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Nota sobre lenguaje inclusivo

Uno de los rasgos más distintivos de la época actual es, sin duda alguna, la irrupción del movimiento feminista como actor político de relevancia a escala global. Si bien hay muchas maneras de entender el feminismo (cf. Amorós, 2004 y De Miguel Álvarez, 2005), un elemento común es el desocultamiento de las relaciones de poder subyacentes en el paradigma patriarcal. El feminismo nos pone en situación filosófica, en la medida que implica una revisión cuestionadora de muchos esquemas de pensamiento, percepción y acción en varias esferas de nuestras vidas.

Una de ellas tiene que ver con el lenguaje. ¿Cómo nombrar a alguien? ¿Qué relaciones de poder subyacen al neutro plural? ¿Qué consecuencias tiene utilizar “hombre” para referirse a todos los seres humanos? Estas son solo algunas preguntas que plantea el feminismo en relación a la utilización del lenguaje, y algunas de las preguntas a las que nos enfrentamos al momento de escribir este libro. ¿Cómo nombrar? ¿Cómo nombrarnos?

Y así como hay muchos feminismos, también hay varias maneras de “resolver” la cuestión de la exclusión en el lenguaje. Tomemos como ejemplo “los niños”.

Una manera de no restringir únicamente a los varones cuando queremos hacer mención a todo un grupo, es transformar esta estructura en “los/as niños/as” o “los y las niños y niñas”. Más allá de las cuestiones que genera en contra de la economía del lenguaje, este modo ha sido cuestionado por considerarse que refuerza una lógica binaria desconociendo subjetividades que se autoperciben por fuera de ese binarismo.

Otros modos están relacionadas con utilizar elementos no binarios como la “e” y la “x”. En el caso de “les niñes” no encontramos con una estructura más amigable tanto para leer y como para pronunciar que “lxs niñxs”. No obstante, ha recibido críticas en tanto se refiere a un tercer género y no refleja a quienes se autoperciben si un género definido. Como podrá apreciarse potencialidades y dificultades para las distintas posibilidades no escasean.

En este contexto, en este libro hemos optado por la utilización de la “x” sin desconocer la dificultades que trae para la lectura y para la oralidad. En la misma línea que la escritora Gabriel Cabezon Cámara vemos en esto una ventaja: “lo disruptivo, lo que incomoda, es justamente lo que atrae las miradas sobre el problema de género que ese uso de la lengua busca denunciar, es la huella de una pelea, la marca de una puesta en cuestión.”[1]

Aunque parezca paradójico, la principal razón es esa. La utilización de la “x” permitirá, mediante esa dificultad, visibilizar un problema que aún no está zanjado y que es necesario que siga siendo pensado. La “x” en nuestro imaginario simbólico representa lo desconocido, la incógnita, y en ese sentido con cada “x” buscamos que quien lee recuerde que allí hay una cuestión para pensar, una decisión para tomar, y no una decisión tomada. En esa elección quienes lean habrá optado, no sólo una manera de entender de esa “x” sino también, como diría Sartre, una manera de entender y proyectar el mundo que habitamos.

 

Amorós, C. (1994). Historia de la teoría feminista. Instituto de Investigaciones Feministas de la Universidad Complutense de Madrid. Consultado el 12/04/2020 de https://bit.ly/2VKdCU2

De Miguel Álvarez, Ana. (2005). Miradas desde la perspectiva de género: Estudios de las mujeres. Narcea. Consultado el 12/04/2020 de https://bit.ly/3bMq4bF

Inverga, Victoria (2020). “La corrupción del lenguaje”. Consultado el 12/04/2020 de https://bit.ly/2WMbMmm


  1. Consultado el 12/04/2020 en https://bit.ly/3eYCAqs


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