Lunes 28 de Marzo de 1910
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, febrero 25 de 1910.
La criminalidad disminuye sensiblemente en Estados Unidos.
Una estadística que tengo a la vista contiene la buena nueva. De esa estadística resulta que en 1909 hubo 117.505 arrestos, o sea 27.766 menos que en 1908.
Son efectos en buena parte del bienestar general de la masa popular.
Aquí en este país de Francia donde estoy viviendo, hay que vivir y que morir en alguna parte, donde estoy viviendo no sé por qué, ni ustedes tampoco, aquí, ya en una de mis anteriores dije a ustedes consignando cifras: que los crímenes y delitos no disminuían, sino al contrario. Lo que es ahora con las inundaciones, los “apaches”, ladrones y asesinos, han pululado como ratas. ¡Qué cosas feas oculta la civilización!
El pueblo los ha linchado en algunas partes y la tropa los ha despachado a balazos para el otro mundo.
Parece que el efecto de esas justicias sumarias ha sido bueno.
Volviendo a los números de la estadística norte-americana, hay que decir que el yankee es más severo que el francés, tratándose de criminales.
Gente práctica, no piensa tanto en suavizar las penas de los malvados como los más o menos sentimentales de ese parlamento, modo en cierto sentido de hacerse popular. Piensan principalmente en amparar a la sociedad con métodos opuestos.
No conozco las cifras estadísticas comparativas de mi tierra. ¿Disminuye o aumenta la criminalidad? Pasan en ella cosas tan incomprensibles en un país de alimentación barata (pues no tenemos anarquistas de todos colores) que no me sorprendería sino desagradablemente esta noticia: la criminalidad aumenta.
Una anécdota auténtica y que hace ver las dificultades del problema escolar es la que voy a referir a ustedes, en dos palabras.
El cura de una aldea en la que las opiniones son más bien avanzadas, como se dice, efecto de la propaganda anticristiana, reunió una docena de niños cuyas familias querían que recibieran los beneficios de una educación religiosa que, como ustedes han leído y releído, no se da en las escuelas laicas del Estado francés.
Los catecúmenos eran tan listos, cuanto ignorantes de las buenas maneras. Es el caso de la gente del campo.
Del catecismo apenas conocían el nombre.
Quizo pues el buen cura no ponerlos en muchos aprietos con preguntas difíciles, para medio enterarse de sus nociones escolares, antes de hablar de religión.
Y preguntóle a una chiquilla que parecía la mayor:
―¿De quién descendemos los cristianos?
Sin vacilar la chiquilla contestó: “Del mono”.
―¡Jesús! ¿De dónde saca Vd. eso, hijita?
―Padre, el maestro nos lo dice así…
Y después argüirán que la enseñanza neutra facilita el acuerdo entre la ciencia y la fe.
Niños con esa levadura ya podemos calcular el fruto que prometen, a pesar de las rectificaciones del cura.
Los extremos son viciosos. Pero hay ignorancias más consoladoras que ciertas sabidurías científicas: la del santiagueño verbigracia que a la pregunta “¿donde está Dios?” contestó: “En la petaca de mi madre”.
Allí en efecto se guardaba el Santocristo que la familia adoraba en sus rezos del domingo, bajo un quebracho secular.
Por un conducto oblicuo, la bondad de un amigo residente en París, he recibido y podido leer el importante trabajo del doctor F. A. Barroetaveña: “Naturalización de extranjeros”.
Llega en su hora, cuando un gobierno se va, o de otra manera, cuando hay seis años por delante para que ciertas reivindicaciones nacionales reciban satisfacción.
No voy a discutir el proyecto del ex diputado al congreso, proyecto que como algunos otros muy bien inspirados, duerme desde 1894 el sueño mortificante del olvido en los archivos parlamentarios.
Parece que el ilustrado autor no ha leído mi último libro, Un país sin ciudadanos. ¡Eh! No se puede leer todo.
Bastará entonces que me limite a manifestar con satisfacción que su luminoso estudio arroja intensa luz sobre el mío, que lo contempla. Y, dicho esto, agregaré siempre brevemente algunas observaciones.
La materia es de tal gravedad que ante todo hay que estudiar este punto: ¿se puede dictar una ley que resuelva la crisis (porque crisis implica el caso), sin reformar la Constitución?
Conviene, alrededor de la discusión al respecto, oír el parecer de las diversas agrupaciones extranjeras, las que cada cual de ellas por sus motivos no se dan prisa en acojerse a la liberalidad de nuestras “declaraciones de derechos y garantías”.
Esas agrupaciones tienen fácil manera de hacer conocer sus ideas, sus deseos, sus reticencias, sus escrúpulos, que manifiesten sin ambajes, ni rodeos, por medio de sus órganos de publicidad.
A este respecto la Argentina es el país del mundo que tiene más resortes de expresión, poseyendo, como posee, una prensa cosmopolita.
Discutíamos pues “bona fide”.
Digan los que no se resuelvan a vivir sino materialmente con nosotros ¿qué quieren?
Díganlo como cuando hablamos con nuestra propia conciencia, con sinceridad, aunque nos mortifique.
Respondan así a nuestra franqueza, que es indiscutible ¿o no lo es declarar “queremos que el extranjero deje de serlo y que todos vivamos, es decir, el mayor número posible, movidos y animados por los mismos intereses y pasiones cívicas”?
En Inglaterra, donde hay poca afición a las improvisaciones, la opinión requiere siete años por lo menos de discusión previa para decidirse.
Imitemos así a los ingleses. Discutamos, vuelvo a decirlo. Evitaremos así el gran escollo de legislar sin acierto, por impaciencia o falta de meditación. Por diferir no se pierde tiempo en estos casos.
Por lo demás, el país no ha de dejar de moverse, de progresar, de civilizarse, de perfeccionar su cultura, aunque a veces lo desgobiernen, por penuria de elemento cívico, penuria a que contribuye sin mala intención el egoísmo del extranjero en unos casos y el del criollo en otros.
No son modos de explorar la opinión del extranjero los que faltan. Los hay eficientes. Los “meetings”, por ejemplo, de cada agrupacion o colonia en los que los bien dispuestos explicarán a sus paisanos las ventajas sustantivas de la nacionalizacion.
Los “meetings”, en que los hijos del país que hablan correctamente varios idiomas abundan, le harían ver a los extranjeros que adoptar la Patria Argentina no es una apostasía conttumeliosa, máxime cuando una porción considerable de criollos son hijos de hombres de otras tierras.
Concluyo, repitiéndolo, la discusión ilustrativa se impone en vista de la gravedad del problema que es complejo bajo diversos aspectos jurídicos trascendentales, y tanto más urgente abordar cuanto que nuestros territorios yacen todavía desiertos, clamando brazos que exploten sus riquezas.
Si ustedes lo saben, me alegro de su saber; si lo ignoran, van a saberlo. Lo que es yo, no tengo embarazo en confesarlo, lo ignoraba hasta hace muy poco. Me estoy refiriendo a que si los militares, en Inglaterra, pueden ser elegidos miembros de la Cámara de los Comunes, les está prohibido en absoluto penetrar vestidos de uniforme en el congreso o palacio de Westminster.
Además la presencia de todo militar, así vestido, en los sitios donde tiene lugar una elección popular cualquiera, está formalmente vedada, excepto cuando va con el objeto de votar y, en este caso, todavía está bien estipulado que no debe permanecer en el comicio más tiempo que el estrictamente necesario para poner su boleta en la urna, volviendo en el acto a su cuartel.
En los días de elecciones, está prohibida toda parada u ostentación de fuerza en los puntos donde se instalan las mesas. En una palabra, la tropa no debe ser vista.
Esta regla es muy antigua. Data del tiempo de Guillermo III, y fue renovada por decreto de la reina Victoria, ordenando que en horas de elección toda tropa debía permanecer acuartelada.
Las mismas disposiciones rezan respecto de la marina, y todo lo referente a este capítulo es prolijo y claro. Los militares de tierra y de mar, todos tienen sus derechos cívicos asegurados. Prestigio y mucho rodea al ejército y la armada en Inglaterra. Pero no olviden a los soldados de Carlos I y de Cronwell, penetrando en el parlamento, ni el proverbio: la prudencia es madre de la seguridad…
Si quiere el lector informarse mejor hágase de un plano de París en el que están señaladas sus subdivisiones administrativas.
Pero vamos a una parte de los efectos de la inundación.
Hay en la “Ville Lumiére”, todavía imperfectamente alumbrada, a obscuras del todo en algunos barrios, 84.000 inmuebles. De ellos en el momento en que escribo 14.000 siguen con agua en las bodegas o en el primer piso.
Y esto quiere decir que también carecen de gas o de electricidad.
En la Legación Argentina, cerca del lindo Parque Monceau, están en tinieblas, carecen de electricidad, pero el agua los ha respetado. A mí también, y no he carecido de luz. Lo digo por si ustedes se interesan en mi bienestar. Solo el ascensor me ha traicionado, y aunque vivo en el segundo piso lo echo de menos.
No se deduzca de lo dicho que el 16° “Arrondissement”, que es el mío, no ha sido inundado. Es uno de los que más ha sufrido. El Teatro Chretien llegó a tener cerca de dos metros de agua. Queda en el “quai” de Passy.
Afortunadamente, mi casa queda en una parte altísima de ese barrio, tanto que no son de temer desbordes del Sena. Queda frente a la plazoleta Lamartine, muy linda, con su cuidado jardín, es decir, en el número 184 de la Avenue Victor Hugo, así, casi donde termina la Avenue Henri Martin con la que se cruza.
Estoy a cinco minutos de camino del Bois de Boulogne, y es mi barrio por lo que ya habrán colegido ustedes, muy ameno. Lo habitan extranjeros en número considerable, americanos del Norte, brasileros, argentinos, chilenos, peruanos, ingleses, alemanes, españoles. No camina uno una cuadra, como ahí dicen, sin oir hablar en alguna de esas lenguas, mucho alemán, inglés y español.
Finalmente los únicos “arrondissements” que no han sido inundados son el 14, el 18, el 19 y el 20.
Todos los demás han padecido, ¡y qué julepes! No era para menos. El Sena desbordado como un torrente, hasta la Avenue Montaigne, que conduce al “Rond Point” de los Campos Elíseos; los ricos propietarios de esa elegante avenida, teniendo que recurrir a ser llevamos a babucha por falta de botes o balsas tal era la demanda, y de noches tinieblas…
La cámara de diputados de Estados Unidos acaba de votar un proyecto de ley autorizando al presidente a gastar todos los años 550.000 dólares en la adquisición de inmuebles para sus embajadas y legaciones en las principales capitales del mundo.
Quieren, hasta donde es posible, que la ficción de la exterioridad sea así lo menos posible ficción en cierto sentido.
Quieren, en dos palabras, tener casa propia.
Me parece bien y me gustaría que nosotros hiciéramos lo mismo.
Es hasta cierto punto una ironía que en Montevideo tengamos casa y no la tengamos en Santiago de Chile. Que la tengamos en Roma y no la tengamos ni en Londres, ni en París, ni Washington, ni en Berlín, ni en Madrid, habiendo casa de España en Buenos Aires.
Y, a propósito de casa propia, ¿cuándo tendremos Casa Blanca para nuestros presidentes?
De Capitolio como en Estados Unidos ¿a qué hablar? por algún tiempo podemos contentarnos con nuestro incómodo mamarracho arquitectónico (hablo con el debido respeto) y dejo la Casa Rosada en blanco, porque ya le llegará su hora de destinarla a otros servicios.
Es tan fea, tan parecida a un laberinto de Creta; y tantas manos y tantos estilistas han intervenido en su construcción que ha resultado un prodigio de anomalias artísticas.
Las opiniones técnicas parecen uniformadas respecto de las últimas inundaciones que han asolado varias regiones de Francia.
La principal causa es el desmonte de los bosques del Estado y de los particulares para convertirlos en terrenos de pastoreo y de pan llevar.
Baste lo dicho para que planten más en nuestra tierra y corten menos, desde luego, que mucho trigo pueden continuar enriqueciéndonos sin necesidad de destruir a troche y moche las selvas de algunas provincias y de los territorios federales.
Hay, como se ve, que legislar con previsión y acierto. Sobre este capítulo, hasta ofreciendo primas a los que plantan y diciéndoles a los desvastadores: alto ahí, so pena de multas fuertes.






