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EL DIARIO

Martes 1° de Marzo de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, febrero 5.

   

El pacifista D’Esturnel de Constant[1] y los optimistas “quand méme” no han de haber leído con complacencia el discurso que ha pronunciado en Kiel, ante los miembros de la Liga Naval alemana, el almirante Koesler, tan encumbrado cuanto prestigioso personaje.

La propaganda de aquellos ilusos en favor del desarme no ha dado hasta ahora más que un resultado indiscutible: que el señor D’Estournelles de Constant ha ganado el premio Nobel.

Es algo del punto de vista dicho caballero. Pero bajo otro aspecto, el general, es bueno, como lo prueban día a día los hechos, al no dejarse adormecer por los utopistas.

En el momento mismo en que escribo, el Austria reforma su flota para seguir útilmente a su aliada si el caso se presenta.

En cuanto a la Alemania, el almirante Koesler, lejos de aconsejar reducciones al contrario, lo que aconseja con aumentos, proclamando que para él, el desarme internacional es “una idea vaga”.

Decididamente lo que es el experto marino alemán no aspira al premio Nobel y, como otros observadores de los signos del tiempo, he aquí (¿pensará así en 1912?) su opinión categórica en pocas líneas: el más fuerte puede desarmar pero no lo hará, mas todavía el vencido puede también hacerlo obligado a ello por su adversario.

Resta un tercer modo de desarme: el acuerdo internacional.

¿Es posible?

El almirante contesta rotundamente: No.


Sigamos con Waverley, o mejor dicho, con “la iglesia católica reformada en Inglaterra”, y si el párrafo hace bostezar, que la intención le valga. Cuantas veces creyendo dar una noticia fresca, ¡damos lo que ya la víspera se sabía!

La iglesia católica reformada en Inglaterra es oficialmente definida así “la parte pura y reformada de la Santa Iglesia Católica de Cristo establecida en este reino”.

La palabra “establecida” indica que existe una relación entre ella y el reino y la Iglesia de Inglaterra resulta así establecida para el mantenimiento de las creencias cristianas y las prácticas del culto.

Su clero es uno de los “estates” (estados) del reino, el soberano es uno de sus miembros y su jefe supremo sobre la tierra.

El libre ejercicio de los derechos que le son inherentes como Iglesia está garantido y su autoridad cuando es ejercida legalmente recibe el apoyo del Estado.

La Iglesia de Inglaterra cuenta dos arzobispos, treinta y cinco obispos diocesanos, treinta obispos sufragantes, dos obispos asistentes.

Los arzobispos y veinticuatro obispos diocesanos tienen asiento en la cámara de los lores.

Los primeros van después de los pares, príncipes de sangre y antes de los duques y son llamados “The most Rev” (el reverendísimo).

Su Gracia, el lord Archbishop.

Los obispos van después de los vizcondes y antes de los barones y son llamados “the Righ Rev” (el reverendo) obispo lord, obispo.

Pero si estos prelados son lores, no son pares.

Varias veces, después de 1592, los lores han declarado que los lores espirituales no tenían derecho al estado de pares.

Esta composición de la Cámara Alta de Inglaterra no subsistiría mucho, sea cual sea el resultado de la gran contienda electoral del momento en que escribo.


Hugo D. Barbagelatta[2] se llama el atento autor que se ha tomado la molestia de visitarme mentalmente.

Y el libro de Hugo que tengo a la vista se titula Páginas Sudamericanas[3].

Son buenas y variadas, y el mismo productor las califica, en el subtítulo de “Ensayos de historia y literatura”.

Eso son en efecto y editadas en Barcelona por la casa Sopena calle Provenza 95, en 1909, hay que agregarles un mérito: están bien corregidas, no como las que en español suele dar a luz la estampa de París.

El joven Barbagelata es un entusiasta, vale decir que es un sincero admirador de lo que admira en el pasado y en los tiempos que alcanzamos.

El viejo purista peruano Ricardo Palma[4] (y otros de la nueva generación) le infunden aliento “deseándole abundante cosecha de triunfos”.

A ellos me adhiero yo.

Me place el género ensayado por este autor, que dedica su primer obra a sus padres, a cuenta, dice de mayor cantidad. Pero al adherirme, concluyo: el tiempo, la meditación, el estudio modificarán, calmándolos, algunos entusiasmos admirativos de estos primeros ensayos que, lo repito, son buenos conteniendo no poca información histórica y literaria.

Boileau[5] no escribió al tun tun en su Arte Poético: « Ajoutez quel ques fois et souvant efacez[6] ».


Dice muy bien monsieur León Breton en su estudio sobre “La educación estética en las escuelas belgas”, que en cuanto en ellas se penetra, siéntese una nación deseosa de mejorar su producción intelectual, lo mismo que la industrial, orgullosa de sus antepasados en el arte, los Flamencos.

Piensa monsieur Breton que para preparar a los niños a la vida, por la ciencia del arte, es menester no encerrarlos entre las cuatro paredes de una clase, sino, al contrario, sacarlos con frecuencia, lo más posible, fuera de la escuela, a fin de ponerlos en presencia de bellos espectáculos naturales enseñándoles a observarlos y a sentirlos, a descubrir la armonía de las cosas.

Los esfuerzos de la pedagogía belga tienden, en efecto, a darles a todas las actividades escolares un carácter ético, a colocar a los niños en un medio impregnado de arte, ejercitándolos en los elementos primarios del arte en sus múltiples manifestaciones.

La enseñanza por el aspecto, tan antigua por otra parte, sirve de iniciación y conduce al niño a trazar aunque vacilante y con imperfección, sus primeros dibujos.

Es, empero, materia muy delicada este despertar digamos del sentimiento artístico, determinar desde luego los objetos que hay que mirar y las razones de su valor educativo.

La enseñanza por el aspecto se completa según el programa belga por las proyecciones luminosas: impresionan vivamente, cautivan la atención y, por su diversidad, hacen nacer muchas ideas nuevas.

La recreación por el dibujo prepara la enseñanza del dibujo. El programa habla de seis años de estudio del dibujo sin instrumentos: líneas, siluetas, escala progresiva de aspectos geométricos, ornamentos lisos, dibujos de memoria o de imaginación, figuras, relaciones aritméticas de las formas, copias de hojas de plantas (durante el paseo) circunferencias, croquis, dictado, trazados de memoria, elipsis óvalo, espiral, perfiles de flores, de frutas, elementos de perspectiva, cubos, horizontes, etc., etc.

El programa comprende para cada uno de los tres grados de escuelas primarias:

1° El dibujo geométrico.

2° El dibujo de objetos usuales “d’apres nature”.

3° El dibujo de ornamentación.

4° El dibujo de memoria.

5° El dibujo de invención.

6° Las nociones de los colores con aplicaciones.

La cultura del sentimiento estético por la decoración de la clase es un capítulo interesante, que me permitiría llenar muchas carillas. Pero mi programa, ustedes lo conocen, es abreviar en lo posible. Voy llegando así a donde quería, a esto: nuestra enseñanza primaria reclama que el gobierno, que con tanta generosidad ayuda a nuestros pintores, escultores y músicos costee también el viaje de uno, dos o más maestros competentes que vengan a Bélgica a estudiar esta materia en todas sus ramificaciones.

Una frase de Legouvé traeré en apoyo de lo que acabo de indicar: “Un curso de estética artística en las clases superiores de humanidad es necesario”.

¿No es así?

El lector contesta afirmativamente, y agrega: empezando por la escuela primaria.


López Carrillo ha escrito unas páginas excelentes sobre el apoteosis del gran capitán don José de San Martín en tierra de Francia, páginas que compendian diestramente a lo que puede conseguir la iniciativa entusiasta de unos pocos ciudadanos ausentes de la patria.

No me propongo completarlos. No. Quiero sencillamente aprovechar la coyuntura para decir a ustedes dos palabras conexas con las brillantes fiestas de Boulogne.

El tomo de López Carrillo es épico, como cuadra a la memoria del ilustre guerrero. El mío será, como de costumbre, familiar en lo posible.

Era allá poco después del 80.

La inmigración había comenzado a invadirnos con empuje. El viento de mi vida tan inquieta me había traído a París. En el gran boulevard de Mont-Martre había un aviso en el que con letras cubitales se leía:

“Inmigration pour la Plata”

La caricatura lo explotó en esta forma, lo pondré en nuestra lengua:

―Ché, ¿querés que vayamos?

―Bueno. Pero ¿dónde es eso?

―En África, hombre.

La ilustración la completaba con esta observación:

Y después dirán que los franceses no saben geografía.

“Témpora mutantur”.

Ahora ya no hay perro ni gato que ignore donde está, sobre todo, Buenos Aires.

Estamos a la moda. Estar a la moda en París ¡qué triunfo!

Es estar a la moda en el mundo entero, o por ahí.

Lo dicen en el teatro, y los granaderos de San Martín reproducidos a lo vivo en las tablas arrancan aplausos unánimes en cuanto se presentan elegantemente marciales.

“Le belle coiffure!” es el comentario que circula por palcos y lunetas. El otro día hasta se oyó un grito: ¡Viva la Argentina!

¡Que viva!


El desastre es espantoso. Las víctimas en París, en sus alrededores y en los departamentos, se cuentan por millares.

Ya irán ustedes recibiendo noticias descriptivas de esta catástrofe sin igual.

El agua no ha sido vencida, se ha retirado, “voila tout”.

Quedan las amenazas de qué sé yo qué pestes, la miseria clamando caridad y el subsuelo de la gran ciudad minado, amenazando la vida de los pedestres que, de repente, se hunden y desaparecen en el abismo traidor de los Campos Elíseos. ¡Qué sarcasmo! Ayer el suelo se tragó una pobre mujer y un caballo con su jinete.

Son indescriptibles estas escenas.

Imaginaos a Buenos Aires con sus principales calles centrales y lejanas inundado de Norte a Sud, de este a Oeste, desde Belgrano a Barracas, desde la plaza Victoria hasta San José de Flores, con dos metros de agua en su iglesia; imaginaos en Buenos Aires navegando la gente como en los canales de Venecia, con infinidad de familias pobres y ricas bloqueadas en sus casas, con todos los servicios públicos interrumpidos sin luz, sin tranvías, sin ferrocarriles, excepto una que otra línea por momentos, sin telégrafo y hasta sin agua corriente potable, ¡qué ironía!, en medio de las turbias olas del Sena, que todo lo invaden, que todo lo amenazan, temblando hasta los que viven en los más sólidos inmuebles, imaginaos a Buenos Aires con su millón largo de habitantes, todo el mundo pensando en lo mismo, con ansiedad, con terror, y tendréis una pálida idea de lo que es París en este momento, en que por la misma Rue de la Paix no circulan carruajes y los mismos pedestres piensan “si me hundiré, si se caerá la clumna de Vendome, si reventará la cloaca por sobre la cual voy”.

El espectáculo es afligente y me aflige y en mi limitada esfera de acción algo hago por los desgraciados que tienen hambre y frío.

Pero estoy pensando en mi tierra, en mi amada Buenos Aires, y preguntándome: “¿Es concebible que todos los servicios de una gran capital estén a merced de u n desbore fluvial?”. Parece increíble, pero así es. No se halla rastro alguno de obras calculadas para proteger esos servicios. A contrario. Y lo de siempre: “Al asno muerto, la cebada al rabo”, ahora se habla de eso, de lo que ha debido hacerse. Son cinco millares de gastos en perspectiva, amén de las pestes que en grande o pequeña escala no fallarán. Lo repito: estoy pensando en mi tierra y diciéndome internamente: “?estarán nuestras solidas y perfeccionadas obras de salubridad hechas como para resistir a una inundación? Sí, así, una inundación. Es cuestion de lluvias y desbordes de ríos y arroyuelos. Ojo a cómo construyen eo proyecto metropolitano subterráneo.

Solo Dios sabe qué sorpresas puede reservarnos el Río de la Plata. ¿No se iba en otro tiempo a pie hasta la rada interior?

¿A quién se le ocurría aquí, hace pocos días, que el agua del Sena llegaría hasta los pisos más altos de algunos edificios, que el embajador de Alemania tendría que andar embarcado estando anegado su palacio?

En este mundo todo acontece, y es hacer acto de previsión mirarse en el espejo ajeno.

Jules Lemaitre[7], en su última conferencia sobre Fenelon después de hablar de las fatales consecuencias de la revocación del edicto de Nantes ha dicho: “…hemos ya visto, volveremos a ver todavía, la persecución religiosa en vista de la unidad política o moral, a la iglesia católica, su clero y sus ordenes monásticas despojadas, puestas fuera del derecho común, como lo fueron en otro tiempo los protestantes y su iglesia. La tolerancia es una virtud excesivamente difícil”.


  1. Paul Henri Benjamin Balluet d’Estournelles de Constant, barón de Constant de Rébecque (La Flèche, Francia, 1852 – Burdeos, 1924) fue un diplomático, diputado y pacifista francés. Se desempeñó como consejero en las legaciones francesas de Londres y La Haya, y volvió a Francia para ocupar escaños en el Congreso (1895-1904) y en el Senado (1904-1924) por la Sarthe. En 1909 compartió el Premio Nobel de la Paz con Auguste Beernaert, como fundador y presidente del grupo parlamentario francés del Comité de defensa de los intereses nacionales y de conciliación internacional. (VIAF: 15798950).
  2. Barbagelata, Hugo D. (Montevideo, 1885-París, 1971) fue un ensayista, narrador y crítico literario uruguayo una de las grandes figuras de la intelectualidad hispanoamericana del siglo XX en Francia, donde pasó la mayor parte de su vida. Entre sus obras, se cuentan, además de la que menciona aquí Mansilla: La literatura uruguaya (1757-1917); Una centuria literaria: 1800-1900); Darío y Rodó; Victor Hugo et l’Amerique espagnole; Deux contes de notre Amérique (París, 1938); La novela y el cuento en Hispano-América (Montevideo, 1947), entre otras. (Extractado de Gastaldi, S. En torno a la obra de H. D. Barbagelata. Montevideo, 1953).
  3. Páginas sudamericanas. Barcelona: Sopena, 1909.
  4. Manuel Ricardo Palma Soriano (Lima, 1833-Lima, 1919) fue un escritor romántico, costumbrista, tradicionalista, periodista y político peruano, famoso principalmente por sus relatos cortos de ficción histórica reunidos en el libro Tradiciones peruanas. Cultivó prácticamente todos los géneros: poesía, novela, drama, sátira, crítica, crónicas y ensayos de diversa índole. (VIAF: 51754567).
  5. Nicolas Boileau (París, 1636—París, 1711) fue un poeta y crítico francés. Se conocen de él cuatro poemarios –Les Satires (1660), Épîtres (1674), L’Art poétique (1674) y Le Lutrin (1674)–  y cuatro ensayos –Traité du sublime (1674),  Dialogue sur les héros de roman (1688),  Réflexions critiques sur Longin (1694) y Lettres à Charles Perrault (1700).
  6. “Agregue algunas veces y elimine con frecuencia”.
  7. François Élie Jules Lemaître (1853-1914) fue un crítico literario, poeta y escritor de drama francés, conservador, nacionalista y católico, autor de numerosas obras, en poesía, ensayo, crítica literaria y dramaturgia. Fue reseñador teatral de los diarios Journal des Débats y Revue des Deux Mondes. Fue admitido en la Academia francesa en 1896. Dio a conocer su posición política monárquica y nacionalista en La Campagne nationaliste (1902), una serie de conferencias que brindó en el interior de Francia, junto a Godefroy Cavaignac. Condujo una campaña nacionalista en el periódico Écho de Paris.


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