4.1. En el corto y en el largo plazo
La pregunta está justificadísima, de modo que una respuesta es obligatoria, e incluso interesante, ya que está dotada de complicaciones y sorpresas. Es necesario, en efecto, distinguir entre un período de tiempo breve y uno extenso, y es necesario también distinguir entre Parménides y Zenón. Porque a la larga los dos se impusieron tanto que sus nombres gozan todavía de una envidiable notoriedad, aunque sus caminos están visiblemente separados.
En el caso de Zenón, en nuestros días muchos conocen la historia de Aquiles y la tortuga, pero quizás no todos sepan quién tuvo esta gran idea y, en comparación, somos pocos los que sabemos que Zenón era de Elea, que el área arqueológica de Elea fue identificada y que de Elea también era Parménides quien, por otra parte, continúa gozando de una envidiable notoriedad entre los filósofos.
La notoriedad de Zenón sufrió un aumento al final del siglo XIX, gracias al mérito de León Tolstoi, el novelista ruso; Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas; Bertrand Russell, el matemático, filósofo y pacifista inglés; Jorge Luis Borges, el creativo escritor argentino; y más recientemente, a través de una película de Takeshi Kitano, que, como dijimos, se titula justamente Aquiles y la tortuga. Mientras tanto, sobre sus paradojas se detuvieron decenas de filósofos y matemáticos, con una mayor proporción en la Inglaterra de los años cincuenta, cuando numerosos artículos sobre Zenón fueron publicados por las revistas Analysis y Mind.
¿Pero qué sucedió en la época de Parménides y Zenón, en su tiempo? No exactamente lo mismo, sino todo lo contrario. Por aquel entonces se determinó, al parecer, una toma de confianza con lo infinitamente pequeño a nivel intuitivo por mérito de las paradojas zenonianas, mientras que en paralelo Anaxágoras y Demócrito elaboraron teorías centradas en aquello que, como los átomos (o las homeomerías), no se logra ver a simple vista con los ojos. Luego, fue el turno de una mención por parte de Gorgias; después de esto, a casi medio siglo de distancia, Zenón hizo una especie de aparición en el diálogo Parménides, donde Platón le hace decir que la verdadera razón de ser de sus paradojas es la de combatir con aquellos que intentaron ridiculizar a Parménides, historia muy bien narrada y de gran suceso. Algunas décadas después, Zenón fue objeto de discusiones intensas en la Física de Aristóteles. La notoriedad de Platón y Aristóteles hizo el resto. En efecto, desde Aristóteles hasta nuestros días, muchos comentadores discutieron sus paradojas y nadie logró idear, al menos, una del mismo género.
Esto no es extraño porque de verdad era difícil comprender y eventualmente recrear –o al menos imitar– su sofisticadísimo proyecto comunicacional. No por nada el mismo Platón, que no era un pensador superficial, creó una situación en la cual no era el perspicaz Sócrates quien comprendía bien a dónde quería llegar Zenón, sino que era el mismo Zenón quien daba la supuesta clave de lectura. ¡Agregamos que hasta ahora a nadie se le vino a la mente acercar a Sócrates y a Zenón! Se propone semejante acercamiento solo ahora, en pleno tercer milenio.
Pasemos a Parménides. Su poema se hizo notar muy pronto. De esto hay rastros en el poema de Empédocles, que fue escrito no muchos años después. Pero Empédocles fue un animador, un personaje interesado en crear el mito de sí mismo, para lo cual retomó algunas enseñanzas sobre el ser y, sobre todo, sobre los organismos vivientes, pero sin demasiado empeño y sin nombrar a Parménides. También las enseñanzas de Anaxágoras y de Demócrito presentan algún rastro del poema de Parménides, pero quienes fueron profundamente influenciados por este no fueron ellos, sino Meliso de Samos.
4.2. Meliso, toda una historia para contar
Meliso es semi-desconocido, es una suerte de Carnéades[1] que fue marcado a fuego por Aristóteles cuando este dijo de sobre aquel que era agroikóteros, una especie de vulgar campesino. La rudeza con la cual este liquidó también a Zenón pasó inadvertida y, por lo demás, difícilmente habría podido lesionar el perfil intelectual de un personaje tan superlativo. En cambio, el juicio sobre Meliso fue sistemáticamente retomado y dado sustancialmente por válido, incluso en el siglo XX.
El hecho nuevo, y de primer orden, que le compete es el asombroso equívoco –casi un cambio de identidad– que estamos descubriendo ahora, en pleno siglo XXI. Parece de no creer, pero es justamente así. Meliso no fue el parmenídeo ortodoxo que no tenía el ingenio de su maestro, sino que fue, más bien, otro. En efecto, mientras que Parménides no se ocupó solo del ser y del no-ser, sino que puso, como hemos visto, energías no menores en construir un saber variado y articulado en muchos ámbitos, Meliso fue el primero en tomar en consideración únicamente el tratamiento del ser y el modo en el que Parménides había desarrollado esta doctrina, desinteresándose completamente de todo lo demás, pero estudiando el tema del ser a fondo y repensando aquella enseñanza con una amplia autonomía intelectual.
La elección de “ver” solo una enseñanza entre las muchas impartidas por el maestro de Elea es inconfundible cuando hablamos de un Meliso literalmente impactado por el estudio del ser. Lo confirma el hecho de que no solo para Parménides, sino también para intelectuales que Meliso habría podido conocer en persona, como Empédocles, Anaxágoras y Demócrito, fue normal cultivar un saber de amplio o amplísimo espectro, mientras que él afrontó un solo tópico, abstracto y circunscripto: el ser. Por otra parte, Meliso, dio a su libro un título original, Sobre la naturaleza o sobre el ser. Esta elección es segura y no puede ser casual: es segura porque el título está referido en dos ocasiones por Simplicio –y este no era del tipo que inventa un título así de singular–; no es casual porque refleja con precisión quirúrgica el contenido. En aquel libro sobre la naturaleza se hablaba del mundo físico solo de pasada, mientras que estamos virtualmente seguros de que acerca del ser Meliso habló de principio a fin.
Ahora bien, él escribió un nuevo libro sobre el ser, pero lo hizo (A) por lo que sabemos, sin jamás mencionar a Parménides y mencionando solo pocas veces el ser, cuestión que sorprende un poco; (B) tratando sobre el ser en prosa, por lo tanto, haciéndose cargo de idear, partiendo de cero, un modo apropiado de desarrollar estos pensamientos, usando un lenguaje y de una modalidad de comunicación que, para la época, no se encontraban de ningún modo disponibles; (C) dedicando al tema no setenta y cinco o cien hexámetros –es decir, menos de diez columnas de papiro, dos o tres de nuestras páginas de texto, quizás apenas el diez por ciento del total del poema–, sino un libro entero, señal de que él había reflexionado mucho sobre el tema y tenía mucho más para decir.
En estas condiciones cambia todo: no hablamos más de un Carnéades olvidado o digno de olvido sino, al contrario, de un personaje que tiene la apariencia de haber tenido un rol mucho más importante que aquel que comúnmente se le reconoce. Intento explicarme mejor porque la cosa no es fácil. Parménides se ocupó a fondo de muchas cuestiones diversas, construyó un saber estructurado y, en muchos casos, creíble en ámbitos muy distintos (por ejemplo, la intersexualidad, las antípodas y la existencia de las estrellas no visibles a simple vista), ocupándose, también del ser y exponiendo este tratamiento con claridad. Pero tal vez, muy poco habría sucedido, con respecto al ser parmenídeo, si a una distancia de unos veinte años no hubiera salido el libro de Meliso, que ignoraba todo lo demás, mientras que le dedicaba al tema del ser un tratamiento bastante amplio, notablemente más orgánico y, sobre todo, mucho más claro y mucho más fácil de comprender (comparado con los densísimos versos de Parménides). Él no hizo solo una obra de divulgación, sino que rápidamente fue normal pensar que el libro de Meliso constituía –como en efecto constituye– la mejor introducción al tema.
Después de esto, entró ruidosamente en acción el “ciclón Gorgias”, que aprovechó la ocasión constituida por aquel libro para construir una suerte de elaborada parodia. Estamos, en efecto, informados ampliamente, aunque sea en modo indirecto, sobre un escrito suyo que ya en el título tiene el sabor de la parodia, y de la parodia de Meliso: Perì toû mè óntos è perì phýseos, (Sobre el no-ser o sobre la naturaleza). Por otra parte, es suficiente echar una mirada a los contenidos para tener la más neta confirmación de todo esto: si Meliso intentó construir una ciencia del ser-uno, Gorgias intentó demostrar que no existe ni siquiera el ser, y lo hizo muy bien. Si Meliso se esforzó para construir ladrillo a ladrillo un edificio teórico, Gorgias se divirtió desmontándolo, pero sin tomar a Meliso, o a sí mismo, demasiado en serio. En efecto, él llega incluso a sostener y transmitir en modo convincente que ninguna comunicación puede tener éxito y con esto se contradice, ya que él está logrando comunicar que no hay comunicación posible. Detrás de estas acrobacias de Gorgias, quien demuestra haber estado fuertemente impresionado por el libro de Meliso, se intuye el rastro del segundo maestro de Elea, Zenón.[2]
Se presume que Platón, a su vez, descubrió primero el libro de Gorgias y quedó impresionado, que luego se remontó al libro de Meliso y que finalmente, llegó a la sección del poema parmenídeo dedicada al tema en cuestión. Cuando en Parménides él intentó proponer la reflexión sobre el ser-uno, manifiestamente tuvo presente, sobre todo, a Meliso.
Por consiguiente, Meliso tuvo un rol insospechado en el nacimiento del saber concerniente al ser y, como consecuencia, de la ontología. Curiosamente, estamos redescubriendo su rol recién ahora.
4.3. En conclusión
El primer punto que pondría en evidencia es que este librito no propone la típica imagen de Parménides y de Zenón porque hace referencia a investigaciones recientes (o muy recientes) y presenta dos personalidades completamente distintas del modo en que son usualmente representadas. Probablemente se vea que son dos personajes mucho más vitales e interesantes que aquello que se habría podido pensar.
Con ellos, se jugó, en Elea, un gran partido, en realidad, más de uno. Uno de estos partidos se jugó por el lado de la comunicación y de la provocación intelectual; y es tiempo de agregar que, en nuestros días, la provocación intelectual se convirtió incluso en moda, tanto es así que los artistas, los músicos, los animadores saben que tienen que sorprender y desconcertar un poco, si no quieren correr el riesgo de pasar inadvertidos. ¿Pero quién dio el puntapié inicial y cuándo? Hay pocas dudas: lo dio Zenón en Elea, cerca del 450 a.C.
Por su parte, Parménides jugó en muchas canchas y puso en marcha muchos partidos. La referencia a la intersexualidad fue suspendida después de la salida de su libro, para ser retomada en la segunda mitad del siglo XX, después de una suspensión que duró unos largos 2.500 años. También el partido relativo a las estrellas no visibles sufrió una larga suspensión, pero hasta los tiempos de Galileo, después de lo cual la cuestión no se detuvo nunca más y ahora se habla ya no de estrellas, sino de un gran número de galaxias, cada una de las cuales está constituida, según nos aseguran, por muchos millones de estrellas. Incluso la idea de una tierra esférica y del hemisferio desconocido se vio privada de desarrollos sustanciales hasta la época de los grandes descubrimientos geográficos. En cambio, la “tarjeta” del ser encontró inmediatamente coprotagonistas, Meliso, Gorgias, Platón, Aristóteles y otros contemporáneos, para después conocer desarrollos importantes en distintas épocas, por ejemplo, con la constitución de un sector de la filosofía denominado “ontología” (eran los tiempos de Galileo) y después con los desarrollos que afectaron al siglo XX y que hasta ahora comprometen a grandes grupos de filósofos.
Como ven, desde Elea partió una estela multiforme, que tampoco se limita a las cuatro o cinco indicaciones ofrecidas y que tiene una característica: los caminos indicados tienen iniciadores bien identificados, a una distancia de milenios todavía están abiertos, son todavía vitales y todos tienen un futuro. ¿No es fantástico? ¡Una cosa de así no ocurre casi nunca!
- Yo soy italiano y para un italiano es bastante normal saber que un personaje de los Promessi Sposi de Manzoni, Don Abbondio, se encuentra con el nombre de este Carnéades y se pregunta: “Carneade, chi era costui?” (¿quién fue el?). Su pregunta devino proverbial.↵
- Hay indicios para pensar que en el libro de Gorgias se menciona el nombre de Zenón. Pero lo que nos habla de un Gorgias como un lector atento y creativo de Zenón es el gusto tan pronunciado por la provocación intelectual, por los juegos mentales.↵






