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EL DIARIO

Lunes 3 de Enero de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, diciembre 11 de 1909.

    

Sigamos con el señor James J. Hill[1]. Es la voz de la experiencia. Si la oyen Vds., les hará bien. Malos tiempos pueden venir. ¿Y por qué no?

¿Acaso el Criador nos ha dado patente de perpetua prosperidad?

Es extraño, dice el señor Hill, que la mayor parte de los países inclusive el nuestro (los Estados Unidos), solo lleguen a persuadirse ante el infortunio de que la primera y principal riqueza de un país, lo que sobre todo influyó en la prosperidad nacional, es la agricultura.

Será, quizá, porque la industria y la sociedad desarrollándose de un modo más complejo no nos apercibimos de la estrecha conexión que tienen con el suelo, exactamente lo mismo que la ciencia médica moderna ha tenido que habérselas con tan engañosas enfermedades cuyo origen proviene de haber violado las más antiguas y simples leyes de la salud.

Sea lo que fuere, no hace mucho que en este país se ha hecho convicción general de que el progreso y la prosperidad nacional e individual dependen del cuidado de la tierra, y todavía no sentimos con bastante fuerza y como debiéramos esa ley antiquísima.

Otros pueblos igualmente inteligentes parecen haber perdido de vista esa ley habiéndola sin embargo observado de corazón en otras edades cuando había menos grandes intereses que distrajeran su atención y la perturbaran.

Leído esto, y viendo el resultado de las maravillas que produce el cultivo de la tierra después del oro en California, verbigracia, tengo que pedirles a Vds. un favor de año nuevo.

¿Me lo negarán?

No lo creo.

Es tan amable, tan generoso el argentino (y asimismo tenemos en ese suelo hospitalario anarquistas asesinos, no lo entiendo); es tan amable y generoso que no me lo negarán.

Por otra parte, no es tan difícil. Consiste en que procuren Vds. difundirse por los campos altos y bajos, los tenemos admirables a los cuatro vientos, en vez de aglomerarse en los grandes centros donde ya fermentan tantas enfermedades infecciosas, físicas y morales.


Un cirujano alemán, el señor Merzbacher[2], acaba de publicar un estudio sobre las enfermedades hereditarias, estudio al alcance de los profanos como yo, y he ahí la razón porque habiéndolo entendido voy a dar a Vds. una idea de las conclusiones a que arriba el susodicho profesor.

Tenemos, lector querido, que hablar de todo un poco, como en un viaje cuya monotonía se procura alterar conversando con este y con aquel, sobre lo que cae, y ¡qué tipos suele uno tener que aguantar! Y cuántos no dicen de los otros lo mismo que de ellos se censura: ¡qué pesado está hoy fulano!

Lo dicho, dicho, hay que variar, que matizar en lo posible la charla, apelando al prójimo si hemos de seguir manteniendo el contacto intelectual.

La conclusión a que arriba el señor Merzbacher sobre la transmisión hereditaria de algunas enfermedades, como la atrofia muscular, la atrofia congenital del nervio óptico, la hemeralopía, la hemofilia, el daltonismo al través de varias generaciones de un cierto número de familias, la conclusión, decía, es que la trasmisión se hace de una generación a otra por la “madre” aunque esta goce de la mejor salud.

El germen de la enfermedad puede permanecer latente durante muchas generaciones femeninas consecutivas, después aparecer de repente en el descendiente de una de ellas.

El marido sano, por lo contrario, no trasmite germen siquiera en el estado latente y el marido enfermo solo lo trasmite excepcionalmente.

Resultaría de esto que la importancia de la salud de la madre y de sus antecedentes es mayor que la del padre.

El papel propagador en materia patológica se desenvuelve más del lado femenino y el papel iniciador del lado más culino.

Es con más frecuencia el marido quien introduce en la familia que vendrá el primer germen de la enfermedad.

Los descendientes deberán tener en la madre lo que esta ha podido aportar; en el padre lo que este ha podido adquirir.

Empero, hay particularidades en la trasmisión hereditaria.

Vese que algunas enfermedades realizan, por decirlo así, una especie de selección en el sentido de que no atacan sino a los descendientes más culinos, los femeninos se escapan muy netamente.

Hay más todavía: cada familia da a la enfermedad un tipo particular.

La enfermedad es, a no dudarlo, la misma en dos familias diferentes, pero en una tiene una forma particular y en la otra, otra, y el tipo adoptado es a veces muy estable. Debuta también a una misma edad en una misma familia.

Como los que entre nosotros estudian a fondo estos problemas ya son legión aquí, me detengo; pensando, hallo la lección en mi propia casa, ¡qué manía la de algunos!, la de ocuparse de cosas de las que apenas saben el a, b, c.


Hay traductores que, a fuerza de traducir más o menos bien, acaban por creerse autores, en lo que se parecen a ciertos narradores que tanto y tanto repiten la misma mismísima invención que al fin llega un día en el que afirman que históricamente la cosa es verdad, yendo algunos hasta apoyarlo diciendo, yo lo ví y allí estuve yo.


Mi amigo Maurice Barrés[3] no se anda con vueltas cuando es el caso de sus convicciones, de su fe.

Se trata en este de la venta de la abadía de Solesmes, de rematarla y convertirla en lo que se llamaría “Maison des Artistes”.

Con laconismo espartano, Maurice Barrés manifiesta su sentimiento sobre el particular.

“Mi estimado señor Charpentier: Desapruebo vuestro proyecto referente a la instalación de una Casa de Artistas en las condiciones que precisa vuestro artículo. Solesmes pertenece a los benedictinos que la han construído. Yo no quiero aprovechar de cerca ni de lejos de un “robo”, del que aquellos son víctimas. Vengo, pues, a rogaros que borréis mi nombre del comité de la Casa de Artistas. Me suscribo, estimado señor Charpentier, vuestro afectísimo servidor. Maurice Barrés”.

Más claro, más categórico, no es posible serlo.

Como tantos otros, el distinguido académico no quiere asumir la mínima complicidad con los expoliadores.


El conocido escritor inglés Federico Harrison[4] opina en un largo artículo, lleno de reflexiones filosóficas, que los centenarios de los hombres eminentes debieran celebrarse no como hasta ahora sino cien años después de la muerte de aquellos, porque así habría más tiempo de formar un juicio definitivo, en todo caso por completo, sobre sus servicios, sus varios talentos, sus méritos, sus virtudes…

No me parece tan excéntrica la opinión del señor Harrison, cuyo saber va acompañado de no poco espíritu como el que chispea cuando hace la crítica a los organizadores de centenarios por lucirse, y de los cuales algunos solo conocen bien el nombre del personaje.


Bien miradas las cosas, no andamos tan mal en América, en “South” América.

Pero nuestros problemas, tanto políticos como sociales, son poca cosa comparados con los que agitan este hemisferio.

Ved sino lo que pasa en Inglaterra, donde ya hay quien, en presencia del conflicto entre lores y comunes, formule esta terrible pregunta: ¿cuándo estallará la revolución?

Otros recuerdan a Heine[5] penetrando en las entrañas de la Alemania socialista y citan estas palabras suyas: “La revolución que estallará en Alemania será tal que al lado de la revolución francesa parecerá un idilio”.

¡A qué hablar de otros países más o menos enfermos!

No hay ninguno sano.

La misma Suiza padece.

Quería solo decir a ustedes que M. G. de Marzelles continúa estudiando la gran dolencia de Francia y que ayer se expresaba así:

“Todos los que viven en la campaña y que la conocen, si saben observar y reflexionar, saben a qué punto esta lucha contra la “escuela atea” llega hoy día en su hora. Los paisanos más burdos se dicen: ya no podemos con estos muchachos que en nada creen, fruto maligno de los manuales escolares con que están envenenando nuestra Francia”.


El rubro de esto es “Menchaca[6]”, sinónimo, diré, de concordancias armoniosas.

¡Ay de mí! de contrapuntear entiendo tanto como de numismática, lo que en otros términos significa que no entiendo jota de música.

Queriendo quedar bien con aquel amigo, tomando su método, me puse a leer.

Leí algo de Rousseau, algo de Berlioz, algo de Wagner y cuando ya estaba harto de tanto infructuoso esfuerzo tardío, no estando en hora cronológica propicia para solfeos, me cae a la mano el Mercure de France[7] en el que hallo una extensa disertación sobre el arte prestigioso de encantar el oído, de los que lo tienen…

Pero, ¿qué saco en limpio?

Lo digo sin rubor, es verdad, saco tan poco que casi se parece a nada.

Parece que los mecanismos musicales cambian cada cien años, según la susodicha disertación, cuyo autor es monsieur Jean Marnold[8], muy estimado en los círculos musicales.

Gran puñado son tres moscas.

Con semejante caudal me sentía concienzudamente inhabilitado para decirle a Menchaca: “Aquí tiene Vd. lo que yo pienso, aunque profano, de su Método”.

Me acordé de que en Alemania tengo un excelente amigo, ministro plenipotiempo, que toca con gran maestría el violín y cuya ilustración literaria, en general, es tan sólida como variada.

No lo nombro porque en Sud America, de donde él es, hay entre algunas gentes formales la preocupación consistente en creer que un hombre serio, un estadista, un diplomático, no puede ser aficionado a la música, como Mr. Balfour* el “leader” conservador por ejemplo, el tan notable orador y hombre de gobierno inglés.

Pues no hay qué hacer, me dije, al amigo de la Alemania le pediré sus plumas y de ellas adornadas allá le irán a Menchaca mis impresiones…

Reflexione y pensé: no.

El plagio parecido a un robo, sin escrúpulos, no me cuadra, máxime si el filón de la mina que se explota es un amigo.

Le escribí a aquel diciéndole poco más o menos esto: lea, no hay apuro, y dígame V. que sabe lo que es contrapunto ¿qué le parece eso?

Y aquí está su contestación y, por caridad, no me manden ustedes obras largas ni cortas sobre negocios que nunca fueron cuerdas de mi predilección, a no ser que esas obras traigan el requísito de omitir mi opinión sobre su mérito.

No hay duda de que el sistema del señor Menchaca es muy ingenioso, pero yo pregunto: ¿cuántos sistemas se han lanzado ya “urbi et orbe” desde que el Benedictino Guy d’Arezzo[9] inventó la gama musical hace cerca de nueve siglos?

En la actualidad, toda la música contemporánea clásica, toda la de los más célebres maestros que se halla en los archivos del mundo entero, está escrita en el sistema usual, y si se adoptara el de Menchaca, u otro, se requeriría proceder a la edición nueva de todo lo que existe.

Además, todos los conservatorios, los maestros y discípulos y todos los que de música se ocupan, deberían aprender el nuevo sistema, que viene a ser como una nueva lengua.

Figúrese Vd. que en un Congreso Universal se resolviera abolir todas las lenguas vivas y… muertas y que se adoptara el esperanto con caracter de obligatorio y de lengua universal (aunque en los tiempos actuales la única lengua universal es la libra esterlina). Resultaría que toda la literatura habría que editarla en esperanto y todo el mundo debiera estudiar la nueva lengua.

Son inconvenientes prácticos los que yo hallo en el nuevo sistema muy lógico y claro por lo demás.

¡Lástima que no se le haya ocurrido al autor inventarlo en la época de Guy d’Avezzo hace nueve siglos! Y de aquel punto de partida otro gallo hubiera cantado, ¡y así es todo en este pícaro mundo!

Se le escapa la oportunidad y “¡delenda Carthago est[10]!”

El símil está traído por los cabellos; pero tengo en mi favor mi cerebro aplastado por tanta tarea burda y prosaica.

Bueno, amigo, ahí va mi juicio de impresión, “currente Calamo”[11], que desde luego le ruego no acepte como oro de diecinueve quilates…”.

Hasta ahí mi querido ex colega, cuya moneda acepto sin embargo como si yo mismo hubiera extraído la materia primera de la más rica mina acuñándola. Ahora, dos renglones míos para concluir con la música de Menchaca.


Son estos.

Huyendo del frío, me voy a la Costa Azul por esos lados de Niza, y me voy murmurando como el andaluz: ¿Por qué el Creador no puso el frío en verano y el calor en invierno?


  1. James Jerome Hill (1838-1916) fue un ejecutivo ferroviario canadiense-estadounidense, director de un grupo de líneas encabezadas por el Gran Ferrocarril del Norte, que prestaba servicios en un área sustancial del Alto Medio Oeste, las Grandes Llanuras del Norte y el Noroeste del Pacífico. Debido al tamaño de esta región y al dominio económico ejercido por sus líneas de ferrocarril, se hizo conocido durante su vida como “The Empire Builder” (El Constructor del Imperio). (VIAF: 3266829).
  2. Este médico alemán fue uno de los descubridores, junto a su colega Pelizaeus, de la enfermedad que hoy lleva sus nombres. Al respecto, leemos: “En 1885, un médico alemán llamado Pelizaeus describió a cinco niños de una sola familia con movimientos oculares oscilatorios involuntarios, espasticidad en las extremidades, control muy limitado de la cabeza y el tronco y retraso en el desarrollo cognitivo. En 1910, otro médico alemán llamado Merzbacher volvió a examinar esta familia, que entonces incluía a 14 personas afectadas, incluidas dos niñas, y descubrió que todos los miembros de la familia afectados compartían un antepasado femenino común. Además, señaló que la enfermedad se transmite exclusivamente por línea femenina sin transmisión de padre a hijo. El análisis patológico del tejido cerebral de un individuo afectado mostró que la mayor parte de la materia blanca central generalmente carecía de tinción histoquímica para mielina, la sustancia a base de grasa y proteína que actúa como aislante para los conductores nerviosos en el Sistema Nervioso Central (SNC). La descripción de esta familia proporciona la base clínica, genética y patológica de la enfermedad de Pelizaeus-Merzbacher (PMD): un trastorno de la mielina ligado al cromosoma X caracterizado clásicamente por nistagmo, cuadriparesia espástica, ataxia y retraso cognitivo en la primera infancia”. (Extractado de https://genetaq.com/en/catalogue/test/leukoencephalopathy-vanishing-white-matter).
  3. Auguste-Maurice Barrès (Charmes-sur-Moselle, 1862 – Neuilly-sur-Seine, 1923) fue un escritor, político y publicista francés, hispanófilo, nacionalista, simbolista y, según algunos autores (Poliakov 2003 y Payne 1995), antisemita. Mansilla lo admira y lo menciona varias veces: tanto en sus páginas breves como en su ensayo Un país sin ciudadanos (1907). Desde 1906 y hasta su muerte formó parte de la Academia Francesa. Entre sus obras, cabe mencionar: Un hombre libre (1889), El jardín de Berenice (1891), Colette Baudoche (1909).
  4. Frederic Harrison (1831-1923) fue un jurista, historiador y filósofo británico, de corte positivista, influido por las ideas de Richard Congreve, de John Stuart Mill y de George Henry Lewes. Él y algunos de sus contemporáneos ―Edward Spencer Beesly, John Henry Bridges y George Earlam Thorley― fueron considerados los creadores de la corriente del “comtismo” en Inglaterra. (Extractado y traducido de Chisholm, Hugo (1911). “Harrison, Frederic”. Enciclopedia Británica 13 (11 ed.). Cambridge UP.
  5. Christian Johann Heinrich Heine (Düsseldorf, 1797-París, 1856) fue un poeta y ensayista alemán romántico. Su primer libro, Libro de Canciones (1827), tuvo gran repercusión en Alemania. La escritura de Heine, altamente lírica, se desarrolló en diversos géneros literarios, como el artículo periodístico, el folletín o los relatos de viaje. Simpatizante del socialismo saint-simoniano, su obra poética tuvo gran impacto en el campo cultural alemán de 1830 y 1840. Pasó los últimos años de su vida medio ciego y paralítico, se cree que con arterioesclerosis múltiple. (Extractado de Juan Carlos Velasco: “Heine y los años salvajes de la filosofía”. H. Heine: Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania. Madrid: Alianza, 2008).
  6. Ángel Menchaca (Asunción del Paraguay, 1855–La Plata, 1924) fue un abogado, profesor en letras y en historia, taquígrafo, docente y teórico creador de reformas en la notación musical. Entre 1886 y 1889, se desempeñó como secretario taquígrafo del presidente Sarmiento y como jefe del servicio estenográfico del Senado Nacional. En 1889, participó en el Congreso estenográfico internacional de París, lo cual le permitió conectarse con la intelectualidad europea y exponer allí sus teorías en torno a la escritura musical a través de un nuevo y científico sistema por él estructurado (el “Método” al que se refiere aquí Mansilla. (Extractado y adaptado de Diana Fernández Calvo. “Una reforma de la notación musical en la Argentina: Ángel Menchaca y su entorno”. Revista del Instituto de Investigación Musicológica “Carlos Vega” Año XVII, Nº 17 (2001): 61-130).
  7. Mercure de France fue en su origen una revista literaria francesa fundada en el siglo XVIII bajo el nombre de Mercure Galant. Con el tiempo evolucionaría hasta convertirse en casa editorial en el siglo XX. (VIAF: 219221259).
  8. Jean Marnold (París, 1859-París, 1935) fue un crítico musical y traductor, frecuente colaborador en el diario Mercure de France. (VIAF: 5198122).
  9. Guido D’Arezzo, (Arezzo, c. 991/992–1050) fue un monje benedictino y teórico musical italiano. Su fama como pedagogo fue legendaria en la Edad Media y hoy se le recuerda por el desarrollo de un sistema de notación que precisa la altura del sonido mediante líneas y espacios, así como por la difusión de un método de canto a primera vista basado en las sílabas ut, re, mi, fa, sol, la.​ Su Micrologus es el primer tratado completo sobre la práctica musical que incluye un análisis de la música polifónica y del canto llano. (VIAF: 36956566).
  10. “Delenda Carthago est” es una frase atribuida tradicionalmente a Catón el Viejo, un político de la Antigua Roma, por aquel entonces en lucha con Cartago, que significa “¡Debemos destruir Cartago!” “(Literalmente” Cartago debe ser destruida”).
  11. Improvisadamente.


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