras. ↵
- Tomás Iriarte (1794-1876) fue el autor de una Biografía del brigadier general D. José Miguel Carrera [dos veces primer magistrado de la República de Chile], entre otras obras. ↵
- Esta obra es en verdad de Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886) y se publicó en Santiago de Chile, a través de la Imprenta del Ferrocarril, en 1857.↵
- Iriarte, Tomás de. Glorias argentinas y recuerdos históricos, 1818-1825; dedicado a la juventud argentina. Buenos Aires: Librería de la Victoria, 1858.↵
- Iriarte, Tomás de. Ataque y defensa y juicio sumario de las memorias del general Paz. Buenos Aires: Imprenta Americana, 1855.↵
- L’Intermédiaire des chercheurs et curieux (ICC) es una revista francesa mensual, compuesta de preguntas y respuestas sobre diversas materias, principalmente arte, historia, literatura y religiones. Sus ejemplares están digitalizados en Gallica. ↵
- Stock, Guillermo. Fragmentos de una vida. Buenos Aires: E. Lantés, 1910.↵
- Guillermo Stock fue un escritor argentino (1869-1944), editor de la revista La Quincena (1893-1902), autor de numerosas obras, entre ellas: Palabras que no son parolas (1911), La herida que sangra (1914), El regreso del bosque (1915). ↵
- Personaje de la obra Chantecler (1910) de Edmond Rostand*. ↵






