En los orígenes de la filosofía como disciplina autónoma, especializada y auto-consciente, los pensadores griegos invirtieron denodados esfuerzos en los procesos de legitimación y auto-definición de su actividad. Platón emprende esa tarea apropiándose de la noción misma de φιλοσοφία (término que refería a la especulación intelectual en general) y operando una restricción de su sentido en función de las diversas formas de ‘sabiduría’ que, a su entender, se oponían a la σοφία específica cultivada por ese nuevo sujeto, el filósofo. Blanco preferido de los ataques platónicos contra dichas formas de sabiduría (o, en realidad, de pretendida sabiduría) es el sofista quien resulta severamente cuestionado a lo largo de todo el corpus platonicum. En este trabajo, nos ocuparemos del punto culminante de ese cuestionamiento alcanzado en el diálogo Sofista. Según intentaremos mostrar, en esa obra de su etapa tardía, Platón logra articular su crítica más aguda contra ese adversario con la postulación de una renovada ontología, y todo ello a través de la noción de alteridad.
Nuestro estudio, de hecho, gira en torno a esa noción; gira, más precisamente, en torno a dos modalidades específicas de la alteridad. Hablamos, en principio, de la doble alteridad que comporta el propio sofista a los ojos de los interlocutores, pues siendo lo otro del filósofo, es, en simultáneo, aquel que hace siempre de otro, pero además de la alteridad que implica el no-ser equiparado, en el marco de una novedosa propuesta ontológica, a la Forma de la Diferencia. A la importancia de la alteridad en el entramado de Sofista no parece haber sido ajeno el propio Platón, quien decide dejar de lado a Sócrates como interlocutor principal para ubicar en su lugar a un sujeto que es identificado únicamente por su extranjería, emblema de la otredad, aunque además Platón decide subrayarla, haciendo de ese Extranjero de Elea alguien ‘diferente’ (ἕτερoς, Sof. 216a3)[1] de los compañeros de Parménides.[2] Ahora bien, a nuestro entender dicha alteridad vertebra el diálogo, garantizando su unidad, en la medida en que la otredad del sofista no hace más que anticipar –dada la vocación didáctica y proléptica de Platón– la alteridad del no-ser.
Dos son las hipótesis principales de las que partimos. La primera de ellas es que la caracterización platónica del sofista en el diálogo de este nombre descansa sobre una metáfora cuyo grado cero es la introducción del apelativo μιμητής a partir del cual el sofista es comprendido como una especie de actor. Afirmamos que no es posible comprender ni el sentido ni los alcances de la crítica platónica si no se repara en que el título de μιμητής –título que el Extranjero le adjudica al sofista para revelar su naturaleza– refiere principalmente al actor teatral. Esto supone una lectura original del diálogo, pues la bibliografía crítica, enfocada en las relaciones que Platón establece entre el sofista, el pintor y el poeta, ha pasado por alto la que, para nosotros, resulta la vinculación más importante. Según la interpretación que proponemos, el sofista como una especie de actor teatral es aquel que aparece como otro frente a sus discípulos. Gracias a la proyección de apariencias engañosas, logra presentarse como un sabio ante los jóvenes inexpertos, aunque a los ojos de Platón no sea más que lo otro de ese sabio.
Vinculada a la anterior, una tesis secundaria que defendemos supone que las razones de la incorporación de aquella metáfora estriban no solo en la crítica severa contra el adversario que ella habilita, a saber: comprender al sofista como un imitador ignorante que hace las veces de otro sin serlo, sino también en una razón suplementaria que se conecta con los procesos de legitimación y auto-definición de la actividad filosófica que implican la desestimación de ciertos saberes y prácticas. En efecto, la metáfora del actor permite ubicar al sofista en una red dialéctico-teatral frente al filósofo. Mediante una lectura pormenorizada de los sentidos que adquiere la noción de θεωρία en República y Sofista, sostenemos que el filósofo platónico emerge como una especie de espectador provisto de un tipo especial de contemplación que puede ejercerse en dos niveles: tanto en aquel que involucra el quehacer sofístico como en un nivel donde el alma contempla lo que realmente es.
La segunda hipótesis que orienta nuestro trabajo atañe a la relación que, según creemos, une aquella caracterización del sofista con la sección ontológica del diálogo que lleva su nombre, lo que nos llevará enfrentarnos a una serie de interpretaciones corrientes que ven en ellas discusiones inconexas. Dada la vocación didáctica y proléptica de Platón, entendemos que el proceso y los términos específicos de la caracterización del sofista operan como un modelo del no-ser (uno de los objetos centrales hacia los que apunta toda la investigación del diálogo). Finalmente, una tesis secundaria vinculada a esta última es la que sostiene que uno de los objetivos centrales de Sofista es la demostración de la condición filosófica del Extranjero. Prestando atención al prólogo del diálogo, encontramos que la principal preocupación de los interlocutores –debido a la irrupción de un Extranjero al que se le adscribe un estatus filosófico– es distinguir entre alguien que es ‘realmente’ filósofo y alguien que solo ‘aparenta’ serlo, razón por la cual la caracterización del sofista que se plantea en la primera parte de la obra deberá circunscribirse a ese objetivo central.
Procuramos defender esas hipótesis primarias y secundarias en las dos partes en las que se divide este trabajo. La primera de ellas está consagrada al estudio de la definición del sofista y a sus posibles antecedentes. En el capítulo uno, ofrecemos una revisión de las siete definiciones que brindan los interlocutores, para concentrarnos luego en la noción de μίμησις, clave en la dilucidación de la naturaleza del sofista. En el capítulo dos, desviamos nuestra atención hacia tres libros de República que contienen, tal es nuestra hipótesis, claros antecedentes de la caracterización del sofista trazada en la obra homónima. En el capítulo tres, explicitando la permeabilidad platónica frente al modelo del teatro, nos aplicamos al estudio de la cuidadosa construcción de la metáfora del sofista como actor, y exponemos a continuación la concepción del filósofo como una especie de espectador desarrollada sobre todo en República. Por último, en el capítulo cuatro, ofrecemos una recapitulación de los rasgos distintivos del filósofo platónico enfrentado en una red dialéctico-teatral con aquel sofista que hace las veces de sabio y el único capaz no solo de descubrir a ese sofista detrás del personaje, sino también de identificar a uno de su propia especie.
En la segunda parte de este trabajo, nos ocupamos de identificar el rol que juega la caracterización final del sofista –aquella según la cual este no es más que un agente que hace las veces de otro, i.e. de un sabio– en la economía general del diálogo que lleva su nombre, específicamente en el marco de las discusiones ontológicas sobre el estatus del no-ser. En el capítulo cinco, retomamos la lectura del prólogo de Sofista con el fin de dilucidar los objetivos de la discusión planteados allí por los interlocutores, tarea que nos conducirá a pensar el posible estatus del Extranjero de Elea como portavoz de Platón y filósofo. En el capítulo seis, determinamos el rol que cumple la caracterización del sofista en el plan general de la obra. En ese sentido, considerando la centralidad que adquieren la ejecución de la dialéctica sobre el ámbito eidético y la dilucidación del no-ser como Diferencia, estudiamos, por un lado, el aporte metodológico del procedimiento utilizado para definir al sofista y, por otro lado, el aporte conceptual de esa misma definición. A nuestro juicio, sendos aportes apuntan a preparar el terreno (y ayudar a Teeteto) para el férreo trabajo dialéctico y los descubrimientos ontológicos. Finalmente, ofrecemos las conclusiones que arroja nuestra investigación. Las mismas echan luz sobre tres operaciones clave del Sofista como obra tardía de Platón: la crítica terminal a su adversario, la introducción del Extranjero de Elea como filósofo y la innovación ontológica que resulta de dar cabida al no-ser en el seno de lo inteligible.
- Salvo indicación contraria, los pasajes referidos en este trabajo pertenecen al diálogo Sofista. En relación con el término ἕτερoς (216a3), cf. infra 5.1.↵
- Con respecto a la alteridad del Extranjero, podría pensarse que dicho personaje comporta, en realidad, una tercera alteridad, dado que, inmediatamente después, se afirma que él bien podría ser un Dios (θεός, 216a7). En ese sentido, téngase en cuenta que el pueblo griego circunscribía la alteridad a tres modos: el no-humano, compuesto de dioses y semidioses; el sub-humano, compuesto de monstruos y animales, y la alteridad ordinaria, conformada, sobre todo, por los extranjeros (cf. Hartog [1996: 6]). Y estos extranjeros – extraños que podían convertirse en huéspedes o ser catalogados como bárbaros (cf. García Gual [1999: 70]) – representaban un operador clave por medio del cual los helenos definían su propia identidad como pueblo.↵






