Pestilencias ha procurado abordar las pestes desde el espejo deformante de ensayistas, poetas y escritoras nuestroamericanas. Trabajo colectivo cuya orientación reside en las perspectivas, categorías y tópicos de una hermenéutica neobarroca en construcción, no se ha detenido en datos ni estadísticas; no han sido la abstracción de los números ni las políticas sanitarias dispuestas para la erradicación de la enfermedad las que lo han inspirado. Se ha centrado, en cambio, en diferentes narrativas que, a través de una letra esquiva a la linealidad, proclive a la polifonía y el contrapunteado (que no “refleja” sino que deforma, refracta, pliega), nos muestra otros modos de transitar las enfermedades que afectan el cuerpo del demos. No ha faltado tampoco la crónica personal, ni la referencia a la literatura europea que ha tratado del tema, o a los ensayos o exabruptos recientes (Byung-Chul Han, Agamben, Žižek). Pero lo que nos importa, a partir de estas experiencias literarias con arraigo en nuestra tierra, es la chance de pensar otras salidas posibles, desenlaces diversos a los previstos por el paradigma higienista dominante.
En ese sentido consideramos que la pandemia no es el episodio contemporáneo de la lucha contra un virus invisible en una metáfora bélica. Es una impronta fuerte en el origen de Abya Yala[1]. El genocidio del siglo XVI estuvo ligado con las pestes traídas, a veces intencionalmente, por conquistadores españoles, portugueses, ingleses y holandeses. No es un hito contemporáneo: es la marca en el nacimiento de América.
Leer ese pliegue en nuestra historia es el modo de salir de una pandemia mediática y contable en manos del higienismo mundial para comprenderla como un acontecimiento que requiere de otras formas de subjetivación, otros vínculos con la tierra, otros modos de relación política. Leer el coronavirus en la serie de las pestes y de sus usos en estas tierras, historiza y vuelve conflicto una pandemia que es necesario atravesar sin medicalizarla.
Y si tras recorrer esos hitos notamos que resulta imperioso conectar este evento singular con la serie histórica marcada por un enfoque instrumental de la vida y la muerte (de la salud y de la enfermedad), importa asimismo considerar cómo esas diversas calamidades que preceden a la que hoy nos asola, han sido narradas; las crónicas que sirvieron para describirlas; las perspectivas que sirvieron para enfocarlas; el ojo que supo encuadrarlas; los afectos que se vieron involucrados; las medicinas que amortiguaron sus efectos; las palabras que se eligieron para hablar de ellas, para evitarlas, para conjurarlas; los rodeos y perífrasis a los que hubo que recurrir para no nombrarlas directamente. Los silencios en los que encallaron verbos e inflexiones cuando ya no pudieron prestar ni sentido ni consuelo.
Hemos atravesado esas narrativas, o vuelto sobre ellas. Capítulos completos que en otro momento nada nos significaron, esta vez adquirieron relieve: ahí están, para el caso, El reino de este mundo, de Alejo Carpentier; Gran Sertón: veredas, de João Guimarães Rosa; Pájaros de la playa, de Severo Sarduy; Loco afán, de Pedro Lemebel; El día que no fue, de Sandra Lorenzano; Prosa Plebeya, de Néstor Perlongher. Por ellos, y gracias a ellos, azotes pasados se hicieron carne, se volvieron imagen y se convirtieron en voz pasible de ser escuchada. Por primera vez, esos relatos podían ser algo más que descripciones fortuitas o apenas un hiato en el curso de lo necesario.
Nos descubrimos América en el modo en que esos gérmenes exógenos actuaron sobre una tierra hambreada y devastada. Pudimos encontrar las palabras para hablar de esta desertificación de lo existente. Por algunas de esas narrativas, que hemos dado en llamar “neobarrocas” —en las que Néstor Perlongher nos alcanza el barro(so) de estas latitudes— encontramos también que la reacción contra la peste es la estrategia del carnaval como cura literal de los cuerpos.
En medio del desierto, Mansilla se pregunta cómo sobrellevar el aislamiento. Qué hacer cuando no nos queda “otro remedio” que quedarnos en nuestro sitio. La respuesta es simple: hay que torcer el cuerpo e invertir la perspectiva (¿hay algo en esta intemperie vacía e ilimitada que nos lo impida?). Ver qué otros planos o contrastes nos devuelve la desertificación de nuestra propia existencia. Quizá sólo se trate de mirarla al revés, ya que nunca nada es de un solo color. “Sin contrastes, hay existencia, no hay vida. Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de perspectiva física y moral”, nos dice. Y le cuenta al amigo, de nombre Santiago, que cuando estaba en Paraguay y se cansaba de contemplar “todos los días la misma cosa; las mismas trincheras paraguayas, los mismos bosques, los mismos esteros, los mismos centinelas”, se subía al merlón de la batería, le daba la espalda al enemigo, se abría de piernas, formaba una curva con el cuerpo y mirando al frente por entre aquéllas, se quedaba un instante contemplando los objetos al revés. “Es un efecto curioso para la visual, y un recurso al que te aconsejo recurras cuando te fastidies, o te canses de la igualdad de la vida (…)” (Mansilla 1984: 51).
También sucede que es la danza macabra de nuestros propios fantasmas la que nos enfrenta a terrores y abismos nunca antes experimentados. La pandemia nos descubre esos miedos, les abre la puerta a los espectros. Vivencias de desolación se entreveran con oscuras presencias. ¿Cómo conjurarlas? De ahí el recurso al sarcasmo, a la ironía, a la burla sutil.
¿Y si con el retorno de los fantasmas (o con las convivencias forzadas, o con las lejanías irreversibles) descubrimos además que eso que llamamos “amor” puede trocarse en peste perniciosa: enfermedad, exilio, miedo, confinamiento?
Sin embargo, de su faz luciferina podría emerger también otra posibilidad, un respiro: un contagio de potencialidades colectivas en medio de fraternidades que sólo son posibles con aquellos amores que sanan. De esos que nos hacen tener proyectos, hacer comunidad. Y si ese amor que viene de la salud se articula con palabras e imágenes con sentido, que nos cura de esos odios que irremediablemente llevan a la enfermedad porque dividen o paralizan el cuerpo del demos, esas palabras serán nuestra medicina en tiempos de indigencia. Serán voces plenas contra discurso vacío, contra esas cifras abstractas que ya no nos conmueven. Ellas serán nuestra inmunidad, el alimento convidante de nuestro sempiterno banquete barroco.
- Abya Yala es el nombre dado por el pueblo guna (de la nación Guna Yala, del actual Panamá) antes del arribo de Cristóbal Colón al continente americano; significa “tierra en plena madurez o tierra de sangre vital”.↵









