Lunes 10 de Diciembre de 1910
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, noviembre 12 de 1910.
Yo, me lavo las manos como el otro de que habla el nuevo testamento; pero sin sus remordimientos, comparando las dos justicias, es decir, la justicia inglesa, la criminal, y la justicia francesa.
Dice un diario lo que firma Henry Rochefort*, y aquí va primero en francés para que no se diga el traductor no ha sido fiel: “La justicie anglaise difiere essentiellement de la notre, en ce qu´elle est incorruptible et qu´elle n´obéit pas aux ordres du gouvernement”.
¿A qué seguir?
Bastará que lo repita en nuestra lengua: La justicia inglesa difiere esencialmente de la nuestra (la francesa), en cuanto que es “incorruptible” y que no obedece a las órdenes del gobierno.
Comparándola en otro sentido sin polos opuestos, y no porque el francés sea más humano que el inglés.
Los otros días aquí, en Francia, un amante celoso asesina a su querida pobre mujer de mala vida.
¡La sentencia escandalosa es estar absuelto!
En Saint Omer un “parricida” ha sido condenado solamente a cuatro años de prisión.
El reverso de la medalla es en Inglaterra, para solo citar un caso, es este: John Wallace, en razón de sus malos antecedentes, ha sido condenado a cinco años de trabajos forzados que no son “ñaña”, como dicen nuestros paisanos, por haber robado “dos chelines”.
Y la causa Crippen ya han visto ustedes con qué rapidez sorprenden al que ha caminado y a qué pena ha sido condenado el famoso dentista.
El doctor Welldon, ex maestro, director del colegio de Harrow y ahora Dean de Manchester, ha estado en la América del Sud y escribe sorprendentes informes sobre su porvenir en el “Manchester Guardian”, informes que ustedes leerán con la misma satisfacción que yo.
Resumidos dicen así:
La importancia internacional de la América del Sud pertenece más al futuro que al pasado. Evidentemente va a ser el teatro único en el mundo donde los rasgos característicos esenciales serán latinos, republicanos y católicos.
Buenos Aires, con sus 1.250.000 de habitantes, es ya la segunda ciudad latina del mundo, inferior solo a París. No hay ningún censo que sea una estadística digna de fe referente a la población de la América del Sud, en su conjunto. Pero más o menos se calcula de almas las que a la hora de esta viven en esas regiones privilegiadas.
Podemos así descontar el porvenir con confianza, si sabemos vivir en paz y libertad, gastando con moderación. Yo columbro para esos pagos una nueva orientación de la civilización de nuestros días.
¡Qué país estupendo sin ejemplo en la historia de la humanidad!
¿A dónde va si sigue así poniendo en evidencia que no es la fortuna la que engrandece los pueblos sino la continuación persistente de un plan de gobierno?
Ya ha caído en cuenta el lector que estoy pensando en los Estados Unidos del Norte que, vuelvo a repetirlo, no sé si los admiro porque les temo o si les temo porque los admiro.
¡Imagínense ustedes lo que serán esos casi cien millones de habitantes diseminados en una extensión riquísima que puede contener trescientos, con hombres como un “Rockefeller!”
Parece inverosímil, lo que va a leerse, ¡y es verdad y qué verdad! como para darles envidia a los soberanos más potentes.
La suma de 3.820.000 pesos, o sea 764.000 libras esterlinas, dada por el señor Rockefeller al instituto médico que lleva su nombre, en la ciudad de Nueva York, hace que sus donaciones a ese instituto alcancen a la coqueta suma de un total de 9.000.000 de dólares, o sea 1.800.000 de libras esterlinas.
Y agregado ese total al de otros dones generosos para el fomento de la educación y fines caritativos, tenemos que el archimillonario yankee ha desembolsado pro patria 120.000.000 de dólares, o sea 24.000.000 de libras esterlinas.
¡Y cuánto siento no poder disponer de sumas parecidas para ofrecérselas a mi tierra!
El juicio por jurados está tan arraigado en las costumbres inglesas (y dijo sabiamente el profundo Beccaria cuando escribió: “el más antiguo de los legisladores es el uso”, que todo o casi todo se resuelve en Inglaterra por el jurado legal o por el veredicto de la opinión, discutiendo, transando.
El inglés no es pleitista. No puede decirse de él lo que el gran historiador dice de los griegos del Bajo Imperio: Eran “grands parleurs, grands disputeurs, naturellement sophistes”.
Acabarán por someter al juicio de un jurado especial los casos de divorcio. En el intertanto, las damas argentinas, que tanto se quejan de las costureras chambonas y pretenciosas, del “sabotage”, de la chapucería, y de la yapa de lo caro de tales obras, exclamarán, no lo dudo, al leer lo que sigue: ¡lástima que algo por el estilo no pueda hacerse por acá” (quién sabe, con el tiempo maduran las uvas).
El caso ha sido, según una revista de Londres:
“Una costurera reclamaba el precio de un vestido a una clienta ante el juez Snagge, de Wellingborough. La dama alegaba que el vestido no le estaba bien, pidiendo permiso para ponérselo”.
¡Caso embarazoso!
El juez tuvo una inspiración: eligió en seguida un jurado de mujeres que, asistiendo al ensayo del traje, declararon que el vestido estaba realmente mal hecho”.
Así habla otro, no yo. Léanlo; saldrán ganando leyéndolo a él, traducido, no a mí. ¿Y quién es el que habla?
Para picar la curiosidad de ustedes reservo para el fin la clave del enigma. Se trata de un libro, de un libro francés, destacándose en él, como siempre en esta clase de trabajos, la figura extraordinaria de Napoleón.
Después de tantos libros sobre la Revolución y el Imperio, el asunto es todavía interesante.
Bajo esta impresión, dice el que habla, fue que acabé de leer durante las largas horas de otoño, esta obra, que ya tenía dos años en mi poder.
―¿Es muy larga?
―No; es muy corta.
Pero ustedes saben, así es la vida; abrimos un libro, nos interesa, los acontecimientos sobrevienen y nos ocupamos de otra cosa.
De ahí (lo diré entre paréntesis) este mi empeño en darles a ustedes pocas dosis de lectura variada como hechos diversos superficiales.
El libro en cuestión se titula: Une armée revolutionaire[1]. Está consagrado a los ejércitos de la Revolución y del Imperio.
Si no temiera ―habla el otro― chocar a mis lectores, les diría con gusto que este libro tiene un olor especial; siente uno el sudor de los pies, de los pies heroicos que hicieron estremecer la tierra desde las Pirámides hasta el Kremlin, que resonaron en el empedrado de todas las capitales.
Yo agrego, experimenta uno algo así como la sensación de esas mismas multitudes en marcha movidas por resortes que no son los de ahora.
El otro prosigue, de 1792 a 1802, dos millones de hombres fueron llamados bajo las banderas, novecientos mil perecieron.
De 1804 a 1815 Napoleón enroló todavía más de dos millones de hombres. En veinte y tres años, la Francia suministró más de cinco millones de soldados de los cuales la mitad no volvió a ver el hogar nativo.
Después que este esfuerzo gigantesco, la Francia no estaba agotada, había todavía un millón de hombres prontos a hacerse matar. La Francia, que solo tenía doscientos mil soldados el 1° de abril de 1815, tenía quinientos mil el día 15 de junio, y a los tres meses ochocientos mil.
He ahí un espectáculo que debió parecerle inaudito a la Europa: pero nosotros nos lo explicamos muy bien por razones fuera del todo del libro del señor Pierre Cantal.
Así habla el que escribe y las razones a que alude pueden resumirse en este párrafo suyo: “Ciertos cuerpos del ejército protestaban porque tardaban en llamarlos al servicio (es lo contrario de lo que ahora pasa), todo el mundo quería llegar a ser jefe, mariscal, según lo hace notar Stendhel después de Talavera”.
Hay en el libro de Cantal, prosigue el que habla (yo abrevio), indicaciones psicológicas tomadas acá y allá que son extraordinarias. Cuando llegaron las primeras noticias de la catástrofe de Rusia, muchísimos manifestaron gran sentimiento de no haberse encontrado allí.
No pretende el libro este que se le rindan honores literarios. Es en algunas páginas un mosaico, pero a la manera de Taine, un mosaico de hechos pequeños sintomáticos, característicos, que nos ofrecen una ocasión de pensar, que restituyen sin “parti pris[2]”, sin entusiasmo y sin odio, la atmósfera de una época, la mentalidad de los actores de esa historia sobrehumana.
Lo que sobre todo llama la atención es el desprecio de la muerte; tienen por ella la indiferencia de los antiguos Vikings escandinavos o de los japoneses del día. Ahora ya no vemos eso; hallaremos sí quien se resuelva al sacrificio, pero en el sacrificio habrá siempre un cierto pesar de lo que se pierde. Los soldados de Napoleón ni siquiera pensaban en ello.
Los libros de este género son entretenidos y ponen de relieve el desmentido que los hechos dan a los sistemas, a las tesis, la ironía que está en las cosas.
Con que así, y ahora hablo yo, lean ustedes el libro que recomienda Edouard Drumont[3], cuya bien cortada pluma es un estileto, sea dicho en conclusión.
Las cartas gauchas[4] de Nicolás Granada[5], que acabo de leer con verdadera fruición literaria, son ¿qué son? Sin lisonja amistosa en la tradición argentina, son (y basta de son) una linda “gineteada” poética, de este galano escritor en prosa y en verso, cuyo defecto venial en este orden, el que yo le encuentro al menos, es que no produce (¿será pereza?) tanto como sus ricas facultades tan variadas se lo permiten y hasta se lo imponen.
Un soplo gratísimo, suave como la brisa primaveral pampeana (perfume de la mañana que pasa y muere al momento) ha refrescado mi frente, casi calcinada por las irradiaciones de un calorífero o salamandra. ¡Qué frío hace! ¡Y qué intensos cantares en su simplicidad criolla elegante!
Si yo supiera hacer versos poéticos, de veras que así como los dedicados a Benita por el paisano Martín, así me gustaría que resultaran: ¡y con qué elasticidad casi fluida se encadenan desde las primeras estrofas!, hasta que el poeta doliente concluye mirando a su alrededor marchito el tiempo que fue… “such is life” hay que tomarla varonilmente hasta ya no poder con la osamenta, paisano. Que en el fin de la vida está la prueba.
- Cantal, Pierre. Etudes sur l’Armée Révolutionnaire. Paris: Charles-Lavauzelle Henri, 1907.↵
- Favoritismo, parcialidad. ↵
- Édouard Drumont (París, 1844–París, 1917) fue un escritor francés católico, antisemita, antimasónico y nacionalista. (VIAF: 44319328).↵
- Granada, Nicolás. Las cartas gauchas. Buenos Aires: Kraft, 1910. ↵
- Nicolás Granada (1840-1915) fue un escritor argentino, autor de numerosos sainetes y obras cómicas. ↵






