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Introducción

Las transformaciones del capitalismo neoliberal en los albores del siglo XXI han producido un giro autoritario. La financiarización y la desindustrialización de la economía se emancipan de la opción del reconocimiento de la diferencia. El neoliberalismo contemporáneo profundiza una moral familiarista y reaccionaria (Butler, 2024; Romé, 2024) sostenida por una hibridación entre posiciones libertarias y conservadoras antiliberales que niegan derechos conquistados asociados al género e impone violencias deshumanizantes que marginan a grupos de sujetos por su nacionalidad, raza, etnia, posición política o de clase, colocándolos como Otros absolutos (Balibar, 2017; Ludueña Romandini, 2024). A pesar de todo esto, las demandas de reconocimiento no han cesado. Por el contrario, se han multiplicado, pero por parte de identidades paulatinamente más fragmentarias y segmentadas (Hall, 2003; Hernández López, 2023).

Desde instituciones políticas y estructuras económicas que desposeen o privan a sujetos de derechos políticos, económicos y sociales otrora conquistados, obturando la promesa de una vida de ciudadanía democrática (Rinesi, 2023), hasta violencias deshumanizantes que excluyen o desembocan, en su punto límite, en el aniquilamiento de la otredad, los efectos des-democratizadores (Catanzaro e Ipar, 2016; Prestifilippo y Wegelin, 2018; Tatián, 2019) implícitos en las políticas impulsadas por el capitalismo neoliberal actual, hacen mella en las teorías del reconocimiento surgidas a partir de la caída del Muro de Berlín. La hipótesis del fin de la historia y la promesa de realización del reconocimiento recíproco de las diferencias, sostenida por Francis Fukuyama (1991), la idea de una fusión multicultural de horizontes, propuesta por Charles Taylor (2009), o la teoría del reconocimiento como gramática moral de los conflictos sociales, esgrimida por Axel Honneth (1997), precisan de un nuevo desplazamiento para habilitar la continuidad de un concepto que aún no está caduco, pero que tampoco parece inmediatamente sostenible.

A este respecto, priman tres alternativas teóricas. En primer lugar, aquella que exige la renuncia a emplear el concepto, el cual, por otra parte, no cesa de ser desplegado en las luchas políticas y cuyo abandono podría conllevar pérdidas en la capacidad explicativa de la teoría política y social. En segundo lugar, aquella que preserva una continuidad indiferente del concepto, sobre todo en las lecturas que se deshacen de la violencia ocasionada por el fenómeno del reconocimiento en vistas del avistamiento de un progreso moral en curso. Y, en tercer lugar, aquellas que enfatizan excesivamente el costado violento y opresivo del reconocimiento. En razón de esta coyuntura teórica y de las mutaciones históricas expuestas, se presenta un dilema que sugiere la necesidad de una actualización que habilite un análisis teórico a la altura del problema y de sus complejidades internas.

Este libro se pregunta por el rol que cumple el concepto de reconocimiento para el análisis de los procesos contemporáneos de democratización y desdemocratización. A través de una indagación en autores pertenecientes al marxismo occidental y al posestructuralismo, más concretamente en los pensamientos de Jacques Lacan, Louis Althusser, Judith Butler y Theodor Adorno, sostenemos que el reconocimiento puede ser leído como un fenómeno dialéctico, el cual está atravesado por un grado mínimo de violencia, a pesar del cual y debido al que se habilita la democratización como un proceso internamente tensionado. Esto implica afirmar que la contribución del concepto de reconocimiento se da a condición de asumir una lectura dialéctica del problema, en la que se despliegan sus contradicciones internas y se analiza cierto límite interno que podría serle inherente.

El libro se inserta en el marco de una serie de discusiones contemporáneas sobre la relevancia de este concepto para la teoría política[1]. Es que el problema del reconocimiento ha adquirido un renovado impulso desde la reapropiación de la lectura hegeliana de Alexandre Kojève por parte de Fukuyama (1991), quien consignó a la democracia liberal como fin de la historia a partir del cual el reconocimiento mutuo entre todos los individuos ya gozaría de una garantía inédita. A partir de allí, se han consolidado un sinfín de trabajos sobre el problema, siendo los más renombrados los trabajos de Charles Taylor sobre el multiculturalismo y el reconocimiento de las diferencias culturales, y los de Axel Honneth en torno a las motivaciones morales de las luchas sociales por el reconocimiento. El pilar que está a la base de estas reflexiones y sus continuaciones se soporta en la formulación hegeliana de la experiencia de dependencia recíproca entre el yo y el otro, de la que se desprende la constitución de ambos como sujetos con cierto sentido de sí mismos (Ikäheimo, Lepold y Stahl, 2021). Sin embargo, es plausible abordar el extenso terreno de discusiones en torno al concepto en dos campos específicos según la relación que el fenómeno del reconocimiento tiene con el plano lógico de la negatividad y su traducción en el plano político de la violencia: en un primer campo, ubicamos a las interpretaciones positivo-progresistas del reconocimiento y, en un segundo, a las interpretaciones negativo-autonomistas del reconocimiento.

En el primer campo se sitúan las teorías predominantes en la discusión, encabezadas por Axel Honneth, y que sostienen que, en el hecho de ser reconocido intersubjetivamente, el sujeto se autorrealiza y adquiere un grado de libertad, mientras que el sujeto que no es reconocido padecería de una negatividad usualmente caracterizada como menosprecio, injusticia o dominación (Allen, 2006; Bertram y Celikates, 2013; Habermas, 1997; Honneth, 1997; Jaeggi, 2009; Ikäheimo, 2022; Lazzeri y Caillé, 2007; Renault, 2019; Ricoeur, 2006; Sembler, 2023; Siep, 2014; Taylor, 2007). En definitiva, este campo prefigura la negatividad como un límite externo o separado de la positividad que brinda el reconocimiento y entiende que, a través de medios como el conflicto o la racionalidad comunicativa, el padecimiento subjetivo (la negatividad de no ser reconocido) puede ser subsanado. Aquí, las relaciones del sujeto consigo mismo y con el otro tienden a la proximidad, ya que los sujetos gozan de una transparencia expuesta en la demanda de reconocimiento que se adecúa a la autopercepción del sujeto en relación a sus insatisfacciones y necesidades. Para este campo, en consonancia con lo afirmado por Honneth (2016, p. 110) mediante su método de la reconstrucción normativa (Toninello, 2023), el telos del reconocimiento es el de una relación completa y no distorsionada del sujeto consigo mismo y con los otros, realizado en las configuraciones históricas que logran armonizar la relación entre el yo y el otro. Sintonizando con cierta cosmovisión kantiana de la infinitud asintótica de la historia, estas teorías abogan por lo que podríamos considerar un progresismo liberal del reconocimiento que, paulatinamente, iría corrigiendo los daños morales subjetivos al ampliar los márgenes de inclusión en las esferas de las relaciones personales, el mercado y las instituciones estatales democráticas (Honneth, 2014); una posición a la que se le podría objetar, en primer lugar, que, al postular la externalidad del reconocimiento respecto de la violencia sufrida por los sujetos, tiende a perder de vista los modos en que esta última se efectiviza cuando el reconocimiento es consumado y no sólo mediante su negación. En segundo lugar, y en los términos benjaminianos de la Tesis XIII de “Sobre el concepto de historia”, podría decirse que este campo se sostiene sobre la base de una “infinita perfectibilidad humana” de la que se deriva una concepción socialdemócrata de la historia como un “tiempo homogéneo y vacío” (Benjamin, 2009, p. 48), perdiendo de vista los dramas violentos que hacen a la historia del reconocimiento. En tercer lugar, estas interpretaciones enfatizan por demás la relación intersubjetiva entre el yo y el otro, perdiendo de vista las normas y estructuras (la relación con el Otro) que conforman las condiciones para que un sujeto devenga reconocible. En este sentido, es sintomático que conciban al reconocimiento como un “acto” en el cual alguien con un “estatus privilegiado otorga” reconocimiento a quien demanda ser reconocido en alguna de sus cualidades personales (Honneth, 2021, p. 25). Indudablemente, aquí la reflexión sobre la transformación se sostiene unilateralmente en la voluntad de cierto grupo privilegiado de otorgar o no reconocimiento a otros, reflexión que, por cierto, corre el riesgo de perder de vista las implicancias de las luchas históricas y las transformaciones estructurales necesarias para que el reconocimiento se efectivice. En cuarto y último lugar, este campo tiende a cerrarse sobre sí mismo en una suerte de eurocentrismo (Prestifilippo, 2023) que desatiende las calamidades del reconocimiento en otras geografías, por caso, la latinoamericana.

Paralelamente, en un segundo campo permeado en mayor o menor medida por reapropiaciones negativistas del legado nietzscheano, podemos ubicar a las denominadas “interpretaciones negativo-autonomistas del reconocimiento”, según las cuales este último sería él mismo sinónimo de negatividad absoluta, ya sea porque estaría constitutivamente fallido o errado –en el reconocimiento a través de normas, categorías o instituciones se traicionaría la singularidad de las diferencias–, o porque cualquier institucionalización del reconocimiento en realidad enmascara o mistifica relaciones de dominación o explotación. De ahí que varios autores aboguen directamente por abandonar el uso del concepto para pasar a otros que habiliten un análisis más adecuado a la situación contemporánea (Attridge, 1999; Badiou, 2001; Grosz, 2011; Leeb, 2009; Markell, 2003; McNay, 2008; Oliver, 2001), a los cuales se les podría cuestionar el despojo de una categoría que continúa funcionando como estandarte en las luchas políticas y sociales[2]. Asimismo, debido al carácter inherentemente violento que saturaría a todo régimen de reconocimiento, la estrategia política por la que suelen optar quienes participan de este segundo campo pone el énfasis en las potencias emancipatorias asociadas, antes que a la búsqueda de reconocimiento, al rechazo [refusal], al escape, o la desidentificación respecto de cualquier ordenamiento institucional dado (Agamben, 1999; Deleuze y Guattari, 2004; Mezzedra, 2005; Virno, 2021; Žižek, 2003). Por otro lado, estas perspectivas tienden a acentuar desmesuradamente la opacidad inherente a todo sujeto y a sus relaciones con los otros, lo cual puede conllevar, como efecto, la renuncia a una transformación política real en el interior de los marcos institucionales, debido a la imposibilidad de reconocimiento del otro, que aquí parece ser concebido como un Otro absoluto e irreconocible. En efecto, si el primer campo afirmaba prontamente la posibilidad de un nosotros armónico en la relación cercana entre el yo y el otro, este campo presupone una disgregación total entre el yo en su relación consigo mismo y en su relación con el otro. Esto es, la negatividad del reconocimiento se torna aquí absoluta. Al identificarlo con la violencia total, esta concepción tornaría insignificante cualquier transformación al interior de las instituciones del reconocimiento, descuidando las diferencias políticas posibles entre distintos modos del reconocimiento, sus traducciones institucionales y sus efectos diferenciales en los sujetos reconocidos.

En definitiva, estas dos formas interpretativas del reconocimiento, en apariencia contrapuestas, no están tan lejanas. Tienen un núcleo en común que dejan sin tocar: la transformabilidad del mundo, En particular, de los modos del reconocimiento existentes. Si para el argumento positivo-progresista, el reconocimiento permanece como un deber ser que se realiza en las instituciones provenientes de la modernidad capitalista, y para el negativo-autonomista, el reconocimiento es absolutamente desechable como consigna política y recurso teórico, entonces ambos argumentos culminan con una conclusión. Esto es, afirman que no es posible transformar radicalmente las formas del reconocimiento. Las opciones que nos legan son, o bien optimizar las formas ya conocidas, o bien huir de ellas. En aras de trascender la discusión entre una incorporación infinita de identidades segregadas mediante su reconocimiento institucional o el escape frente a su violencia y opacidad estructural; entre la continuación irreflexiva y absolutizante del concepto de reconocimiento, o su despojo por ser reproductor de violencias, el libro examina el vínculo entre el problema del reconocimiento y el de la democratización de la democracia, justificado en la posibilidad de realizar una lectura dialéctica del reconocimiento, que constituye el modo de abordaje del concepto en cuestión. En efecto, la doble crisis política y teórica exige una actualización en presente de un concepto, pero, para no caer en una posible deshistorización que lo pensaría sólo en su novedad absoluta, esa actualización debe situar al problema en vínculo con procesos de larga duración. Uno es la modernidad capitalista, la cual aparece articulada en cada uno de los capítulos de distinta manera. El otro proceso de larga duración, que es consustancial a la modernidad capitalista, pero no es inmediatamente solapable, es el proceso de disputa interna entre democratización y desdemocratización de la democracia.

Las teorías del reconocimiento dominantes han quedado un tanto paralizadas con vistas a abordar los fenómenos del capitalismo y de la democracia, que, en general, son tratados de manera sucinta y tangencial. El reconocimiento ha tendido a ser absolutizado, en tanto se lo autonomizó como la única variable explicativa de la vida social y de los conflictos políticos. Inclusive los desarrollos más recientes, sobre todo de continuaciones de la teoría honnethiana, proponen ontologías o antropologías del reconocimiento. Consideramos que estas continuaciones, antes que cumplir la pretensión de profundizar en el problema, tornan improductivo cualquier análisis que comprenda la dependencia del reconocimiento respecto de otros niveles de la realidad socio-política. De ahí que el libro exija la necesidad de vincular el reconocimiento con el capitalismo y con la democracia como dos procesos ineludibles de nuestro tiempo, a la vez que se concibe al reconocimiento como un proceso que se despliega al interior de estos dos. En síntesis, a los fines de no deshistorizar o perder capacidad explicativa al tomar al reconocimiento de manera unidimensional, resulta crucial ubicar la crisis política mencionada al inicio, como un punto de partida, junto con una segunda crisis, que es precisamente una crisis teórica, que constituye el segundo diagnóstico sobre el que este libro se sostiene. Porque si la política nos muestra un síntoma que debemos interpretar, la teoría tiene que poder ser responsable y responder a ese síntoma, examinándose a sí misma para poder leerlo y decir algo sobre él.

En suma, vincular el problema del reconocimiento con el de la democratización de la democracia nos permite enfocarnos en los efectos que el reconocimiento puede tener históricamente en la democratización de las sociedades a partir de la transformación política de las normas epistémicas, las estructuras político-institucionales y el sistema económico capitalista. Según lo planteado por Étienne Balibar (2013) y Álvaro García Linera (2024), la democratización de la democracia consiste en un proceso internamente tensionado. No apunta al “perfeccionamiento del régimen democrático existente” (Balibar, 2012, p. 203), ni se remonta a una idea trascendental, perenne, de lo que sería una auténtica democracia. Antes bien, el proceso de democratización se erige como una contratendencia interior de la democracia que puja en favor de una transgresión insurreccional. Buscando transformar las formas institucionales existentes en pos de la designación de nuevos derechos, se enfrenta a los procesos de desdemocratización, definidos como aquellos efectúan una clausura de la política, una regresión de los derechos adquiridos o su conversión a partir de modalidades “antipolíticas autoritarias, burocráticas” (en términos de una sobreadaptación al orden existente) y “discriminatorias” (Balibar, 2013, p. 204). En ese sentido, la democratización “designa una diferencia en relación a las prácticas actuales de la política o un rasgo diferencial que desplaza las prácticas políticas de modo de afrontar abiertamente la falta de democracia de las instituciones existentes y de transformarlas de forma más o menos radical” (Balibar, 2013, p. 203). En palabras de García Linera (2024), la democratización constituye un “agravio” (p. 78) a lo existente: produce nuevas formas de la política que luchan por realizar (y realizan efectivamente mediante su cristalización institucional) los ideales que la democracia invoca formalmente, pero que en su conjunción con su veta liberal y capitalista no puede cumplir (Marey, 2025). Para resumir, las “fuerzas motrices” (Balibar, 2013, p. 208) de los procesos de democratización son tanto la reflexión sobre el estado de cosas de la democracia en un contexto históricamente determinado, que supone una “deconstrucción de las separaciones y exclusiones institucionalizadas bajo su nombre” (Balibar, 2013, p. 204), así como la acción política activa, cuyo fin es la modificación de las instituciones democráticas y sus efectos excluyentes.

Ahora bien, podemos recoger tres precauciones centrales que se siguen de ambas fuerzas motrices. En primer lugar, la incorporación del elemento marxista de la crítica del capitalismo. En definitiva, según Balibar, las consideraciones sobre los obstáculos objetivos para la democratización, dentro de los cuales están las instituciones y relaciones de poder, no pueden obviar las exclusiones provocadas por el sistema económico capitalista. De esta manera, mediante la democratización, el capitalismo puede ser forzado a incorporar derechos que contradigan su propia lógica de acumulación desigual. De lo contrario, se corre el riesgo de contribuir de manera involuntaria a regresiones desdemocratizadoras o a un tipo de beneficencia neoliberal. En segundo lugar, que la democratización nombra no sólo a la “transformación de las instituciones, de las estructuras o las relaciones de poder; es también el nombre que puede dársele a un trabajo de los ciudadanos respecto de ellos mismos en una situación histórica dada” (Balibar, 2013, p. 211). A saber, que la latencia de una transformación democratizadora depende también de un trabajo de subjetivación por medio de la reflexión sobre los obstáculos subjetivos que, en determinado momento histórico, se le presentan a la acción política. En tercer lugar, la democratización no logra su despliegue mediante luchas particulares, sino que es “una lucha en muchos frentes” (Balibar, 2013, p. 213). Esto supone una compleja imbricación de varios movimientos que no es automática. En este sentido, la reflexión y la acción política democratizadoras, en tanto fuerzas motrices, exigen la articulación de diferentes movimientos que, en su lucha contra exclusiones determinadas, produzcan, no sólo un logro institucional o la satisfacción de su demanda particular, sino la “búsqueda (y el riesgo) de la emancipación colectiva” (Balibar, 2013, p. 215).

Reenfocar la cuestión del reconocimiento desde la perspectiva de la democratización permite ganar claridad en torno a la contribución que una conceptualización del fenómeno puede realizar al abordaje de los procesos democráticos. De acuerdo con las tres consideraciones balibarianas en torno a los obstáculos subjetivos, objetivos y el suelo común de las exclusiones que justifica la articulación de las luchas políticas, es plausible analizar al reconocimiento como un proceso de dependencia que condiciona la existencia social del sujeto a partir de una organización de tres relaciones: (1) la relación del sujeto consigo mismo, la cual está permeada y atravesada por (2) la relación del sujeto con otros sujetos, y ambas dispuestas de un modo determinado según (3) la relación del sujeto con la estructura o norma que habilita su reconocimiento. Cabe resaltar que esta es apenas una distinción teórica y analítica para diferenciar los niveles en los que el reconocimiento actúa, pero, en la práctica, estos se encuentran amalgamados. El fenómeno del reconocimiento se estructura sobre esta triple dependencia, la cual puede funcionar como plataforma de análisis teórico de los obstáculos subjetivos y objetivos y, en función de ellos, proveer una base común de la violencia o exclusiones efectuadas por el reconocimiento. Así, resulta posible desplazarse de la fragmentación teórica y política del centramiento en las luchas identitarias, estableciendo un marco común para su ensamblaje. De igual manera, una reflexión sobre la violencia implícita en el reconocimiento, cuya institucionalización o normativización puede reproducir algún tipo de violencia o producir nuevas en la triple relación de dependencia, es crucial para enfrentar esos mismos obstáculos y diagnosticar las tendencias desdemocratizadoras de las sociedades. En síntesis, una reflexión sobre esta triple dependencia puede auxiliar a la comprensión de los procesos de democratización y desdemocratización de la democracia.

En cuanto a la consideración específica del concepto de reconocimiento, discrepamos con Honneth (2021), Renault (2019) y Ricoeur (2006) respecto de la separación entre el re-conocimiento, en un sentido epistémico-cognitivo (cómo el sujeto conoce, tanto a sí mismo y a los otros), y el reconocimiento, en un sentido político-práctico (la conducta hacia los otros), atribuyendo el fenómeno del reconocimiento estrictamente al segundo sentido. Como veremos a lo largo del libro, con vistas a analizar la democratización a través del concepto de reconocimiento es conveniente abordar las formas (los medios y posibles obstáculos subjetivos) en las que el sujeto se reconoce y reconoce epistémicamente a los otros, así como las posibilidades de su transformación. De allí la inseparabilidad de la triple relación de dependencia y el desplazamiento de los efectos que el reconocimiento tiene entre ellas.

La dialéctica como vía de complejización de la relación entre reconocimiento y democratización

Actualizar un concepto no entraña un mero borrón y cuenta nueva. Más bien, se trata de recomponer en nuevas tramas lo añejo para dar lugar a un pensamiento revisado sobre la cosa tratada. En este libro, formulamos una lectura dialéctica del reconocimiento que aspira a trabajar sobre la relación conflictiva y contradictoria en la comprensión de la democratización como proceso internamente tensionado, cuyo núcleo fundamental podría ser sintetizado de la siguiente manera: (a) el reconocimiento puede contener la negatividad como su límite interno y producir algún tipo de violencia como efecto, pero (b) ello no priva a las luchas políticas de producir una democratización de la democracia mediante efectos reflexivos críticos sobre y efectos transformadores de determinada configuración histórica de las tres relaciones de dependencia enumeradas previamente. Al decir de Michel Pêcheux (2013), la manera de “cambiar de mundo” es “cambiando el mundo” (p. 14).

Aun si existen abordajes que pretenden evadir la dicotomía entre el abandono del lenguaje del reconocimiento o su perpetuación en los términos progresistas, estos se valen del concepto de “ambivalencia” (Deranty, 2021; Ikäheimo, Lepold y Stahl, 2021; McQueen, 2015; Schick, 2022), bien presuponiendo su significado, o bien refiriéndolo al hecho de que el fenómeno del reconocimiento puede, en algunos casos, habilitar la realización de los sujetos y, en otros, negarla. En cualquier caso, el inconveniente principal de estas interpretaciones sostenidas en el carácter políticamente ambivalente del reconocimiento es la ausencia de una explicación teórica sobre la relación entre los efectos violentos y los realizativos del reconocimiento. Podría cuestionarse esta tendencia interpretativa desde la controversia hegeliana con el concepto de “diversidad” [Verschiedenheit], en tanto prefigura una multiplicidad dispersa de elementos sin ninguna relación particular. En vez de exhibir una inconmensurabilidad o indiferenciación entre los términos (en este caso, violencia y realización del sujeto en el reconocimiento), el concepto hegeliano de “distinción” [Unterschied], como proceso de negación dialéctica, demuestra la posibilidad de reinterpretar lo que parece una antinomia quieta como una contradicción en movimiento (Balibar, 1977) debido a la unidad de sus opuestos: “lo distinto no es un otro en general, sino que tiene a su otro enfrente […] cada uno es, por tanto, su otro del otro” (Hegel, 2017 [1830], p. 303; Enc., § 119). A pesar del riesgo de que esta negación dialéctica pueda, al enfatizar la interrelación, perder de vista cierta heterogeneidad radical de los términos, sostenemos su justificación en función de la explicación de los procesos contemporáneos de democratización y desdemocratización. De cara a la intensificación de ciertas exclusiones, dirigir los esfuerzos teóricos hacia la negación dialéctica presente en la violencia del reconocimiento resulta central para conceptualizar la particularidad del objeto.

Dado el sentido común académico antihegeliano y antimarxista, utilizar el término puede parecer inútil y hasta anacrónico. Recuperar a Hegel hoy está vedado, por una serie de sentidos comunes asociados a algunas de las críticas efectuadas a su pensamiento, ya sea por teleológico, hermético o incluso totalitario. Esto lleva a anular toda revisión posible del pensamiento hegeliano, perdiendo de vista la potencia que efectivamente tiene para la teoría política y social contemporánea. La propuesta de una dialéctica del reconocimiento[3] se sitúa en este horizonte y se sustenta en las precauciones metodológicas provenientes de las teorías críticas (Cantisani y Nosetto, 2020; Prestifilippo y Roggerone, 2021) y más concretamente del modelo de la crítica dialéctica (Catanzaro, 2021b; Fritz Haug et al., 2023). Ello supone inscribir la discusión en un campo intelectual que se retrotrae, en la modernidad, hasta los pensamientos de G. W. F. Hegel (2022) y de Karl Marx (2001) y en las discusiones desplegadas dentro del marxismo occidental y el postestructuralismo durante los siglos XX y XXI. La viabilidad de una concepción hegeliana del reconocimiento, habilitada por una “interpretación no metafísica de Hegel” (Renault, 2017, p. 56; Zambrana, 2020) que se vale del momento dialéctico como su principio motor[4], es asequible a través del énfasis en los conceptos de negación dialéctica y mediación, considerados por Jameson (2013) y Adorno (2012) respectivamente, así como la atención a la historicidad acentuada por Catanzaro (2021b). En este sentido, no se trata aquí de sostener lo que Hegel dijo sobre el reconocimiento ni volcarlo a la contemporaneidad sin mayores reflexiones respecto de la plausibilidad de actualizarlo. Lo que nos interesa en este libro es desplegar una lectura hegeliana, entendiéndola como una apropiación de su filosofía que recupera ciertos conceptos para abordar el problema del reconocimiento, sobre todo en sus vetas epistemológica y metodológica, y en los cruces que estas vetas tienen con la cuestión del reconocimiento.

La precaución metodológica presente en el concepto de negación dialéctica advierte respecto de la relacionalidad interna y contradictoria entre dos fenómenos que no son ni inmediatamente idénticos ni extremadamente diferentes. Según Jameson (2013), “el desarrollo histórico necesariamente articula rasgos de la sociedad en el tiempo bajo la forma del antagonismo o la tensión” (p. 57). Al respecto, advierte Catanzaro (2021b), las revisiones “de la dialéctica realizadas por Adorno o Althusser, no sólo alertan contra las trampas de la abstracción y la pureza”, sino también “contra el borramiento de la historicidad” (p. 28). La noción de negación dialéctica, en este sentido, pretende capturar conceptualmente esa tensión inestable, que no es ontológica o trascendental, sino que se hace patente en la temporalidad del devenir histórico mismo, produciendo efectos contradictorios a los propuestos en primera instancia. Así, reconocimiento y violencia ya no serían considerados como dos términos antinómicos. Dicho en los términos de Saussure (1986), ambos están “íntimamente unidos y se reclaman recíprocamente” (p. 93), como si fueran las dos caras opuestas de la misma hoja de papel: no se puede recortar una cara sin recortar al mismo tiempo la otra. En síntesis, incorporar el concepto de negación dialéctica permite abordar el hecho de que el reconocimiento puede contener a la violencia como su límite interno o producirla históricamente como efecto de su composición institucional y normativa.

Por el otro lado, el concepto adorniano de mediación, extraído de su interpretación de Hegel, señala la necesidad de relacionar los distintos planos que componen a un mismo objeto para iluminar sus costados: “la reflexión atraviesa de tal manera los polos […] que ninguno queda en pie como algo último”, a punto tal de requerir de aquel otro polo contrapuesto para “poder ser y ser pensado”. “Tal es el aspecto radical de Hegel”, “pues cada uno de ellos exige su opuesto, y el proceso es la relación de todos entre sí” (Adorno, 2012, pp. 234-235). La mediación, derivada de la idea de negación dialéctica, subraya la mutua afectación entre los planos conceptuales de un mismo objeto, habilitando un ejercicio de tensión y “desmitologización” (Jameson, 2013, p. 61) recíproca entre ellos. El concepto de mediación no conlleva una búsqueda por el punto medio entre distintos elementos, como a veces es utilizado, sino que implica recortar al objeto en distintos planos, recorriendo cada uno de ellos para ver qué nos dicen, en este caso, del reconocimiento. Y, al mismo tiempo, a través de la relación entre los planos, se vuelve posible observar el déficit o lo que no puede iluminar cada uno de ellos. En este sentido, y para no ser desleal al hecho de que un libro es también y, sobre todo, un proceso de escritura en el que ideas y problemas nuevos, afortunadamente, surgen en el recorrido, no los barremos debajo de la alfombra. Por el contrario, y, expresado un tanto hegelianamente, se trata de incorporar los límites de lo que se piensa para volverlos el motor de exposición argumental que organiza y ordena internamente los capítulos. De este modo, el concepto de reconocimiento es desplegado como una totalidad compleja no apriorística, sino que es concebida como el resultado de un proceso de mediación entre planos. Para desarrollarlo muy brevemente en el caso de cómo la mediación opera en este libro: el límite de pensar el desconocimiento como inherente a todo reconocimiento en los planos del inconsciente y la ideología desde Lacan y Althusser, demanda establecer ciertas diferenciaciones de las violencias en los modos del reconocimiento, que son pensadas desde el plano de la corporalidad en Butler, para finalmente necesitar de una historización de lo que en Butler queda fijado como un resto que nunca puede ser reconocido, que en Adorno es retratado mediante el plano de la singularidad en lo que emerge como lo no-idéntico bajo el dominio capitalista.

Es así que ofrecemos una actualización hegeliana del reconocimiento, que se pretende otra en tanto quiere reabrir un camino para el problema. Los capítulos del libro se estructuran según el ejercicio habilitado por los conceptos de negación dialéctica y mediación. En ellos se trazan divisiones entre cuatro planos con dinámicas distintas, pero relacionadas, que componen a la dialéctica del reconocimiento. Como veremos, cada uno se organiza en torno a una dialéctica particular que hurga en un plano determinado y que posibilita señalar los sesgos y alcances del otro. Para poder llevar a cabo este ejercicio metodológico, son ineludibles las contribuciones de ciertos pensadores cuyas reflexiones son interpretables dialécticamente. Con este propósito, la pertenencia a tradiciones intelectuales no es determinante, de modo tal de permitirnos cruzar los pensamientos de autores y autoras pertenecientes al marxismo occidental y al postestructuralismo, con filiaciones académicas cercanas a la filosofía, al psicoanálisis, y a la teoría política y social. Este entrecruzamiento permite un análisis integral de los planos que componen al reconocimiento como objeto: el inconsciente, desde el psicoanálisis de Jacques Lacan, la ideología, a partir de Louis Althusser, la corporalidad, mediante las teorizaciones de Judith Butler, y la singularidad, con base en la teoría social de Theodor Adorno.

Presentación de los capítulos

El capítulo 1 aborda la dialéctica del reconocimiento y el desconocimiento a partir de una interpretación de los pensamientos de Jacques Lacan y Louis Althusser. Mediante la propuesta, sugerida por Althusser, de una articulación diferencial entre los planos del inconsciente y la ideología, el capítulo se centra en el límite interno prefigurado en cada uno de ellos. En el caso de Lacan, contra la quietud subyacente al concepto de identidad, se destaca el concepto de identificación por su centralidad para comprender el movimiento implícito en la formación, permeada por agresividad, de la aparente unidad del sujeto en el reconocimiento de sí-mismo, el cual se desarrolla en simultáneo con el desconocimiento de la operación de constitución y de la violencia allí implícita. A partir de allí, se analizan las implicancias de esta dialéctica en la relación opaca del sujeto consigo mismo, la cual se traslada a la relación con otros que precisa de la mediación del Otro entendido como orden simbólico. Asimismo, contra el énfasis contemporáneo en el concepto de lo real, se expone la posibilidad de un descentramiento y una transformación identitaria, posibilitada por la dialéctica entre saber consciente y verdad inconsciente. No obstante, exponemos la insuficiencia que un análisis del plano inconsciente tiene para dar cuenta de la complejidad del reconocimiento en la vida social. Por ello, el capítulo prosigue con la consideración del plano de la ideología a partir de las teorizaciones de Althusser, que permiten explicar la relación compleja entre interpelación, reconocimiento y sujeción, y su papel en la reproducción de la ideología que sostiene las relaciones de producción dominantes. En este apartado, exponemos una interpretación materialista del reconocimiento, la cual enfatiza los límites internos de la ideología y sus interpelaciones mediante el efecto de desconocimiento de las relaciones de producción presente en la lógica de retroactividad epistémica, así como la exigencia represiva de reconocimiento por parte de los aparatos ideológicos de Estado. Demostramos que, a pesar de y debido a estos límites represivos, la teoría althusseriana habilita, a través de los conceptos de combinatoria e ideologías secundarias, una lectura del papel que la lucha de clases puede ocupar para la transformación y reemplazo de un modo ideológico de reconocimiento extendido en los aparatos estatales por otro abierto a las diferencias.

El capítulo 2 se ocupa de un déficit presente en los autores del capítulo 1. La ausencia de una diferenciación de las violencias (ya no la violencia represiva) que una misma norma o las diferentes normas entre sí puede ocasionar en los sujetos constituyen el objeto analizado en este capítulo. A través de una interpretación del rol que la materialidad corporal, que expone al sujeto como cuerpo vulnerable, tiene para el reconocimiento, el capítulo se adentra en una serie de reflexiones teóricas esgrimidas por Judith Butler. Así, en un primer momento, se exhibe el vínculo central entre la relacionalidad social, posibilitada por la corporalidad humana, y la necesidad que el sujeto corporeizado tiene del reconocimiento social para existir socialmente. Por intermedio de un recorrido por los conceptos butlerianos de deseo de reconocimiento, norma de reconocimiento y desposesión, se explican las consecuencias que el deseo de reconocimiento tiene para la vida subjetiva, así como la posibilidad de la violencia que un reconocimiento o su ausencia pueden efectuar debido a la vulnerabilidad corporal, y su distribución histórica en formas diferenciales de precariedad. En un segundo momento, se desarrolla la dialéctica entre materialización y abyección, para dar cuenta tanto de los efectos violentos y excluyentes que las normas de reconocimiento ocasionan a los cuerpos en su despliegue, como de la apertura que estas mismas normas habilitan a su transformación performativa. En un tercer momento, se polemiza con dos críticas a Butler. Una primera, que acentúa un exceso de optimismo de la autora en las posibilidades inclusivas del orden, y una segunda, que enfatiza lo contrario, a saber: las imposibilidades del reconocimiento debido a su cariz desmesuradamente violento. Contra estas interpretaciones, proponemos una dialéctica de la corporeización, que comprende la posibilidad, no sólo de reconocer identidades dañadas o abyectas, sino de democratizar, a través de la lucha política, las condiciones mismas del reconocimiento. Esta interpretación se verifica en la consideración de los conceptos butlerianos de alianza corporal y de crítica.

El capítulo 3 ahonda allí donde el capítulo 2 no puede hacerlo. Es cierto que Butler advierte sobre la viabilidad de explorar modos de reconocimiento que excedan los marcos de la identidad, específicamente con la ayuda del concepto de aprehensión y la proposición de la parcialidad del reconocimiento, pero no profundiza en ello. En consecuencia, este capítulo se aproxima a la teoría social de Theodor W. Adorno, la cual ofrece un marco interpretativo para abordar la conformación histórica del principio de identidad como límite interno de la modernidad capitalista, permeado por una serie de violencias que el dominio subjetivo ocasiona en la singularidad de los sujetos y la naturaleza. Subrayamos que este proceso histórico de formación del sujeto como sí-mismo [Selbst] conllevó la forclusión de un impulso de semejanza con la alteridad denominado “impulso mimético”. Las reflexiones filosóficas adornianas sobre esta dialéctica histórica nos evitan un cierto riesgo de deshistorización del problema del reconocimiento. Así, en un primer momento, se analiza este proceso simultáneo de formación identitaria y “desmagificación” [Entzauberung], y se proponen dos modos de recuperación del impulso mimético para exhibir las condiciones de un reconocimiento de lo no-idéntico, comprendido como semejanza con la singularidad. En un segundo momento, se recorren las reflexiones sobre estética y filosofía del arte para dilucidar las oportunidades que brindan las obras de arte para la mímesis como identificación con lo otro, pero también como rememoración de su sufrimiento. Serán centrales aquí la dialéctica entre la mímesis expresiva y la construcción espiritual, así como los efectos distanciadores del estremecimiento. En un tercer momento, se formula una interpretación de las reflexiones ético-políticas de Adorno sobre la “política recta” (richtige Politik) como resistencia de lo no-idéntico. Allí, se establece un vínculo entre reflexión ética y acción política, que plantea no sólo los dilemas que la “vida falsa” capitalista tiene para el reconocimiento, sino también los modos de resistencia presentes en el entrelazamiento de la ética de la convicción y de la ética de la responsabilidad, la noción adorniana de participación democrática, y la realización de ambas mediante el impulso mimético, aquí presente como “lo añadido” [das Hinzutretende], que habilita la identificación con el sufrimiento de aquellos cuya singularidad es agraviada.

Luego, ofrecemos un balance del recorrido y sistematizamos la conceptualización de una dialéctica del reconocimiento en pos de contribuir a la comprensión de los procesos de democratización y desdemocratización. Y, por último, ofrecemos un breve epílogo en el cual volvemos a Hegel para formular una relectura de sus reflexiones sobre el reconocimiento a partir de algunos ejes centrales que fueron desarrollados a lo largo del libro.


  1. Si bien la tesis busca insertarse en los debates contemporáneos en torno al concepto de reconocimiento, éste llega tan atrás en la tradición teórico-política como al discípulo socrático Jenofonte quien, en su consideración sobre las luchas por el honor, concibe a la philotimía como un deseo de reconocimiento que ocasiona conflictos capaces de afectar la duración de los gobiernos (de Nicola, 2021). El recorrido continúa en la teoría política moderna por medio de la pregunta hobbesiana por las pasiones que orientan los conflictos causados por la ambición de poder y reconocimiento social (Siep, 2011), y la preocupación rousseauniana en torno a la mutación histórica del amor de sí en el egoísta amor propio, propiciado por la aparición de la propiedad y la sociedad civil moderna (Neuhouser, 2008). Hacia comienzos del siglo XIX, el problema vuelve a ganar relevancia a partir de la reflexión fichteana sobre la autoconciencia y su conformación subjetiva a partir del reconocimiento (Anerkennung) de los otros (Arrese Igor, 2019), la cual es reelaborada en la filosofía hegeliana con un énfasis en la lucha (Honneth, 1997) y en las complejidades que implica la realización del reconocimiento recíproco entre sujetos autoconscientes (Pippin, 2011; Butler, 2012).
  2. Una de las razones por la cual situamos a nuestra investigación en los marcos epistemológicos y metodológicos de la teoría crítica es por su comprensión de que el punto de vista y la experiencia de los oprimidos son soportes ineludibles para el análisis teórico. En efecto, la teoría no puede desentenderse del concepto de reconocimiento, precisamente porque el hecho histórico de que siga siendo bandera de luchas por la liberación funciona como un índice de la verdad del concepto (Honneth, 2017).
  3. Cabe aclarar que hablar de “dialéctica” no supone necesariamente una remisión a la idea de un sistema unitario, coherente y clausurado. Como enseña Jameson (2013), hablar de dialéctica también puede significar hablar de las dialécticas como los antagonismos o las paradojas que se presentan al pensamiento o de lo dialéctico como el efecto de shock que produce en la subjetividad el análisis de un proceso complejo y de los momentos inesperados y paradójicos que aparecen en él. En este sentido, un pensamiento dialéctico entiende que el abordaje de las contradicciones puede resultar productivo para formular reflexiones teóricas que no busquen subsumir la totalidad de lo real a las pretensiones formalistas de una lógica positivista que presupone a la contradicción como una impureza necesariamente descartable de las investigaciones científicas.
  4. Tal como explica Hegel en su Enciclopedia de las ciencias filosóficas (2017 [1830]), “el momento dialéctico es el propio superar” las determinaciones fijas y unilaterales del entendimiento [Verstand], “y su pasar a sus opuestas” (Enc. §81; p. 251).


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