Laura Cerletti
Introducción
Transitar la pandemia en grupos domésticos con niños y niñas implicó múltiples desafíos para las madres y los padres, muchas exigencias simultáneas, y también, oportunidades diferenciales. Para algunas personas pesó sobremanera el incremento de tareas que acarreó, para otras constituyó una oportunidad para compartir más tiempo con sus hijos e hijas, para otras fue un lapso marcado por los miedos. Para la mayoría, mucho de eso y más se fue superponiendo y transformando en el largo período que abarcó. Y digo largo período para enfatizar algo que queda un tanto soslayado en las publicaciones que se dedicaron a analizar la pandemia en cuanto a los modos en que se vivió la experiencia[1]. Así, si bien el 2020 es el año que se ha llevado las mayores atenciones, el 2021 también fue excepcional en este sentido, en especial para quienes tenían alguna relación estrecha con la escolaridad de niños, niñas y jóvenes (incluyendo a ellos mismos). Aún en el 2022 siguieron teniendo peso tensiones muy específicas derivadas de la pandemia y de las medidas asociadas para mitigarla. Desde luego, quedan en buena medida pendientes por conocer las implicancias y consecuencias de un tiempo tan excepcional en el mediano y largo plazo. Profundizar los conocimientos disponibles sobre lo vivido en esa temporalidad es un punto de partida insoslayable desde el cual abrir interrogantes sobre sus diversos efectos y secuelas a futuro.
Ciertamente, la irrupción de la pandemia dio lugar a una transformación abrupta en las cotidianeidades, con fuertes implicancias para la vida familiar y la organización doméstica. Como es sabido, una vez decretado el Aislamiento Social Preventivo Obligatorio (ASPO) y la suspensión de la presencialidad escolar a partir de marzo de 2020, en los hogares con niños[2] se superpusieron espaciotemporalmente multiplicidad de actividades, incluyendo las derivadas de la llamada “continuidad pedagógica”[3]. Ello, sumado a la interrupción y/o la drástica alteración de las redes habituales de ayuda con las que se contaba, acarreó un marcado incremento del requerimiento de disponibilidad adulta en los entornos domésticos en pos de la educación y el cuidado de los más jóvenes –requerimiento asumido en gran medida por las mujeres/madres–[4].
Hay por cierto un amplio consenso en la bibliografía especializada respecto a lo desafiante y demandante que resultó el período pandémico para las madres, los padres y/o los adultos que tenían a su cargo a niños y niñas (Duek y Moguillansky, 2021; Moguillansky y Duek, 2021; Lemus, Benítez Larghi y Duek, 2023; Santillán et al., 2023; Santillán, 2023; entre otros)[5]. A la vez, si bien es indudable la excepcionalidad de ese tiempo, es también importante no atribuir todo a lo puramente novedoso: aquello que irrumpe siempre lo hace sobre lo previamente existente. Diversos trabajos que se han dedicado a analizar en profundidad las experiencias de la pandemia a la luz de procesos de indagación previos, acuerdan en la importancia de atender tanto a los cambios como a las continuidades (Pavesio, 2024; Pérez Machado, 2024; Duek y Moguillansky, 2023; Santillán, 2023; Cerletti, 2024; entre otros). Así, es un punto de partida clave interrogar la excepcionalidad del período atendiendo a las reconfiguraciones y los trastrocamientos que tuvieron lugar, buscando discernir la especificidad de las transformaciones.
A la vez, no se actuó ni se respondió a tales demandas y requerimientos desde el vacío: las familias disponían de diversas condiciones para afrontarlos. Concretamente, este capítulo se enfoca en las condiciones de posibilidad con las que contaban las personas con niños a su cargo para sostener y llevar adelante las acciones cotidianas relativas a la educación y el cuidado de los hijos. Coincidimos con Lemus, Benítez Larghi y Duek (2023) en que “las familias argentinas vivieron realidades diferentes en relación con sus propias condiciones de vida previas a la pandemia y a sus recursos materiales y simbólicos para encarar lo que acontecía” (p. 4). Como otros autores han también evidenciado, esto no solo hizo más visible la desigualdad social que preexistía, sino que en el tiempo pandémico se profundizó para amplios sectores de la población.
Así, en las páginas que siguen me detendré a analizar tales condiciones en hogares pertenecientes a sectores medios del Área Metropolitana de la Ciudad de Buenos Aires. Poner en evidencia esas condiciones reúne varios propósitos. Por un lado, permite ahondar en los conocimientos disponibles sobre los modos en que se vivió la experiencia de la pandemia a escala de la vida cotidiana, atendiendo en profundidad a los modos de significarla y expresarla por parte de sus protagonistas, en este caso, sujetos de clase media urbana con niños a su cargo. A la vez, considerando que los procesos de desigualdad social deben ser abordados en términos integrales y relacionales, abocarnos a estudiar lo que sucedió con sectores que claramente no fueron ni son los más desfavorecidos, potencia las posibilidades de conocer con creciente complejidad y en términos comparativos lo que ocurre con la educación y el cuidado de las nuevas generaciones en sectores sociales con diferentes atravesamientos por los procesos de desigualdad social[6]. Y por último, si bien como ya aludí, hay consenso respecto a la relevancia que tuvieron las condiciones previas, encontramos que en la bibliografía especializada hay una tendencia a homogeneizarlas en al menos dos sentidos: en cuanto a las semejanzas al interior de sectores sociales de características similares, y en cuanto a las temporalidades del período pandémico.
En ese sentido, una anticipación hipotética que estructura este escrito es que no solo las condiciones previas fueron una clave analítica crucial para entender los modos en que se desplegó la educación y el cuidado de los niños –entre otras acciones vitales–, sino que esas condiciones fueron cambiantes para muchos grupos domésticos durante el período pandémico en sí, de modos indeterminables a priori, en una convergencia sumamente singular de diversas posibilidades, limitaciones y oportunidades. Las condiciones, buscaré demostrar, estuvieron lejos de ser estáticas a lo largo del tiempo, y ese dinamismo, sumado a la diversidad de situaciones previamente existentes, dio lugar a múltiples diferencias en grupos poblacionales relativamente semejantes en términos económicos. Esas diferencias, a su vez, no solo tuvieron que ver con las condiciones materiales con las que contaban las personas y/o los grupos domésticos, sino también con el complejo modo en que se conjugaron con las cantidades, las edades y las formas de interpretar las características de los niños.
El análisis que se presenta en este capítulo se basa en los datos producidos a partir de un conjunto de entrevistas abiertas, en profundidad, realizado con mujeres madres durante 2022. El objetivo central de esas entrevistas fue conocer de primera mano sus experiencias y reflexiones relativas a la educación (incluyendo la escolarización) y el cuidado de sus hijos durante el período pandémico y a la salida del mismo. Todas mis entrevistadas tenían al menos un hijo o hija en edad de escuela primaria en 2020, pertenecían a sectores medios, y habitaban tanto en distintos distritos de la zona norte del Gran Buenos Aires como en barrios del centro y norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Vale decir que, si bien lo que surge de esas entrevistas conforma los datos que se explicitan concretamente, los argumentos que se desarrollan se articulan y dialogan con procesos de indagación que las exceden. Me refiero por un lado al trabajo del equipo de investigación del que formo parte[7], en el cual nos dedicamos desde hace años al estudio de los procesos sociales y políticos relativos a la educación y el cuidado de las nuevas generaciones, atendiendo a los ámbitos domésticos, comunitarios y estatales. A partir de la irrupción de la pandemia, nos hemos dedicado a analizar la particularidad de ese período en relación con diferentes referentes empíricos (como se plasma también en otros capítulos de este libro), y en base a diversas fuentes. Y por otro lado, aludo al propio proceso de investigación realizado desde un enfoque histórico etnográfico sobre los modos en que las familias –específicamente las y los adultos con niños y niñas en edad escolar a su cargo– se relacionan y llevan adelante la educación y la escolarización de sus hijos e hijas con anterioridad a la pandemia. Si bien ese trabajo se centró en distintos sectores sociales, a partir de 2015 el foco ha estado puesto en los sectores medios. De tal forma, aun cuando no se expliciten los datos provenientes de las investigaciones individuales y colectivas que anteceden y acompañan esta indagación específica sobre la experiencia de la pandemia[8], es importante mencionarlos en tanto constituyen una fuente de inspiración y de referencia para analizar las especificidades, cambios y continuidades propias del período pandémico.
Ahora bien, la alusión a las condiciones en las que se llevó adelante la educación y el cuidado de los más jóvenes en los ámbitos domésticos remite a múltiples dimensiones concatenadas entre sí: las situaciones económicas, las circunstancias laborales, las particularidades de las viviendas, la presencia y/o adquisición de dispositivos tecnológicos y conectividad, las representaciones sobre las características de los hijos, las redes de ayuda del entorno cercano. Vale aclarar que estas dimensiones no necesariamente refieren a similitudes en el contenido de lo que relataban mis entrevistadas, sino a recurrencias que identifico en el análisis, en tanto cuestiones que surgieron de diversos modos en todas las entrevistas –aun cuando esos modos sean sumamente diferentes, incluso antagónicos–. Dado lo complejo de separar estas dimensiones, las presentaré de manera articulada en tres apartados distintivos. En el primero me detendré en dos relatos específicos, para mostrar cómo estas dimensiones se van conjugando entre sí (tal como sucedió en todos los casos). Luego, en el segundo apartado, el análisis se centrará en las condiciones materiales de existencia, en su dinamismo y en su concatenación con diversos aspectos vitales. En el tercer apartado, el foco serán las alusiones a las características de los niños y la disponibilidad de tiempos.
Relatos que condensan
Tal lo anticipado en la Introducción, un denominador común en todas las entrevistas realizadas es la yuxtaposición de aspectos vitales que se van imbricando entre sí para expresar cómo fue la experiencia de la pandemia para ellas mismas y para sus familias, incluyendo lo concerniente a la educación y el cuidado de sus hijos. Reponer esa trama sin que pierda sus múltiples aristas es una tarea por cierto muy compleja para la investigación antropológica y su escritura. Para darle encarnadura, quiero introducir parte de los diálogos con dos de mis entrevistadas, en los que se presentan de manera condensada varias de las condiciones aludidas.
Alicia[9] vivía con su marido, una hija de 8 años y un hijo de un año y medio al inicio de la pandemia. Comenzó la entrevista contándome que había podido darle “muy poca bola a Emilse [su hija]. Le daba muy poca bola con el colegio por Zoom. Y además todo me parecía una pavada. Académicamente parecía una joda todo”. Esto fue una de las primeras cosas que me comentó, y prontamente en la conversación surgió la situación laboral de ella y de su marido:
Alicia: Patricio [el marido] es publicista y labura desde casa.
Laura: ¿Ya laburaba desde antes en tu casa?
Alicia: sí, sí. Y yo tengo un emprendimiento de disfraces para niños y también laburo desde casa. Bueno, ahora con unas amigas compartimos un espacio, y ahora tengo ese lugar, pero ahí no lo tenía. Recién el año pasado, en octubre del año pasado lo alquilamos. Así que sí también de casa, pero igual lo mío se cortó bastante, ¿viste? Por suerte lo de Patricio no, lo mío sí […]. Me acuerdo que cuando se abrió con permiso pude reactivar un poco. Me acuerdo que salía con permiso… Pero… no… muy difícil, muy difícil, todo. Por suerte no se cortó el laburo de Patricio, digamos, siguió teniendo laburo. Por ese lado digamos que fuimos unos privilegiados porque no tuvimos como problemas económicos y eso. Pero bueno, no tenés ayuda en casa. Está bien que tampoco tenemos una persona todos los días durmiendo en casa, pero es una re ayuda tener a alguien que te viene a limpiar y… Así que como que hacíamos todo nosotros, más el quilombo del cole adentro… Bueno, preguntame vos [risas de ambas].
Laura: En realidad todas esas son preguntas, qué era lo que te resultaba… Un poco para mí la experiencia es la misma, todo era difícil. Pero [la idea es] tratar de ordenar qué era ese “todo”, ¿no? Qué era lo difícil, y qué propuesta hizo el cole, cómo se relacionaban ustedes con esa propuesta…
Alicia: El cole te mandaba como un organigrama de mañanas, tardes, qué clase, qué no clase… Que yo se lo imprimía a Emilse me acuerdo, y se lo pegaba en la pared, porque yo a veces me olvidaba. Después… Probamos distintas cosas sinceramente. Yo me ponía alarmas, me olvidaba muchas veces también de las clases. Mi casa es muy abierta encima, no hay lugares cerrados, como que tengo un escritorio abierto. Los únicos lugares cerrados son las piezas. Así que Emilse estaba en el escritorio haciendo la clase, en medio… Patricio le había puesto un escritorio en la habitación, para que labure de ahí. Ehh, todas las comidas, las compras, no poder salir. Bañarte cuando entrabas, ¿te acordás? Mi marido se lo tomó muy mal, muy obse, muy asustado, entonces yo era todo lo contrario, la que salía todo el tiempo. Decir que no nos contagiamos, nos contagiamos recién en este año [estando ya vacunados los adultos] […] Todas las comidas, todo era… cocinar, arreglar, y volvía a empezar otra vez, ¿viste?, la rutina del morfi, era como… insoportable. Y mechar tus cosas, mezcladas con las de los chicos. Bueno, las de Emilse, porque ahí Elías no [se refiere al hijo más pequeño, que no tenía aun actividades escolares y/o educativas]. Pero Elías también ¡una demanda! Es el día de hoy que es demandante a los cuatro años, y ahí era más todavía. Más el miedo, viste, que te metían, ay, que se enfermen, una fiebrecita, un resfrío, y ya pensabas… Era todo bastante deprimente, ¿no? La verdad que era bastante deprimente. Y escuchabas las cosas esas, de los que se morían de la nada… De peli, la verdad que fue de peli. No ver a tu familia… Deprimente. (Registro de entrevista realizada con Alicia, septiembre de 2020)
Como se vislumbra en este fragmento de entrevista, Alicia conjuga en su relato el número de hijos, las edades y algunas de sus características, la situación económica familiar, relacionada a su vez a las actividades laborales de ambos adultos (ella y su marido), con las características de la casa donde habitaban, los miedos y las formas singulares de afrontarlos. Incluye también el incremento de tiempo dedicado a las tareas domésticas, dado tanto por los procesos de higiene –que especialmente en los primeros momentos de la pandemia llevaban mucha dedicación–, como por dejar de contar con la ayuda de una persona que hacía parte del trabajo doméstico hasta esos momentos. De todas mis entrevistadas, ella era la que más negativamente evocaba el período pandémico, no solo por lo que cuenta en ese pasaje de la entrevista, sino también por la muerte inesperada y trágica de su hermano en octubre de 2020. Es importante señalar que ella misma destaca la situación económica como un aspecto positivo de la situación, ya que si bien su trabajo había mermado, no así el de su marido, por lo cual contaron con ingresos durante todo el período. Y no obstante, vamos notando cómo a pesar de resaltar que en eso fueron “privilegiados”, la escasez de tiempos y de espacios cerrados en su casa, la tristeza y los miedos, y demás cuestiones mencionadas, constreñían sus posibilidades para poder atender a las demandas relativas a la escolaridad de su hija. Es decir, contaba con recursos materiales sin duda relevantes, pero queda también en evidencia que eso constituye solo un aspecto de las condiciones de posibilidad para sostener las múltiples demandas que recibía como adulta con un hogar y niños a cargo (junto a su marido, en este caso).
Otra de mis entrevistadas, Vanesa, vivía con su pareja y un hijo en común, que cursaba su primer grado de la primaria en 2020. Su pareja tenía un hijo mayor (cursante de escuela secundaria), con quien convivían alternadamente (excepto los primeros tiempos de ASPO). Ella destacaba la propia situación económica durante la pandemia en un sentido similar al de Alicia, y también la entramaba en su relato con otros aspectos vitales:
Vanesa: Yo si te tengo que decir una experiencia personal, me abstraigo de lo que padecieron las personas que no pudieron tener ingresos y no trabajar, o que tenían que sí o sí trabajar para tener plata, para mí la experiencia personal de nosotros de la pandemia, no la vivimos tan tremendamente. Nosotros tuvimos la suerte de poder seguir cobrando los sueldos sin movernos de casa.
Laura: ¿De qué trabajan ustedes?
Vanesa: Somos abogados, mi marido y yo somos los dos abogados. Yo soy abogada de dos obras sociales [describe ambas obras sociales, y aclara que en una trabaja en relación de dependencia y en la otra factura por sus servicios]. De todas maneras, facturo todos los meses, me pagan como si fuera un sueldo todos los meses, por mes, no como “mirá, como no viniste no te pagamos”. O sea que yo, pensá que hubo feria judicial, la decretaron apenas en la pandemia porque la Corte decretó la [misma] semana [que la suspensión] de las clases hasta agosto. Ahí prácticamente no se trabajó.
Laura: ¿Y no alteró los ingresos…?
Vanesa: No alteró en lo mínimo los ingresos […] mantuvimos… mi marido labura en una obra social [de otro sindicato], le pasó lo mismo. Y bueno, después sí, él tiene un estudio con un socio que eso, bueno, ahí mermó un poco, porque bueno, no había tribunal, la gente no podía iniciar juicios, que después en agosto cambió. Pero a nosotros no nos cambió económicamente en nada. Al contrario, estábamos en casa sin hacer absolutamente nada y cobrábamos tres sueldos, cuatro. Es una cosa nunca pensada. Después sí, volvió la feria y empezamos a trabajar home office, ahí cambió un poco más porque había que trabajar en el departamento con Fede [el hijo]. Igual Fede es un nene que podés hacer cosas y se entretiene solo. Aparte me parece que eso fue más a fin de año así que medio que podíamos salir un poco. Así que íbamos a una huerta, acá en Coghlan. Entonces nos juntamos, había salida. Pero nosotros tuvimos, nos organizamos mucho con mi marido, en decir, por ejemplo, bueno él se iba a trabajar a la casa del socio, que es separado, tiene su departamento solo, entonces yo me quedaba en casa usando el comedor para trabajar y no es que estábamos… él salía, después había días que yo salía con Fede, que íbamos a la huerta, entonces se quedaba en casa. Encontramos mecanismos para organizarnos para no estar tan pegados todo el día, viéndonos las 24 horas […]. Nosotros tuvimos una experiencia dentro de todo… me da cosa, lo que más cosa me daba era por Fede, por el nene, porque todo el día encerrado, qué sé yo, un día de sol, que no pudiera jugar con los amigos, me daba cosa por eso, no tanto por mí. [..] Darío [el marido] lo llevaba mucha vuelta en bici, a jugar al futbol. Hacíamos un par de cosas, salíamos un poco. Siempre cuidándonos, obvio, y no con tanta gente. Y siempre al aire libre. Yo creo que sin ir a la casa de alguien estuve dos años, no sé cuánto estuvimos. Dos años, sin que nadie venga a casa. Ni de mis suegros casi, que son personas más grandes, viste. Al final mi nene iba, pero siempre, por suerte, tiene un jardín re grande y estaban afuera en el patio, en el jardín, no adentro de la casa. Nos estuvimos cuidando bastante. Pero no tuvimos una experiencia tan negativa. No sé si eso te sirve o no. Porque en el medio de eso nos compramos esta casa, me entendés, la reformamos.
Laura: ¿Todo durante la pandemia…?
Vanesa: Todo en la pandemia. Todo en el 2020. La compramos, empezamos la reforma y en 2021 nos mudamos. […] Me imagino que la experiencia nuestra no es la de muchas personas que por ahí… Yo creo que la situación económica es lo que ayudó. Estar en tu casa y cobrar 4 sueldos, eso me permitía ocuparme de mi hijo al 100%, yo llegué a amasar, yo nunca en mi vida hacía ni un huevo frito, yo con el huevo frito, le digo “Fede, ¿te parece que ya está?, ¿no se está quemando abajo?”… llegué a amasar con él, cosas que no había hecho en mi vida. Porque yo siempre trabajé bastante. Yo hice un cambio después de la pandemia, hubo un cambio en las dinámicas familiares después de la pandemia, para bien. Yo trabajaba muchísimo antes, me acuerdo cuando Fede iba al maternal nunca lo llevaba y nunca lo iba a buscar. Lo llevaba mi marido todas las mañanas y lo buscaba en el día. Yo hubo tres años que no pisé, ni conocía las reuniones de padres, no iba. Estaba todo el día en el centro, me iba a temprano, volvía a la tardecita y estaba la niñera. Y con la pandemia se dio que empecé a compartir cosas con él, de yo ya con… ya estaba más presente porque nos turnábamos con mi marido para ir a la escuela, pero no lo buscábamos, lo buscaba la niñera. Y por un milagro de no sé qué, cuando él empezó primer grado a la niñera le dijimos, “no, mirá, no vengas más”, sin saber que venía la pandemia y le tuvimos que rescindir el contrato, porque ya lo iba a buscar muy poco tiempo. Porque ella lo iba a buscar a las 4 de la tarde y yo ya llegaba a las 5:30, era una hora, dijimos organicémonos. Nosotros nos turnamos y lo buscamos. Menos mal porque yo tenía que estar de todas maneras pagando un sueldo y que no venga… no, bueno, no sé, todas esas cosas que te van saliendo de…, no sé. La desvinculamos en febrero y en marzo vino la pandemia. Qué te estaba diciendo, que yo ahí a raíz de la pandemia empecé a estar mucho más con Fede, hacíamos, bailábamos, de todo. Empezamos a hacer actividades en mi casa y tuvo mucho acompañamiento escolar de parte nuestra. Muchísimo. (Registro de entrevista realizada con Vanesa, septiembre de 2022)
Tanto Alicia como Vanesa destacan la importancia que tuvo la respectiva situación económica para afrontar la pandemia. Pero ninguna de ellas agota allí la descripción del entramado de condiciones que tuvieron para dedicarse a la educación de sus hijos, incluyendo en ello claramente lo relativo a la escolaridad. Aunque con valoraciones casi opuestas, ambas aluden a las características de los espacios en los respectivos hogares, a las demandas laborales y los tiempos disponibles, entre otras cuestiones que (se) fueron movilizando en el período (y que iremos retomando luego). A diferencia de Alicia, Vanesa cuenta que en su caso, las contingencias propias del período no solo facilitaron aspectos materiales concretos –pudieron comprarse y remodelar una casa–, sino también la disponibilidad de tiempos y del disfrute relacionado a ello. Es decir, la situación previa (laboral y económica) no constituyó un sustrato inmóvil, al contrario, se dinamizó positivamente. Vale notar, además, que ella tenía un solo niño a su cargo[10], y no está de más decirlo, transitaron la pandemia sin el atravesamiento de muertes cercanas, a la vez que fueron encontrando las oportunidades para distenderse y/o que el niño socializara según lo que fue estando permitido en los distintos momentos de las medidas de aislamiento.
Sobre las situaciones económicas, las condiciones materiales y los recursos en los hogares
En un sentido similar al de Alicia y Valeria, para la mayoría de mis entrevistadas las formas de acceder al dinero estaban vinculadas a las situaciones laborales. Las mujeres entrevistadas que tenían empleos en relación de dependencia al inicio de la pandemia, no atravesaron alteraciones materiales significativas, y en los casos en que también sus parejas convivientes tenían la misma situación, los ingresos del grupo doméstico se mantuvieron sin modificaciones extraordinarias.
Otras de mis entrevistadas sí relataban mermas en los ingresos (propios y/o de sus parejas), especialmente quienes trabajaban por cuenta propia. Si bien la situación económica en este sentido fue fluctuante, todas encontraron formas de resolverlo de modo que no implicara una transformación drástica en el estilo de vida que tenían. Esas formas fueron variadas y variables en el tiempo. Luciana, madre de mellizos, y sostén único del hogar, era personal trainer, y a partir de la irrupción de la pandemia virtualizó algunas de las clases que daba; también reconvirtió un emprendimiento de viandas que hacía para vender; y utilizó ahorros que había podido generar en otros momentos. Analía, arquitecta y madre de una niña de seis años al inicio de la pandemia, vio interrumpidas las obras que dirigía en 2020, y mantuvo un cargo docente universitario (cuyas clases continuaron on line). Estaba separada, y la situación económica del padre de la nena también era fluctuante. Ella recurría a la ayuda económica de su padre (en una buena situación) para compensar la pérdida de ingresos, y destacaba el hecho de tener casa propia, a la vez que una vida con pocos gastos –y menos aún durante el ASPO–, que le permitieron sobrellevar la situación sin cambios dramáticos. Luego, en 2021, se comenzó a reactivar su actividad laboral. Marcela, madre de una niña que estaba en tercer grado al inicio de la pandemia, decidió suspender sus actividades laborales para dedicarse de lleno a la hija. Si bien volveremos sobre esto luego, es importante decir que contaba con ahorros sustanciales fruto de sus ingresos en períodos previos, y también pudo hacer un nuevo acuerdo económico con el padre de la niña (estaban separados, y la niña vivía la mayor parte del tiempo con ella).
Fue frecuente, simultáneamente, que mis entrevistadas señalaran que dadas las medidas de aislamiento, muchos gastos usuales habían disminuido. Actividades recreativas y sociales, los viáticos cotidianos, entre otros, dejaron de requerir el dinero que habitualmente se asignaba a ello en esos grupos domésticos. En los casos en que hubo merma de ingresos, esa disminución de los gastos se ponderaba también como un atenuante del deterioro de la situación económica. Por cierto, en cuanto a las condiciones en que tiene lugar la educación y el cuidado de los niños –como parte indisociable de la vida– es indudable la relevancia que tiene el acceso a recursos monetarios que permitan sostener las necesidades vitales de los grupos domésticos. Vale insistir, en tanto permite la comparación con otros sectores sociales, que ninguna de las mujeres entrevistadas hizo alusión a tener dificultades para cubrir gastos elementales tales como la alimentación, la salud, el acceso a la vivienda y a servicios básicos.
De tal forma, otra arista relativa a las condiciones materiales de existencia –intrínsecamente relacionada a lo económico y lo laboral– fueron las características de las viviendas, y el acceso a servicios y dispositivos que fueron clave durante la pandemia. La mayoría de mis entrevistadas contaba con vivienda propia. Luciana vivía con sus hijos en su casa paterna. Alguna de ellas alquilaba la casa donde vivían, y tenían los recursos para pagarlo. Como ya vimos, Vanesa y su familia mejoraron su situación habitacional, también otra de mis entrevistadas y su familia pasaron de alquilar a mudarse a una casa propia hacia la finalización del período pandémico (cuya construcción había llevado un largo tiempo). Asimismo, algunas de mis entrevistadas destacaban la presencia de algún espacio verde o al aire libre en los hogares, lo cual permitía descomprimir la convivencia, tener acceso a la luz del sol, ampliar las posibilidades de juegos con y de los niños, entre otras acciones que cobraron mucha relevancia en los relatos pandémicos. Aquellas de mis entrevistadas que no contaban con espacios de ese tipo, señalaban con cierto pesar esa ausencia. No obstante, no dejaban de aludir a la propia “suerte” por las demás condiciones de sus viviendas y sus vidas.
Como ha analizado Laura Santillán (2023), la gestión de las casas durante la pandemia implicó grandes desafíos para las mujeres de sectores populares. Esto permite hacer una suerte de contrapunto con lo que registré entre las mujeres pertenecientes a las clases medias. Así, no solo contaban con viviendas que tenían al menos tres ambientes diferenciados, sino que también fue un denominador común la presencia de internet en sus hogares a través de wifi desde antes de la irrupción de la pandemia, así como de servicios básicos como agua, gas y electricidad. Son ilustrativas en este sentido las palabras de Sonia, otra de mis entrevistadas, quien vivía con su pareja, su hijo que estaba en séptimo grado de la primaria en 2020 y su hija, que estaba en tercer año de la secundaria al inicio de la pandemia. Ella destacaba positivamente esa posibilidad de contar con espacios diferenciados, tanto interiores como en el exterior de la vivienda, articulado –por su relevancia en el contexto pandémico– con la conectividad a internet:
Sonia: Claro, todos teníamos como un lugar donde estar solos. Que para mí eso es fundamental. Porque, bueno, como estás vos ahí, estoy yo acá, podemos tener esta conversación, toda esta entrevista, y la realidad es que si están más de una persona ya es un problema.
Laura: Sí, sí…
Sonia: Pero bueno. Y una conexión bastante buena en ese momento […]. [La hija y la amiga, con quien habían armado una “burbuja” para poder encontrarse] iban a la terraza de una [en referencia a la amiga de la hija], nosotros tenemos un patiecito en casa, entonces eso también hace una gran diferencia. Venían a casa, estaban en el jardín afuera, viste, y eso las salvó, a las dos las re salvó. Porque si no, no sé, pobrecitas. (Registro de entrevista realizada con Sonia, septiembre de 2022)
Contar con espacios diferenciados en los hogares tuvo un peso significativo para poder reducir la superposición de actividades simultáneas, vinculadas a la “continuidad pedagógica” de los hijos (especialmente cuando se trataba de clases sincrónicas), a los trabajos de los adultos, y también para distender de algún modo la convivencia constante. En este sentido no es casual, como en el caso de Sonia, que la conectividad a internet se imbrique en el relato con las características de los espacios en la casa.
Otra cuestión que es contrastante con lo sucedido en sectores sociales más profundamente atravesados por la desigualdad social fue el acceso a dispositivos tecnológicos, que como ya se mencionó, ganaron un enorme protagonismo durante la pandemia, dada la virtualización de múltiples actividades, incluyendo la escolaridad. Otras investigaciones llevadas adelante con sectores populares[11] dejaron claramente en evidencia el hecho de que en muchos hogares no había dispositivos electrónicos tales como computadoras; el dispositivo que más presencia tuvo fueron los teléfonos celulares, que en muchos casos era solo uno por grupo doméstico. Entre mis entrevistadas, algunas mencionaban la escasez de dispositivos al inicio de la pandemia. Luciana lo relataba así:
Luciana: Ay, no… para mí fue una crisis. Sinceramente, entré en crisis. No sabía cómo hacer. Pero bueno, porque también era todo, todo nuevo, que no se sabía qué pasaba en el mundo. Y me acuerdo las primeras semanas cuando las maestras mandaban a Edmodo, y qué es Edmodo, yo no tenía la menor idea lo que era un dispositivo, viste. Apenas teníamos solamente, me acuerdo en ese momento, el celular mío y una tablet vieja y yo me volvía loca para descargar, para ver. No, no, terrible, pero bueno, lo hicimos.
Laura: ¿Internet tenían en tu casa?
Luciana: Sí, Internet teníamos. Pero bueno, después me puse en contacto con el Gobierno de la Ciudad para que nos pudieran dar otra tablet, hacer los trámites necesarios para ir a buscarla, porque realmente no se podía todo con mi celular. Yo daba clases con mi celular, hacía grupos, no daba abasto el celular. Y además que mientras que ellos hacían la tarea yo podía estar haciendo alguna otra actividad. Uno se arregla con lo que tiene. Esto realmente fue así. Nosotros teníamos un dispositivo y agradecía tener ese dispositivo, porque podríamos no haberlo tenido. Con eso nos arreglamos y con eso ellos hicieron sus tareas. Y cumplían en tiempo y forma con los Meet que tenían, cumplían con los tiempos, y yo también podía cumplir con mis actividades. […]
Laura: ¿Cómo las conseguiste al final las tablets?
Luciana: Y bueno, mucha ayuda de las familias. Fue un regalo de cumpleaños para ellos. Pusimos un poquito cada uno y se las pudimos comprar. Y bueno, hoy en día, será el chiche, el juego. (Registro de entrevista realizada con Luciana, octubre de 2022)
Formar parte de un entorno que contaba con relativa solvencia económica para ayudar a adquirir dispositivos o para complementar los propios ingresos es también un aspecto insoslayable respecto a las condiciones con las que se contaba. Aspecto que también fue dinámico, es decir, se fue recurriendo a esas ayudas en el transcurso de la cambiante temporalidad pandémica. Asimismo, otras de mis entrevistadas relataban diversas estrategias desplegadas para conseguir esos dispositivos, las más mencionadas fueron la reutilización y renovación de equipos en desuso –presentes con anterioridad en los hogares–, y la adquisición de nuevos dispositivos (tal lo documentado en un sentido afín por Duek y Moguillansky, 2021). Para ello, contar con el dinero y/o acceder a formas de financiamiento también remite a condiciones económicas específicas, y no a posibilidades generalizadas para toda la población.
Así, disponer de recursos que permitieran garantizar las necesidades básicas de subsistencia es un punto insoslayable para poner en consideración las condiciones en que suceden los procesos educativos y escolares de niños, niñas y jóvenes. Y más específicamente, se hace evidente la relevancia de contar con recursos que permitieran tener cierta soltura para los gastos vinculados con las actividades escolares y educativas, tales como comprar materiales para usar como recursos didácticos, seguir pagando cuotas de escuelas (en los casos que iban a escuelas privadas), los dispositivos electrónicos, entre otros. Pero los recursos materiales no son lo único a considerar. Criar, cuidar, educar, llevan tiempo. No era algo novedoso que ese tiempo –que se conjuga con las demás acciones para la vida– se tensione a partir de múltiples demandas. La pandemia incrementó esa demanda notoriamente, por la superposición de actividades que se fueron mencionando, sumada a la caída de las redes de cuidado y ayudas externas. La disponibilidad de tiempo estuvo intrínsecamente ligada a la situación económica, pero ahora avanzaremos también sobre cómo se ligó con otras dimensiones vitales.
Sobre los hijos e hijas, los tiempos y las demandas
La disponibilidad de tiempos para responder a las múltiples demandas que intensificó la pandemia fue un aspecto sumamente recurrente en las entrevistas, y constituye también un aspecto clave respecto a las condiciones para la educación y el cuidado de los hijos. En este apartado el foco está puesto en cómo se fue concatenando esa disponibilidad con las cantidades y las maneras de representar las características de los hijos e hijas, en su dinamismo a lo largo del período.
Como vimos con los relatos de Vanesa y de Alicia, se hace notar la diferencia entre tener dos hijos a cargo –uno de ellos en edad de deambule–, que solo uno. Y también es diferente en el caso de un niño que “se entretiene solo”, respecto a un pequeño que es “demandante”. Otra de mis entrevistadas, Lina, tenía una hija en tercer grado al iniciar la pandemia, vivían con su marido y padre de la niña en un departamento. Ella es periodista, cuando irrumpió la pandemia estaba trabajando como “cronista en la calle” para un canal televisivo, pero como su hija tiene una enfermedad autoinmune, y no se sabía cómo podía afectarla el COVID-19, pidió hacer home office pocos días después de decretado el ASPO, para reducir los riesgos de contagio. Al hablar sobre la escolaridad de su hija, mencionaba que entre ella y su marido podían organizar sus tiempos laborales en el hogar para ocuparse de ella, y a la vez, con el transcurso de los meses, la niña fue ganando autonomía para desenvolverse en relación a las propuestas que enviaba la escuela. Eso llevó tiempo. Y muy significativamente, Lina resumía de modo elocuente algo de esto: “y realmente yo creo que, obviamente que necesitó nuestro acompañamiento. Nosotros tenemos una sola hija, las personas que tienen 3, 4, 5 pibes, no le pidan que cabecee porque a nosotros nos costó un montón, pero bueno…” (Registro de entrevista realizada con Lina, agosto de 2022).
Varias de mis entrevistadas tenían un hijo o hija (y en dos de estos casos, incluyendo a Vanesa, sus parejas tenían un hijo mayor, fruto de una relación previa). La mayoría tenía dos, y una de ellas tenía tres. Lina no fue la única en señalar que el hecho de tener solo una hija era un atenuante en cuanto a las demandas de “acompañamiento”, entre otras. Compatibilizar los requerimientos escolares así como atender a las distintas necesidades de más de un hijo, tensionaba más aún la disponibilidad de tiempos. No obstante, cuántos hijos tuvieran no es un determinante exclusivo. Las edades y las características personales –mejor dicho, el modo en que ellas las interpretaban– también daban lugar a diferencias significativas en los relatos. En términos generales, la presencia de niños más pequeños en los hogares era evocada como algo más demandante para las madres; y similarmente, cuando estaban cursando sus primeros años de escolaridad[12], era usual que se requiriera más tiempo de dedicación adulta, en particular para sostener las diversas propuestas de “continuidad pedagógica”. Así, muchas de mis entrevistadas se referían a los niños y niñas de menor edad como “menos independientes”, y también fue frecuente que contaran que a medida que fue transcurriendo el tiempo, se fueran haciendo “más independientes”, y requirieran menos disponibilidad adulta ya sea para conectarse a clases sincrónicas, como para recibir, realizar y enviar a los docentes las actividades escolares. Varias mujeres –ya no solo las que tenían hijos más pequeños– señalaron que con el transcurso de los meses, durante el 2020 sus hijos fueron requiriendo menos atención de cara a la “continuidad pedagógica”, especialmente quienes ya habían cursado algún grado previo a la pandemia.
En un contexto donde sin dudas se incrementó el requerimiento de mediación adulta –especialmente de las madres– para el sostenimiento de la escolaridad de los niños, no solo las edades fueron un aspecto clave, sino también los modos de relacionarse con la escolaridad de los mismos niños, como parte de sus características personales –tal fueran evocadas por mis entrevistadas–. Marcela (ya mencionada anteriormente), lo relataba así:
A ella [la hija] le cuesta, no es que no le cuesta, no es una chica que, hay otros compañeros que, viste cuando decís, están, fluyen de una manera, pero ella, es decir…, sobre todo le cuesta, le cuesta porque no es que capta en seguida, y después le cuesta sentarse, ponerse a estudiar. (Registro de entrevista realizada con Marcela, agosto de 2022)
Como se mencionó más arriba, luego de los primeros meses del 2020 ella había decidido suspender la mayoría de sus ocupaciones laborales, para darle “prioridad” a su hija, a sus actividades escolares, y en términos más amplios, a sus diversas necesidades. Una cuestión clave, sin dudas, es que había podido encontrar la forma de resolver su situación económica (con ahorros previos, un nuevo acuerdo con el padre de la niña, etc.), para ampliar sus condiciones de posibilidad en cuanto a los tiempos de dedicación a la niña.
Contrastante con la situación de Marcela fue la de Paula, otra de mis entrevistadas, psicóloga y madre de una niña en tercer grado y un niño en preescolar al inicio de la pandemia, quienes vivían con su marido (y padre de los niños), médico en un hospital público muy grande. Ella enfatizaba que sus hijos “la hicieron muy fácil ellos [sus hijos], se sumaban a… Propuesta que había, propuesta que se sumaban. Mi casa era un gimnasio, de repente una biblioteca, de repente cocinaban […] la verdad que le pusieron una onda bárbara los nenes” (registro de entrevista realizada con Paula, septiembre de 2022). Prontamente habían aprendido a conectarse a los Zoom escolares, incluso la ayudaron a ella a aprender a usar los dispositivos (con los que sostuvo gran parte de su actividad laboral), realizaban las actividades que enviaban las docentes, etc. Así, vemos cómo junto a las condiciones materiales[13], los modos de significar las características de los niños y niñas también tienen implicancias que no se pueden desestimar para dar cuenta de la compleja imbricación de condiciones dentro de las cuales tuvo lugar la educación y el cuidado de las nuevas generaciones. De hecho, como ya se aludió, en todas las entrevistas las descripciones de las características de los hijos fueron un articulador de los relatos sobre diversas situaciones y decisiones, sea en sentidos más afines a Marcela y a Alicia, o bien a Paula y Vanesa, incluyendo muchos otros matices que por razones de espacio no se amplían acá.
A su vez, es importante decir que la disponibilidad de tiempos cambió mucho en 2021 en los hogares con niños escolarizados. La asistencia alternada a las escuelas, con horarios reducidos y “burbujas”, e incluso interrumpida por diversos períodos según la jurisdicción[14], marcó una inflexión respecto al año anterior, y dio lugar a nuevos desafíos y dificultades. Estas diferencias entre 2020 y 2021 ameritan de por sí un análisis que excede las posibilidades de este capítulo. No obstante, vale mencionar que para la mayoría de mis entrevistadas, esos esquemas de alternancia y asistencia reducida a las escuelas fueron sumamente difíciles en varios sentidos. Al respecto, y para finalizar este apartado, quiero destacar dos cuestiones.
En primer lugar, las demandas laborales que para muchas de mis entrevistadas se vieron mermadas durante 2020, se reactivaron considerablemente en el 2021 también en la mayoría de los casos, con lo cual la disponibilidad de tiempos para dedicarse a los hijos entró en tensión de modo muy marcado. Llevarlos a la escuela y luego buscarlos por franjas horarias acortadas y cambiantes, sumado a que cuando no les tocaba asistir presencialmente debían realizar las actividades escolares en el hogar, requirió renovados esfuerzos[15]. En segundo lugar, si bien durante el 2020 fue un denominador común que mis entrevistadas dejaran de contar con diversas personas que ayudaban con los requerimientos relativos a la educación y el cuidado de los niños –sea de modo remunerado o no–, a partir de 2021 varias de ellas sí contaron con ayudas externas. En algunos casos esas ayudas provinieron de adultos mayores de las familias, que ya vacunados, tenían menos riesgos frente a la enfermedad, y retomaron entonces esas actividades. En otros, se reforzaron redes de ayuda entre madres y padres de niños compañeros de escuela, quienes colaboraban con las llevadas y traídas en horarios cambiantes, y con el cuidado ante la suspensión de las burbujas, entre muchas otras situaciones. No todas mis entrevistadas contaron con esas posibilidades, y sin dudas, esa ausencia marcó una diferencia notoria respecto a las condiciones que tenían en ese segundo año de pandemia, tan diferente al primero en todos estos aspectos, dando lugar a nuevas heterogeneidades.
A modo de cierre
Entre mis entrevistadas fue sumamente recurrente un registro manifiesto de las propias condiciones para llevar adelante las diversas prácticas relativas a la educación y el cuidado de los hijos, registro que explícita o implícitamente se vincula a la pertenencia a sectores medios. Como es sabido, la pandemia en sí y las medidas gubernamentales tomadas para mitigar sus efectos más nocivos sin dudas complejizaron el acceso a ingresos económicos para amplísimos sectores de la población[16]. Si bien, como vimos, los sectores medios no estuvieron en absoluto exentos de dificultades al respecto, las situaciones expresadas por mis entrevistadas fueron diversas, y aun en los casos de mayores complejidades, en ninguno de esos hogares hubo necesidades básicas insatisfechas.
En efecto todas, de algún modo, hablaban de la importancia que había tenido el hecho de contar con una vivienda de ciertas características, y con alguna forma de ingreso económico –tanto por recursos propios, vinculados a la situación laboral y/o a ahorros previos, como a los provenientes del entorno cercano–. También fueron frecuentes las menciones a la presencia y/o la adquisición de dispositivos tecnológicos y la conectividad a internet con anterioridad a la pandemia –a veces incluso dando por sobreentendida su presencia–. Y todas, absolutamente todas, hablaron de las características de sus hijos –de cada uno de ellos cuando tenían más de uno–, para explicar cómo fueron tomando decisiones y avanzando en cursos de acción en cuanto a sus procesos educativos, sus necesidades de sociabilidad, entre otras. Estas distintas aristas se conjugaban de formas diversas entre sí, poniendo en evidencia una suerte de entramado donde algunas condiciones se concatenaban con otras, y los cambios en alguna de ellas también traccionaban eventualmente cambios y/o decisiones respecto a otras.
Así pues, si bien fue un período marcado por angustias, incertidumbres y miedos[17], las particulares condiciones con que contaban para afrontarlo fue algo destacado por mis entrevistadas como parte de sus reflexiones y relatos sobre la experiencia de educar y cuidar a sus hijos durante la pandemia. Esas condiciones, a su vez, no se configuraron como una base estática, muy por el contrario, en el transcurso del período analizado las diversas dimensiones relativas a las condiciones de posibilidad para sostener y acompañar los procesos educativos y el cuidado de los hijos se fueron movilizando con distintos márgenes de acción, de modo dinámico y con el atravesamiento de una serie de contingencias que se fueron conjugando de modos imprevisibles a priori.
Referencias bibliográficas
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Cerletti, L. (2014). Familias y escuelas. Tramas de una relación compleja. Biblos.
Dalle, P. (Comp.) (2022). Estructura Social de Argentina en tiempos de pandemia. Ediciones Imago Mundi.
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Duek, C. y Moguillansky, M. (2023). “Las infancias de la post pandemia. Una propuesta de investigación”. Intersecciones en Comunicación, 1 (17), 1-20.
Lemus, M., Benítez Larghi, S. y Duek, C. (2023). “Escolaridad durante la pandemia en Argentina: tecnologías digitales y desigualdades en la vida cotidiana”. Praxis educativa, 27 (3), 1-19.
Moguillansky, M y Duek, C. (2021). “Niñez, educación y pandemia: la experiencia de las familias en Buenos Aires (Argentina)”. Desidades, 31, 120-135.
Pavesio, M. V. (2024). El trabajo docente en su configuración cotidiana. Un estudio antropológico en escuelas primarias en contextos de pobreza urbana (Rosario, Santa Fe) [Tesis de Doctorado, Universidad de Buenos Aires].
Pérez Machado, G. (2024). ¿Entre “familias” y liceo? Aproximación etnográfica a los modos de configuración de las relaciones entre referentes adultos con responsabilidades en la educación de adolescentes, en un liceo público de Montevideo (durante la pandemia) [Tesis de Maestría, Universidad de la República Oriental del Uruguay].
Santillán, L. (2023). “‘Las casas’ y la gestión de la escolaridad y educación por parte de mujeres adultas a cargo de niñas y niños en contexto de pandemia”. Entramados, 10 (14), 8-26.
Santillán, L., Cerletti, L., Calderón, J., Fabrizio, M. L. y Gallardo, S. (27-29 de abril de 2023). “Acerca de los cuidados, la educación infantil y la producción de las responsabilidades parentales en pandemia y más allá”. V Seminario Taller-RIAE. Valle María, Entre Ríos, Argentina.
- En sintonía con lo que se plantea en la introducción de este libro.↵
- El uso del masculino en distintos lugares de este capítulo tiene como fin facilitar la lectura, no obstante lo cual adherimos a la importancia dada en los últimos años a las discusiones sobre los modos en que se alude al género, y la búsqueda por visibilizarlas a través del lenguaje inclusivo.↵
- El 15 de marzo de 2020, el gobierno nacional dispuso la suspensión de las clases presenciales en todos los niveles del sistema educativo del país (Argentina), y creó el Programa “Seguimos Educando”, que incluía diversas medidas para encauzar y orientar la continuidad de los aprendizajes escolares en el contexto de la emergencia sanitaria. Si bien desde el campo académico se discutió cómo denominar a esa forma de escolaridad (“remota”, “virtualización forzada”, entre otras), se hizo expandido el modo de aludir a ello como la “continuidad pedagógica”.↵
- Ese incremento, según fuimos plasmando en distintos trabajos (Santillán et al., 2023; Cerletti, 2024; Barna, Levin y Gallardo, 2023; entre otros), fue posible sobre la base de un proceso de transferencia de responsabilidades a planos cada vez más individualizados de acción, que llevaba años en curso al momento de inicio de la pandemia. La apelación ultra generalizada y naturalizada respecto al “acompañamiento” y a la “participación” de las “familias” para garantizar el éxito escolar es parte sustancial de ese proceso (Cerletti, 2014). Así, es una hipótesis compartida en el equipo de investigación del que formo parte (referido en otra nota al pie más adelante) que la pandemia se montó sobre ese proceso previo y a la vez lo profundizó. En otros capítulos de este libro se alude de diversas maneras a tal proceso y sus implicancias en y tras la pandemia (me refiero específicamente a los escritos por Agustín Barna, Axel Levin, Ana Paula Gallardo, Laura Santillán, Julieta Calderón, y yo, quienes –junto a otras colegas- integramos el mismo equipo de investigación). ↵
- Lemus, Benítez Larghi y Duek (2023) presentan un sucinto e interesante estado de la cuestión en el que ponen en evidencia este consenso a partir del relevamiento de publicaciones relativas a la pandemia, realizadas en distintos países y regiones. ↵
- El capítulo que escribimos en coautoría con Laura Santillán y Julieta Calderón en este mismo volumen se aboca a esta temática tomando en consideración lo registrado con sectores subalternos y con sectores medios.↵
- En alusión al proyecto UBACYT “La producción de los cuidados, la educación y la vida familiar: un abordaje antropológico en torno a las infancias y las juventudes en contextos atravesados por la pandemia y la desigualdad social”, dirigido por Laura Santillán y Laura Cerletti, y al proyecto PICT (FONCyT) “La producción del cuidado y la educación infantil: acciones estatales, domésticas y sociocomunitarias en contextos marcados por la pandemia y desigualdad social”, Investigadora Responsable: Laura Santillán, Grupo Responsable: Agustín Barna y Laura Cerletti.↵
- En alusión al proyecto de investigación que desarrollo actualmente como miembro de la Carrera del Investigador/a Científico/a (CIC) del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), titulado “El lugar de las madres y los padres en la educación y escolarización de sus hijos/as: responsabilidades adultas, prácticas cotidianas y reconfiguraciones tras la pandemia”.↵
- En este capítulo, todos los nombres reales han sido reemplazados por otros ficticios para preservar el anonimato.↵
- El hijo de su pareja había dejado de convivir con ellos desde que irrumpió la pandemia hasta que se mudaron a la casa, más espaciosa que el departamento; esos meses había vivido con su madre, donde contaban con más espacio. Y si bien Vanesa no se mantenía ajena a las acciones y decisiones cotidianas respecto a la educación y la salud del joven, no era la principal encargada.↵
- Incluyendo varios capítulos en este mismo libro.↵
- Esta alusión incluye tanto a la primaria como a la secundaria. No obstante, en cuanto a la primaria, en las entrevistas realizadas, esos primeros tiempos de mayores requerimientos para las y los adultos se referían como algo mucho más prolongado que los que implicaba el inicio de la secundaria. Vale señalar también que entre mis entrevistadas, fueron varias quienes tenían hijos o hijas en primero de primaria durante el período pandémico, y algunas pocas en primero del nivel medio (dado el recorte que implicaban las preguntas de investigación y la consecuente búsqueda de contactos, según referí al inicio).↵
- En línea con lo desarrollado en el apartado anterior, Paula decía lo siguiente: “la verdad que agradezco que también pudimos, yo me pude comprar una computadora un poco mejor que la que tenía con vistas a esto, que yo también laburaba con esto, era mi herramienta de trabajo, y a los nenes les compramos una compu también. Una heredaron de la que yo tenía viejita que no andaba y la otra pudimos comprar una más” (registro de entrevista realizada con Paula, septiembre de 2022).↵
- Hacia fines de abril, ante un marcado aumento de los casos de COVID-19, el gobierno nacional indicó la suspensión de las clases presenciales. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no acató esa medida (hubo un cierre durante pocos días), y la Provincia de Buenos Aires sí, suspendió la presencialidad hasta el receso invernal.↵
- También era algo sumamente frecuente que ante la presencia de algún síntoma que pudiera ser COVID-19 en cualquiera de los niños que asistían a una misma “burbuja”, se suspendieran las clases por varios días, lo cual profundizaba la complejidad organizativa y de disponibilidad de tiempos.↵
- Las medidas gubernamentales incluyeron transferencias monetarias directas a millones de hogares para paliar la situación, tales como el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE). Sin restar importancia a los efectos positivos de estas medidas, es claro que no fueron suficientes para evitar la profundización de la desigualdad social resultante de la merma y/o interrupción total de las actividades con que se generaban ingresos monetarios en amplísimos sectores de la población, en particular aquellos con menores recursos. Para datos específicos y comparativos respecto a la situación económica de los distintos sectores sociales durante la pandemia, me remito a Dalle (2022).↵
- Aunque no es el tema central de este trabajo, vale mencionar que estas alusiones surgieron también en todas las entrevistas, en relación a distintas cuestiones.↵






