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Pandemia, investigación socio-antropológica y resoluciones teórico-metodológicas

Reflexiones abiertas y algunas preguntas

Mariana Nemcovsky

El ángulo que defendemos conformado por el par sujeto conflictividad…más bien implica todas las formas de cuestionamiento de la hegemonía en forma de adentrarse en sus intersticios. Esto es, en sus dinamismos constituyentes como ser el surgimiento, desarrollo y transformación de los sujetos, atendiendo a sus diferentes significaciones históricas para el momento actual, pero también tomando en cuenta su proyección en el mediano y largo plazo.

   

Zemelman, 2000, p. 109

Introducción

Esta presentación deriva del PID SeCyT (2020-2023) “Procesos estructurales, espacio socio-urbano y vida cotidiana. Un análisis de experiencias y memorias en la ciudad de Rosario” cuyos primeros dos años de desarrollo estuvieron atravesados por la pandemia SARS COVID-19. Desde marzo de 2020 y prácticamente durante gran parte de 2021, esa pandemia impuso diversos cambios a escala global y por ende en los cotidianos sociales tal como los transitábamos. Desde el gobierno nacional se tomaron las medidas de ASPO y DISPO[1] con sus correlatos provinciales y municipales, que involucraron distintas medidas en la esfera de las políticas públicas, a la par que se gestaron diversas definiciones en distintos estamentos de la sociedad civil.

A escala de la vida cotidiana se expresaron continuidades y discontinuidades en las dinámicas de “producción de las personas y de los aprendizajes que se constituyen” (Lave y Wenger, 2003) en los distintos ámbitos por los que transcurre la experiencia humana. Experiencia a la que concebimos como concreta, por tanto, permeada por la historicidad particular de los contextos en los que se despliega, y configurada en sus articulaciones por procesos estructurales fundados en relaciones sociales desiguales. Las transformaciones[2] a escala de los cotidianos sociales fueron conceptualizadas en distintos avances construidos contemporáneamente con el acontecer de la pandemia (Kessler et al. 2020; Mazza y Andretich, 2020; Fradejas-García et al. 2020; Ambao et al. 2021). A la vez, los usos de las tecnologías info-comunicacionales que vienen siendo parte de la experiencia humana en los más diversos contextos, adquirieron una nueva dimensión a partir de su visibilización; lo cual resultó especialmente claro a la salida de la pandemia.

Particularmente, nuestras experiencias en el oficio de investigar en las reconfiguraciones cotidianas emergentes se vieron transformadas en diversos aspectos, entre ellos, en las modalidades de construcción de la información a emplear, en los obstáculos para el sostenimiento de la relación intersubjetiva con los conjuntos sociales.

Las medidas de aislamiento y distanciamiento social a partir de la restricción de la movilidad plantearon, como señalamos, dificultades para el desarrollo del trabajo de campo antropológico de modo presencial, cara a cara con les sujetes de la investigación.

Al interior del Proyecto de investigación[3] se dieron situaciones distintas en las que tuvieron incidencia ciertas condiciones de los contextos socio-empíricos en los que se desenvuelven los procesos bajo estudio. Sin embargo, el común denominador fue una interrupción desplegada con variada intermitencia en el trabajo de campo, a modo de ritmo irregular marcado por lapsos variables de tiempo, en los que se alternaba entre entrevistas por medios virtuales, charlas informales a través de alguna red social (WhatsApp, Facebook), o excepcionalmente de modo presencial.

En general, la posibilidad de usar la virtualidad para generar información durante esos dos años estuvo muy presente en la publicación de artículos científicos, a través de conversatorios y paneles en línea, en intercambios entre docentes, al interior de equipos de investigación, en la organización de instancias de difusión pública a través de redes sociales, y supuso una actualización de discusiones epistemológicas y teórico-metodológicas sobre la investigación socio-antropológica. Ello me puso en una búsqueda de antecedentes que abordasen desde distintos posicionamientos las denominadas etnografías virtuales o en línea que vienen desenvolviéndose desde los años 90’. Son trabajos que exponen y fundamentan tanto acerca de las modalidades de acceso a la información vía dispositivos tecnológicos y plataformas virtuales, como respecto de concepciones del trabajo etnográfico que llevan adelante. En el siguiente apartado me ocupo de ello, para a continuación, centrarme en dos ejes temáticos desde los cuales procuro problematizar y formular ciertas preguntas con la intención de tender nexos preliminares con perspectivas teórico-metodológicas y epistemológicas.

Las etnografías en línea. Algunos antecedentes en clave temporal para poner en discusión

En este apartado expongo en una línea de tiempo tal vez esquemática, antecedentes que producen diferentes aportes e historizan distintos momentos en la emergencia de los modos de hacer investigación antropológica con base en las ya no tan nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Su exposición pretende mostrar un recorrido de lecturas que nos permita sostener algunas discusiones y preguntas.

El interés por la etnografía virtual o en línea, como exponen Ardèvol et al. (2003) procede de los años 90 y ha generado ya en ese entonces una profusión de trabajos con diversas focalizaciones en entornos virtuales (Masson, 1999; Hine, 2000; Reid, 1994; Clodius, 1995; Turkle, 1995; Baym, 1995; Hamman, 1998; Rutter, 1999; Lopes, 2000).

Di Prospero (2017) retoma a Edgar Gómez Cruz y Elisenda Ardèvol (2013) para mostrar tres momentos en el recorrido de esos estudios: “etnografías del ciberespacio (situadas temporalmente en la década de los noventa); etnografías de Internet (a partir del año 2000); y, etnografías de lo digital (desde 2005)” (Di Prospero, 2017 p. 47).

En el primer momento, se consideraba que mediante la conexión a internet las personas compartían un espacio, noción que pasó a ser para los interesados y estudiosos del fenómeno, un sinónimo de internet. Un espacio entendido como una comunidad virtual en el que las personas usuarias de computadoras a través de la metáfora de las ventanas acceden a distintos escenarios e interpretan diferentes papeles, configurando un yo descentrado, múltiple y distribuido (Turkle, 1997, como se citó en Di Prospero, 2017). Así “si había comunidades que compartían un espacio y las personas generaban allí una identidad propia y diferenciada, parecía evidente la necesidad de estudiar dichas comunidades etnográficamente (Gómez Cruz y Ardèvol, 2013, p. 191, como se citó en Di Prospero, 2017).

El segundo momento es el de las etnografías de Internet, es el tiempo en que Christine Hine escribe Etnografía virtual con el propósito de analizar los usos de la tecnología y los sentidos alrededor de ella. Una apuesta metodológica que permitiría, según Hine centrar el abordaje en lo que Knorr-Cettina (1983) llama el carácter ocasionado, localmente situado del uso de Internet. El objetivo, afirmaba Hine (2004), por tanto, fue “estudiar cómo se negocia el estatus de la Red en el contexto en que se emplea” (p. 13). Para la autora estadounidense, los debates en torno a desacuerdos teóricos acerca de los usos de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y su relación con la organización de la sociedad, han sido intensos. Entre sus animadores más destacados, Daniel Bell (1976) y Manuel Castells (2000) postulan a las nuevas tecnologías como agentes de cambio social cuyo devenir culmina en el desarrollo de sociedades –la “sociedad de la información” (Bell,1976, como se citó en Castells, 2000), la “sociedad informacional”– en las que la información ocupa un lugar decisivo como fuente de la productividad y el poder (Castells 2000, p. 47) y que darán lugar a la “sociedad del conocimiento”.

El tercer momento se relaciona con las etnografías digitales en nuestro presente. Ardèvol y Lanzeni (2014), consideran que la exploración antropológica de lo digital supone concebir:

una noción instrumental de cultura digital, entendiéndola como las cosas que la gente crea, hace, dice, piensa o experimenta con bits…. como un proceso relacionado con las unidades de información que circulan entre nosotros en diferentes formatos, generando con ello continuidades y discontinuidades en las formas de hacer, pensar y experimentar cosas como las relaciones sociales, el arte, la política, la producción, el intercambio de bienes. (p. 14)

Adolfo Estalella (2018), por su parte, señala que en el presente lo digital no aparece en los estudios como objeto de investigación, sino como el dominio empírico para las indagaciones antropológicas. El autor caracteriza los tiempos recientes como de apertura a ejercicios experimentales que recurren a diversas infraestructuras digitales en su trabajo de campo.

Algunos trabajos comparten una apreciación de los espacios por los que transita la vida de las personas como mixtos, como mundos híbridos, (Di Prospero, 2017) “… en el que las fronteras entre qué es físico y qué es digital, se desvanecen… la ubicuidad de los teléfonos celulares es un indicador de a lo que han llegado las conexiones electrónicas” (Jordan, 2009, p. 181, como se citó en Di Prospero, 2017, p. 45) entendidas como sustanciales para el desarrollo de las actividades cotidianas.

Di Prospero sostiene que las concepciones teóricas desde las que se analiza la dimensión espacial se han ido transformando, tanto a partir de procesos de “desterritorialización y reterritorialización” (Wrigth, 1995, p. 194, como se citó en Di Próspero, 2017, p. 46) que han favorecido reconceptualizaciones de las categorías de análisis espacial, como de las nuevas tecnologías infocomunicacionales (TIC). Retoma a Jordan (2009) para afirmar que los espacios multisituados y multiconectados, exigen una reflexión metodológica a la etnografía y ponen en duda la pertinencia de la inmersión y la interacción cara a cara. Ya que desde los avances en la tecnología de las comunicaciones “los investigadores pueden estar en dos lugares al mismo tiempo” (Jordan, 2009, p. 186, como se citó en Di Próspero, 2017, p. 46).

Si bien, algunas de estas miradas, refieren a estudios a desplegarse en el ámbito exclusivo del mundo digital, otras se extienden a considerar la necesidad de transformar los modos de hacer etnografías en las investigaciones situadas[4]. Entre las transformaciones a generar se explicitan las siguientes cuestiones a abordar: la reconceptualización de la noción de campo, el abordaje del mundo digital como uno de los nuevos objetos empíricos, la calidad de las descripciones, y la apertura para hacer investigación social a nuevos actores (Estalella, 2018).

Durante la pandemia la puesta en juego de lo que algunos autores conceptualizan como una “etnografía confinada” orientó muchas indagaciones hacia las denominadas “metodologías a distancia” (Lupton, 2020, como se citó en Fradejas-García et al. 2020), en las que “los métodos varían desde la elicitación de fotos o videos, las entrevistas epistolares, o las Apps y las cámaras portables… las entrevistas por videoconferencia, grupos focales en línea, encuestas web y etnografías digitales” (Fradejas-García et al., 2020, p. 12).

De hecho, algunos de los recursos mencionados (entrevistas a través de plataformas en línea; conversaciones por redes sociales: WhatsApp, Facebook, cuestionarios implementados a través del correo electrónico) fueron usados en distintas investigaciones socio-antropológicas inscriptas en perspectivas teórico-metodológicas que conciben al trabajo de campo clásico como la instancia privilegiada de construcción de información con les sujetes, incluidas, como se ha dicho, las que atañen al proyecto de investigación colectivo del que formo parte, como medio para sostener la comunicación, así como para dar cierta continuidad a las relaciones intersubjetivas previamente construidas y a la generación de información con los conjuntos sociales con los que se venía trabajando.

Es sabido que, en cualquier proceso de investigación, las resoluciones teórico-metodológicas asumidas se imbrican con decisiones respecto de aspectos teóricos y epistemológicos y que, aún con cierta flexibilidad teórica en la perspectiva desde la que trabajamos, estas cuestiones guardan entre sí una relación de coherencia. Así, las resoluciones teórico-metodológicas se entraman con concepciones acerca del sujeto de la investigación, de la realidad social, del conocimiento en ciencias sociales. Retomar entonces determinadas estrategias de construcción de la información y desenvolverlas de acuerdo con criterios y orientaciones establecidas, considerar la definición o no de un referente empírico, prescindir o no de la construcción de relaciones intersubjetivas con les sujetes de la investigación, constituyen decisiones que conllevan posicionamientos metodológicos y epistemológicos que, advertidamente o no, orientan el desarrollo de la investigación.

No es la intención de esta presentación avocarse a problematizar los enfoques que se ocupan de los estudios en espacios virtuales/digitales. Más bien, el interés en estas etnografías deviene, como se señaló, de preguntas e inquietudes sobre cuestiones teórico-metodológicas que se nos plantearon[5] en el hacer concreto de nuestras indagaciones durante el contexto pandémico. Sobre todo, a partir de la visibilización del modo en que los usos de las tecnologías info-comunicacionales venían permeando y permean los cotidianos sociales en distintas escalas, y de la incorporación –cuasi naturalizada–­ de los recursos que brindan esas tecnologías para el despliegue de estudios etnográficos situados.

El recorrido esbozado más arriba en torno a las etnografías de lo digital, pretende dejar enunciados ciertos puntos de partida considerados relevantes en esas perspectivas, con la idea de retomarlos y problematizar las implicancias teórico-metodológicas de su uso en el marco de estudios desenvueltos desde un enfoque etnográfico situado. Me interesa, entonces introducir, con todo su sentido, algunas discusiones y abrir a preguntas, particularmente en torno a las nociones de sujeto, intersubjetividad, “localización” empírica, aspectos que, además de con otras cuestiones, se relacionan con la definición de las estrategias con las que construimos la información de campo.

Tales discusiones y preguntas se organizan en dos ejes: i) La construcción de la información en pandemia; ii) La localización empírica y los sujetos de la investigación.

De la construcción de la información en pandemia

En las investigaciones socio-antropológicas situadas empíricamente la información se construye en el ámbito de lo local, con les sujetes de la investigación desde distintas estrategias entre las que la observación y la entrevista en profundidad resultan centrales. No nos detendremos en las particularidades que asumen, sólo mencionamos rápidamente que a través de la observación procuramos ver “todo”, en el sentido que le otorga Rockwell (2009) y registrar las situaciones que ocurren durante nuestra presencia en el campo, sobre todo las prácticas e interrelaciones que desenvuelven los conjuntos sociales con los que desarrollamos la investigación, y que, la entrevista antropológica, en el transcurso de la cual también observamos el entorno de la interacción verbal, nos permite acceder a los sentidos explícitos que expresan las personas con las que trabajamos.

En las etnografías en línea, entre las estrategias de construcción de la información usadas se cuentan, entre otras, las entrevistas por videoconferencia, los grupos focales en línea, las encuestas web, y hasta observaciones on line “participantes”. Estas observaciones se producen sobre interlocuciones entre personas que participan en encuentros virtuales pautados, sistemáticos, o azarosos (reuniones de trabajo, juegos en línea y otros) en alguna plataforma, con el registro sincrónico a partir de la co-presencia del investigador o bien desde un registro grabado al cual se accede de modo asincrónico; así como respecto de escrituraciones y/o publicaciones, subidas en las redes sociales (salas de chats, Facebook, WhatsApp, X-scripts, Tik-tok, Instagram, etc.). Algunas de estas estrategias dan la posibilidad de producir un corpus audiovisual y/o textual de los intercambios generados, disponible para quien requiera esa información. Así, quienes desarrollan estudios enmarcados en las etnografías multisituadas, pueden preservar el registro detallado del conjunto de lo expuesto/intercambiado entre y en cada uno de los “ámbitos” info-comunicacionales, concebidos en interconexión con otros. En ese sentido, a partir de las características que asume la información recabada, Estalella, uno de los autores enrolados en estas perspectivas, argumenta sobre “la calidad de nuestras descripciones etnográficas” si se los compara con “los relatos de campo (tales of the field) a los que estamos acostumbrados… en las expresiones situadas del método etnográfico, muy poco sofisticados” (Estalella, 2018, p. 65).

En el tiempo de la pandemia, usamos diferentes recursos que proveen las tecnologías info-comunicacionales para construir información, y su alcance, como se ha señalado, estuvo relacionado con los contextos socio-empíricos y los avances particulares en las investigaciones respectivas. No obstante, generó preguntas y debates vinculados con las características que asumía esa información relevada, sobre todo debido a la escasa o nula contextualización de las situaciones y procesos vividos en el trabajo de campo, devenida de la imposibilidad de observar. Es decir, desconociendo las condiciones concretas en que se generaban las interacciones verbales en el caso de las entrevistas en línea, o en las interacciones escritas en los chats. La co-presencia en línea supone un encuentro remoto, mediado por la tecnología, a través de una o numerosas pantallas que muestran –cuando la conectividad es satisfactoria y los participantes deciden conectar sus cámaras– el o los rostros de las personas entrevistadas, aunque el contexto de tal reunión –aquello no accesible a la vista en el recorte de la pantalla– permanece opaco y restringido a nuestra observación.

En ese sentido, el denominado trabajo de campo por medios remotos permitió acceder muy parcialmente al espacio socio-empírico en que se ponen en juego los sentidos verbalizados de les sujetes, y, por tanto, también a las prácticas y situaciones que se despliegan en su entorno, las que podrían incidir en lo dicho/no dicho por les entrevistades. Ante ello surgieron preguntas, en relación con los estudios que se estaban llevando adelante: ¿Cuál es el alcance/entidad de la información construida, a partir de un diálogo mediado por una pantalla en el que aspectos de la corporalidad, matices de la voz y expresividad del rostro, y el contexto de las verbalizaciones, se nos presentan opacos? En las observaciones participantes: ¿Cuál sería, el estatus de esa información producida por los participantes en instancias virtuales desde las locaciones “empíricas” en las que interactúan y que es plasmada a través de intercambios de textos, o de formas expresivas-emotivas como “emojis”, “stickers”, etc.? ¿Las conversaciones escritas y los íconos de expresiones emotivas que puedan acompañarlas, a las que se considera como un registro observacional, podrían interpretarse en términos de géneros discursivos?[6]

Seguir el curso de estos interrogantes y a la vez, considerar la impregnación de las tecnologías info-comunicacionales en los cotidianos sociales nos lleva a sopesar otras preguntas: ¿Cómo acceder a documentar las experiencias transitadas por sujetes de nuestras indagaciones en superposiciones espacio-temporales derivadas del uso de esas tecnologías info-comunicacionales, desde una mirada intensiva, en profundidad? Combinar las estrategias que usamos habitualmente en el trabajo de campo, desde las que procuramos avanzar en profundidad en los estudios intensivos que llevamos adelante, con otras que generan información a través del recurso a diversas plataformas en línea y redes sociales vía internet, con les sujetes de la investigación ¿No puede derivar en disrupciones a la hora de considerar entramar información construida con heterogeneidad en el análisis, al someterlas a procedimientos de triangulación, contrastación, etc.?

Procuraré en el apartado siguiente dejar planteadas algunas discusiones y nuevos interrogantes a este respecto.

De la “localización empírica” y los sujetos

Las prevenciones señaladas en el apartado anterior acerca de las consecuencias del uso de las tecnologías info-comunicacionales para el despliegue de estrategias de construcción de la información en los estudios situados, no pueden sustraerse, en términos teórico-metodológicos, de las definiciones y concepciones acerca de “lo empírico”, de los sujetes de la investigación y de los modos de concebir la relación intersubjetiva con elles.

De ahí, que en este apartado me interesa presentar algunos aspectos de tales concepciones que se expresan en las denominadas etnografías digitales, para tensionarlos preliminarmente con las perspectivas teórico-metodológicas desde las que desarrollamos nuestras investigaciones.

Al interior de las etnografías en línea, como se ha señalado, se identifican en el tiempo perspectivas diferenciadas respecto a cómo considerar los espacios sociales y les sujetes en una investigación etnográfica. Las posiciones se modificaron desde aquellas asentadas sobre la idea de un ciberespacio homogéneo, independiente de contextos locales (Di Prospero, 2017), en las que las comunidades virtuales eran entendidas como los “lugares para realizar el trabajo de campo”, a partir de constituir “espacios donde se mantienen interacciones relevantes, que pueden ser entendidos como constitutivos de una cultura en sí misma” [7] (Hine, 2000, p. 19) –en las que incluso algunos investigadores postularon que la realidad social creada a partir del lenguaje y mediante el texto y el programa configura un sistema cultural independiente[8]–, a otras más recientemente, en las que se pasa a reconocer al entorno digital como un “nuevo objeto empírico”. Los enfoques actuales, en su búsqueda de una redefinición de los fundamentos conceptuales de la etnografía, justamente abogan por “la reconceptualización de la noción de campo” (Amit, 2000; Gupta y Ferguson, 1997,como se citó en Estalella, 2018, p. 64), al que definen como “un dominio empírico donde se abordan tropos antropológicos tradicionales… un locus excepcional para estudiar aspectos distintivos de nuestra contemporaneidad y renovar preguntas fundamentales de la disciplina antropológica” (Estalella, 2018, p. 47).

Es tal vez la presentación en términos de objeto empírico justamente un indicio para pensar las concepciones teóricas y epistemológicas en torno a la población con la que se investiga y el lugar de la persona que investiga. En este sentido, la consideración acerca de que “si el objetivo es estudiar un escenario virtual como contexto de pleno derecho, la cuestión de la identidad offline no es pertinente” (Turkle, 1995, p. 324, como citó en Hine, 2000, p. 34), invita a pensar que, en ese caso sería bastante complejo establecer la inscripción histórica de les sujetes con les que se investiga. En los entornos sociales online, los modos de atender a “la identidad de las personas que participan” ha dado lugar a matices entre quienes se abocan a esos estudios, como se ha dicho algunes sostienen que la caracterización de los conjuntos sociales con quienes desenvolver las investigaciones puede o no ser requerida de acuerdo con cada situación. Mientras desde ciertos enfoques, han pasado a reconocer la importancia de hacer trabajo de campo etnográfico “tanto dentro como fuera de la pantalla. En lugar de asumir lo online y lo offline como ámbitos totalmente separados… buscar interrelaciones entre uno y otro, incluso en aquellos estudios en los cuales el objeto es casi íntegramente virtual” (Di Prospero, 2017, p. 50).

Este posicionamiento es parte, como se ha señalado, de una valoración de los espacios por los que transita la vida de las personas como mixtos, como mundos híbridos, en el que las fronteras entre qué es físico (o real) y qué es digital (o electrónico), se desvanecen… a partir de la ubicuidad que ofrece la tecnología de la comunicación y la información (Jordan, 2009, p. 181, como se citó en Di Prospero, 2017, p. 45). En esos mundos híbridos “las identidades, las experiencias y posibilidades de vida de las personas comienzan a integrar las facetas físicas y virtuales de existencia, por lo cual la conciencia está, en cierta medida, compartida entre una conexión física y un yo virtual en línea” (Jordan, 2009, p. 181, como se citó en Di Prospero, 2017, p. 45). Desde este enfoque, algunos proponen distinguir entre “etnografía conectiva” (Hine, 2007) considerando que lo que define el campo de estudios son las conexiones que los sujetos trazan dentro y fuera de la red, y “etnografía digital”, para referirse a la especificidad de la metodología etnográfica cuando esta se realiza en la red, aunque no termine ni se agote allí” (Di Prospero, 2017, p. 49). En ese sentido, la interpretación acerca de la pertinencia de la construcción de interrelaciones cara a cara con les sujetes de la investigación es variable y se adecúa a definiciones de cada investigación. A la par que algunos investigadores ponen el acento en “nuevos actores” que a través de la creación de novedosas técnicas desarrollarían “estudios de redes basados en computación”, “análisis textuales”, entre otros, “de manera que científicos y científicas sociales ya no tienen el monopolio de los métodos para la investigación social”[9] (Estalella, 2018, p. 64). Entiendo que estas ideas reportan a la crítica referida a la relación de autoridad conferida en las etnografías clásicas a la persona que investiga respecto de les sujetes en el campo empírico. Esa crítica al status de autoridad se nutre de lo que ha sido conceptualizado como la “crisis representacional” (Denzin, 1997), fundada en el cuestionamiento a la autenticidad de las descripciones, que no constituirían “una representación transparente de la cultura estudiada” (Clifford y Marcus, 1986, como se citó en Hine, 2000).

Por su parte, en las perspectivas teórico-metodológicas con las que trabajamos, relacional dialéctica (Achilli, 2005) y etnografía histórica (Rockwell, 2009), el referente empírico alude a un recorte de población y del espacio-tiempo cuya definición se produce desde concepciones teóricas y teórico-metodológicas. Como sostiene Rockwell (2009), es a escala de ámbitos cotidianos, accesibles espacial y temporalmente a la experiencia del investigador que desarrollamos las estrategias para construir el corpus documental base de la investigación.

La presencia del investigador y las interrelaciones que construye con los sujetos de la investigación en los cotidianos que estudia, “en una experiencia de extrañamiento y familiarización en una dinámica de mutuas tipificaciones, de acercamiento y distancia, de intercambios de conocimientos que nos van modificando como sujetos” (Achilli, 2005, p. 64), constituye una premisa a la vez epistemológica, teórica, teórico-metodológica. Como sostiene Achilli (2005), la relación intersubjetiva que se construye resulta central desde una concepción que recupera: i) la centralidad del lugar de los saberes y conocimientos que nos brindan las personas de la localidad, aunque expresen de modo implícito y explícito elementos contradictorios del sentido común (Achilli, 2005; Rockwell, 2009); ii)El reconocimiento de la presencia del sujeto investigador con su subjetividad, que construye los “registros de campo como objetivaciones gráficas y escritas de la experiencia de campo, de tal manera que lo que percibió y vivió pueda ser sometido repetidas veces a la interpretación y análisis” (Rockwell, 2009, p. 63).

Desde este acercamiento que procura explicitar posicionamientos diferenciales acerca de concepciones de sujeto, de relación intersubjetiva y de lo empírico, me interesa plantear provisionalmente ciertas cuestiones, sin pretensión de originalidad, y abrir preguntas, a modo de desafíos para continuar pensando.

Como sostuvimos más arriba, nuestro acceso a los ámbitos cotidianos se produce a partir de la construcción de definiciones espacio-temporales a escala de lo local “donde los sujetos viven, trabajan, esperan, comprenden los procesos…” (Menéndez, 2010, p. 151), una escala de análisis en la que, a la vez, identificamos situaciones y procesos que relacionalmente pueden ser comprendidos desde la perspectiva de la totalidad concreta (Kosik, 1967). Esto es, considerando los procesos bajo estudio en interrelaciones dialécticas con procesos en otras escalas analíticas. No obstante, como señalan distintos trabajos (Menéndez, 2010; Achilli, 2022), y como observamos en nuestros estudios, los conjuntos sociales transitan gran parte de su cotidianeidad en superposiciones espaciales y temporales devenidas del uso de las tecnologías info-comunicacionales. Considero que la identificación de actividades y procesos que contienen prácticas, sentidos, valores, significados, desarrolladas en esas superposiciones no debieran ser descuidadas, son configurativas de la cotidianeidad de los conjuntos sociales con los que trabajamos y por tanto de los procesos formativos que transitan, constituyen parte de su socialidad concreta (Heller, 2016).

En ese sentido, en los estudios situados que desenvolvemos, hemos documentado (Bernardi y Nemcovsky, 2023) a través de entrevistas, observaciones y relatos escritos[10] por les sujetes con les que trabajamos, como a partir del acceso a entornos digitales mediante el uso del celular, ciertas actividades cotidianas se superponen espacial y temporalmente. Particularmente, en el ámbito escolar observamos como la comunicación y las interacciones desplegadas con distintos propósitos a través de ese dispositivo enlazan distintos espacios físicos y virtuales, a la par que asumen entre sí, dada su simultaneidad, límites porosos.

Durante el trabajo de campo somos testigos de diversas interrelaciones generadas con el uso del celular: conversaciones mediante textos y/o audios, intercambio de imágenes, emojis, videos, etc., algunas de las cuales podrían estar relacionadas con lo que sucede en el espacio social observado y ser relevante para el curso de nuestro estudio; sin embargo, el acceso a esa interrelación en general permanece opaca a nuestro acceso o resulta –al menos hasta ahora– muy superficial. Solemos ver que se trata de variados contenidos públicos info-comunicacionales que comparten desde y en distintas plataformas, y registrar los comentarios que se generan en ocasiones entre elles, respecto de algún intercambio de WhatsApp de algún compañere.

Estas observaciones[11] potenciaron interrogantes, algunos ya planteados en el tópico anterior que adquieren nuevos sentidos. Si les sujetes con les que trabajamos transitan por espacios sociales físicos y virtuales constituyéndose “una construcción bidireccional de significados, produce valores, subjetivación, y praxis social” (Boellstorff, 2011, p. 509, como se citó en Di Prospero, 2017) sería importante poder acceder a ver qué ocurre en esa “brecha”. Esta incursión entrañaría múltiples desafíos ¿Cómo incorporar en nuestros estudios situados las experiencias cotidianas en entornos digitales que transitan les sujetes con les que trabajamos? ¿Desde cuáles registros? ¿Cómo se configuran los límites[12] para el acceso a la información plasmada en las conversaciones online que sostienen les sujetes? ¿Cómo acceder a caracterizar a sujetes significativos del entorno digital, es decir sujetes que vía conectividad interactúan cotidianamente con les sujetes de la investigación y que, a través de sentidos, valores, ideas hacen parte configurativa de ese entorno para les sujetes de nuestra investigación? ¿Cómo se juega esa interrelación “conectiva” entre mundos híbridos cuando nuestros sujetes desconocen/no interpretan como significativo reconocer las identidades de aquelles con quienes interactúan on line, o incluso cuando elles mismes usan identidades online diferentes a las del mundo físico con las que co-presencialmente están interactuando con nosotres?

Me interesa comenzar a pensar las preocupaciones e interrogantes señalados a la luz de cierta concepción de sujete que retomo de las perspectivas críticas latinoamericanas. En ella se otorga al sujete la condición de “germinador de la condición conflictiva de toda realidad” (Zemelman, 2000, p. 109), por tanto, configurativo de las dinámicas constituyentes de la realidad social e inherente a la pretensión de conocer cualquier problemática social, económica, política o cultural. Sostengo que cuando se desconocen las identidades[13] de les sujetes en términos de su inscripción histórica, se afecta el análisis de procesos sociales y culturales. Incluso, tal como se refiere desde ciertos enfoques al interior de las etnografías digitales, el espacio físico y el virtual están interrelacionados en la vida real, y la vida en la pantalla tiene sus consecuencias fuera de ella (Di Prospero, 2017). Pero, sobre todo, entiendo que no considerar las condiciones materiales de vida de los conjuntos sociales y de los procesos y mediatizaciones implicadas en lo concreto, restringe la producción al análisis de un género discursivo.

Otra de las preocupaciones derivadas de esta reflexión se relaciona con poner en consideración la posibilidad de alternar abordajes situados con instancias multisituadas en nuestros estudios, con la idea de desenvolver análisis a escalas más extensas. Lo que abre a algunas otras preguntas: ¿Desde la perspectiva de la concreción (Kosik, 2016), la reconstrucción de relaciones entre procesos, desde el trabajo teórico, para la formulación de abstracciones cada vez más generales, no se vulneraría? ¿Cómo podríamos enlazar descripciones construidas desde abordajes claramente diferenciados? ¿No introduciría transformaciones en ciertas definiciones epistemológicas, conceptuales y teórico-empíricas?

Reflexiones para retomar

El propósito de esta presentación ha sido aproximarme a observar algunas consideraciones teórico-metodológicas y epistemológicas, para reexaminarlas, a partir, por un lado, del uso durante y después de la pandemia de recursos de las tecnologías info-comunicacionales en diversas investigaciones, pero, sobre todo, desde que esa pandemia hizo evidente la impregnación configurativa de los cotidianos sociales por parte de distintos dispositivos tecnológicos, conectividad remota mediante. Al avanzar sobre tales cuestiones, se me han planteado interrogantes respecto de distintos aspectos que procuré tensionar con ciertos elementos configurativos de las perspectivas teórico-metodológicas desde las que desenvolvemos nuestras indagaciones.

En ese avance, considero de modo provisional que podría identificarse un núcleo teórico-metodológico y epistemológico vertebrador[14] en torno a las concepciones de sujete de la investigación, de sujete que investiga, del conocimiento a construir y su relación con la dinámica de los procesos sociales e históricos, que podría resultar fuertemente conmovido, de acuerdo con el lugar que se otorgue al uso de las tecnologías info-comunicacionales en los estudios situados.

Entiendo que, en el recorrido de esta aproximación, para continuar en adelante sopesando tales interrogantes “tensionados”, es importante reponer algunas reflexiones que conciben de modo dialéctico los aspectos que constituyen ese núcleo vertebrador, suponiéndolos en conexión intrínseca con la historicidad de la vida social, que permea tanto los procesos bajo estudio como las condiciones del investigar y del campo disciplinar de ese momento histórico. Como se ha señalado, retomo para ello la concepción de sujete que desde la perspectiva crítica de las Ciencias Sociales aporta Hugo Zemelman (2000), quien lo sitúa como “núcleo germinador de la condición conflictiva de toda realidad”, de ahí la imperiosidad de “la posibilidad de reconocer por cada sujeto, desde sus espacios y tiempos, sus propias opciones resistiendo a la pretensión del poder de imponer su homogeneización como si esta respondiera a una ley natural” (Zemelman, 2000, p. 109). El epistemólogo chileno, a la vez, se refiere magistralmente a la inherente articulación de tal concepción con el modo de entender la dinámica histórica de la realidad social, y el lugar de las Ciencias Sociales:

Un ángulo fundamental por su vastedad y resistencia a convertirse en contenido de teorías cerradas es la naturaleza y práctica de los sujetos sociales, si estamos de acuerdo que la realidad socio-histórica es siempre una construcción de una variada gama de sujetos. El esfuerzo por impulsar construcciones sociales diferentes, también contradictoras, conforman un eje estructurador central de la realidad social como es el conflicto en todas sus manifestaciones, espacios y temporalidades. Y que no es sino, la expresión fenoménica de la capacidad de activación de los sujetos y de sus distintas proyecciones históricas. De ahí que para dar cuenta de cualquier problema social, económico, político o cultural no se pueda prescindir del ángulo de lectura conformado por el par sujeto-conflictividad, ya que alude a las dinámicas constituyentes de la realidad social. Ello si no queremos dejar de reconocer la especificidad histórica que tienen diversos temas y problemas (Zemelman, 2000, p. 109).

A la vez y en esta misma línea, considero que en las perspectivas que se abocan a estudios situados, desarrollados con profundidad temporal, reconocer el lugar del sujete que investiga resulta central, en al menos, dos aspectos. Por un lado, en relación con la asunción de la exigencia de dar cuenta de esas “dinámicas constituyentes de la realidad social”, a partir de poner en juego distintos niveles de análisis desde determinada orientación teórica, teórico-metodológica y epistemológica. Hacer visible, reconocer esa orientación, así como las definiciones y elecciones emprendidas constituye –como sostiene Theodor Adorno– un modo de restringir “su poder ilusorio” a contracara de su negación, que la restaura (Adorno, 1982), y supone una concepción acerca de los conocimientos a construir.[15] Por otro, desde esta concepción, hacer investigación social conlleva determinados compromisos sociales y necesidades imperativas vinculadas con la responsabilidad que las Ciencias Sociales deben asumir en sucesivos presentes históricos. Es decir que, desde estas perspectivas, ese doble reconocimiento del sujete de la investigación, y del sujete que procura conocer, deriva en condición de posibilidad para la construcción de conocimientos acerca de la realidad social que encierren la potencialidad de transformarla.

Se trata, entonces, de preocupaciones para continuar profundizando, intercambiando, sin apuros de cerrar, procurando identificar ciertas derivaciones y sopesar algunos riesgos.

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  1. Aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO) dictado el 20 de marzo de 2020 por DNU N° 297/2020 (19/03/2020); Distanciamiento social preventivo y obligatorio (DISPO) dictado por DNU Nº 714/2020 (30/08/2020). Las medidas de ASPO y DISPO, definieron las actividades habilitadas para desarrollarse. Desde las consideradas esenciales, aquellas que continuaron desenvolviéndose sin interrupción con modalidad a distancia-teletrabajo- como las que fueron habilitándose en sucesivas fases por definición del gobierno nacional.
  2. La misma reconfiguración de los cotidianos supuso cambios en diversos sentidos, tanto en la profundización de las condiciones preexistentes de desigualdad social –léase con ello, entre múltiples cuestiones: la búsqueda de estrategias de vida para sostenerse, ante los impedimentos para las actividades habituales que permiten la reproducción del grupo y la dificultad de contar con dispositivos suficientes y conectividad para afrontar, ahora, actividades cotidianas (escolarización, trámites, consultas médicas, etc.)– como en la emergencia de nuevas problemáticas derivadas de la pandemia en sí: contagios, enfermedad, aislamientos preventivos, fallecimientos, etc. Estos procesos contribuyeron a acentuar la fragilización de lazos sociales en los ámbitos considerados como recortes empíricos de las investigaciones que se llevan adelante en el equipo.
  3. Estas consideraciones pueden extenderse a los procesos de investigación en el marco de la elaboración de las Tesinas de Licenciatura en Antropología socio-cultural, desarrollados durante la pandemia y que acompañamos desde el Aula Virtual, como equipo docente en la cátedra Taller de Tesina OSC en la carrera de Antropología FHyA, UNR.
  4. Con investigaciones situadas me refiero a aquellas en las que definimos un recorte de población, en determinado espacio social y tiempo, en las que construimos una relación intersubjetiva con conjuntos sociales a lo largo de un tiempo prolongado, lo que posibilita estudios intensivos y en contexto, es decir permeados por la historicidad concreta.
  5. Como se señaló ello involucró también los procesos de Tesina de los estudiantes en la Licenciatura en Antropología UNR, que cursaron durante 2020 y 2021 el Taller de Tesina (orientación socio-cultural).
  6. Es cierto que solemos recurrir a diferentes escritos elaborados por les sujetes de la investigación a las que entendemos como documentaciones de primer orden, pero se trata de conjuntos sociales con los cuales desenvolvemos una interrelación prolongada que posibilita mutuos conocimientos y el acceso a caracterizar condiciones concretas de existencia, y no de observaciones participantes que registran audiovisual y/o textualmente las interacciones en línea de individuos multilocalizados cuyas identidades off line y on line podrían no coincidir; sin más bien adscribir a configuraciones identitarias particulares en la virtualidad.
  7. Según Hine, los “estudios sobre espacios online contribuyeron ampliamente con el establecimiento de la imagen de Internet como cultura, en la que se pueden estudiar los usos que las personas confieren a la tecnología” (Hine, 2000, p. 19).
  8. “La investigación etnográfica realizada por Carlstom (1992) en LambdaMOO (un juego de rol en red, apunta en las conclusiones que la realidad social creada a partir del lenguaje y mediante el texto y el programa no es un espejo o reflejo de la realidad fuera de la red, sino que configura un sistema cultural independiente” (Ardèvol et al., 2003, p. 73).
  9. Estalella retoma de Noortje Marres (2012) la idea de: “cómo en un proceso de progresiva digitalización de nuestras sociedades proliferan toda una serie de métodos creados por nuevos actores que utilizan las tecnologías y propiedades de los entornos digitales para desarrollar novedosas técnicas (estudios de redes basados en computación, análisis textuales…) de manera que científicos y científicas sociales ya no tienen el monopolio de los métodos para la investigación social” (Estalella, 2018, p. 64).
  10. Además de lo registrado en observaciones aúlicas y de recreo y de las entrevistas grupales que hemos realizado, resulta interesante el modo en que les jóvenes de entre 15 y 19 años con les que trabajamos representan el uso del celular –tecnología excluyente a la que acceden en los contextos de pobreza en los que residen con sus grupos familiares–. En los relatos escritos por elles la referencia a pasar “todo el día con el celular”, “me duermo con el celular”, “estoy con el celular mientras ayudo en…”, etc. se reitera y sólo excepcionalmente no aparece. Lo cual también nos deja pensando, la objetivación acerca de lo que podría anticiparse hipotéticamente como la experiencia de una hiperconectividad sostenida ¿Se debe a observaciones propias, de otres/adultes del grupo familiar/docentes?
  11. Se trata de observaciones desarrolladas en la pospandemia (2022 y 2023) en el marco del Proyecto de investigación mencionado, que estaba en curso.
  12. Me refiero a límites que no transgredan aquello de la información que les sujetes no deseen comunicar por fuera del intercambio online sostenido.
  13. No porque interese “identificar” a las personas con un nombre propio, sino con la idea de conocer ¿Cómo viven? ¿A qué se dedican? ¿Cuál es su adscripción de género?, etc. Se puede de hecho explicitar “identidades” particulares y no por ello dar cuenta de las relaciones sociales en que se entraman como sujetes históricos.
  14. Con núcleo vertebrador me refiero a ciertos aspectos que se hallan entre sí en una relación de interconexión dialéctica, en interdependencia recíproca, y que en esa específica interrelación resultan configurativos de determinadas perspectivas teórico-metodológicas y epistemológicas.
  15. Como sostiene Perry Anderson (1988) “Adorno había señalado a menudo que cualquier teoría que pretendiera negar completamente el poder ilusorio del sujeto tendería a restaurar dicha ilusión mucho más que otra que sobreestimara el poder del sujeto” (Anderson, 1986, p. 64). “La objetividad de la verdad exige verdaderamente al sujeto. Aislada de él se convierte en víctima de la pura subjetividad” (Adorno, 1982, p. 72, como se citó en Anderson, 1988).


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