Organizaciones sociocomunitarias y la producción de los cuidados
en tiempos de pandemia
Laura Santillán
Introducción[1]
La declaración de la pandemia de COVID-19 a inicios de marzo del 2020 ha trastocado dimensiones cruciales del sostenimiento y desenvolvimiento de la vida. La emergencia sanitaria no solo puso de relieve condiciones de desigualdad social de larga data, sino que complejizó procesos de intervención ligados a la reproducción y producción de la vida personal y colectiva. Como han desarrollaron diversos estudios, sin mucho lugar a dudas, la pandemia revitalizó el debate en torno a la crisis de los cuidados[2] (Sanchis, 2020, Palomo y Venturiello, 2021) y la provisión del mismo en una sociedad atravesada por diversas relaciones de desigualdad (de género, étnicas, clase social).
En el siguiente capítulo el objetivo es analizar desde un enfoque socioantropológico y etnográfico (Achilli, 2005; Rockwell, 2009) prácticas y significaciones llevadas adelante en torno a los cuidados y la educación[3] durante el contexto de pandemia por parte de organizaciones sociocomunitarias[4] situadas en barrios populares del Gran Buenos Aires, Argentina. Comprender las especificidades que, en el período de pandemia, asumieron las intervenciones concretadas por coordinadoras y educadoras[5] de las organizaciones de base, requiere atender directrices más amplias, ligadas con la manera en que se significan, en la contemporaneidad, compromisos vinculantes y, también, regulaciones morales y sociales en torno a los cuidados (el cuidado de sí misma/o y el de los demás), en el derrotero de procesos donde, dada la profundización de la desigualdad, se fragilizan las condiciones para la actuación societal y colectiva.
Dentro de las ciencias sociales, la antropología ha hecho importantes contribuciones al respecto del análisis de los cuidados. Ha mostrado en tal caso que, si es posible delimitar en todas las sociedades cierto conjunto de actividades y relaciones vinculadas con el sostenimiento de la vida, no podríamos dar por sentado que, en cualquier contexto social e histórico, exista o haya existido un área de la vida específica y delimitada que sea equiparable a lo que en nuestro medio denominamos “cuidados” (Esteban, 2017). Siguiendo estos aportes, y como expuse en trabajos previos (Santillán, 2014), parto de una conceptualización de los cuidados en tanto manifestación significativa y trascendental de la vida humana, pero que debe ser comprendida siempre en términos relacionales y contextualizados (Pérez Orozco, 2006; Tronto, 2020). Y, al respecto, si en una primera definición podríamos decir que constituye un conjunto amplio –y, al mismo tiempo, específico– de actividades y bienes que se estructuran en función al sostenimiento y la reproducción de los sujetos, me inclino por la necesidad de entenderla como categoría social y, por consiguiente, esfera en continua construcción y redefinición por parte de sujetos y colectivos que, dada su distintividad, configuran un proceso no exento de disputa de sentidos y conflicto (Santillán, 2014). Teniendo en cuenta estos antecedentes, que se nutren asimismo de los intercambios y avances realizados en el marco de los equipos de investigación colectiva[6] y con pares (Cerletti y Santillán, 2018; Cerletti, 2022), en las páginas que siguen me interesa poner de relieve el modo en que, en el contexto de pandemia, las acciones relativas a cuidar y ser cuidados –y sus entrelazamientos con las experiencias formativas– implicaron para las personas que integran las iniciativas de base desafíos renovados y, a la vez, la puesta en juego de decisiones tácticas y estratégicas en continua redefinición.
Para el análisis que sigue me baso en las observaciones y entrevistas que realicé a coordinadoras y educadoras que forman parte de organizaciones sociales ubicadas en el noroeste del Gran Buenos Aires, en los partidos de Tigre y José C. Paz, territorios en los cuales vengo desarrollando desde hace más de una década mi investigación antropológica. Declarada la emergencia sanitaria, dicho trabajo de campo se vio hondamente trastocado y, cabe decirlo, transitó distintas etapas. Un primer momento, estuvo signado por los intercambios que llevé adelante con las referentes que conocía previo a la pandemia. Estos intercambios tuvieron que ver con la puesta al día del contexto compartido de emergencia sanitaria a través de llamados telefónicos, videollamadas y mensajes[7]. Seguidamente, una segunda etapa, refiere a las conversaciones y entrevistas que llevé adelante entre los meses de julio de 2020 y diciembre de 2021. Me refiero a entrevistas pautadas de antemano y concretadas fundamentalmente a través de plataformas virtuales. En este mismo período, aunque no de manera exhaustiva, participé en actividades puntuales que las referentes de las organizaciones realizaron de manera virtual (jornadas, reuniones de grupos responsables). Superado el período más estricto de emergencia sanitaria, a este registro sumé observaciones participantes presenciales en las organizaciones con las cuales venía trabajando previo a la pandemia[8].
Es mi anticipación hipotética que, en el contexto atravesado de pandemia, las acciones encaminadas por las organizaciones sociales en torno a los cuidados no sólo involucraron dimensiones diversificadas de la experiencia infantil, sino que implicaron formas capilares y formativas –cuando no pedagógicas, en cuanto a los modos en que se vehiculizaron– de asistencia hacia lo comunitario/barrial. Aludo a una ética de los cuidados que, aun sustentada en una importante historicidad respaldada en base a compromisos vinculantes y lazos de lealtad, implicó renovados desafíos y regulaciones. Al respecto, y conforme a las modalidades contemporáneas de producción de la sostenibilidad de la vida, quienes integran las organizaciones, aún cuando no formaron parte del organigrama oficial estatal, se vieron compelidas a actuar de manera ágil y sin claudicar, inaugurando una particular economía de los derechos y deberes. La misma, según entiendo, si se destacó por algo es por el hecho de articular de manera paradojal el compromiso con formas renovadas de verse obligadas a afrontar el riesgo. Todo un conjunto de aspectos que no contrarrestaron modalidades específicas tendientes a la colectivización de los cuidados, al acompañamiento a la escolaridad y la educación, así como a la reivindicación de derechos vulnerados a raíz de los procesos de desigualdad social que atraviesan a estos territorios.
Organizaciones sociocomunitarias y la gestión de los cuidados en tiempos de pandemia: lealtades y modos capilares para mitigar el riesgo
En el Área Metropolitana de Buenos Aires, las organizaciones sociales que destinan sus acciones a la atención y el trabajo con las infancias conforman un campo heterogéneo. Configuradas al calor de trayectorias diversas marcadas por la militancia social, política y –cuando no– religiosa[9], se destacan paralelamente por su marcado dinamismo y redefinición abierta (Santillán, 2012; 2019). En ese marco, las asociaciones de base presentan formas organizativas heterogéneas, lo que nada quita que identifiquemos entre sí importantes continuidades. Entre ellas, y tal como lo advierten también otros estudios (Zibechi, 2019, Fournier, 2017), un común denominador es el protagonismo que tienen las mujeres en las acciones que diariamente se llevan a cabo, y así también las deudas pendientes respecto al reconocimiento salarial y ligado con las protecciones y la seguridad social. Al respecto, lo últimos años se fueron dando pasos significativos en la demanda por dicho reconocimiento hacia el Estado.
En lo que respecta a la zona noroeste del Gran Buenos Aires, territorio en donde llevo adelante mi investigación, las primeras acciones que se estructuran en torno a las infancias por fuera de los carriles más formalizados del Estado se retrotraen a los años 80. Dichas acciones se inscriben en los procesos de crisis y conflictividad social que deja como herencia el gobierno de facto (1976-1983) y que se manifestó en múltiples contrariedades para la vida. Inconvenientes que son el eje desde el cual pobladoras y pobladores comienzan a vincularse entre sí para resolver un sinfín de necesidades, entre ellas, organizar de manera autogestiva los asentamientos[10] que habitan. En ese marco, el interés por levantar el barrio y garantizar derechos, también incluyó la inquietud por organizar espacios destinados a la alimentación y la ayuda escolar de las niñas y los niños que habitan estos mismos territorios. Este proceso prosiguió durante las siguientes décadas, incluyendo la participación de la militancia política estudiantil y la militancia social. Llegados más hacia nuestro presente, algunas de las iniciativas con las que interactúo se vinculan con la trama organizativa gestada desde el campo de la economía popular y el trabajo cooperativista[11].
La pandemia, como expuse en la introducción, atravesó diversas dimensiones de la vida social, y las organizaciones sociocomunitarias no fueron la excepción. Transitado un primer momento en donde se impuso la deliberación acerca de qué posición asumir frente a las medidas de Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO)[12], no transcurrieron muchas horas para que las organizaciones –desde el decir de quienes la integran– alteraran sin mucho previo aviso su rutina. Tal como me lo explicitó Carmen, coordinadora de “Sueños en rebeldía”, en el Partido de José C. Paz, si en su caso ella solía llegar a media mañana al Centro comunitario, en el contexto de pandemia comenzó a hacerlo desde el alba. Y esto implicó que en más de una ocasión se viese obligada a infringir las medidas de emergencia sanitaria establecidas desde el poder ejecutivo del Estado.
Hay que decir que, mientras transcurrían los primeros días de la pandemia, una sensación unánime entre las responsables y educadores de los espacios comunitarios fue la imperiosa necesidad de encontrarse, del modo que sea, con los chicos. Así me lo relataba Carmen, a quien mencioné anteriormente:
Al principio, ya te digo, estaba como loca, y no quería perder contacto con los pibes. Me decía: “bueno, ‘Sueños’ va a recibir pibes igual, ¿no? Nos vamos a ir a sus casas, ¿no? Porque el tema era ese, querer ver a los chicos sea como sea. (Registro de entrevista con Carmen, José C. Paz, julio de 2020).
Para las organizaciones sociocomunitarias con las que me contacté, que los chicos y las chicas no asistan de manera regular tuvo honda implicancia. Por un lado, retomando expresiones de mis entrevistadas, porque es el leitmotiv del trabajo diario de este tipo de instituciones destinadas a la infancia. Pero también, porque en un contexto tan adverso, saber de las niñeces se tornó fundamental.
En palabras de las personas a cargo de las experiencias comunitarias, estar al tanto de los niños, implica tener asegurado el conocimiento de un conjunto amplio de dimensiones relativas a sus vidas: la alimentación, la salud, la escolaridad, así como el modo en que transitan el día en sus hogares. Y si esta inquietud es un aspecto que siempre estuvo presente en las organizaciones de base, en el período de excepción constituyó un asunto central:
Cuando arrancó todo, era una verdadera paranoia, cualquier contacto que se producía, era un miedo ya un poco exagerado, visto ahora a la distancia. Y muy desgastante el hecho de que continuamente teníamos que tomar precauciones. Y vivir con la paranoia, “que no me podes tocar”, “que no podemos saludar a los chicos”. Y nosotras somos mucho de abrazarnos. Nos costó mucho no abrazarnos. Y no recibir a los chicos fue muy difícil, no saber de ellos de manera directa también, porque acá los chicos nos cuentan todo, confían en nosotras. Entonces, en un primer momento nosotras nos centramos en la comida, en la repartición de bolsones. Con el tiempo mandamos videos, actividades, pero era toda una cuestión para las familias bajarlas por la falta de espacio en los celulares. Además, no nos convencía. Nuestra naturaleza como organización social es trabajar con los chicos, con el cuerpo, esto no tenía nada que ver con lo que nosotras como organización somos. (Registro de entrevista con Lorena, Tigre, febrero de 2021).
Paralelamente a estas preocupaciones, en el contexto de emergencia sanitaria, el hecho de cuidar fue conllevando progresivamente a la preocupación –también– por quienes cuidan. Y en ese sentido, en las organizaciones comunitarias que forman parte del trabajo de campo, de un momento a otro, educadoras y talleristas tampoco asistieron a los establecimientos en donde desempeñan sus funciones. Ausencia que, sin embargo, no se extendió en el tiempo. Porque la prolongación de la pandemia y los efectos adversos de las medidas de aislamiento y distanciamiento social en la economía de muchas familias empujó a las organizaciones sociales a cumplir con la exigencia, casi siempre presente en este tipo de iniciativas en territorio, de cubrir el alimento.
En los centros comunitarios que son parte de los barrios en donde realizo la investigación, así como sucedió en otros territorios del país, la cobertura alimentaria fue concretada de manera central a través de la entrega de viandas a los grupos familiares de las niñas y niños que asisten a ellos[13]. Finalizado el periodo de las medidas más estrictas de distanciamiento social, al ingresar a un centro comunitario no me faltó oportunidad para observar las torres multicolor levantadas a partir del apilamiento de numerosos tuppers pertenecientes a las familias receptoras de comida. La demanda por alimento rebasó a las organizaciones comunitarias –hecho que también ocurrió en las escuelas públicas con servicio de comedor–, ya que se amplió a pobladores que nunca lo habían solicitado, y debido a la urgencia, educadoras y voluntarias fueron rotando en grupos para concretar la repartición.
Esta repartición, la cual resultó crucial para cuantiosas familias, implicó por parte de quienes son responsables de los centros comunitarios largas jornadas de trabajo y la laboriosa tarea de combinar distintos turnos por grupos, el pase de información del grupo saliente al ingresante, así también la vigilancia sobre el cuidado de la salud propia y la de sus semejantes. Y ese fue el eje central de preocupación en el vínculo con los chicos, inaugurando toda una pedagogía de los cuidados –término utilizado por una de mis interlocutoras–, ya que cada día, a modo de prevención frente al COVID-19, debieron instar a las familias respecto a una serie de medidas, entre ellas, por ejemplo, solicitar que dejen de enviar a los hijos a buscar viandas, pues lo que se trasladaba era comida caliente.
Ahora bien, algo importante a resaltar es que, en las organizaciones de base, este carácter pedagógico en torno a los cuidados, lejos de circunscribirse a concretarse de “puertas hacia adentro”, comenzó a cobrar un sentido más abarcativo, esto es, ampliado hacia la “comunidad”. En los barrios que comprenden mi investigación, si bien no se implementaron Programas estatales de anclaje territorial como fueron el DETECTAR[14] y BARRIO CUIDA AL BARRIO[15], esto no implicó que quienes integran las organizaciones destinadas al cuidado y la educación de las infancias hayan llevado adelante un concienzudo trabajo a nivel barrial que incluyó la comunicación directa con las vecinas y vecinos y, consecuentemente, el seguimiento palmo a palmo ya sea de los casos de COVID-19 positivo, como así también de distintas necesidades que iban surgiendo en los núcleos familiares a raíz de la crisis producida por la pandemia. Es importante decir que el punto de partida para este desempeño fue el conocimiento previo generado desde los mismos Centros debido a su larga trayectoria en el lugar. La ausencia de algún miembro de las familias a buscar la vianda en las jornadas pautadas para ello se convertía en un dato suficiente para sospechar alguna vicisitud. Así también el hecho de enterarse de boca en boca:
Nos enteramos de que tal familia o tal otra tiene COVID. Entonces, agarramos el tupper, la bolsita, los guantes, el tapaboca, el alcohol y vamos. Tin, tin, tin, caminamos. Y dejamos todo eso en algún lado, colgando de un clavo, ¿viste? No tocamos nada y nos volvemos. Hacemos el cambio de tupper, nomás. Y en el Centro, por supuesto, todos los cuidados para no contagiarte, ¿viste? (Registro de entrevista con Carmen, José C. Paz, agosto de 2020).
En lo que respecta a las organizaciones comunitarias, esta ingeniería relativa al acompañamiento incluyó la implementación de censos y relevamientos realizados de manera autogestiva. Con el contagio del SARS-CoV-2 en progresivo avance, cuando todavía la pandemia estaba lejos de resolverse mientras transcurría el año 2020, educadoras y educadores, influidos por estrategias que son propias del Estado, se dispusieron a recorrer las calles del barrio, interrogando a las familias respecto a la transmisión y tratamiento de la enfermedad, la situación escolar de los hijos, el aspecto laboral e incluso la recepción de subsidios estatales. El relevamiento, el cual permitió contar con datos actualizados y pormenorizados de la condición de vida de las familias que envían a los chicos a los Centros, tuvo como resultado colateral que buena parte de quienes se abocaron a la tarea de censistas se contagiara de COVID-19. Y aquí se abren dos cuestiones importantes: por un lado, contrariamente a lo que se podría prever, son las propias protagonistas quienes, cuando narran los hechos, minimizan los efectos. Bien valen aquí las palabras de una de mis entrevistadas, quien en distintas ocasiones en nuestros intercambios me puntualizó: “el compromiso gana al riesgo”. En paralelo, y, en segundo lugar, nada de esto contrarrestó que, en términos colectivos, desde las redes que aglutinan a las organizaciones sociocomunitarias los contagios contraídos se constituyan una base firme desde la cual demandar la inmediata vacunación de quienes integran dichas iniciativas[16].
También cabe señalar que, en paralelo al seguimiento de la enfermedad y de las vicisitudes abiertas a raíz de la pandemia, en las organizaciones populares el trabajo palmo a palmo de acompañamiento incluyó la apelación a los cuidados y, cuando no, la delicada tarea de persuasión de cambios de hábitos. En los dichos de las referentes que entrevisté, esta tarea de persuasión tuvo como eje central aquellos vecinos que desafiaban las medidas sanitarias provenientes del gobierno. Demostrando una enfática distancia hacia un discurso fuertemente difundido y asociado a los pobladores de los barrios populares como grupos peligrosos per se por la falta de cuidado, las responsables de las organizaciones populares nunca renunciaron a remarcarme los problemas concretos de los vecinos, como por ejemplo la falencia habitacional, la insolvencia para acceder a alimentos, así como a insumos para garantizar una higiene adecuada, la falta del servicio de agua[17], etcétera. Sin embargo, como bien dejaron en claro mis entrevistadas, día a día, de manera laboriosa y como podían, iban insistiendo entre sus vecinos acerca de la importancia del correcto uso del barbijo y los sanitizantes; esto sumado a la relevancia de respetar el distanciamiento social y las restricciones en la circulación. Y, al respecto, los momentos destinados a la entrega de viandas, así como los censos y las recorridas en el barrio fueron eventos fundamentales en esta tarea artesanal de recoger información y, a la vez, proporcionar consejos concernientes a las rutinas diarias de una proporción importante de vecinos, retornando a esta alusión que mencioné del sentido pedagógico de las intervenciones. Tomadas en conjunto, estas acciones, maniobradas en la cotidianeidad de la vida de las personas que integran las organizaciones sociocomunitarias, nos van introduciendo en las particularidades que los cuidados y la educación fueron asumiendo en esta etapa de excepcionalidad. Y al respecto, “actuar en base a ensayo y error”, fueron alusiones reiteradas en las entrevistas, así como el hecho de lograr avanzar en la resolución de problemáticas en un escenario cargado de incertidumbre, en medio de la complejidad de este período. Así lo narraba Claudia, referente en una organización perteneciente a la red de Centros de José, C. Paz:
La pandemia nos arrasó. Nos dio vuelta. Al principio no había tareas, estábamos desorientadas. No podíamos hacer lo que sabemos, acompañar a los chicos. Lo único que nos quedó al principio fue consultar a las familias por si necesitaban algo. […] Los maestros en la escuela daban fotocopias y los chicos venían a pedir ayuda, pero se pudo hacer poco a la distancia, es muy difícil acompañar y enseñar desde lo virtual. Después fuimos nosotras como organización quienes fuimos dando actividades, probando una forma, otra, fuimos y vinimos. También hicimos burbujas, pero eso no tenía nada que ver con nuestra forma de trabajo. La burbuja era muy estructurada, rompió con nuestra dinámica. Ahora estamos retomando, el hecho de vernos todos, nos está costando, pero vamos y venimos con las ideas. Es todo volver a remarla cada día. (Registro de entrevista con Claudia, febrero de 2022).
Ahora bien, al analizar las particularidades que asumieron los cuidados en un contexto de excepcionalidad, es importante hacer algunas puntualizaciones. Porque, aun cuando la pandemia impuso un escenario inédito, las acciones que relato aquí, tal como mencioné anteriormente, si por algo se destacan, es por su historicidad. Y esto significa que, afín con formas de intervención contemporáneas, los responsables de los centros comunitarios, desde el momento mismo de creación de las organizaciones en donde desenvuelven su tarea –cuando no antes– fueron generadores, desde sus maneras de hacer (Certeau de, 1996), de diversas intervenciones que se destacan por su capilaridad, imprevisibilidad y constante invención. Como expuse en trabajos previos, en escenarios en donde me estoy centrando, las acciones destinadas al cuidado y educación de las infancias, si se destacan por algo, es por su modalidad territorializada y, también, por el hecho de que se encuentran ancladas de lleno en el lugar donde viven los niños y las niñas y, en ese marco, se configuran de manera central a través de un encadenamiento de compromisos y lealtades hacia los próximos, el cual no está exento de regulaciones y altercados (Santillán, 2013).
Por cierto, la pandemia generó nuevas y complejas condiciones para cumplir con los compromisos vinculantes, y esto, fundamentalmente, por las particularidades que, entre otras cuestiones, asumió el riesgo (frente a la posibilidad de contagio, la muerte). Como exponen diversos autores, si bien el problema del riesgo es parte de toda la historia del capitalismo, esto no implica desconocer las múltiples connotaciones que en sus distintas temporalidades fue asumiendo (Rose, 2007; Sepúlveda, 2011). Y si en un contexto histórico de larga duración, el riesgo puede ser entendido como un efecto asociado a la codificación moderna del peligro en clave del “manejo” y “control” de la incertidumbre y la inseguridad (Sepúlveda, 2011), en el paradigma neoliberal se inaugura una nueva perspectiva de la “prudencia” (Ewald, 1997; Rose, 2007). A razón de los procesos de fragilización y quiebre de las protecciones colectivas y las provenientes del Estado, y como bien lo exponen mis entrevistadas, la prudencia se configura en base a las apelaciones a la autorrealización y responsabilización, ya no solo por el propio cuidado, sino el de los cercanos. Los decires y la observación de los movimientos de las personas a cargo de las organizaciones, que bien se sintetizan en la frase acerca de que “el compromiso gana al riesgo” son elocuentes de estas interpelaciones.
Organizaciones sociocomunitarias, la escolarización y los cuidados: entre la colectivización y la reivindicación de demandas
Desde las organizaciones sociocomunitarias que desarrollan su trabajo en barrios populares, como vamos advirtiendo, cuidar a las chicas y chicos en contextos de pandemia implicó motorizar en forma diaria una serie de acciones que abarcaron distintas aristas de la experiencia infantil. Entre estas aristas una muy central refiere a la denominada continuidad pedagógica[18]. Quienes integran las asociaciones de base, no solo acompañaron el cumplimiento de las actividades que pedía la escuela, sino que en más de una oportunidad pusieron a disposición de los niños y niñas, estudiantes de las escuelas, las conexiones inalámbricas de los Centros, popularizadas como wifi. Del mismo modo fue usual que responsables de las organizaciones comunitarias imprimieran las tareas enviadas por la escuela y se encargaran de repartir los cuadernillos elaborados por el Ministerio de educación. Al respecto, Marina, educadora en José C. Paz nos contaba:
A nosotros nos enviaron todos los cuadernillos que mandaron en la escuela. Porque a algunos a través de la escuela no le llegaba. Inclusive nosotros le pasamos cuadernillos a la escuela. Entonces repartimos a los chicos que no lo habían conseguido. (Registro de entrevista con Marina, julio de 2020).
En pandemia, un tópico recurrente, difundido en redes sociales y analizado, asimismo, en estudios académicos, fue la complejidad que implicó en muchos hogares cumplir con los requerimientos que emergen de la continuidad pedagógica[19]. En ese marco, la actuación de las organizaciones con base en el territorio resultó fundamental para mediar entre las familias y las escuelas, incluyendo formas de acción directa hacia las instituciones escolares. Mónica, Gladis, Raúl, como otros responsables de centros comunitarios, no dudaron en sentarse con los directivos de las escuelas todas las veces que fue necesario con el fin de alertar sobre algunas dificultades detectadas, una muy puntual, por ejemplo, ha sido el exceso de tareas propuestas para cumplir con la transmisión de los contenidos curriculares. El planteo, según me reconstruyeron, hizo hincapié, sobre todo, en la falta de insumos tecnológicos en buena parte de los hogares, así como la dificultad de los familiares acompañar a las niñas y los niños en el aprendizaje. Estos aspectos me lo narraron mis entrevistadas, entre las cuales se encuentra Carmen, a quien mencioné anteriormente:
Mirá, pasamos también por varios momentos porque nosotros, así como te digo, conocíamos la situación de las familias. La escuela al principio estaba dura, ¿eh? Mandaba muchas actividades y no tenía en cuenta qué actividades mandaba y si la mamá sabía o no sabía. Hay muchas cosas que, por lo menos nosotros desde la Organización, pudimos hablar con la escuela. Y que nos parecía que era mucho. Había mamás que no sabían nada, apenas leían, y tenían que ayudar a un nene que iba a quinto grado. Uno que iba a primer año y uno que recién empezaba. Entonces ¡no! ¿Era como complicado eso ¿viste? Y muchos vecinos hicieron reclamos. Yo decía “las abuelas unidas”, vamos a ir a la escuela. Porque muchas abuelas veían eso: ¡No puede ser tanta tarea! Yo sentí que el reclamo era general, claro, pero cómo se conocen yo me senté a hablar con la directora. Y la escuela o los docentes bajaron un poco la intensidad ¿no? (Registro de entrevista con Carmen, José C. Paz, julio de 2020).
En paralelo, lejos de circunscribirse a estos aspectos, mis entrevistadas se sentaron de manera regular con los responsables de los Equipos de Orientación Escolar de las escuelas que rodean a los Centros comunitarios con la finalidad de resolver problemas concretos de familias del barrio. En pandemia, en los territorios en donde me centro, las situaciones más complejas se presentaron en aquellos hogares conformados por adultos mayores o por mujeres solas a cargo de hijos. Y al respecto, Marina, una de mis entrevistadas, no escatimó detalles cuando me narró las distintas circunstancias en las cuales acompañó a vecinas del barrio. En los días más difíciles del confinamiento, el desalojo de viviendas ya había alcanzado al menos a tres mujeres con hijos a cargo, y en dos casos, el punto de partida fue la imposibilidad de seguir pagando el alquiler. También la violencia ejercida por las parejas convivientes fue un evento frecuente en torno al cual se movilizaron estas intervenciones capilares. En el caso de Gladis, el traslado –muchas veces sin éxito– fue una recurrencia:
En la comisaría de la mujer en la pandemia hubo muchas falencias […] Porque acompañar a una mujer que toma la decisión después de transitar por un montón de momentos duros, difíciles, y llegar a la comisaría y que la manden a pensar si realmente quiere hacer una denuncia. Yo dije, si eso no es violencia, decime cómo se llama, ¿no? O que te atienda alguien que no está preparado, que no tenga perspectiva de género. Como que es mucho, ¿viste? (Registro de entrevista con Gladis, José C. Paz, agosto 2020).
En el período de confinamiento y distanciamiento social, encontrar a las responsables y coordinadores de los Centros comunitarios para concretar las entrevistas de manera virtual fue dificultoso. Y esto porque, mientras transcurrían los días en que primaban las medidas más estrictas de distanciamiento social, las actividades de estas personas se habían multiplicado con creces. Si no era el caso que las mismas estaban en la preparación y distribución de las viandas, se encontraban de lleno recorriendo las calles que rodean a las organizaciones. Como expuse líneas arriba, acompañar a los vecinos y las vecinas a resolver algún trámite, o bien a elevar alguna denuncia por maltrato u otro problema, fue un común denominador para las y los educadores de los centros comunitarios. Y, como me referí anteriormente, las problemáticas habitacionales fueron un común denominador en el territorio en que me focalizo.
Como bien exponen otros estudios, la crisis sociosanitaria producida por el COVID-19 encontró al Área Metropolitana en general, y a los municipios del conurbano en particular, no sólo con una grave situación socioeconómica, sino con un alto nivel de precariedad urbana y habitacional (Colella, et al., 2021). Al respecto del déficit habitacional, en el noroeste del Gran Buenos Aires –y así también sucedió en otros distritos de la jurisdicción provincial– desde el inicio del año 2020 acontecieron un número importante de toma de tierras[20]. Y si bien, la experiencia de la ocupación de tierras venía siendo un evento en progresiva escalada[21], lejos de contrarrestarlo, el contexto de pandemia lo fortaleció y constituyó el escenario en el cual las organizaciones sociomunitarias extendieran la gestión de su asistencia.
Si repongo la referencia de las tomas es porque resulta ilustrativo de los modos en que el trabajo de las organizaciones populares en pandemia atravesó de manera medular la vida cotidiana de los territorios en que se ubican. Al respecto, en los centros comunitarios de esta fracción del Gran Buenos Aires, no faltó un educador o integrante del sector de la cocina que tuviese algún conocido e incluso pariente, implicado en la toma de terrenos[22]. Pero, ante todo, más allá de este dato, se trata también del involucramiento directo en las tomas por parte de las familias de muchos de los chicos que asisten a los Centros de los que me estoy refiriendo. En ese escenario, desde las organizaciones sociales se llevaron muchas acciones, siendo en muchos casos las coordinadoras o referentes quien se encargaron de liderar las idas a las tomas y acordar con educadoras y talleristas el tipo de asistencia a brindar. En lo que refiere a esta asistencia, desde las asociaciones de base no solo se apuntaló un tema central como es la alimentación, trasladando hasta las tomas ollas de comida que, dadas sus dimensiones, debieron cargarlas levantándolas con palos de escoba, sino que también se contribuyó a limpiar espacios, sobre todo en los casos de mujeres solas con hijos. Así también, las organizaciones sociales vinculadas con el fenómeno de la toma de tierras protagonizaron protestas –entre ellas, los “plantones”– cada vez que surgía el rumor de un potencial desalojo. Y aun a sabiendas de las complejas aristas en la posesión no legal de terrenos, en la preocupación de quienes integran los Centro están las familias que necesitan resolver un sinfín de problemas, entre otros el derecho a una vivienda digna.
En un contexto donde se devela con crudeza la desigualdad social, la gestión de los cuidados parece asumir la forma de una nueva ética en la cual, siguiendo a otros autores, no se tramita necesariamente a través de claves propias de la modernidad –en donde prima lo que es “correcto” o “no”– sino apelando a la solidaridad, la preocupación y la responsabilidad. Y aun cuando esta ética, que algunos autores denominan ética del cuidado[23] (Tronto, 2020), parece ser la brújula para la acción, otras escenas intersticiales –y para la contestación–, según documenta el relato, también se ponen en juego.
Aun cuando no es el eje del capítulo, y no contamos con más espacio para ello, es importante decir que, en el contexto más estricto de las medidas de confinamiento y cuando las acciones destinadas al cuidado de las infancias incluyó la cancelación de las actividades y el cierre de los espacios en sí –salvo, claramente cuando se preparaban y entregaban las viandas–, una escena repetida una y otra vez fue el uso de los patios y frentes de las organizaciones sociales por parte de muchos de los chicos, miembro de estas mismas organizaciones. Esta escena era conocida por las referentes, quienes optaban por recomendar el cuidado, pero no prohibir el ingreso a sabiendas de algunas dificultades que traía aparejado el aislamiento social.
Reflexiones finales
En este capítulo me propuse analizar las modalidades de intervención llevadas adelante en torno a los niños y niñas en contexto de pandemia por parte de organizaciones comunitarias situadas en barrios populares, al noroeste del Gran Buenos Aires. La emergencia sanitaria por COVID-19, dada su escala global, se tramitó, dentro y fuera de nuestro país, básicamente, a través de medidas universales y directas. Y, sin embargo, esto no debe conducirnos a desestimar actuaciones y movimientos generados en los territorios en donde se construye la vida diaria y se dinamizan las regulaciones más generales.
Mi recorte de análisis se situó en las prácticas y construcciones de sentido producidas por las referentes y educadoras de las organizaciones con las que me contacté. Configuradas en la capilaridad de los barrios, el registro realizado me permite arrojar algunas reflexiones que, según entiendo, contribuyen a avanzar en el conocimiento de esta dimensión clave, como es la del cuidado y, de manera particular, los cuidados en escenarios de excepcionalidad y atendiendo a su entrelazamiento con la educación y escolarización de las infancias.
Una primera reflexión tiene que ver con los alcances de esta categoría para las personas entrevistadas y la propia investigación antropológica. En función del análisis realizado, hago hincapié nuevamente en la relevancia de comprender al “cuidado” como categoría social y, por ende, invitándonos a observar en los contextos en donde trabajamos los procesos y las relaciones que involucran su permanente construcción y redefinición, sorteando en la medida de lo posible los apriorismos. Y este reconocimiento es un desafío que nos interpela a una continua desnaturalización de esta categoría, de las dimensiones que la comprenden y, así también, no sólo a qué sujetos (individuales y colectivos) involucra, sino cómo son significados por estas personas el hecho de cuidar y educar.
Al respecto, en relación al análisis que compartí, podemos observar que, aun cuando solamos asociar a las prácticas en torno al cuidado a la casa y lo estrictamente doméstico (también a lo familiar y “privado”), otras iniciativas (centros barriales de recreación, apoyos escolares, espacios colectivos para cubrir las necesidades alimentarias), no solo son parte del paisaje de muchos barrios populares en el Gran Buenos Aires, sino que desde sus protagonistas se predisponen a situar esta dimensión entre sus acciones, siempre concatenadas con la educación.
En relación a las dimensiones que comprende, cuidar a las infancias en pandemia abarcó un conjunto amplio de aspectos de la experiencia de los niños y las niñas que, en paralelo a dimensiones previstas (la alimentación, salud y educación), se extendió a derechos aún no garantizados como es el relativo al hábitat. Reconstruyendo las prácticas de mis entrevistados, cuidar y educar en pandemia implicó involucrarse de lleno con los escenarios de vida próximos de las infancias, instaurando una serie de medidas capilares y, como vimos, pedagógicas, incluyendo aquí a las interpelaciones al mundo adulto en cuanto a los cuidados.
Ahora bien, tomadas en conjunto, no es posible escindir, como expuse más arriba, las acciones que me relataron mis entrevistadas en un proceso de más larga duración. Y esto significa que, el interés por los sentidos que asumen los cuidados en un período de excepcionalidad, no puede ser abstraído de su carácter histórico y, a la vez, abierto, es decir, en constante construcción. Lo cual implica atender, junto con las continuidades, aspectos nuevos.
Sostengo que las acciones de cuidar, apuntalar la escolarización y educar, si bien se llevaron adelante en el marco de medidas que, como expuse, se instauraron con pretensión universalizante, en buena medida descansaron en operaciones individualizantes. O, bien, en los dichos de autores de la talla de Nikolas Rose, a través de un ethos individualizado. Y, en relación a lo registrado en el trabajo de campo, esto implicó la generación de imágenes de un sujeto como agente activo y responsable del aseguramiento de su propia seguridad y de quienes están comprometidos con él. La pandemia, como nos deja testimonio la descripción, se inserta en este proceso de más largo plazo caracterizado por el emplazamiento de nuevas racionalidades de la gestión de la vida que pondera muchas veces la figura de actores “anónimos” o más bien intersticiales que actúan conforme a compromisos vinculantes. Al respecto, las relaciones de lealtad se tornaron centrales en aquellos actores, como quienes integran las asociaciones de base que, aun sin formar parte del organigrama oficial, se vieron compelidos a actuar de manera rápida y sin claudicar. Y en ese plano, inaugurando una relación que se establece como más directa que otras (al menos, respecto a profesionales de la salud, otros trabajadores del estado), tiene lugar nuevas regulaciones y, a la vez, movilizaciones y reivindicación de derechos cercenados, tal cual advertimos en el capítulo[24].
Según entiendo, estas orientaciones epocales constituyen el escenario en donde se anclan buena parte de las acciones de las responsables de las organizaciones de base y que inauguran una nueva economía de los derechos y deberes que conllevan una ética de los cuidados que excede, incluso en su interpelación, a las obligaciones morales analizadas en etapas previas a la pandemia. En definitiva, acuerdo con otros autores cuando sugieren que los riesgos contemporáneos –en nuestro caso, como el producido por la pandemia–, parecen fortalecer y no suprimir a las sociedades de clases. Y no solo se exacerba la desigualdad, sino que una particularidad de la noción de riesgo en el capitalismo tardío es la de mostrarse con significativa opacidad, es decir, velando aspectos ligados con la conflictividad y correlación desigual del poder, lo cual no implica, como observamos, la posibilidad de réplica y reivindicación de derechos.
Referencias bibliográficas
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- Este capítulo constituye una versión revisada y ampliada de la ponencia presentada en las X Jornadas de Investigación en Antropología Social Santiago Wallace, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, noviembre de 2022. ↵
- Con el término crisis de los cuidados aludo al proceso de desestabilización del modelo tradicional de reparto de responsabilidades sobre los cuidados –el cual supone la exclusividad de la mujer en estas actividades–, generado a raíz de diversas circunstancias que tienen lugar, fundamentalmente, desde la segunda mitad del siglo XX, entre las cuales se destaca el ingreso masivo de la mujer al mercado de trabajo, la intensificación de los cuidados a adultos mayores, la falta de provisión pública para el cuidado de las nuevas generaciones (Perez Orozco, 2006, Comas D’Argemir, 2014).↵
- Si bien en este capítulo el foco gira en torno a los cuidados, aludo también a la educación, no solamente porque es una dimensión significativa en mis preguntas de investigación, sino y, fundamentalmente, porque constituye el horizonte de actuación de las organizaciones sociales que forman parte del trabajo de campo que llevo adelante.↵
- A lo largo del capítulo utilizaré alternadamente “organizaciones sociocomunitarias”, “populares” y/o “sociales” aun cuando entiendo que la última categoría implica una noción más amplia que las dos primeras. En ocasiones apelaré al uso de “centros comunitarios” siendo el modo en que usualmente las personas definen a las organizaciones que gestaron y/o en las cuales trabajan. ↵
- A razón del alto número de mujeres que integran las organizaciones sociales, en la mayoría de las ocasiones apelaré al género femenino. Esto no implica soslayar la presencia de hombres entre los talleristas y educadores populares. En determinadas circunstancias alternaré el uso del femenino con el masculino, sin desmedro al reconocimiento de la necesidad de forjar un lenguaje inclusivo en nuestros escritos. ↵
- Aludo al proyecto de programación científica UBACyT “La producción de los cuidados, la educación y la vida familiar: un abordaje antropológico en torno a las infancias y las juventudes en contextos atravesados por la pandemia y la desigualdad social” dirigido por Laura Santillán y Laura Cerletti y al proyecto PICT “La producción del cuidado y la educación infantil: acciones estatales, domésticas y sociocomunitarias en contextos marcados por la pandemia y desigualdad social”, Investigadora Responsable: Laura Santillán, Grupo Responsable: Agustín Barna y Laura Cerletti (FFyL, UBA).↵
- Estos intercambios tuvieron lugar principalmente a través de la aplicación WhatsApp.↵
- El trabajo de campo en las organizaciones implicó la observación de distintos momentos y espacios de las acciones que allí se llevan, incluyendo las interacciones producidas en entradas y salidas de las edificaciones, así como eventos festivos y otros.↵
- En relación a las iniciativas que sigo, una referencia insoslayable es la relativa a la Teología de la liberación y Opción por los pobres, movimiento católico que emerge en los años 60, tras el denominado Concilio Vaticano II.↵
- Con el nombre de asentamientos me refiero al fenómeno de ocupación no legal de tierras públicas y/o privadas, que se sustenta en la organización colectiva de las acciones, ya sea en la etapa previa como en el transcurso de la ocupación de tierras para la vivienda (Cravino, 1999).↵
- Entre ellas se destaca las iniciativas destinadas a la Primera Infancia que, en los contextos en donde investigo, tuvieron como punta pie la decisión de grupos de mujeres cooperativistas, las cuales, en su inserción en el Programa de Ingreso Social con Trabajo “Argentina Trabaja” consideraron la relevancia de que sus hijos queden al cuidado de otros cooperativistas en momentos que realizan la contraprestación del subsidio recibido. ↵
- La medida de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) se estableció a través del Decreto 297/2020, Presidencia de la Nación de la República Argentina, el día 19 de marzo para entrar en vigencia desde el 20 al 31 de marzo del 2020 (período que luego se ampliaría en el país y, particularmente en la Provincia de Buenos Aires).↵
- Esto no implica que haya sido la única modalidad de entrega de alimentos. En los hechos, en algunos Centros la decisión fue distribuir los denominados “bolsones”, esto es, se entregaron productos no perecederos para ser cocinados en los hogares. ↵
- El Programa DETECTAR (Dispositivo Estratégico de Testeo para Coronavirus en Terreno de Argentina), estipulado por el Ministerio de salud de la Nación, se gestionó con el fin de testear a personas con síntomas de COVID-19 para poder brindarles atención temprana o proceder a su aislamiento en caso de ser necesario. En una primera etapa la implementación abarcó la Ciudad de Buenos Aires y solo determinados distritos del AMBA. ↵
- En abril del 2020, desde Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, a través de la Secretaría de Economía Social se pone en marcha el Programa de Emergencia Sanitaria “El Barrio Cuida al Barrio”. El mismo crea la figura de promotores y promotoras comunitarias que tiene como tarea la de recorrer el barrio y realizar acompañamiento a grupos de riesgo, así como difundir medidas preventivas y distribuir elementos de seguridad e higiene.↵
- En nuestro país, el Plan estratégico de vacunación contra el virus SARS-CoV-2 comienza a implementarse en diciembre del 2020. El mismo se llevó a cabo a través de un esquema organizado en etapas y prioridades sustentado en la definición de población de riesgo, entre los cuales se encontraron las y los trabajadores esenciales. En el momento que llevé a cabo de las entrevistas, una demanda de las responsables de los espacios comunitarios fue el hecho de haber quedado fuera del esquema de vacunación, hecho que se revirtió a partir de la demanda meses más adelante.↵
- Tal como lo develan estudios sobre provisión de servicios urbanos y respuestas autogestivas, José C. Paz es uno de los partidos del Gran Buenos Aires con menor cobertura de redes de infraestructura de agua y de cloaca, al respecto, el período de pandemia se caracterizó por la preocupación vinculada principalmente a la baja presión y mala calidad del servicio (Tobias, et al., 2021).↵
- En el contexto de emergencia sanitaria por COVID-19, el 16 de marzo de 2020, el Ministerio de Educación de la Nación estableció de la suspensión de las clases presenciales y la dictaminó las medidas para la implementación de la continuidad pedagógica a distancia (Ministerio de educación de la nación, Resolución N° 108/2020). ↵
- Al respecto, en este mismo libro, los capítulos de Victoria Pavesio; Florencia Debonis et al. y Gabriela Cabral recuperan aspectos específicos relativos a la experiencia de la continuidad pedagógica en el contexto de pandemia, respectivamente en las ciudades de Rosario, Venado Tuerto, San Salvador de Jujuy y Ciudad de Buenos Aires.↵
- En paralelo a la producción académica, diversos medios masivos de comunicación difundieron el fenómeno de las tomas de tierras en contexto de pandemia: https://shorturl.at/gr2GE; https://tinyurl.com/4md6w6z4↵
- Tal como exponen otros estudios, el empeoramiento de las condiciones de vida de los sectores populares tuvo como resultado que, en la provincia de Buenos Aires, a fines de 2019, registraba una toma de tierra por semana (Colella, et al., 2021).↵
- Cuando a inicios del año 2021, una vez finalizadas las medidas de aislamiento y distanciamiento, di continuidad a las visitas al Centro, no faltó ocasión, cada vez que surgía el tema de la toma, en que se generara un círculo ampliado entre educadores y voluntarios del lugar para dar detalles y conocimiento de los hechos. ↵
- Desde la perspectiva que asumo, “ética del cuidado” no constituye una categoría de análisis sino, por el contrario, objeto de indagación y problematización. ↵
- Aun cuando no tengo posibilidades de desarrollar aquí, como ejemplo de esta reivindicación, puedo aludir al proceso de demanda en que se encuentran las organizaciones sociales que son parte de mi trabajo de campo de reconocimiento estatal, jurídico y legal del trabajo comunitario.↵






