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EL DIARIO

Viernes 16 de Septiembre de 1910

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

Boulogne, agosto 21.

    

Tengo a la vista una estadística que considero exacta sobre los conscriptos “iletrados” en este país.

Resulta de ella que Francia, comparada con diversas naciones europeas, cuenta 96 por ciento de conscriptos que por lo menos saben leer, Portugal solo cuenta 30, Italia 68, Austria 76. Pero Inglaterra, los Países Bajos, el Wertemberg, la Suiza, la Suecia, Dinamarca la dejan atrás bajo este punto de vista.

La estadística esa guarda silencio respecto de los conscriptos prusianos.

¿Y entre nosotros qué pasa? ¿Hay una estadística?

¿Qué situación ocupamos con relacion a nuestros vecinos?

No tengo datos. Me parece, es una impresión, nada más, que no hemos de estar a la cola de ellos.

Sea lo que fuera, he aquí la ley que el parlamento francés acaba de dictar antes de cerrarse para ir a veranear.

“Cada año los conscriptos que no tengan diploma escolar deben desde su llegada al cuerpo en el día fijado por la autoridad militar rendir un examen destinado a hacer constar su grado de instrucción. Se organizarán en cada cuerpo de tropas cursos especiales de instrucción elemental a efecto de asegurar esta instruccion a los conscriptos cuyas pruebas hubieran sido insuficientes”.

Creo que algo por el estilo tenemos ahí. Pero no sé si es debido a la iniciativa de algunos jefes o a un mandato de la ley.

Dos veces, en épocas distantes y distintas, cuando la guerra del Paraguay primero y después de la revolución del 90, me he ocupado de este asunto. Los que en ello se interesen no harían mal en consultar las cifras y cuadros de las dos publicaciones a que me refiero. Una de ellas apareció en folleto. La otra revista y corregida en una serie de artículos que La Prensa hospedó en sus columnas. Mi escrito, en resumen, tendia a abolir la guardia nacional, estableciendo servicio militar obligatorio sin excepciones y limitando solamente el tiempo que debía pasarse bajo las banderas conforme a una escala de aptitudes intelectuales.


En el paraíso de los perros y el infierno de los caballos “versus” París hay una discusión permanente: la brutalidad de los cocheros de fiacre.

Lo que es ahí no es látigo lo que le falta al matungo de los coches de alquiler, más limpios, sea dicho entre paréntesis, que los de los de por estos lados.

En Viena son una excepción. Allí la “voiture de maitre” es escasísima. El más pintado sube en coche de plaza y hace sentar a su lacayo con tricornio, lleno de galones al lado del cochero.

Siendo la situación la que dejó dicha la Liga Francesa protectora del caballo, de fiacre que es el más martirizado de los caballos de París.

En honor de las mujeres cocheras, hace constar la dulzura con la que tratan a sus caballos, los cuidados que les prodigan. Poco o nada se sirven de su látigo. Y es frecuente ver una cochera dándole golosinas al paciente animal, acariciándolo.

Fuele confiada a una de ellas una yegua, del gran depósito “Valentín”, llamada “Rosita”, que todos los cocheros se negaban a enganchar, so pretexto de que era viciosa, mañera, y al poco tiempo “Rosita” prestaba admirablemente su servicio.

Son pues las mujeres chocheras (¿por qué no ensayan ustedes ahí?) acreedoras a la simpatía y consideración del público. Si no han descubierto otra telegrafía sin hilos, han puesto en evidencia una verdad: que los malos caballos son la obra de los malos cocheros.


Dijo bien Espronceda* cuando exclamó: “Hay en el mundo gente para todo”.

Pues no acaba el senado francés de dictar una medida con este objeto (asómbrense ustedes): averiguar si el delfín Luis XVII se escapó o no del “Temple” y si ha dejado o no descendientes susceptibles de disputarles a los Orleans un trono que no puede tener titular.

¿O no es Francia ahora una república?


Me gusta la justicia inglesa. Es la única, creo, que condenando al hijo de un lord, que le había dado de latigazos a su cochero, pone en labios del presidente del tribunal estas palabras: “Si no fueseis hijo de una personalidad de tan alta posición, la pena habría sido menos rigurosa”.

Pero en aquel gran país no todas son flores, y si su justicia es ejemplar, sus cárceles son indignas de un pueblo libre, humano.

Mr. Winston Churchill[1], el “Home Secretary”, queriendo remediar un estado de cosas vergonzoso ha presentado un proyecto de ley que los Comunes han acogido con aplauso.

Sin entrar en los detalles de esta reforma, diré a Vds. que se propone no mandar a los “menores” a la cárcel por faltas veniales, como ser las que se refieren a la policía de las calles, o sea, a los reglamentos de seguridad pública.

En la cárcel, ha dicho el secretario de Estado, se corrompen y de un muchacho honrado, se hace un criminal.

Otra reforma capital es la que acuerda a los condenados a pagar una multa por faltas a veces insignificantes el tiempo necesario para hallar el dinero.

Para una multitud de delitos mínimos, el juez inflinge una multa o cárcel, en su defecto, y Dios sabe lo que son las cárceles inglesas.

No sé que en el Reino Unido haya una penitenciaria modelo como la que tenemos en Buenos Aires.

En las provincias ya la cosa es harina de otro costal, por más humano que sea el precepto de la Constitución nacional referente a este asunto. Con que así, más escuela primaria y menos mortificación en las cárceles.

Respecto de lo primero, veo con patriótica satisfacción la labor fecunda del consejo general de educación. A la otra reforma, pues.


Y va de reformas como la que se propone suprimir la prisión por deudas en Inglaterra.

Teóricamente, estaba suprimida después de las revelaciones de Charles Dickens. Pero se ha hallado un medio de buscarle la vuelta. El juez condena a un deudor a pagar dentro de cierto plazo; si no puede hacerlo, es encarcelado, no por la deuda sino por “contempt of Court”, es decir, ¡por menosprecio de las órdenes de la corte!

El número de gente encarcelada anualmente es enorme.

La reforma suprime también el “ticket of leave”, que fuerza al prisionero puesto en libertad a presentarse de tiempo en tiempo a la policía, poniéndolo así en la casi imposibilidad de ganar la vida honradamente.

No hay, como se ve, estado de civilización que no tenga sus pústulas. Una de ellas va también a desaparecer en Inglaterra. Me refiero a los presos políticos que en lo futuro no serán tratados como los presos de derecho común y sometidos a medidas odiosas y ultrajantes.

De lo dicho en los anteriores párrafos resulta, ya en hora, que el régimen material de las cárceles inglesas va a ser modificado.

Ya los prisioneros no recibirán un alimento insuficiente, muriendo no pocos de inanición o helados de frío, entre muros sombríos que horrorizan. Ya, en fin, no serán condenados a trabajos inhumanos inventados por genios infernales, diríase.


Acabo de revisar a la ligera lo escrito hasta aquí y me he hecho una reflexión: ¡qué prosaico estoy, por no decir como decía Rivarol[2], si mal no recuerdo de los escritos de Diderot (no lo quería): “este hombre cuando no escribe con opio escribe con plomo”.

Que el lector me disculpe, las lectoras principalmente, y he aquí algo poético, por vía de indemnización, refiriéndose como se refieren al bardo predilecto del bello sexo, al que cantó:

Je demande

D’elever mon esprit á la simplicité!

De ces esprits d’enfants, aube de vérité!

De mettre assez de jour pour eux dans mes paroles

Et de me révéler ces claires paraboles

Ou le Maitre abaissé jusqu’aux sens des humains

Faisait toucher le ciel aux plus petites mains[3].

He evocado el nombre imperecedero de Lamartine y la “plegaria de Jocelyn”. Raros son los que en un tiempo ya lejano no recitaban piadosamente algunas de sus admirables estrofas y raros son también los que, a pesar del breve prefacio del bardo, no veían en Jocelyn una idealidad.

Pobre Jocelyn era, como nosotros, de carne y hueso.

Nació en la pequeña aldea de Busiéres y en ella está su tumba, la del abate Dumont que lo encarnaba con esta inscripción:

A la mémoire de F. Dumont,

Curé de Bussiéres et Milly

Pendant prés de 40 ans,

Né et mort pauvre

Comme son divin Maitre,

Alphonse de Lamartine, son ami,

A consagré cette pierre prés de

l’ Eglise

Por perpétuer, parmi le Troupeau,

Le souvenir du Bon Pasteur.

1832[4].

Y en el país, la tumba del abate Dumont se llama “la tumba de Jocelyn”. Está entre las tumbas de los niños, entrando a la derruida iglesia, a la izquierda, y como sus tristezas fueron tantas, un grito de piedad vibró días pasados en la Soborna, clamando: “Salvemos la tumba de Jocelyn, que la minúscula iglesia de Bessiéres se desploma…”.


  1. Winston Leonard Spencer Churchill, (Palacio de Blenheim, 1874–Londres, 1965) fue un político, estadista, e historiador británico, conocido por su liderazgo del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. Es considerado uno de los líderes más notorios de tiempos de guerra y fue primer ministro del Reino Unido en dos períodos (1940-45 y 1951-55). (VIAF: 94507588).
  2. Antoine de Rivarol (1753-1801), también conocido como Rivarol o conde de Rivarol, fue un prolífico y controversial escritor y periodista francés, autor de una treintena de obras, entre ellas el Discours sur l’universalité de la langue française, de 1785. (VIAF: 7396321).
  3. “Yo me pregunto / ¡Para elevar mi mente a la sencillez! / ¡Desde la mente de estos niños, el amanecer de la verdad! / Para ponerles suficiente luz en mis palabras / Y revelame estas parábolas claras / O el Maestro rebajado a los sentidos de los humanos / Hizo que las manos más pequeñas tocaran el cielo”.
  4. “En memoria de F. Dumont, / Sacerdote de Bussieres y Milly / durante casi 40 años, / nació y murió pobre / como su divino Maestro, / Alfonso de Lamartine, su amigo, / consagrada esta piedra cerca de la Iglesia / para perpetuar, entre el Rebaño, la memoria del Buen Pastor. 1832”.


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