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EL DIARIO

Lunes 24 de Enero de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, diciembre 31 de 1909.

    

Continuaremos si a Vds. les parece con el estudio de Waverlay sobre la “Inglaterra desconocida”. Me llegan lenguas que la parte extractada en mis anteriores ha sido leída con positivo interés.

Waverley[1], que, como Vds. saben, es un pseudónimo, escribe que la Inglaterra debe renunciar al emporio de los mares.

Sus razones, no las mías, que yo no soy sino vehículo de información, helas aquí condensadas:

A pesar de todas las señales de acercamiento entre Inglaterra y Alemania, el terror alemán continúa en estado agudo en muchos cerebros ingleses. Sir John Bingham, presidente de la división del almirantazgo en la alta corte, pronunciando un “toast”, o brindando por los intereses de la marina mercante en el décimo quinto banquete de socorros mutuos de los corredores marítimos, ha manifestado opiniones contrarias al aumento y desarrollo de la flota alemana que ha calificado de “pistola amenazante apuntando a nuestra cabeza”.

Naturalmente que los diarios “jingos” repiten el estribillo de la amenaza naval alemana.

La Inglaterra no puede desechar la idea de que haya quien se atreva a disputarle el dominio absoluto de los mares.

Empero, será menester que a ello se resigne.

Aparte de la flota alemana, que es desde ahora ya una fuerza temible para ella, los “primos” del otro lado del mar, los yankees, se preparan a desalojarla del Pacífico y la decisión tomada por los Estados Unidos de establecer una base formidable en Honololu relacionada con Manila va a crearle en aquellos mares una posición muy inferior.

El Pacífico será disputado en adelante por los yankees y los “amarillos”.

La Inglaterra contará por poca cosa en el debate.

Acaba además de sufrir un pequeño contraste en su ambición de crear una marina imperial.

El Canadá, resistiendo a todos los ofrecimientos, ha rehusado formalmente no solo a hacer de su marina una dependencia del almirantazgo sino que ha resuelto conservar enteramente el gobierno (lo mismo que Australia), y así también acaba de declarar que no aceptará el hacer construir sus cruceros en Inglaterra, que ellos, los canadienses, se encargarían de ese cuidado.


Como Vds. habrán visto, ya no me he ido a la Cote d’Azur (el porqué no ofrece ningún interés). Pertenece principalmente a lo que tanto nos gobierna: falta de persistencia en el propósito.

Pero ya que he dicho Cote d’Azur, donde tantos argentinos van a confortarse moral y físicamente, con Baedeker en mano, quiero recomendar a Vds. un excelente vademecum escrito en portugués, lo que no significa ni pienso que el autor sea natural de la tierra del rey don Sebastián, como el que yo escriba en más o menos castellano no significa tampoco que haya visto el sol de la vida en la patria de don Pelayo.

Está elegantemente escrito, muy lindamente ilustrado y se titula “Uma Viagem a Costa Azul” por J. V. Leyte de Castro, miembro del Instituto Histórico y Geográfico de la Sociedad Geográfica del Brasil y otras instituciones científicas.

Y, como yo, es hombre de espada. Militamos juntos en la sangrienta guerra del Paraguay, él como artillero, yo como infante.

El amigo general José Ignacio Garmendia[2] ha de recordarlo. Servía bajo las órdenes del distinguido y valiente coronel Mallet. Ahora es mariscal retirado.

Jóvenes éramos todos entonces.

¡Y cómo ha pasado el tiempo! ¡Con qué rapidez!

Se me figura a veces que el otro día no más oíamos tronar el bronce en el Boquerón[3], ¡qué feo fue aquello!, ¡qué feo! ¡Cuántos bravos cayeron gloriosamente allí!

Al evocar estos recuerdos siento algo así como una emoción intensa de renacimiento, la misma que, si estas líneas leyeran, experimentarían otros camaradas de la gran campaña; brasileros, orientales, argentinos, todos éramos un bloque patriótico; soñábamos en la gloria y no pensábamos sino en cumplir con nuestro deber.

Los que quieran hacerse con este libro agradable y útil ocurran en Lisboa a la casa Parcería, Antonio María Pereira lo ha editado con éxito notable.

Los franceses que en nuestra tierra han escrito en lengua española, los que yo he conocido personalmente, los que son mis amigos suman tres: se llaman Groussac[4], Daireaux (Emilio)[5] y Ebelot[6].

Cada uno de ellos ha pulsado su cuerda, y que tienen talento es notorio, y que escriben con elegancia es de pública voz y fama.

No hay para testificarlo, si necesario fuere, no lo es, más que leer, para solo citar un ejemplo, la última obra tan bien hecha de Groussac, su “Liniers”.

Pero como no es fácil conocer a todo el mundo ni a todos los que escriben en los diarios o revistas haciendo también libros, hete aquí que hasta hace poquísimo no he sabido (ignoro tantas cosas que debiera saber) que a la lista de los tres publicistas anotados, empleo la palabra en su más alta acepción, hay que agregar un cuarto.

Me ha dado algún trabajo, no la lectura de lo que ha tenido la amabilidad de consignarme, me refiero a sus Comedias, sino el cómo las firma.

Debiera por esto decir mal de él. Pero no soy vengativo, ni rencoroso.

Son dos los cuadernos en que se contienen estas producciones.

Comedias argentinas o sean “Crísis de Progreso, Aves de presa y caudillejos” por Godofredo Daireaux.

La otra carátula reza así, en francés: Retour de Buenos Aires, comedie franco-argentine por Geoffroy Daireaux[7].

Pues no señor, Godofredo y Geoffroy, por otro lado, me hicieron pensar: no es uno solo el autor; ambos dos son hijos del egregio Emilio Daireaux, más arriba mencionado, el enlazado con la familia de Molina, tan conocida, tan vasta, tan estimada en nuestra tierra.

Creo que el paciente lector, así poco más o menos como yo, habría pensado en el caso mío.

Pues, no señor, Godofredo y Geoffroy son una sola entidad, el mismo avatar literario de otro Daireaux que no es hijo de Emilio, sino su hermano.

Pero ¿qué tiene todo esto que hacer con las comedias anotadas?, dirá el que me vaya leyendo (lo mismo digo yo), y dándole fin a la digresión, contesto, tiene que hacer, me parece, que este autor sabe más de literatura dramática que de nombres propios o de pila.

Porque una de dos, o se llama Godofredo desde que Godeffroy no son lo mismo ab crigene[8], ni en francés, ni en inglés, siendo en esta lengua Godfrey y Geffrey.

Don Miguel de Unamuno, cuya gran sapiencia ustedes conocen, y el decir también tan lleno de chiste, ha escrito un artículo exquisito, titulado: “Prólogo ejemplar”.

Querría haberlo frangollado yo con esta variante: “Introducción”, en vez de prólogo, concluyendo a la manera peculiar de Unamuno.

Y ahora, lector y escritor amigo, pasa a leer el parrafito siguiente, o no lo leas, con haber leído la introducción debe bastarte.

Y al autor, si es discreto, debe bastarle también, pues, lo siguiente y final al mismo tiempo; es esto: las comedias de Godofredo o Godofredo son el producto genuino de un excelente observador chispeante, que con igual facilidad maneja dos lenguas tal como se hablan en la escena del teatro social argentino.


Tenía 75 años, reinó cerca de 50 y deja el recuerdo de una notabilidad.

Me refiero a Leopoldo II[9], rey de los belgas.

No hay divergencia sobre este punto: fue un hombre de negocios de primer orden, del que bien puede decirse que erró su vocación.

Durante su largo gobierno tanto cuidó de su fortuna personal como del engrandecimiento de su país, cuya prosperidad fomentó con tenacidad.

Solo negando la evidencia se podría negar que bajo Leopoldo II no ha sido feliz el laborioso y simpático pueblo belga.

Es de esperar que su sucesor, Alberto, sabrá imitar y continuar en parte los ejemplos administrativos de su tío.

En cuanto a la vida doméstica y privada de éste, tengo poca aficion a ventilar las sábanas.

Ya irá saliendo todo lo que fue y hasta lo que no fue a luz, y la crónica escandalosa no fallará en la provisión de tan tentadora materia.

Yo repito con el pueblo belga: “Le roy est mort, vive le roy”.

No es chica suerte ahorrarse constitucionalmente una elección popular, siendo como es, tan difícil poner de acuerdo a los hombres.


Y a propósito de elecciones, acaba de tener lugar en silencio una importantísima.

Sin ruido alguno, sin agitación, automáticamente, la Suiza ha cambiado de cabeza.

Como ustedes sabrán, las funciones de presidente no tienen allí la importancia que entre nosotros los argentinos y otros países del suelo americano y europeo.

Los siete miembros del consejo federal (que no es una bolsa de gatos) ocupan sucesivamente la presidencia de la Confederación y solo ejercen sus funciones durante un año, y no puede decirse que durante ese tiempo tan corto, son verdaderamente jefes del Estado.

El poder ejecutivo queda confiado al consejo federal. Sucede así frecuentemente que el pueblo suizo ignora el nombre de su presidente.

El electo ahora se llama monsieur Comtesse, hombre muchísimo más joven que su antecesor; tenía este setenta y pico, aquel nació en 1847.

Entre nosotros, tan ingeniosas combinaciones (de miedo del abuso, si dura mucho, del tener la sarten por el mango), son casi incomprensibles.

Guárdome, pues, de recomendarlas. Pero se me ocurre preguntar: copiando al pueblo suizo, por ejemplo, es decir si cambiáramos de presidente todos los años, ¿andaríamos mejor o peor de lo que andamos?

Que no se me quede en el tintero completando esta información, que el nuevo presidente in partibus, según la concepción americana, al mismo tiempo que inviste esa función, toma la cartera de relaciones exteriores o, como dicen en Suiza, del “departamento político”.

Los diarios suizos de todos los partidos saludan el nombramiento de monsieur Comtesse.

En nuestra América no se ven estos milagros, y, sin embargo, debemos estar muy contentos, que de otro modo no se explica cómo es que viene a este hemisferio, a París sobre todo, tanta gente bien aviada, con caras alegres y cierto orgullo de ser de donde son.

Y tienen hasta por ahí razon, estando en un reciente libro, en inglés, del que otro día hablaremos.

Hoy por hoy conténtese, mi lector, con el título: Through Five Republics on Horseback[10], o sea, A través de cinco repúblicas a caballo.

¡Duras posaderas las de Mr. I. Whitfield Ray!


  1. Seudónimo de un periodista inglés que Mansilla lee y comenta asiduamente y de quien no hemos podido hallar datos bio-bibliográficos.
  2. José Ignacio Garmendia (Buenos Aires, 1841–Buenos Aires, 1925) fue un militar, pintor, escritor y diplomático argentino. Se le debe una extensa obra pictórica sobre la Guerra del Paraguay y numerosas crónicas de campaña y obras técnicas sobre arte militar. Amigo cercano de Mansilla, con quien compartió primero la Guerra del Paraguay y luego la excursión a las tolderías. Garmendia aparece mencionado en Una excursión a los indios ranqueles.
  3. La batalla de Boquerón del Sauce ―también conocida como batalla de Boquerón de Pirís, batalla de Punta Ñaró o batalla de Sauce―, fue una serie de combates que se dieron los días 16, 17 y 18 de julio de 1866 durante la Guerra de la Triple Alianza. Los tres días de la batalla fueron de épicas proporciones, comparables cada uno de ellos a la batalla de Estero Bellaco, que se había llevado a cabo meses antes.
  4. Paul-François Groussac (Toulouse, 1848—Buenos Aires, 1929) fue un escritor, historiador, crítico literario y bibliotecario franco-argentino. Como director de la Biblioteca Nacional, publicó La Biblioteca (1896) y Anales de la Biblioteca (1900), ambas antologías de ensayos críticos, relatos históricos de la Biblioteca Nacional y documentos pertinentes a la historia del Río de la Plata. Fue redactor de la revista Sud América. Entre sus obras más destacadas, cabe mencionar: Estudios de historia argentina, Ensayo histórico sobre el Tucumán (provincia en la que vivió doce años), la novela Fruto vedado (1896), Relatos argentinos, La divisa punzó, Las islas Malvinas y la Biografía de Liniers, publicada como libro en 1907, luego de adelantar capítulos en la revista de la Biblioteca.​ (VIAF: 106964814).
  5. Max Daireaux (Maximiliano Emilio Daireaux Molina) (1883-1954): novelista, ensayista y crítico literario franco argentino. Mansilla hablará nuevamente de este autor en varias páginas breves (entre ellas, la del 2 de julio de 1906, a propósito del poemario Les Penitent Noirs [Los penitentes negros], de 1906).
  6. Alfredo Ebelot (Saint-Gaudens, Alto Garona, 1839-Toulouse, Alto Garona, 1920) fue un escritor, periodista e ingeniero francés, que vivió durante varios años en Argentina, donde se destacó como uno de los ingenieros a cargo de la construcción de la Zanja de Alsina. Escribió, hasta donde sabemos, tres obras: La Pampa (1890), Recuerdos y Relatos de la guerra de fronteras (editada póstumamente en 1968) y La Niari.
  7. Godofredo Daireaux o Geoffroy François Daireaux (París, 1849-Buenos Aires, 1916) fue ganadero y agricultor, además de docente, funcionario público, mecenas de artistas y crítico de arte. Aunque su faceta más notable fue la de escritor. Entre sus muchas publicaciones, se halla Comedias argentinas, de 1909. Fue el padre del poeta Max Daireaux.
  8. Expresión latina traducible como “Desde la cresta”.
  9. Leopoldo II de Bélgica (Bruselas, 1835-Laeken, 1909) fue el segundo rey de los belgas. Sucedió a su padre, Leopoldo I, en el trono de Bélgica en 1865 y permaneció hasta su muerte. Reinó durante 44 años, con lo que se convirtió en el reinado más largo de cualquier monarca belga hasta el momento. Murió sin hijos varones que le sobrevivieran, por lo que su sobrino Alberto fue su sucesor. (VIAF: 264072032).
  10. Through Five Republics On Horseback Being An Account Of Many Wanderings In South Americaby G. Whitfield Ray, Pioneer, Missionary And Government Explorer.


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