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EL DIARIO

Jueves 21 de Julio de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, Junio 25.

    

Sobre el capítulo “paz o guerra”, más fácil es decir, me parece, por qué no habrá guerra que por qué sí la habrá. Ya ustedes saben que, sin dejar de ser pacifista, no creo en la paz del viejo mundo, ni creeré, mientras no vea lo que no espero que veremos, que los fuertes se desarmen y los débiles también, ¡abrazándose fraternalmente al fin!, los que se tienen envidia, los que se temen, los que se detestan.

Dentro de este orden de ideas, he aquí la última página, un resumen de ella, que acaba de aparecer. Es su autor un amigo personal del emperador de Alemania, el profesor Schiemann, que residiendo actualmente en Estados Unidos escribe en el Mac Clures Magazin[1].

Una guerra anglo-alemana sería una calamidad para el mundo entero (siempre se ha dicho lo mismo en estos casos), una calamidad sobre todo para la misma Inglaterra, porque una de sus primeras consecuencias sería que al mismo tiempo que esa guerra estallara todos los elementos que en Asia y África le son hostiles se alzarían contra ella…

Las grandes comunicaciones mundiales del comercio serían interrumpidas, valores incalculables serían destruidos y cada nación tendría en ello su parte de pérdida.

¡Y todo eso por un simple fantasma!

La reivindicación de un poder absoluto de los mares no puede ya sostenerse.

La divisa del porvenir debe ser esta: “La mar es libre, libre como el aire cuyas vías no deben ser estorbadas”.

Igualmente indefendible es la pretensión de tal o cual nación en el sentido de limitarle sus armamentos a otras. Y lo es justamente porque esos armamentos están llamados a asegurar la paz (la cantinela de siempre, como se ve).

Dicho esto, el profesor concluye: tenemos más conciencia de lo que nos une que de lo que nos separa de la Inglaterra y estamos siempre prontos a estrechar la mano que se nos extienda.

Su última palabra es: será un día feliz el que nos haga asistir a una “entente”. Pero la cosa no es posible sino basada en una amistad que comporte una perfecta igualdad de derechos…

¿Asistiremos al espectáculo que con sus reservas acaba de describir, digamos, el profesor amigo del káiser?

¡Eh! Viviendo los años bíblicos tantos milagros pueden verse.

Cuando estas pocas líneas lleguen a esas playas, ya las habrán ustedes recibido por otros conductos, teniendo ahí, como tenemos, tantos italianos (¡que vayan más!). No importa, son bellas palabras, ecos del amor patrio que el dolor arranca de lo hondo del pecho en horas de tristeza nacional a una matrona ilustre, generosa, que me complazco en repetir.

La reina de Italia, al saber la noticia de los últimos estremecimientos que acaban de azotar a Nápoles y sus alrededores, les ha contestado a los que respetuosamente le observaban que no fuera a los sitios de la catástrofe:

“Se dice que mi presencia es necesaria en todas las fiestas, con tanta más razón debo entonces estar allí donde se muere y se derraman lágrimas, haciendo mi deber de mujer y de madre”.


La gente que se ocupa de estas cosas, los insaciables, se preguntan con sorpresa ¿por qué será que Roosevelt*, que no piensa como los árabes, que el silencio es oro y la palabra plata, ha dejado de ir a Saint Dié, donde encarecidamente le habían rogado que fuera a decir dos palabras sobre el eterno “sic vos non vobis[2]”?

Debido a esta circunstancia, se sabe que el 25 de abril hubo una fiesta en dicho lugar, es decir, la ceremonia de colocar una piedra conmemorativa en la casa en que fue publicado en 1562, ¿adivinen qué? La Cosmográfica Introductio, en la que el alemán Mathias Ringman[3] bautizó el Nuevo Mundo descubierto por Cristóbal Colón con el nombre de “América”.


La cuestión dominante en Inglaterra es, a saber, cómo gobernará el nuevo rey.

Siendo muy diferente de su padre, según lo ha hecho notar lord Rosebery* el 18 de mayo en su discurso ante la “Court of the Governors of the Royal Scottish Corporation”, su existencia ha sido pura, sana y sobria, la de un buen esposo y la de un buen padre.

Todavía se ha diferenciado de su padre en que tiene pocos amigos y en que no los hace con facilidad.

Solo se le conocen dos amigos íntimos, sir C. Cust, oficial de marina, su escudero desde 1892, y otro gran personaje, lord Carrington, cuyas funciones son las de lord gran canciller de Inglaterra.

En cuanto a la reina María, mujer de mucha energía y voluntad firme, su influencia sobre el rey no falla como fallaba la de la reina Alejandra.

El rey Jorge no tiene, como su padre, pasión por el yachting y las carreras. Ama, como él, y mucho, la caza, eso sí.

Su gran pasión es coleccionar timbres postales; tiene una magnífica colección.

No es como su padre un cosmopolita continental, aunque ha viajado mucho. Conoce todas las posesiones inglesas muy bien y los Estados Unidos, y en cuanto a sus hijos, dos, los hace educar como él lo ha sido, como verdaderos marinos.

En una palabra, el nuevo rey de Inglaterra es un “enigma”. Otra cosa no saco en limpio de mis informaciones.


Mucho se habla de paz… Pero todo el mundo se arma metódicamente hasta los dientes. Por mi parte digo como Espronceda: “Solo en la paz de los sepulcros creo…”.

Y hago notar que en Inglaterra vuelve a agitarse, con vigor, la campaña en favor de la conscripción, por definición el enrolamiento militar de todo ciudadano apto para el servicio militar dentro de límites de edad determinados sin facultad de reemplazo.

Los promotores hacen circular una petición que pueden firmar todos los ciudadanos ingleses de diez y siete años a lo menos. Se trata de obtener la creación de milicias por el estilo del ejército suizo.

La petición está dirigida al rey.

Los signatarios “le ruegan humildemente se sirva tomar las medidas tendientes a establecer un sistema de servicio militar universal… en la medida necesaria para la defensa del país”.

Reza de la petición que los ciudadanos que la suscriben se proponen honrar así la memoria de Eduardo VII*.

La prensa la apoya.

El Morning Post[4] dice, en resumen, que la actual organización de la milicia, léase reserva voluntaria, no alcanza a llenar las exigencias de la defensa nacional, como que su efectivo no pasa de 300.000 hombres. Y concluye textualmente así: “Ha llegado el momento de completar la obra de los últimos años y de darle al fin a Inglaterra un sistema de defensa digno de ella”.

Es imposible saber si esta petición tendrá una influencia eficaz en las grandes alturas.

Poniendo de lado toda cuestión de principios, los armamentos navales de un año acá cuestan tan caros que me parece difícil que el gobierno se decida a entrar en mayores gastos.

Fue, sin embargo, a consecuencia de una petición análoga que la reserva naval fue creada.

Luego no hay que desdeñar esta nueva campaña. Hay tras de ella preocupaciones nacionales, digo mal, vagas inquietudes de que la Gran Bretaña tiene enemigos que sueñan con suplantar su poderío mundial. No hay para qué nombrarlos. A ello debe agregarse que el desarrollo del espíritu democrático igualitario ejerce una acción molecular en la mentalidad del pueblo inglés. Quiere mantener su tradicional sistema “nadie” o adoptar el prusiano “todos”. Y como lo cortés no quita lo valiente, sigue hablando de paz universal en tanto se prepara para emergencias que no hay Casandra que se atreva a profetizar, siendo empero un presentimiento parecido a una visión apocalíptica del provenir.

Veremos. Soy en este orden de ideas un maniático. Deseando la paz europea, no creo en ella.


El que reciba un libro de regalo debe agradecerlo y el que se ha tomado la amable molestia de remitirlo necesita saber si ha sido recibido. Es el caso. Hoy por hoy acuso aquí recibo de las siguientes publicaciones que por su orden leeré, consignando después poco a poco y como de carrera mis impresiones.

Lo que ha llegado a mis manos es San Martín. Su correspondencia. 1823-1850[5], segunda edición, y cuya obra se debe a la persistente envidiable laboriosidad de Adolfo P. Carranza*.

La causa del señor José Barbieri, expresión de agravios que sale del estudio del doctor O. Magnasco[6], con lo cual tácitamente auguro que en la especificación de la materia debe haber substancia.

La ilusión[7], de Ángel de Estrada[8] (hijo), y no me alucino anticipando que ha de hacerme pasar horas gratas, conociendo, como conozco, por sus producciones anteriores en prosa y en verso la amenidad de su estilo y la intensidad de sus ideas.

Las Patricias Argentinas[9], por Adolfo P. Carranza*, que es el mismo Carranza ya mentado, y cuyo brillante librito, son doradas las letras del título, ha sido editado por la sociedad patricias argentinas “Dios y Patria”.

Pasen ustedes adelante, señoras mías, una por una, que a todas quiero verlas de cerca, admirarlas, besarlas los pies de hinojos como a verdaderas matronas cornelianas.

Irene Gutiérrez de Tollo, Micaela Suárez de Romero, Titurbia Haedo de Paz, Juana del Signo, Magdalena Güemes de Tejada, María Tiburcia Rodríguez de Fernández Blanco, Dolores Vedoya de Molinas, Tomasa de la Quintana de Escalada, María Eugenia Escalada de María, María Sánchez de Thompson, Carmen Quintanilla de Alvear, Remedios de Escalada de San Martín, Rufina Orma de Rebolio, Isabel Calvimontes de Agrelo, Encarnación Andonaegui de Valdeparez, Casilda Igarzábal de Rodríguez Peña, Francisca Silveira de Ibarrola, Bernardina Chavarría de Viamonte, Dionisia Nazarre de Grandoil, Ana Rigios de Irigoyen, María Mercedes Coronel de Paso, María Josefa Lajarrota de Aguirre, Benita Nazarre de Pico, Martina Warnes de Unquera, Mercedes Lasala de Rigios Juana García de Pinto, Juana Pueyrredón de Sáenz Valiente, Ángela Castelli de Igarzabal, Nieves Escalada de Oromi, María de la Quintana, Dolores Prats de Haisi, Mercedes Álvarez de Segura, Laureana Ferrari de Olazábal, Jerónima San Martín, Martina Silva de Gurruchaga, Juana Azurduy de Padilla.

No conozco en vuestra bibliografía libro más encantador, más estimulante que este.

Adolfo P. Carranza merece una corona de laurel patrio por haberlo concebido y ejecutado con tanta sobria y elegante galanura.

Creo que si yo hubiera vivido en aquellos tiempos de sacrificios heroicos, me habría apasionado de cada una y de todas esas mujeres admirables.

¡Que en todas nuestras escuelas figure tan bello libro para que niñas y niños se miren en tan límpido espejo son mis votos!

Evoco su visión en este momento, visión gloriosa, las veo afanadas cosiendo con sus manos delicadas las veinte mil camisas burdas destinadas al ejército libertador de San Martín, y lamento que mi pobre pluma no se parezca en algo siquiera a la de Michelet[10], cuando ilumina la fisonomía moral y material de las “mujeres de la revolución”. Y entusiasmado ante el gran cuadro de la patria de Mayo en el que la mujer derrama lágrimas de fuego por la libertad, armando el brazo fuerte del padre, del esposo y del hijo; pienso si ha dicho bien el que ha escrito “The people which has no history may be happy but is not great”…

El pueblo que no tiene historia puede ser feliz pero no es grande…

Y, en efecto, un pueblo que, como el nuestro, ha representado y sigue representando el papel que ya nos coloca en la altura de progreso y libertad de que disfrutamos, siéntese orgulloso de sus antepasados.

¡Adelante! Siempre adelante sin mirar atrás. No hay que exponerse a la pena bíblica.

La noche fue larga, pavorosa… Pero la aurora boreal que iluminó el despertar de una nueva vida sigue trazando la ruta del porvenir con resplandores vivificantes admirables.


Casa en la que los sirvientes se ríen alegremente en la cocina a la hora de comer, señal segura de que los patrones son gente buena, gente que comprende que los sirvientes tienen barriga, ojos y oídos, y opinión como ellos.


¡Qué vigor mental el de Tolstoi[11]!

Su último libro antes de ver la luz en Rusia circula ya traducido aquí.

Se titula La ley del amor y la ley de la violencia.

El estilo es el que ustedes conocen, no decae, intenso, lo colorido gráfico.

Por si ustedes no tienen tiempo de leerlo, andan ahí siempre tan apurados, les diré que la tesis filosófica del gran escritor es la de todas sus producciones, tesis cristiana, “más se hace con miel que con hiel”.


El Officiel* publica la estadística anual de la población francesa. ¿Saben ustedes cuántos divorcios ha habido en 1909 por acá? ¡¡Nada menos que 12.874!! Y la despoblación continúa alarmante.


  1. McClure’s Magazine fue una revista mensual estadounidense publicada entre 1893 y 1929. Se caracterizó por un tipo de periodismo de tipo «muckraking» (denunciante de la corrupción política) del cual fue uno de sus principales exponentes, al ser considerada una de las publicaciones más famosas de este género. Alcanzó su cenit editorial hacia 1906. La revista tuvo una tirada en torno a los 120 000-240 000 ejemplares en 1895, cifra que alcanzaría casi los 500 000 hacia 1907.
  2. Expresión latina atribuida a Virgilio. Significa: “Así vosotros, no para vosotros”, un trabajo hecho por algunos pero del cual se benefician todos.
  3. Mathias Ringmann (Eichhoffen, 1482 – Sélestat, 1511) fue un humanista, geógrafo, poeta e impresor franco-germánico, uno de los miembros del Gymnasium Vosagense, grupo de eruditos constituido por Vautrin Lud en la villa de Saint-Dié-des-Vosges, que publicaron la obra Cosmographiae Introductio en la que se empleó por primera vez el nombre de «America» (América).
  4. The Morning Post fue un diario conservador publicado en Londres entre 1772 y 1937, cuando fue adquirido por The Daily Telegraph.
  5. Carranza, A. San Martín. Su correspondencia. 1823-1850. Madrid: Museo Histórico Nacional, 1910.
  6. Osvaldo Magnasco (Gualeguaychú, 1864–Temperley, 1920) fue un jurista y político argentino que ejerció como diputado nacional por la provincia de Entre Ríos, y Ministro de Justicia e Instrucción Pública. (VIAF: 68153751).
  7. Estrada, Angel de. La ilusión. Buenos Aires: s/e, 1910.
  8. Ángel de Estrada (Buenos Aires, Argentina, 20 de septiembre de 1870 – en alta mar frente a Río de Janeiro, Brasil, 28 de diciembre de 1923) fue un poeta, novelista y cuentista argentino, gran admirador y amigo del poeta nicaragüense Rubén Darío y con cuantiosas influencias del escritor italiano Gabriele d’Annunzio. Entre sus obras, cabe destacar: Alma nómade (1902), El huerto armonioso (1908), La plegaria del sol (1910), Cuentos (1900) y el que menciona aquí Mansilla, La ilusión (1910). (VIAF: 313410074).
  9. Carranza, Adolfo. Patricias argentinas. Buenos Aires: Sociedad Patricias Argentinas ’Dios y Patria’, 1910.
  10. Jules Michelet (París, 1798-Hyères, 1874): historiador francés, autor –entre otras obras– de la célebre historia de Francia de los siglos XVII y XVIII en siete volúmenes, publicados entre 1856 y 1863: Histoire de France au XVII siècle. Histoire de France au XVIIIe siècle. (VIAF: 41844048).
  11. Lev Nikoláievich Tolstói (Yasnaia Poliana, 1828–Astapovo, 1910) nació en el seno de una familia noble de la vieja Rusia, hijo del conde Nikolái Ilich Tolstói y de la princesa Mariya Volkonskaya. Su madre murió cuando tenía tan sólo dos años, y su padre cuando contaba nueve. Lev se trasladó junto con sus cuatro hermanos a casa de su tía en Kazán. Su obra Juventud (1854), ópera prima, lo coloca ya en las primeras filas de la literatura rusa, a la que le seguirá Dos húsares (1856), Guerra y paz (1864-1869), novela que lo consagra como gran escritor no solo en Rusia sino en Europa, Ana Karénina (1877) y los relatos La muerte de Iván Ilich (1886) y La sonata a Kreutzer (1889). Profundamente religioso al final de su vida, en toda su trayectoria literaria refleja la constante búsqueda del sentido moral de la existencia humana y su posible justificación. La obra que menciona aquí Mansilla se publica en España en 1910 y da cuenta de sus ideas cristianas y pacifistas. (Extractado de https://www.hermidaeditores.com/lev-tolstoi).


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