Antes de adentrarnos en nuestro análisis específico, conviene dejar en claro algunas cuestiones técnicas e históricas de la industria petroquímica en general. La misma puede definirse como “una rama de la gran industria química que utiliza como materias primas productos derivados del petróleo o del gas natural”, a los que reclama insumos esenciales para la obtención de una extensa gama de subproductos (Guglielmo, 1960: 5).
Principales características técnicas y organizacionales
El petróleo es una mezcla homogénea de compuestos orgánicos líquidos insolubles en agua, que contiene en disolución hidrocarburos sólidos y gaseosos. La industria automotriz estimuló, avanzando el siglo XX, la búsqueda por obtener mayores proporciones de naftas y de mejor calidad (esto es, de mayor graduación octánica) mediante la refinación del crudo.[1] Los gases producidos al mismo tiempo que los vapores de nafta –metano, etano, etileno, propano, propileno, butano, butileno, entre los principales– proveen las materias primas básicas para ulteriores transformaciones químicas.
Uno de los métodos más extendidos es el de “destilación atmosférica” (o de “topping”), por el que se extraen los componentes del crudo sin alterar la estructura de sus moléculas: dados los distintos rangos de ebullición de los subproductos del petróleo (Tabla 2), mediante su vaporización y posterior condensación se obtienen los distintos cortes dentro de la llamada “columna de destilación”. De acuerdo a su peso específico, en ella se ubican (de arriba hacia abajo) primero los gases, luego las naftas, el querosene y el gasoil y por último, el crudo reducido (o residuo atmosférico).
Tabla 2: Rango de ebullición de las fracciones del petróleo crudo.
Fracción | Rango (en grados centígrados) | |
Mínimo | Máximo | |
Nafta liviana | –1 | 150 |
Gasolina | –1 | 180 |
Nafta pesada | 150 | 205 |
Querosene | 205 | 260 |
Gasoil liviano | 260 | 315 |
Gasoil pesado | 315 | 425 |
Lubricante | >400 | >750 |
Gasoil atmosférico | 425–460 | 800–1100 |
Crudo reducido | >510 | >950 |
Fuente: Elaboración propia en base a Speight (2005).
El gas natural es también una mezcla de hidrocarburos, pero en él predominan los hidrocarburos saturados gaseosos, especialmente metano (Guglielmo, 1960). En adición, el gas resultante de los procesos de craqueo (“cracking”) y reformación (“reforming”) de petróleo permiten obtener gases residuales y gas licuado de petróleo (LPG) que también encuentran aplicación en la petroquímica (Grioni, 1968).
Tabla 3: Principales productos hidrocarburíferos y petroquímicos
Industria petrolera | Petroquímica | ||
Productos naturales | Derivados | Materias primas | Petroquímicos básicos |
Petróleo | Combustibles (líquidos y gaseosos) | Gas natural | Hidrógeno |
Gas natural | Solventes | Gas de refinería | Amoníaco |
Lubricantes | Gas licuado de petróleo (LPG) | Anhídrido carbónico | |
Parafinas | Naftas | Etileno | |
Asfaltos | Kerosene | Butilenos | |
Coque | Parafinas | Butadieno | |
Otras materias primas | Residuos de refinación | Propileno | |
Otros | Acetileno | ||
Metanol | |||
Benceno | |||
Tolueno | |||
Xilenos | |||
Naftalenos | |||
Olefinas | |||
Ácidos naftánicos | |||
Negro de humo | |||
Sulfuro de carbono | |||
Otros | |||
Fuente: Elaboración propia en base a CEPAL (1966).
De un amplio abanico de métodos de refinación del petróleo, el más difundido es el craqueo –que puede ser térmico, catalítico o al vapor–, que superó a la destilación como proceso por el cual se quiebran las moléculas pesadas del crudo para separar sus componentes más simples (líquidos, sólidos o gaseosos).[2] Los mismos se reagrupan luego para obtener los compuestos secundarios deseados (que pueden ser vueltos a procesar). Así, se logra producir desde residuos pesados hasta fracciones de gases que son muy valiosos para ser utilizados en combustiones y son demandados, en cambio, por la industria petroquímica para su posterior transformación (Berti, 1963).[3]
Desde el punto de vista productivo, existen tres grandes cadenas petroquímicas: amoníaco/metanol, olefinas y aromáticos; las dos primeras tienen el gas como insumo básico y la última, nafta virgen.[4] Con relación al gas natural, al tratarse de una materia prima bruta, el desarrollo de la petroquímica se encontraba asociado a las características geológicas de cada país, en función de sus reservas. De modo que las plantas solían ubicarse cerca de los yacimientos o sobre el recorrido de los principales gasoductos. La capacidad de obtener el gas estaba solamente limitada por su demanda para otros usos y por el nivel de producción de los yacimientos, siendo por ello el desarrollo de estas cadenas más fácil (al no necesitarse inversiones intermedias para obtener la materia prima).
Por el contrario, la posibilidad de desarrollo de aromáticos se encontraba esencialmente circunscripta a la refinación, donde la prioridad no solía ser el abastecimiento petroquímico sino la obtención de combustibles y lubricantes.[5] Así, sus instalaciones debían erigirse cerca de las refinerías y dependía directamente de ellas la amplitud de la oferta de insumos con que pudieran contar (Instituto Venezolano de Petroquímica, 1964). En este caso, la disponibilidad de materias primas estaba asociada a cuestiones técnicas y económicas; fundamentalmente a la demanda de carburantes y las posibilidades de provisión de insumos, estando incluso ubicadas las mayores refinerías en lejanía de los principales países productores de crudo, como en el Norte de Estados Unidos, sur de Canadá, Europa Occidental y Japón (Guglielmo, 1960).[6]
Las principales materias primas petroquímicas ya habían sido descubiertas en el siglo XIX gracias a la “coquización”: método por el cual se fabrican químicamente las materias primas derivadas del carbono (los llamados “carboquímicos”). Con el coqueo se obtienen los gases que permitirán posteriormente la separación de amoníaco, metanol, etileno y otros insumos químicos.[7] A su vez, los aceites livianos que se obtienen del proceso son fuente de derivados aromáticos: benceno, tolueno y xilenos (grupo de elementos que se conoce como BTX, ya que se suelen obtener conjuntamente).
Pero la coquización tiene como desventaja el que “raras veces puede ser considerada como un proceso independiente, en cuanto comúnmente es realizada por alguna industria que emplea el carbono como fuente de energía” (Berti, 1963: 72). Originalmente la carbonización de la hulla tenía como objetivo obtener gas para las ciudades, luego pasó a ser más relevante la obtención de coque siderúrgico para los altos hornos de las acerías, quedando en este caso asociada la provisión de materias primas químicas (sobre todo el alquitrán y el gas obtenido en la carbonización de la hulla) a la evolución del sector siderúrgico (Guglielmo, 1963).
Además, los productos obtenidos por coqueo alcanzan niveles de pureza menores a los materiales de síntesis elaborados por vía petroquímica y finalmente, la obtención de insumos mediante la carbonización de la hulla es más lenta y trabajosa (lo que resultó un factor de suma importancia en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, cuando –como veremos– el sector abandonó el lugar más bien marginal que había ocupado hasta entonces dentro de la química orgánica estadounidense). De modo que los hidrocarburos son mayormente utilizados por la petroquímica como insumos para obtener sus denominados productos “básicos” (respectivamente: metano, etileno y BTX), que son transformados mediante diferentes técnicas o combinaciones entre sí para conseguir los productos “intermedios”, que luego son re–elaborados en función de su demanda fuera del sector, como productos “finales”.
Si bien gran parte de los productos petroquímicos encuentran usos para el consumidor final (como los alcoholes, el benceno, los diluyentes, etcétera), en su enorme mayoría tienen como usuarios a otras industrias. Ellas son las encargadas de obtener infinidad de productos “finales”, que se destinan por ejemplo a agroindustria, textiles, automotriz, metalurgia, celulosa y papel, construcción, química y farmacéutica, detergentes y cosméticos, envases y embalajes, industria eléctrica y electrónica, como del petróleo y el plástico, entre muchos otros.[8]
Al salir de las fábricas, los productos petroquímicos se presentan generalmente en estado líquido, aunque para facilitar su transporte, almacenamiento o uso también se suelen licuar para obtenerlos como gases.[9] En más de un caso, distintos sectores reclaman insumos petroquímicos comunes. Por caso, una poliolefina puede utilizarse en la obtención de plásticos como de fibras sintéticas; un elastómero sintético puede aplicarse a la fabricación de adhesivos o de caucho; la urea es requerida como abono agrícola pero también en la industria plástica (como monómero de resinas) y de detergentes sintéticos. Este hecho, permite en parte compensar la inflexibilidad en los procesos y niveles mínimos de uso de la capacidad instalada de la petroquímica, con una variada demanda para la mayoría de sus productos.
En relación con la cuestión temporal (por el momento en que apareció), la petroquímica es desde su nacimiento una “gran industria”, dado que su desarrollo histórico no pasó por una fase “artesanal” del modo de producción. Al desplegarse la subsunción real y formal del trabajo por el capital (génesis del sistema industrial moderno) la petroquímica aún no existía. Al contrario, la obtención de grandes economías de escala y una ineludible tendencia a la fuerte integración son características prácticamente constitutivas del sector (Grioni, 1968).
En el mundo desarrollado desde sus comienzos la petroquímica se estableció en enormes y costosos establecimientos, con instalaciones especializadas y sin usos alternativos (Müller y Petelski, 2009). Ello se explica por sus características: es una industria intensiva en capital –donde se verifican elevadas relaciones capital–producto y capital–trabajo–,[10] con procesos de producción continuos (o “de flujo”) y por lo general, baja diferenciación a nivel producto. Fuera de los países industrializados, el hecho de tener que “nacer gigantes” implicaba una traba casi insalvable para las empresas químicas o petroleras: los montos de las inversiones necesarias y capacidad financiera, tecnología y escalas mínimas de producción eficiente (por encima de la capacidad de absorción del mercado) instituían requerimientos extraordinariamente onerosos para la implantación de una moderna industria petroquímica latinoamericana, por ejemplo.[11] Por ello, en la región los Estados buscaban definir y planificar el desenvolvimiento del sector (CEPAL, 1966).
Por otra parte, por la configuración descripta, la integración técnica suele ser la regla antes que la excepción. Aparecen importantes barreras a la entrada, que suelen conformar una estructura oligopólica del sector dada la intensidad del capital, la presencia de rendimientos crecientes a escala, la producción continua y automatizada en plantas que tienen que operar cerca del tope de su capacidad instalada para ser rentables y con marcada tendencia a la integración vertical en el desarrollo de procesos y productos. Los incentivos en pos de una alta integración técnica en la industria petroquímica se verifican en sentido vertical: economías de escala y aglomeración, presencia de coproductos en los procesos más usuales, importantes costos y riesgos de transporte en productos e insumos, altos costos de transacción, posibilidad de fijar precios de transferencia y aparición de distorsiones en los mercados “aguas arriba”. Pero también en dirección horizontal; especialmente por economías de escala en las actividades de investigación y desarrollo, comercialización, administración y financiamiento del sector (Chudnovsky y López, 1995).
La marcada especificidad de los activos invertidos y los enormes montos de capital que deben inmovilizarse para erigir plantas que rápidamente deben amortizarse (por la rapidez con que se desgastan o con que llegan a la obsolescencia), los elevados montos de inversión de investigación y desarrollo; el uso conjunto de insumos comunes para procesos diferentes y los enormes costos y riesgos en el transporte asociados a los mismos, entre otras cuestiones, motivan que la estructura productiva y financiera del sector sea particularmente concentrada (CEPAL, 1966). Esas particularidades motivan que la ampliación de la capacidad instalada se produzca modularmente y que su proyección se realice en estricta relación con la evolución (esperada) de su demanda.[12] En concreto, “los complejos Petroquímicos se planean y justifican por la capacidad adquisitiva del mercado y, por tal motivo, las únicas operaciones económicas y eficientes pueden funcionar en base a una alta Productividad” (Berti, 1963: 13).
Ahora bien, por otra parte debe mencionarse que es en los insumos básicos donde el peso del volumen de producción, las economías de escala, el monto del capital invertido y el peso de los fletes tienen una incidencia mayor sobre la competitividad de la industria, mientras que a medida que se avanza en la obtención de mercancías más especializadas (las que se conocen técnicamente como “fine chemicals” y “specialties”) ganan preponderancia el manejo de las patentes y el know–how, la diferenciación de mercados, los mecanismos de venta y distribución como de publicidad, la generación de un alto valor agregado por unidad, el desarrollo técnico, la I+D (Investigación y Desarrollo) y la mayor rotación del capital invertido son algunos de los principales elementos de gestión tecnológica y comercial que rigen la maximización de la productividad.[13]
Como la producción no admite modulaciones en sus flujos y las plantas deben funcionar cerca del máximo de la capacidad instalada, la evolución de la industria se halla atada a movimientos cíclicos de los precios que se desprenden por un lado de los costos de las materias primas y las diferencias entre una oferta inelástica (cuya capacidad crece “a saltos”) y una demanda fluctuante (asociada estrechamente a la evolución de la actividad económica).[14] Por eso tempranamente el mercado externo aparecía como una “válvula escapatoria”, ante la posible baja de los mercados locales o como medio de acaparar ingresos adicionales (Berti, 1963).
Ello –claro está– demandaba importantes esfuerzos para obtener plantas eficientes y flexibles, que pudieran trabajar a precios competitivos en el nivel internacional. La planificación de una estrategia global daría a su vez, mayor adaptabilidad a las grandes firmas productoras. Los mismos sectores empresarios manifestaban cómo les resultaba más sencillo vender en un determinado mercado cuando se tenía una oficina de comercialización o una planta operando. Además, al permitirles importar y exportar a lo largo de toda la cadena para equilibrar la producción de sus grandes plantas instaladas, esa estrategia les servía para amortiguar los efectos de los vaivenes económicos en los distintos países en que actuaban (Doan, 1967).
Esta circunstancia es relevante para comprender asimismo el lugar que ocupó en todos los casos la regulación estatal del sector.[15] Más en concreto, el papel jugado por el Estado en la planificación de la actividad petroquímica fue similar en todos los países que impulsaron su desarrollo (tanto en el mundo desarrollado como en la periferia). Se aplicaron los mismos instrumentos, variando el énfasis en su empleo. En definitiva, se pueden reducir a cinco los mecanismos de fomento centrales aplicados en los países latinoamericanos (Chudnovsky, López y Porta, 1993: 27–28):
- Dirección estatal estratégica del sector (regulación de la oferta de insumos hidrocarburíferos y la incorporación de tecnología, etc.).
- Fijación de las condiciones del mercado (tanto en lo referido a precios como a cantidades).
- Imposición de medidas de protección arancelaria y para–arancelaria.
- Otorgamiento de subsidios y beneficios impositivos y crediticios para la favorecer la inversión.
- Creación e intervención de empresas públicas, fundamentalmente –pero no exclusivamente– “aguas arriba” de la cadena (en la producción de insumos y petroquímicos “básicos”).
Una breve historia de la petroquímica
La petroquímica nació a principios de los años veinte del siglo pasado, asociando los avances de la industria química con los de la petrolera, al demandar derivados del petróleo y el gas natural para obtener nuevos subproductos (diferentes de los combustibles, lubricantes, ceras u otros subproductos petroleros). Las mejoras introducidas en el proceso de refinación proporcionaron las materias primas necesarias para su despegue, en abundancia y a bajo costo. (Speight, 2005). La supremacía inicial de Estados Unidos (frente a Europa y Japón) en el desarrollo de métodos de destilación probablemente pueda explicarse con referencia a sus mayores requerimientos de naftas por unidad de crudo (Grioni, 1968).
La primera petroquímica con capacidad comercial surgió en los Estados Unidos en 1920, al instalar la Standard Oil una planta en South Charleston (Virginia Occidental) para obtener isopropanol por hidratación del propileno (Guglielmo, 1960). Previamente sólo se obtenía negro de humo por vía petroquímica. Pero para 1940 –luego de respectivas etapas de experimentación y producción piloto– ya se ensayaba la fabricación petroquímica a escala industrial de etileno, metanol, amoníaco, polietileno, metiletilcetona (desarrollo de la química del butileno), butadieno (primeros intentos por obtener caucho sintético) y caucho butilo. Los esfuerzos estaban sólidamente ligados al despliegue de la industria automotriz, que permitieron llevar la producción en torno a las 600.000 toneladas anuales (explicados en su mayor parte por la producción de negro de humo y de glicol).
En este primer período, que abarca hasta la Segunda Guerra Mundial, la incipiente producción petroquímica se desarrolló exclusivamente en los Estados Unidos. En el continente europeo no se hallaban importantes reservas hidrocarburíferas sino de carbón, cuya química estaba en pleno auge sobre todo en Alemania, que había logrado por vía carboquímica obtener prácticamente todos los productos que producía la petroquímica estadounidense. Así, para finales de los años treinta Alemania y la Unión Soviética producían enormes cantidades de caucho sintético (Guglielmo, 1963).
Como ya dijimos, muchos de los productos que empezaba a ofrecer la petroquímica ya eran conocidos desde antes, pero no se obtenían como derivados del petróleo. Por ejemplo los dos insumos básicos más utilizados, benceno y etileno, se obtenían –respectivamente– de la destilación en seco de la hulla y de la deshidratación del alcohol etílico.[16] La carboquímica tenía además como ventaja inicial que la mezcla de aromáticos que arrojaba tenía una gran proporción de benceno (Tabla 4), que era el aromático más utilizado, mientras que los métodos de reformación del petróleo arrojaban aromáticos con menores niveles de ese producto.
Tabla 4: Proporciones de producción de BTX por proceso
Producto | Cortes de coquerías | Por reformación |
Benceno | 15 | 1 |
Tolueno | 4 | 2,5–3 |
Xilenos y etilbenceno | 1 | 2–2,25 |
Fuente: Elaboración propia en base a Bourquin (1968).
La conflagración implicó (luego de motivar un brusco y breve descenso al comienzo) un fuerte impulso a la elaboración y obtención de nuevos derivados hidrocarburíferos reclamados por el esfuerzo bélico, tales como naftas especiales, explosivos (tolueno), caucho sintético, nilón, polietileno y solventes. En relación específicamente a los aromáticos, la Segunda Guerra Mundial trajo como principales adelantos el amplio despliegue de la “síntesis Fischer–Tropsch” en Alemania (descubierta en los años veinte), para obtener tolueno desde el petróleo y la extracción de aromáticos a gran escala por reformación en los Estados Unidos (Bourquin, 1968).
Si bien en esta época su fabricación se inició en algunos otros países (concretamente: Canadá, Inglaterra y la Unión Soviética), Estados Unidos alcanzó un nivel de desarrollo muy superior desde sus primeros establecimientos. Sólo entre 1942 y 1945 la producción petroquímica norteamericana pasó de 230 mil toneladas totales a 1,4 millones. El énfasis primordial se ubicó en la fabricación de caucho sintético. Como parte central del arresto estadounidense, el Estado impulsó fuertemente o se hizo cargo de manera directa, de la promoción, construcción y explotación de nuevas plantas, además de asegurar una elevada demanda a las previamente existentes (Instituto Venezolano de Petroquímica, 1964).
Por otra parte, el esfuerzo de guerra, con sus requerimientos para trasladar rápidamente suministros a regiones alejadas de los centros de producción, sentó las bases para el desarrollo de novedosos métodos de transporte, almacenamiento y operación de materiales petroquímicos. Los mismos permitieron alcanzar grandes economías de costos con los movimientos en masa o a granel (frente a los anteriores, realizados en embalajes o tambores) y proporcionó los medios elementales para establecer más tarde un activo comercio internacional (Berti, 1963).
Luego, hasta bien entrada la década del cincuenta, el ritmo de expansión de la producción petroquímica se desaceleró en los Estados Unidos (con relación al vertiginoso incremento del lapso bélico), aunque siguió siendo importante. Todavía en 1952 el benceno (principal aromático, como dijimos) se obtenía exclusivamente del aceite de alquitrán, pero seis años después la producción por vía petroquímica superó definitivamente a la carboquímica (Bourquin, 1968).
Más en general, la creciente demanda de aromáticos (al dejar de emplearse como complemento en combustibles y destinarse en cambio hacia la obtención de químicos y solventes), la insuficiente respuesta de las coquerías y las posibilidades que otorgaban los nuevos procesos de reformación del crudo, motivaron que para 1954 la obtención desde el petróleo superara a la producción carboquímica en Estados Unidos. Para 1965 la carboquímica aportaba solamente el 4% de la producción total de benceno y el 2% de la de xilenos (Bourquin, 1968).[17]
A nivel mundial, se experimentó como impedimento el que la industria siderúrgica (como dijimos, principal proveedor de gases por carbonización de la hulla) creciera a menor intensidad que la petroquímica, además de verse menguada la generación carboquímica de aromáticos, al comenzar a utilizarse novedosas técnicas que demandaban menos carbón por kilo de acero terminado y la inyección de fueloil en reemplazo del agregado de coque en los altos hornos. Por otra parte, el posterior desarrollo de la hidrodesalquilación, que permitió procesar benceno adicional desde los cortes de tolueno, terminó por favorecer la obtención petroquímica de aromáticos, ya que la diferencia de precios implicaba un fuerte incentivo económico para la obtención de benceno.
Por su parte, la petroquímica europea no reaccionó en la inmediata posguerra: a la necesidad de reparación de las refinerías, fuertemente castigadas en la contienda (principal escollo para el desarrollo del sector), se le sumaba el hecho de que los métodos carboquímicos seguían siendo preferidos. A diferencia de lo que sucedía en Estados Unidos, la siderurgia se encontraba (relativamente) más desarrollada que la industria petrolera. Así, las fábricas petroquímicas inglesas que comenzaron a operar a fines de 1949 fueron las primeras del Viejo Continente.
Finalmente, la estabilización y reconstrucción económica y el rearme por la guerra fría favorecieron un despliegue más vigoroso de la industria, surgiendo en Europa el objetivo de equiparar su desarrollo al alcanzado en los Estados Unidos. Por ejemplo, en Inglaterra y Alemania a finales de los años cuarenta los químicos orgánicos derivados de materia primas petroquímicas representaban sólo el 10–15% del total, mientras que para los primeros años de la década del sesenta superaban el 60% (CEPAL, 1966). En general, el sector era de los de más rápido crecimiento: su evolución se encontraba muy asociada al crecimiento de la población y los ingresos. Al crecer el producto total de un país, la evolución de la producción y las importaciones petroquímicas superaban a los promedios verificados en los demás sectores manufactureros (Cavanna, 1968).
En relación a las materias primas, en Estados Unidos y Canadá la mayor demanda de cortes de naftas y la amplia disponibilidad de gas (tanto natural como derivado de la refinación del crudo, o sea, residual y LPG) llevaron a que en general, su sector petroquímico se orientara a demandar ese insumo. Mientras tanto, en Europa la refinación de crudos livianos procedentes de África y el Oriente Medio con alto contenido de naftas y una demanda de combustibles menor a la estadounidense, permitieron la obtención de excedentes de naftas, por lo que en la petroquímica europea (y japonesa) tendió a orientarse hacia la producción de aromáticos (Grioni, 1968).
Dada la supremacía de la petroquímica estadounidense, las cadenas de metanol y olefinas estaban así –a nivel global– relativamente mucho más desarrolladas. Tanto es así que “hasta la década del 50, tanto en EEUU como en Europa los aromáticos obtenidos del carbón eran suficientes para satisfacer la demanda”, aunque ya era ampliamente conocida la disponibilidad potencial de aromáticos puros desde los procesos petroleros (Bourquin, 1968: 2). También jugaron un papel preponderante los adelantos en el transporte (ya mencionados) y la más amplia disponibilidad de acrecentados insumos a escala mundial por la puesta en producción de los campos petroleros de Oriente Medio en la posguerra (Doan, 1967). En definitiva, la mayor competencia y el rápido crecimiento del mercado en esos años desató una “carrera inversa” entre niveles de producción y evolución de los precios petroquímicos, que además de motorizar un fuerte proceso de expansión productiva, impuso un importante acicate de avance tecnológico a la industria (Berti, 1963).
Para 1956 la producción norteamericana totalizaba 11,3 millones de toneladas, mientras que en el conjunto de los países de Europa occidental representaba apenas el 10% de aquella, con 1,2 millones de toneladas. Todavía hacia 1959 Estados Unidos poseía el 90% de la capacidad instalada petroquímica a nivel global, junto con “las materias primas de menor costo, la energía más barata y la tecnología líder en el mundo” (Doan, 1967: 35, trad. propia). Sin embargo en un lustro todo eso cambiaría con el crecimiento de la competencia tecnológica y productiva, sobre todo –pero no exclusivamente– de Europa y Japón. Fuera del mundo desarrollado, aunque con algunas tímidas excepciones (como Brasil o Rumania) el avance de la petroquímica solía circunscribirse a la obtención de abonos nitrogenados, mediante la separación del hidrógeno contenido en el gas natural (Guglielmo, 1960). A mediados de los sesenta, la capacidad productiva de la petroquímica estadounidense había caído a menos de la mitad del total mundial.
No puede soslayarse el impulso central que provino desde la demanda, por el aumento en el consumo de nuevos productos sintéticos (cauchos, jabones, colorantes, plásticos, fibras, etcétera), al avanzar la sustitución de anteriores productos (naturales o de derivados orgánicos) o la directa aparición de nuevos materiales, más eficientes y económicos. La mayor expansión de la demanda por combustibles frente a la del acero en la posguerra, motivó que los adelantos técnicos en la refinación (y por ende, de la petroquímica) superaran ampliamente a los de la química de la carbonización, explicando en parte la supremacía norteamericana en el sector. Por ese entonces, la amplia diversificación de la producción estadounidense permitió que su petroquímica perdiera la estrecha ligazón que la unía a la industria automotriz para pasar a ser demandada por un vasto espectro de sectores consumidores.
Se multiplicaron entonces los grandes complejos integrados; la competencia desatada en el mercado llevó a una pugna entre grandes petroleras y empresas químicas, que condujo en definitiva a una marcada tendencia hacia la integración vertical del sector. Como se puede ver en la Tabla 5 más abajo, el mayor avance en la cadena petroquímica implicaba obtener productos de creciente valorización. Por caso, en 1967 el benceno estadounidense tenía un valor medio de 5,7 veces su materia prima, mientras que el precio del fenol o el dodecilbenceno (dos de sus derivados), representaban algo más de 17 veces el costo de su insumo (Grioni, 1968).
Tabla 5: Rango de precios estimativos de productos e insumos petroquímicos en Estados Unidos (año 1967)
Producto | Precio (centavos de dolar por libra) | |
Mínimo | Máximo | |
Materias Primas | 0,5 | 1,3 |
Petroquímicos Básicos | 1 | 10 |
Petroquímicos Intermedios | 3,5 | 30 |
Petroquímicos Finales | 6 | 500 |
Fuente: Elaboración propia en base a datos de Grioni (1968).
Así, las refinerías emplazaron plantas petroquímicas comunicadas con sus instalaciones, ampliando su campo de operaciones en un mercado en gran expansión y que permite una mayor valorización de sus mercancías; mientras que la industria química, con creciente demanda de subproductos hidrocarburíferos, avanzó progresivamente en la obtención de sus propios insumos por medio del craqueo (Berti, 1963). También fue una práctica usual la firma de convenios entre varias firmas petroquímicas, por el que mediando la instalación de una refinería, se conformaron grandes complejos petroquímicos (Guglielmo, 1960).
A los precursores esfuerzos de Inglaterra por desarrollar la industria en Europa, se les sumaron los de Francia, los Países Bajos, Italia y Alemania. A pesar de ellos, a mediados de los sesenta Estados Unidos mantenía su predominio, especialmente visible en relación a los niveles de producción.[18] Sin embargo, el más tardío desarrollo de la petroquímica europea permitió que comenzara su producción con los últimos adelantos técnicos, muy diversificada y ubicándose rápidamente en ramas con que en más de un caso –y sobre todo en lo tocante a adelantos tecnológicos– incluso aventajaban a las norteamericanas (Instituto Venezolano de Petroquímica, 1964).[19] Además, como en la posguerra siguieron apareciendo nuevos productos, la industria petroquímica europea entró en directa competencia por el desarrollo de mercados y tonelaje de producción con Estados Unidos (como en el cumeno, la síntesis de la glicerina o la aplicación de procesos “oxo”). A su vez, nuevos usos de los aromáticos incrementaron la demanda por paraxileno (para la fabricación de fibras poliéster), ortoxileno (elaboración de plastificantes y pinturas) y tolueno (para obtener fenol y caprolactama).
Por otra parte, el fortalecimiento de la petroquímica soviética y el acelerado impulso que tomó en Japón en la misma época conformaron los casos de crecimiento más notable.[20] Pero también se amplió perceptiblemente el peso de la petroquímica en países periféricos de desarrollo industrial intermedio, como Egipto o los países latinoamericanos que poseían los mayores mercados domésticos para productos petroquímicos: Argentina, Brasil o México. Específicamente la industria petroquímica brasileña resultaba “la más avanzada y diversificada en el grupo de los países subdesarrollados” a finales de los años cincuenta (Guglielmo, 1960: 68). Pero a principios de los sesenta, México tomó indiscutidamente el primer puesto –tal como se observa en el Gráfico 1–, a la vez que apareció una producción de relativa relevancia en Colombia, Perú y Venezuela (Instituto Venezolano de Petroquímica, 1964).
Gráfico 1: Producción petroquímica latinoamericana (en toneladas y dólares), 1962 a 1964


Fuente: Elaboración propia en base a CEPAL (1966).
Como puede apreciarse en el Gráfico 2, además de ser los países económicamente más avanzados del subcontinente, en Argentina, Brasil y México era donde las petroleras locales (públicas y privadas) tenían el papel preponderante en la actividad de refinación, mientras en Perú, Venezuela y Colombia las empresas extranjeras tenían preponderancia. Observando el gráfico quizá resulte asimismo sugestivo indicar que, de esos tres países, en Colombia –donde las compañías nacionales eran relativamente más importantes que en Perú y Venezuela– fue donde más avanzó la petroquímica durante los sesenta (Firpo, 1968). Particularmente, se notaba un mayor énfasis puesto en el avance de la producción petroquímica cuando empresas estatales estaban al frente de la producción petrolera en cada nación (CEPAL, 1966).
Gráfico 2: Origen del capital de las refinerías en Latinoamérica, según participación en la producción total de petróleo de cada país en 1963

Nota (a): Incluye petroleras tanto privadas como estatales.
Fuente: Elaboración propia en base a CEPAL (1966).
Como prueba del avance latinoamericano en el sector, se puede mencionar que en un seminario sobre la industria química organizado por CEPAL en Caracas durante 1963 (de donde surgió el material del Instituto Venezolano de Petroquímica que utilizamos en este capítulo) al tratarse el sector petroquímico, se puso de manifiesto el interés de industriales y organismos de planificación sobre las posibilidades de su desarrollo, como asimismo la inopia de informes y la escasa comparabilidad de la información presentada por cada país.[21] Para 1965, había iniciado actividades petroquímicas también Chile. Ese año, con casi 220 millones de dólares (Gráfico 3), la producción conjunta de los países latinoamericanos alcanzó a decuplicar el valor de 1959 y se esperaba que para 1970 lo superara en más de 15 veces.[22]
Gráfico 3: Valor de producción de la petroquímica pesada en Latinoamérica (en millones de dólares) y participación porcentual por país, 1959, 1963 y 1970 (estimado)

Nota (a): Valor estimado.
Nota (b): “Otros” incluye a Colombia, Chile, Perú y Venezuela.
Fuente: Elaboración propia en base a datos de la CEPAL citados en Firpo (1968).
A su vez desde los “sectores dirigentes” se habría comenzado a plantear la posibilidad de avanzar con la integración industrial y la complementación económica a nivel regional. Por otra parte, también se evidenció la confusión existente en torno a la delimitación de las actividades petroquímicas específicamente (respecto de la industria química), lo que dificultaba tanto el establecimiento de una correcta legislación de promoción, como la determinación de la participación que le correspondía, en cada caso, al sector privado o público (CEPAL, 1966).
En ese sentido, dentro del marco de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC, creada en 1960) Argentina ocupaba un renglón importante; la mitad del comercio sectorial dentro del Área se explicaba por el intercambio total de nuestro país, las exportaciones se hacían mayormente a otros países de la ALALC y aprovechando alguna de sus concesiones (Firpo, 1968). Por otra parte, a pesar de las concesiones dadas por nuestro país a las importaciones del área (salvo las de amoníaco, Tabla 6), las mismas representaban menos del 5% del total de las compras externas de petroquímicos.
Tabla 6: Concesiones hechas por Argentina al ALALC sobre valores CIF de importación de productos petroquímicos seleccionados, 1968
Producto | Recargo por origen (%) | ||
Terceros países | ALALC | Concesión (A) | |
Solventes | 40 | – | 40 |
Naftalenos | 10 | – | 10 |
Aromáticos | 80 | – | 80 |
Negro de humo | 50 | 35 | 15 |
Amoníaco | 70 | 130 | –60 |
Metanol | 70 | 60 | 10 |
Pentaeritritol | 20 | 10 | 10 |
Anhídrido acético | 90 | – | 90 |
Plomo tetraetilo | 20 | 5 | 15 |
Furfural | 90 | 85 | 5 |
Nota (A): Diferencia en el recargo por origen.
Fuente: Elaboración propia en base a datos de Firpo (1968).
A pesar de la posibilidad potencial de alcanzar mejoras de escala, la lógica de promoción en cada país había actuado en contrario, aunque –como marcaba un observador con participación en la industria–, había algunos signos de reversión de la situación hacia finales de los sesenta, aunque no mostraba demasiada esperanza en torno a la posibilidad de un fuerte avance de la integración productiva entre los miembros de la ALALC:
Los sucesos internacionales han endurecido las posiciones de cada uno de los países y es evidente que ninguno desea renunciar a sus producciones básicas. El problema que esto plantea a los países menores es insoluble por el momento, a pesar de las declaraciones diplomáticas.
Las legislaciones van otorgando más y más promoción a las inversiones básicas en todos los países de la ALALC y ello hace que vayan encontrando posibilidades, producciones más y más marginales. En los grandes parece invertirse la tendencia, y habiéndose definido que no hay que acelerar artificialmente la radicación de las industrias, los Gobiernos van ahora hacia la mayor eficiencia.
[…] Es previsible esperar que la influencia estatal en la legislación sobre el sector petroquímico, especialmente en lo que a promoción se refiere, se vaya acentuando.
Lo que no parece factible es que en sus legislaciones los Gobiernos contemplen las recomendaciones emanadas por la ALALC. Los proyectos de integración que formule la CADI [NdA: “Comisión Asesora de Desarrollo Industrial”, creada por la ALALC en 1963], y que se encuentran muy avanzados en su formulación teórica, carecen por ahora de aplicabilidad.[23]
Como ya dijimos, en todos los casos (incluso obviando el obvio epítome de la Unión Soviética), el Estado jugó un papel de primer orden en el despliegue de la industria petroquímica en las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Su injerencia en el desarrollo de nuevas plantas y la planificación del sector, se hallaba asociado en gran parte al papel que cumplía en la provisión del petróleo (Berti, 1963). En los países más atrasados también resultaba central el papel de la planificación por la necesidad de materializar una importante infraestructura que permitiera el despliegue del sector, como por la exigencia –ya señalada– de inmovilizar grandes masas de capital, lo que dejaba a las petroleras del sector público, aunque en desventaja frente a las grandes firmas multinacionales, como los únicos posibles agentes inversores locales (CEPAL, 1966).
Los orígenes de la petroquímica argentina
En Argentina los inicios de la petroquímica estuvieron asociados con la promoción de la industrialización “pesada”, que pretendía dinamizar el conjunto de sectores productores de bienes de capital e insumos industriales de uso difundido, como la petroquímica.[24] Ahora bien, la estrechez del mercado local, la inestabilidad política, la poca profundidad de los mercados financieros, la inexperiencia en el manejo de nuevas tecnologías y otros límites, indicaban que el impulso para favorecer el surgimiento de estos nuevos sectores, intensivos en capital y tecnología, debía basarse primordialmente en el apoyo del Estado.
De ese modo, las primeras e incipientes fabricaciones se dieron tempranamente en el país –en algunos casos pioneras en Sudamérica–, asociadas a la iniciativa estatal, como se verá en detalle más abajo. Con todo, más allá de sus tempranos comienzos, el sector no se desplegó rápidamente, quedando, por ejemplo rezagada respecto a México (Firpo, 1968). Las firmas públicas no avanzarían mucho más luego de los primeros esfuerzos y de su parte, las empresas privadas recurrían aún a métodos carboquímicos para obtener compuestos orgánicos. Hacia finales de la década del cincuenta, la mayor parte de la demanda interna de productos petroquímicos se satisfacía mediante la importación o bien se obtenía localmente a través de anticuadas técnicas.
Por sus características (ya descriptas), la petroquímica demandaba un desarrollo extremadamente concentrado. Pero en ausencia de grandes empresas con elevados niveles de escala en el medio local, la producción encontraba dificultades para desenvolverse. Ello dependía por otra parte de la medida en que se pudieran colocar los subproductos de la cadena, es decir, de la demanda de los encadenamientos. Durante los años siguientes, los sucesivos gobiernos buscaron atacar algunos de estos problemas, con diferentes medidas y resultados. Aparecería el énfasis en lograr la integración vertical, el desarrollo completo de la cadena productiva y la implantación de grandes empresas de nivel mundial.
Sería a partir de 1958 –con el despliegue de la estrategia desarrollista–, que el impuso dado a la industria pesada generaría un mercado en ampliación para los productos petroquímicos, sobre todo finales (plásticos y fibras sintéticas), que motorizó un avance en la modernización y la sustitución de importaciones en el sector. Además el desarrollo de la infraestructura de ductos y refinamiento permitió una mayor disponibilidad de insumos hidrocarburíferos en distintas zonas del país. Estos elementos explican el primer boom en la industria petroquímica argentina. Con la llegada de Frondizi a la Presidencia de la Nación, el sector se vio impulsado específicamente por la política de promoción industrial.[25] Ingresaron al país numerosos capitales extranjeros, muchas veces asociados a empresas locales, para satisfacer la demanda insatisfecha de productos petroquímicos. A YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) sólo se le permitió jugar como proveedora de insumos sin avanzar en su integración vertical, que era el modelo empresario que en ese momento estaban desarrollando las compañías petroleras en el mundo.[26]
En 1961 se dictó el primer “Régimen de Promoción a la Industria Petroquímica”, que permitía la adquisición de equipamiento importado en condiciones muy favorables. Ese régimen se ampliaría al año siguiente para incluir desgravaciones impositivas, el compromiso de que YPF vendería los insumos básicos a precios subsidiados y protección arancelaria para los bienes finales producidos localmente. Se enmarcaba de ese modo al sector en lo dictaminado en 1958 por la Ley 14780, de inversiones extranjeras, y la 14781, de promoción industrial.[27] El énfasis pasaba por lograr el equilibrio en el balance de pagos, avanzando en la integración de la matriz manufacturera y un mejor aprovechamiento de los recursos hidrocarburíferos disponibles en el país.
Como resultado, las radicaciones en el sector se multiplicaron durante los años siguientes. Entre 1942 y 1957 se instalaron diecisiete plantas petroquímicas en el país, pero entre 1958 y 1968 fueron treinta y seis (Programa Nacional de Hidrocarburos e Industria Química, 1989). La “llamada al capital extranjero” frondizista consiguió que el país contara con el primer complejo petroquímico moderno en San Lorenzo (Santa Fe), cuyo núcleo central sería la planta de PASA (Petroquímica Argentina Sociedad Anónima), conformada por capitales estadounidenses e inaugurada paulatinamente a partir de 1963. Su producción de aromáticos por reformación catalítica se sumó a la de la Dirección General de Fabricaciones Militares (DGFM) en Campana, a cuya planta incluso enviaba un corte de mezcla de xilenos–tolueno (40%–60%), para que los separara y comercializara tolueno y xilol, cubriendo la demanda local por esos productos. La unidad de PASA (complementada por una planta de hidrodesalquilación de tolueno) llevó a que la producción local de benceno pudiera satisfacer por primera vez la totalidad la demanda interna de ese subproducto (Bourquin, 1968).[28] Más en general, al momento del golpe contra Frondizi, se producían en el país más de 30 mil toneladas de productos petroquímicos anuales, entre los que se podían contar principalmente benceno, tolueno, xilenos, metanol, amoníaco, anhídrido ftálico, policloruro de vinilo y negro de humo (San Martín, 2006).
La importante ampliación de la infraestructura (gasoductos y oleoductos) impulsada durante el frondizismo permitió disponer de insumos hidrocarburíferos en numerosas zonas del país, dando el primer paso necesario para la integración de la industria petroquímica local. También el incremento en la capacidad de conversión y transformación del petróleo permitieron un mayor procesamiento de los residuos pesados, modificando la situación previa, en que se exportaba fueloil y se importaban cortes livianos para satisfacer la demanda interna de naftas (Grioni, 1968).
Los sucesivos esquemas de promoción industrial ubicarían sin excepción dentro de las actividades fundamentales a la petroquímica, que buscaban profundizar lo avanzado mediante una mayor integración productiva y el avance en la sustitución de importaciones. En paralelo, el empuje dado al sector productor de bienes de capital tendía a facilitar la provisión local de equipos para la industria.[29] Por otro lado, los problemas que enfrentaba el sector eran la falta de insumos petroquímicos básicos en abundancia y la presencia de empresas poco eficientes, con reducida capacidad exportadora. La mayoría de las plantas de las empresas actuantes en el ámbito nacional (transnacionales, en su gran mayoría) no poseía escala suficiente, tenían un muy bajo nivel de integración y funcionaban en mercados oligopólicos por los altos niveles de protección establecidos.
En Argentina los fabricantes de polímeros (es decir, plásticos) debieron avanzar por su cuenta en la producción de monómeros (etileno), al no emprender su elaboración las petroleras actuantes en el país. Pero como esas empresas no coordinaron esfuerzos para instalar un centro productor de materias primas de gran capacidad que satisficiera su demanda conjunta implicó mayores costos en la provisión de insumos; “la dispersión de esfuerzos […] trajo como consecuencia la necesidad de mayores inversiones en la construcción de plantas y la excesiva dispersión de las mismas, cuyo reducido tamaño dista de alcanzar el mínimo económico” (Binggeli, 1968: 7).
Sobre las leyes del desarrollismo, en 1964 se dictó un nuevo régimen de promoción industrial con la impronta del CONADE (Decreto 3113), que incluía explícitamente al sector petroquímico y establecía sus precios de fomento.[30] Es interesante notar especialmente que ponía el acento en la integración vertical, ya que la promoción alcanzaba a nuevas plantas individuales (es decir, no integradas) sólo si tenían contratos o compromisos previos que le permitieran funcionar con una “capacidad armónica” con las proveedoras de insumos básicos. Se elaboró un listado de productos petroquímicos promovidos, a los que se daría preferencia en caso de que persiguieran la integración “aguas arriba”. De ese modo, para mediados de década el sector petroquímico nacional llegaba a producir alrededor de 50 mil toneladas de productos básicos y más de 80 mil de bienes finales (San Martín, 2006). Entre sus características se podía hallar que la industria se concentraba en la provisión de productos intermedios para el sector químico, siendo la rama más desarrollada la de plásticos, con una oferta escasa de cauchos y nula en la producción de fertilizantes para el sector agropecuario (Bocchieri, 1968).
En 1966 técnicos de YPF e IPAKO iniciaron estudios sobre la factibilidad de ampliar la producción nacional de etileno. En diciembre de ese año, por Decreto 4636 se creó una “Comisión Asesora”, que debía establecer las directivas para programar y coordinar el desarrollo de la industria petroquímica, que serían elevadas a la consideración de la CONADE, previo paso por la Secretaría de Estado de Industria y Comercio, de la que dependía la Comisión Asesora. Participaban de esta Comisión representantes de las empresas públicas (DGFM, YPF y Gas del Estado), como privadas petroleras (Esso) y petroquímicas (PASA, Monsanto e IPAKO). Dicha comisión realizó estudios sobre la demanda insatisfecha del mercado, cotejó las materias primas necesarias y las disponibles, estimó los costos de puesta en marcha y operación de las futuras plantas y finalmente, se analizaron diversos puntos del país para posibles localizaciones. En 1967 Atanor, Duperial y Electroclor formaron por su cuenta la “Unión de Empresas Petroquímicas Argentinas”, con el interés de presentar un proyecto alternativo para producir etileno.
Este fue el origen de lo que poco después se conocería como la “guerra del etileno”: en 1969 el Estado aceptó un proyecto de Dow Chemical (firma de origen estadounidense) para que iniciara la construcción del primer gran complejo de etileno del país en Bahía Blanca, pero fue bloqueado por distintos intereses, entre los que triunfaron los sectores nacionalistas del ejército (Silvetti, 1999). En un primer momento se planteó recurrir al capital privado nacional pero más tarde se decidió que el proyecto debía estar dirigido desde el Estado, que a su vez tendría la mayoría de la propiedad de la planta madre del complejo.[31]
Por su parte, en 1968 las firmas Carboclor y Petrosur establecieron el segundo polo petroquímico en Campana, con importante presencia también de empresas de los Estados Unidos. A fines de los sesenta la producción nacional de petroquímicos superó las 640 mil toneladas totales, representando un nivel de más de cuarenta veces con relación a las 15 mil toneladas obtenidas en 1960 (o lo que es lo mismo: un formidable 52% de crecimiento promedio interanual durante la década).[32]
Con el gobierno militar de Juan Carlos Onganía, arribó Adalbert Krieger Vasena al Ministerio de Economía en 1967, expresando el intento de “modernizar” la estructura económica argentina (postulando la estabilidad como condición necesaria). Se trataba de “racionalizar” el espectro manufacturero para volverlo más “eficiente”, es decir, que tuviese crecientes segmentos competitivos en el mercado internacional. Sobre este punto, jugó un papel preponderante la emergencia casi unánime de aquella prescripción que hemos denominado en otra parte la “conciencia industrial exportadora” de mediados de los años sesenta (Rougier y Odisio, 2012).
El esquema regulatorio desarrollista fue suplantado en 1969, cuando apareció el Decreto 4271 que respondía a los nuevos lineamientos. Los beneficios (básicamente los ya otorgados, como la prioridad de equipamiento) iban dirigidos a lograr aumentos sustanciales de escala y eficiencia en la petroquímica, se establecía que los precios de las materias primas debían ubicarse en torno a los niveles que tenía en los países desarrollados. Los precios del etano y el etileno se ajustarían para compensar el costo de transporte desde el punto de emisión hasta los lugares de consumo, exceptuando a aquellas plantas que se levantaran en el Gran Buenos Aires para favorecer la descentralización regional. Además el precio sufría descuentos superiores para las plantas con mayor capacidad instalada. El mismo decreto indicaba, por otro lado, que “la petroquímica no ha alcanzado en nuestro medio un nivel de desarrollo acorde con sus recursos de materia prima y con las posibilidades que ofrece la demanda de por sí bastante elástica, de los productos elaborados” y que “las limitaciones del mercado han derivado de fundamentalmente de los altos precios vigentes y de la falta de un régimen promocional que hiciera posible su reducción al actuar sobre los costos de producción”.[33] Para 1970, se producían más de 220 mil toneladas de productos petroquímicos básicos y la demanda local había seguido su expansión por lo que se satisfacía con productos nacionales totalmente. Por el lado de los productos intermedios y finales, la oferta local había superado las 410 mil toneladas, mostrando un incremento muy superior al de la demanda, desplazando así a los productos importados (San Martín, 2006).
Como respuesta a las limitaciones del sector petroquímico nacional, desde los años sesenta el Estado había puesto a consideración de firmas extranjeras la posibilidad de levantar grandes complejos que permitieran lograr escala a nivel internacional. Pero los grupos empresarios nacionales se mostraron en oposición a esos proyectos por el claro carácter monopólico que tendrían, propendiendo en cambio la participación del Estado. Desde el punto de vista ideológico, el “giro nacionalista” gozaba en general del apoyo de los sectores castrenses (influenciados por la experiencia de Juan Francisco Velasco Alvarado en Perú) y de los partidos políticos mayoritarios (Amézola, 2005). Más concretamente, la propuesta de política económica de la Junta otorgaba un papel protagónico al Estado y a las fuerzas armadas para promover el desarrollo de la industria pesada y la operación de empresas de energía, comunicaciones, transportes y producción metalúrgica (Potash, 1994).
Bruscamente, las líneas directrices de gobierno del régimen militar se modificaron sobre el cambio de década, buscando apartarse del capital extranjero y acercándose en cambio a los grandes sindicatos y la burguesía nacional. En los términos del Estado burocrático–autoritario, la mudanza involucraba el relajamiento de (como mínimo) dos de sus características: la exclusión económica de los sectores populares y la profundización del proceso de industrialización periférica y dependiente.[34] La presidencia de facto del general Marcelo Levingston expresó ese último intento de reconstrucción hegemónica durante la llamada “Revolución Argentina” (Potash, 1994).
Los capitalistas locales se encontraron de ese modo aliados con sectores nacionalistas del Ejército y de allí surgió la decisión de que se instalasen dos grandes polos petroquímicos públicos, uno a base de derivados de petróleo y el otro de gas natural, persiguiendo el desarrollo conjunto de las dos cadenas petroquímicas básicas: aromáticos y olefinas (Programa Nacional de Petroquímica, 1989). De acuerdo al posterior recuento de Ruben Maltoni, director ejecutivo y luego presidente de la Petroquímica Mosconi a fines de los ochenta (y posteriormente subsecretario de Combustibles y Petroquímica durante la primera parte de la gestión menemista), “el proyecto para construir Petroquímica General Mosconi surge a fines de los años sesenta, como resultado de las discusiones que se daban entonces acerca del papel que debía cumplir el Estado y las empresas multinacionales […]. En ese momento –agrega–, el Estado decide intervenir protagónicamente en el sector para suplir la ausencia del capital privado”.[35] Ese fue el telón de fondo para el surgimiento de las dos grandes petroquímicas estatales: General Mosconi y Bahía Blanca (PBB).[36]
Precisamente en la segunda parte de esta tesis, luego de haber aclarado algunas cuestiones conceptuales, técnicas e históricas referidas al Estado y la petroquímica, se avanzará sobre el análisis de las vicisitudes de la gestión pública de la primera de esas petroquímicas.
- Por un completo abordaje de los procesos de la industria de petróleo para obtener los subproductos del petróleo crudo, puede verse Speight (2005), texto que consultamos para la elaboración de los párrafos que siguen.↵
- Puede verse un detallado esquema con los procesos de refinación en Speight (2005: 475).↵
- Un cuadro con los productos químicos obtenidos por los principales procesamientos del petróleo se puede ver en el Anexo.↵
- En el siguiente capítulo se puede encontrar un esquema simplificado de la cadena productiva de los aromáticos, y en el Anexo las correspondientes a las de olefinas y metanol, desde sus insumos básicos hasta las principales industrias demandantes de los respectivos productos. Por representaciones con mayor nivel de detalle, pueden verse los gráficos de CEPAL (1966).↵
- Por ejemplo, en 1966 para nuestro país el consumo petroquímico de naftas representaba el 4,5% del consumo total y 0,8% del de gas natural (Bocchieri, 1968).↵
- El surgimiento de grandes establecimientos petroquímicos en Oriente Medio en las últimas décadas ha modificado notablemente esta situación.↵
- Por un análisis técnico –y alguna referencia histórica– de los métodos para obtener gas de síntesis, véase García (1968).↵
- Berti (1963: 17) enumeró las diez mayores industrias usuarias de la petroquímica en los años sesenta: caucho; plástico; pintura; detergentes sintéticos; agricultura (abonos, plaguicidas e insecticidas); textil (monofilamentos y fibras sintéticas); aditivos para combustibles y lubricantes; adhesivos, laboratorios medicinales y farmacéuticos y; química pesada. Con todo –dada la versatilidad lograda por los adelantos químicos del sector–, ellas no agotan el amplio espectro de la demanda del mercado petroquímico.↵
- “Los productos petroquímicos según su naturaleza son materiales en estado líquido, viscoso o sólido. Estos estados físicos a su vez pueden ser altamente inflamables, expuestos a los peligros de incendios y explosiones, de puntos de ignición medianos y presentar riesgos solamente en condiciones determinadas por operaciones indebidas y de relativa seguridad absoluta tanto en transportes como en almacenamientos. Pueden ser a la vez altamente corrosivos, lentos o relativamente lentos en reaccionar con los materiales de los envases de todo tipo. Pueden ser guardados y transportados en envases preparados en tal forma que eviten cualquier reacción del producto. Y por fin pueden ser completamente no reactivos, pueden ser inocuos y no presentar la necesidad de ninguna clase de reacciones” (Berti, 1963: 66).↵
- De acuerdo con datos referidos a 1964, Bocchieri (1968: 10) muestra que en la estructura de costos de las unidades petroquímicas de nuestro país la mano de obra representaba el 8,6% del total, mientras que materia primera e insumos alcanzaban el 35,2% y las amortizaciones del capital constituían un 16,1%.↵
- Para el relevante caso de México puede verse el primer capítulo de Snoeck (1986).↵
- Por un análisis de los métodos básicos de la planificación del desarrollo petroquímico en los años sesenta, puede consultarse el segundo capítulo de Berti (1963).↵
- “Una encuesta a la petroquímica”, Temas, N° 32, 1985, Año 10.↵
- Un análisis más detallado sobre las características técnicas y productivas de la industria petroquímica se puede encontrar en Müller y Petelski (2009).↵
- Más allá del interés por favorecer la industrialización “pesada” en sí, ubicuo objetivo –como dijimos– de las estrategias de desarrollo de posguerra. ↵
- Numerosos productos se obtenían también mediante la carbonización de la madera, la fermentación alcohólica, la hidrogenación y –muy especialmente– el carbón (Guglielmo, 1960).↵
- Anteriormente, los cortes de aromáticos presentes en las líneas de refinado se dejaban sin extraer, a fin de incrementar el octanaje de las naftas.↵
- Señalaba Doan (1967) que, en tanto los productos químicos constituían el mayor contribuyente al balance comercial de los Estados Unidos, era necesario emprender un nuevo esfuerzo para mejorar la competitividad de los productos petroquímicos (revelando indirectamente la pérdida de posiciones relativas de la industria estadounidense en los mercados internacionales).↵
- Por ejemplo, en la polimerización del propileno y butileno la delantera mundial la ocupó rápidamente la industria italiana, tanto en su producción como en la generación de adelantos productivos.↵
- El caso japonés (y en menor medida, también el brasileño) es paradigmático de la capacidad de agregación de valor de la petroquímica (que describimos más arriba); la industria se desarrolló ampliamente en ese país incluso careciendo casi por completo de materias primas básicas.↵
- Como una de las respuestas, puede examinarse la publicación de los “cursos sobre aspectos técnico–económicos de la industria petroquímica” de 1968 para el caso argentino (realizados conjuntamente por el Instituto Argentino del Petróleo, la Asociación Química Argentina y la Asociación Argentina de Ingenieros Químicos), varios de cuyos capítulos también utilizamos profusamente en este trabajo.↵
- El informe consideraba la petroquímica “pesada”, tomando el conjunto de los siguientes productos: ácido nítrico, amoníaco, BTX, metanol, formol, isopropanol, etileno, propileno, dicloroetileno, butadieno, propileno tetrámero, fenol, glicoles etilénicos, propileno glicol y ciclohexano (Firpo, 1968).↵
- Firpo (1968: 13 y 17, énfasis añadido).↵
- Dejamos señalado que la industria petroquímica argentina resulta (hasta el momento) un tópico relativamente inexplorado en la historiografía industrial tanto como de empresas. Para el largo plazo, las referencias principales son Silvetti (1999) y San Martín (2006). Dos obras de gran alcance son las de Subsecretaría de Ciencia y Tecnología e Instituto Petroquímico Argentino (1982) e Instituto Petroquímico Argentino (1988) que, si bien son textos casi obligados para estudiar los inicios del sector, han quedado desactualizadas y están constreñidas por la lógica de ser documentos oficiales más que académicos. Otro par de trabajos relevantes, desde una visión más técnica y con especial énfasis en las transformaciones acontecidas durante las últimas décadas, son Ramal (2003) y Müller y Petelski (2009).↵
- Que explica por ejemplo que dentro del Valor Bruto de Producción de la rama química (una de las más dinámicas en los años sesenta) la industria petroquímica pasara de representar el 0,2% en 1960 a casi el 12% en apenas seis años (Bocchieri, 1968).↵
- Como se verá, esta limitación cambiaría algunos años más tarde y sería elemento central de la creación de Petroquímica Mosconi.↵
- Repasamos aquí solamente las medidas más generales para el sector. Por un análisis más amplio de la regulación establecida para la industria petroquímica argentina en todo el período aquí considerado, véase Odisio (2011). Específicamente sobre los organismos encargados de la planificación y coordinación del desarrollo petroquímico en Argentina y los principales aspectos de las normas promocionales para el sector, vigentes a finales de los sesenta, puede consultarse Beltramino (1968).↵
- Para la conformación y funcionamiento del Polo de San Lorenzo puede consultarse Odisio, (2010a). En 1966 el método HDA –utilizado en la planta de PASA para obtener benceno desde el tolueno–, sólo se empleaba en una planta de Baytown (Estados Unidos) y Rotterdam (en Holanda), ambas de la Esso.↵
- Por un análisis de los problemas de esta rama específica, con una mirada favorable a lo realizado durante el gobierno desarrollista, véase Rikles (1968)↵
- El Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE) había sido instaurado en 1961 (Fiszbein, 2010: 25–26). ↵
- Es muy interesante dejar anotada la correspondencia con el caso mexicano. En ese país se impulsó fuertemente la búsqueda de la “independencia energética” y el desarrollo de la cadena petroquímica a partir de 1964, avanzando en la integración vertical de PEMEX Petroquímica (Sosa López, 1990). Al año siguiente se reglamentó que los productos que fueran materias primas industriales básicas o de interés económico–social serían elaborados exclusivamente por PEMEX u otras empresas paraestatales. Para esos productos se excluyó explícitamente la participación del capital internacional, mientras que en los sectores secundarios de la cadena se restringió a los inversores extranjeros a poseer como máximo una participación del 40% (Izquierdo, 1976).↵
- Craig (1968), ofrece un completo panorama sobre la oferta nacional de derivados petroquímicos (señalando si demandan materias primas locales o de importación), como de los proyectos de instalación de nuevas plantas (en construcción, aprobados, anunciados o en estudio) hacia finales de los años sesenta.↵
- Considerandos del decreto 4271/69 del PEN.↵
- La alternativa nacionalista “requería que se desalojara a Onganía y se lo sustituyera por un grupo militar dispuesto a intentar […] la aventura de un populismo post festum de la transnacionalización de la estructura productiva y de una aguda participación popular” (O’Donnell, 1996: 283).↵
- “Petroquímica General Mosconi. Doce años de rentabilidad y crecimiento”, El periodista de Buenos Aires, N° 173, 1 al 7 de enero de 1988, página 15.↵
- Por la reveladora historia de PBB, puede consultarse Odisio (2008). De menor escala, también por esos años se asociarían DGFM, YPF y Atanor para llevar a cabo el proyecto de Petroquímica Río Tercero (PRIII), que en 1982 comenzaría a producir TDI (diisocianato de tolueno); materia prima esencial en la fabricación de espumas y resinas poliuretánicas.↵






