Mariana Garzón Rogé (UBA, CONICET)
Cuenta Marcelo Valko que, en septiembre de 1945, los dirigentes Exaltación Flores (de Alto Bermejo), León Cari Solís y Juan Méndez (de Cochinoca) viajaron a Buenos Aires con la intención de denunciar en alguna oficina estatal a terratenientes de quienes se consideraban víctimas en sus localidades. Visitaron la Comisión Honoraria de Reducción de Indios que dependía de la inquieta Secretaría de Trabajo y Previsión (STyP) que comandaba Juan D. Perón desde fines de 1943. Allí les sugirieron apelar al Consejo Agrario Nacional, que también dependía de aquella empulgada oficina: “tal vez el Consejo pudiera encontrar forma de encuadrar el reclamo dentro de alguna figura legal”[2].
Lo engorroso de los trámites, según Valko, los hizo ir y venir de un lado a otro durante dos largos meses. En ese ínterin se produjo el 17 de octubre, y los tres kollas se unieron a los obreros que protagonizaron una de las jornadas populares más trascendentes de nuestra historia. De vuelta con sus gestiones, durante las tediosas horas que pasaron en la antesala de los despachos, conocieron a Mario Augusto Bertonasco. Hermanos de la comunidad mapuche, que también andaban deambulando ante los organismos de protección al aborigen, les dieron buenas referencias del ex militar. Probablemente, ese encuentro no fue tan casual o producto de la intervención de la Pachamama como pensaron inicialmente los kollas, sino consecuencia de las directivas del coronel Perón cuya Secretaría de Trabajo y Previsión no dejaba de recibir constantes denuncias de abusos de todo tipo[3].
El viaje de los tres dirigentes a Buenos Aires en la búsqueda de obtener soluciones para sus conflictos, saltando las instancias locales del poder en su provincia, trajinando por las oficinas de la Secretaría y Previsión, tramando vínculos con otros actores que tenían un propósito emparentable, entrando en contacto con funcionarios nacionales también interesados en promover el crecimiento de su actuación pública al calor de los hechos de esos meses… todo ello era parte de un trabajo político[4] que acumulaba la experiencia de una larga historia de disputas tejidas a diferentes escalas en torno a la posesión de la tierra en el norte[5]. En esta oportunidad, ese viaje coincidió con el movimiento de octubre de 1945, en el que las adhesiones a la política del coronel Perón se expresaron de manera masiva y contundente, catapultándolo hacia una carrera presidencial como el hombre fuerte de un régimen que había llegado al poder en junio de 1943, entre otras cosas, para frenar justamente la llegada al sillón de Rivadavia de Robustiano Patrón Costas, uno de aquellos denunciados terratenientes norteños.
En aquel viaje, Flores, Solís y Méndez comenzaron a conversar de sus asuntos con Bertonasco, quien había pasado, en 1944, de la Dirección de Tierras del Ministerio de Agricultura, en donde había trabajado con comunidades mapuches del sur, a la órbita de la pujante STyP. Se trataba de un militar próximo a Perón, con intenciones aparentes de promover una política de mejoramiento para las comunidades indígenas. Esas gestiones y ese encuentro serían el punto de partida de una acción que se conoció como el Malón de la Paz, a través de la cual un contingente de 174 personas viajó en 1946 desde la Puna hasta Buenos Aires para pedirle públicamente a Perón una solución al problema de la posesión de las tierras que habitaban. El viaje ha suscitado interés desde diversos puntos de vista y ha sido ampliamente documentado[6], constituyéndose como una experiencia interesante para atender a la relación entre grupos indígenas e identidades políticas.[7] Este escrito se basa en aquellas reconstrucciones e interpretaciones, aprovechando también el notable trabajo de fuentes que realizaron esos autores, para ponerlas en diálogo con una mirada sobre la política y la vida asociativa del primer peronismo que rastrea las prácticas de identificación y de clasificación que se dieron en los orígenes de esa experiencia y que contribuyeron en la forja de modos de hacer política específicos, eficaces y duraderos en el movimiento. Una noción de acción plural guía la lectura, permitiendo describir cómo lo que sucedió con el Malón de la Paz fue la consecuencia de una serie de impulsos diversos en donde los participantes buscaban diferentes cosas y gestaban de modo creativo lo que consideraban el mejor modo de alcanzar sus objetivos, aunque en la interacción aquellos objetivos se perdieran o desacreditaran[8]. Esa perspectiva permite describir, integrando diferentes aspectos, lo que sucedió en ese conglomerado de acciones que llamamos Malón de la Paz y es inseparable de la vida asociativa del naciente peronismo: para hacer escalable una demanda, los activistas produjeron una grupalidad que consideraban eficaz, escogiendo entre otras posibles; en su movilización por el territorio, entraron en contacto con otros actores que, al asociárseles, fueron modificando la naturaleza de aquel pedido que venía siendo cuidado, para finalmente sentar entre todos el territorio fértil para su relativo fracaso, aunque la misma pluralidad de la acción permita comprender que la idea de fracaso es efecto de observar el evento a una escala absoluta y no relativa. Este argumento es desenvuelto a lo largo del texto.
La política a ras del suelo en los orígenes del Malón
Como se vería en otras circunstancias, dirigentes sindicales y sociales del interior del país hicieron uso de las oficinas de la STyP no solo para elevar demandas postergadas, sino también para crecer políticamente al calor del encumbramiento del peronismo. El hecho de la que secretaría fuera una oficina con dependencias en todo el país, la convertía en una puerta de acceso a la política nacional y una vía de construcción de demandas que evadía las esferas locales de poder en donde, a menudo, otras facciones simpatizantes de Perón, especialmente aquellas que provenían del radicalismo, ya estaban acomodándose desde hacía meses[9]. Hasta 1943, los departamentos del trabajo, más o menos activos en las provincias, habían dependido de los gobiernos locales y sus funcionarios habían sido siempre colocados por los poderes vernáculos[10]. Durante la Revolución de Junio y, sobre todo, durante los primeros años del gobierno peronista, las oficinas de la STyP y sus delegados regionales se convirtieron en bastiones de facciones específicas, en lucha con otras, frecuentemente a cargo de los ejecutivos locales[11]. El caso de quienes se movilizarían hasta Buenos Aires como parte del Malón de la Paz precisa ser descrito en el marco de 1) los conflictos políticos vernáculos que suscitó la formación del peronismo, 2) el acceso de dirigentes sociales a espacios de poder y 3) la disponibilidad de funcionarios de la STyP para acompañar solicitudes y reivindicaciones.
La investigación de Adriana Kindgard sobre los arrenderos de Queta propone que aquella acción colectiva no fue solo una visibilización de la Argentina indígena estimulada por la promesa del peronismo, sino también un evento vinculado a la complejidad política del peronismo local en sus orígenes[12]. La historiadora sugiere que el Malón de la Paz estuvo enredado en el conflicto del laborismo puneño con el radicalismo llamado yrigoyenista que lideraba Miguel Tanco. Este caudillo actuaba en la provincia desde los años veinte y había contado con el apoyo de buena parte de los pobladores de la Puna[13]. Entonces, siendo Ministro de Gobierno había elaborado un proyecto de ley para comprar tierras en la Quebrada y en la Puna que no pudo materializarse por falta de apoyo en la legislatura[14]. Tanco era partidario de que la tierra fuera de propiedad fiscal para que, bajo el patrocinio del Estado, sus pobladores pudieran vivir sin pagar arriendos y accediendo a los recursos naturales disponibles. En 1929 ganó las elecciones con más del setenta por ciento de los votos y una proporción mayor en las tierras altas del norte, en donde gozaba del apoyo de dirigentes puneños como Francisco Quipildor, de Rinconada, quien llegó a convertirse en legislador. En los primeros meses de gobierno, sancionó una ley de expropiación de los latifundios pero el golpe militar de 1930 que derrocó a Hipólito Yrigoyen frustró la iniciativa[15]. Las simpatías de los habitantes de la Puna por el caudillo radical local se mantuvieron durante los años del conservadurismo, aunque el golpe militar de 1943 inspiró la creación de un lazo más autónomo entre los campesinos jujeños y las autoridades nacionales, a través de la pujante actividad de la Delegación Regional de Trabajo y Previsión que, al 6 de marzo de 1944, ya había intervenido en 2.388 contratos de trabajo en la provincia[16].
La consigna de Perón, “La tierra para quien la trabaja”, alimentó los anuncios de campaña sobre la expropiación de latifundios del norte. El envío de una comisión del Consejo Agrario Nacional para estudiar esta situación, explica Kindgard, fue visto con mucho optimismo. A mediados de diciembre de 1945 se conformó el Partido Laborista de Jujuy, del cual participaron activamente muchos de los arrenderos que luego integrarían el Malón. Kindgard señala que esta agrupación reivindicaba la expropiación de los latifundios y su otorgamiento a los pobladores, a diferencia de la fiscalización que promovía Tanco[17]. Laboristas y tanquistas, como en otras provincias argentinas con sus versiones radicales autóctonas, no pudieron llegar a un acuerdo para presentar listas unificadas a los comicios, incluso si el mismo Perón se había inclinado explícitamente por las candidaturas de los segundos. La historiadora revela los guarismos de la contienda en detalle. La victoria del tanquismo fue clara, obteniendo la gobernación, las diputaciones nacionales y la mayoría de las diputaciones provinciales. El laborismo ganó las bancas de la minoría, dejando afuera a la oposición. Más allá de su disparidad, el laborismo se impuso en algunos departamentos del norte provincial, algunos de los cuales eran antiguos baluartes del tanquismo. En el departamento de Cochinoca, el laborismo duplicó en votos al tanquismo; y en su ciudad cabecera, Abra Pampa, de donde habría de salir el Malón de Paz dos meses más tarde, sus resultados fueron aún mejores[18]. El joven Viviano Dionicio, uno de los diputados por el laborismo, trabajador de las minas de Rinconada, hijo de Daniel Dionicio, líder religioso de ese distrito[19], fue el rostro local más visible de la organización del malón que partió hacia Buenos Aires en 1946[20].
La trama local de las disidencias en torno al destino de las tierras potencialmente expropiables y la búsqueda de unos y otros por liderar ese proceso no era, para sus protagonistas, por razones muy distintas, algo que conviniera ventilar en el ámbito nacional. Una semana después de la partida de la caravana, de hecho, Perón dio la orden de disolver las agrupaciones que lo habían acompañado durante la contienda electoral para formar el Partido Único de la Revolución Nacional, con la intención de dar un paso hacia el aplacamiento de las feroces disputas que se estaban dando en todo el país entre las distintas vertientes que habían volcado sus esfuerzos para su victoria electoral[21]. Como han mencionado las reconstrucciones sobre el Malón de la Paz, la línea proveniente del radicalismo yrigoyenista de Tanco se mantuvo a discreta distancia del resonante evento parido en Abra Pampa. El caudillo, ahora nombrado senador nacional, integró apenas la comisión de bienvenida en el Congreso de la Nación para recibir al contingente el día de su ingreso a la Capital Federal. Bien podría haberse enrolado en esa acción colectiva y haber ocupado, al menos en la metrópoli, un lugar de gran protagonismo. No fue así, como si algo hubiera sospechado en torno a que el malón se iría de Buenos Aires sin ninguna medida concreta en su favor. No es difícil sospechar, aunque no se cuenta con pruebas para afirmar tal cosa, que el final inconcluso del movimiento liderado por Bertonasco y Dionicio pudo haber tenido que ver con la contrariedad que hubiera llevado al escenario local de Jujuy otorgarle semejante inmediata victoria al minoritario laborismo provincial en detrimento del caudillo que se había ganado en el pasado el valioso título de “el apóstol de la Puna”[22] y que ahora era el fiel representante del peronismo.
Lo dicho hasta aquí no supone, por supuesto, negar la dimensión étnico-racial del fenómeno malonero que ha sido puesta de relieve con asiduidad en la bibliografía. Mucho menos suponer que fue una farsa para disfrazar un conflicto que era meramente político. Como se verá, la reivindicación de una identidad étnico-racial fue el modo específico en que la política se impulsó, movió y desactivó durante el periplo, como consecuencia de la acción de una serie de agentes, grupos y entidades que establecieron enclenques acuerdos al respecto. A diferencia de enfoques que propusieron considerar al trágico final del viaje malonero como un indicador de los límites de la reforma cultural y social que el peronismo quiso impulsar en la Argentina[23], resulta de interés aquí describir cómo los mismos actores convirtieron a la dimensión étnico-racial en algo significativo para la producción de su demanda como legítima, para su impulso a través de las escalas en las que intervinieron colaborando, expandiendo, poniendo a prueba y disputando esa reivindicación con otros. Más que una etiqueta clasificatoria, la condición indígena del malón fue una reivindicación a prueba de contextos que los actores cuidaron y debieron atender frente a críticas y sospechas en el plano de la acción política.
Indios pacíficos y patriotas
Para concitar una mínima atención, un indio debe parecer indio y mostrarse sufrido. Y un indio por más cara de wichi que tuviera, vestido de paisano y viajando en camión no causaba un significativo efecto mediático[24].
El teniente Bertonasco y sus asistentes llegaron en mayo de 1946 al aeroclub de Jujuy y subieron a Abra Pampa, cabecera departamental de Cochinoca, centro de la organización del contingente viajero. Los Dionicio y otros organizadores comunales no tenían pensado salir tan pronto, pero ellos proponían llegar a Buenos Aires antes de las celebraciones por el día de la independencia, el primer 9 de julio con Perón como presidente[25]. Los representantes de las comunidades involucradas escogieron entonces a quienes iban a participar del viaje. Querían ser un número considerable para que la acción tuviera mayor visibilidad y significación pública. En los recuerdos y los relatos reivindicativos, los viajeros fueron designados, y esa selección implicaba un cierto reconocimiento honorífico.
Las operaciones dedicadas a producir una identidad específica se dieron desde el primer paso. Propusieron que el contingente estaba hecho de indígenas en la búsqueda de poner fin a la explotación a la que eran sometidos. Eran víctimas de terratenientes que desconocían el uso de la tierra ancestral y pretendían usufructuarla como propiedad privada. No eligieron presentarse como vecinos de las tierras altas de la Puna o del oeste salteño, no reivindicaron una adhesión política original como el laborismo, no asumieron una identidad especialmente centrada en su carácter de trabajadores de la tierra, de las minas o los ingenios, no se generalizaron como ciudadanos argentinos en la búsqueda de hacer respetar derechos postergados y ser incluidos a la nación moderna. Podrían haber escogido esas alternativas, pero una identidad anclada en un rasgo étnico-racial pareció más eficaz, potencialmente movilizable con éxito a través de las escalas, capaz de dotar al movimiento de un vistoso sentido que el nuevo gobierno podría aprovechar para atender.
La noción de malón se combinó como un oxímoron con la adjetivación pacífica. Sus protagonistas buscaban despegarse explícitamente de una asociación con la violencia, desmarcar la diferencia que subrayaban como epicentro de conflictos. La condición pacífica cuestionaba estereotipos del indio indómito, irracional y agresivo[26], pero también se protegía de críticas y sospechas esperables en función de una cierta historia reciente del conflicto por la tierra en la región, en donde, por ejemplo, los episodios violentos de El Aguilar y Cangrejillos en los años veinte habían combinado ya reivindicaciones de justicia social con encendidas disputas políticas que habían tenido saldos trágicos[27].
El contingente peticionante de 1946 no era solo indio y pacífico, también era profundamente patriótico. El nombre elegido se movía por un territorio que le era propio y que reconocía como espacio de pertenencia: “por las rutas de la Patria”. El Estado Argentino ya no era un enemigo con quien negociar, sino un ámbito al cual querían apelar como legítimos integrantes.
Desde su partida, el malón fue dando pruebas de que aquellas reivindicaciones bordadas en su nombre eran ciertas, es decir, un modo plausible de interpretar lo que hacían. Con sus aliados, el teniente y sus ayudantes, cuidaron cada escenario y cada mueca, con el objetivo de otorgarle solemnidad y legitimidad a la demanda que enarbolaban. Vestidos con ponchos y calzados con ushuntas, a caballo o a pie, los maloneros sumaron a la Virgen de Copacabana que portaban y a los retratos del general Perón, sus quenas, erkenkos y sikuris, coplas, charangos, hojas de coca y rituales de viaje. El 16 de mayo en Abra Pampa, con la presencia de los niños formados de la Escuela N° 24, la bandera y las autoridades del pueblo, cantaron el himno nacional y el cura Adalberto von Beck les dio su bendición[28]. Al llegar a Casabindo, al anochecer del 17 de mayo, también los esperaban los lugareños, al son de las campanas de la iglesia[29]. Al pasar por los pueblos, sumaban viajeros, que llegaron a ser 174 en Córdoba, cuando se arrimaron los últimos rezagados en el camino.
Siempre que fue posible, el malón llegó a una gran ciudad para celebrar las fechas patrias. El 25 de mayo participaron de los actos públicos por la Revolución en San Salvador de Jujuy. En las inmediaciones de la cuidad, el día anterior, los esperaba el diputado laborista Viviano Dionicio. Allí se reunieron también con los de la columna salteña que venía montada y mejor pertrechada desde Orán, en donde se alojaba el ingenio San Martín del Tabacal, propiedad de Patrón Costas. Entraron a la capital provincial en formación, describe Valko, con las mujeres adelante, llevaban la Virgen de Copacabana hecha por Hermógenes Cayo, una imagen de San Jerónimo y otra figura pequeña de la virgen. Detrás iban los jujeños que andaban a pie y luego, los salteños, a caballo. Cerraban el armado las mulas y burros, con sus cargas. Luego de una parada en la Casa de Gobierno, almorzaron en el Regimiento 2 de Montaña. Al día siguiente, siguieron camino hacia Salta, en donde les salió al encuentro la Banda de Música del 5to Regimiento de Artillería[30]. Se alojaron en el regimiento, en donde se les pusieron o cambiaron herraduras a mulas, burros y caballos, y los maloneros recibieron alpargatas, para reemplazar las ushuntas más estropeadas. Realizaron de salida una ofrenda floral ante el monumento de San Martín[31]. La noticia empezaba a circular por las radios locales.
La detallada crónica de Valko afirma que la llegada a Tucumán los primeros días de junio no fue tan cálida, por los lazos de las autoridades provinciales con los intereses azucareros, aunque igualmente fueron alojados en cuarteles del Ejército. Más allá de ello, el malón recibió una colecta de alimentos que se había organizado y dos carretas con mulas que los acompañarían todo el trayecto. En Simoca, luego de la mayor caminata de todo el periplo, los esperaban con campanadas y aplausos, improvisando un acto en el que se entonó el himno y el cura local bendijo a los exhaustos. Al día siguiente, desde Lamadrid viajaron en tren hasta Frías, en donde falleció uno de los maloneros de Orán, que no soportó el ritmo de aquel último trecho. El teniente Bertonasco, después de unos días de luto y probablemente respondiendo a protestas de los viajeros por lo sucedido, consiguió hacerlos viajar en tren hasta Dean Funes, evadiendo las salinas del norte cordobés. El 19 de junio llegaron a Jesús María, en donde fueron cobijados nuevamente en dependencias del Ejército[32].
El 20 de junio, día de la Bandera, entraron a Córdoba. Un público más nutrido los aguardaba, junto a familiares de Bertonasco, pero sobre todo los esperaba el gobernador de la provincia, Argentino Auchter, acompañado de funcionarios y legisladores. Visitaron la plaza San Martín. La esposa de un dirigente peronista le regaló a cada malonero una escarapela. La expectativa inicial de arribar a Buenos Aires para participar de las celebraciones del 9 de julio pareció, a partir de ese momento, una exigencia que hacía perder de vista cuán fértil podían resultar, para conseguir adhesiones y amplificar el impacto público de la performance malonera, las acciones desplegadas en el recorrido mismo. No tenía sentido viajar a las apuradas. Rosario, la segunda ciudad del país, era un lugar perfecto para celebrar el 9 de julio.
El 6 fueron alojados en la jefatura de policía de Cañada de Gómez, en donde se les proveyó de víveres necesarios y forraje para los animales. Y dos días más tarde, entraron a Rosario en donde fueron invitados a pasar una noche en las instalaciones de un country del Jockey Club local. Temprano dejaron una ofrenda floral a los pies del monumento a San Martín y más tarde marcharon a la cola de distintas guarniciones militares, la policía y los bomberos, frente a las autoridades de la provincia[33]. Bertonasco, Dionicio, von Kemmer y las mujeres del malón, junto con algunos hombres, participaron del programa de radio Las mil y una noches de Mejoral, conducido por el periodista Juan José Soiza Reilly. En comunicación telefónica con su familia, Bertonasco escuchó a su hija mayor recitar un poema “para el hermano indio”[34].
La cobertura de la prensa era cada día más intensa, mostrando con creciente animación los avances de la caravana. Esto suscitó que muchos otros peticionantes se definieran a movilizar sus demandas a través de viajes desde el Chaco, Formosa, Río Negro, individuales o en pequeñas comitivas[35]. Evocando la movilización de sus pares de la Puna, queriendo sumarse a lo que parecía una marcha triunfal, llegaban a la capital en la búsqueda de no quedar afuera de la promesa peronista[36]. El malón empezaba a dejar de ser solo un grupo de indígenas del norte rumbo a Buenos Aires para pedir lo suyo, para convertirse en una experiencia que se expandía mucho más allá de su presencia en el camino. Como explicó Valko, esto se hizo patente para los propios actores por la dimensión que tomó su llegada a Pergamino en los días siguientes.
Un malón que sacude al asociacionismo peronista a su paso
Comitivas y delegaciones de pueblos y asociaciones salían al encuentro del malón, para pedirles que contemplaran la posibilidad de hacerles una visita en el trayecto. En San Nicolás, provincia de Buenos Aires, el malón se desvió de su eje directo hacia la capital y tomó un camino hacia el oeste. Valko comenta que el objetivo era incrementar las muestras de solidaridad que estaba suscitando el movimiento. Para ello, visitarían tres lugares simbólicos de la Argentina agraria, la Argentina tradicional y la Argentina católica: Pergamino, San Antonio de Areco y Luján, respectivamente[37]. Sin embargo, no solo se trataba de cosechar aún más adhesiones de las que ya estaban recibiendo. En su recorrido y en su desvío, el malón producía su lugar como fermento de la vida asociativa peronista que, a mediados de 1946, a pocos días de la asunción del nuevo presidente, se encontraba quizás en el punto más alto que podían haber experimentado jamás, no solo los maloneros, sino también otros actores para quienes acompañar al malón resultaba, más que un acto de adhesión ideológica o de reconocimiento de la Argentina marrón, un modo útil de llevar adelante su propia actividad política. La experiencia en Pergamino es muestra de esta efervescencia.
El 21 de julio el malón fue recibido en esa ciudad por el comisionado municipal y una multitud de vecinos y activistas. Alejandra Salomón ha señalado la fuerza que tuvo el laborismo en la conformación del peronismo en ese distrito, consiguiendo aventajar a la Unión Cívica Radical Junta Renovadora, que también sostenía la candidatura de Perón y ubicar a legisladores de extracción sindical en la legislatura provincial[38]. Valko explica que a fines de junio, se había conformado allí la Sociedad de Arrendatarios e Hijos de Pequeños Propietarios Pro Reforma Agraria cuya primera decisión había sido crear una comisión de homenaje a la caravana que venía del norte. El Comisionado Municipal, bajo el argumento de que pronto abandonaría su cargo, le encomendó a esta asociación la recepción del contingente[39]. La entidad tenía por objetivo la expropiación de tierras agrícolas locales y el cumplimiento de la rebaja de los alquileres que había decretado la Revolución de Junio saliente. Las condiciones de la tenencia de la tierra eran el tema que nucleaba a sus activistas y en donde encontraron un gancho para vincularse a la demanda de tierras que los maloneros impulsaban. Esa anudamiento de demandas que propiciaron los activistas de Pergamino y alentó el contingente que venía del norte, al aceptar esa invitación, no era obvia ni evidente y sí, en cambio, suponía un pequeño salto semántico que, si bien incorporaba las peticiones de los viajantes a una consigna mayor (“la tierra para quien la trabaja” o “reforma agraria”), deslocalizaba y desespecificaba la demanda norteña en términos de indigenidad y posesión ancestral de la tierra. Los maloneros, en el proceso de aumentar la generalidad de su pedido[40], fueron admitiendo cambios, en colaboración con otros con quienes interactuaban, en el sentido de lo que estaban solicitando. Ahora, dos meses después de haber salido de Abra Pampa, ya no se trataba específicamente de una reivindicación étnico-racial que tan cuidadosamente habían construido, sino de una reivindicación que iba cobrando otras dimensiones y afirmándose como el reclamo de los argentinos desposeídos de sus medios de producción o víctimas del provecho “oligárquico”.
El teniente Bertonasco y el diputado Dionicio habían llegado a Pergamino dos días antes del arribo del malón, para organizar detalles de su acogida con los anfitriones locales, y luego volvieron a la caravana para participar del ingreso al lugar. La prensa seguía de cerca el evento. La radio transmitiría la llegada en cadena para una amplia red de radiodifusoras del país, con la conducción de Guillermo Warren Cabral. Los asociados de la Sociedad de Arrendatarios e hijos de Pequeños Propietarios Pro Reforma Agraria distribuyeron volantes por toda la zona, incitando a la población a participar de la recepción del contingente[41]. La misma asociación se iba haciendo conocer gracias a su lugar de anfitriona de los maloneros.
Valko comenta el detalle del recibimiento en Pergamino. Altos funcionarios municipales y el comisario local esperaban a los viajeros en la entrada del pueblo y una banda de Boy Scouts tocando música los fue guiando hasta la plaza La Merced en donde se realizaría el acto de bienvenida. Allí los aguardaba el Comisionado Municipal, el Jefe de la Policía, el Jefe de Bomberos, el Director de la Biblioteca, el Jefe de Correos y Telégrafos, el Director del Hospital, funcionarios del Ministerio de Educación y hasta el diputado provincial Rodolfo Yesid Yanzón que, según decía la prensa, era “descendiente de naturales”[42]. En la plaza los caciques León Cari Solís y Daniel Dionicio izaron la bandera, acompañados por Bertonasco y von Kemmer. Repicaron las campanas de la iglesia. Primero habló el flamante comisionado local y luego el presidente de la Sociedad Pro Reforma Agraria, Francisco Belardo, refiriéndose a los problemas que convocaban a su agrupación y asociándolos con aquellos que enfrentaban los visitantes del norte. Dionicio no quiso hablar, pero sí tomó la palabra Bertonasco que, ahora vestido de gaucho, había abandonado su uniforme militar. Luego, le tocó el turno al presidente de la Sociedad de Agricultores Arrendatarios de Colón, quien leyó un telegrama que enviarían a Perón pidiendo que se les entreguen las tierras a los coyas, “argentinos netos”, y que también a ellos se les prorrogaran los arrendamientos. Habló también Juan Samuel Altube, diputado representante del Consejo Agrario[43]. Luego hubo un asado multitudinario en la Sociedad de Fomento Barrio Centenario, con encendidos discursos de los activistas locales que propusieron impulsar su propia caravana de agricultores hacia Buenos Aires. En los días que estuvieron en Pergamino, los maloneros recibieron a muchos contingentes de otras localidades (Junín, Salto, Rojas, Chacabuco, 9 de Julio, Chivilcoy, San Pedro y Baradero) en la búsqueda de conversar, pensar estrategias comunes, intercambiar nombres y direcciones, planear reuniones futuras. También se acercó una delegación del Comité Femenino María Eva Duarte de Perón. Cuando la caravana partió rumbo a su próximo destino, el 24 de julio, el diputado Dionicio y el teniente Bertonasco permanecieron en el Hotel Roma, para almorzar con una delegación de agrarios y luego apurar paso para alcanzar al grupo[44].
Valko comenta que en San Antonio de Areco, cuna de la tradición, terruño de Ricardo Güiraldes, hubo también un caluroso recibimiento, con la particularidad de que, por gestión del periodista Soiza Reilly, el contingente norteño recibió la visita de un grupo de mapuches simpatizantes del peronismo, liderados por Jerónimo Maliqueo[45]. Maliqueo sería designado en 1953 en la Dirección de Protección del Aborigen, siendo uno de los caciques más próximos al peronismo, como registra la investigación de Christine Mathias[46]. En Luján también fueron recibidos por el Comisionado Municipal y el director de la Achicofradía Primaria de Nuestra Señora de Luján, quien los invitó a alojarse en el Centro de Peregrinos, en donde los huéspedes dieron un concierto con sus instrumentos de viento típicos. El padre Serafini dio una misa en su honor y un grupo de peronistas les regalaron a los maloneros una nueva virgen que llevarían a cuestas hacia su destino, bajo un techito a dos aguas, con una foto de Perón pegada en el dorso[47].
El 3 de agosto entraron por fin a la capital, avanzando desde Liniers hasta el centro, lentamente. Ya había viajado hasta Luján medio centenar de jinetes del Ateneo de Estudios Sociales de la Capital Federal para escoltar a los maloneros en su ingreso a la ciudad, y ahora, en el camino por la Av. Rivadavia, otras asociaciones como la Alianza Indoamericanista o el Club de Provincianos Unidos los iban interceptando para agasajarlos de distintas maneras y acompañar el recorrido[48].
Al mediodía, el malón pasó por el Congreso Nacional, de donde salió a saludar una comisión de homenaje que había sido conformada para la ocasión. Entre los legisladores se hallaban los senadores Durán, por Salta; y Tanco, por Jujuy. Más tarde el contingente llegaría a la Plaza de Mayo, en donde Bertonasco y Dionicio serían invitados a subir al balcón de la Casa Rosada con Perón. Los viajeros fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes, en donde estuvieron casi un mes, participando de diferentes actividades, seguidos de cerca por la prensa, reuniéndose con todo tipo de actores del asociacionismo peronista. Una mañana, de modo sorpresivo, sin haber obtenido una respuesta a su pedido, fueron desalojados y enviados en tren hacia Abra Pampa. Se resistían, en vano, al grito de “¡Perón! ¡Perón!”.
La controversia por la indianidad
¿Quiénes eran sus integrantes? ¿Coyas, Koyas, Kollas, indios, aborígenes, primitivos, indígenas, criollos, argentinos, peronistas, americanos, falsos indios? Se dieron casos de diputados de Jujuy y Salta […] que se ofendían si otro legislador se refería a los integrantes de la caravana llamándolos indios, indígenas, kollas e incluso aborígenes. […] El diputado Teodoro Saravia llegó al extremo de plantear que “en Jujuy no existen indios ni kollas”. A lo sumo admitía la existencia de lugareños de la Puna, quebradeños, o nativos de la Puna, pero jamás kollas ni mucho menos indios[49].
A pesar de los esfuerzos realizados durante el viaje para sostener una condición indígena, de los gestos de mansedumbre y pertenencia a la Nueva Argentina desplegados con tanto esmero, los cuestionamientos a la naturaleza del malón terminaron por aparecer. Podría verse en este hecho “una campaña difamatoria” y racista contra los integrantes del Malón, tal como interpreta Marcelo Valko[50] o podría buscarse ahondar en la hipótesis del engaño, políticamente antipática, recabando información para comprobar que, en verdad, se trataba de un grupo de personas que habían montado una farsa con fines utilitarios.[51] Lejos de pretender intervenir en un debate semejante, resulta interesante describir el tejido controversial en el que se cuestionó la legitimidad del movimiento para demandar.[52] ¿Eran indios o no eran indios? ¿En qué medida? No es una pregunta que deba ser respondida por quien investiga, sino una pregunta nativa. La condición enclenque de esa identificación, la indianidad de los maloneros, precisaba ser ganada o rebatida en una disputa por la definición de lo que estaba sucediendo[53]. Si la indianidad, pacífica y patriótica, había sido esculpida por los viajeros era porque era importante para ellos presentarse convincentemente de ese modo ante la sociedad argentina a la que pretendían convencer de la legitimidad de sus pedidos. No hubieran conseguido aumentar la generalidad de su demanda reivindicándose simples moradores de la Puna, campesinos y arrenderos, activistas de una facción de la interna peronista de tierra adentro. El pedido de expropiación de tierras era específico, no aquel de la Sociedad Pro Reforma de Pergamino, sino de unas tierras que, al estar asociadas a una identificación étnico-racial, se convertían en otra cosa, eran “tierras ancestrales” esquilmadas a sus naturales habitantes. Todo lo que siguió a la partida desde Abra Pampa el 16 de mayo fueron operaciones prácticas en un mundo autointerpretante, que ofrecían públicamente versiones sobre sí y contextos para que esas versiones pudieran ser tenidas por buenas[54].
Después de Pergamino, la condición de indianidad perdió turgencia. Valko recuperó comentarios sarcásticos publicados en un periódico local de Luján, luego de la partida del malón. Allí se lo acusaba de estar compuesto de simples oportunistas que “trabajaban de indios”:
–¡Mendoza! ¿Qué hacés aquí?
–Ya lo ves pos, bailando el carnavalito.
–¿No trabajás más de camionero en Avellaneda?
–Y ya lo ves pos, lo hey dejado.
–¿Y ahora de qué trabajás?
–No lo ves pos, ahora trabajo de indio[55].
Valko recuperó de la prensa las dudas públicas sobre la indianidad de los maloneros, cada día más frecuentes. Se rumoreó que solo había participado una cantidad limitada de collas auténticos y que la movilización había sido engordada por personas que nada tenían de indígena. Clarín señaló a fines de agosto que la proporción de indios era de un tercio de los participantes[56]. La prensa opositora también cuestionó o relativizó la indianidad de los maloneros, con clara expectativa de poner en duda la vocación defensora del peronismo de las comunidades originarias y contribuyendo a la edificación del sentido común antipopulista que acusa al peronismo de ser una mascarada para engañar a almas cándidas. La Vanguardia, periódico socialista, proponía a principios de septiembre que el movimiento había sido revelador de la “farsa peronista” no solo porque habían mandado de vuelta a sus integrantes sin darles respuesta sino también porque “se habría llenado los claros con falsos indios”, ya que muchos autóctonos no habían querido prestarse a la maniobra oficial[57]. Una publicación radical, cuestionando el desalojo, apuntó que “auténticos o mentidos, no merecían semejante despedida”[58].
Otra operación de desindianización que se impulsó en la prensa, aunque en principio ambivalente, apuntaba al hecho de que los integrantes del malón supieran leer y escribir. Esta aparente curiosidad fue propuesta en un primer momento como signo de la civilización de los bárbaros, pero pronto fue reinsertada en las disputas por el sentido de lo que estaba pasando como un gesto cuya extrañeza, en verdad, revelaba una mentira. Habían ido a la escuela, por lo que no estaban al margen del Estado Argentino ante el cual pedían una consideración especial como excluidos. En una entrevista que Noticias Gráficas le realizó a Bertonasco luego de la salida forzosa de los maloneros de la Capital, citada por Valko, el ex teniente defendía la causa diciendo que “el hecho de que algunos sepan leer y escribir no les modifica la raza”, “el hecho de vivir en chozas en vez de hacerlo al aire libre, de vestir bombachas y chaquetas y usar sombrero no puede modificar una herencia de sangre”[59].
La duda sobre la indianidad de los viajeros no provenía, sin embargo, únicamente de afuera. El abanico de sentidos sobre esa identificación era enclenque también para sus protagonistas. Sergio Zerpa, de Abra Pampa, señalaba que su padre solía decir que a la caravana le “han puesto Malón, pero ellos se consideraban Argentinos, pocas veces te decían nosotros somos bien indios. Lo de Malón es bien sureño. Siempre, dice, que iba adelante la bandera, una bandera Argentina e iban los santos y la cruz, delante de la caravana decían…”[60]. Teodoro Saravia, diputado nacional por Jujuy, dirigente de estirpe yrigoyenista, seguidor de Tanco –quizás queriendo negar la existencia de clivajes raciales en la Argentina, pero quizás también queriendo explicar a un entorno blanco-porteño que las cosas eran más complicadas– comentó en pleno recinto que los maloneros no eran collas, ni indios, sino “aborígenes”, “todos argentinos”. Y su colega Manuel Sarmiento también señaló la importancia de referirse a los maloneros, en el mejor de los casos, como “aborígenes” ya que estaban “ampliamente incorporados a la civilización”[61].
La puesta en cuestión de la indianidad de los viajeros, de su exclusión total de la civilización, de su contacto ancestral con la tierra, que los hacía merecedores de una concesión estatal diferencial, no fue exclusivo de la prensa maliciosa ni de la oposición que ahora intentaba sacar jugo de su final violento para confirmar que la justicia social del peronismo era una gran mentira. En este amasado colectivo de la sospecha, el mismo gobierno fue asumiendo una posición de desconfianza frente a la indianidad de los integrantes de la caravana para legitimar su propio lugar en el desenlace de los hechos cuyos motivos más pedestres era engorroso formular. Valko destacó que la Secretaría de la Presidencia emitió un comunicado difundido por radio en el que se hablaba de “los motivos que decidieron el viaje de un grupo de pobladores norteños”, despojando de referencias a una condición étnico-racial de sus participantes[62]. Si no eran indios, no estaban reclamando tierras ancestrales, no merecían esa compensación, y si esa condición de excepción ya no estaba presente, era posible mandarlos de vuelta a sus pagos, de modo que a nadie más se le subieran esos humos a la cabeza. Lo del malón había sido especial, sí, por eso había podido llegar hasta donde llegó. Cuando los maloneros dejaron de ser indios indiscutidos, el asunto se convirtió en algo más complicado. La coyidad de los maloneros había sido un proceso de politización de la etnicidad cuyos fundamentos ahora sufrían la intemperie.
A fines de noviembre, evoca Valko, un redactor del periódico Democracia le preguntó a Perón por los collas y este le respondió que el Malón “no representaba a las inquietudes ni las aspiraciones de los auténticos habitantes indígenas de nuestro norte” y que además no habían venido del todo caminando sino en trenes y vehículos a motor y que muchos de ellos eran de Buenos Aires y no de noroeste argentino[63].
Formas relativas de volver de un viaje peronista
Venía más contento que nunca, porque traía la santísima virgen, el único tesoro más precioso, que mis tierras ni que nada (Hermógenes Cayo)[64].
Los maloneros nunca responsabilizaron públicamente a Perón por el desenlace de su viaje. El presidente se dijo sorprendido por ese final y creó comisiones investigadoras para que esclarecieran los hechos, que nunca arrojaron ningún resultado. Dionicio, que fue de los que pudieron zafar de ser envagonados, y el senador laborista por Tucumán Luis Cruz, nativo de la localidad de Purmamarca e impulsor clave del laborismo jujeño, se reunieron con él en esos días[65]. Que los maloneros no hayan cancelado a Perón, al igual que sucedió en otros eventos en los que estaban involucradas comunidades indígenas aún más trágicos como la masacre de Las Lomitas, ha sido pensado como resultado de un atesorado reconocimiento que les impidió atribuir las responsabilidades oficiales correspondientes. La teoría del cerco[66] no era una creencia sino una enrevesada acción, no solo para proteger al líder y seguir apostando por ser parte de sus contemplaciones, sino también para disputar al interior del peronismo con mayor eficacia cuestionando a segundas, terceras y cuartas líneas de la supuesta verticalidad y seguir formando parte del movimiento.
Muchos de los trabajos históricos que han puesto como centro de su atención el “fracaso” del malón, el hecho de que no hayan regresado triunfalmente a sus tierras llevando consigo, ya no el honor de haber sido los decisivos testigos de una reforma agraria, sino aunque sea los títulos de propiedad de las tierras que habitaban, han interpretado que allí se cifraron los límites del populismo vernáculo. Así como en la historia política del peronismo el fin de la experiencia laborista es pensado como el gesto que condensa una verdad el auténtico lugar que deparaba a los trabajadores en su interior el proyecto peronista; en la historia social, el Malón de la Paz (y la masacre en Las Lomitas del año siguiente) es un evento en el que se cifra otra verdad: los límites de su cuestionamiento a la Argentina blanca y culturalmente homogénea del peronismo [67].
Pero ¿qué llevaron de vuelta para el pago los maloneros? ¿fue solo fracaso? Habían viajado por todo el país, conocido a una infinidad de asociaciones del peronismo en pleno florecer, habían sido retratados y aparecido en la prensa como estrellas de cine, habían conocido a Perón… El comentario de Hermógenes Cayo, citado en el epígrafe de este apartado, volviendo “más contento que nunca” a su rancho con su virgen, “más importante que sus tierras”, es ilustrativo de esto. Es cierto que no se consiguieron los títulos de propiedad, pero de ahí a que eso haya significado que la experiencia malonera fue un fracaso para sus protagonistas hay un abismo y una mirada unidimensional sobre la acción.
Una investigación de Moira Mackinnon, publicada hace tiempo, que recuperaba conflictos en las provincias del norte durante los primeros años del peronismo, evocaba cómo el diario La Nación aludía a las consecuencias del movimiento malonero. El fragmento se escandalizaba de lo que sucedía en el paraje de Santa Cruz, provincia de Salta, a fines de octubre de 1946.
Un día los pastores del lugar que reza a la Pacha Mama y no saben de mejores melodías que las de la quena y el erquencho fueron invitados a formar parte del malón de la paz. No hay porqué volver a detallar aquellos movidos en el Hotel de los Inmigrantes… volvieron a sus valles, los rincones de donde fueron sacados con tentadoras promesas que por cuenta propia tratan de convertir en realidades, pues no se resignan a seguir como antes, al cuidado de las majadas en una vida humilde. ¿Qué les prometieron? El caso es que ellos quieren disponer de todo. Reaccionan violentamente contra los forasteros, hablan de títulos de propiedad que dicen les fueron dados en Buenos Aires, aunque no los exhiben, y entre varios cabecillas se han repartido puestos de mando. Todos los que tomaron parte en el malón de la paz se consideran personas influyentes. Están organizando un nuevo viaje a Buenos Aires para el cual obligan al vecindario a realizar contribuciones. Atacan a la escuela porque quieren que sus hijos cuiden los rebaños en lugar de ir a clase, piden firmas para echar a la maestra quien ha tenido que enviar a su pequeña hija a la ciudad de Salta pues nadie le vendía leche. La escuela… es una construcción pobre mirada recelosamente por quienes han regresado de Buenos Aires con ideas confusas sobre la posesión de la tierra y la autoridad[68].
Mackinnon consideró a aquellos conflictos como signos de la subversión de las jerarquías que el peronismo implicó, el quiebre de la deferencia con la dominación anterior[69]. Es probable que los actores hayan obtenido una mayor confianza en sí mismos, subjetivando un poder[70]. En el plano práctico, la posibilidad de volver a Buenos Aires, de usar los contactos que habían conseguido y hasta de presumir títulos de propiedad eventuales, eran recursos que ahora estaban a disposición para hacer cosas en el ámbito local: atribuirse un poder, pensarse influyentes, amenazar, cuestionar, disputar. El tráfico de legitimidades a través de las escalas será, durante toda la década, un espacio de producción de la política para todos los peronistas, no siempre eficaz, pero sí muy utilizado[71]. La realidad presentaba su resistencia, sin embargo: un grupo de treinta personas volvió a viajar a Buenos Aires el 12 de octubre, por ejemplo, en ánimos de dar continuidad al reclamos por las tierras, pero vivió una experiencia muy diferente, pasando totalmente desapercibido.
Miguel Tanco, por su parte, contaba con un escenario político más despejado para asociar su nombre al de la expropiación de tierras en Jujuy. Kindgard comenta que a fines de diciembre de ese año visitó Abra Pampa en donde fue “fue entrevistado por numerosos dirigentes políticos y amigos personales, que le reiteraron su adhesión tanto a su obra como a los principios que sustenta el líder máximo del peronismo jujeño”[72]. Ese dirigente al cual ahora le “reiteraban su adhesión”, unos meses más tarde presentaría un proyecto de expropiación que obtendría sanción legislativa[73]. El decreto presidencial 18.341 llegó el 1° de agosto de 1949, día de la Pachamama. Viviano Dionicio se consideraba uno de los responsables de que Perón declarara por fin la utilidad pública, sujeta a expropiación, de 56 rodeos ubicados en Cochinoca, Humahuaca, Tumbaya, Tilcara, Rinconadas, Santa Catalinas y Yavi. La implementación de este decreto fue demorada[74]. Algunos de los ex propietarios iniciaron juicio al Estado después de 1955 por las expropiaciones[75].
Mientras ese decreto no se sancionaba, los maloneros siguieron activos en su militancia, apelando a su participación en el viaje de 1946 como credencial para probar su legitimidad peticionante. Kindgard recuperó un pedido elevado a mediados de 1947 por un grupo de queteños a los diputados de la provincia en donde se solicitaba la expropiación de las tierras de Miguel Vicente Garay, legislador provincial del conservadurismo en los años treinta y contratista de braceros para el ingenio Ledesma[76]. La vindicación de la participación en el Malón de la Paz se realizaba en el mismo párrafo en el que se reconocía a Tanco como el “apóstol de la Puna” y “viejo amigo”:
Todos los firmantes somos nacidos en la misma QUETA y esas tierras venimos ocupando tradicionalmente, pagando arriendos desde hace cerca de un siglo, primero nuestros padres y abuelos y ahora nosotros. Actualmente hemos bajado a Jujuy llamados por el Juez del Crimen a declarar en el proceso que se sigue por nosotros en contra de Miguel Vicente Garay administrador del Rodeo, hombre prepotente que nos ha tratado siempre como esclavos. Hace muchos años venimos pidiendo la entrega de las tierras. Somos viejos amigos y conocidos de don Miguel A. Tanco, el apóstol de la Puna, que hizo revivir en nosotros las esperanzas de días mejores que ambicionamos y esperamos […] Algunos de los firmantes hemos ido muy lejos pidiendo las tierras [dos de ellos]. Algunos de los firmantes hemos formado hace tiempo en el MALÓN DE LA PAZ que llegó hasta el Presidente de la República pidiéndole las tierras que ocupamos. Creemos que el gobierno puede invertir la pequeña suma que importa el Rodeo de Queta, y que siendo los más antiguos de todos los arrenderos de la Puna, se nos entreguen las tierras que ocupamos dándonos en esto la preferencia, ya que hemos sufrido hasta hoy más que ninguno el flagelo del mal trato capitalista y oligárquico[77].
El pedido ahora realizado a la legislatura provincial por parte de varios activistas de lo que había sido el laborismo en Queta, algunos de ellos maloneros, se despojaba de sus anclajes específicos en el seno del asociacionismo peronista. La evocación al “apóstol de la Puna”, más que expresión de una cercanía con el viejo caudillo radical podría haber sido un modo de reconocerle su poder e invitarlo a reconstruir una oportuna proximidad para conseguir, de conjunto, lo que tanto ellos como él en el fondo anhelaban.
Malón de la Paz y peronismo: algunas de las cosas que uno permite ver del otro
Una descripción del Malón de la Paz precisa ser, como ha sugerido Kindgard, totalmente devuelta al contexto de las internas del peronismo en la dimensión pequeña, tanto de Jujuy como de cada espacio por el que atravesó en su viaje, estimulando las fibras asociativas de una red en pleno crecimiento. Permite no sólo contemplar cuán solapadas podían ser las disidencias y cuán sofisticados los modos de lidiar con ellas, sino también cómo la potencia de las acciones de un grupo plural iba produciendo su éxito o fracaso a través de las oportunidades políticas y las demandas sociales de otras entidades, grupos e individuos que interferían. El abigarrado mundo asociativo peronista mostraba así su cualidad dinamizadora y necesaria para crear una hegemonía.[78] Una revalorización de la política no requiere volver a creer en un dominio autónomo, en donde se cuecen habas, más allá del cual nada es importante, dado que aquellos otros dominios, como el de las reivindicaciones sociales y culturales, eran los espacios vivos en los que la política anidaba concretamente y encontraba su sustancia.
El Malón de la Paz fue un escenario polifacético, nutrido de las operaciones prácticas de una serie de actores plurales en la búsqueda de distintas cosas. La dimensión étnico-racial que quisieron priorizar sus organizadores y participantes y pusieron a prueba constante quienes intervinieron con él, fue una dimensión émica[79], insuflada por los propios actores, el modo real en el que se impulsó una demanda enclenque a través de las escalas, cobrando relevancia en espacios cada vez más amplios y para actores cada vez más diversos, a medida que iba probando su efectividad. En ese proceso de aumento de su generalidad[80], el pedido cambió de naturaleza, perdiendo su condición específica, que era la que lo había hecho aceptable y se zambulló en un territorio mayor, cuna de su postergación. Tierras ancestrales para indígenas pacíficos parecía posible y pintoresco; cientos de comitivas expropiadoras llegando a la Plaza de Mayo para pedir una reforma agraria era otro cantar. En ese proceso distintos actores contribuyeron a su desenlace en la búsqueda de su propio beneficio. La disputa por el sentido de lo que estaba sucediendo fue cambiando de manera vertiginosa a medida que esa demanda mutante iba siendo arrastrada por los contextos en los que se iba inscribiendo su significación pública y asociativa, a medida que el peronismo en sus albores iba extendiendo su red[81]. El Malón de la Paz se convirtió en un punto de esa red que permitía a otros hacer cosas con su pedido.
Los maloneros eran actores cargados de reivindicaciones que no se apagaron en el viaje de vuelta a Abra Pampa, por eso no cancelaron a Perón. Eran parte de una vida asociativa que calentaba motores en la puja que estallaría en los próximos dos años por hacerse un lugar en el magma peronista[82]. Los participantes volvieron a sus pagos con una serie de habilidades y recursos, tangibles e imaginarios, antes improbables, para hacer política y disputar el conflicto social en el plano local. Volvieron con la capacidad de hacer cosas con el viaje que habían hecho, principio activo de los procesos de politización a ras del suelo: desde acorralar a una maestra, poniendo en duda figuras de autoridad locales, dejar de pagar un alquiler, convertirse en un imaginero místico, movilizarse hasta la legislatura provincial para denunciar al patrón de la hacienda por malos tratos, hasta hacerse reconocer setenta años después como héroes en la lucha por la liberación de los pueblos de AbyaYala[83].
- Agradezco las sugerencias que hicieron a una versión anterior de este trabajo Fernando Castillo, Marcelo Jerez y Nicolás Quiroga.↵
- Valko, Marcelo Los indios invisibles del Malón de la Paz, Cuadernos de Sudestada, Buenos Aires, 2008, p. 53.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 53.↵
- Gaztañaga, Julieta El trabajo político y sus obras: una etnografía de tres procesos políticos en la Argentina contemporánea, Antropofagia, Buenos Aires, 2010.↵
- Entre otros: Paz, Gustavo “Resistencia y rebelión en la Puna de Jujuy, 1850-1875”, Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani”, 1991, pp. 63-89; Kindgard, Adriana “Los Sectores Conservadores de Jujuy ante el Fenómeno Peronista (1943-1948). A Propósito de la Dimensión Estructural en el Análisis de los Procesos Políticos”, Estudios Sociales 16, 1, 1999), pp.77-94; Paz, Gustavo “El «comunismo» en Jujuy: ideología y acción de los campesinos indígenas de la puna en la segunda mitad del siglo XIX”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 2009; Fleitas, María Silvia y Teruel, Ana “Los campesinos puneños en el contexto de los gobiernos radicales: política de tierras y conflictividad social en Jujuy”, Estudios del ISHIR 1, 1, 2011, 102-123; Fleitas, María Silvia “Los arrenderos «toman partido». La relación política entre el radicalismo yrigoyenista jujeño y los campesinos arrendatarios en lucha por su tierra. Década de 1920”, XVII Jornadas Interescuelas de Historia, 2019.↵
- Kindgard, Adriana “Tradición y conflicto social en los Andes argentinos: en torno al Malón de la Paz de 1946”, Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe 15, 1, 2004; Belli, Elena et al. Malón de la Paz: una historia, un camino, Universidad de Buenos Aires / Instituto Interdisciplinario Tilcara, 2007; Valko, Marcelo Los indios, cit.,; Lenton, Diana “The Malón de la Paz of 1946. Indigenous Descamisados at the Dawn of Peronism” en Karush, Mathew y Chamosa, Oscar (ed.) The New Cultural History of Peronism. Power and Identity in Mid-Twentieth Century Argentina, Duke University Press, Durham and London, 2010; Maier, Bárbara “Los límites de la democratización del bienestar. El Malón de la Paz y la Masacre de Rincón Bomba”, Segundo Congreso de Estudios sobre el Peronismo (1943-1976), Caseros, Buenos Aires, 2010; Gigena, Andrea “Movilización indígena, subjetivación política y etnicidad. Los efectos inmediatos del Malón de la Paz entre los kollas salteños del Tinkunaku”, Intersticios de la Política y la Cultura 4, 2015, pp. 51-62; Kindgard, Adriana “El peronismo en la fragua. Una mirada microhistórica a los liderazgos políticos en una región del norte argentino (1945-1955)” en Ciaramitaro, Fernando y Ferrari, Marcela A través de otros cristales. Viejos y nuevos problemas de la historia política de Iberoamérica, UAM-UNMdP, México, 2015; Kindgard, Adriana “La experiencia del peronismo en el interior (del interior) del país. Política y acción colectiva entre los arrenderos de «Queta» en la Puna de Jujuy”, Revista de Historia Americana y Argentina 53, 2018, pp. 115-141.↵
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- Fleitas, María Silvia y Teruel, Ana “Los campesinos puneños”, cit., p. 121; Kindgard, Adriana “La experiencia del peronismo en el interior”, cit., p. 7.↵
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- Mathias, Christine “The First Peronists: Indigenous Leaders, Populism, and the Argentine Nation-State”, Journal of Social History 54, 3, 2021, p. 10.↵
- Valko sostiene que Viviano Dionicio fue empleado administrativo de la mina El Aguilar y que fue allí en donde un compañero de trabajo lo instó a enrolarse en las filas del laborismo jujeño Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 59. Viviano habría cursado el seminario para convertirse en sacerdote, pero ante el paludismo y su enamoramiento de una bibliotecaria de Cochinoca, su padre había por fin aceptado que ese no era su destino, en parte gracias al consejo de Adalberto von Beck, sacerdote que desde su periódico El Incano de Cochinoca alimentaba nociones de equidad y justicia entre los pobladores Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 63.↵
- MACKINNON, Moira Los años formativos del partido peronista (1946-1950). Siglo XXI, Buenos Aires, 2002.↵
- Kindgard, Adriana “El peronismo en la fragua”, cit.↵
- Lenton, Diana “The Malón de la Paz of 1946”, cit.; Adamovsky, Ezequiel “El criollismo en las luchas por la definición del origen y el color del ethnos argentino, 1945-1955”, Estudios Interdisciplinarios de América Latina 26, 1, 2015.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 65.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 57.↵
- Semán, Ernesto Breve historia del antipopulismo: Los intentos por domesticar a la Argentina plebeya, de 1810 a Macri, Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2021.↵
- Fleitas, María Silvia y Teruel, Ana “Los campesinos puneños”, cit., p. 120.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 68.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 69.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 72.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 72.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 74.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., pp. 77–78.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., pp. 79–80.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., pp. 83–84.↵
- Sigal, Silvia “Del peronismo como promesa”, Desarrollo Económico 48, 190/191, 2008.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., pp. 85–86.↵
- Salomón, Alejandra El peronismo en clave rural y local. Buenos Aires, 1945-1955, Universidad Nacional de Quilmes, Quilmes, 2012, pp. 61–63.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 87.↵
- Boltanski, Luc El Amor y la Justicia como competencias: tres ensayos de sociología de la acción, Amorrortu, Buenos Aires, 2000.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., pp. 87–88.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 88.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 89.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 94.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 101.↵
- Mathias, Christine “The First Peronists”, cit.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 111.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., pp. 112–115.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., pp. 24–25.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 192.↵
- Salir de una discusión en esos términos (invisibilización – invención) ha sido una tarea etnográfica desarrollada en la Argentina en las últimas décadas en términos de procesos de alterización dinámicos a partir principalmente de la propuesta de BRIONES, Claudia La alteridad del “cuarto mundo”. Una deconstrucción antropológica de la diferencia, Ediciones del Sol, Buenos Aires, 1998.↵
- LEMIEUX, Cyril “À quoi sert l’analyse des controverses ?”, Mil Neuf Cent. Revue d’histoire intellectuelle, 25, 2007, 191-212.↵
- Thomas, William “La definición de la situación”, CIC. Cuadernos de Información y Comunicación 10, 2005, pp. 27-32; Thireau, Isabelle “S’accorder sur ce qui est”, Politix, 125, 1, 2019, pp. 161-190.↵
- Cottereau, Alain “Contextualiser dans un monde auto-interprétant: quel prix pour la garde d’un bébé? Un exemple d’anthropologie de l’évaluation, ou “ethnocomptabilité” en Brayard, Florent Des contextes en histoire, Bibliotheque du Centre de Recherches Historiques, Paris, 2014, pp. 123-150.↵
- Democracia, 05.08.1946. Citado por Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 192. Otro comentario que Valko también recupera del mismo diario decía que “al llegar al Centro de Peregrinos de Luján donde estaba acampando el Malón, el periodista observó a un anciano que estaba sentado, inmóvil, sin hacer nada, apenas movía las mandíbulas. Evidentemente parecía estar dedicado a la ancestral actividad de mascar coca. Sin embargo, cuando fue interrogado explicó que estaba comiendo chicle” (Democracia, 12.08.1946). ↵
- Clarín, 30.08.1946. Citado por Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 193.↵
- La Vanguardia, 03.09.1946. Citado por Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 194.↵
- La Argentina, 30.08.1946. Citado por Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 194.↵
- Noticias Gráficas, 30.08.1946. Citado por Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 195.↵
- Belli, Elena et al. Malón de la Paz, UBA / Instituto Interdisciplinario de Tilcara, p. 107 citado en Duárez Mendoza, Jorge Luis “Política y usos de la memoria en los Andes durante los años del boom minero”, Identidades 8, 14, 2018, p. 188.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 199.↵
- La Prensa, 01.09.1946, citado en Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 151.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 201.↵
- Frase de Hermógenes Cayo, pronunciada en el documental que lleva su nombre, dirigido por Jorge Prelorán en 1969, disponible en YouTube: https://bit.ly/3TheQ55.↵
- Kindgard, Adriana “La experiencia del peronismo en el interior”, cit., p. 12.↵
- Sigal, Silvia y Verón, Eliseo Perón o muerte : los fundamentos discursivos del fenómeno peronista, Editorial Legasa, Buenos Aires, 1986; Macor, Darío y Tcach, César “El enigma peronista” en Macor, Darío y Tcach, César (ed.) La invención de peronismo, cit. ↵
- Lenton, Diana “The Malón de la Paz of 1946”, cit.; Maier, Bárbara “Los límites de la democratización”, cit.↵
- La Nación, 30.10.1946, citado por Mackinnon, Moira “La primavera de los pueblos. La movilización popular en las provincias más tradicionales en los orígenes del peronismo”, Estudios Sociales, Revista Universitaria Semestral 10, 1996, pp. 87-101. Las denuncias de falsedad en torno a los títulos de propiedad en la región de la Puna databan de décadas anteriores cuando los mismos pobladores nativos ponían en cuestión la legitimidad de la propiedad de las tierras solicitando que se les exhibieran aquellos documentos Fleitas, María Silvia y Teruel, Ana “Los campesinos puneños”, cit., p. 118.↵
- Mackinnon, Moira “La primavera de los pueblos”, cit.; James, Daniel “17 y 18 de octubre de 1945: el peronismo, la protesta de masas y la clase obrera Argentina”, Desarrollo Económico 27, 107, 1987. ↵
- Gigena, Andrea “Movilización indígena”, cit.; Barros, Mercedes et al. “Las huellas de un sujeto en las cartas a Perón: entre las fuentes y la interpretación del primer peronismo”, Revista Electrónica de Fuentes y Archivos 7, 2016, pp. 234-260.↵
- Garzón Rogé, Mariana “Ojos de mosca. Los peronistas, la política y los lugares de la acción (1945-1955)”, Tempo 25, 2, 2019, pp. 342-362.↵
- La Opinión, 30.12.1946 en Kindgard, Adriana “La experiencia del peronismo en el interior”, cit., p. 22.↵
- Crónica, 08.08.1947. Un telegrama firmado en Abra Pampa le hacía llegar “como un mensaje de redención y júbilo racial nuestra más penetrante felicitación y agradecimiento colectivo por la sanción expropiación tierra”. Ambas citas recuperadas por Kindgard, Adriana “La experiencia del peronismo en el interior”, cit., p. 24.↵
- Las haciendas quedaron en manos del Banco de la Nación hasta 1959, cuando fueron transferidas a la provincia de Jujuy, con la excepción de San José de Rinconada, que habría sido subdividida y entregada a sus arrendatarios Fleitas, María Silvia y Teruel, Ana “Los campesinos puneños”, cit., p. 122.↵
- Valko, Marcelo Los indios, cit., p. 227.↵
- Kindgard, Adriana “La experiencia del peronismo en el interior”, cit.↵
- Archivo Histórico de la Legislatura Provincial, Caja 1947, Comisión de Peticiones y Poderes, expediente 2, 03.06.1947, citado en Kindgard, Adriana “La experiencia del peronismo en el interior”, cit., pp. 135-136.↵
- ACHA, Omar “Sociedad civil y sociedad política durante el primer peronismo”, Desarrollo Económico, 44, 174, 2004, pp.199-229.↵
- Cerutti, Simona Étrangers. Étude d’une condition d’incertitude dans une société d’Ancien régime, Bayard, Paris, 2012.↵
- Boltanski, Luc y Thévenot, Laurent De la justification: les économies de la grandeur, Gallimard, Paris, 1991.↵
- Latour, Bruno Reensamblar lo social: una introducción a la teoría del actor-red, Manantial, Buenos Aires, 2008.↵
- Acha, Omar y Quiroga, Nicolás (ed.) Asociaciones y política en la Argentina, cit.↵
- “A los 97 años falleció Ciriaco Condorí, uno de los protagonistas del Malón de la Paz”, El Tribuno, 24.10.2018. En las últimas décadas se han estudiado en sede antropológica procesos de etnogénesis por los cuales se visibilizaron grupalidades indígenas en Argentina después de décadas de mayor latencia de esa dimensión identitaria. Entre otros trabajos, podemos mencionar los de BRIONES, Claudia (ed.) Cartografías argentinas, Cartografías argentinas: políticas indigenistas y formaciones provinciales de alteridad, Editorial Antropofagia, Buenos Aires, 2005; ESCOLAR, Diego Los dones étnicos de la nación. Identidades huarpe y modos de producción de soberanía en Argentina, Prometeo, Buenos Aires, 2007; RODRÍGUEZ, Mariela Eva De la “extinción” a la autoafirmación: procesos de visibilización de la comunidad tehuelche Camusu Aike (Provincia de Santa Cruz, Argentina), Tesis de doctorado, Georgetown University, 2010. ESPÓSITO, Guillermina La Polis Colla: Tierras, Comunidades y Política en la Quebrada de Humahuaca, Prometeo Libros, Buenos Aires, 2017; ESCOLAR, Diego y RODRÍGUEZ, Lorena (ed.) Más allá de la extinción: identidades indígenas en la Argentina criolla, siglos XVIII-XX, SB ediciones, Buenos Aires, 2019.↵






