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La vida en la imagen

Sobre el fantasma y los espejos en Mario Bellatin

Leo Cherri

La obra de Mario Bellatin no es sino una larga meditación sobre la física de lo sensible y la antropología de la imagen. Como hemos desarrollado en otras oportunidades (Cherri, 2017, 2019), entre 2007 y 2009, quizás el último gran pliegue de su sistema creativo, el escritor mexicano profundiza estéticamente lo que con Disecado (2011), El libro uruguayo (2012) y su Obra reunida 2 (2014) alcanza formulaciones más ensayísticas, por un lado, y propuestas singularísimas como Bola negra El musical de Ciudad Juárez (2012) y Cine-vivo (2014), por el otro. Esto es, una conceptualización general de la “imagen” donde la escritura, la fotografía o el cine no son expresiones más o menos homogéneas o mixtas (Speranza, 2013), sino que constituyen dispositivos singulares y específicos, que tampoco pueden entenderse como una operación sobre o en la literatura (Panesi, 2005). En este trabajo nos proponemos sintetizar la concepción de “escritura” e “imagen” en la obra de Bellatin.[1]

Según Bellatin, la escritura plantea pero en tanto abstracción está imposibilitada de concluir. Mientras que la fotografía, por ejemplo, muestra en un solo golpe lo simultáneo en el tiempo y en el espacio, la relación entre lo vivo y lo muerto, entre lo verdadero y lo falso,[2] aunque permanece muda –al igual que aquel perro que situó en un altar en su performance de Perros héroes–. En este marco de (im)potencia extendida surge la idea de que las formas solo expresan en su negatividad, de modo que ese “fuera de sí” se alcanza en asociación con otras formas: imágenes visuales y verbales, pero también cuerpos y auras. El aura, en Bellatin, es similar a lo que Averroes entiende como “persona”. Se trata de una noción jurídica o sociocultural de individuación que nada tiene que ver con las posibilidades inmanentes de los textos. El aura es el criterio no estético que gobierna, paradójicamente, el campo artístico. Es de lo que Bellatin dice pretender despojarse para mirar una obra, como la de Béla Tarr, incluso es lo que sustrae en Kahlo o en su (im)propia obra: “¿quién sería capaz de quitarse el nombre para otorgar algo más radical?”, pregunta en “Algo que funciona sin funcionar” (2016).

La sustracción del aura de autor, de la tradición o, como suele decir Bellatin, de la retórica es el fin supremo que constituye la experiencia estética que se produce en la obra del escritor, y la operación o método que se presenta en esa experiencia de la repetición es el montaje. Pues montar supone crear un dispositivo o medio.

En sus comienzos (1986-1995) Bellatin asume al montaje como lo auténticamente artístico –pues solo se crea en la combinación (eco barthesiano)– y como un fenómeno absolutamente personal –puesto que permite que el “yo” se escape de las retóricas y códigos que lo atraviesan expresando una regla propia (eco foucaulteano)–. Más tarde, desde Poeta ciego (1998) y especialmente en Flores (2000), el montaje supondrá la articulación entre la obra (la flor) y el sistema (el ramillete o el jardín) que, con el correr del tiempo, aparecerá cada vez más público, anónimo, acéfalo y relacional. Con el cambio de siglo, el montaje se instalará en relación con la imagen y los dispositivos audiovisuales: la posibilidad de articular aquello que no puede ser dicho en la fotografía, y aquello que no puede ser mostrado en la palabra, o aquello que no puede ser escuchado o intercambiado en la voz o en el canto. Lo que Alan Pauls (2005) denomina histeria fría, pero que resulta más acorde pensar según la lógica bipolar (Agamben, 2005) o suplementaria (Derrida).[3] Así, en la imagen última de su obra, la inter- o multimedialidad expresa un sentido averroísta: se puede ver del mundo solo lo que un dispositivo permite acoger. Por lo tanto, cada dispositivo capta una fuerza parcial. De lo que se deduce que a mayor cantidad de dispositivos y de medios utilizados, será mayor la potencia para captar las fuerzas que atraviesan el mundo y lo viviente. Ese es el sentido de su realismo o vitalismo en El gran vidrio (2007), como de su interés antropológico o arqueológico en Bola negra – El musical de Ciudad Juárez y en el Cine-vivo. Esta relación entre dispositivo y mundo es, incluso, lo que atraviesa Carta sobre los ciegos: la escritura es el resultado de la comunicación entre dos hermanos ciegos internados en un centro psiquiátrico, él además es sordo y ella escucha parcialmente; una computadora en el cuello de ella consigue posibilitar una comunicación entre ambos y el mundo sensorial.

En ese sentido, el paso que traza Bellatin en este momento es reorientar esos procedimientos en tanto operaciones capaces de captar una realidad fantasmática, ese tiempo más real que el real habitado por una vida impropia que se extiende más allá de la muerte y de la vida misma: un proceso –una experiencia, no un resultado– que permite ver algo que se escapa tanto a la visibilidad como a la decibilidad (a la forma sensible-inteligible) e, incluso, a toda noción de propiedad de lo viviente.

En este marco es decisiva la intervención de El libro uruguayo de los muertos (2012), puesto que pone en relación a través del montaje, el comentario, la reescritura y el copy-paste una serie de textos “creados en conjunto”: Las dos Fridas, naturalmente, pero también El gran vidrio, La biografía ilustrada de Mishima, “Kawabata: el brazo del abismo”, entre otros. Es decir, El libro uruguayo es en sí mismo la realización estética del concepto muy preciso que en él se encuentra formulado. Todos estos libros, escribe Bellatin, están atravesados por la “realidad fantasma”, ese “espacio donde las normas” son “otras” (2012: 115), que se expande a partir de todos los dispositivos que instauran un lado alternativo pero inmaterial de lo viviente: una cámara de juguete cuyo rollo no se revela, un libro paralelo a otro publicado pero fuera de inserción editorial. Los ejemplos abundan en el libro.

El razonamiento se deduce solo: si existe una realidad fantasma hay un yo fantasmagórico y, por extensión, una serie de vidas que han sido convertidas en puro simulacro. El libro uruguayo no es más que la reunión de este cultivo fantasmagórico de lo viviente: un mundo, un pueblo. ¿No hay acaso en la realidad fantasma de Bellatin una suerte de eco o reapropiación de lo que la tradición averroísta ha llamado intelecto material?[4] En ese sentido, la obsesión de Bellatin por los dispositivos (sea una cámara de juguete o un texto que hasta no ser traducido no está escrito) es una apuesta por captar algo de ese continuum infinito plagado de paralelismos invisibles. En ese marco, el doppelgaingerstein[5] no es más que un fenómeno común que se encuentra presente no solo en Las dos Fridas, sino en buena parte de la vida del escritor: un simple vidrio basta –dice el escritor– para que otro-yo se independice de nosotros. Es lo que en Disecado (2011) hace ingresar una y otra vez bajo el sujeto auto-interrogado de “¿Mi-yo?”, ese fantasma.

Tanto en El gran vidrio como en Disecado nos encontramos con un sujeto que cambia de nombre, pero también de identidad, de género, de temporalidad. Pero esta cualidad de lo mudable no evidencia el propio simulacro de identidad ni tampoco un mirar el mundo fuera del tiempo y del espacio. Se trata, más bien, de la fractura esencial entre logos (identidad, en este caso) y zoé (vida corporal). Ese “¿Mi yo?” extrañado y, necesariamente, sujeto a una interrogación que remarca su impropiedad es otra forma de reinscribir la particular experiencia de escisión del cuerpo que reconocemos por Mario Bellatin frente a su reflejo.

El espejo es lo que instaura la perpetua mutación (circular) del cuerpo respecto a su imagen. O como dice en El libro uruguayo, al comprobar nuevamente la unicidad del mundo y tangibilidad de ese “más allá” invisible:

Experimenté en carne propia, en aquel instante –en el de la consulta con el perro– una verdad obvia: que el avance es ilusorio. Que nos trasladamos dentro de un círculo, en realidades alternas donde todo, un presente, un pasado y un futuro está conectado de manera tangible. Lo que puede cambiar son determinados tonos. Ciertos colores que, como vemos en estos proyectos destinados a la segunda década de un supuesto tercer milenio, nos sirven únicamente como punto de referencia, como un espejo para atisbar con qué cara amanecimos hoy. (2012: 264)

El espejo y la vida fantasma son temas sometidos a una reflexión que atraviesa la obra de par en par, actualizándose y repitiéndose con insistencia. En Efecto invernadero (1992), por ejemplo, un poema “como aparecido de la nada” se presenta escrito “en el espejo”. Quince años después pero en Los fantasmas del masajista (2009), el dolor se encarna en un miembro ausente, mientras que el canto de una muerta instaura la hipótesis de que el alma de la Madre de João parece haber reencarnado en el loro que reproduce semejante voz fantasma. Mucho antes, en Canon perpetuo (1993), la voz era un producto o mercancía fantasma que una organización misteriosa volvía intercambiable. Es decir, no solo el autor sino las imágenes mismas (las almas, las auras) son modulares y, a la vez, materias de refracción, es decir, de reflexión: ¿no es acaso la pecera del moridero de Salón de belleza una suerte de dispositivo óptico que propicia si no el mimetismo, una relación causa-efecto entre la muerte animal y la humana?

En uno de sus más recientes textos, Carta sobre los ciegos para uso de los que ven el escritor toma como epígrafe el siguiente fragmento de Denis Diderot:

Le pregunté sobre lo que entendía por espejo: “Una máquina –me respondió– que pone las cosas de relieve, lejos de sí mismas, si están convenientemente colocadas en relación con ella. Es como mi mano, a la que no tengo que colocar junto a un objeto para sentirla. (2017: s/p)

La experiencia del espejo, esa especie, ese fantasma, expone la cualidad refleja (o reflexiva) que nos constituye psicológicamente, pero que nos aliena física y antropológicamente: el espejo o la superficie del agua nos privan de nuestra forma y la multiplican. Lo que expone a la imagen incorpórea, ese ser especial,[6] como agente de la multiplicación de la formas y de la verdad, pues es la des-sujeción de la materia lo que abre una fractura entre su verdad y su existencia.[7]

La experiencia del espejo demuestra que hay existencia medial porque hay medios o dispositivos, es decir, abstractores. Y, por lo tanto, todo conocimiento es una forma de reflexión, es decir, re-flejo. En la escritura o en la imagen –esos dispositivos de pensamiento– nada es lo que es, sino apenas un ser curvado o desviado según la capacidad de captura de un medio.

El mundo sensible no existe más que en los medios que lo abstraen o capturan. Sin embargo, las imágenes –los fantasmas– es lo que in-siste infinitamente en los sujetos a través de la imaginación. Por lo tanto, son las imágenes lo que une el logos con la zoé y, en ese movimiento, deviene forma de esta (Coccia, 2007: 44, 275).

Es difícil esbozar una definición de “vida”, sin embargo, según esta perspectiva la acción de vivir significa dar sentido, sensificar lo racional, transformar lo psíquico en imagen exterior, dar cuerpo y experiencia a lo espiritual. Deberíamos decir, entonces, que la verdadera vida activa, la vida superior del hombre o del animal, no está ni en la acción, ni en la producción, sino en la invisible relación con los medios y los dispositivos de captura. Si, tal como sostiene Lacan, es a través de un espejo que podemos tornarnos experiencia para nosotros mismos (apropiándonos simbólicamente de una imagen que no nos pertenece), también es apenas en los medios que nuestra existencia espiritual consigue prolongarse más allá de nosotros, es decir, trascender. La imagen es, entonces, una forma de trascendencia. Apenas a través de lo sensible penetramos en las cosas y en los otros, podemos vivir en ellos, ejercer influencia sobre el mundo y sobre el resto de los vivientes y, viceversa, ser penetrados (Coccia, 2010: 47; Nancy, 2002). Es lo que llamamos impresión (Coccia, 2010: 11).

Volviendo al espejo de Bellatin, rápidamente podemos captar la experiencia de impropiedad que refleja, incluso más allá de “sí”. Había un espejo en el techo de la habitación de Frida Kahlo –lo primero que veía la pintora cada día era su (im)propia imagen–[8] y, del mismo modo que en Salón de belleza, el animal es otro vidrio, un espejo de la mujer o del artista en las obras de Kahlo: ¿si no cómo entender el sentido que llevó a la artista a pintar su rostro en el cuerpo de un cordero que lo hizo aparecer, además, en la estela figural e imaginaria del San Sebastián asaetado,[9] como también lo hizo Yukio Mishima, con su (im)propia imagen?[10] ¿No fue Duchamp, también, alguien que padeció (o hizo padecer al Otro) la experiencia de la “casi nada” transparente del vidrio invertido? No me refiero a El gran vidrio, sino al Pequeño vidrio o, como reza su título original, Para ser mirado (desde el otro lado del vidrio) con un ojo, de cerca, durante casi una hora (1918).[11] En cuanto a los dobles, qué decir de Link, que ha escrito un libro titulado Fantasmas (2009) en el que hace del lenguaje otro vidrio: “cuando hablo de mí prefiero hacerlo en tercera persona”, dice.

Así las cosas, cuando Bellatin aborda esta particular escisión en la que sus obras pertenecen a otros artistas, como Duchamp (“Una cabeza…”), Mishima (Biografía ilustrada), Link (el “Anti-prólogo…” se subtitula “para ser visto a través de un espejo curvo”) y, naturalmente, Kahlo (Demerol), lo que allí hace además de exponer la modularidad del autor es deslizar una interrogación bien concreta: ¿no serán los cuerpos también una suerte de vidrio o superficie en el que una imagen podría posarse y, por eso mismo, independizarse de su vida corporal? ¿En la medida que los artistas no son “mario bellatin”, no tendrían la potencia, atributo o algún modo de serlo? ¿No son acaso las imágenes y las formas –no solo las que componen los “artistas”, sino cualquier ser, cualquier aspecto del mundo– aquello que constituye un pensamiento más allá de todo sujeto y de toda encarnación y, por consiguiente, una vida especial, como la posibilidad misma de una sobrevida?

Lo que ponen de relieve los dispositivos de duplicación de Bellatin es una situación teórica más profunda: ellos no crean simulacros –como pensaba con horror Sor Juana del retrato, “ese engaño colorido” que “bien mirado, / es cadáver, es polvo, es sombra, es nada”–, sino que apenas captan la infinidad de simulacros que forman no solo lo real, sino el mundo mismo. Así es la phisis de Bellatin: los dispositivos de duplicación no capturan el alma o aniquilan el cuerpo –como fantaseó con paranoia ciencia-ficcional Bioy Casares en La invención de Morel–, pues en realidad entre “alma” y “cuerpo” no hay relación de pertenencia alguna: las formas son, ya lo dijimos, una posibilidad de sobrevida que no “contiene” una psicología y un sujeto, sino su fantasma.

Marco esta oposición con Bioy o Sor Juana puesto que el horror a la reproducción –que también atormentó a Borges: “Los espejos y la cópula son abominables…” dice en Tlön– responde a una tradición teológica, en principio, pero que de modo general ha marcado una episteme occidental desde Platón y su desprecio por las imágenes. Tanto El libro uruguayo de los muertos –en el que resuena El libro tibetano de los muertos como Las dos Fridas introducen la noción de “resurrección de la carne” de “San Juan de la Cruz” y “Santa Teresa” y la contraponen con el cuerpo muerto de Duchamp/Kahlo/Mishima/Link, que expuesto a la intemperie ha sido comido por los pájaros. El ritual mortuorio de la otra Frida (su cuerpo convirtiéndose en la mortaja de papel, luego en una suerte de letra y después en una textura, rasgo o pliegue de la tela) es, dice Bellatin, una posición intermedia. Intermedia al cuerpo desritualizado y a la carne como cascarón unívoco e incorrupto del alma que será resucitada junto a los “cuerpos mortales” en la segunda venida de Cristo.[12] Intermedia, por lo tanto, a la historia y a la persona jurídica y, por otro lado, a la pura vida sin experiencia.

Santa Teresa de Jesús, inspirada a su vez en las palabras de Pablo de Tarso, aseguraba que para ver a Dios era necesario morir y por eso su poesía fue un rezo al deseo de muerte. Ese pensamiento es el que capturó Gian Lorenzo Bernini en su Éxtasis de Santa Teresa. San Sebastián, pero en un contexto más bien político e imperial, experimentó en carne propia esa pasividad al ser asaetado. La pintura del renacimiento capturó la pasividad, pero sin dolor, es decir, gozosa. Lo que llevó a San Sebastián a convertirse en un santo patrono queer (Link, 2005). Ese fantasma llegó con facilidad a Oriente, cuando Mishima –sí, el ser sin cabeza que Bellatin ilustra en su biografía– posó la pasividad (no la de San Sebastián, sino la de la pintura homoerótica renacentista) para registrarla en su cuerpo y en una fotografía. Su obra toda, y en especial Confesiones de una máscara (1949), no es sino una experiencia en la cual la verdad es un efecto de superficie: quizás por eso simuló un seppuku para, años después, actuarlo nuevamente pero en carne propia.

Este mismo fantasma, pero con un aspecto más perturbador, fue el que capturó la mirada de Bataille: para hacer la experiencia del Eros, sintió el francés, había que abandonar el instinto de conservación y entregarse a lo abierto, es decir, morir.[13] Como las palabras tal vez no eran suficientes, o la imagen de la Santa Teresa o del San Sebastiano no ilustraban con radicalidad el punto –y quizás porque todavía no existía la foto de la cabeza de Mishima separada de su cuerpo–, Bataille incluyó en Las lágrimas de Eros (1961) las fotos de un cuerpo sometido a la tortura china del Leng Tchen cuyo rostro experimenta, según el filósofo, una suerte de éxtasis. Unos años más tarde se detendría en ese mismo instante fotográfico Salvador Elizondo, pero para multiplicarlo con un relato que tituló irónicamente de “crónica de un instante”, es decir, Farabeuf (1965).[14] Ese ser especial, ese ser pasivo se desprende de su corporalidad humana y alcanza una marina (una estrella de mar), para llegar a ser puro significante: el instante se vuelve anagramático, como en Shiki Nagaoka.[15] Muchos años después, en 2003, el escritor Elizondo asistiría a un Congreso de dobles de escritores o también llamado Congreso de escritores duplicados que organizó Mario Bellatin. El escritor mexicano, devenido gestor cultural, prefirió que no vaya el sujeto psico-físico llamado Salvador Elizondo, optando por transportar su imagen a través de un cuerpo actante, llamado “Representante”. Recientemente, Bellatin inscribió en su obra no a Elizondo sino a Farabeuf junto con Kafka, lo que dio por resultado el literal Un kafkafarabeuf (2019).

Podríamos dedicarle sendas páginas a esta serie e interrogar las semejanzas y diferencias de cada caso. Sin embargo, lo que nos importa –lo que al sistema estético de Bellatin le importa– es lo que se encuentra detrás del procedimiento, es decir, de la semejanza analógica: la persistencia de unas imágenes, esto es, una supervivencia (nachleben) que expresa la fuerza con que esa alma (sea llamada “estado primitivo”, “inconsciente colectivo”, o “topología”) ha in-sistido en el mundo.

La pathosformel que armamos según algunos motivos en la obra de Bellatin no solo expone la supervivencia de una forma, motivo o pensamiento, sino más profundamente lo que tienen en común la insistencia de estos fantasmas, su haber actualizado y, por lo tanto, reproducido un aspecto o imagen de la potencia del pensamiento. “¿Recuerdas…?”, es la palabra que anota Elizondo al comienzo de Farabeuf –que la copia de L’Année dernière à Marienbad de Alain Resnais, su director, o Alain Robbe-Grillet, su guionista– y que repite incesantemente, como subrayando para nosotros la anamnesis ineludible, entendida ahora como pura potencia, a la que nos enfrentamos al ver cualquier imagen.

Frente a la serie creo recordar una unicidad o sustancia que ha atravesado a estos cuerpos y los ha puesto en el lugar de una pasividad asombrosa, no tanto por el aspecto mortuorio del asunto, sino por su potencia repetida para acoger una estética, prolongar la vida de las imágenes y multiplicar las formas del pensamiento. Pathos es, también, una pasión sin sufrimiento ni resistencia. Laxa, fluyente, inmaterial, in-cognoscente, sin forma, es decir, dis-positiva.[16]

Esta pasividad radical es la que experimenta la doble de Frida Kahlo, que bien podríamos agregar a la serie: aquel cuerpo abierto a la posibilidad increíble de recibir la imagen de Kahlo al punto de reencarnar no solo su apariencia sino un modo de ser de la artista, incomposible respecto de la vida biográfica de la pintura, pero en resonancia para-normal con su espíritu que, sin embargo, no ha tomado posesión de tal cuerpo: la verdad del fantasma. Se trata de la realización más extrema de la física y la antropología de la imagen de Bellatin. Pues la imagen se presenta como una forma que sobrevive en otro cuerpo y, por lo tanto, la objetividad y la corporalidad son, entonces, su lugar, su sustrato, su sujeto pero nunca, nunca, nunca su propiedad. Esta verdad impropia es, en Bellatin, su pura inmanencia: la imagen, una vida…

Referencias bibliográficas

Agamben, G. (1995). Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Valencia: Pre-Textos.

Agamben, G. (2005). Profanaciones. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Agamben, G. (2007). La potencia del pensamiento. Adriana Hidalgo: Buenos Aires.

Bataille, G. (2002). El erotismo. Barcelona: Tusquets.

Bellatin, M. (2008). Las dos Fridas. México: CONACULTA Random House Mondadori.

Bellatin, M. (2011). Disecado. México: Sexto Piso.

Bellatin, M. (2012). El libro uruguayo de los muertos. México: Sexto Piso.

Bellatin, M. (2019). Carta sobre los ciegos para uso de los que pueden ver. Buenos Aires: Alfaguara.

Cherri, L. (2017). La repetición como experiencia. Revista Brasileira de Literatura Comparada, 18 (28).

Cherri, L. (2019). Totalización y objetividad. El realismo de Mario Bellatin. Landa. Revista do Núcleo Onetti de Estudos Literários Latino-Americanos, 8 (2), pp. 184-200.

Cherri, L. (2022). Imágenes, vida (im)propia: las Fridas y el misticismo de Mario Bellatin. Estudios de Teoría Literaria. Artes, letras, humanidades, 11 (24) (en prensa. Fecha de aceptación: 16 de diciembre de 2021).

Coccia, E. (2007). Filosofía de la imaginación. Averroes y el averroísmo. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Coccia, E. (2010). A vida sensivel. Florianópolis: Cultura e Barbárie.

Derrida, J. (1967). De la grammatologie. París: Minuit.

Jamís, R. (1995). Frida Kahlo. Barcelona: Circe.

Link, D. (2005). Clases, literatura y disidencia. Buenos Aires: Norma.

Link, D. (2009). Fantasmas: imaginación y sociedad. Buenos Aires: Eterna Cadencia.

Nancy, J. L. (2002). La imagen-Lo distinto. Laguna: Revista de filosofía, (11).

Panesi, J. ( abril, 2005). La escuela del dolor humano de Sechuán. El interpretador. Literatura, arte y pensamiento, (20).

Speranza, G. (2013). Perros héroes. En Atlas portátil de América Latina, arte y ficciones errantes. Barcelona: Anagrama.


  1. Este trabajo se propone profundizar las reflexiones desarrolladas en “Imágenes, vida (im)propia: las Fridas y el misticismo de Mario Bellatin (Cherri, 2022).
  2. Escribe Bellatin: “Las fotos ocupan casi todo el espacio. Como que sellan la escritura. Terminan de decir lo que la escritura planteó y está imposibilitada, por su carácter mismo de abstracción, de concluir. Le es difícil, por ejemplo, mostrar de un solo golpe lo simultáneo en el tiempo y en el espacio. La relación entre lo vivo y lo muerto. La convivencia de lo falso con lo verdadero” (2012: 47).
  3. Un suplemento, para Derrida, es “aquello que se añade, [que] no es nada puesto que se añade a una presencia plena a la que es exterior” (1967: 238). Así, leyendo a Rousseau o a Platón, la noción de “suplemento” es lo que permite leer en el pensamiento una coherencia sin cohesión, “decir al mismo tiempo lo contrario sin contradicción” (1967: 254). El suplemento introduce de manera “económica” una textualidad y temporalidad paradójica, que desplaza el pensamiento a un límite de lo pensable. Pues introduce, como recuerda Homi Bhabha en El lugar de la cultura, un signo a posteriori, que traumatiza el orden del día (2002). Se trata de una lógica del discurso que no obedece ya al principio racional del tercero excluido: no es su no-contradicción la que asegura su coherencia y su aspecto de sistematicidad, sino su contradicción. Así, a la imagen de la literatura que configura Bellatin le es necesario contradecirse en relación con cierta imagen de la escritura para ser, paradójicamente, una escritura coherente; ir “más allá” de la literatura para ser, en suma, literatura. De ahí radica que Bellatin no concuerde con cierta idea que postula su intervención como un abandono del orden de la escritura y de la figura del escritor. Pues asume una premisa radicalmente contradictoria, que la escritura y la literatura sólo se afirman expresando su afectación parasitaria por aquello que, en algún momento, fue su más radical exterior y extranjero: la imagen y las artes. Al tiempo que difumina toda frontera y asume un radical anacronismo, Bellatin también quiere mantener afuera lo que ya está adentro y, simultáneamente, situar a posteriori lo que siempre estuvo ahí. Esto también vale para las consecuencias más profundas de este postulado: si la imagen es aquello por definición falso, Bellatin lo hará aparecer como la quintaesencia de lo verdadero, pues es la existencia del mundo sensible lo que multiplica las formas y, por ende, establece que la posibilidad de lo verdadero radica en lo falso, de lo real en lo imaginario, de un primero lógico en uno segundo, en suma, la posibilidad del origen en el suplemento, de la vida en la muerte –máxima de Kantor– y del ser en las apariencias –platonismo invertido, propiamente deleuzeano–.
  4. Fue Averroes, dice Coccia (2007: 211), el primero en postular al intelecto material como medio absoluto. En la medida que él no-es nada, o casi nada, y por eso mismo, supone la pura potencia de acogerlo/pensarlo todo, pero fuera de él, más precisamente en el fantasma humano. El intelecto material es un espacio topológico en que la vida como forma sobrevive a la carne siendo susceptible de ser actualizada –o perdida– infinitamente.
  5. “Acabo de darme cuenta de que el fenómeno del doppelgaingerstein está presente en buena parte de mi vida. Conseguí entonces que esa imagen en el espejo, que invento cada cierto tiempo, principalmente cuando se me presentan personas que considero inalcanzables, tenga vida propia y no se limite a cumplir al pie de la letra con mis no requerimientos –necesidades en negativo suena preciso– sino que tome sus propias iniciativas. Tengo la esperanza de que si esto sucede, la imagen fantasmal terminará hecha pedazos” (2012: 59).
  6. En Estancias Agamben sostiene que “la unión con la propia imagen en un espejo perfectamente lúcido simboliza a menudo, según una tradición mítica mística […] la unión con lo suprasensible (2002: 131). Más tarde, en Profanaciones sostendrá que “La imagen es un ser cuya esencia es la de ser una especie, una visibilidad o una apariencia. Un ser especial es aquel cuya esencia coincide con su darse a ver, con su especie” (2005: 73).
  7. Dice Coccia: “Hacer existir las cosas como species o intenciones no significa producir semejanzas, sino liberar las cosas de la relación que las vincula a la propia materia, abrir una fractura entre su verdad y su existencia: abstraer las formas, lograr separar una forma de lo posible que la mueve hacia algo diferente de ella y que le ha permitido producirse” (2007: 242).
  8. Al respecto, dice Kahlo: “¡El espejo! Verdugo de mis días y de mis noches. Imagen traumática como mis propios traumas. La impresión constante de que te señalan con el dedo. “Frida mira, Frida, mírate, pues”. Ya no hay una sombra verdadera donde esconderse, una guarida segura donde retirarse, abandonada al dolor, para llorar en silencio sin marcas en la piel. Imaginaba que cada lágrima creaba un surco en el rostro, aunque fuese joven y liso. Cada lágrima es una fragmenta de la vida […] Durante horas me sentía observada. Me veía. Frida dentro, Frida fuera, Frida en todas partes, Frida hasta el infinito […] Pero, de repente, allí, bajo ese espejo opresivo, me vinieron unos deseos tremendos de dibujar. Tenía tiempo. No solo para trazar líneas, sino incluso para darles un sentido, una forma, un contenido. Comprender algo de ellas, concebirlas, forjarlas, torcerlas, desliarlas, unirlas, llenarlas” (Rauda, 1988: 123).
  9. Ver San Sebastián de Guido Reni (1615).
  10. Fotografía de Shinoyama Kishin (1968). “Mishima Yukio como San Sebastián”.
  11. Thery De Duve ha escrito uno de los más bellos testimonios a propósito de la experiencia del espejo duchampeano: “Acaté la orden (no durante una hora, la paciencia tiene límites), y la experiencia fue muy instructiva. Con mi ojo clavado en la lupa, veo ‒o mejor no veo‒ la obra desaparecer de mi campo visual para que aparezca apenas una imagen reducida e invertida de la galería 1 del Museo de Arte Moderno, donde el objeto fue exhibido. Comienza un período de espera, poco confortable y aburrido. La revelación sucede cuando por azar otro visitante que pasa me parece un enano, cabeza abajo y en mi lugar anterior, puesto que estaba inicialmente en el lado del vidrio donde se había dispuesto para la lectura del título/instrucción. Un encuentro deseado acaba de ocurrir ‒el vidrio sirviendo de obstáculo‒ entre dos espectadores, el otro y yo, dos miembros del público. Entre nosotros dos, la obra no era nada más allá del instrumento de nuestro encuentro. Sin embargo, en la medida en que el otro ocupaba el lugar donde yo estaba, tenía la convicción de que había perdido el encuentro para el cual llegaba con retraso, y él pensaba haber tenido un encuentro con todos los tipos de atrasos”.
  12. Se lee en la Biblia: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros” (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).
  13. Escribe Bataille en El erotismo: “el ser abierto sin reserva –a la muerte, al suplicio, al gozo–, el ser abierto y en trance de muerte, dolorido y feliz, ya asoma en su luz velada: esta luz es divina. Y el grito que, con la boca torcida, este ser, ¿en vano?, quiere hacer oír es un inmenso aleluya, perdido en el silencio sin fin” (1957: 200).
  14. La tortura china llamada “muerte de los cien pedazos”, “muerte de los mil y un cortes” o “muerte de los mil cortes” (en chino, Ling Chi o Leng T’ché) fue una forma de suplicio chino utilizado desde el año 900 d. C. hasta principios del siglo XX para ejecutar penas de muerte. La tortura Ling Chi se hizo conocida en Europa a través de relatos de viaje ilustrados, como Pekin qui s’en va de Louis Carpeaux de 1913. El libro muestra fotos de la última ejecución el 9 de abril de 1905, antes de que esta práctica fuera abolida (y reemplazada por un tiro en la nuca). El último ejecutado por Ling Chi fue Fu Zhu Li por haber asesinado a su amo, el príncipe mongol Ao-Han-Quan. Posiblemente, la fotografía que recuperan Bataille y Elizondo ha sido tomada de dicho texto.
  15. Foto de archivo. Ver en Salvador Elizondo (2015). Diarios: 1945-1985. Prólogo, selección y notas de Paulina Lavista. México: FCE, pp.109.
  16. Agamben ha vuelto no pocas veces a la cuestión de la potencia del pensamiento (la potencia del no) como pathos, por ejemplo en La comunidad que viene (“Bartleby”) y en Ninfas. Pero ya en su obra temprana, en una conferencia titulada “La imagen inmemorial” (1986), incluida en La potencia del pensamiento, en donde se ocupa de la “imagen” del eterno retorno de Nietzsche, propone la supervivencia de este motivo en el pensamiento del siglo XX: “Tratando de romper el círculo de la subjetividad, de desatar el nudo que une en él potentia activa y potentia passiva, el pensamiento contemporáneo ha privilegiado y llevado al extremo la polaridad de la potentia passiva, de la pasividad. Pienso aquí en Bataille y en su concepto de éxtasis, en Lévinas y en su idea de pasividad, en Derrida que, con su huella originaria, ha expuesto con un rigor nuevo la paradoja aristotélica de la tablilla para escribir y en las hermosas investigaciones de Nancy sobre la subjetividad que tiembla. Pero también pienso en Heidegger, en el ser-para-la-muerte y en la decisión auténtica en Sein und Zeit, donde se piensa una dimensión ‘apasionada’ que anticipa toda posibilidad y donde sin embargo nada le es dado aún al Dasein. De este modo el pensamiento contemporáneo piensa la forma más extrema de la subjetividad: el puro estar-abajo, el pathos absoluto, la tabla para escribir en la que nada está escrito. ¿Pero no es quizá justamente esto lo que Nietzsche ha tratado de pensar con el eterno retorno del Gleich y con la voluntad de potencia?” (2007: 434).


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